Capítulo 2: “Parejas en la playa”
Por la mañana, con el sol bajo y la arena aún fresca,
Lía y Adrián habían llegado temprano aquella mañana. La playa, a esa hora, era tranquila. Un par de toallas esparcidas, algún cuerpo tumbado de espaldas, otros caminando por la orilla como si el mundo no existiera más allá del horizonte. Lía, con su pareo a medio quitar, se sentó en su rincón habitual, dejando que el aire fresco le acariciara el cuerpo desnudo y algo húmedo por el último baño.
Adrián, ya estirado a su lado, con su piel tostada por el sol, se giró apenas para observar el mar. Sus huevos, rasurados, descansaban sobre la toalla, relajados. Estaban en paz. Después de lo de ayer, ambos sentían ese resacón dulce de haberlo dado todo… y, aun así, el cuerpo les pedía más. Pero ahora no pensaban en eso. Solo respiraban.
Fue entonces cuando los vieron.
Una pareja caminaba lentamente por la orilla, sin apuro. No venían cogidos de la mano, pero sus pasos iban acompasados. Parecían tener una edad parecida a la de ellos, quizás cuarenta y pocos. Ella llevaba una gorra en la mano, el pelo largo, oscuro y algo rizado cayéndole por la espalda. Su cuerpo no era perfecto, pero el andar relajado y su postura la hacían ver segura, como quien ya no tiene prisa por encajar. Él era más discreto. Cuerpo ancho, con algo de barriga, la polla colgando sin vergüenza y el pecho peludo. No miraban a nadie, pero tampoco evitaban que los miraran.
Lía sintió que sus ojos se cruzaban por accidente con los de ella. Fue solo un segundo. Esa clase de mirada que parece no decir nada, pero deja algo en el aire. No fue una mirada de deseo, tampoco de provocación… fue una mezcla de sorpresa, reconocimiento, y algo de pudor. Lía, casi sin darse cuenta, apartó los ojos, como si la hubieran pillado mirando más de la cuenta.
Adrián sonrió, viéndola.
—¿Te ha dado corte? —le dijo en voz baja, sin malicia.
—No… es que… no sé. Me miró raro. O yo la miré raro.
—Quizás pensó lo mismo.
No dijeron más. La pareja siguió su camino por la arena, y unos metros más adelante, colocaron sus toallas no muy lejos de ellos. No lo suficiente como para parecer casual, pero tampoco tan cerca como para ser descarados.
El sol subía. El aire ya no era fresco. Y las miradas, poco a poco, empezaban a pesar un poco más.
Lía se acomodó en su toalla, intentando no mirar demasiado, pero con el rabillo del ojo no dejaba de observar los movimientos de la nueva pareja. La mujer, después de extender su pareo, se agachó para sacar crema solar de una mochila, y su pelo largo cayó en cascada por delante. Al incorporarse, se la echó despreocupadamente por el cuerpo: brazos, hombros, piernas… sin prisa. Adrián también la miraba, aunque con la misma discreción que Lía. No era morbo aún… era otra cosa. Algo que se iba gestando.
El hombre se sentó a su lado y le dijo algo que no se oyó, pero ambos rieron con complicidad. No se escondían, pero tampoco parecían interesados en socializar. Era raro. Justamente eso les hacía tan llamativos.
—¿Tú crees que también vienen por lo mismo que nosotros? —preguntó Lía, con voz baja.
—¿Por lo mismo de ayer?
—No sé. Por lo general.
—Mmm… puede. Pero no lo parecen. No aún.
Lía asintió, sin saber muy bien qué pensar. Se sentía observada, aunque nadie la estuviera mirando directamente. Se puso un poco de aceite en el pecho, cubriéndose las tetas caídas con las manos grasientas, masajeando más de la cuenta, como por distracción… pero sabiendo que quizás la estaban viendo. O deseaba que lo hicieran.
Un rato después, el hombre se levantó y fue hacia la orilla. Caminaba con ese paso lento de quien disfruta del calor en la piel. Al llegar al agua, se metió hasta la cintura. La mujer se quedó sola, tumbada boca arriba, con una pierna flexionada y el pubis expuesto sin vergüenza. Adrián miró a Lía.
—¿Y si vamos a darnos un chapuzón también? —propuso, sin segundas.
—Vale…
Se levantaron juntos. Lía sintió la mirada de la mujer justo cuando pasaban cerca. Esta vez, no fue vergonzosa. Fue directa, tranquila. Un breve cruce. Apenas una sonrisa mínima entre mujeres que no se conocen, pero que ya se han notado.
El agua estaba fresca. El sol brillaba más fuerte. Y entre el vaivén de las olas, los cuerpos empezaban a reconocerse desde la distancia.
Cuando Lía y Adrián salieron del agua, los pies aún llenos de arena mojada, se toparon de frente con él. El hombre volvía también hacia su toalla, y sus caminos coincidieron.
—Buenos días —dijo él, con voz grave pero amable.
—Buenos días —respondió Lía, con una sonrisa algo tímida.
Adrián asintió con una sonrisa también. No hubo más palabras al principio. Solo ese cruce breve, como si nada. Pero el hombre se detuvo a pocos pasos.
—¿Primera vez por aquí? —preguntó entonces, como si lo pensara dos veces.
—No, ya vinimos ayer —respondió Adrián.
—Ah. Entonces llegamos tarde nosotros.
Se río suavemente, y en ese instante, la mujer también se acercó. Se colocó al lado del hombre y saludó con la mano.
—Hola —dijo, y su voz era clara, firme, de esas que no piden permiso.
—Hola —respondió Lía, sintiendo ese pequeño hormigueo en la piel.
—Yo soy Nicolás —dijo él.
—Y yo, Laura —añadió ella.
Lía y Adrián se presentaron también. Hubo apretones de manos, uno por uno. El de Laura fue cálido y directo. El de Nicolás, firme y sin exagerar. Se notaba que no eran tímidos, pero tampoco querían precipitar nada.
—¿Os importa si nos colocamos algo más cerca? Aquí da mejor el sol —dijo Nicolás, señalando un punto más próximo a la zona de Lía y Adrián.
—Claro, sin problema —contestó Adrián, casi al mismo tiempo que Lía.
Los nuevos vecinos movieron sus toallas. El ambiente era casual, pero cada vez más natural. Laura se agachó a extender de nuevo el pareo, y esta vez Lía la miró sin disimulo. Tenía las caderas marcadas, la piel algo rojiza del sol, y el pelo largo pegado a la espalda por la humedad. Adrián también la observaba, aunque sin invadir.
Nicolás, en cambio, había empezado a hablar con él, casi sin rodeos.
—¿Soléis venir mucho a playas así?
—A veces. Cuando tenemos tiempo.
—Nosotros también. Pero últimamente cuesta encontrar gente... que venga con la cabeza bien puesta.
—¿A qué te refieres? —preguntó Adrián, ya con una ceja levantada.
—A que muchos vienen buscando guerra directa, sin mirar a quién.
Adrián soltó una risa corta.
—Sí, lo sabemos. Nosotros vamos sin prisa. Lo que surja…
Nicolás lo miró de reojo, y sonrió.
—Así da gusto.
Mientras ellos hablaban, Laura se sentó junto a Lía. No muy cerca, pero sí lo justo como para que sus cuerpos estuvieran alineados bajo el mismo sol.
—¿Tú también prefieres las playas así? —preguntó Laura, girándose hacia ella.
—Sí… aunque no siempre me siento tan cómoda.
—¿Por qué?
—Por el cuerpo… ya sabes.
—¿Y qué pasa con tu cuerpo? —preguntó Laura, sin rastro de burla.
Lía se encogió de hombros. Laura la miró con una sonrisa, sin pudor, con la misma naturalidad con la que su coño depilado se asomaba entre las piernas abiertas.
—A mí me parece precioso. Real. Me encanta ver mujeres reales. Me pone.
Lía se sonrojó, pero no dijo nada. Sintió un calor distinto. No solo por el sol.
Y entonces, por primera vez, cruzaron una mirada que no fue vergonzosa ni accidental. Fue directa. Corta. Pero con una semilla plantada.
Laura se había tumbado de lado, apoyando la cabeza en su brazo, mirando a Lía sin disimulo. No la desnudaba con la vista, no aún. Pero la observaba con atención, con esa curiosidad que no incomoda, sino que da cosquillas en la piel.
—¿Puedo? —preguntó de repente, extendiendo la mano hacia el bote de aceite de coco que Lía tenía al lado.
—Claro —respondió Lía, algo nerviosa.
Laura lo tomó, se sirvió un poco en la palma y empezó a frotárselo en los hombros, pero con una mueca exagerada soltó:
—Uff… me cuesta llegar bien atrás. ¿Tú podrías?
Lía la miró sin saber si se lo decía en broma o en serio. Pero Laura ya se había girado y le ofrecía la espalda, tendida como si nada. El pelo largo caía hacia un lado, dejando el cuello y los omóplatos al descubierto.
—Vale —dijo Lía, con voz bajita.
Vertió un poco de aceite en sus manos y lo calentó frotándolas antes de tocarla. Y entonces, con algo de torpeza, comenzó a extenderle el aceite desde la nuca hacia abajo. La piel de Laura estaba caliente, suave. Lía tragó saliva al notar cómo, sin querer, sus dedos rozaban la curva de los pechos desde atrás.
—Así está perfecto… —murmuró Laura, cerrando los ojos.
Mientras tanto, unos metros más allá, Adrián y Nicolás seguían hablando. Pero poco a poco la conversación se fue diluyendo. Nicolás lo miraba a los ojos, pero de vez en cuando sus ojos bajaban, sin pudor, hacia la polla pequeña de Adrián, que ya empezaba a engordar un poco, sin estar del todo dura.
—¿Tú eres de los que solo miran o también les gusta jugar? —preguntó Nicolás de repente, sin rodeos.
Adrián no contestó enseguida. Lo miró. A los ojos. Luego al cuerpo. Y finalmente al bulto, que, en el caso de Nicolás, caía grueso y sin complejo entre sus muslos peludos.
—Depende de con quién —respondió al fin.
—Y yo que pensaba que eras tímido —rio Nicolás, acercándose medio paso.
Adrián no se movió. Tampoco sonrió, pero los dos sabían que algo había cambiado.
Lía seguía con sus manos en la espalda de Laura, ahora más suelta, deslizándose hacia la parte baja de la espalda, rozando el principio del culo. Laura se giró un poco, de costado, dejando que una teta saliera al descubierto entre el brazo y la toalla.
—¿Quieres tocar más abajo? —susurró, apenas audible.
—No lo sé —dijo Lía, con una sonrisa nerviosa.
—Entonces prueba. A ver si te gusta.
Lía dejó que sus manos bajaran apenas unos centímetros más. No era una caricia abiertamente sexual, aún no, pero ya no se podía decir que fuera solo un masaje. Su dedo índice rozó la línea del principio del culo de Laura, y ella no se movió ni un milímetro. Solo respiró más profundo.
—¿Te molesta? —susurró Lía.
—No… me gusta. Mucho.
La piel de Laura tenía ese calor de sol que excita sin avisar. Lía se sorprendió a sí misma disfrutando del tacto, de la suavidad de la carne madura pero firme, de la tensión mínima en ese cuerpo que le ofrecía el suyo con total confianza.
Laura se giró despacio sobre la espalda. Ya no le importaba si su teta quedaba expuesta. De hecho, la otra también acabó al aire, más por provocación que por accidente. Se estiró, dejando que el cuerpo hablara por ella.
—Tú también tienes una piel bonita —le dijo a Lía, mirándola sin pudor—. ¿Te puedo tocar?
Lía dudó. Pero asintió.
Laura levantó una mano y le acarició la barriga primero, con suavidad. Después subió, despacio, hasta llegar a una de sus tetas. No la agarró ni la apretó, solo le pasó los dedos por encima, sintiendo la caída natural, el peso. El pezón estaba duro. Lía lo sintió vibrar por dentro.
A lo lejos, Nicolás se había sentado más cerca de Adrián. Hablaban menos y se miraban más.
—¿Te molesta que te mire la polla? —le dijo Nicolás, sin rodeos.
—No.
—Es preciosa, ¿sabes?
—¿Sí? Nunca me lo habían dicho así.
—A mí me encantan pequeñas. Las disfruto más.
Nicolás estiró la mano y, sin pedir permiso, le tocó el muslo. El roce fue suave, lento. Adrián se dejó hacer. Su polla, aún a medio camino entre flácida y erecta, reaccionó. No completamente, pero sí lo suficiente como para señalar que el cuerpo estaba atento.
De vuelta en la toalla, Laura ya tenía a Lía completamente centrada en ella. Ahora ambas estaban de lado, frente a frente. Laura le acariciaba el brazo, el costado, y sin prisa, le bajó la mano hacia la cadera. La punta de sus dedos rozó la ingle, y Lía, sin decir palabra, abrió apenas las piernas. Lo justo. Lo necesario. Laura la miró.
—Tienes el coño precioso.
—¿Sí?
—Y quiero saborearlo… pero solo si tú también quieres.
Lía tragó saliva. No era una propuesta vulgar, ni directa. Era íntima, delicada, pero llena de deseo.
A un par de metros, Nicolás ya le había agarrado la polla a Adrián con más decisión, y la estaba acariciando con ternura, sin apuro. Adrián no apartaba la vista de lo que pasaba en la toalla.
Su mujer, su Lía, con otra mujer entre las piernas.
Y eso… lo estaba poniendo muy, pero muy duro.
Lía no contestó con palabras. Solo se tumbó boca arriba, la respiración algo más agitada, el cuerpo tenso de excitación contenida. Laura entendió perfectamente. Se colocó entre sus piernas, que Lía abrió un poco más, tímidamente al principio, pero ya sin intención de cerrarlas.
El sol caía de lleno sobre sus cuerpos desnudos. Lía sintió la arena pegada a su culo, el calor del aceite en su piel, el roce del pelo de Laura cuando bajó despacio por su vientre.
Y entonces… lo sintió.
La lengua.
Un primer lametón suave, largo, directo sobre su coño rasurado. No fue una embestida, ni un gesto torpe. Fue un saludo íntimo. Una presentación. Laura sabía lo que hacía. Su lengua recorría con calma cada pliegue, sin prisa, rozando el clítoris apenas al pasar, para luego volver a subir y recrearse un poco más.
Lía cerró los ojos. Se mordió los labios. No gemía en alto, pero se le escapaban suspiros. Entre el calor, el pudor roto y el placer, su cuerpo empezaba a rendirse del todo. La lengua de Laura le lamía el coño con hambre elegante, con deseo sincero, con una lentitud que le ponía la piel de gallina.
—Joder… —susurró entre dientes— así sí…
A unos metros, Nicolás seguía acariciando la polla de Adrián, ahora más firme, más viva. Se inclinó hacia él y le besó el cuello, sin pedir permiso. Adrián no se apartó. Al contrario. Se dejó hacer.
—¿Te gusta verla así? —preguntó Nicolás, con voz ronca.
—Mucho. No sabía qué me iba a poner tanto…
—A mí me pone que te ponga.
Entonces, sin más, se arrodilló frente a él y empezó a chuparle la polla con calma, metiéndosela poco a poco, besándola, lamiéndola entera, desde los huevos hasta la punta. La tenía pequeña, sí. Pero dura. Y sensible. Nicolás la trataba con mimo, con morbo, con ganas reales.
Adrián entrecerró los ojos mientras sentía esa boca envolviéndole la polla con precisión. Y al abrirlos, volvió a ver a Lía, tumbada, con Laura completamente sumergida entre sus piernas.
Lía tenía una mano en la cabeza de Laura, empujándola un poco más, perdiendo el pudor que le quedaba.
—No pares… —le susurró—. Me encanta cómo me comes el coño…
Y Laura, obediente, aceleró el ritmo. La lengua se volvió más directa, más sucia, más firme. Los gemidos de Lía ya eran más audibles. Las caderas empezaban a moverse solas, persiguiendo esa boca como si no quisiera que se fuera nunca.
Nicolás, con la polla de Adrián entre los labios, no dejaba de mirarla.
—Creo que va a correrse… —dijo, sin dejar de chupar.
—Sí… —dijo Adrián—. Y quiero verlo todo.
Laura bajó el ritmo justo cuando Lía empezaba a dejarse ir. Su lengua, húmeda y caliente, se quedó rodeando el clítoris sin tocarlo directamente, jugando a desesperarla. Lía se retorció apenas bajo ella, entre jadeos y risas nerviosas.
—¿Por qué paras…? —susurró.
—Porque me gusta que me lo pidas.
Lía levantó la cabeza, mirándola entre las piernas.
—Sigue… por favor. No pares. Me estás volviendo loca.
Laura sonrió, orgullosa de haberla tenido tan cerca del borde. Se inclinó hacia arriba, subiendo por su cuerpo, besándole la barriga, los laterales, hasta alcanzar uno de sus pezones. Se lo metió en la boca con suavidad, succionándolo despacio mientras le acariciaba el otro con la palma.
—Tienes unas tetas preciosas —murmuró—. Me dan ganas de chuparte toda.
Y lo hacía. La lengua bajaba de nuevo, lamiendo a trazos, recorriendo la panza, las estrías, los laterales blandos y tiernos del cuerpo de Lía, como si cada pliegue fuera digno de adoración. Lía se dejaba hacer con los ojos cerrados, las piernas abiertas, el coño húmedo palpitándole sin tregua.
—Me muero de ganas de que te corras… pero quiero hacerlo contigo en la boca —le susurró Laura, justo antes de volver a agacharse.
A pocos metros, Adrián ya estaba de pie, apoyado en las rodillas. Nicolás lo masturbaba con una mano mientras le lamía los huevos con dedicación. De vez en cuando le daba pequeños besos en la cara interna de los muslos, haciendo que Adrián temblara.
—¿Quieres que te chupe el culo también? —preguntó Nicolás sin ningún filtro.
—Sí… pero no aquí…
—Vale. Entonces déjame seguir con tu polla.
Adrián se dejó caer de nuevo sobre la toalla. Nicolás volvió a metérsela en la boca, ahora más profundo, sin miedo a que se escapara nada de saliva. Le agarró el culo con ambas manos, masajeándolo con fuerza, mientras movía la cabeza rítmicamente.
Pero entonces se detuvo. Miró hacia Lía y dijo:
—¿Nos acercamos?
—Sí —dijo Adrián, sin dudar.
Ambos se arrastraron hasta quedar cerca de las chicas. Laura aún estaba entre las piernas de Lía, pero al sentir la presencia de ellos, levantó la cara, con la boca brillante y las mejillas encendidas.
—¿Os gusta mirar?
—Mucho —dijo Adrián, sin dejar de observarle el coño a Lía—. Pero también quiero tocar.
Laura se hizo a un lado. Adrián se colocó entre las piernas de Lía, y le acarició la parte interna de los muslos. La vio empapada, los labios del coño abiertos, palpitantes. La besó ahí, en la entrada, con torpeza y deseo, mientras Laura le chupaba las tetas y Nicolás se masturbaba a un lado, mirando la escena como si fuera la mejor porno del mundo.
El calor, el olor de los cuerpos, los gemidos suaves, los roces… todo estaba a punto.
Pero ninguno quería acabar todavía.
Lía estaba empapada. El coño brillaba de jugos y aceite, entreabierto, palpitante, ansioso. Adrián se lo lamía con devoción, enterrando la lengua como si quisiera beberla por dentro. Le sujetaba los muslos, se los abría más, y le gruñía entre jadeos:
—Estás tan buena… tan puta así…
Laura se arrodilló junto a él y le agarró la cabeza a Lía con una mano mientras con la otra le acariciaba la cara, bajando lentamente hacia las tetas. Le chupó un pezón con fuerza, con hambre. Lía ya no sabía a quién atender, solo podía rendirse, soltar gemidos, apretar las piernas sin cerrarlas.
—Me encanta cómo la chupas, Adrián —susurró Laura, mirándolo—. Pero ahora deja que se la coma yo otra vez, que quiero que me venga en la boca.
Adrián obedeció, se apartó y se tumbó de lado. Laura se colocó de nuevo entre las piernas de Lía y volvió a comérsela, esta vez con más ritmo, con el dedo metido en la entrada, mojado, mientras su lengua se centraba en el clítoris sin descanso.
Lía se arqueaba, murmurando palabras sucias, a medio camino entre el cielo y el infarto.
Nicolás aprovechó para acercarse a Adrián. Le apartó las piernas y se metió entre ellas. Le acarició los huevos, el perineo, le lamió la polla con amor de vicioso.
—¿Quieres probar algo nuevo? —le preguntó, bajando más—. ¿Puedo chuparte el culo?
Adrián tragó saliva, miró a Lía de reojo —ella ya no podía ni hablar, solo gemía— y asintió.
Nicolás le levantó las piernas un poco, lo justo. Le escupió suavemente en el agujero y empezó a lamerlo con lentitud, con lengua suelta y gemidos roncos.
—Tienes un culo perfecto para esto… —le decía entre lamidas—. Me pone que lo tengas tan limpio y tan suave.
Adrián no sabía si gemir, correrse o desmayarse. Le temblaban las piernas. Tenía la polla dura y babeando mientras le lamían el culo con pasión. Nunca se lo habían hecho así. Nunca así de bien.
Lía, al borde del orgasmo, gritó entrecortado:
—¡Me voy… me voy a correr… joder Laura… me voy…!
Laura metió dos dedos y no paró con la lengua, y Lía estalló.
Se corrió con un gemido que parecía un sollozo, con todo el cuerpo vibrando. Le temblaban las carnes, le ardía el coño, el pecho subía y bajaba sin control. Laura la sostuvo, sin sacar los dedos, sin dejar de lamer hasta que Lía se quedó jadeando, con los ojos cerrados, los muslos temblando.
Cuando Laura se incorporó, tenía la cara mojada de jugos. Sonrió como si se hubiera bebido el mejor vino del mundo.
—Tenías razón… —dijo Nicolás, chupándole la polla a Adrián mientras seguía hurgándole el culo con los dedos—. Verla correrse es una puta obra de arte.
Lía, aún con el cuerpo sacudido por el orgasmo, se dejó caer de lado, jadeando, con una sonrisa floja en la cara y el coño todavía palpitándole. Laura le acarició el muslo mientras le lamía los jugos de los dedos, disfrutando como si acabara de probar un manjar.
—Estás deliciosa… —susurró—. Te comería todos los días.
Pero no había tiempo para descanso. Porque ahora la escena estaba toda en los chicos.
Adrián, con la polla dura y brillante, se había dejado hacer. Nicolás le seguía lamiendo el culo con hambre, metiéndole la lengua hasta donde llegaba, masajeándole los huevos con una mano y pajeándolo con la otra. Adrián se mordía los labios, conteniéndose, pero se le escapaban pequeños gruñidos de placer.
—Tienes que dejar que te folle el culo alguna vez —le dijo Nicolás con la cara pegada al agujero, sin dejar de lamer—. Te va a encantar cómo lo hago.
Adrián no dijo nada. Solo asintió, con la cabeza echada hacia atrás.
Entonces Laura se acercó gateando hasta ellos, se puso detrás de Nicolás y empezó a masturbarlo desde atrás, acariciándole la polla y los huevos, mientras lo observaba comerse el culo de su marido.
—¿Te gusta verlos así? —le susurró a Lía, que aún respiraba con dificultad.
—Me flipa…
—Pues vente aquí… vamos a jugar todos.
Lía se levantó, tambaleándose un poco, y se arrodilló al lado de Adrián. Le agarró la polla con una mano y la cara con la otra, y le besó con lengua, caliente, profunda. Su sabor mezclado con el de Laura, sus fluidos, todo se mezclaba en un beso que sabía a morbo puro.
—Quiero verte correrte en la boca de ese tío, mi amor —le susurró al oído.
Adrián abrió los ojos. Nunca la había oído decir eso.
Lía se puso detrás de Nicolás y le metió la lengua entre las nalgas. Ahora era ella la que lo lamía, con fuerza, mientras le agarraba los cachetes con ambas manos. Laura se encargaba de la polla de Nicolás, y Adrián, sin poder aguantar más, se levantó y se la metió en la boca.
Nicolás la recibía encantado. Se la metía hasta el fondo, se la tragaba, se la saboreaba.
Ahora estaban los cuatro conectados en un círculo sucio, húmedo, perfecto.
Adrián, con la polla dentro de una boca.
Nicolás, siendo lamido por Lía mientras le pajeaban.
Lía, caliente de nuevo, mojándose otra vez.
Laura, con los dedos en su propio coño, mirando todo como una pervertida feliz.
Y el sol de la mañana los bañaba a todos. En esa playa nudista, parecía que el mundo se había borrado. Solo quedaba el olor, el sudor, los gemidos, los cuerpos.
El clímax todavía estaba por venir. Pero el camino era tan placentero que ninguno quería que acabara.
Adrián se agarraba las caderas de Nicolás mientras le follaba la boca con movimientos suaves, pero firmes. Le costaba aguantar, la lengua de ese hombre era una maravilla, y Lía lo sabía. Lo veía desde atrás, mientras le metía los dedos en el culo y se lo abría un poco más con cada gesto.
—Así me gusta —le susurraba—. Que se la trague entera… como un buen vicioso.
Nicolás gruñía mientras se la comía, con saliva cayéndole por la comisura. Lía le metía la lengua hasta el fondo del culo y le daba cachetadas suaves que hacían que el cuerpo entero de él temblara.
Laura no se había quedado atrás. Se arrodilló frente a Lía, le agarró la cara y le plantó un beso sucio, profundo, con lengua. Luego le metió la mano entre las piernas y notó lo mojada que volvía a estar.
—¿Quieres más, guarra?
—Todo lo que tengas.
Laura se tumbó boca arriba y abrió las piernas, enseñándole el coño depilado y rosado. Lía se colocó entre ellas, con la cara encendida de deseo, y empezó a lamerle despacio, mientras se tocaba con una mano. Le gustaba el sabor de mujer, el calor del cuerpo, la forma en que Laura gemía bajito, con una mano en su propio pecho y la otra acariciando el pelo de Lía.
Adrián, viendo esa escena, no aguantó más. Se sacó la polla de la boca de Nicolás y se colocó detrás de Lía, que seguía con la lengua enterrada en el coño de Laura. Le acarició las caderas, le escupió en el coño, y se lo restregó un poco. Después, sin más, se la metió.
—Mmm… —gimió Lía, con la boca llena y el coño ocupado.
Adrián empujaba con fuerza, sujetándola por las caderas, haciéndole chocar las carnes con cada embestida. El sonido de los cuerpos chocando era sucio, real, puro porno.
Laura se mordía los labios al sentir cómo la lengua de Lía no paraba ni, aunque la estuvieran follando. Y Nicolás, de rodillas junto a Adrián, se masturbaba viendo la escena, completamente hipnotizado.
—Dale fuerte, Adrián… fóllatela bien delante de mí —le decía Nicolás mientras le lamía un pezón a Lía por debajo—. Quiero verla correrse otra vez con tu polla dentro.
Lía levantó la cara del coño de Laura, con los labios mojados, el pelo despeinado y los ojos vidriosos.
—Estoy a punto otra vez… —jadeó—. No paréis…
Adrián redobló el ritmo. Laura se frotaba el clítoris mirando la escena, su coño chorreaba. Nicolás se colocó detrás de Adrián y empezó a lamerle la espalda, bajando hacia el culo, acariciándole los huevos mientras lo veía penetrar a su mujer como un animal.
Y así, en ese enredo de cuerpos calientes, fluidos mezclados, y gemidos sin filtro, se acercaban todos al límite.
Pero aún no llegaban.
Querían más.
Todavía más.
Adrián se la seguía metiendo a Lía por detrás, con fuerza, con las manos en sus caderas, apretándoselas con hambre. Cada embestida le hacía temblar las tetas a Lía, colgándole bajo el cuerpo, sacudiéndose como campanas con cada golpe. Y aunque estaba a punto de explotar, Lía aguantaba, porque no quería que se acabara.
Laura, todavía con las piernas abiertas, se frotaba con dos dedos viendo cómo Lía la había dejado empapada. Y le entraron ganas de devolverle el favor. Se incorporó, gateó por detrás de Adrián y le dio un azote suave en el culo.
—Déjamela a mí un momento, anda —dijo en tono de broma, pero con fuego en los ojos.
Adrián se retiró, la polla chorreando, dura como una piedra. Laura se colocó donde él había estado, y le abrió el culo a Lía con las dos manos, admirando el coño enrojecido y mojado, palpitante, todavía lleno de la polla de su marido.
—Esto es una maravilla… —susurró—. Qué coño más guarro tienes, Lía.
Y sin más, se lo empezó a comer.
Le lamía desde el clítoris hasta el culo, pasando por todo, sin dejar nada seco. La lengua entraba en la rajita, subía, bajaba, se paraba en el agujerito del culo, lo rodeaba, y luego volvía al clítoris con presión rítmica. Lía se mordía el brazo para no gritar, con los ojos en blanco.
Mientras, Nicolás se arrodilló frente a Adrián, le agarró la polla y la empezó a lamer otra vez, despacito, saboreándola desde la base hasta el glande. Le metía un huevo en la boca, luego el otro. Le lamía el perineo, el rastro de vello recortado, lo olía como quien respira el perfume de una persona amada.
—Quiero follarte… —le dijo entre gemidos.
Adrián asintió sin pensar. Nicolás se tumbó boca arriba, levantó las piernas y se escupió en el culo. Laura, sin dejar de comerse a Lía, alargó una mano y le dio unos lametones al agujero de Nicolás para lubricarlo más.
—Os quiero ver follando ya —dijo entre risas calientes.
Adrián se colocó, escupió en su polla, la alineó y entró despacio.
El culo de Nicolás se lo tragó con suavidad, caliente, apretado. Adrián gimió fuerte. Lo empezó a follar con movimientos lentos, profundos, mientras se inclinaba para besarle el cuello, las tetas peludas, acariciándole los costados.
Lía giró la cabeza y los vio. A su marido metiéndosela a un tío con la polla fuera, al que gemía de gusto.
—¿Te gusta, guarra? —le preguntó Laura desde su culo.
—Me pone muchísimo… —jadeó—. Quiero que me lo hagáis igual a mí.
—Eso va —dijo Nicolás desde el suelo, mientras se la metían—. Pero antes quiero que tú te corras otra vez.
Laura le metió dos dedos a Lía sin dejar de lamer, y Lía se arqueó de golpe.
—¡Aaaah… joder… Laura…!
Pero todavía no.
Aguantaron todos.
Alargaron el juego.
Porque sabían que lo que venía después… iba a ser una puta locura.
Lía temblaba. El cuerpo entero le vibraba con cada lametazo de Laura, cada empuje de los dedos dentro de su coño ya reventado de placer. Pero se aferraba al borde del orgasmo como si fuera una droga que quería estirar un poco más, saborearla, olerla, sentirla en la punta de la lengua sin dejarla explotar.
Laura lo notaba, y la torturaba con gusto: la chupaba más lento, le retiraba la lengua justo cuando Lía estaba a punto de estallar, luego la volvía a meter con fuerza, con dos dedos dentro, arqueando la mano. La miraba desde abajo, con la cara empapada.
—Te tengo en la boca… estás a un milímetro de correrte, ¿eh?
—Sí… pero no quiero todavía… sigue… —murmuraba Lía entre gemidos y sudor.
A unos pasos, Adrián seguía empotrándole el culo a Nicolás con un ritmo tan suave como profundo. Lo miraba a los ojos, con las manos en sus muslos abiertos, sintiendo el calor de ese cuerpo entregado bajo él. La polla de Nicolás seguía dura, empapada, sin que nadie la tocara. Solo con que le follaran así, con la lengua de Laura aún en la memoria, estaba a punto de correrse.
Pero no lo hacía.
—No te corras todavía, tío… aguanta —le susurró Adrián—. Vamos a acabar todos juntos.
Nicolás apretó los dientes y aguantó. Le agarró a Adrián del cuello, lo atrajo y lo besó con fuerza. Un beso húmedo, con los labios rotos de gemidos. Se mordieron un poco. Se comieron la boca con hambre.
—Quiero follarte yo ahora —le dijo Nicolás entre dientes—. Quiero verte gemir con mi polla dentro.
Adrián se apartó sin decir nada, se tumbó boca abajo, arqueó la cadera, y le ofreció el culo, abierto y empapado por el juego anterior. Nicolás le escupió encima, lo acarició con los dedos y se lo metió con un gemido ronco.
—Joder, qué bien entras…
Se la metía despacio, luego salía casi del todo, luego volvía a empujar hasta el fondo. Cada embestida hacía que Adrián empujara la cara contra la arena, jadeando como un poseso.
Lía, que se había girado a mirar, empezó a tocarse viendo a su marido ser follado así. Laura la apartó con una sonrisa.
—No, guarra… ahora yo te follo a ti.
Y sin darle tiempo, se colocó detrás de Lía, le escupió en el agujero del culo, y le metió un dedo. Luego dos. Luego la lengua, profunda, mientras con la otra mano le restregaba el clítoris sin parar. Lía ya no podía más.
—¡Me lo quiero meter… quiero metérmelo, Laura…!
Laura sacó del bolso una polla de arnés que había llevado "por si acaso". Se la colocó con rapidez, con experiencia. Era mediana, negra, brillante de lubricante. Lía la vio y sonrió como una diosa viciosa.
Se arrodilló y abrió bien el culo.
—Fóllame. Así, con él mirándonos.
Y Laura se la metió de una.
Con fuerza, con ritmo, con rabia contenida. Le golpeaban las nalgas con cada empuje. Adrián, desde el suelo, siendo follado, se giró y vio la escena: su mujer con una polla de plástico dentro, rebotando, gimiendo, con las tetas sacudiéndose y la boca abierta.
—¡No me puedo aguantar más! —gritó Lía.
Y Laura, sin parar de follarla, le gritó:
—¡Pues no te corras, zorra! ¡Aguanta! ¡Aguanta que quiero venirme contigo!
El deseo era tan denso en el aire que se podía morder.
Los cuatro, al límite.
Las pollas duras.
Los coños abiertos.
El sol en lo alto.
Y el orgasmo… tan cerca…
…pero no todavía.
Laura estaba completamente inmersa en su trabajo. La polla de plástico que estaba metiendo en Lía parecía como si fuera parte de ella misma, empujándola con ritmo, con rabia, con fuerza. Cada golpe hacía que el cuerpo de Lía saltara hacia adelante, con las tetas caídas moviéndose al ritmo de los embistes.
Lía tenía la cara pegada a la arena, mordiendo un puño para callar los gemidos. Su cuerpo temblaba, pero no estaba lista para correrse todavía. Necesitaba más.
—¡Más rápido! —exigió, sin apenas aliento—. ¡Fóllame más fuerte!
Laura le dio exactamente lo que pedía. La penetraba más rápido, empujando con más fuerza, mientras la mano libre se movía sobre el clítoris de Lía, masajeándolo en círculos. Lía estaba a punto de explotar, su cuerpo tan lleno de sensaciones que apenas podía controlar el deseo que la quemaba desde dentro.
A unos pocos pasos, Nicolás estaba disfrutando de cada empuje en el culo de Adrián. Se sentía como si estuviera follando a un animal, con ese culo perfecto que lo recibía con cada embestida. Le gustaba ver cómo Adrián se rendía completamente, cómo sus ojos se cerraban con fuerza mientras gemía sin parar. Pero a Nicolás no le bastaba con eso. Quería más.
Se acercó un poco más y empezó a besarle el cuello, lamiéndolo, mordisqueándolo, mientras le apretaba los huevos con una mano. La otra seguía sujetando sus caderas, empujando con más fuerza.
—Joder, te amo así… —le susurró al oído—. Te amo en este momento.
Adrián no dijo nada. Solo gemía más fuerte, sintiendo cómo cada embestida le recorría todo el cuerpo. A pesar de estar disfrutando del momento, una parte de él quería algo más. Quería tocarse, quería acabar con todos allí, con todos ellos juntos.
—Chicos… —dijo, apenas entrecortado—. Quiero verlos a todos conmigo… quiero que todos se corran juntos.
Nicolás, que ya no podía esperar más, se inclinó hacia adelante y lo besó en la boca. Un beso caliente, compartiendo saliva, intercambiando deseos.
Pero Lía, con los ojos desorbitados de placer, no podía esperar más. Ya no quería controlarse. Su cuerpo estaba tan mojado y caliente que no aguantó más. Se corrió con un grito ahogado, retorciéndose en el suelo, mientras su coño pulsaba alrededor de la polla de Laura.
Y al ver la explosión de Lía, Nicolás se volvió loco. Se retiró rápidamente de Adrián, y con una mano, empezó a masturbarse, viéndolo todo. La imagen de los cuerpos entrelazados, las nalgas de Lía rebotando mientras Laura le follaba con fuerza, el sexo crudo y lleno de deseo. Era demasiado para él.
Con un gruñido, sintió su polla a punto de explotar. Se la sacó y empezó a masturbarse con furia, observando cómo los demás se entregaban. Cuando vio a Lía corriéndose de nuevo, no pudo más. Se vino con una ráfaga de placer, apuntando su semen hacia el aire, hacia el cuerpo de Adrián.
Adrián, aun follando con Laura, miró hacia él con una sonrisa satisfecha.
—Joder, Nicolás… eso sí que estuvo bien.
Pero Laura no se detuvo. Ella sabía lo que quería. Quería ver cómo todos se entregaban, cómo se liberaban de esa presión compartida. Ella metió los dedos en su coño y le frotó el clítoris a Lía mientras la follaba, asegurándose de que le diera la última sacudida de placer.
Lía, temblando, sintió cómo el último orgasmo llegaba, con la polla de Laura dentro, su propio cuerpo tan lleno de sensaciones que parecía no poder más. Pero cuando se corrió, lo hizo con una explosión de placer que casi la hizo perder el control.
Y ahí fue cuando todos cedieron al mismo tiempo.
Nicolás, empapado de sudor, se dejó caer sobre el suelo, el cuerpo tenso mientras se venía. Adrián, por fin, llegó al límite, empujando la polla hacia dentro de Laura con fuerza, con desesperación, y se vino también, con un suspiro de satisfacción.
Lía y Laura compartieron una última mirada entre ellas mientras los cuatro se venían juntos, disfrutando de la sensación de estar completamente conectados en ese momento sucio, sin ninguna barrera.
El aire en la playa estaba caliente, el sol brillaba por encima de ellos, pero ya nada les importaba. Los cuerpos, exhaustos y empapados, se relajaban lentamente, recuperándose de esa explosión de placer compartido.
El sol comenzaba a calentar la arena, pero ellos no sentían el calor del día. Estaban demasiado atrapados en su propio mundo, en la mezcla de sudor, saliva y sexo, entrelazándose y saboreando los cuerpos unos de otros sin dejar que el ritmo se detuviera.
Lía, recostada sobre la arena, respiraba con dificultad, pero no quería que la calma la envolviera aún. Se levantó lentamente, mirando a Adrián, a Laura y a Nicolás. Todos estaban ahí, desnudos, brillando bajo el sol, pero el hambre en sus ojos aún no se apagaba.
—Aún no hemos acabado… —dijo Lía, en voz baja, pero llena de deseo. Nadie pudo responderle, porque todos sabían exactamente a lo que se refería.
Laura, aún con el cuerpo caliente de la penetración, se acercó a Lía, pasándole una mano por la espalda.
—¿Quieres más, guarra? —preguntó Laura con una sonrisa traviesa mientras le daba un suave beso en la nuca.
Lía asintió, sin dudar. Quería más. Quería que no se acabara, que la diversión siguiera, que las sensaciones no se desvanecieran aún.
—Quiero jugar más. —Susurró al oído de Laura—. Quiero que todos jueguen conmigo, sin que se detenga nada.
Adrián, que aún sentía la polla endurecida y deseosa de más acción, se acercó sin pensarlo. No iba a esperar más. Se colocó detrás de Lía, le pasó una mano por las caderas y le susurró:
—Te la voy a meter despacito, y no te vas a mover, ¿me oyes? —dijo, mirando sus ojos con intensidad.
Lía, mordiendo el labio inferior, asintió lentamente. Sabía que quería sentir cada centímetro de él, y sabía que este era el momento de que el juego no se detuviera.
Nicolás, mirando la escena, se tumbó en el suelo. No podía dejar de admirar los cuerpos entrelazados, la forma en que se movían, la lujuria palpable en el aire. Pero él no se iba a quedar atrás.
—Voy a tocarme mientras los veo —dijo con voz ronca.
Se acarició lentamente mientras observaba cómo Adrián deslizaba su polla hacia el culo de Lía, con las manos firmemente sujetas en sus caderas. Lía no podía evitar gemir cada vez que él empujaba. Cada embestida era una nueva ola de deseo, de placer.
Laura se acercó a Nicolás, viéndolo tocarse, y le susurró al oído:
—No te corras todavía, ¿eh? —le dijo, mientras le acariciaba el pecho—. Vamos a jugar un rato más. Yo también quiero divertirme.
Nicolás la miró, sonrió, y siguió frotándose, pero ahora con más rabia, sabiendo que Laura también iba a estar a su lado en este juego.
Lía, mientras tanto, sentía cómo Adrián la tomaba desde atrás con fuerza, pero con un ritmo pausado, como si se estuviera reservando algo aún más fuerte para ella. Ella no podía esperar, y de repente, sintió que su cuerpo volvía a temblar.
—Joder, Adrián… rápido, ¡más rápido! —dijo Lía, sintiendo cómo el placer le recorría la columna.
Pero Adrián, por algún motivo, decidió no apresurarse. Quería que el placer fuera más largo, más intensamente compartido. Y eso hizo. Cada movimiento se volvía más profundo, más deliberado, y Lía casi podía ver las estrellas en su cabeza.
Laura, viéndolo, no pudo resistirse más. Agarró la polla de Nicolás, que seguía tocándose, y comenzó a lamerla con cuidado, primero la punta, luego toda la longitud. Nicolás dejó escapar un suspiro de placer.
—¿Te gusta que te chupe, cabrón? —preguntó Laura, sonriendo.
—Sí… —respondió Nicolás, con la voz entrecortada.
Y allí estaban, todos en sus propios mundos de lujuria, jugando con sus cuerpos, sin prisa, pero sin detenerse.
Lía, con el culo todavía ocupado por Adrián, se giró hacia Laura, buscando su boca. La besó con pasión, sabiendo que no iba a parar. Ninguno iba a detenerse.
Laura, satisfecha, le pasó una mano por el cuerpo a Lía, y comenzó a tocarle el clítoris, mientras Adrián continuaba con su ritmo de penetración controlado.
—Voy a hacerte correrte otra vez… —le susurró Laura al oído de Lía—. No vas a poder aguantar mucho más.
Lía, con los ojos cerrados, asintió. No podía aguantar mucho más. El placer era insoportable, pero no quería que parara.
Lía sentía cómo Adrián la penetraba lentamente, pero con una fuerza creciente. Cada embestida parecía más profunda, más calculada, como si estuviera probando hasta dónde podía llevarla. Su cuerpo temblaba, cada músculo tenso, y la piel de su espalda ardía con el roce de su polla en su interior. Pero no quería que se detuviera. No quería que acabara.
Con un gemido bajo, Lía se giró hacia Laura, que estaba justo frente a ella, disfrutando del espectáculo y de la sensación de la lengua y los dedos de Nicolás acariciando su cuerpo.
—Sigue, no pares… —murmuró Lía, tocando los labios de Laura, y luego se atrevió a lamerlos, lentamente.
Laura sonrió de nuevo, sintiendo la intensidad de los movimientos de Adrián. Ella la miró, y con una sonrisa traviesa, deslizó su lengua por el cuello de Lía, hacia sus orejas, mientras seguía frotando su clítoris con los dedos. Pero no le dio todo lo que quería. No todavía.
—Aguanta, Lía… aguanta un poco más —dijo Laura, mientras su lengua bajaba hasta los pechos de Lía, pasando por esos pezones sensibles que ya estaban duros por la excitación.
Lía mordió su labio, resoplando, mientras la presión dentro de ella aumentaba. Los empujes de Adrián se volvían más intensos, pero no tan rápidos como ella quería. Él parecía disfrutar al verla desesperada.
—No te hagas la loca, Lía. Quiero verte más… quiero que aguantes. —Adrián la susurró al oído, con una voz suave pero llena de autoridad.
Lía se arqueó hacia atrás, permitiéndole acceder más profundamente, sin perder de vista a Laura, que no dejaba de besarla. Cada beso era una mezcla de placer y tortura, pero eso solo aumentaba su deseo. Quería más. Quería todo.
Nicolás, por su parte, no podía apartar la vista del cuerpo de Laura y Lía. Su polla seguía empapada, pero se estaba aguantando, sabiendo que, si se venía ahora, perdería todo lo que estaban creando.
—Joder, Laura… —gemía Nicolás, tocándose con más furia, disfrutando de la vista y sintiendo cómo la tensión crecía dentro de él. Pero no quería que el momento se acabara tan rápido.
Laura, aun jugueteando con Lía, se apartó un poco, levantándose con agilidad. Se acercó a Nicolás, tomándolo del rostro, y lo besó con fuerza. Le saboreó la lengua, le mordió los labios.
—No te corras, cabrón… —le susurró en el oído—. Quiero ver cómo te vienes más tarde, con todos nosotros.
Nicolás gruñó, apretando los dientes mientras sentía las manos de Laura acariciando su pecho, tocando sus pezones. Pero se estaba conteniendo, aun queriendo alargar ese momento.
Y Lía, sin dejar de ser penetrada, sentía cómo su cuerpo estaba a punto de explotar. Pero sabía que, si se corría demasiado pronto, se perdería todo lo que estaba construyendo. Así que se mordió el labio, aguantando con todas sus fuerzas. El clímax estaba tan cerca, pero aún no. Todavía no.
—Dame lo que quiero… —murmuró Lía, mirándole a Adrián con esos ojos brillantes, llenos de deseo—. No pares… hazlo más rápido.
Adrián, sonriendo con esa mirada de deseo, finalmente le dio lo que pedía. Aceleró el ritmo. Sus caderas chocaban contra las de Lía con fuerza, cada empuje retumbando en el cuerpo de ella, haciéndola gritar.
Pero en lugar de dejar que se viniera, Adrián comenzó a ralentizar el movimiento, disfrutando de su agonía. Quería que sufriera un poco más, que no pudiera más con la tensión.
Lía, sintiendo la frustración y la euforia mezcladas, se dejó llevar por la sensación de que no podía aguantar más.
—¡No! —gritó, pero con la voz quebrada por la necesidad—. ¡Quiero venirme ya!
Laura, viendo la batalla interna de Lía, dejó de acariciarle el clítoris y la miró intensamente.
—Aguanta, Lía… no pares… aguanta todo lo que puedas. Va a ser más intenso cuando se acabe.
Lía, con los ojos fijos en ella, asintió. Su cuerpo temblaba, su respiración se volvía más errática. Cada centímetro de su piel estaba encendido por el deseo, y los gritos de placer la envolvían, pero aún no podía dejar que se desbordara.
Nicolás, finalmente, no pudo más. Dejó de tocarse, se acercó y se metió entre Laura y Lía. Quería estar allí, compartir todo ese momento. Tomó el rostro de Lía con ambas manos, la besó con pasión, mientras Laura comenzó a frotarse contra él, haciéndolo explotar con más fuego.
Y mientras todos estaban al borde, al límite, la tensión se volvió casi insoportable. Nadie quería que el momento terminara, pero sabía que era imposible seguir sin estallar.
Los cuerpos estaban empapados en sudor, la arena se pegaba a la piel, pero ninguno lo notaba. Lo único que importaba era el roce, el ritmo, el calor que emanaban unos de otros. El aire era denso de jadeos, suspiros y gemidos, pero el clímax seguía esquivo. A propósito. Nadie quería romper aún ese hechizo que los tenía atrapados.
Lía sentía las piernas temblorosas. Adrián seguía dentro de ella, dándole embestidas que ahora jugaban con su mente: a veces profundas, a veces apenas un roce, como si quisiera enloquecerla. Y lo estaba logrando.
—Adrián, cabrón… —murmuró entre dientes— me vas a matar así…
Él soltó una carcajada corta, jadeante, pero sin detenerse. Le agarró las caderas con más fuerza, hundiendo sus dedos en la carne de Lía, y se inclinó sobre ella para susurrarle:
—Aún no, guarra. Te vas a correr cuando te lo diga yo.
Eso la hizo gemir con fuerza, más por la humillación morbosa que por dolor. La obediencia en ese instante la calentaba aún más, y su coño palpitaba de necesidad.
Laura, que se había quedado unos segundos observándolos, volvió a acercarse por detrás de Lía. Se arrodilló, y con sus dedos acarició el interior de los muslos de ella, metiendo la cara entre sus nalgas abiertas mientras Adrián seguía follándola.
Su lengua encontró el clítoris húmedo y palpitante, y lo acarició con movimientos suaves, lentos, perfectamente sincronizados con las embestidas.
—Joder… Laura… —susurró Lía, temblando, entrecerrando los ojos.
—Shhh… aguanta… —le respondió ella, antes de volver a meterse entre sus pliegues—. Quiero que grites cuando te corras, pero aún no.
Nicolás, mientras tanto, estaba de pie, con la polla dura y brillante, mirándolos como si fueran una escena de una película que no quería que se acabara nunca. Pero no podía quedarse fuera. Se acercó detrás de Laura, que seguía con la lengua entre las piernas de Lía, y se agachó para besarle la espalda, la nuca, y luego fue bajando.
—Me toca meterme en este juego —dijo entre dientes, y Laura rio brevemente con un gemido entrecortado, aún con la boca llena del sabor de Lía.
Adrián miró a Nicolás y asintió con una sonrisa cómplice, jadeando. Luego clavó su mirada en Lía:
—Estás siendo la puta de todos esta mañana, ¿eh?
—Sí… sí… —gimió ella, completamente entregada, sintiendo cómo el cuerpo se le sacudía con cada roce, cada palabra sucia.
Nicolás, sin dejar de mirar, se metió entre las piernas de Laura, la agarró por las caderas y frotó su polla entre sus labios mojados, pero sin penetrarla aún. Jugaba, como los demás. Se la pasaba por la entrada, húmeda, resbaladiza, sintiendo cómo su ansiedad crecía.
—¿Quieres que te la meta, zorra? —le susurró al oído.
Laura empujó hacia atrás con el culo, buscando que entrara, pero él se apartó justo a tiempo.
—Pues todavía no —dijo con una sonrisa sádica.
Los cuatro estaban jadeando, goteando, temblando. Todo el cuerpo de Lía parecía en llamas, y lo mismo le ocurría a Laura, que ya no podía dejar de restregarse contra el miembro de Nicolás.
Adrián, con el control casi perdido, volvió a embestir más rápido, y Lía sintió que se le escapaba un grito que tuvo que ahogar en el cuello de Laura.
—No… ¡joder! ¡Me voy a correr!
—¡NO! —gritaron los tres casi a la vez.
Laura le mordió el cuello, Nicolás le metió un dedo a Laura para contenerla, y Adrián redujo el ritmo, casi parando.
—Vas a aguantar un poco más, zorra… un poco más…
Las respiraciones eran erráticas, el deseo insoportable, los cuerpos al borde del estallido… pero todavía aguantaban.
Apenas un empujón más y todo se vendría abajo.
Y justo ahí, en ese punto de locura, se miraron los cuatro. Ojos nublados, labios mordidos, músculos tensos. Todos sabían que cuando cruzaran esa línea, no habría vuelta atrás.
—¡Ahora! —gritó Lía, sin poder más— ¡Ahora, coño, ya!
Y en ese segundo, todo se desató. Adrián la embistió con fuerza, sin ritmo, como un animal liberado, con los huevos golpeando su coño mojado. El sonido de sus cuerpos chocando era sucio, rítmico, hipnótico. Lía soltó un grito ronco, grave, que se perdió entre el jadeo del viento. Su cuerpo se sacudió entero cuando el orgasmo le atravesó como un latigazo. Los ojos cerrados, la boca abierta, las piernas temblando.
—¡Joder, sí, Adrián! ¡Sí! ¡Así! —chilló, mientras sentía el semen caliente llenarla.
Él se corrió al mismo tiempo, sin poder aguantarse. Su polla pequeña palpitaba dentro de ella, eyaculando con espasmos mientras la agarraba fuerte de las caderas.
—¡Mierda, Lía…! ¡Te corro toda…! —gruñó, pegando su pecho sudado a su espalda.
Pero no eran los únicos. En cuanto el grito de Lía llenó la playa, Laura gimió con una intensidad brutal, arqueando la espalda al sentir el dedo de Nicolás dentro de ella mientras él la follaba al fin. Se la metió de golpe, con un empuje seco, y ella se corrió como una salvaje, jadeando como si se le fuera la vida.
—¡Sí, cabrón, fóllame! ¡Métemela entera! —chillaba, con los ojos desorbitados, agarrada al muslo de Lía como si le fuera a arrancar la piel.
Nicolás la embistió con rabia, con necesidad, como un hombre que se había contenido demasiado. Le apretaba el culo con las dos manos mientras se venía dentro de ella con un gruñido salvaje.
—¡Me corro, zorra! ¡Me corro dentro, joder! —rugió, apretándola contra él, sintiendo cómo las piernas le fallaban por el orgasmo brutal.
Laura se deshizo entre sus brazos, con las piernas temblando, su coño aun palpitando por dentro, la mezcla de sus fluidos chorreándole muslos abajo.
Los cuatro se quedaron un momento así, derrumbados, envueltos en el calor de los cuerpos mezclados, los jadeos entrecortados y el olor a sexo flotando en el aire como una nube espesa.
Lía se dejó caer de lado sobre la toalla, aun jadeando, con las piernas abiertas, los labios hinchados, el cuerpo entero en shock de placer. Adrián cayó a su lado, pasándole una mano por el vientre sudado.
—Joder… —murmuró—. Esto no lo superamos en la vida.
Laura rio flojito, aún sin aire, apoyada en el pecho de Nicolás, que la abrazaba con fuerza desde atrás.
—Y eso que solo era una mañana cualquiera… —susurró ella.
Silencio. Solo el murmullo del mar y las respiraciones aún agitadas.
La playa seguía desierta.
Pero ellos ya no eran los mismos.
El sol seguía subiendo, dorando la arena y tiñendo la espuma del mar de tonos casi blancos. La brisa suave acariciaba las pieles empapadas en sudor y sexo. A lo lejos, ni un alma. Solo ellos, respirando hondo, recuperando el aliento, como si el mundo entero se hubiese detenido para darles ese momento.
Lía fue la primera en moverse. Se levantó despacio, con las piernas todavía flojas, los muslos manchados del semen de Adrián, la piel brillante. Estiró los brazos con un suspiro satisfecho y miró hacia el mar.
—Creo que nos hemos ganado un baño —dijo, y sin esperar respuesta, comenzó a caminar hacia el agua, dejando tras de sí un rastro de gotas y deseo.
Adrián la siguió, sonriente, con la polla flácida pero aún húmeda, colgándole mientras caminaba. Laura y Nicolás intercambiaron una mirada y fueron detrás, sin decir nada. Solo se oía el mar.
El agua estaba fresca, deliciosa, y cuando Lía se sumergió, dejó escapar un grito de alivio.
—¡Aaah! ¡Esto sí es un final feliz!
Adrián se metió hasta la cintura, salpicándole con una sonrisa.
—No te relajes mucho, que como me mires así otra vez, repito.
—Calla, que tienes la polla en descanso obligatorio —le respondió ella entre risas, salpicándole de vuelta.
Laura nadaba a su lado, con el pelo largo flotando a su alrededor como un velo oscuro. Se acercó a Lía y le rozó el brazo con los dedos bajo el agua.
—No sabía que me iban a gustar tanto las gorditas con tetas caídas —le susurró, mirándola de lado con picardía.
Lía soltó una carcajada nerviosa, pero la sonrisa no se le borró de la cara.
—Y yo no sabía que una lengua podía hacerme gritar así.
Nicolás, que flotaba un poco más allá, se pasó una mano por la cara y luego los miró a los tres.
—Esto hay que repetirlo.
Silencio. Todos sabían que sí.
Se quedaron ahí un rato, nadando suave, flotando entre miradas, con el agua limpiando sus cuerpos, pero no sus intenciones. A veces las manos se rozaban bajo la superficie. Otras veces, una risa insinuaba algo más.
No había planes. Solo la promesa de algo que no terminaba con un polvo.
Y el mar, cómplice, lo envolvía todo.