—Aceptado —dijo Vanessa sin dudarlo.
—Entonces, ¿cuál es tu fantasía, Vanessa? —preguntó Robert, sintiendo el pulso de la excitación.
Vanessa lo miró directamente a través de la pantalla, una sonrisa pícara en sus labios.
—La mía es simple —dijo—. Quiero ser el centro de atención. No solo de forma pasiva. Quiero que los tres me consagréis. Que me toquéis, que me adoréis, que me satisfagáis... hasta que yo diga basta. Quiero sentirme como una diosa a la que le rinden culto.
Robert se tragó saliva. La imagen de su esposa, dominante y exigente, siendo adorada por los tres era casi demasiado para procesar.
—Y la mía —dijo Robert, recuperando la voz— es ver a Vanessa con Carmen. Pero no solo un beso. Quiero verlas juntas. De verdad juntas. Y quiero que Vanessa tome el control. Que ella sea quien inicie, quien dirija.
Carmen sonrió, un gesto de pura aprobación.
—Me parece una idea fantástica —dijo—. Y la mía... la mía es un juego de poder. Quiero que uno de vosotros dos sea mi esclavo durante una hora. Que me obedezca ciegamente. Que su único propósito sea darme placer, como yo ordene. El otro puede mirar, o unirse... si yo lo permito.
La habitación se llenó de una tensión eléctrica. La fantasía de Carmen era oscura, dominante, y prometía una dinámica completamente nueva.
Todos se volvieron hacia Dante. Él se rio, un sonido bajo y ronco.
—La mía es más simple —dijo—. Quiero ver a mi hermana con otro hombre. Siempre hemos sido muy cercanos, muy abiertos. Pero verla contigo, Robert... y con Vanessa participando... eso es un tabú que quiero romper. Y quiero filmarlo. Solo para nosotros. Un recuerdo.
La idea de ser grabado añadió una nueva capa de voyerismo y permanencia a la fantasía. Era atrevido, arriesgado, y terriblemente excitante.
—De acuerdo —dijo Vanessa, rompiendo el silencio—. Tenemos cuatro fantasías. La de ser adorada, la de ver a dos mujeres juntas, la de un juego de dominación y la de ser filmados. ¿Cuál será nuestra próxima aventura?
—¿Por qué no combinarlas? —sugirió Robert, su mente ya trabajando—. Podemos empezar con la fantasía de Vanessa. Ella es nuestra diosa. Carmen y yo la adoramos. Y mientras lo hacemos, Dante graba. Luego, Vanessa, como diosa que es, ordena a Carmen y a mí unirnos. Y para el final, Carmen elige a su "esclavo" para el juego final.
El plan era perfecto. Era una sinfonía de fantasías entrelazadas, donde cada uno obtenía una parte de lo que deseaba, contribuyendo al placer de los demás.
—Me parece brillante —dijo Carmen, levantando su copa—. Por la diosa Vanessa.
—Por la diosa Vanessa —repitieron los otros tres.
Continura....
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