Verano Desatado: Crónicas de Lía y Adrián

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Kaxondete

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Capítulo 15: “Mercadillo con suegra”
​
La cafetera italiana silbaba con energía mientras Lía untaba mantequilla en unas tostadas y su madre, con su bata de flores y rulos bien puestos, se sentaba en la mesa con gesto de señora que lleva ya despierta desde las siete.

—¿Y Adrián? —preguntó la madre de Lía.

—Está en el baño. El pobre se mete la ducha más larga del mundo desde que tú duermes aquí —respondió Lía con una media sonrisa.

—¿Por qué?

—Porque no se puede masturbar en la cama.

La madre levantó las cejas como si le hubieran ofrecido heroína en una parroquia.

—¡Lía! Por Dios, ¿cómo dices esas cosas? —se abanicó con una servilleta.

—¡Mamá! Si ya sabes cómo somos. Mejor que lo asumas. En esta casa no hay secretos.

Adrián entró en la cocina justo a tiempo para escuchar eso y se quedó quieto con una taza en la mano.

—¿Hay café?

—Hay trauma —dijo la madre con dramatismo.

—Perfecto. Le echo leche y me lo bebo con trauma y galletas.

Rieron todos, incluso la madre, que se rindió a esa rutina surrealista que había adoptado como su nueva normalidad. Luego, con todo recogido y las barrigas medio llenas, se vistieron para salir.

—¿Al mercadillo vais así? —preguntó la madre al ver que Lía llevaba una camiseta sin sujetador y Adrián unas bermudas con sandalias sin calcetines.

—Sí, así no nos secuestran. —dijo él guiñando un ojo—. Somos invisibles para el crimen organizado.

Caminaron los tres hacia el mercadillo del barrio. Al llegar, el bullicio típico los envolvió: señoras gritando precios, los de los embutidos chillando "¡chorizoooo al corteeeee!" como si anunciaran el fin del mundo, y un hombre con sombrero de paja vendiendo bragas de algodón a grito pelado.

—Mira, esas me las ponía tu abuela —comentó la madre señalando las bragas—. Aguantaban lo que fuera: embarazos, inviernos, e incluso a tu padre.

—Qué fuerte todo —dijo Lía—. Me estás tentando.

Adrián agarró una muestra y la miró como si fuera un plano urbanístico.

—Estas bragas tienen más tela que nuestra cama.

—¿Queréis que os compre unas? —insistió la madre—. A lo mejor para dormir…

—Mamá, ni para disfrazarme de Papá Noel triste.

Se cruzaron con Mari Luz, la vecina cotilla y charlatana de Ramón y Pilar, que llevaba un carrito lleno de tomates y un sujetador con más años que Internet.

—¡Pero si sois vosotros! —saludó Mari Luz, estruendosa como siempre—. ¿Y esta señora tan elegante?

—Mi madre. Viene a quedarse unos días.

—¡Ah! Pues encantada. Qué suerte tiene, con una hija tan… tan… abierta.

—¿“Abierta”? —repitió la madre de Lía, alzando una ceja.

—Sí, de mente, claro —dijo Mari Luz, y se marchó a seguir gritando precios al del puesto de los plátanos.

Lía se apoyó en Adrián, riéndose por lo bajo.

—No sé si estoy más roja por el sol o por el bochorno.

—Yo solo sé que, si me compro calzoncillos aquí, me separo de ti —le susurró él.

—Y si mi madre nos vuelve a mirar mal en casa, te los pongo.

que, si me compro calzoncillos aquí, me separo de ti —le susurró él.

—Y si mi madre nos vuelve a mirar mal en casa, te los pongo.

Mientras Lía y Adrián hojeaban unos puestos de especias, y la madre de Lía negociaba una ristra de ajos como si estuviera comprando un piso, un estruendo llamó la atención a todo el mercadillo.

—¡PILAR, NO TOQUES LAS ACEITUNAS QUE NO SE PAGAN CON TETAS! —bramó una voz que podría haber espantado a los palomos de tres manzanas a la redonda.

Lía se giró despacio, ya intuyendo lo que venía. Y sí. Ramón. Con bermudas floreadas, camiseta sin mangas con el logo de una paella, y gafas de sol redondas como de rapero jubilado. A su lado, Pilar, con un sombrero ridículo lleno de flores de plástico y un vestido que dejaba ver más de lo que cubría.

—¡Pero si son mis panaderitos del amor! —gritó Ramón, señalando a Adrián y Lía como si fueran de su propiedad.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Adrián, ya riéndose.

—Pilar quería aceitunas rellenas de atún, y yo he venido a controlar que no se las meta en el bolso “por error”. Porque esta tiene el síndrome de Mercadona inverso: roba de los puestos y paga en los supermercados.

—Eso es mentira, Ramón, y lo sabes —dijo Pilar, cogiendo unas aceitunas con descaro—. Además, si le sonrío al del puesto me las regala.

—Claro, pero a mí no me sonríes ni cuando me quito los calzoncillos por error delante del horno.

—Porque eso fue un trauma navideño, Ramón. Olía a gas.

Lía se apoyó en Adrián de la risa. Su madre, mientras tanto, miraba a Pilar con una mezcla de escándalo y fascinación.

—¿Y esta es…?

—Un milagro con patas —respondió Lía.

—¡Mucho gusto! Pilar. Bisexual, pero solo cuando hace calor —se presentó Pilar, dando dos besos a la madre.

—Yo… yo soy la madre de Lía. Encantada.

—Ay, hija, qué bien conservada estás. Como las anchoas en aceite —añadió Ramón, mientras sacaba del bolsillo una navaja y pelaba una mandarina que había robado del puesto de frutas.

—¿Qué dices, Ramón? —exclamó Lía.

—¡Es por si me da una bajada de azúcar, que estos precios me dan pánico! ¡Una mandarina no le hace mal a nadie!

Adrián lo miró de arriba abajo.

—Te has traído hasta el abrelatas en el cinturón. Eres como un Boy Scout que folla.

—¡Y condecorado! —dijo Ramón levantando el pulgar.

Pilar encontró un puesto de ropa interior y cogió unas braguitas mínimas.

—¿Te imaginas a tu madre con esto, Lía?

La madre de Lía se atragantó con su propia vergüenza y dijo algo como: “yo me voy a mirar bacalao seco”.

—¡Vamos con ella! —propuso Ramón—. A mí me encanta el bacalao. Me recuerda a mí mismo después de una siesta.

Mientras la madre de Lía intentaba escapar entre los toldos de color chillón del mercadillo, Pilar ya se había probado unas bragas en plena calle, encima del vestido. Ramón la aplaudía con entusiasmo:

—¡Eso, mi loba del extrarradio! ¡Déjales claro que las tangas también son una actitud!

El tendero, un señor mayor con boina y manos de carnicero, no sabía si reír, llorar o sacar el agua bendita.

—Señora, eso no es probador —le susurró, mirando a los lados por si venía la policía local.

—¿Y qué más da? Si me las vas a vender igual. Además, aquí no hay secretos: ¡venimos todos ya con lo puesto y lo justo! —respondió Pilar mientras se daba la vuelta, enseñando sin querer una teta suelta que se le escapó del escote.

Lía soltó un gritito entre risas:

—¡Pilar, que mi madre está aquí, por favor!

La madre, con la cara color remolacha, murmuró:

—No, si yo ya estoy en modo testigo de Jehová: miro al suelo y sonrío.

Adrián, que estaba cotilleando en un puesto de embutido, gritó desde la otra punta:

—¡Lía, ven! ¡Han sacado chorizos en forma de corazón! ¡Le voy a regalar uno a Ramón con la inscripción “ponme fino”!

—¡Maricón adorable! —le gritó Ramón—. Y que sea picante, que si no me aburro.

Mientras tanto, Pilar ya estaba metiendo en su bolso una malla de limones sin pagar. El vendedor, resignado, le dijo:

—Señora, eso no es self-service…

—Lo sé, lo sé… ¡Pero es que el limón es afrodisíaco! ¿No querrá usted cortar mi inspiración, verdad?

—Mejor cójala toda, señora —suspiró el tendero.

De repente, apareció un grupo de turistas franceses que hacían fotos a todo. Uno de ellos enfocó a Pilar, quien se puso automáticamente en pose:

—Oui oui, madame exhibicion! —dijo ella, levantando la pierna sobre una caja de sandías.

—¡Pilar, bájate de ahí, que eso no es el Moulin Rouge, es el puesto de Manolo el Frutero! —chilló Ramón mientras intentaba bajarla agarrándola por el tobillo.

En ese momento, la madre de Lía, que había comprado al fin su ristra de bacalao, murmuró a su hija:

—Yo solo quería ver a mi niña y llevarme unas lentejas… y ahora estoy viendo más carne que en una carnicería.

—Mamá… esto es nuestra vida desde que conocimos a Ramón.

—Pues hija, que Dios os conserve el hígado y os esconda de la prensa.

Lía no podía más de la risa.

—¿Nos vamos ya, o esperamos a que Pilar se marque un burlesque con los calamares?

—¡No, no, ahora vamos al puesto de miel natural! —dijo Ramón, ya arrastrando a Adrián del brazo—. Que tengo que comprobar si se me pega más en el dedo o en el culo. ¡Ciencia, Lía! ¡Esto es ciencia popular!

Ramón se dirigía al puesto de miel como si fuera la atracción principal de un parque temático. Llevaba ya una cucharilla de plástico robada de un yogur y gritaba:

—¡Que me abran los tarros, que vengo con la lengua afilada!

Adrián intentaba sujetarlo sin mucho éxito:

—Ramón, que el señor solo tiene miel de romero y de azahar, no hace degustaciones eróticas.

—¿Ah, no? Pues que la monte. ¡Que ponga la de “polvo de media tarde”! ¡Que uno sepa si con esto se anima la próstata!

Mientras tanto, Pilar se había encaprichado con un puesto de bolsos de imitación. Se probaba uno que decía “Luis Buñuel” en vez de “Louis Vuitton” y le pareció divino:

—¡Mira, Ramón! Este bolso está tan mal escrito que parece arte moderno. Me lo quedo. ¡Y con este parezco rica y puta, que es la combinación perfecta!

Lía, por su parte, intentaba comprar fruta mientras su madre le sujetaba una bolsa de nísperos con expresión sufrida.

—¿Cómo puedes vivir así, hija?

—Mamá, es solo un mercadillo...

—No, hija, esto es Sálvame, pero sin publicidad.

—Bueno, al menos nadie ha salido corriendo desnudo —suspiró Lía, demasiado pronto.

Justo entonces, Ramón apareció con una pegatina en el pezón y dos plátanos en la oreja:

—¡Premio al más sexy del mercado! ¡Vamos todos al puesto de embutido que vamos a hacernos una foto de grupo con la morcilla entre las piernas!

—¡Ramón, por Dios! —gritó la señora del puesto de huevos camperos— ¡Que tengo al niño ayudándome! ¡Y tiene once años!

—Pues que aprenda pronto lo que es la alegría de vivir, señora. ¡El mundo está muy triste!

Pilar, mientras tanto, se subía a una caja de tomates a modo de escenario y gritaba:

—¡Desfile nudista! ¡El que tenga una faja, que la tire! ¡El que tenga una braga vieja, que la regale al viento!

Un joven repartidor de fruta se emocionó, se quitó la camiseta y empezó a cantar rumba.

La madre de Lía no podía más.

—Me voy al coche.

—Mamá, no tenemos coche.

—Pues me meto en un cubo y que me lleven rodando.

Adrián, en un ataque de ternura, la abrazó.

—Suegrita, no se preocupe. Ramón es como el herpes: no se cura, pero al final le coges cariño.

Ella se lo quedó mirando… y acabó riéndose.

—Anda, vámonos a por un café antes de que Pilar monte una manifestación feminista con peras y pepinos.

Y así, entre carcajadas, un par de gritos de “¡Mari Carmen, deja esa tarta que no se paga sola!” y otro intento de Ramón por intercambiar queso manchego por favores sexuales (“¡con consentimiento, siempre con consentimiento!”), el grupo fue abandonando el mercadillo como un circo ambulante que acababa de cumplir su función: hacer reír hasta al más estirado.

El grupo llegó en procesión, como si volvieran de una boda nudista. Lía agarraba del brazo a su madre, que aún venía algo escandalizada, y Ramón ya iba reclamando mesa a gritos:

—¡Una terraza pa' ocho, que traemos hambre, sed y posiblemente gonorrea emocional!

La camarera, una señora morena con moño de guerra y delantal rosa, ni se inmutó. Les señaló una mesa larga bajo una sombrilla que apenas daba sombra.

—Sentaros ahí y no toquéis los ceniceros que los he lavado esta mañana —gruñó mientras limpiaba la mesa con un trapo que olía a lejía y Marlboro.

Pilar sacó un abanico con forma de berenjena y se abanicaba dramáticamente.

—¿Qué vais a querer? —preguntó la camarera, sacando una libreta diminuta.

—Un cortado, una caña, un zumo natural, dos tostadas con jamón, una ración de churros y… ¿tenéis ensaladilla rusa?

—Tenemos ensaladilla, pero no garantizo que sea rusa.

—¡Perfecto! ¡Si lleva mayonesa ya me sirve! —gritó Ramón—. Y ponme el café más fuerte que tengas. Que me tiemble la próstata.

La madre de Lía pidió un poleo menta bajito de azúcar y sacó un sobre de edulcorante de su bolso “por si acaso”. Lía la miró con ternura:

—Mamá, te queremos mucho.

—Ya, pero no me dejéis sola con Ramón, por favor.

—¡Yo soy puro respeto, señora! —dijo Ramón, mientras sacaba una morcilla del mercadillo de su mochila como si fuera un peluche y le hacía hablar con voz grave—: “Hola, soy tu desayuno”.

Adrián lloraba de la risa mientras Pilar sacaba de su bolso un pequeño altavoz y ponía Camela a volumen medio.

—¿Qué hacéis luego? —preguntó Nicolás, que se había unido a última hora con Laura, ambos con bolsas de melones y ropa interior barata.

—Nada. Después de esto, ducharnos y sobrevivir —dijo Lía—. Aunque Ramón ya tiene pinta de querer montar un bingo nudista en casa.

—¡No lo digas muy alto que me emociono!

En ese momento llegó la comida, en platos desiguales, servida con ese amor pasivo-agresivo de las cafeterías de barrio. Y aunque la ensaladilla estaba sospechosamente caliente, todo sabía a risas y amistad.

Pilar brindó con su cortado:

—Por este grupo de degenerados adorables, que hacen del mercadillo una fiesta, del café una locura, y de cualquier lunes un recuerdo imborrable.

Todos aplaudieron. Incluso la madre de Lía esbozó una sonrisa.

—No sois normales. Pero sois buena gente.

—Eso es lo peor, mamá —dijo Lía con media tostada en la boca—. Que encima lo hacemos por amor.

Volvieron andando, despacio, con las bolsas del mercadillo llenas de frutas, embutidos, ropa interior sospechosa y una radio con forma de flamenco rosa que Ramón insistió en comprar “por si surge una emergencia musical”.

—¿Seguro que no quieres un carrito de la compra con ruedas, Ramón? —preguntó Lía al ver cómo se le escapaban dos melones de la bolsa.

—¡Bah! ¡Yo he llevado a mi suegra en brazos una vez! Esto no pesa nada.

—Eso fue en 1997 y solo eran dos escalones —intervino Pilar.

Al llegar al portal, la madre de Lía se adelantó con las llaves, agradecida de poder subir a casa y quitarse los zapatos.

—Yo voy directa al sofá. Me he ganado una siesta con honor —dijo, ya sacando del bolso un cojín inflable de viaje que usaba como reposacabezas casero.

Una vez dentro, todos se dispersaron como si acabaran de llegar de una caminata por el desierto. Lía dejó las bolsas en la encimera de la cocina y suspiró.

—Menuda mañana. Me duele hasta el alma.

—¿Tú crees que si metemos a tu madre en una aplicación de reformas nos hacen descuento? —bromeó Adrián, mientras se desabrochaba el pantalón.

—¡Como se lo digas te arrea con la alpargata! —rio Lía.

La tarde fue un remanso de paz y cotidianidad. Cada uno a su bola. Adrián se tumbó en el sofá con el mando de la tele, Lía hojeaba una revista absurda donde anunciaban vibradores con forma de unicornio, y la madre dormía profundamente con la boca abierta, roncando como un osito asmático.

En un momento, Adrián comentó:

—¿Tú crees que, si nos portamos bien, tu madre se duerme temprano y podemos… ya sabes?

Lía lo miró con ternura y resignación.

—Si nos portamos bien… igual podemos darnos la mano en la cocina sin sentir culpa.

—Qué tiempos aquellos —suspiró él—. Cuando lo más difícil era encontrar el lubricante, no esconder los gemidos.

—Ahora lo más difícil es encontrar intimidad entre lavadoras, suegras y jamones del mercadillo.

Ambos se miraron con esa complicidad que da el amor cuando no hay sexo, pero sí toneladas de cariño y una pizca de desesperación. Se rieron bajito, se dieron un beso casto en la frente y se prometieron secretamente que esa noche, si todo iba bien… quizá podrían darse un revolcón mudo entre sábanas limpias y toallas en proceso de secado.





Hora de cenar.


—¡Ya está la tortilla! —cantó Lía desde la cocina, levantando la sartén como si hubiese horneado una Mona Lisa con patatas.

—¿Con cebolla? —preguntó su madre, desde el comedor.

—¡Con mucha! —respondió Adrián, asomando la cabeza como un niño que ha hecho travesura.

—Eso no es tortilla, eso es herejía —gruñó la señora, con esa mezcla de cariño y tradición ancestral que sólo una madre española puede tener hacia la tortilla sin cebolla.

Se sentaron los tres a la mesa. Lía sirvió la tortilla como si fuera una joya arqueológica, Adrián abrió una cerveza y la madre, digna y callada, empezó a partir pan.

—He visto en la tele una receta de tortilla con brócoli —comentó ella.

—¡Por Dios, mamá! —protestó Lía—. No digas esas cosas delante de la comida.

—Y con aguacate —añadió la señora, ignorando el drama.

Adrián la miró con terror.

—¡Eso es terrorismo culinario!

—¡Qué exagerados sois los dos! —respondió la madre, llevándose un trozo de la tortilla a la boca con una sonrisa cómplice.

Después de unos minutos de silencio comiendo, la madre se limpió los labios con la servilleta y lanzó su bomba:

—Mañana podríais ayudarme a mirar azulejos para el baño.

Adrián, con la boca llena, se atragantó suavemente.

—Claro, mamá, vamos contigo —dijo Lía, golpeándole la espalda mientras intentaba contener la risa.

—Y luego si nos sobra tiempo, podríamos pasar por la tienda de lámparas, que las bombillas del pasillo me hacen parecer muerta.

—Como si vinieras del más allá —añadió Adrián en voz baja, ganándose una colleja afectuosa de Lía.

Acabaron la cena entre bromas suaves, con la madre contándoles cómo en el bloque una vecina quería abrir un canal de YouTube para enseñar a limpiar cristales sin dejar marcas.

—Eso es más útil que los vídeos de tu Ramón, ¿eh? —dijo ella con picardía.

—¡Eh! Que Ramón tiene un vídeo tutorial enseñando a afeitarse los huevos con espejo y linterna —soltó Adrián.

Lía se rio con la boca llena.

—¡Y con banda sonora de la Pantoja! ¡No te olvides!

Rieron los tres. Incluso la madre, que se sonrojó, no por la palabra “huevos”, sino porque se imaginó a Ramón desnudo con una linterna en el lavabo. Involuntariamente.

Terminaron con yogures y una infusión digestiva. La madre de Lía, como cada noche desde que llegó, fue la primera en retirarse a su habitación.

—Buenas noches, hijos —dijo desde el pasillo—. Y nada de ruiditos, que las paredes son finas.

—¿Quién pudiera…? —murmuró Adrián en voz baja, una vez se cerró la puerta.

Lía le lanzó una servilleta a la cara.

—¡Calla, pervertido! Y friega tú.

La cocina ya estaba recogida, el lavavajillas zumbaba con ese ritmo de fondo que solo suena a hogar, y Lía y Adrián se habían quedado en el sofá, con la luz tenue de la lámpara de pie y una infusión de manzanilla en las manos.

—¿Tú crees que tu madre sospecha algo? —preguntó Adrián en voz baja, como si en vez de su suegra tuvieran a la Interpol en casa.

—¿De qué? —respondió Lía, arqueando una ceja.

—De todo. De nuestra vida... poco ortodoxa —sonrió.

Lía se rio, apoyando la cabeza en su hombro.

—Mamá sospecha de todo. Lleva sospechando desde que un día me vio volver del instituto con los labios brillantes y cara de “no me he comido un Donut”.

—¿Y era un Donut?

—Era Javi, el de segundo. Más dulce que un Donut, menos empalagoso.

Se rieron.

Adrián le rodeó los hombros con el brazo y le besó el pelo.

—Eres muy guapa, lo sabes, ¿no?

—Lo sé. Y tú estás muy salido, ¿eso lo sabes tú?

—Lo sé —dijo él, resignado—. Pero tengo a tu madre durmiendo a cinco metros y a un gato que no existe como única excusa para huir.

Lía se rio otra vez, de esa forma que no hace ruido, pero llena la habitación.

—¿Te imaginas? “No podemos, que el gato nos mira”.

—“Y el gato es muy conservador”, diría tu madre.

Se quedaron en silencio un momento. Él la miró con ternura. Ella le acarició el muslo, sin erotismo, solo por gusto.

—Me encanta tenerte —le dijo ella.

—A mí también me encanta tenerme —respondió él.

Lía le metió un codazo con risa incluida.

—Tonto. A ti. Tenerte a ti.

—Yo te tengo a ti. Y tenemos una suegra. Así que estamos empatados.

—¿Y Robert?

—Robert no cuenta. Robert es un bonus track.

—¿Y Ramón?

—Ramón es el remix del apocalipsis.

Ambos rieron en voz baja. Se abrazaron un poco más fuerte. Un silencio cómodo. Un silencio de pareja real.

—¿Vamos a la cama? —preguntó ella.

—¿A dormir?

—A dormir, Adrián. Mi madre no duerme con tapones.

—Joder. Vale.

Y se fueron, sin prisas, sin dramas, solo dos adultos que se quieren… y que esperan con ansias que les reformen el baño a la suegra lo antes posible.

Jueves por la mañana.

El sol entraba por las rendijas de la persiana como si quisiera despertarlos a codazos. Lía abrió un ojo, luego el otro, y suspiró. A su lado, Adrián roncaba leve, con la boca entreabierta como quien sueña con croquetas.

—Adrián —susurró Lía.

Nada.

—¡Adrián! —más fuerte.

Él pegó un respingo como si lo hubieran electrocutado.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Ha explotado el termo?

—No, solo ha explotado el sol. Es tarde.

—¿Tarde para qué? No tenemos hijos, no tenemos jefe, solo tenemos lavadoras que poner y una suegra que desayuna a las ocho como un reloj suizo.

Lía rio y se levantó con un bostezo. Se puso la bata y fue directa a la cocina. La madre ya estaba ahí, por supuesto. Sentada, con las manos cruzadas sobre la mesa, más recta que una estatua.

—Buenos días, hija.

—Buenos días, mamá. ¿Has dormido bien?

—Como en casa de mi hermana: poco, pero agradecida. ¿Tienes pan integral?

—Sí, claro. ¿Café?

—No, ya me lo hice. A estas alturas ya llevo dos. Una de las cosas buenas de envejecer es que madrugas sin querer.

Mientras tanto, Adrián entró con el pelo revuelto, en calzoncillos, medio dormido.

—Buenos días, señora suegra.

—Buenos días, Adrián. Ponte una camiseta, anda, que no estamos en la playa de Mazarrón.

—Uy, señora, si usted supiera…

—No quiero saberlo.

Lía no podía más de la risa.

El desayuno transcurrió entre risas, pan con tomate, y una conversación absurda sobre si los kiwis se deben comer con o sin piel (la madre de Lía afirmaba que la piel “es buena para el tránsito”, lo que provocó una discusión de 15 minutos y media tostada volando por los aires sin querer).

Después del desayuno, mientras la madre se ponía a leer una revista en el salón, Lía y Adrián recogían la cocina.

—¿Ponemos una lavadora? —dijo ella.

—Solo si luego hacemos el amor contra el tambor, como en las películas francesas.

—Adrián, está mi madre.

—Pues se lo decimos: “mamá, ponte los tapones que vamos a centrifugar la pasión”.

Lía le tiró un trapo de cocina.

—Hazme el favor y carga la lavadora.

—Sí, señora.

Adrián la besó en la mejilla y se puso a separar calzoncillos como quien manipula obras de arte.

En la radio sonaba una rumba vieja. La mañana olía a detergente, tostadas y cariño doméstico. No había sexo, pero había una intimidad tan real como cálida.

La jornada continuó entre risas, pero también con cierta calma, porque, claro, el ritmo no podía ser siempre tan desenfrenado, especialmente cuando se trata de reformas en casa de los padres.

—Pues eso, Adrián, que a tu madre le encantan los azulejos que tienen esas… esas florecitas, ¿te acuerdas? —dijo Lía mientras pasaba un trapo por el suelo de la cocina.

—¡Pero si eso es lo peor! Ni en el 85 se ponían esos azulejos. ¡Esos son los que tiene mi tía Paquita! No vamos a poner eso aquí, ni en broma.

—Que no, que no es para tanto. Es que a mi madre le gustan esas cosas. Son como… tradicionales, sabes, como los muebles de la abuela.

—A mí lo que me gustaría es que tuviera un baño con ducha y no con esa bañera que es un refugio de moho.

La conversación continuaba mientras miraban opciones en internet. Lía había decidido que ya era hora de darle un lavado de cara al baño de su madre, y claro, como su madre se sentía un poco perdida entre tanta elección moderna, decidieron que lo mejor era llevarla directamente a la tienda para escoger azulejos y bombillas, y así también dar el visto bueno a todo lo demás.

Al poco rato, los tres se montaron en el coche. Lía al volante, Adrián en el asiento del copiloto, y mamá, con su cara de seriedad inquebrantable, en los asientos traseros.

—Esto va a ser una excursión corta, ¿eh? No quiero que me quiten el día entero con colores y texturas —dijo la madre de Lía, ajustándose las gafas.

—Mamá, relájate, solo vamos a ver las opciones, no vamos a comprar nada, ¿vale? Solo necesitamos saber lo que te gusta —respondió Lía, mirando por el retrovisor y guiñándole un ojo a Adrián.

—Y los azulejos no se eligen en cinco minutos —comentó Adrián con tono irónico—. Es un proceso profundo. Necesitamos la opinión experta de mamá.

Lía soltó una risa y siguió conduciendo hasta la tienda. Cuando llegaron, se encontraron con un escaparate lleno de azulejos de todos los colores, texturas y formas imaginables.

—Venga, a elegir —dijo Adrián, adelantándose a los dos, como si fuera un experto en la materia.

La madre de Lía frunció el ceño.

—Estos están muy brillantes. No sé si son adecuados para un baño. Quizás me los pondría en el salón.

—Claro, mamá, el baño es solo un salón pequeño con agua, ¿no? —rio Lía—. No te preocupes, vamos a encontrar lo que te guste.

Pasaron varios minutos entre risas y consejos poco prácticos de Adrián, que se tomaba todo como un juego, hasta que finalmente la señora escogió unos azulejos discretos, pero con un toque moderno.

—Y ahora, las bombillas. Esas son muy importantes —dijo Adrián, sin poder contenerse—. Las bombillas pueden cambiar toda la atmósfera de la habitación.

—Adrián, ¿no me digas que sabes de luces también? —Lía lo miró divertida.

—Claro que sé. Las bombillas son la base de todo hogar. Son como el toque final en la obra de arte. A ver, mamá, ¿qué te parecen estas LED que cambian de color? Perfectas para que ilumines el baño como si fuera una discoteca.

La mama de Lía se quedó mirando las bombillas como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.

—No quiero discoteca, gracias. Solo quiero ver bien cuando me lavo la cara.

Lía soltó una risa nerviosa, y Adrián, que había seguido bromeando, se dio cuenta de que ya había llevado la situación a un punto de no retorno.

—Bueno, mamá, al final tú decides, pero esas bombillas LED tienen un montón de opciones que pueden ser útiles para el baño.

Al final, después de varias más bromas y discusiones ligeras sobre texturas y tonos, la mama de Lía aceptó unas bombillas suaves que no parecían un festival de luces y unos azulejos que reflejaban exactamente lo que ella quería.

De vuelta al coche, la madre de Lía parecía satisfecha, aunque sin mucha expresión.

—Bueno, al menos ya está hecho. Gracias por el acompañamiento, chicos. Me hace sentir que aún tengo algo de juventud con estas decisiones.

Adrián, con cara de satisfacción, se recostó en el asiento del copiloto.

—¡Eso, mamá! ¡Estás en la onda total!

La risa entre los tres llenó el coche mientras regresaban a casa.

El ambiente en el coche era relajado, con la mama de Lía sentada en los asientos traseros, aun sonriendo por la experiencia de la tienda de azulejos. Adrián y Lía, con los ojos brillando de complicidad, charlaban animadamente mientras conducían hacia casa.

Al llegar, decidieron que la noche iba a ser tranquila, una especie de "recompensa" después de un día lleno de decisiones de reformas, risas y el inevitable cansancio de la jornada.

—Venga, mamá, ponte cómoda, que vamos a preparar algo fácil para cenar, ¿te parece? —dijo Lía mientras comenzaba a sacar algunos ingredientes del frigorífico.

—Lo que sea está bien —respondió su madre, quitándose los zapatos y poniéndose cómoda en el sofá—. Hoy no tengo ni ganas de pensar en nada, hija.

—Te entiendo, mamá —dijo Lía con tono amable—. Nos vamos a encargar de todo.

Adrián, por su parte, se metió en la cocina y comenzó a sacar utensilios y cocinar lo primero que le vino a la mente, mientras Lía le echaba una mano con las ensaladas. La cocina de la casa era pequeña pero acogedora, y como era habitual, los dos se movían con familiaridad en el espacio, charlando y riendo mientras se organizaban para preparar la cena.

—Creo que necesitamos algo ligero, ¿no? —dijo Adrián mientras cortaba las verduras—. A lo mejor una ensalada y algo de pasta, que no vamos a hacer una gran fiesta hoy.

—Totalmente de acuerdo. Pasta suena perfecto. Yo me encargaré de la ensalada, que seguro que la suegra prefiere algo sano —respondió Lía con una sonrisa mientras comenzaba a cortar los tomates.

La señora, sentada en el sofá, no dejaba de mirar el ritmo frenético con el que los dos se movían por la cocina.

—No sé cómo podéis tener tanta energía —comentó con una risa tímida—. Yo ya estaría hecha polvo después de todo el día.

—Pues mira, mamá, es lo que pasa cuando estás en tu mejor forma. La juventud nunca se pierde, solo se adapta —rio Lía.

A lo largo de la preparación de la cena, las bromas no faltaron. Adrián hizo todo lo posible por añadir algo de humor a la situación, inventando nombres absurdos para los platos.

—Este es el "spaghetti a la diosa de la pasta", con una pizca de humor y un toque de salsa amorosa —bromeó mientras revolvía la pasta.

—¡Ay, por favor, Adrián! Ya no sé si estoy comiendo pasta o un poema de amor —rio Lía, sirviendo la ensalada en el plato.

Finalmente, la mesa estaba puesta y la comida servida. No era nada espectacular, pero se sentía acogedora y sencilla, justo lo que todos necesitaban en ese momento. La señora de Lía se sentó con una sonrisa satisfecha, mientras Adrián y Lía se acomodaban también a la mesa.

—Gracias por la cena, chicos, todo está muy bueno —dijo la señora, probando un poco de pasta.

—De nada, mamá. Es lo mínimo después de todo lo que has pasado hoy eligiendo esos azulejos —respondió Lía, con una sonrisa cómplice.

—Sí, qué aventura la de hoy. Parece que me he metido en el siglo XXI con esos azulejos de última tecnología —respondió la señora, fingiendo seriedad, lo que provocó una risa generalizada.

La conversación fue fluyendo sin prisa. Hablaron de todo un poco: de la reforma, de recuerdos pasados, de anécdotas familiares, y como no, de algunos de los momentos más divertidos de la jornada. La risa y el buen humor siguieron durante toda la cena, incluso cuando llegaron al postre. Aunque sencillo, el ambiente relajado y afectuoso hacía que todo fuera perfecto.

Al terminar, Adrián se levantó para recoger los platos mientras Lía y su madre se quedaban charlando.

—Hoy ha sido un día bastante divertido, ¿verdad? —comentó la señora, mirando a su hija con una sonrisa.

—Sí, mamá. Ha sido perfecto. Aunque, me parece que tenemos que organizarnos mejor la próxima vez, ¿eh? Para que no tengamos tanto caos con los azulejos y las bombillas —rio Lía, mientras empezaba a ayudar con los platos.

La noche transcurrió tranquila y en familia. Los tres se sentaron en el salón para charlar un rato más antes de irse a dormir. La mama de Lía se mostró contenta, aunque un tanto agotada por el ajetreo del día. Y así, entre bromas, risas y un toque de cariño familiar, la jornada terminó.

Al final, la suegra se acomodó en el sofá para descansar mientras Lía y Adrián, exhaustos pero felices, se preparaban para el día siguiente

La casa ya estaba en penumbra. Lía se había metido en la cama con su pijama de algodón de lunares, hojeando el móvil sin demasiado interés. Su madre, instalada provisionalmente en el sofá-cama del salón, dormía plácidamente tapada hasta la nariz. Todo parecía tranquilo en el hogar… hasta que Adrián, recién salido de la ducha, cometió un pequeño desliz logístico.





Había olvidado la toalla. Otra vez.

—¡Mierda! —susurró, mojado, chorreando y completamente desnudo dentro del baño.

Pensó en llamar a Lía, pero no quería despertar a su suegra. Así que tomó la decisión más valiente (o más tonta): salir a hurtadillas a buscar una toalla, pensando que a esas horas nadie estaría despierto.

Abrió la puerta del baño con cuidado… y justo en ese momento, la señora madre de Lía encendió la luz del pasillo para ir a por un vaso de agua.

Se quedaron los dos congelados. Adrián, empapado y en pelotas, con una mano a medio camino entre cubrir el pecho o la entrepierna. Y ella, con el vaso en la mano, los ojos muy abiertos… y una sonrisa que luchaba por no manifestarse demasiado evidente.

—¡Ay, perdón! —dijo él, rojo como un tomate y reculando hacia el baño como un cangrejo—. ¡Se me olvidó la toalla!

—No, no... tranquilo… tranquilo, hijo… No pasa nada —contestó ella con voz temblorosa, y una ceja ligeramente levantada—. Tienes… muy buena salud.

Adrián no supo si aquello era un cumplido, una evaluación médica o un simple desliz verbal.

—Gracias… digo… disculpe… ya me meto… ya está…

Se encerró en el baño a la velocidad de la luz.

Del otro lado de la puerta, la señora suspiró bajito, se sirvió su vaso de agua, y mientras bebía con calma, murmuró con tono casi nostálgico:

—Madre mía… ya no se ven hombres así en los supermercados…

Y se fue a dormir como si nada, con una sonrisilla culpable que nadie pudo ver.

Al rato, Lía, desde la cama, al ver a Adrián entrar al dormitorio aún colorado y envuelto en la alfombra de baño, levantó una ceja divertida.

—¿Te vio mi madre?

—Sí…

—¿Y qué dijo?

—Que tengo buena salud.

Lía soltó una carcajada silenciosa mientras apagaba la luz.

—¡Pues hala! Esta noche duermes con bata de franciscano. Que te tengo que proteger, que mi madre lleva mucho viuda...

Y así terminó la noche, entre vergüenza, risitas cómplices y una bata improvisada.

La casa volvió al silencio, aunque con una nueva capa de incomodidad simpática flotando en el ambiente. Lía se durmió con una sonrisa burlona en los labios. Adrián, en bata cerrada hasta el cuello, con el alma todavía sonrojada. Y la madre de Lía… bueno, ella durmió como un lirón. Plácida. Sosegada. Y quizá con algún recuerdo inesperado revoloteando por la cabeza, como quien ha visto algo que no esperaba… pero que no le disgustó del todo.

Una noche más sin sexo para Adrián y Lía.

Una noche más de comedia involuntaria en esta casa donde nada es completamente normal, pero todo acaba en cariño, risas y alguna que otra situación para el recuerdo.
 
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Kaxondete

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Capítulo 16: “Azulejos y Despedidas”
​
El sol apenas había asomado cuando el olor del café recién hecho comenzó a despertar los sentidos. Lía, aún en pijama de algodón, preparaba tostadas mientras Adrián bajaba arrastrando los pies, rascándose la barriga como si fuese un abuelo jubilado.

—¿Y la mami? —preguntó él, con voz ronca de recién levantado.

—Duchándose, que hoy toca pelo y colonia de domingo, aunque sea viernes —respondió Lía, con media sonrisa y la cafetera en la mano.

Justo en ese momento, sonó el móvil de Lía. Número desconocido. Lo cogió con el ceño fruncido.

—¿Sí?... ¿Ah! ¡Hombre, Paco! ¿Qué tal va eso?... ¿Que ya habéis terminado? ¿En serio?... ¿Que hoy se puede usar el baño ya? ¡Pues vaya rapidez, oye!... No no, perfecto, ¡mil gracias! Luego vamos a echar un ojo.

Colgó y se giró a Adrián con una mezcla de alivio y pena.

—Ya está. Los albañiles han terminado el baño.

Adrián abrió los ojos como si le hubieran dicho que habían legalizado la siesta obligatoria y el sexo libre los martes.

—¿En serio? ¿Podemos recuperar el polvo perdido?

—¡Adrián!

—Digo… ¡Que me alegro por mi suegrita, por supuesto!

Justo en ese instante, la señora apareció por el pasillo, con el pelo mojado y un camisón planchado con esmero. Se sentó a la mesa con la dignidad de una reina, mientras Adrián disimulaba con el café caliente para no reírse.

—¿Ha dicho algo el señor del baño? —preguntó ella, mientras untaba mantequilla en una tostada.

—Sí, mamá. Está terminado. Hoy mismo podemos ir a ver cómo ha quedado.

La madre de Lía asintió con calma… pero en su mirada brilló algo que Adrián no supo si era alivio… o una pizquita de nostalgia.

—Bueno, pues tendré que empezar a preparar mis cosas —dijo ella con un suspiro—. Aunque se está muy bien aquí, ¿eh?

Lía sonrió y le acarició la mano.

—Y siempre tendrás tu habitación cuando quieras volver, mamá. Pero ahora… toca estrenar váter nuevo.

Adrián alzó la taza como brindando.

—¡Por los váteres reformados y los cuerpos que pronto volverán a chocar!

—¡Adrián!

—¡Digo, por la familia reunida!

Al cabo de una hora, ya estaban los tres caminando hacia el piso de la madre de Lía. Lía llevaba una bolsa con algunas cosas que le había prestado, Adrián iba cargado con un rollo de papel higiénico de ocho unidades (“para estrenar con glamour”, había dicho riéndose), y la señora caminaba tranquila, saludando a los vecinos como si volviera de una larga expedición.

—No te preocupes, mamá, que, si han dejado algo mal, se lo dices a Paco —decía Lía.

—Yo solo quiero que funcione el calentador, hija… y que no haya otra cucaracha en la bañera como la última vez.

Adrián frunció el ceño.

—¿Cucaracha? ¿Y viviste con nosotros tres semanas por eso?

—También porque tu cama de invitados es muy cómoda —respondió ella, con picardía.

Subieron las escaleras y entraron en el piso. La madre suspiró al ver su salón tal y como lo dejó. En el baño, todo estaba brillante: azulejos nuevos, váter reluciente, grifería cromada. Lía abrió el grifo del lavabo y sonrió.

—¡Mira qué presión! Puedes enjuagarte los dientes y exfoliarte la cara a la vez.

Adrián, mientras, tiró de la cadena del inodoro con aire ceremonioso.

—¡Funciona, señora! Y suena como un avión despegando. Esto es calidad.

La madre miró alrededor, orgullosa y contenta.

—Bueno… ya estoy en mi casa de nuevo.

—¿Quieres que te ayudemos a deshacer la maleta? —preguntó Lía.

—No, hija, vosotros ya habéis hecho bastante. Pero sentaos un ratito, al menos, y tomamos un café.

Tomaron ese café en la mesa de la cocina, con galletas María y un ambiente sereno. La madre hablaba de cosas simples: la vecina que cotillea por la mirilla, el señor del segundo que siempre deja la puerta abierta con Canal Sur a todo volumen…

—Yo estoy bien, hija, pero si alguna vez necesitáis que os cuide el piso para ir de vacaciones… —dijo con una sonrisilla.

Lía le agarró la mano.

—Sabes que puedes venir cuando quieras, mamá. Y ojalá nos dure muchos años esa boquita.

Adrián, mientras tanto, seguía mirando el váter nuevo como si fuera una nave espacial. Ya se imaginaba enseñándoselo a Ramón como si fuera su proyecto de fin de carrera.

La despedida fue con besos, risas y promesas de llamada diaria. Bajaron en silencio por la escalera, cogidos de la mano. Ya fuera, Adrián respiró hondo y soltó:

—Me cae bien tu madre, ¿eh?

—Ya lo sé. Y a ella tú también. Aunque te haya visto en pelotas.

—Por eso lo sé. Desde entonces me mira con otra cara. Como diciendo: "No será grande, pero está bien criado."

Lía estalló en carcajadas.

—Venga, anda. Vámonos a casa… que ahora sí que estamos solos.

—¿Solos, solos?

—Solos, solos.

Y así, entre risas, regresaron a casa, con el alivio de volver a su rutina íntima… y con ganas, muchas ganas, de ponerse al día.

De camino a casa, Lía y Adrián iban caminando con un ritmo más suelto. No había prisa, pero sí una energía distinta. Era como si el aire oliera a libertad, a ducha compartida, a sábana recién cambiada y condón sin reloj.

—¿Has notado cómo olía su baño? —comentó Adrián, mientras bordeaban el parque—. Azulejo nuevo, sí… pero ese ambientador de pino... parecía que estábamos cagando en un bosque.

—Cállate, tonto —rio Lía—. Mi madre es feliz con poco. Tú porque eres un sibarita del váter.

—Soy un apasionado de los detalles técnicos. Por ejemplo, he notado que la tapa no hace clac al bajarla. ¡Eso es hidráulico!

Lía se echó a reír tan fuerte que una señora con un carrito del súper los miró mal.

—Eres idiota. Pero te quiero.

—¿Y me deseas? —dijo él, parándose en seco y poniéndose de lado como si posara en un calendario benéfico.

—Hoy sí. Hoy me pones. Y tengo ganas de ti desde que te vi montando el mueble ese en camiseta de tirantes, como obrero porno de barrio pobre.

Adrián levantó una ceja.

—¿Pobre por lo de la herramienta?

—Pobre por la polla pequeña, sí —dijo ella, divertida—. Pero eficaz, como siempre digo. Y sin protestar.

Él le dio una palmada en el culo con disimulo y continuaron el paseo, ya más pegados.

—¿Y qué quieres esta noche? ¿Baño juntos? ¿Aceite? ¿Película erótica de los noventa?

—Quiero que me hagas el amor despacio —respondió ella, mirándolo con ternura—. Y luego ya veremos si acabamos follando como cabras.

Adrián se rio.

—Sabes que cuando dices “hacer el amor” me entra una ternura absurda. Es como si me sacaras del porno y me metieras en un videoclip de Alejandro Sanz.

—Pues prepárate, porque esta noche vas a cantar tú… pero de gusto.

Subieron a casa con esa tensión suave que se da solo en las parejas que se conocen de memoria y aún así se siguen descubriendo.

Lía se quitó las zapatillas nada más entrar.

—¿Ducha juntos?

—Sí. Pero primero una copa. Quiero brindar por nosotros.

—Y por tu madre, que sin saberlo nos ha dado uno de los mayores regalos: privacidad.

—¡Amén! —gritó Adrián, levantando la botella de vino que había guardado para “ocasiones especiales”.

—Esta lo es, cariño —dijo Lía—. Esta noche lo es.

El vapor llenaba el pequeño baño mientras el agua caliente caía en cascada sobre sus cuerpos. Lía apoyaba la frente en el pecho de Adrián, y él le acariciaba la espalda con movimientos lentos, como si quisiera memorizar cada curva mojada otra vez.

—Te echaba de menos —susurró ella, con la voz suave por el calor y la emoción.

—Yo también —contestó él, besándole el pelo—. Pero rápido, que tenemos que tender la colada y poner la aspiradora.

Ella se rio, sin despegarse.

—¿En serio me vas a hablar de aspiradoras mientras me estás tocando el culo?

—Es que me distrae —dijo él, pellizcando con humor uno de sus cachetes—. Y me da morbo. Estoy entre el porno y la logística doméstica.

—Pues vamos a hacerlo como se hace en las casas donde hay lavadora y poco tiempo: contra la pared, sin dramas, pero con cariño.

Y así lo hicieron. Rápido, pero tierno. Con besos húmedos, con las manos que sabían dónde tocar y las risas que surgían entre jadeos. No fue una película, pero fue perfecto.

Se abrazaron un momento más bajo el chorro, en silencio, sabiendo que el amor, a veces, también es eso: un rapidito feliz antes de tender la ropa.

—¿Y ahora? —preguntó él, ya con la toalla enrollada.

—Ahora, planchar. Pero con una sonrisa.

Ya secos y vestidos —con ropa cómoda pero algo arrugada— Lía y Adrián se miraron en la cocina con ese gesto de "¿qué comemos hoy?". Él abrió la nevera como quien consulta un oráculo.

—Tenemos huevos, dos filetes, media cebolla... y un limón mustio que parece haber visto la guerra —informó Adrián.

Lía apareció por detrás, en chanclas y camiseta, con el moño aún húmedo.

—¿Y si hacemos los filetes encebollados?

—¿Con media cebolla? Eso da para una lágrima de sabor.

—Pues lloramos juntos, que siempre une.

Entre risas, se pusieron manos a la obra. Adrián cortaba la cebolla con gafas de sol "para no llorar como un poeta" y Lía, con cucharón en mano, improvisaba una coreografía al ritmo de la radio.

—¡Ponle sal, chef! —gritó ella, girando como bailarina de fogones.

—¡Sal y pasión, señora! —respondió él, tirando sal al estilo "Salt Bae", aunque más torpe y dejando parte en el suelo.

A los veinte minutos, la cocina olía a gloria. Lía puso la mesa en el comedor mientras él terminaba la sartén.

—¿Y de postre? —preguntó ella mientras se sentaban.

—Una siesta larga. Bueno, tú, que yo tengo que barrer el balcón lleno de hojas.

—¿Barrerte el balcón no es una metáfora sexual?

—Ojalá —dijo él, riéndose—. Pero no, esta vez es literal.

Comieron tranquilos, entre comentarios sobre la madre de Lía, los albañiles que habían terminado el baño y las bombillas nuevas que aún no habían puesto. Cotidianidad pura, sí, pero con cariño, humor y ese amor que se cocina a fuego lento... como los filetes encebollados.

Con los platos ya apilados en el fregadero y la comida asentada, Lía y Adrián seguían sentados en la mesa del comedor. El sol de la tarde se colaba por la ventana, dándoles un calorcito suave, de esos que invitan a la siesta... o a otras cosas.

—¿Sabes qué es lo mejor de que mi madre se haya ido? —preguntó Lía, cruzando las piernas lentamente, con picardía.

Adrián, medio tumbado en la silla, con panza hinchada por la comida y camiseta levantada, respondió sin pensar:

—¿Que ya podemos tirarnos pedos sin que nadie disimule?

—No, cochino… ¡Que puedo tocarte la polla sin tener que esconder la mano bajo la mesa! —soltó, metiéndole justo la mano por el pantalón de estar por casa.

—¡Hombre, por fin se recupera el contacto visual y testicular en esta casa! —dijo Adrián mientras echaba el culo hacia delante, dándole mejor ángulo.

Lía se rio con esa carcajada escandalosa suya, la de cuando realmente disfruta. Le acariciaba los huevos con tranquilidad, como quien revuelve canicas por puro gusto.

—Tienes el rabo blandito y calentito... Me da ternura. Como un cachorro triste —susurró.

—No me compares con un cachorro, que ahora si se me empina parezco un dálmata desnutrido.

—Desnutrido pero goloso —respondió ella, bajándole un poco más el pantalón para dejarle la polla al aire, así como quien saca un caramelo medio derretido del envoltorio.

Él, en respuesta, deslizó la mano entre sus muslos hasta encontrarle la almejita sin bragas, suave, húmeda y resbalosa. Lía cerró un ojo de gusto.

—Ya estamos otra vez empezando la sobremesa a dos manos... —bromeó él.

—¿Te parece mal?

—¿Mal? ¡Esto es la auténtica dieta mediterránea!

Se manosearon mutuamente con gusto y calma, sin prisa, mientras en la tele de fondo sonaba una reposición de “Saber y Ganar”, que ninguno atendía. Lía incluso le empezó a pajear con mimo, usando saliva, mientras él le abría las piernas y le masajeaba el clítoris con dos dedos en círculos.

—¿Sabes qué me pone mucho? —dijo ella, con cara de pillina.

—¿Dime?

—Que te corras en mis tetas mientras sigo viendo la tele como si no pasara nada.

—Joder… eres una santa obscena.

—Y tú mi pecador doméstico.

No se lo pensaron mucho. Adrián se levantó y le sacó la polla ya dura, apuntándole las tetas gorditas. Lía se bajó un poco el escote, le sacó una teta con pezón moreno y la rodeó con ambas manos. Él se la pajeó con movimientos intensos mientras ella lo miraba desde abajo, lengua fuera, pecho apretado y ojos de ramera tranquila.

—Venga, correte ya, mi amor. Échame ese yogur casero —le dijo, entre risas.

Adrián acabó con un gemido contenido y se le escurrió la corrida caliente por las tetas como una salsa espesa, mientras ella soltaba un:

—¡Y con esto sí que no hace falta postre!

Lía se pasó un dedo por la teta, recogiendo un hilo espeso de semen, y se lo metió en la boca con gesto travieso, como si estuviera probando una mermelada nueva.

—Mmm... Me encanta cuando me echas esto encima, parece que me das vitaminas —bromeó.

Adrián seguía con la polla fuera, todavía húmeda y medio empalmada, colgando entre sus piernas como un superviviente tembloroso.

—¿Sabes lo que creo? —dijo ella, poniéndose de rodillas frente a él, sin recoger ni una servilleta.

—¿Qué?

—Que no me has vaciado del todo. —Y sin decir más, le agarró la polla con decisión y se la metió en la boca.

Adrián se quedó sin palabras, solo le salió un suspiro largo que parecía sacado del fondo de los pulmones. Lía se la comía con ganas, lenta al principio, dejando que la lengua le recorriera el tronco como si fuera una piruleta de heladería vieja.

—Mmm... qué gusto me da esto ahora que no está mi madre en el sofá de al lado —dijo ella, con la polla aún en la boca, haciendo que sonara un chasquido húmedo al soltarla un segundo.

—Y a mí… —respondió él, acariciándole el pelo mientras se acomodaba mejor en la silla, abriendo las piernas como si esperara el postre en bandeja.

Lía se la mamaba cada vez más profundo, con ruido, como si se la bebiera. A ratos lo miraba con los ojos brillantes y descarados, con esa mezcla entre ternura de mujer gorda enamorada y zorrería de hembra hambrienta. La saliva le chorreaba por la comisura y le bajaba hasta las tetas aún sucias de corrida anterior.

Adrián estaba ya al límite. Le agarró la cabeza con cuidado, sin forzar, guiándola a su ritmo, mientras notaba la lengua húmeda resbalándole por la punta y la garganta apretándole suave.

—Me voy a correr otra vez… —dijo entre dientes.

Lía no se apartó. Al contrario, se la tragó más hondo y apretó los labios.

Y entonces explotó. Le vino una corrida cálida, corta pero intensa, que ella se tragó entera, sin apartarse ni un segundo. Cuando se lo sacó de la boca, limpió con la lengua los restos del glande y le dio un beso en la punta.

—Ahora sí —dijo—. Ya podemos fregar los platos.

Se levantó, se colocó las tetas aún brillantes de babas y esperma, y se fue al fregadero como si nada, meneando el culo con esa alegría de quien sabe que ha hecho un buen trabajo.

Adrián se quedó sentado un rato más, viendo cómo se movía ella, y pensó que, después de tantos días con la suegra en casa, por fin recuperaban su verdadero hogar: ese donde la sobremesa termina con una mamada en el comedor.

—¡Dime que no es tu madre! —saltó Adrián, poniéndose la mano en la polla como si fuera una granada sin seguro.

—No puede ser, si ya se fue esta mañana —dijo Lía, corriendo al telefonillo mientras se subía las bragas a medias.

—¿Sí? —preguntó por el telefonillo, intentando sonar como una señora decente y no como una zorra tragapollas recién saciada.

—¡Hola, soy Mari Carmen! —sonó la voz desde abajo—. ¡Pasaba por aquí y me dije: mira, voy a ver si están en casa y tomarme un cafelito!

Lía se giró con los ojos abiertos como platos.

—¡Es Mari Carmen! ¡La del camping! ¡La de los juegos nudistas!

Adrián casi se tropezó intentando correr hacia el dormitorio con la polla rebotando entre las piernas.

—¡Tápate, por Dios! ¡Que esa mujer lo ve todo y encima se queda a tomar nota!

Lía le abrió mientras se sacudía el delantal como si eso le diera credibilidad de ama de casa.

Mari Carmen subió como un rayo, y al abrir la puerta apareció con una bolsa de churros y una energía digna de una tormenta tropical.

—¡Hola, guapos! ¿Interrumpo algo?

—¡No, qué va! —mintió Lía, con las bragas torcidas y el sujetador mal abrochado—. Justo acabábamos de fregar.

Mari Carmen se asomó al salón, olfateó el aire y soltó:

—Mmm… aquí huele a algo más que Fairy. ¿Sois de los que friegan en bolas?

Lía y Adrián rieron nerviosos.

—¡Bueno, pues os traigo churros! —dijo Mari Carmen mientras se sentaba en el sofá como si fuera su casa—. Y también quería hablaros de una idea loca que se me ha ocurrido… ¿Y si este finde hacemos una escapadita rural? ¡Pero no porno! ¡Algo tranquilo, que ya he tenido suficiente corrida en el Lago Azul!

Lía miró a Adrián. Adrián se encogió de hombros.

—¿Y si lo hablamos con el café? —propuso Lía, ya resignada.

Mari Carmen sacó una servilleta con manchas de aceite y apuntes garabateados.

—Mira, he visto una casita monísima. Solo tiene un problema: la dueña vive al lado y no aguanta los pechos al aire ni en los anuncios de champú. Pero bueno, siempre podemos ser discretos…

—Como la vez del camping, ¿no? —dijo Adrián, irónico.

Mari Carmen soltó una carcajada.

—¡Ay, calla! Que aún tengo arena en sitios donde no me llega el sol desde el 86.

Lía sirvió tres cafés mientras intentaba disimular que aún tenía las bragas al revés y que hacía cinco minutos estaba de rodillas chupándole la polla a su marido. Mari Carmen se removía en el sofá con la bolsa de churros en el regazo como si estuviera a punto de hacer una exposición de PowerPoint.

—A ver, os cuento. Encontré una casita rural en la sierra, baratita. Eso sí, el váter es ecológico de esos que parecen una caja de frutas con serrín.

Adrián tosió atragantado con un churro.

—¿Serrín? ¿Otra vez acampando entre cagadas hippies? No, por favor…

—¡Bah! Se acostumbra uno —soltó Mari Carmen—. Yo estuve tres días en una comuna nudista donde el retrete era un cubo con tapa y un palo para espantar gallinas.

Lía puso cara de espanto.

—¿Y qué hay cerca? ¿Alguna tiendita, algo bonito para ver?

—¡Hay una piedra gigante con forma de polla! —dijo Mari Carmen emocionada—. ¡Se llama “El Bálano Sagrado”! La gente va a hacerse selfies en pelotas.

Lía y Adrián se miraron. Él dio un sorbo al café, ella soltó un suspiro. Mari Carmen seguía a lo suyo, sacando folletos arrugados y capturas de pantalla en el móvil.

—Y si eso no os convence —continuó—, tengo otro sitio: una casa abandonada en medio del bosque que se alquila por noches sueltas. Sin agua, sin luz, pero ¡con misterio! Dicen que la habita el fantasma de una cabaretera llamada Palmira.

—Perfecto, ideal para follar con el espíritu mirándonos —ironizó Lía, tirando un churro mordido al plato.

—¿Y no hay nada más... normal? —preguntó Adrián—. Tipo un apartamentito en la costa con camas, váter y vecinos vivos.

Mari Carmen se cruzó de brazos con cara de indignación.

—¡Ay, qué sosos estáis hoy! ¿Dónde quedaron esos cochinos del camping? ¿Mis medallistas nudistas?

—En la lavadora, con olor a Fairy y suavizante —soltó Lía entre risas.

Mari Carmen se acabó el café de un trago, hizo una mueca y miró el reloj.

—Bueno, me voy antes de que me odiéis. Pero no os libráis, ¿eh? ¡El finde aún puede sorprendernos!

Se levantó, les dio dos besos con olor a churro y colonia barata y salió del piso canturreando algo de Camela por la escalera.

Lía cerró la puerta y apoyó la frente en ella.

—¿Y si huimos del país?

—Yo ni me lavo los huevos hasta que esté segura de que no hay plan —dijo Adrián, y ambos estallaron en carcajadas.

Lía se dejó caer en el sofá con las piernas abiertas y un suspiro que parecía salirle desde el alma.

—Te juro que, si Mari Carmen hubiera insistido un minuto más, me arrancaba el útero con una cucharilla.

Adrián se rio, se sentó a su lado y le acarició la pierna con cariño. Lía todavía llevaba el pantalón de estar por casa mal puesto, sin bragas, y la camiseta le colgaba un poco del hombro, dejando ver un pecho caído y libre.

—Pues mira —dijo él—, si hay un momento ideal para que me la vuelvas a chupar… es ahora.

—¿Ah, sí? —respondió Lía, girando la cabeza con una sonrisilla de lado—. ¿Y si soy yo la que quiere que me comas el coño hasta que me tiemblen las tetas?

—Negociable —dijo Adrián ya poniéndose de rodillas en el suelo—. Pero empieza tú.

—Qué listo eres, cabrón.

Sin prisa, Lía se echó hacia atrás, subió una pierna al respaldo del sofá y se apartó la camiseta. Tenía el coño algo húmedo, aún con restos del calentón interrumpido. Adrián lo miró como quien se encuentra con su plato favorito después de un día de ayuno.

—Estás salada de churros —bromeó, y se inclinó a besarle el monte de Venus.

Lía soltó una risita ronca.

—Si me haces reír no me corro, so bestia.

—Vale, me pongo serio —dijo él… justo antes de soltarle un lametón que la hizo arquearse como una gata.

Adrián no era el mejor en todo, pero sabía exactamente cómo lamerle el clítoris a su mujer. Le gustaba hacerlo como si lo disfrutara más que a cualquier otra cosa. Lía se fue dejando ir, cogiéndole del pelo, jadeando cada vez más bajito.

—Dame un dedo, K… uno solo… ahí…

Él obedeció. Se lo metió con dulzura, curvándolo un poco, mientras seguía lamiendo con ritmo constante. Lía cerró los ojos, apretó el sofá con los dedos y empezó a correrse sin hacer mucho ruido, mordiéndose el labio.

—Joder… joder… para… que te la voy a chupar ahora yo a ti… —dijo medio mareada.

—¿En el sofá?

—No, en el pasillo. Por si vuelve Mari Carmen y nos encuentra justo cuando te la estoy tragando.

—¡Perfecto! Así nos recomienda en Booking.

Ambos rieron, pero Lía ya estaba en cuclillas, agarrando la polla de su marido con una mano y metiéndosela en la boca con gusto. Le gustaba mamarla entera, despacio, con las tetas rozándole los muslos. Él se apoyó en la pared con cara de éxtasis.

—No sé cómo me casé contigo, tía.

—Por guarro.

—Y por lista.

Lía se la sacó de la boca solo para mirarlo con la lengua fuera y los ojos llenos de lujuria.

—Acábate en mis tetas. Ya toca.

Adrián no tardó ni medio minuto más en correrse, salpicándole el pecho con chorros tibios mientras ella reía y se los restregaba con ambas manos.

—Y ahora —dijo Lía con voz ronca—, ducha y siesta. Y que no venga nadie más, por favor.

Lía y Adrián, aún desnudos y medio pringosos de su desahogo, se arrastraron hasta la cama como si acabaran de cruzar el desierto de Almería a pie. Se tiraron encima del colchón boca arriba, sin sábana, con las carnes flácidas y sudadas expandidas al máximo como si fueran medusas derrotadas por el calor.

—Tía, parecemos dos croquetas humanas —dijo Adrián con la polla pegada al muslo como chicle derretido.

—Croquetas rellenas de guarrería —añadió Lía—. No pienso moverme, ni aunque venga la Reina Sofía a pedir azúcar.

—O la Mari Carmen con un tupper de albóndigas sexuales.

—Calla, que me entra la risa y sudo más. —Lía alzó una teta, la miró y dijo—: Esta está viva. Me late. Lo juro.

El ventilador, colocado al pie de la cama, giraba de lado a lado con pereza, como si estuviera en huelga parcial. Cuando el aire les daba en la cara, gemían de gusto. Cuando les daba en las pelotas o los labios, suspiraban como si hubieran encontrado a Dios.

—¿Nos morimos aquí, desnudos y felices? —preguntó Lía.

—Sí, pero deja puesta la alarma del móvil. Que mañana tengo que ir al Mercadona.

—Y yo tengo que afeitarme el coño, que lo tengo como un matorral de la Sierra de Cádiz.

Se quedaron en silencio unos segundos. De fondo se oía la calle, un niño gritando algo de “¡el balón no vale!” y un perro que parecía tener asma.

Lía rodó lentamente y quedó medio tumbada sobre Adrián, su barriga y sus tetas aplastándole una pierna.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Estoy tan cansada… que, si ahora mismo se cayera el techo y me diera en el culo, diría: “vale, pero que no me levante nadie.”

Adrián rio le acarició la espalda sudada con ternura, y dijo:

—Te quiero, croqueta mía.

—Y yo a ti, albóndiga cochina.

Y así, entre soplidos del ventilador, olor a sexo reciente y risas tontas, se quedaron dormidos. No había posturas elegantes, ni erotismo de catálogo. Solo dos cuerpos queriéndose en pleno agosto, con la felicidad sencilla de quien sabe que no hay nada más sexy que dormirse en pelotas con quien te hace reír.

La noche cayó sin prisa, como una manta tibia sobre el barrio. Lía y Adrián se habían levantado de la siesta como zombis con la piel pegajosa, el pelo espachurrado y marcas de sábana en los cachetes. Se ducharon sin mucha ceremonia —ella sentada en la taza del váter mientras él se aclaraba los sobacos— y, aún con el cuerpo blandito, se pusieron a preparar la cena.

—¿Hacemos tortilla francesa y tomate? —sugirió Lía, con una camiseta vieja que decía “No molestar, estoy en modo croqueta”.

—Me parece un menú de estrella Michelin comparado con cómo estamos. —Adrián pelaba un tomate como si le contara sus penas.

Mientras se cocía la tortilla, Adrián sacó el pan del día anterior, que parecía una piedra rústica de exposición. Le dio unos golpecitos contra la encimera.

—Este pan puede matar a alguien si lo lanzas con puntería.

—Guárdalo por si algún día nos asaltan. Lo llamaremos “el ladrillo del amor”.

Sentados en la mesa, comieron con calma, sin prisa, como quien está en un retiro espiritual de comida sencilla y miradas largas. Lía mojó pan en el tomate con aceite y soltó un suspiro largo.

—Oye... ¿y si nos jubilamos ya?

—A los 40 y poco, claro. Viviremos del aire, de los cupones de descuento y de los vídeos guarros que no subimos nunca pero que algún día venderemos.

—Perfecto. Plan de vida.

Se les notaba el cariño hasta en cómo se pasaban la sal. Había ternura, complicidad... y gases. Porque en mitad de la sobremesa, Lía se levantó a por yogures y soltó uno de esos pedos tímidos que suenan como si un globo se desinflara con dignidad.

—Ups. —Se rio—. Es que esta croqueta lleva relleno.

—Me estás dando hambre otra vez.

—Adrián, ¡cochino!

—Tú me enseñaste.

Y así, entre cucharadas de yogur, promesas de no hacer nada productivo y un sofá que ya los llamaba con voz de terciopelo, fueron cerrando el día.

—Mañana… no hacemos plan —dijo Lía, ya tumbada.

—Plan número uno: no hacer plan. Me gusta.

—Y plan número dos: repetir el plan número uno.

Se dieron un beso largo, de esos que no saben a sexo, ni a deseo, sino a costumbre buena. A casa compartida. A vida vivida sin prisa.

Y se fueron a dormir. Otra noche más. Otro capítulo de su historia, donde lo cotidiano siempre huele un poco a tomate con aceite, a piel pegada… y a amor con pedos.

Esa noche, después de la cena, bajo la sábana arrugada de su cama familiar, Lía y Adrián no tenían prisa.

No había ropa entre ellos. Solo sus cuerpos cálidos, la luz tenue de la mesilla y el murmullo lejano del barrio que ya dormía. Lía, con su barriga suave y sus pechos medianos que caían como racimos maduros, se apoyó sobre el costado de Adrián y le acarició el pecho con una lentitud casi ritual.

—Hoy estás especialmente guapo —susurró, con la voz pastosa del vino y del cariño.

—Será por el tomate —respondió él, acariciándole la espalda desnuda, bajando con lentitud hasta las nalgas generosas, que amasó como si tocara pan.

Se besaron sin apuro, sin urgencia. Labios húmedos, lenguas que se reconocían. Lía se subió a horcajadas sobre él, dejándose mirar sin vergüenza, con esa mezcla de poder y ternura que solo una mujer segura puede ofrecer. Adrián la miró embobado mientras su polla, pequeña pero firme, se apoyaba contra la raja húmeda y abierta de su mujer.

—Hazme el amor —dijo ella, bajando lentamente, guiando con la mano su entrada. Gimió despacio al notarlo dentro, mientras él le agarraba las caderas con devoción.

El vaivén fue lento, íntimo. Ella se inclinó hacia adelante y pegó su pecho al de él, dejando que sus pezones le rozaran la piel. Se besaban en la boca, en el cuello, en los hombros, mientras sus cuerpos se acoplaban con esa suavidad que da el conocimiento mutuo.

—Me encanta cuando te tomas tu tiempo —murmuró Adrián, rozando con su dedo el clítoris de Lía, que se estremeció.

—Es que me haces sentir amada, joder —respondió, mordiéndole el lóbulo de la oreja, cabalgando despacito, con un ritmo que se volvía cada vez más húmedo, más carnoso.

Ella se movía como en trance, con las mejillas enrojecidas y los ojos entrecerrados. No buscaban correrse rápido. Querían fundirse, quedarse ahí, uno dentro del otro, con las manos enlazadas, con las piernas entrelazadas, con el alma pegada a la piel.

Adrián, entre jadeos, se incorporó un poco y la abrazó contra sí mientras embestía desde abajo con ternura, buscando su gozo más que el propio.

—Ven conmigo… —le dijo con la voz ronca, sintiendo que ella se tensaba, que su coño se le apretaba como si lo abrazara desde dentro.

Lía gimió bajito, contra su cuello, y se corrió en silencio, con la cara empapada en lágrimas dulces y una sonrisa boba.

Él no tardó en seguirla, descargando dentro con un gemido apagado y temblando como si acabara de tocar el cielo con ella.

Permanecieron abrazados mucho rato. Sin moverse. Con el semen mezclado escurriendo lentamente entre sus muslos y las respiraciones acompasadas como una canción.

—Te amo tanto —dijo Lía, acurrucada sobre su pecho.

—Y yo a ti, croqueta mía.

La risa floja y el último beso cerraron la noche. Y el amor.

La luna ya estaba alta, los platos fregados, los cuerpos sudados y las sábanas… bueno, esas habría que cambiarlas. Pero no esa noche. Esa noche se quedaban tal cual: con aroma a pasión y a promesas cumplidas.

Lía dormía desnuda, con un muslo encima de Adrián y la boca entreabierta. Adrián, satisfecho, se prometió madrugar al día siguiente para lavar las sábanas antes de que su suegra volviera a hacer una visita sorpresa.

Todo estaba en silencio… salvo el ventilador que hacía clac clac clac cada vez que giraba a la izquierda.

Y en medio de esa paz doméstica, con la barriga llena, el coño contento y la polla en reposo, los dos soñaban con nuevas travesuras. Pero por hoy, misión cumplida.

El amor, ese que no necesita fuegos artificiales, pero sí un buen polvo y una risa tonta antes de dormir.
 
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Kaxondete

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Capítulo 17: “Despertar con leche, pero no de vaca”
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El sol apenas asomaba entre las persianas cuando Lía, aún medio dormida, se revolvió entre las sábanas y notó la erección matutina de Adrián, bien apuntando a su culo como un soldado raso esperando órdenes.

—¿Otra vez con eso tieso? —murmuró con voz ronca, medio bostezando y medio riéndose.

—No es culpa mía, es la hormona del alba —susurró Adrián, acariciándole el culo con una mano.

Lía, sin decir más, se giró con lentitud y se lo metió en la boca con ese gesto de “ni café necesito”. Empezaba el día como Dios manda, con mamada larga y sin compromiso.

Adrián no tardó en agarrarle el pelo con dulzura, mientras ella alternaba lengüetazos con pequeños golpecitos de garganta. Él soltaba gemidos ahogados, intentando no gritar “buenos días” por todo el edificio.

—¿Quieres desayuno completo o sólo el aperitivo? —dijo ella con la polla aún en la boca, sacándola solo para provocar.

—Te voy a empotrar en la encimera antes de las tostadas, ya verás —contestó él, ya a punto de estallar.

Y así, entre risas, gemidos y una corrida mañanera bien repartida en la lengua de Lía, empezaba el nuevo día. El despertador ni hacía falta. Ya estaban despiertos... y con las hormonas bien calientes.

La mañana había empezado como un juego, pero ahora los cuerpos de Lía y Adrián ardían. Apenas se había cerrado la puerta del dormitorio, ya se besaban con hambre. Él la acorraló contra la pared, deslizándole las manos por el cuerpo desnudo mientras ella jadeaba, encantada con el ansia que despertaba en su marido.

Lía se mordió el labio al sentir cómo la pequeña polla de Adrián se le clavaba entre los muslos, dura y vibrante. Lo empujó con una risa ronca hasta que cayó de espaldas en la cama, y se subió encima con esa seguridad guarra que tanto lo volvía loco.

—Hoy me toca a mí jugar contigo —dijo, bajándose despacio por su pecho hasta meterse su polla en la boca, mirándolo desde abajo con esos ojos de vicio que lo dejaban sin aire.

Adrián gimió, sujetándole el pelo con ternura mientras ella lo saboreaba sin prisa, con una lengua lenta y experta, disfrutando de cada reacción de su hombre. Cuando lo dejó al borde del orgasmo, se incorporó, se sentó sobre él y lo guió dentro de su coño empapado, sus tetas cayendo con naturalidad mientras cabalgaba con ganas.

—Me has tenido muchos días sin esto, cabrón —le gruñó, moviéndose sin piedad.

—Y te has puesto aún más guarra, joder…

Los cuerpos chocaban, los jadeos llenaban la habitación. Lía lo miraba con una mezcla de amor y lujuria pura, y Adrián no podía dejar de tocarla, de decirle lo preciosa y obscenamente deseable que estaba.

El orgasmo llegó como una ola, envolviéndolos a los dos en una explosión sucia y preciosa, de esas que dejan temblando y con una sonrisa tonta.

El vapor comenzaba a empañar el espejo mientras Lía abría el grifo de la ducha. El agua caliente salía con fuerza, llenando el baño de un murmullo constante que casi tapaba los pasos de Adrián al entrar detrás de ella, desnudo, con una sonrisa torcida y los ojos clavados en su culo.

—¿Te creías que ibas a ducharte sola, guarra? —murmuró acercándose por detrás, pegando su cuerpo al de ella, sintiendo el calor y la humedad de su piel bajo sus manos.

Lía rio con un ronquido bajo y lo dejó hacer. Las manos de Adrián se deslizaron con jabón por sus pechos, acariciándolos con descaro mientras la besaba en el cuello, mojado, caliente. Sus pezones duros bajo sus dedos, su respiración acelerada, su coño que ya latía otra vez entre las piernas.

Ella se giró despacio, quedando frente a él, con el agua cayéndoles encima como una cortina ardiente. Se arrodilló sin decir nada, y con esa mirada suya entre tierna y viciosa, se metió la polla de Adrián en la boca.

La lluvia caliente caía sobre sus hombros mientras lo mamaba con ganas, sujetándolo del culo, sintiendo cómo su cuerpo temblaba. Adrián gimió, le acarició la cabeza con cariño, jadeando su nombre, perdido entre el placer y la imagen sucia y preciosa de su mujer devorándolo bajo el agua.

Cuando ella se incorporó, con una sonrisa traviesa y los labios brillantes, él la abrazó y la empotró contra la pared de gresite. Levantó una pierna de Lía, que se agarró fuerte a sus hombros, y la penetró de una embestida firme, mojados, jadeando los dos, entre chorros calientes y el olor a jabón y sexo.

—Me encanta follarte bajo el agua, joder… estás tan guarra, tan preciosa…

Lía no podía responder, solo gemir contra su cuello mientras él la llenaba, chocando contra ella con fuerza, con deseo, con amor. El clímax les estalló otra vez entre los dos, brutal, húmedo, salvaje.

Se quedaron abrazados bajo el chorro un rato largo, besándose con ternura, riéndose, sabiendo que en ese baño —como en la vida— la pasión y el cariño iban siempre de la mano.

Salieron del baño envueltos en toallas y en risas. Lía, con el pelo mojado cayéndole por los hombros, se secaba mientras caminaba descalza por el pasillo, y Adrián la seguía con cara de tonto feliz, todavía con la piel enrojecida por el agua caliente y el sexo.

—¿Tú sabes el hambre que me ha entrado después de tanto meneo? —dijo ella abriendo la nevera—. Me da igual si es desayuno, almuerzo o merienda. Pero que haya queso.

—Lo que tú digas, señora ninfómana. Pero que sepas que ya me has dejado sin fuerzas para el resto del día… —contestó él, frotándose la toalla en la cabeza.

—Mentira —soltó ella con una risa—. Si te aprieto un poco mientras friego, se te pone otra vez dura.

Mientras preparaban algo rápido —una tortilla, unas tostadas, un poco de fruta— se movían por la cocina como una coreografía improvisada de dos que se conocen de memoria. Se daban toques, se pellizcaban el culo, se robaban besos entre cucharón y sartén.

—¿Y si después nos echamos la siesta, pero sin follar? —propuso Lía mientras se sentaban a la mesa con los platos humeantes.

Adrián levantó una ceja.

—¿Eso existe?

—Es un concepto nuevo. Muy avanzado. A ti igual te cuesta…

Rieron a carcajadas mientras brindaban con zumo como si fuese champán, saboreando no solo la comida, sino ese momento sin prisa, sin ropa, sin más preocupaciones que disfrutar el día.

Después de recoger los platos, Lía estiró los brazos con pereza exagerada y soltó un bostezo digno de un oso recién despertado de la hibernación.

—Ya está. Ha llegado la hora de la siesta. Pero de verdad, ¿eh? Nada de meter mano, nada de “solo la puntita”, nada de “ay, que sin querer me he resbalado”. Siesta.

—Sí, señora —dijo Adrián haciendo el saludo militar mientras la seguía hasta el dormitorio.

Se metieron bajo las sábanas sin ropa, como de costumbre. Lía se arrebujó contra él, con las tetas aplastadas contra su costado y una pierna sobre su cadera. Cerraron los ojos. Todo parecía ir bien… hasta que Lía, medio dormida, murmuró:

—Mmm… qué bien huele eso…

—¿El qué?

—Tu sobaco.

Adrián estalló en carcajadas, lo que provocó que Lía también empezara a reír, y en cuestión de segundos ya estaban los dos llorando de risa como adolescentes tontos.

—¡Deja de moverte que me haces pis! —gritó ella entre carcajadas, con la cara enterrada en la almohada.

—¡Tú empezaste con lo del sobaco gourmet!

Intentaron calmarse y retomar la siesta, pero a los dos minutos, Lía soltó un pedo sonoro debajo de las sábanas. Silencio. Se miraron. Y los dos rompieron a reír otra vez, como si fueran críos.

—Vale, la siesta ha muerto —declaró Adrián.

—Pero nos ha quedado un sketch buenísimo —añadió ella, abrazándolo de nuevo.

Se quedaron acurrucados, respirando ya más tranquilos, entre susurros y alguna que otra carcajada residual. Sin sexo, pero con una ternura desbordante que no necesitaba más.

La siesta, entre risas, abrazos y algún que otro ruido traicionero bajo las sábanas, no fue muy reparadora. A eso de las cinco y media, Lía abrió un ojo como si fuera un gato saliendo del letargo.

—¿Tú crees que si merendamos algo ya podemos justificar no hacer nada más en todo el día?

Adrián se rascó la barriga y asintió con la solemnidad de un sabio griego.

—La merienda es el punto de inflexión entre la productividad y el abandono total. Yo digo que sí.

Bajaron a la cocina sin prisas. Lía puso agua a calentar y preparó unas tostadas con mantequilla y mermelada, mientras Adrián hurgaba en el armario como si esperara que mágicamente apareciera una tableta de chocolate que nunca habían comprado.

—¿Y si hacemos torrijas? —preguntó él, con esa chispa de ilusión que solo los antojos provocan.

—¿Torrijas? ¡Pero si estamos en agosto, alma de cántaro!

—¿Y qué? El deseo por una torrija no tiene estación.

—Lo que tú tienes es un antojo de abuela —soltó Lía entre risas—. Vamos a merendar normal y luego vemos una peli, ¿vale?

Acabaron en el sofá, cada uno con su taza de té y su tostada, viendo una película que habían empezado tres veces en distintos meses y que nunca terminaban porque siempre se liaban hablando.

—Mira, esa actriz me recuerda a tu prima Mari Ángeles.

—¿La de la pierna biónica?

—Esa. Pero con más chicha.

Y entre comentarios absurdos, risitas compartidas y algún bostezo tímido, la tarde fue cayendo plácidamente.

Lía apoyó la cabeza en el hombro de Adrián, y él le acarició el brazo con esos dedos que ya conocían de memoria cada curva de su piel.

—No estamos tan mal, ¿eh? —murmuró ella.

—Estamos mejor que muchos. Sobre todo, porque tú haces las tostadas justo como me gustan.

—¡Ay, qué profundo! —dijo ella con sorna, dándole un codazo suave.

—Es lo que hay. El amor empieza con una buena tostada.

Estaban a punto de elegir otra peli cuando sonó el timbre.

—¿Esperas algo? —preguntó Adrián, sin moverse del sofá.

—Ni idea. A lo mejor es el cargador que pediste… —respondió Lía, ya de pie, acomodándose un poco la bata azul de algodón, vieja conocida de muchas mañanas y alguna que otra noche sin ropa interior.

Abrió la puerta sin demasiadas precauciones. La bata estaba suelta, y con el calor que hacía, no llevaba ni sujetador ni bragas. Lo que no se esperaba era que al otro lado hubiera un chaval joven, delgado, con gorra de Amazon y expresión de no saber dónde mirar.

—Ehh… buenas… un paquete para… Lía. —El repartidor alzó el cartón como quien sostiene un escudo.

Lía, tan tranquila, sonrió y alargó la mano.

—Gracias, guapo. ¿Hay que firmar o algo?

—No, no, ya está. Todo… digital. —El pobre muchacho miraba al cielo, al suelo, a cualquier parte menos a ese claro escote que dejaba poco a la imaginación, y mucho menos a la parte baja donde la bata apenas le cubría la entrepierna si se movía un poco más.

—Bueno, pues gracias, cariño. Qué calor hace, ¿eh?

—Sí… sí, señora… digo, Lía… hasta luego…

Cerró la puerta justo cuando el repartidor ya bajaba las escaleras como alma que lleva el diablo, intentando disimular una erección incipiente.

Lía se giró con la caja en las manos y una risa contenida en los labios.

—¡Adrián! ¡Me acaba de ver el chichi el de Amazon!

—¿Y no se desmayó? —dijo él, sin inmutarse.

—¡Se le pusieron los ojos como platos! —soltó ella, riéndose—. No llevaba bragas, y con esta bata…

Adrián la abrazó por detrás y le susurró:

—Vas a provocar un escándalo en el barrio como sigas así. Eres mi repartidora favorita.

Lía dejó la caja sobre la mesa del salón mientras Adrián se acercaba con cara de intriga.

—A ver… ¿tú has pedido algo últimamente? —preguntó ella, empezando a romper la cinta adhesiva con una cuchara, que era lo primero que encontró.

—No que yo recuerde… A lo mejor lo pedimos una noche de vino y calentura y se nos olvidó. —Adrián se rascó la barba. El tono ya era entre divertido y desconfiado.

La caja se abrió con un pequeño crujido y dentro, entre un montón de papel de embalar, apareció una bolsa negra con cierre zip. Lía la alzó con las cejas arqueadas y la abrió.

—¡Madre mía…!

De dentro sacó uno a uno los “misteriosos” contenidos:
— Un plug anal con forma de colita de zorro, suave y mullida.
— Un arnés negro con correas ajustables y un dildo curvado.
— Un pequeño vibrador en forma de bala, discreto, pero potente.
— Y una nota escrita a mano: “Para que el finde sin suegra sea inolvidable. ¡Disfrutadlo, cochinos!” —sin firma, pero el estilo de letra y la frase eran claramente de Ramón.

Adrián soltó una carcajada.

—¡El muy cabrón! ¿Cómo ha conseguido nuestra dirección de Amazon?

—No lo sé… pero te juro que ahora mismo me apetece más estrenar esto que cenar.

—¡Y aún quedan restos del bizcocho de tu madre en la cocina! —dijo él, levantando el plug como quien alza un trofeo olímpico—. Hoy toca cena ligera y postre con colita.

Lía se le subió encima sin más, aún con la bata medio abierta.

—Te lo advierto: si me muero un día, quiero que pongas esto en mi tumba… “Vivió, amó y probó todos los modos posibles de meterse un zorro por el culo”.

Los dos estallaron en risas.

—¿Qué hacemos primero, el plug o el arnés? —preguntó ella, con mirada traviesa.

—¿Y si los combinamos? Ya sabes, experiencia multisensorial...

Lía se acercó con paso lento y juguetón, completamente desnuda, con la caja abierta en una mano y el plug brillante en la otra. La sonrisa traviesa en su cara lo decía todo. Adrián, tumbado en el sofá con la polla dura como un mástil, la miraba con esa mezcla de adoración y lujuria que siempre le despertaba verla así: natural, suelta, sin pudores.

—¿Te apetece que juguemos un poquito, mi amor? —dijo Lía, lamiendo con descaro la punta del plug, como si estuviera calentándolo.

—¿Tú qué crees? —respondió él, llevándose una mano a la base de la polla, acariciándola mientras ella se subía a horcajadas sobre su pecho.

Lía, sin decir más, le ofreció el plug y se dio la vuelta, poniéndose de espaldas a él, agachada y abierta, con el culo bien expuesto, moviéndolo con picardía.

—Ponlo tú. Quiero que seas tú quien me lo meta...

Adrián escupió en sus dedos, lubricó bien el plug, y con una mano firme pero cariñosa le fue separando las nalgas mientras ella se sostenía sobre las rodillas, respirando más fuerte.

—Tranquila, gorda… ya entra… —murmuró él, mientras con movimientos suaves iba empujando el juguete dentro del culo de Lía.

—Ahhh… sí… así… mételo del todo… —gemía ella, arqueando la espalda, mientras su coño ya brillaba de lo mojada que estaba.

Una vez lo tuvo dentro, Lía se giró despacio, todavía con el plug vibrando suavemente en su interior, y se volvió a montar sobre Adrián, esta vez dejando que la polla de él le rozara los labios de la vulva.

—Ahora sí… —susurró— quiero follarte lento… como solo tú sabes…

Se sentó poco a poco, sintiendo cómo la polla pequeña de Adrián se le metía por completo, y empezó a moverse, suave, ondulando las caderas. El plug dentro le sumaba una sensación intensa, y cada gemido que soltaba era más ronco y más desesperado.

—Dios… Adrián… así… no pares…

Él le agarraba los pechos caídos, se los chupaba, le mordía los pezones, mientras ella cabalgaba con un ritmo cada vez más guarro. Estaban envueltos en su mundo, con el salón oliendo a sexo y complicidad.

La escena se volvía cada vez más salvaje, y el final se acercaba... pero justo en ese momento…

Lía seguía cabalgando a Adrián con los ojos entrecerrados, el pelo revuelto, y las tetas bamboleándose con cada sacudida de sus caderas gordas. El plug vibrando en su culo le daba un cosquilleo que subía por su espalda hasta el cerebro, y la polla pequeña de su marido, enterrada entera en su coño empapado, le daba justo lo que necesitaba: ese placer íntimo, directo, que solo él le sabía dar.

—¡Joder, Adrián… me va a dar! ¡Me va a dar ya!

—Corre, cariño… córrete encima mío… moja todo, estás guapísima así, con ese culo lleno…

Lía se inclinó hacia delante, pegando su barriga a la de él, sin dejar de moverse, y le metió la lengua en la boca mientras gemía como una posesa. Su coño empezó a latirle fuerte, como si fuera un tambor desbocado. Lo sintió: un primer espasmo, y luego otro, y otro más. La sacudida la dejó temblando entera.

—¡AAAAHHH! ¡ME CORROOOOOO!

Un chorro caliente salió de su coño empapando la pelvis de Adrián. Lía jadeaba como si acabara de correr una maratón, mientras su cuerpo entero se estremecía y se le aflojaban las piernas.

—¡Mírate, gorda! —susurró él—. Te has corrido como una puta diosa…

Lía sonrió, jadeante, con la cara empapada en sudor.

—Y tú no te vas a quedar atrás… —dijo, bajando de él y colocándose de rodillas entre sus piernas.

Le agarró la polla aún mojada con sus jugos y se la metió en la boca, sin perder tiempo. Se la chupaba con un hambre obscena, mirándolo a los ojos, apretándole los huevos con una mano mientras con la otra se acariciaba el coño todavía palpitante.

Adrián no aguantó mucho. Todo el polvo anterior, el plug, verla correrse así…

—¡Me corro, Lía… trágatelo, que me voy!

Ella le agarró la polla con fuerza, se la metió hasta el fondo y esperó el estallido. El primer chorro le golpeó el paladar, el segundo bajó por la garganta. Lía tragó todo con gula, sin dejar que se escapara ni una gota.

Cuando terminó, se limpió la comisura de los labios con el pulgar y le guiñó un ojo.

—Eso sí que es aprovechar el día.

Ambos se quedaron en el suelo, jadeando, sudados, y abrazados como si fueran novios adolescentes.

Se quedaron tumbados en el suelo del salón, desnudos, con las piernas entrelazadas y el cuerpo aún caliente. Lía apoyó la cabeza sobre el pecho de Adrián, escuchando su corazón acelerado mientras acariciaba con los dedos el vello que le quedaba en el torso.

—¿Sabes qué? —dijo en voz baja, con la mirada medio perdida en el techo—. A veces no me creo que sigamos follando así después de tantos años…

Adrián sonrió, aún sin aliento, y le acarició la espalda con la palma abierta.

—Tú eres mi fantasía de cada día, Lía. Si me preguntaran ahora qué quiero hacer en la vida, te juro que respondería: chuparte el coño después de que abras la puerta al repartidor en bata.

Lía soltó una carcajada que le sacudió las tetas contra su pecho.

—¡Qué burro eres! ¡Casi se le cae la caja de la erección que llevaba!

—Normal, si te ve así… con esa cara de viciosa buena y esas tetas que le hacen sombra al sol…

—Calla, tonto —le dio un beso tierno en el cuello—. Me gusta cuando me hablas así, pero también me gusta cuando te pones mimoso.

—Pues prepárate, que me voy a poner más ñoño que un final de peli de domingo —dijo él, girándola despacio sobre el sofá viejo, cubriéndola con una manta que olía a ellos.

Se acurrucaron juntos, desnudos bajo la tela, sin hablar mucho más. Solo sus respiraciones, los dedos entrelazados, alguna caricia leve en el costado o en el muslo. De esas que no buscan sexo, sino confirmar que el otro está ahí, que siguen compartiendo lo más importante: el cariño de verdad.

Lía se quedó mirándolo un rato, con los ojos brillantes y una sonrisa tranquila.

—Adrián… no sé qué haría sin ti.

—Y yo sin ti no sabría vivir. Lo nuestro ya no es vicio… es necesidad.

Ella le besó despacio, rozando apenas sus labios.

—A veces también necesitamos una siesta —susurró.

—Sí… pero contigo, hasta dormir me pone.

Se quedaron abrazados, cerrando los ojos, con el cuerpo saciado y el corazón lleno.

El sol se había movido ligeramente por la ventana, colándose entre las cortinas con una luz dorada y suave. Lía fue la primera en abrir los ojos. Se desperezó lentamente bajo la manta, sintiendo el calor del cuerpo de Adrián pegado al suyo y el cosquilleo de su respiración en la nuca.

—¿Dormiste algo? —murmuró él, con voz ronca.

—Mmm… un poquito. Pero me duele la espalda. Dormir en el sofá tiene su precio —respondió ella estirándose como un gato perezoso.

—Ya… pero follar en el suelo tiene su encanto.

Lía soltó una risa breve y se incorporó, envuelta en la manta.

—Voy a hacer café. ¿Quieres?

—Sí… y algo de comer. Me rugen las tripas.

Ella desapareció rumbo a la cocina, mientras Adrián buscaba su calzoncillo por debajo del sofá como si fuera un tesoro escondido. Lo encontró del revés, colgando del tirador del mueble del televisor.

—¿Cómo coño ha llegado ahí? —dijo en voz alta, riéndose solo.

En la cocina, Lía calentaba agua en la cafetera italiana mientras picaba un poco de queso y pan de semillas.

—¿Qué te apetece para merendar? ¿Tostadas o algo dulce?

—¡Dulce! —gritó él desde el salón—. Pero no me digas que no queda Nutella…

—Hay… pero está escondida detrás del bote de las lentejas. ¡Ya sé tus trucos!

—¡Eso no es trampa, es estrategia!

Rieron los dos mientras se montaba esa merienda improvisada con lo que había: pan tostado, queso curado, galletas rotas en un tupper viejo, una onza de chocolate negro y dos cafés con leche en tazas desparejadas.

Se sentaron en la mesa de la cocina, aún medio desnudos, pero con la paz de quien ya no tiene prisa.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó ella, mojando el pan en el café.

—Nada. Hoy es de esos días en los que lo mejor que te puede pasar… ya ha pasado.

—¿Y si nos ponemos una peli?

—Vale. Pero tú eliges. Si depende de mí acabamos viendo otro documental de cosas raras.

—¡Como el del pulpo que se enamora del biólogo!

—¡Ese era precioso! —protestó él con una mueca dramática.

—Vale, pues uno raro pero corto, que quiero sobarte los pies en el sofá.

—Y yo a ti la tripa. Ya sabes que me encanta.

—¡Ya lo sé, cochino!

Rieron otra vez. No por nada especial, solo porque a veces el amor también se mide en eso: en las risas tontas, las miradas de soslayo y el olor compartido del café.

Lía y Adrián estaban ya tumbados en el sofá, ella con la cabeza apoyada en su pecho, él acariciándole el pelo mientras en la tele salía un documental extraño sobre “las setas que se comunican con los árboles” que no entendían, pero les tenía hipnotizados.

—¿Tú crees que las setas nos hablan? —preguntó ella con voz somnolienta.

—Si supieran lo que hacemos con ellas en la sartén, seguro que sí.

Estaban en ese punto intermedio entre la siesta, el bostezo y la risa cuando sonó el timbre del portal.

—¿Quién coño llama a estas horas? —bufó Adrián, sin moverse.

—Ni idea. ¿Esperas a alguien?

—¿Tú crees que yo organizo sorpresas?

—Tú no organizas ni tus calzoncillos, cariño.

Lía se levantó en bata y con las zapatillas sueltas, y fue hacia el telefonillo.

—¿Sí?

—¡Lía, hija, soy Loli! ¿Estáis en casa?

Lía se quedó congelada. Loli. Su prima segunda, la que solo aparecía cuando necesitaba favores, o casa, o dinero, o todo a la vez.

—¡Hola Loli! Sí, sí, claro… ¿Estás abajo?

—Sí, con mi novio. ¿Nos abrís?

—¿Tu qué?

—¡Mi novio! ¡Ahora os contamos, es una historia buenísima! ¡Abre!

Lía se giró hacia el salón con cara de "socorro".

—¿Quién es? —preguntó Adrián sin moverse.

—Loli. Y su novio.

—¿Qué Loli? ¿La del piercing en el pezón?

—La misma.

—Joder. Prepárate, cariño… esta noche no dormimos tranquilos.

Lía abrió la puerta mientras murmuraba por lo bajo:

—Ni las setas nos salvan de esto…

Lía abrió la puerta del piso justo cuando el ascensor vomitó a Loli y a un tipo altísimo, con rastas, chaqueta vaquera sin mangas… y una gallina en brazos.

—¡Prima! —gritó Loli, tirándose al cuello de Lía como si no la viera desde hacía diez años, cuando en realidad se habían peleado en una comunión por una empanada mal cortada—. ¡Mira quién te traigo!

—¿Qué…? ¿Una gallina?

—Se llama "Rosalía", como la cantante. Es muy limpia, no te preocupes.

Adrián apareció en la puerta del pasillo, en calzoncillos, frotándose los ojos.

—Hola, soy Raúl, pero me dicen "El Ave". —El novio levantó dos dedos en señal de paz—. Estoy en un momento espiritual de mi vida. Me alimento de maíz, frutos secos y luz solar.

Lía parpadeó varias veces.

—¿Queréis pasar?

—¿Puedo dejar la gallina en el balcón? —preguntó Raúl mientras Rosalía cacareaba como si se quejara del viaje.

—¿Hace falta que entre? —preguntó Lía, en un hilo de voz.

—¡Por supuesto! Le encanta la luna llena. Si no duerme viendo la luna, se estreñe —dijo Loli, como si fuera lo más lógico del mundo.

Adrián volvió al sofá sin decir nada. Lía los guio hasta el salón, y ahí Raúl dejó la gallina sobre la mesa, que empezó a picotear una caja de galletas María como si llevara en huelga de hambre dos semanas.

—¿Y… qué os trae por aquí? —preguntó Lía, sirviendo agua como si fuera ginebra.

—Necesitamos un favor. Bueno, dos.

Adrián levantó una ceja.

—Primero, si nos dejáis quedarnos un par de días. Y segundo, si le puedes cortar las uñas a Rosalía, porque yo me pongo nervioso con las tijeras.

Lía miró a Adrián. Adrián la miró a ella.

—Y yo que pensaba que hoy sería un día tranquilo —susurró Lía.

—Y yo que me estaba planteando empezar el yoga —añadió Adrián.

La gallina soltó un pedo sonoro que hizo vibrar una servilleta.

—Eso es que se siente a gusto —dijo Raúl, sonriente.

—Claro. ¿Quién no se sentiría a gusto cagándose en nuestro salón?

Mientras Rosalía daba vueltas por el salón dejando un reguero de plumas y cagaditas estratégicas, Loli sacó del bolso una bolsa con pipas y la volcó directamente en el sofá.

—¿No tenéis algo para picar? Es que no hemos comido ná…

—¿Aparte de las galletas de la gallina? —murmuró Adrián.

—¿Eh? —Loli ni lo escuchó, ya tenía el mando de la tele en la mano y estaba zapeando como si estuviera en su casa desde 1997.

Lía apareció con un trapito y una bandeja con tres tristes lonchas de jamón cocido y una rebanada de pan de molde seco.

—Aquí tenéis, lo que había.

Raúl se inclinó hacia el jamón y lo olfateó.

—¿Este cerdo era de pasto libre?

—Era del Mercadona de la esquina —le respondió Lía con una sonrisa de esas que llevan veneno debajo.

Rosalía, mientras tanto, había encontrado el bol con las nueces que usaban para picar por la tarde, y lo había tirado al suelo con un vuelo ninja, picoteando las migas y cacareando como si estuviera en una rave de gallinas.

Loli, desparramada en el sofá, soltó un suspiro largo.

—Ay, qué bien se está aquí… ¿Tenéis Netflix?

Lía sonrió apretando los dientes.

—Chicos, nos encantaría quedarnos más rato, pero es que… —miró a Adrián, buscando inspiración— tenemos que salir. ¡Sí! Al trabajo. Una reunión urgente.

—¿A estas horas? —preguntó Raúl, mirándolos como si acabaran de inventarse el trabajo nocturno en una gestoría.

—Es que somos… inspectores de… ¡almacenes! —soltó Adrián como si le hubieran dado una descarga eléctrica en el cerebro.

—Sí, sí, y vamos a un polígono industrial. De estos de fuera de la ciudad. En un descampado con wifi —añadió Lía mientras empujaba a Loli hacia la puerta como si fueran las rebajas.

—¡Uy! Pues si vais por ahí y veis un sitio donde vendan pienso ecológico para aves, me traéis, ¿vale? A Rosalía le gusta el que viene en saco con dibujo de alpaca —dijo Raúl, abrazando a su gallina mientras se metía en el ascensor con cara de místico incomprendido.

—Claro, claro. Lo primero que hagamos será pensar en tu gallina, Raúl —dijo Adrián mientras apretaba el botón del cierre de puerta como si fuera el de una bomba nuclear.

Se quedaron solos en el rellano, el silencio era celestial.

—¿Tú también has notado que la gallina nos miraba con superioridad? —dijo Lía.

—Sí, como si supiera que follamos menos que ella últimamente —respondió Adrián.

Y, al unísono, los dos soltaron una carcajada de esas que liberan estrés, agotamiento y absurdos gallináceos.

Lía miró el salón, lleno de plumas y con una cagadita al lado de la tele.

—Mañana paso el aspirador. Hoy solo quiero cenar y ver una serie donde no aparezca gente con aves de corral.

—Ni primas.

—Ni rastas.

—Ni pienso ecológico.

Lía rio otra vez, se abrazó a Adrián y fueron a la cocina en busca de algo normal, como una pizza congelada.

La cocina olía a orégano y queso fundido. Lía sacó la pizza del horno mientras Adrián abría una botella de vino barato, de esos que saben mejor cuando el día ha sido un circo. La mesa era sencilla: dos platos, dos copas, y el silencio reparador de no tener gallinas en el salón.

—¿Te imaginas que Rosalía se mete en nuestro grupo? —bromeó Adrián mientras servía el vino—. Que aparezca en la próxima orgía, con sus plumas y su mirada crítica.

—Y que le ponga huevos a Ramón. Literalmente.

Se rieron, relajados, mientras comían despacio. No hablaban de sexo, ni de escapadas, ni de nada más que lo que había: ellos dos, una cena sencilla y la calma que sólo llega después del desastre.

Cuando terminaron, dejaron los platos en remojo y se refugiaron en el sofá. Ella con su bata, él en camiseta y calzoncillos. Las piernas de Lía sobre las de Adrián, una manta ligera y la tele en silencio.

—Hoy… no me apetece nada más que esto —murmuró Lía.

—A mí tampoco. Estamos en la gloria.

Silencio. Una caricia en la pantorrilla. Un beso lento en el dorso de la mano.

—¿Sabes qué? —dijo ella después de unos minutos—. Me encanta que podamos reírnos incluso cuando no follamos. O quizás por eso mismo.

—Y que podamos mandarlos a todos a la mierda cuando queramos, incluso a las gallinas iluminadas.

—Y a nuestras fantasías, cuando nos pesan más de la cuenta. Me encanta tenerte también para eso.

Él sonrió, acariciándole el tobillo con ternura.

—No hace falta estar follando para estar conectados. Esto también es sexo, aunque nadie se corra.

Lía se acomodó mejor, apoyando la cabeza en su hombro. Cerró los ojos, con una sonrisa.

—Y mañana más… pero sin visitas.

—Ni gallinas.

—Ni paquetes misteriosos.

—Ni rastas con pipas.

Soltaron una última carcajada suave, de esas que se quedan suspendidas en la noche.

Y así, con la tele apagada y el cuerpo relajado, se quedaron dormidos en el sofá, juntos. Como quienes han sobrevivido a una tarde absurda y han salido más enamorados que antes.

Lía se despertó con una sensación rara: una mezcla entre descanso y guerra. Abrió los ojos y lo primero que vio fue la camiseta arrugada de Adrián a medio colgar del respaldo de una silla. Luego miró hacia el salón… y se acordó.

—Mierda… la que nos dejaron montada.

En el baño, había pelos de no sabían quién. En la cocina, vasos mezclados, migas, una servilleta con un número de teléfono y un dibujo fálico que firmaba “Toni Rastas”. Y en el sofá… ¿eso era una pluma? ¿Otra más?

—Adrián… —llamó con la voz aún ronca—. ¿Te has fijado que el ambientador huele a porro dulce?

Adrián apareció en calzoncillos, rascándose la barriga con desgana.

—¿Te refieres al ambientador o a Pilar?

—¡Ja! No sé si quiero saber lo que hicieron en el pasillo.

Ambos se pusieron a recoger, con ese ritmo lento y resignado que sólo se tiene cuando te han invadido sin pedir permiso. Lía iba barriendo mientras murmuraba:

—Esto me pasa por ser maja. Una dice "pasa un rato", y acaban cagando en mi váter mientras critican mis azulejos.

—Y luego se quedan a merendar como si vivieran aquí —añadió Adrián, recogiendo los restos de patatas fritas del suelo—. ¿Esto es un calcetín?

—¿Tuyo?

—No. ¿Qué clase de persona pierde un solo calcetín en una visita?

Lía suspiró, apoyándose en la escoba.

—Creo que necesito fumigar emocionalmente la casa.

—O cerrar la puerta con cinco cerrojos. Lo que venga primero.

Mientras fregaban la mesa de la cocina, Lía encontró una nota doblada. La abrió con precaución.

"Gracias por la hospitalidad. Tenéis buen rollo. Nos vemos en el próximo eclipse. —Toni."

Se miraron. Se echaron a reír.

—Lo peor es que seguro que volverían si no cerramos la puerta con candado —dijo ella, encendiendo la cafetera—. ¿Tú crees que en el próximo eclipse alguien traerá papel higiénico?

—Sólo si es de cáñamo orgánico.

Desayunaron entre trapos húmedos, bolsas de basura y ese aroma a descontrol del día anterior.

Pero también entre miradas cómplices y esa alegría secreta de haber vuelto a estar solos.

Después de dejar la casa medianamente habitable, Lía y Adrián se dieron una ducha rápida, uno detrás del otro, como en los días de prisas. Sin toqueteos, sin morbo, solo agua caliente y jabón para quitarse la peste a gente ajena.

—Bueno —dijo Lía mientras se secaba con la toalla—. ¿Te has fijado que Pilar se bebió medio litro de mi leche de avena?

—Y se limpió la boca con tu toalla del gimnasio.

—...Eso explica por qué huele a pachuli con sobaco.

Adrián, resignado, se sentó en el sofá con el mando de la tele.

—¿Ponemos algo? ¿Un documental sobre erizos? ¿O prefieres ver cómo desmontan neveras en Uzbekistán?

—No. Hoy quiero hacer algo más emocionante —dijo Lía muy seria.

Adrián se giró ilusionado.

—¿El qué?

—Doblar la ropa.

—...Eres perversa.

Y así fue. Se pasaron una hora doblando ropa mientras veían vídeos de cocina en silencio. El único sonido era el de las pinzas del tendedero y el ocasional comentario tipo:

—Mira ese tío. Se cree que sabe hacer croquetas y les pone curry. En la cárcel tendría que estar.

Más tarde, salieron a tirar la basura como quien se va de excursión. Lía con sus zapatillas feas pero cómodas, y Adrián cargando con tres bolsas que goteaban sospechosamente.

—¿Crees que Ramón se ha dejado algo? —preguntó Lía mirando dentro de la papelera comunitaria.

—Como no sea su dignidad…

Ya de vuelta, se pusieron con la cena: una ensalada enorme y pan tostado con queso fundido, porque la nevera seguía siendo un poema de sobras y trozos.

—¿Y si nos tomamos una copa de vino en el balcón?

—¿Y si nos tomamos dos?

Así, con la ciudad ya oscura y el fresquito entrando por la ventana, brindaron en silencio.

—¿Sabes qué? —dijo Lía con una sonrisa—. Me encantan los días en los que no pasa nada, porque sé que contigo hasta eso es divertido.

Adrián se acercó y le besó la mejilla.

—Y yo me enamoro más cada vez que limpias restos de Toni Rastas sin quejarte (mucho).

—Aún no he encontrado el mechero de Pilar. Espero que no esté en mi cajón de las bragas.

—¿Te imaginas?

—Prefiero no hacerlo.

Esa noche, se acostaron pronto.

Sin sobresaltos. Sin planes raros. Sin orgías. Solo ellos, en su cama, en silencio, agradeciendo el bendito aburrimiento.

Afuera, la ciudad ya dormía. Dentro, Lía y Adrián también, abrazados entre sábanas arrugadas, con la ventana entreabierta dejando entrar el rumor del viento y algún que otro ladrido lejano. No había más luz que la del piloto rojo del televisor en standby, y ni una palabra más dicha, porque a veces el amor también se dice en silencio.

Esa noche no hubo juegos, ni invitados, ni llamadas, ni sobresaltos. Solo un día más, uno de esos que no se recuerdan por nada espectacular… pero que, sin quererlo, son los que más se echan de menos cuando faltan.

Y mientras dormían, en la mesita de noche vibró suavemente el móvil de Lía.

Un mensaje.

De parte de Pilar.

"Este finde… ¿campito otra vez? 😂🍷🌄"

Pero eso, ya se verá.
 
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Kaxondete

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Capítulo 18: “El mensaje que lo cambió todo”
​
Habían pasado ya varias semanas desde la última aventura, y la vida había retomado su curso, ese que no suele salir en las fotos ni en los grupos de WhatsApp. Las sábanas ya no olían a campo, la nevera volvía a tener solo yogures caducados y latas sueltas, y el mayor drama de los domingos era decidir si se hacía paella o se tiraba de pizza congelada.

Lía volvía de la compra con el carrito medio torcido, renegando porque la frutería de la esquina había subido los aguacates "como si fueran de oro, coño", mientras Adrián estaba en casa arreglando la cisterna que llevaba semanas haciendo un ruido como de gaviota estreñida.

Ramón y Pilar seguían con sus líos: ahora habían descubierto las rutas micológicas, aunque según Lía eso era solo una excusa para meter la nariz (y otra cosa) en los matorrales ajenos.

Robert, el heladero, había cerrado unos días por “mantenimiento”, pero todos sabían que se había ido a una escapada sexual rural con una pareja swinger italiana y una nevera portátil llena de polos de limón.

Y la madre de Lía, ya en su piso reformado y reluciente, seguía mandando notas de voz de tres minutos donde hablaba del tiempo, los detergentes y, cada vez más a menudo, preguntaba si “ese muchacho” (Adrián) seguía “así de... saludable”.

Los días pasaban. Lentamente. Pero con ese cosquilleo de que algo, algo, estaba al caer.

Una nueva escapada, una visita inesperada, una metedura de pata con consecuencias... ¿o quizás, una fiesta que nadie tenía prevista?

Lía estaba en la cocina, todavía en bata, removiendo el café con desgana, cuando su móvil vibró en la encimera con ese tono de notificación de grupo que ya daba miedo abrir. Era el grupo de WhatsApp de siempre, ese con el nombre que habían cambiado ya cinco veces: primero fue “Los Desnudos del Lago”, luego “Orgías y Risas”, y ahora simplemente “Sin Filtros”.

🔔 Pilar ha enviado un mensaje

Chicos... ¿alguien tiene planes para el finde que viene? Lo digo porque se nos ha cruzado una locura por la cabeza 🙈🙊

Lía frunció el ceño, mientras Adrián, que justo entraba al salón con el pantalón del pijama mal subido, murmuró:
—Eso huele a “planazo” o a desastre. O ambas.









Lía leyó en voz alta.

🔔 Ramón escribió:

Se nos ha ofrecido una cosa muy loca, os juro que no es broma: un bar de carretera abandonado, reconvertido en local para fiestas privadas. Lo lleva un colega mío del gimnasio. Dice que nos lo deja un finde entero si le damos algo de vidilla 😏

Lía soltó una carcajada que casi le hace escupir el café:
—¿Un bar de carretera? ¿Qué es esto, “Fantasmas del Sexo Truck Stop”?

Adrián ya estaba buscando en Google Maps:
—¿Dónde coño queda eso? ¿Hay camas? ¿Hay luz? ¿Hay jabón?

Otro mensaje llegó.

🔔 Robert escribió:

Yo me apunto. Llevo la música, los helados y las esposas. En ese orden.

Y luego, uno más, inesperado.

🔔 Mari Carmen escribió:

¿Eso es muy lejos? Porque tengo libre el sábado. Lo digo por si necesitáis supervisión. A ver si vais a terminar en un prostíbulo ilegal como en la otra vez.

Lía se llevó la mano a la frente:
—Vale. Esto va a ser otra aventura de las nuestras.

Adrián, medio serio y medio en broma, concluyó:
—O morimos de risa… o acabamos en el telediario.

🔔 Ramón:

Confirmado: el bar se llama "El Refugio de Pepe". No preguntéis por Pepe, está en la cárcel.

🔔 Laura:

¿Tiene baños? ¿O hay que mear en la cuneta como en la última orgía rural?

🔔 Nicolás:

Si no hay ducha, yo me llevo toallitas húmedas y perfume barato. #GlamourDeCampo

🔔 Robert:

Yo llevo nevera, hielos, vibradores y un cartel que diga “PARE aquí si quiere placer”.

🔔 Pilar:

¿Y si hacemos un concurso de striptease con premio? Premio: una caja de preservativos y una camiseta usada de Ramón.

🔔 Ramón:

¿Usada en qué contexto?

🔔 Mari Carmen:

Yo llevo bizcocho de yogur. No se toca hasta después de la orgía. Lo juro por mi Thermomix.

🔔 Lía:

Por favor que ese mensaje lo vea alguien fuera de contexto.

🔔 Adrián:

Se me está borrando la dignidad solo con leer este chat.

🔔 Robert:

Bienvenido al club. A mí me pasa desde el 2003.

🔔 Laura:

Si Mari Carmen va, yo quiero verla borracha bailando reguetón con unas bragas de encaje en la cabeza.

🔔 Mari Carmen:

No bebo, pero llevo bragas extra por si las dudas.

🔔 Ramón:

He hecho inventario. Llevo 6 condones, 2 tangas talla S (por si alguien los necesita), un megáfono y una botella de anís del mono. Estoy listo.

🔔 Pilar:

Yo llevo el megáfono de repuesto. Por si se le cae al lago como la otra vez.

🔔 Laura:

¿Alguien sabe si hay cobertura? Lo digo por mis seguidores. Tengo que subir stories con el filtro de tetas brillantes.

🔔 Nicolás:

Yo pregunté en Google si era legal hacer un picnic erótico. Me saltó la Policía Nacional en las sugerencias.

🔔 Robert:

He preparado polos caseros de sabores: mojito, fresa... y uno de sabor sorpresa que puede ser curry o lubricante. No me acuerdo cuál es cuál.

🔔 Adrián:

Propuesta: Mari Carmen da el discurso inaugural vestida de diosa griega, y después lanza una morcilla al aire como símbolo de bienvenida.

🔔 Mari Carmen:

Lo de la morcilla me interesa. ¿Se puede cocinar antes del lanzamiento?

🔔 Lía:

Yo no hago nada hasta que alguien confirme si hay váter. No pienso repetir lo de la última vez con las ortigas.

🔔 Ramón:

Hay váter. Bueno, hay algo que se le parece. Es un cubo con una tapa. Está decorado con pegatinas de unicornios.

🔔 Laura:

Confirmado: vamos todos a morir de risa. Pero con buen lubricante.

🔔 Nicolás:

He pedido por Amazon una tienda de campaña con dos entradas. Como nuestras vidas.

🔔 Pilar:

Yo solo quiero saber si este año se va a repetir lo del karaoke erótico. Porque estoy ensayando “Aserejé” con movimientos pélvicos.

🔔 Robert:

Me apunto con el ukelele. Pero solo si puedo ir desnudo menos los calcetines.

🔔 Lía:

Ramón, ¿puedes confirmar si en ese sitio hay electricidad? O tenemos que cargar los juguetes sexuales en el mechero del coche.

🔔 Ramón:

Solo hay una toma eléctrica y está dentro del gallinero. Pero las gallinas ya están avisadas.

🔔 Lía:

Ramón, ¿pero ese sitio tiene césped o es grava? Porque si es grava, yo paso de hacer el misionero con el culo lleno de piedras.

🔔 Pilar:

Confirmo que si hay polvo, que sea solo en la cama. O sobre una mesa firme. Pero nada de gravilla genital.

🔔 Laura:

Acabo de ver el sitio en Google Maps. Hay un burro en la entrada. Literal. ¿Vamos a un camping o a una granja de retiro espiritual?

🔔 Adrián:

A mí me da igual mientras no haya gallinas mirando otra vez. Lo de la mirada juzgona del gallo todavía me persigue.

🔔 Robert:

Ese gallo me miró como si supiera lo que había hecho con el bote de nata.

🔔 Nicolás:

He leído reseñas del sitio. Una dice: “Ideal para familias. Alejado de todo tipo de depravación.” ¿Estamos seguros de esto?

🔔 Ramón:

¡Es parte del encanto! Nadie sospecha. Es el lugar perfecto para montar la “orgía infiltrada”.

🔔 Mari Carmen:

¿Pero al menos tiene sombra? Porque si me voy a desmayar, que sea por placer, no por insolación.

🔔 Pilar:

Ramón, cariño, esto no es una escapada, ¡es un castigo medieval! ¡¿Un váter seco en un cobertizo con un candado oxidado?!

🔔 Lía:

Yo no follo si tengo que compartir baño con una cabra. Ya bastante tuve con mi suegra pasando por delante del baño sin llamar.

🔔 Laura:

Confirmo. Si no hay jacuzzi o al menos una manguera con presión, cancelo mi asistencia sexual.

🔔 Robert:

Yo ya me había depilado el ojete. ¡Esto es indignante!

🔔 Adrián:

Propongo cambiar de sitio. O de grupo. O de planeta.

🔔 Ramón:

¡Nooo! ¡No me hundáis el plan! ¡Ya había hecho camisetas! Una con mi cara y el lema: “Líder del desmadre”.

🔔 Lía:

Ramón, cariño, quema esas camisetas y busca otra ubicación. Esta vez con retretes normales, gallinas con menos juicio y sin grava en el suelo.

🔔 Mari Carmen:

Y si puede ser, una cama. No una esterilla de yoga sobre estiércol.

🔔 Robert:

Bueno, si no hay plan, al menos que haya material para la carpeta “momentos de calidad”.

📷 [Foto: Robert de espaldas frente al espejo, enseñando el culo recién depilado con una pegatina que dice “Propiedad compartida”]

🔔 Lía:

JAJAJAJA me ahogo, ¿de verdad llevas eso puesto o lo has photoshopeado?

🔔 Robert:

Real como mi ojete, reina.

📷 [Adrián manda una foto en primer plano de su polla flácida con gafas de sol encima y un cartelito en el fondo que pone “vacaciones canceladas”]

🔔 Pilar:

¡Por favor, no puedo más! ¡La polla gafuda! JAJAJAJA

📷 [Laura aparece en una selfie tumbada en el sofá, completamente desnuda con un plátano en equilibrio sobre cada pezón]

🔔 Nicolás:

Laura… eso es arte. Museo del Prado, mínimo.

📷 [Ramón manda una foto acostado en el césped de su patio, con una flor en la polla y la frase: “Si no hay campo, el campo viene a mí”]

🔔 Lía:

Ramón, ¡eso es una margarita!

🔔 Ramón:

La flora de mi fauna.

📷 [Mari Carmen manda una foto de sus piernas cruzadas sobre una mesa con la frase “Yo os vigilo desde las sombras” y un emoji de diablillo]

🔔 Pilar:

¿Mari Carmen…?

🔔 Mari Carmen:

Sí. He descubierto el botón de “autofoto”. Y lo voy a usar.

📷 [Robert responde con una foto suya tumbado boca abajo, el culo apuntando a cámara, y dos manzanas puestas como si fueran testículos]

🔔 Adrián:

Lo peor es que parecen más reales que los míos.

🔔 Lía:

Te las cambio, Robert. A Adrián le faltan frutas.

📷 [Lía manda una foto suya en la cocina, con solo un delantal puesto y nada más. En la mano: una cuchara de madera en actitud amenazante. Texto: “Cena ligera o azotes, tú eliges”]

🔔 Laura:

Voy a imprimir eso y colgarlo en mi cocina.

🔔 Ramón:

Confirmo que este grupo ha degenerado. Y estoy orgulloso.

🔔 Pilar:

¿Y si en vez de buscar alojamiento, organizamos un calendario erótico?

🔔 Todos:

¡¡SÍIIII!!

🔔 Ramón:

Bueno, me voy a duchar, que tengo el culo lleno de césped. Literalmente.

🔔 Lía:

Adrián se ha quedado dormido con el móvil apoyado en la polla. En breves, quemadura de pantalla.

🔔 Laura:

Yo vuelvo a currar, pero si alguien quiere más fotos de mis plátanos, ya sabe.

🔔 Nicolás:

Envíame una caja entera, reina.

🔔 Robert:

Voy a ver si el gato me devuelve las manzanas… ah no, que no tengo gato.

🔔 Mari Carmen:

Yo sigo aquí, observando. Como el ojo de Sauron, pero con tetas.

🔔 Pilar:

Tengo lavadora pendiente. Me voy vestida, pero no convencida.

🔔 Lía:

Hasta luego, loc@s. Que no falten los nudes, ni las risas.

🔔 Adrián (despierta medio dormido):

¿Qué ha pasao? ¿Dónde estoy? ¿Lía, por qué tengo gafas de sol en la polla?

🔔 Todos:

JAJAJAJAJAJAJA

Poco a poco, las notificaciones se apagan, las risas van quedando atrás, y cada uno regresa a su rutina, aunque con una sonrisa tonta y un par de fotos guardadas por si acaso. En casa de Lía y Adrián, toca volver al mundo real… o al menos intentarlo.

La tarde avanzaba perezosa y calurosa. Lía fregaba unas tazas con desgana, aún en bragas y camiseta, mientras Adrián pasaba el aspirador por el salón con ese entusiasmo fingido que sólo se activa cuando sabe que hay “recompensa” después.

—¿Sabes qué estoy pensando? —dijo Lía sin mirarlo, enjabonando un vaso con movimientos circulares provocadores—. Que hoy mereces una buena mamada por tu colaboración doméstica.

Adrián se detuvo en seco. Literalmente apagó el aspirador a media pasada.

—¿Ahora? ¿Así, sin más?

—Hombre, si prefieres seguir con el polvo del mueble del televisor…

Lía se giró. Tenía espuma de jabón en los dedos y una sonrisa traviesa. Sin mediar más palabra, dejó el vaso en el fregadero y se acercó a él, caminando lenta, sensual. Le bajó los pantalones del chándal con una sola mano, mientras la otra se colaba bajo su camiseta.

—Te lo dije: rutina sexual. Pero hay que mantenerla con mimo —susurró, arrodillándose ante él.

Adrián no dijo nada. No podía. Porque en cuanto Lía se llevó su polla a la boca, esa mezcla de mimo, ganas y picardía lo dejó paralizado. Lo miraba desde abajo, lamiéndolo despacio como si lo saboreara, y a cada movimiento de lengua, Adrián soltaba un suspiro más fuerte.

—Joder, Cris… no te merezco…

Ella se apartó un segundo solo para decir:

—Lo sé. Pero tengo hambre.

Volvió a su tarea con más ansia, como si fuera su postre favorito. Adrián apoyó la mano en la pared, con las piernas temblando, sintiendo cómo Lía lo volvía loco, ahora con más intensidad, ahora suave, ahora apretando los labios justo en el borde del glande.

—Me voy a correr —avisó, jadeando.

—¿Y qué? ¿No ves que estoy ocupada?

Y no se detuvo. Al contrario: aceleró. Se lo tragó entero, hasta que Adrián estalló con un gruñido contenido, mientras ella lo miraba con los ojos brillantes, tragando sin parar y acariciándole los huevos como si fuera un ritual sagrado.

Lía se limpió con el dorso de la mano y se levantó con esa sonrisa satisfecha de quien se sabe poderosa.

—Hala, ahora sí: puedes seguir con el polvo. Pero el del mueble, ¿eh?

Adrián, sudado, temblando, y con el aspirador aún en la mano, solo pudo reírse.

—Lo tuyo no es rutina… lo tuyo es tortura divina.

Lía se fue dando pequeños saltitos mientras decía:

—¡Y espérate a la lavadora, que aún tengo energía para la centrifugadora!

Después de la comida —ligera, con restos del día anterior y una ensalada que Lía juró no volver a repetir nunca más—, decidieron salir a dar una vuelta. No por romanticismo, sino porque quedaban sin café, sin papel higiénico y, sobre todo, porque Lía se negaba a seguir viendo a Adrián andar en calzoncillos diciendo que “aún puede aguantar otro día más sin lavarlos”.

Fueron andando, como siempre. Adrián con su mochila medio vacía y Lía con esa energía de mujer que lleva la lista de la compra en la cabeza pero que probablemente no compre ni la mitad.

—No me dejes comprar más velas —le advirtió ella mientras bajaban por la calle—. No necesitamos más velas. Tengo como treinta. Algunas sin estrenar.

—Lo prometo —respondió él con solemnidad.

Quince minutos después, salían de una tienda con tres velas nuevas. Con olor a lavanda, a tarta de queso y a "brisa caribeña", según el envoltorio.

—No me mires así, Adrián. Una casa sin velas es como una polla sin polla —dijo Lía, mientras él simplemente resoplaba.

En el supermercado, discutieron en el pasillo de los congelados porque él quería croquetas y ella decía que tenían en casa. Tuvieron que abrir la app de la nevera (sí, habían caído en esa modernidad absurda) para comprobarlo.

—Te dije que quedaban seis —presumió Lía con una sonrisita.

—¿Seis? Eso no da ni para calentar motores —refunfuñó Adrián.

De vuelta a casa, cargados con lo que parecía una mudanza para un fin de semana, Lía se paró en seco frente a una peluquería.

—¿Y si me corto el flequillo? —preguntó, mirándose el reflejo en el escaparate.

—¿Y si mejor esperamos a que no sea martes a las seis de la tarde y sin cita? —respondió él, con miedo real en la voz.

Lía lo pensó dos segundos.

—Vale. Pero esta noche me lo cortas tú.

Adrián se quedó pálido.

—¿Otra vez? ¿Cómo aquella vez que acabé haciéndote un corte de piña?

—Ay, exagerao. Fue solo un mechón.

—Un mechón que me miró triste durante dos meses.

Llegaron al portal jadeando como si hubieran subido el Himalaya en chancletas.

—¿Quién coño puso cuesta arriba esta calle? —refunfuñó Adrián mientras Lía buscaba las llaves en el bolso, ese agujero negro donde entran cosas y rara vez salen.

Cuando por fin entraron en casa, una bofetada de calor les dio en la cara. El piso parecía una sauna finlandesa.

—¿Pero qué mierda...? —soltó Lía, dejando las bolsas en el suelo.

—El temporizador del aire... ¿lo dejamos puesto al revés? —preguntó Adrián, ya quitándose la camiseta.

Fueron directos al salón y vieron el termostato marcando 28º. El modo "invierno" activado. Estaba claro: o el aparato era gilipollas o alguien (Adrián) había tocado donde no debía.

—¿Le diste al botón de la luna con la estrella? —preguntó Lía.

—Yo pensaba que era modo “noche romántica” —respondió él.

—Era “modo horno”. Enhorabuena, somos un pollo al ast.

Mientras abrían todas las ventanas para ventilar, Lía fue a poner en marcha la lavadora. Pero el tambor no giraba. Se oía un pitido intermitente, como si el electrodoméstico también estuviera hasta el coño de todo.

—¡Adrián, la lavadora da error! —gritó.

—¿Qué pone?

—E9.

—Eso suena a película de ciencia ficción chunga. Igual va a explotar —bromeó él, acercándose.

Entre los dos le dieron a todos los botones, la sacudieron un poco —como si fuera una tragaperras— y, al final, descubrieron que alguien (Lía) había metido un sujetador con aros metálicos que se había colado en el hueco del tambor.

—Teta asesina, lo sabía —murmuró Adrián.

—Cállate y saca el destornillador.

Después de la operación de rescate y una ducha express para quitarse el agobio, decidieron no hacer nada más útil ese día. Se dejaron caer en el sofá con dos cervezas frías, mirando la ventana abierta.

—Nos falta algo... —dijo Adrián.

—¿Qué?

—Una vida más tranquila. Y croquetas.

Lía soltó una carcajada.

—Yo solo quiero que mañana no se rompa nada. Ni la cafetera, ni el termo, ni tu dignidad.

—Demasiado tarde para lo último —respondió él, dándole un trago a su cerveza—. ¿Pedimos algo para cenar?

—Sí. Pero tú decides. Yo ya he tomado demasiadas decisiones adultas por hoy.

—Vale… ¿pizza con piña?

Lía lo miró como si hubiera propuesto sacrificar un gato.

—Si pides eso, te corto el flequillo con los dientes.

La casa ya estaba en calma. Las ventanas abiertas dejaban entrar la brisa nocturna que refrescaba un poco después del bochorno de la tarde. Adrián estaba en calzoncillos, tumbado en la cama como si acabara de salir de una guerra. Lía llegó con una camiseta vieja suya que le quedaba como un camisón, y una crema en la mano.

—¿Otra vez esa crema de menta para los pies? —dijo Adrián, con cara de trauma olfativo.

—Me relaja. Y además no hay nada más sexy que unos pies frescos —contestó Lía mientras se los embadurnaba sin piedad.

—Sí, claro… el fetichismo polar.

Ella se tumbó a su lado, con el tubo de crema aún en la mano. Adrián la miró de reojo.

—¿Quieres… tú sabes… algo esta noche?

Lía levantó una ceja.

—¿Te refieres a fregar los platos que dejaste en la encimera?

—No, eso no. Lo otro. El fru-fru. El ñiqui-ñiqui. El amor horizontal… aunque sea en vertical, si quieres innovar.

Lía sonrió, se acercó a él y le dio un beso largo, tierno, de esos que derriten.

—Hoy me duele la espalda. Y tengo menta en los pies, que como te los roce, te quedas impotente hasta el jueves.

Adrián suspiró, resignado.

—¿Entonces nada?

—Hoy solo mimos, tontorrón. Mañana, si me haces el desayuno y no me hablas de croquetas hasta las diez, igual hay premio.

Él se acomodó en la cama, abrazándola por la cintura, y murmuró:

—Me conformo con tenerte aquí. Aunque hueles a chicle de menta y colonia de lavadora.

—Y tú a cerveza caliente y derrotismo sexual. Pero así te quiero.

Apagaron la luz. Se quedaron un rato en silencio, solo con el sonido del ventilador girando y algún coche lejano.

Adrián, medio dormido, murmuró:

—¿Lía?

—¿Mmm?

—¿Tú crees que la lavadora nos odia?

—Seguro. Y con razón.

Y así, entre risas suaves y mimos que no pretendían nada más, se quedaron dormidos. Porque a veces, lo más erótico del mundo… es no hacer nada, pero hacerlo juntos.

Los días fueron deslizándose como calcetines por el tambor de la lavadora. Sin sobresaltos, sin planes salvajes. Solo Lía y Adrián, su casa, sus rutinas... y algún que otro gemido apagado entre las sábanas cuando la oportunidad lo permitía.

Lía siguió con su ritmo, entre trabajo, ideas locas y alguna que otra video llamada con Marta para cotillear desnudas y reírse sin filtros. Adrián se ocupó de arreglar el grifo que goteaba desde hacía tres meses, sin mucho éxito, pero con mucha actitud. Robert les mandó un audio contando que estaba liado con una clienta nueva, "muy interesada en su cucurucho artesanal".

Ramón y Pilar mandaban memes absurdos cada dos días, incluyendo uno de un erizo que parecía estar teniendo un orgasmo, seguido de una nota de voz de Ramón diciendo: “¿Esto es normal, o tengo que ir al urólogo?”

Todo era tranquilo. Pero debajo de esa paz doméstica se cocía algo. Las ganas. Las fantasías. Las ideas guarras que se cruzaban como flashes entre mordisco y mordisco de tostada.

Porque en esa casa, aunque el tiempo pasara despacio, el deseo no se apagaba: solo se estiraba, se estiraba... hasta que un día reventaría de nuevo en alguna escapada loca, alguna llamada inesperada, o quizás... en el timbre sonando un viernes a las siete, con alguien al otro lado diciendo: “¿Tenéis sitio para una noche de desmadre?”

Y así, entre cafés, tetas al aire en la ducha, y calcetines que nunca aparecen en pares, el mundo de Lía y Adrián seguía girando… esperando su próxima revolución.
 
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Kaxondete

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Capítulo 19: “Lía cumple 36… y lo va a gozar”
​
Pasaron los días como pasa el pan por el aceite: suaves, inevitables y dejando marca. La rutina en casa de Lía y Adrián volvía a estar en modo “tranquilidad controlada”. Algún polvo al vuelo, algún polvo al sofá, muchos memes en el grupo y pocas ganas de madrugar.

Y entonces, casi sin darse cuenta, ¡zasca!… llegó el cumpleaños de Lía.

Treinta y nueve años. Bien llevados. Gorda, guarra, feliz, calentorra y más viva que nunca. Adrián le preparó el desayuno con una sonrisa y solo una camiseta vieja puesta, sin calzoncillos. Lía bajó de la habitación rascándose el culo y diciendo:

—¿Ya me ha llegado el regalo o hay que abrirlo?

Adrián se giró, dejando ver la polla medio empalmada, y respondió:

—Este viene sin ticket de devolución, pero se acepta con cariño.

Tostadas, café, y una vela clavada en un donut. Lía no quería pasteles, quería risas. Y polvo. Y quizás alguna sorpresa. Aunque juró que este año no quería celebraciones grandes. Mentira cochina, como cada año.

Después del desayuno, Lía se puso en modo conspiranoica:

—¿No hay nadie que me haya escrito aún? Ni Ramón, ni Marta, ni Robert. ¡Esto huele a encerrona!

—No seas malpensada —respondió Adrián, mientras silbaba mal y escondía disimuladamente el móvil con un grupo secreto titulado “Operación Lía: 36 mamadas o más”.

Por supuesto que estaban tramando algo.

Y en ese silencio fingido, mientras Lía barría la cocina en bragas, empezó el desfile de mensajes. Primero uno de Marta:

"¡Felicidades, zorrona preciosa! Prepárate el coño que hoy no te vas a sentar ni para soplar las velas."

Después, uno de Ramón con audio incluido, cantando el cumpleaños feliz… con la voz distorsionada con helio.

Y finalmente, un mensaje sospechoso de parte de Robert:

"¿Tienes el sábado libre? Pregunto por un amigo… que sabe montar fiestas."

Lía levantó la ceja. Se ajustó la teta izquierda. Miró a Adrián.

—Esto huele a guarrada, y no de las malas.

Adrián se encogió de hombros.

—¿Y si este año hacemos algo distinto? Algo solo entre nosotros. O… algo que empiece entre nosotros y termine con alguien más metido.

Lía sonrió. Esa sonrisa que anuncia desmadre, lubricante y probablemente algún azulejo nuevo sucio.

—Deja que me lave el coño y hablamos.

Lía volvió de lavarse “el coño y el alma”, como decía ella, y se encontró a Adrián en el sofá, en bata y con una copa de cava a medio llenar.

—¿Cava a las once de la mañana? —dijo ella, secándose el pelo con una toalla y dejando una teta fuera del escote sin darse cuenta (o sí).

—Es tu cumpleaños. Hoy se desayuna como las marquesas: con burbujas en la boca y manos en las tetas.

—¿Y el croissant?

—Yo soy el croissant —dijo él, abriéndose la bata con esa poca dignidad que tienen los hombres enamorados y salidos.

Lía se rio con un bufido.

—Bueno… va. Pero primero, dime qué traman. Porque el grupo está muy callado ahora, y eso es señal de orgía sorpresa o de funeral. Y me he depilado, así que no quiero sorpresas equivocadas.

Adrián se hizo el loco, pero justo entonces llegó otro mensaje al móvil de Lía. Era de Marta:

"Ponte guapa, come bien, descansa… y prepárate las bragas más feas que tengas. Te las vamos a arrancar igual."

—Vale, esto es claramente una conspiración.

Adrián bebió un trago de cava y le dijo:

—A lo mejor solo quieren hacerte una barbacoa. Desnudos. Con juegos. Con pruebas. Con premios sexuales. ¿Quién sabe?

Lía chasqueó la lengua y se sentó en su regazo.

—Me conoces demasiado, cabrón. ¿Y tú qué me has preparado?

Adrián deslizó la mano por debajo de su toalla y murmuró:

—Una comida casera, un polvo lento… y si te portas bien, una “tarde temática de masajes con final feliz”.

—¿Y si me porto mal?

—Entonces te doy por culo después del postre.

Lía estalló en carcajadas. Se abrazaron.

Y justo entonces, la cafetera hizo un PLOF, como si aprobara el plan.

Lía le quitó la copa de cava de la mano a Adrián, le dio un trago largo y lo dejó sobre la mesa. No dijo nada. Solo lo miró con esa sonrisa suya, esa mezcla de ternura, picardía y amenaza sexual. Se levantó un poco la toalla, lo justo para que su coño rasurado asomara descaradamente entre sus muslos.

—Felicítame bien, anda. Que nací hace 36 años para esto.

Adrián se levantó también, con la polla ya asomando como si hubiera escuchado su nombre en una lista VIP. Se acercó a Lía y la besó en el cuello, despacio, acariciándole el hombro hasta soltarle la toalla, que cayó al suelo sin ceremonia. Ella se dejó hacer, cerrando los ojos, respirando hondo como si absorbiera la mañana y su lujuria por igual.

—Estás más buena que cuando te conocí —murmuró él, mientras le acariciaba la barriga y subía con ambas manos hacia sus tetas caídas, que apretó con devoción.

—Y tú tienes la polla igual de pequeña, pero cada vez me la metes con más arte —se burló ella, jadeando cuando le pasó la lengua por el pezón izquierdo.

Se fueron al sofá, sin prisas. Lía se sentó sobre él, mirándolo desde arriba, y le sujetó la polla con una mano mientras con la otra se abría los labios del coño.

—¿Esto es mi regalo?

—Es tu casa, tu día, tu coño y tu croissant.

Se la metió despacito, con un gemido ronco. Lía empezó a moverse encima de él con un ritmo que conocía bien, pero que no por eso perdía magia. Le gustaba verla cabalgarlo con esa barriga rebotando, los pezones duros, el pelo medio húmedo y la boca entreabierta. Una reina sin complejos.

—Me encanta cumplir años —dijo entre jadeos.

Adrián la agarró de la cintura y le chupó una teta con fuerza, dejando marcas.

—Y yo me voy a correr como si fuera tu regalo envuelto en papel de semen.

Ella se rio. Se movieron más rápido. Lía se inclinó para besarlo, y el beso fue sucio, con saliva, lengua y un gruñido que se ahogó en sus bocas. Luego cambió de postura, poniéndose de espaldas a él, con las rodillas en el sofá, sacando el culo y mirando por encima del hombro.

—Dámelo. Quiero correrme con la polla dentro, como una señora.

Adrián se la metió otra vez, empujando con el culo apretado, las manos en sus caderas. El sonido del polvo llenaba el salón. Lía se frotaba el clítoris mientras él le susurraba cosas sucias al oído: que era su regalo favorito, su guarra más adorada, su mujer de las mil posturas y ninguna vergüenza.

El orgasmo de Lía llegó rápido, intenso, con un temblor que le hizo apoyar la cara en el sofá y gemir como si la desfondaran. Adrián no tardó en seguirla, corriéndose dentro con un gemido agudo y absurdo que hizo que ambos se echaran a reír justo después.

—Joder… qué bien envejezco —susurró ella, sin moverse.

—Estás en tu mejor polvo —dijo él, aún con la polla dentro.

Se quedaron así, abrazados, en silencio, respirando.

Y entonces Lía, con la cara pegada al cojín, dijo:

—Eso sí, ahora vas y me traes una napolitana de chocolate. Que ya me he ganado el desayuno.

Adrián entró a la cocina con la polla aún medio colgona, el cuerpo sudado y esa sonrisa de "ya cumplí como amante y ahora cumplo como chef". Lía, envuelta solo en una toalla, se sentó en la mesa con las piernas abiertas, como si estuviera ventilando el regalo recién estrenado.

—¿Café o segundo polvo? —preguntó él, encendiendo la cafetera.

—El café, que me tiembla una pierna. Pero no descarto repetir antes del almuerzo.

Adrián le sirvió una taza, se la dejó al lado y le dio un beso en la cabeza.

Justo cuando ella iba a darle el primer sorbo, sonó el móvil.

—Empiezan... —dijo Lía, y desbloqueó la pantalla—. Ay madre, el grupo…

En el chat “Desmadre Nudista” ya había veinte mensajes nuevos.

🔹 Laura: “¡Feliz cumple, mamona preciosa! Hoy te tienes que correr más veces que la cuenta del banco 😘💦🎉”

🔹 Nicolás: “36 polvos por los 36 años, a ver si cumples, que Adrián entrene los riñones.”

🔹 Robert: “Te deseo una jornada llena de lubricantes, desayunos en pelotas y siestas sudorosas.”

🔹 Ramón: “Líaaaa, que cumplas muchos y que los folles todos. Hoy no se limpia, hoy se goza. Pilar te manda besos y yo también, pero con lengua.”

🔹 Pilar: “¡Felicidades, guarrilla mía! A ver si montamos un cumpleaños con velas… en los pezones. Muak.”

🔹 Mari Carmen: “Feliz cumpleaños, corazón. Espero que lo celebres como se merece… sin bragas.”

Lía se reía a carcajadas mientras sorbía el café, enseñándole los mensajes a Adrián entre risas.

—Mira Mari Carmen, que ya la hemos corrompido del todo —dijo Lía—. ¿Tú crees que es normal que una señora de su edad me felicite deseándome no llevar bragas?

—Lo que no es normal es que le haga más ilusión a ella que a ti —rio Adrián, poniendo tostadas.

El móvil vibró de nuevo. Mensaje directo de Robert:

🔹 Robert: “Si os animáis más tarde, tengo cava frío y la terraza limpia. Y aún conservo una polla sin usar hoy. Guiño guiño.”

Lía miró a Adrián y alzó las cejas.

—¿Tú cómo andas de energía?

—Yo estoy como el café: caliente, oscuro y dispuesto a darte taquicardia.

Ambos rieron. Lía dio otro sorbo y contestó al grupo:

🔹 Lía: “Gracias, preciosos. Hoy solo follo con Adrián… de momento. Pero acepto tarta, cava y piropos cochinos.”

🔹 Laura: “¡TE LLEVO TARTA DE QUESO Y TE COMO EL COÑO SI QUIERES!”

—Qué panda de bestias —murmuró Lía, con media sonrisa.

—Y tú eres su reina.

Después del desayuno y las felicitaciones más calientes que un horno en julio, Lía se acomodó en el sofá con la bata ya bien cerrada (por si tocaban al timbre) y el pelo aún algo revuelto del polvo matutino.

—¿Hacemos algo hoy o pasamos el cumpleaños en modo “bataplaning”? —preguntó, lanzando una miradita cómplice a Adrián, que fregaba las tazas en la cocina.

—Habíamos dicho que podíamos salir a comer por ahí… —respondió él, sin mucha convicción.

—Sí, pero da una pereza… salir, vestirse, enfrentarse a humanos...

—Y al sol, que está cayendo como si el cielo tuviera menopausia.

Ambos se quedaron en silencio un momento. Lía agarró el móvil.

—Voy a mirar qué sitios abren hoy cerca… ¡Uy! La fonda esa que nos gusta está cerrada por reformas. Qué bien.

—¡Ole! Un plan menos. ¿Pedimos comida y nos la comemos en bolas?

—Eso sí me representa.

Lía empezó a buscar qué pedir, pero el móvil no cargaba bien.

—¿Y este wifi? ¿Otra vez va como el culo?

—Igual que yo —dijo Adrián, asomando la cabeza desde la cocina.

—Pues reinicia el router, amor, que no puedo ver ni el menú del chino.

Adrián fue al salón, desenchufó el router y lo volvió a enchufar. Se miraron. Nada. Pantallas en blanco.

—Nada, no vuelve —dijo él—. Hemos matado al wifi en mi cumpleaños.

—Eso sí que es una señal divina: hoy no se sale, no se pide y no se conecta una mierda.

—¿Qué hacemos entonces? ¿Cocinamos?

—¡Sí! Vamos a hacer esa receta que nunca sale: la lasaña de calabacín.

—¿La del desastre del 2021? ¿Esa que acabó siendo puré y luego pizza?

—Exacta. Hoy puede ser peor todavía.

Se metieron en la cocina como dos concursantes del programa Pesadilla en la cocina en bata, sacando calabacines, salsa de tomate y queso mientras discutían sobre si el horno estaba limpio (spoiler: no).

Cuarenta y cinco minutos después, la cocina parecía haber sobrevivido a un ataque con tomates. La lasaña se deshacía en la fuente como un flan triste y quemado por los bordes.

—Esto… ¿decimos que era sopa de calabacín con tropezones y nos la comemos con cuchara? —propuso Adrián, con cara de chef resignado.

—O decimos que ha sido un experimento artístico y subimos una foto al grupo.

Y así hicieron: mandaron una foto del desastre culinario al grupo, con un mensaje:

🔹 Lía: “¡Gracias por las felicitaciones! Hoy hemos cocinado nuestra especialidad: ‘Desilusión al horno con extra de despropósito’. Recomendable solo si estáis ya borrachos.”

🔹 Laura: “JAJAJAJAJAJAJAJA eso parece la placenta de un alíen. FELICIDADES DOBLES.”

🔹 Robert: “Dadle un palo a eso antes de que se mueva.”

Se sentaron a comer su lasaña-lodo entre carcajadas, mojando pan y brindando con agua porque el vino se les había acabado sin darse cuenta.

—Cumpleaños de alta cocina —dijo Lía, brindando—. A ver si para los 40 aprendemos a hacer macarrones sin drama.

—O compramos una Thermomix usada y le echamos la culpa a ella.

Y así, entre bocados deformes y risas, pasaron la tarde, felices de no haber salido, de no haber hecho nada productivo… y de que nadie los molestara.

Eran las cinco de la tarde. Lía estaba hecha un ovillo en el sofá, con la bata medio abierta, una pierna fuera y el pelo ya como nido de gaviota. Adrián tenía los pies sobre la mesa del salón, en calzoncillos, rascándose distraídamente el ombligo mientras veían por quinta vez un documental sobre tortugas que no habían terminado nunca.

—Dios, qué bien se está así, sin hacer nada, oliendo a siesta y derrota culinaria —murmuró Lía.

—No entra ni una mosca. Ni un WhatsApp. Ni el espíritu de la productividad.

TOC TOC TOC.

Los dos se giraron lentamente hacia la puerta, como si esperaran ver al Apocalipsis con forma humana al otro lado.

—¿Has pedido algo? —preguntó Lía, incorporándose con dificultad.

—¿Tú? ¿Otra vez Amazon?

—No… hoy no.

Se miraron. Silencio.

—A lo mejor es el cartero, por si hay que firmar algo —dijo Adrián, levantándose, rascándose el culo.

—O la vecina, que quiere azúcar y que le cuente mi vida.

Adrián abrió la puerta sin camiseta y con los huevos marcados bajo el calzón. Al otro lado, una voz familiar lo saludó:

—¡Sorpresaaaa!

Era Laura. Detrás de ella, Nicolás. Y detrás, Robert.

—¡Cumpleañeraaaaa! ¡Venimos con tarta, cava y ganas de desordenar vuestra siesta! —gritó Laura, entrando sin pedir permiso con una tarta de queso en la mano.

—¿Pero esto qué es… la cuadrilla de las sorpresas? —dijo Lía, saliendo del salón como podía, sujetándose la bata.

—Nos daba pena que pasaras tu cumple sin una buena sobremesa guarra —añadió Robert, que entró con una sonrisa y una botella de cava que parecía más fría que sus intenciones.

—A ver, que tampoco estábamos tan solos, ¿eh? —protestó Lía, aunque ya se reía.

—Ya, pero solos no es igual que en pelotas con nosotros —dijo Laura, dejando la tarta en la mesa—. Y, por cierto, feliz cumpleaños, guarra.

Le plantó un beso en la boca, con lengua incluida y un agarrón al culo. Lía se dejó hacer, entre risas.

—Pero ¿cómo se os ocurre venir así? ¿Y si estábamos…? —preguntó Adrián.

—Pues habríamos grabado —dijo Nicolás, guiñándole un ojo—. ¿Dónde está el puto abridor?

En menos de cinco minutos ya estaban todos medio desnudos, con el cava descorchado, la tarta medio comida con los dedos y los culos plantados por todo el salón. Robert había llevado música en el móvil y sonaba reguetón lento mientras Laura se subía la camiseta y le ofrecía una teta a Lía como quien ofrece un chupito.

—¡A tu salud! —gritó.

Lía la lamió, riéndose a carcajadas.

—Esta celebración se nos va a ir de las manos —murmuró Adrián, viendo cómo Nicolás ya le bajaba la cremallera al pantalón a Robert.

—Ese era el plan —le contestó Laura desde el suelo, sacando una lengua traviesa entre carcajadas.

El cava ya iba por la segunda botella y los vasos hacía rato que habían sido reemplazados por bocas. Laura lamía el cuello de Lía entre risas mientras le ponía nata de la tarta en un pezón y se lo ofrecía a Robert como si fuera un pincho del mercado.

—Mira, mira cómo se relame el abuelo —se burlaba Nicolás, arrodillado junto al sofá, con la polla ya fuera y medio dura, mientras Adrián le agarraba de la nuca y lo guiaba hacia su entrepierna.

—Vamos a tener que lavar hasta el techo después de esto —gruñó Lía, quitándose la bata del todo, dejando su cuerpo desnudo y pringado de trozos de fresa y migas de galleta.

—Pero qué manera de cumplir años… —dijo Laura, mordiéndole el muslo desde abajo—. ¿Tú crees que hay mucha gente así, ahora mismo, en el mundo?

—No como nosotras, cariño —rio Lía, hundiéndole los dedos en el pelo.

Robert ya se había quedado solo con su camiseta, y ni eso por mucho tiempo. Lía lo miró con esa sonrisa de loba traviesa que le salía solo en ocasiones especiales. Él entendió al instante. Se puso en pie y, sin decir palabra, dejó que ella se pusiera de rodillas frente a su polla gruesa y mojada.

—Felicidades, guapa —dijo Robert, ofreciéndosela.

—Gracias, viejo cerdo —respondió Lía antes de metérsela entera en la boca con un gruñido contento.

Mientras tanto, Nicolás se relamía con la cara empapada en semen de Adrián, que acababa de correrse con fuerza mientras le sujetaba la cabeza con ambas manos.

—¿Qué te parece el regalito de cumpleaños? —preguntó Adrián, jadeando, mirando a su mujer de rodillas, mamando con las tetas pringadas de nata, mientras Nicolás limpiaba la polla de Robert con la lengua desde el otro lado.

—No sé si este es el paraíso o una clínica de infecciones de transmisión sexual con muy buena decoración —dijo Laura entre carcajadas, mientras se abría de piernas en el sofá.

—Me toca. Tengo tetas, tengo coño, tengo lengua… ¡usadme! —gritó, como si fuera una animadora.

Robert la montó desde atrás sin preguntar, mientras Lía se tumbaba boca arriba en la alfombra, ofreciéndole el coño a Nicolás como quien ofrece la parte más rica del pastel.

—Que se note que es mi cumple, ¿eh? ¡Con lengua y todo!

Él no se hizo rogar. Se lanzó como perro en buffet libre.

Adrián, entre tanto, le chupaba los pezones a Laura mientras le decía al oído:

—Tengo que grabar esto. Nadie me va a creer.

—Grábalo —respondió ella—. Pero luego pásamelo por Drive, que me gusta verme.

La escena era un auténtico circo sexual: risas, gemidos, cuerpos sudados, manos por todas partes, mordiscos cariñosos, comentarios guarros y mucha, mucha complicidad.

Cuando finalmente Lía se corrió encima de la lengua de Nicolás, con un grito ahogado que se convirtió en carcajada, supo que ese cumpleaños sería difícil de superar.

—Y aún queda la cena —dijo Laura, jadeando, con la cara apoyada en el culo de Robert—. Como nos pongamos a cocinar ahora, acabamos con un caldito de polla.

—¿Y si pedimos pizza? —sugirió Adrián.

—¿Vestidos o desnudos? —preguntó Lía, aún con las piernas temblando.

—¿Tú qué crees?

Risas. Más risas. Y un timbre que, de nuevo, podría ser el inicio de otra escena absurda.

El timbre sonó con ese tono agudo y cortante que parecía fuera de lugar en medio del sudor, los jadeos y el olor dulce del sexo reciente. Lía, aún tirada en la alfombra, se giró como una leona sobresaltada.

—¡La pizza!

—¿Qué hacemos? —preguntó Nicolás desde el suelo, con la cara brillando por razones que no eran precisamente aceite de oliva.

—Pues taparse, joder. ¡Tápate la polla al menos! —gritó Adrián, buscando algo que pareciera ropa. Encontró un cojín del sofá y se lo estampó en la entrepierna mientras corría hacia la cocina.

Laura cogió una toalla, pero solo le cubría medio culo. Robert se metió tras una cortina ridículamente fina, como si fuera invisible ahí.

—¡Yo abro! —dijo Lía, poniéndose una bata… que no abrochó del todo—. Total, el chico ya ha visto de todo en esta vida.

—¡Que no le abras con el coño al aire, loca! —gritó Laura desde el pasillo, cubriéndose los pezones con las manos.

—Ya está hecho —dijo Lía, sonriendo y tirando del telefonillo—. “¿Sí?”

—Eh… pizza. Doble de queso, extra de pepperoni y… ¿nata? —respondió una voz masculina, claramente incómoda con la mezcla de olores al llegar al portal.

Cuando subió, el chico tendría unos veintipocos, con gorra, mochila y cara de no estar preparado para el caos visual que estaba por venir. Lía abrió la puerta sin mirar si llevaba la bata bien cerrada. Spoiler: no.

—Buenas… ¡cumpleaños feliz! —saludó, intentando no mirar directamente los pezones sueltos y el triángulo de vello que asomaba entre los pliegues del tejido.

—Gracias, amor. ¿Te quieres quedar a celebrarlo?

El pobre chaval tartamudeó mientras extendía la caja como si fuera un escudo romano.

—No, no… bueno… tengo más repartos…

—¿Estás seguro? Hay cava. Y tetas. Y nata —añadió Laura desde detrás del marco de la puerta, asomando una pierna y el pezón derecho.

Robert intentó moverse y la cortina entera se cayó. Quedó en el centro del pasillo, desnudo como Adán, sujetando una servilleta como única defensa.

—Se me ha caído esto… —murmuró con total calma.

El repartidor miró todo como si fuera una escena de teatro experimental. Luego bajó la vista. Subió otra vez. Y sonrió, como si aceptara que ese lunes ya no tenía salvación.

—¿Tenéis cambio de cincuenta?

Lía se echó a reír.

—No, pero te damos dos tetas y una risa. ¿Sirve?

—Sirve —respondió él, dejando la pizza y dándose media vuelta sin esperar propina—. ¡Felicidades!

La puerta se cerró y todos estallaron en carcajadas. Laura se dejó caer al suelo, aún medio desnuda.

—Esto parece un sketch de Muchachada Nui, pero en porno.

—Y yo que pensaba que lo raro era hacer una orgía… —dijo Nicolás—. Pero lo del repartidor se lleva el premio.

—¿Abrimos la pizza o seguimos follando? —preguntó Robert, ya sin servilleta ni pudor.

—Yo voto por la pizza. Que aquí ya nadie puede más, y necesito hidratarme antes de seguir con esta bacanal geriátrica —bromeó Lía.

—Geriátrica tus huevos, que yo tengo energía pa' rato —respondió Robert, dándole un beso con lengua en plena risa.

La noche seguía. Pero por ahora, el grupo se concentró en la pizza… aunque nadie descartaba que la siguiente porción fuera de carne, y no precisamente curada.

El cartón de la pizza crujió al cerrarse, con restos de queso fundido pegados a la tapa y unas cuantas servilletas usadas como si fueran pañuelos de guerra. Las copas vacías, las botellas medio llenas y los cuerpos relajados pintaban una escena de pos-orgía clásica: desordenada, feliz y con ese aroma inconfundible a sexo y orégano.

—Yo, sinceramente —dijo Laura estirándose en el suelo boca arriba, con un trozo de pepperoni pegado a una teta—, creo que lo del repartidor ha sido lo mejor del día.

—¿Mejor que la doble mamada en el pasillo? —preguntó Nicolás, reclinado contra una pared, fumando un cigarro con la pereza de quien ha sudado más de lo recomendado.

—Mucho mejor. Porque no se lo esperaba. Y su cara… su cara ha sido poesía visual.

Lía se rio mientras recogía las botellas.

—Le voy a dejar una reseña en la app: "vino, vio, se empalmó y sobrevivió".

—Título de mis memorias —murmuró Adrián desde el sofá, desnudo, pero con un cojín estratégicamente colocado.

Robert, sentado a la mesa con una copa de vino en la mano, los miraba con ese brillo pícaro que le salía después de haber eyaculado al menos dos veces.

—¿Y qué hacemos ahora? ¿Otra ronda? ¿Parchís sexual? ¿Una siesta con manos largas?

—Yo voto siesta —dijo Laura, cerrando los ojos—. Pero solo si hay cucharita con roce.

—Yo me quedo con la charla de sobremesa —respondió Lía—. De esas que empiezan con política y acaban en tríos improbables.

—O en confesiones de adolescencia —añadió Nicolás—. Como esa vez que me la machaqué viendo “El Coche Fantástico”.

—¡Eso explica muchas cosas! —gritó Robert entre risas.

Adrián se inclinó hacia Lía, le apartó un mechón de pelo y le susurró al oído:

—Estás preciosa. Toda sudada, despeinada y con olor a pepperoni. Me casaría contigo otra vez ahora mismo.

—Qué tonto eres —dijo ella, sonrojada y feliz—. Pero sí… ha sido un cumpleaños raro. Y perfecto.

Hubo un silencio corto. De esos que no son incómodos, sino necesarios. Como un punto y coma antes del siguiente desmadre.

Laura rompió el encanto.

—Por cierto, ¿alguien sabe dónde han quedado mis bragas?

Nadie supo responder. Pero todos rieron.

Y eso era lo que importaba.

La luz de la tarde entraba a través de las cortinas a medio correr, dándole al salón ese tono dorado que solo aparece cuando nadie tiene prisa. Laura se había adueñado del sofá como una emperatriz romana, con un cojín bajo la cabeza y otro tapándole lo justo. Nicolás estaba en el suelo, con la espalda contra el sofá y los pies sobre la mesa, hojeando una revista vieja como si fuera literatura erótica de culto.

—¿No os pasa que después de una buena orgía os entra una flojera existencial? —murmuró él sin mirar a nadie—. Como si el alma dijera: “bueno, ya está, hemos hecho lo importante, ahora a vegetar”.

Robert, que se había puesto una camiseta, pero seguía en calzoncillos, apareció desde la cocina con una bandeja de café recién hecho.

—Yo necesito cafeína. Y algo dulce, pero no me quedan fuerzas para moverme hasta la despensa.

—Que te lo traigan en UberPostre —bromeó Lía—. Igual llega el mismo repartidor y le da un ictus de placer.

—Pobre chaval —añadió Laura—. O se hace actor porno después de hoy, o se mete a cura.

Adrián se acercó con dos tazas, una en cada mano, y dejó una frente a Lía antes de plantarle un beso suave en la frente.

—¿Te duele algo? —le preguntó.

—Solo el coño —respondió ella con una sonrisa medio tierna, medio agotada—. Pero bien. De los que dan gusto.

Robert bufó entre risas.

—Eso es poesía. “Dolor de coño, alegría del alma”.

—Tú cállate, que sigues con los huevos colgando por debajo de la camiseta —le soltó Nicolás sin levantar la vista.

Lía se arrellanó en el sillón. Su bata ya no disimulaba nada, pero en ese ambiente, la ropa era más decoración que necesidad. Miró alrededor y suspiró, feliz.

—Esto es vida, ¿eh? Sexo, pizza, café, amigos desnudos. ¿Qué más se puede pedir?

—Un helado de chocolate —dijo Laura.

—Una siesta sin que nadie te chupe algo mientras duermes —añadió Nicolás.

—Una tarde sin que llamen al timbre —dijo Robert—. Aunque bueno, si aparece la del gas, a mí ya me da igual.

—¿La del gas? —Lía rio—. ¿En serio te vas a tirar a una señora con mono azul solo por llevar una llave inglesa?

—Sí —dijeron los tres hombres a coro.

Laura les tiró un cojín.

El ambiente era de esos que solo se construyen cuando hay confianza real. Todos sabían que podían quedarse así horas, hablando, medio dormitando, compartiendo el mismo espacio desnudos sin que nada se sintiera forzado.

—¿Y si en vez de orgías… montamos tardes de siesta y té con pastas desnudos? —propuso Lía—. Como un club selecto.

—Club "Nudistas Cansados" —bromeó Adrián.

—O “Desnudez con Digestión” —añadió Laura, soltando una carcajada.

—Yo estoy dentro —dijo Nicolás—. Pero que haya bizcocho. Y que se pueda dormir con el culo al aire sin que nadie intente meterte un dedo.

—Difícil —murmuró Robert—. Pero se puede intentar.

Y así, entre bromas, cafés medio fríos, cojines mal colocados y cuerpos relajados, la tarde fue avanzando. Nada urgente. Nada pendiente. Solo esa extraña magia de estar juntos después del desmadre, sin máscaras, sin tensiones… y, por supuesto, sin ropa.

Las carcajadas fueron perdiendo fuerza, igual que la luz dorada que se colaba por las ventanas. Laura bostezó con descaro, dejando ver más de lo que tapaba, y Nicolás se estiró como un gato desnudo en el suelo, con la polla medio dura por pura inercia.

—¿Y si en vez de bizcocho, nos comemos otra cosa? —dijo Robert desde la cocina, dejando a la vista una bandeja con algo que parecía flan… o lubricante.

—¿Comer o lamer? —preguntó Lía desde su sillón, con las piernas abiertas y una sonrisa más traviesa que cansada.

—Yo me dejo lamer —dijo Nicolás, sin moverse—. Aunque sea el suelo.

Adrián, que había estado sentado en la alfombra, se inclinó hacia Lía y le mordisqueó el muslo como quien tantea un postre.

—Mmm… tú hueles a sexo y a pizza fría. Mi combinación favorita.

Ella le abrió las piernas un poco más, sin disimulo, y le acarició el pelo.

—Pues si te gusta el menú… no tardes tanto en empezar.

Laura, aún tumbada en el sofá, se giró de lado y se mordió el labio al ver a Adrián hundir la cara entre los muslos de Lía.

—Bueno, bueno… yo que pensaba echarme una siesta y resulta que tenemos función privada.

Robert no tardó en acercarse, con la bandeja en la mano y el rabo colgando como un péndulo feliz.

—¿Alguien quiere flan sobre cuerpo caliente?

—Solo si lo sirves tú… con la polla —dijo Laura, ya con las piernas abiertas también, dejando que la bandeja se deslice sobre su vientre desnudo.

Nicolás, como quien se despierta de golpe, gateó hasta ella con una risa ronca.

—Si esto no es una secta, es porque nadie ha traído incienso.

Mientras tanto, Lía jadeaba bajito, con los dedos de Adrián adentrándose con ternura entre sus labios mojados. El atardecer les pintaba de naranja y sombras, mientras ella se arqueaba, mordiéndose los labios para no gritar de gusto.

—Feliz cumpleaños otra vez —le murmuró él—. Hoy también te soplo las velas.

Ella soltó una carcajada entre gemidos.

—Pues venga, sácame la tarta del coño.

Robert se acercó entonces con una cucharada de flan y la dejó caer suavemente sobre un pezón de Lía. El contraste frío-calor la hizo gemir.

—Joder… esto no es postre, es pecado.

Laura, desde el sofá, ya tenía la boca llena —de flan y de polla, porque Nicolás se la había metido mientras ella lamía el dulce de su ombligo—. Su voz apenas fue un murmullo con la boca ocupada:

—Esto... sí es merendar...

Y entonces nadie habló más. Solo gemidos, risas ahogadas y sonidos húmedos llenaron el salón, mientras el atardecer se diluía y la noche caía sin prisa, como un telón que da paso al tercer acto de una obra muy, muy indecente.

La cucharada de flan se deslizó desde el pezón de Lía hasta su vientre, donde los dedos de Adrián ya no se limitaban a acariciar: la estaba penetrando con suavidad, pero con firmeza, disfrutando de cada jadeo que ella le regalaba.

Robert se inclinó a lamer el rastro dulce que había dejado, y al llegar a su coño, se quedó ahí, con la lengua firme y juguetona. Lía se arqueó con un gemido ronco, mientras una de sus manos buscaba la polla de su marido, dura y palpitante.

—Como me la metas ahora, me corro —susurró, mirándolo entre jadeos.

Adrián la besó en la boca con hambre, mientras detrás de ellos Nicolás y Laura ya no disimulaban. Laura montaba a su chico con fuerza, sus pechos rebotando mientras él le sujetaba las caderas y le lamía los pezones con avidez.

—Vamos, guarra, dame todo ese coño —gruñía Nicolás—. Que quiero dejarte el rabo seco de tanto chorrearte.

—Pues fóllame más fuerte, maricón, que me gusta que me rompas —soltó ella, entre risas sucias y gemidos calientes.

Robert se incorporó, su cara brillando del jugo de Lía y del flan, y se plantó detrás de Adrián.

—¿Quieres que te la meta mientras te la mete ella? —le susurró al oído, apretando su polla dura contra el culo de Adrián.

Adrián solo asintió con la cabeza, con los ojos cerrados, mientras Lía se bajaba un poco más sobre él, abriéndose para recibir su polla entera en una embestida profunda, mojada y cálida.

Robert escupió en la raja de su culo, sin perder tiempo, y comenzó a empujar con calma, saboreando la estrechez, sintiendo cómo se abría paso lentamente.

—Madre mía, entre los dos me vais a dejar roto —jadeó Adrián, mordiéndose el labio, con Lía rebotando sobre su polla y Robert abriéndole el culo desde detrás.

Laura, desde el sofá, miró la escena mientras seguía cabalgando con fuerza.

—Esto es mejor que cualquier porno que haya visto nunca —dijo con una carcajada jadeante.

—Pues grábalo, guarra —dijo Lía—. Así nos hacemos ricos con nuestras orgías.

—O al menos nos pagamos el flan.

Y entre risas y empujones, jadeos y lametones, la escena fue escalando. Laura se vino gimiendo como una posesa sobre Nicolás, que no tardó en correrse dentro de ella con un gruñido profundo. Lía se corrió con la polla de Adrián dentro y la lengua de Robert en el clítoris. Y Adrián... acabó justo cuando Robert le dio un par de embestidas más y se vació dentro de él con un temblor ronco.

Quedaron tirados, sudados, llenos de restos de comida, saliva, semen y flan.

—¿Alguien quiere limpiar esto? —preguntó Robert, con una sonrisa traviesa.

—Sí, pero con la lengua —respondió Laura, dejando escapar una carcajada feliz mientras se dejaba caer sobre el sofá.

Lía, aún jadeante, levantó un dedo.

—Siguiente año... quiero una tarta entera, con velas. Y con pollas.

—Tú pide, reina. Lo que tú quieras —dijo Adrián, dándole un beso largo y lento.

Y mientras fuera anochecía del todo, dentro no se apagaban las ganas. Solo se quedaban reposando.

Las toallas iban cayendo al suelo mientras el vapor llenaba el baño. Uno tras otro, los cuerpos se turnaban para ducharse, algunos en pareja, otros en pequeños tríos improvisados, entre risas, jabón y manoseos inevitables.

—¿Quién ha traído el gel de coco? —preguntó Laura desde la ducha.

—Yo —dijo Lía desde el lavabo, aún con el pelo chorreando—. Pero se supone que era para días especiales.

—Pues mira, hoy ha sido uno de esos días —rio Nicolás mientras se secaba los huevos con una toalla prestada.

Robert fregaba con energía la mesa del salón, desnudo salvo por un delantal con piñas que había encontrado en la cocina.

—Esto no lo limpia ni el ejército —dijo, señalando un charco sospechoso.

—Eso era flan, creo —dijo Adrián, pasando con un cubo y una fregona.

—¿Seguro que solo flan?

Lía pasó con el recogedor, riendo.

—Hay semen en el ventilador de techo. No preguntes cómo.

Una hora después, la casa estaba sorprendentemente decente. Ellos, recién duchados, vestidos con ropa cómoda, ya estaban preparando una cena ligera entre los cinco: una tortilla, ensalada y algo de embutido. El aire olía a pan tostado, y las risas ya eran más suaves, más de “grupo de amigos” que de “secta sexual desatada”.

Entonces sonó el móvil de Lía.

—¡Uy! ¡Mamá! —dijo ella, secándose las manos con un trapo.

Se apartó un poco, cogió la llamada con una sonrisa dulce.

—Hola, mamá…

—Hola, hija… ¡feliz cumpleaños, cariño!

—Gracias, mami. Ya casi los cuarenta… ¡pero aún me conservo!

Rosa se rio al otro lado.

—Tú siempre has sido guapa, mi niña. ¿Qué tal lo estás pasando?

Lía miró a su alrededor: Nicolás dándole un masaje en los hombros a Laura, Robert sacando el pan del horno, y Adrián preparando una copa de vino con una sonrisa sucia en la cara.

—Bien, mamá. Tranquilo, en casita. Cena con amigos. Nada especial.

—¿Estás con Adrián?

—Claro.

—Bueno, dale un beso de mi parte. Y ya hablaremos con calma esta semana, ¿vale?

—Sí, claro. ¿Cómo va el baño?

—Precioso. Qué bien me quedó. Ahora da gusto cagar.

Lía estalló en risa.

—¡Mamá!

—Bueno, hija, que cumplas muchos más… y con salud.

—Gracias, mamá. Te quiero.

—Yo más. Adiós, mi vida.

Colgó, suspiró con ternura, y volvió al salón.

—¿Tu madre? —preguntó Adrián.

—Sí. Dice que le encanta su nuevo baño y que da gusto cagar.

—Sabia mujer —rio Robert.

—De casta le viene al galgo —añadió Nicolás.

Y entre risas suaves y copas llenas, se sentaron a cenar. Esta vez, sin flan, sin polla, sin juegos.

Solo ellos.

Cansados, felices… y todavía con ganas de más.

Con la barriga llena y el vino en su punto, la sobremesa se fue estirando como un bostezo largo. La lámpara del salón daba una luz cálida, acogedora. Laura se había tumbado en el sofá, con la cabeza en el regazo de Lía, mientras Nicolás jugueteaba con los dedos de ambas. Robert, medio tumbado en una colchoneta, se acariciaba el pecho distraídamente. Adrián había encendido una vela —nadie sabía por qué— y ahora jugaba a dejar que la cera caliente cayera, gota a gota, sobre su propia pierna.

—¿En qué momento nos volvimos tan hippies sexuales? —preguntó Laura, medio riendo.

—Desde que nos conocimos —dijo Lía, acariciándole el pelo—. Ya lo traíamos dentro. Solo hacía falta que nos soltaran la correa.

—Y qué bien lo lleváis —dijo Nicolás, pellizcando suavemente un pezón de su mujer.

—¿Jugamos un poco más antes de dormir? —sugirió Robert—. Nada loco. Algo suave.

Adrián asintió. —¿“Verdad o atrevimiento” adulto?

—Uff, eso nunca acaba bien —dijo Lía, pero su sonrisa la delataba.

—Empezamos flojito —intervino Laura—. Si alguien se raja, se raja. Pero que quede claro: aquí nadie juzga.

—Salvo por tener los huevos arrugados —bromeó Nicolás, señalando a Robert.

—¡Eh! Son vintage, cabrón.

Y así, entre risas y vino, el juego empezó.

—Lía —dijo Laura con voz traviesa—, ¿verdad o atrevimiento?

—Atrevimiento.

—Dale un beso francés a Robert. Pero de los buenos.

Lía se rio, se levantó y fue directa hacia Robert, que ya se estaba incorporando con una sonrisa de oreja a oreja. El beso fue largo, lento, lleno de lengua y manos que se buscaban sin vergüenza. Cuando se separaron, Robert la miró con deseo sincero.

—Eres un regalo, cumpleañera.

—Lo sé —dijo Lía volviendo a su sitio.

—Mi turno —dijo Robert, señalando a Adrián—. ¿Verdad o atrevimiento?

—Atrevimiento, venga.

—Dale un azote a Nicolás… pero con la cuchara de madera de la cocina.

—¿La de las lentejas?

—Esa misma.

Se oyó una carcajada general. Adrián fue por la cuchara y, entre los aplausos, le dio un sonoro azote a Nicolás, que puso el culo en pompa.

—¡Coño, Adrián! ¡Eso ha sonado a castigo de internado!

—Ya sabes, disciplina masculina —rio.

El juego siguió entre azotes, chupadas furtivas y toqueteos juguetones. Nadie acabó desnudo del todo, pero más de una mano se coló por debajo de camisones y pantalones sueltos. Laura terminó lamiendo pezones ajenos. Nicolás se ofreció como "tabla de planchar humana" y acabó con tres culos sobre él. Lía y Adrián se encerraron unos minutos en el baño, solo para salir luego con cara de “aquí no ha pasado nada” y el pelo algo revuelto.

Cuando el reloj marcó la una y media, las velas se apagaron una a una, como si las ganas se hubieran ido escurriendo con cada risa, cada broma subida de tono y cada roce oportuno.

—Mañana más —dijo Lía, ya con una mantita sobre las piernas.

—Pero más tranquilos —dijo Laura bostezando.

—Eso decimos siempre —rio Nicolás, dejando caer su cabeza en el hombro de Robert.

Y así, entre bostezos, despedidas suaves y promesas de descanso, la casa volvió al silencio. Esta vez de verdad.

Hasta que alguien, en la oscuridad del pasillo, murmuró:

—¿Alguien sabe dónde coño está la cuchara de las lentejas?

Estallido de risas.

Y ahora sí, la noche se cerró con sonrisas.

El sol entraba tímido por las rendijas de la persiana, acariciando los cuerpos revueltos, las mantas desplazadas y los restos de una noche larga y gozosa. El aire olía a sexo seco, a velas consumidas y a piel en reposo.

Lía fue la primera en abrir los ojos. Tenía el pelo como una tormenta eléctrica y un leve dolor en los muslos que le sacó una sonrisa cómplice.

—Buenos días, vieja guarra —susurró para sí misma.

A su lado, Adrián dormía con la boca entreabierta, una mano descansando sobre su muslo, como si aún la protegiera de algo. Al fondo del pasillo, alguien roncaba con ritmo. Tal vez Robert. Tal vez Nicolás. O tal vez todos.

En la cocina había platos sin fregar, una cuchara de madera en el frutero, un sujetador en la cafetera y una braguita de encaje colgando del grifo. El grupo no solo había celebrado un cumpleaños. Habían celebrado la vida que se habían construido juntos: libre, torpe, lujuriosa, y absolutamente suya.

Lía puso agua a calentar. Se envolvió en una manta y salió al balcón. Le sonó el móvil. Un mensaje de su madre:

“Espero que te hayas portado bien anoche. O al menos que no te hayas roto nada. 😘”

Lía soltó una risa suave.

—Demasiado tarde para eso, mami.

Miró hacia el cielo despejado. Aún quedaban días por vivir, polvos por inventar, amigos por desnudar. Lo mejor de cumplir años era saber que, mientras muchos seguían soñando con la vida perfecta, ellos ya estaban follándosela sin remordimientos.

Y con ese pensamiento entre los labios, se giró hacia el salón.

—¿Quién quiere café?

Y alguien, desde dentro, medio dormido, medio empalmado, respondió:

—Solo si viene con mamada.

Y el día volvió a empezar.
 
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Kaxondete

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Capítulo 20: “El último calor”​

Pasan los días. El verano empieza a dar sus últimos coletazos. Las noches refrescan antes, los turistas desaparecen de las terrazas, y en el grupo ya nadie tiene la polla todo el día al aire… o al menos no sin una sudadera encima.

Lía lo notó esa mañana, al salir al balcón con el café. Ya no daba gusto estar en pelotas. Se le pusieron los pezones como tornillos de latón y murmuró un “me cago en la puta, qué rasca” mientras se envolvía en la bata.

Adrián seguía en la cama, medio dormido, con el móvil entre las piernas y cara de estar decidiendo si pajeársela o seguir soñando. Optó por lo segundo.

La casa estaba más tranquila de lo habitual. Ya no sonaban notificaciones del grupo cada cinco minutos, ni había condones por lavar ni culos por lamer en la cocina. Era septiembre. El cuerpo empezaba a pedir rutina, algo de orden, alguna siesta sin polvo previo.

—¿Sabes qué? —dijo Lía mientras le pasaba el café a Adrián—. Creo que lo peor del fin del verano no es que se acaben las vacaciones… es que se te secan las ganas de orgías.

Adrián rio, besándola en la barriga.

—Y se te enfrían los huevos, también.

—Eso sí que no se perdona —dijo ella—. Hay que buscar una solución antes de que nos oxidemos.

Y entre risas, sábanas arrugadas y olor a café, comenzó el día. Uno de esos días tontos, de preparar ropa de entretiempo, de mirar con nostalgia las chanclas, de repasar recuerdos recientes que aún olían a sal y lubricante.

Pero algo estaba claro: el verano se iba, sí. Pero ellos no estaban dispuestos a enfriarse del todo.

Lía estaba recogiendo los cojines de la terraza cuando notó que uno de ellos tenía una mancha blanca sospechosa.

—¿Adrián? —gritó desde fuera—. ¿Esto es lo que creo que es?

Desde dentro se oyó una carcajada.

—Depende. ¿Qué crees que es?

—¿Una estrella fugaz? ¿Nata? ¿Arte abstracto?

Él asomó la cabeza por la cortina, con el pelo revuelto y la taza de café en la mano.

—Tú dijiste que aquel polvo al atardecer fue “inspirador”. Lo convertí en instalación artística.

—Voy a instalarte yo la escobilla por el culo —le dijo Lía, tirando el cojín al suelo—. Y además ha refrescado, ¿qué haces en pelotas?

—Lo mismo que tú hace una hora —contestó él, dando un paso fuera, tiritando un poco pero orgulloso—. Si el verano se acaba, no pienso dejar que se me note.

—Pues se te está notando. Estás encogido como una nuez —dijo ella señalándole la polla, que apenas asomaba.

—Eso es porque tengo el alma veraniega, pero los huevos de diciembre.

Lía se rio, y él aprovechó el despiste para abrazarla por detrás, frío y todo, frotándole la cara entre los pechos a través del jersey.

—¿Sabes qué me apetece? —susurró él—. Un último polvo veraniego... de esos absurdos, sudados, con una sandía al lado y las piernas dormidas.

—¿Y sabes qué me apetece a mí? —dijo ella, girándose con una ceja levantada—. Comer algo caliente, mirar muebles por internet, y no tener que fregar más toallas con semen esta semana.

—¿Y si hacemos ambas cosas?

Lía suspiró. Miró el cojín manchado, la taza en su mano, y luego a Adrián con cara de idiota adorable.

—Pilla la sandía.

—¿De verdad?

—Sí, pero fóllame sin pringar nada más, ¿eh? Que tengo una colada blanca puesta.

—Me pondré encima —dijo él, emocionado, ya girando sobre sus talones.

—¡Y no te pongas el cojín en el culo que no lo pienso volver a lavar!

Y entre risas, una sandía a medio descongelar y el crujido de las hojas del ficus, Lía y Adrián demostraron que el otoño puede tener menos sol... pero no menos ganas.

Adrián volvió con media sandía en una mano y una sonrisa en la cara como si acabara de inventar el sexo.

—No estarás pensando en metérmela por el coño, ¿no? —dijo Lía mirándolo de reojo, mientras se quitaba el jersey con desgana.

—¿La sandía? No. Aunque ahora que lo dices…

—Ni se te ocurra —dijo ella, tirándole uno de los cojines manchados.

Pero el cuerpo le pedía guerra. El fresquito en los pezones, la mirada de Adrián, el olor a café y a la piel recién duchada… Se tumbó en el sofá, desnuda, con una pierna colgando y la otra apoyada en el respaldo, completamente abierta.

—¿Vas a seguir haciendo el tonto o me vas a comer el coño antes de que se me enfríe?

Adrián no contestó. Se arrodilló directamente frente a ella, como si el otoño le hubiera traído devoción. Empezó besándole los muslos con mimo, subiendo lento, mientras con una mano le acariciaba la panza y con la otra le abría los labios del coño, que ya brillaban con ese lubricante natural de los días tranquilos.

Lía suspiró hondo. Él la lamía suave, profundo, lento… como si tuviera todo el tiempo del mundo y ninguna prisa por follarla. La lengua de Adrián era hábil, acostumbrada a ese sabor. Sabía exactamente cómo moverse, cuándo frenar, cuándo apretar la punta contra el clítoris y cuándo hacer círculos anchos que la desarmaban entera.

Ella empezó a menearse contra su cara, con un gemido ronco, húmedo, sin decoro.

—Mmmm... así, sí... cómeme, coño... —murmuraba, empujándole con la pelvis como quien no quiere perder el calor del verano.

Él gruñía como un perro agradecido, lamiéndola más fuerte, salivando sobre su raja, con la barba mojada y la polla durísima colgando bajo él. Se metió dos dedos, despacito, mientras la chupaba, y Lía se vino casi sin avisar, con un temblor largo, agudo, y un “me cago en tu puta madre” de placer.

—Ahora te toca —dijo ella, aún jadeando, tirando de él hacia arriba.

Adrián se subió sobre ella, colocándose entre sus piernas abiertas. Se frotó la polla pequeña pero firme entre sus labios mojados, y ella se la agarró para meterla, guiándolo dentro. Gritó al sentirla entrar: no por el tamaño, sino por la intensidad, por lo mojada que estaba, por el cosquilleo entre el coño y el alma.

—Fóllame despacio... que aún me tiembla todo —le pidió.

Y él obedeció. Se movió dentro de ella con ternura y descaro. Le besaba la boca, le mordía los pezones, le apretaba el culo con las dos manos. El sofá crujía bajo ellos. Lía gemía bajo él, mojada, abierta, entregada. Le hablaba bajito, le pedía que no parara, que le llenara la barriga, aunque fuera con esa pollita juguetona.

—Vas a correrte dentro, ¿eh? —le dijo, con voz ronca—. Quiero sentirte acabar en mí... bien dentro...

Y Adrián, como si fuera una orden sagrada, aceleró el ritmo, la embistió más fuerte, jadeando ya sin freno, hasta que se le tensó el cuerpo entero y se corrió con un gemido ahogado, hundido dentro de ella.

Se quedaron así un rato. Pegados, sudados, con la sandía al lado y los ojos cerrados.

—¿Te imaginas si en vez de correrte, te hubieras resfriado? —bromeó Lía, aún con la polla de Adrián dentro.

—Me habría dado igual. Tú eres mi manta favorita.

Y se besaron otra vez. Entre cojines sucios, restos de sandía y olor a amor muy guarro, pero muy suyo.

Lía caminó hacia el baño con las piernas algo flojas, goteando el semen de Adrián entre los muslos y dejando un leve rastro en el pasillo de la casa.

—¿Vienes o qué? —dijo desde la puerta, con las manos en las caderas y una sonrisa torcida—. Si no me meto ya en la ducha, me voy a quedar pegada a los cojines.

Adrián la siguió despacio, con la polla aún medio dura, colgando, satisfecha. Entraron al baño y Lía abrió el grifo, dejando correr el agua caliente hasta que el vapor empezó a empañar el espejo.

—¿Sabes qué me gusta de ducharnos juntos? —dijo ella mientras entraba al plato, dejando que el chorro le diera de lleno en las tetas—. Que tú te haces el romántico, pero al final acabas metiéndome el dedo en el culo.

—Qué falta de respeto —dijo Adrián entrando tras ella—. Yo soy un caballero. Un caballero que limpia lo que ensucia.

Se abrazaron bajo el agua, resbalosos, con las pieles pegadas y los cuerpos aún encendidos. Adrián le enjabonaba la espalda con movimientos lentos, mientras Lía aprovechaba para lavarse el coño con una esponja y un gesto de gusto casi teatral.

—Me estoy sacando tu leche aún, mira —dijo levantando una pierna contra la pared.

—No me provoques, que me conoces —contestó él, apretándole el culo con ambas manos enjabonadas.

—¿Y si me agarras del pelo ahora mismo y me follas otra vez, así, mojadita?

—¿No estabas cansada? —dijo él con media sonrisa, mientras ya le separaba las nalgas.

—Una mujer tiene derecho a cambiar de opinión. Y tú a empujarme contra los azulejos y darme lo que me merezco.

No hizo falta decir más. Adrián se colocó detrás de ella, con el agua cayendo sobre sus cuerpos, y le metió la polla despacio, de nuevo dentro, caliente y mojada. Lía gimió con la cara pegada al azulejo, con las manos apoyadas y el culo empinado.

La folló lento, con una mano en su cadera y la otra acariciándole el clítoris. El sonido del agua mezclado con los golpes húmedos de sus cuerpos llenaba el baño. Lía se mordía el labio y pedía más. Adrián obedecía, sudando incluso bajo el agua.

El orgasmo de ella fue tembloroso, profundo, con las piernas flojas y el gemido ahogado en la pared. Él la siguió poco después, descargando otra vez dentro, con un gruñido tierno.

Se quedaron bajo el agua abrazados, riendo, jadeando.

—Esto cuenta como ahorro de agua, ¿no? —dijo él.

—Sí, pero no quiero ver esa factura del gas —respondió ella—. Aunque ha valido la pena.

Se besaron bajo el chorro caliente, con el cuerpo limpio pero el alma sucia y feliz.

Salieron del baño entre risas y resbalones, con el pelo mojado y los cuerpos brillantes, envueltos apenas en dos toallas mal puestas. Lía se dejó caer en la silla de la cocina mientras Adrián, todavía con el rabo medio flojo colgando bajo la toalla, abría la nevera.

—¿Qué tenemos? —preguntó, sacando medio melón, una fiambrera con lentejas y un paquete de jamón que ya tenía ese color dudoso de "último aviso".

—Lo que no tenemos es fuerza para cocinar. ¿Recalentamos las lentejas y echamos un huevo frito?

—¿Un huevo frito después de corrernos tres veces? ¿Quieres matarme?

—Es proteína. Y te lo voy a compensar con una siesta con tetas encima de tu cara.

—Negociación aceptada.

En pocos minutos, la cocina olía a ajo, aceite y esa mezcla sabrosa de lo casero y lo improvisado. Lía se sentó con las piernas abiertas, aún sin bragas, mientras removía las lentejas. Adrián, desde la otra esquina, la miraba con una sonrisa tonta.

—¿Sabes que tienes una gotita de jabón todavía en el culo?

—¿Y tú sabes que tengo hambre y que como no te sientes ya, me lo como todo yo?

Se sirvieron los platos, se llenaron dos copas de vino a media altura y comieron sin mucha ceremonia, despatarrados, medio desnudos, felices.

—¿Sabes? —dijo Lía mientras mojaba pan en la yema del huevo—. Cuando tenía 20 años pensaba que la felicidad eran los viajes, los clubs, el ruido… y mírame: feliz en pelotas, comiendo lentejas, con la polla de mi marido aún escurriéndoseme entre las piernas.

—Eso es poesía costumbrista. —Adrián brindó con la copa de vino y luego añadió—: Y tu coño es la estrofa principal.

Ella soltó una carcajada.

—Tonto.

—Tu tonto.

Se miraron con cariño, comieron el resto en silencio y, sin decirlo, sabían que la siesta los esperaba con promesa de caricias, de risas entre sábanas y, quizás, de otro polvo si el huevo frito no les dejaba KO.

—¿Y si vamos a la playa nudista? —preguntó Lía, mientras se chupaba un dedo lleno de yema de huevo—. Una última vez este año, antes de que empiece el fresquito.

Adrián la miró con una ceja levantada.

—¿Desnudos, llenos de lentejas y con olor a polvo y ajo?

—Precisamente. Que huela a auténtico. Como nosotros.

Se rieron y, sin muchas más vueltas, se levantaron de la mesa dejando los platos en el fregadero “para después” (lo cual, sabían los dos, significaba “para mañana”). En diez minutos, ya estaban metiendo toallas, crema solar casi vacía y una bolsa con uvas y agua en la mochila de tela que siempre llevaban al nudismo. Lía se puso su vestido más fácil de quitar, sin sujetador ni bragas. Adrián directamente iba en pantalón corto sin calzoncillos, porque “pa’ qué”.

Salieron andando, como siempre, con ese paso lento que tienen las parejas que ya no tienen que impresionarse, pero aún se excitan el uno con el otro. El sol no era tan fuerte como semanas atrás, y las sombras de los árboles empezaban a estirarse como presagio del otoño.

—Va a estar casi vacía, ¿no? —dijo Lía mientras se ajustaba la mochila.

—Perfecto. Más espacio para restregarte por la arena.

—Más espacio para que me la metas sin que nos miren raro.

—A ver si al final echamos de menos al mirón del verano…

—Ramón.

—Ramón, exacto. Qué tío.

Ambos se echaron a reír. El camino era familiar, ya lo habían recorrido muchas veces ese verano. Al llegar a la entrada del sendero que llevaba a la cala escondida, se tomaron de la mano.

—Última vez este año. Hay que celebrarlo —dijo ella.

—¿Con polvo o con chapuzón?

—Con todo.

El mar los recibió con ese olor salado y promesa de libertad. El viento les acarició la piel como una despedida suave. Se desnudaron sin pudor, sin vergüenza, sin urgencia. El ritual de cada visita, pero ahora con sabor a final de temporada.

Se tumbaron sobre la toalla, piel con piel, y se miraron en silencio.

—No hay verano como este —susurró ella.

—Y el próximo será peor, si no te vuelvo a follar aquí.

—Tú fóllame en invierno, y ya vemos.

Y se rieron, mientras el sol seguía bajando y la arena, todavía caliente, les cosquilleaba los pies.

Lía estaba tumbada boca arriba, con los ojos cerrados, el cuerpo completamente expuesto al sol y las piernas ligeramente abiertas como si su coño tomara el sol por última vez ese verano. Adrián, a su lado, jugueteaba con un dedo en la arena, trazando letras que el viento borraba en segundos.

Todo era calma, calor y erotismo contenido.

Hasta que una voz, suave pero clara, rompió la escena.

—Perdonad... ¿esta playa es solo para parejas?

Lía se incorporó de golpe, cubriéndose el pecho por reflejo, aunque luego volvió a bajarse las manos, recordando dónde estaban. Adrián también alzó la cabeza.

Frente a ellos, en la entrada al pequeño claro de arena, había una mujer.

Al principio solo veían su silueta a contraluz: delgada, alta, con una toalla al hombro y un sombrero de ala ancha. Luego, cuando se acercó unos pasos, la vieron mejor.

Tendría unos cuarenta y pocos. Morena, de pelo rizado recogido en una coleta, ojos oscuros que brillaban como si escondieran una carcajada permanente. Y ya venía completamente desnuda, salvo por unas sandalias.

—No quiero molestar —añadió, con una sonrisa pícara—. Pero me recomendaron esta playa unos amigos del camping. Dijeron que era tranquila... y que podía pasar de todo.

Lía y Adrián se miraron sin disimular la sorpresa. Y luego, como era habitual en ellos, se rieron los dos a la vez.

—Pasa, pasa —dijo Lía, haciéndole un gesto con la mano—. Aquí ya hemos visto de todo. Pero tú… ¿cómo te llamas?

—Soy Noelia —respondió ella, dejando su toalla cerca y sentándose con total naturalidad, abriendo las piernas sin pudor—. Acabo de llegar al pueblo. Estoy… explorando.

Adrián tragó saliva.

Lía se mordió el labio.

—Pues bienvenida —dijo ella, mirando a su marido—. Aunque este era nuestro último día de playa este año. Iba a ser un cierre íntimo.

—Entonces quizás llegué justo a tiempo —dijo Noelia, con una sonrisa tan ambigua como caliente—. No quiero interrumpir... pero tampoco me quiero perder lo que sea que ibais a hacer.

El viento sopló con fuerza de repente, como si incluso la naturaleza se hubiera puesto nerviosa.

Lía miró a Adrián y luego a Noelia. Sonrió.

—Pues ya que estamos, celebremos el fin del verano como se merece.

Noelia se tumbó de lado, apoyando la cabeza en la mano, con los ojos fijos en el cuerpo de Lía.

—Estoy muy de acuerdo.

Y así, el último baño de sol se convirtió en una nueva historia. Una que, quizá, merezca su propio capítulo.

El sol ya bajaba lentamente, pintando el cielo de tonos anaranjados y rosados, cuando los tres se levantaron y se adentraron en las dunas que bordeaban la playa. La arena fina y tibia crujía bajo sus pies desnudos mientras buscaban un rincón apartado donde dejarse llevar.

Lía, con su cuerpo curvilíneo y piel acariciada por el sol, se detuvo un momento y miró a Adrián y Noelia con una sonrisa traviesa.

—Aquí no nos molestará nadie —susurró, mientras se despojaba lentamente del pareo que aún cubría sus muslos.

Noelia se acercó, deslizando sus dedos por el brazo de Lía, su tacto era suave y al mismo tiempo cargado de electricidad.

Adrián no pudo resistir más. Con un suspiro profundo, rodeó la cintura de Lía y la besó con hambre, mientras su otra mano buscaba la piel de Noelia, acariciando su muslo con firmeza.

Las manos comenzaron a explorar cuerpos con un deseo sin reservas. Lía se inclinó para besar el cuello de Noelia, que respondió arqueando la espalda y entregando sus labios para un beso apasionado y húmedo.

La arena se mezclaba con la humedad de sus cuerpos. Adrián se deslizó entre las piernas de Lía, acariciando sus muslos, subiendo y bajando lentamente, mientras Noelia se arrodillaba para besarle el pecho, lamiendo cada pezón con delicadeza y luego con intensidad.

Lía suspiró profundamente cuando Adrián se deslizó dentro de ella, mientras Noelia se incorporaba para acariciar su espalda y deslizar sus manos por su vientre hasta alcanzar el centro caliente y húmedo.

Adrián y Noelia se sincronizaron en caricias, mientras los tres se perdían en un mar de sensaciones y gemidos, rodeados solo por el murmullo de las olas lejanas y el viento que agitaba suavemente las dunas.

Noelia se dejó caer sobre Lía, sus pechos rozándose, mientras sus dedos se entrelazaban explorando cada centímetro de piel. Adrián, entre ellas, aumentaba el ritmo con fuerza, haciendo vibrar sus cuerpos al unísono.

La excitación crecía hasta que un orgasmo compartido estalló, una explosión de placer que los dejó temblando y pegados unos a otros, la arena pegada a su sudor y al brillo de sus cuerpos.

Se quedaron un rato así, abrazados y sonriendo, sabiendo que aquel verano acababa con una última y ardiente aventura.

Quedaron tumbados sobre la arena tibia, los tres entrelazados como si formaran un único cuerpo. El sudor brillaba en sus pieles, y la brisa marina refrescaba sus respiraciones agitadas.

Lía, apoyada sobre un codo, miró a Adrián y Noelia con una sonrisa pícara.

—¿Quién diría que unas dunas podían ser el mejor lugar para una fiesta privada? —bromeó, deslizando sus dedos por el pecho de Adrián.

Noelia rio suavemente y apartó un mechón de pelo pegado a la frente de Lía, acariciándole la mejilla.

—Y pensar que vine con la intención de un simple paseo... Esto ha acabado siendo un regalo de verano inesperado.

Adrián, con una mirada cómplice, tomó la mano de Noelia y la rozó contra sus labios.

—Pues ya sabes, aquí tienes tu invitación para más sorpresas... —susurró, mientras sus dedos jugaban a deslizarse entre los pliegues de la piel de Lía.

Lía se incorporó un poco más, tirando de Noelia para que quedara sobre sus muslos, y ambas comenzaron a besarse lentamente, mientras Adrián las observaba con deseo creciente.

—¿Jugamos? —propuso Lía con una sonrisa pícara—. A ver quién aguanta más sin volver a desatar este caos.

Noelia levantó una ceja divertida.

—Esa competencia la voy a ganar yo sin duda.

Adrián se rio y se tumbó a su lado, cerrando los ojos un instante, disfrutando del momento.

Pero no tardaron en empezar otra ronda de caricias, risas ahogadas y miradas que decían mucho sin pronunciar palabra.

La complicidad entre ellos era un juego interminable, una danza entre el placer y el deseo, que no necesitaba palabras para ser intensa.

Finalmente, exhaustos y felices, se dejaron llevar por la calma del atardecer, abrazados en la arena, mientras el sol se escondía y la noche comenzaba a envolverlos.

Mientras el cielo se tornaba naranja y luego azul oscuro, Lía se sentó despacio, mirando a Adrián y Noelia con una sonrisa traviesa.

—Bueno, chicos... ¿Qué os parece si nos vamos a casa a quitarnos toda esta arena? —propuso, con un brillo en los ojos.

Adrián no pudo evitar responder con una sonrisa de oreja a oreja.
—Después de esto, una ducha juntos suena como el mejor plan del mundo.

Noelia se levantó despacio, sacudiendo un poco la arena de su piel, y les lanzó una mirada cómplice.
—Si no os importa que me una, encantada. Esto promete ser un final de verano inolvidable.

Lía le guiñó un ojo.
—Entonces estás más que invitada. Cuantos más, mejor.

Los tres se pusieron en marcha hacia la casa, la arena crujía bajo sus pies desnudos, las risas y las miradas llenas de promesas calentaban la noche.

Al llegar, sin prisa y sin vergüenza, dejaron que el agua tibia los envolviera, jugando con las gotas que resbalaban, acariciándose mientras la espuma se deslizaba por sus cuerpos.

La intimidad se volvió un juego, entre susurros, risas y besos húmedos, una continuación natural de aquella tarde inesperada.

El agua caliente caía en cascada sobre ellos, un manto tibio que fundía sus cuerpos en un abrazo líquido. Lía cerró los ojos, dejando que el roce del agua y las manos de Adrián recorrieran su espalda, deslizando los dedos con delicadeza hasta rozar sus curvas.

Noelia, a su lado, sonreía divertida mientras jugaba con el jabón, dejando que la espuma blanca se escurriera lentamente por sus pechos firmes, sus dedos trazando caminos invisibles por la piel de Adrián. Él, entre risas contenidas, se giró hacia ella y sus bocas se encontraron en un beso húmedo y lento, lleno de promesas y deseo contenido.

Lía, viendo la escena, se acercó y deslizó una mano por el torso de Noelia, sintiendo la calidez y la textura de su piel. Las tres figuras se entrelazaron, compartiendo caricias, susurros y risas, mientras el agua arrastraba cada gota de inhibición.

Los dedos de Adrián se perdían en la melena mojada de Lía, mientras ella exploraba la curva interior del muslo de Noelia, provocando una sonrisa cómplice entre ellas. Las risas se entremezclaban con gemidos suaves, creando una sinfonía que solo ellos podían entender.

En ese pequeño espacio cerrado, lejos del mundo exterior, la intimidad crecía y se convertía en un juego de exploración mutua, un baile de cuerpos desnudos y corazones abiertos.

Las manos de Lía se deslizaron desde la cintura de Noelia hacia sus caderas, apretándolas suavemente, mientras su boca descendía por el cuello de la nueva compañera, dejando un rastro de besos cálidos y provocadores. Noelia suspiró, arqueando el cuerpo hacia el tacto, entregándose a la sensación de ser explorada con tanta ternura y deseo.

Adrián, sintiendo la energía vibrante que les unía, tomó una barra de jabón y comenzó a recorrer con ella el torso de Lía, generando una espuma blanca que ambos manos compartían, frotando con ritmo, haciendo que la piel brillara bajo el chorro de agua.

Noelia se inclinó hacia Adrián, besando su pecho, mientras sus dedos bajaban lentamente hacia su cintura, acariciando con delicadeza, explorando cada rincón con curiosidad y ganas contenidas. Adrián respondió con una sonrisa pícara, acercándose más, hasta que sus labios atraparon los de ella en un beso profundo y apasionado.

Lía observaba, disfrutando cada segundo, sintiendo cómo su cuerpo respondía a la escena que formaban, la piel erizada, la respiración acelerada. Entonces, se unió a ese beso, completando el triángulo de fuego y placer que se había encendido en la ducha.

El agua seguía cayendo, mezclándose con sus suspiros y caricias, mientras los cuerpos se enredaban y descubrían, creando un oasis de placer compartido, donde el tiempo parecía detenerse y sólo existían ellos tres.

Tras varios minutos de suspiros, besos y risas bajo el agua caliente, los tres terminaron por apoyarse contra las paredes de la ducha, exhaustos pero sonrientes, como si el vapor no viniera solo del agua. Lía fue la primera en moverse, alcanzando la toalla con esa naturalidad de quien no teme mostrarse desnuda, y empezó a secarse el pelo mientras miraba a los otros dos, aún enredados.

—Bueno… —dijo con tono divertido— creo que hemos quemado bastantes calorías para justificar una cena con pan y postre.

—¿Postre? Yo estaba pensando en pizza con extra de queso —añadió Adrián, agarrando su toalla y pasándosela a Noelia con una sonrisa traviesa—. Y si sobra algo, puede ser postre también.

—¡Sois unos cerdos! —rio Noelia, secándose mientras se miraba en el espejo empañado—. Pero estoy de acuerdo. Algo de carbohidrato y sal me va a devolver el alma al cuerpo.

Salieron de la ducha entre risas y empujones suaves, caminando desnudos por el pasillo como si fueran adolescentes en un piso compartido. En el salón, se tiraron al sofá sin molestarse en vestirse, cubriéndose apenas con una manta.

Lía sacó su móvil.

—¿Pido unas pizzas? ¿O algo más currado?

—¿Podemos pedir comida india? —sugirió Noelia— Tengo antojo de algo picante. Literal y metafóricamente.

—¡Ay, por favor! —dijo Adrián riendo— No sé si me queda cuerpo para más picante hoy, pero tú pide lo que quieras.

—Vale. Y mañana desayuno con café fuerte, ¿eh? Que como esto se repita, nos van a tener que meter suero.

—Oye —interrumpió Lía—, ¿te quedas esta noche, Noelia?

Ella miró a los dos, arqueando una ceja, y luego sonrió con picardía.

—¿Me estás echando o me estás invitando a dormir en medio?

—Depende de cómo duermas —contestó Adrián, lanzándole un cojín.

Lía ya tenía la app abierta, y empezó a hacer el pedido mientras los tres discutían si añadir empanadillas o si mejor pedían un helado de pistacho para después. La noche iba a ser larga… pero ahora, desde otra energía: la de la complicidad, las risas, y el cariño que empezaba a nacer entre los tres.

El pedido estaba hecho. Comida india para tres, con extra de naan con ajo y un helado de mango para el remate. Lía tiró el móvil sobre la mesa mientras se acurrucaba entre Adrián y Noelia, todos bajo la manta, aunque a esas alturas, la tela apenas tapaba lo esencial.

—En cuarenta minutos llega —anunció—. Así que tenemos justo el tiempo justo para… nada. Vamos a quedarnos quietos. Como estatuas.

—Yo pensaba que ya era tradición abrirle la puerta al repartidor sin ropa —bromeó Lía, estirándose perezosamente, con una pierna fuera de la manta y un pezón apenas asomando.

—¿Sabes qué? —dijo Adrián con una sonrisa torcida— Me parece perfecto que hoy lo despidas tú. Le vas a alegrar la jornada.

Cuando sonó el timbre, ya era de noche. En el salón solo había una lámpara encendida, y las sombras jugaban en las paredes. Lía se levantó con calma, sin molestarse en buscar una bata. Noelia la siguió, también desnuda, con el pelo todavía húmedo y revuelto de la ducha. Adrián, sin decir palabra, se quedó en el sofá, observando desde lejos con una sonrisa torcida.

Lía abrió la puerta con una sonrisa dulce y los pechos bien visibles, mientras Noelia se apoyaba contra el marco, tan fresca como si aquello fuera lo más normal del mundo.

El repartidor, un chaval joven de unos 20 años con cara de no saber si mirar o huir, parpadeó un par de veces. Tragó saliva. Y luego soltó un:

—Eeeh… buenas noches… traigo… esto es… eh… tandoori de pollo… ¿vale?

Lía tomó la bolsa con una tranquilidad absoluta, como si estuviera en albornoz y no como Dios la trajo al mundo.

—Gracias, guapo. ¿Es tu última entrega?

—Sí… sí, ya… ya he terminado.

—Pues que tengas una buena noche. —Noelia le guiñó un ojo mientras se daba la vuelta despacio, dejando que sus nalgas bailaran sin prisa mientras volvía al salón.

El chico se quedó congelado medio segundo antes de girarse bruscamente, tropezar con el felpudo y desaparecer escaleras abajo.

Lía cerró la puerta entre risas.

—Pobre. Se ha ido con la cena en los pantalones.

—¿Te imaginas la historia que va a contar en casa? —rio Adrián— Ojalá vuelva mañana con un currículum y unas flores.

—Bueno, ahora sí —dijo Noelia dejando las bolsas en la mesa—. ¡A cenar! Que aquí las guarradas nos dejan famélicas.

El timbre volvió a sonar justo cuando Lía se había dejado caer sobre el sofá, con el paquete de servilletas aún sin abrir sobre las piernas. Adrián, todavía con el pelo húmedo de la ducha y una toalla ridículamente pequeña colgando de la cadera, fue a abrir sin pensarlo. Noelia le silbó desde el salón con una risita:

—Como te descuides, se te cae la toalla y le das la bienvenida con la polla saludando.

Adrián abrió la puerta. Era el mismo repartidor de antes, un chavalín moreno, con pinta de universitario cansado, pero ahora con una sonrisilla nerviosa.

—Perdona, me dejé las bebidas en la moto... Último viaje del día —dijo, bajando la mirada al cuerpo desnudo de Adrián y luego al interior del piso, donde Lía y Noelia, también desnudas, lo miraban con descaro desde el sofá.

—¿No te apetece una copa antes de irte? —preguntó Lía, ladeando la cabeza con picardía, con un brazo cubriéndose a medias los pechos y el otro entre las piernas, donde jugueteaba sin disimulo.

El chico tragó saliva.

—¿Seguro...? ¿No molesto?

—Molestar no, calentar tal vez —intervino Noelia, abriéndose de piernas como si estuviera en su casa.

Adrián sonrió y le hizo un gesto para que pasara. El repartidor cerró la puerta tras de sí con las bebidas en la mano y una erección imposible de disimular bajo el pantalón del uniforme.

—Bueno, esto sí que no me lo esperaba —dijo, riendo nervioso.

Lía se levantó, caminó hacia él con toda la naturalidad del mundo, sin preocuparse por su desnudez ni por el vaivén de sus tetas caídas. Le quitó la bolsa de bebidas y luego le acarició el brazo.

—Relájate... que no mordemos. Bueno... a veces.

Noelia ya se estaba acercando por detrás, y mientras Lía lo miraba a los ojos, la mano de ella se deslizaba por su cinturón.

—Vamos a hacer que esta entrega no se te olvide nunca, cariño.

El chico no opuso resistencia cuando empezaron a desnudarlo entre las dos, mientras Adrián se sentaba en una silla cercana, acariciándose con calma, con una sonrisa orgullosa de anfitrión complacido.

Y así, lo que empezó como una cena tranquila, acabó en una fiesta improvisada a cuatro, donde el repartidor se convirtió en el centro de atención por una noche.

El repartidor, ya completamente desnudo, temblaba entre la excitación y el asombro. Lía, con la mirada ardiente, lo empujó con suavidad hacia el sofá mientras Noelia se arrodillaba frente a él sin perder tiempo. Su boca caliente se deslizó sobre la polla dura del chico con un ansia juguetona, chupando despacio primero, mirándolo a los ojos, y luego profundizando sin pausa, mientras Lía le acariciaba el pecho y le mordisqueaba el cuello.

Adrián, desde su silla, se pajeaba despacio, viendo cómo su mujer y su nueva amiga se turnaban para comerse la polla del repartidor como si fuera un postre que pensaban compartir hasta el final. Noelia se relamía cada vez que la dejaba brillar de saliva, y Lía la besaba con los labios húmedos, mezclando sabores.

—Qué rico está este chaval —susurró Noelia con picardía, mirando a Adrián—. ¿Te vas a quedar ahí mirando o vas a unirte, guarro?

Adrián se levantó sin decir palabra, caminando hasta quedar junto al sofá. Lía se puso a cuatro patas sobre los cojines y le ofreció el culo sin más. Adrián no dudó: se colocó detrás y la penetró de golpe, haciendo que Lía gimiera con fuerza, mientras le agarraba los pechos y le mordía la nuca con cariño bruto.

El chaval gemía entre las bocas de las dos mujeres, que se turnaban entre chupadas largas, lamidas lentas por los huevos, y besos húmedos sobre su abdomen.

—Joder… esto es de locos… —balbuceó el repartidor, ya empapado de sudor.

Lía, jadeando con cada embestida de su marido, lo miró desde abajo con una sonrisa torcida.

—¿Y tú creías que tu turno acababa con una pizza?

Noelia se subió sobre el chico, montándolo sin esperar más. Su coño resbaloso lo tragó casi de una, con un gemido ronco que se le escapó al sentirlo entero dentro. Empezó a moverse con fuerza, meneando las caderas mientras lo miraba con lujuria.

Adrián aceleraba en Lía, sujetándole las caderas mientras ella babeaba entre gemidos, con los pechos bamboleando al ritmo salvaje de sus cuerpos.

Los jadeos se mezclaban, los cuerpos sudaban y los gemidos llenaban la sala. La escena era puro descontrol y placer sin culpa. Lía se corrió con un grito, apretando el sofá y dejando que Adrián siguiera dándole hasta sacarse dentro, sin pausa.

Noelia también se estremeció sobre el chaval, clavando las uñas en su pecho mientras él se corría dentro de ella con un gemido entrecortado.

Quedaron los cuatro tirados, respirando agitados, sonriendo como idiotas.

Lía, aún tumbada, murmuró:

—Lo vamos a tener que fichar fijo…

Los cuatro seguían tumbados, desparramados como si acabaran de salir de una centrifugadora sexual. El sofá parecía un campo de batalla de cuerpos sudados, cojines fuera de sitio y respiraciones aún descompasadas. El repartidor tenía los ojos abiertos como platos, medio atontado, mirando el techo como si todavía intentara procesar lo que acababa de vivir.

—¿Esto… pasa siempre que se os olvida algo en el pedido? —logró decir entre risas, sin moverse.

—No siempre —respondió Noelia, estirándose como una gata—, pero estás de suerte: eras nuestra pizza número cien. Regalito de la casa.

Lía se rio fuerte, tapándose la cara con una mano. Todavía desnuda, se acomodó de lado y le dio un golpecito cariñoso en el culo a Adrián, que estaba sentado en el suelo, entre sus piernas, todavía medio empalmado y con la cara de quien ha sobrevivido a algo importante.

—¿Tú crees que deberíamos darle una propina? —le preguntó a su marido.

—Yo ya le he dado dos... —respondió Adrián, señalando su polla flácida—. No sé si me queda algo más.

—¡Ey! —dijo el chaval, levantando la mano como si pidiera la palabra en clase—. Si vais a dar propinas en especie... acepto turnos rotatorios. Soy multitarea.

Lía y Noelia se miraron y rompieron en carcajadas. Lía estiró el brazo para alcanzar la caja de pizza que aún tenía un par de porciones frías.

—Venga, antes de que a alguno se le ocurra otra barbaridad, comed algo, que aquí nos deshidratamos como pasas.

Se repartieron la pizza directamente desde la caja, sin vestirse, entre risas, mordiscos y miradas cómplices. Noelia apoyó la cabeza en el hombro de Lía y murmuró:

—Esto sí que es una cena de cumpleaños...

—Y aún quedan las velas —añadió Lía, levantando una ceja mientras miraba la polla del repartidor, que empezaba a reaccionar otra vez—. Aunque este pastel ya nos lo hemos comido.

Adrián, con voz ronca y una sonrisa cansada, dijo:

—Vamos a tener que pedir otra pizza... para reponer energías. Pero con bebida esta vez, ¿eh?

El grupo estalló en risas de nuevo. En ese salón lleno de deseo, complicidad y pizza fría, no había vergüenza ni culpas. Solo cuerpos satisfechos, humor y una buena historia que ninguno de los cuatro olvidaría jamás.

—Oye, ¿y si hacemos una última ronda antes de que te vayas? —dijo Noelia con picardía, pasándole un dedo por el pecho al repartidor mientras masticaba su trozo de pizza.

—¿Última? —respondió él, fingiendo ofensa—. ¿Y quién ha dicho que quiero irme?

—Tú mismo hace rato dijiste que esta era tu última entrega —soltó Adrián, levantándose con la polla flácida pero digna, caminando hasta el mueble del salón para sacar una vela de las aromáticas.

—Sí, bueno, la última profesional. Esto ya entra en el terreno de lo vocacional —replicó el chico, mientras se relamía y echaba una mirada a las tetas de Lía, que se le movían suaves mientras recogía unas servilletas del suelo como quien no quiere la cosa.

Lía le lanzó una mirada cómplice.

—Entonces, si es vocacional, tienes que ganarte tu título. Yo digo que repitamos, pero cambiando de posiciones... y esta vez, con un reto.

—¿Reto? —preguntó Noelia, entre risas.

—Sí —intervino Adrián, volviendo con la vela encendida—. Que el último en correrse tiene que comerse los restos de pizza fría del desayuno.

—¡Qué asco! —rio Lía.

—Eso me motiva —dijo el repartidor mientras se ponía en pie, su erección ya otra vez marcada—. No pienso comerme una pizza dura como piedra, ni, aunque esté encima de una tía desnuda.

—Eso puede arreglarse —susurró Noelia, arrodillándose entre sus piernas y sujetándole la polla con las dos manos—. Vamos a dejarte listo en segundos, campeón.

Lía se puso detrás, besándole la espalda al repartidor mientras le acariciaba los pezones, y Adrián se colocó frente a Noelia para darle un beso lento, profundo, como si no hubiera nadie más en la habitación. La escena volvió a llenarse de jadeos, lenguas, caricias cruzadas, y juegos de posiciones improvisadas.

En algún momento, Lía se subió encima de Noelia para lamerle los pezones mientras Adrián la penetraba desde atrás, y el repartidor, sentado en el borde del sofá, se dejaba hacer una mamada sin manos por ambas a ratos, mientras grababan con el móvil de Lía. Las risas y los gemidos se mezclaban sin pudor.

Finalmente, fue Adrián el primero en correrse, soltando un gruñido profundo mientras se aferraba al culo de Lía. Ella lo miró con burla.

—Te toca la pizza del desayuno, mi amor.

—Pero solo si él aguanta más —dijo Adrián señalando al repartidor, que justo en ese momento explotaba en la boca de Noelia, con un gemido agudo y tembloroso, sujetándole la cabeza con ternura y temblor en las piernas.

—¡Empate técnico! —rio Lía.

—Entonces lo compartimos... pero con café —añadió Adrián, tirándose al suelo como si se desmayara.

Ya con las respiraciones calmadas y los cuerpos relajados, el repartidor se incorporó con pereza.

—Bueno... ahora sí que me voy. No tengo más gasolina.

—Ni falta que hace —dijo Lía, pasándole una toalla para que se limpiara un poco—. Pero, oye, si algún día cambias de trabajo... igual te hacemos hueco en el grupo.

—¿Grupo? —preguntó él, alzando una ceja.

Noelia le sonrió mientras guardaba su móvil.

—Grupo de mensajería especial. Ya te llegará el primer sticker...

Se despidieron con besos y abrazos desnudos, como si fueran viejos amigos. El repartidor salió al pasillo aún con una sonrisa boba en la cara, repitiéndose mentalmente lo que acababa de vivir.

Dentro, el trío se tumbó en el sofá con el cuerpo rendido y el alma contenta.

—Yo necesito... tres litros de agua y una ducha fría —dijo Lía, con las piernas temblando.

—Yo necesito... repetir esto el próximo año —añadió Adrián.

—Y yo... necesito que el verano no se acabe nunca —suspiró Noelia, acariciando una pierna de cada uno.

La ducha fría no fue solo una necesidad física. Fue también una especie de ritual de reinicio. Después de tanto sudor, sexo y emociones mezcladas, el agua cayendo sobre los tres cuerpos desnudos los obligó a respirar hondo y a mirarse con una mezcla de cansancio y ternura.

—Vale… esto ya sí es el final oficial del verano —dijo Lía mientras se enjabonaba los brazos, con el pelo mojado pegado a la espalda y la mirada perdida en la cerámica.

Adrián se acercó por detrás y le rodeó la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.

—Y el principio de lo que venga ahora.

Noelia, a su lado, se enjuagaba el pelo con los ojos cerrados, y soltó una risita.

—Joder... no sé si me voy a acostumbrar a mi cama después de esta semana.

—Puedes quedarte si quieres —dijo Lía sin pensarlo demasiado, volviéndose para mirarla.

—O venir de visita más seguido —añadió Adrián—. Ya sabes dónde están las llaves... y las duchas.

La escena fue bajando de ritmo. Acabaron envueltos en toallas, risueños, peinándose en el baño, quitando gotitas del espejo y comentando lo que pedirían para desayunar mañana. Nadie hablaba del cumpleaños ya; había pasado como todo en esa casa: a su modo, sin normas, intenso y lleno de cosas que contar… o callar.

Ya en el sofá, con ropa cómoda y una peli de fondo que nadie miraba, el silencio se hizo cómodo. Noelia se quedó dormida primero, con la cabeza sobre el muslo de Lía. Adrián le acariciaba el pelo con una mano y le daba pequeños toques en la pierna a su mujer con la otra.

—¿Y ahora qué? —murmuró Lía.

—Ahora… a vivir como siempre. Pero con una sonrisa tonta de las que no se van.

Ella asintió, cerrando los ojos. Afuera, la brisa empezaba a cambiar. El verano ya no rugía. Solo quedaban brasas.

Y ellos tres, ahí, desnudos por dentro, abrigados por todo lo vivido.

Pasaron los días, casi sin que se dieran cuenta. El calor fue aflojando poco a poco, y con él también el ritmo desenfrenado de los cuerpos y las risas. Noelia volvió a su piso, llevándose consigo más de un recuerdo y varios mensajes pendientes en el grupo. Robert reabrió su heladería con horario normal, y Ramón y Pilar regresaron a su rutina entre bromas guarras y planes para "el verano que viene".

Lía y Adrián, en casa, retomaron sus rutinas de forma suave pero inevitable. Lía volvió al ordenador con esa mezcla de concentración y desgana que tienen los lunes eternos, mientras Adrián pasaba de nuevo las mañanas entre herramientas y encargos.

—¿Se puede vivir todo el año en agosto? —le preguntó él una noche, con el pijama ya puesto y los pies fríos buscando los de ella bajo las sábanas.

—Si nos toca la lotería —respondió Lía sin abrir los ojos—. O si aprendemos a hacernos los tontos.

Ambos sabían que, con sus trabajos, sus listas de la compra y la lavadora llena otra vez, todo volvía a esa rutina que a veces odiaban y a veces necesitaban. Pero también sabían que algo había cambiado. Que ya no era solo el recuerdo de un verano suelto, sino una promesa de que el siguiente sería igual… o mejor.

Y así, entre correos, cafés y mensajes cruzados, pasaron los días. El verano se cerró como una puerta que se queda mal cerrada, dejando pasar un poco de luz. Porque siempre hay otro agosto, otra playa, otra ducha compartida… esperando a que todo vuelva a encenderse.
 
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