Verano Desatado: Crónicas de Lía y Adrián

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Kaxondete

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Capítulo 15: “Mercadillo con suegra”
La cafetera italiana silbaba con energía mientras Lía untaba mantequilla en unas tostadas y su madre, con su bata de flores y rulos bien puestos, se sentaba en la mesa con gesto de señora que lleva ya despierta desde las siete.

—¿Y Adrián? —preguntó la madre de Lía.

—Está en el baño. El pobre se mete la ducha más larga del mundo desde que tú duermes aquí —respondió Lía con una media sonrisa.

—¿Por qué?

—Porque no se puede masturbar en la cama.

La madre levantó las cejas como si le hubieran ofrecido heroína en una parroquia.

—¡Lía! Por Dios, ¿cómo dices esas cosas? —se abanicó con una servilleta.

—¡Mamá! Si ya sabes cómo somos. Mejor que lo asumas. En esta casa no hay secretos.

Adrián entró en la cocina justo a tiempo para escuchar eso y se quedó quieto con una taza en la mano.

—¿Hay café?

—Hay trauma —dijo la madre con dramatismo.

—Perfecto. Le echo leche y me lo bebo con trauma y galletas.

Rieron todos, incluso la madre, que se rindió a esa rutina surrealista que había adoptado como su nueva normalidad. Luego, con todo recogido y las barrigas medio llenas, se vistieron para salir.

—¿Al mercadillo vais así? —preguntó la madre al ver que Lía llevaba una camiseta sin sujetador y Adrián unas bermudas con sandalias sin calcetines.

—Sí, así no nos secuestran. —dijo él guiñando un ojo—. Somos invisibles para el crimen organizado.

Caminaron los tres hacia el mercadillo del barrio. Al llegar, el bullicio típico los envolvió: señoras gritando precios, los de los embutidos chillando "¡chorizoooo al corteeeee!" como si anunciaran el fin del mundo, y un hombre con sombrero de paja vendiendo bragas de algodón a grito pelado.

—Mira, esas me las ponía tu abuela —comentó la madre señalando las bragas—. Aguantaban lo que fuera: embarazos, inviernos, e incluso a tu padre.

—Qué fuerte todo —dijo Lía—. Me estás tentando.

Adrián agarró una muestra y la miró como si fuera un plano urbanístico.

—Estas bragas tienen más tela que nuestra cama.

—¿Queréis que os compre unas? —insistió la madre—. A lo mejor para dormir…

—Mamá, ni para disfrazarme de Papá Noel triste.

Se cruzaron con Mari Luz, la vecina cotilla y charlatana de Ramón y Pilar, que llevaba un carrito lleno de tomates y un sujetador con más años que Internet.

—¡Pero si sois vosotros! —saludó Mari Luz, estruendosa como siempre—. ¿Y esta señora tan elegante?

—Mi madre. Viene a quedarse unos días.

—¡Ah! Pues encantada. Qué suerte tiene, con una hija tan… tan… abierta.

—¿“Abierta”? —repitió la madre de Lía, alzando una ceja.

—Sí, de mente, claro —dijo Mari Luz, y se marchó a seguir gritando precios al del puesto de los plátanos.

Lía se apoyó en Adrián, riéndose por lo bajo.

—No sé si estoy más roja por el sol o por el bochorno.

—Yo solo sé que, si me compro calzoncillos aquí, me separo de ti —le susurró él.

—Y si mi madre nos vuelve a mirar mal en casa, te los pongo.

que, si me compro calzoncillos aquí, me separo de ti —le susurró él.

—Y si mi madre nos vuelve a mirar mal en casa, te los pongo.

Mientras Lía y Adrián hojeaban unos puestos de especias, y la madre de Lía negociaba una ristra de ajos como si estuviera comprando un piso, un estruendo llamó la atención a todo el mercadillo.

—¡PILAR, NO TOQUES LAS ACEITUNAS QUE NO SE PAGAN CON TETAS! —bramó una voz que podría haber espantado a los palomos de tres manzanas a la redonda.

Lía se giró despacio, ya intuyendo lo que venía. Y sí. Ramón. Con bermudas floreadas, camiseta sin mangas con el logo de una paella, y gafas de sol redondas como de rapero jubilado. A su lado, Pilar, con un sombrero ridículo lleno de flores de plástico y un vestido que dejaba ver más de lo que cubría.

—¡Pero si son mis panaderitos del amor! —gritó Ramón, señalando a Adrián y Lía como si fueran de su propiedad.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Adrián, ya riéndose.

—Pilar quería aceitunas rellenas de atún, y yo he venido a controlar que no se las meta en el bolso “por error”. Porque esta tiene el síndrome de Mercadona inverso: roba de los puestos y paga en los supermercados.

—Eso es mentira, Ramón, y lo sabes —dijo Pilar, cogiendo unas aceitunas con descaro—. Además, si le sonrío al del puesto me las regala.

—Claro, pero a mí no me sonríes ni cuando me quito los calzoncillos por error delante del horno.

—Porque eso fue un trauma navideño, Ramón. Olía a gas.

Lía se apoyó en Adrián de la risa. Su madre, mientras tanto, miraba a Pilar con una mezcla de escándalo y fascinación.

—¿Y esta es…?

—Un milagro con patas —respondió Lía.

—¡Mucho gusto! Pilar. Bisexual, pero solo cuando hace calor —se presentó Pilar, dando dos besos a la madre.

—Yo… yo soy la madre de Lía. Encantada.

—Ay, hija, qué bien conservada estás. Como las anchoas en aceite —añadió Ramón, mientras sacaba del bolsillo una navaja y pelaba una mandarina que había robado del puesto de frutas.

—¿Qué dices, Ramón? —exclamó Lía.

—¡Es por si me da una bajada de azúcar, que estos precios me dan pánico! ¡Una mandarina no le hace mal a nadie!

Adrián lo miró de arriba abajo.

—Te has traído hasta el abrelatas en el cinturón. Eres como un Boy Scout que folla.

—¡Y condecorado! —dijo Ramón levantando el pulgar.

Pilar encontró un puesto de ropa interior y cogió unas braguitas mínimas.

—¿Te imaginas a tu madre con esto, Lía?

La madre de Lía se atragantó con su propia vergüenza y dijo algo como: “yo me voy a mirar bacalao seco”.

—¡Vamos con ella! —propuso Ramón—. A mí me encanta el bacalao. Me recuerda a mí mismo después de una siesta.

Mientras la madre de Lía intentaba escapar entre los toldos de color chillón del mercadillo, Pilar ya se había probado unas bragas en plena calle, encima del vestido. Ramón la aplaudía con entusiasmo:

—¡Eso, mi loba del extrarradio! ¡Déjales claro que las tangas también son una actitud!

El tendero, un señor mayor con boina y manos de carnicero, no sabía si reír, llorar o sacar el agua bendita.

—Señora, eso no es probador —le susurró, mirando a los lados por si venía la policía local.

—¿Y qué más da? Si me las vas a vender igual. Además, aquí no hay secretos: ¡venimos todos ya con lo puesto y lo justo! —respondió Pilar mientras se daba la vuelta, enseñando sin querer una teta suelta que se le escapó del escote.

Lía soltó un gritito entre risas:

—¡Pilar, que mi madre está aquí, por favor!

La madre, con la cara color remolacha, murmuró:

—No, si yo ya estoy en modo testigo de Jehová: miro al suelo y sonrío.

Adrián, que estaba cotilleando en un puesto de embutido, gritó desde la otra punta:

—¡Lía, ven! ¡Han sacado chorizos en forma de corazón! ¡Le voy a regalar uno a Ramón con la inscripción “ponme fino”!

—¡Maricón adorable! —le gritó Ramón—. Y que sea picante, que si no me aburro.

Mientras tanto, Pilar ya estaba metiendo en su bolso una malla de limones sin pagar. El vendedor, resignado, le dijo:

—Señora, eso no es self-service…

—Lo sé, lo sé… ¡Pero es que el limón es afrodisíaco! ¿No querrá usted cortar mi inspiración, verdad?

—Mejor cójala toda, señora —suspiró el tendero.

De repente, apareció un grupo de turistas franceses que hacían fotos a todo. Uno de ellos enfocó a Pilar, quien se puso automáticamente en pose:

—Oui oui, madame exhibicion! —dijo ella, levantando la pierna sobre una caja de sandías.

—¡Pilar, bájate de ahí, que eso no es el Moulin Rouge, es el puesto de Manolo el Frutero! —chilló Ramón mientras intentaba bajarla agarrándola por el tobillo.

En ese momento, la madre de Lía, que había comprado al fin su ristra de bacalao, murmuró a su hija:

—Yo solo quería ver a mi niña y llevarme unas lentejas… y ahora estoy viendo más carne que en una carnicería.

—Mamá… esto es nuestra vida desde que conocimos a Ramón.

—Pues hija, que Dios os conserve el hígado y os esconda de la prensa.

Lía no podía más de la risa.

—¿Nos vamos ya, o esperamos a que Pilar se marque un burlesque con los calamares?

—¡No, no, ahora vamos al puesto de miel natural! —dijo Ramón, ya arrastrando a Adrián del brazo—. Que tengo que comprobar si se me pega más en el dedo o en el culo. ¡Ciencia, Lía! ¡Esto es ciencia popular!

Ramón se dirigía al puesto de miel como si fuera la atracción principal de un parque temático. Llevaba ya una cucharilla de plástico robada de un yogur y gritaba:

—¡Que me abran los tarros, que vengo con la lengua afilada!

Adrián intentaba sujetarlo sin mucho éxito:

—Ramón, que el señor solo tiene miel de romero y de azahar, no hace degustaciones eróticas.

—¿Ah, no? Pues que la monte. ¡Que ponga la de “polvo de media tarde”! ¡Que uno sepa si con esto se anima la próstata!

Mientras tanto, Pilar se había encaprichado con un puesto de bolsos de imitación. Se probaba uno que decía “Luis Buñuel” en vez de “Louis Vuitton” y le pareció divino:

—¡Mira, Ramón! Este bolso está tan mal escrito que parece arte moderno. Me lo quedo. ¡Y con este parezco rica y puta, que es la combinación perfecta!

Lía, por su parte, intentaba comprar fruta mientras su madre le sujetaba una bolsa de nísperos con expresión sufrida.

—¿Cómo puedes vivir así, hija?

—Mamá, es solo un mercadillo...

—No, hija, esto es Sálvame, pero sin publicidad.

—Bueno, al menos nadie ha salido corriendo desnudo —suspiró Lía, demasiado pronto.

Justo entonces, Ramón apareció con una pegatina en el pezón y dos plátanos en la oreja:

—¡Premio al más sexy del mercado! ¡Vamos todos al puesto de embutido que vamos a hacernos una foto de grupo con la morcilla entre las piernas!

—¡Ramón, por Dios! —gritó la señora del puesto de huevos camperos— ¡Que tengo al niño ayudándome! ¡Y tiene once años!

—Pues que aprenda pronto lo que es la alegría de vivir, señora. ¡El mundo está muy triste!

Pilar, mientras tanto, se subía a una caja de tomates a modo de escenario y gritaba:

—¡Desfile nudista! ¡El que tenga una faja, que la tire! ¡El que tenga una braga vieja, que la regale al viento!

Un joven repartidor de fruta se emocionó, se quitó la camiseta y empezó a cantar rumba.

La madre de Lía no podía más.

—Me voy al coche.

—Mamá, no tenemos coche.

—Pues me meto en un cubo y que me lleven rodando.

Adrián, en un ataque de ternura, la abrazó.

—Suegrita, no se preocupe. Ramón es como el herpes: no se cura, pero al final le coges cariño.

Ella se lo quedó mirando… y acabó riéndose.

—Anda, vámonos a por un café antes de que Pilar monte una manifestación feminista con peras y pepinos.

Y así, entre carcajadas, un par de gritos de “¡Mari Carmen, deja esa tarta que no se paga sola!” y otro intento de Ramón por intercambiar queso manchego por favores sexuales (“¡con consentimiento, siempre con consentimiento!”), el grupo fue abandonando el mercadillo como un circo ambulante que acababa de cumplir su función: hacer reír hasta al más estirado.

El grupo llegó en procesión, como si volvieran de una boda nudista. Lía agarraba del brazo a su madre, que aún venía algo escandalizada, y Ramón ya iba reclamando mesa a gritos:

—¡Una terraza pa' ocho, que traemos hambre, sed y posiblemente gonorrea emocional!

La camarera, una señora morena con moño de guerra y delantal rosa, ni se inmutó. Les señaló una mesa larga bajo una sombrilla que apenas daba sombra.

—Sentaros ahí y no toquéis los ceniceros que los he lavado esta mañana —gruñó mientras limpiaba la mesa con un trapo que olía a lejía y Marlboro.

Pilar sacó un abanico con forma de berenjena y se abanicaba dramáticamente.

—¿Qué vais a querer? —preguntó la camarera, sacando una libreta diminuta.

—Un cortado, una caña, un zumo natural, dos tostadas con jamón, una ración de churros y… ¿tenéis ensaladilla rusa?

—Tenemos ensaladilla, pero no garantizo que sea rusa.

—¡Perfecto! ¡Si lleva mayonesa ya me sirve! —gritó Ramón—. Y ponme el café más fuerte que tengas. Que me tiemble la próstata.

La madre de Lía pidió un poleo menta bajito de azúcar y sacó un sobre de edulcorante de su bolso “por si acaso”. Lía la miró con ternura:

—Mamá, te queremos mucho.

—Ya, pero no me dejéis sola con Ramón, por favor.

—¡Yo soy puro respeto, señora! —dijo Ramón, mientras sacaba una morcilla del mercadillo de su mochila como si fuera un peluche y le hacía hablar con voz grave—: “Hola, soy tu desayuno”.

Adrián lloraba de la risa mientras Pilar sacaba de su bolso un pequeño altavoz y ponía Camela a volumen medio.

—¿Qué hacéis luego? —preguntó Nicolás, que se había unido a última hora con Laura, ambos con bolsas de melones y ropa interior barata.

—Nada. Después de esto, ducharnos y sobrevivir —dijo Lía—. Aunque Ramón ya tiene pinta de querer montar un bingo nudista en casa.

—¡No lo digas muy alto que me emociono!

En ese momento llegó la comida, en platos desiguales, servida con ese amor pasivo-agresivo de las cafeterías de barrio. Y aunque la ensaladilla estaba sospechosamente caliente, todo sabía a risas y amistad.

Pilar brindó con su cortado:

—Por este grupo de degenerados adorables, que hacen del mercadillo una fiesta, del café una locura, y de cualquier lunes un recuerdo imborrable.

Todos aplaudieron. Incluso la madre de Lía esbozó una sonrisa.

—No sois normales. Pero sois buena gente.

—Eso es lo peor, mamá —dijo Lía con media tostada en la boca—. Que encima lo hacemos por amor.

Volvieron andando, despacio, con las bolsas del mercadillo llenas de frutas, embutidos, ropa interior sospechosa y una radio con forma de flamenco rosa que Ramón insistió en comprar “por si surge una emergencia musical”.

—¿Seguro que no quieres un carrito de la compra con ruedas, Ramón? —preguntó Lía al ver cómo se le escapaban dos melones de la bolsa.

—¡Bah! ¡Yo he llevado a mi suegra en brazos una vez! Esto no pesa nada.

—Eso fue en 1997 y solo eran dos escalones —intervino Pilar.

Al llegar al portal, la madre de Lía se adelantó con las llaves, agradecida de poder subir a casa y quitarse los zapatos.

—Yo voy directa al sofá. Me he ganado una siesta con honor —dijo, ya sacando del bolso un cojín inflable de viaje que usaba como reposacabezas casero.

Una vez dentro, todos se dispersaron como si acabaran de llegar de una caminata por el desierto. Lía dejó las bolsas en la encimera de la cocina y suspiró.

—Menuda mañana. Me duele hasta el alma.

—¿Tú crees que si metemos a tu madre en una aplicación de reformas nos hacen descuento? —bromeó Adrián, mientras se desabrochaba el pantalón.

—¡Como se lo digas te arrea con la alpargata! —rio Lía.

La tarde fue un remanso de paz y cotidianidad. Cada uno a su bola. Adrián se tumbó en el sofá con el mando de la tele, Lía hojeaba una revista absurda donde anunciaban vibradores con forma de unicornio, y la madre dormía profundamente con la boca abierta, roncando como un osito asmático.

En un momento, Adrián comentó:

—¿Tú crees que, si nos portamos bien, tu madre se duerme temprano y podemos… ya sabes?

Lía lo miró con ternura y resignación.

—Si nos portamos bien… igual podemos darnos la mano en la cocina sin sentir culpa.

—Qué tiempos aquellos —suspiró él—. Cuando lo más difícil era encontrar el lubricante, no esconder los gemidos.

—Ahora lo más difícil es encontrar intimidad entre lavadoras, suegras y jamones del mercadillo.

Ambos se miraron con esa complicidad que da el amor cuando no hay sexo, pero sí toneladas de cariño y una pizca de desesperación. Se rieron bajito, se dieron un beso casto en la frente y se prometieron secretamente que esa noche, si todo iba bien… quizá podrían darse un revolcón mudo entre sábanas limpias y toallas en proceso de secado.





Hora de cenar.


—¡Ya está la tortilla! —cantó Lía desde la cocina, levantando la sartén como si hubiese horneado una Mona Lisa con patatas.

—¿Con cebolla? —preguntó su madre, desde el comedor.

—¡Con mucha! —respondió Adrián, asomando la cabeza como un niño que ha hecho travesura.

—Eso no es tortilla, eso es herejía —gruñó la señora, con esa mezcla de cariño y tradición ancestral que sólo una madre española puede tener hacia la tortilla sin cebolla.

Se sentaron los tres a la mesa. Lía sirvió la tortilla como si fuera una joya arqueológica, Adrián abrió una cerveza y la madre, digna y callada, empezó a partir pan.

—He visto en la tele una receta de tortilla con brócoli —comentó ella.

—¡Por Dios, mamá! —protestó Lía—. No digas esas cosas delante de la comida.

—Y con aguacate —añadió la señora, ignorando el drama.

Adrián la miró con terror.

—¡Eso es terrorismo culinario!

—¡Qué exagerados sois los dos! —respondió la madre, llevándose un trozo de la tortilla a la boca con una sonrisa cómplice.

Después de unos minutos de silencio comiendo, la madre se limpió los labios con la servilleta y lanzó su bomba:

—Mañana podríais ayudarme a mirar azulejos para el baño.

Adrián, con la boca llena, se atragantó suavemente.

—Claro, mamá, vamos contigo —dijo Lía, golpeándole la espalda mientras intentaba contener la risa.

—Y luego si nos sobra tiempo, podríamos pasar por la tienda de lámparas, que las bombillas del pasillo me hacen parecer muerta.

—Como si vinieras del más allá —añadió Adrián en voz baja, ganándose una colleja afectuosa de Lía.

Acabaron la cena entre bromas suaves, con la madre contándoles cómo en el bloque una vecina quería abrir un canal de YouTube para enseñar a limpiar cristales sin dejar marcas.

—Eso es más útil que los vídeos de tu Ramón, ¿eh? —dijo ella con picardía.

—¡Eh! Que Ramón tiene un vídeo tutorial enseñando a afeitarse los huevos con espejo y linterna —soltó Adrián.

Lía se rio con la boca llena.

—¡Y con banda sonora de la Pantoja! ¡No te olvides!

Rieron los tres. Incluso la madre, que se sonrojó, no por la palabra “huevos”, sino porque se imaginó a Ramón desnudo con una linterna en el lavabo. Involuntariamente.

Terminaron con yogures y una infusión digestiva. La madre de Lía, como cada noche desde que llegó, fue la primera en retirarse a su habitación.

—Buenas noches, hijos —dijo desde el pasillo—. Y nada de ruiditos, que las paredes son finas.

—¿Quién pudiera…? —murmuró Adrián en voz baja, una vez se cerró la puerta.

Lía le lanzó una servilleta a la cara.

—¡Calla, pervertido! Y friega tú.

La cocina ya estaba recogida, el lavavajillas zumbaba con ese ritmo de fondo que solo suena a hogar, y Lía y Adrián se habían quedado en el sofá, con la luz tenue de la lámpara de pie y una infusión de manzanilla en las manos.

—¿Tú crees que tu madre sospecha algo? —preguntó Adrián en voz baja, como si en vez de su suegra tuvieran a la Interpol en casa.

—¿De qué? —respondió Lía, arqueando una ceja.

—De todo. De nuestra vida... poco ortodoxa —sonrió.

Lía se rio, apoyando la cabeza en su hombro.

—Mamá sospecha de todo. Lleva sospechando desde que un día me vio volver del instituto con los labios brillantes y cara de “no me he comido un Donut”.

—¿Y era un Donut?

—Era Javi, el de segundo. Más dulce que un Donut, menos empalagoso.

Se rieron.

Adrián le rodeó los hombros con el brazo y le besó el pelo.

—Eres muy guapa, lo sabes, ¿no?

—Lo sé. Y tú estás muy salido, ¿eso lo sabes tú?

—Lo sé —dijo él, resignado—. Pero tengo a tu madre durmiendo a cinco metros y a un gato que no existe como única excusa para huir.

Lía se rio otra vez, de esa forma que no hace ruido, pero llena la habitación.

—¿Te imaginas? “No podemos, que el gato nos mira”.

—“Y el gato es muy conservador”, diría tu madre.

Se quedaron en silencio un momento. Él la miró con ternura. Ella le acarició el muslo, sin erotismo, solo por gusto.

—Me encanta tenerte —le dijo ella.

—A mí también me encanta tenerme —respondió él.

Lía le metió un codazo con risa incluida.

—Tonto. A ti. Tenerte a ti.

—Yo te tengo a ti. Y tenemos una suegra. Así que estamos empatados.

—¿Y Robert?

—Robert no cuenta. Robert es un bonus track.

—¿Y Ramón?

—Ramón es el remix del apocalipsis.

Ambos rieron en voz baja. Se abrazaron un poco más fuerte. Un silencio cómodo. Un silencio de pareja real.

—¿Vamos a la cama? —preguntó ella.

—¿A dormir?

—A dormir, Adrián. Mi madre no duerme con tapones.

—Joder. Vale.

Y se fueron, sin prisas, sin dramas, solo dos adultos que se quieren… y que esperan con ansias que les reformen el baño a la suegra lo antes posible.

Jueves por la mañana.

El sol entraba por las rendijas de la persiana como si quisiera despertarlos a codazos. Lía abrió un ojo, luego el otro, y suspiró. A su lado, Adrián roncaba leve, con la boca entreabierta como quien sueña con croquetas.

—Adrián —susurró Lía.

Nada.

—¡Adrián! —más fuerte.

Él pegó un respingo como si lo hubieran electrocutado.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Ha explotado el termo?

—No, solo ha explotado el sol. Es tarde.

—¿Tarde para qué? No tenemos hijos, no tenemos jefe, solo tenemos lavadoras que poner y una suegra que desayuna a las ocho como un reloj suizo.

Lía rio y se levantó con un bostezo. Se puso la bata y fue directa a la cocina. La madre ya estaba ahí, por supuesto. Sentada, con las manos cruzadas sobre la mesa, más recta que una estatua.

—Buenos días, hija.

—Buenos días, mamá. ¿Has dormido bien?

—Como en casa de mi hermana: poco, pero agradecida. ¿Tienes pan integral?

—Sí, claro. ¿Café?

—No, ya me lo hice. A estas alturas ya llevo dos. Una de las cosas buenas de envejecer es que madrugas sin querer.

Mientras tanto, Adrián entró con el pelo revuelto, en calzoncillos, medio dormido.

—Buenos días, señora suegra.

—Buenos días, Adrián. Ponte una camiseta, anda, que no estamos en la playa de Mazarrón.

—Uy, señora, si usted supiera…

—No quiero saberlo.

Lía no podía más de la risa.

El desayuno transcurrió entre risas, pan con tomate, y una conversación absurda sobre si los kiwis se deben comer con o sin piel (la madre de Lía afirmaba que la piel “es buena para el tránsito”, lo que provocó una discusión de 15 minutos y media tostada volando por los aires sin querer).

Después del desayuno, mientras la madre se ponía a leer una revista en el salón, Lía y Adrián recogían la cocina.

—¿Ponemos una lavadora? —dijo ella.

—Solo si luego hacemos el amor contra el tambor, como en las películas francesas.

—Adrián, está mi madre.

—Pues se lo decimos: “mamá, ponte los tapones que vamos a centrifugar la pasión”.

Lía le tiró un trapo de cocina.

—Hazme el favor y carga la lavadora.

—Sí, señora.

Adrián la besó en la mejilla y se puso a separar calzoncillos como quien manipula obras de arte.

En la radio sonaba una rumba vieja. La mañana olía a detergente, tostadas y cariño doméstico. No había sexo, pero había una intimidad tan real como cálida.

La jornada continuó entre risas, pero también con cierta calma, porque, claro, el ritmo no podía ser siempre tan desenfrenado, especialmente cuando se trata de reformas en casa de los padres.

—Pues eso, Adrián, que a tu madre le encantan los azulejos que tienen esas… esas florecitas, ¿te acuerdas? —dijo Lía mientras pasaba un trapo por el suelo de la cocina.

—¡Pero si eso es lo peor! Ni en el 85 se ponían esos azulejos. ¡Esos son los que tiene mi tía Paquita! No vamos a poner eso aquí, ni en broma.

—Que no, que no es para tanto. Es que a mi madre le gustan esas cosas. Son como… tradicionales, sabes, como los muebles de la abuela.

—A mí lo que me gustaría es que tuviera un baño con ducha y no con esa bañera que es un refugio de moho.

La conversación continuaba mientras miraban opciones en internet. Lía había decidido que ya era hora de darle un lavado de cara al baño de su madre, y claro, como su madre se sentía un poco perdida entre tanta elección moderna, decidieron que lo mejor era llevarla directamente a la tienda para escoger azulejos y bombillas, y así también dar el visto bueno a todo lo demás.

Al poco rato, los tres se montaron en el coche. Lía al volante, Adrián en el asiento del copiloto, y mamá, con su cara de seriedad inquebrantable, en los asientos traseros.

—Esto va a ser una excursión corta, ¿eh? No quiero que me quiten el día entero con colores y texturas —dijo la madre de Lía, ajustándose las gafas.

—Mamá, relájate, solo vamos a ver las opciones, no vamos a comprar nada, ¿vale? Solo necesitamos saber lo que te gusta —respondió Lía, mirando por el retrovisor y guiñándole un ojo a Adrián.

—Y los azulejos no se eligen en cinco minutos —comentó Adrián con tono irónico—. Es un proceso profundo. Necesitamos la opinión experta de mamá.

Lía soltó una risa y siguió conduciendo hasta la tienda. Cuando llegaron, se encontraron con un escaparate lleno de azulejos de todos los colores, texturas y formas imaginables.

—Venga, a elegir —dijo Adrián, adelantándose a los dos, como si fuera un experto en la materia.

La madre de Lía frunció el ceño.

—Estos están muy brillantes. No sé si son adecuados para un baño. Quizás me los pondría en el salón.

—Claro, mamá, el baño es solo un salón pequeño con agua, ¿no? —rio Lía—. No te preocupes, vamos a encontrar lo que te guste.

Pasaron varios minutos entre risas y consejos poco prácticos de Adrián, que se tomaba todo como un juego, hasta que finalmente la señora escogió unos azulejos discretos, pero con un toque moderno.

—Y ahora, las bombillas. Esas son muy importantes —dijo Adrián, sin poder contenerse—. Las bombillas pueden cambiar toda la atmósfera de la habitación.

—Adrián, ¿no me digas que sabes de luces también? —Lía lo miró divertida.

—Claro que sé. Las bombillas son la base de todo hogar. Son como el toque final en la obra de arte. A ver, mamá, ¿qué te parecen estas LED que cambian de color? Perfectas para que ilumines el baño como si fuera una discoteca.

La mama de Lía se quedó mirando las bombillas como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.

—No quiero discoteca, gracias. Solo quiero ver bien cuando me lavo la cara.

Lía soltó una risa nerviosa, y Adrián, que había seguido bromeando, se dio cuenta de que ya había llevado la situación a un punto de no retorno.

—Bueno, mamá, al final tú decides, pero esas bombillas LED tienen un montón de opciones que pueden ser útiles para el baño.

Al final, después de varias más bromas y discusiones ligeras sobre texturas y tonos, la mama de Lía aceptó unas bombillas suaves que no parecían un festival de luces y unos azulejos que reflejaban exactamente lo que ella quería.

De vuelta al coche, la madre de Lía parecía satisfecha, aunque sin mucha expresión.

—Bueno, al menos ya está hecho. Gracias por el acompañamiento, chicos. Me hace sentir que aún tengo algo de juventud con estas decisiones.

Adrián, con cara de satisfacción, se recostó en el asiento del copiloto.

—¡Eso, mamá! ¡Estás en la onda total!

La risa entre los tres llenó el coche mientras regresaban a casa.

El ambiente en el coche era relajado, con la mama de Lía sentada en los asientos traseros, aun sonriendo por la experiencia de la tienda de azulejos. Adrián y Lía, con los ojos brillando de complicidad, charlaban animadamente mientras conducían hacia casa.

Al llegar, decidieron que la noche iba a ser tranquila, una especie de "recompensa" después de un día lleno de decisiones de reformas, risas y el inevitable cansancio de la jornada.

—Venga, mamá, ponte cómoda, que vamos a preparar algo fácil para cenar, ¿te parece? —dijo Lía mientras comenzaba a sacar algunos ingredientes del frigorífico.

—Lo que sea está bien —respondió su madre, quitándose los zapatos y poniéndose cómoda en el sofá—. Hoy no tengo ni ganas de pensar en nada, hija.

—Te entiendo, mamá —dijo Lía con tono amable—. Nos vamos a encargar de todo.

Adrián, por su parte, se metió en la cocina y comenzó a sacar utensilios y cocinar lo primero que le vino a la mente, mientras Lía le echaba una mano con las ensaladas. La cocina de la casa era pequeña pero acogedora, y como era habitual, los dos se movían con familiaridad en el espacio, charlando y riendo mientras se organizaban para preparar la cena.

—Creo que necesitamos algo ligero, ¿no? —dijo Adrián mientras cortaba las verduras—. A lo mejor una ensalada y algo de pasta, que no vamos a hacer una gran fiesta hoy.

—Totalmente de acuerdo. Pasta suena perfecto. Yo me encargaré de la ensalada, que seguro que la suegra prefiere algo sano —respondió Lía con una sonrisa mientras comenzaba a cortar los tomates.

La señora, sentada en el sofá, no dejaba de mirar el ritmo frenético con el que los dos se movían por la cocina.

—No sé cómo podéis tener tanta energía —comentó con una risa tímida—. Yo ya estaría hecha polvo después de todo el día.

—Pues mira, mamá, es lo que pasa cuando estás en tu mejor forma. La juventud nunca se pierde, solo se adapta —rio Lía.

A lo largo de la preparación de la cena, las bromas no faltaron. Adrián hizo todo lo posible por añadir algo de humor a la situación, inventando nombres absurdos para los platos.

—Este es el "spaghetti a la diosa de la pasta", con una pizca de humor y un toque de salsa amorosa —bromeó mientras revolvía la pasta.

—¡Ay, por favor, Adrián! Ya no sé si estoy comiendo pasta o un poema de amor —rio Lía, sirviendo la ensalada en el plato.

Finalmente, la mesa estaba puesta y la comida servida. No era nada espectacular, pero se sentía acogedora y sencilla, justo lo que todos necesitaban en ese momento. La señora de Lía se sentó con una sonrisa satisfecha, mientras Adrián y Lía se acomodaban también a la mesa.

—Gracias por la cena, chicos, todo está muy bueno —dijo la señora, probando un poco de pasta.

—De nada, mamá. Es lo mínimo después de todo lo que has pasado hoy eligiendo esos azulejos —respondió Lía, con una sonrisa cómplice.

—Sí, qué aventura la de hoy. Parece que me he metido en el siglo XXI con esos azulejos de última tecnología —respondió la señora, fingiendo seriedad, lo que provocó una risa generalizada.

La conversación fue fluyendo sin prisa. Hablaron de todo un poco: de la reforma, de recuerdos pasados, de anécdotas familiares, y como no, de algunos de los momentos más divertidos de la jornada. La risa y el buen humor siguieron durante toda la cena, incluso cuando llegaron al postre. Aunque sencillo, el ambiente relajado y afectuoso hacía que todo fuera perfecto.

Al terminar, Adrián se levantó para recoger los platos mientras Lía y su madre se quedaban charlando.

—Hoy ha sido un día bastante divertido, ¿verdad? —comentó la señora, mirando a su hija con una sonrisa.

—Sí, mamá. Ha sido perfecto. Aunque, me parece que tenemos que organizarnos mejor la próxima vez, ¿eh? Para que no tengamos tanto caos con los azulejos y las bombillas —rio Lía, mientras empezaba a ayudar con los platos.

La noche transcurrió tranquila y en familia. Los tres se sentaron en el salón para charlar un rato más antes de irse a dormir. La mama de Lía se mostró contenta, aunque un tanto agotada por el ajetreo del día. Y así, entre bromas, risas y un toque de cariño familiar, la jornada terminó.

Al final, la suegra se acomodó en el sofá para descansar mientras Lía y Adrián, exhaustos pero felices, se preparaban para el día siguiente

La casa ya estaba en penumbra. Lía se había metido en la cama con su pijama de algodón de lunares, hojeando el móvil sin demasiado interés. Su madre, instalada provisionalmente en el sofá-cama del salón, dormía plácidamente tapada hasta la nariz. Todo parecía tranquilo en el hogar… hasta que Adrián, recién salido de la ducha, cometió un pequeño desliz logístico.





Había olvidado la toalla. Otra vez.

—¡Mierda! —susurró, mojado, chorreando y completamente desnudo dentro del baño.

Pensó en llamar a Lía, pero no quería despertar a su suegra. Así que tomó la decisión más valiente (o más tonta): salir a hurtadillas a buscar una toalla, pensando que a esas horas nadie estaría despierto.

Abrió la puerta del baño con cuidado… y justo en ese momento, la señora madre de Lía encendió la luz del pasillo para ir a por un vaso de agua.

Se quedaron los dos congelados. Adrián, empapado y en pelotas, con una mano a medio camino entre cubrir el pecho o la entrepierna. Y ella, con el vaso en la mano, los ojos muy abiertos… y una sonrisa que luchaba por no manifestarse demasiado evidente.

—¡Ay, perdón! —dijo él, rojo como un tomate y reculando hacia el baño como un cangrejo—. ¡Se me olvidó la toalla!

—No, no... tranquilo… tranquilo, hijo… No pasa nada —contestó ella con voz temblorosa, y una ceja ligeramente levantada—. Tienes… muy buena salud.

Adrián no supo si aquello era un cumplido, una evaluación médica o un simple desliz verbal.

—Gracias… digo… disculpe… ya me meto… ya está…

Se encerró en el baño a la velocidad de la luz.

Del otro lado de la puerta, la señora suspiró bajito, se sirvió su vaso de agua, y mientras bebía con calma, murmuró con tono casi nostálgico:

—Madre mía… ya no se ven hombres así en los supermercados…

Y se fue a dormir como si nada, con una sonrisilla culpable que nadie pudo ver.

Al rato, Lía, desde la cama, al ver a Adrián entrar al dormitorio aún colorado y envuelto en la alfombra de baño, levantó una ceja divertida.

—¿Te vio mi madre?

—Sí…

—¿Y qué dijo?

—Que tengo buena salud.

Lía soltó una carcajada silenciosa mientras apagaba la luz.

—¡Pues hala! Esta noche duermes con bata de franciscano. Que te tengo que proteger, que mi madre lleva mucho viuda...

Y así terminó la noche, entre vergüenza, risitas cómplices y una bata improvisada.

La casa volvió al silencio, aunque con una nueva capa de incomodidad simpática flotando en el ambiente. Lía se durmió con una sonrisa burlona en los labios. Adrián, en bata cerrada hasta el cuello, con el alma todavía sonrojada. Y la madre de Lía… bueno, ella durmió como un lirón. Plácida. Sosegada. Y quizá con algún recuerdo inesperado revoloteando por la cabeza, como quien ha visto algo que no esperaba… pero que no le disgustó del todo.

Una noche más sin sexo para Adrián y Lía.

Una noche más de comedia involuntaria en esta casa donde nada es completamente normal, pero todo acaba en cariño, risas y alguna que otra situación para el recuerdo.
 
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