Ausente
Se levantó a la misma hora que de costumbre. Hacía días que su padre se había ido, pero seguía la misma rutina. Se masturbaba antes de ir al baño, se aseaba y volvía a su cuarto hasta que oía a Marta trastear en la cocina. Era el momento de ir a desayunar. Ese día ella tenía los ojos más rojos de la cuenta y no conseguía levantar la vista. Prefirió no molestarla y se fue a la universidad casi sin despedirse.
Esa tarde, al llegar a casa fue un calco de las anteriores. Marta continuaba poco habladora y apenas cambiaba unas pocas frases obligadas con él durante la comida y la cena. El resto de la tarde, lo pasaba en su cuarto o a solas con un libro, encerrada en sí misma frente a una televisión muda.
«Y hoy tampoco ha repuesto sus bragas», pensó con pesadumbre.
Intentó hacerse una paja con las que tenía. No había en ellas restos de semen porque, desde la charla con Herminia, no había conseguido correrse ni una sola vez. La imagen de la vieja pajeándose frente a él o, directamente follando juntos, acudían a su mente constantemente.
Tampoco esta vez pudo culminar pese a que se la machacó durante más de un cuarto de hora.
«Cabrona de vieja», dijo antes de devolverlas al cajón de un manotazo y la polla al rojo vivo. Lo peor era pasar tanto tiempo a solas con Marta. Su sola visión se la ponía dura así que se tiraba todo el día con la polla tiesa y los huevos a punto de reventar.
La mañana siguiente, al ir a desayunar, pasó por delante del dormitorio de ella. Todavía no había hecho la habitación y se apreciaban los innumerables cojines que decoraban la cama, apilados en un lateral de la habitación. Todos, excepto uno que se encontraba sobre las mantas, enredado entre las sábanas.
Se la encontró al llegar a la cocina; de espaldas, como de costumbre, trasteando en la encimera. Se apoyó en el marco a observarla. Aun con la tristeza en el cuerpo, estaba imponente. Una camiseta de tirantes y un pantaloncito de dormir dejaban a la vista unos hombros y unas piernas preciosas.
Se acercó por detrás y la abrazó, pegando su mejilla con la de ella. Marta dio un brinco por el susto y se lo quitó de encima.
—Ay, Cristian, joder, ¿estás tonto?
—Tranquila, pava, que solo te iba a dar un abrazo.
—¡Para ya! ¡Para de una vez! —dijo terminando de sacudírselo—. No estoy de humor para tus chorradas. Ya te dejaré luego mis bragas en el cajón. No se me ha olvidado.
Se dio la vuelta y volvió a sus quehaceres, obviándolo malhumorada. Sus movimientos se volvieron más bruscos. Cristian no se mostró enfadado, al contrario, le dio unos segundos para calmarse y extendió los brazos hacia ella.
—Solo quiero darte lo que necesitas.
Lo observó entonces de reojo y puso cara de asco sin llegar a comprender cómo se podía ser tan insensible. Cristian esperaba paciente.
—He visto el cojín con el que duermes cada noche. Lo haces para no sentirte sola y tener algo que abrazar. Lo sé porque es lo que hacía mi madre cuando la abandonó mi padre.
Marta abrió la boca, sorprendida, y empezó a mirarle con otros ojos.
—Yo no soy mi padre y no puedo darte lo que él, pero puedo ser ese abrazo cálido de la mañana para que empieces el día con una sonrisa en la cara.
Todavía sin palabras y con la mente embotada para pensar con claridad, dejó que se acercara a ella y la rodeara con sus brazos. Sintió su fuerza atrayéndola y, sin ser consciente, correspondió rodeando sus hombros. El calor de su cuerpo traspasaba a través de la fina tela y cerró los ojos, abandonándose a sus sentidos.
Se mantuvo pegada a él un buen rato, descansando en el abrazo reconfortante y disfrutando del aroma del adolescente. Recuperando la ternura perdida días atrás. Cuando se separaron, ella tenía lágrimas en los ojos. Acarició sus mejillas con los pulgares y lo besó en la comisura de los labios.
—Gracias, no sabía cuánto lo necesitaba. —Le acarició el pelo—. Eres muy buen chico.
Se hinchó, orgulloso como un pavo y sonrió para sus adentros, había ganado varios puntos y, lo más importante, Marta había bajado la guardia.
Después de desayunar la oyó meterse en la ducha. Se levantó y fue a su cuarto. Seguía sin reponer las bragas del cajón, aunque no le importó volver a utilizar las mismas, llevaba días sin poder eyacular en ellas. Se las llevó a la nariz y se desnudó de cintura para abajo con una sonrisa ladina. Hoy sí que sí, lo presentía. Antes de que Marta saliera de la ducha ya las tendría perdidas de semen.
No ocurrió.
Una y otra vez la imagen de Herminia pajeando su coño arrugado se colaba en su cabeza haciendo que perdiera fuerza en el último momento. Blasfemó, se golpeó la frente y recurrió a todas las argucias mentales que pudo, pero, aun así, no fue capaz de vaciar sus huevos.
Otra vez.
«Puta vieja de mis pelotas. Me has jodido la cabeza».
Miró su polla. Lo más llamativo era que estaba completamente dura. Se la masajeó arriba y abajo preguntándose si no tendría que acudir a un loquero para solucionar aquello.
De repente, la puerta se abrió y Marta apareció delante de sus narices. Dio un grito por el susto al verlo con la polla en su mano y puso unos ojos como platos que se tapó con rapidez.
—¡Oy, Dios, Perdona!, creía que ya te habías ido. No sabía que estabas… —Estiró un brazo para depositar a tientas una prenda en el escritorio junto a la puerta—. Venía a reponer las bragas de tu cajón. Joder, qué bochorno. Te las dejo aquí. Perdona otra vez.
Antes de salir como un cohete, a Cristian se le dibujó una sonrisa. Le había encantado exhibirse ante ella y ver la turbación en su cara. No obstante, había desistido de continuar masturbándose. Depositó la prenda nueva en el cajón y llevó las otras al cesto de la ropa sucia. Después, se fue a la universidad.
— · —
Llegó tarde a casa, después de comer y la encontró vacía.
«Raro», pensó. Con la soledad como compañía, decidió aprovechar para descargar los huevos en su cuarto. De camino por el pasillo oyó una voz a lo lejos. Marta estaba hablando por teléfono en la terraza, apoyada en la balaustrada con ambos codos. Su figura, desde atrás, era imponente, con el culo en pompa al final de unas piernas todavía morenas. Se mordió el labio imaginando que se la follaría allí mismo y cómo sería agarrarla de aquellas caderas de MILF. Se acercó a observarla mejor a través de la rendija de la puerta acristalada, sabiendo que ella no se había percatado de su presencia.
—¿En serio? ... ¿Y habéis vuelto a repetir? ... Ay, boba, haber aprovechado, con lo morboso que resulta todo ese juego picarón … Tampoco es para tanto. Para mí, eso que me cuentas, solo ha sido una tontería un poco subida de tono para alegrar el cuerpo, nada más. —risas
— ¿Por qué una mujer no puede disfrutar un poco ella sola sin que esté presente su pareja, a ver? … Bah, ahí un novio no pinta nada —más risas
—. Además, ¿y qué pasa si se entera? Casi hasta daría más morbo que lo supiera, jajaja … Que sí, mujer —decía en tono de broma
—, una chica joven, con una vida sexual activa y que necesita que le den lo suyo a menudo, jajaja. Seguro que lo iba a entender … —nuevas risas
— … Ay, nena, no seas tan agonías. Y lo de las bragas ha sido, pues, una tontería, un juego de niños grandes.
Cristian se quedó de piedra. Si no había oído mal, Marta hablaba con alguien de las bragas que le dejaba en su cajón y lo hacía risueña. A la novia de su padre le gustaba que se pajeara con ella.
Le excitaba, más bien.
Y le hizo sonreír.
Volvió a pegarse a la rendija, pero ella se había movido por la terraza, paseando con el móvil en la oreja hasta llegar al lateral contrario y ya no pudo escuchar nada más. Se giró y, con la sonrisa en los labios, caminó hacia su cuarto a acabar lo que tenía en mente.
— · —
Tampoco esta vez hubo suerte. Herminia se colaba en su cabeza de nuevo.
De un manotazo, devolvió las bragas al cajón y salió malhumorado de su dormitorio. Marta estaba en el salón, con una taza de café en una mano y un libro sobre sus piernas. Levantó las cejas al verlo, sorprendida.
—¿Estabas en casa? No te he oído entrar.
—Sí, bueno, he llegado hace rato, pero ya me voy. He quedado con Cris.
Era mentira, pero, harto de tanto meneársela para nada, había decidido presentarse allí e intentar volver a follarla en la cama de su madre y correrse como la otra vez. Quizás hasta se pusiera las bragas de su amiga.
—Oye, nene —dijo Marta antes de que abandonara la casa—. He estado hablando por teléfono con mi prima y… ¿Recuerdas que dijimos de pasar las vacaciones en mi casa de la playa los tres?
Cristian asintió despacio. Hablaba de la conversación que había oído al entrar y se temió una mala noticia.
—Pues, vendrá a pasar un par de semanas con nosotros. La he invitado a que se quede hasta la boda de mi hermana, así que, tendrás que mudarte al dormitorio de arriba, el de los invitados.
Cristian asintió despacio, meditando lo que acababa de oír.
—¿Está como tú de buena?
Marta sonrió, cómplice, viendo que la cara de su ahijado no mutaba en enfado.
—Mucho más. En mi pueblo se los llevaba a todos de calle.
—Entonces no hace falta que me mude. Que duerma conmigo. Se me da bien compartir cama.
—Buen intento, pero ya tiene quien le rasque la espalda por las noches. Viene con su novio.
Cristian chasqueó la lengua. El incordio de la parejita moñas le cortaba el rollo que había planeado con sus colegas de allí. Ya había hablado con Javier y los demás para ocupar la casa. Fiestas, tardes de litros, acampadas salvajes en el jardín…
Puso los ojos en blanco.
—Mierda, y serán dos muermos que nos van a joder el rollo a mis colegas y a mí, ¿no?
—Tranquilo, si van a estar a su bola, en plan… tortolitos.
—Por eso mismo.
—Ay, no seas agonías. Solo se van a quedar hasta que mi hermana se case. Además, dice mi prima que su novio es un tío muy majo. Trabaja con críos en un hospital. Por lo visto los niños le adoran. Os vais a llevar bien, lo presiento.
—Lo que tú digas, mami. Me piro, que he quedado con Cris.
—Dale recuerdos —dijo antes de que desapareciera por la puerta—. Y no me llames mami —gritó, aunque ya no podía oírla.
— · —
La mala suerte hizo que no fuera Cristina quien le abriera la puerta al llegar a su casa, sino su madre. Ésta le hizo pasar al salón.
—Te pondré un té mientras llega —le dijo— y te prometo que hoy no te abrasaré.
Chasqueó la lengua de fastidio, no iba a poder vaciar los huevos. Pasó adentro, junto a ella, y pudo percibir su olor, haciéndole recordar su último encuentro. Algo se removió en su interior, no le importaría tomar ese té si con ello pudiera despelotarse de nuevo frente a su cara.
Lamentó no haber pedido un Cola-cao al dar el primer sorbo.
—Riquísimo —mintió.
Ella sorbió del suyo y lo depositó sobre la mesita de centro. Estaba sentada en el borde del sofá, frente a él.
—¿Qué tal la quemadura? Me quedé muy preocupada el otro día.
—Tranquila, me eché crema hidratante, como dijiste. En un par de días estaba como nuevo.
—Me alegro. Menudo mal rato que pasé.
—Lo dices por la quemadura o por…
Teresa se puso colorada. El tema de la empalmada provocó que apartara la mirada, turbada.
—¿Te molestó que tuviera una erección delante de ti?
—¿Eh? no, no. A ver, ya te dije que es algo normal a tu edad.
—Te quedaste mirándola mucho rato.
—Miraba la quemadura —corrigió— y no fue tanto rato.
Bajó la mirada a su taza, pensativo, y sopló el vaho que salía de ella. —¿Se enfadó mucho tu marido?
Ella pensó la respuesta más tiempo de lo necesario. —No, Tomás nunca se enfada conmigo.
—Vi la cara que puso. No le hizo ninguna gracia vernos así.
Teresa se puso tensa, como si insinuara que estaban haciendo algo malo, juntos.
—Bueno, él… ya se lo explique luego, a solas. No hay malentendidos.
Nuevo silencio que enrareció el ambiente.
—Al final, el otro día, con todo el lío de la quemadura, no respondiste a mi pregunta.
Teresa frunció el ceño confundida y le inquirió con la mirada.
—Te pregunté si eras feliz con Tomás.
—Por supuesto que lo soy.
Había contestado con rapidez, pero era evidente que había sido una respuesta obligada visto lo tensa que se había puesto. Comenzó a remover su infusión como un autómata, escondiendo su rubor tras el vapor. Cristian se quedó callado, como si con ello no diera por buena su respuesta. El sonido de la cucharilla contra la taza quedó como único foco que disipara el estruendoso silencio.
—Tomás tiene un gran corazón —dijo al fin. Sonó como una excusa más que como una respuesta.
—No es esa la impresión que da. —Su mirada de lástima acusaba más de lo que compadecía.
—Porque no le conoces. Es muy tierno y cariñoso. Cristina le adora. Siempre se ha comportado como un padre con ella.
—Pues, en lo que a mí respecta, creo que, si pudiera, me estrujaría por el cuello. Cada vez que me ve es como si me culpara de algo. O como si todo lo que le rodea oliera a caca.
Ella bajó la cabeza azorada, como si no quisiera afrontar la veracidad de sus palabras. De nuevo el mutismo y, de nuevo, la cucharilla como único sonido que rompía la tensión de aquel salón. La vista de cada uno estaba puesta en el vapor de su taza.
—Cristian, si te pido que seas sincero conmigo… ¿contestarías a una pregunta muy personal?
—Si prometes no enfadarte por lo que pudieras oír…
Teresa sonrió antes de devolver la mirada a su taza. —Claro—. Se tomó su tiempo en volver a hablar, eligiendo con cuidado sus palabras.
—La erección que tuviste… —comenzó diciendo— ¿fue espontánea, fruto de una situación incómoda o…?
Dejó la pregunta en el aire, esperando que Cristian la entendiese sin necesidad de acabarla. Sin embargo, su potencial yerno la miró con curiosidad, paciente.
—¿O…? —inquirió Cristian conminándola a que dijera en voz alta lo que estaba deseando oír de sus propios labios.
Ella volvió a bajar la vista unos momentos, azorada. Movió la bolsa de té dentro de la taza intentando armarse de valor. Cristian imitó su gesto y removió su infusión, ganando tiempo, como si fuera un juego en el que el primero que hablase, pierde.
—¿Se te puso así por mí? —preguntó por fin, cogiendo el toro por los cuernos.
—A ver, Teresa —Cristian comenzó a salivar. Estaba encantado de hablar de esto con la madre de su novia. Su polla comenzó a endurecerse bajo el pantalón—. Tienes que tener en cuenta que, a mi edad, tengo las hormonas a tope.
—Ya, ya, claro.
—Y que, para un adolescente como yo, pues… una mujer guapa y con una figura y un busto como el tuyo…
Teresa carraspeó y apartó ligeramente la mirada.
—Y en la posición en la que estábamos, con la panorámica tan reveladora de tu escotazo… —Su suegra contuvo un primer instinto de taparse—. Cuando dijiste lo de darme crema en la zona afectada… mi mente imaginó… ya sabes.
Ahora sí reaccionó clavando los ojos en él. —Te imaginaste que yo… qué.
—Que me sobabas con la crema ahí. O sea, que me pajeabas en plan guarro hasta hacer que me corriera —puntualizó—. Sobre tus tetas.
La mandíbula de Teresa cayó lentamente hasta quedar medio abierta a la vez que reprimía una mueca de asco. Ahora sí se ajustó el cuello de la camisa por acto reflejo, como queriendo protegerla de su lefada virtual. Cristian reprimió una sonrisa a la vez que su polla se endurecía un poco más.
—Me has pedido que sea sincero —recordó con semblante afectado—. Es lo que pensé. Mejor dicho, es lo que pensó mi mente por sí sola. Mi pene hizo el resto. Pero todo fue involuntario, lo juro.
Teresa parpadeaba turbada por la cruel sinceridad de su yerno.
—No puedo evitar tener fantasías contigo.
—¿Tienes —preguntó incrédula— fantasías sexuales conmigo?
—Claro, como todo el mundo. Es lo más normal, que te excites con el círculo familiar de tu pareja. ¿A ti no te pongo yo?
—Por supuesto que no.
—¿Nada?
—No, nada.
—¿Ni un poquito?
—¡Ni un poquito, Cristian! ¿Pero qué te has creído?
—Bueno, como te quedaste mirando tanto tiempo mi polla pensé que…
—¡Que no te miraba el pene! —insistió en un tono que rozaba el hastío—. Estaba auscultando la zona quemada. Tenías un enrojecimiento que…
—Venga ya, Teresa, los dos sabemos dónde tenías puestos los ojos, y no era en la quemadura precisamente —dijo con retintín—. Se te fue la vista cuando se me empinó por completo. Es normal, le pasa a todas cuando ven lo que tengo aquí abajo.
—A mí no. —Dio con la palma de la mano en la mesa, enfadada.
Frunció el ceño, contrariado, retándola con la mirada.
—No entiendo —dijo confuso—, o sea, me pides sinceridad, pero cuando te la doy, te enfadas conmigo y encima me mientes.
—Yo no te estoy mintiendo… ¿Pero de qué hablas?
—De que te gustó verme desnudo o, mejor dicho, te gustó vérmela —dijo señalando hacia abajo, a su entrepierna.
Teresa se puso tensa como un palo y levantó un dedo acusador.
—Mira, Cristian, te estás pasando de impertinente y no te consiento…
—Deja ya el rollo de madre digna, Teresa, que sé que nos estuviste espiando el otro día en tu cuarto, cuando cris y yo estábamos… —Ella se quedó congelada—. Y que te quedaste mirando hasta que terminé de correrme.
—¿Tú… sabías…?
—Claro que lo sabía. Y me puso como una moto que me miraras. —Bajó la voz—. Y a ti también. Por eso abrí bien las piernas, para que pudieses verme todo el tema.
—A mí no me…
—Es lo más morboso que me ha pasado en la vida, la madre de mi novia excitándose conmigo follando. Por eso dije todas esas cosas en el momento de correrme.
Nueva cara de espanto de Teresa que no terminaba de salir de su estupor.
—¿Aquello… me lo decías a mí? Todas esas barbaridades que soltaste por la boca…
Sonrió ufano al saberse en la seguridad de quien maneja un secreto vergonzante de otro. Por mucho que Teresa se ofendiera, no podía tomar ninguna represalia contra él sin destaparse. Ella boqueaba al verse en una situación que, de repente, se había puesto patas arriba.
—Entonces… era a mí a quien querías penetrar —balbuceó— y eyacular encima de mí —dijo estupefacta—, sobre mi cara y mis…
Se tapó el escote como intentando evitar que lo ensuciara. Cristian se encogió de hombros, concediendo; Teresa continuaba haciendo memoria.
—Dijiste que me querías preñar —concluyó al cabo de un rato. Cristian sonrió inocente, como si le hubiera descubierto en una travesura—. A mí, a la madre de tu novia. ¡Quieres dejarme embarazada! —decía sin llegar a dar crédito— ¡Y no parabas de llamarme zorra!
—A ver, eso era en plan bien. Ya sabes, cosas que se dicen en el momento culmen para darle más picante cuando estás fuera de sí. Zorra, puta, putón… pero sin pensarlo de verdad.
Ella seguía en shock. Masajeándose las sienes y hablando para sí misma, sin llegar a creer lo que acababa de oír.
—Te excita tener un hijo conmigo. ¡Conmigo!
—Más bien… a costa de tu marido —espetó—. Es el morbo, entiéndelo. Tú, paseando con un chiquillo que solo nosotros sabemos que yo soy el padre.
Cristian le dio unos segundos para asimilar lo que acababa de decirle. Disfrutando el dulce momento de la turbación en una mujer madura obligada a caminar por el lascivo y tortuoso terreno que él le tendía.
—Solo es fantasía, no te vayas a pensar. No lo decía en serio —dijo mostrando una sonrisa pícara—. Ni por lo más remoto me apetece ser padre con dieciocho años, ufff, qué bajón.
Pero la confesión no pareció tranquilizar lo suficiente a una Teresa que había empezado a hiperventilar.
—Dime una cosa —dijo bajando la voz y acercando su cara a la de ella—. ¿Te gustó?, ¿disfrutaste viendo rebotar mis pelotas contra el ano de Cris y mi polla dura entrando y saliendo de su coño? Es grande, a que sí. Si quieres te la enseño de nuevo.
Teresa recuperó la compostura y se puso derecha, enderezando la espalda.
—No, Cristian. No me gustó y no quiero verla otra vez.
—¿Seguro? —sonrió seguro de sí mismo—. He oído hablar de tu primer marido, el hippy —terció—. Puede que le abandonaras por los pájaros que tenía en la cabeza, pero no por lo que tenía entre las piernas. —Amplió su sonrisa—. Creo que por eso te quedaste a mirar. Te recordó viejos tiempos con una polla como la mía.
—Cristian, para —la advertencia sonó tan peligrosa como parecía.
El reloj de la estantería indicaba que Cristina llegaría en cualquier momento, o quizás Tomás, y no sería bueno que ninguno de ellos los encontrara discutiendo, así que decidió dar un paso atrás. Al fin y al cabo, la conversación iba a dar para muchas pajas y multitud de miradas indiscretas entre ambos. Y todo a espaldas de su novia y su marido con la seguridad de que nunca le contaría nada.
El secreto del cornudo.
Sonrió por dentro imaginando la siguiente vez que se quedara a cenar en esa casa con Tomás a un lado, Cristina a otro y Teresa sintiendo su mirada y lo que pensaba por dentro. Recordándolo desnudo, follando, con su polla dura.
—Vale, perdona, me he venido arriba y he perdido los papeles. Siento haberme comportado como un niñato salido y lamento todo lo que te he dicho —mintió—. No volveré a ser tan impertinente. Solo te pido que no me odies por haber sido sincero.
Teresa, esta vez sí, pareció recuperar parte de su aplomo y destensó el cuerpo parcialmente. Le estuvo observando mientras él, con la vista baja, daba la imagen que pretendía ofrecer, un chico atolondrado que comete un error y está arrepentido.
—Bueno, vale, está bien. Vamos a olvidarlo.
«Eso es lo que tú te crees», pensó mientras daba un sorbo a su té.
— · —
Al volver a casa, notó en Marta un ligero cambio, quizás por la llamada de su prima o puede que por su joven hermana. Últimamente hablaban mucho entre ellas acerca de los preparativos de la boda. Seguramente le ayudaban a mantener la mente en otro sitio. Ya había dejado de arrastrar su pena por toda la estancia debido a la ausencia de su padre y, ahora, cuando se cruzaban, le regalaba una sonrisa afectuosa.
Encerrado en su cuarto, volvió a intentar una nueva paja. Esta vez, con Teresa en mente. La conversación con ella le había dejado más caliente que un clavo ardiendo. Se la imaginó debajo de él, igual que lo había estado Cristina en su cama, gritando como una perra mientras su corpulento marido miraba como un panoli. Sin embargo, de nuevo Herminia volvió a colarse en el mejor momento, arruinando el orgasmo.
Ni tan siquiera las bragas de Marta, con las que intentó, infructuosamente acabar lo que había empezado, fueron suficiente antídoto para su mal de ojo. Estuvo a punto de salir al descansillo y aporrear su puerta hasta que deshiciera aquella maldición.
Terminó olvidándose del asunto e intentó estudiar algo. Tenía los libros muy abandonados y las tareas se acumulaban. A este paso lo iba a pasar mal cuando llegaran los exámenes. A la noche, después de cenar, pasó un rato con Marta en el salón. Era la peor hora para ella, cuando más echaba de menos a su novio, así que no estuvo muy habladora.
Y fue peor a la hora de acostarse. Él, desde su cuarto, volvía a oírla sollozar antes de caer dormida. No pudo más y se levantó hacia su cuarto. Tocó a la puerta y asomó medio cuerpo.
—¿Puedo pasar?
Marta levantó la cabeza y se secó los ojos, ruborizada.
—Ay, Cristian, ¿qué pasa?
Caminó en silencio, vestido con camiseta y calzoncillos, el atuendo que siempre usaba como pijama. Marta puso los ojos como platos cuando le vio meterse bajo las mantas.
—¿Qué haces? ¿No pensarás…?
—Date la vuelta.
—Cristian, en serio…
—Tú date la vuelta —dijo conciliador, pero en tono imperativo—, por favor.
No se movió, pero pasado un tiempo terminó por obedecer. Lo hizo a cámara lenta, sin perder contacto visual con sus ojos y con las mantas apretadas contra su cuerpo. Él se pegó por detrás, abrazándola en la posición de la cucharita.
—Me han tocado muchas noches de terapia con mi madre —susurró en su nuca—. Sé que no vas a dejar de echarlo de menos, pero al menos esta noche vas a poder dormir sin él.
Marta se quedó sin palabras. El abrazó era tan cálido como reconfortante. Un poco después, se relajó y cogió su mano, estrechándola entre las suyas y dejando que el calor de su brazo y su pecho templaran su espalda. Poco a poco su cuerpo se fue destensando paulatinamente hasta caer en un profundo sueño.
Tal y como le había dicho, durmió toda la noche plácidamente.
A la mañana siguiente se despertó aún cogida a ella. Marta se desperezó y se dio la vuelta, encarándolo. Sonreía con ternura en lo que se traducía como una muestra de su agradecimiento por haberse portado tan bien. Apoyó la cabeza en su hombro y se apretó contra él. Cristian no podía estar más satisfecho.
—Gracias. He dormido como una niña. Eres un cielo.
Ahí es justo donde estaba él, sintiendo su cuerpo a través de la fina tela y disfrutando de su abrazo. Ella lo besó en la mejilla.
—Venga, ve a ducharte mientras te preparo el desayuno —susurró.
—Prefiero hacerlo después, cuando haya…
El gesto con la mano dejó bien claro las intenciones. Marta se carcajeó y posó la barbilla sobre sus manos que ahora apoyaba en su hombro.
—¿Todavía las sigues usando? Hace días que las estoy encontrando impolutas.
Cristian hizo una mueca de disgusto y se sinceró parcialmente.
—Últimamente estoy un poco… bloqueado, o sea… —intentó encontrar las palabras exactas sin desvelar la realidad— que no llego, vamos.
Marta arrugó la frente y él intentó explicarse mejor.
—Pues eso, que no puedo culminar. Estoy un buen rato dale que te pego, pero, entre la Uni, Cristina y mis movidas personales que tengo por ahí… Joder, es que la cabeza se me va a otro sitio. El día que me pillaste en mi cuarto… tampoco pude acabar.
Marta le acarició el pelo.
—Ahora entiendo que no las hayas manchado. Bueno, no te preocupes, es normal. Le pasa a la mayoría. Es que se necesita tener la mente despejada para disfrutar del sexo con facilidad. —Le besó en la mejilla de nuevo—. No te inquietes demasiado, ya pasará.
Él negó con la cabeza.
—Ya, pero es que… me obsesiona, ¿sabes? Antes lo hacía hasta tres veces al día, pero ahora… muchos de ellos, ni una sola —se lamentó—. Joder, tengo los huevos a tope y solo los vacío el finde, cuando estoy con Cris; y a duras penas, no creas.
Se quedaron en silencio, mirándose. Marta sentía su pena aunque sin saber cómo consolarlo.
—Si no fuera por tus bragas lo pasaría mucho peor, te lo aseguro. Si me vieras, me las tengo que follar a 3.000 revoluciones pensando en ti para que no se me desinfle. Solo así consigo llegar alguna vez.
Marta soltó una carcajada y le apartó la cara, avergonzada.
—Qué exagerado. Anda, ve a tu cuarto a cambiarte mientras te preparo el desayuno. —Se levantó en dirección a la cocina—. Cuando acabes te dejo éstas en el cajón —dijo mostrándoselas por el borde del pantaloncito de dormir—. A ver si te inspiran más.
Tal y como había dicho, se las encontró en el cajón después de acabar su desayuno, plegadas y con su olor de hembra en ellas. Ahora la podía oír en la ducha. Sopesó meneársela antes de que saliera, pero se lo pensó mejor.
«Quizás a la tarde, más tranquilo».
Las cosas en la uni no iban bien, no se enteraba de nada y lo único que hacía era copiar cosas que no entendía, acumulando un sinfín de apuntes ininteligibles.
Al acabar la jornada, de vuelta en su cuarto, rescató las bragas de Marta e inició la tarea que había dejado aparcada. Se tumbó desnudo sobre la cama, inspiró hondo y vació su mente. La charla con Teresa y las propias bragas de Marta eran aliciente más que suficiente para conseguir el mejor de los orgasmos. Comenzó a pajearse con ellas enrolladas en su polla, despacio al principio. Poco a poco la temperatura iba subiendo y la rigidez de su pene estaba llegando a máximos históricos. Su glande ya aparecía brillante cada vez que asomaba por el prepucio.
Teresa tenía unas tetas de la hostia, mejores que las de su hija por lo que se podía adivinar. Y Marta… ella era de otro nivel. Habían dormido juntos, polla con culo, para ser más exactos y ahora colegueaban más. Sus charlas rozaban temas que en otro momento no hubiera podido ni imaginar. Sin su padre cerca, ella se apoyaba más en él cada día que pasaba.
Se imaginó a los dos en su cama, desnudos. ¿Cómo serían sus tetas? ¿Y su coño? Arqueó la espalda, preparado para recibir un orgasmo inminente cuando Herminia hizo presencia de nuevo. Abierta de piernas sujetando una polla de goma que entraba y salía de ella a la misma velocidad que su paja, como si se la estuviera follando él.
Sacudió la cabeza con fuerza y abrió los ojos intentando borrar la imagen con un chorro de luz que cegara sus pupilas.
«Nooo, joder, noooo». Empezaba a perder vigor.
«Venga, hostia, un poquito más. Ya casi estoy».
Y entonces, la imagen de Herminia fue sustituida por la de Marta (esta vez real) que, con cara de pasmo, le observaba desde la puerta.
Cristian, que se había incorporado, tenía apoyada una mano hacia atrás. Incluso con el susto, no dejó de pajearse como un pistón de artillería.
—P…Perdona, Cristian, no pretendía…
—¡No te vayas! —gritó fuera de sí, polla en mano—. Espera, espera un poco.
—Ella permaneció inmóvil, turbada.
—Mírame. Mira cómo me pajeo —suplicó—, por favor.
Todavía en shock y, sin saber cómo reaccionar, soltó la puerta que aún tenía en su mano, dejando que ésta se abriera, mostrándose por completo. Completamente abochornada, se mantuvo observándolo, tal y como le había rogado.
—Aguanta un poco, porfa, aguanta mirándome —rogó a voz en grito—. Joder, cómo me pones. Ooooh, ooooh. Te quiero follar —decía entre gemidos— Te quiero follar, Marta, Marta…
Lo escuchaba estoica, regalándole una paja antológica en el momento más necesitado.
—Joder, joder, Marta… Ooooh, ooooh, me voy a correr. Ahora sí, me voy a correeeer.
Se mantuvo paciente, concediéndole su oscuro capricho exhibicionista hasta que, pronto, su presencia dio sus frutos. Ojos en blanco, barbilla hacia arriba y el primer borbotón de semen saliendo disparado de su dilatada polla.
—Me corro, me corroooh, ooooh, ooooh, por finnn, hummmmm. Me corro en tus bragassss.
Se dejó caer hacia atrás mientras su orgasmo recorría su cuerpo por toda su espalda hasta la nuca. El semen se había escurrido por su mano y sus bragas hasta el vientre donde, como de costumbre, alojaba una cantidad considerable. Marta se acercó a la mesilla y se hizo con la caja de pañuelos que colocó a su lado.
—Gracias —dijo casi sin aliento y con los ojos medio cerrados cuando ella abandonaba la estancia.
No supo si lo dijo por el gesto o por haber permanecido frente a él. En cualquier caso, le regaló una sonrisa tierna mientras tomaba las bragas empapadas de entre sus manos antes de salir de la habitación con los restos de su semen.
—Las voy a echar a lavar. Mañana repondré otras nuevas —dijo en tono conciliador.
Cerró tras de sí dejando a un sonriente Cristian a punto de caer dormido a causa del sopor postcoital.
Fin capítulo XII