Verano Desatado: Crónicas de Lía y Adrián

Kaxondete

Consagrad@
Registrado
Abr 21, 2026
Mensajes
1,354
Likes Recibidos
2,654
Puntos
113
Ubicación
La Marina Alta
 
 
 

Titulo: Verano Desatado: Crónicas de Lía y Adrián


Resumen, Dedicatoria y advertencia de contenido

Capítulo 1: “La playa”

Capítulo 2: “Parejas en la playa”

Capítulo 3: “Senderos Sucios”

Capítulo 4: “El Encuentro en la Heladería

Capítulo 5: “Alturas sucias”

Capítulo 6: “El juego del voyerismo”

Capítulo 7: “Coños nuevos, costumbres viejas”

Capítulo 8: “El Encuentro en la Casa Rural”

Capítulo 9: “La Resaca del Sexo y el Suavizante”

Capítulo 10: “Lavadoras, Lubricantes y Lumbalgias”

Capítulo 11: “Planificando el Finde... a Nuestra Manera”

Capítulo 12: “Montando el Circo Nudista”

Capítulo 13: “Resacas, Pollas y Planes Locos”

Capítulo 14: “Lunes de Lavadoras Deseo en Suspenso y visitas inesperadas”

Capítulo 15: “Mercadillo con suegra”

Capítulo 16: “Azulejos y Despedidas”

Capítulo 17: “Despertar con leche, pero no de vaca”

Capítulo 18: “El mensaje que lo cambió todo”

Capítulo 19: “Lia cumple 36… y lo va a gozar”

Capítulo 20: “El último calor”
 

Kaxondete

Consagrad@
Registrado
Abr 21, 2026
Mensajes
1,354
Likes Recibidos
2,654
Puntos
113
Ubicación
La Marina Alta
 
 
 
Resumen:
Lia y Adrián llevan años juntos y no han perdido las ganas de reír… ni de follar. Lo suyo no es una vida convencional: les van las playas nudistas, los encuentros calientes con amigos (y desconocidos), los juegos en grupo y las situaciones más surrealistas y guarras que te puedas imaginar.

Este verano, entre risas, pollas pequeñas, suegras cotillas, duchas lujuriosas y paquetes sorpresa de Amazon, se enfrentarán a una rutina tan cachonda como impredecible. Porque cuando el deseo es libre y el humor lo impregna todo, no hay mejor forma de vivir el amor… y el sexo.

Un relato realista, descarado y adictivo sobre un matrimonio liberal con ganas de todo… menos aburrirse.



Dedicatoria:

A quienes se atreven a reírse del sexo,
a quienes follan sin vergüenza,
a quienes aman con libertad.
Este libro es para vosotros.
Y también para los que aún no lo saben… pero quieren.



Advertencia de contenido:

Este libro contiene escenas explícitas de sexo, lenguaje vulgar, situaciones cómicas y personajes sin pelos en la lengua… ni en otros sitios.
Está dirigido exclusivamente a un público adulto con sentido del humor, curiosidad abierta y pocas ganas de escandalizarse.
Si buscabas algo fino y recatado…
mejor pasa página.
 

Kaxondete

Consagrad@
Registrado
Abr 21, 2026
Mensajes
1,354
Likes Recibidos
2,654
Puntos
113
Ubicación
La Marina Alta
 
 
 
Capítulo 1: “La playa”

El sol caía fuerte sobre la arena, el calor era insoportable y el mar en la distancia brillaba como un espejo. Lía, una mujer de 35 años, de cuerpo gordi con las tetas medianas y caídas, disfrutaba del ambiente mientras se acomodaba en la toalla. Su marido, Adrián, de 39 años, alto, con una figura que ya había comenzado a perder la firmeza de la juventud, se tumbaba junto a ella. Aunque era un hombre de complexión normal, su pene pequeño y su actitud relajada no le impedían disfrutar del momento.

La playa nudista estaba llena de cuerpos desnudos, algunos más jóvenes, otros de su misma edad o mayores, pero a Lía le encantaba. Disfrutaba de la mirada furtiva de otros hombres y mujeres que se le cruzaban mientras su marido se relajaba a su lado.

En un instante, Adrián le lanzó una mirada cómplice, sabiendo perfectamente que a su esposa le gustaba esa atmósfera de libertad. Los dos compartían una vida liberal en la que explorar su sexualidad con otros no era raro. Lía lo sabía, y lo disfrutaba tanto como él.

De repente, un hombre se acercó a ellos. Era alto, con el cuerpo bien formado, y su mirada fija en Lía no dejaba lugar a dudas. La forma en que le sonrió hacía que algo se encendiera en su interior. Era una invitación tácita. Aunque no dijo nada, Adrián se percató y, con una sonrisa traviesa, le dio permiso a su esposa para que hiciera lo que quisiera.

Lía no necesitaba más palabras. Se levantó, su cuerpo rebotando con cada paso mientras se acercaba al hombre, que esperaba pacientemente. La mirada que le lanzó a Adrián fue cargada de deseo. Sabía lo que hacía.

El hombre, ahora de pie frente a Lía, la miraba con lujuria, observando cada curva de su cuerpo. Ella se acercó, sin decir nada, y comenzó a desabrocharse el bikini. Adrián estaba observando desde su toalla, sabiendo que su esposa disfrutaba de cada momento. El calor del sol y la brisa marina acompañaban la atmósfera.

Lía sentía cómo la excitación comenzaba a subir mientras el hombre se acercaba a ella. Su cuerpo desnudo parecía perfecto para él, y no le costó nada abrazarla, besándola con pasión. Sus manos recorrían su piel, explorando cada rincón, mientras ella respondía con los mismos gestos ardientes.

Adrián, aunque no participaba directamente en ese momento, no podía dejar de observar. Estaba acostumbrado a este tipo de escenas y le excitaba ver a su esposa disfrutar tanto. La relación abierta de ambos no era una sorpresa para él; al contrario, le gustaba saber que Lía también encontraba placer en otros hombres.

La sensación de libertad, de estar en un lugar sin prejuicios, era exactamente lo que ambos necesitaban. El beso entre Lía y el hombre se intensificó, y ella sentía cómo su cuerpo reaccionaba ante cada caricia, cada roce. Pronto, el hombre comenzó a bajar la mano por su espalda, tocando su culo desnudo con suavidad. Lía no pudo evitar un suspiro de placer.

—¿Te gustaría que me quedara contigo? —le susurró el hombre al oído mientras sus dedos acariciaban la suavidad de sus caderas.

Lía, sin responder directamente, simplemente se separó un poco, y con una mirada cargada de deseo, le indicó que la siguiera hasta un rincón apartado de la playa.

El rincón apartado era perfecto, un lugar donde los cuerpos desnudos podían entregarse al placer sin ser molestados. Lía y el hombre llegaron hasta allí, donde él la empujó suavemente contra la arena, besándola mientras sus manos comenzaban a recorrer su cuerpo con más urgencia.

Adrián, desde su toalla, observaba todo, sin perder detalle de cómo su esposa se entregaba a otro hombre. No sentía celos, sino que el deseo lo invadía cada vez más. Observó cómo el hombre tocaba los senos caídos de Lía con firmeza, cómo ella gemía mientras sentía el placer recorriéndole el cuerpo.

Lía, por su parte, no podía dejar de moverse, de responder a cada caricia. El hombre comenzó a besarle el cuello, bajando por su pecho, hasta llegar a su coño, donde se detuvo un momento, observando cómo los labios de su vagina estaban hinchados de excitación. Sin decir nada, empezó a lamerla con fuerza, haciendo que Lía se arqueara hacia atrás, dejándose llevar completamente.

Mientras tanto, Adrián se acomodó, con la polla semi dura, disfrutando de la escena. A pesar de lo que estaba viendo, sentía cómo la excitación crecía en su interior, deseando que pronto se uniera al momento de alguna manera. El hombre, aun lamiendo el coño de Lía, comenzó a meter un dedo, luego dos, buscando la profundidad que le hiciera gritar de placer.

Lía, sintiendo su cuerpo ceder a la excitación, empezó a gemir más fuerte, buscando el clímax, mientras Adrián seguía observando, imaginándose lo que sucedía en ese rincón apartado.

El clímax de Lía llegó como un torrente, un oleaje de placer que la hizo gritar el nombre del hombre que la estaba comiendo. Cuando sintió su vagina contraer sus músculos, supo que había llegado al final de ese éxtasis.

El hombre, sabiendo que su objetivo había sido cumplido, se levantó, quitándose rápidamente el bañador. Adrián, viendo todo desde su toalla, notó cómo el cuerpo de su esposa se relajaba después de la liberación. No podía esperar más para unirse a ella.

El hombre le hizo una señal, indicándole que era su turno. Sin pensarlo, Adrián se acercó con su polla semi dura, sabiendo que no sería tan fácil entrar en Lía después de la intensa excitación con el otro hombre, pero confiaba en que su esposa estaría preparada para seguir.

Lía, todavía respirando entrecortada, se giró hacia Adrián y con una sonrisa maliciosa, le indicó que la follara. Sabía que su marido lo deseaba tanto como ella, y sin dudarlo, se preparó para recibirlo de nuevo.

Adrián la penetró lentamente, disfrutando del calor de su cuerpo, mientras ella gemía por la mezcla de sensaciones. El sexo entre ellos era completamente diferente a lo que había experimentado con el hombre, pero no menos placentero. En este momento, el amor que compartían los unía, a pesar de la intensidad de la situación.

Después de un rato, los tres se levantaron, buscando más aventuras en la playa. La atmósfera seguía cargada de deseo, pero el ambiente era relajado, como si todo fuera parte del juego que Lía, Adrián y el hombre compartían. Nadie miraba con juzgar, porque en este rincón de la playa, todos estaban disfrutando de la libertad sin ataduras.

Algunos otros bañistas se acercaron, sin importarle que los cuerpos desnudos chocaran. Un grupo más se unió, todos dispuestos a compartir lo que quedaba de la tarde con más diversión y sexo.

Lía y Adrián se entregaron sin reservas, probando nuevas posiciones, explorando entre ellos mismos, mientras la escena se calentaba aún más con la llegada de más cuerpos desnudos.

La noche comenzó a caer sobre la playa, pero no la pasión. Lía estaba exhausta pero satisfecha, mirando a Adrián mientras él disfrutaba de un último encuentro con el hombre de antes. Entre tanto sudor, semen y arena, todos ellos se relajaron, sabiendo que este lugar era su refugio secreto, su lugar donde se permitían ser libres y probar sin limitaciones.

Mientras las estrellas aparecían sobre el cielo oscuro, ellos seguían conversando entre risas y susurros sucios, sabiendo que este encuentro no sería el último. A pesar de estar cansados, sus cuerpos estaban en alerta, deseando más.

Así terminaba un día perfecto en la playa desnuda, lleno de placer, sorpresas y, sobre todo, libertad.


El sol estaba más bajo ya, tiñendo la arena de un tono anaranjado, pero la temperatura entre los cuerpos seguía subiendo como si el verano estuviera concentrado en ellos. Lía, con la boca llena de la polla de Marcos, jadeaba entre succiones. Sus labios estaban rojos, brillantes de saliva y deseo, y cada vez que se apartaba para respirar, lo miraba a los ojos con una sonrisa sucia, casi burlona, antes de volver a tragársela hasta el fondo.

—Trágala, Lía… así… como la puta que eres —le susurró Marcos, pasándole la mano por el pelo.

Ella gemía con la boca llena, su cuerpo encajado perfectamente entre los dos hombres. Detrás, Adrián empujaba su polla pequeña pero firme dentro de su coño empapado, mientras los dedos de una de sus manos no dejaban de sobarle el clítoris. El roce era constante, justo lo que necesitaba para estar al borde… pero no pasar del todo.

Adrián se mordía los labios. Sentía el coño de Lía tragándoselo con cada embestida, mojado, caliente, apretado. Pero, además, tenía detrás a Sergio, que seguía dándole con una cadencia firme. La polla de Sergio le abría el culo con ritmo lento pero constante, como si disfrutara estirando cada segundo, marcando cada empuje.

—¿Cómo vas, Adrián? —le susurró Sergio, pegado a su espalda, mordiéndole el cuello—. Te noto temblar.

—No pares… no jodas, no pares… —respondió él, entre dientes.

La sensación era brutal: el coño caliente de su mujer por delante, la polla gruesa de Sergio por detrás, y el sonido constante de gemidos, jadeos y carne chocando. Todo se combinaba para hacer del momento algo casi hipnótico.

Lía empezó a temblar, su respiración se volvió más rápida. Notaba cómo el orgasmo se acercaba a toda velocidad, como un tren sin frenos, pero no quería correrse todavía. Quería aguantar, seguir estirada entre ellos, seguir chupando, follando, recibiendo.

—Me vais a matar, cabrones… —murmuró ella con la voz rota, con los ojos entrecerrados por el placer.

—Eso queremos —le respondió Marcos, sujetándole la cabeza mientras ella volvía a meterse su polla hasta la garganta.

Sergio seguía empujando dentro de Adrián, jadeando con fuerza. Le encantaba ver cómo Adrián se rendía al placer por completo, cómo Lía gemía como una perra, cómo el momento no tenía reglas, solo deseo.

La cadena seguía bombeando: Sergio dentro de Adrián, Adrián dentro de Lía, y Lía con la boca llena de Marcos. Un vaivén sincronizado, un juego perfecto donde todos estaban al límite, pero ninguno quería soltarse aún.

—Aguanta, Lía… aguanta un poco más… —le dijo Adrián con la voz ronca, notando cómo los músculos de su mujer se contraían.

Ella lo miró con ojos llenos de fuego.

—Solo si tú aguantas también, cariño… porque en cuanto me corra… no voy a dejar de hacerlo.

Y entonces, volvió a mover las caderas con más fuerza, a empujar con más ganas, a recibir y dar, a seguir en esa danza sucia y deliciosa.

Lía jadeaba con la polla de Marcos entre los labios, sintiéndola temblar contra su lengua. Estaba dura como una roca, caliente como el sol que aún acariciaba su piel. Sus tetas se movían al ritmo de las embestidas de Adrián, que no dejaba de follársela con los dedos firmes en su clítoris, haciéndola vibrar sin pausa.

Y mientras tanto, el culo de Adrián seguía siendo reclamado por Sergio. Él ya sudaba a chorros, sujetándole de la cintura y empujando con fuerza controlada, sintiendo cómo su polla se deslizaba una y otra vez dentro del culo estrecho de aquel hombre alto que gemía sin vergüenza, tragando y soltando el placer en olas.

—Estás apretado, cabrón… —le gruñó Sergio, apretando los dientes mientras le empujaba con más profundidad, sintiendo cada centímetro.

Adrián no podía responder. Tenía la mandíbula apretada, los ojos cerrados, concentrado en aguantar el ritmo. La sensación de ser tomado por detrás mientras él mismo se hundía en el coño de Lía era una locura. Sentía el peso del placer creciendo, la tensión acumulada que le recorría el cuerpo. Pero no quería correrse aún.

—No… todavía no… —murmuró, temblando.

Lía notó el cambio. Sentía la polla de su marido vibrar dentro de ella. Estaba al límite, igual que ella. Y eso la hizo sonreír mientras seguía chupando la verga de Marcos con más ganas, tragándola entera y luego sacándola para escupir sobre la punta y lamerla sucia, caliente.

—¿Te gusta ver cómo le chupo la polla a otro delante de ti, Adrián? —le dijo ella, jadeando entre succiones—. ¿Te gusta ver cómo me la mete en la boca mientras tú me llenas el coño?

—Sí… joder… sí, me encanta —gruñó él, empujando más fuerte.

Sergio aumentó el ritmo, ahora follándose el culo de Adrián con embestidas más intensas, su polla resbalando con el sudor, la saliva y su propia excitación. Lo tenía agarrado por las caderas, clavando los dedos en su piel, gruñendo entre embestida y embestida.

—Vais a hacer que me corra… —murmuró Lía con la voz ronca—. No puedo más, me tenéis loca…

Marcos, que llevaba rato conteniéndose, sacó la polla de su boca con un chasquido húmedo, la frotó contra sus mejillas, su lengua, su pecho sudado, y se la colocó justo sobre la raja.

—¿Quieres que te la meta también? ¿Quieres los dos, perra?

—Sí, dámela, folladme los dos —suplicó ella, empujando la cadera hacia él.

Adrián salió un instante de su coño, empapado, palpitante, y le hizo espacio. Marcos se colocó delante, y con la punta bien mojada, comenzó a entrar en su coño abierto. Lía gimió fuerte, al sentir la verga gruesa separarle los labios, llenándola hasta el fondo. Era diferente a la de Adrián: más ancha, más áspera, más invasiva.

—Dios… sí… eso es… —gritó ella.

Adrián no perdió el tiempo. Se inclinó hacia adelante y, sujetando las nalgas de Lía, apuntó su polla hacia el otro agujero, aún apretado pero resbaloso. Empujó poco a poco, sintiendo cómo su mujer se abría para él, cómo su culo le recibía mientras Marcos la follaba de frente.

Lía tembló. Sentir a dos hombres dentro de ella al mismo tiempo la desbordó. Una polla en su coño. Otra en su culo. Ambas entrando y saliendo, marcando el ritmo, haciéndola crujir entre jadeos y temblores.

—¡Así, folladme, joder! ¡Los dos! ¡No paréis! —gritó con voz rota, con las uñas clavadas en la arena caliente.

Y así siguieron. Los tres, moviéndose como una sola criatura. Dos hombres empujando en sincronía, llenándola por completo, haciéndola vibrar. Y Lía, gritando, riendo, gimiendo… a punto, pero aun aguantando. Con el cuerpo tensado, el orgasmo latiendo en la base de su vientre… pero retenido.

Porque el placer se disfruta más cuando se hace esperar.

Las olas rompían cerca, ignorando por completo el infierno de placer que estallaba en la arena. Lía estaba empalada entre dos hombres. Marcos le metía la polla hasta el fondo en el coño empapado, mientras Adrián, jadeando como un animal, le taladraba el culo con movimientos cada vez más desesperados.

—¡Me corro! ¡Joder, me corr…o! —gritó ella, con la cara pegada al cuello de Marcos.

Su cuerpo entero se tensó. Las piernas se le encogieron, la espalda se arqueó, y en un estallido salvaje, el orgasmo la atravesó como un relámpago. Su coño se apretó, palpitó, se cerró en torno a la polla de Marcos como una trampa húmeda y viva. Su culo también se estremeció, haciendo que Adrián gimiera como nunca.

—¡Dios, Lía! ¡Qué coño, joder! —rugió Marcos, sintiendo cómo lo apretaba, cómo lo ordeñaba.

Intentó aguantar, pero fue inútil. Con una última embestida, se corrió dentro de ella, dejando que su semen llenara su interior con espasmos potentes, calientes, pegajosos. Se quedó dentro unos segundos, descargando hasta la última gota mientras ella se sacudía entre gemidos y sollozos.

Pero aún quedaba Adrián.

Con los ojos entrecerrados y el cuerpo sudado, recibió un empujón final de Sergio en el culo, que lo hizo crujir. Y ahí, sintiendo cómo su mujer se retorcía bajo él, cómo su cuerpo era un hervidero de carne, leche y saliva, no pudo más.

—¡Me corrooo! —gritó, clavándose hasta el fondo en su culo.

La polla le tembló entre los pliegues de Lía, mientras soltaba una corrida brutal, profunda, que parecía salirle del alma. Se vació por completo, con todo el cuerpo estremecido. Se apoyó en la espalda de su mujer mientras jadeaba, aún con el sexo palpitando dentro.

Detrás, Sergio se sacó lentamente, la polla brillando de lubricante natural, sin soltar ni una palabra. Solo una sonrisa de satisfacción le cruzaba la cara.

Lía estaba tumbada entre los cuerpos, con la cara hundida en la arena, las piernas abiertas, los agujeros rebosando semen, temblando todavía. Tenía una sonrisa de esas que no se borran fácil. De las que solo salen cuando te han follado tan bien que ni te importa que la arena se te meta por todos lados.

—Sois unos cerdos… —dijo, con la voz ronca.

Adrián se dejó caer a su lado, con el pecho subiendo y bajando.

—Y tú la reina de las guarras, joder…

Marcos se tumbó del otro lado, acariciándole el muslo suavemente, su polla chorreando sus restos.

Y allí se quedaron, jadeando entre risas sucias, cuerpos enredados, con el mar de fondo y el sol cayendo sobre tres almas que ya no sabían si habían pecado… o encontrado el paraíso.

El sol ya había caído del todo. La brisa marina era más fresca, pero no lo suficiente como para apagar el calor entre los cuerpos. Lía se acomodó sobre la toalla, aún con las piernas abiertas, el coño goteando lentamente la mezcla de leche caliente que le habían dejado dentro.

Tenía la cara relajada, el pelo pegado a la frente y los pezones endurecidos, no por frío, sino por pura sensibilidad. Cada roce era una descarga nueva.

Adrián estaba tumbado a su lado, con la polla flácida pero satisfecha, el culo todavía sensible del polvo que le había dado Sergio, y una sonrisa boba, sucia, de quien ha cruzado una línea y no piensa volver.

—¿Qué hora es? —murmuró Lía, sin moverse.

—Hora de que me la chupes otra vez —respondió Marcos, riendo mientras se sentaba a su lado, la verga medio dura, apoyada entre los muslos.

Ella se rio, ronca, y le dio una palmada en la pierna.

—Dame cinco minutos y un poco de vino, cabrón.

Sergio apareció con una botella que había traído desde su sombrilla. Le dio un trago directo, se limpió la boca con el dorso de la mano y les ofreció.

—¿Volvemos mañana al mismo sitio? —preguntó, mirando a Adrián mientras le pasaba el vino a Lía.

Adrián se encogió de hombros, todavía con la cara entre las tetas de su mujer.

—Solo si esta vez traes a alguien más —le dijo con una sonrisa torcida—. No vamos a dejar a Lía con hambre.

—O con solo una polla —añadió ella, dándole un trago largo a la botella antes de pasársela de vuelta.

El silencio fue cómodo, cargado de miradas cómplices. No hacía falta decir nada más. Ya se habían probado todos. Ya sabían cómo sabían, cómo gemían, cómo temblaban.

Y lo mejor de todo: sabían que no sería la última vez.
 
  • Love
Reactions: k66
Arriba Pie