Mensaje por error

Rafax

Virgen
Registrado
Oct 29, 2025
Mensajes
4
Likes Recibidos
9
Puntos
3
Me alegro de que te guste.
Tengo cierta expectación por el personaje de Herminia. Es el personaje relief del relato y no sé si sumará o restará puntos a la historia.
A medida que transcurra tomará mayor protagonismo.
Herminia vaya personaje, siempre suma....es una visión retro pero da para muchas historias de su pasado.
 

ASeneka

Virgen
Registrado
Oct 26, 2025
Mensajes
21
Likes Recibidos
56
Puntos
13

Bragas​



Durante los siguientes días no hubo novedad hasta la noche del viernes. Había llegado tarde a casa y caminó con sigilo por el pasillo antes de llegar a su cuarto. Una vez dentro se desnudó y se metió en la cama. Cristina no había querido subir al desván y le había dejado con dolor de huevos por el calentón.

«Si lo llego a saber me hubiera quedado con los colegas en el Cola de Pato», se lamentó.

Para empeorar las cosas aquella noche Marta volvía a follar a gritos con su padre. Cristian sintió una mezcla de excitación y rabia.

«Lo haces a posta, seguro».

De nuevo la imagen de ella desnuda, dejándose follar como una perra, nublo su mente. Se odió con toda su fuerza, pero decidió sacar las bragas del cajón para pajearse con ellas y bajar el calentón que ya traía, aunque eso fuera lo que pretendiera aquella arpía, provocarlo.

—Jódete, jódete, puta —susurraba para sí mientras se la meneaba con velocidad moviendo la mano con fuerza arriba y abajo.

Su polla, envuelta en la prenda, estaba a reventar.

—Toma, toma, toma, jod-derrrr. —La paja era frenética mientras, al otro lado, los gemidos continuaban.

—¿Quieres que te folle? ¿Es eso? ¿Me provocas para que folle tu coño negro, puta? mmmmf, mmmmf, oooooh, ooooooh.

Estaba a punto de correrse. Al otro lado, los gemidos indicaban que ella lo estaba también. Aguantó como pudo para no hacerlo antes que ella.

Al final llegaron a la vez, eyaculando al mismo tiempo aunque en dormitorios diferentes. Juntos, pero separados. Cuando todo terminó y el silencio volvió a envolver la noche, fue consciente del estropicio. Varios chorros de semen manchaban su vientre en gruesas líneas dirigidas. Las bragas, entre sus dedos, estaban totalmente pringadas.

«Mierda, joder. Justo lo que esa zorra pretendía».

La prenda volvió a su sitio de un manotazo.



— · —​



Ese fin de semana Marta volvió a intentar acercarse, manteniéndose pendiente de él en todo momento y atendiendo, solícita, cuando percibía que necesitaba algo. La hora de la comida fue una tortura para él.

—¿Quieres más pan? ¿Quieres el filete más hecho? Te puedo hacer otra cosa si no te gusta.

En vez de responder, aunque fuera con una negativa, se limitaba a mirar el teléfono o, en algún caso, hablaba con su padre que no se enteraba de lo que realmente pasaba en aquella mesa. La cara que tenía Marta, en cambio, dejaba muy patente lo que su indiferencia producía.

El lunes llegó y con ello la oportunidad de desaparecer del hogar las horas de universidad. Al menos hasta la hora de comer.

Uno de esos días, de vuelta del colegio, le extrañó no encontrar a nadie, y era raro porque la puerta de la entrada no estaba cerrada con doble llave. De pronto, desde el pasillo, llegó un sonido leve, como un quejido.

El origen provenía del dormitorio principal.

«¿Follando a mediodía? No me jodas».

Acercó la oreja a la puerta constatando que así era. Dentro apenas podía distinguir las voces distorsionadas. Se metió en su cuarto y pegó la oreja al tabique. Desde ahí, los gemidos de Marta se oían con nitidez extrema. Cualquiera diría que su cara estaba a varios centímetros.

«Se la está follando contra la pared. El cabrón la está dando por detrás contra la pared de mi cuarto».

Intentó imaginárselos a través del muro. Ella, apoyada manos en alto y culo en pompa, recibiendo desde atrás como una perra. Completamente desnuda y con sus tetas bamboleando adelante y atrás con cada arremetida o, peor, pegadas contra el gotelé.

«Zorra. Serás zorra. Es cosa tuya, puta».

Cristian se apoyó donde supuso que estarían sus manos. Palma contra palma, imitando su postura y acercó su frente al tabique.

«Cómo te gusta provocarme».

Se quitó toda la ropa y se hizo con las bragas del cajón. Volvió a apoyar una mano donde la tenía antes y con la otra se empezó a masturbar con la prenda enrollada en su polla.

«¿Es lo que buscas? ¿Esto es lo que quieres?».

Pegó la frente en la pared, en el mismo sitio donde debería estar la de Marta a escasos centímetros. Abrió los ojos intentando conectar con los suyos que estarían a la misma altura.

—Toma, joder, tomaaa. Uuuug, uuuuugmmm —Gemía en voz baja—. Oooooh, ooooh, me pones a cien, zorra. Pero te vas a joder. Te vas a jodeeeeer. Ummmm.

De nuevo la misma coreografía de Marta y Cristian corriéndose al unísono. De no ser por las bragas, toda su lefa habría acabado en la pared aunque, en ese momento, no le hubiera importado. La prenda volvía a estar en un estado calamitoso. La observó entre el horror y el asco.

—Puta zorra calientapollas. Esto es por tu culpa. No haces más que joderme.

Antes de que la pareja saliera, Cristian se vistió con rapidez y se fue al salón con el mismo sigilo, como si hubiera permanecido allí todo el tiempo. Momentos después aparecieron su padre y ella. Mario quedó muy sorprendido al verlo. Normal, dado los berridos de ambos.

—¡Cristian! ¿Estabas aquí? No creí que llegarías hasta… —Echó mano de su reloj comprobando la hora.

—Tranquilo, papá. No pasa nada —respondió con cierto hastío.

«Tú no tienes la culpa».

—Marta y yo estábamos… estábamos… —se llevó dos dedos a las sienes y las masajeó buscando una explicación que darle—. ¿Sabes eso de las maripositas y las abejitas con las flores? Pues nosotros hacíamos lo mismo, pero follando.

—Vale, papá. No me hacía falta ese dato, joder.

La sonrisa de oreja a oreja de Mario iluminaba todo el salón. Levantó las cejas varias veces y guiñó un ojo de manera teatral. Cogió a Marta de la cintura atrayéndola hacia él cuando trató de pasar a su lado e hizo el símbolo de la victoria levantando dos dedos en forma de uve.

“Dos veces”, gesticuló con los labios en voz baja, moviendo los dedos como si fueran las orejas de un conejo.

—Ay, por Dios, Mario. Qué tonto eres —protestó Marta azorada.

Miró a Cristian por el rabillo del ojo que le devolvió una mirada de odio. No se había tragado su inocencia de ese polvo improvisado.

—En fin. Voy a mi cuarto que ya veo que necesitáis estar solos. Otro día dejad colgado un calcetín en la entrada principal para ahorrarme el trauma.

—¿Y que lo robe cualquier extraño para utilizarlo como fetiche sexual? ¡Jamás! —protestó Mario levantando el puño.

Cristian puso los ojos en blanco antes de desaparecer. Una vez en su cuarto volvió a apoyarse en el mismo sitio de antes. Abriendo las palmas como si pudiera agarrar las de Marta a través del tabique. La había tenido delante a escasos centímetros; la anchura de un ladrillo, concretamente; follando y corriéndose en su cara. La muy guarra sabía exactamente cuándo llegaba de la universidad cada día. No había sido un polvo improvisado fruto de un calentón.

«Zorra».

La comida fue un calco de otros días y no vio el momento de huir con Cristina con quien pasó el resto del día. Para variar, esa vez no volvió tarde a casa. Entre semana debía madrugar y no era plan de ir a clase como un zombi por trasnochar a diario. También influía que Cristina no siempre le dejaba colarse entre sus piernas y, esa tarde, había sido una de esas veces. Le fastidiaba no poder follar con ella todo lo que quisiera, pero lo soportaba resignado por esa chica que era una mezcla de profesora de filosofía, modelo y animal sexual en el mismo cuerpo. Sin duda, Cristina lo tenía enamorado. Reticente y fría en la distancia corta, pero calurosa cuando debía serlo.

Abrió el cajón donde guardaba las bragas para pajearse con ellas. Ya no esperaba que su padre y Marta hicieran el amor. Oírla gemir había dejado de ser placentero. La manera exagerada de hacerlo de esa arpía lo torturaba. Por eso decidió pajearse a solas, sin ella, como si se la follara sin su consentimiento.

—Falsa, más que falsa —se dijo.

La sorpresa llegó cuando no encontró la prenda en el cajón. Se extrañó y miró debajo de la almohada por si acaso. Nada. Frunció el ceño. No había otro sitio donde pudiera estar, era muy cuidadoso con ellas. Al fin y al cabo era su mejor y último tesoro. Nadie excepto él sabía que la tenía y nadie excepto él entraba a su cuarto. Nadie excepto…

Salió como una exhalación, cruzó el pasillo de varias zancadas y se plantó en el salón hecho una furia.

—¿DÓNDE…? —se calló de súbito cuando vio a su padre sentado junto a ella. Éste lo miró desconcertado. Cristian carraspeó y bajó el tono a un nivel moderado—. ¿Dónde… ponían ese programa especial de las vacunas del coronavirus?

—En la 2 —contestó su padre—. Pero lo dieron ayer.

—Ah, sí, es verdad—. Se quedó de pie sin saber qué hacer. Miró a Marta que lo observaba con semblante preocupado. Quizás porque sabía a qué había venido. Al final optó por quedarse a ver la tele con ellos. Se sentó en el sofá continuo que formaba una L mayúscula con el que ocupaban su padre y ella.

Ponían un programa cutre de gente insustancial hablando tonterías. Cristian no podía quitar ojo a la futura mujer de su padre que, de hito en hito, le devolvía la mirada de manera furtiva. Junto a ella, su amado somnoliento luchaba por no caer frito. Con el paso de los minutos, las cabezadas de Mario fueron cada vez más continuadas.

—Te vas a dormir —susurró ella al oído en una de ellas.

—Ufff, es que no puedo con esta gente de la tele. No puedo, no puedo. —Se levantó del sofá medio grogui por el sopor—. Sobre todo con esa rubia de bote con morro de cerdo. Me mata de aburrimiento. Puta, más que puta —insultó a la pantalla—. Me voy a la cama. —Y desapareció por el pasillo.

En cuanto se oyó la puerta del cuarto cerrarse, Cristian la increpó, enfadado.

—¿Dónde están?

—¿El qué?

—No te hagas la tonta. Las bragas que me diste. ¿Dónde están?

—Ah, eso. Pues… las he echado a lavar.

—Pero… ¿por qué? —El semblante era de asombro—. ¿Por qué has hecho eso?

—Porque llevas muchos días con ellas. Hijo, es que… ya era hora de pasarlas por la lavadora.

—Joder, son mías ¿sabes? Mías. Me las diste. Puedo hacer con ellas lo que me dé la gana. Tú misma lo dijiste. No tienes derecho a quitármelas ¿Por qué lo haces? ¿Por qué te empeñas en joderme la vida?

—Ay, lo siento Cristian, de verdad. Venga, perdóname. No te las quería quitar, solo limpiarlas. Cógelas luego de la ropa limpia. Coge las que quieras de mi cajón.

—Que no es eso, joder. Yo quería esas. No otras, ESAS. Usadas por ti, aquel día.

Marta no supo qué decir. Miraba con pesadumbre a Cristian que se acababa de levantar y deambulaba por la estancia de un lado a otro.

—No me dejas tocarte, no me dejas acercarme a ti, no puedo ni mirarte sin que te enfades o te alejes de mí como si fuera un maniaco peligroso o un puto enfermo mental, y cuando por fin hago lo que quieres y te dejo en paz; concentrado en mi rollo… empiezas a tocarme los cojones.

—Yo… lo hice sin mala intención.

—De eso nada. Sabías muy bien lo que hacías. Llevas varias semanas jodiéndome. Como lo de follar con papá todas las noches gimiendo bien alto para que te oiga. O lo de pasearte con esos escotazos agachándote cada dos por tres delante de mí haciendo como que limpias algo.

—No, no. Te aseguro que no —protestó con ojos como platos.

—No me tomes por tonto —dijo irritado—. No quieres nada conmigo y me das calabazas, pero, si te dejo en paz ¿Qué haces tú? —Respiraba agitado por la tensión—. Te pasas los días intentando calentarme.

—¿Yo?

—Sí, tú. Porque en el fondo te encanta tenerme detrás de ti, con la polla bien dura, cortejándote. Siempre dispuesto como un perrillo moviendo la cola esperando un trozo de pan. Sí, necesitas mantener viva la posibilidad de hacértelo conmigo.

Marta abrió la boca, turbada. Se llevó la mano al pecho como si la noticia fuera una bofetada en su orgullo.

—Como el exfumador que lleva consigo un cigarro que nunca va a fumar solo para saber que puede encenderlo cuando quiera. A su disposición —continuó—. Y ya estoy harto de ser tu cigarro.

—Eso… eso no es así. De verdad, no pretendía…

—Reconócelo —dijo cogiéndola de los hombros y rebajando el volumen que ya no sonaba tan enfadado—. Me deseas, fantaseas conmigo, con que follemos juntos. Te corres solo de pensar en mí follándote a cuatro patas. De imaginar que te la meto por el culo subida a mi cama —la acercó hacia él pegándola a su cuerpo—. ¿Vas a negar que no te imaginas conmigo cada vez que follas con papá?

Abrió la boca para negarlo, pero se quedó callada con la voz congelada en la garganta como si no se atreviese a contrariarlo o como si al hacerlo le produjera miedo.

—Dejémonos de juegos de una vez. —Cristian se la jugó—. Vamos a follar. Aquí y ahora, en este sofá. Y vamos a dejar de jugar al ratón y al gato de una puta vez.

Volvieron a quedarse en silencio. Ella, bloqueada; él, esperando la respuesta que no llegaba. Cristian había lanzado el guante y quería recoger su fruto.

—No, Cristian —dijo por fin en un susurro todavía sin levantar la vista—. No puedo. Soy mucho mayor que tú, estoy comprometida, y pronto tu padre y yo…

—Deja al cornudo de mi padre en paz. Duerme feliz y los dos sabemos que no se va a enterar. Vamos —suplicó con un tono lleno de ternura—. Se te hace la boca agua por follar conmigo y yo me muero por hacerlo contigo.

Marta no se movió. Apenas, si acaso, un imperceptible movimiento de cabeza en sentido negativo.

—Venga, tía. Mira como estoy —cogió la mano de ella y se la llevó al paquete, obligándola a cogérsela por encima del pijama—. ¿Lo ves? Voy a estallar por tu culpa. ¿En serio me vas a dejar así?

Con la mano libre levantó su mentón e intentó besarla. Ella apartó la cara pero mantuvo la mano sobre de su miembro permitiendo que éste la apretara contra sí, restregándola.

—No puedo, de verdad. A lo mejor… si no estuviera él…

—¿Y me vas a dejar con la polla así de dura después de joderme la paja de esta noche? Venga, no me hagas esto.

La besó en la mejilla y después en el cuello. Soltó la mano que sostenía contra su polla y la abrazó por la cintura. Marta retiró la suya. Cristian acarició su espalda por encima de la ropa. Lumbares, hombros, cuello… Después repitió el mismo trayecto sin dejar de besuquearla pero esta vez, cuando llegó a sus hombros, cambió la dirección hacia un lateral donde alcanzó el nacimiento de un pecho. El besuqueo surtía su efecto. Había entrado en un estado de semiinconsciencia, con los ojos cerrados y la boca medio abierta sin dejarle tiempo para pensar.

Pero cuando su dedo pulgar estuvo a punto de alcanzar un pezón, Marta pareció despertar de su sopor y se apartó de él. Éste la sostuvo de las muñecas tratando de mantenerla pegada contra sí.

—No, eso no. Ya te lo he dicho —su mirada era suplicante pero de acero—. No vamos a follar.

—Pues al menos hazme una mamada. Vamos, eso sí que puedes.

A Marta el cambio de petición pareció cogerla desprevenida. Parpadeó como si no lo hubiera oído bien.

—Solo es una mamada. Mi polla y tu boca. Vamos, al menos eso.

—Bufff, de verdad, Cristian…

—Venga, lo deseas. Deseas mi polla. Fantaseas con chupármela desde la primera vez que la viste. Por eso me pediste el video con Cris. Porque fantaseabas con que me la chupabas a mí, como si fueras tú la protagonista de esa peli. —Ella dudaba—. Vamos, al menos date ese capricho y de paso me bajas el calentón.

Marta cogió aire y se encaró con él. Tenía un asomo de lágrimas en los ojos.

—Siento… siento que lleves enfadado todo este tiempo por mi culpa. Quise parar la deriva que llevabas conmigo, pero no que dejaras de hablarme. Te aprecio mucho, y no niego que siento algo por ti, pero yo… —Expiró profundamente—. No sé, Cristian, no quiero que me odies. No quiero ser una mala mujer.

—Mira. —Cristian llamó la atención haciendo que bajara la vista a su entrepierna. Se bajó el pantalón de pijama hasta las rodillas mostrando la polla en completa erección—. ¿Lo ves? ¿Ves cómo estoy por tu culpa?

Marta abrió la boca y los ojos sin poder dar crédito. Era enorme. Enorme y dura. Apoyó las manos en los hombros de ella y empujó con suavidad para que se sentara en el sofá. Al hacerlo, su cara quedó a la altura de su pene, a escasa distancia. No podía dejar de mirarla.

Pasó la mano detrás de la nuca para acercarla hacia su miembro.

—Chúpamela, vamos. Lo deseas. —Marta pareció ceder hasta estar a escasos centímetros de su glande, pero, justo en ese momento, giró la cabeza y se deshizo de la mano sobre su nuca.

—No puedo. De verdad, no puedo.

—Vale, lo entiendo. —Cristian lanzó un suspiro más amplificado de lo esperado—. Me voy a la cama. —Se subió el pijama, se recolocó la camiseta y se dio la vuelta—. Los dos lo tenemos claro. Así que, a partir de ahora, déjame en paz. Y por favor, deja de comportarte como una calientapollas.

—Espera, Cristian. Espera, por favor. —Pero él ya desaparecía por el pasillo.



— · —​



Entró a su cuarto con una sensación agridulce. Había estado más cerca que nunca. Había llegado a ponerle la polla delante de su cara, lo que tenía un morbo excepcional, y ella había estado a punto de ceder. Sin embargo había cometido un error. No debió irse, y menos enfadado. Tenía que haber seguido insistiendo. Y si no hoy, mañana, pero acababa de eliminar todas las opciones de un portazo. Ahora ambos se alejarían el uno del otro y lo suyo terminaría enfriándose.

Se sentó en su cama con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. Absortó en sus pensamientos, no se percató que la puerta se abrió sigilosamente. Una figura se coló dentro y volvió a cerrar la puerta con el mismo mutismo.

—Nene —dijo en un susurro—, no quiero que estemos enfadados. Tienes razón en que he estado provocándote un poco, pero es que no me hablabas y yo… me estaba volviendo loca. Ya no sabía qué hacer. —Dio un hondo suspiro—. Te aprecio mucho y comprendo que sientas eso por mí, pero tienes que entender que quiero a tu padre y estoy comprometida con él.

Cristian levantó la cabeza, pero permaneció impasible. Su reacción beligerante había provocado un efecto catalizador y ahora ella tomaba una iniciativa de acercamiento más contundente, más acorde con lo que buscaba él. Aun así, mantuvo su pose de enfado.

—Mira —se sentó junto a él—, puede ser que hayamos fantaseado juntos y que me guste que hablemos de ciertos temas, como de tu novia y lo que hacéis cuando estáis solos. Pero ese tipo de cosas no pueden salir de aquí —dijo tocándole la cabeza con el dedo índice—. No te enfades conmigo ¿vale?

—Vete a dormir —dijo dándose la vuelta para meterse bajo las sábanas.

—Espera —le sujetó del hombro—. No te vayas así a la cama por mi culpa.

Se puso de pie y sus manos desaparecieron por debajo del salto de cama que llevaba esa noche. Metió los pulgares por los costados de sus bragas y tiró de ellas. Cristian las vio aparecer con los ojos como platos.

Marta levantó una pierna para sacar el pie de la prenda, luego repitió la operación con la otra.

—Toma, haz con ellas lo que quieras, pajéate, córrete encima y no te preocupes por lo sucias que queden. Cada mañana las repondré por otras nuevas —dijo señalando al cajón con un golpe de mentón—. Nuevas, pero recién usadas, ya me entiendes.

Cristian dudó y ella se las puso en las manos, agarrándolas entre las suyas.

—Venga, cógelas y volvamos a ser amigos, ¿vale? Como al principio, como antes del vídeo.

Él las levantó a la altura de sus ojos y las miró con detenimiento. Eran blancas, como las anteriores, pero en esta ocasión, el encaje ocupaba toda la prenda a excepción de la parte inferior, la que cubría los labios, que era de un material liso. Se fijó que, al igual que las otras, también unas flores de pétalos irregulares ayudaban a opacar la transparencia en toda su extensión, consiguiendo el mismo punto sexy se miraran por donde se miraran. En el elástico de la cintura, unas letras grandes resaltaban la marca y Cristian se preguntó cuánto invertiría Marta en esa parte de su atuendo.

Los bordes de las piernas eran rematados por unos ribetes de puntilla fina.

Pasó el pulgar por la parte interna, deslizándolo con suavidad. Después, las llevó a la nariz y cerró los ojos unos instantes. Olían a ella.

—¿Cada mañana? —preguntó con los ojos aún cerrados.

Marta se permitió una sonrisa, aliviada, y asintió con la cabeza. Sus ojos reflejaban la tensión liberada de ese último momento.

—Cada mañana —corroboró—. Limpiaré tu cuarto, vaciaré los pañuelos sucios que dejes en el cajón y repondré las bragas por las que lleve puestas ese día.

Cristian movió el mentón, dudando.

—Es lo más lejos que puedo ir —advirtió ella entornando las cejas.

Al final, tras unos interminables segundos de duda, él asintió, lo que provocó el abrazo efusivo de ella. Después, revolvió su pelo con una mano y comenzó a besarlo en la mejilla.

—Gracias —decía aliviada—. Gracias, Cristian. Esto es lo mejor para los dos.

Él le devolvió el abrazo, atrayéndola contra su cuerpo.

—Las voy a dejar perdidas de semen, aviso. No sabes lo cargado que llego a casa últimamente.

Una carcajada contenida salió de su garganta.

—Claro que sí —rió ella—, y a mí me encantará recogerlas para lavarlas.

Cristian olió su pelo antes de encararla. Después, frotó su nariz con la suya sin apartar los ojos.

—Me gusta oírte reír, aunque no te lo haya dicho nunca.

—Ayyy, mi niño. Ya tenía ganas de hacer las paces contigo —dijo ella—. Si es que… eres mi debilidad.

Volvió a besarlo presa de la alegría desbordada, llenando sus mofletes de babas.

—Oye, pava, relaja un poco que a la siguiente te meto la boca.

Ella rió su ocurrencia, pero no volvió a besarlo por si acaso, con la cara de él entre sus manos.

—Y apártate, que mira cómo tengo esto —en referencia a su miembro enhiesto que, en ese momento, se apretaba contra el pubis de ella separado solo por sus prendas de dormir—. Una caricia más y te preño. Luego no te enfades, ¿eh?

Ella arqueó las cejas.

—¿Enfadarme? —Sus pulgares acariciaron el rostro del muchacho como si limpiara sus mejillas—. ¿Con el hijo del hombre que amo con todo mi corazón?

»Tú eres lo más importante en su vida. Quererlo a él es quererte a ti. —Volvió a pasar los pulgares por las mejillas—. Nunca podría enfadarme contigo.



— · —​



Cuando se quedó solo en la habitación, sintió un regusto amargo en su conciencia. Había jugado con ella y la había manipulado con el único fin de colarse entre sus piernas. Marta no solo había demostrado ser una mujer madura y serena sino, además, buena persona. Se preguntó si no estaría pasándose de la raya con la futura esposa de su padre.

«A lo mejor sí —pensó con resignación—. Pero la paja me la hago».

Se apoyó en la pared en el mismo sitió que cuando Marta y su padre follaron de pie al otro lado. Cerró los ojos y recreó la escena. No le costó mucho ponerse en situación y enseguida su polla y su libido llegaron a niveles cercanos al orgasmo.

—Oooooh, ooooh, qué buena estás, joder —gemía mientras la meneaba con brío.

Se preguntó si ella sabría lo que estaba haciendo en ese instante.

«Seguro que sí».

Las bragas envolvían su polla y se pajeaba como si las follara, como si la follara a ella. Momentos más tarde, la abundante corrida dejó la prenda perdida de semen.

«Qué morbo saber que mañana las tendrás entre tus manos».

Las metió al cajón y se echó a dormir. Cayó rendido casi al instante.


Fin capítulo VIII
 
Arriba Pie