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Rafax

Virgen
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Me alegro de que te guste.
Tengo cierta expectación por el personaje de Herminia. Es el personaje relief del relato y no sé si sumará o restará puntos a la historia.
A medida que transcurra tomará mayor protagonismo.
Herminia vaya personaje, siempre suma....es una visión retro pero da para muchas historias de su pasado.
 

ASeneka

Virgen
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Bragas​



Durante los siguientes días no hubo novedad hasta la noche del viernes. Había llegado tarde a casa y caminó con sigilo por el pasillo antes de llegar a su cuarto. Una vez dentro se desnudó y se metió en la cama. Cristina no había querido subir al desván y le había dejado con dolor de huevos por el calentón.

«Si lo llego a saber me hubiera quedado con los colegas en el Cola de Pato», se lamentó.

Para empeorar las cosas aquella noche Marta volvía a follar a gritos con su padre. Cristian sintió una mezcla de excitación y rabia.

«Lo haces a posta, seguro».

De nuevo la imagen de ella desnuda, dejándose follar como una perra, nublo su mente. Se odió con toda su fuerza, pero decidió sacar las bragas del cajón para pajearse con ellas y bajar el calentón que ya traía, aunque eso fuera lo que pretendiera aquella arpía, provocarlo.

—Jódete, jódete, puta —susurraba para sí mientras se la meneaba con velocidad moviendo la mano con fuerza arriba y abajo.

Su polla, envuelta en la prenda, estaba a reventar.

—Toma, toma, toma, jod-derrrr. —La paja era frenética mientras, al otro lado, los gemidos continuaban.

—¿Quieres que te folle? ¿Es eso? ¿Me provocas para que folle tu coño negro, puta? mmmmf, mmmmf, oooooh, ooooooh.

Estaba a punto de correrse. Al otro lado, los gemidos indicaban que ella lo estaba también. Aguantó como pudo para no hacerlo antes que ella.

Al final llegaron a la vez, eyaculando al mismo tiempo aunque en dormitorios diferentes. Juntos, pero separados. Cuando todo terminó y el silencio volvió a envolver la noche, fue consciente del estropicio. Varios chorros de semen manchaban su vientre en gruesas líneas dirigidas. Las bragas, entre sus dedos, estaban totalmente pringadas.

«Mierda, joder. Justo lo que esa zorra pretendía».

La prenda volvió a su sitio de un manotazo.



— · —​



Ese fin de semana Marta volvió a intentar acercarse, manteniéndose pendiente de él en todo momento y atendiendo, solícita, cuando percibía que necesitaba algo. La hora de la comida fue una tortura para él.

—¿Quieres más pan? ¿Quieres el filete más hecho? Te puedo hacer otra cosa si no te gusta.

En vez de responder, aunque fuera con una negativa, se limitaba a mirar el teléfono o, en algún caso, hablaba con su padre que no se enteraba de lo que realmente pasaba en aquella mesa. La cara que tenía Marta, en cambio, dejaba muy patente lo que su indiferencia producía.

El lunes llegó y con ello la oportunidad de desaparecer del hogar las horas de universidad. Al menos hasta la hora de comer.

Uno de esos días, de vuelta del colegio, le extrañó no encontrar a nadie, y era raro porque la puerta de la entrada no estaba cerrada con doble llave. De pronto, desde el pasillo, llegó un sonido leve, como un quejido.

El origen provenía del dormitorio principal.

«¿Follando a mediodía? No me jodas».

Acercó la oreja a la puerta constatando que así era. Dentro apenas podía distinguir las voces distorsionadas. Se metió en su cuarto y pegó la oreja al tabique. Desde ahí, los gemidos de Marta se oían con nitidez extrema. Cualquiera diría que su cara estaba a varios centímetros.

«Se la está follando contra la pared. El cabrón la está dando por detrás contra la pared de mi cuarto».

Intentó imaginárselos a través del muro. Ella, apoyada manos en alto y culo en pompa, recibiendo desde atrás como una perra. Completamente desnuda y con sus tetas bamboleando adelante y atrás con cada arremetida o, peor, pegadas contra el gotelé.

«Zorra. Serás zorra. Es cosa tuya, puta».

Cristian se apoyó donde supuso que estarían sus manos. Palma contra palma, imitando su postura y acercó su frente al tabique.

«Cómo te gusta provocarme».

Se quitó toda la ropa y se hizo con las bragas del cajón. Volvió a apoyar una mano donde la tenía antes y con la otra se empezó a masturbar con la prenda enrollada en su polla.

«¿Es lo que buscas? ¿Esto es lo que quieres?».

Pegó la frente en la pared, en el mismo sitio donde debería estar la de Marta a escasos centímetros. Abrió los ojos intentando conectar con los suyos que estarían a la misma altura.

—Toma, joder, tomaaa. Uuuug, uuuuugmmm —Gemía en voz baja—. Oooooh, ooooh, me pones a cien, zorra. Pero te vas a joder. Te vas a jodeeeeer. Ummmm.

De nuevo la misma coreografía de Marta y Cristian corriéndose al unísono. De no ser por las bragas, toda su lefa habría acabado en la pared aunque, en ese momento, no le hubiera importado. La prenda volvía a estar en un estado calamitoso. La observó entre el horror y el asco.

—Puta zorra calientapollas. Esto es por tu culpa. No haces más que joderme.

Antes de que la pareja saliera, Cristian se vistió con rapidez y se fue al salón con el mismo sigilo, como si hubiera permanecido allí todo el tiempo. Momentos después aparecieron su padre y ella. Mario quedó muy sorprendido al verlo. Normal, dado los berridos de ambos.

—¡Cristian! ¿Estabas aquí? No creí que llegarías hasta… —Echó mano de su reloj comprobando la hora.

—Tranquilo, papá. No pasa nada —respondió con cierto hastío.

«Tú no tienes la culpa».

—Marta y yo estábamos… estábamos… —se llevó dos dedos a las sienes y las masajeó buscando una explicación que darle—. ¿Sabes eso de las maripositas y las abejitas con las flores? Pues nosotros hacíamos lo mismo, pero follando.

—Vale, papá. No me hacía falta ese dato, joder.

La sonrisa de oreja a oreja de Mario iluminaba todo el salón. Levantó las cejas varias veces y guiñó un ojo de manera teatral. Cogió a Marta de la cintura atrayéndola hacia él cuando trató de pasar a su lado e hizo el símbolo de la victoria levantando dos dedos en forma de uve.

“Dos veces”, gesticuló con los labios en voz baja, moviendo los dedos como si fueran las orejas de un conejo.

—Ay, por Dios, Mario. Qué tonto eres —protestó Marta azorada.

Miró a Cristian por el rabillo del ojo que le devolvió una mirada de odio. No se había tragado su inocencia de ese polvo improvisado.

—En fin. Voy a mi cuarto que ya veo que necesitáis estar solos. Otro día dejad colgado un calcetín en la entrada principal para ahorrarme el trauma.

—¿Y que lo robe cualquier extraño para utilizarlo como fetiche sexual? ¡Jamás! —protestó Mario levantando el puño.

Cristian puso los ojos en blanco antes de desaparecer. Una vez en su cuarto volvió a apoyarse en el mismo sitio de antes. Abriendo las palmas como si pudiera agarrar las de Marta a través del tabique. La había tenido delante a escasos centímetros; la anchura de un ladrillo, concretamente; follando y corriéndose en su cara. La muy guarra sabía exactamente cuándo llegaba de la universidad cada día. No había sido un polvo improvisado fruto de un calentón.

«Zorra».

La comida fue un calco de otros días y no vio el momento de huir con Cristina con quien pasó el resto del día. Para variar, esa vez no volvió tarde a casa. Entre semana debía madrugar y no era plan de ir a clase como un zombi por trasnochar a diario. También influía que Cristina no siempre le dejaba colarse entre sus piernas y, esa tarde, había sido una de esas veces. Le fastidiaba no poder follar con ella todo lo que quisiera, pero lo soportaba resignado por esa chica que era una mezcla de profesora de filosofía, modelo y animal sexual en el mismo cuerpo. Sin duda, Cristina lo tenía enamorado. Reticente y fría en la distancia corta, pero calurosa cuando debía serlo.

Abrió el cajón donde guardaba las bragas para pajearse con ellas. Ya no esperaba que su padre y Marta hicieran el amor. Oírla gemir había dejado de ser placentero. La manera exagerada de hacerlo de esa arpía lo torturaba. Por eso decidió pajearse a solas, sin ella, como si se la follara sin su consentimiento.

—Falsa, más que falsa —se dijo.

La sorpresa llegó cuando no encontró la prenda en el cajón. Se extrañó y miró debajo de la almohada por si acaso. Nada. Frunció el ceño. No había otro sitio donde pudiera estar, era muy cuidadoso con ellas. Al fin y al cabo era su mejor y último tesoro. Nadie excepto él sabía que la tenía y nadie excepto él entraba a su cuarto. Nadie excepto…

Salió como una exhalación, cruzó el pasillo de varias zancadas y se plantó en el salón hecho una furia.

—¿DÓNDE…? —se calló de súbito cuando vio a su padre sentado junto a ella. Éste lo miró desconcertado. Cristian carraspeó y bajó el tono a un nivel moderado—. ¿Dónde… ponían ese programa especial de las vacunas del coronavirus?

—En la 2 —contestó su padre—. Pero lo dieron ayer.

—Ah, sí, es verdad—. Se quedó de pie sin saber qué hacer. Miró a Marta que lo observaba con semblante preocupado. Quizás porque sabía a qué había venido. Al final optó por quedarse a ver la tele con ellos. Se sentó en el sofá continuo que formaba una L mayúscula con el que ocupaban su padre y ella.

Ponían un programa cutre de gente insustancial hablando tonterías. Cristian no podía quitar ojo a la futura mujer de su padre que, de hito en hito, le devolvía la mirada de manera furtiva. Junto a ella, su amado somnoliento luchaba por no caer frito. Con el paso de los minutos, las cabezadas de Mario fueron cada vez más continuadas.

—Te vas a dormir —susurró ella al oído en una de ellas.

—Ufff, es que no puedo con esta gente de la tele. No puedo, no puedo. —Se levantó del sofá medio grogui por el sopor—. Sobre todo con esa rubia de bote con morro de cerdo. Me mata de aburrimiento. Puta, más que puta —insultó a la pantalla—. Me voy a la cama. —Y desapareció por el pasillo.

En cuanto se oyó la puerta del cuarto cerrarse, Cristian la increpó, enfadado.

—¿Dónde están?

—¿El qué?

—No te hagas la tonta. Las bragas que me diste. ¿Dónde están?

—Ah, eso. Pues… las he echado a lavar.

—Pero… ¿por qué? —El semblante era de asombro—. ¿Por qué has hecho eso?

—Porque llevas muchos días con ellas. Hijo, es que… ya era hora de pasarlas por la lavadora.

—Joder, son mías ¿sabes? Mías. Me las diste. Puedo hacer con ellas lo que me dé la gana. Tú misma lo dijiste. No tienes derecho a quitármelas ¿Por qué lo haces? ¿Por qué te empeñas en joderme la vida?

—Ay, lo siento Cristian, de verdad. Venga, perdóname. No te las quería quitar, solo limpiarlas. Cógelas luego de la ropa limpia. Coge las que quieras de mi cajón.

—Que no es eso, joder. Yo quería esas. No otras, ESAS. Usadas por ti, aquel día.

Marta no supo qué decir. Miraba con pesadumbre a Cristian que se acababa de levantar y deambulaba por la estancia de un lado a otro.

—No me dejas tocarte, no me dejas acercarme a ti, no puedo ni mirarte sin que te enfades o te alejes de mí como si fuera un maniaco peligroso o un puto enfermo mental, y cuando por fin hago lo que quieres y te dejo en paz; concentrado en mi rollo… empiezas a tocarme los cojones.

—Yo… lo hice sin mala intención.

—De eso nada. Sabías muy bien lo que hacías. Llevas varias semanas jodiéndome. Como lo de follar con papá todas las noches gimiendo bien alto para que te oiga. O lo de pasearte con esos escotazos agachándote cada dos por tres delante de mí haciendo como que limpias algo.

—No, no. Te aseguro que no —protestó con ojos como platos.

—No me tomes por tonto —dijo irritado—. No quieres nada conmigo y me das calabazas, pero, si te dejo en paz ¿Qué haces tú? —Respiraba agitado por la tensión—. Te pasas los días intentando calentarme.

—¿Yo?

—Sí, tú. Porque en el fondo te encanta tenerme detrás de ti, con la polla bien dura, cortejándote. Siempre dispuesto como un perrillo moviendo la cola esperando un trozo de pan. Sí, necesitas mantener viva la posibilidad de hacértelo conmigo.

Marta abrió la boca, turbada. Se llevó la mano al pecho como si la noticia fuera una bofetada en su orgullo.

—Como el exfumador que lleva consigo un cigarro que nunca va a fumar solo para saber que puede encenderlo cuando quiera. A su disposición —continuó—. Y ya estoy harto de ser tu cigarro.

—Eso… eso no es así. De verdad, no pretendía…

—Reconócelo —dijo cogiéndola de los hombros y rebajando el volumen que ya no sonaba tan enfadado—. Me deseas, fantaseas conmigo, con que follemos juntos. Te corres solo de pensar en mí follándote a cuatro patas. De imaginar que te la meto por el culo subida a mi cama —la acercó hacia él pegándola a su cuerpo—. ¿Vas a negar que no te imaginas conmigo cada vez que follas con papá?

Abrió la boca para negarlo, pero se quedó callada con la voz congelada en la garganta como si no se atreviese a contrariarlo o como si al hacerlo le produjera miedo.

—Dejémonos de juegos de una vez. —Cristian se la jugó—. Vamos a follar. Aquí y ahora, en este sofá. Y vamos a dejar de jugar al ratón y al gato de una puta vez.

Volvieron a quedarse en silencio. Ella, bloqueada; él, esperando la respuesta que no llegaba. Cristian había lanzado el guante y quería recoger su fruto.

—No, Cristian —dijo por fin en un susurro todavía sin levantar la vista—. No puedo. Soy mucho mayor que tú, estoy comprometida, y pronto tu padre y yo…

—Deja al cornudo de mi padre en paz. Duerme feliz y los dos sabemos que no se va a enterar. Vamos —suplicó con un tono lleno de ternura—. Se te hace la boca agua por follar conmigo y yo me muero por hacerlo contigo.

Marta no se movió. Apenas, si acaso, un imperceptible movimiento de cabeza en sentido negativo.

—Venga, tía. Mira como estoy —cogió la mano de ella y se la llevó al paquete, obligándola a cogérsela por encima del pijama—. ¿Lo ves? Voy a estallar por tu culpa. ¿En serio me vas a dejar así?

Con la mano libre levantó su mentón e intentó besarla. Ella apartó la cara pero mantuvo la mano sobre de su miembro permitiendo que éste la apretara contra sí, restregándola.

—No puedo, de verdad. A lo mejor… si no estuviera él…

—¿Y me vas a dejar con la polla así de dura después de joderme la paja de esta noche? Venga, no me hagas esto.

La besó en la mejilla y después en el cuello. Soltó la mano que sostenía contra su polla y la abrazó por la cintura. Marta retiró la suya. Cristian acarició su espalda por encima de la ropa. Lumbares, hombros, cuello… Después repitió el mismo trayecto sin dejar de besuquearla pero esta vez, cuando llegó a sus hombros, cambió la dirección hacia un lateral donde alcanzó el nacimiento de un pecho. El besuqueo surtía su efecto. Había entrado en un estado de semiinconsciencia, con los ojos cerrados y la boca medio abierta sin dejarle tiempo para pensar.

Pero cuando su dedo pulgar estuvo a punto de alcanzar un pezón, Marta pareció despertar de su sopor y se apartó de él. Éste la sostuvo de las muñecas tratando de mantenerla pegada contra sí.

—No, eso no. Ya te lo he dicho —su mirada era suplicante pero de acero—. No vamos a follar.

—Pues al menos hazme una mamada. Vamos, eso sí que puedes.

A Marta el cambio de petición pareció cogerla desprevenida. Parpadeó como si no lo hubiera oído bien.

—Solo es una mamada. Mi polla y tu boca. Vamos, al menos eso.

—Bufff, de verdad, Cristian…

—Venga, lo deseas. Deseas mi polla. Fantaseas con chupármela desde la primera vez que la viste. Por eso me pediste el video con Cris. Porque fantaseabas con que me la chupabas a mí, como si fueras tú la protagonista de esa peli. —Ella dudaba—. Vamos, al menos date ese capricho y de paso me bajas el calentón.

Marta cogió aire y se encaró con él. Tenía un asomo de lágrimas en los ojos.

—Siento… siento que lleves enfadado todo este tiempo por mi culpa. Quise parar la deriva que llevabas conmigo, pero no que dejaras de hablarme. Te aprecio mucho, y no niego que siento algo por ti, pero yo… —Expiró profundamente—. No sé, Cristian, no quiero que me odies. No quiero ser una mala mujer.

—Mira. —Cristian llamó la atención haciendo que bajara la vista a su entrepierna. Se bajó el pantalón de pijama hasta las rodillas mostrando la polla en completa erección—. ¿Lo ves? ¿Ves cómo estoy por tu culpa?

Marta abrió la boca y los ojos sin poder dar crédito. Era enorme. Enorme y dura. Apoyó las manos en los hombros de ella y empujó con suavidad para que se sentara en el sofá. Al hacerlo, su cara quedó a la altura de su pene, a escasa distancia. No podía dejar de mirarla.

Pasó la mano detrás de la nuca para acercarla hacia su miembro.

—Chúpamela, vamos. Lo deseas. —Marta pareció ceder hasta estar a escasos centímetros de su glande, pero, justo en ese momento, giró la cabeza y se deshizo de la mano sobre su nuca.

—No puedo. De verdad, no puedo.

—Vale, lo entiendo. —Cristian lanzó un suspiro más amplificado de lo esperado—. Me voy a la cama. —Se subió el pijama, se recolocó la camiseta y se dio la vuelta—. Los dos lo tenemos claro. Así que, a partir de ahora, déjame en paz. Y por favor, deja de comportarte como una calientapollas.

—Espera, Cristian. Espera, por favor. —Pero él ya desaparecía por el pasillo.



— · —​



Entró a su cuarto con una sensación agridulce. Había estado más cerca que nunca. Había llegado a ponerle la polla delante de su cara, lo que tenía un morbo excepcional, y ella había estado a punto de ceder. Sin embargo había cometido un error. No debió irse, y menos enfadado. Tenía que haber seguido insistiendo. Y si no hoy, mañana, pero acababa de eliminar todas las opciones de un portazo. Ahora ambos se alejarían el uno del otro y lo suyo terminaría enfriándose.

Se sentó en su cama con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. Absortó en sus pensamientos, no se percató que la puerta se abrió sigilosamente. Una figura se coló dentro y volvió a cerrar la puerta con el mismo mutismo.

—Nene —dijo en un susurro—, no quiero que estemos enfadados. Tienes razón en que he estado provocándote un poco, pero es que no me hablabas y yo… me estaba volviendo loca. Ya no sabía qué hacer. —Dio un hondo suspiro—. Te aprecio mucho y comprendo que sientas eso por mí, pero tienes que entender que quiero a tu padre y estoy comprometida con él.

Cristian levantó la cabeza, pero permaneció impasible. Su reacción beligerante había provocado un efecto catalizador y ahora ella tomaba una iniciativa de acercamiento más contundente, más acorde con lo que buscaba él. Aun así, mantuvo su pose de enfado.

—Mira —se sentó junto a él—, puede ser que hayamos fantaseado juntos y que me guste que hablemos de ciertos temas, como de tu novia y lo que hacéis cuando estáis solos. Pero ese tipo de cosas no pueden salir de aquí —dijo tocándole la cabeza con el dedo índice—. No te enfades conmigo ¿vale?

—Vete a dormir —dijo dándose la vuelta para meterse bajo las sábanas.

—Espera —le sujetó del hombro—. No te vayas así a la cama por mi culpa.

Se puso de pie y sus manos desaparecieron por debajo del salto de cama que llevaba esa noche. Metió los pulgares por los costados de sus bragas y tiró de ellas. Cristian las vio aparecer con los ojos como platos.

Marta levantó una pierna para sacar el pie de la prenda, luego repitió la operación con la otra.

—Toma, haz con ellas lo que quieras, pajéate, córrete encima y no te preocupes por lo sucias que queden. Cada mañana las repondré por otras nuevas —dijo señalando al cajón con un golpe de mentón—. Nuevas, pero recién usadas, ya me entiendes.

Cristian dudó y ella se las puso en las manos, agarrándolas entre las suyas.

—Venga, cógelas y volvamos a ser amigos, ¿vale? Como al principio, como antes del vídeo.

Él las levantó a la altura de sus ojos y las miró con detenimiento. Eran blancas, como las anteriores, pero en esta ocasión, el encaje ocupaba toda la prenda a excepción de la parte inferior, la que cubría los labios, que era de un material liso. Se fijó que, al igual que las otras, también unas flores de pétalos irregulares ayudaban a opacar la transparencia en toda su extensión, consiguiendo el mismo punto sexy se miraran por donde se miraran. En el elástico de la cintura, unas letras grandes resaltaban la marca y Cristian se preguntó cuánto invertiría Marta en esa parte de su atuendo.

Los bordes de las piernas eran rematados por unos ribetes de puntilla fina.

Pasó el pulgar por la parte interna, deslizándolo con suavidad. Después, las llevó a la nariz y cerró los ojos unos instantes. Olían a ella.

—¿Cada mañana? —preguntó con los ojos aún cerrados.

Marta se permitió una sonrisa, aliviada, y asintió con la cabeza. Sus ojos reflejaban la tensión liberada de ese último momento.

—Cada mañana —corroboró—. Limpiaré tu cuarto, vaciaré los pañuelos sucios que dejes en el cajón y repondré las bragas por las que lleve puestas ese día.

Cristian movió el mentón, dudando.

—Es lo más lejos que puedo ir —advirtió ella entornando las cejas.

Al final, tras unos interminables segundos de duda, él asintió, lo que provocó el abrazo efusivo de ella. Después, revolvió su pelo con una mano y comenzó a besarlo en la mejilla.

—Gracias —decía aliviada—. Gracias, Cristian. Esto es lo mejor para los dos.

Él le devolvió el abrazo, atrayéndola contra su cuerpo.

—Las voy a dejar perdidas de semen, aviso. No sabes lo cargado que llego a casa últimamente.

Una carcajada contenida salió de su garganta.

—Claro que sí —rió ella—, y a mí me encantará recogerlas para lavarlas.

Cristian olió su pelo antes de encararla. Después, frotó su nariz con la suya sin apartar los ojos.

—Me gusta oírte reír, aunque no te lo haya dicho nunca.

—Ayyy, mi niño. Ya tenía ganas de hacer las paces contigo —dijo ella—. Si es que… eres mi debilidad.

Volvió a besarlo presa de la alegría desbordada, llenando sus mofletes de babas.

—Oye, pava, relaja un poco que a la siguiente te meto la boca.

Ella rió su ocurrencia, pero no volvió a besarlo por si acaso, con la cara de él entre sus manos.

—Y apártate, que mira cómo tengo esto —en referencia a su miembro enhiesto que, en ese momento, se apretaba contra el pubis de ella separado solo por sus prendas de dormir—. Una caricia más y te preño. Luego no te enfades, ¿eh?

Ella arqueó las cejas.

—¿Enfadarme? —Sus pulgares acariciaron el rostro del muchacho como si limpiara sus mejillas—. ¿Con el hijo del hombre que amo con todo mi corazón?

»Tú eres lo más importante en su vida. Quererlo a él es quererte a ti. —Volvió a pasar los pulgares por las mejillas—. Nunca podría enfadarme contigo.



— · —​



Cuando se quedó solo en la habitación, sintió un regusto amargo en su conciencia. Había jugado con ella y la había manipulado con el único fin de colarse entre sus piernas. Marta no solo había demostrado ser una mujer madura y serena sino, además, buena persona. Se preguntó si no estaría pasándose de la raya con la futura esposa de su padre.

«A lo mejor sí —pensó con resignación—. Pero la paja me la hago».

Se apoyó en la pared en el mismo sitió que cuando Marta y su padre follaron de pie al otro lado. Cerró los ojos y recreó la escena. No le costó mucho ponerse en situación y enseguida su polla y su libido llegaron a niveles cercanos al orgasmo.

—Oooooh, ooooh, qué buena estás, joder —gemía mientras la meneaba con brío.

Se preguntó si ella sabría lo que estaba haciendo en ese instante.

«Seguro que sí».

Las bragas envolvían su polla y se pajeaba como si las follara, como si la follara a ella. Momentos más tarde, la abundante corrida dejó la prenda perdida de semen.

«Qué morbo saber que mañana las tendrás entre tus manos».

Las metió al cajón y se echó a dormir. Cayó rendido casi al instante.


Fin capítulo VIII
 

nicoadicto

Estrella Porno
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Bragas​



Durante los siguientes días no hubo novedad hasta la noche del viernes. Había llegado tarde a casa y caminó con sigilo por el pasillo antes de llegar a su cuarto. Una vez dentro se desnudó y se metió en la cama. Cristina no había querido subir al desván y le había dejado con dolor de huevos por el calentón.

«Si lo llego a saber me hubiera quedado con los colegas en el Cola de Pato», se lamentó.

Para empeorar las cosas aquella noche Marta volvía a follar a gritos con su padre. Cristian sintió una mezcla de excitación y rabia.

«Lo haces a posta, seguro».

De nuevo la imagen de ella desnuda, dejándose follar como una perra, nublo su mente. Se odió con toda su fuerza, pero decidió sacar las bragas del cajón para pajearse con ellas y bajar el calentón que ya traía, aunque eso fuera lo que pretendiera aquella arpía, provocarlo.

—Jódete, jódete, puta —susurraba para sí mientras se la meneaba con velocidad moviendo la mano con fuerza arriba y abajo.

Su polla, envuelta en la prenda, estaba a reventar.

—Toma, toma, toma, jod-derrrr. —La paja era frenética mientras, al otro lado, los gemidos continuaban.

—¿Quieres que te folle? ¿Es eso? ¿Me provocas para que folle tu coño negro, puta? mmmmf, mmmmf, oooooh, ooooooh.

Estaba a punto de correrse. Al otro lado, los gemidos indicaban que ella lo estaba también. Aguantó como pudo para no hacerlo antes que ella.

Al final llegaron a la vez, eyaculando al mismo tiempo aunque en dormitorios diferentes. Juntos, pero separados. Cuando todo terminó y el silencio volvió a envolver la noche, fue consciente del estropicio. Varios chorros de semen manchaban su vientre en gruesas líneas dirigidas. Las bragas, entre sus dedos, estaban totalmente pringadas.

«Mierda, joder. Justo lo que esa zorra pretendía».

La prenda volvió a su sitio de un manotazo.



— · —​



Ese fin de semana Marta volvió a intentar acercarse, manteniéndose pendiente de él en todo momento y atendiendo, solícita, cuando percibía que necesitaba algo. La hora de la comida fue una tortura para él.

—¿Quieres más pan? ¿Quieres el filete más hecho? Te puedo hacer otra cosa si no te gusta.

En vez de responder, aunque fuera con una negativa, se limitaba a mirar el teléfono o, en algún caso, hablaba con su padre que no se enteraba de lo que realmente pasaba en aquella mesa. La cara que tenía Marta, en cambio, dejaba muy patente lo que su indiferencia producía.

El lunes llegó y con ello la oportunidad de desaparecer del hogar las horas de universidad. Al menos hasta la hora de comer.

Uno de esos días, de vuelta del colegio, le extrañó no encontrar a nadie, y era raro porque la puerta de la entrada no estaba cerrada con doble llave. De pronto, desde el pasillo, llegó un sonido leve, como un quejido.

El origen provenía del dormitorio principal.

«¿Follando a mediodía? No me jodas».

Acercó la oreja a la puerta constatando que así era. Dentro apenas podía distinguir las voces distorsionadas. Se metió en su cuarto y pegó la oreja al tabique. Desde ahí, los gemidos de Marta se oían con nitidez extrema. Cualquiera diría que su cara estaba a varios centímetros.

«Se la está follando contra la pared. El cabrón la está dando por detrás contra la pared de mi cuarto».

Intentó imaginárselos a través del muro. Ella, apoyada manos en alto y culo en pompa, recibiendo desde atrás como una perra. Completamente desnuda y con sus tetas bamboleando adelante y atrás con cada arremetida o, peor, pegadas contra el gotelé.

«Zorra. Serás zorra. Es cosa tuya, puta».

Cristian se apoyó donde supuso que estarían sus manos. Palma contra palma, imitando su postura y acercó su frente al tabique.

«Cómo te gusta provocarme».

Se quitó toda la ropa y se hizo con las bragas del cajón. Volvió a apoyar una mano donde la tenía antes y con la otra se empezó a masturbar con la prenda enrollada en su polla.

«¿Es lo que buscas? ¿Esto es lo que quieres?».

Pegó la frente en la pared, en el mismo sitio donde debería estar la de Marta a escasos centímetros. Abrió los ojos intentando conectar con los suyos que estarían a la misma altura.

—Toma, joder, tomaaa. Uuuug, uuuuugmmm —Gemía en voz baja—. Oooooh, ooooh, me pones a cien, zorra. Pero te vas a joder. Te vas a jodeeeeer. Ummmm.

De nuevo la misma coreografía de Marta y Cristian corriéndose al unísono. De no ser por las bragas, toda su lefa habría acabado en la pared aunque, en ese momento, no le hubiera importado. La prenda volvía a estar en un estado calamitoso. La observó entre el horror y el asco.

—Puta zorra calientapollas. Esto es por tu culpa. No haces más que joderme.

Antes de que la pareja saliera, Cristian se vistió con rapidez y se fue al salón con el mismo sigilo, como si hubiera permanecido allí todo el tiempo. Momentos después aparecieron su padre y ella. Mario quedó muy sorprendido al verlo. Normal, dado los berridos de ambos.

—¡Cristian! ¿Estabas aquí? No creí que llegarías hasta… —Echó mano de su reloj comprobando la hora.

—Tranquilo, papá. No pasa nada —respondió con cierto hastío.

«Tú no tienes la culpa».

—Marta y yo estábamos… estábamos… —se llevó dos dedos a las sienes y las masajeó buscando una explicación que darle—. ¿Sabes eso de las maripositas y las abejitas con las flores? Pues nosotros hacíamos lo mismo, pero follando.

—Vale, papá. No me hacía falta ese dato, joder.

La sonrisa de oreja a oreja de Mario iluminaba todo el salón. Levantó las cejas varias veces y guiñó un ojo de manera teatral. Cogió a Marta de la cintura atrayéndola hacia él cuando trató de pasar a su lado e hizo el símbolo de la victoria levantando dos dedos en forma de uve.

“Dos veces”, gesticuló con los labios en voz baja, moviendo los dedos como si fueran las orejas de un conejo.

—Ay, por Dios, Mario. Qué tonto eres —protestó Marta azorada.

Miró a Cristian por el rabillo del ojo que le devolvió una mirada de odio. No se había tragado su inocencia de ese polvo improvisado.

—En fin. Voy a mi cuarto que ya veo que necesitáis estar solos. Otro día dejad colgado un calcetín en la entrada principal para ahorrarme el trauma.

—¿Y que lo robe cualquier extraño para utilizarlo como fetiche sexual? ¡Jamás! —protestó Mario levantando el puño.

Cristian puso los ojos en blanco antes de desaparecer. Una vez en su cuarto volvió a apoyarse en el mismo sitio de antes. Abriendo las palmas como si pudiera agarrar las de Marta a través del tabique. La había tenido delante a escasos centímetros; la anchura de un ladrillo, concretamente; follando y corriéndose en su cara. La muy guarra sabía exactamente cuándo llegaba de la universidad cada día. No había sido un polvo improvisado fruto de un calentón.

«Zorra».

La comida fue un calco de otros días y no vio el momento de huir con Cristina con quien pasó el resto del día. Para variar, esa vez no volvió tarde a casa. Entre semana debía madrugar y no era plan de ir a clase como un zombi por trasnochar a diario. También influía que Cristina no siempre le dejaba colarse entre sus piernas y, esa tarde, había sido una de esas veces. Le fastidiaba no poder follar con ella todo lo que quisiera, pero lo soportaba resignado por esa chica que era una mezcla de profesora de filosofía, modelo y animal sexual en el mismo cuerpo. Sin duda, Cristina lo tenía enamorado. Reticente y fría en la distancia corta, pero calurosa cuando debía serlo.

Abrió el cajón donde guardaba las bragas para pajearse con ellas. Ya no esperaba que su padre y Marta hicieran el amor. Oírla gemir había dejado de ser placentero. La manera exagerada de hacerlo de esa arpía lo torturaba. Por eso decidió pajearse a solas, sin ella, como si se la follara sin su consentimiento.

—Falsa, más que falsa —se dijo.

La sorpresa llegó cuando no encontró la prenda en el cajón. Se extrañó y miró debajo de la almohada por si acaso. Nada. Frunció el ceño. No había otro sitio donde pudiera estar, era muy cuidadoso con ellas. Al fin y al cabo era su mejor y último tesoro. Nadie excepto él sabía que la tenía y nadie excepto él entraba a su cuarto. Nadie excepto…

Salió como una exhalación, cruzó el pasillo de varias zancadas y se plantó en el salón hecho una furia.

—¿DÓNDE…? —se calló de súbito cuando vio a su padre sentado junto a ella. Éste lo miró desconcertado. Cristian carraspeó y bajó el tono a un nivel moderado—. ¿Dónde… ponían ese programa especial de las vacunas del coronavirus?

—En la 2 —contestó su padre—. Pero lo dieron ayer.

—Ah, sí, es verdad—. Se quedó de pie sin saber qué hacer. Miró a Marta que lo observaba con semblante preocupado. Quizás porque sabía a qué había venido. Al final optó por quedarse a ver la tele con ellos. Se sentó en el sofá continuo que formaba una L mayúscula con el que ocupaban su padre y ella.

Ponían un programa cutre de gente insustancial hablando tonterías. Cristian no podía quitar ojo a la futura mujer de su padre que, de hito en hito, le devolvía la mirada de manera furtiva. Junto a ella, su amado somnoliento luchaba por no caer frito. Con el paso de los minutos, las cabezadas de Mario fueron cada vez más continuadas.

—Te vas a dormir —susurró ella al oído en una de ellas.

—Ufff, es que no puedo con esta gente de la tele. No puedo, no puedo. —Se levantó del sofá medio grogui por el sopor—. Sobre todo con esa rubia de bote con morro de cerdo. Me mata de aburrimiento. Puta, más que puta —insultó a la pantalla—. Me voy a la cama. —Y desapareció por el pasillo.

En cuanto se oyó la puerta del cuarto cerrarse, Cristian la increpó, enfadado.

—¿Dónde están?

—¿El qué?

—No te hagas la tonta. Las bragas que me diste. ¿Dónde están?

—Ah, eso. Pues… las he echado a lavar.

—Pero… ¿por qué? —El semblante era de asombro—. ¿Por qué has hecho eso?

—Porque llevas muchos días con ellas. Hijo, es que… ya era hora de pasarlas por la lavadora.

—Joder, son mías ¿sabes? Mías. Me las diste. Puedo hacer con ellas lo que me dé la gana. Tú misma lo dijiste. No tienes derecho a quitármelas ¿Por qué lo haces? ¿Por qué te empeñas en joderme la vida?

—Ay, lo siento Cristian, de verdad. Venga, perdóname. No te las quería quitar, solo limpiarlas. Cógelas luego de la ropa limpia. Coge las que quieras de mi cajón.

—Que no es eso, joder. Yo quería esas. No otras, ESAS. Usadas por ti, aquel día.

Marta no supo qué decir. Miraba con pesadumbre a Cristian que se acababa de levantar y deambulaba por la estancia de un lado a otro.

—No me dejas tocarte, no me dejas acercarme a ti, no puedo ni mirarte sin que te enfades o te alejes de mí como si fuera un maniaco peligroso o un puto enfermo mental, y cuando por fin hago lo que quieres y te dejo en paz; concentrado en mi rollo… empiezas a tocarme los cojones.

—Yo… lo hice sin mala intención.

—De eso nada. Sabías muy bien lo que hacías. Llevas varias semanas jodiéndome. Como lo de follar con papá todas las noches gimiendo bien alto para que te oiga. O lo de pasearte con esos escotazos agachándote cada dos por tres delante de mí haciendo como que limpias algo.

—No, no. Te aseguro que no —protestó con ojos como platos.

—No me tomes por tonto —dijo irritado—. No quieres nada conmigo y me das calabazas, pero, si te dejo en paz ¿Qué haces tú? —Respiraba agitado por la tensión—. Te pasas los días intentando calentarme.

—¿Yo?

—Sí, tú. Porque en el fondo te encanta tenerme detrás de ti, con la polla bien dura, cortejándote. Siempre dispuesto como un perrillo moviendo la cola esperando un trozo de pan. Sí, necesitas mantener viva la posibilidad de hacértelo conmigo.

Marta abrió la boca, turbada. Se llevó la mano al pecho como si la noticia fuera una bofetada en su orgullo.

—Como el exfumador que lleva consigo un cigarro que nunca va a fumar solo para saber que puede encenderlo cuando quiera. A su disposición —continuó—. Y ya estoy harto de ser tu cigarro.

—Eso… eso no es así. De verdad, no pretendía…

—Reconócelo —dijo cogiéndola de los hombros y rebajando el volumen que ya no sonaba tan enfadado—. Me deseas, fantaseas conmigo, con que follemos juntos. Te corres solo de pensar en mí follándote a cuatro patas. De imaginar que te la meto por el culo subida a mi cama —la acercó hacia él pegándola a su cuerpo—. ¿Vas a negar que no te imaginas conmigo cada vez que follas con papá?

Abrió la boca para negarlo, pero se quedó callada con la voz congelada en la garganta como si no se atreviese a contrariarlo o como si al hacerlo le produjera miedo.

—Dejémonos de juegos de una vez. —Cristian se la jugó—. Vamos a follar. Aquí y ahora, en este sofá. Y vamos a dejar de jugar al ratón y al gato de una puta vez.

Volvieron a quedarse en silencio. Ella, bloqueada; él, esperando la respuesta que no llegaba. Cristian había lanzado el guante y quería recoger su fruto.

—No, Cristian —dijo por fin en un susurro todavía sin levantar la vista—. No puedo. Soy mucho mayor que tú, estoy comprometida, y pronto tu padre y yo…

—Deja al cornudo de mi padre en paz. Duerme feliz y los dos sabemos que no se va a enterar. Vamos —suplicó con un tono lleno de ternura—. Se te hace la boca agua por follar conmigo y yo me muero por hacerlo contigo.

Marta no se movió. Apenas, si acaso, un imperceptible movimiento de cabeza en sentido negativo.

—Venga, tía. Mira como estoy —cogió la mano de ella y se la llevó al paquete, obligándola a cogérsela por encima del pijama—. ¿Lo ves? Voy a estallar por tu culpa. ¿En serio me vas a dejar así?

Con la mano libre levantó su mentón e intentó besarla. Ella apartó la cara pero mantuvo la mano sobre de su miembro permitiendo que éste la apretara contra sí, restregándola.

—No puedo, de verdad. A lo mejor… si no estuviera él…

—¿Y me vas a dejar con la polla así de dura después de joderme la paja de esta noche? Venga, no me hagas esto.

La besó en la mejilla y después en el cuello. Soltó la mano que sostenía contra su polla y la abrazó por la cintura. Marta retiró la suya. Cristian acarició su espalda por encima de la ropa. Lumbares, hombros, cuello… Después repitió el mismo trayecto sin dejar de besuquearla pero esta vez, cuando llegó a sus hombros, cambió la dirección hacia un lateral donde alcanzó el nacimiento de un pecho. El besuqueo surtía su efecto. Había entrado en un estado de semiinconsciencia, con los ojos cerrados y la boca medio abierta sin dejarle tiempo para pensar.

Pero cuando su dedo pulgar estuvo a punto de alcanzar un pezón, Marta pareció despertar de su sopor y se apartó de él. Éste la sostuvo de las muñecas tratando de mantenerla pegada contra sí.

—No, eso no. Ya te lo he dicho —su mirada era suplicante pero de acero—. No vamos a follar.

—Pues al menos hazme una mamada. Vamos, eso sí que puedes.

A Marta el cambio de petición pareció cogerla desprevenida. Parpadeó como si no lo hubiera oído bien.

—Solo es una mamada. Mi polla y tu boca. Vamos, al menos eso.

—Bufff, de verdad, Cristian…

—Venga, lo deseas. Deseas mi polla. Fantaseas con chupármela desde la primera vez que la viste. Por eso me pediste el video con Cris. Porque fantaseabas con que me la chupabas a mí, como si fueras tú la protagonista de esa peli. —Ella dudaba—. Vamos, al menos date ese capricho y de paso me bajas el calentón.

Marta cogió aire y se encaró con él. Tenía un asomo de lágrimas en los ojos.

—Siento… siento que lleves enfadado todo este tiempo por mi culpa. Quise parar la deriva que llevabas conmigo, pero no que dejaras de hablarme. Te aprecio mucho, y no niego que siento algo por ti, pero yo… —Expiró profundamente—. No sé, Cristian, no quiero que me odies. No quiero ser una mala mujer.

—Mira. —Cristian llamó la atención haciendo que bajara la vista a su entrepierna. Se bajó el pantalón de pijama hasta las rodillas mostrando la polla en completa erección—. ¿Lo ves? ¿Ves cómo estoy por tu culpa?

Marta abrió la boca y los ojos sin poder dar crédito. Era enorme. Enorme y dura. Apoyó las manos en los hombros de ella y empujó con suavidad para que se sentara en el sofá. Al hacerlo, su cara quedó a la altura de su pene, a escasa distancia. No podía dejar de mirarla.

Pasó la mano detrás de la nuca para acercarla hacia su miembro.

—Chúpamela, vamos. Lo deseas. —Marta pareció ceder hasta estar a escasos centímetros de su glande, pero, justo en ese momento, giró la cabeza y se deshizo de la mano sobre su nuca.

—No puedo. De verdad, no puedo.

—Vale, lo entiendo. —Cristian lanzó un suspiro más amplificado de lo esperado—. Me voy a la cama. —Se subió el pijama, se recolocó la camiseta y se dio la vuelta—. Los dos lo tenemos claro. Así que, a partir de ahora, déjame en paz. Y por favor, deja de comportarte como una calientapollas.

—Espera, Cristian. Espera, por favor. —Pero él ya desaparecía por el pasillo.



— · —​



Entró a su cuarto con una sensación agridulce. Había estado más cerca que nunca. Había llegado a ponerle la polla delante de su cara, lo que tenía un morbo excepcional, y ella había estado a punto de ceder. Sin embargo había cometido un error. No debió irse, y menos enfadado. Tenía que haber seguido insistiendo. Y si no hoy, mañana, pero acababa de eliminar todas las opciones de un portazo. Ahora ambos se alejarían el uno del otro y lo suyo terminaría enfriándose.

Se sentó en su cama con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. Absortó en sus pensamientos, no se percató que la puerta se abrió sigilosamente. Una figura se coló dentro y volvió a cerrar la puerta con el mismo mutismo.

—Nene —dijo en un susurro—, no quiero que estemos enfadados. Tienes razón en que he estado provocándote un poco, pero es que no me hablabas y yo… me estaba volviendo loca. Ya no sabía qué hacer. —Dio un hondo suspiro—. Te aprecio mucho y comprendo que sientas eso por mí, pero tienes que entender que quiero a tu padre y estoy comprometida con él.

Cristian levantó la cabeza, pero permaneció impasible. Su reacción beligerante había provocado un efecto catalizador y ahora ella tomaba una iniciativa de acercamiento más contundente, más acorde con lo que buscaba él. Aun así, mantuvo su pose de enfado.

—Mira —se sentó junto a él—, puede ser que hayamos fantaseado juntos y que me guste que hablemos de ciertos temas, como de tu novia y lo que hacéis cuando estáis solos. Pero ese tipo de cosas no pueden salir de aquí —dijo tocándole la cabeza con el dedo índice—. No te enfades conmigo ¿vale?

—Vete a dormir —dijo dándose la vuelta para meterse bajo las sábanas.

—Espera —le sujetó del hombro—. No te vayas así a la cama por mi culpa.

Se puso de pie y sus manos desaparecieron por debajo del salto de cama que llevaba esa noche. Metió los pulgares por los costados de sus bragas y tiró de ellas. Cristian las vio aparecer con los ojos como platos.

Marta levantó una pierna para sacar el pie de la prenda, luego repitió la operación con la otra.

—Toma, haz con ellas lo que quieras, pajéate, córrete encima y no te preocupes por lo sucias que queden. Cada mañana las repondré por otras nuevas —dijo señalando al cajón con un golpe de mentón—. Nuevas, pero recién usadas, ya me entiendes.

Cristian dudó y ella se las puso en las manos, agarrándolas entre las suyas.

—Venga, cógelas y volvamos a ser amigos, ¿vale? Como al principio, como antes del vídeo.

Él las levantó a la altura de sus ojos y las miró con detenimiento. Eran blancas, como las anteriores, pero en esta ocasión, el encaje ocupaba toda la prenda a excepción de la parte inferior, la que cubría los labios, que era de un material liso. Se fijó que, al igual que las otras, también unas flores de pétalos irregulares ayudaban a opacar la transparencia en toda su extensión, consiguiendo el mismo punto sexy se miraran por donde se miraran. En el elástico de la cintura, unas letras grandes resaltaban la marca y Cristian se preguntó cuánto invertiría Marta en esa parte de su atuendo.

Los bordes de las piernas eran rematados por unos ribetes de puntilla fina.

Pasó el pulgar por la parte interna, deslizándolo con suavidad. Después, las llevó a la nariz y cerró los ojos unos instantes. Olían a ella.

—¿Cada mañana? —preguntó con los ojos aún cerrados.

Marta se permitió una sonrisa, aliviada, y asintió con la cabeza. Sus ojos reflejaban la tensión liberada de ese último momento.

—Cada mañana —corroboró—. Limpiaré tu cuarto, vaciaré los pañuelos sucios que dejes en el cajón y repondré las bragas por las que lleve puestas ese día.

Cristian movió el mentón, dudando.

—Es lo más lejos que puedo ir —advirtió ella entornando las cejas.

Al final, tras unos interminables segundos de duda, él asintió, lo que provocó el abrazo efusivo de ella. Después, revolvió su pelo con una mano y comenzó a besarlo en la mejilla.

—Gracias —decía aliviada—. Gracias, Cristian. Esto es lo mejor para los dos.

Él le devolvió el abrazo, atrayéndola contra su cuerpo.

—Las voy a dejar perdidas de semen, aviso. No sabes lo cargado que llego a casa últimamente.

Una carcajada contenida salió de su garganta.

—Claro que sí —rió ella—, y a mí me encantará recogerlas para lavarlas.

Cristian olió su pelo antes de encararla. Después, frotó su nariz con la suya sin apartar los ojos.

—Me gusta oírte reír, aunque no te lo haya dicho nunca.

—Ayyy, mi niño. Ya tenía ganas de hacer las paces contigo —dijo ella—. Si es que… eres mi debilidad.

Volvió a besarlo presa de la alegría desbordada, llenando sus mofletes de babas.

—Oye, pava, relaja un poco que a la siguiente te meto la boca.

Ella rió su ocurrencia, pero no volvió a besarlo por si acaso, con la cara de él entre sus manos.

—Y apártate, que mira cómo tengo esto —en referencia a su miembro enhiesto que, en ese momento, se apretaba contra el pubis de ella separado solo por sus prendas de dormir—. Una caricia más y te preño. Luego no te enfades, ¿eh?

Ella arqueó las cejas.

—¿Enfadarme? —Sus pulgares acariciaron el rostro del muchacho como si limpiara sus mejillas—. ¿Con el hijo del hombre que amo con todo mi corazón?

»Tú eres lo más importante en su vida. Quererlo a él es quererte a ti. —Volvió a pasar los pulgares por las mejillas—. Nunca podría enfadarme contigo.



— · —​



Cuando se quedó solo en la habitación, sintió un regusto amargo en su conciencia. Había jugado con ella y la había manipulado con el único fin de colarse entre sus piernas. Marta no solo había demostrado ser una mujer madura y serena sino, además, buena persona. Se preguntó si no estaría pasándose de la raya con la futura esposa de su padre.

«A lo mejor sí —pensó con resignación—. Pero la paja me la hago».

Se apoyó en la pared en el mismo sitió que cuando Marta y su padre follaron de pie al otro lado. Cerró los ojos y recreó la escena. No le costó mucho ponerse en situación y enseguida su polla y su libido llegaron a niveles cercanos al orgasmo.

—Oooooh, ooooh, qué buena estás, joder —gemía mientras la meneaba con brío.

Se preguntó si ella sabría lo que estaba haciendo en ese instante.

«Seguro que sí».

Las bragas envolvían su polla y se pajeaba como si las follara, como si la follara a ella. Momentos más tarde, la abundante corrida dejó la prenda perdida de semen.

«Qué morbo saber que mañana las tendrás entre tus manos».

Las metió al cajón y se echó a dormir. Cayó rendido casi al instante.


Fin capítulo VIII
Tremendo!! Excelente capítulo!! Pasan los mismos y tanto el morbo como el interés x la zaga no decaen en absoluto. Es más, diría q van "in crescendo". Un genio!!!
Felicitaciones!!!!!
 

Little Malaya

Virgen
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Jeje, me estaba guardando este para después de acabarme LCDI... Y este me está gustando también, como era de esperar, pero...

¡¡¡ME ENTERO AQUÍ DE QUE HAY CONTINUACIÓN PENDIENTE DE DANI Y ALBA Y NO LO SABÍA!!! AAAAAAAAAHHH!!!!
 

ASeneka

Virgen
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Jeje, me estaba guardando este para después de acabarme LCDI... Y este me está gustando también, como era de esperar, pero...

¡¡¡ME ENTERO AQUÍ DE QUE HAY CONTINUACIÓN PENDIENTE DE DANI Y ALBA Y NO LO SABÍA!!! AAAAAAAAAHHH!!!!
Menuda ilusión encontrarte por aquí.
Pues sí, hay continuación, pero está muuuuuuy verde.
Antes, publicaré algún relato más corto.
Un abrazo.
 

ASeneka

Virgen
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El secreto del cornudo​




Al día siguiente, en clase de física, la profesora no paraba de explicar cosas ininteligibles, llenando la pizarra de dibujos y ecuaciones con símbolos griegos. Sin embargo, él solo tenía ojos para su culo de donde no despegaba la vista.

«Ya le daba yo newtons de fuerza contra la mesa a esta zorrita».

La vibración de un mensaje sacudió su bolsillo. Miró a los lados y echó mano del smartphone sin que nadie se diera cuenta. Sacarlo en clase estaba prohibido, así que lo ocultó debajo del pupitre. Había recibido un Whatsapp de Marta.

Era un vídeo.

Levantó una ceja, extrañado, y le dio a reproducir. Antes se había colocado uno de los auriculares inalámbricos en un oído. En la pantalla apareció la imagen fija de Marta de cintura para abajo. Reconoció la estancia al momento, era su cuarto y la cámara debía estar posada en la silla de su escritorio.

Se le abrieron los ojos como platos cuando vio introducir las manos por debajo del vestidito de verano y tirar de sus bragas hacia abajo. Se sacó la prenda por las piernas y la mostró a la cámara. Eran rojas, de encaje en la mitad superior. Un diminuto lacito adornaba el centro del elástico. En este caso el dibujo del encaje lo constituía una especie de ramificación con pequeñas hojas como bolitas.

Tragó saliva cuando vio cómo las dejaba caer dentro del último cajón de su mesilla y extraía las que le había dado ayer, totalmente sucias de semen reseco. Cristian sonrió ladino. Lo que pasó a continuación le dejó estupefacto.

Marta las manipulo ligeramente, quizás comprobando lo pringosas que estaban. Pasó las yemas de los pulgares por ciertas partes, las volteó a un lado y otro y… se las puso.

Consiguió encajarlas hasta arriba tirando de la prenda mientras movía la cadera a cada lado. Acto seguido levantó el vestidito por delante, mostrándolas durante unos segundos durante los cuales Cristian pudo apreciar la sombra oscura transparentada en mitad de la tela. Después, se agachó doblándose por la cintura y habló a la cámara.

—Como regalo, y solo por esta vez. Porque me encanta que nos llevemos bien y por ser el mejor “ahijado” —dijo entrecomillando con los dedos.

A Cristian se le había caído la mandíbula. Marta llevaba su semen en el coño.

SU-SE-MEN.

Tuvo que acomodarse la polla que había saltado como un resorte debajo del pantalón. Se pasó la mano por la frente para secarse el sudor y miró hacia los lados de nuevo para comprobar que todos seguían ajenos a él. Solo entonces reprodujo el vídeo otra vez.

Un minuto después, abrió el chat de su novia y escribió:

Cristian_

Cristi, ya sé cual va a ser tu castigo. Quiero que lleves unas bragas d otra tia. Me da igual quien sea. Despues t voy a follar con ellas n la cama de tus padres.

La clase continuaba, pero él ya estaba a kilómetros de allí. Ni tan siquiera el culo con forma de cereza invertida de la profesora pudo hacer que no pensara en otra cosa que no fuera el coño de Marta.

No veía el momento de que acabara la clase y poder llegar a casa. Cuando lo hizo, dejó las cosas en la entrada y fue directamente a la cocina, donde su padre y ella ya estaban a la mesa.

Llevaba el mismo vestido del vídeo y se preguntó si, debajo, también llevaría las mismas bragas pringadas de semen. Sintió un pequeño cosquilleo en el estómago. Marta sonrió al verlo, lo saludó como si tal cosa y le mandó sentarse a su lado. Por su actitud, no pudo adivinar si las llevaba o no. Su padre lo siguió con la vista mientras rodeaba la mesa.

—Te veo más alto —dijo entornando los ojos—. A ver si va a ser porque estás de pie. —Hizo una pausa mientras tomaba asiento—. Ah, sí. Era por eso.

Marta soltó una carcajada y ambos intercambiaron una mirada risueña. La de Mario con una sonrisa de oreja a oreja, la de Marta con los ojos llenos de amor. Sin duda, su futuro marido era su luz. Cristian sintió una punzada de admiración y celos aunque no supo por quién de los dos.

Ella lucía resplandeciente, y no solo por esa sonrisa que iluminaba su cara. También el vestido resaltaba el moreno de sus piernas. Se moría por saber lo que habría al final de ellas y no sabía cómo preguntarlo.

—Cuánta comida —señaló Cristian—. ¿Celebramos algo?

La miró a ella, pero quien respondió fue su padre.

—Sin duda —dijo él—. Hoy es la efemérides de ese acontecimiento tan relevante que sucedió hace un año y que se escribió para ser recordado. —Asintió con una caída de ojos mostrando lo sabio que era—. No te olvides de decírselo a tus profesores.

—Descuida, papá. Lo gritaré en voz alta desde mi pupitre.

—Ese es mi chico.

Su padre le ofreció el puño a modo de saludo que él, tras unos segundos de duda, terminó por aceptar. Al chocar con sus nudillos, su padre emitió un sonido como el de una explosión y separó su mano simulando chispas entre los dos.

—Pssss.

—No vuelvas a hacer eso, papá. Me siento ridículo. Es infantil.

Su padre se rió de él y Cristian terminó clavando los ojos en su plato. Hacía muchos años que ese tipo de payasadas había dejado de hacerle gracia. Sin embargo, Marta las disfrutaba como una colegiala, riendo cada una de sus monerías.

Volvió a fijarse en ella. Ardiendo en deseos de saber si aún llevaba las bragas con su semen. Tendría mucho morbo si las tuviera mientras los tres conversaban de temas mundanos. Un juego a tres bandas donde, mientras reían con su padre, a sus espaldas flotaría entre ellos dos un secreto que él sería incapaz de ver.

El secreto del cornudo.

Así era como solían llamarlo su amigo Javier y él. Para ellos no había nada más morboso que maniobrar a espaldas del cornudo que no se entera. Disfrutando de un doble juego de bromas con segundas interpretaciones solo visibles para ellos. Y todo en las narices del propio cornudo.

Aunque por desgracia, en esa ocasión, el cornudo era su padre. Chasqueó la lengua y sintió una punzada de remordimiento.

«Bueno, solo es un juego —se dijo—. Unas bragas manchadas no es infidelidad y él tampoco se va a enterar, así que…».

Marta seguía absorta en su amado y en la propia comida que continuamente iba sirviendo. Levantándose de la mesa cada dos por tres, sin terminar de conectar visualmente con él. En uno de los giros, su corta falda cogió algo de vuelo, poca cosa, pero suficiente para que su imaginación volara y recreara la prenda ante sus ojos llenas de su esencia, llenas de él.

—¿Todavía llevas eso? —preguntó con segundas.

—¿El qué? —contestó mientras vertía la salsa de una sartén en una fuente, de espaldas a él.

—Pues… eso —carraspeó—. Lo de ayer.

—¿Cuál? No sé qué dices.

—Ya sabes…

Marta no se enteraba y su padre terminó levantando la cabeza, intrigado. Giró la vista hacia su amada y la repasó de arriba abajo.

—¿El vestido? —preguntó Mario.

—Eh… sí, eso, el vestido —corroboró su hijo—. Es el de ayer, ¿no?

—¿Éste? —contestó ella frunciendo el ceño y mirándolo por primera vez—. Qué va, si no me lo he puesto en todo el año hasta hoy. Precisamente esta mañana lo he sacado del armario.

Cristian esperó alguna señal velada o un guiño.

No llegó.

Marta no se daba por aludida o no se enteraba de la pregunta con segundas de su hijastro. Continuó preparando el segundo plato de espaldas a ambos.

«Con lo morboso que sería».

No volvió a intentar coleguear con ella y arriesgarse a que su padre sospechara, así que continuó comiendo con la vista en el plato. La oportunidad se presentó cuando Mario se levantó para ir al salón y ambos se quedaron solos.

—Cariño, voy a reposar la comida frente a la tele —había dicho besándola—. Si cierro los ojos no será porque me esté durmiendo a causa del sopor ni nada de eso. Así que no me pintéis monigotes en la cara.

Marta sonrió ahondando el beso, Cristian puso los ojos en blanco. Nada más verlo salir, se acercó a ella por detrás.

—¿Llevas las bragas? —susurró.

—¿Qué? —contestó sobresaltada al verlo a su lado.

—Las bragas, las de ayer, con mi semen.

La cara de ella borró los restos de la sonrisa que le había regalado a su padre y mantuvo cierto rictus de perplejidad durante unos segundos.

—¿Eso era lo que me preguntabas en la comida? —La perplejidad se hizo sombra— ¿Delante de tu padre?

La última pregunta sonó como una acusación cayendo como una lápida. Su cara de reprobación dejaba bien claro su gran decepción.

—Bueno, a ver, tía, no me dirás que no es morboso. Tenía que saber si las llevas todavía.

Marta movió la cabeza a un lado y a otro, mostrando un triste desencanto y se apoyó hacia atrás, con las manos agarrando el borde de la encimera.

—Me las he puesto solo para el vídeo, antes de ir a la ducha. Un detalle hacia ti. Ya veo que he hecho mal.

—No, joder, no te mosquees.

—Cristian, en serio, si no sabes estar a la altura; si no vas a respetarme ni a mí ni a tu padre…

—Que no, que no. A ver… yo solo… Era una broma. Para hacer la coña delante de papá.

Los ojos de Marta casi se dan vuelta al percibir a su amado como centro de su burla.

—No, Cristian, el trato NO era para eso. El juego es entre tú y yo y no sale de tu cuarto. Lo hablamos ayer. Tú disfrutas de tu fantasía y yo te ayudo, pero solo a través de ese cajón.

Tenía la espalda recta y se había echado ligeramente hacia atrás, apartándose de él como si le repeliera. Todo el buenrollismo de ayer había desaparecido y, en su lugar, Marta comenzaba a tomar el mismo rictus indolente del principio. Tocaba dar un paso atrás.

—Vale, perdona. Es que tu vídeo me ha puesto muy marrano y he desbarrado un poco. —Marta seguía mirándolo con el mismo semblante, sin dar el brazo a torcer—. Vaa, tía. No te chines. Que soy un adolescente y tengo las hormonas a mil.

Ella movió el mentón a un lado, sosteniendo su mirada. No terminaba de estar segura de él.

—Vale, está bien. Vete a estudiar, anda. —Terminó claudicando y, con ello, eliminando la tensión. Le dio un azote cariñoso para que saliera de la cocina. Casi en el quicio de la puerta se giró hacia ella.

—¿Pero, las llevas o no?

Marta puso los ojos en blanco.

—No, por Dios. Las he echado a lavar nada más enviarte el mensaje.

Cristian hizo un mohín, pero le devolvió una sonrisa triste. No era la respuesta que esperaba.

—Pero todavía estaban muy pringosas cuando las he cogido —dijo, ahora sí, en tono conciliador—, por si te sirve de consuelo.

La sonrisa de él se convirtió en una mueca de sorpresa placentera.

—Vale, me sirve para… ejem —carraspeó—. Me voy a estudiar.

Marta le lanzó un trapo y él rió a carcajadas mientras salía disparado por el pasillo.



— · —​



A la tarde se juntó con su padre y Marta en el salón. Ambos leían con la tele puesta. Levantando la vista de vez en cuando, entre página y página. Unos tertulianos chonis se gritaban de todo alrededor de una mesa. Cristian se desparramó en el sofá contiguo y comenzó a chatear con Cristina.

Cristian_

Como van esas braguitas que te vas a poner de otra tia y con las que te voy a follar?

Cristi_

Jolin, que pesadito estas con el tema. Dame un poco d tiempo, no?​

Cristian_

Es mi reto. Lo tienes que hacer

Cristi_

Ya, bueno, ahora stoy en casa de Lauri. Nos estamos probando ropa suya.​

Cristian_

Tambien bragas????

Cristi_

No, eso no, tío. No somos tan guarras. Pero a ver si le puedo escaquear unas sin que se entere y q m puedas follar con ellas.​

Cristian_

ufffff, pava, como me acabas de poner. Quedamos esta tarde, en tu casa, no?

Cristi_

mejor mañana q no stan mis padres. Mientras tanto, no te la vayas a menear pensando en mi amiga, perro​

Cristian apagó el móvil y observó a Marta que en ese momento miraba los tertulianos de la tele y negaba con la cabeza.

«En ti es en quien voy a pensar, joder».

Se preguntó si Cristina accedería a ponerse unas de ella recién usadas.

«Estaría guapo», se dijo.

La impaciencia le pudo y, un rato después, salía de casa en dirección a la de su novia. Le había dicho que ya habían dejado de probarse cosas y se volvía con un “regalo” de su amiga. Quizás habría suerte.



— · —​



En el segundo descansillo se encontró con Herminia que subía escalón a escalón con dos bolsas de la compra, intentando no perder el resuello.

—Herminia, joder, llámeme al telefonillo y bajo a buscarla. Puta manía con hacer la ascensión hasta el quinto como si se creyera un sherpa de Móstoles.

—¿Y qué te crees que soy, una vieja, so mandril?

—Pues sí, coño y mucho. Que un día va a llegar tan arrugada por la falta de oxígeno que no se le van a ver ni los ojos. Más de lo que está, digo.

Herminia movió el mentón hacia adelante y fijó la vista en él.

—Gracias por preocuparte por la tersura de mi tez, pero, si no te importa, seguiré subiendo mis compras yo misma. Y tranquilo, que no voy a morir en el descansillo por unos escalones de nada.

—A ver, que no es porque se muera usted, sino por el susto que me llevo.

De haber llevado chándal, le hubiera lanzado una bolsa a la cabeza. En su lugar entrecerró los ojos intentando fulminarle con la mirada. Cristian se hizo con las bolsas de la señora.

—La culpa la tiene el tocahuevos de su hijo —insistió él comenzando a ascender—. Mi padre dijo que en la última reunión de portal se negó a que se sustituyera el ascensor por otro nuevo. Y las reparaciones le parecieron muy caras —bufó—. ¡Que su madre moribunda vive en un quinto piso, coño!

—No te metas con el tocahuevos de mi hijo. Sus bobadas son cosa mía.

Cristian movió la cabeza. Su hijo era un rata miserable que se negaba a que su madre gastara un solo euro solo para poder heredarlo algún día. El típico tocapelotas que hay en cada bloque de pisos que boicotea cualquier acuerdo de la comunidad que implique gastar dinero.

—Sus bobadas le están hiperdesarrollando unos cuádriceps horribles y un culo fibroso que no pegan con sus tetas arrugadas de vieja chocha.

Herminia se llevó tres dedos al puente de la nariz y resopló hastiada.

—Fffffff, chico, un día salto y te arranco la cara a arañazos.

Cristian se carcajeó con sonoridad.

—Ande, apóyese en mí y deje que le ayude, Catwoman.

—Te dejaré ciego —amenazó ella mientras le cogía del brazo con sus manos huesudas.

La acompañó hasta su puerta pasando dentro con ella. Las compras pesaban tanto como parecían y se preguntó desde qué hora llevaría trepando escaleras. Al llegar a la cocina, Herminia se sentó en una silla mientras él metía parte de los productos en la nevera.

—Pero… ¿qué coño? ¡joder! —exclamó de pronto él.

Ella le observaba con una especie de felicidad vengativa. Cristian no daba crédito.

—Pero, pero… hay tres consoladores en el frigorífico. —Su mirada iba de Herminia al interior del electrodoméstico sin salir de su asombro—. Y son… enormes. Y usted… usted es un vejestorio, joder.

—¡Calla, macaco! Soy una mujer actual y moderna que se mueve con los tiempos. Independiente y desinhibida que sabe lo que quiere —bufó—. Y tú solo eres un mocoso que aún no sabe dónde la tiene. A ver si piensas que eres el único que se masturba en este país.

Cristian se tapaba los ojos con fuerza como si con ello pudiera eliminar la imagen que acababa de formarse de su vecina con los dildos.

—Me está dando mucho asco.

—No te lo daría tanto si fueran de tu… “madrastra” —apostilló con un tono ladino.

Se puso en alerta y comenzó a destaparse un ojo para encararla. Herminia mostraba una sonrisa de quien conoce un secreto muy oscuro.

—No sé de qué habla.

—Venga ya, chico. He visto cómo la miras cuando vais los tres por la calle —hizo una pausa—. Y los repasos que le pegas al culo… y lo que no es el culo —malmetió—. ¿Te gustan las que marcan paquete?

—De verdad, Herminia, que no sé de qué habla. Está chocheando.

—Hablo de que te la meneas pensando en ella; con la futura mujer de tu padre. —Y soltó la bomba—. Y con sus braguitas sucias.

—¡Qué coño dice! ¡¿Cómo sabe eso?!

La mujer abrió la boca en una mueca muda de una carcajada mostrando unos dientes todavía blancos y bien cuidados. Pero la suya era una imagen de alguien con una mente sibilina.

—No lo sabía. Lo supuse porque es el fetiche de todos los adolescentes pajilleros como tú. Ahora me lo acabas de confirmar.

Cristian se golpeó en la frente, enfadado consigo mismo por ser tan torpe. Se puso de pie y apretó los puños.

—Y usted se pajea con tres consoladores mandingos que parecen pollas disecadas. No sé qué es peor.

—Son moldes hiperrealistas de penes de verdad, idiota. Y la diferencia es que a mí no me avergüenza pajearme con fetiches de otros como a ti, que te has puesto más colorado que un tomate.

La conversación había dejado de tener gracia. Fruncía el ceño, tan enfadado como confuso. Las bragas de Marta eran un secreto entre ellos dos que acababa de quedar descubierto. Para colmo acababa de conocer algo íntimo de la vida de su vecina que hubiera preferido no saber.

—¿Y los tiene que tener en la nevera para que yo los vea?

—Para mantenerlos alejados de lugares calientes y húmedos donde proliferan las bacterias.

—Como su chocho arrugado, ¿no?

Herminia apretó la mandíbula.

—En serio, chico, te dejo ciego —dijo levantando los dedos a modo de garras.

Se quedaron en silencio, lo que ayudó a que la tensión se rebajara poco a poco. La vieja había demostrado ser tremendamente sagaz. Cristian sonrió levemente, al menos ambos conocían un secreto obsceno del otro.

—Y, ¿dice que son moldes? —preguntó conciliador—. ¿De quién, si puede saberse?

—No, no se puede. No sea que me pidas alguno para metértelo vete a saber por dónde. —Se lo pensó un poco—. Pero te puedo decir que las personas de quien salieron los moldes… no saben que las poseo.

Se acercó a él con una sonrisa roedora y bajó la voz a un susurro.

—Menudo morbazo masturbarte con algo de otro a sus espaldas. Algo prohibido y vergonzante que solo tú conoces, ¿eh?, pequeño guarrete. Lo excitante que resulta estrechar su mano con una sonrisa franca, sin que llegue a imaginar, por lo más remoto, lo que acaba de suceder minutos antes en la intimidad de tu dormitorio.

«El Secreto del Cornudo», pensó Cristian para sus adentros y sonrió con ella.

—Pues sí, vieja zorra. Y hablar con segundas sin que se entere realmente de a qué te estás refiriendo. Aunque en su caso suene espeluznante.

La colleja se oyó hasta en el pasillo.


Fin capítulo iX
 

nicoadicto

Estrella Porno
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El secreto del cornudo​




Al día siguiente, en clase de física, la profesora no paraba de explicar cosas ininteligibles, llenando la pizarra de dibujos y ecuaciones con símbolos griegos. Sin embargo, él solo tenía ojos para su culo de donde no despegaba la vista.

«Ya le daba yo newtons de fuerza contra la mesa a esta zorrita».

La vibración de un mensaje sacudió su bolsillo. Miró a los lados y echó mano del smartphone sin que nadie se diera cuenta. Sacarlo en clase estaba prohibido, así que lo ocultó debajo del pupitre. Había recibido un Whatsapp de Marta.

Era un vídeo.

Levantó una ceja, extrañado, y le dio a reproducir. Antes se había colocado uno de los auriculares inalámbricos en un oído. En la pantalla apareció la imagen fija de Marta de cintura para abajo. Reconoció la estancia al momento, era su cuarto y la cámara debía estar posada en la silla de su escritorio.

Se le abrieron los ojos como platos cuando vio introducir las manos por debajo del vestidito de verano y tirar de sus bragas hacia abajo. Se sacó la prenda por las piernas y la mostró a la cámara. Eran rojas, de encaje en la mitad superior. Un diminuto lacito adornaba el centro del elástico. En este caso el dibujo del encaje lo constituía una especie de ramificación con pequeñas hojas como bolitas.

Tragó saliva cuando vio cómo las dejaba caer dentro del último cajón de su mesilla y extraía las que le había dado ayer, totalmente sucias de semen reseco. Cristian sonrió ladino. Lo que pasó a continuación le dejó estupefacto.

Marta las manipulo ligeramente, quizás comprobando lo pringosas que estaban. Pasó las yemas de los pulgares por ciertas partes, las volteó a un lado y otro y… se las puso.

Consiguió encajarlas hasta arriba tirando de la prenda mientras movía la cadera a cada lado. Acto seguido levantó el vestidito por delante, mostrándolas durante unos segundos durante los cuales Cristian pudo apreciar la sombra oscura transparentada en mitad de la tela. Después, se agachó doblándose por la cintura y habló a la cámara.

—Como regalo, y solo por esta vez. Porque me encanta que nos llevemos bien y por ser el mejor “ahijado” —dijo entrecomillando con los dedos.

A Cristian se le había caído la mandíbula. Marta llevaba su semen en el coño.

SU-SE-MEN.

Tuvo que acomodarse la polla que había saltado como un resorte debajo del pantalón. Se pasó la mano por la frente para secarse el sudor y miró hacia los lados de nuevo para comprobar que todos seguían ajenos a él. Solo entonces reprodujo el vídeo otra vez.

Un minuto después, abrió el chat de su novia y escribió:

Cristian_

Cristi, ya sé cual va a ser tu castigo. Quiero que lleves unas bragas d otra tia. Me da igual quien sea. Despues t voy a follar con ellas n la cama de tus padres.

La clase continuaba, pero él ya estaba a kilómetros de allí. Ni tan siquiera el culo con forma de cereza invertida de la profesora pudo hacer que no pensara en otra cosa que no fuera el coño de Marta.

No veía el momento de que acabara la clase y poder llegar a casa. Cuando lo hizo, dejó las cosas en la entrada y fue directamente a la cocina, donde su padre y ella ya estaban a la mesa.

Llevaba el mismo vestido del vídeo y se preguntó si, debajo, también llevaría las mismas bragas pringadas de semen. Sintió un pequeño cosquilleo en el estómago. Marta sonrió al verlo, lo saludó como si tal cosa y le mandó sentarse a su lado. Por su actitud, no pudo adivinar si las llevaba o no. Su padre lo siguió con la vista mientras rodeaba la mesa.

—Te veo más alto —dijo entornando los ojos—. A ver si va a ser porque estás de pie. —Hizo una pausa mientras tomaba asiento—. Ah, sí. Era por eso.

Marta soltó una carcajada y ambos intercambiaron una mirada risueña. La de Mario con una sonrisa de oreja a oreja, la de Marta con los ojos llenos de amor. Sin duda, su futuro marido era su luz. Cristian sintió una punzada de admiración y celos aunque no supo por quién de los dos.

Ella lucía resplandeciente, y no solo por esa sonrisa que iluminaba su cara. También el vestido resaltaba el moreno de sus piernas. Se moría por saber lo que habría al final de ellas y no sabía cómo preguntarlo.

—Cuánta comida —señaló Cristian—. ¿Celebramos algo?

La miró a ella, pero quien respondió fue su padre.

—Sin duda —dijo él—. Hoy es la efemérides de ese acontecimiento tan relevante que sucedió hace un año y que se escribió para ser recordado. —Asintió con una caída de ojos mostrando lo sabio que era—. No te olvides de decírselo a tus profesores.

—Descuida, papá. Lo gritaré en voz alta desde mi pupitre.

—Ese es mi chico.

Su padre le ofreció el puño a modo de saludo que él, tras unos segundos de duda, terminó por aceptar. Al chocar con sus nudillos, su padre emitió un sonido como el de una explosión y separó su mano simulando chispas entre los dos.

—Pssss.

—No vuelvas a hacer eso, papá. Me siento ridículo. Es infantil.

Su padre se rió de él y Cristian terminó clavando los ojos en su plato. Hacía muchos años que ese tipo de payasadas había dejado de hacerle gracia. Sin embargo, Marta las disfrutaba como una colegiala, riendo cada una de sus monerías.

Volvió a fijarse en ella. Ardiendo en deseos de saber si aún llevaba las bragas con su semen. Tendría mucho morbo si las tuviera mientras los tres conversaban de temas mundanos. Un juego a tres bandas donde, mientras reían con su padre, a sus espaldas flotaría entre ellos dos un secreto que él sería incapaz de ver.

El secreto del cornudo.

Así era como solían llamarlo su amigo Javier y él. Para ellos no había nada más morboso que maniobrar a espaldas del cornudo que no se entera. Disfrutando de un doble juego de bromas con segundas interpretaciones solo visibles para ellos. Y todo en las narices del propio cornudo.

Aunque por desgracia, en esa ocasión, el cornudo era su padre. Chasqueó la lengua y sintió una punzada de remordimiento.

«Bueno, solo es un juego —se dijo—. Unas bragas manchadas no es infidelidad y él tampoco se va a enterar, así que…».

Marta seguía absorta en su amado y en la propia comida que continuamente iba sirviendo. Levantándose de la mesa cada dos por tres, sin terminar de conectar visualmente con él. En uno de los giros, su corta falda cogió algo de vuelo, poca cosa, pero suficiente para que su imaginación volara y recreara la prenda ante sus ojos llenas de su esencia, llenas de él.

—¿Todavía llevas eso? —preguntó con segundas.

—¿El qué? —contestó mientras vertía la salsa de una sartén en una fuente, de espaldas a él.

—Pues… eso —carraspeó—. Lo de ayer.

—¿Cuál? No sé qué dices.

—Ya sabes…

Marta no se enteraba y su padre terminó levantando la cabeza, intrigado. Giró la vista hacia su amada y la repasó de arriba abajo.

—¿El vestido? —preguntó Mario.

—Eh… sí, eso, el vestido —corroboró su hijo—. Es el de ayer, ¿no?

—¿Éste? —contestó ella frunciendo el ceño y mirándolo por primera vez—. Qué va, si no me lo he puesto en todo el año hasta hoy. Precisamente esta mañana lo he sacado del armario.

Cristian esperó alguna señal velada o un guiño.

No llegó.

Marta no se daba por aludida o no se enteraba de la pregunta con segundas de su hijastro. Continuó preparando el segundo plato de espaldas a ambos.

«Con lo morboso que sería».

No volvió a intentar coleguear con ella y arriesgarse a que su padre sospechara, así que continuó comiendo con la vista en el plato. La oportunidad se presentó cuando Mario se levantó para ir al salón y ambos se quedaron solos.

—Cariño, voy a reposar la comida frente a la tele —había dicho besándola—. Si cierro los ojos no será porque me esté durmiendo a causa del sopor ni nada de eso. Así que no me pintéis monigotes en la cara.

Marta sonrió ahondando el beso, Cristian puso los ojos en blanco. Nada más verlo salir, se acercó a ella por detrás.

—¿Llevas las bragas? —susurró.

—¿Qué? —contestó sobresaltada al verlo a su lado.

—Las bragas, las de ayer, con mi semen.

La cara de ella borró los restos de la sonrisa que le había regalado a su padre y mantuvo cierto rictus de perplejidad durante unos segundos.

—¿Eso era lo que me preguntabas en la comida? —La perplejidad se hizo sombra— ¿Delante de tu padre?

La última pregunta sonó como una acusación cayendo como una lápida. Su cara de reprobación dejaba bien claro su gran decepción.

—Bueno, a ver, tía, no me dirás que no es morboso. Tenía que saber si las llevas todavía.

Marta movió la cabeza a un lado y a otro, mostrando un triste desencanto y se apoyó hacia atrás, con las manos agarrando el borde de la encimera.

—Me las he puesto solo para el vídeo, antes de ir a la ducha. Un detalle hacia ti. Ya veo que he hecho mal.

—No, joder, no te mosquees.

—Cristian, en serio, si no sabes estar a la altura; si no vas a respetarme ni a mí ni a tu padre…

—Que no, que no. A ver… yo solo… Era una broma. Para hacer la coña delante de papá.

Los ojos de Marta casi se dan vuelta al percibir a su amado como centro de su burla.

—No, Cristian, el trato NO era para eso. El juego es entre tú y yo y no sale de tu cuarto. Lo hablamos ayer. Tú disfrutas de tu fantasía y yo te ayudo, pero solo a través de ese cajón.

Tenía la espalda recta y se había echado ligeramente hacia atrás, apartándose de él como si le repeliera. Todo el buenrollismo de ayer había desaparecido y, en su lugar, Marta comenzaba a tomar el mismo rictus indolente del principio. Tocaba dar un paso atrás.

—Vale, perdona. Es que tu vídeo me ha puesto muy marrano y he desbarrado un poco. —Marta seguía mirándolo con el mismo semblante, sin dar el brazo a torcer—. Vaa, tía. No te chines. Que soy un adolescente y tengo las hormonas a mil.

Ella movió el mentón a un lado, sosteniendo su mirada. No terminaba de estar segura de él.

—Vale, está bien. Vete a estudiar, anda. —Terminó claudicando y, con ello, eliminando la tensión. Le dio un azote cariñoso para que saliera de la cocina. Casi en el quicio de la puerta se giró hacia ella.

—¿Pero, las llevas o no?

Marta puso los ojos en blanco.

—No, por Dios. Las he echado a lavar nada más enviarte el mensaje.

Cristian hizo un mohín, pero le devolvió una sonrisa triste. No era la respuesta que esperaba.

—Pero todavía estaban muy pringosas cuando las he cogido —dijo, ahora sí, en tono conciliador—, por si te sirve de consuelo.

La sonrisa de él se convirtió en una mueca de sorpresa placentera.

—Vale, me sirve para… ejem —carraspeó—. Me voy a estudiar.

Marta le lanzó un trapo y él rió a carcajadas mientras salía disparado por el pasillo.



— · —​



A la tarde se juntó con su padre y Marta en el salón. Ambos leían con la tele puesta. Levantando la vista de vez en cuando, entre página y página. Unos tertulianos chonis se gritaban de todo alrededor de una mesa. Cristian se desparramó en el sofá contiguo y comenzó a chatear con Cristina.

Cristian_

Como van esas braguitas que te vas a poner de otra tia y con las que te voy a follar?

Cristi_

Jolin, que pesadito estas con el tema. Dame un poco d tiempo, no?​

Cristian_

Es mi reto. Lo tienes que hacer

Cristi_

Ya, bueno, ahora stoy en casa de Lauri. Nos estamos probando ropa suya.​

Cristian_

Tambien bragas????

Cristi_

No, eso no, tío. No somos tan guarras. Pero a ver si le puedo escaquear unas sin que se entere y q m puedas follar con ellas.​

Cristian_

ufffff, pava, como me acabas de poner. Quedamos esta tarde, en tu casa, no?

Cristi_

mejor mañana q no stan mis padres. Mientras tanto, no te la vayas a menear pensando en mi amiga, perro​

Cristian apagó el móvil y observó a Marta que en ese momento miraba los tertulianos de la tele y negaba con la cabeza.

«En ti es en quien voy a pensar, joder».

Se preguntó si Cristina accedería a ponerse unas de ella recién usadas.

«Estaría guapo», se dijo.

La impaciencia le pudo y, un rato después, salía de casa en dirección a la de su novia. Le había dicho que ya habían dejado de probarse cosas y se volvía con un “regalo” de su amiga. Quizás habría suerte.



— · —​



En el segundo descansillo se encontró con Herminia que subía escalón a escalón con dos bolsas de la compra, intentando no perder el resuello.

—Herminia, joder, llámeme al telefonillo y bajo a buscarla. Puta manía con hacer la ascensión hasta el quinto como si se creyera un sherpa de Móstoles.

—¿Y qué te crees que soy, una vieja, so mandril?

—Pues sí, coño y mucho. Que un día va a llegar tan arrugada por la falta de oxígeno que no se le van a ver ni los ojos. Más de lo que está, digo.

Herminia movió el mentón hacia adelante y fijó la vista en él.

—Gracias por preocuparte por la tersura de mi tez, pero, si no te importa, seguiré subiendo mis compras yo misma. Y tranquilo, que no voy a morir en el descansillo por unos escalones de nada.

—A ver, que no es porque se muera usted, sino por el susto que me llevo.

De haber llevado chándal, le hubiera lanzado una bolsa a la cabeza. En su lugar entrecerró los ojos intentando fulminarle con la mirada. Cristian se hizo con las bolsas de la señora.

—La culpa la tiene el tocahuevos de su hijo —insistió él comenzando a ascender—. Mi padre dijo que en la última reunión de portal se negó a que se sustituyera el ascensor por otro nuevo. Y las reparaciones le parecieron muy caras —bufó—. ¡Que su madre moribunda vive en un quinto piso, coño!

—No te metas con el tocahuevos de mi hijo. Sus bobadas son cosa mía.

Cristian movió la cabeza. Su hijo era un rata miserable que se negaba a que su madre gastara un solo euro solo para poder heredarlo algún día. El típico tocapelotas que hay en cada bloque de pisos que boicotea cualquier acuerdo de la comunidad que implique gastar dinero.

—Sus bobadas le están hiperdesarrollando unos cuádriceps horribles y un culo fibroso que no pegan con sus tetas arrugadas de vieja chocha.

Herminia se llevó tres dedos al puente de la nariz y resopló hastiada.

—Fffffff, chico, un día salto y te arranco la cara a arañazos.

Cristian se carcajeó con sonoridad.

—Ande, apóyese en mí y deje que le ayude, Catwoman.

—Te dejaré ciego —amenazó ella mientras le cogía del brazo con sus manos huesudas.

La acompañó hasta su puerta pasando dentro con ella. Las compras pesaban tanto como parecían y se preguntó desde qué hora llevaría trepando escaleras. Al llegar a la cocina, Herminia se sentó en una silla mientras él metía parte de los productos en la nevera.

—Pero… ¿qué coño? ¡joder! —exclamó de pronto él.

Ella le observaba con una especie de felicidad vengativa. Cristian no daba crédito.

—Pero, pero… hay tres consoladores en el frigorífico. —Su mirada iba de Herminia al interior del electrodoméstico sin salir de su asombro—. Y son… enormes. Y usted… usted es un vejestorio, joder.

—¡Calla, macaco! Soy una mujer actual y moderna que se mueve con los tiempos. Independiente y desinhibida que sabe lo que quiere —bufó—. Y tú solo eres un mocoso que aún no sabe dónde la tiene. A ver si piensas que eres el único que se masturba en este país.

Cristian se tapaba los ojos con fuerza como si con ello pudiera eliminar la imagen que acababa de formarse de su vecina con los dildos.

—Me está dando mucho asco.

—No te lo daría tanto si fueran de tu… “madrastra” —apostilló con un tono ladino.

Se puso en alerta y comenzó a destaparse un ojo para encararla. Herminia mostraba una sonrisa de quien conoce un secreto muy oscuro.

—No sé de qué habla.

—Venga ya, chico. He visto cómo la miras cuando vais los tres por la calle —hizo una pausa—. Y los repasos que le pegas al culo… y lo que no es el culo —malmetió—. ¿Te gustan las que marcan paquete?

—De verdad, Herminia, que no sé de qué habla. Está chocheando.

—Hablo de que te la meneas pensando en ella; con la futura mujer de tu padre. —Y soltó la bomba—. Y con sus braguitas sucias.

—¡Qué coño dice! ¡¿Cómo sabe eso?!

La mujer abrió la boca en una mueca muda de una carcajada mostrando unos dientes todavía blancos y bien cuidados. Pero la suya era una imagen de alguien con una mente sibilina.

—No lo sabía. Lo supuse porque es el fetiche de todos los adolescentes pajilleros como tú. Ahora me lo acabas de confirmar.

Cristian se golpeó en la frente, enfadado consigo mismo por ser tan torpe. Se puso de pie y apretó los puños.

—Y usted se pajea con tres consoladores mandingos que parecen pollas disecadas. No sé qué es peor.

—Son moldes hiperrealistas de penes de verdad, idiota. Y la diferencia es que a mí no me avergüenza pajearme con fetiches de otros como a ti, que te has puesto más colorado que un tomate.

La conversación había dejado de tener gracia. Fruncía el ceño, tan enfadado como confuso. Las bragas de Marta eran un secreto entre ellos dos que acababa de quedar descubierto. Para colmo acababa de conocer algo íntimo de la vida de su vecina que hubiera preferido no saber.

—¿Y los tiene que tener en la nevera para que yo los vea?

—Para mantenerlos alejados de lugares calientes y húmedos donde proliferan las bacterias.

—Como su chocho arrugado, ¿no?

Herminia apretó la mandíbula.

—En serio, chico, te dejo ciego —dijo levantando los dedos a modo de garras.

Se quedaron en silencio, lo que ayudó a que la tensión se rebajara poco a poco. La vieja había demostrado ser tremendamente sagaz. Cristian sonrió levemente, al menos ambos conocían un secreto obsceno del otro.

—Y, ¿dice que son moldes? —preguntó conciliador—. ¿De quién, si puede saberse?

—No, no se puede. No sea que me pidas alguno para metértelo vete a saber por dónde. —Se lo pensó un poco—. Pero te puedo decir que las personas de quien salieron los moldes… no saben que las poseo.

Se acercó a él con una sonrisa roedora y bajó la voz a un susurro.

—Menudo morbazo masturbarte con algo de otro a sus espaldas. Algo prohibido y vergonzante que solo tú conoces, ¿eh?, pequeño guarrete. Lo excitante que resulta estrechar su mano con una sonrisa franca, sin que llegue a imaginar, por lo más remoto, lo que acaba de suceder minutos antes en la intimidad de tu dormitorio.

«El Secreto del Cornudo», pensó Cristian para sus adentros y sonrió con ella.

—Pues sí, vieja zorra. Y hablar con segundas sin que se entere realmente de a qué te estás refiriendo. Aunque en su caso suene espeluznante.

La colleja se oyó hasta en el pasillo.


Fin capítulo iX
Épico!! Excelente capitulos q ha tenido unos giros morbosos muy atrapantes!!!
 

ASeneka

Virgen
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Teresa​


En casa de Cristina, fue su madre quien le recibió. Estaba sola y le hizo pasar a la cocina mientras terminaba de recogerla. Su hija no tardaría en llegar, según le dijo. Ella estaba aprovechando la tarde para hacer limpieza en casa. Cristian se maldijo por dentro por su mala suerte.
Hoy no iban a follar en la cama de sus padres.
Sin otra opción decidió, pues, quedarse charlando con ella hasta que llegara. Irse por donde había venido podía hacerle quedar mal, así que, se sentó junto a la mesa donde pudo apreciarla con detenimiento.
Los rasgos de su pasado hippy habían desaparecido por completo y, de aquella lejana época, apenas podían apreciarse tres tatuajes borrosos en sendos dedos de su mano izquierda. Los abundantes orificios que otrora llevara en sus orejas también habían desvanecido y, de ellos, solo quedaban aquellos de donde colgaban un par de pendientes clásicos de perla.
Constató que de joven debió haber sido una hembra espectacular a tenor de la figura que aún conservaba, con las anchuras propias de la edad, pero bien conservadas y de carnes duras. Cristian sonrió para sus adentros imaginando guarradas con ella.
«A lo mejor sea en ti en quien piense cuando me folle a tu hija», se dijo.
—¿Quieres un té? —preguntó ella aún de espaldas a él.
—No, gracias, señora. No suelo tomar esas cosas.
—Es Rooibos. —Cristian la miró sin comprender. Ella se giró al comprobar su mutismo—. No tiene teína y es rico en antioxidantes —aclaró—. Es originario de Sudáfrica.
Intentaba no poner cara de asco. Nunca le había gustado probar ese tipo de mierdas de viejos y menos si venían de un continente tan chungo.
—Iba a hacer uno para mí —apostilló ella—. Podrías tomarte otro conmigo mientras esperamos a Cris.
Eso lo cambiaba todo.
Poco después, Teresa colocaba una taza humeante frente a él. La había llevado cogida por el platillo evitando quemarse.
—El truco está en hervir bien el agua para que disuelvan todas las sustancias de la hoja —aclaró ella—. No lo tomes todavía o te abrasarás.
La sonrisa llena de ternura de la señora evocaba en él otra cosa muy diferente en su entrepierna. Mientras tomaba asiento, bajó la vista hasta su escote donde se apreciaba el nacimiento de sus generosas tetas. Teresa debió darse cuenta porque carraspeó y se tapó ligeramente.
Él apartó la vista con rapidez y, para disimular, sopló su taza provocando que la nube de vaho dibujara una estela alargada. Ella le imitó, pero el suyo fue un gesto medido, poniendo sus labios carnosos en forma de U que a Cristian le pareció que le daban un rictus muy sensual.
—Ya veo de quién ha heredado Cristina toda su belleza —dijo mirándola de reojo.
Ella forzó una sonrisa amable.
—No hace falta que me adules para ganarte el aprecio de tu suegra.
—En realidad estaba ligando —bromeó—. Si lo de Cristina falla…
Teresa lo miró con curiosidad durante unos segundos antes de volver a regalarle una sonrisa dulce. Posó la cara en la palma de su mano y el codo en la mesa. Le observaba fijamente intentando leer en sus ojos. Después, hundió la bolsita de infusión en el agua caliente y se tomó su tiempo en dar la réplica.
—Eres un chico muy guapo. No te costaría mucho que me dejara conquistar.
Nueva mirada de reojo que Cristian supo leer al instante. No hablaba en serio, simplemente le seguía el rollo y le tomaba las medidas para ver de qué pie cojeaba. Esa mujer era más sagaz de lo que parecía a primera vista. Optó por dar un paso atrás para no quedar como un niñato salido que dispara a todo lo que tiene tetas. Le devolvió la sonrisa cómplice y se mantuvo callado unos segundos en los que aprovechó a remover su bolsita de té.
—Era broma. Desde que estoy con Cris, ya no existe nadie más para mí. Estoy demasiado enamorado como para no querer perderla por nada del mundo.
Pudo percibir su semblante de satisfacción y se alegró por haber acertado en su respuesta.
—Y a mí me dolería que lo hicieras. Me encanta tenerte como yerno. Creo que eres lo mejor que le ha pasado a mi niña en mucho tiempo. Hacéis tan buena pareja.
Sabía de sus otros novios con sus malas pintas y sintió el regusto del triunfo que disimuló tras un complacido arqueo de cejas. Si ella supiera que bajo la mesa había una erección de campeonato por su culpa, no le iba a doler tanto.
Se volvió a producir otro silencio tan espeso como incómodo. Cristian agachó la cabeza hacia su taza. El vaho de su té dibujaba volutas aleatorias en el aire y pronto empezó a ponerse nervioso por ese mutismo que deseaba ver roto a toda costa.
—¿Puedo preguntarte cómo acabaste con Tomas?
Se arrepintió de hacer esa pregunta tonta nada más pronunciarla. A Teresa también le pilló por sorpresa. Arqueó las cejas y, durante un largo momento, se dedicó a remover su té mientras maduraba la respuesta.
—Le conocí en un momento muy difícil para mí. Me ayudó a salir de un agujero en el que estaba. Desde entonces ha sido mi apoyo y, gracias a él, he conseguido ser lo que soy. —Dio un hondo suspiro—. La gente crece cuando tienen un referente que les hace avanzar.
—Parecéis bastante diferentes.
Otro comentario inoportuno, pero la estupidez había cogido carrerilla y Cristian no sabía frenarse. La cara de Teresa se ensombreció ligeramente. Se veía que no era la primera vez que se lo hacían notar y no tardó en salir a defender a su esposo.
—Hay que conocerlo para saber realmente cómo es. A primera vista puede parecer algo hostil, pero en el fondo es un hombre muy bueno. Trabajador y comprometido. —El tono trataba de ser amable sin conseguirlo. Se quedó pensando—. Todo lo opuesto a mi primer marido.
«El padre de Cristina», recordó Cristian.
—He oído que vive cerca de la playa de Sales, fabricando abalorios.
—¿Conoces ese sitio? ¿Sales de Kabio?
—La pareja de mi padre es de ese pueblo. He estado varias veces y tengo algunos amigos allí. —Sopló su taza y aprovechó para desviar la mirada antes de volver a clavarla en ella—. ¿Es verdad que es hippy?
—Así es. —Mostró una sonrisa amarga—. No es que sea algo malo, también yo lo fui de joven, quizás por eso su hija lo adora como lo hace. —Nuevo suspiro—. El problema es que aún lo sigue siendo décadas después.
Cristian la miró, observando su cara de pena. Se constataba que no debió sacar el tema.
—Junto a él no había futuro —aclaró ella— y… supongo… que tras varios años no nos quedó nada que quisiéramos compartir juntos. Tuve que tomar una decisión que Cristina tardó en perdonarme.
De un vistazo se dio cuenta de que en aquella casa no había excentricidades, pero se veía a la legua que lo último que faltaba era dinero. Si era futuro lo que buscaba, Tomás debía ser un hombre bien cubierto en ese aspecto.
—Quizás, con el tiempo, ¿se os acabó el amor? —tanteó él.
—No, el tiempo lo hace madurar. Lo que pasa es que el suyo no lo hacía a la misma velocidad que el mío.
—Y con Tomás, ¿eres feliz?
Ella se sobresaltó.
—Pues claro —contestó a la defensiva— ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno, es… no sé. —Metedura de pata—. No os veo sonreír, no habláis, no bromeáis juntos…
—Ah, bueno. Eso es porque no es muy hablador. Y el amor… lo lleva por dentro. A su forma.
Cristian permaneció callado. Se había metido en un jardín que no era el suyo sometiendo a la madre de su novia a un interrogatorio nada agradable. Teresa seguía a la defensiva, nerviosa.
—Mira, Cristian, en esta vida, a veces…
Abrió las manos delante de él y, al hacerlo, golpeó sin querer la taza de té hirviendo de Cristian haciendo que se derramara por completo en su entrepierna. Cristian dio un alarido y se levantó de la silla como un resorte, tirando del pantalón en la zona de la ingle y ventilándola como un fuelle.
—¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! —bramaba.
Teresa se llevó las manos a la cara en una mueca de terror y unos ojos como platos
—Ay, mi niño; ay, mi niño. Lo siento; lo siento.
Por acto reflejo, y sin tiempo para pensar, se giró hacia la encimera en busca de un trapo húmedo.
Cristian, que seguía sufriendo el calor abrasador entre espasmos y movimientos de cadera, terminó soltando los botones y arrastrando pantalón y calzoncillo hasta las rodillas liberando sus partes y apartando la empapada tela ardiente.
—Hostia, joder —decía abanicándose la zona—, abrasa, abrasa.
Teresa se había arrodillado, trapo en mano, cuando se dio de bruces con la estampa de su polla y sus huevos oscuros frente a su cara. Pero lo que le dejó en shock no fue su desnudez como tal, ni el tamaño de su miembro o aquellos huevos redondos y oscuros recogidos como dos koalas bajo su polla, sino el estado de ésta.
Cristian estaba en erección.
Paulatinamente, y mientras se abanicaba con las manos, iba perdiendo volumen. Aun así, se podía intuir el tamaño que tendría en su máxima plenitud.
…mientras hablaba con ella.
La escena, de repente, se volvió más bochornosa de lo que ya era por sí sola. Cristian, con rapidez, se tapó con las manos y trató de excusarse.
—Yo… lo siento… es que…
—Tranquilo —dijo una Teresa turbada—. No pasa nada, es… Eres joven. Es normal.
Pero no lo era y ambos conocían el motivo que lo había propiciado. De repente la situación se había vuelto tan tensa que ninguno sabía cómo reaccionar. Al final, fue ella la que, movida por el remordimiento de su traspié, decidió hacer de tripas corazón y hacerse cargo de la situación, obviando su bochornosa exhibición.
—Debes tener una quemazón horrible. Déjame ver.
Le tomó de las muñecas apartándolas a cada lado para poder ver la zona. Cristian no se lo impidió, dejándose mostrar impúdico. Su erección todavía no había desaparecido del todo, por lo que su polla en descenso apuntaba a la barbilla de ella. Aun así, el tamaño seguía siendo considerable, algo que nunca pasaba desapercibido.
—Tienes… —comenzó a decir ella tras un carraspeo— se te está enrojeciendo la piel. Lo que necesitas ahora es hidratar la zona quemada. Tengo alguna crema para el cutis que quizás te podría venir bien y te aliviaría.
Quizás fue la postura de ella sujetando sus muñecas a cada lado, con la cara a centímetros de su polla o, tal vez, fuera el escotazo que, desde su posición, podía ver con mayor profundidad. Puede que, quizás, la culpa la tuviera la imagen que se acababa de formar de ella aplicando crema a modo de húmeda paja. El caso es que la polla de Cristian dejó de apuntar a su barbilla.
Ahora lo hacía directa a sus ojos, en una indecorosa horizontalidad.
La erección volvía a producirse, y lo hacía a cámara lenta. Teresa, que también había sido consciente, congeló su rictus, turbada.
—Perdona, estoy un poco nervioso —atajó él—. Te juro que esto…
—Tranquilo —quiso calmar ella—. No pasa nada. Es… es natural a tu edad.
Intentó no darle importancia, prestando atención a la zona quemada, moviendo la cabeza a un lado y a otro inspeccionando su pubis y genitales como si aquella polla dura no existiera. Sin embargo, ya no era solo que su yerno estaba teniendo una erección frente a su cara, sino el volumen que estaba adquiriendo y que era imposible de ignorar.
—En serio, qué bochorno —se lamentaba él—. No sé qué me pasa. Es que… la situación… —resopló—. Me angustia estar así, yo…
—Te digo que no te preocupes, Cristian, no eres el primero al que le pasa esto. Es una reacción psicógena. En ocasiones delicadas el cerebro suele jugarnos una mala pasada haciendo lo contrario de lo que queremos. No dejo de ser la madre de tu novia, y te avergüenza que te vea así. Por eso te ha ocurrido. Intenta no darle más importancia.
La polla, que ya había pasado de largo por encima de sus ojos, ahora apuntaba al techo. Teresa, visiblemente turbada, hacía esfuerzos por evitar el elefante de la habitación, concentrándose en la zona abrasada. Y era bastante difícil no quedarse con la vista fija en el enorme aparato.
La erección llegó a la plenitud y sus ojos ya no podían evitar aquel miembro colosal. Terminó levantando las cejas, sorprendida, expirando el aire de sus pulmones con una expresión indolente.
—Joder, es… —exclamó por fin en un susurro. No acabó la frase, pero en la mente de ambos se formó la palabra “enorme”.
Cristian la observaba sin perder de vista las facciones que su cara tomaba en cada momento. Había reprimido una sonrisa de triunfo y lo volvió a hacer cuando la vio tragar saliva. No se movía, no trataba de ocultarse ni iniciar una conversación que desviara el tema. Simplemente se dejaba admirar.
Teresa, estática, con la vista clavada en su enhiesto mástil y las muñecas de él aún en sus manos, ya no movía la cabeza buscando el mejor ángulo, no inspeccionaba la zona quemada. Simplemente contenía una expresión que no sabía si era de sorpresa o de admiración, o quizás ambas a la vez.
En cualquier caso, él disfrutaba de lo lindo. Exponerse de aquella manera le estaba gustando más de lo que pensaba. Sabía que era un chico muy guapo que rompía corazones y que su polla, grande y bien formada, provocaba no poca admiración en quienes la veían (hombres y mujeres).
Teresa no era una excepción.
Se fijó en su escote. Desde su posición tenía una panorámica perfecta. Su pecho, generoso y maduro, subía y bajaba con mayor frecuencia de la normal. Se fijó en sus pezones que se aplastaban contra la tela y, justo en ese momento, un ruido les hizo girarse hacia la puerta. Tomás, bajo el quicio, les miraba paciente, estático.
—¡Cariño! —exclamó Teresa soltando sus muñecas con rapidez—, ya has llegado, qué sorpresa. —Se levantó a su encuentro.
Tomás, con su altura y su enorme porte, se movió por primera vez, se descalzó y metió los pies en unas zapatillas de casa que reposaban junto a la entrada de la cocina, de esas que les falta la parte de atrás y se pueden poner sin agacharse.
—Deja que te ayude con esto —dijo su mujer tomando el portadocumentos que sostenía bajo su brazo.
Él dejó que se lo cogiera sin poner oposición, pero sin variar su semblante huraño. Dirigió una mirada a Cristian que, en ese momento, terminaba de subirse los pantalones, cubriéndose avergonzado.
—El chico… —comenzó a excusarse ella— le he tirado té hirviendo encima. Se ha quemado entero.
Tomás asintió con una caída de ojos.
—Ya.
—Tiene la entrepierna abrasada. El té hirviendo…
—Está bien —cortó él tajante.
Cristian, que ahora era quien tragaba saliva, lamentaba su mala suerte y la de hostias que le podían caer. Teresa tomaba a su marido del brazo.
—Tiene la piel toda roja. Estaba mirando que…
—Teresa, he dicho que está bien —tranquilizó con su vozarrón—. Déjalo.
Ella lo siguió por el pasillo en dirección a su despacho a donde se dirigía. Cristian, mientras tanto, terminaba de abrocharse el último botón de sus pantalones. Por suerte, la prenda había dejado de quemar pudiendo soportar el calor residual.
Las voces del matrimonio se alejaban por el pasillo. Habían bajado el volumen en lo que suponía que era una conversación confidente, seguramente de lo que acababa de ver.
—Yo… me tengo que ir —dijo saliendo al pasillo.
Teresa y su marido estaban a punto de desaparecer por el fondo. Ella se giró parcialmente para encararlo.
—Sí, sí, perdona. Hasta luego, Cristian y… lo siento.
Su marido también se giró, mostrando a un Tomás más gris de lo que ya era, con sus hombros caídos y su apática mirada. Todo en él era oscuro. Al levantar los ojos vio algo en ellos que le hizo estremecerse.
Cuando salió al descansillo notó la misma sensación que al salir vivo de un accidente de tráfico. Se secó el sudor y caminó escaleras abajo. Rezó para que Teresa no tuviera problemas por su culpa y también para que Cristina no se enterara de lo que acababa de pasar. No le gustaría tener que dar explicaciones de su empalmada. Se quitó el jersey y lo anudó a la cintura para tapar la mancha de la infusión. Al llegar al portal, se encontró con su novia nada más salir a la calle.
—¿Ya estás aquí? —exclamó al encontrárselo.
—No podía esperar a verte.
—Seguro. Tú vienes por las bragas de Lauri.
—¿Las llevas puestas?
—¿Qué? No, ¿qué dices?
—Esa era la penitencia.
—No, era follarme con ellas, en la cama de mis padres. y te dije que hasta mañana no me quedaría sola. —Cristina no sonreía y observaba, susceptible, la impaciencia de su flamante novio—. Así que hoy, nada de nada.
—Ya lo sé, boba. Te estaba vacilando. He venido a llevarte al cine. Me han dicho de una peli superguapa que te va a molar.
Cristina sonrió suspicaz con una ceja en alto.
—Tus pelis nunca me molan, pero me gusta verlas contigo —concedió.
—Entonces… ¿vamos?
No notó que su novio caminaba de manera extraña mientras se alejaban de camino al cine.

— · —​

Había oscurecido cuando llegó a casa. Encontró a su padre mirando la tele en el salón con un ojo más cerrado de la cuenta. Se desperezó nada más verlo aparecer por la puerta.
—Hola, Titán, ¿ya has vuelto?
—No sé, papá ¿Tú qué crees?
Mario se tocó el labio con un dedo.
—¿Cuántas oportunidades tengo?
Pasó de largo hasta la cocina donde encontró la cena que Marta le había dejado preparada. No intentó sentarse para comérsela. La quemadura en sus partes le estaba molestando más de la cuenta, de hecho, se había pasado gran parte de la tarde con la mano en el bolsillo apartando la tela de su ropa interior para que no le rozara.
En su lugar fue hasta el fondo del pasillo y llamó a la puerta de Marta.
—¿Se puede? —dijo asomando la cabeza.
Ella leía con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas dentro de las sábanas. Le miró con curiosidad cuando se plantó delante de ella.
—¿Tienes crema hidratante? Se me ha quemado la polla.
Marta levantó una ceja y lo miró, suspicaz. Sopesando qué tipo de respuesta cortante darle en los morros.
—No te miento, mira. —Se bajó los pantalones y levantó un poco la camiseta mostrando la zona.
—¡Joder, Cristian! Tienes medio pene en carne viva. —Dio un bote y sacó los pies de la cama— ¿Pero qué coño has hecho?
—La verdad, ahora que lo veo… está peor de lo que creía. No pensaba que se me iba a poner así.
—Oy, por Dios, espera.
Abrió un cajón y se puso a buscar dentro con los nervios propios de la situación. De hito en hito echaba un ojo al miembro pendulante de su ahijado.
—Ha sido culpa del té que me estaba tomando con la madre de Cris —aclaró Cristian—. Se me ha caído encima y estaba ardiendo. Era Rooibos —puntualizó como si eso pudiera aclarar algo.
Marta arrugó la frente imaginando la terrible escena. Por fin encontró lo que buscaba y se acercó estirando el brazo.
—Esta crema es muy buena. Es de farmacia. Te va a aliviar enseguida y evitará que te despellejes.
Cristian, que permanecía con ambas manos levantando su camiseta para mostrarse en todo su esplendor, se quedó mirándola, dejando pasar los segundos. Marta seguía con el brazo extendido sin comprender.
—¿No me vas a dar tú?
La cara de preocupación de Marta fue mutando a cámara lenta hacia una mueca de asco y odio fingido.
—Buen intento, pero te apañas solito. Y venga, pírate de aquí que no quiero que tu padre te vea con la minga al aire en mi cuarto.
Cristian se hizo con el bote mostrando un evidente gesto de disgusto.
—Gracias por nada, antipática —dijo mientras se dirigía hacia la puerta sujetando los pantalones a media pierna para evitar el roce—. Y no se te ocurra mirarme el culo cuando salga.


Fin capítulo X
 

nicoadicto

Estrella Porno
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Atrapante capítulo con nuevos protagonistas y el morbo d siempre!! Excelente
 

ASeneka

Virgen
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En mi cabeza​



Al día siguiente no fue a ver a Cristina para follar con ella, se inventó una excusa para retrasar el polvo con las bragas de Laura hasta que se le pasara la quemadura. Uno de esos días, después de la universidad, llegó a casa a la hora de comer, como de costumbre. Su padre ya estaba sentado a la mesa cuando él tomó asiento. Marta colocó una fuente en medio del mantel con más brusquedad de la cuenta y se sentó junto a él. Les sirvió a ambos antes de hacerlo a sí misma. Después, agachó la cabeza y comenzó a comer. Nadie decía nada, provocando un oscuro silencio que ocupaba toda la cocina.

—Joder, parece un velatorio —exclamó Cristian.

Su padre levantó la mirada un instante y, por primera vez, no tuvo nada que decir.

Raro.

Marta tampoco hizo amago de aclarar nada. Concentrada en su plato que parecía ser lo único que llamaba su atención. Los minutos pasaban y el silencio mortuorio continuaba en aquella mesa.

—¿Me lo vais a contar o qué?

—Pregúntale a tu padre —contestó con sequedad—, que es el que trae las novedades a esta casa.

Mario por fin encaró a su hijo y, tras un profundo suspiro, le explicó la causa de tanto misterio.

—Me mandan quince días fuera.

—Te vas —corrigió ella sulfurada—. Te vas quince días. Otra vez.

—Marta, ya te he dicho que soy el responsable de la instalación. No estaría bien que me negara a ir cuando soy el que debe certificar que esté todo correcto. Además, también ayudo a los montadores.

Su padre trabajaba en una empresa de motores eléctricos. En aquella ocasión, todo un sistema de generación debía ser instalado en un barco durante su travesía. La propia compañía mercante les facilitaría pasaje en otro de sus barcos en su viaje de vuelta al acabar el trabajo. Total, entre quince días y un mes ausente.

Marta dejó el plato a medio comer y se fue a su cuarto. Mario intentó hablar con ella, pero no pudo hacer que perdonara su “huida”. Quizás le quería demasiado para tenerlo alejado tanto tiempo o bien, su alma posesiva no podía prescindir de él.

Sea como fuere, en aquella casa se respiraba un ambiente menos festivo que en un cementerio en un día de entierro. Cristian decidió desaparecer y, en su caso, tenía motivos para hacerlo cuanto antes.

Esa tarde se iba a follar a Cristina con las bragas de su amiga Laura en la cama de su madre Teresa y, después de lo que pasó con ella, tenía morbo triple. Laura no sabría que su amiga follaba con su novio pensando en ella; Cristina no sabría que él pensaría en su madre; y Teresa no sabría que follaban en su cama.

El secreto del cornudo.

«Uffff, ya se me está poniendo dura».

Habían pasado varios días desde el incidente del té y la quemadura ya había desaparecido. De ella solo quedaba una mínima molestia perfectamente asumible. Salió de casa y, dos pisos más abajo, se cruzó con Herminia que, de nuevo, volvía a portar dos bolsas de la compra más grandes de una caja de melones.

—Joder, es que lo flipo. He visto cabras, muertas de hambre, subir a por hierba al monte con menos motivación.

—Y yo he visto monos elegir mejor la ropa que visten cuando bajan de su árbol.

Se miró de arriba abajo sin comprender del todo y movió la cabeza, apesadumbrado.

—No se preocupe por mis pintas, es lo que se lleva ahora, y dígale a su hijo que nos deje arreglar el ascensor de una puta vez. ¡Coño ya!

Su vecina le pasó las bolsas. Sin decir nada, continuó ascendiendo pero, esta vez, ayudándose del pasamanos. Cristian la siguió detrás. Una vez en su piso, dejó la puerta abierta para que pasara dentro.

Ya en la cocina, abrió el frigorífico con cuidado; solo una rendija, como si dentro hubiese algo que pudiera explotarle en la cara.

—No están. Menos mal.

—Los he guardado en mi cuarto. Los estoy usando.

—¿Los tres a la vez?

—No, idiota, solo uno. ¿Pero tú quién te crees que soy?

Cristian se carcajeó y comenzó a plegar productos en el frigo. Ningún vecino se hablaba con aquella vieja. Él, en cambio, se encontraba muy a gusto con aquel pellejo de mente sagaz y carácter avinagrado. Quizás porque, al igual que él, detestaba a todo el mundo de la misma manera.

—Bueno y qué. ¿Cuál de los tres ha sido el afortunado? Me fijé que había varios tamaños.

La vieja sonrió maledicente.

—El grande, pero no por su longitud —aclaró—, sino por ser de quien es. Esta noche me apetecía pasarla con él.

Cristian dejó de plegar productos y se giró con una sonrisa de medio lado requiriendo más información. Su vecina entrecerró los ojos.

—No te voy a decir a qué fulano pertenece, si es lo que te estás preguntando.

—Lo que me pregunto es si disfruta más cuando tiene el molde entre sus piernas o cuando se encuentra cara a cara con el… fulano.

Herminia comenzó a sonreír a cámara lenta.

—Ahí es donde está el verdadero morbo, ¿verdad? —siseó—. Hablar con él, darle la mano con la que he manejado su herramienta unas horas antes o saludar a su esposa sin que ninguno de ellos imagine, ni por lo más remoto, de mi oscuro secreto. Desconocedores de mi posesión más preciada.

Cristian casi salivaba escuchándola, porque eso mismo le pasaba a él. Notó el calor de su entrepierna trepar hasta su estómago. Herminia se pasó la lengua por los labios resecos.

—¿Y tú, pequeño guarrete, qué tienes que contar?

Dejó lo que estaba haciendo y se sentó junto a ella, acercando la silla en busca de mayor complicidad.

—Hoy voy a follar con mi novia, en la cama de su madre, llevando las bragas que le ha robado a una amiga suya.

Herminia se frotó el mentón saboreando la información.

—Y mientras follamos —continuó—, pensaré en las bragas de mi “madrastra” que llevo en el bolsillo del pantalón.

Sonrieron a la vez como dos malvados de una película de niños, compartiendo la obscena confidencia como dos pervertidos onanistas.

—¿Y lo vas a hacer ahora, esta tarde?

Cristian miró su reloj y calculó mentalmente.

—Siempre seguimos la misma rutina, apurando hasta momentos antes de que lleguen sus padres, así que, le puedo asegurar que exactamente en una hora y tres cuartos me estaré corriendo abundantemente en algún lugar de ella. —Movió las manos en el aire como un malabarista—. Su coño, sus tetas… encima de las bragas de su amiga…

Herminia levantó el brazo donde portaba el gran peluco y apretó los botones.

—Sincronizando —dijo—. Me masturbaré a esa hora para acabar al mismo tiempo que tú. Y lo haré pensando en ti.

—¡Joder, Herminia! No me joda. Eso me da asco.

—Pero a mí no. Soy una vieja verde y tú eres un joven que está buenísimo. Me da morbo que nos corramos a la vez. Ya sabes, como si ambos estuviéramos…

—Aaaah, cállese, joder.

—A ver si ahora te va a sorprender que fantasee contigo.

—Sí… no… no sé, pero es raro de cojones.

—Raro sería que tú te la menearas pensando en mí, que soy una vieja, no al revés.

Cristian sacudió la cabeza intentando sacar de su mente todo lo que había oído. Quedaba claro que donde hay confianza da asco.

—Bueno, mire, me voy, que llego tarde y ya he perdido mucho tiempo hablando con usted.

—¡Cristian! —llamó cuando estaba a punto de salir al descansillo.

Éste se dio la vuelta y esperó mientras se acercaba a él.

—Sé que intentarás correrte antes de lo que has dicho para no coincidir conmigo. Quiero que sepas que yo también lo haré. Claro que, sabiendo esto, puede que lo hagas a la hora exacta, lo cual hace que yo vuelva a intentar sincronizarme a ese momento. En cualquier caso… no podrás dejar de pensar en mí mientras estás follando con tu novia, tal y como yo estaré haciendo contigo. ¿Te haces una idea de por dónde voy?

Cristian entrecerró los ojos y apretó los puños.

—Quiere meterse en mi cabeza, vieja retorcida.

—Y no te imaginas el morbo que me da saber que no voy a salir de ahí en los momentos en los que estés…

Blasfemó varios insultos contra ella y se fue dando zancadas de mal humor.



— · —​



Llegó a casa de Cristina con una sensación extraña. Su septuagenaria vecina había resultado ser una auténtica caja de sorpresas que le había dejado el cuerpo revuelto. Ahora, frente al portal de su novia, lo sucedido con ella quedaba como un mal recuerdo del que sería difícil despegarse.

—Vaya, qué puntual —dijo Cristina al abrir la puerta.

—Tenía muchas ganas de verte.

—O de follarme con las bragas de Lauri. —Resopló—. Buff, me da un poco de corte. Me siento superrara teniendo que hacerlo con la ropa interior de mi amiga.

—A ver, que si quieres me piro. Que esto es para disfrutar los dos —amenazó.

Cristina se quedó callada, sopesando una respuesta cortante o bien, tentada de aceptar el pulso y dejar que se fuera por donde había venido.

—Me da morbo que tú y yo juguemos a espaldas de tu amiga —se adelantó él—. Es… como si los dos estuviéramos por encima del resto.

Cristina levantó una ceja, suspicaz.

—Anda, pasa. —Se agarró a su cuello nada más entrar y lo besó,

Acabaron despelotados sobre la cama de matrimonio de sus padres. Cristian pensó en Teresa y en las veces que habría sido penetrada por Tomás sobre aquel mismo lecho.

Su novia se abrió de piernas dejando bien expuesta la prenda de su amiga. Eran unas bragas negras muy finas de encaje, como esas que lucen las modelos en las pasarelas de ropa interior. Sexys y libidinosas, pero con estilo.

Con ellas y pese a lo etéreo de la tela de gasa, no se transparentaba con nitidez lo oscuro de su pubis o, al menos, no se apreciaba al contraste, pero sintió el mismo morbo que cuando Marta se puso las suyas manchadas con su semen. Cerró los ojos y recordó el momento.

Hoy se la follaría a ella.

Cristina gozó de la fogosidad inusual de su novio al que le faltaban manos para palparla por todos los sitios. Tumbada bocarriba mientras él entraba y salía de ella como un poseso, comenzó a masturbarse el clítoris para aumentar el placer de un orgasmo inminente.

Ambos se miraban a los ojos. Los de ella, llenos de amor; los de él, de lujuria. Pensó en cuánto se parecía a su madre y un acceso de placer fluyó desde sus ingles recorriendo la espalda. Se mordió el labio imaginándola en esa posición, con Tomas sobre ella, masturbándose de la misma manera.

Y fue en ese momento cuando la imagen de Herminia masturbándose a la vez que ellos se coló en su cerebro. No pudo evitar recrearla con todo lujo de detalles.

Arrugados detalles.

Sacudió la cabeza intentando deshacerse del recuerdo e intentó volver a su fantasía con Teresa, pero el daño ya estaba hecho. Su libido había perdido parte de su energía justo en el mejor momento.

«Mierda».

Cristina gozaba a grito pelado a punto de alcanzar el clímax, así que, cambiar de posición no era una opción. Decidió, pues, continuar dándole a su novia sin descanso hasta que terminara de correrse.

Cuando lo hizo, la puso a cuatro patas y empezó de nuevo. Tenía un culo delicioso que siempre le ponía a cien, así que no tardó en recobrar la virilidad perdida. En esa postura, recordó la noche en que Marta fue penetrada contra la pared mientras él estaba al otro lado y sonrió con el recuerdo.

—Joder, Cristian. Cómo estás hoy. Madre mía.

Dejó que la imagen de Marta fluyera junto con las otras en las que la oyó follar en su dormitorio. En una de sus pajas antológicas imaginó a su padre sobre ella a golpe de cadera con su polla entrando y saliendo de aquel coño maduro que debía ser delicioso. Cristina gemía con cada embestida igual que entonces lo hacía Marta.

Y de nuevo Herminia se coló en su cabeza, abierta de piernas y con una polla de plástico entre las manos entrando y saliendo de su coño rancio.

Sacudió la cabeza de nuevo y a punto estuvo de blasfemar en voz alta mientras su libido volvía a caer por los suelos otra vez. Nervioso, intentó solucionarlo aumentando la cadencia, lo que produjo en Cristina un pico en el orgasmo que ya venía disfrutando instantes atrás.

Todo fue en vano, la imagen no lo abandonaba.

«Puta vieja de los cojones. Sal de mi cabeza, joder».

Cuando Cristina terminó de correrse por segunda vez y sus alaridos se hubieron convertido en tímidos jadeos, se tumbó junto a ella, desfallecido.

—Lo flipo, tío. Putas bragas de Laura. La próxima vez le mango unas usadas.

—Ya te he dicho que tenía muchas ganas de estar contigo. Las bragas no son la causa —mintió— sino que los dos jugamos a esto.

Ella lo abrazó y lo quiso más que nunca.

—¿Va otro? —preguntó él en un intento por no irse con las pelotas llenas.

Cristina, con una sonrisa de incredulidad, lo pensó unos segundos.

—Va, venga, pide postura.

—Misionero, piernas arriba y te sujeto de los tobillos. Pero ahora sin bragas, quiero verte bien mientras te meto todo esto.

Una vez puestos manos a la obra, Cristina no tardó en volver a volar cerca del orgasmo. Su novio la estaba follando como nunca. Cristian, desesperado, no dejaba de ver a Herminia por todas partes, imaginándola desnuda con sus tetas bamboleantes y su cuerpo arrugado.

Se concentraba en el coño de su novia, pero constantemente lo relacionaba con el de su vecina a la que no podía parar de imaginar follándola.

Y todo fue mal hasta que pudo ir peor. Estaban tardando más tiempo de la cuenta, lo que aumentaba sus prisas por acabar cuanto antes. Algo nada aconsejable. Un reflejo en el cuadro colgado sobre la cabecera le alertó de que había alguien más en la casa.

¡Sus padres habían vuelto ya!

«Mierrrda».

El reloj de su muñeca indicaba que todavía era pronto. Ese día deberían haber vuelto mucho más tarde.

¡Y todavía no se había corrido!

Su primera reacción fue la de saltar de la cama y vestirse. No obstante, al fijarse de nuevo en el reflejo del cuadro, reconoció la figura de su madre tras la rendija de la puerta. Al parecer, solo estaba ella y permanecía inmóvil.

Teresa les estaba espiando.

Se fijó en Cristina que, con los ojos cerrados y la boca completamente abierta lanzando alaridos, permanecía absorta de lo que acontecía a su alrededor.

El recuerdo de su polla a centímetros de la cara de su madre mientras le sujetaba de las muñecas, le provocó una sonrisa en su boca y un calambrazo en su pene que le hizo recuperar el vigor perdido. Con las piernas completamente abiertas para que sus pelotas quedaran bien expuestas, comenzó un rotundo metesaca haciendo pasadas largas y golpeando con fuerza en la última parte del recorrido.

El clop-clop retumbaba en la habitación con más fuerza y Cristian se encargó de que los gemidos de su novia lo hicieran también.

El reflejo de Teresa seguía allí y, de nuevo, la sonrisa de su cara sudorosa se amplió un poco más.

—¿Te gusta? ¿Te gusta cómo follo, zorra? ¿Te gusta mi polla? —No se lo decía a Cristina, sino a su madre, pero eso ellas no lo sabían. De hecho, Cristina, ni tan siquiera lo oía con sus propios aullidos—. ¿Disfrutas con mi polla? Dime, ¿te gusta, te gustan mis pelotas rebotando?

Hubiera gritado el nombre de Teresa bien alto, pero la última de sus neuronas, que aún contenía algo de oxígeno, evitó que cometiera ese error. El ritmo era frenético y ya no tenía tanta prisa por correrse. Exhibirse delante de su suegra era un aliciente mejor.

Y de hablarle.

—Ooooh, ooooh, sí, sííííí. Mira cómo follo. Mira cómo follo este coño negro. Uuuuugmmm.

Y seguía. y seguía…

—Y tus tetas. Que tienes unas tetas de la hostia. Qué ganas tengo de correrme en ellas, y en tu cara. Tu cara y tus tetas llenas de mi lefa, zorra, ¡ZORRAAA! Eso es lo que eres, una zorra y una puta. Toma, tomaaa, ooooh, ooooh, ooooh.

El reflejo no desaparecía y sus ganas de decirle de todo, tampoco.

—DIOSSSS, quiero hacerte gritar como una perra, ¿me oyes?, ooooh, ooooh, y llenarte de semen, mi semen. Y preñarte. Ooooh, ooooh. Puta, más que puta. Quiero preñarte de mí después de hacerte correr tres veces. Joder, qué morbo me das. Ooooh.

El orgasmo era inminente y pronto sus propios bramidos acompañaron a los de su novia que alcanzaba su tercer orgasmo de la tarde. Por suerte, el suyo llegó también esta vez.

Por fin.

—Joder, jo-dddder. Me corro —mugió él—. Diosss, me corro, puta, ooooh, ooooh, puta, mira mi polla zorrrra, ZORRAAAAA, ugmmm, mmmm. Y mis pelotas. MIRA MIS PELOTASSSS.

Sus huevos se vaciaban entre estertores de placer ante la mirada de su madre que seguía inmóvil tras la rendija de la puerta. Solo al final de su orgasmo, justo antes de tumbarse junto a su novia, el reflejo en el cuadro desapareció.

Miró su reloj. Diez minutos después de la hora prefijada con Herminia. Sonrió. Al final, todo había salido bien: Cristina, follada por tres veces sin descanso; su madre, testigo directo de sus pelotas y su polla y a la que le había dicho de todo; y para culminar, un orgasmo épico lejos del momento que lo hiciera su arrugada vecina.

Y nadie tenía ni idea de lo que pasaba por su cabeza.

Abrazó a su novia y la besó en la punta de los labios antes de caer desfallecido junto a ella.

—Joder, Cristian, qué pasada —dijo sin aliento—. Ha sido el mejor polvo que hemos echado nunca.

Él sonrió como un bobalicón, saboreando su secreto a costa de su novia. Ella acercó sus labios, susurrándole al oído.

—Me pone muy perra todo eso que has dicho. Me he corrido como nunca.

—¿Ah, sí, putita?

Ella ronroneó en su cuello, afirmando. Se mantuvieron así durante el tiempo que les llevó recuperar el resuello. Al final, fue él quien se movió primero.

—Creo que me tengo que ir ya, ¿no?

Cristina comprobó su reloj.

—Uy, sí, empezamos a estar fuera de tiempo. Venga, vístete que yo recojo todo esto.

Obedeció y salió al pasillo. De camino a la puerta, fue echando un ojo en cada habitación, incluida cocina y salón. No vio a nadie, así que, o bien su madre estaba escondida o había salido del piso para no ser descubierta.

Esperó a Cristina en la puerta que llegó para darle un beso de despedida.

—Me ha encantado jugar a esto. Al final, eso de las penitencias, no ha estado mal. —Hizo un pequeño mohín—. Aunque, a ver cómo hago ahora para devolverle las bragas a Laura sin que se dé cuenta.

—Mientras se te ocurre el modo —dijo meloso en el oído—, vete pensando el castigo que te toca ponerme a mí.

—Uff, ¿otra vez? yo no soy buena en esto.

—Venga, algo que sea cochino. Para divertirnos juntos, como ahora.

—Ay, no sé, Cristian —resopló—. Bueno, ya veré.

Cristian le guiñó un ojo y se dio la vuelta para marchar. Cristina lo sujetó del brazo.

—Oye, de lo de las bragas de Lauri, ni pío, ¿me oyes? Que me da un corte que no veas.

—¿Y a quién se lo voy a decir, mujer?

—No sé, pero te gusta mucho fardar con tus amigotes. No vaya a ser que se te escape y me muero. Te juro que me muero de vergüenza.

Él sonrió y la besó antes de desaparecer escaleras abajo.



— · —​



Subió los cinco pisos hacia su casa como en una nube. Hoy, el día estaba acabando muy bien. Antes de alcanzar la puerta de su casa Herminia apareció en la suya con una sonrisa malévola. Se apoyaba en el marco y tenía los brazos cruzados.

—¿A que no has podido dejar de pensar en mí, pequeño guarrete?

—Está usted enferma, Herminia.

Ella mostró su reloj.

—Me he pasado toda la tarde disfrutando con uno de los moldes y me he corrido justo diez minutos después de la hora que me habías dicho. ¿Y tú?

Hizo titánicos esfuerzos intentando no exteriorizar su frustración, pero le fue imposible contener una amarga mueca que provocó la carcajada de la señora.

—Lo sabía, has estado pensando en mí durante todo el polvo y, al final, te has corrido conmigo —se burlaba—. Hemos llegado juntos, me encanta.

Cristian bufó y alcanzó su puerta de dos zancadas.

—Al menos yo he estado con alguien de carne y hueso —dijo antes de desaparecer dentro de su casa— ¡Vieja pervertida!

Encontró a su padre en el salón, como de costumbre. Apenas un levantamiento de barbilla, como saludo, fue todo lo que recibió. Era evidente que entre él y Marta la cosa no terminaba de arreglarse.

Marta, en la cocina, preparaba sin ganas la cena para los tres. La sola visión le alegró la vista. Se puso a su lado, apoyado con la espalda en la encimera. Ella no levantó la mirada.

—¿A que no sabes de dónde vengo?

Por toda respuesta, Marta inspiró hondo y levantó las cejas sin apartar la mirada de la sartén. Apenas un movimiento con la cabeza indicando su desconocimiento… o indiferencia.

—Me he follado a Cristina en la cama de sus padres, llevando puestas solo unas bragas de su amiga y, mientras lo hacía —bajó la voz como si alguien pudiera oírle—, pensaba en ti y en las tuyas.

Marta dejó de remover la cuchara de madera y se apoyó en el borde de la encimera con ambas manos. Tenía los ojos cerrados y resopló con fuerza.

—Joder, Cristian. ¿Es que no puedes parar ni un momento? ¿No puedes, ni por una santa vez, pensar en otra cosa?

El tono de furia contenida dejó muy a las claras el enfado que todavía tenía desde la mañana. Cristian se puso tieso como un palo, borrando de facto su sonrisilla.

—Vale, tía, vale —protestó alejándose hacia la salida—. Qué borde te pones a veces.

Salió de mal humor hacia su cuarto y recordó que mañana temprano se iría su padre al menos por quince días. Tumbado sobre su cama pensó que quizás debería despedirse de él antes de que se acostara.

«Bah, solo son dos semanas y tampoco es que se vaya a la guerra».

Su padre, en cambio, sí pasó por su dormitorio un rato más tarde. Lo hizo cariacontecido y sin rastro de ese humor que le acompañaba siempre.

—Ey, Titán, me voy mañana temprano. Así que ya no te voy a ver hasta dentro de un buen tiempo.

—Vale, papá —dijo levantando el dedo pulgar—. Dile al capitán del barco que conduzca con cuidado.

Mario forzó una sonrisa y, durante unos segundos, bajó la vista al suelo.

—Os voy a echar de menos.

—A ver, tampoco vas a estar fuera tanto tiempo, solo un par de semanas.

—Ya, pero… bueno, hubiera preferido quedarme aquí.

Su hijo movió la mano en el aire quitando hierro al asunto.

—Si lo vas a pasar de madre con tus colegas del curro. Procura no desfasar mucho. Ah, y tráeme un recuerdo.

—Es un mercancías, no venden abalorios.

—Bueno, puessss… me traes el ancla o algo que les sobre.

—Claro, hijo. —Mostró una sonrisa triste—. Cuida de Marta, ¿vale?

—Será ella la que tendrá que cuidar de mí, ¿no?

—Tú ya me entiendes —contestó con una caída de ojos.

Se fue directamente a su cuarto, con su amada. Cristian pudo escuchar cuchicheos, en voz baja que fueron subiendo de tono hasta convertirse en una discusión de voces contenidas. Más tarde le llegaron unos sonidos que identificó como llantos femeninos antes de que estos terminasen convertidos en leves gemidos.

Follaban.

Por fin habían hecho las paces. En el último momento.


Fin capítulo XI
 

nicoadicto

Estrella Porno
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En mi cabeza​



Al día siguiente no fue a ver a Cristina para follar con ella, se inventó una excusa para retrasar el polvo con las bragas de Laura hasta que se le pasara la quemadura. Uno de esos días, después de la universidad, llegó a casa a la hora de comer, como de costumbre. Su padre ya estaba sentado a la mesa cuando él tomó asiento. Marta colocó una fuente en medio del mantel con más brusquedad de la cuenta y se sentó junto a él. Les sirvió a ambos antes de hacerlo a sí misma. Después, agachó la cabeza y comenzó a comer. Nadie decía nada, provocando un oscuro silencio que ocupaba toda la cocina.

—Joder, parece un velatorio —exclamó Cristian.

Su padre levantó la mirada un instante y, por primera vez, no tuvo nada que decir.

Raro.

Marta tampoco hizo amago de aclarar nada. Concentrada en su plato que parecía ser lo único que llamaba su atención. Los minutos pasaban y el silencio mortuorio continuaba en aquella mesa.

—¿Me lo vais a contar o qué?

—Pregúntale a tu padre —contestó con sequedad—, que es el que trae las novedades a esta casa.

Mario por fin encaró a su hijo y, tras un profundo suspiro, le explicó la causa de tanto misterio.

—Me mandan quince días fuera.

—Te vas —corrigió ella sulfurada—. Te vas quince días. Otra vez.

—Marta, ya te he dicho que soy el responsable de la instalación. No estaría bien que me negara a ir cuando soy el que debe certificar que esté todo correcto. Además, también ayudo a los montadores.

Su padre trabajaba en una empresa de motores eléctricos. En aquella ocasión, todo un sistema de generación debía ser instalado en un barco durante su travesía. La propia compañía mercante les facilitaría pasaje en otro de sus barcos en su viaje de vuelta al acabar el trabajo. Total, entre quince días y un mes ausente.

Marta dejó el plato a medio comer y se fue a su cuarto. Mario intentó hablar con ella, pero no pudo hacer que perdonara su “huida”. Quizás le quería demasiado para tenerlo alejado tanto tiempo o bien, su alma posesiva no podía prescindir de él.

Sea como fuere, en aquella casa se respiraba un ambiente menos festivo que en un cementerio en un día de entierro. Cristian decidió desaparecer y, en su caso, tenía motivos para hacerlo cuanto antes.

Esa tarde se iba a follar a Cristina con las bragas de su amiga Laura en la cama de su madre Teresa y, después de lo que pasó con ella, tenía morbo triple. Laura no sabría que su amiga follaba con su novio pensando en ella; Cristina no sabría que él pensaría en su madre; y Teresa no sabría que follaban en su cama.

El secreto del cornudo.

«Uffff, ya se me está poniendo dura».

Habían pasado varios días desde el incidente del té y la quemadura ya había desaparecido. De ella solo quedaba una mínima molestia perfectamente asumible. Salió de casa y, dos pisos más abajo, se cruzó con Herminia que, de nuevo, volvía a portar dos bolsas de la compra más grandes de una caja de melones.

—Joder, es que lo flipo. He visto cabras, muertas de hambre, subir a por hierba al monte con menos motivación.

—Y yo he visto monos elegir mejor la ropa que visten cuando bajan de su árbol.

Se miró de arriba abajo sin comprender del todo y movió la cabeza, apesadumbrado.

—No se preocupe por mis pintas, es lo que se lleva ahora, y dígale a su hijo que nos deje arreglar el ascensor de una puta vez. ¡Coño ya!

Su vecina le pasó las bolsas. Sin decir nada, continuó ascendiendo pero, esta vez, ayudándose del pasamanos. Cristian la siguió detrás. Una vez en su piso, dejó la puerta abierta para que pasara dentro.

Ya en la cocina, abrió el frigorífico con cuidado; solo una rendija, como si dentro hubiese algo que pudiera explotarle en la cara.

—No están. Menos mal.

—Los he guardado en mi cuarto. Los estoy usando.

—¿Los tres a la vez?

—No, idiota, solo uno. ¿Pero tú quién te crees que soy?

Cristian se carcajeó y comenzó a plegar productos en el frigo. Ningún vecino se hablaba con aquella vieja. Él, en cambio, se encontraba muy a gusto con aquel pellejo de mente sagaz y carácter avinagrado. Quizás porque, al igual que él, detestaba a todo el mundo de la misma manera.

—Bueno y qué. ¿Cuál de los tres ha sido el afortunado? Me fijé que había varios tamaños.

La vieja sonrió maledicente.

—El grande, pero no por su longitud —aclaró—, sino por ser de quien es. Esta noche me apetecía pasarla con él.

Cristian dejó de plegar productos y se giró con una sonrisa de medio lado requiriendo más información. Su vecina entrecerró los ojos.

—No te voy a decir a qué fulano pertenece, si es lo que te estás preguntando.

—Lo que me pregunto es si disfruta más cuando tiene el molde entre sus piernas o cuando se encuentra cara a cara con el… fulano.

Herminia comenzó a sonreír a cámara lenta.

—Ahí es donde está el verdadero morbo, ¿verdad? —siseó—. Hablar con él, darle la mano con la que he manejado su herramienta unas horas antes o saludar a su esposa sin que ninguno de ellos imagine, ni por lo más remoto, de mi oscuro secreto. Desconocedores de mi posesión más preciada.

Cristian casi salivaba escuchándola, porque eso mismo le pasaba a él. Notó el calor de su entrepierna trepar hasta su estómago. Herminia se pasó la lengua por los labios resecos.

—¿Y tú, pequeño guarrete, qué tienes que contar?

Dejó lo que estaba haciendo y se sentó junto a ella, acercando la silla en busca de mayor complicidad.

—Hoy voy a follar con mi novia, en la cama de su madre, llevando las bragas que le ha robado a una amiga suya.

Herminia se frotó el mentón saboreando la información.

—Y mientras follamos —continuó—, pensaré en las bragas de mi “madrastra” que llevo en el bolsillo del pantalón.

Sonrieron a la vez como dos malvados de una película de niños, compartiendo la obscena confidencia como dos pervertidos onanistas.

—¿Y lo vas a hacer ahora, esta tarde?

Cristian miró su reloj y calculó mentalmente.

—Siempre seguimos la misma rutina, apurando hasta momentos antes de que lleguen sus padres, así que, le puedo asegurar que exactamente en una hora y tres cuartos me estaré corriendo abundantemente en algún lugar de ella. —Movió las manos en el aire como un malabarista—. Su coño, sus tetas… encima de las bragas de su amiga…

Herminia levantó el brazo donde portaba el gran peluco y apretó los botones.

—Sincronizando —dijo—. Me masturbaré a esa hora para acabar al mismo tiempo que tú. Y lo haré pensando en ti.

—¡Joder, Herminia! No me joda. Eso me da asco.

—Pero a mí no. Soy una vieja verde y tú eres un joven que está buenísimo. Me da morbo que nos corramos a la vez. Ya sabes, como si ambos estuviéramos…

—Aaaah, cállese, joder.

—A ver si ahora te va a sorprender que fantasee contigo.

—Sí… no… no sé, pero es raro de cojones.

—Raro sería que tú te la menearas pensando en mí, que soy una vieja, no al revés.

Cristian sacudió la cabeza intentando sacar de su mente todo lo que había oído. Quedaba claro que donde hay confianza da asco.

—Bueno, mire, me voy, que llego tarde y ya he perdido mucho tiempo hablando con usted.

—¡Cristian! —llamó cuando estaba a punto de salir al descansillo.

Éste se dio la vuelta y esperó mientras se acercaba a él.

—Sé que intentarás correrte antes de lo que has dicho para no coincidir conmigo. Quiero que sepas que yo también lo haré. Claro que, sabiendo esto, puede que lo hagas a la hora exacta, lo cual hace que yo vuelva a intentar sincronizarme a ese momento. En cualquier caso… no podrás dejar de pensar en mí mientras estás follando con tu novia, tal y como yo estaré haciendo contigo. ¿Te haces una idea de por dónde voy?

Cristian entrecerró los ojos y apretó los puños.

—Quiere meterse en mi cabeza, vieja retorcida.

—Y no te imaginas el morbo que me da saber que no voy a salir de ahí en los momentos en los que estés…

Blasfemó varios insultos contra ella y se fue dando zancadas de mal humor.



— · —​



Llegó a casa de Cristina con una sensación extraña. Su septuagenaria vecina había resultado ser una auténtica caja de sorpresas que le había dejado el cuerpo revuelto. Ahora, frente al portal de su novia, lo sucedido con ella quedaba como un mal recuerdo del que sería difícil despegarse.

—Vaya, qué puntual —dijo Cristina al abrir la puerta.

—Tenía muchas ganas de verte.

—O de follarme con las bragas de Lauri. —Resopló—. Buff, me da un poco de corte. Me siento superrara teniendo que hacerlo con la ropa interior de mi amiga.

—A ver, que si quieres me piro. Que esto es para disfrutar los dos —amenazó.

Cristina se quedó callada, sopesando una respuesta cortante o bien, tentada de aceptar el pulso y dejar que se fuera por donde había venido.

—Me da morbo que tú y yo juguemos a espaldas de tu amiga —se adelantó él—. Es… como si los dos estuviéramos por encima del resto.

Cristina levantó una ceja, suspicaz.

—Anda, pasa. —Se agarró a su cuello nada más entrar y lo besó,

Acabaron despelotados sobre la cama de matrimonio de sus padres. Cristian pensó en Teresa y en las veces que habría sido penetrada por Tomás sobre aquel mismo lecho.

Su novia se abrió de piernas dejando bien expuesta la prenda de su amiga. Eran unas bragas negras muy finas de encaje, como esas que lucen las modelos en las pasarelas de ropa interior. Sexys y libidinosas, pero con estilo.

Con ellas y pese a lo etéreo de la tela de gasa, no se transparentaba con nitidez lo oscuro de su pubis o, al menos, no se apreciaba al contraste, pero sintió el mismo morbo que cuando Marta se puso las suyas manchadas con su semen. Cerró los ojos y recordó el momento.

Hoy se la follaría a ella.

Cristina gozó de la fogosidad inusual de su novio al que le faltaban manos para palparla por todos los sitios. Tumbada bocarriba mientras él entraba y salía de ella como un poseso, comenzó a masturbarse el clítoris para aumentar el placer de un orgasmo inminente.

Ambos se miraban a los ojos. Los de ella, llenos de amor; los de él, de lujuria. Pensó en cuánto se parecía a su madre y un acceso de placer fluyó desde sus ingles recorriendo la espalda. Se mordió el labio imaginándola en esa posición, con Tomas sobre ella, masturbándose de la misma manera.

Y fue en ese momento cuando la imagen de Herminia masturbándose a la vez que ellos se coló en su cerebro. No pudo evitar recrearla con todo lujo de detalles.

Arrugados detalles.

Sacudió la cabeza intentando deshacerse del recuerdo e intentó volver a su fantasía con Teresa, pero el daño ya estaba hecho. Su libido había perdido parte de su energía justo en el mejor momento.

«Mierda».

Cristina gozaba a grito pelado a punto de alcanzar el clímax, así que, cambiar de posición no era una opción. Decidió, pues, continuar dándole a su novia sin descanso hasta que terminara de correrse.

Cuando lo hizo, la puso a cuatro patas y empezó de nuevo. Tenía un culo delicioso que siempre le ponía a cien, así que no tardó en recobrar la virilidad perdida. En esa postura, recordó la noche en que Marta fue penetrada contra la pared mientras él estaba al otro lado y sonrió con el recuerdo.

—Joder, Cristian. Cómo estás hoy. Madre mía.

Dejó que la imagen de Marta fluyera junto con las otras en las que la oyó follar en su dormitorio. En una de sus pajas antológicas imaginó a su padre sobre ella a golpe de cadera con su polla entrando y saliendo de aquel coño maduro que debía ser delicioso. Cristina gemía con cada embestida igual que entonces lo hacía Marta.

Y de nuevo Herminia se coló en su cabeza, abierta de piernas y con una polla de plástico entre las manos entrando y saliendo de su coño rancio.

Sacudió la cabeza de nuevo y a punto estuvo de blasfemar en voz alta mientras su libido volvía a caer por los suelos otra vez. Nervioso, intentó solucionarlo aumentando la cadencia, lo que produjo en Cristina un pico en el orgasmo que ya venía disfrutando instantes atrás.

Todo fue en vano, la imagen no lo abandonaba.

«Puta vieja de los cojones. Sal de mi cabeza, joder».

Cuando Cristina terminó de correrse por segunda vez y sus alaridos se hubieron convertido en tímidos jadeos, se tumbó junto a ella, desfallecido.

—Lo flipo, tío. Putas bragas de Laura. La próxima vez le mango unas usadas.

—Ya te he dicho que tenía muchas ganas de estar contigo. Las bragas no son la causa —mintió— sino que los dos jugamos a esto.

Ella lo abrazó y lo quiso más que nunca.

—¿Va otro? —preguntó él en un intento por no irse con las pelotas llenas.

Cristina, con una sonrisa de incredulidad, lo pensó unos segundos.

—Va, venga, pide postura.

—Misionero, piernas arriba y te sujeto de los tobillos. Pero ahora sin bragas, quiero verte bien mientras te meto todo esto.

Una vez puestos manos a la obra, Cristina no tardó en volver a volar cerca del orgasmo. Su novio la estaba follando como nunca. Cristian, desesperado, no dejaba de ver a Herminia por todas partes, imaginándola desnuda con sus tetas bamboleantes y su cuerpo arrugado.

Se concentraba en el coño de su novia, pero constantemente lo relacionaba con el de su vecina a la que no podía parar de imaginar follándola.

Y todo fue mal hasta que pudo ir peor. Estaban tardando más tiempo de la cuenta, lo que aumentaba sus prisas por acabar cuanto antes. Algo nada aconsejable. Un reflejo en el cuadro colgado sobre la cabecera le alertó de que había alguien más en la casa.

¡Sus padres habían vuelto ya!

«Mierrrda».

El reloj de su muñeca indicaba que todavía era pronto. Ese día deberían haber vuelto mucho más tarde.

¡Y todavía no se había corrido!

Su primera reacción fue la de saltar de la cama y vestirse. No obstante, al fijarse de nuevo en el reflejo del cuadro, reconoció la figura de su madre tras la rendija de la puerta. Al parecer, solo estaba ella y permanecía inmóvil.

Teresa les estaba espiando.

Se fijó en Cristina que, con los ojos cerrados y la boca completamente abierta lanzando alaridos, permanecía absorta de lo que acontecía a su alrededor.

El recuerdo de su polla a centímetros de la cara de su madre mientras le sujetaba de las muñecas, le provocó una sonrisa en su boca y un calambrazo en su pene que le hizo recuperar el vigor perdido. Con las piernas completamente abiertas para que sus pelotas quedaran bien expuestas, comenzó un rotundo metesaca haciendo pasadas largas y golpeando con fuerza en la última parte del recorrido.

El clop-clop retumbaba en la habitación con más fuerza y Cristian se encargó de que los gemidos de su novia lo hicieran también.

El reflejo de Teresa seguía allí y, de nuevo, la sonrisa de su cara sudorosa se amplió un poco más.

—¿Te gusta? ¿Te gusta cómo follo, zorra? ¿Te gusta mi polla? —No se lo decía a Cristina, sino a su madre, pero eso ellas no lo sabían. De hecho, Cristina, ni tan siquiera lo oía con sus propios aullidos—. ¿Disfrutas con mi polla? Dime, ¿te gusta, te gustan mis pelotas rebotando?

Hubiera gritado el nombre de Teresa bien alto, pero la última de sus neuronas, que aún contenía algo de oxígeno, evitó que cometiera ese error. El ritmo era frenético y ya no tenía tanta prisa por correrse. Exhibirse delante de su suegra era un aliciente mejor.

Y de hablarle.

—Ooooh, ooooh, sí, sííííí. Mira cómo follo. Mira cómo follo este coño negro. Uuuuugmmm.

Y seguía. y seguía…

—Y tus tetas. Que tienes unas tetas de la hostia. Qué ganas tengo de correrme en ellas, y en tu cara. Tu cara y tus tetas llenas de mi lefa, zorra, ¡ZORRAAA! Eso es lo que eres, una zorra y una puta. Toma, tomaaa, ooooh, ooooh, ooooh.

El reflejo no desaparecía y sus ganas de decirle de todo, tampoco.

—DIOSSSS, quiero hacerte gritar como una perra, ¿me oyes?, ooooh, ooooh, y llenarte de semen, mi semen. Y preñarte. Ooooh, ooooh. Puta, más que puta. Quiero preñarte de mí después de hacerte correr tres veces. Joder, qué morbo me das. Ooooh.

El orgasmo era inminente y pronto sus propios bramidos acompañaron a los de su novia que alcanzaba su tercer orgasmo de la tarde. Por suerte, el suyo llegó también esta vez.

Por fin.

—Joder, jo-dddder. Me corro —mugió él—. Diosss, me corro, puta, ooooh, ooooh, puta, mira mi polla zorrrra, ZORRAAAAA, ugmmm, mmmm. Y mis pelotas. MIRA MIS PELOTASSSS.

Sus huevos se vaciaban entre estertores de placer ante la mirada de su madre que seguía inmóvil tras la rendija de la puerta. Solo al final de su orgasmo, justo antes de tumbarse junto a su novia, el reflejo en el cuadro desapareció.

Miró su reloj. Diez minutos después de la hora prefijada con Herminia. Sonrió. Al final, todo había salido bien: Cristina, follada por tres veces sin descanso; su madre, testigo directo de sus pelotas y su polla y a la que le había dicho de todo; y para culminar, un orgasmo épico lejos del momento que lo hiciera su arrugada vecina.

Y nadie tenía ni idea de lo que pasaba por su cabeza.

Abrazó a su novia y la besó en la punta de los labios antes de caer desfallecido junto a ella.

—Joder, Cristian, qué pasada —dijo sin aliento—. Ha sido el mejor polvo que hemos echado nunca.

Él sonrió como un bobalicón, saboreando su secreto a costa de su novia. Ella acercó sus labios, susurrándole al oído.

—Me pone muy perra todo eso que has dicho. Me he corrido como nunca.

—¿Ah, sí, putita?

Ella ronroneó en su cuello, afirmando. Se mantuvieron así durante el tiempo que les llevó recuperar el resuello. Al final, fue él quien se movió primero.

—Creo que me tengo que ir ya, ¿no?

Cristina comprobó su reloj.

—Uy, sí, empezamos a estar fuera de tiempo. Venga, vístete que yo recojo todo esto.

Obedeció y salió al pasillo. De camino a la puerta, fue echando un ojo en cada habitación, incluida cocina y salón. No vio a nadie, así que, o bien su madre estaba escondida o había salido del piso para no ser descubierta.

Esperó a Cristina en la puerta que llegó para darle un beso de despedida.

—Me ha encantado jugar a esto. Al final, eso de las penitencias, no ha estado mal. —Hizo un pequeño mohín—. Aunque, a ver cómo hago ahora para devolverle las bragas a Laura sin que se dé cuenta.

—Mientras se te ocurre el modo —dijo meloso en el oído—, vete pensando el castigo que te toca ponerme a mí.

—Uff, ¿otra vez? yo no soy buena en esto.

—Venga, algo que sea cochino. Para divertirnos juntos, como ahora.

—Ay, no sé, Cristian —resopló—. Bueno, ya veré.

Cristian le guiñó un ojo y se dio la vuelta para marchar. Cristina lo sujetó del brazo.

—Oye, de lo de las bragas de Lauri, ni pío, ¿me oyes? Que me da un corte que no veas.

—¿Y a quién se lo voy a decir, mujer?

—No sé, pero te gusta mucho fardar con tus amigotes. No vaya a ser que se te escape y me muero. Te juro que me muero de vergüenza.

Él sonrió y la besó antes de desaparecer escaleras abajo.



— · —​



Subió los cinco pisos hacia su casa como en una nube. Hoy, el día estaba acabando muy bien. Antes de alcanzar la puerta de su casa Herminia apareció en la suya con una sonrisa malévola. Se apoyaba en el marco y tenía los brazos cruzados.

—¿A que no has podido dejar de pensar en mí, pequeño guarrete?

—Está usted enferma, Herminia.

Ella mostró su reloj.

—Me he pasado toda la tarde disfrutando con uno de los moldes y me he corrido justo diez minutos después de la hora que me habías dicho. ¿Y tú?

Hizo titánicos esfuerzos intentando no exteriorizar su frustración, pero le fue imposible contener una amarga mueca que provocó la carcajada de la señora.

—Lo sabía, has estado pensando en mí durante todo el polvo y, al final, te has corrido conmigo —se burlaba—. Hemos llegado juntos, me encanta.

Cristian bufó y alcanzó su puerta de dos zancadas.

—Al menos yo he estado con alguien de carne y hueso —dijo antes de desaparecer dentro de su casa— ¡Vieja pervertida!

Encontró a su padre en el salón, como de costumbre. Apenas un levantamiento de barbilla, como saludo, fue todo lo que recibió. Era evidente que entre él y Marta la cosa no terminaba de arreglarse.

Marta, en la cocina, preparaba sin ganas la cena para los tres. La sola visión le alegró la vista. Se puso a su lado, apoyado con la espalda en la encimera. Ella no levantó la mirada.

—¿A que no sabes de dónde vengo?

Por toda respuesta, Marta inspiró hondo y levantó las cejas sin apartar la mirada de la sartén. Apenas un movimiento con la cabeza indicando su desconocimiento… o indiferencia.

—Me he follado a Cristina en la cama de sus padres, llevando puestas solo unas bragas de su amiga y, mientras lo hacía —bajó la voz como si alguien pudiera oírle—, pensaba en ti y en las tuyas.

Marta dejó de remover la cuchara de madera y se apoyó en el borde de la encimera con ambas manos. Tenía los ojos cerrados y resopló con fuerza.

—Joder, Cristian. ¿Es que no puedes parar ni un momento? ¿No puedes, ni por una santa vez, pensar en otra cosa?

El tono de furia contenida dejó muy a las claras el enfado que todavía tenía desde la mañana. Cristian se puso tieso como un palo, borrando de facto su sonrisilla.

—Vale, tía, vale —protestó alejándose hacia la salida—. Qué borde te pones a veces.

Salió de mal humor hacia su cuarto y recordó que mañana temprano se iría su padre al menos por quince días. Tumbado sobre su cama pensó que quizás debería despedirse de él antes de que se acostara.

«Bah, solo son dos semanas y tampoco es que se vaya a la guerra».

Su padre, en cambio, sí pasó por su dormitorio un rato más tarde. Lo hizo cariacontecido y sin rastro de ese humor que le acompañaba siempre.

—Ey, Titán, me voy mañana temprano. Así que ya no te voy a ver hasta dentro de un buen tiempo.

—Vale, papá —dijo levantando el dedo pulgar—. Dile al capitán del barco que conduzca con cuidado.

Mario forzó una sonrisa y, durante unos segundos, bajó la vista al suelo.

—Os voy a echar de menos.

—A ver, tampoco vas a estar fuera tanto tiempo, solo un par de semanas.

—Ya, pero… bueno, hubiera preferido quedarme aquí.

Su hijo movió la mano en el aire quitando hierro al asunto.

—Si lo vas a pasar de madre con tus colegas del curro. Procura no desfasar mucho. Ah, y tráeme un recuerdo.

—Es un mercancías, no venden abalorios.

—Bueno, puessss… me traes el ancla o algo que les sobre.

—Claro, hijo. —Mostró una sonrisa triste—. Cuida de Marta, ¿vale?

—Será ella la que tendrá que cuidar de mí, ¿no?

—Tú ya me entiendes —contestó con una caída de ojos.

Se fue directamente a su cuarto, con su amada. Cristian pudo escuchar cuchicheos, en voz baja que fueron subiendo de tono hasta convertirse en una discusión de voces contenidas. Más tarde le llegaron unos sonidos que identificó como llantos femeninos antes de que estos terminasen convertidos en leves gemidos.

Follaban.

Por fin habían hecho las paces. En el último momento.


Fin capítulo XI
Fantásticoooo!!! Hace unos capítulos hice un comentario d Herminia pero jamás imaginé q se convertiría en una vieja tan malvadamente morbosa!!
El giro q tomó Teresa me encantó y el viaje del padre d Cristian va a traer historias apasionantes!!!
Otro excelente capítulo!! Felicitaciones!!!
 

ASeneka

Virgen
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Muchas gracias, nicoadicto.
Me alegra que te guste.
 

rikitiki

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Nos quedaremosnsin leer el final de estas aventuras ahora que se encuentra todo desarrollado necesito saber el final jjj no se si a alguien más le pasa
 

ASeneka

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Ausente​



Se levantó a la misma hora que de costumbre. Hacía días que su padre se había ido, pero seguía la misma rutina. Se masturbaba antes de ir al baño, se aseaba y volvía a su cuarto hasta que oía a Marta trastear en la cocina. Era el momento de ir a desayunar. Ese día ella tenía los ojos más rojos de la cuenta y no conseguía levantar la vista. Prefirió no molestarla y se fue a la universidad casi sin despedirse.

Esa tarde, al llegar a casa fue un calco de las anteriores. Marta continuaba poco habladora y apenas cambiaba unas pocas frases obligadas con él durante la comida y la cena. El resto de la tarde, lo pasaba en su cuarto o a solas con un libro, encerrada en sí misma frente a una televisión muda.

«Y hoy tampoco ha repuesto sus bragas», pensó con pesadumbre.

Intentó hacerse una paja con las que tenía. No había en ellas restos de semen porque, desde la charla con Herminia, no había conseguido correrse ni una sola vez. La imagen de la vieja pajeándose frente a él o, directamente follando juntos, acudían a su mente constantemente.

Tampoco esta vez pudo culminar pese a que se la machacó durante más de un cuarto de hora.

«Cabrona de vieja», dijo antes de devolverlas al cajón de un manotazo y la polla al rojo vivo. Lo peor era pasar tanto tiempo a solas con Marta. Su sola visión se la ponía dura así que se tiraba todo el día con la polla tiesa y los huevos a punto de reventar.

La mañana siguiente, al ir a desayunar, pasó por delante del dormitorio de ella. Todavía no había hecho la habitación y se apreciaban los innumerables cojines que decoraban la cama, apilados en un lateral de la habitación. Todos, excepto uno que se encontraba sobre las mantas, enredado entre las sábanas.

Se la encontró al llegar a la cocina; de espaldas, como de costumbre, trasteando en la encimera. Se apoyó en el marco a observarla. Aun con la tristeza en el cuerpo, estaba imponente. Una camiseta de tirantes y un pantaloncito de dormir dejaban a la vista unos hombros y unas piernas preciosas.

Se acercó por detrás y la abrazó, pegando su mejilla con la de ella. Marta dio un brinco por el susto y se lo quitó de encima.

—Ay, Cristian, joder, ¿estás tonto?

—Tranquila, pava, que solo te iba a dar un abrazo.

—¡Para ya! ¡Para de una vez! —dijo terminando de sacudírselo—. No estoy de humor para tus chorradas. Ya te dejaré luego mis bragas en el cajón. No se me ha olvidado.

Se dio la vuelta y volvió a sus quehaceres, obviándolo malhumorada. Sus movimientos se volvieron más bruscos. Cristian no se mostró enfadado, al contrario, le dio unos segundos para calmarse y extendió los brazos hacia ella.

—Solo quiero darte lo que necesitas.

Lo observó entonces de reojo y puso cara de asco sin llegar a comprender cómo se podía ser tan insensible. Cristian esperaba paciente.

—He visto el cojín con el que duermes cada noche. Lo haces para no sentirte sola y tener algo que abrazar. Lo sé porque es lo que hacía mi madre cuando la abandonó mi padre.

Marta abrió la boca, sorprendida, y empezó a mirarle con otros ojos.

—Yo no soy mi padre y no puedo darte lo que él, pero puedo ser ese abrazo cálido de la mañana para que empieces el día con una sonrisa en la cara.

Todavía sin palabras y con la mente embotada para pensar con claridad, dejó que se acercara a ella y la rodeara con sus brazos. Sintió su fuerza atrayéndola y, sin ser consciente, correspondió rodeando sus hombros. El calor de su cuerpo traspasaba a través de la fina tela y cerró los ojos, abandonándose a sus sentidos.

Se mantuvo pegada a él un buen rato, descansando en el abrazo reconfortante y disfrutando del aroma del adolescente. Recuperando la ternura perdida días atrás. Cuando se separaron, ella tenía lágrimas en los ojos. Acarició sus mejillas con los pulgares y lo besó en la comisura de los labios.

—Gracias, no sabía cuánto lo necesitaba. —Le acarició el pelo—. Eres muy buen chico.

Se hinchó, orgulloso como un pavo y sonrió para sus adentros, había ganado varios puntos y, lo más importante, Marta había bajado la guardia.

Después de desayunar la oyó meterse en la ducha. Se levantó y fue a su cuarto. Seguía sin reponer las bragas del cajón, aunque no le importó volver a utilizar las mismas, llevaba días sin poder eyacular en ellas. Se las llevó a la nariz y se desnudó de cintura para abajo con una sonrisa ladina. Hoy sí que sí, lo presentía. Antes de que Marta saliera de la ducha ya las tendría perdidas de semen.

No ocurrió.

Una y otra vez la imagen de Herminia pajeando su coño arrugado se colaba en su cabeza haciendo que perdiera fuerza en el último momento. Blasfemó, se golpeó la frente y recurrió a todas las argucias mentales que pudo, pero, aun así, no fue capaz de vaciar sus huevos.

Otra vez.

«Puta vieja de mis pelotas. Me has jodido la cabeza».

Miró su polla. Lo más llamativo era que estaba completamente dura. Se la masajeó arriba y abajo preguntándose si no tendría que acudir a un loquero para solucionar aquello.

De repente, la puerta se abrió y Marta apareció delante de sus narices. Dio un grito por el susto al verlo con la polla en su mano y puso unos ojos como platos que se tapó con rapidez.

—¡Oy, Dios, Perdona!, creía que ya te habías ido. No sabía que estabas… —Estiró un brazo para depositar a tientas una prenda en el escritorio junto a la puerta—. Venía a reponer las bragas de tu cajón. Joder, qué bochorno. Te las dejo aquí. Perdona otra vez.

Antes de salir como un cohete, a Cristian se le dibujó una sonrisa. Le había encantado exhibirse ante ella y ver la turbación en su cara. No obstante, había desistido de continuar masturbándose. Depositó la prenda nueva en el cajón y llevó las otras al cesto de la ropa sucia. Después, se fue a la universidad.



— · —​



Llegó tarde a casa, después de comer y la encontró vacía. «Raro», pensó. Con la soledad como compañía, decidió aprovechar para descargar los huevos en su cuarto. De camino por el pasillo oyó una voz a lo lejos. Marta estaba hablando por teléfono en la terraza, apoyada en la balaustrada con ambos codos. Su figura, desde atrás, era imponente, con el culo en pompa al final de unas piernas todavía morenas. Se mordió el labio imaginando que se la follaría allí mismo y cómo sería agarrarla de aquellas caderas de MILF. Se acercó a observarla mejor a través de la rendija de la puerta acristalada, sabiendo que ella no se había percatado de su presencia.

—¿En serio? ... ¿Y habéis vuelto a repetir? ... Ay, boba, haber aprovechado, con lo morboso que resulta todo ese juego picarón … Tampoco es para tanto. Para mí, eso que me cuentas, solo ha sido una tontería un poco subida de tono para alegrar el cuerpo, nada más. —risas— ¿Por qué una mujer no puede disfrutar un poco ella sola sin que esté presente su pareja, a ver? … Bah, ahí un novio no pinta nada —más risas—. Además, ¿y qué pasa si se entera? Casi hasta daría más morbo que lo supiera, jajaja … Que sí, mujer —decía en tono de broma—, una chica joven, con una vida sexual activa y que necesita que le den lo suyo a menudo, jajaja. Seguro que lo iba a entender … —nuevas risas— … Ay, nena, no seas tan agonías. Y lo de las bragas ha sido, pues, una tontería, un juego de niños grandes.

Cristian se quedó de piedra. Si no había oído mal, Marta hablaba con alguien de las bragas que le dejaba en su cajón y lo hacía risueña. A la novia de su padre le gustaba que se pajeara con ella.

Le excitaba, más bien.

Y le hizo sonreír.

Volvió a pegarse a la rendija, pero ella se había movido por la terraza, paseando con el móvil en la oreja hasta llegar al lateral contrario y ya no pudo escuchar nada más. Se giró y, con la sonrisa en los labios, caminó hacia su cuarto a acabar lo que tenía en mente.



— · —​



Tampoco esta vez hubo suerte. Herminia se colaba en su cabeza de nuevo.

De un manotazo, devolvió las bragas al cajón y salió malhumorado de su dormitorio. Marta estaba en el salón, con una taza de café en una mano y un libro sobre sus piernas. Levantó las cejas al verlo, sorprendida.

—¿Estabas en casa? No te he oído entrar.

—Sí, bueno, he llegado hace rato, pero ya me voy. He quedado con Cris.

Era mentira, pero, harto de tanto meneársela para nada, había decidido presentarse allí e intentar volver a follarla en la cama de su madre y correrse como la otra vez. Quizás hasta se pusiera las bragas de su amiga.

—Oye, nene —dijo Marta antes de que abandonara la casa—. He estado hablando por teléfono con mi prima y… ¿Recuerdas que dijimos de pasar las vacaciones en mi casa de la playa los tres?

Cristian asintió despacio. Hablaba de la conversación que había oído al entrar y se temió una mala noticia.

—Pues, vendrá a pasar un par de semanas con nosotros. La he invitado a que se quede hasta la boda de mi hermana, así que, tendrás que mudarte al dormitorio de arriba, el de los invitados.

Cristian asintió despacio, meditando lo que acababa de oír.

—¿Está como tú de buena?

Marta sonrió, cómplice, viendo que la cara de su ahijado no mutaba en enfado.

—Mucho más. En mi pueblo se los llevaba a todos de calle.

—Entonces no hace falta que me mude. Que duerma conmigo. Se me da bien compartir cama.

—Buen intento, pero ya tiene quien le rasque la espalda por las noches. Viene con su novio.

Cristian chasqueó la lengua. El incordio de la parejita moñas le cortaba el rollo que había planeado con sus colegas de allí. Ya había hablado con Javier y los demás para ocupar la casa. Fiestas, tardes de litros, acampadas salvajes en el jardín…

Puso los ojos en blanco.

—Mierda, y serán dos muermos que nos van a joder el rollo a mis colegas y a mí, ¿no?

—Tranquilo, si van a estar a su bola, en plan… tortolitos.

—Por eso mismo.

—Ay, no seas agonías. Solo se van a quedar hasta que mi hermana se case. Además, dice mi prima que su novio es un tío muy majo. Trabaja con críos en un hospital. Por lo visto los niños le adoran. Os vais a llevar bien, lo presiento.

—Lo que tú digas, mami. Me piro, que he quedado con Cris.

—Dale recuerdos —dijo antes de que desapareciera por la puerta—. Y no me llames mami —gritó, aunque ya no podía oírla.



— · —​



La mala suerte hizo que no fuera Cristina quien le abriera la puerta al llegar a su casa, sino su madre. Ésta le hizo pasar al salón.

—Te pondré un té mientras llega —le dijo— y te prometo que hoy no te abrasaré.

Chasqueó la lengua de fastidio, no iba a poder vaciar los huevos. Pasó adentro, junto a ella, y pudo percibir su olor, haciéndole recordar su último encuentro. Algo se removió en su interior, no le importaría tomar ese té si con ello pudiera despelotarse de nuevo frente a su cara.

Lamentó no haber pedido un Cola-cao al dar el primer sorbo.

—Riquísimo —mintió.

Ella sorbió del suyo y lo depositó sobre la mesita de centro. Estaba sentada en el borde del sofá, frente a él.

—¿Qué tal la quemadura? Me quedé muy preocupada el otro día.

—Tranquila, me eché crema hidratante, como dijiste. En un par de días estaba como nuevo.

—Me alegro. Menudo mal rato que pasé.

—Lo dices por la quemadura o por…

Teresa se puso colorada. El tema de la empalmada provocó que apartara la mirada, turbada.

—¿Te molestó que tuviera una erección delante de ti?

—¿Eh? no, no. A ver, ya te dije que es algo normal a tu edad.

—Te quedaste mirándola mucho rato.

—Miraba la quemadura —corrigió— y no fue tanto rato.

Bajó la mirada a su taza, pensativo, y sopló el vaho que salía de ella. —¿Se enfadó mucho tu marido?

Ella pensó la respuesta más tiempo de lo necesario. —No, Tomás nunca se enfada conmigo.

—Vi la cara que puso. No le hizo ninguna gracia vernos así.

Teresa se puso tensa, como si insinuara que estaban haciendo algo malo, juntos.

—Bueno, él… ya se lo explique luego, a solas. No hay malentendidos.

Nuevo silencio que enrareció el ambiente.

—Al final, el otro día, con todo el lío de la quemadura, no respondiste a mi pregunta.

Teresa frunció el ceño confundida y le inquirió con la mirada.

—Te pregunté si eras feliz con Tomás.

—Por supuesto que lo soy.

Había contestado con rapidez, pero era evidente que había sido una respuesta obligada visto lo tensa que se había puesto. Comenzó a remover su infusión como un autómata, escondiendo su rubor tras el vapor. Cristian se quedó callado, como si con ello no diera por buena su respuesta. El sonido de la cucharilla contra la taza quedó como único foco que disipara el estruendoso silencio.

—Tomás tiene un gran corazón —dijo al fin. Sonó como una excusa más que como una respuesta.

—No es esa la impresión que da. —Su mirada de lástima acusaba más de lo que compadecía.

—Porque no le conoces. Es muy tierno y cariñoso. Cristina le adora. Siempre se ha comportado como un padre con ella.

—Pues, en lo que a mí respecta, creo que, si pudiera, me estrujaría por el cuello. Cada vez que me ve es como si me culpara de algo. O como si todo lo que le rodea oliera a caca.

Ella bajó la cabeza azorada, como si no quisiera afrontar la veracidad de sus palabras. De nuevo el mutismo y, de nuevo, la cucharilla como único sonido que rompía la tensión de aquel salón. La vista de cada uno estaba puesta en el vapor de su taza.

—Cristian, si te pido que seas sincero conmigo… ¿contestarías a una pregunta muy personal?

—Si prometes no enfadarte por lo que pudieras oír…

Teresa sonrió antes de devolver la mirada a su taza. —Claro—. Se tomó su tiempo en volver a hablar, eligiendo con cuidado sus palabras.

—La erección que tuviste… —comenzó diciendo— ¿fue espontánea, fruto de una situación incómoda o…?

Dejó la pregunta en el aire, esperando que Cristian la entendiese sin necesidad de acabarla. Sin embargo, su potencial yerno la miró con curiosidad, paciente.

—¿O…? —inquirió Cristian conminándola a que dijera en voz alta lo que estaba deseando oír de sus propios labios.

Ella volvió a bajar la vista unos momentos, azorada. Movió la bolsa de té dentro de la taza intentando armarse de valor. Cristian imitó su gesto y removió su infusión, ganando tiempo, como si fuera un juego en el que el primero que hablase, pierde.

—¿Se te puso así por mí? —preguntó por fin, cogiendo el toro por los cuernos.

—A ver, Teresa —Cristian comenzó a salivar. Estaba encantado de hablar de esto con la madre de su novia. Su polla comenzó a endurecerse bajo el pantalón—. Tienes que tener en cuenta que, a mi edad, tengo las hormonas a tope.

—Ya, ya, claro.

—Y que, para un adolescente como yo, pues… una mujer guapa y con una figura y un busto como el tuyo…

Teresa carraspeó y apartó ligeramente la mirada.

—Y en la posición en la que estábamos, con la panorámica tan reveladora de tu escotazo… —Su suegra contuvo un primer instinto de taparse—. Cuando dijiste lo de darme crema en la zona afectada… mi mente imaginó… ya sabes.

Ahora sí reaccionó clavando los ojos en él. —Te imaginaste que yo… qué.

—Que me sobabas con la crema ahí. O sea, que me pajeabas en plan guarro hasta hacer que me corriera —puntualizó—. Sobre tus tetas.

La mandíbula de Teresa cayó lentamente hasta quedar medio abierta a la vez que reprimía una mueca de asco. Ahora sí se ajustó el cuello de la camisa por acto reflejo, como queriendo protegerla de su lefada virtual. Cristian reprimió una sonrisa a la vez que su polla se endurecía un poco más.

—Me has pedido que sea sincero —recordó con semblante afectado—. Es lo que pensé. Mejor dicho, es lo que pensó mi mente por sí sola. Mi pene hizo el resto. Pero todo fue involuntario, lo juro.

Teresa parpadeaba turbada por la cruel sinceridad de su yerno.

—No puedo evitar tener fantasías contigo.

—¿Tienes —preguntó incrédula— fantasías sexuales conmigo?

—Claro, como todo el mundo. Es lo más normal, que te excites con el círculo familiar de tu pareja. ¿A ti no te pongo yo?

—Por supuesto que no.

—¿Nada?

—No, nada.

—¿Ni un poquito?

—¡Ni un poquito, Cristian! ¿Pero qué te has creído?

—Bueno, como te quedaste mirando tanto tiempo mi polla pensé que…

—¡Que no te miraba el pene! —insistió en un tono que rozaba el hastío—. Estaba auscultando la zona quemada. Tenías un enrojecimiento que…

—Venga ya, Teresa, los dos sabemos dónde tenías puestos los ojos, y no era en la quemadura precisamente —dijo con retintín—. Se te fue la vista cuando se me empinó por completo. Es normal, le pasa a todas cuando ven lo que tengo aquí abajo.

—A mí no. —Dio con la palma de la mano en la mesa, enfadada.

Frunció el ceño, contrariado, retándola con la mirada.

—No entiendo —dijo confuso—, o sea, me pides sinceridad, pero cuando te la doy, te enfadas conmigo y encima me mientes.

—Yo no te estoy mintiendo… ¿Pero de qué hablas?

—De que te gustó verme desnudo o, mejor dicho, te gustó vérmela —dijo señalando hacia abajo, a su entrepierna.

Teresa se puso tensa como un palo y levantó un dedo acusador.

—Mira, Cristian, te estás pasando de impertinente y no te consiento…

—Deja ya el rollo de madre digna, Teresa, que sé que nos estuviste espiando el otro día en tu cuarto, cuando cris y yo estábamos… —Ella se quedó congelada—. Y que te quedaste mirando hasta que terminé de correrme.

—¿Tú… sabías…?

—Claro que lo sabía. Y me puso como una moto que me miraras. —Bajó la voz—. Y a ti también. Por eso abrí bien las piernas, para que pudieses verme todo el tema.

—A mí no me…

—Es lo más morboso que me ha pasado en la vida, la madre de mi novia excitándose conmigo follando. Por eso dije todas esas cosas en el momento de correrme.

Nueva cara de espanto de Teresa que no terminaba de salir de su estupor.

—¿Aquello… me lo decías a mí? Todas esas barbaridades que soltaste por la boca…

Sonrió ufano al saberse en la seguridad de quien maneja un secreto vergonzante de otro. Por mucho que Teresa se ofendiera, no podía tomar ninguna represalia contra él sin destaparse. Ella boqueaba al verse en una situación que, de repente, se había puesto patas arriba.

—Entonces… era a mí a quien querías penetrar —balbuceó— y eyacular encima de mí —dijo estupefacta—, sobre mi cara y mis…

Se tapó el escote como intentando evitar que lo ensuciara. Cristian se encogió de hombros, concediendo; Teresa continuaba haciendo memoria.

—Dijiste que me querías preñar —concluyó al cabo de un rato. Cristian sonrió inocente, como si le hubiera descubierto en una travesura—. A mí, a la madre de tu novia. ¡Quieres dejarme embarazada! —decía sin llegar a dar crédito— ¡Y no parabas de llamarme zorra!

—A ver, eso era en plan bien. Ya sabes, cosas que se dicen en el momento culmen para darle más picante cuando estás fuera de sí. Zorra, puta, putón… pero sin pensarlo de verdad.

Ella seguía en shock. Masajeándose las sienes y hablando para sí misma, sin llegar a creer lo que acababa de oír.

—Te excita tener un hijo conmigo. ¡Conmigo!

—Más bien… a costa de tu marido —espetó—. Es el morbo, entiéndelo. Tú, paseando con un chiquillo que solo nosotros sabemos que yo soy el padre.

Cristian le dio unos segundos para asimilar lo que acababa de decirle. Disfrutando el dulce momento de la turbación en una mujer madura obligada a caminar por el lascivo y tortuoso terreno que él le tendía.

—Solo es fantasía, no te vayas a pensar. No lo decía en serio —dijo mostrando una sonrisa pícara—. Ni por lo más remoto me apetece ser padre con dieciocho años, ufff, qué bajón.

Pero la confesión no pareció tranquilizar lo suficiente a una Teresa que había empezado a hiperventilar.

—Dime una cosa —dijo bajando la voz y acercando su cara a la de ella—. ¿Te gustó?, ¿disfrutaste viendo rebotar mis pelotas contra el ano de Cris y mi polla dura entrando y saliendo de su coño? Es grande, a que sí. Si quieres te la enseño de nuevo.

Teresa recuperó la compostura y se puso derecha, enderezando la espalda.

—No, Cristian. No me gustó y no quiero verla otra vez.

—¿Seguro? —sonrió seguro de sí mismo—. He oído hablar de tu primer marido, el hippy —terció—. Puede que le abandonaras por los pájaros que tenía en la cabeza, pero no por lo que tenía entre las piernas. —Amplió su sonrisa—. Creo que por eso te quedaste a mirar. Te recordó viejos tiempos con una polla como la mía.

—Cristian, para —la advertencia sonó tan peligrosa como parecía.

El reloj de la estantería indicaba que Cristina llegaría en cualquier momento, o quizás Tomás, y no sería bueno que ninguno de ellos los encontrara discutiendo, así que decidió dar un paso atrás. Al fin y al cabo, la conversación iba a dar para muchas pajas y multitud de miradas indiscretas entre ambos. Y todo a espaldas de su novia y su marido con la seguridad de que nunca le contaría nada.

El secreto del cornudo.

Sonrió por dentro imaginando la siguiente vez que se quedara a cenar en esa casa con Tomás a un lado, Cristina a otro y Teresa sintiendo su mirada y lo que pensaba por dentro. Recordándolo desnudo, follando, con su polla dura.

—Vale, perdona, me he venido arriba y he perdido los papeles. Siento haberme comportado como un niñato salido y lamento todo lo que te he dicho —mintió—. No volveré a ser tan impertinente. Solo te pido que no me odies por haber sido sincero.

Teresa, esta vez sí, pareció recuperar parte de su aplomo y destensó el cuerpo parcialmente. Le estuvo observando mientras él, con la vista baja, daba la imagen que pretendía ofrecer, un chico atolondrado que comete un error y está arrepentido.

—Bueno, vale, está bien. Vamos a olvidarlo.

«Eso es lo que tú te crees», pensó mientras daba un sorbo a su té.



— · —​



Al volver a casa, notó en Marta un ligero cambio, quizás por la llamada de su prima o puede que por su joven hermana. Últimamente hablaban mucho entre ellas acerca de los preparativos de la boda. Seguramente le ayudaban a mantener la mente en otro sitio. Ya había dejado de arrastrar su pena por toda la estancia debido a la ausencia de su padre y, ahora, cuando se cruzaban, le regalaba una sonrisa afectuosa.

Encerrado en su cuarto, volvió a intentar una nueva paja. Esta vez, con Teresa en mente. La conversación con ella le había dejado más caliente que un clavo ardiendo. Se la imaginó debajo de él, igual que lo había estado Cristina en su cama, gritando como una perra mientras su corpulento marido miraba como un panoli. Sin embargo, de nuevo Herminia volvió a colarse en el mejor momento, arruinando el orgasmo.

Ni tan siquiera las bragas de Marta, con las que intentó, infructuosamente acabar lo que había empezado, fueron suficiente antídoto para su mal de ojo. Estuvo a punto de salir al descansillo y aporrear su puerta hasta que deshiciera aquella maldición.

Terminó olvidándose del asunto e intentó estudiar algo. Tenía los libros muy abandonados y las tareas se acumulaban. A este paso lo iba a pasar mal cuando llegaran los exámenes. A la noche, después de cenar, pasó un rato con Marta en el salón. Era la peor hora para ella, cuando más echaba de menos a su novio, así que no estuvo muy habladora.

Y fue peor a la hora de acostarse. Él, desde su cuarto, volvía a oírla sollozar antes de caer dormida. No pudo más y se levantó hacia su cuarto. Tocó a la puerta y asomó medio cuerpo.

—¿Puedo pasar?

Marta levantó la cabeza y se secó los ojos, ruborizada.

—Ay, Cristian, ¿qué pasa?

Caminó en silencio, vestido con camiseta y calzoncillos, el atuendo que siempre usaba como pijama. Marta puso los ojos como platos cuando le vio meterse bajo las mantas.

—¿Qué haces? ¿No pensarás…?

—Date la vuelta.

—Cristian, en serio…

—Tú date la vuelta —dijo conciliador, pero en tono imperativo—, por favor.

No se movió, pero pasado un tiempo terminó por obedecer. Lo hizo a cámara lenta, sin perder contacto visual con sus ojos y con las mantas apretadas contra su cuerpo. Él se pegó por detrás, abrazándola en la posición de la cucharita.

—Me han tocado muchas noches de terapia con mi madre —susurró en su nuca—. Sé que no vas a dejar de echarlo de menos, pero al menos esta noche vas a poder dormir sin él.

Marta se quedó sin palabras. El abrazó era tan cálido como reconfortante. Un poco después, se relajó y cogió su mano, estrechándola entre las suyas y dejando que el calor de su brazo y su pecho templaran su espalda. Poco a poco su cuerpo se fue destensando paulatinamente hasta caer en un profundo sueño.

Tal y como le había dicho, durmió toda la noche plácidamente.

A la mañana siguiente se despertó aún cogida a ella. Marta se desperezó y se dio la vuelta, encarándolo. Sonreía con ternura en lo que se traducía como una muestra de su agradecimiento por haberse portado tan bien. Apoyó la cabeza en su hombro y se apretó contra él. Cristian no podía estar más satisfecho.

—Gracias. He dormido como una niña. Eres un cielo.

Ahí es justo donde estaba él, sintiendo su cuerpo a través de la fina tela y disfrutando de su abrazo. Ella lo besó en la mejilla.

—Venga, ve a ducharte mientras te preparo el desayuno —susurró.

—Prefiero hacerlo después, cuando haya…

El gesto con la mano dejó bien claro las intenciones. Marta se carcajeó y posó la barbilla sobre sus manos que ahora apoyaba en su hombro.

—¿Todavía las sigues usando? Hace días que las estoy encontrando impolutas.

Cristian hizo una mueca de disgusto y se sinceró parcialmente.

—Últimamente estoy un poco… bloqueado, o sea… —intentó encontrar las palabras exactas sin desvelar la realidad— que no llego, vamos.

Marta arrugó la frente y él intentó explicarse mejor.

—Pues eso, que no puedo culminar. Estoy un buen rato dale que te pego, pero, entre la Uni, Cristina y mis movidas personales que tengo por ahí… Joder, es que la cabeza se me va a otro sitio. El día que me pillaste en mi cuarto… tampoco pude acabar.

Marta le acarició el pelo.

—Ahora entiendo que no las hayas manchado. Bueno, no te preocupes, es normal. Le pasa a la mayoría. Es que se necesita tener la mente despejada para disfrutar del sexo con facilidad. —Le besó en la mejilla de nuevo—. No te inquietes demasiado, ya pasará.

Él negó con la cabeza.

—Ya, pero es que… me obsesiona, ¿sabes? Antes lo hacía hasta tres veces al día, pero ahora… muchos de ellos, ni una sola —se lamentó—. Joder, tengo los huevos a tope y solo los vacío el finde, cuando estoy con Cris; y a duras penas, no creas.

Se quedaron en silencio, mirándose. Marta sentía su pena aunque sin saber cómo consolarlo.

—Si no fuera por tus bragas lo pasaría mucho peor, te lo aseguro. Si me vieras, me las tengo que follar a 3.000 revoluciones pensando en ti para que no se me desinfle. Solo así consigo llegar alguna vez.

Marta soltó una carcajada y le apartó la cara, avergonzada.

—Qué exagerado. Anda, ve a tu cuarto a cambiarte mientras te preparo el desayuno. —Se levantó en dirección a la cocina—. Cuando acabes te dejo éstas en el cajón —dijo mostrándoselas por el borde del pantaloncito de dormir—. A ver si te inspiran más.

Tal y como había dicho, se las encontró en el cajón después de acabar su desayuno, plegadas y con su olor de hembra en ellas. Ahora la podía oír en la ducha. Sopesó meneársela antes de que saliera, pero se lo pensó mejor.

«Quizás a la tarde, más tranquilo».

Las cosas en la uni no iban bien, no se enteraba de nada y lo único que hacía era copiar cosas que no entendía, acumulando un sinfín de apuntes ininteligibles.

Al acabar la jornada, de vuelta en su cuarto, rescató las bragas de Marta e inició la tarea que había dejado aparcada. Se tumbó desnudo sobre la cama, inspiró hondo y vació su mente. La charla con Teresa y las propias bragas de Marta eran aliciente más que suficiente para conseguir el mejor de los orgasmos. Comenzó a pajearse con ellas enrolladas en su polla, despacio al principio. Poco a poco la temperatura iba subiendo y la rigidez de su pene estaba llegando a máximos históricos. Su glande ya aparecía brillante cada vez que asomaba por el prepucio.

Teresa tenía unas tetas de la hostia, mejores que las de su hija por lo que se podía adivinar. Y Marta… ella era de otro nivel. Habían dormido juntos, polla con culo, para ser más exactos y ahora colegueaban más. Sus charlas rozaban temas que en otro momento no hubiera podido ni imaginar. Sin su padre cerca, ella se apoyaba más en él cada día que pasaba.

Se imaginó a los dos en su cama, desnudos. ¿Cómo serían sus tetas? ¿Y su coño? Arqueó la espalda, preparado para recibir un orgasmo inminente cuando Herminia hizo presencia de nuevo. Abierta de piernas sujetando una polla de goma que entraba y salía de ella a la misma velocidad que su paja, como si se la estuviera follando él.

Sacudió la cabeza con fuerza y abrió los ojos intentando borrar la imagen con un chorro de luz que cegara sus pupilas.

«Nooo, joder, noooo». Empezaba a perder vigor. «Venga, hostia, un poquito más. Ya casi estoy».

Y entonces, la imagen de Herminia fue sustituida por la de Marta (esta vez real) que, con cara de pasmo, le observaba desde la puerta.

Cristian, que se había incorporado, tenía apoyada una mano hacia atrás. Incluso con el susto, no dejó de pajearse como un pistón de artillería.

—P…Perdona, Cristian, no pretendía…

—¡No te vayas! —gritó fuera de sí, polla en mano—. Espera, espera un poco.

—Ella permaneció inmóvil, turbada.

—Mírame. Mira cómo me pajeo —suplicó—, por favor.

Todavía en shock y, sin saber cómo reaccionar, soltó la puerta que aún tenía en su mano, dejando que ésta se abriera, mostrándose por completo. Completamente abochornada, se mantuvo observándolo, tal y como le había rogado.

—Aguanta un poco, porfa, aguanta mirándome —rogó a voz en grito—. Joder, cómo me pones. Ooooh, ooooh. Te quiero follar —decía entre gemidos— Te quiero follar, Marta, Marta…

Lo escuchaba estoica, regalándole una paja antológica en el momento más necesitado.

—Joder, joder, Marta… Ooooh, ooooh, me voy a correr. Ahora sí, me voy a correeeer.

Se mantuvo paciente, concediéndole su oscuro capricho exhibicionista hasta que, pronto, su presencia dio sus frutos. Ojos en blanco, barbilla hacia arriba y el primer borbotón de semen saliendo disparado de su dilatada polla.

—Me corro, me corroooh, ooooh, ooooh, por finnn, hummmmm. Me corro en tus bragassss.

Se dejó caer hacia atrás mientras su orgasmo recorría su cuerpo por toda su espalda hasta la nuca. El semen se había escurrido por su mano y sus bragas hasta el vientre donde, como de costumbre, alojaba una cantidad considerable. Marta se acercó a la mesilla y se hizo con la caja de pañuelos que colocó a su lado.

—Gracias —dijo casi sin aliento y con los ojos medio cerrados cuando ella abandonaba la estancia.

No supo si lo dijo por el gesto o por haber permanecido frente a él. En cualquier caso, le regaló una sonrisa tierna mientras tomaba las bragas empapadas de entre sus manos antes de salir de la habitación con los restos de su semen.

—Las voy a echar a lavar. Mañana repondré otras nuevas —dijo en tono conciliador.

Cerró tras de sí dejando a un sonriente Cristian a punto de caer dormido a causa del sopor postcoital.


Fin capítulo XII
 

ASeneka

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Herminia​



Fueron días raros. Cristian y ella hablaban poco desde lo de la paja, tal vez por la incapacidad de afrontar lo que había pasado. Fue ella la que tomó la iniciativa una tarde que Cristian se encontraba en su cuarto. Su novio le había escrito en uno de los escasos momentos que tenía libres y que la nula cobertura en el barco le permitía. Las noticias de él no habían sido buenas.

—Oye, nene, esta noche… ¿te importaría pasarla conmigo? No quiero dormir sola. Mario va a estar fuera otra semana más y se me está haciendo muy largo.

Cristian levantó la cabeza de los libros y se la quedó mirando. Ella asomaba medio cuerpo a través de la puerta. La camiseta de tirantes se le pegaba a la piel dibujando un contorno digno de una MILF de película.

—Claro, pero porque así me ahorro hacer mi cama por la mañana.

Le guiñó un ojo que ella recibió con una sonrisa. Cuando se quedó solo, sacó las bragas del cajón. Estaban impolutas, igual que las anteriores que le había ido dejando.

«Cabrona de Herminia. Es usted una puta bruja».

Esa noche se demoraron en el salón más de la cuenta antes de ir a acostarse. Ambos miraban la tele, pero ninguno la veía. Marta, intentando leer un libro; Cristian, chateando con Cristina sobre el fin de semana.

Al final fue Marta la que dio el paso para ir a dormir. Cristian la siguió un poco después, dándole algo de tiempo antes de aparecer en su cuarto. Se había desvestido en su dormitorio quedándose en calzoncillos y camiseta, como solía hacer.

Su lado de la cama estaba abierto cuando se plantó ante ella. Una vez dentro, Marta apagó la luz de su mesilla y se giró de espaldas para que él la abrazara. De nuevo repitieron postura pero, esta vez, se pegó más a ella, colocando una pierna entre las suyas. La mano que ella apretaba contra sí, estaba muy cerca de una de sus tetas. Podía notar su cálida blandura en la muñeca y sintió el fuego dentro.

—Cristian, eso que estoy notando…

—Tranquila, pava, es inofensiva. La cabrona se empina en cuanto huele a hembra, pero luego… nada de nada. Ya viste el otro día lo que tuvo que pasar para que pudiera llegar al clímax. Tú no te preocupes que yo controlo. Ella solita no sale de ahí.

No protestó más, fiándose de él y permitiendo que su polla dura quedara alojada entre sus glúteos. Él, por su parte, procuró no tensar la cuerda, permaneciendo inmóvil. La cosa iba demasiado bien entre los dos como para querer fastidiarlo todo.

Le costó algo más de la cuenta relajarse, pero por fin consiguió conciliar el sueño. El cuerpo cálido de su ahijado y su abrazo protector la indujeron en un profundo y placentero sueño.

Se despertó ocho horas después en la misma posición. La sonrisa de satisfacción llegó mientras se estiraba, contenta por haber descansado como un bebé. Cristian se despertó también y ella se giró para encararlo.

Abrazó su cuello y puso medio cuerpo encima del suyo, descansando sobre él.

—Gracias, nene. He dormido como una marmota. Me encanta que me rodees con tus brazos. Me hace sentir como cuando era niña.

Él se dejó querer y correspondió a su gesto con una caricia en su hombro desnudo. Se mantuvieron en esa posición hasta que ella, al mover la pierna, notó el bulto bajo el calzoncillo.

—Joder, pero… esto…

—A mí no me mires. Ya sabes que estas cosas van por libre —contestó raudo.

—Pero, ¿se te ha levantado ahora o llevas así toda la noche? —preguntó incrédula.

—Eso no te lo voy a decir —respondió juguetón.

Retiró la pierna con cuidado, pero era imposible no rozarla más de lo necesario. Se quedó junto a él con la cabeza apoyada en su hombro.

—Está… enorme.

—Pues no veas cómo tengo las pelotas.

—¡Cristian!

—A ver, que lo digo porque llevo días sin correrme. Me van a estallar y encima me duelen mogollón.

—¿Pero todavía sigues así?

—Pues sí. No sé si son las clases, Cris o yo qué sé, pero estoy que me cuesta hasta caminar.

—Ay, pobre. ¿Y con mis bragas, tampoco…?

—Ya ves cómo están cuando las repones cada mañana. Nada, y mira que me pones mogollón, pero… —soltó un bufido y cerró los ojos apesadumbrado—. Un día creo que me voy a volver loco.

—Ay, calla bobo, no digas eso —dijo preocupada.

—Como no consiga descargar de una vez…

Se hizo un silencio en el que Marta casi pudo presentir lo que le pidió a continuación.

—¿Te importaría… —comenzó a decir dubitativo— que me la pelara aquí, delante de ti?

—Uffff, nene, no sé si…

—Porfaaa, tíaaaa. Solo te pido que me mires mientras me pajeo, como el otro día.

—Es que… en mi cuarto…

—Venga, va. ¿Qué más te da? Me quito el calzoncillo y me pajeo aquí tumbado, donde estoy, a tu lado. Tú no tienes que hacer nada, solo mirarme, como el otro día.

A Marta le costaba dar el brazo a torcer. Era su cuarto y de su futuro marido, donde ese tipo de cosas solo lo hacían ellos dos. Las connotaciones no eran las mismas que la vez anterior. La negociación se alargó un poco más, con ella negando y él utilizando todos los argumentos que pudo encontrar. Al final, quizás obligada por esa deuda moral que le había hecho dormir toda la noche consintió en sus pretensiones.

Se había quitado toda la ropa, no solo el calzoncillo, exhibiéndose impúdico frente a ella en todo su esplendor. Conocedor del efecto que su cuerpo causaba en las mujeres y se empezó a acariciar.

Al principio despacio, mostrándose orgulloso, después, más rápido para intentar alcanzar el ansiado orgasmo junto a ella.

«Lo flipo, qué guapo, me estoy pajeando con ella al lado. ¡Tumbados en su cama!».

Marta apoyaba su codo en la almohada y su cabeza en la mano, esperando paciente. Seguía tapada parcialmente con las mantas hasta la cintura, lo que dejaba a la vista su generoso escote que Cristian ojeaba de hito en hito.

Pero pronto la cosa se empezó a torcer. Cada vez que notaba cerca la corrida, Herminia hacía acto de presencia y siempre en posturas vergonzantes, inhibiendo todo el deseo y haciendo que tuviera que empezar de nuevo. Si el cerebro es el músculo más poderoso del cuerpo, el de Cristian se estaba mostrando como un auténtico Hércules, incordiando en una batalla que tenía perdida de antemano.

Él abría los ojos y sacudía la cabeza para deshacerse de las imágenes en las que la veía desnuda o, directamente, follando con ella.

—Joder, ¡JODER!

—Ey, tranquilo, Cristian, relájate. Ya llegará —calmaba ella sin saber la verdadera causa de lo que estaba pasando.

—Es que… no puedo, no puedo —se quejaba—. Mi puta cabeza.

—No pasa nada. Tú sigue, ya llegará. Concéntrate en este dormitorio, concéntrate en mí ¿Te gusta que te mire?

—Ufff, sí. Qué pasada, qué puta pasada. Pajeándome contigo al lado.

Le acarició el hombro para ayudarlo y recorrió su piel hasta el codo y de vuelta hasta el cuello, en pasadas lentas y suaves con la punta de las yemas.

—¿Te gusta que te acaricie así, mientras te pajeas?

—Sí, tía, sí, sigue —decía entre jadeos—. Háblame, dime cosas.

Ella sonrió, pero se mantuvo en silencio, dudando si debía entrar en ese juego.

—Dime que te gusta mi polla.

—Ya sabes que me parece bonita. —Lo había pensado varios segundos antes de contestar.

—Y grande. ¿Te gustan grandes?

—Claro, a todas nos gusta una buena polla.

—Porque yo tengo una buena polla, una polla de la hostia que quieres chupar.

Esta vez no dijo nada, solo sonrió.

—Me la quieres chupar y yo te quiero follar con ella. Uffff, joder, cómo me pone decírtelo, Marta. Quiero follarte —decía fuera de sí—. Quiero comerte el coño y follarte. Mírame, mira mi polla, está así por ti.

Ella lo escuchaba paciente y la observaba. Su glande, completamente lubricado, aparecía y desaparecía en su mano. La baba preseminal ya impregnaba parte del tronco.

Cristian estaba al borde del orgasmo, rezando para poder eyacular junto a ella, exhibiendo su enorme corrida que tanto la impresionaba.

Pero Herminia no le dejaba.

Y él se ponía más nervioso.

Mucho rato después, y con los ojos cerrados con fuerza, se la machacaba como un percutor, a una velocidad que a Marta le hizo levantar las cejas.

—Nene, te vas a hacer daño, no lo hagas tan fuerte.

Se había apartado algo asustada. Cristian tenía todos los músculos de su cuerpo tensos como cuerdas de guitarra. La frente arrugada y la cara completamente roja y empapada de sudor en un sube y baja frenético.

Hasta que por fin lo consiguió.

—Joder, joder, joder, joderrrrr. Ummm, Uoooogggggghhhh.

Comenzó entonces a barbotar una cantidad ingente de semen (acumulado durante días en sus huevos) que se escurría por su mano hasta llegar a su vientre. Marta miraba absorta ese río de lava blanca, que parecía no tener fin, esparciéndose por su piel.

Cuando por fin relajó su cuerpo, dejó caer un brazo a un lado mientras mantenía el otro asido a su polla. Respiraba a bocanadas con los ojos cerrados.

—Dios, qué… pasada —dijo asombrada por lo que veía. Le acercó el paquete de pañuelos que tenía sobre la mesilla y, con cuidado, se levantó por su lado de la cama en dirección a la puerta—. Quédate aquí descansando. Te llamo cuando tenga listo el desayuno.

—Gracias —dijo Cristian al borde del sopor postcoital—. Si no fuera por ti, hoy volvería a la uni con dolor de huevos.

Se tomó su tiempo en levantarse de aquella cama y, cuando lo hizo, fue directo a la ducha. Una vez aseado y vestido, se dirigió hacia la cocina. Para no variar, Marta se encontraba frente a la encimera. La abrazó desde atrás y besó su mejilla.

—Gracias, es la primera vez que me corro en una semana. Empezaba a estar desesperado. Siento haberte hecho pasar por esto.

Ella sonrió y le guiñó un ojo aceptando la confidencia.

—Tú me ayudas, yo te ayudo.



— · —​



La universidad no fue el primer sitio al que se dirigió esa mañana. Primero debía hacer otra cosa urgente. Apretó el timbre de Herminia intermitentemente con la intención de despertarla abruptamente si aún no lo había hecho. La mirilla manual no tardó en abrirse dejando asomar dos ojos vivaces.

—Ya tenemos religión —contestó la vieja al verlo—. Váyase.

—Abra la puerta, Herminia.

—¿Vienes a violarme, pequeño pervertido? —espetó su vecina—. Espera, te abro.

Se oyó deslizar la cadena de su puerta y el sonido de la llave girar dos veces. No esperó a que ella se lo ofreciera y pasó hasta dentro como un elefante en una cacharrería.

—¡Me ha jodido la cabeza! —dijo cuando ella hubo cerrado la puerta tras de sí—. Llevo dos semanas sin poder hacerme una puta paja desde que me dijo aquello de follar juntos. Es… es asqueroso, ¡joder!

—Será para ti. Yo lo paso de miedo sabiendo que me tienes en tus pensamientos cada vez que… —Hizo el gesto con la mano.

—Aaaaay, Dios, cállese. —Dio unas zancadas por la casa—. Me ha jodido la vida, so bruja.

—¿Seguro? —contestó paciente mientras caminaba hacia el salón—. Yo diría que de no haber sido por ese “problemilla”, hoy no te la hubieras meneado en la cama junto a tu guapa nueva mami.

Cristian abrió la boca hasta el esternón.

—¿C…cómo sabe eso?

—Tú lo acabas de decir. Soy una bruja. Lo sé todo. Lo veo a través de tu cabeza.

—Usted… ¿me ve?

—No, gilipollas, lo sé porque las paredes de esta casa son de papel y el eco de ese dormitorio hace que se oiga todo como si estuvierais en el mío. —Hizo una pequeña pausa malintencionadamente—. Solo hay que prestar atención en silencio.

Cristian se quedó de piedra. Su vecina sabía todo lo que se hablaba en ese cuarto, T-O-D-O. La observó mientras se sentaba tranquilamente en una butaca junto a la que había una taza de té.

—Espere aquí. No se mueva.

Dio media vuelta y salió al pasillo desde donde llegó a la habitación de su anciana vecina. Lo primero que percibió al entrar fue un dulce aroma a frutas que le sorprendió gratamente. Hubiera pensado que aquel cuarto guardaría la esencia de una casa mal ventilada, armarios rancios y aire viciado. Después, se quedó en silencio, esperando.

Podía percibir la quietud de aquel dormitorio, tan adusta como su decoración. Las paredes estaban llenas de fotografías de ella. Todas en blanco y negro, mostrando lo bellísima que fue en sus mejores tiempos. Solamente dos retratos eran de otras personas y ambos reposaban sobre su mesilla.

Los tomó, uno con cada mano. El primero mostraba la imagen de una pareja de mediana edad en una playa. Un espigado varón de aspecto bonachón, miraba a la cámara, sonriendo. La chica lo abrazaba, apoyando la cabeza en su hombro. En el trasfondo de aquella foto se percibía el amor de ambos.

En el otro retrato, una joven Herminia levantaba en el aire a un chiquillo de unos siete años. Ambos, mirándose entre sí y ambos riéndose a brazo partido. Pese a los años transcurridos, reconoció a ese muchacho de sonrisa angelical.

«El mongolo de su hijo».

Quién iba a pensar que ese hermoso chiquillo se convertiría con el paso del tiempo en el prepotente, chulo y sin corazón que era hoy en día.

Devolvió las fotos a su sitio y volvió a quedarse en silencio, con los ojos cerrados. Llegó incluso a contener la respiración esperando. Pasaron los segundos …siete, ocho, nueve…

La voz de Marta se escuchó desde el otro lado. Acababa de entrar a su cuarto, debía estar limpiando la casa y lo hacía cantando. La nitidez era tal que entendía la letra como si la susurrara en su oído.

«La madre que la parió».

Volvió al salón como una exhalación.

—¡Será pervertida!

—¿Y tú no? —dijo levantando la taza de té hacia sus labios—. ¿Me vas a decir que nunca te has meneado la colita escuchando los gemidos del otro lado de la pared? —Un pequeño sorbo escondió una sonrisa maledicente.

Se quedaron en silencio, mirándose, evaluándose. De alguna manera, Herminia empezaba a darle miedo. Ella le miró con intensidad.

—Me gusta escuchar, sí. Y me gusta oír follar —continuó ella—. Lo hago desde que tus padres aún estaban casados. Cada noche que follaban, yo lo hacía con ellos, gimiendo como si fuera mi coño el que taladraba tu padre.

Cristian arrugó el ceño. De nuevo su vecina le contaba datos que preferiría no conocer.

—Y ahora se pajea cuando folla con Marta. Qué bien se lo debe pasar a su costa. ¿Y si se lo digo? ¿O, si le cuento a mi madre lo que hacía usted cuando ella todavía vivía aquí?

Herminia no se asustó, al contrario, pareció encontrarlo divertido. Dejó la taza en el platillo y entrecerró los ojos, penetrándolo.

—¿Te han contado por qué se divorciaron? ¿Por qué tu madre tuvo que irse de casa?

Se puso tenso. Esa historia siempre había quedado para sus padres, dejándolo a él como daño colateral. El gran problema del que nunca se hablaba en su presencia.

—Yo te lo puedo contar, pero te lo advierto, no te va a gustar.

No contestó, no se atrevía, y Herminia se lo tomó como un sí.

—Tus padres se llevaban bien, se querían. Sin discusiones ni broncas. Todo como la seda. Los oía gemir prácticamente a todas horas. Un matrimonio perfecto y bien avenido, vamos —comenzó a relatar. Dio un sorbo a su taza, marcando una pausa deliberadamente larga. Después, apoyó los brazos en la mesa, colocando una mano sobre la otra—. El problema vino cuando tu madre empezó a utilizar a otro para gemir por las noches durante las ausencias de tu padre. —Cristian abrió la boca lentamente—. Me dolió su traición, tu padre me caía bien y no se merecía lo que hacía su mujer, pero… por otra parte —se frotó el mentón—, el morbo de la infidelidad era tan fuerte que no pude resistirme a sacar provecho de ella.

—Y se chivó a mi padre. Provocó su ruptura.

—No me has entendido. Yo no quería que rompieran, sino todo lo contrario. Me excita la infidelidad, el morbo de oírla follar con otro —le corrigió—. Igual que te pasa a ti, ¿verdad? En eso somos iguales.

A Cristian le dolió tener que darle la razón: “El secreto del cornudo”. Una sensación más fuerte y adictiva que un chute de morfina.

—La chantajeé, me aproveché de ella para conseguir algo que todavía guardo como un preciado tesoro —hizo una pausa— en el frigorífico.

Cristian puso los ojos como platos y congestionó el gesto. No entendía nada. ¿Hablaba de los consoladores? Herminia dio otro sorbo a su infusión, disfrutando del momento.

—El fulano con el que se la pegaba a tu padre era un vecino de este bloque. Pasó muchas veces por delante de la mirilla de mi puerta. Todavía sigue viviendo aquí, por si te lo preguntas, y ya estaba casado y con hijos por aquel entonces.

—¿Quién es?

—Eso no te lo diré, pero estaba muy bueno, que es lo importante. —Se apoyó hacia adelante acercando la cara hacia Cristian—. Y yo también quería disfrutar de él.

Cristian seguía sin comprender del todo hacia dónde quería ir y qué relación había entre los consoladores realistas y el corneador cabrón. Hizo esfuerzos para unir los cabos. Herminia le dejó rumiando antes de sacarle de dudas.

—Convencí a tu madre para que obtuviera de él un molde de su pene a cambio de mi silencio, que mantuve siempre —apostilló levantando un dedo.

—¿Y él se hizo un molde de su minga para usted, sin más?

—No para mí, sino para ella. Le dijo que era para calentar sus noches solitarias, él no se lo pensó ni dos segundos. El morbo de la mujer casada que se folla con tu propia polla es muy fuerte como para negarse.

—Y ella se lo entregó a usted.

La anciana asintió con la cabeza.

—También le pedí otro de tu padre —dijo observando la reacción de Cristian—. Era lo justo, ella se follaba a los dos, yo quería lo mismo.

—Joder, Herminia, ¡JODER! ¿¡Con mi padre!?

—Ese fue más difícil de conseguir. Tu madre le dijo que era para no echarle tanto de menos durante sus muchos viajes, pero tu padre tenía reticencias de clonar su minga. Tardó mucho en dar su brazo a torcer.

Se llevó dos dedos al puente de la nariz y cerró los ojos con fuerza intentando pasar el mal trago. La visita a su vecina le estaba dejando peor cuerpo que cuando entró. Había resultado ser mucho más retorcida que él mismo.

—Lo uso siempre que él y tu nueva mami…

—Aaaah, cállese, joder.

Resopló con fuerza y Herminia sonrió, divertida. La cabeza de Cristian era un hervidero. Daba pasos a un lado y a otro por el salón temiendo las peores cosas con ese dildo.

—El día que le confesé que iba a follar con mi novia en la cama de su madre, cuando empezó toda esta movida —hizo una pausa, dudando—, ¿utilizó su polla para correrse conmigo?

—No me dirás que no sentías el mismo morbo cuando fantaseabas con la madre de tu chica mientras estabas con ella.

—Pero… pero… no es lo mismo. Lo mío es diferente.

—¿Por qué? ¿Porque eres joven y guapo?, ¿porque lo tuyo es algo inocente y lo mío no? —No obtuvo respuesta de un Cristian boqueante.

No decía nada, no podía. Aquella vieja retorcida hablaba con más razón de la que podía digerir.

—¿Y el tercer consolador?

—Ese no tiene nada que ver con tu madre, pero tampoco te lo voy a decir a quién pertenece. —Entonces mostró una sonrisa ladina—. Lo que sí te puedo decir es de quién va a ser el cuarto de la colección.

Le costó unos eternos segundos darse cuenta de sus intenciones.

—Ni de coña, vamos. Lo que faltaba.

Su vecina se lo tomó con calma. Dio otro sorbo a su té y lo paladeó antes de hablar.

—Has venido aquí para que salga de tu cabeza y que puedas volver a sacudir tu colita sin que te moleste esta vieja arrugada —dijo pausadamente—. Créeme, puedo resolver tu problema en dos minutos; rápido, tajante e indoloro, pero, como comprenderás, quiero una compensación.

—¿A cambio de hacerme un favor por un problema que usted misma ha creado? —dijo moviendo la cabeza, incrédulo—. Pensaba que éramos amigos.

—Y lo somos. Por eso mismo deberías hacer esa pequeña concesión por mí. Soy una anciana indefensa que no puede valerse por sí sola. A ti no te cuesta nada, apenas un simple gesto, y yo sería tremendamente feliz… cada noche —rogó inocente—. Y el problema te lo has creado tú, no te confundas.

—Desde luego, Herminia… desde luego… Debería empujarla por las escaleras la próxima vez que me cruce con usted.

—Venga, muchacho, tú y yo somos iguales. Harías lo mismo que yo si estuvieras en mi lugar. No me digas que no piensas en algo parecido cuando acosas a tu guapa nueva mami.

Cristian bufó, pero no replicó. Dio vueltas por la estancia, blasfemó y, en dos ocasiones, la señaló con el dedo para soltar algún improperio, pero al final, se dio cuenta de que allí no tenía nada que hacer y se dirigió a la puerta, sulfurado.

—Muchacho —llamó la anciana levantándose hacia él. Cristian se paró en el quicio de la puerta principal—. Cada vez que estés apunto de… —hizo el gesto con la mano—, recuerda que yo estaré masturbándome con la polla de tu padre.

Se tapó los oídos, pero ya era tarde.

—Diossss, pero qué perra es usted.

Un carcajeo al otro lado de la puerta fue lo último que oyó antes de bajar las escaleras camino de la universidad.

«Un molde de mi polla. Manda cojones»:



— · —​



Volvió a casa algo más pronto de lo normal. Se había saltado la última clase para poder llegar antes de que lo hiciera Marta. Se metió directamente en su cuarto y se despelotó por completo. Se tumbó en la cama con las bragas del cajón enrolladas a su polla y se empezó a pajear.

«Por mis huevos que usted no va a poder conmigo. Soy Cristian, ¡CRISTIAN! y a mi polla folladora no la doblega nadie».

Puso la mente en blanco, como en la peli esa del chico que aprendía kárate en la calle y luego se hacía un luchador de primer nivel.

«Sí, joder, soy como él, un tío superfuerte. Y puedo conseguirlo con mi propia fuerza mental. Por eso tengo esta polla de la hostia».

Sonrió. Todo iba bien. Se encontraba tranquilo y relajado. No había ruido que le molestara y la luz tenue era la idónea en ese momento.

«He dormido con Marta, abrazado a su espalda —se dijo—. Y me ha dejado pegarme a ella con mi polla dura encajada en su culo, mmmm, joder».

La erección fue casi instantánea y sonrió contento.

«Me deja sus bragas cada día, para que me pajee con ellas. Y me ha visto corriéndome, junto a ella. ¡Me he pajeado a su lado!»

Nueva oleada de placer que le acercó al clímax.

«Y encima Teresa me ha visto follando, ooooh, ooooh, Diossss, síííí».

Estaba llegando. Él solo, sin ayuda de nadie. Como un cinturón negro autodidacta. Después de todo, solo necesitaba concentrarse en sí mismo. Arqueó la espalda notando la inminente corrida.

—Sí, sí, joder, aquí viene, Uffff, ooooh, ooooh. Jódete, Herminia.

Y se hizo el desastre.

Fue nombrarla e inmediatamente le vino la imagen de ella abierta de piernas con su padre encima, follándola como un poseso. Chupando sus tetas aplastadas y corriéndose dentro de su coño canoso.

—Noooooo.

Abrió los ojos y sacudió la cabeza, pero la estampa de su vecina no se iba. Ahora, su padre la cabalgaba a cuatro patas cogiéndola de la cintura. Su polla, entraba y salía de ella mientras la vieja gritaba con la misma voz que su madre y sus tetas flácidas pendulaban como las orejas de un perro grifón.

—Mierda, mierda, mierda.

Aceleró la paja al máximo apretando las bragas con más fuerza. Su muñeca parecía el cuello de un pájaro carpintero mientras la polla de su padre ocupaba todo el espacio en su mente.

—¡Quítate!, aparta de mi cabeza, hostia.

Pero no lo hizo, ni Herminia tampoco, con su cuerpo decrépito siendo sodomizada por él. Al final, rendido, terminó por abandonar la paja y lanzando las bragas con fuerza contra la pared.

Cuando Marta llegó, horas más tarde, se lo encontró tirado en el sofá, chateaba con Cristina y no prestó mucha atención a lo que ella le decía. Se había pasado el día deambulando por la casa. Ella no fue ajena a su estado de ánimo funerario.

Lo dejó tranquilo hasta que se metió la noche. Cristian terminó por recluirse en la soledad de su dormitorio.

—Ey, nene. Esta noche… duermes conmigo, ¿verdad? —dijo asomando la cabeza por la puerta de su cuarto antes de la cena.

Cristian pareció despertar de su letargo. Por un momento todas sus penurias quedaron en un segundo plano.

—Claro, pava. Yo también le estoy cogiendo gusto a esto de dormir con una tía buena.

Sonrió, contenta por haber conseguido animarlo. A la hora de acostar, se repitió la rutina de los últimos días. Él llegó más tarde y se abrazó a su espalda haciéndola sentir su calor y compañía. No dijo nada cuando notó su polla endurecerse entre sus glúteos, ni cuando se apretó contra ella haciendo que quedara encajada.

Tenía una pierna entre las suyas y decidió dar un paso más. Deslizó la mano lentamente hasta posarla sobre su teta.

No lo consiguió.

Marta la sujetó antes de que llegara a destino y la apretó contra ella, como la niña que abraza su muñeco de peluche.

—Duérmete, Cristian —dijo somnolienta—. No lo estropees.

Él chasqueó la lengua, pero lo dejó estar. Bastante había conseguido con pajearse junto a ella. Aspiró su pelo y volvió a apretar su cadera antes de caer dormido.

La mañana fue un calco de la anterior. Ella se desperezó y se giró hacia él, agradecida por una plácida noche de sueño reparador, poniendo medio cuerpo sobre el suyo y la cabeza en su hombro. La erección no tardó en aparecer abultando las mantas en una indecorosa montaña.

—Eres como un reloj —se carcajeó ella.

—Tú tienes parte de culpa. Que estás muy buena, tía.

Se quedaron mirándose el uno al otro. Ambos sabían lo que Cristian estaba pensando.

—Venga, dale, te dejo —concedió ella.

—Gracias, no sabes lo que me ayudas. Ayer intenté hacerme una a solas y no hubo forma.

Se quitó las mantas de dos patadas y se despelotó de cuerpo entero. No tardó en ponerse manos a la obra.

—¿Te puedo insultar? —preguntaba jadeante—. En plan… zorra, puta, calientapollas y todo eso —rogó—. Pero solo para correrme, ¿eh? Que no lo pienso en serio.

Ella suspiró con pesadumbre, pero le dio carta blanca, aceptando sus obscenidades con una sonrisa divertida. En el fondo, se lo pasaba bien viéndolo fuera de sí.

—Ufff, qué buena estás, y qué tetazas tienes. Te las follaría y me correría en tu cara. Te llenaría la cara de mi lefa, ¿me oyes?

Marta congestionaba el gesto con cada burrada, pero le seguía el juego. Todo con tal de facilitar su orgasmo.

—Lo que daría por verlas. Seguro que tienes unos pezones grandes y oscuros. Dime, ¿los tienes así? —decía entre gemidos—. Hummm, ufff. Me juego que son así, como tu coño, que seguro que tienes un coño de yegua. Mmmmffff, negro y de labios gruesos, como a mí me gusta. Dime, ¿lo tienes así? ¿lo tienes negro?

Y de nuevo ella se reía divertida sin sacarle de la duda.

Veinte minutos de masturbación después… Cristian, no se corrió.

Marta lo dejó en la cama, descansando y tranquilizándose. Le esperaría en la cocina con el desayuno preparado.

—No tienes que obsesionarte, nene. Déjalo que pase —dijo antes de salir.

Él, con los ojos cerrados y la respiración cansada, no decía nada. Sabía cuál era el problema y dónde estaba la solución. Quizás tras un empujón escaleras abajo.



— · —​



La puerta se abrió al tercer timbrazo. Herminia lo miró de abajo arriba.

—Siempre que llamas a mi puerta, imagino que lo haces completamente desnudo y con una diadema en forma de polla en la cabeza. —Chasqueó la lengua—. Tampoco hoy ha habido suerte.

—Arregle esto, salga de mi mente —dijo apartándola a un lado—. Hoy no he podido correrme ni con ella al lado. CON ELLA A MI LADO, JODERRRR.

Herminia caminó hacia el salón como si no le oyera. Su vecino siguió quejándose a voces tras ella.

—Estaba cachondísimo y la tía mirándome con esa cara de perra que me pone a mil. Y yo… yo… dale que te pego… con la polla superdura a punto de explotar, pero… ¡NADA! —espetó—. ¿Sabe cómo tengo los huevos? ¿¡SABE CÓMO LOS TENGO!?

Su vecina, sin hacerle mucho caso, encendió la tele y puso un canal de música relajante. Cristian estaba desatado.

—La madre de todos los morbos hecha mujer; la puta MILF de las fantasías de todo pajillero en la misma cama que yo; con la polla al rojo vivo de meneármela arriba y abajo como si fuera una puñetera máquina de coser —se lamentaba—. Y… y… no he podido correrme

Se quedaron mirando, en silencio, ella cogida de las manos por delante, esperando paciente a que se desahogara.

—Está bien, Hansel, has ablandado mi pétreo corazón de bruja retorcida y te voy a ayudar. Lo voy a solucionar ahora mismo —contestó tranquila—, a cambio de tu polla.

Él puso los ojos en blanco y se llevó las manos a la cara, frotándola con fuerza. Después pasó los dedos entre los cabellos y soltó un bufido intentando contener un improperio mientras daba zancadas a un lado y a otro. Apretó las mandíbulas maldiciendo por dentro lo que iba a decir.

—Está bien, tiene mi palabra, perra judía.

Ella asintió con una caída de ojos y le hizo sentar en el sofá. Le dijo que se pusiera cómodo y se quitó el jersey de botones, uno a uno. Cristian se levantó y la señaló con el dedo.

—¡Como me vaya a hacer un striptease, le doy con una pala!

Ella lo fulminó con la mirada mientras dejaba la prenda en una silla. —Calla, zoquete, y vuelve a sentarte—. Sacó de una estantería algo parecido a un álbum de fotos y se sentó junto a él.

—Esto que te voy a enseñar —dijo señalando con un dedo frente a su nariz—. No lo ha visto nadie. ¿Me has entendido? N-A-D-I-E.

Puso el álbum sobre sus piernas y le conminó a abrirlo. Él levantó la tapa y arqueó las cejas, confuso.

—¿¡Qué coño…!? ¿Me va a enseñar fotos de su infancia?

Sin decir palabra, Herminia alargó el brazo y pasó una hoja, después otra y otra. Entonces señaló tres de las fotos que aparecían en blanco y negro.

—Aquí tenía trece años, aquí catorce y aquí dieciséis.

Cristian se había quedado mudo mirándolas. Su ceño se había fruncido y sus ojos pasaban de una imagen a otra de forma cíclica.

—Era usted… muy guapa. Y ya estaba llena de curvas.

—Así es.

Pasó varias páginas de un golpe. Una foto en blanco y negro resaltaba por encima de todas las demás. Quedaba en medio de la página, rodeada del resto como brillos de una estrella. Cristian puso los ojos como platos.

—HOS - TIAPUTA.

Una jovencísima Herminia aparecía en una bañera, desnuda de cintura para arriba. Sus pezones, a punto de madurar, asomaban por encima de la línea de flotación coronando unas tetas que parecían dos toboganes gloriosos, ascendiendo en una curvatura obscena hacia el cielo.

—Pero… ¡qué pezonacos! ¡Y qué tetas! —exclamaba extasiado—. ¿Qué edad tenía usted aquí?

—No la suficiente. La foto la sacó mi padre.

Por la cara que puso, Herminia supo lo que se le estaba rondando por la cabeza.

—No te hagas una opinión errónea. Él no era de esos. Le gustaba retratarnos sin ropa a mi hermana y a mí, pero siempre por puro afán artístico. Nos adoraba. Encontramos un montón de fotos nuestras cuando falleció. Yo puse algunas aquí.

La mujer volvió a estirar el brazo para pasar a las siguientes. Lo hizo de tres en tres hasta avanzar donde quería.

Una Herminia de unos dieciocho o veinte años posaba frente a la cámara completamente desnuda. Los adolescentes toboganes de antes se habían convertido en las mejores tetas que hubiera visto en su vida, con unos pezones oscuros en el centro de dos areolas del mismo color.

Lo más atrayente era su coño. Con poco vello y recortado, pero oscuro como el azabache. Sus labios se perfilaban con sutileza bajo la espesura, enmarcados dentro de un triángulo de piel blanca. No pudo evitar dejar caer la mandíbula.

—Yo era la única mujer desnuda en aquella playa. Mi difunto marido me retó a caminar así desde el agua. Ese día me pidió matrimonio.

Cristian salivaba, el muy cabrón tuvo que disfrutar como un gorrino con aquella hembra de bandera. Herminia sonrió viendo los gestos de pasmo que ponía su joven vecino. Volvió a alargar el brazo y pasó varias hojas de golpe. La foto buscada, la última que quería mostrarle, apareció a la primera.

Volvía a mostrarse completamente desnuda. Esta vez sobre una cama con las mantas deshechas. Estaba tumbada de costado, apoyada en un codo y de frente a la cámara como una especie de “Maja Desnuda”. El pelo revuelto y las mejillas encendidas daban a entender que no se acababa de levantar de la siesta, precisamente. Debería tener unos treinta o cuarenta años y era la representación más erótica, obscena y lasciva de una MILF que hubiera imaginado nunca.

—LA-PU-TA-MA-DRE.

—Mi marido y yo acabábamos de follar. Si te fijas, verás que mi coño brilla ligeramente.

Acercó el álbum a su cara y constató que decía la verdad. Sus labios sonrosados, víctimas de una presumible gran follada, aparecían algo hinchados y, entre ellos, la prueba de su excitación, o la de él. Sus tetas también aparecían brillantes de saliva.

Ella la sacó de su envoltura y la sostuvo entre sus dedos, mirando con añoranza la esbelta figura de la MILF del retrato. Evocando el momento que, seguramente recordaría como si fuera ayer.

—Mi marido dijo que aquel día estaba especialmente atractiva y que encontraba mi mirada como la de una leona hambrienta. Dijo que nunca me había visto así y quiso retratarme para no olvidarlo jamás. Habíamos follado como auténticos animales.

Un nuevo acceso de nostalgia acudió a sus ojos que no despegaba de la imagen. Cristian tampoco despegaba los suyos, obnubilado por aquella mujer pantera que miraba a la cámara como si estuviera a punto de atacar.

—Lo mejor de esta foto es lo que no se ve y que nadie ha sabido jamás —endureció la mirada y la clavó en sus ojos—, excepto tú ahora. —Inspiró profundamente y dejó escapar el aire con calma—. En ese armario de ahí —dijo tocando la lámina con el dedo— había un hombre escondido. Mi marido estuvo a punto de pillarnos en nuestra propia cama. Había salido antes del trabajo aprovechando que su jefe no estaba.

Cristian puso los ojos como platos.

—Le dije que me estaba masturbando cuando entró al dormitorio. Por eso estaba desnuda y olía a sexo. Le pedí que me montara inmediatamente para no dejarle pensar mucho, y lo hizo, vaya si lo hizo. —Acercó su cara a menos de un palmo de la suya—. ¿Sabes lo que es follar con el hombre que amas a un metro del que puede destruir todo lo que más quieres en este mundo?

Cerró los ojos y se recostó hacia atrás, evocando el momento.

—La excitación del miedo vaciando tu estómago mientras, entre tus piernas, sientes el placer más lascivo e infinito que pudieras imaginar. Disfrutando de una infidelidad no planeada, con mi marido retomando lo que otro hombre había dejado para él.

»Dos hombres que habían estado dentro de mí casi al mismo tiempo. Un pecado mortal que me llevaba al éxtasis mientras bordeaba el peligro más extremo. —Abrió los ojos y los fijó en el techo—. Nunca deseé más a mi marido que aquel día.

—¿Le amaba? —preguntó confuso.

—Más que a mi propia vida.

Cristian frunció el ceño. Herminia no tardó en explicarse.

—Lo mío con aquel hombre era solo sexo, placer físico. En el fondo le detestaba. Era un engreído al que nunca soporté. Mi marido, en cambio, era mi luz y mi vida.

—¿Entonces?

—Ya te lo he dicho, el morbo de la infidelidad. —Mostró una mueca amarga—. No tiene por qué caerte bien el hombre con el que sueñas tener dentro de ti. Quizás era eso lo que más me ponía. Aunque mi pobre marido se hubiera muerto de pena si lo hubiera descubierto.

—¿Lo conocía?

Herminia se mantuvo en silencio, sopesando si conceder la respuesta al imberbe de su vecino. Escrutó sus ojos hasta que percibió algo parecido a ella misma en ellos.

—Era su jefe.

Ojos como platos y boca a medio abrir. Incluso a un crápula como Cristian le costó digerirlo.

—Eso es cruel de cojones.

—Lo es, y yo fui una perra desagradecida y egoísta. Pero… —hizo una pausa, evocando— el deseo irracional que sentía por hacerlo a sus espaldas era tannn fuerte.

—Alguna vez su marido supo que…

—Jamás. Pude ser una zorra sin corazón, pero siempre fui muy cuidadosa y discreta. Mi romance era con el secreto —explicó—, con el morbo, con la inocencia de mi esposo, que nunca perdió la sonrisa y murió creyéndose feliz.

Cristian tomó la foto de sus manos y la observó con detenimiento, sintiendo la lujuria subirle desde la entrepierna. Rememorando lo que sentiría su jefe al verlo cada día, sabiendo que se había follado a la mujer de aquel cornudo ignorante.

O conocer a su marido y haber hablado con él de mujeres, dejándole que contara lo que creía que supiera de ellas. Deseando haberle oído fanfarronear de lo buen amante que era mientras él fantaseaba con su verdadero secreto.

El secreto del cornudo.

—A mi marido le encantaba mirar esta foto.

—Y a usted que lo hiciera —se jactó— sin que supiera la verdadera razón que había causado su mirada de leona hambrienta. Y la puerta de ese armario haciendo arder su coño. Tan escondido y tan a la vista.

Ella sonrió viendo que su joven vecino la comprendía a la perfección. Tomó la foto y la guardó en el álbum. Después, se levantó y lo depositó en la misma estantería que estaba.

—Ya estás curado. A partir de ahora, cuando pienses en mí, serán éstas las imágenes que acudirán a tu cabeza y no las que ha imaginado tu perversa mente enferma. Ya puedes ir tranquilo.

Cuando Cristian se levantó para ir hacia la salida, el bulto de su pantalón se hizo notorio y ella sonrió viendo lo evidente de su deducción. Cristian, que había seguido su mirada, levantó las cejas, sorprendido.

—Al final… sí que va a resultar ser un poco bruja. Siempre consigue todo lo que quiere. ¿Cómo coño lo hace?

Herminia sonrió con suficiencia y le acompañó a la salida.

—En esta vida, la clave para conseguir todo lo que te propongas radica en dos principios fundamentales. —Se pararon bajo el quicio—. El primero, es no decir todo lo que sabes.

Cristian asintió, asimilando la información mientras daba un paso fuera de la casa.

—¿Y el segundo? —preguntó girándose hacia ella.

La puerta se cerró delante de su cara, suavemente, dejándolo con el ceño fruncido y la boca a medio abrir. Tardó varios segundos en empezar a sonreír.

—Será cabrona.


Fin capítulo XIII
 
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