Se acercó al colchón y se tendió sobre él, no de forma pasiva, sino como una reina ocupando su trono. Miró a Robert y a Carmen, que estaban de pie a ambos lados del colchón, esperando su mandato.
—Comiencen —dijo, su voz clara y firme—. Adoradme.
Dante, desde su rincón, comenzó a grabar.
Robert y Carmen se arrodillaron. Robert comenzó por los pies, besándolos suavemente, masajeando los tobillos. Carmen, por su parte, se concentró en las manos de Vanessa, besando cada dedo, lamiendo la palma de su mano. Los cuatro se movían en una coreografía silenciosa, sus labios y manos explorando el cuerpo de Vanessa como si fuera un territorio sagrado.
Vanessa emitía pequeños gemidos, sus ojos cerrados, su cabeza echada hacia atrás. Robert subió por sus piernas, besando la parte interna de sus muslos, mordisqueando la carne suave. Carmen descendió por sus brazos, sus labios encontrando el cuello de Vanessa, sus pechos.
—Más —gimió Vanessa, su voz un susurro—. No tengáis miedo.
Esa fue la señal. Robert apartó el velillo y su boca encontró el coño ya húmedo de Vanessa. Al mismo tiempo, Carmen se inclinó y sus labios se cerraron sobre un pezón duro, su mano acariciando el otro pecho.
Vanessa arqueó la espalda con un grito, sus manos enredándose en el cabello de Robert y de Carmen. El placer era doble, triple. La boca experta de su esposo en su clítoris, los labios suaves de una mujer en sus pechos, la conciencia de que todo estaba siendo grabado para la posteridad.
—Sí, así, así —gritó, sus caderas moviéndose rítmicamente contra la boca de Robert—. ¡No pares!
Robert la lamió y chupó con una ferocidad nueva, sabiendo que esta vez no estaba solo satisfaciendo a su esposa, estaba rindiendo homenaje a su diosa. A su lado, Carmen continuaba su trabajo, sus dientes arañando suavemente los pezones de Vanessa, su mano deslizándose por su vientre hasta unirse a la de Robert.
El clímax de Vanessa fue explosivo. Un grito largo y liberador que hizo temblar las paredes, su cuerpo convulsionando bajo el doble estímulo. Cuando terminó, se quedó inmóvil, jadeando, con los ojos cerrados y una sonrisa de pura satisfacción.
—Ahora —dijo, su voz ronca por el placer—. Quiero veros. Quiero veros juntos.
Robert y Carmen se miraron por encima del cuerpo de Vanessa. Habían llegado al momento de la segunda fantasía. Con una sonrisa de complicidad, Carmen se inclinó y besó a Robert. Fue un beso profundo, lleno del sabor de Vanessa.
Luego, se tendieron en el colchón, uno a cada lado de Vanessa, y comenzaron a explorarse. Las manos de Carmen encontraron la polla de Robert, ya dura de nuevo, mientras la mano de Robert se deslizaba entre las piernas de Carmen, encontrando su humedad.
@k66 CONTINUARA......