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nicoadicto

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La fisura​



Había salido un momento mientras Marta se preparaba. Necesitaba hacer una cosa en casa de Herminia y disponía de poco tiempo. Ésta abrió al tercer timbrazo y Cristian entró como una exhalación hasta el salón. Ella cerró la puerta y lo siguió al paso de quien no tiene ninguna prisa.

—Miré esto—dijo plantando el móvil frente a su cara con el brazo en alto.

Herminia observó con detenimiento lo que trataba de enseñarle. Tras unos interminables segundos apartó la vista de la pantalla para clavarla en él.

—Debes ser gilipollas si piensas que a mi edad soy capaz de leer esa letra piojosa sin gafas.

Cristian omitió un exabrupto y barrió la estancia con la vista. No tardó en encontrar las gafas sobre la mesita central que le ofreció a la señora.

—Tenga —urgió—, y ahora, lea.

Se hizo con ellas y con el móvil y se sentó en el sofá con una calma que exasperó al adolescente. Con las lentes a media nariz y el aparato cogido con ambas manos, leyó con detenimiento, moviendo los labios y desplazando con el dedo hasta el final del texto.

Frunció el ceño y releyó una segunda vez. Por su cara, parecía que no llegaba a entender.

—El wasap es de mi novia —explicó a la señora que tardaba una eternidad en mostrar una reacción.

Ella asintió como si ya hubiera llegado a esa conclusión para, acto seguido, comenzar a mostrar una sonrisa maliciosa. Se quitó las gafas que guardó en una funda y le devolvió el aparato.

—Tu novia… ¿te odia?

—No, me quiere con locura. ¡Me ama! —corrigió algo avergonzado.

Herminia levantó una ceja, suspicaz y se recostó en el sofá. Su sonrisa mutó a una mueca de suficiencia. Eso no se lo creía ni de coña.

—Que sí, joder. Lo que ha leído es un juego que tenemos entre nosotros. Unas… pruebas que nos ponemos para excitar la relación.

—Para putearos —matizó.

—Sí… no. Es decir… —se frotó la frente con dos dedos— de eso se trata. Nos pone darnos un poco de caña y ahora me toca cumplir a mí.

—A ver si me entero. Tu novia… que te ama y te quiere… te pide que ¿te grabes meneándote la colita con las bragas de tu “vecina la vieja”?

—No, con mi vecina la “modelo de trajes de baño”.

Herminia soltó una carcajada por lo bobo que sonaba todo eso. Después, apoyó ambos brazos a los lados del respaldo en ademán de poder. Acababa de recibir la más morbosa noticia de la última parte de su vida. Su vecino adolescente buenorro iba a masturbarse con una de sus bragas. Se mordió el labio inferior disfrutando de la fantasía.

—No se haga ilusiones, Doña Rogelia —dijo adivinando sus pensamientos—. No pienso tocar sus arreos de vieja ni con un palo. He traído las mías de casa.

Del bolsillo sacó unas bragas blancas con encaje. Las últimas que poseía de Marta. Su vecina chasqueó la lengua de fastidio, pero no por ello perdió su sonrisa traviesa.

—Esto es lo que vamos a hacer —explicó él—. Usted se pone ahí, hablando de sus chorradas, como si estuviera haciendo algo. Yo me pongo a grabar en plan furtivo para que se note que es un vídeo robado. Entonces hago como que voy al aseo y, móvil en mano, entro a su cuarto, cojo estas bragas de donde sea que guarde sus trapos viejos y me la meneo en su baño; le envío el vídeo a mi novia y… fin.

Herminia le escuchaba con indisimulado interés, asintiendo a cada parte de su plan. Cuando acabó, señaló con el dedo hacia su dormitorio. Lo que su joven vecino se traía entre manos con su novia, era una auténtica chifladura de chiquillos, pero se lo estaba pasando bien participando en sus juegos.

—Segundo cajón de la mesilla izquierda.

Era todo lo que Cristian necesitaba oír. Dio media vuelta y salió al pasillo desde donde llegó a la habitación de su anciana vecina. El dulce aroma a frutas le llenó la nariz y, junto con las viejas fotografías de la pared, evocaron la típica imagen retro.

Puso la vista en la mesilla donde reposaban los retratos de su marido y de ella con su hijo. Debajo, localizó el cajón que le había dicho y lo abrió. Dentro encontró un montón de ropa íntima. Extendió en su mano la prenda que había traído consigo y la comparó con la que estaba viendo.

«Dan el pego, pueden pasar como suyas».

Las depositó con cuidado como si fueran a contaminarse y cerró el mueble. Antes de irse se planteó rebuscar entre el resto de los cajones. Sin embargo, la sola posibilidad de toparse con sus consoladores le hizo desistir.



— · —​



—Has tardado mucho —le dijo Herminia al volver con ella al salón.

—¿Y qué quiere? He fisgado en sus cosas lo más rápido que he podido.

Ella levantó una ceja sin saber si debería creerle, pero la mirada asesina que le echó casi le fríe los testículos.

—Venga, póngase ahí como si hiciera algo útil —instó él.

La mujer, que ya se estaba levantando, fue hasta una de las estanterías y abrió una puerta acristalada. Dentro habían unas copas de cristal fino e hizo como que las limpiaba. Cristian levantó el móvil y comenzó a grabar.

—¿Dices tú de mili? —dijo ella de espaldas como si estuviera en medio de una conversación—. Mili, la que pasó mi difunto esposo en Melilla.

—Voy un momento al baño, Herminia —dijo en un volumen excesivamente elevado.

Con el brazo en alto, intentando que la imagen fuera lo más estable posible, fue recorriendo la casa hasta colarse de nuevo en el cuarto de la anciana.

—El sargento Peláez —se oía al fondo—, menudo mal bicho.

Cristian abrió el cajón y pasó la mano por encima de la lencería, simulando estar eligiendo.

—Estas mismas —susurró cerca del aparato.

Lo siguiente fue ir hasta el baño y cerrase dentro. De nuevo, un agradable aroma a jazmín le produjo una sensación tranquilizadora, como un recuerdo feliz. Fijó el smartphone sobre la cisterna del váter y se colocó frente a él, desnudo de cintura para abajo.

Desplegó las bragas frente a la cámara y se las llevó a la nariz donde aspiró con los ojos cerrados.

—¿Es esto lo que querías? —dijo al objetivo—. Pues ale, para que veas que te quiero más que a mi propia vida.

Volvió a olerlas y a besarlas. Después, se enrolló la prenda en el miembro y se la empezó a menear. No tardó en tenerla dura.

—Lo hago por ti, Cris. Me estoy pajeando con unas bragas de una tía mucho mayor que yo. —Tenía la frente arrugada y la cara de esfuerzo—. Y voy a pensar en ella mientras me pajeo, y en que me la follo, como querías. Oh, oooh, uuum.

Un buen rato después, lleno de obscenidades y gemidos, consiguió dejar las bragas perdidas de semen que mostró para que lo viera su novia.

«Y… enviar», se dijo antes de apagar el móvil.



— · —​



—¿Ya? —se sorprendió Herminia al verlo entrar—. Ha sido rápido.

Estaba sentada en el sofá, con las gafas a media nariz y periódico en mano.

—Porque tengo prisa. Además, venía motivado, acabo de estar con la novia buenorra de mi padre. —Guiñó un ojo—. Casi hemos hecho las paces.

—Y eso quiere decir…

—Que la cuenta vuelve a cero.

—Eso está bien —sonrió—. No siempre se puede volver a empezar en casos como el tuyo. Ahora, lo que debes hacer es esperar la oportunidad.

—Ya, lo que pasa es que ahora tengo otro plan.

Herminia cerró el periódico y se giró a cámara lenta hacia él, salivando. Cristian ya esperaba su reacción con una sonrisa lobuna cruzando su cara.

—La madre de Cris —explicó.

—¿Tu novia? —preguntó estupefacta.

Él asintió con una caída de ojos.

—En serio, chico —dijo sin poder dar crédito—, no dejas de sorprenderme.

Una adulación que hinchó el pecho del adolescente.

—Su padrastro debe ser impotente o algo así —explicó—. El caso… —se acercó y se sentó a su lado— el caso es que… lo va a flipar… me ha ofrecido a su mujer. —Enderezó el cuerpo—. ¡A su mujer! —La sonrisa de oreja a oreja era de auténtica felicidad—. Joder, pienso follarme a esa zorra en la puta cara de ese cabrón.

La expresión de su vecina se congeló como si no llegara a comprender o como si, lo que oía, no fuera plato de su gusto.

—¿Se lo vas a restregar a tu suegro? —Tono neutro.

—No lo dude. Ufff, cómo me pone solo de pensarlo.

—Eso… no está bien. —Frente arrugada y mirada seria.

—¿Pero qué dice? Si es un puto gorila gilipollas. Además, ha sido idea suya. Busca un macho empotrador que la satisfaga.

Herminia movía el mentón a un lado y a otro, cavilando.

—¿Y ella está de acuerdo?

—Nah, ni de coña. Pasa de enrollarse con nadie, y menos con el novio de su hija —explicó—, o que lo mismo es frígida, yo qué sé. Pero me la pela, esa cae fijo. Se lo digo yo. Solo hay que saber mover hilos.

Pero la cara de su vecina seguía con la misma expresión de recelo. Su rostro se había ensombrecido y sus labios formaban una línea recta de desaprobación.

—Déjalo estar. No merece la pena meterte en ese cagadero.

La advertencia fue seria y al adolescente no le gustó el tono ni el pesimismo. Esa no era la reacción que esperaba y la contestación sonó en el mismo tono.

—¿Pero qué dice? Si usted disfruta con esto tanto como yo.

—Solo cuando nadie sale perjudicado y tu plan no deja a nadie en pie. —Le señaló con el dedo—. Mira, mocoso, una cosa es jugar sin que el cornudo se entere y otra muy diferente es mearte en su orgullo y convertirlo en humillación pública con la mujer que ama.

—¿Per-do-neee? ¿Y me lo dice usted, que corneaba a su propio marido con el cabrón de su jefe?

—Yo encontraba placer en el silencio cómplice y en la dulce ignorancia de mi esposo que nunca conoció el dolor por mi causa. Tú buscas herir, humillar, alimentarte de su vergüenza y rebajarlo todo lo posible.

—¡Pero que ha sido él! Jodeeer.

—Porque la quiere tanto que es capaz de renunciar a su orgullo —gritó—. De hecho, ya ha perdido la cordura por culpa de la pena y no sabe dónde se mete. Apártate de esa mujer.

—Ni de coña, vamos.

Herminia bullía de rabia. Había comenzado a respirar agitadamente y en sus ojos se percibía la ira de quien discute con un idiota que cree tener razón.

—Vas a hundir a ese hombre y a hacer de ella una desgraciada. —Movió la cabeza con pesadumbre—. Por no hablar de tu novia. La vas a perder y nunca va a poder mirarse a la cara con su madre.

—Deje a Cris en paz. Ella… ella no tiene por qué saber NADA.

—Se enterará, es su madre y esas cosas siempre terminan saliendo a la luz. —Cogió aire e intentó ser más diplomática—. Vas a joder un matrimonio y a tu propio noviazgo. Déjalo estar, chico, retírate. Esto es diferente a lo que te traías con tu madrastra. Ella no va a ceder.

—Perdone, ¿que me retire yo? Soy Cristian, ¡CRISTIAN!, y todavía no se me ha resistido ninguna tía que se me haya metido entre ceja y ceja.

—Vas a cagarla y, esta vez, no habrá segunda oportunidad.

—¡Calle! vejestorio. Usted… usted no me conoce.

—Te equivocas, niño. Te conozco mejor que tú mismo. Y te digo que no va a salir bien. Déjalo.

—¿Por qué?

—Porque sé de lo que estoy hablando. Su padre cambiará de opinión cuando llegue el momento de dar el paso; su madre se sentirá sucia por haber accedido a traicionar a su marido, y su hija… —hizo una pausa para coger aire—, su hija les dejará de hablar a los dos. —Se levantó elevándose por encima de él—. Pero, sobre todo, porque solo eres un niño tonto y gilipollas que confunde manipular con entender y follar con importar.

—¡Y usted una vieja chocha y solitaria que se muere de envidia por no haber podido conseguir lo que tengo yo!

La mujer se quedó con la palabra en la boca, sorprendida de lo que había dicho, pero, sobre todo, por el tono. La conversación ya se había ido de madre.

—¡Mire a mi novia, a mi familia, a mis colegas! A todas las tías a las que me he tirado —casi gritaba—. Hasta mi suegro, que es un ogro, me ofrece a su mujer. ¡A su mujer, joder! —gritó—. Me la ofrece él. —Se levantó marcando la diferencia de altura—. Y usted… usted… ¿Qué tiene usted?

Se puso a dar vueltas por la habitación con la respiración agitada. Herminia lo observaba con el temor a que se pusiera violento, pero sin dar muestras de asustarse.

—Mírese, viviendo de recuerdos. Eso es lo único que le queda, miserables ecos de sí misma. —Se volvió contra ella y la señaló con el dedo—. Sí, ese es su problema, que vive en el pasado, de cuando usted era alguien. Me di cuenta la primera vez que entré a su cuarto. No hay fotos de amigos, de fiestas o de vacaciones, solo retratos suyos, de lo que fue, de lo que nunca volverá a ser. —Estaba realmente enojado— En toda la casa no hay una puta imagen de alguien que no sea usted de joven. Y, en la realidad ¿qué le queda? Nada, solo una pobre triste y solitaria vida de vieja verde persiguiéndose a sí misma en las paredes. Sin familia, sin amigos.

—¿Y tú, acaso tienes amigos? —escupió—. No, solo colegas —el labio le temblaba—, “CO-LE-GAS”. Así es como se llaman los tontos útiles de un niñato con ego de estratega y cerebro de peón, comparsas que solo sirven para beber en compañía.

—¿Como la que le hace su hijo? Ese subnormal sin educación que la rehúye y que lleva años sin hablar a su propia madre. —Se acercó a ella y se puso cara a cara—. ¿Qué pasó? ¿Pilló a un extraño metiendo la colita en el chochete de su mami bajo la mirada lacrimógena de su papi?

Los ojos de Herminia brillaban. Y hubiesen llorado si no fuera porque hacía mucho que olvidaron cómo se hacía.

Permanecieron en silencio, mirándose el uno al otro, dejando pasar los segundos. El eco de las palabras pronunciadas todavía resonaba con fuerza. Quizás, ambos ya se estarían arrepintiendo o, quizás, solo preparaban otro asalto.

—Vete de mi casa.

Cristian tensó la mandíbula, apretando hasta que los músculos de su maxilar se abultaron a cada lado. Tardó en hablar, dejando caer los segundos antes de mover sus labios.

—Claro. —Se enderezó y dio dos pasos dirección a la puerta. Antes de desaparecer, se giró hacia ella—. Hágase un favor y llámele. Dígale que quiere volver a verle reír como en esa foto de su cuarto que tanto añora y que tan cerca guarda de usted. —Fue a salir, pero se detuvo de nuevo—. O mejor, dígale que usted es dueña de su cuerpo y que puede follar con quien le dé la gana y, que si no le gusta, puede irse a la mierda.


Fin capítulo XIX

Si te gusta o, simplemente quieres agradecer mi trabajo, puedes adquirir el relato completo y otros como éste en Amazon
Excelente, como siempre!!!
Nunca deja de haber un giro inesperado en esta historia y eso la hace cada vez más atrapante
 

ASeneka

Pajillero
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La cena​



Pese a estar apartado del centro, ubicado en un polígono industrial en declive, se encontraba abarrotado de chavales en busca de un alimento barato en medio de un espacio solo para ellos. Chicos y chicas jóvenes de aspecto variopinto hablando a voces y moviendo la cabeza al son de multitud de aparatos portátiles. En aquel lugar Marta se encontraba más perdida que un pulpo en un garaje.

—Está guay, ¿eh? —le decía Cristian.

Había que reconocer que no estaba mal aquel trozo de suburbio. Tanto la decoración exterior del burger, con alfombras imitación a hierba, unas palmeras perimetrales que lo separaban del resto de los pabellones y modernas carpas preparadas para los días de sol, como el interior del local: funcional, pero con gusto.

Una miríada de chicos con el atuendo de la franquicia, recorrían las mesas limpiando y recogiendo restos de vasos de papel y bandejas que las docenas de adolescentes (muchos de ellos menores de edad) iban abandonando. De entre todos ellos, uno levantó la mano cuando reconoció a Cristian.

—Es mi colega —explicó—. Y, flipa, es el nieto de la vecina de enfrente.

—¿La vieja huraña?

—Herminia, sí, esa.

Marta lo escaneó de arriba abajo.

—Parece majo.

—Sí, un poco fantasma con el rollo de las tías, pero buena gente. Me lo paso bien escuchándole.

El parecido con su abuela no era muy notable, pero siempre se acordaba de ella cuando estaban juntos. Sonrió por dentro.

—Esa Herminia… es amiga tuya, ¿no?

—Pssse… bueno, tampoco tanto, solemos hablar en la escalera. A veces le subo la compra.

—Ya —dijo cavilante—, la he visto antes en el descansillo. Creo que estaba escuchando detrás de la puerta.

—¿De la nuestra?

—Me dijo una cosa muy rara. Creo que se refería a ti. No sé, además de vieja debe estar chocha.

—¿Qué… qué cosa?

—Nada, olvídalo, serían imaginaciones mías porque era muy fuerte.

—¿Cómo de fuerte?

—Mira, ahí viene tu amigo —cortó ella que se vio sorprendida por la presencia del muchacho nuevo.

—Cristian, chaval, al final has venido.

Se saludaron al modo que lo hacen los chicos de su edad, choque de manos y semiabrazo de medio cuerpo. Marta se ruborizó hasta las orejas a causa de la mirada que le echó el muchacho. Cristian, en cambio, se hinchó de orgullo por ser el acompañante de aquella MILF. No fueron pocas las miradas que recibió de ese tipo.

Ocuparon una mesa afuera. Sus bandejas estaban llenas de bolsitas de kétchup, mahonesa y una enorme cantidad de patatas fritas. Durante un buen rato Cristian no paró de hablar con gente que se acercaba a saludar.

—Parece que eres muy popular —dijo ella.

—Colegas del barrio y de la uni. Ya sabes.

También había multitud de chicas que no le quitaban ojo. O a lo mejor a ella.

—Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que me comí una cosa de estas —dijo Marta levantando la hamburguesa frente a su cara.

—Oye, ¿te puedo hacer una pregunta?

Marta volteaba su comida a uno y otro lado, decidiendo por dónde podría atacar para pringarse lo menos posible. Le indicó, con un encogimiento de hombros, que podía preguntar lo que quisiera.

—¿Le dijiste tú a Cris que sabías lo de las bragas?

No contestó inmediatamente, tomándose su tiempo en hincar el diente al trozo que más sobresalía por el borde del pan. Lo masticó con calma antes de abrir la boca.

—¿Qué bragas? —dijo clavando los ojos— ¿Concretamente?

La mirada inexpresiva dejaba clara la acusación velada que Cristian no tardó en captar.

—Las que se puso Cris, claro. Las de su amiga.

Marta continuó masticando sin apartar los ojos de él. No lo hacía en ademán amenazante, pero provocó que se pusiera nervioso.

—Ey, que no le he contado a nadie que me dabas las tuyas —dijo bajando la voz—, lo juro.

—Tu novia me dio la impresión de que sabía muchas cosas de mí.

Cristian acercó la cara y bajó la voz aun más.

—No le he contado nada —insistió—. ¡A nadie! Y menos a ella. —Se echó hacia atrás y soltó un bufido—. Me dejaría en el acto, y no quiero perderla por nada del mundo.

Marta dudó, pero al final decidió dar la respuesta por buena. Posó la hamburguesa en la caja de papel y cruzó los dedos sobre la mesa.

—No, no dije nada. De hecho, no tenía ni idea de que utilizarais bragas de otras para vuestros juegos.

—¿Cómo que no? Si te lo conté.

—¿A mí, cuándo?

—La noche antes de que se fuera mi padre. Me acuerdo perfectamente. Te lo dije en la cocina. Y menudo cómo te pusiste conmigo, por cierto.

—¿Ah, sí? —Estaba sorprendida, intentando hacer memoria. Al final terminó encogiendo los hombros—. No lo recuerdo. En cualquier caso, me lo confesó ella —dijo calmada—. Se puso nerviosa y largó más de la cuenta. —Después cogió aire y lo soltó con un suspiro—. Y menos mal porque, si no, la que hubiera largado hubiese sido yo. Joder, por un momento pensé que…

Cerró los ojos y movió la cabeza en un ademán de resignación. Después, volvió a hacerse con su bocado y le dio otro mordisco. Esta vez masticó con más determinación.

Cristian miró a cada lado, asegurándose de que nadie podía oírlos.

—No te preocupes por eso. Todo lo que ha pasado entre nosotros queda entre tú y yo. —Se llevó una patata frita a la boca—. Pero sí, Cris es muy lista y sabe más de lo que parece. Y no veas qué carácter tiene, me montó un pollo de tres pares, y lo peor era que no sabía de qué me hablaba.

—Te lo mereces por gilipollas. —Bebió de su pajita—. Y por cerdo.

Sonrió, aceptando el insulto como merecido. Después agachó la cabeza, clavando la mirada en su comida.

—Respecto a lo de aquella mañana… con el dedo… —dudó antes de levantar la vista—. ¿Te hice mucho daño?

Nuevo mordisco y nueva pausa de meditación mientras masticaba. Esta vez se tomó más tiempo responder.

—No fue daño precisamente, sino más bien… otra cosa. —Volvió a meterse la pajita de su refresco en la boca y sorbió un lento trago—. Me sentía bien ayudándote, haciendo de sufrida y experimentada enfermera. Convencida de que era solo un gesto inocente, un favor necesario por el bien del hijo de mi pareja. —Clavó su mirada en él—. Pero en el fondo, sabía que solo era un capricho de vieja verde enmascarado de buena acción.

»Tu dedo, cada vez más adentro, solo fue el reflejo de lo que estaba pasando.

Alrededor, chicas y chicos; sobre todo ellos, no quitaban ojo a la pareja y a esa mujer imponente de curvas generosas que cuchicheaba con su acompañante. El ruido del local tapaba las voces y disimulaba las risitas nerviosas de los adolescentes. Marta, ajena a todo, cogió aire y suspiró con profundidad.

—No —sentenció—, no me hacías daño, todo lo contrario. Me gustaba, y eso me asustó. Me asustó y me enfadó que pudieras llegar y atravesar esa línea de no retorno. —Bajó la vista a su hamburguesa y la movió entre las manos—. Podría haberlo parado. Un manotazo o una torta en toda la cara y se acabó, pero preferí engañarme intentando demostrar que controlaba.

»Lo cierto era que solo alargaba aquella paja porque, en lo más hondo, deseaba tu dedo empujando, avanzando, follándome.

Posó la hamburguesa en su caja y dejó caer los hombros. Cristian alargó una mano hasta tocar la suya con la punta de los dedos.

—Joder, lo siento. No pensé que… —Agachó la cabeza—. No me extraña que estuvieras tan enfadada conmigo.

—En realidad no estaba enfadada contigo, lo estaba conmigo, por adultera, por traidora. Aunque no lo supe en ese momento. —Nuevo suspiro—. Cuando acabó todo, estuve llorando en el baño. No por mí, sino por Mario. Él no se merecía eso.

Cristian la observaba con un rictus que no supo descifrar. Ella le devolvió la mirada con la misma fiereza que una osa protegiendo su vida.

—Pero te juro que si vuelves a ponerme en una situación como esa —siseó con odio. La temperatura bajó diez grados—, te arrepentirás para toda tu vida.

—Vale, lo pillo —contestó raudo—. No tienes que preocuparte. He aprendido la lección.

—Te lo digo en serio, Cristian. Aún no te he perdonado —insistió en el mismo tono—. Y si alguna vez vuelvo a pedirte que pares de hacer algo, paras.

—Te lo juro —dijo levantando una palma y poniendo otra en el pecho—. Nunca más. No quiero volver a perder a mi mejor amiga.

Mientras se rebajaba la tensión del momento, ambos se concentraron en sus respectivas hamburguesas. La de él, con ración doble de patatas fritas.

—¿Te puedo hacer otra pregunta? —rompió al cabo de un rato.

Marta puso los ojos en blanco, pero terminó encogiendo los hombros, concediendo. Cristian acercó la cara hacia ella y bajó la voz para aumentar el ambiente confidente.

—¿Te gusta bailar?



— · —​



Se acercó a ella con dificultad, sorteando a la multitud que abarrotaba el local, sin derramar el líquido de las dos copas. Cuando llegó a su altura, ella lo recibió con una enorme sonrisa, sin dejar de bailar y de dar botes al compás de la música a todo volumen.

Lo abrazó nada más llegar a él.

—Gracias, Cristian, era justo lo que necesitaba. No sabía cuánto me hacía falta salir y divertirme.

Él se hinchó como un pollo, contento por haber acertado otro nuevo disparo. Sabía que, en el tema de las tías, sin duda era el mejor.

«Sí, joder, coño», se reafirmó.

Le ofreció una de las copas que ella recibió con unos ojos como platos.

—¿Otro Gin-Kas? joder, nene, que ya voy medio pedo.

—Hay que aprovechar. Tengo un colega en la barra que me las saca gratis. Además, esta es tu noche, disfrútala a tope.

—Tú… tienes muchos colegas, ¿no?

No contestó. En su lugar, le guiñó un ojo y dio un profundo trago a su bebida, incitándola a que ella hiciera lo mismo con la suya. Al final, Marta llegó a la conclusión de que tenía razón. Era su noche y la iba a disfrutar al máximo.

Chicos y chicas se agolpaban en la pista donde Marta, como una más entre aquel mar de gente, botaba sin parar. Cristian le daba espacio, disfrutando con la visión de aquella madura que bailaba sola, pero en compañía de todos. Pese a la diferencia de edad, no había joven que no la repasara con la vista.

Dos combinados después, en un momento en el que Cristian había aprovechado para ir al baño, alguien se acercó a ella. Lo hizo de frente, danzando a su mismo compás e intentando imitar su baile para entrar en su burbuja.

—Hola, me llamo Héctor, te he visto desde el borde de la pista —dijo elevando la voz para hacerse oír.

Ella lo escaneó de la cabeza a los pies. El chico era terriblemente guapo, con un cuerpo de quitar el hipo. Por la forma de vestir y sus movimientos, adivinó que no era algo más que alguien que venía a beber y disfrutar de la música.

—Encantada, pero estoy acompañada.

El muchachote, en un ademán cortés, señaló a su alrededor, constatando que no era así. Ella sonrió, amable.

—Ha ido al baño, vendrá en cualquier momento.

—En ese caso, te puedo hacer compañía hasta que aparezca.

Esa forma de hablar, directa y relajada, exudaba una confianza sin esfuerzo. Su sonrisa ladeada, descarada pero limpia, le dio permiso para mirarlo otra vez, pero ahora, con atención. Alto, una cabeza más que ella, músculos tallados a base de gimnasio y una actitud de canalla elegante: lo bastante pulido para parecer un caballero, lo bastante peligroso para despertar curiosidad.

Bebió de su copa, un trago largo y, por primera vez en toda la noche, lo hizo con sed. Era el prototipo de chico cañón que tanto le gustó en otro tiempo.

—Creo que eres un poco joven para mí.

—No lo creas, lo que pasa es que me conservo bien. En cualquier caso, el tamaño no se mide por la edad, ¿no crees?

No supo exactamente a qué “tamaño” se refería, pero provocó en ella una sonrisa juguetona. Dio otro sorbo de su combinado, el chico parecía simpático.

—Tu sonrisa hace juego con tus ojos. ¿Te han dicho alguna vez que eres muy guapa?

Carcajada de Marta por el burdo intento de ligoteo. Con lo bien que iba.

—Mi novio, todos los días ¿Y a ti?

—También, todos los días, y eso que no tengo novia… todavía.

Marta decidió seguirle el juego. Le apetecía y se lo estaba pasando bien. Además, le hacía revivir su adolescencia.

—Y estás buscando una —afirmó.

Él sonrió antes de contestar y se tomó su tiempo. Un trago largo de su bebida, seguida de una mirada retadora a aquella chica que lo vacilaba divertida.

—No exactamente, pero sí que busco chicas guapas.

Marta levantó una ceja. «Demasiado directo», pensó. Pero él ya contaba con eso y, antes de que ella le diera un corte, terminó su frase.

—Soy productor.

Nueva sonrisa de ella que señaló con un ademán a todas las muchachas que los rodeaban.

—Perdona —corrigió él—, quise decir, las más guapas.

Carcajada de ella que volvió a dar otro trago a su bebida.

—Lo siento, Héctor el productor, pero creo que no doy el perfil de lo que vienes buscando por aquí —dijo en referencia a las muchachas—, ya he pasado el ecuador de la treintena.

—En ese caso, entras en el de las MILFS y ahí… —la miró de arriba abajo de manera demasiado descarada— eres la reina.

Marta entrecerró los ojos y arrugó la frente.

—¿Qué tipo de películas produces tú, exactamente?

A eso no contestó, dejando que madurara ella sola la respuesta y, de paso, consiguiendo la intriga que buscaba.

—Ey, Marta, ya estoy aquí.

Cristian acababa de llegar. Por su cara se veía que estaba en alerta y no precisamente por la presencia de aquel buitre, sino por la sonrisa que le regalaba ella.

—Mira, aquí está —dijo rodeando el cuello del adolescente con ambos brazos y besando su mejilla—, mi chico preferido.

Héctor levantó las cejas, pero no perdió la compostura.

—¿Te gustan jovencitos?

Ella, aun con un brazo alrededor del cuello del muchacho, movió la mano en un ademán ambiguo, siguiéndole el juego.

—Perfecto, eso es genial —dijo él.

—¿Genial para qué? —preguntó Cristian, claramente a la defensiva.

—Relaja, chaval —dijo Héctor en el mismo tono—, solo estamos hablando.

Marta se puso tensa. No era la primera vez que se veía envuelta en una pelea de gallos con ella como centro de disputa.

—Pues ya ha comenzado la berrea —cortó—. Venga, ahora los machos de la sala sacáis las pollas y, el que la tenga más grande, puede cubrir a la hembra.

Tanto la mirada como el mensaje eran para Héctor, apoyando la mano en el hombro de Cristian en un claro gesto para que se mantuviera quieto. No quería verlo bajarse al barro y ella ya sabía defenderse solita. Además, con ese musculitos, no tenía ni para empezar.

Héctor entendió la situación al momento y no tardó en recular, intentando no perder los puentes con esa mujer de bandera.

—Perdona, tienes razón, ha sido culpa mía —y le ofreció la mano a Cristian, quedando frente a la dama como un caballero.

Pero Marta se adelantó para evitar el mal trago a su pupilo y se la estrechó en su lugar. Héctor, con una sonrisa grata, se agachó para hacer el besamanos, haciendo que, con ello, sus ojos quedaran a la misma altura. Un escalofrío subió por la espalda de ella que él notó de inmediato.

—Ésta es mi tarjeta —dijo ofreciéndola con la mano libre—. Si algún día quieres ser famosa y rica…

Ella la leyó con detenimiento, permitiendo que él continuara acariciando su mano con el pulgar. De vez en cuando levantaba la vista para cruzarla con la de él, regalando con ello un mensaje velado.

—Ya soy famosa, en mi familia me conocen todos —explicó mientras la guardaba en el canalillo—. Y, respecto al dinero… he sabido invertir muy bien como para no tener problemas de solvencia hasta que me muera, pero gracias.



— · —​



—Joder, menudo chuloputas. ¿Pero qué se creía ese pavo?

—Estaba bueno —respondía Marta, divertida— y me lo ha hecho pasar bien.

Caminaban en dirección a casa. Ella, asida a su brazo, se sujetaba para no caer. Había bebido demasiado e iba más alegre de lo que debería.

—¿Ah, sí? ¿Te pone ese maromo o qué?

—Claro, ¿a ti no?

—Ey, correcaminos, no vayas por ahí, que yo no soy de gustos raros. A mí, lo que me va… ya sabes tú lo que es.

Marta se carcajeó y se apretó más a su brazo. Le encantaba meterse con él.

—A ver —explicó ella—, a todas nos gusta gustar. Así que, de vez en cuando, que un tío cañón como ese te entre de esa manera… pues no te diré que no le suba a una el ánimo.

—¿De qué manera, exactamente? —vaciló—. Para aprender a hacerlo yo, más que nada.

—Pues eso, como ha hecho él. Seguro de sí mismo, pero sin ser borde; con clase, sin ser pedante. —Bajó el tono para que sonara a confesión secreta—. Y con ese puntito de chulería canalla que tanto nos pone a las tías en nuestras fantasías. Ya sabes lo que digo, que nos den un poco de caña.

—Pues mi padre no puede ser menos parecido a eso que dices. Joder, si es un híbrido entre payaso de la tele y humorista barato. ¿Siempre fue así? ¿En ese eterno estado de… payasez?

—Supongo que, a tu edad, sería como tantos adolescentes: inseguro, hormonal, lleno de complejos y problemas autoinfligidos, pero cuando le conocí… sí, siempre estaba de buen humor, consiguiendo hacerme reír con ese aire amable y alocado.

—¿Por eso le quieres tanto?

—No, le quiero porque es transparente e incapaz de engañarme.

Cristian frunció el ceño. Eso no concordaba con lo que había dicho de Héctor y las fantasías que provocaba. Marta se apresuró a explicarse.

—Muchas mujeres nos volvemos locas por sinvergüenzas descarados —explicó—. También yo en su momento, no lo niego. Pero, cuando maduré, dejé que solo ocuparan espacio en mis fantasías.

Se agarró con más fuerza a su hombro.

—Decidí elegir uno bueno con quien compartir la vida. Él es mi refugio. Y por supuesto, porque es muy buena persona. Nunca me haría daño.

Cristian se quedó pensativo. Una mujer que probó el fuego, pero que vive apagada desde que conoció a su padre.

—¿Te puedo hacer una pregunta muy íntima y personal? —soltó después de un rato caminando en silencio—. Sin malos rollos ni movidas chungas. —Marta no dijo nada ni mostró reticencias, así que decidió lanzarse— Si aquella mañana llego a follarte el culo con el dedo… ¿te hubieses corrido?

Ella se mantuvo callada, pensando. Pegó la cabeza contra su hombro buscando la mejor manera de responder.

—No, claro que no —concluyó—, pero ese —hizo una pausa, dudando si revelar lo que iba a decir— es uno de mis puntos débiles. Y, de haberme… —Suspiró, incapaz de verbalizarlo de sus propios labios — habrías conseguido bajar todas mis barreras. En ese caso, no sé cómo hubiésemos acabado, pero mucho peor, desde luego.

Él asintió despacio, asimilando.

—Pues menos mal que fuiste la parte sensata de los dos y no me dejaste llegar. No hubiera querido, por nada del mundo, perderte como amiga. Gracias por conseguir pararlo.

Marta le miró sorprendida y él le devolvió la sonrisa cómplice. Agradecida por su madurez, le besó la mejilla y volvió a reposar la cabeza en su hombro.


Fin capítulo XX
 

ASeneka

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La habitación de al lado​


Llegaron a casa algo peor de lo que habían salido del local. El alcohol había subido todavía más pese a la caminata para despejarse. Cristian casi tuvo que llevarla en volandas hasta su cuarto donde casi se desplomó sobre la cama. La miró de arriba abajo envidiando la suerte de su padre.

Dudó, pero terminó yéndose a su dormitorio tal y como había llegado, con la polla dentro del pantalón. Cerró la puerta tras de sí y se desvistió antes de meterse en la cama. Tenía el rabo tieso como cada noche, pero también él iba más bebido de lo que pensaba, así que dejó la paja que tenía pensada, para mañana.

«Te estás ablandando, Cristian. A ver si esta pava te está volviendo tonto».



— · —​



No había conseguido dormirse y no era por la erección que apretaba su calzoncillo. Tampoco por falta de sueño. La quinta vez que cambió de postura, percibió abrirse la puerta.

No supo por qué lo hizo, pero permaneció quieto, con los ojos semicerrados, fingiendo dormir.

La figura de Marta se vislumbraba a contraluz. Llevaba un salto de cama hasta los muslos que revelaba todo su contorno al contraste con la efímera claridad que provenía del pasillo. Tragó saliva, pero permaneció callado, a la espera. Sus piernas desnudas se colaron dentro, paso a paso, hasta llegar a su altura y, una vez allí, permaneció inmóvil, observándolo. Su respiración seguía siendo rasposa a diferencia de la de Cristian que apenas se atrevía a coger aire.

—Sé que estás despierto.

Tardó en reaccionar, pero terminó incorporándose, apoyando el codo en la almohada. Marta dio, entonces, un paso atrás y se agachó parcialmente. Sus manos desaparecieron por debajo del camisón para, posteriormente, meter los pulgares por cada lado de sus bragas. Con suavidad, las fue sacando hasta sacarlas por los pies.

—Solo quería dártelas, como premio por esta noche tan buena que me has hecho pasar. Ni yo sabía cuánto me hacía falta. Disfrútalas.

Dejó la prenda sobre la mesilla y salió como había entrado, en completo silencio. Después, solo el sonido de la puerta al cerrarse segundos antes de cerrar la de su cuarto. Cristian encendió la luz de la mesilla y se hizo con las bragas, sonriendo ladino.

«Ahora sí que me la hago, joder».

Eran las mismas bragas que había llevado esa noche mientras cenaban, mientras bailaban, mientras caminaban hacia casa contando confidencias y hablaban de su padre, cogida de su brazo. Las llevó a la cara y las olió como un toro hociquea el sexo de una hembra.

Después las observó con detenimiento, palpándolas con las yemas de los dedos, intentando adivinar dónde habría tocado cada pliegue de su coño.

Su coño.

Al extenderlas se dio cuenta de que no eran unas bragas vulgares, las típicas para el día a día o para ir al trabajo. Esas eran de encaje fino, con transparencias que insinuarían más de lo debido en caso de llevarlas como única prenda.

Volvió a pasar las yemas por la parte interna más íntima y, esta vez, su sonrisa fue la de un lobo.

«Cabrona».



— · —​



La puerta del dormitorio de Marta se abrió con sigilo, igual que había hecho ella con la de Cristian. Dentro había una luz muy tenue, pero suficiente para iluminar la estancia. Marta dio un brinco entre las mantas al verlo introducirse como un furtivo.

—¡Ay, Cristian, joder, qué susto!

—Tranquila, mujer —dijo en un susurro—, solo vengo a devolverte el favor. Para que puedas dormir como una niña. Tú me ayudas, yo te ayudo, ya sabes —explicó.

—Esta noche no hace falta. Estoy… muy cansada y, con el medio pedal que llevo, voy a caer dormida enseguida.

—No me cuesta nada y lo hago encantado.

—Que no, que no, oye. Que te digo que no hace falta.

—Venga, va, si lo estás deseando.

—Te lo digo en serio. Esta noche, no.

No había dejado de acercarse. Al llegar a la cama, abrió las mantas y se metió dentro. Marta dio un nuevo respingo y se apartó hacia su lado. Cristian, por su parte, sonrió de oreja a oreja al percibir algo que reconoció al instante.

—O te puedo hacer una paja y, así, te devuelvo el favor del otro día.

—¿Qué? O sea ¿Qué? Ni de coña, vamos.

—Es lo que estabas haciendo, ¿no? una paja. Pues ahora te la termino yo. Tú cierra los ojos y relájate que yo me encargo del resto.

—¿¡Pero qué dices, so payaso!?

—Venga, que a mí no me la das. Aquí dentro huele a coño que tira para atrás. Se nota nada más abrir las sábanas. Te estabas pajeando como una loba.

—Huele a coño porque… porque… —Se puso roja de ira, con la vena del cuello a punto de reventar—. Porque no llevo bragas, joder. Te las acabo de dar y me he metido a la cama con… todo al aire.

—De eso nada. Huele a hembra porque estás caliente como una perra en celo. Anda que no veas cómo has dejado las bragas que me has dado. Debías llevar cachonda bastante rato.

—Cállate, anda ¡Cállate!

—Se te ha visto la jugada a kilómetros —siseó—. Tú querías que nos pajeáramos a la vez, pensando cada uno en el otro, como si folláramos juntos. Por eso has entrado a mi dormitorio a darme tus bragas, para asegurarte de que yo también me la meneara pensando en ti. Y lo entiendo, los dos fantaseamos con el otro. Un juego perverso solo para nosotros. Juntos, pero separados.

—O sea, chaval, estás flipado de verdad —decía a punto de perder los nervios—. No tenías que haber bebido tanto.

—¿Me estás diciendo que no es cierto?

Sin previo aviso se echó sobre ella y le clavó los dedos en el vientre y los costados, produciendo unas enormes cosquillas. Marta soltó un alarido de risa mientras convulsionaba entre espasmos, intentando deshacerse de sus garras.

—Reconócelo, venga —decía sin dar tregua—, dime que te pone que nos pajeemos juntos.

—¡BASTA! JAJAJA, basta, por favor —se quedaba sin aire y sus súplicas quedaban convertidas en un galimatías de palabras inconexas, como un teléfono sin cobertura—. Me meo… JAJAJA… idiota… vete… JAJAJA… mi cama… por favooor…

Cristian reía con ella sin conceder un segundo de respiro. Marta no dejaba de luchar bajo las mantas, sin ceder a sus pretensiones ni dejar de darle manotazos o intentar algún sopapo que nunca llegaba a alcanzarlo.

Cuando por fin paró, ella se apartó como si tuviera la peste, recomponiendo su ropa de cama y rehaciendo las mantas que la tapaban. Tenía el pelo revuelto que le tapaba media cara.

—¡Cristian, joder! Eres idiota.

Estaba enfadadísima, pero él se lo tomaba con humor, sonriendo de oreja a oreja como un pillo. Incluso así, estaba guapísima.

—Lo siento, pero es que me encanta verte reír.

—Pues no tiene ni puta gracia —protestaba ella—, lo he pasado fatal. —Se sacó el pelo de la cara y lo mesó hacia atrás—. Y me estaba ahogando —bufó—. Idiota.

Pese a su regañina, él seguía sonriendo. Contento por haber provocado en ella una pequeña tormenta de risas. Sin embargo, su expresión comenzó a cambiar cuando descubrió algo de color azul que, las sábanas movidas, habían dejado al descubierto.

Con cara de estupefacción, se hizo con el objeto y lo mostró en alto. Era un aparato grueso y alargado que ambos miraban con atención. La cara de espanto de Marta palideció para, acto seguido, ponerse roja como un tomate.

—¡DAME ESO! —bramó, arrebatándoselo de un zarpazo.

El asombro de Cristian fue mutando a un rictus de alegría desbordada, como el de quien encuentra un tesoro escondido, llegando a lanzar una carcajada.

—Te estabas pajeando con un consolador. Serás cabrona, y decías que no.

Marta, roja como un tomate, tardó una décima de segundo en esconderlo en un cajón de la mesilla que cerró de un portazo.

—¡TE HE DICHO QUE NO QUERÍA QUE TE METIERAS CONMIGO, JODER!

Dicho esto, se dio la vuelta y se tumbó de espaldas, zanjando la conversación en un claro mensaje de querer dormir. Cristian apoyó un codo en la almohada y se mantuvo observándola.

—¿Se supone que eso era mi polla?

—Vete a la mierda.

—No, en serio. Lo usabas mientras pensabas en mí, así que… debía ser yo —malmetía—. Un poco pequeño, ¿no?

—Márchate a tu cama, Cristian. Déjame en paz.

—¿Con lo bien que se duerme aquí? Deja que me quede, anda.

No le contestó, obstinada en no continuar la conversación.

—Oye, una duda… ¿Te pajeabas despacito o en plan… empotrador?

Continuo mutismo de ella.

—Venga, dime cómo te imaginas que follábamos.

—Para ya, Cristian. ¡PARA, YA! Vete a tu cuarto o quédate a dormir si quieres, pero déjalo de una santa vez.

Y entonces, el adolescente frenó en seco y no volvió a abrir la boca, quedando como estatua de sal tras una Marta que bullía de rabia. Tras unos segundos de duda, terminó reposando la cabeza en la almohada y se acercó a ella por detrás, pero sin llegar a tocarla, dejando un palmo entre los dos en una especie de cucharita distante.

Levantó una mano para acariciar su hombro e iniciar un acercamiento, pero se lo pensó mejor y la apoyó bajo su cara, elevando el punto de vista para admirarla mejor. El olor de su pelo llegaba con claridad y solo su respiración agitada alteraba un poco la quietud de la penumbra. Al final, fue ella quien rompió la barrera que se había levantado tras el encontronazo.

—No soy de piedra —se justificó.

—Lo sé.

—Y llevo mucho tiempo sola ¡También tengo mis necesidades!

—También lo sé y lo comprendo.

—Tú, al menos, tienes a Cris.

—Eso es cierto —reconoció—, y en cambio tú no tienes a nadie. No es justo.

—Pues eso, joder —bufó—. También tengo derecho a…

—Marta, no te reprocho nada. Claro que tienes todo el derecho del mundo a disfrutar de tu cuerpo y más si mi padre no está aquí para hacerlo por ti.

De nuevo se hizo el silencio, pero, esta vez, algo de calma vino con él. Cristian se revolvió el pelo y aireó las mantas; Marta las ajustó para taparse mejor.

—Y solo es una fantasía, joder. La gente puede imaginar lo que le dé la gana mientras no haga daño a nadie, ¿no? Pues es eso hacía yo, punto.

—Exacto, puedes soñar lo que te plazca y, a mí, me parece bien —reconoció—. Faltaría más después de lo que hago yo cada día con tus bragas.

Después, de nuevo el silencio y la calma en el dormitorio. Cristian estuvo tentado de pegarse a ella como cada noche y abrazarla desde atrás, pero dado el momento, prefirió mantenerse cauto. La respiración de ella seguía sin decelerar del todo.

—Y no era contigo con quien fantaseaba.

Cristian se incorporó, poniendo el codo sobre la almohada. De repente la conversación subía varios puntos de interés. Ella se dio cuenta de que había sobrado el último comentario. Ahora él esperaba que revelara el nombre del afortunado. Casi podía sentir su sonrisa de lobo hambriento a la espera de carnaza.

Terminó por girarse boca arriba para sincerarse, no sin antes dar un profundo suspiro, arrepentida por lo que iba a decir.

—Ese puto Héctor me ha puesto a cien, joder —reconoció—. Cómo está de bueno el cabrón.

Cristian sonreía al ver derretirse a la mujer de hielo. No imaginaba que Marta pudiera sentir tanto fuego por alguien que acababa de conocer. A él le pasaba lo mismo y, en su caso, le sucedía a diario, cada vez que veía dos tetas bien puestas.

—¿No te has fijado cómo se le marcaba el paquete? —insistía ella—. Para mí, que estaba empalmado. O eso o menudo lo que calza el tío. Se las debe llevar de calle. Y es productor. ¿Productor de qué? Porque a mí no me lo ha dejado claro, aunque me hago una idea de por dónde van los tiros.

Se llevó las dos manos a la cabeza y comenzó a masajear las sienes con todos los dedos.

—Dios, he venido todo el camino imaginándolo ahí… dale que te pego, desnudo delante de una cámara, con todo el tema…

Entonces le miró por primera vez con esos ojos enrojecidos por el alcohol que aún circulaba por sus venas.

—Lo de darte las bragas antes de meterme en mi cama —explicó arrepentida—, no tiene nada que ver, ha sido casualidad. Me apetecía dártelas y punto.

Cristian apartó la vista. —Perdona por sacar la conclusión equivocada—. Puso la yema de los dedos sobre su hombro como gesto conciliador. —Y, respecto a lo del consolador… no pretendía reírme de ti.

—Pues lo parecía.

—Pues no era así, solo que… me he alegrado de que seas de carne y hueso. Es como si la supertía más super-de-puta-madre del mundo, de repente, bajara del pedestal y fuera capaz de sentir y padecer como yo mismo. Me gustaba la idea de poder hablar de eso contigo.

Marta hizo un mohín, abrumada por el adolescente.

—Ya, bueno, no resulta nada fácil mostrar esa parte de la intimidad. Y a mí menos que a nadie. Todavía estoy muerta de vergüenza.

Al decirlo, se tapó la cara con las manos y soltó una risa nerviosa. Cuando las apartó, volvía a estar roja como un tomate, como la niña a la que le pillan en una travesura. Cristian apoyó la cabeza en la almohada. La sonrisa que le regalaba, de comprensión y complicidad, lo decía todo.

—Vamos a hacer una cosa —dijo él al cabo de un rato—. Voy a dejarte aquí tranquila mientras yo me vuelvo a mi cuarto. Entre Cris, que me tiene frito después de la charla contigo; la uni y lo que he bebido hoy… estoy que me caigo.

—No te vayas —dijo ella cuando hizo amago de apartar las mantas—, por favor —insistió—. Ya ha pasado el momento con Héctor y… no quiero dormir sola.

Cristian asintió con rictus sentido, concediendo el trato tácito de cada noche. Marta acarició su mejilla antes de darse la vuelta. Él, por fin, se pegó por detrás, rodeando sus hombros con el brazo que ella estrechó contra sí.

La calma por fin llegaba a aquel cuarto y, pronto, las pulsaciones volvían a latir al compás del silencio.

—Lo que no acabo de entender —susurró Cristian en su nuca al cabo de un rato— es por qué no acabaste con alguien como Héctor en lugar de mi padre.

—Ya te lo he dicho antes —contestó con leves síntomas de somnolencia—, elegí la seguridad de un hombre bueno. Las personas como Héctor no están hechas para mujeres como yo.

—¿A qué te refieres con eso?

—Que esos tíos nunca se pillan por una chica. La monogamia no es algo que lleven en su ADN.

Cristian arrugó la frente, él también era de “esos tíos” y SÍ estaba pillado por una tía: CRISTINA, y sería capaz de luchar hasta la muerte para que siguiera junto a él toda la vida. Otra cosa era que se fantaseara con tirarse a su madre o a la propia Marta, pero el sexo con ellas no tenía nada que ver con el amor.

—Yo creo que sí se pillan. Lo que pasa es que tiene que ser con la chica especial.

Marta sonrió por dentro.

—En toda mi vida solo he conocido a una chica capaz de enganchar a alguien como él y hacerlo arrastrarse a sus pies. Y te aseguro que es muy, pero muy especial.

—¿Más que tú?

—Sí, Cristian —rió—, mucho más que yo. Y, aun así, ella también terminó quedándose con alguien anónimo que le procurara seguridad en lugar de fascinación.

Se quedó pensativo unos segundos. —Yo creo que el Héctor ese se hubiera arrastrado a los tuyos si hubieras querido.

—Es posible, y hasta me juraría amor eterno —inspiró y expiró con profundidad—, que duraría hasta que apareciera otra más guapa —hizo una pausa—. Y para entonces ya no podría vivir con la inseguridad de perderlo.

—¿Es lo que le pasó a esa chica especial que conoces?

—No, ella era la luz que iluminaba su existencia; una obsesión para el hombre más deseado del planeta. Hubieran formado la pareja perfecta en una vida plena y feliz para los dos. —Chasqueó la lengua—. Pero, por circunstancias que no vienen al caso, decidió tomar la decisión incorrecta.

—El anónimo.

—Ese. —Sonó que lo decía con cierto rencor.

Cristian se quedó cavilante, pensando en cada detalle que había oído y supo que hablaba de su prima, la escultural mujer que iba a ocupar su dormitorio en la casa de la playa con su anónimo novio.

—Total, que para eliminar complicaciones, te alejas de tíos como Héctor.

—Exacto, y el único lugar donde le dejo meterse es aquí dentro —dijo tocándose la sien.

—Bueno y, ejem, metafóricamente de forma azul, en otros sitios.

Marta escondió la cara contra la almohada, riendo abochornada por un secreto vergonzante que, su hijastro, jamás iba a dejar de recordar.

—Joder, Cristian, no me lo hagas pasar peor, que bastante mal estoy ya. —Se peinó el pelo, pasando los dedos entre los cabellos, para refrescarse del sofoco sobrevenido—. A partir de hoy, cada vez que te mire, me voy a morir de vergüenza.

—¿Conmigo? ¿Con todo lo que sabes de mí? —rebatió—. Lo de tus bragas, mis vídeos con Cris —enumeraba—. Por no hablar de mi problema de eyaculación.

Visto en comparación, el incidente de ella no resultaba tan bochornoso.

—Además, eso queda entre los dos y, te aseguro —dijo él bajando la voz para causar mayor efecto de sinceridad—, que me flipa que compartamos estos secretos. ¡Tía, que eres mi mejor amiga!

Marta torció la punta de los labios a un lado, tocada en el alma por sus palabras y por el alivio de ver en él la confianza que necesitaba. Un hecho, aparentemente dramático para ella, había conseguido unirlos un poquito más.

—Oye —susurró aprovechando el momento dulce de la intimidad compartida— ¿Cuál era la fantasía que tenías con Héctor?

—Uffff, nene, eso… es muy personal. No, no, me da mucho corte.

—Venga, porfa, tú sabes todo de mí —rogó—. Cuéntame algo tuyo. Déjame estar un poquito más cerca de ti

Marta calló, pero se veía que estaba cavilando, luchando entre compartir confidencias con el adolescente o mantener su figura de tutora impenetrable. Apretó la mano del muchacho contra ella con más energía, como si tratara de sujetarse a él o reunir fuerzas.

—Si es una chorrada.

—Como todas las fantasías.

—Ya, pero —dudó—, es que es muy friki. Una flipada total.

—Bien, son las que más molan.

Ella seguía dudando, reticente a dar el brazo a torcer.

—Es que te vas a reír.

Pegó la frente a la nuca de ella y susurró con aire sentido. —Te juro, que eso es lo último que haría de una fantasía tuya.

De nuevo el silencio de una Marta que se debatía en un mar de dudas y de un Cristian que esperaba taciturno, con los dedos cruzados, a que decidiera dar el paso. Al final, cedió a abrirse al muchacho.

—Puesss… imaginaba que —comenzó justo después de lanzar un hondo suspiro de resignación— cuando te has ido al baño y me has dejado sola —hizo una pausa volviendo a dudar—, él me sacaba de la pista tirando de mi mano. Lo hacía sin mi permiso y sin delicadeza. Obligándome a seguir sus pasos, trastabillando para no caer.

»Llegábamos a los aseos y adelantábamos toda la cola, ante las protestas de la gente, y nos metíamos en el baño de las tías. Todos los cubículos estaban ocupados con parejas follando en cada uno. Héctor abría una de ellas de un tirón, la más cercana a la entrada, arrancaba al chico de los brazos de su pareja y lo lanzaba contra la gente de la cola, de un empujón.

»Entonces me empujaba dentro, donde estaba la chica, que era un auténtico bellezón, y le decía: “aparta, puta” y me colocaba en su lugar. La chica me miraba con asco, pero no rechistaba y salía con las bragas a medio muslo, intentando subírselas de mala manera.

»Héctor me quitaba las mías, pero no por los pies, no. Me las rompía en trozos y las arrancaba. Después… —cerró los ojos y soltó un profundo suspiro evocando lo que sentía solo con el recuerdo de la fantasía—. Me abría las piernas y me levantaba en volandas con la puerta abierta y todo el mundo mirando, quejándose e insultando. Y, mientras… él… —nuevo suspiro.

«Su polla es enorme… y gorda… Me la mete despacio, muy despacio… hasta el fondo. Y, al llegar al final, arremete con un golpe de cadera y luego otro y otro, mientras yo rodeo su cintura con las piernas y mi cabeza da en la madera del separador una y otra vez, con cada embestida. Bum, bum, bum.

»Los del compartimento de al lado se asoman a mirar por encima, y él me abre el vestido de un tirón, rompiendo la parte de adelante y haciendo que mis tetas salgan a la vista de todos. Con cada metesaca, hace que boten arriba y abajo.

»La gente empieza a amontonarse en corro. Las tías no dicen nada, solo miran y se muerden el labio inferior, calientes como perras. Los tíos insultan a Héctor; le llaman hijo de puta, cabrón, chulo de mierda… En realidad, lo que les pasa es que se mueren de envidia.

»Uno estira un brazo y me soba una teta. Lo hace de forma grotesca, sin tacto, pero no hago nada. Los demás se envalentonan, también quieren su trozo de pastel así que, enseguida, hay un montón de manos por todo mi cuerpo, también las noto intentando tocarme el culo… y metiendo el dedo.

»Héctor le suelta un codazo a uno en toda la cara y cae de espaldas, arrastrando a varios. La cosa se pone fea y, enseguida, se lía a codazos hacia atrás y empujones de tíos que quieren follarse a su hembra.

Marta hizo una pausa excesivamente larga. Quizás reviviendo la fantasía, evocando cada momento y cada puñetazo.

—Codazos, puñetazos, golpes en la cara… —Pausa—. Y todo sin dejar de follarme como un martillo percutor. —Dejó exhalar un suspiro—. Mientras me corro a grito vivo.

A estas alturas, la respiración de Marta se había vuelto agitada y su cuerpo emanaba un calor impropio de esa noche. Sin embargo, no era esa la razón por la que se había quedado en silencio.


Fin capítulo XXI

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nicoadicto

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La habitación de al lado​


Llegaron a casa algo peor de lo que habían salido del local. El alcohol había subido todavía más pese a la caminata para despejarse. Cristian casi tuvo que llevarla en volandas hasta su cuarto donde casi se desplomó sobre la cama. La miró de arriba abajo envidiando la suerte de su padre.

Dudó, pero terminó yéndose a su dormitorio tal y como había llegado, con la polla dentro del pantalón. Cerró la puerta tras de sí y se desvistió antes de meterse en la cama. Tenía el rabo tieso como cada noche, pero también él iba más bebido de lo que pensaba, así que dejó la paja que tenía pensada, para mañana.

«Te estás ablandando, Cristian. A ver si esta pava te está volviendo tonto».



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No había conseguido dormirse y no era por la erección que apretaba su calzoncillo. Tampoco por falta de sueño. La quinta vez que cambió de postura, percibió abrirse la puerta.

No supo por qué lo hizo, pero permaneció quieto, con los ojos semicerrados, fingiendo dormir.

La figura de Marta se vislumbraba a contraluz. Llevaba un salto de cama hasta los muslos que revelaba todo su contorno al contraste con la efímera claridad que provenía del pasillo. Tragó saliva, pero permaneció callado, a la espera. Sus piernas desnudas se colaron dentro, paso a paso, hasta llegar a su altura y, una vez allí, permaneció inmóvil, observándolo. Su respiración seguía siendo rasposa a diferencia de la de Cristian que apenas se atrevía a coger aire.

—Sé que estás despierto.

Tardó en reaccionar, pero terminó incorporándose, apoyando el codo en la almohada. Marta dio, entonces, un paso atrás y se agachó parcialmente. Sus manos desaparecieron por debajo del camisón para, posteriormente, meter los pulgares por cada lado de sus bragas. Con suavidad, las fue sacando hasta sacarlas por los pies.

—Solo quería dártelas, como premio por esta noche tan buena que me has hecho pasar. Ni yo sabía cuánto me hacía falta. Disfrútalas.

Dejó la prenda sobre la mesilla y salió como había entrado, en completo silencio. Después, solo el sonido de la puerta al cerrarse segundos antes de cerrar la de su cuarto. Cristian encendió la luz de la mesilla y se hizo con las bragas, sonriendo ladino.

«Ahora sí que me la hago, joder».

Eran las mismas bragas que había llevado esa noche mientras cenaban, mientras bailaban, mientras caminaban hacia casa contando confidencias y hablaban de su padre, cogida de su brazo. Las llevó a la cara y las olió como un toro hociquea el sexo de una hembra.

Después las observó con detenimiento, palpándolas con las yemas de los dedos, intentando adivinar dónde habría tocado cada pliegue de su coño.

Su coño.

Al extenderlas se dio cuenta de que no eran unas bragas vulgares, las típicas para el día a día o para ir al trabajo. Esas eran de encaje fino, con transparencias que insinuarían más de lo debido en caso de llevarlas como única prenda.

Volvió a pasar las yemas por la parte interna más íntima y, esta vez, su sonrisa fue la de un lobo.

«Cabrona».



— · —​



La puerta del dormitorio de Marta se abrió con sigilo, igual que había hecho ella con la de Cristian. Dentro había una luz muy tenue, pero suficiente para iluminar la estancia. Marta dio un brinco entre las mantas al verlo introducirse como un furtivo.

—¡Ay, Cristian, joder, qué susto!

—Tranquila, mujer —dijo en un susurro—, solo vengo a devolverte el favor. Para que puedas dormir como una niña. Tú me ayudas, yo te ayudo, ya sabes —explicó.

—Esta noche no hace falta. Estoy… muy cansada y, con el medio pedal que llevo, voy a caer dormida enseguida.

—No me cuesta nada y lo hago encantado.

—Que no, que no, oye. Que te digo que no hace falta.

—Venga, va, si lo estás deseando.

—Te lo digo en serio. Esta noche, no.

No había dejado de acercarse. Al llegar a la cama, abrió las mantas y se metió dentro. Marta dio un nuevo respingo y se apartó hacia su lado. Cristian, por su parte, sonrió de oreja a oreja al percibir algo que reconoció al instante.

—O te puedo hacer una paja y, así, te devuelvo el favor del otro día.

—¿Qué? O sea ¿Qué? Ni de coña, vamos.

—Es lo que estabas haciendo, ¿no? una paja. Pues ahora te la termino yo. Tú cierra los ojos y relájate que yo me encargo del resto.

—¿¡Pero qué dices, so payaso!?

—Venga, que a mí no me la das. Aquí dentro huele a coño que tira para atrás. Se nota nada más abrir las sábanas. Te estabas pajeando como una loba.

—Huele a coño porque… porque… —Se puso roja de ira, con la vena del cuello a punto de reventar—. Porque no llevo bragas, joder. Te las acabo de dar y me he metido a la cama con… todo al aire.

—De eso nada. Huele a hembra porque estás caliente como una perra en celo. Anda que no veas cómo has dejado las bragas que me has dado. Debías llevar cachonda bastante rato.

—Cállate, anda ¡Cállate!

—Se te ha visto la jugada a kilómetros —siseó—. Tú querías que nos pajeáramos a la vez, pensando cada uno en el otro, como si folláramos juntos. Por eso has entrado a mi dormitorio a darme tus bragas, para asegurarte de que yo también me la meneara pensando en ti. Y lo entiendo, los dos fantaseamos con el otro. Un juego perverso solo para nosotros. Juntos, pero separados.

—O sea, chaval, estás flipado de verdad —decía a punto de perder los nervios—. No tenías que haber bebido tanto.

—¿Me estás diciendo que no es cierto?

Sin previo aviso se echó sobre ella y le clavó los dedos en el vientre y los costados, produciendo unas enormes cosquillas. Marta soltó un alarido de risa mientras convulsionaba entre espasmos, intentando deshacerse de sus garras.

—Reconócelo, venga —decía sin dar tregua—, dime que te pone que nos pajeemos juntos.

—¡BASTA! JAJAJA, basta, por favor —se quedaba sin aire y sus súplicas quedaban convertidas en un galimatías de palabras inconexas, como un teléfono sin cobertura—. Me meo… JAJAJA… idiota… vete… JAJAJA… mi cama… por favooor…

Cristian reía con ella sin conceder un segundo de respiro. Marta no dejaba de luchar bajo las mantas, sin ceder a sus pretensiones ni dejar de darle manotazos o intentar algún sopapo que nunca llegaba a alcanzarlo.

Cuando por fin paró, ella se apartó como si tuviera la peste, recomponiendo su ropa de cama y rehaciendo las mantas que la tapaban. Tenía el pelo revuelto que le tapaba media cara.

—¡Cristian, joder! Eres idiota.

Estaba enfadadísima, pero él se lo tomaba con humor, sonriendo de oreja a oreja como un pillo. Incluso así, estaba guapísima.

—Lo siento, pero es que me encanta verte reír.

—Pues no tiene ni puta gracia —protestaba ella—, lo he pasado fatal. —Se sacó el pelo de la cara y lo mesó hacia atrás—. Y me estaba ahogando —bufó—. Idiota.

Pese a su regañina, él seguía sonriendo. Contento por haber provocado en ella una pequeña tormenta de risas. Sin embargo, su expresión comenzó a cambiar cuando descubrió algo de color azul que, las sábanas movidas, habían dejado al descubierto.

Con cara de estupefacción, se hizo con el objeto y lo mostró en alto. Era un aparato grueso y alargado que ambos miraban con atención. La cara de espanto de Marta palideció para, acto seguido, ponerse roja como un tomate.

—¡DAME ESO! —bramó, arrebatándoselo de un zarpazo.

El asombro de Cristian fue mutando a un rictus de alegría desbordada, como el de quien encuentra un tesoro escondido, llegando a lanzar una carcajada.

—Te estabas pajeando con un consolador. Serás cabrona, y decías que no.

Marta, roja como un tomate, tardó una décima de segundo en esconderlo en un cajón de la mesilla que cerró de un portazo.

—¡TE HE DICHO QUE NO QUERÍA QUE TE METIERAS CONMIGO, JODER!

Dicho esto, se dio la vuelta y se tumbó de espaldas, zanjando la conversación en un claro mensaje de querer dormir. Cristian apoyó un codo en la almohada y se mantuvo observándola.

—¿Se supone que eso era mi polla?

—Vete a la mierda.

—No, en serio. Lo usabas mientras pensabas en mí, así que… debía ser yo —malmetía—. Un poco pequeño, ¿no?

—Márchate a tu cama, Cristian. Déjame en paz.

—¿Con lo bien que se duerme aquí? Deja que me quede, anda.

No le contestó, obstinada en no continuar la conversación.

—Oye, una duda… ¿Te pajeabas despacito o en plan… empotrador?

Continuo mutismo de ella.

—Venga, dime cómo te imaginas que follábamos.

—Para ya, Cristian. ¡PARA, YA! Vete a tu cuarto o quédate a dormir si quieres, pero déjalo de una santa vez.

Y entonces, el adolescente frenó en seco y no volvió a abrir la boca, quedando como estatua de sal tras una Marta que bullía de rabia. Tras unos segundos de duda, terminó reposando la cabeza en la almohada y se acercó a ella por detrás, pero sin llegar a tocarla, dejando un palmo entre los dos en una especie de cucharita distante.

Levantó una mano para acariciar su hombro e iniciar un acercamiento, pero se lo pensó mejor y la apoyó bajo su cara, elevando el punto de vista para admirarla mejor. El olor de su pelo llegaba con claridad y solo su respiración agitada alteraba un poco la quietud de la penumbra. Al final, fue ella quien rompió la barrera que se había levantado tras el encontronazo.

—No soy de piedra —se justificó.

—Lo sé.

—Y llevo mucho tiempo sola ¡También tengo mis necesidades!

—También lo sé y lo comprendo.

—Tú, al menos, tienes a Cris.

—Eso es cierto —reconoció—, y en cambio tú no tienes a nadie. No es justo.

—Pues eso, joder —bufó—. También tengo derecho a…

—Marta, no te reprocho nada. Claro que tienes todo el derecho del mundo a disfrutar de tu cuerpo y más si mi padre no está aquí para hacerlo por ti.

De nuevo se hizo el silencio, pero, esta vez, algo de calma vino con él. Cristian se revolvió el pelo y aireó las mantas; Marta las ajustó para taparse mejor.

—Y solo es una fantasía, joder. La gente puede imaginar lo que le dé la gana mientras no haga daño a nadie, ¿no? Pues es eso hacía yo, punto.

—Exacto, puedes soñar lo que te plazca y, a mí, me parece bien —reconoció—. Faltaría más después de lo que hago yo cada día con tus bragas.

Después, de nuevo el silencio y la calma en el dormitorio. Cristian estuvo tentado de pegarse a ella como cada noche y abrazarla desde atrás, pero dado el momento, prefirió mantenerse cauto. La respiración de ella seguía sin decelerar del todo.

—Y no era contigo con quien fantaseaba.

Cristian se incorporó, poniendo el codo sobre la almohada. De repente la conversación subía varios puntos de interés. Ella se dio cuenta de que había sobrado el último comentario. Ahora él esperaba que revelara el nombre del afortunado. Casi podía sentir su sonrisa de lobo hambriento a la espera de carnaza.

Terminó por girarse boca arriba para sincerarse, no sin antes dar un profundo suspiro, arrepentida por lo que iba a decir.

—Ese puto Héctor me ha puesto a cien, joder —reconoció—. Cómo está de bueno el cabrón.

Cristian sonreía al ver derretirse a la mujer de hielo. No imaginaba que Marta pudiera sentir tanto fuego por alguien que acababa de conocer. A él le pasaba lo mismo y, en su caso, le sucedía a diario, cada vez que veía dos tetas bien puestas.

—¿No te has fijado cómo se le marcaba el paquete? —insistía ella—. Para mí, que estaba empalmado. O eso o menudo lo que calza el tío. Se las debe llevar de calle. Y es productor. ¿Productor de qué? Porque a mí no me lo ha dejado claro, aunque me hago una idea de por dónde van los tiros.

Se llevó las dos manos a la cabeza y comenzó a masajear las sienes con todos los dedos.

—Dios, he venido todo el camino imaginándolo ahí… dale que te pego, desnudo delante de una cámara, con todo el tema…

Entonces le miró por primera vez con esos ojos enrojecidos por el alcohol que aún circulaba por sus venas.

—Lo de darte las bragas antes de meterme en mi cama —explicó arrepentida—, no tiene nada que ver, ha sido casualidad. Me apetecía dártelas y punto.

Cristian apartó la vista. —Perdona por sacar la conclusión equivocada—. Puso la yema de los dedos sobre su hombro como gesto conciliador. —Y, respecto a lo del consolador… no pretendía reírme de ti.

—Pues lo parecía.

—Pues no era así, solo que… me he alegrado de que seas de carne y hueso. Es como si la supertía más super-de-puta-madre del mundo, de repente, bajara del pedestal y fuera capaz de sentir y padecer como yo mismo. Me gustaba la idea de poder hablar de eso contigo.

Marta hizo un mohín, abrumada por el adolescente.

—Ya, bueno, no resulta nada fácil mostrar esa parte de la intimidad. Y a mí menos que a nadie. Todavía estoy muerta de vergüenza.

Al decirlo, se tapó la cara con las manos y soltó una risa nerviosa. Cuando las apartó, volvía a estar roja como un tomate, como la niña a la que le pillan en una travesura. Cristian apoyó la cabeza en la almohada. La sonrisa que le regalaba, de comprensión y complicidad, lo decía todo.

—Vamos a hacer una cosa —dijo él al cabo de un rato—. Voy a dejarte aquí tranquila mientras yo me vuelvo a mi cuarto. Entre Cris, que me tiene frito después de la charla contigo; la uni y lo que he bebido hoy… estoy que me caigo.

—No te vayas —dijo ella cuando hizo amago de apartar las mantas—, por favor —insistió—. Ya ha pasado el momento con Héctor y… no quiero dormir sola.

Cristian asintió con rictus sentido, concediendo el trato tácito de cada noche. Marta acarició su mejilla antes de darse la vuelta. Él, por fin, se pegó por detrás, rodeando sus hombros con el brazo que ella estrechó contra sí.

La calma por fin llegaba a aquel cuarto y, pronto, las pulsaciones volvían a latir al compás del silencio.

—Lo que no acabo de entender —susurró Cristian en su nuca al cabo de un rato— es por qué no acabaste con alguien como Héctor en lugar de mi padre.

—Ya te lo he dicho antes —contestó con leves síntomas de somnolencia—, elegí la seguridad de un hombre bueno. Las personas como Héctor no están hechas para mujeres como yo.

—¿A qué te refieres con eso?

—Que esos tíos nunca se pillan por una chica. La monogamia no es algo que lleven en su ADN.

Cristian arrugó la frente, él también era de “esos tíos” y SÍ estaba pillado por una tía: CRISTINA, y sería capaz de luchar hasta la muerte para que siguiera junto a él toda la vida. Otra cosa era que se fantaseara con tirarse a su madre o a la propia Marta, pero el sexo con ellas no tenía nada que ver con el amor.

—Yo creo que sí se pillan. Lo que pasa es que tiene que ser con la chica especial.

Marta sonrió por dentro.

—En toda mi vida solo he conocido a una chica capaz de enganchar a alguien como él y hacerlo arrastrarse a sus pies. Y te aseguro que es muy, pero muy especial.

—¿Más que tú?

—Sí, Cristian —rió—, mucho más que yo. Y, aun así, ella también terminó quedándose con alguien anónimo que le procurara seguridad en lugar de fascinación.

Se quedó pensativo unos segundos. —Yo creo que el Héctor ese se hubiera arrastrado a los tuyos si hubieras querido.

—Es posible, y hasta me juraría amor eterno —inspiró y expiró con profundidad—, que duraría hasta que apareciera otra más guapa —hizo una pausa—. Y para entonces ya no podría vivir con la inseguridad de perderlo.

—¿Es lo que le pasó a esa chica especial que conoces?

—No, ella era la luz que iluminaba su existencia; una obsesión para el hombre más deseado del planeta. Hubieran formado la pareja perfecta en una vida plena y feliz para los dos. —Chasqueó la lengua—. Pero, por circunstancias que no vienen al caso, decidió tomar la decisión incorrecta.

—El anónimo.

—Ese. —Sonó que lo decía con cierto rencor.

Cristian se quedó cavilante, pensando en cada detalle que había oído y supo que hablaba de su prima, la escultural mujer que iba a ocupar su dormitorio en la casa de la playa con su anónimo novio.

—Total, que para eliminar complicaciones, te alejas de tíos como Héctor.

—Exacto, y el único lugar donde le dejo meterse es aquí dentro —dijo tocándose la sien.

—Bueno y, ejem, metafóricamente de forma azul, en otros sitios.

Marta escondió la cara contra la almohada, riendo abochornada por un secreto vergonzante que, su hijastro, jamás iba a dejar de recordar.

—Joder, Cristian, no me lo hagas pasar peor, que bastante mal estoy ya. —Se peinó el pelo, pasando los dedos entre los cabellos, para refrescarse del sofoco sobrevenido—. A partir de hoy, cada vez que te mire, me voy a morir de vergüenza.

—¿Conmigo? ¿Con todo lo que sabes de mí? —rebatió—. Lo de tus bragas, mis vídeos con Cris —enumeraba—. Por no hablar de mi problema de eyaculación.

Visto en comparación, el incidente de ella no resultaba tan bochornoso.

—Además, eso queda entre los dos y, te aseguro —dijo él bajando la voz para causar mayor efecto de sinceridad—, que me flipa que compartamos estos secretos. ¡Tía, que eres mi mejor amiga!

Marta torció la punta de los labios a un lado, tocada en el alma por sus palabras y por el alivio de ver en él la confianza que necesitaba. Un hecho, aparentemente dramático para ella, había conseguido unirlos un poquito más.

—Oye —susurró aprovechando el momento dulce de la intimidad compartida— ¿Cuál era la fantasía que tenías con Héctor?

—Uffff, nene, eso… es muy personal. No, no, me da mucho corte.

—Venga, porfa, tú sabes todo de mí —rogó—. Cuéntame algo tuyo. Déjame estar un poquito más cerca de ti

Marta calló, pero se veía que estaba cavilando, luchando entre compartir confidencias con el adolescente o mantener su figura de tutora impenetrable. Apretó la mano del muchacho contra ella con más energía, como si tratara de sujetarse a él o reunir fuerzas.

—Si es una chorrada.

—Como todas las fantasías.

—Ya, pero —dudó—, es que es muy friki. Una flipada total.

—Bien, son las que más molan.

Ella seguía dudando, reticente a dar el brazo a torcer.

—Es que te vas a reír.

Pegó la frente a la nuca de ella y susurró con aire sentido. —Te juro, que eso es lo último que haría de una fantasía tuya.

De nuevo el silencio de una Marta que se debatía en un mar de dudas y de un Cristian que esperaba taciturno, con los dedos cruzados, a que decidiera dar el paso. Al final, cedió a abrirse al muchacho.

—Puesss… imaginaba que —comenzó justo después de lanzar un hondo suspiro de resignación— cuando te has ido al baño y me has dejado sola —hizo una pausa volviendo a dudar—, él me sacaba de la pista tirando de mi mano. Lo hacía sin mi permiso y sin delicadeza. Obligándome a seguir sus pasos, trastabillando para no caer.

»Llegábamos a los aseos y adelantábamos toda la cola, ante las protestas de la gente, y nos metíamos en el baño de las tías. Todos los cubículos estaban ocupados con parejas follando en cada uno. Héctor abría una de ellas de un tirón, la más cercana a la entrada, arrancaba al chico de los brazos de su pareja y lo lanzaba contra la gente de la cola, de un empujón.

»Entonces me empujaba dentro, donde estaba la chica, que era un auténtico bellezón, y le decía: “aparta, puta” y me colocaba en su lugar. La chica me miraba con asco, pero no rechistaba y salía con las bragas a medio muslo, intentando subírselas de mala manera.

»Héctor me quitaba las mías, pero no por los pies, no. Me las rompía en trozos y las arrancaba. Después… —cerró los ojos y soltó un profundo suspiro evocando lo que sentía solo con el recuerdo de la fantasía—. Me abría las piernas y me levantaba en volandas con la puerta abierta y todo el mundo mirando, quejándose e insultando. Y, mientras… él… —nuevo suspiro.

«Su polla es enorme… y gorda… Me la mete despacio, muy despacio… hasta el fondo. Y, al llegar al final, arremete con un golpe de cadera y luego otro y otro, mientras yo rodeo su cintura con las piernas y mi cabeza da en la madera del separador una y otra vez, con cada embestida. Bum, bum, bum.

»Los del compartimento de al lado se asoman a mirar por encima, y él me abre el vestido de un tirón, rompiendo la parte de adelante y haciendo que mis tetas salgan a la vista de todos. Con cada metesaca, hace que boten arriba y abajo.

»La gente empieza a amontonarse en corro. Las tías no dicen nada, solo miran y se muerden el labio inferior, calientes como perras. Los tíos insultan a Héctor; le llaman hijo de puta, cabrón, chulo de mierda… En realidad, lo que les pasa es que se mueren de envidia.

»Uno estira un brazo y me soba una teta. Lo hace de forma grotesca, sin tacto, pero no hago nada. Los demás se envalentonan, también quieren su trozo de pastel así que, enseguida, hay un montón de manos por todo mi cuerpo, también las noto intentando tocarme el culo… y metiendo el dedo.

»Héctor le suelta un codazo a uno en toda la cara y cae de espaldas, arrastrando a varios. La cosa se pone fea y, enseguida, se lía a codazos hacia atrás y empujones de tíos que quieren follarse a su hembra.

Marta hizo una pausa excesivamente larga. Quizás reviviendo la fantasía, evocando cada momento y cada puñetazo.

—Codazos, puñetazos, golpes en la cara… —Pausa—. Y todo sin dejar de follarme como un martillo percutor. —Dejó exhalar un suspiro—. Mientras me corro a grito vivo.

A estas alturas, la respiración de Marta se había vuelto agitada y su cuerpo emanaba un calor impropio de esa noche. Sin embargo, no era esa la razón por la que se había quedado en silencio.


Fin capítulo XXI

Si te está gustando el relato, deja algún comentario, el autor agradece cualquier muestra de apoyo
Espectacular capítulo!! Cada vez más sorprendente y más atrapante!!!👍
 

ASeneka

Pajillero
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Dime que pare​


Cristian tenía una empalmada de campeonato y, al estar haciendo la cucharita por detrás, su polla se había terminado encajando entre los glúteos de ella. Para empeorarlo más, el salto de cama estaba desplazado ligeramente hacia arriba, casi hasta la cintura, por lo que su calzoncillo era la única prenda que los separaba.

El bulto se acababa de convertir en el elefante de la habitación y, el silencio, era cada vez más embarazoso. Hasta Cristian terminó inquietándose.

—Ha sido un acto reflejo, no te rayes —se excusó él.

—No me rayo, solo que… no me lo esperaba.

Nuevo silencio incómodo que Marta volvió a romper al cabo de un rato.

—Cristian, creo que… la estoy notando mucho.

—¿Y qué quieres? Es que tus flipadas me han puesto muy palote.

—Ya, pero deja de apretarte contra mí, me estás empezando a poner nerviosa.

—Nerviosa, dice, y estás más cachonda que yo.

—¿Qué dices, so bobo? Yo no estoy cachonda.

—Venga, que tienes los pezones duros como piedras.

—Eso no es verdad. No inventes.

—No invento. Los estoy notando en el antebrazo, el que te apretujas como si fuera un osito de peluche entre las tetas. Por no hablar de tu cuerpo, que parece la caldera de una locomotora. —Levantó la cabeza—. Tía, estás más caliente que un clavo ardiendo.

Marta separó el brazo de su cuerpo de un tirón como si quemara y se ahuecó la prenda en esa zona, azorada. Cristian apoyó el codo en la almohada.

—Vamos a dejarnos de rodeos —dijo él—. Llevas mogollón de tiempo sola, hoy te he jodido la superpaja que tenías pensado hacerte y, para colmo, estás más salida que cuando has dejado a Héctor. Déjame que te lo compense.

Marta comenzó a girar hacia él a la vez que fruncía el ceño, sospechando mal de sus ideas.

—Te la hago yo —concluyó él.

—¿¡Qué!? Perdona ¿Qué? Ni de coña, vamos.

—En serio, te la debo, tú me hiciste una a mí y ahora estoy en deuda. Paja por paja.

—Que no, que no, chaval, que tú alucinas.

—A ver, tú cierras los ojos, te montas tu película con el fulano de la disco y yo me limito a tocarte solo con dos dedos.

—¿Tú a mí? —boqueó—. Que me vas a tocar ¿¿¡tú!??

Pero él estaba pletórico. Había tenido la mejor de las ideas y le entusiasmaba realizarla.

—Dos dedos, por fuera de tu coño, en la parte de arriba. Sin mariconadas, como dice Torrente. Te pajeo, te corres y a dormir. —Levantó una mano solemne—. Y te juro por mi vida que si me dices que pare, paro.

Expectación, sorpresa mayúscula y mirada atónita. Pero, por su sonrisa de loco, se dio cuenta de que lo estaba diciendo en serio.

—Uy, nene, tú… no estás bien de la cabez…

No pudo acabar la frase. Los pulmones se vaciaron de golpe en un aullido de sorpresa cuando notó la mano de Cristian colarse, abruptamente, entre sus piernas, deslizando las yemas por su vello púbico hasta colocar la palma (en toda su extensión) sobre su coño desnudo.

El acto reflejo, aunque tarde, fue instantáneo. Sus piernas se cerraron como tenazas, atrapando la mano entre ellas e impidiendo aumentar la intromisión (que ya era plena). A su vez, tiró de su muñeca con ambas manos para sacar su garra de su zona íntima.

—¡¡¡CRISTIAN, JODEEER!!!

—Relaja, mujer —protestaba—. Déjate hacer, que yo controlo un huevo de esto.

Ella tiraba sin cesar, pero la palma de él estaba bien anclada en su coño. Comenzó, entonces, a darle manotazos con una de sus extremidades.

—SÁCALA, SÁCALA, SÁCALAAAAA.

La respuesta de Cristian fue inmediata.

Los dedos de su mano libre, se clavaron sobre su vientre y costados, alternativamente (otra vez), produciendo un nuevo ataque de cosquillas. De repente el cuerpo de Marta empezó a convulsionar presa de la risa incontenible, utilizando sus manos solo para defenderse de la de Cristian.

—Nooo… JAJAJA… La mano… Cristian…. JAJAJA… JODEEER…

—¿Prefieres esto? ¿Eh, prefieres así?

—La mano… JAJAJA… Joder… Saca esa mano…

—¿Cómo? ¿Qué has dicho? No te oigo.

La mantuvo en esa tortura un buen rato. Ella brincaba con fuerza intentando apartar de su cuerpo la mano cosquillera a la vez que mantenía prietos los muslos en un vano intento por impedir algo que Cristian ya había conseguido.

Llegar a su botón mágico.

Porque, en todo este tiempo, su dedo corazón no había dejado de moverse a través de sus pliegues, introduciéndose, poco a poco, hasta alcanzar esa parte del cuerpo que ya llevaba rato inflamada como una cereza y completamente lubricada,

Marta ya no solo sufría cosquillas en su vientre y costados. La estimulación provocaba que, de entre sus piernas, llegaran oleadas de escalofríos que recorrían la columna hasta la base de la nuca, llegando a provocar que sus ojos se pusieran en blanco más de una vez.

Paulatinamente, las risas empezaron a intercalar quejidos (y no de dolor, precisamente).

—Nooo… JAJAJA… Nooo… CRISTIAN… Ougmmm… Jod-der… mmmmm.

—¿Lo ves? —decía aumentando el ritmo—. Si estás que te haces agua.

El hormigueo era tan intenso que, lentamente, ella iba dejando de resistirse a sus cosquillas. De hecho, Cristian había terminado por abandonarlas para ocuparse de otra cosa.

Tumbado junto a ella, había deslizado la mano bajo su cintura hasta atrapar sus glúteos desnudos, que amasó con suavidad. Marta apenas lo percibió, concentrada como estaba en la otra mano que trabajaba en su sexo y disparaba descargas por todo el cuerpo.

—Cristian… CRISTIAN… —protestaba con los ojos en blanco, tirando de su muñeca— Me estás… me estás… joderhhhh —se quedaba sin aire— HUMMMMMMM… Cab-brónnn…

Tiraba con ambas manos, pero, cada vez, le quedaba menos fuerza. Los dedos de él siguieron su camino por la hendidura de sus nalgas en dirección al segundo de sus objetivos:

El ano.

El sudor de la piel facilitaba la progresión, haciendo que, no sin poco esfuerzo, consiguiera rozar, con la yema, su orificio. Marta lo notó al instante, contrayéndolo por acto reflejo y abriendo los ojos de par en par en un brote de pánico, constatando con horror que ahora tenía dos frentes de los que defenderse. Si seguía doblando la cintura para entorpecer la caricia en su sexo, ofrecía su culo a Cristian; si apretaba los glúteos y se estiraba para detener la intrusión, exponía la entrepierna, a merced de la paja.

El resultado era que no dejaba de doblarse por la cintura y arquear la espalda sin cesar, protegiendo y desprotegiendo una y otra zona, a medida que sus dedos oprimían uno u otro lado.

—No… no… NOOOUMMMM…

El vaivén era un suplicio y un deleite a la vez, con su cuerpo convulsionando con cada roce, presa de descargas que se multiplicaban desde ambos frentes y que ya no lograba contener.

—Cristian… Cristian… Hmmm… Déjamehh. —Se mordía los labios con fuerza, intentando contener la tormenta de sensaciones—. Por favor… uffffffmmm…

—Relájate —decía en voz baja—, solo intenta relajarte.

Las protestas se iban apagando, ahogadas por gemidos cada vez más largos. La resistencia se había reducido a agarrar la muñeca que lo pajeaba, pero no tirando de ella, sino, sujetándola.

—Ca-brón… ca-brón… —gemía al compás de su mano con los ojos cerrados y la cara contraída en un gesto de sufrimiento placentero.

Incluso sus piernas fueron perdiendo presión llegando, al cabo de unos minutos, a quedar inertes a cada lado como una rana y facilitando, ahora sí, la masturbación con total libertad de movimiento.

—¿Lo ves, pava? ¿Ves cómo te gusta? Si yo sé de esto. Haciendo pajas soy la hostia.

Ella semiabrió los ojos y lo miró con el ceño empapado de sudor y la respiración a bocanadas. El dedo de su culo la follaba lentamente mientras su ano se contraía y expandía al ritmo del mete-saca.

—Esto no está bien —protestaba en un susurró ahogado—. No está… biennnnn.

—Sí lo está, es solo una paja, una puta paja. Venga, cierra los ojos y piensa en el Héctor ese. Imagina que te lo está haciendo él.

Ella se resistía en una lucha perdida de antemano, recibiendo el placer que la desarmaba. Cerró los ojos y movió la cabeza, negando.

—Diosss… —se lamentaba—. Soy una puta.

—NO —cortó él, tajante—. Eres carne y fuego, y tienes necesidades, como toda mujer. Mi padre te debe esto y no está aquí para darte lo que es tuyo. Tú no tienes la culpa. —Hizo una pausa y puso la voz más grave—. Y solo es una paja.

Y así acabó por rendirse, dejando de luchar contra lo inevitable. Su cuerpo entero se abandonó, entregada a las dos manos que la poseían a la vez, dueñas absolutas de cada espasmo, de cada estremecimiento, de cada gemido que escapaba de su garganta.

—Solo una paja —quiso engañarse, apenas sin voz, consciente de su derrota.

—Sí, una paja terapéutica. Una terapaja. —Se rió de su propia gracia.

Ella se llevó las manos a la cara para tapar su vergüenza y, de paso, ahogar los gemidos. Un poco después, entrelazó los dedos entre los cabellos y los arrastró hacia atrás mientras arqueaba la espalda y abría las piernas un poco más. Tenía los ojos a medio abrir y la boca desencajada.

Su cadera no dejaba de moverse adelante y atrás, al mismo ritmo que las manos de Cristian y, sus piernas, se habían separado otro poquito más.

—Ooooh, ooooh, mmmm.

Cristian sonreía, la tenía a su merced. Dueño de su coño y de su culo que ultrajaba con total impunidad y, esta vez, con pleno sometimiento de ella.

—Ese Héctor… ¿te daba placer así?

Ella asentía con ojos cerrados y con la misma respiración profunda y húmeda.

—Sí, claro que sí. Y seguro que tú se la cogías con tu mano, sintiéndola gorda y dura entre tus dedos.

Nuevo asentimiento de cabeza y nuevo acceso de placer que, de nuevo, volvía a obligarla a arquear la espalda.

—Te hubiera encantado vérsela. ¿A que sí? Una polla gorda y dura, completamente empalmada solo para ti.

Su respuesta llegó en modo de gemido y de un leve mordisco a su labio inferior.

Con delicadeza, sacó la mano de su trasero y, con un movimiento ágil, se bajó el calzoncillo. Después, tomó su mano y se la puso en la polla. Marta abrió los ojos de golpe poniendo cara de susto. Sus dedos se cerraron en un puño.

—Cálmate —tranquilizó él— es solo para ayudarte con tu fantasía.

Pero que él tuviera la polla completamente erecta fuera de su bóxer, no le calmaba en absoluto.

—No pasa nada. Ya la cogiste una vez. Solo tócala —instó—, como si fuera la suya.

Dudó, pero terminó dejando que sus dedos circundaran todo su perímetro. Después, la miró con deseo antes de subir y bajar por su tronco una vez.

—Sí, joder, así te gustaría tener a ese chulo hijo de puta. Con su polla en tu mano. ¿A qué sí?

—Ssssssssí —exhaló volviendo a apoyar la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos—, ese chulo hijo de puta… en mi mano.

—Porque te gustan chulos —siseó en su oído—, chulos y canallas. Hijos de puta que te abusen en el baño de un local —le calentaba—. Y que se peguen por tí, los muy cerdos folladores.

A sus labios asomaba una sonrisa boba entre suspiro y suspiro, fantaseando, deseando.

—Chulos… Me follan.

No era consciente de que su mano estaba subiendo y bajando por el tronco de Cristian cada vez con más rapidez. En cada pasada, sus dedos acariciaban su glande babeante donde se impregnaban antes de volver a bajar hasta sus testículos.

El adolescente hacía esfuerzos sobrehumanos para no correrse, lamentando no habérsela meneado antes de entrar. La paja mutua que ambos se estaban dando era espectacular y no quería arruinarla antes de tiempo.

Marta se contoneaba como una gata, sin dejar de arquear su cuerpo y de espirar bocanadas producto del enorme placer. La admiró de arriba abajo y se sopló el flequillo bendiciendo su suerte. Nunca había estado con una hembra como ella.

Su cadera se movía al compás de sus dedos expertos que provocaban que no fuera dueña de sí misma. Sus piernas, ya completamente abiertas, la dejaban totalmente expuesta a él por lo que aprovechó para ver, con detalle, su tesoro más preciado. Tomó el salto de cama y lo levantó con cuidado, destapando su oscuro y húmedo coño.

Se mordió el labio, deseándola.

La prenda siguió ascendiendo y el ombligo fue lo siguiente en aparecer, junto a unos abdominales propios de un cuerpo cuidado. Inmediatamente después, apareció el segundo de los tesoros de aquella hembra.

Sus tetas.

Eran más grandes y hermosas de lo que había imaginado. Sus pezones, oscuros y erectos, apuntaban al techo atrayéndolo como la luz a las polillas. No pudo evitar exhalar un suspiro de admiración.

Lo siguiente fue atrapar una de ellas, llenando su mano. El pezón, duro como una piedra, se colaba entre sus dedos.

La reacción de ella fue instantánea. Salió de su sopor, apartando la mano y volviendo a cubrirlas con la prenda, de nuevo.

—No, eso no, las tetas son de Mario —explicó alterada—. Solo de él.

No replicó y aceptó, resignado, que se las vetara, ahogando una mueca de fastidio.

—Ey, está bien, solo era para ayudarte —tranquilizó—. Venga, vuelve a cerrar los ojos y relájate. Héctor te estaba follando muy bien. Porque es lo que él hace, ¿no? Follarte… ese chulo cabrón.

Volvió a imprimir más velocidad a su clítoris utilizando las yemas de dos dedos y, provocando con ello, un acceso adicional de placer. Marta se mordió el labio, conteniendo un gemido a la vez que echaba la cabeza hacia atrás.

—Sí, eso es, esos chulos te follan y tú le coges la polla a Héctor —dijo mientras arrastraba de la muñeca su mano hasta volver a depositarla sobre su pene erecto.

—Su polla… —repitió como un autómata, retomando la masturbación— en mi mano…

—Sí, en tu mano, mientras te follan, y lo hacen fuerte y duro, como te gusta, no como mi padre.

Tardó en reaccionar, quizás porque le aletargó la duda, pero tras unos segundos volvió a semiabrir los ojos.

—Mmmno… él… me folla bien.

—No, no lo hace. Es un mediocre.

—No lo es. —Cerró los ojos con fuerza y movió la cabeza a los lados, intentando deshacer esa imagen—. No lo es.

—Sí, lo es, un pusilánime, por eso prefieres a Héctor para tus fantasías. —Había vuelto a meter la mano por debajo y a jugar con su ano.

—Mnnnno… Hmmm… Él… Él… Oooooh… es muy bueno.

—Es un mal amante.

—Mnnnno.

—Y un pichacorta que te deja insatisfecha.

Aumentó la velocidad de la paja y el magreo a su culo con descaro.

—No… él… mmmm… Oooh, ooooooh… —El placer era extremo—. Él… Mmmmm… Tu padre es un buen hombre.

—Pero un mal follador. Dilo.

—No…. Mmmmmmm… Aaaaaahhhh.

—Dilo.

—Dioss, Dioooooos, me voy a correr. ME VOY A CORRER.

Cristian sonrió. Era el momento exacto. El punto ideal en la cima de la cumbre más alta.

Con habilidad se colocó sobre ella, acomodándose entre sus piernas. Puso la polla en la entrada de su coño y… empujó. Lo hizo despacio, aprovechando la enorme lubricación para entrar con facilidad. Marta reaccionó al instante, al igual que cuando magreó sus tetas.

—¿QUÉ HACES? —gritó—. NO, eso no. NOOO —Empujó sus caderas, pero él la retiró tomándola de sus muñecas.

—Sssssssh, no pasa nada, tranquila, solo es una paja. —dijo mientras continuaba introduciéndose, inexorable.

—¡Cristian!... ¡CRISTIAN! —protestaba—. Eso… no es una paja… Oummmm.

Continuó su avance con leves movimientos pélvicos que le introducían más y más. Su mano volvió a introducirse bajo su cuerpo hasta alcanzar de nuevo su ano. Ella echó la cabeza hacia atrás al notarlo entrar de nuevo.

—No es una paja —se decía con voz queda— No es una paja… ¡joderrrmmm!

Pero él no la oía y su cuerpo seguía descendiendo sobre el de ella.

—Me estás follando —se quejaba—. Cristian… ¡CRISTIAN!

—Tú y yo ya hemos sido infieles, mami. Lo único que falta… es el cuerpo.

Volvió a colocar las palmas sobre sus caderas y a empujarlo…

Pero sin fuerza.

—No soy tu madre… Ouffffffmmm… Diosssss… salte de mí…. ooooh.

El placer de aquella polla penetrándola le anulaba tanto como lo hacía el dedo en su culo. El miembro se abría camino centímetro a centímetro hasta que tocó fondo. Lo hizo con un golpe de cadera que ella recibió con un gemido.

—Ooooouuuummmh.

El movimiento se repitió, saliendo y volviendo a entrar con una nueva sacudida de cintura. A ésta le sucedió otra, y otra, y otra…

La resistencia de Marta había desaparecido por completo. Tenía las piernas abiertas y los talones sobre los gemelos de él. Las manos, todavía, en sus caderas, ahora tiraban hacia sí, clavando las uñas en su piel. La boca, abierta solo para gemir.

—Dime que pare —instó el muchacho

Pero ella no le oyó.

—Vamos, dime que deje de follarte —insistió con más energía.

Marta no dijo nada. Apartó la cara y se mordió los labios, manteniendo su silencio mientras él continuaba entrando y saliendo en ella. Él disminuyó el ritmo hasta dejarlo en un suave y monótono movimiento pélvico.

Y entonces sus miradas se cruzaron. Los ojos de él, retadores; los de ella, de súplica.

—Sigue —respondió ella en un susurro.

Y Cristian sonrió triunfal.

Sin dudarlo un momento volvió a elevar el ritmo hasta recuperar la cadencia de antes.

—Sí, joder, lo deseas tanto como yo, que follemos, que nos corramos juntos,

—Ummmm… uoooooh… —le cogió de la cabeza—. No te corras dentro —instó—. Por favor, ¡No puedes dejarme tu semen dentro!

—No te preocupes —sonrió—, no me voy a correr. Todavía no he conseguido superar mi problema de eyaculación—mintió para tranquilizarla.

Cristian aumentó paulatinamente el metesaca hasta convertirla en una cadencia demoledora haciendo que sus pelotas rebotaban contra el ano de Marta. Sus tetas se bamboleaban bajo la prenda de dormir en un movimiento hipnotizador.

Con sigilo, tomó los tirantes del camisón y los bajó con suavidad hasta que la prenda quedó recogida en la cintura. Se relamió cuando vio las tetas libres rebotando en un recorrido circular.

—¡NO! —protestó—. Son de Mario, son de él.

Por toda respuesta, las agarró a dos manos, llenándose de ellas y llevándoselas a la boca. Succionó su pezón duro, lamiéndolo una y otra vez. Su lengua caliente daba húmedas pasadas que le hacían ver las estrellas.

El placer hizo que echara la cabeza hacia atrás y cerrara los ojos con fuerza.

—Ooooh… Diossss… Nene, nene… Mmmmmm… mis tetas… Mario…

—Él no está aquí para reclamar lo que es suyo.

La réplica quedó ahogada cuando él se lanzó a sus labios. La llenó con un beso que le empapó la boca. Ella lo recibió sin protestar. Al principio, sumisa; después, devoradora, en una guerra de lenguas donde nadie quería perder.

El suave meneo pélvico se convirtió, con el paso de los besos, en un salvaje mete saca como quien golpea con enfado un cajón que no cierra. Las manos que antes intentaban empujar a su hijastro fuera de ella, ahora se encontraban acariciando su trasero, indicándole el ritmo deseado de cada envite.

—¿Te gusta mi polla? Dime ¿Te gusta?

—Sí, SÍÍÍÍÍ.

—¿Y te gusta cómo te follo?

—Sí, ooooh, ooooh, sigue, sigue.

Volvió a llevarse un pezón a la boca y Marta gimió como una gata.

—Oh, Diossss, Mario…

—Deja a ese puto cornudo en paz. Estamos tú y yo y esto es lo que estás deseando.

Al decirlo, abrió sus piernas aún más, clavando las rodillas para tomar posición. Hecho esto, aumentó la rapidez de sus embestidas y la longitud de las pasadas desde la punta de su glande hasta incrustarla hasta el fondo.

—¿Te gusta más mi polla o la del cornudo de mi padre?

—La tuya, la tuya, ooooh, ooooh.

—¿Por qué, eh, por qué te gusta?

—Porque… porque… La tuya es más grande —dijo extasiada—. Es más grande que la de ese cornudo.

—Dilo más fuerte, vamos, grítalo.

—TU PADRE ES UN CORNUDO CABRÓN. CORNUDO CABRÓÓÓÓN.

—Sí, joder, es un cornudo pichacorta que no te sabe follar.

—Sí, ooooh, sííí, cornudo pichacorta.

—¿Y de quién es este coño?

—Tuyo, es tuyo. Ooooh, mmmm, sigueee.

Entonces cogió las tetas con ambas manos y las manoseó antes de llenarlas de babas.

—¿De quién son estas tetas? Dime, mamá, ¿de quién son?

Marta respiraba a bocanadas sin parar de gemir y gritar. Abrió los ojos ligeramente y le vio por primera vez.

—Tuyas, mis tetas son tuyas.

—Como tu coño y tu culo, que te lo voy a follar a cuatro patas.

—Sí, fóllame, fóllame, mmmmm —gemía fuera de sí—. Fóllate a tu mami. Fóllate a mamá. FÓLLAMEEEEE.

Los gemidos de ambos llenaban la habitación y estos ya se habían convertido en gritos boca contra boca, a coro con el golpeteo. Cristian se incorporó y gritó a pleno pulmón hacia la pared del cabecero.

—¿Te gusta así? eh, ¿TE GUSTA ASÍ? ZORRAAAAAAA.

Herminia se lo tenía que estar pasando de lo lindo. El molde que le regaló estaría entrando y saliendo al mismo ritmo que el original en el coño de su madrastra, acompasado con los golpes que daba la cama.

Cristian volvió a besarla y pegó su frente con la de ella. Tenía la cara contraída en ese punto en el que se está a punto de alcanzar el orgasmo. Apretó los labios y lanzó un gemido.

—Dios… Me voy a correr.

—Oooooh, oooooh, yo también, oooooh.

—Te voy a llenar de semen.

Por un momento pareció que el tiempo se paró y Cristian entrelazó los dedos de ella con los suyos, sujetando las manos a cada lado. Ella lo miraba con horror y desconcierto.

—No… ooooh, ooooh… tu semen, no… aaaah, aaaah… no te corras dentro… no puedes.

—Quiero preñarte. ¿Me oyes? —decía aumentando el ritmo al nivel de un martillo percutor—. Te voy a preñar.

Justo en ese momento llegó el clímax de uno de los mejores orgasmos que hubiera tenido Marta. Y abandonó su cuerpo a su amante.

—Sí, síííí, quiero tu semen —gritó ella por fin—. Dame su semeeeen, aaaaah, dámelooo.

—Quiero preñarte —decía en medio del orgasmo—. Joder, quiero dejarte embarazada de mí.

—Préñame, preña a tu mami. PREÑAMEEEE.

Cristian bramaba como un búfalo mientras la llenaba de semen y ella, simplemente tenía anulada su fuerza de voluntad para parar aquel placer tan grande.

Tras ellos, bajo el quicio de la puerta, una figura observaba en la penumbra la escena con los ojos de hielo y el corazón roto. La polla de su hijo arremetía como un martillo pilón en el coño de su amada a la vez que sus pelotas golpeaban contra su ano mientras se vaciaban dentro de ella.

Con sigilo, tal y como había llegado, desanduvo el camino sobre la mullida alfombra hasta llegar a la puerta principal. Una vez allí, cogió la maleta que había dejado al entrar y salió al pasillo.

Nadie oyó el ruido del pestillo al cerrase.


Fin capítulo XX

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ASeneka

Pajillero
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Trastos rotos​


El sonido de un whatsapp le sacó de su sueño y la luz de la ventana cegó sus ojos nada más abrirlos, lo que le obligó a desperezarse. Reconoció enseguida los objetos de su cuarto y sonrió feliz. La noche había ido de maravilla con Marta, aunque había preferido no quedarse a dormir con ella. Ayer, el alcohol la había desinhibido por completo. Hoy, ya con la mente despejada, no sabía cómo se lo iba a tomar.

Pensó que lo mejor era que ella dispusiera de los primeros momentos de la mañana en soledad y, así, poder pensar con calma y evitar una reacción precipitada.

Quizás ella volvería a tratarlo con indiferencia, presa de la frustración. Incluso también era posible que decidiera hacer como que no había pasado nada, eludiendo una situación tan comprometida como bochornosa.

Se frotó las sienes con ambas manos.

«La de burradas que dijimos ayer. Joder, cómo se me fue la pinza».

Después: sonrió.

Se había. Follado. A Marta.

Y lo había hecho en el mejor polvo de su vida. Lástima que después de correrse no le quedaran fuerzas para hacérselo a cuatro patas. Le hubiera gustado embestirla como una perra haciendo pendular sus tetazas mientras le sujetaba de las caderas.

Pero, después de una cena con copas algo movidita, ambos acabaron extenuados tras el polvo. Así que se había desplomado a su lado nada más correrse, respirando como quien intenta acabar con todo el oxígeno de la habitación mientras ella se daba media vuelta, rendida. No hizo falta que le hiciera la cucharita para que cogiera el sueño porque se durmió casi al momento. Cierto era que el sopor del alcohol que aún circulaba por sus venas, ayudó bastante.

Un nuevo whatsapp sonó en su móvil.

Estiró el brazo hacia la mesilla, pero no llegó a él. Cerró los ojos y lanzó un suspiro. Estaba muy cansado para molestarse en alcanzarlo, así que desistió. Y cuando la modorra volvía a hacerse dueño de él, un grito desgarrador se escuchó al otro lado de la pared.

Era Marta.

Al parecer había elegido la tercera opción: montar un pollo de tres pares de huevos. Algo normal en ella ahora que su mente no estaba embotada por el alcohol. Y lo que ayer fue un placentero suceso, ahora, a la luz de la resaca, era una mierda de proporciones nachovidalianas.

La primera reacción fue la de taparse con las mantas y hacerse el dormido.

«Buf, qué pereza aguantar una bronca ahora», se dijo.

Pero se lo pensó mejor y decidió prepararse para recibirla. Puso un pie en el suelo, quedando sentado en la cama y esperó que entrara hecha un basilisco. Llenó los pulmones de aire y expiró lentamente. Iba a aceptar lo que viniera, a fin de cuentas, él había sido el que la había cagado insistiendo sin parar hasta conseguir que follaran.

Ahora que lo pensaba, la había cagado pero bien. Marta era LA NOVIA DE SU PADRE.

«Joder, mi padre. Me he tirado a su novia… ¡Y le he hecho un cornudo… como mi madre!»

Se masajeó las sienes de nuevo. Tal vez él también había bebido más de lo que pensaba porque, de pronto, la idea de haber follado con ella no le parecía tan buena y un regusto amargo, que no supo definir, comenzó a molestarle por todo el cuerpo.

Otro whatsapp entró a su teléfono y chasqueó la lengua, ya era el tercero de la mañana. Ni Cristina era tan pesada. Cuando vio en la pantalla principal el nombre de su madre le dio bajón. No le apetecía ni media chatear con ella. En los últimos años juntos, se había mostrado tremendamente dependiente de él y acabó agobiado por tanto acoso. Ir a vivir con su padre había sido una liberación.

La puerta se abrió de golpe.

Marta entró con la expresión descompuesta y los ojos enrojecidos. Llevaba el mismo salto de cama de ayer, señal de que no le había dado tiempo a ducharse y vestirse en condiciones. Su cara, como temía, estaba desencajada, pero no de ira, sino de auténtico pavor.

—LO SABE —gritó—. ¡TU PADRE LO SABE!

Estaba llorando y, en ese momento, se tapaba la boca con una mano, conteniendo el llanto mientras las lágrimas desbordaban sus ojos. Con la otra, ofrecía su móvil en alto para que lo leyera. Cristian, que no entendía nada, lo tomó de su mano.

Mario_

He estado reflexionando durante todo este tiempo fuera y he llegado a la conclusión de que debemos separarnos. Lo nuestro no tiene futuro. Recoge tus cosas antes de que acabe la semana, por favor.

—Me deja —gimió— y me echa de casa. —Comenzó a llorar—. Es por lo de ayer, seguro.

Cristian releyó varias veces el texto sin entender nada. No podía ser que ese mensaje fuera a causa de lo de anoche, estaba a kilómetros de allí y era imposible que supiera nada. Ese cambio tan radical con la mujer que adoraba, no tenía sentido.

Su mano vibró con la entrada de un nuevo whatsapp. Al levantarlo constató que, de nuevo, era de su madre y un mal presentimiento le recorrió la espina dorsal. De un toque se abrió la conversación con ella.

Mónica_

He hablado con tu padre. Que ilusion que vuelvas a casa. He preparado tu habitacion para que la tengas lista cuando llegues.

Mónica_

Vas a venir hoy? voy a cocinar tu plato preferido o si prefieres podemos ir a un burger como te gusta.

Mónica_

O quieres ir al cine? hace mucho que no vamos al cine. De pequeño te encantaba.

Mónica_

Entonces vienes hoy? voy a mirar que pelis hay en cartelera y decides cual vemos

—Pero qué coño dice de…

Pulsó para salir, retrocediendo donde estaban el resto de conversaciones. Descubrió, con horror, un mensaje de su padre justo debajo del chat de su madre. Lo había enviado a las 4.00 de la mañana

Lo abrió con el corazón en un puño.

Mario_

Tu madre te echa de menos y ya es hora de que vuelvas con ella. Recoge tus cosas antes de que acabe la semana. Puedes dejar la llave en el buzon, no la vas a necesitar mas.

—No-me-jo-das.

Cruzó la mirada con Marta con la mandíbula desencajada, provocando que ella constatara sus peores temores y negara con la cabeza, incrédula, rogando porque no fuera cierto. Fue entonces cuando Cristian descubrió algo en la balda que había junto al marco de la puerta.

Era un objeto pequeño de metacrilato. Embebido en el material transparente había un ancla dorada, como si fuera el recuerdo de un barco. Lo tomó en su mano, atónito.

Las pulsaciones empezaron a subir y tuvo que cerrar los ojos un momento hasta poder asimilar lo que significaba. Era lo que le pidió en bromas a su padre el día que se fue. Cerró el puño con fuerza hasta hacerse daño. Segundos más tarde, levantó la vista hasta cruzarla con la de ella.

—Ha estado aquí —dijo mostrando el objeto—, anoche.

Marta lanzó un grito de desesperación y se tapó la cara con ambas manos, clavándose las uñas con fuerza. Su novio la había visto fornicar con su propio hijo mientras decían auténticas barbaridades sobre él.

El llanto era desconsolado, había apoyado la espalda en la pared y se había dejado caer hasta quedar sentada en el suelo.

—Joder, joder —se decía entre llanto y llanto.

Cristian, todavía en estado de conmoción, caminó por el pasillo hasta la puerta principal. Le extrañó que no estuviera cerrada con doble llave. Al abrirla vio algo en el suelo del descansillo y lo tomó en sus manos.

Era una rosa.

O lo fue, porque de ella solo quedaba el tallo y la decoración a base de anchas hierbas lechosas y un minimalista envoltorio plastificado. Los pétalos, ahora esparcidos por el suelo, habían sido arrancados a base de golpes contra la pared.

Cuando Marta vio la estampa que ofrecía su hijastro bajo el quicio con la flor mutilada en la mano, volvió a lanzar otro aullido de pena mientras se levantaba para hacerse con ella.

Cristian entró en casa, toqueteó su teléfono y se lo llevó a la oreja.

—Comunicando —dijo al cabo de unos segundos de espera—. Me ha bloqueado.

Marta, que se encontraba acunando la rosa contra su pecho hecha un mar de lágrimas, cogió el suyo y tecleó con la rapidez de unos dedos nerviosos y una vista borrosa. Tuvo que limpiarse varias veces las lágrimas para que le dejaran marcar el contacto correcto. Cerró los ojos y esperó.

Cristian vio cómo se arrugaba su cara al comprobar que ella también estaba vetada para el que era el amor de su vida. Culpable de una traición sin límites.

La vio alejarse hacia su cuarto y hacerse un ovillo sobre la cama, volviendo a enterrar su vergüenza entre las rodillas que abrazaba como único consuelo. El llanto era desgarrador y hasta Cristian sintió que esta vez había ido demasiado lejos, provocando mucho daño, un daño cruel con unas consecuencias atroces.



— · —​



Marta permaneció todo el día encerrada en su dormitorio, metida en la cama sin querer salir. Las veces que Cristian había intentado entablar conversación con ella, había respondido con silencio. Tampoco es que tuviera mucho qué decir y sus disculpas ya no servían de nada. En ningún caso iban a conseguir que su padre la perdonara.

Tampoco él había salido ileso, algo en su interior se había roto. Había estado ciego y no se había dado cuenta hasta ahora. No solo había traicionado la confianza de su padre, también había traicionado la de su novia. Pobre Cristina, la había utilizado a sus espaldas para sus propios e infectos fines. Había revelado cosas muy íntimas que solo pertenecían a ella y había traficado con uno de sus vídeos sexuales.

La llamó para quedar. Necesitaba verla aunque no fuera lo más ético después de haberle sido infiel esa misma noche con la mujer a la que ella misma le conminó a sacar de fiesta para que se despejase y, de paso, que le perdonase (por algo similar a lo que acababa de ocurrir).

«Estoy enamorado y mataría por ella, que es lo que vale», se dijo.

Cristina siempre le ayudaba a sentirse bien. Con ella todo era fácil y, lo mejor, era que congeniaban perfectamente. Era su media naranja. Tenía que hablar con ella. No sabía lo que iba a decir pero quería verla cuanto antes. La necesitaba. Era lo mejor que le había pasado en su vida y no quería perderlo.

Sin pensarlo más, cogió las llaves del piso y salió a la calle.

Caminó con paso ligero hasta su casa. Cuando llegó a su bloque fue a pulsar el botón del portero automático pero se contuvo, sintió miedo de que contestara su padre. En su lugar, envió un mensaje por el móvil.

Cristian_

Estoy en el portal. Bajas??

Esperó con la pantalla encendida hasta que llegara a su destino y lo leyera. Un tick, dos ticks. Esperó los dos ticks azules.

No llegaron.

La pantalla se apagó y él se quedó mirando el aparato un rato más. Ella siempre contestaba sus whatsapps con rapidez y comenzó a sospechar algo que no se atrevía a creer.

«¿Y si mi padre le ha contado que…?»

Pero no podía ser, no tenía su número ni sabía dónde vivía. Además, no había dado tiempo a que hubiera contactado con ella. Se pasó la mano por la frente y decidió que la llamaría, así que pulsó en el enlace y se llevó el móvil a la oreja.

Justo había sonado el tercer tono cuando se activó el portero, emitiendo el característico zumbido que permitía abrir la puerta de un empujón.

—¿Cris? —preguntó dirigiéndose al micrófono de la pared.

No hubo respuesta, nadie habló al otro lado. Era muy raro todo, pero aun así, tiró de la puerta decidido a verse con ella subiendo los escalones de dos en dos. Siempre le había parecido una manera más rápida de llegar que el ascensor.

Llegó al descansillo de su piso casi sin resuello y se apoyó en el marco unos segundos para recuperarse. No hizo falta que pulsara el timbre, la puerta se abrió inmediatamente.

Y Tomás apareció tras ella.

—Eh… venía a ver a… —dijo dubitativo.

—Pasa. —Fue su única respuesta antes de desaparecer en el interior.

Cristian blasfemó por dentro, de nuevo se cruzaba con aquel oso cavernario. Y lo peor era que necesitaba entrar, quería ver a su novia a toda costa.

La mala noticia fue que dentro no había ni rastro de ella, pero como ya había pasado al salón no tuvo más remedio que sentarse con él y aguantar la chapa.

—¿Quieres un té?

—No, gracias, lo estoy dejando.

La mirada de Tomás dejó claro que, o no había entendido la broma o, si lo había hecho, no le había gustado.

—Ya —contestó.

Estaban sentados cada uno enfrente del otro, separados por la mesita de centro. Tomás, con los codos apoyados en las rodillas, había cruzado los dedos en un ademán que indicaba que iba a comenzar a decir algo.

No lo hizo.

Fue Cristian, que estaba tan impaciente como nervioso, el que rompió el incómodo silencio.

—Y Cris… ¿no está por ahí?

—Mi pequeña. —Su vozarrón sonó retadora.

Pero eso fue todo lo que dijo y Cristian se quedó con la misma cara de frustración y con el mismo silencio que hacía tan difícil estar al lado de aquel hombre. Terminó por utilizar el viejo truco de mirar el reloj como si se hiciera tarde.

—Uy, creo que me tengo que ir —dijo levantando el culo del sofá—. Hoy tengo que…

—El otro día… —Dejó la frase en el aire, obligando a Cristian a frenar en seco. Después se quedó mirándolo, esperando hasta que éste volvió a posar su trasero. —. Ya viste que tengo un problema.

Cristian ahogó un lamento y se maldijo por dentro. Eran ese tipo de situaciones en las que no sabía a qué demonios quería referirse. Si la tenía pequeña, era eyaculador precoz o era maricón. La gente debería ser más explícita para ese tipo de cosas.

—Sí, bueno, no sé. No vi nada raro.

Tomás levantó una ceja, circunspecto. Si su presumible yerno trataba de ser amable, no había servido de nada.

—Tere no lo está pasando bien últimamente —explicó—. Lleva unos años muy triste. —Cruzó los dedos entre sí y apoyó la barbilla en ellos con los codos en las rodillas—. Mi intención… lo que pretendía aquel día… —Cerró los ojos con fuerza y se masajeó las sienes en un intento por expresar algo que le estaba resultando imposible sacar—. Solo quería que tú le procurases un leve respiro, que le hicieses olvidar todo por lo que ha pasado. Creía que… si le dabas el placer que hace años que no tiene…

Para Cristian estaba resultando un auténtico galimatías. En realidad solo había entendido cuatro palabras: “Teresa. Tú. Dar placer”. Dio un lento asentimiento con la barbilla.

Tomás escondió la cabeza entre las manos, entrelazando los dedos en los cabellos.

—Quería que lo hiciéramos juntos. O sea, ella y yo… los tres, pero ella y yo juntos. Nunca quise que ella, bueno que yo… —La frase quedó en el aire.

—¿Ser un cornudo?

En contra de lo que cabría esperar, Tomás ni se inmutó por el comentario. Apenas un leve gesto de cabeza, que aún escondía entre sus enormes zarpas.

—¿Lo sería? ¿Si me complaciese que mi mujer disfrutara de algo que yo no puedo proporcionarle, pero que yo mismo le ofrezco?

Cristian contuvo el aire unos segundos.

—En absoluto —mintió.

Cuando Tomás levantó la vista, la cruzó con él y se quedó estático, como si estuviera leyendo dentro de su alma.

—¿Lo dices porque albergas la esperanza de acostarte con ella?

—Lo digo porque… —Se arrepintió por haberle tomado por tonto—. Sería lo más generoso que ha hecho nadie por alguien a quien quiere.

La explicación le salió bien. Tomás volvió a su autocomplacencia, escondiendo su cara entre sus manos.

—Se enfadó mucho conmigo. No entiende que solo quiero que sea feliz a cualquier precio.

—A mí me pasa lo mismo con Cris —dijo con pies de plomo, intentando buscar un punto de empatía—. Daría mi vida por no perderla nunca.

—Pues lo demuestras de una forma muy rara, chico.

Lo miró con cara de no entender.

—Esos vídeos que le mandas… tan perturbadores… —continuó Tomás.

La cara de Cristian se puso blanca.

—¿Vídeos?

—Te he visto masturbándote mientras olías las bragas de una vieja.

Su boca se abrió como un buzón. «¿Pero qué pasa en esa puta casa? ¿Todo el mundo le cuenta a Tomás todas mis mierdas?»

—Yo… yo… eso no es lo que parece.

—Es justo lo que parece. Eres un enfermo sexual que roba unas bragas a una anciana senil a la que dejas hablando sola mientras te la meneas en su cuarto de baño. —Su vozarrón ocupaba toda la estancia—. Y lo peor de todo es que a mi nena le gusta.

—Pero… usted… usted… ¿Cómo sabe eso?

Tomás señaló un móvil que había sobre la mesita de centro.

—Suelo comprobar que mi niña no ande metida en temas turbios.

—¿U…usted mira el móvil de Cris?

—Claro, es una cría y yo soy su tutor. Su bienestar es mi responsabilidad.

—¿Y ella sabe que fisga en sus cosas personales?

—Pues claro que lo sabe. Tenemos un acuerdo de confianza —contestó seguro de sí mismo.

A Cristian no le llegaba la saliva al cuello.

—Relájate, muchacho —tranquilizo Tomás cuando lo vio sudar—, ella borra los chats que no quiere que vea. No te apures si a ella también le has dicho esas cochinadas que le dijiste a mi Tere.

Se pasó la mano por la frente, rezando por que las hubiera eliminado todas.

—¿Y dónde está ahora?

—Ha ido con su madre de compras. —Hizo un mohín—. Tere sigue enfadada conmigo, así que aprovecha para estar con Cris antes de que vuelva con su padre. —Hizo una pausa—. Biológico —puntualizó.

—¿Se vuelve a Sales de Kabio?

—¿No te lo dijo? Yo mismo la llevaré dentro de unos días.

Cristian se quedó pensativo. Seguramente ella querría esperar hasta el último momento para decírselo. Tomás, que no había dejado de observarlo, se acercó ligeramente a él.

—Dime una cosa, muchacho. Esa vieja… —endureció la mirada— ¿también fantaseas con follártela tres veces, hasta hacerle gritar como una perra y preñarla?


fin capítulo XXIII

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nicoadicto

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Dime que pare​


Cristian tenía una empalmada de campeonato y, al estar haciendo la cucharita por detrás, su polla se había terminado encajando entre los glúteos de ella. Para empeorarlo más, el salto de cama estaba desplazado ligeramente hacia arriba, casi hasta la cintura, por lo que su calzoncillo era la única prenda que los separaba.

El bulto se acababa de convertir en el elefante de la habitación y, el silencio, era cada vez más embarazoso. Hasta Cristian terminó inquietándose.

—Ha sido un acto reflejo, no te rayes —se excusó él.

—No me rayo, solo que… no me lo esperaba.

Nuevo silencio incómodo que Marta volvió a romper al cabo de un rato.

—Cristian, creo que… la estoy notando mucho.

—¿Y qué quieres? Es que tus flipadas me han puesto muy palote.

—Ya, pero deja de apretarte contra mí, me estás empezando a poner nerviosa.

—Nerviosa, dice, y estás más cachonda que yo.

—¿Qué dices, so bobo? Yo no estoy cachonda.

—Venga, que tienes los pezones duros como piedras.

—Eso no es verdad. No inventes.

—No invento. Los estoy notando en el antebrazo, el que te apretujas como si fuera un osito de peluche entre las tetas. Por no hablar de tu cuerpo, que parece la caldera de una locomotora. —Levantó la cabeza—. Tía, estás más caliente que un clavo ardiendo.

Marta separó el brazo de su cuerpo de un tirón como si quemara y se ahuecó la prenda en esa zona, azorada. Cristian apoyó el codo en la almohada.

—Vamos a dejarnos de rodeos —dijo él—. Llevas mogollón de tiempo sola, hoy te he jodido la superpaja que tenías pensado hacerte y, para colmo, estás más salida que cuando has dejado a Héctor. Déjame que te lo compense.

Marta comenzó a girar hacia él a la vez que fruncía el ceño, sospechando mal de sus ideas.

—Te la hago yo —concluyó él.

—¿¡Qué!? Perdona ¿Qué? Ni de coña, vamos.

—En serio, te la debo, tú me hiciste una a mí y ahora estoy en deuda. Paja por paja.

—Que no, que no, chaval, que tú alucinas.

—A ver, tú cierras los ojos, te montas tu película con el fulano de la disco y yo me limito a tocarte solo con dos dedos.

—¿Tú a mí? —boqueó—. Que me vas a tocar ¿¿¡tú!??

Pero él estaba pletórico. Había tenido la mejor de las ideas y le entusiasmaba realizarla.

—Dos dedos, por fuera de tu coño, en la parte de arriba. Sin mariconadas, como dice Torrente. Te pajeo, te corres y a dormir. —Levantó una mano solemne—. Y te juro por mi vida que si me dices que pare, paro.

Expectación, sorpresa mayúscula y mirada atónita. Pero, por su sonrisa de loco, se dio cuenta de que lo estaba diciendo en serio.

—Uy, nene, tú… no estás bien de la cabez…

No pudo acabar la frase. Los pulmones se vaciaron de golpe en un aullido de sorpresa cuando notó la mano de Cristian colarse, abruptamente, entre sus piernas, deslizando las yemas por su vello púbico hasta colocar la palma (en toda su extensión) sobre su coño desnudo.

El acto reflejo, aunque tarde, fue instantáneo. Sus piernas se cerraron como tenazas, atrapando la mano entre ellas e impidiendo aumentar la intromisión (que ya era plena). A su vez, tiró de su muñeca con ambas manos para sacar su garra de su zona íntima.

—¡¡¡CRISTIAN, JODEEER!!!

—Relaja, mujer —protestaba—. Déjate hacer, que yo controlo un huevo de esto.

Ella tiraba sin cesar, pero la palma de él estaba bien anclada en su coño. Comenzó, entonces, a darle manotazos con una de sus extremidades.

—SÁCALA, SÁCALA, SÁCALAAAAA.

La respuesta de Cristian fue inmediata.

Los dedos de su mano libre, se clavaron sobre su vientre y costados, alternativamente (otra vez), produciendo un nuevo ataque de cosquillas. De repente el cuerpo de Marta empezó a convulsionar presa de la risa incontenible, utilizando sus manos solo para defenderse de la de Cristian.

—Nooo… JAJAJA… La mano… Cristian…. JAJAJA… JODEEER…

—¿Prefieres esto? ¿Eh, prefieres así?

—La mano… JAJAJA… Joder… Saca esa mano…

—¿Cómo? ¿Qué has dicho? No te oigo.

La mantuvo en esa tortura un buen rato. Ella brincaba con fuerza intentando apartar de su cuerpo la mano cosquillera a la vez que mantenía prietos los muslos en un vano intento por impedir algo que Cristian ya había conseguido.

Llegar a su botón mágico.

Porque, en todo este tiempo, su dedo corazón no había dejado de moverse a través de sus pliegues, introduciéndose, poco a poco, hasta alcanzar esa parte del cuerpo que ya llevaba rato inflamada como una cereza y completamente lubricada,

Marta ya no solo sufría cosquillas en su vientre y costados. La estimulación provocaba que, de entre sus piernas, llegaran oleadas de escalofríos que recorrían la columna hasta la base de la nuca, llegando a provocar que sus ojos se pusieran en blanco más de una vez.

Paulatinamente, las risas empezaron a intercalar quejidos (y no de dolor, precisamente).

—Nooo… JAJAJA… Nooo… CRISTIAN… Ougmmm… Jod-der… mmmmm.

—¿Lo ves? —decía aumentando el ritmo—. Si estás que te haces agua.

El hormigueo era tan intenso que, lentamente, ella iba dejando de resistirse a sus cosquillas. De hecho, Cristian había terminado por abandonarlas para ocuparse de otra cosa.

Tumbado junto a ella, había deslizado la mano bajo su cintura hasta atrapar sus glúteos desnudos, que amasó con suavidad. Marta apenas lo percibió, concentrada como estaba en la otra mano que trabajaba en su sexo y disparaba descargas por todo el cuerpo.

—Cristian… CRISTIAN… —protestaba con los ojos en blanco, tirando de su muñeca— Me estás… me estás… joderhhhh —se quedaba sin aire— HUMMMMMMM… Cab-brónnn…

Tiraba con ambas manos, pero, cada vez, le quedaba menos fuerza. Los dedos de él siguieron su camino por la hendidura de sus nalgas en dirección al segundo de sus objetivos:

El ano.

El sudor de la piel facilitaba la progresión, haciendo que, no sin poco esfuerzo, consiguiera rozar, con la yema, su orificio. Marta lo notó al instante, contrayéndolo por acto reflejo y abriendo los ojos de par en par en un brote de pánico, constatando con horror que ahora tenía dos frentes de los que defenderse. Si seguía doblando la cintura para entorpecer la caricia en su sexo, ofrecía su culo a Cristian; si apretaba los glúteos y se estiraba para detener la intrusión, exponía la entrepierna, a merced de la paja.

El resultado era que no dejaba de doblarse por la cintura y arquear la espalda sin cesar, protegiendo y desprotegiendo una y otra zona, a medida que sus dedos oprimían uno u otro lado.

—No… no… NOOOUMMMM…

El vaivén era un suplicio y un deleite a la vez, con su cuerpo convulsionando con cada roce, presa de descargas que se multiplicaban desde ambos frentes y que ya no lograba contener.

—Cristian… Cristian… Hmmm… Déjamehh. —Se mordía los labios con fuerza, intentando contener la tormenta de sensaciones—. Por favor… uffffffmmm…

—Relájate —decía en voz baja—, solo intenta relajarte.

Las protestas se iban apagando, ahogadas por gemidos cada vez más largos. La resistencia se había reducido a agarrar la muñeca que lo pajeaba, pero no tirando de ella, sino, sujetándola.

—Ca-brón… ca-brón… —gemía al compás de su mano con los ojos cerrados y la cara contraída en un gesto de sufrimiento placentero.

Incluso sus piernas fueron perdiendo presión llegando, al cabo de unos minutos, a quedar inertes a cada lado como una rana y facilitando, ahora sí, la masturbación con total libertad de movimiento.

—¿Lo ves, pava? ¿Ves cómo te gusta? Si yo sé de esto. Haciendo pajas soy la hostia.

Ella semiabrió los ojos y lo miró con el ceño empapado de sudor y la respiración a bocanadas. El dedo de su culo la follaba lentamente mientras su ano se contraía y expandía al ritmo del mete-saca.

—Esto no está bien —protestaba en un susurró ahogado—. No está… biennnnn.

—Sí lo está, es solo una paja, una puta paja. Venga, cierra los ojos y piensa en el Héctor ese. Imagina que te lo está haciendo él.

Ella se resistía en una lucha perdida de antemano, recibiendo el placer que la desarmaba. Cerró los ojos y movió la cabeza, negando.

—Diosss… —se lamentaba—. Soy una puta.

—NO —cortó él, tajante—. Eres carne y fuego, y tienes necesidades, como toda mujer. Mi padre te debe esto y no está aquí para darte lo que es tuyo. Tú no tienes la culpa. —Hizo una pausa y puso la voz más grave—. Y solo es una paja.

Y así acabó por rendirse, dejando de luchar contra lo inevitable. Su cuerpo entero se abandonó, entregada a las dos manos que la poseían a la vez, dueñas absolutas de cada espasmo, de cada estremecimiento, de cada gemido que escapaba de su garganta.

—Solo una paja —quiso engañarse, apenas sin voz, consciente de su derrota.

—Sí, una paja terapéutica. Una terapaja. —Se rió de su propia gracia.

Ella se llevó las manos a la cara para tapar su vergüenza y, de paso, ahogar los gemidos. Un poco después, entrelazó los dedos entre los cabellos y los arrastró hacia atrás mientras arqueaba la espalda y abría las piernas un poco más. Tenía los ojos a medio abrir y la boca desencajada.

Su cadera no dejaba de moverse adelante y atrás, al mismo ritmo que las manos de Cristian y, sus piernas, se habían separado otro poquito más.

—Ooooh, ooooh, mmmm.

Cristian sonreía, la tenía a su merced. Dueño de su coño y de su culo que ultrajaba con total impunidad y, esta vez, con pleno sometimiento de ella.

—Ese Héctor… ¿te daba placer así?

Ella asentía con ojos cerrados y con la misma respiración profunda y húmeda.

—Sí, claro que sí. Y seguro que tú se la cogías con tu mano, sintiéndola gorda y dura entre tus dedos.

Nuevo asentimiento de cabeza y nuevo acceso de placer que, de nuevo, volvía a obligarla a arquear la espalda.

—Te hubiera encantado vérsela. ¿A que sí? Una polla gorda y dura, completamente empalmada solo para ti.

Su respuesta llegó en modo de gemido y de un leve mordisco a su labio inferior.

Con delicadeza, sacó la mano de su trasero y, con un movimiento ágil, se bajó el calzoncillo. Después, tomó su mano y se la puso en la polla. Marta abrió los ojos de golpe poniendo cara de susto. Sus dedos se cerraron en un puño.

—Cálmate —tranquilizó él— es solo para ayudarte con tu fantasía.

Pero que él tuviera la polla completamente erecta fuera de su bóxer, no le calmaba en absoluto.

—No pasa nada. Ya la cogiste una vez. Solo tócala —instó—, como si fuera la suya.

Dudó, pero terminó dejando que sus dedos circundaran todo su perímetro. Después, la miró con deseo antes de subir y bajar por su tronco una vez.

—Sí, joder, así te gustaría tener a ese chulo hijo de puta. Con su polla en tu mano. ¿A qué sí?

—Ssssssssí —exhaló volviendo a apoyar la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos—, ese chulo hijo de puta… en mi mano.

—Porque te gustan chulos —siseó en su oído—, chulos y canallas. Hijos de puta que te abusen en el baño de un local —le calentaba—. Y que se peguen por tí, los muy cerdos folladores.

A sus labios asomaba una sonrisa boba entre suspiro y suspiro, fantaseando, deseando.

—Chulos… Me follan.

No era consciente de que su mano estaba subiendo y bajando por el tronco de Cristian cada vez con más rapidez. En cada pasada, sus dedos acariciaban su glande babeante donde se impregnaban antes de volver a bajar hasta sus testículos.

El adolescente hacía esfuerzos sobrehumanos para no correrse, lamentando no habérsela meneado antes de entrar. La paja mutua que ambos se estaban dando era espectacular y no quería arruinarla antes de tiempo.

Marta se contoneaba como una gata, sin dejar de arquear su cuerpo y de espirar bocanadas producto del enorme placer. La admiró de arriba abajo y se sopló el flequillo bendiciendo su suerte. Nunca había estado con una hembra como ella.

Su cadera se movía al compás de sus dedos expertos que provocaban que no fuera dueña de sí misma. Sus piernas, ya completamente abiertas, la dejaban totalmente expuesta a él por lo que aprovechó para ver, con detalle, su tesoro más preciado. Tomó el salto de cama y lo levantó con cuidado, destapando su oscuro y húmedo coño.

Se mordió el labio, deseándola.

La prenda siguió ascendiendo y el ombligo fue lo siguiente en aparecer, junto a unos abdominales propios de un cuerpo cuidado. Inmediatamente después, apareció el segundo de los tesoros de aquella hembra.

Sus tetas.

Eran más grandes y hermosas de lo que había imaginado. Sus pezones, oscuros y erectos, apuntaban al techo atrayéndolo como la luz a las polillas. No pudo evitar exhalar un suspiro de admiración.

Lo siguiente fue atrapar una de ellas, llenando su mano. El pezón, duro como una piedra, se colaba entre sus dedos.

La reacción de ella fue instantánea. Salió de su sopor, apartando la mano y volviendo a cubrirlas con la prenda, de nuevo.

—No, eso no, las tetas son de Mario —explicó alterada—. Solo de él.

No replicó y aceptó, resignado, que se las vetara, ahogando una mueca de fastidio.

—Ey, está bien, solo era para ayudarte —tranquilizó—. Venga, vuelve a cerrar los ojos y relájate. Héctor te estaba follando muy bien. Porque es lo que él hace, ¿no? Follarte… ese chulo cabrón.

Volvió a imprimir más velocidad a su clítoris utilizando las yemas de dos dedos y, provocando con ello, un acceso adicional de placer. Marta se mordió el labio, conteniendo un gemido a la vez que echaba la cabeza hacia atrás.

—Sí, eso es, esos chulos te follan y tú le coges la polla a Héctor —dijo mientras arrastraba de la muñeca su mano hasta volver a depositarla sobre su pene erecto.

—Su polla… —repitió como un autómata, retomando la masturbación— en mi mano…

—Sí, en tu mano, mientras te follan, y lo hacen fuerte y duro, como te gusta, no como mi padre.

Tardó en reaccionar, quizás porque le aletargó la duda, pero tras unos segundos volvió a semiabrir los ojos.

—Mmmno… él… me folla bien.

—No, no lo hace. Es un mediocre.

—No lo es. —Cerró los ojos con fuerza y movió la cabeza a los lados, intentando deshacer esa imagen—. No lo es.

—Sí, lo es, un pusilánime, por eso prefieres a Héctor para tus fantasías. —Había vuelto a meter la mano por debajo y a jugar con su ano.

—Mnnnno… Hmmm… Él… Él… Oooooh… es muy bueno.

—Es un mal amante.

—Mnnnno.

—Y un pichacorta que te deja insatisfecha.

Aumentó la velocidad de la paja y el magreo a su culo con descaro.

—No… él… mmmm… Oooh, ooooooh… —El placer era extremo—. Él… Mmmmm… Tu padre es un buen hombre.

—Pero un mal follador. Dilo.

—No…. Mmmmmmm… Aaaaaahhhh.

—Dilo.

—Dioss, Dioooooos, me voy a correr. ME VOY A CORRER.

Cristian sonrió. Era el momento exacto. El punto ideal en la cima de la cumbre más alta.

Con habilidad se colocó sobre ella, acomodándose entre sus piernas. Puso la polla en la entrada de su coño y… empujó. Lo hizo despacio, aprovechando la enorme lubricación para entrar con facilidad. Marta reaccionó al instante, al igual que cuando magreó sus tetas.

—¿QUÉ HACES? —gritó—. NO, eso no. NOOO —Empujó sus caderas, pero él la retiró tomándola de sus muñecas.

—Sssssssh, no pasa nada, tranquila, solo es una paja. —dijo mientras continuaba introduciéndose, inexorable.

—¡Cristian!... ¡CRISTIAN! —protestaba—. Eso… no es una paja… Oummmm.

Continuó su avance con leves movimientos pélvicos que le introducían más y más. Su mano volvió a introducirse bajo su cuerpo hasta alcanzar de nuevo su ano. Ella echó la cabeza hacia atrás al notarlo entrar de nuevo.

—No es una paja —se decía con voz queda— No es una paja… ¡joderrrmmm!

Pero él no la oía y su cuerpo seguía descendiendo sobre el de ella.

—Me estás follando —se quejaba—. Cristian… ¡CRISTIAN!

—Tú y yo ya hemos sido infieles, mami. Lo único que falta… es el cuerpo.

Volvió a colocar las palmas sobre sus caderas y a empujarlo…

Pero sin fuerza.

—No soy tu madre… Ouffffffmmm… Diosssss… salte de mí…. ooooh.

El placer de aquella polla penetrándola le anulaba tanto como lo hacía el dedo en su culo. El miembro se abría camino centímetro a centímetro hasta que tocó fondo. Lo hizo con un golpe de cadera que ella recibió con un gemido.

—Ooooouuuummmh.

El movimiento se repitió, saliendo y volviendo a entrar con una nueva sacudida de cintura. A ésta le sucedió otra, y otra, y otra…

La resistencia de Marta había desaparecido por completo. Tenía las piernas abiertas y los talones sobre los gemelos de él. Las manos, todavía, en sus caderas, ahora tiraban hacia sí, clavando las uñas en su piel. La boca, abierta solo para gemir.

—Dime que pare —instó el muchacho

Pero ella no le oyó.

—Vamos, dime que deje de follarte —insistió con más energía.

Marta no dijo nada. Apartó la cara y se mordió los labios, manteniendo su silencio mientras él continuaba entrando y saliendo en ella. Él disminuyó el ritmo hasta dejarlo en un suave y monótono movimiento pélvico.

Y entonces sus miradas se cruzaron. Los ojos de él, retadores; los de ella, de súplica.

—Sigue —respondió ella en un susurro.

Y Cristian sonrió triunfal.

Sin dudarlo un momento volvió a elevar el ritmo hasta recuperar la cadencia de antes.

—Sí, joder, lo deseas tanto como yo, que follemos, que nos corramos juntos,

—Ummmm… uoooooh… —le cogió de la cabeza—. No te corras dentro —instó—. Por favor, ¡No puedes dejarme tu semen dentro!

—No te preocupes —sonrió—, no me voy a correr. Todavía no he conseguido superar mi problema de eyaculación—mintió para tranquilizarla.

Cristian aumentó paulatinamente el metesaca hasta convertirla en una cadencia demoledora haciendo que sus pelotas rebotaban contra el ano de Marta. Sus tetas se bamboleaban bajo la prenda de dormir en un movimiento hipnotizador.

Con sigilo, tomó los tirantes del camisón y los bajó con suavidad hasta que la prenda quedó recogida en la cintura. Se relamió cuando vio las tetas libres rebotando en un recorrido circular.

—¡NO! —protestó—. Son de Mario, son de él.

Por toda respuesta, las agarró a dos manos, llenándose de ellas y llevándoselas a la boca. Succionó su pezón duro, lamiéndolo una y otra vez. Su lengua caliente daba húmedas pasadas que le hacían ver las estrellas.

El placer hizo que echara la cabeza hacia atrás y cerrara los ojos con fuerza.

—Ooooh… Diossss… Nene, nene… Mmmmmm… mis tetas… Mario…

—Él no está aquí para reclamar lo que es suyo.

La réplica quedó ahogada cuando él se lanzó a sus labios. La llenó con un beso que le empapó la boca. Ella lo recibió sin protestar. Al principio, sumisa; después, devoradora, en una guerra de lenguas donde nadie quería perder.

El suave meneo pélvico se convirtió, con el paso de los besos, en un salvaje mete saca como quien golpea con enfado un cajón que no cierra. Las manos que antes intentaban empujar a su hijastro fuera de ella, ahora se encontraban acariciando su trasero, indicándole el ritmo deseado de cada envite.

—¿Te gusta mi polla? Dime ¿Te gusta?

—Sí, SÍÍÍÍÍ.

—¿Y te gusta cómo te follo?

—Sí, ooooh, ooooh, sigue, sigue.

Volvió a llevarse un pezón a la boca y Marta gimió como una gata.

—Oh, Diossss, Mario…

—Deja a ese puto cornudo en paz. Estamos tú y yo y esto es lo que estás deseando.

Al decirlo, abrió sus piernas aún más, clavando las rodillas para tomar posición. Hecho esto, aumentó la rapidez de sus embestidas y la longitud de las pasadas desde la punta de su glande hasta incrustarla hasta el fondo.

—¿Te gusta más mi polla o la del cornudo de mi padre?

—La tuya, la tuya, ooooh, ooooh.

—¿Por qué, eh, por qué te gusta?

—Porque… porque… La tuya es más grande —dijo extasiada—. Es más grande que la de ese cornudo.

—Dilo más fuerte, vamos, grítalo.

—TU PADRE ES UN CORNUDO CABRÓN. CORNUDO CABRÓÓÓÓN.

—Sí, joder, es un cornudo pichacorta que no te sabe follar.

—Sí, ooooh, sííí, cornudo pichacorta.

—¿Y de quién es este coño?

—Tuyo, es tuyo. Ooooh, mmmm, sigueee.

Entonces cogió las tetas con ambas manos y las manoseó antes de llenarlas de babas.

—¿De quién son estas tetas? Dime, mamá, ¿de quién son?

Marta respiraba a bocanadas sin parar de gemir y gritar. Abrió los ojos ligeramente y le vio por primera vez.

—Tuyas, mis tetas son tuyas.

—Como tu coño y tu culo, que te lo voy a follar a cuatro patas.

—Sí, fóllame, fóllame, mmmmm —gemía fuera de sí—. Fóllate a tu mami. Fóllate a mamá. FÓLLAMEEEEE.

Los gemidos de ambos llenaban la habitación y estos ya se habían convertido en gritos boca contra boca, a coro con el golpeteo. Cristian se incorporó y gritó a pleno pulmón hacia la pared del cabecero.

—¿Te gusta así? eh, ¿TE GUSTA ASÍ? ZORRAAAAAAA.

Herminia se lo tenía que estar pasando de lo lindo. El molde que le regaló estaría entrando y saliendo al mismo ritmo que el original en el coño de su madrastra, acompasado con los golpes que daba la cama.

Cristian volvió a besarla y pegó su frente con la de ella. Tenía la cara contraída en ese punto en el que se está a punto de alcanzar el orgasmo. Apretó los labios y lanzó un gemido.

—Dios… Me voy a correr.

—Oooooh, oooooh, yo también, oooooh.

—Te voy a llenar de semen.

Por un momento pareció que el tiempo se paró y Cristian entrelazó los dedos de ella con los suyos, sujetando las manos a cada lado. Ella lo miraba con horror y desconcierto.

—No… ooooh, ooooh… tu semen, no… aaaah, aaaah… no te corras dentro… no puedes.

—Quiero preñarte. ¿Me oyes? —decía aumentando el ritmo al nivel de un martillo percutor—. Te voy a preñar.

Justo en ese momento llegó el clímax de uno de los mejores orgasmos que hubiera tenido Marta. Y abandonó su cuerpo a su amante.

—Sí, síííí, quiero tu semen —gritó ella por fin—. Dame su semeeeen, aaaaah, dámelooo.

—Quiero preñarte —decía en medio del orgasmo—. Joder, quiero dejarte embarazada de mí.

—Préñame, preña a tu mami. PREÑAMEEEE.

Cristian bramaba como un búfalo mientras la llenaba de semen y ella, simplemente tenía anulada su fuerza de voluntad para parar aquel placer tan grande.

Tras ellos, bajo el quicio de la puerta, una figura observaba en la penumbra la escena con los ojos de hielo y el corazón roto. La polla de su hijo arremetía como un martillo pilón en el coño de su amada a la vez que sus pelotas golpeaban contra su ano mientras se vaciaban dentro de ella.

Con sigilo, tal y como había llegado, desanduvo el camino sobre la mullida alfombra hasta llegar a la puerta principal. Una vez allí, cogió la maleta que había dejado al entrar y salió al pasillo.

Nadie oyó el ruido del pestillo al cerrase.


Fin capítulo XX

Si te ha gustado, deja un comentario (aunque sea bueno).
In su pe ra bleee!! Recien lo he podido leer. Me dejó igual q a Marta ja. Genial
 

ASeneka

Pajillero
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El fin del principio​


Pulsó el timbre por tercera vez y siguió esperando. No se oían pasos, ni tan siquiera un leve ruido de objetos moverse. Quizás dentro no hubiera nadie. En ese caso, todavía podría encontrarla por las escaleras, portando sus bolsas.

O quizás, lo más probable es que no quisiera hablar con él. Suspiró resignado y se echó la mochila al hombro antes de dar media vuelta y comenzar su último descenso.

Cuando apenas había llegado al segundo escalón oyó descorrerse, uno a uno, los cerrojos. Tras la puerta apareció una impertérrita Herminia. Cristian se alivió de que, al menos, aceptara verlo. Volvió tras sus pasos hasta colocarse frente a ella que lo observaba con el mismo ademán adusto que cuando salió de allí por última vez.

—¿Has venido a pedir perdón?

Cristian no contestó de inmediato, pero a su cara asomó media sonrisa triste cuando se dio cuenta de cuánto iba a echar de menos el mal humor de la vieja huraña. Negó con la cabeza y una caída de ojos.

—Me voy, Herminia. Solo he pasado a despedirme.

Ella no reaccionó de primeras, pero al percatarse de la enorme mochila en su hombro, sus ojos mostraron la sorpresa de quien no entiende.

—¿Te cambias de casa? ¿Ahora que por fin…? —Se quedó callada cuando entendió que no iban por ahí los tiros a tenor del semblante de su vecino—. Tu madrastra —sentenció—, otro ataque de arrepentimiento. Demasiado gritaba esa gata. Y menudas cosas salían de su boquita. Ya me extrañaba que no te culpase a ti de ello, la muy…

Cristian levantó dos dedos para frenarla e hizo una mueca apesadumbrada. Después, arqueó las cejas con humildad.

—Mi padre —explicó—, se ha enterado.

Y se hizo la luz, dolida en su pecho por el mismo mazazo. Dejó caer los hombros y enterneció su semblante.

—Vaya, eso… no me lo esperaba. —Movió la cabeza con pesadumbre—. Dios, pobre hombre.

—No quería hacerle daño. Y a él menos que a nadie. Solo era…

—Lo sé —cortó—, un juego peligroso en el que nadie debía salir herido. —Suspiró con pesar—. ¿Pero cómo…?

Cristian agachó la cabeza.

—Nos vio. Le partimos el corazón.

Entrecerró los ojos en un ademán acusador—. Eso no tenía que haber salido así.

Cristian afirmó cabizbajo, asumiendo toda la responsabilidad. —Pensábamos que aún estaba fuera y que tardaría días en volver. Por lo visto no era así y pensó en darle a Marta una sorpresa.

La señora movía el mentón a uno y otro lado, cavilando.

—Llevo días oyendo lloros, ahora entiendo tanta lágrima. —Se cruzó de brazos—. Tenéis que hablar con él.

Se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—Me ha echado de casa —explicó—, a los dos. Por eso he venido. No creo que nos volvamos a ver usted y yo.

Herminia se cogió de las manos, tan apesadumbrada como él, quizás esa era la peor noticia para ella. El ambiente era de velatorio y compartía su dolor como quien acompaña un duelo. Ninguno sabía qué decir y se limitaban a mirar al suelo dejando pasar el tiempo. Al final, fue ella quien lo rompió.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—No lo sé. Mi madre quiere que me mude con ella y me olvide de todo. —Soltó el aire—. Tampoco sé cómo pedirles perdón ni cómo compensar toda la mierda que he dejado.

—El único lugar donde uno paga lo que ha hecho… es el mismo donde lo cometió.

—Eso… —dijo él frotándose el mentón— va a ser difícil. Tengo vetada la entrada a esta casa para el resto de mi vida y no consigo hablar con mi padre, ha cortado todo contacto conmigo. Y respecto a Marta… le he jodido la vida pero bien. Tampoco ella me quiere ver. Creo que se vuelve para siempre a su pueblo natal.

Se quedó pensativa, con la vista en su mochila.

—Espera, quiero darte algo.

Se metió en la casa y volvió al cabo de unos minutos. En su mano portaba una bolsa de plástico amarilla. Cuando Cristian la abrió, reconoció al instante los dos objetos que portaba. Sacó uno de ellos y lo mostró, estupefacto. Era la fotografía de la infidelidad, esa en la que aparecía con una mirada de leona hambrienta mientras su amante se escondía en el armario.

—Quiero que te la quedes. Solo tú sabes lo que significa. —Se encogió de hombros—. Y quizás, alguna vez, hasta te hagas una paja con ella.

Cristian recibió aquel tesoro con ternura y un destello de nostalgia. La sujetó entre sus manos, admirándola, sin poder creerse que sería el poseedor de su secreto más preciado.

—Ni de coña. No me vuelve a joder la cabeza.

La vecina soltó una carcajada muda y Cristian devolvió la foto a la bolsa. Después, extrajo el segundo objeto, confundido.

—Ya sabes para qué es. No pierdes nada por intentarlo.

Asintió sin decir palabra y lo devolvió a la bolsa que guardó en su mochila. Después, volvió el silencio y las miradas al suelo. Ninguno quería terminar aquella perversa relación de dos personas tan dispares y tan parecidas entre sí.

—Lo pasamos bien, ¿eh, chico?

Cristian asintió. Había sido el camino más morboso y sucio que hubiera recorrido nunca en complicidad de alguien menos pensado.

—Sobre todo usted, al otro lado del tabique.

Su respuesta causó la sonrisa maliciosa de la vieja verde. Y, de nuevo, el silencio como acompañante molesto de una despedida que ninguno quería.

—Siento mucho haber discutido —dijo él—. Siempre que pierdo los nervios, acabo diciendo lo que no debo y la cago con quien no se merece.

—Ya te advertí que, en esta vida, la primera clave del éxito, es no decir todo lo que sabes —inspiró y expiró con fuerza—. Dicho de otro modo, hay que saber cuándo cerrar la boca, zoquete.

Cristian sonrió de oreja a oreja, anotando el consejo de la vieja que no iba a obedecer.

—¿Puedo darle un abrazo? —pidió él, por fin.

—¿Vas a aprovechar a tocarme el culo?

—No, Herminia, no le voy a tocar el culo, no voy a besarla y, mucho menos, voy a empotrarla contra la pared a pollazos.

—Entonces olvídalo.

Pero él se acercó a ella como si no la hubiera oído y rodeó su cintura, apretando a la mujer contra sí hasta amoldar sus cuerpos. Ella se dejó hacer, recibiéndolo sin protestar y rodeó su cuello con sus huesudas extremidades.

Se quedaron así. Ella, sintiendo la fortaleza del adolescente y él, su cariño de cien años. Cerrando los ojos ante un abrazo que reconfortaba a ambos. De sus labios se escapó una sonrisa de gratitud.

—Me gusta cómo huele usted —dijo—, a frutas, igual que su dormitorio.

—Es lubricante, tengo las manos perdidas, pero no te voy a decir por qué.

—Vale, se acabó el abrazo.

Cuando se separaron ambos sonreían por ese juego retorcido que les unía frente al mundo y a pesar de él.

—Dale recuerdos a tu bonita novia, ahora es lo más importante que tienes.

Cristian chasqueó la lengua. —Se va a pasar el verano con su padre biológico. Hasta en eso tengo mala suerte.

—Eso no importa, también en la distancia se puede seguir queriendo a alguien. —Se puso seria—. Dicen que para obtener el perdón, se necesita un cambio, pero también el amor necesita acción, así que atesóralo y cuida de ella.

—Lo siento, pero prefiero que ella cuide de mí cuando vuelva. He llegado a la conclusión de que es lo que más me conviene.

—Tus conveniencias son una mierda. —Y le soltó una colleja—. Haz caso, que te lo dice una vieja.

El adolescente soltó una carcajada mientras se frotaba el cuello.

—La echaré de menos. Cuídese ahora que se queda sola.

—Respecto a eso… —comenzó a decir la señora— ayer llamé a mi hijo.

Cristian levantó las cejas, inquiriendo con la mirada. Ella continuó hablando.

—Le dije que quería volver a verlo; que echaba de menos su risa de niño, que deseo volver a tener contacto con él y con su familia.

—Claro que sí. Va progresando usted. ¿Ve cuánto le beneficia mi compañía?

—Me dijo que a ver a qué venía eso ahora. Que si me había bebido el minibar y que si le he llamado para esto. Que hacía muchos años que había dejado de tener madre.

—Puto… cabrón sin corazón. —Su cara era de estupefacción—. Yo… Siento la mierda de consejo.

—Sí, como asesor familiar, eres un inútil —corroboró—. Y, sin embargo, ha sido lo mejor que he hecho en los últimos diez años.

Cristian frunció el ceño, sin entender.

—Vendí esta casa hace lustros —explicó—. De hecho, vendí todo lo que poseía cuando enviudé y doné el dinero a mi hermana. —Hizo una pausa—. Todo el dinero —remarcó—. No quería que, si me moría, él recibiera nada. Desde entonces vivo de alquiler, que paga ella. También me da una pequeña renta según le voy pidiendo.

A Cristian empezó a asomársele una sonrisilla, al comprender por dónde iban los tiros.

—Siempre me he preguntado si hice bien dejando a mi hijo sin la posibilidad de heredar un solo céntimo, con el eterno gusanillo reconcomiéndome por dentro —continuó—. Ahora, por fin, ya no tengo ese cargo de conciencia.

»Además, la única dueña de mi cuerpo, soy yo. Así que, si en todo este tiempo, no se ha dado cuenta, puede irse a la mierda.

—Uffff, —dijo Cristian llevando los dedos al puente de la nariz y apretando con fuerza— la de pajas que me voy a hacer con esa foto.

La vieja sonreía triunfal, agradecida por el beneplácito de su joven vecino y por su último comentario. Él le devolvía la misma imagen de satisfacción por un secreto que solo ellos conocían.

El secreto del cornudo.

—¿Le puedo preguntar qué pasó?

El recuerdo evocó en ella viejos fantasmas y sus ojos fueron los primeros en notarlo. Torció el gesto, pero, tras unos instantes, terminó encogiendo los hombros, concediendo.

—Mi esposo se fue apagando con el tiempo. Nunca supimos si era algo físico o, simplemente, que su mente le jugaba una mala pasada. El caso es que cuanto más se obsesionaba con satisfacer lo que él creía que era una necesidad para mí, peor se ponía todo.

Hizo una pausa, rememorando con tristeza.

—Dejé de tener relaciones con otros hombres. No podía mientras él no se encontrara bien. Quizás eso lo empeoró todo porque mi carácter también se fue apagando con el paso de los años.

Una nueva mueca de disgusto acudió a sus ojos.

—Terminé accediendo a que otro ocupara el lugar que nunca debió dejar de ser suyo. Lo hice por él —se lamentó—. Él lo estaba haciendo por mí. —Se quedó callada.

—¿Ese otro… era su jefe?

Ella negó con gesto afable. —No, eso jamás. No en su cara. —Cerró los ojos e inspiró profundamente—. Fue con un chico joven, un crío. —Chasqueó la lengua, dolida—. Iba a clase con mi hijo.

Cristian levantó las cejas y abrió la boca, incrédulo.

—No-me-joda.

Ella asintió apesadumbrada.

—Imagínate lo que supuso, para el abusón del colegio, descubrir que uno de los panolis a los que atizaba, se follaba a su madre. —Cerró los ojos con aprensión—. Mientras su padre suplicaba sumiso.

—LA-PU-TA-MA-DRE.

—A partir de aquel momento, para él, pasé a ser una puta y su padre… un pusilánime.

Cristian vivía uno de esos momentos en los que no se sabe qué decir y, cualquier palabra de ánimo, suena como una burla. Su hijo debió de flipar de lo lindo.

—No te vayas a confundir con él —atajó ella, adivinando sus pensamientos—. Mi hijo ya era el imbécil bobalicón y prepotente que conoces. Lo único que cambió fue que, desde aquello, creyó tener la excusa para serlo. —Levantó la mirada con un semblante arrepentido—. Aunque a nosotros nos dejó la culpa. Y nuestro hogar se convirtió en un zoco de vergüenza y miradas de reproche.

Cristian abrió la boca para decir algo, pero prefirió seguir callado. Después, dio un paso adelante y volvió a abrazarla. Ella se dejó hacer y de sus hombros se desprendieron cien años de peso.

Se mantuvieron así un buen rato antes de separarse.

—Me voy ya —dijo por fin—. Cuídese.

Mientras bajaba las escaleras, ella lo llamó desde arriba.

—Chico —Cristian se paró en mitad del segundo descansillo—, respecto al consejo que me pediste…—hizo una pausa para que él prestara toda su atención— cambia, no seas como yo.

La pausa, cargada de intención, pareció hacer efecto porque él se la quedó mirando, con el mentón a un lado, cavilando.

—Va a ser que no —dijo continuando su descenso.

—Hazme caso, soy una vieja cargada de sabiduría que un día pagarás por escuchar.

—No la oigo —dijo un piso más abajo.

—Te convertirás en un amargado y solitario, como yo.

—Nada, que se corta.

Ella suspiró, resignada, viéndolo bajar piso tras piso hasta oír el sonido de la puerta de la planta baja cerrarse por efecto del muelle.

«Pobre ignorante».



— · —​



—Así que te instalas ya —corroboraba Martina, la hermana de Marta—. ¿Tan pronto?

—Sí, he venido un poco antes para ver cómo ha quedado la obra.

—¿Y Mario?

—Él… bueno, sigue de viaje, ya sabes. —Apartó la mirada—. Siempre yendo y viniendo.

—Vaya, con las ganas que tenía de verle.

Tomó de la mano a su hermana a modo de consuelo. Ella le devolvió el gesto con una sonrisa tranquilizadora.

—Pero hablemos de ti. ¿Tenéis todo preparado para la boda?

—Claro, cuñada —contestó Marcos tomando la palabra—. Solo faltan por confirmar los últimos invitados. A ver si Aníbal se decide a venir por fin.

Marta dio un leve respingo.

—¿Aníbal? ¿Le habéis invitado a él también? —Había levantado las cejas y sonreía sin disimulo—. Vaya, Alba se va a llevar una sorpresa.

—Ah, pero… ¿Al final tu prima viene a la boda? —preguntó Marcos con interés—. Te entendí que se había descolgado en el último momento.

—No, eso fue… —Marta movió la mano en el aire deshaciendo el entuerto— una confusión mía. No sé por qué, me hice a la idea de que al final no vendría. Llegará a finales de la semana que viene.

—Ay, qué guay —exclamó Martina—, con las ganas que tengo de ver a la primi.

—Me perdonáis un momento —dijo Marcos levantándose del sofá—. Vuelvo enseguida.

Salió al jardín por la puerta acristalada y la cerró tras él. Dentro se oían las voces de las dos chicas. Se alejó unos pasos hacia la piscina y sacó su móvil, no sin antes comprobar que no había nadie cerca.

—¿Aníbal? … Ey, tío, soy yo … Ya, escucha: NOTICIÓN. Alba SÍ viene a la boda … Que sí, joder, como lo oyes … Pues porque me lo acaba de decir la propia Marta. Llegará a finales de la semana que viene … —pausa— … Sí, ya sé que te dije que se había rajado, pero parece que, al final, se ha vuelto a apuntar … ¿Eh? no sé, no me ha dicho. Con su novio, supongo … Sí … Que sí … —largo rato escuchando y sonrisa de depredador— … ¿Entonces… te vienes o qué? … Claro, colega, hablo con Gonzo y los otros y vamos preparando … —Pausa larga escuchando y nueva sonrisa— … Sí, yo también lo creo.



— · —​



Era la segunda cerveza que se tomaba con Javier, su colega del pueblo. Estaban sentados en una de las terrazas frente a la playa.

—¿Y solo vas a estar aquí una semana?

—Es lo que me deja quedar Cris en casa de su padre —contestaba Cristian—. Dice que en estas fechas es cuando más trabajo tiene su viejo y que necesita toda la casa para llenarla de trastos para la venta.

—¿El hippy? ¿Trabajo? —Javier levantaba una ceja, escéptico.

—Fabricando sus propias mierdas, yo qué sé.

Su amigo dio una carcajada muda.

—Pensaba que pasarías el verano con tu madrastra. Joder, con las ganas que tenía de pasarme a visitarte. —Le guiñó un ojo, cómplice.

Cristian apartó la mirada, inquieto.

—Cambio de planes. Me instalo en casa de mi madre —dudó—. Marta y mi padre… están de cambios, así que, durante un tiempo…

—¿Lo han dejado? No me jodas.

—No, no, o sea… a ver. —Se llevó la mano a la frente—. Movidas suyas de pareja con el tema de la casa, las mudanzas y eso. —Miró a su amigo de soslayo—. Además, estará liadísima con lo de la boda de su hermana como para cargar conmigo hasta que mi padre vuelva de un viaje que está haciendo.

—Ah, sí, Martina. —Se le iluminó la cara—. Lo buena que está la tía.

—¿La conoces?

—Su novio es amigo de un colega mío y… he visto fotos.

—¿En pelotas? No jodas.

—No, coño, en topless —sonrió ladino—, pero menudas tetas. Y qué pezonacos.

Cristian movió la cabeza como si le costara creerlo. —Tú siempre tienes fotos en bolas de mogollón de pavas de este pueblo.

Javier no le respondió a eso. En su lugar le guiñó un ojo de manera cómplice y echó un trago de su bebida que apuró hasta el fondo. Después, toqueteó su móvil y lo levantó frente a su cara.

—¿Ves a esta tía? Pues antes de que acabe el verano, la voy a ver follando en directo.

—Hostia, pero qué buena está. Menudo pibón.

—Pues es la prima de tu “mami” —contestó ufano—. Y ya ves que todas las chicas de esa familia desbordan de lo mismo.

—¿La famosa prima de Marta? ¿La que viene a pasar unas semanas con ella? —Cristian se hizo con el móvil para verla mejor, ampliando en cada una de las partes más interesantes. La estudiaba con detenimiento, desplazando la imagen arriba y abajo, embobado—. ¿Y ésta es la que ha elegido a un pagafantas en lugar del macho alfa que era el hombre de su vida? —decía sin podérselo creer.

—¿Eso… te lo ha dicho Marta?

—Me contó una historia sobre ella —dijo sin apartar la vista de la pantalla—. Que tomó la decisión incorrecta.

Javier se hizo con el teléfono y comenzó a toquetear en él.

—¿Qué haces? —preguntó Cristian.

—Wasapeo.

—¿Con quién?

—Con nadie. ¿Y dices que te lo ha contado la propia Marta?

—Sí, y por lo visto su relación no pasa por su mejor momento. Por eso han estado a punto de no venir a la boda.

Javier, sin dejar de escribir en su smartphone, amplió su sonrisa.

—Colega, si yo fuera tú, pasaría en Sales de Kabio el resto de las vacaciones.



— · —​



Marta había cortado el césped por segunda vez en lo que iba de semana. El jardín era amplio y el esfuerzo le ayudaba a no pensar. Ya casi no lloraba en una casa que se le caía encima cada noche. Ni tan siquiera las vistas del mar, que tanto le gustaban, mitigaban su dolor y ya estaba harta de inventar excusas justificando la ausencia de su pareja. Por suerte, la boda de su hermana y la llegada de su prima dentro de una semana, ayudaba a levantar el ánimo.

Tenía muchas ganas de verla y de volver a la adolescencia, a los cotilleos y a las noches de confesiones en vela. Sus charlas por teléfono no eran lo mismo que cuando se hacían al calor de una manta compartida y la complicidad de quien no necesitaba palabras.

Eso era lo peor: haber perdido al hombre que amaba y el calor de una cama que ya no la esperaba.

Entró en la casa a través del acceso acristalado del jardín y fue entonces cuando oyó que llamaban a la puerta principal. El corazón le dio un vuelco y cerró los ojos deseando que fuera él.

Nerviosa, se atusó el pelo y se arregló la camisa frente al espejo de la entrada. Se frotó los ojos y parpadeó con rapidez, intentando eliminar los restos de unas lágrimas tardías, no quería que la viera así. Se plantó frente a la entrada, se secó las manos en el vestido y cogió aire. Más tranquila, lo expulsó con rapidez y tiró del pomo hasta abrir la puerta por completo.

No era él.

Y su sonrisa desapareció.

La figura que la miraba desde el otro lado tampoco sonreía. Tenía la vista baja que solo levantaba de hito en hito, sin saber cómo empezar una conversación que había temido desde que la imaginó.

—Siento presentarme así —dijo por fin—, pero… es que no me coges el teléfono.

Marta no dijo nada, pero los sentimientos volvían a aflorar de nuevo. Una gran bolsa de deporte, junto a él, le hizo fruncir el ceño.

—No vengo a quedarme. Solo… estoy de paso. Necesitaba verte, saber si estabas bien.

Ella soltó el pomo y se cogió de los codos, apartando la vista por primera vez. Todo lo ocurrido volvía de golpe y sus ojos eran los primeros en notarlo.

—No lo estoy —dijo.

Y ni siquiera sonaba a reproche.

—¿Has hablado con él? —le preguntó a ella—. A mí no me coge las llamadas. Me ha bloqueado por completo y, cuando voy a verle, no me abre.

Ella cerró los ojos aguantando la congoja.

—Solo una vez. Me pidió tiempo.

Cristian asintió con pesadumbre. Ya era más de lo que había conseguido él. Quizás era porque suya fue la mayor traición y el mayor dolor. Se quedó con la vista fija en el suelo, sin valor para sostener la de ella.

—Le hicimos daño, sobre todo, yo.

Marta se mordió los labios y apartó la vista. Sus lágrimas acudían en tropel. Una de ellas desbordó de un ojo que ella limpió con rapidez con el dorso de la mano.

—Le echo tanto de menos.

Fue todo lo que pudo decir, después sucumbió a la congoja y se embutió en un silencio que no servía ni para hacer compañía. Tuvo que pasar más de un minuto hasta que él decidió romperlo.

—Sé que nada de lo que haga o diga va a solucionar lo que pasó, y no hay excusas que lo justifiquen, pero… he pensado… que quería darte esto.

De su mochila sacó algo envuelto en una bolsa de plástico amarillo. Ante sus ojos apareció un objeto ovalado como la quilla de un barco. Parecía una bandeja o algo similar, de un palmo de largo.

—Es de madera noble —explicó él—, no de corcho, como mi cerebro.

Marta seguía sin reaccionar.

—Era de mi abuela —continuó Cristian—. Formaba parte de un juego de vasos de cristal fino. Una herencia de familia que guardaba como oro en paño. A mí… —suspiró— me encantaba jugar con ellos a los trenes o haciendo construcciones, torres…

Marta levantó una ceja sospechando el futuro de aquellas piezas o quizás cansada de escuchar una historia que no le interesaba lo más mínimo en ese momento.

—Te voy a abreviar el drama —dijo expirando con frustración—, me los cargue todos, pese a que mi abuela me lo advirtió mil veces. —Soltó otro suspiro—. Creo que nunca la vi más triste.

Levantó brevemente la vista para ver su reacción, pero ella seguía con la mirada cansada. Cerró los ojos y terminó de contar la historia.

—Esta bandeja —dijo volviendo a mostrarla— es lo último que queda de aquel juego de vasitos y de su recuerdo. No te lo doy como una ofrenda de perdón, sino como una herramienta para ayudarte con todo lo que te he hecho —explicó—. Odiar, también es sufrir. Por eso me gustaría que lo guardases hasta que quieras devolvérmelo. Aunque, también, puedes romperlo y saldar parte del daño que te he hecho.

Marta lo miró de nuevo y lo tomó entre sus manos, sosteniéndolo con curiosidad.

—Estoy cansada de llorar —dijo por fin ella—. No te odio, Cristian, me odio a mí. Por lo que provoqué, por lo que permití. —Se llevó una mano a la frente y se masajeó las sienes con dos dedos—. Fui yo la que entró a tu cuarto a darte mis bragas, yo te pedí que te quedaras conmigo. No me diste nada aquella noche que no quisiera recibir. —Se tapó la cara con una mano ahogando un sollozo—. Yo… solo quiero que vuelva y que me perdone para que volvamos a estar como antes. —Llanto largo—. Pero dudo que eso vaya a ocurrir. Así que lo único a lo que aspiro es pasar página y olvidarme de todo. —Le devolvió la bandeja—. Toma, puedes quedártela, ya te perdoné hace tiempo. Ahora solo hace falta que me perdone yo.

Cristian ahogó una mueca de fastidio. Esa bandeja solo era una manera de mantener un vínculo con ella para poder mantener el contacto.

—Me gustaría que te la quedaras de todas formas. No se me ocurre un mejor lugar donde pudiera estar. Además, no me apetece volver a casa de mi madre para dejarla donde estaba.

Marta dudó, pero terminó aceptando la pequeña bandeja.

—Supongo que podré encontrar un lugar idóneo haciendo que ocupe su antiguo uso.

Después, de nuevo el silencio y miradas a ninguna parte. Cristian se frotaba la nuca, turbado. Marta parecía afectada de verdad y eso le provocaba un regusto amargo. No estaba acostumbrado a sentir remordimientos por nadie y menos a causa de algo que tanto había deseado conseguir.

—¿Qué tal llevas las noches? —preguntó solo para romper el silencio.

Nuevo acceso de lágrimas en los ojos de ella que apartó la mirada, incapaz de sostener la de Cristian.

—En vela, la pena me consume —dijo antes de morderse los labios para contener un llanto—. Más de una vez he dormido frente a la tele, en el sofá, para no sentirme tan sola. Y por el día… la casa se me cae encima.

A Cristian se le cayeron los hombros, derrotado. Eso lo había provocado él.

—Lo siento —solo pudo decir.

Marta se secó la cara con un pañuelo y se sonó los mocos.

—A veces, creo que me voy a terminar volviendo loca —de nuevo se mordió los labios aguantando un sollozo—. Le echo de menos, Cristian. Le echo mucho de menos.

Se vio en la obligación de darle un abrazo, dejando que llorara en su hombro. Al cabo de un rato y algo de calor humano, ella se separó, limpiándose los ojos de nuevo con el pañuelo e intentando serenarse haciendo varias respiraciones profundas. Cristian volvió a quedarse sin nada que decir.

—Creo… que tengo que irme —dijo por fin él.

Decidió dar media vuelta y volverse por donde había venido. Antes de llegar a la portezuela que daba acceso a la acera, Marta lo llamó.

—Espera —caminó hacia él—, no te vayas. —Había sonado como una súplica—. No quiero seguir sola. Quédate unos días —pidió—, hasta que consiga salir a flote.

Cristian no dio muestras de sorpresa, pero por dentro suspiró de alivio. Había llegado a aquella casa dispuesto a implorar que lo acogiera. Resulta que ella misma le ahorraba el bochorno.

—No estaría bien que compartamos espacio después de lo que ha pasado entre los dos —se excusó—. Y mi padre podría volver. Vernos juntos le mataría.

Ese fue un golpe que ella acusó cerrando los ojos y bajando la cabeza. Cristian se arrepintió de decirlo nada más abrir la boca. No quería hacerle recular.

Ella miró la bandeja de nuevo y la apretó contra su pecho. Después, se quedó en silencio, rumiando por dentro. Tras un largo rato, levantó la vista hacia él.

—Tu padre no vendrá antes de que acabe el verano —concluyó—. Si es que viene. Para entonces tú ya habrás comenzado la universidad.

Cristian se quedó callado, disfrutando de una sensación de alivio como nunca había experimentado. Lo del padre de Cris estaba bien como última opción, pero sabía que no lo iba a pasar nada bien allí metido. Cerró los ojos y exhaló un suspiro.

Regaló a su madrastra una sonrisa de sincera gratitud. Había deseado a toda costa, encontrar un perdón que no merecía. A partir de ahora (se dijo) ella sería como su verdadera madre y juró que iba a comportarse como nunca debía de haber dejado de hacerlo.

«Te prometo que voy a cuidar de ti».

Marta volvía a acariciar la bandeja.

—Y, si quieres… —Ofreció al muchacho una sonrisa triste— puedes invitar a tus amigos a merendar. Podréis bañaros en la piscina. Me vendrá bien volver a oír risas de nuevo.

—Claro, no te pienso dejar sola para que te comas el coco ni un segundo.

La cara de ella mostró, por primera vez, un amago de sonrisa.

—Venga, lleva tu mochila arriba, al cuarto del camarote. Enseguida te subo sábanas para que hagas la cama.

—Ah, sí. Ya recuerdo que la mía la van a ocupar tu prima y su novio pureta.

A Marta se le borró el conato de sonrisa de cuajo.

—Sí, ese —escupió.

Un detalle que no pasó desapercibido para un Cristian experto en reacciones faciales de asco.

—Uy, ¿Y esa cara? Si decías que era muy majo.

—Sí, decía —bufó—. Hasta que me enteré de que es otro crápula que solo busca aprovecharse de mi prima pequeña. Un cretino. —Comenzó a caminar hacia la casa—. Si es que esa tontaina no sabe elegir los novios, joder.

Para Cristian, la aversión de Marta, fue suficiente razón para odiar a muerte a ese “crápula” que perturbaba la paz de su mentora.

Comenzaban las vacaciones y un hálito de esperanza se abría frente a ellos. Ya habían tocado fondo y, a partir de ahora, todo iría a mejor.


Fin capítulo XXIV
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nicoadicto

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Trastos rotos​


El sonido de un whatsapp le sacó de su sueño y la luz de la ventana cegó sus ojos nada más abrirlos, lo que le obligó a desperezarse. Reconoció enseguida los objetos de su cuarto y sonrió feliz. La noche había ido de maravilla con Marta, aunque había preferido no quedarse a dormir con ella. Ayer, el alcohol la había desinhibido por completo. Hoy, ya con la mente despejada, no sabía cómo se lo iba a tomar.

Pensó que lo mejor era que ella dispusiera de los primeros momentos de la mañana en soledad y, así, poder pensar con calma y evitar una reacción precipitada.

Quizás ella volvería a tratarlo con indiferencia, presa de la frustración. Incluso también era posible que decidiera hacer como que no había pasado nada, eludiendo una situación tan comprometida como bochornosa.

Se frotó las sienes con ambas manos.

«La de burradas que dijimos ayer. Joder, cómo se me fue la pinza».

Después: sonrió.

Se había. Follado. A Marta.

Y lo había hecho en el mejor polvo de su vida. Lástima que después de correrse no le quedaran fuerzas para hacérselo a cuatro patas. Le hubiera gustado embestirla como una perra haciendo pendular sus tetazas mientras le sujetaba de las caderas.

Pero, después de una cena con copas algo movidita, ambos acabaron extenuados tras el polvo. Así que se había desplomado a su lado nada más correrse, respirando como quien intenta acabar con todo el oxígeno de la habitación mientras ella se daba media vuelta, rendida. No hizo falta que le hiciera la cucharita para que cogiera el sueño porque se durmió casi al momento. Cierto era que el sopor del alcohol que aún circulaba por sus venas, ayudó bastante.

Un nuevo whatsapp sonó en su móvil.

Estiró el brazo hacia la mesilla, pero no llegó a él. Cerró los ojos y lanzó un suspiro. Estaba muy cansado para molestarse en alcanzarlo, así que desistió. Y cuando la modorra volvía a hacerse dueño de él, un grito desgarrador se escuchó al otro lado de la pared.

Era Marta.

Al parecer había elegido la tercera opción: montar un pollo de tres pares de huevos. Algo normal en ella ahora que su mente no estaba embotada por el alcohol. Y lo que ayer fue un placentero suceso, ahora, a la luz de la resaca, era una mierda de proporciones nachovidalianas.

La primera reacción fue la de taparse con las mantas y hacerse el dormido.

«Buf, qué pereza aguantar una bronca ahora», se dijo.

Pero se lo pensó mejor y decidió prepararse para recibirla. Puso un pie en el suelo, quedando sentado en la cama y esperó que entrara hecha un basilisco. Llenó los pulmones de aire y expiró lentamente. Iba a aceptar lo que viniera, a fin de cuentas, él había sido el que la había cagado insistiendo sin parar hasta conseguir que follaran.

Ahora que lo pensaba, la había cagado pero bien. Marta era LA NOVIA DE SU PADRE.

«Joder, mi padre. Me he tirado a su novia… ¡Y le he hecho un cornudo… como mi madre!»

Se masajeó las sienes de nuevo. Tal vez él también había bebido más de lo que pensaba porque, de pronto, la idea de haber follado con ella no le parecía tan buena y un regusto amargo, que no supo definir, comenzó a molestarle por todo el cuerpo.

Otro whatsapp entró a su teléfono y chasqueó la lengua, ya era el tercero de la mañana. Ni Cristina era tan pesada. Cuando vio en la pantalla principal el nombre de su madre le dio bajón. No le apetecía ni media chatear con ella. En los últimos años juntos, se había mostrado tremendamente dependiente de él y acabó agobiado por tanto acoso. Ir a vivir con su padre había sido una liberación.

La puerta se abrió de golpe.

Marta entró con la expresión descompuesta y los ojos enrojecidos. Llevaba el mismo salto de cama de ayer, señal de que no le había dado tiempo a ducharse y vestirse en condiciones. Su cara, como temía, estaba desencajada, pero no de ira, sino de auténtico pavor.

—LO SABE —gritó—. ¡TU PADRE LO SABE!

Estaba llorando y, en ese momento, se tapaba la boca con una mano, conteniendo el llanto mientras las lágrimas desbordaban sus ojos. Con la otra, ofrecía su móvil en alto para que lo leyera. Cristian, que no entendía nada, lo tomó de su mano.

Mario_

He estado reflexionando durante todo este tiempo fuera y he llegado a la conclusión de que debemos separarnos. Lo nuestro no tiene futuro. Recoge tus cosas antes de que acabe la semana, por favor.

—Me deja —gimió— y me echa de casa. —Comenzó a llorar—. Es por lo de ayer, seguro.

Cristian releyó varias veces el texto sin entender nada. No podía ser que ese mensaje fuera a causa de lo de anoche, estaba a kilómetros de allí y era imposible que supiera nada. Ese cambio tan radical con la mujer que adoraba, no tenía sentido.

Su mano vibró con la entrada de un nuevo whatsapp. Al levantarlo constató que, de nuevo, era de su madre y un mal presentimiento le recorrió la espina dorsal. De un toque se abrió la conversación con ella.

Mónica_

He hablado con tu padre. Que ilusion que vuelvas a casa. He preparado tu habitacion para que la tengas lista cuando llegues.

Mónica_

Vas a venir hoy? voy a cocinar tu plato preferido o si prefieres podemos ir a un burger como te gusta.

Mónica_

O quieres ir al cine? hace mucho que no vamos al cine. De pequeño te encantaba.

Mónica_

Entonces vienes hoy? voy a mirar que pelis hay en cartelera y decides cual vemos

—Pero qué coño dice de…

Pulsó para salir, retrocediendo donde estaban el resto de conversaciones. Descubrió, con horror, un mensaje de su padre justo debajo del chat de su madre. Lo había enviado a las 4.00 de la mañana

Lo abrió con el corazón en un puño.

Mario_

Tu madre te echa de menos y ya es hora de que vuelvas con ella. Recoge tus cosas antes de que acabe la semana. Puedes dejar la llave en el buzon, no la vas a necesitar mas.

—No-me-jo-das.

Cruzó la mirada con Marta con la mandíbula desencajada, provocando que ella constatara sus peores temores y negara con la cabeza, incrédula, rogando porque no fuera cierto. Fue entonces cuando Cristian descubrió algo en la balda que había junto al marco de la puerta.

Era un objeto pequeño de metacrilato. Embebido en el material transparente había un ancla dorada, como si fuera el recuerdo de un barco. Lo tomó en su mano, atónito.

Las pulsaciones empezaron a subir y tuvo que cerrar los ojos un momento hasta poder asimilar lo que significaba. Era lo que le pidió en bromas a su padre el día que se fue. Cerró el puño con fuerza hasta hacerse daño. Segundos más tarde, levantó la vista hasta cruzarla con la de ella.

—Ha estado aquí —dijo mostrando el objeto—, anoche.

Marta lanzó un grito de desesperación y se tapó la cara con ambas manos, clavándose las uñas con fuerza. Su novio la había visto fornicar con su propio hijo mientras decían auténticas barbaridades sobre él.

El llanto era desconsolado, había apoyado la espalda en la pared y se había dejado caer hasta quedar sentada en el suelo.

—Joder, joder —se decía entre llanto y llanto.

Cristian, todavía en estado de conmoción, caminó por el pasillo hasta la puerta principal. Le extrañó que no estuviera cerrada con doble llave. Al abrirla vio algo en el suelo del descansillo y lo tomó en sus manos.

Era una rosa.

O lo fue, porque de ella solo quedaba el tallo y la decoración a base de anchas hierbas lechosas y un minimalista envoltorio plastificado. Los pétalos, ahora esparcidos por el suelo, habían sido arrancados a base de golpes contra la pared.

Cuando Marta vio la estampa que ofrecía su hijastro bajo el quicio con la flor mutilada en la mano, volvió a lanzar otro aullido de pena mientras se levantaba para hacerse con ella.

Cristian entró en casa, toqueteó su teléfono y se lo llevó a la oreja.

—Comunicando —dijo al cabo de unos segundos de espera—. Me ha bloqueado.

Marta, que se encontraba acunando la rosa contra su pecho hecha un mar de lágrimas, cogió el suyo y tecleó con la rapidez de unos dedos nerviosos y una vista borrosa. Tuvo que limpiarse varias veces las lágrimas para que le dejaran marcar el contacto correcto. Cerró los ojos y esperó.

Cristian vio cómo se arrugaba su cara al comprobar que ella también estaba vetada para el que era el amor de su vida. Culpable de una traición sin límites.

La vio alejarse hacia su cuarto y hacerse un ovillo sobre la cama, volviendo a enterrar su vergüenza entre las rodillas que abrazaba como único consuelo. El llanto era desgarrador y hasta Cristian sintió que esta vez había ido demasiado lejos, provocando mucho daño, un daño cruel con unas consecuencias atroces.



— · —​



Marta permaneció todo el día encerrada en su dormitorio, metida en la cama sin querer salir. Las veces que Cristian había intentado entablar conversación con ella, había respondido con silencio. Tampoco es que tuviera mucho qué decir y sus disculpas ya no servían de nada. En ningún caso iban a conseguir que su padre la perdonara.

Tampoco él había salido ileso, algo en su interior se había roto. Había estado ciego y no se había dado cuenta hasta ahora. No solo había traicionado la confianza de su padre, también había traicionado la de su novia. Pobre Cristina, la había utilizado a sus espaldas para sus propios e infectos fines. Había revelado cosas muy íntimas que solo pertenecían a ella y había traficado con uno de sus vídeos sexuales.

La llamó para quedar. Necesitaba verla aunque no fuera lo más ético después de haberle sido infiel esa misma noche con la mujer a la que ella misma le conminó a sacar de fiesta para que se despejase y, de paso, que le perdonase (por algo similar a lo que acababa de ocurrir).

«Estoy enamorado y mataría por ella, que es lo que vale», se dijo.

Cristina siempre le ayudaba a sentirse bien. Con ella todo era fácil y, lo mejor, era que congeniaban perfectamente. Era su media naranja. Tenía que hablar con ella. No sabía lo que iba a decir pero quería verla cuanto antes. La necesitaba. Era lo mejor que le había pasado en su vida y no quería perderlo.

Sin pensarlo más, cogió las llaves del piso y salió a la calle.

Caminó con paso ligero hasta su casa. Cuando llegó a su bloque fue a pulsar el botón del portero automático pero se contuvo, sintió miedo de que contestara su padre. En su lugar, envió un mensaje por el móvil.

Cristian_

Estoy en el portal. Bajas??

Esperó con la pantalla encendida hasta que llegara a su destino y lo leyera. Un tick, dos ticks. Esperó los dos ticks azules.

No llegaron.

La pantalla se apagó y él se quedó mirando el aparato un rato más. Ella siempre contestaba sus whatsapps con rapidez y comenzó a sospechar algo que no se atrevía a creer.

«¿Y si mi padre le ha contado que…?»

Pero no podía ser, no tenía su número ni sabía dónde vivía. Además, no había dado tiempo a que hubiera contactado con ella. Se pasó la mano por la frente y decidió que la llamaría, así que pulsó en el enlace y se llevó el móvil a la oreja.

Justo había sonado el tercer tono cuando se activó el portero, emitiendo el característico zumbido que permitía abrir la puerta de un empujón.

—¿Cris? —preguntó dirigiéndose al micrófono de la pared.

No hubo respuesta, nadie habló al otro lado. Era muy raro todo, pero aun así, tiró de la puerta decidido a verse con ella subiendo los escalones de dos en dos. Siempre le había parecido una manera más rápida de llegar que el ascensor.

Llegó al descansillo de su piso casi sin resuello y se apoyó en el marco unos segundos para recuperarse. No hizo falta que pulsara el timbre, la puerta se abrió inmediatamente.

Y Tomás apareció tras ella.

—Eh… venía a ver a… —dijo dubitativo.

—Pasa. —Fue su única respuesta antes de desaparecer en el interior.

Cristian blasfemó por dentro, de nuevo se cruzaba con aquel oso cavernario. Y lo peor era que necesitaba entrar, quería ver a su novia a toda costa.

La mala noticia fue que dentro no había ni rastro de ella, pero como ya había pasado al salón no tuvo más remedio que sentarse con él y aguantar la chapa.

—¿Quieres un té?

—No, gracias, lo estoy dejando.

La mirada de Tomás dejó claro que, o no había entendido la broma o, si lo había hecho, no le había gustado.

—Ya —contestó.

Estaban sentados cada uno enfrente del otro, separados por la mesita de centro. Tomás, con los codos apoyados en las rodillas, había cruzado los dedos en un ademán que indicaba que iba a comenzar a decir algo.

No lo hizo.

Fue Cristian, que estaba tan impaciente como nervioso, el que rompió el incómodo silencio.

—Y Cris… ¿no está por ahí?

—Mi pequeña. —Su vozarrón sonó retadora.

Pero eso fue todo lo que dijo y Cristian se quedó con la misma cara de frustración y con el mismo silencio que hacía tan difícil estar al lado de aquel hombre. Terminó por utilizar el viejo truco de mirar el reloj como si se hiciera tarde.

—Uy, creo que me tengo que ir —dijo levantando el culo del sofá—. Hoy tengo que…

—El otro día… —Dejó la frase en el aire, obligando a Cristian a frenar en seco. Después se quedó mirándolo, esperando hasta que éste volvió a posar su trasero. —. Ya viste que tengo un problema.

Cristian ahogó un lamento y se maldijo por dentro. Eran ese tipo de situaciones en las que no sabía a qué demonios quería referirse. Si la tenía pequeña, era eyaculador precoz o era maricón. La gente debería ser más explícita para ese tipo de cosas.

—Sí, bueno, no sé. No vi nada raro.

Tomás levantó una ceja, circunspecto. Si su presumible yerno trataba de ser amable, no había servido de nada.

—Tere no lo está pasando bien últimamente —explicó—. Lleva unos años muy triste. —Cruzó los dedos entre sí y apoyó la barbilla en ellos con los codos en las rodillas—. Mi intención… lo que pretendía aquel día… —Cerró los ojos con fuerza y se masajeó las sienes en un intento por expresar algo que le estaba resultando imposible sacar—. Solo quería que tú le procurases un leve respiro, que le hicieses olvidar todo por lo que ha pasado. Creía que… si le dabas el placer que hace años que no tiene…

Para Cristian estaba resultando un auténtico galimatías. En realidad solo había entendido cuatro palabras: “Teresa. Tú. Dar placer”. Dio un lento asentimiento con la barbilla.

Tomás escondió la cabeza entre las manos, entrelazando los dedos en los cabellos.

—Quería que lo hiciéramos juntos. O sea, ella y yo… los tres, pero ella y yo juntos. Nunca quise que ella, bueno que yo… —La frase quedó en el aire.

—¿Ser un cornudo?

En contra de lo que cabría esperar, Tomás ni se inmutó por el comentario. Apenas un leve gesto de cabeza, que aún escondía entre sus enormes zarpas.

—¿Lo sería? ¿Si me complaciese que mi mujer disfrutara de algo que yo no puedo proporcionarle, pero que yo mismo le ofrezco?

Cristian contuvo el aire unos segundos.

—En absoluto —mintió.

Cuando Tomás levantó la vista, la cruzó con él y se quedó estático, como si estuviera leyendo dentro de su alma.

—¿Lo dices porque albergas la esperanza de acostarte con ella?

—Lo digo porque… —Se arrepintió por haberle tomado por tonto—. Sería lo más generoso que ha hecho nadie por alguien a quien quiere.

La explicación le salió bien. Tomás volvió a su autocomplacencia, escondiendo su cara entre sus manos.

—Se enfadó mucho conmigo. No entiende que solo quiero que sea feliz a cualquier precio.

—A mí me pasa lo mismo con Cris —dijo con pies de plomo, intentando buscar un punto de empatía—. Daría mi vida por no perderla nunca.

—Pues lo demuestras de una forma muy rara, chico.

Lo miró con cara de no entender.

—Esos vídeos que le mandas… tan perturbadores… —continuó Tomás.

La cara de Cristian se puso blanca.

—¿Vídeos?

—Te he visto masturbándote mientras olías las bragas de una vieja.

Su boca se abrió como un buzón. «¿Pero qué pasa en esa puta casa? ¿Todo el mundo le cuenta a Tomás todas mis mierdas?»

—Yo… yo… eso no es lo que parece.

—Es justo lo que parece. Eres un enfermo sexual que roba unas bragas a una anciana senil a la que dejas hablando sola mientras te la meneas en su cuarto de baño. —Su vozarrón ocupaba toda la estancia—. Y lo peor de todo es que a mi nena le gusta.

—Pero… usted… usted… ¿Cómo sabe eso?

Tomás señaló un móvil que había sobre la mesita de centro.

—Suelo comprobar que mi niña no ande metida en temas turbios.

—¿U…usted mira el móvil de Cris?

—Claro, es una cría y yo soy su tutor. Su bienestar es mi responsabilidad.

—¿Y ella sabe que fisga en sus cosas personales?

—Pues claro que lo sabe. Tenemos un acuerdo de confianza —contestó seguro de sí mismo.

A Cristian no le llegaba la saliva al cuello.

—Relájate, muchacho —tranquilizo Tomás cuando lo vio sudar—, ella borra los chats que no quiere que vea. No te apures si a ella también le has dicho esas cochinadas que le dijiste a mi Tere.

Se pasó la mano por la frente, rezando por que las hubiera eliminado todas.

—¿Y dónde está ahora?

—Ha ido con su madre de compras. —Hizo un mohín—. Tere sigue enfadada conmigo, así que aprovecha para estar con Cris antes de que vuelva con su padre. —Hizo una pausa—. Biológico —puntualizó.

—¿Se vuelve a Sales de Kabio?

—¿No te lo dijo? Yo mismo la llevaré dentro de unos días.

Cristian se quedó pensativo. Seguramente ella querría esperar hasta el último momento para decírselo. Tomás, que no había dejado de observarlo, se acercó ligeramente a él.

—Dime una cosa, muchacho. Esa vieja… —endureció la mirada— ¿también fantaseas con follártela tres veces, hasta hacerle gritar como una perra y preñarla?


fin capítulo XXIII

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Genial. Cada vez mejor. Ansiedad x conocer como sigue la zaga!!!
 
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