Herminia
Fueron días raros. Cristian y ella hablaban poco desde lo de la paja, tal vez por la incapacidad de afrontar lo que había pasado. Fue ella la que tomó la iniciativa una tarde que Cristian se encontraba en su cuarto. Su novio le había escrito en uno de los escasos momentos que tenía libres y que la nula cobertura en el barco le permitía. Las noticias de él no habían sido buenas.
—Oye, nene, esta noche… ¿te importaría pasarla conmigo? No quiero dormir sola. Mario va a estar fuera otra semana más y se me está haciendo muy largo.
Cristian levantó la cabeza de los libros y se la quedó mirando. Ella asomaba medio cuerpo a través de la puerta. La camiseta de tirantes se le pegaba a la piel dibujando un contorno digno de una MILF de película.
—Claro, pero porque así me ahorro hacer mi cama por la mañana.
Le guiñó un ojo que ella recibió con una sonrisa. Cuando se quedó solo, sacó las bragas del cajón. Estaban impolutas, igual que las anteriores que le había ido dejando.
«Cabrona de Herminia. Es usted una puta bruja».
Esa noche se demoraron en el salón más de la cuenta antes de ir a acostarse. Ambos miraban la tele, pero ninguno la veía. Marta, intentando leer un libro; Cristian, chateando con Cristina sobre el fin de semana.
Al final fue Marta la que dio el paso para ir a dormir. Cristian la siguió un poco después, dándole algo de tiempo antes de aparecer en su cuarto. Se había desvestido en su dormitorio quedándose en calzoncillos y camiseta, como solía hacer.
Su lado de la cama estaba abierto cuando se plantó ante ella. Una vez dentro, Marta apagó la luz de su mesilla y se giró de espaldas para que él la abrazara. De nuevo repitieron postura pero, esta vez, se pegó más a ella, colocando una pierna entre las suyas. La mano que ella apretaba contra sí, estaba muy cerca de una de sus tetas. Podía notar su cálida blandura en la muñeca y sintió el fuego dentro.
—Cristian, eso que estoy notando…
—Tranquila, pava, es inofensiva. La cabrona se empina en cuanto huele a hembra, pero luego… nada de nada. Ya viste el otro día lo que tuvo que pasar para que pudiera llegar al clímax. Tú no te preocupes que yo controlo. Ella solita no sale de ahí.
No protestó más, fiándose de él y permitiendo que su polla dura quedara alojada entre sus glúteos. Él, por su parte, procuró no tensar la cuerda, permaneciendo inmóvil. La cosa iba demasiado bien entre los dos como para querer fastidiarlo todo.
Le costó algo más de la cuenta relajarse, pero por fin consiguió conciliar el sueño. El cuerpo cálido de su ahijado y su abrazo protector la indujeron en un profundo y placentero sueño.
Se despertó ocho horas después en la misma posición. La sonrisa de satisfacción llegó mientras se estiraba, contenta por haber descansado como un bebé. Cristian se despertó también y ella se giró para encararlo.
Abrazó su cuello y puso medio cuerpo encima del suyo, descansando sobre él.
—Gracias, nene. He dormido como una marmota. Me encanta que me rodees con tus brazos. Me hace sentir como cuando era niña.
Él se dejó querer y correspondió a su gesto con una caricia en su hombro desnudo. Se mantuvieron en esa posición hasta que ella, al mover la pierna, notó el bulto bajo el calzoncillo.
—Joder, pero… esto…
—A mí no me mires. Ya sabes que estas cosas van por libre —contestó raudo.
—Pero, ¿se te ha levantado ahora o llevas así toda la noche? —preguntó incrédula.
—Eso no te lo voy a decir —respondió juguetón.
Retiró la pierna con cuidado, pero era imposible no rozarla más de lo necesario. Se quedó junto a él con la cabeza apoyada en su hombro.
—Está… enorme.
—Pues no veas cómo tengo las pelotas.
—¡Cristian!
—A ver, que lo digo porque llevo días sin correrme. Me van a estallar y encima me duelen mogollón.
—¿Pero todavía sigues así?
—Pues sí. No sé si son las clases, Cris o yo qué sé, pero estoy que me cuesta hasta caminar.
—Ay, pobre. ¿Y con mis bragas, tampoco…?
—Ya ves cómo están cuando las repones cada mañana. Nada, y mira que me pones mogollón, pero… —soltó un bufido y cerró los ojos apesadumbrado—. Un día creo que me voy a volver loco.
—Ay, calla bobo, no digas eso —dijo preocupada.
—Como no consiga descargar de una vez…
Se hizo un silencio en el que Marta casi pudo presentir lo que le pidió a continuación.
—¿Te importaría… —comenzó a decir dubitativo— que me la pelara aquí, delante de ti?
—Uffff, nene, no sé si…
—Porfaaa, tíaaaa. Solo te pido que me mires mientras me pajeo, como el otro día.
—Es que… en mi cuarto…
—Venga, va. ¿Qué más te da? Me quito el calzoncillo y me pajeo aquí tumbado, donde estoy, a tu lado. Tú no tienes que hacer nada, solo mirarme, como el otro día.
A Marta le costaba dar el brazo a torcer. Era su cuarto y de su futuro marido, donde ese tipo de cosas solo lo hacían ellos dos. Las connotaciones no eran las mismas que la vez anterior. La negociación se alargó un poco más, con ella negando y él utilizando todos los argumentos que pudo encontrar. Al final, quizás obligada por esa deuda moral que le había hecho dormir toda la noche consintió en sus pretensiones.
Se había quitado toda la ropa, no solo el calzoncillo, exhibiéndose impúdico frente a ella en todo su esplendor. Conocedor del efecto que su cuerpo causaba en las mujeres y se empezó a acariciar.
Al principio despacio, mostrándose orgulloso, después, más rápido para intentar alcanzar el ansiado orgasmo junto a ella.
«Lo flipo, qué guapo, me estoy pajeando con ella al lado. ¡Tumbados en su cama!».
Marta apoyaba su codo en la almohada y su cabeza en la mano, esperando paciente. Seguía tapada parcialmente con las mantas hasta la cintura, lo que dejaba a la vista su generoso escote que Cristian ojeaba de hito en hito.
Pero pronto la cosa se empezó a torcer. Cada vez que notaba cerca la corrida, Herminia hacía acto de presencia y siempre en posturas vergonzantes, inhibiendo todo el deseo y haciendo que tuviera que empezar de nuevo. Si el cerebro es el músculo más poderoso del cuerpo, el de Cristian se estaba mostrando como un auténtico Hércules, incordiando en una batalla que tenía perdida de antemano.
Él abría los ojos y sacudía la cabeza para deshacerse de las imágenes en las que la veía desnuda o, directamente, follando con ella.
—Joder, ¡JODER!
—Ey, tranquilo, Cristian, relájate. Ya llegará —calmaba ella sin saber la verdadera causa de lo que estaba pasando.
—Es que… no puedo, no puedo —se quejaba—. Mi puta cabeza.
—No pasa nada. Tú sigue, ya llegará. Concéntrate en este dormitorio, concéntrate en mí ¿Te gusta que te mire?
—Ufff, sí. Qué pasada, qué puta pasada. Pajeándome contigo al lado.
Le acarició el hombro para ayudarlo y recorrió su piel hasta el codo y de vuelta hasta el cuello, en pasadas lentas y suaves con la punta de las yemas.
—¿Te gusta que te acaricie así, mientras te pajeas?
—Sí, tía, sí, sigue —decía entre jadeos—. Háblame, dime cosas.
Ella sonrió, pero se mantuvo en silencio, dudando si debía entrar en ese juego.
—Dime que te gusta mi polla.
—Ya sabes que me parece bonita. —Lo había pensado varios segundos antes de contestar.
—Y grande. ¿Te gustan grandes?
—Claro, a todas nos gusta una buena polla.
—Porque yo tengo una buena polla, una polla de la hostia que quieres chupar.
Esta vez no dijo nada, solo sonrió.
—Me la quieres chupar y yo te quiero follar con ella. Uffff, joder, cómo me pone decírtelo, Marta. Quiero follarte —decía fuera de sí—. Quiero comerte el coño y follarte. Mírame, mira mi polla, está así por ti.
Ella lo escuchaba paciente y la observaba. Su glande, completamente lubricado, aparecía y desaparecía en su mano. La baba preseminal ya impregnaba parte del tronco.
Cristian estaba al borde del orgasmo, rezando para poder eyacular junto a ella, exhibiendo su enorme corrida que tanto la impresionaba.
Pero Herminia no le dejaba.
Y él se ponía más nervioso.
Mucho rato después, y con los ojos cerrados con fuerza, se la machacaba como un percutor, a una velocidad que a Marta le hizo levantar las cejas.
—Nene, te vas a hacer daño, no lo hagas tan fuerte.
Se había apartado algo asustada. Cristian tenía todos los músculos de su cuerpo tensos como cuerdas de guitarra. La frente arrugada y la cara completamente roja y empapada de sudor en un sube y baja frenético.
Hasta que por fin lo consiguió.
—Joder, joder, joder, joderrrrr. Ummm, Uoooogggggghhhh.
Comenzó entonces a barbotar una cantidad ingente de semen (acumulado durante días en sus huevos) que se escurría por su mano hasta llegar a su vientre. Marta miraba absorta ese río de lava blanca, que parecía no tener fin, esparciéndose por su piel.
Cuando por fin relajó su cuerpo, dejó caer un brazo a un lado mientras mantenía el otro asido a su polla. Respiraba a bocanadas con los ojos cerrados.
—Dios, qué… pasada —dijo asombrada por lo que veía. Le acercó el paquete de pañuelos que tenía sobre la mesilla y, con cuidado, se levantó por su lado de la cama en dirección a la puerta—. Quédate aquí descansando. Te llamo cuando tenga listo el desayuno.
—Gracias —dijo Cristian al borde del sopor postcoital—. Si no fuera por ti, hoy volvería a la uni con dolor de huevos.
Se tomó su tiempo en levantarse de aquella cama y, cuando lo hizo, fue directo a la ducha. Una vez aseado y vestido, se dirigió hacia la cocina. Para no variar, Marta se encontraba frente a la encimera. La abrazó desde atrás y besó su mejilla.
—Gracias, es la primera vez que me corro en una semana. Empezaba a estar desesperado. Siento haberte hecho pasar por esto.
Ella sonrió y le guiñó un ojo aceptando la confidencia.
—Tú me ayudas, yo te ayudo.
— · —
La universidad no fue el primer sitio al que se dirigió esa mañana. Primero debía hacer otra cosa urgente. Apretó el timbre de Herminia intermitentemente con la intención de despertarla abruptamente si aún no lo había hecho. La mirilla manual no tardó en abrirse dejando asomar dos ojos vivaces.
—Ya tenemos religión —contestó la vieja al verlo—. Váyase.
—Abra la puerta, Herminia.
—¿Vienes a violarme, pequeño pervertido? —espetó su vecina—. Espera, te abro.
Se oyó deslizar la cadena de su puerta y el sonido de la llave girar dos veces. No esperó a que ella se lo ofreciera y pasó hasta dentro como un elefante en una cacharrería.
—¡Me ha jodido la cabeza! —dijo cuando ella hubo cerrado la puerta tras de sí—. Llevo dos semanas sin poder hacerme una puta paja desde que me dijo aquello de follar juntos. Es… es asqueroso, ¡joder!
—Será para ti. Yo lo paso de miedo sabiendo que me tienes en tus pensamientos cada vez que… —Hizo el gesto con la mano.
—Aaaaay, Dios, cállese. —Dio unas zancadas por la casa—. Me ha jodido la vida, so bruja.
—¿Seguro? —contestó paciente mientras caminaba hacia el salón—. Yo diría que de no haber sido por ese “problemilla”, hoy no te la hubieras meneado en la cama junto a tu guapa nueva mami.
Cristian abrió la boca hasta el esternón.
—¿C…cómo sabe eso?
—Tú lo acabas de decir. Soy una bruja. Lo sé todo. Lo veo a través de tu cabeza.
—Usted… ¿me ve?
—No, gilipollas, lo sé porque las paredes de esta casa son de papel y el eco de ese dormitorio hace que se oiga todo como si estuvierais en el mío. —Hizo una pequeña pausa malintencionadamente—. Solo hay que prestar atención en silencio.
Cristian se quedó de piedra. Su vecina sabía todo lo que se hablaba en ese cuarto, T-O-D-O. La observó mientras se sentaba tranquilamente en una butaca junto a la que había una taza de té.
—Espere aquí. No se mueva.
Dio media vuelta y salió al pasillo desde donde llegó a la habitación de su anciana vecina. Lo primero que percibió al entrar fue un dulce aroma a frutas que le sorprendió gratamente. Hubiera pensado que aquel cuarto guardaría la esencia de una casa mal ventilada, armarios rancios y aire viciado. Después, se quedó en silencio, esperando.
Podía percibir la quietud de aquel dormitorio, tan adusta como su decoración. Las paredes estaban llenas de fotografías de ella. Todas en blanco y negro, mostrando lo bellísima que fue en sus mejores tiempos. Solamente dos retratos eran de otras personas y ambos reposaban sobre su mesilla.
Los tomó, uno con cada mano. El primero mostraba la imagen de una pareja de mediana edad en una playa. Un espigado varón de aspecto bonachón, miraba a la cámara, sonriendo. La chica lo abrazaba, apoyando la cabeza en su hombro. En el trasfondo de aquella foto se percibía el amor de ambos.
En el otro retrato, una joven Herminia levantaba en el aire a un chiquillo de unos siete años. Ambos, mirándose entre sí y ambos riéndose a brazo partido. Pese a los años transcurridos, reconoció a ese muchacho de sonrisa angelical.
«El mongolo de su hijo».
Quién iba a pensar que ese hermoso chiquillo se convertiría con el paso del tiempo en el prepotente, chulo y sin corazón que era hoy en día.
Devolvió las fotos a su sitio y volvió a quedarse en silencio, con los ojos cerrados. Llegó incluso a contener la respiración esperando. Pasaron los segundos …siete, ocho, nueve…
La voz de Marta se escuchó desde el otro lado. Acababa de entrar a su cuarto, debía estar limpiando la casa y lo hacía cantando. La nitidez era tal que entendía la letra como si la susurrara en su oído.
«La madre que la parió».
Volvió al salón como una exhalación.
—¡Será pervertida!
—¿Y tú no? —dijo levantando la taza de té hacia sus labios—. ¿Me vas a decir que nunca te has meneado la colita escuchando los gemidos del otro lado de la pared? —Un pequeño sorbo escondió una sonrisa maledicente.
Se quedaron en silencio, mirándose, evaluándose. De alguna manera, Herminia empezaba a darle miedo. Ella le miró con intensidad.
—Me gusta escuchar, sí. Y me gusta oír follar —continuó ella—. Lo hago desde que tus padres aún estaban casados. Cada noche que follaban, yo lo hacía con ellos, gimiendo como si fuera mi coño el que taladraba tu padre.
Cristian arrugó el ceño. De nuevo su vecina le contaba datos que preferiría no conocer.
—Y ahora se pajea cuando folla con Marta. Qué bien se lo debe pasar a su costa. ¿Y si se lo digo? ¿O, si le cuento a mi madre lo que hacía usted cuando ella todavía vivía aquí?
Herminia no se asustó, al contrario, pareció encontrarlo divertido. Dejó la taza en el platillo y entrecerró los ojos, penetrándolo.
—¿Te han contado por qué se divorciaron? ¿Por qué tu madre tuvo que irse de casa?
Se puso tenso. Esa historia siempre había quedado para sus padres, dejándolo a él como daño colateral. El gran problema del que nunca se hablaba en su presencia.
—Yo te lo puedo contar, pero te lo advierto, no te va a gustar.
No contestó, no se atrevía, y Herminia se lo tomó como un sí.
—Tus padres se llevaban bien, se querían. Sin discusiones ni broncas. Todo como la seda. Los oía gemir prácticamente a todas horas. Un matrimonio perfecto y bien avenido, vamos —comenzó a relatar. Dio un sorbo a su taza, marcando una pausa deliberadamente larga. Después, apoyó los brazos en la mesa, colocando una mano sobre la otra—. El problema vino cuando tu madre empezó a utilizar a otro para gemir por las noches durante las ausencias de tu padre. —Cristian abrió la boca lentamente—. Me dolió su traición, tu padre me caía bien y no se merecía lo que hacía su mujer, pero… por otra parte —se frotó el mentón—, el morbo de la infidelidad era tan fuerte que no pude resistirme a sacar provecho de ella.
—Y se chivó a mi padre. Provocó su ruptura.
—No me has entendido. Yo no quería que rompieran, sino todo lo contrario. Me excita la infidelidad, el morbo de oírla follar con otro —le corrigió—. Igual que te pasa a ti, ¿verdad? En eso somos iguales.
A Cristian le dolió tener que darle la razón:
“El secreto del cornudo”. Una sensación más fuerte y adictiva que un chute de morfina.
—La chantajeé, me aproveché de ella para conseguir algo que todavía guardo como un preciado tesoro —hizo una pausa— en el frigorífico.
Cristian puso los ojos como platos y congestionó el gesto. No entendía nada. ¿Hablaba de los consoladores? Herminia dio otro sorbo a su infusión, disfrutando del momento.
—El fulano con el que se la pegaba a tu padre era un vecino de este bloque. Pasó muchas veces por delante de la mirilla de mi puerta. Todavía sigue viviendo aquí, por si te lo preguntas, y ya estaba casado y con hijos por aquel entonces.
—¿Quién es?
—Eso no te lo diré, pero estaba muy bueno, que es lo importante. —Se apoyó hacia adelante acercando la cara hacia Cristian—. Y yo también quería disfrutar de él.
Cristian seguía sin comprender del todo hacia dónde quería ir y qué relación había entre los consoladores realistas y el corneador cabrón. Hizo esfuerzos para unir los cabos. Herminia le dejó rumiando antes de sacarle de dudas.
—Convencí a tu madre para que obtuviera de él un molde de su pene a cambio de mi silencio, que mantuve siempre —apostilló levantando un dedo.
—¿Y él se hizo un molde de su minga para usted, sin más?
—No para mí, sino para ella. Le dijo que era para calentar sus noches solitarias, él no se lo pensó ni dos segundos. El morbo de la mujer casada que se folla con tu propia polla es muy fuerte como para negarse.
—Y ella se lo entregó a usted.
La anciana asintió con la cabeza.
—También le pedí otro de tu padre —dijo observando la reacción de Cristian—. Era lo justo, ella se follaba a los dos, yo quería lo mismo.
—Joder, Herminia, ¡JODER! ¿¡Con mi padre!?
—Ese fue más difícil de conseguir. Tu madre le dijo que era para no echarle tanto de menos durante sus muchos viajes, pero tu padre tenía reticencias de clonar su minga. Tardó mucho en dar su brazo a torcer.
Se llevó dos dedos al puente de la nariz y cerró los ojos con fuerza intentando pasar el mal trago. La visita a su vecina le estaba dejando peor cuerpo que cuando entró. Había resultado ser mucho más retorcida que él mismo.
—Lo uso siempre que él y tu nueva mami…
—Aaaah, cállese, joder.
Resopló con fuerza y Herminia sonrió, divertida. La cabeza de Cristian era un hervidero. Daba pasos a un lado y a otro por el salón temiendo las peores cosas con ese dildo.
—El día que le confesé que iba a follar con mi novia en la cama de su madre, cuando empezó toda esta movida —hizo una pausa, dudando—, ¿utilizó su polla para correrse conmigo?
—No me dirás que no sentías el mismo morbo cuando fantaseabas con la madre de tu chica mientras estabas con ella.
—Pero… pero… no es lo mismo. Lo mío es diferente.
—¿Por qué? ¿Porque eres joven y guapo?, ¿porque lo tuyo es algo inocente y lo mío no? —No obtuvo respuesta de un Cristian boqueante.
No decía nada, no podía. Aquella vieja retorcida hablaba con más razón de la que podía digerir.
—¿Y el tercer consolador?
—Ese no tiene nada que ver con tu madre, pero tampoco te lo voy a decir a quién pertenece. —Entonces mostró una sonrisa ladina—. Lo que sí te puedo decir es de quién va a ser el cuarto de la colección.
Le costó unos eternos segundos darse cuenta de sus intenciones.
—Ni de coña, vamos. Lo que faltaba.
Su vecina se lo tomó con calma. Dio otro sorbo a su té y lo paladeó antes de hablar.
—Has venido aquí para que salga de tu cabeza y que puedas volver a sacudir tu colita sin que te moleste esta vieja arrugada —dijo pausadamente—. Créeme, puedo resolver tu problema en dos minutos; rápido, tajante e indoloro, pero, como comprenderás, quiero una compensación.
—¿A cambio de hacerme un favor por un problema que usted misma ha creado? —dijo moviendo la cabeza, incrédulo—. Pensaba que éramos amigos.
—Y lo somos. Por eso mismo deberías hacer esa pequeña concesión por mí. Soy una anciana indefensa que no puede valerse por sí sola. A ti no te cuesta nada, apenas un simple gesto, y yo sería tremendamente feliz… cada noche —rogó inocente—. Y el problema te lo has creado tú, no te confundas.
—Desde luego, Herminia… desde luego… Debería empujarla por las escaleras la próxima vez que me cruce con usted.
—Venga, muchacho, tú y yo somos iguales. Harías lo mismo que yo si estuvieras en mi lugar. No me digas que no piensas en algo parecido cuando acosas a tu guapa nueva mami.
Cristian bufó, pero no replicó. Dio vueltas por la estancia, blasfemó y, en dos ocasiones, la señaló con el dedo para soltar algún improperio, pero al final, se dio cuenta de que allí no tenía nada que hacer y se dirigió a la puerta, sulfurado.
—Muchacho —llamó la anciana levantándose hacia él. Cristian se paró en el quicio de la puerta principal—. Cada vez que estés apunto de… —hizo el gesto con la mano—, recuerda que yo estaré masturbándome con la polla de tu padre.
Se tapó los oídos, pero ya era tarde.
—Diossss, pero qué perra es usted.
Un carcajeo al otro lado de la puerta fue lo último que oyó antes de bajar las escaleras camino de la universidad.
«Un molde de mi polla. Manda cojones»:
— · —
Volvió a casa algo más pronto de lo normal. Se había saltado la última clase para poder llegar antes de que lo hiciera Marta. Se metió directamente en su cuarto y se despelotó por completo. Se tumbó en la cama con las bragas del cajón enrolladas a su polla y se empezó a pajear.
«Por mis huevos que usted no va a poder conmigo. Soy Cristian, ¡CRISTIAN! y a mi polla folladora no la doblega nadie».
Puso la mente en blanco, como en la peli esa del chico que aprendía kárate en la calle y luego se hacía un luchador de primer nivel.
«Sí, joder, soy como él, un tío superfuerte. Y puedo conseguirlo con mi propia fuerza mental. Por eso tengo esta polla de la hostia».
Sonrió. Todo iba bien. Se encontraba tranquilo y relajado. No había ruido que le molestara y la luz tenue era la idónea en ese momento.
«He dormido con Marta, abrazado a su espalda —se dijo—
. Y me ha dejado pegarme a ella con mi polla dura encajada en su culo, mmmm, joder».
La erección fue casi instantánea y sonrió contento.
«Me deja sus bragas cada día, para que me pajee con ellas. Y me ha visto corriéndome, junto a ella. ¡Me he pajeado a su lado!»
Nueva oleada de placer que le acercó al clímax.
«Y encima Teresa me ha visto follando, ooooh, ooooh, Diossss, síííí».
Estaba llegando. Él solo, sin ayuda de nadie. Como un cinturón negro autodidacta. Después de todo, solo necesitaba concentrarse en sí mismo. Arqueó la espalda notando la inminente corrida.
—Sí, sí, joder, aquí viene, Uffff, ooooh, ooooh. Jódete, Herminia.
Y se hizo el desastre.
Fue nombrarla e inmediatamente le vino la imagen de ella abierta de piernas con su padre encima, follándola como un poseso. Chupando sus tetas aplastadas y corriéndose dentro de su coño canoso.
—Noooooo.
Abrió los ojos y sacudió la cabeza, pero la estampa de su vecina no se iba. Ahora, su padre la cabalgaba a cuatro patas cogiéndola de la cintura. Su polla, entraba y salía de ella mientras la vieja gritaba con la misma voz que su madre y sus tetas flácidas pendulaban como las orejas de un perro grifón.
—Mierda, mierda, mierda.
Aceleró la paja al máximo apretando las bragas con más fuerza. Su muñeca parecía el cuello de un pájaro carpintero mientras la polla de su padre ocupaba todo el espacio en su mente.
—¡Quítate!, aparta de mi cabeza, hostia.
Pero no lo hizo, ni Herminia tampoco, con su cuerpo decrépito siendo sodomizada por él. Al final, rendido, terminó por abandonar la paja y lanzando las bragas con fuerza contra la pared.
Cuando Marta llegó, horas más tarde, se lo encontró tirado en el sofá, chateaba con Cristina y no prestó mucha atención a lo que ella le decía. Se había pasado el día deambulando por la casa. Ella no fue ajena a su estado de ánimo funerario.
Lo dejó tranquilo hasta que se metió la noche. Cristian terminó por recluirse en la soledad de su dormitorio.
—Ey, nene. Esta noche… duermes conmigo, ¿verdad? —dijo asomando la cabeza por la puerta de su cuarto antes de la cena.
Cristian pareció despertar de su letargo. Por un momento todas sus penurias quedaron en un segundo plano.
—Claro, pava. Yo también le estoy cogiendo gusto a esto de dormir con una tía buena.
Sonrió, contenta por haber conseguido animarlo. A la hora de acostar, se repitió la rutina de los últimos días. Él llegó más tarde y se abrazó a su espalda haciéndola sentir su calor y compañía. No dijo nada cuando notó su polla endurecerse entre sus glúteos, ni cuando se apretó contra ella haciendo que quedara encajada.
Tenía una pierna entre las suyas y decidió dar un paso más. Deslizó la mano lentamente hasta posarla sobre su teta.
No lo consiguió.
Marta la sujetó antes de que llegara a destino y la apretó contra ella, como la niña que abraza su muñeco de peluche.
—Duérmete, Cristian —dijo somnolienta—. No lo estropees.
Él chasqueó la lengua, pero lo dejó estar. Bastante había conseguido con pajearse junto a ella. Aspiró su pelo y volvió a apretar su cadera antes de caer dormido.
La mañana fue un calco de la anterior. Ella se desperezó y se giró hacia él, agradecida por una plácida noche de sueño reparador, poniendo medio cuerpo sobre el suyo y la cabeza en su hombro. La erección no tardó en aparecer abultando las mantas en una indecorosa montaña.
—Eres como un reloj —se carcajeó ella.
—Tú tienes parte de culpa. Que estás muy buena, tía.
Se quedaron mirándose el uno al otro. Ambos sabían lo que Cristian estaba pensando.
—Venga, dale, te dejo —concedió ella.
—Gracias, no sabes lo que me ayudas. Ayer intenté hacerme una a solas y no hubo forma.
Se quitó las mantas de dos patadas y se despelotó de cuerpo entero. No tardó en ponerse manos a la obra.
—¿Te puedo insultar? —preguntaba jadeante—. En plan… zorra, puta, calientapollas y todo eso —rogó—. Pero solo para correrme, ¿eh? Que no lo pienso en serio.
Ella suspiró con pesadumbre, pero le dio carta blanca, aceptando sus obscenidades con una sonrisa divertida. En el fondo, se lo pasaba bien viéndolo fuera de sí.
—Ufff, qué buena estás, y qué tetazas tienes. Te las follaría y me correría en tu cara. Te llenaría la cara de mi lefa, ¿me oyes?
Marta congestionaba el gesto con cada burrada, pero le seguía el juego. Todo con tal de facilitar su orgasmo.
—Lo que daría por verlas. Seguro que tienes unos pezones grandes y oscuros. Dime, ¿los tienes así? —decía entre gemidos—. Hummm, ufff. Me juego que son así, como tu coño, que seguro que tienes un coño de yegua. Mmmmffff, negro y de labios gruesos, como a mí me gusta. Dime, ¿lo tienes así? ¿lo tienes negro?
Y de nuevo ella se reía divertida sin sacarle de la duda.
Veinte minutos de masturbación después… Cristian, no se corrió.
Marta lo dejó en la cama, descansando y tranquilizándose. Le esperaría en la cocina con el desayuno preparado.
—No tienes que obsesionarte, nene. Déjalo que pase —dijo antes de salir.
Él, con los ojos cerrados y la respiración cansada, no decía nada. Sabía cuál era el problema y dónde estaba la solución. Quizás tras un empujón escaleras abajo.
— · —
La puerta se abrió al tercer timbrazo. Herminia lo miró de abajo arriba.
—Siempre que llamas a mi puerta, imagino que lo haces completamente desnudo y con una diadema en forma de polla en la cabeza. —Chasqueó la lengua—. Tampoco hoy ha habido suerte.
—Arregle esto, salga de mi mente —dijo apartándola a un lado—. Hoy no he podido correrme ni con ella al lado. CON ELLA A MI LADO, JODERRRR.
Herminia caminó hacia el salón como si no le oyera. Su vecino siguió quejándose a voces tras ella.
—Estaba cachondísimo y la tía mirándome con esa cara de perra que me pone a mil. Y yo… yo… dale que te pego… con la polla superdura a punto de explotar, pero… ¡NADA! —espetó—. ¿Sabe cómo tengo los huevos? ¿¡SABE CÓMO LOS TENGO!?
Su vecina, sin hacerle mucho caso, encendió la tele y puso un canal de música relajante. Cristian estaba desatado.
—La madre de todos los morbos hecha mujer; la puta MILF de las fantasías de todo pajillero en la misma cama que yo; con la polla al rojo vivo de meneármela arriba y abajo como si fuera una puñetera máquina de coser —se lamentaba—. Y… y… no he podido correrme
Se quedaron mirando, en silencio, ella cogida de las manos por delante, esperando paciente a que se desahogara.
—Está bien,
Hansel, has ablandado mi pétreo corazón de bruja retorcida y te voy a ayudar. Lo voy a solucionar ahora mismo —contestó tranquila—, a cambio de tu polla.
Él puso los ojos en blanco y se llevó las manos a la cara, frotándola con fuerza. Después pasó los dedos entre los cabellos y soltó un bufido intentando contener un improperio mientras daba zancadas a un lado y a otro. Apretó las mandíbulas maldiciendo por dentro lo que iba a decir.
—Está bien, tiene mi palabra, perra judía.
Ella asintió con una caída de ojos y le hizo sentar en el sofá. Le dijo que se pusiera cómodo y se quitó el jersey de botones, uno a uno. Cristian se levantó y la señaló con el dedo.
—¡Como me vaya a hacer un striptease, le doy con una pala!
Ella lo fulminó con la mirada mientras dejaba la prenda en una silla. —Calla, zoquete, y vuelve a sentarte—. Sacó de una estantería algo parecido a un álbum de fotos y se sentó junto a él.
—Esto que te voy a enseñar —dijo señalando con un dedo frente a su nariz—. No lo ha visto nadie. ¿Me has entendido? N-A-D-I-E.
Puso el álbum sobre sus piernas y le conminó a abrirlo. Él levantó la tapa y arqueó las cejas, confuso.
—¿¡Qué coño…!? ¿Me va a enseñar fotos de su infancia?
Sin decir palabra, Herminia alargó el brazo y pasó una hoja, después otra y otra. Entonces señaló tres de las fotos que aparecían en blanco y negro.
—Aquí tenía trece años, aquí catorce y aquí dieciséis.
Cristian se había quedado mudo mirándolas. Su ceño se había fruncido y sus ojos pasaban de una imagen a otra de forma cíclica.
—Era usted… muy guapa. Y ya estaba llena de curvas.
—Así es.
Pasó varias páginas de un golpe. Una foto en blanco y negro resaltaba por encima de todas las demás. Quedaba en medio de la página, rodeada del resto como brillos de una estrella. Cristian puso los ojos como platos.
—HOS - TIAPUTA.
Una jovencísima Herminia aparecía en una bañera, desnuda de cintura para arriba. Sus pezones, a punto de madurar, asomaban por encima de la línea de flotación coronando unas tetas que parecían dos toboganes gloriosos, ascendiendo en una curvatura obscena hacia el cielo.
—Pero… ¡qué pezonacos! ¡Y qué tetas! —exclamaba extasiado—. ¿Qué edad tenía usted aquí?
—No la suficiente. La foto la sacó mi padre.
Por la cara que puso, Herminia supo lo que se le estaba rondando por la cabeza.
—No te hagas una opinión errónea. Él no era de esos. Le gustaba retratarnos sin ropa a mi hermana y a mí, pero siempre por puro afán artístico. Nos adoraba. Encontramos un montón de fotos nuestras cuando falleció. Yo puse algunas aquí.
La mujer volvió a estirar el brazo para pasar a las siguientes. Lo hizo de tres en tres hasta avanzar donde quería.
Una Herminia de unos dieciocho o veinte años posaba frente a la cámara completamente desnuda. Los adolescentes toboganes de antes se habían convertido en las mejores tetas que hubiera visto en su vida, con unos pezones oscuros en el centro de dos areolas del mismo color.
Lo más atrayente era su coño. Con poco vello y recortado, pero oscuro como el azabache. Sus labios se perfilaban con sutileza bajo la espesura, enmarcados dentro de un triángulo de piel blanca. No pudo evitar dejar caer la mandíbula.
—Yo era la única mujer desnuda en aquella playa. Mi difunto marido me retó a caminar así desde el agua. Ese día me pidió matrimonio.
Cristian salivaba, el muy cabrón tuvo que disfrutar como un gorrino con aquella hembra de bandera. Herminia sonrió viendo los gestos de pasmo que ponía su joven vecino. Volvió a alargar el brazo y pasó varias hojas de golpe. La foto buscada, la última que quería mostrarle, apareció a la primera.
Volvía a mostrarse completamente desnuda. Esta vez sobre una cama con las mantas deshechas. Estaba tumbada de costado, apoyada en un codo y de frente a la cámara como una especie de “Maja Desnuda”. El pelo revuelto y las mejillas encendidas daban a entender que no se acababa de levantar de la siesta, precisamente. Debería tener unos treinta o cuarenta años y era la representación más erótica, obscena y lasciva de una MILF que hubiera imaginado nunca.
—LA-PU-TA-MA-DRE.
—Mi marido y yo acabábamos de follar. Si te fijas, verás que mi coño brilla ligeramente.
Acercó el álbum a su cara y constató que decía la verdad. Sus labios sonrosados, víctimas de una presumible gran follada, aparecían algo hinchados y, entre ellos, la prueba de su excitación, o la de él. Sus tetas también aparecían brillantes de saliva.
Ella la sacó de su envoltura y la sostuvo entre sus dedos, mirando con añoranza la esbelta figura de la MILF del retrato. Evocando el momento que, seguramente recordaría como si fuera ayer.
—Mi marido dijo que aquel día estaba especialmente atractiva y que encontraba mi mirada como la de una leona hambrienta. Dijo que nunca me había visto así y quiso retratarme para no olvidarlo jamás. Habíamos follado como auténticos animales.
Un nuevo acceso de nostalgia acudió a sus ojos que no despegaba de la imagen. Cristian tampoco despegaba los suyos, obnubilado por aquella mujer pantera que miraba a la cámara como si estuviera a punto de atacar.
—Lo mejor de esta foto es lo que no se ve y que nadie ha sabido jamás —endureció la mirada y la clavó en sus ojos—, excepto tú ahora. —Inspiró profundamente y dejó escapar el aire con calma—. En ese armario de ahí —dijo tocando la lámina con el dedo— había un hombre escondido. Mi marido estuvo a punto de pillarnos en nuestra propia cama. Había salido antes del trabajo aprovechando que su jefe no estaba.
Cristian puso los ojos como platos.
—Le dije que me estaba masturbando cuando entró al dormitorio. Por eso estaba desnuda y olía a sexo. Le pedí que me montara inmediatamente para no dejarle pensar mucho, y lo hizo, vaya si lo hizo. —Acercó su cara a menos de un palmo de la suya—. ¿Sabes lo que es follar con el hombre que amas a un metro del que puede destruir todo lo que más quieres en este mundo?
Cerró los ojos y se recostó hacia atrás, evocando el momento.
—La excitación del miedo vaciando tu estómago mientras, entre tus piernas, sientes el placer más lascivo e infinito que pudieras imaginar. Disfrutando de una infidelidad no planeada, con mi marido retomando lo que otro hombre había dejado para él.
»Dos hombres que habían estado dentro de mí casi al mismo tiempo. Un pecado mortal que me llevaba al éxtasis mientras bordeaba el peligro más extremo. —Abrió los ojos y los fijó en el techo—. Nunca deseé más a mi marido que aquel día.
—¿Le amaba? —preguntó confuso.
—Más que a mi propia vida.
Cristian frunció el ceño. Herminia no tardó en explicarse.
—Lo mío con aquel hombre era solo sexo, placer físico. En el fondo le detestaba. Era un engreído al que nunca soporté. Mi marido, en cambio, era mi luz y mi vida.
—¿Entonces?
—Ya te lo he dicho, el morbo de la infidelidad. —Mostró una mueca amarga—. No tiene por qué caerte bien el hombre con el que sueñas tener dentro de ti. Quizás era eso lo que más me ponía. Aunque mi pobre marido se hubiera muerto de pena si lo hubiera descubierto.
—¿Lo conocía?
Herminia se mantuvo en silencio, sopesando si conceder la respuesta al imberbe de su vecino. Escrutó sus ojos hasta que percibió algo parecido a ella misma en ellos.
—Era su jefe.
Ojos como platos y boca a medio abrir. Incluso a un crápula como Cristian le costó digerirlo.
—Eso es cruel de cojones.
—Lo es, y yo fui una perra desagradecida y egoísta. Pero… —hizo una pausa, evocando— el deseo irracional que sentía por hacerlo a sus espaldas era tannn fuerte.
—Alguna vez su marido supo que…
—Jamás. Pude ser una zorra sin corazón, pero siempre fui muy cuidadosa y discreta. Mi romance era con el secreto —explicó—, con el morbo, con la inocencia de mi esposo, que nunca perdió la sonrisa y murió creyéndose feliz.
Cristian tomó la foto de sus manos y la observó con detenimiento, sintiendo la lujuria subirle desde la entrepierna. Rememorando lo que sentiría su jefe al verlo cada día, sabiendo que se había follado a la mujer de aquel cornudo ignorante.
O conocer a su marido y haber hablado con él de mujeres, dejándole que contara lo que creía que supiera de ellas. Deseando haberle oído fanfarronear de lo buen amante que era mientras él fantaseaba con su verdadero secreto.
El secreto del cornudo.
—A mi marido le encantaba mirar esta foto.
—Y a usted que lo hiciera —se jactó— sin que supiera la verdadera razón que había causado su mirada de leona hambrienta. Y la puerta de ese armario haciendo arder su coño. Tan escondido y tan a la vista.
Ella sonrió viendo que su joven vecino la comprendía a la perfección. Tomó la foto y la guardó en el álbum. Después, se levantó y lo depositó en la misma estantería que estaba.
—Ya estás curado. A partir de ahora, cuando pienses en mí, serán éstas las imágenes que acudirán a tu cabeza y no las que ha imaginado tu perversa mente enferma. Ya puedes ir tranquilo.
Cuando Cristian se levantó para ir hacia la salida, el bulto de su pantalón se hizo notorio y ella sonrió viendo lo evidente de su deducción. Cristian, que había seguido su mirada, levantó las cejas, sorprendido.
—Al final… sí que va a resultar ser un poco bruja. Siempre consigue todo lo que quiere. ¿Cómo coño lo hace?
Herminia sonrió con suficiencia y le acompañó a la salida.
—En esta vida, la clave para conseguir todo lo que te propongas radica en dos principios fundamentales. —Se pararon bajo el quicio—. El primero, es no decir todo lo que sabes.
Cristian asintió, asimilando la información mientras daba un paso fuera de la casa.
—¿Y el segundo? —preguntó girándose hacia ella.
La puerta se cerró delante de su cara, suavemente, dejándolo con el ceño fruncido y la boca a medio abrir. Tardó varios segundos en empezar a sonreír.
—Será cabrona.
Fin capítulo XIII