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ASeneka

Virgen
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Oct 26, 2025
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Huevos hinchados​



Llegó a casa tarde y lo hizo feliz, aunque se cuidó de exteriorizarlo. La pena que le estaba dando a Marta le estaba dando buen resultado. Entró en el salón justo cuando ella llegaba de la terraza, móvil en mano, por la puerta corredera a la que daba acceso. Había estado hablando con alguien durante mucho rato y, por su rictus, parecía algo alterada.

—¿Sabes dónde podría hacer un molde de mi polla?

Lo soltó de sopetón, sin paños fríos ni explicaciones. Marta puso unos ojos como platos.

—¿Yo?, no, ¿Por qué? ¿Por qué me preguntas eso a mí? ¿Yo qué voy a saber? —Se había puesto tremendamente nerviosa, con el móvil pegado a su pecho—. ¿A qué viene esa pregunta, a ver?

—Oye, tranquilita, ¿eh? Sor Virtudes, que tampoco es para tanto. Solo es un molde de un pene. No voy a ser el primero que se la hace.

—¿Tú, un molde, para qué?

—Para Cristi, como regalo. Es que como ya no puedo llegar porque me desinflo en el último momento, pues…

La cara de Marta pareció rejuvenecer cien años.

—Ah, era por eso. —Se dejó recostar en el sofá contiguo, más tranquila—. Pues, no sé, no conozco ningún sitio, pero quizás, a lo mejor, puede que en un sex shop que hay en la calle Arriola puedan decirte algo. Igual hacen allí, pero no sé. Es posible que hasta lo tengan listo en uno o dos días. Y no creo que cueste mucho, algo más que uno comprado por internet, pero no tengo ni idea. Prueba a ver.

—Calle Arriola. Gracias, me paso y pregunto, «tía rara».

—De nada —se puso a toquetear la pantalla—. Diles que es para un regalo. Se dan más prisa cuando es para ese tipo de cosas. Y pregunta si te lo pueden meter en un estuche para que no se sepa lo que hay dentro.

—Un estuche —repitió sin comprender del todo—. Vale, me lo apunto.



— · —​



A la tarde salió de casa sin apenas haber tocado un libro. Sentía una necesidad imperiosa de ver a su novia con la que no estaba desde el fin de semana pasado.

«Ya tengo ganas de follarte otra vez hasta el final, joder».

No fue ella quien abrió la puerta al llegar a su piso. Tampoco fue su madre la que salió a recibirle.

Tomás ocupaba todo el espacio bajo el quicio, mirándolo de arriba abajo, con una mano apoyada en el marco como si estuviera sosteniendo toda la casa. Su sola presencia le hizo tragar saliva.

—Si no está Cris puedo esperarla en la calle —dijo nervioso a un Tomás que lo observaba desde las alturas sin responder a su pregunta.

El hombretón, sin abrir la boca, se apartó dejando espacio para que entrara. Cristian entendió la invitación, pero dudó más de lo necesario haciendo que la situación se volviera más tensa.

—Por favor —indicó Tomás con un ademán.

Estaba solo en casa y lamentó tener que esperar con él a que llegara su novia a rescatarlo. No sabía de qué podrían hablar. Ese hombre le acojonaba solo con oírlo toser y no le hacía maldita gracia estar a solas en su compañía, pero tampoco tenía otra opción sin parecer descortés.

Le siguió hasta la cocina donde tomó asiento en el mismo sitio que había ocupado Teresa cuando le abrasó la entrepierna. Tomás puso un té frente a él y se sirvió otro para sí mismo.

—Es Rooibos —aclaró—. El mismo que tomaste con Tere el otro día.

—Ah, qué bien. No tiene teína y está lleno de antioxidantes.

Tomás le miró durante unos largos segundos como si hubiera dicho una tontería. Cristian tragó saliva, sintiéndose estúpido. Al final, su suegro terminó concediendo de forma parca.

—Ya.

Sopló su taza humeante preguntándose por qué no le ofrecerían nunca un cola-cao en lugar de esa porquería de viejas. Le costó eternos segundos terminar de remover la bolsita en el agua. Estaba tan nervioso que, cuando se lo llevó a la boca, no se atrevió a quejarse pese al quemazón que sintió en su lengua y esófago.

—¿Qué tal va todo con Cris?

—Bien, bien, eeeh… todo bien. Es la mujer de mi vida. La quiero más que a nada en el mundo.

De nuevo el silencio y, de nuevo, la mirada fija de Tomás que le obligó a bajar la vista a su taza donde se entretuvo diluyendo su infusión.

—Ya.

Removía la bolsita con tranquilidad, demasiada quizás. Cristian, mientras tanto, intentaba pensar en algún tema de conversación para romper el hielo, pero, presa de los nervios, no se le ocurría nada.

—El otro día, con Tere… —dijo su suegro por fin.

—No pasó nada, te lo juro. Se me cayó el té por encima y me abrasé. Por eso me bajé el pantalón. La ropa me quemaba. Luego, la situación, es que… estaba nervioso y, entonces… —carraspeó y tosió acogotado—. Lo que viste no fue nada, te lo juro. No sé por qué pasó, ni me di cuenta de lo que tenía. Estaba tan preocupado por el quemazón que…

Tomás, con la palabra en la boca, lo dejó explicarse, manteniendo su semblante impávido y la cucharilla inmóvil, como si su interrupción lo hubiera puesto en pausa.

Cristian, que no podía dejar de mirar atento su semblante de acecho, se fue apagando poco a poco hasta diluir su verborrea en un susurro. Cuando Tomás terminó de oírlo balbucear, no reaccionó, ni dio muestras de entender sus excusas, simplemente se mantuvo mirándolo, imperturbable.

—Te he interrumpido, perdona —se excusó el muchacho.

—Decía —continuó cuando el silencio se hizo insoportable— que el otro día, con Tere —hizo una pausa medida acusando una nueva interrupción—, estuvisteis hablando de mí.

—¿Eh?, ah, eso, sí… bueno, no. A ver, o sea, le pregunté por ti. Ya sabes, en plan “¿qué tal?” o “¿Cómo os va?”, y me dijo que eras muy bueno con ella, y con todos, en general, y que eras buena persona, dijo que te quería mucho y Cris también, ella también te quiere mucho y… bueno y eso.

Tomás, con la misma parsimonia, se llevó la taza a su boca y sopló el vaho que se esfumó en el aire formando una voluta rectilínea. Después, con cuidado, posó sus labios sobre la loza y dio un pequeño sorbo para no quemarse.

—¿Y tú, quieres a Cristina?

—Más que a mi vida. Es la luz de mis sueños —contestó con rapidez mecánica.

Tomás dio un nuevo sorbo que degustó con calma.

—¿Te consideras buen novio para ella?

—Sí, sí. Te aseguro que sí. Mucho, muchísimo.

Nuevo mutismo del hombretón que pensaba cada pregunta con eterna determinación.

—¿Por qué?

—Pues porque, porque…

Su suegro cruzó los dedos sobre la mesa y esperó paciente su respuesta. De pronto, Cristian se dio cuenta de que no tenía ni repajolera idea de por qué iba a ser él un buen novio. Y decir que la follaba bien no iba a ser la mejor de las respuestas en aquel interrogatorio.

Los segundos pasaban y Tomás continuaba esperando a un Cristian que no dejaba de sudar.

—Ep… a ver…

—¿Porque sueles estar atento a sus deseos? ¿Porque la complaces en lo que te pide?

—Sí, sí, sí. Eso es. En todo.

Tomás entrecerró los ojos, como si no le creyese lo más mínimo.

—Es verdad. Somos el uno para el otro. Ambos nos conocemos como la palma de la mano —añadió ufano—. Yo siempre sé lo que ella quiere.

Se anotó un punto. Había respondido bien. Cristina y él eran como dos piezas de un puzle. Tomás levantó una ceja, incrédulo.

—Conoces bien a las mujeres, supongo.

—Bueno, tampoco quiero fardar, pero… sí, un poco. —Sonrisa nerviosa.

—Entiendo.

—No soy un Casanova, que conste —corrigió rápidamente—, pero la experiencia me hace perfecto para Cris. Sé cómo hacerla feliz en todo.

Asintió sentando cátedra. La charla no estaba yendo nada mal. Quizás terminaran haciéndose colegas después de todo.

—¿Y lo haces? —quiso corroborar su suegro—. ¿Complacerla en todo?

Matizó la última palabra haciendo un globo con una mano, intentando abarcar imaginariamente todo el espacio. Cristian se revolvió en su asiento. No estaba seguro de haber interpretado bien su pregunta. ¿Se refería al plano sexual?

—Emmm, bueno, a ver, somos novios… nosotros… nos queremos mucho, pero en plan bien y eso. —Tragó saliva—. Porque somos novios.

Tomás seguía mirándole con sus ojos de halcón.

—Y hacéis cosas de novios. —Tomás esperó a que su yerno asintiera antes de continuar hablando—. Porque ya tenéis una edad. Y ella es una chica bonita, con necesidades… como tú.

Se confirmaba que su suegro estaba hablando de sexo. «Cuidado, Cristian, pies de plomo», se dijo. Él ya debía saber que tenía relaciones sexuales con su pequeña.

—Sí, bueno, en ese terreno… ambos nos estamos conociendo. Sin prisas, poco a poco.

—¿Y eso qué quiere decir? —espetó bronco.

—Pues, pues…

—¿Que no tienes experiencia? ¿Que no sabes de nada de mujeres y estas aprendiendo con ella?

—S…sí, señor, sí que tengo. Mucha. Cris no es la primera chica con la que he estado. Antes que ella ha habido muchas otras. Bueno, muchas no, pero alguna mucho mayor que yo. Lo que quiero decir… —tragó saliva— lo que digo… es que con Cris soy más… —buscó la frase exacta—. Gentil. Sí, esa es la palabra, gentil. Y paciente.

—Ya.

Tomás volvía a poner su semblante más oscuro. Ese hombre le daba tanto miedo que, a estas alturas, no tenía idea de lo que estaba hablando.

—Tienes experiencia porque has estado con muchas mujeres.

—Eh…

—Porque te gustan —susurró—. Y no puedes evitar desear estar con ellas.

—B…bueno, como a todos, ¿no?

—Y tú les gustas a ellas, claro.

Nuevo silencio y nueva afirmación que no sabía cómo encajar.

—Eso… eso no lo voy a negar. Pero yo…

—Y te encanta —cortó—. Exhibirte. Que te admiren. Sentir los ojos de las mujeres en ti. Su turbación.

—Señor…

—Como el otro día en esta misma cocina.

—¿Qué?

—Con mi mujer.

Cara desencajada y la mandíbula abierta. Las palabras se le atragantaron en la garganta y un escalofrío recorrió su columna desde la nuca hasta los pies.

—¿Te gusta mi mujer?

—¿¡Qué!? Nooo, no, para nada, ni hablar. Ni un poquito. Lo juro. Aquello que viste fue… una reacción involuntaria. —Tragó saliva—. Estaba nervioso, era una situación vergonzosa y yo… bueno, yo estaba desnudo y mi cuerpo… soy muy joven, con hormonas, por eso, a veces, sin que yo lo quiera…

No sabía qué excusas dar ni cómo explicar lo evidente. Tampoco sabía ni él mismo de lo que estaba hablando. Las palabras se le fueron apagando hasta quedar de nuevo en silencio esperando una reacción, a ser posible, no muy violenta.

Pero tampoco esta vez exteriorizó ninguna emoción. Solo su mirada penetrante atravesándolo como un láser mientras lo escuchaba, taciturno. El tiempo pasaba y Cristian ya estaba sudando. Se dio cuenta de que, sentado donde estaba, no tenía escapatoria. Tomás bloqueaba el único lugar por donde tendría que pasar si necesitaba salir corriendo para que no lo matara.

—¿Es cierto eso de que la quieres preñar?

La boca de Cristian se abrió como un buzón de correos. ¡Teresa se lo había contado! Contra todo pronóstico y, a costa de destapar su oscuro secreto voyeur, se lo había confesado a su marido.

«¡La muy zorra!».

Un mareo, que llegaba desde la nuca, comenzó a nublar su vista. El aire apenas llegaba a sus pulmones que comenzaban a bombear a pistón a la vez que un sudor frío empezaba a empapar su cuerpo bajo la camiseta.

—Yo… no…

—Le dijiste que la querías follar. —Su vozarrón sonaba sereno, pero no por ello daba menos miedo—. Que querías correrte en su coño y en sus tetas. —Acercó su cara a él—. Dijiste que le harías gritar como una perra —y añadió— tres veces antes de embarazarla.

—Joder, Tomás, yo… no era dueño de mí. —Si no estuviera sentado se desplomaría en el suelo—. Estábamos… Cristina y yo estábamos… y yo… y yo… —Se pasó la mano por la frente—. Justo en ese momento me estaba… estaba…

—Llenando de semen a mi pequeña. Lo sé —completó en un tono monótono—. Pero no hablo de ese día, sino de la última vez que hablaste con Tere. Ahí no te estabas corriendo, y sí eras dueño de ti.

—¿Qué?

—Se lo repetiste de nuevo en ese salón —dijo señalando el cuarto contiguo con el pulgar—, te insinuaste con total descaro. Le propusiste enseñarle tu polla otra vez. —Achinó los ojos—. Para que te la tocara. Y que te pajeara.

Se había echado hacia adelante apoyando ambas palmas sobre la mesa, sujetando todo el peso de su tronco sobre ellas, como si fuera a saltar sobre él para aplastarlo con sus garras.

Cristian cerró los ojos y se pasó la lengua por los labios. El sudor ya empapaba su cara y su espalda. Se pasó una mano por la frente y se mesó el pelo hacia atrás.

—Venga, Tomás, solo soy un niñato que no dice más que tonterías, acostumbrado a hablar sin filtro y sin medir las consecuencias. Estaba de coña con ella. Solo bromeaba. No tengas en cuenta que a veces pueda ser un gilipollas que solo piensa con el culo. —Tragó saliva—. Por favor.

Éste pareció relajarse parcialmente volviendo a recostarse sobre el respaldo de la silla. Después, cruzó los dedos de ambas manos encima de la mesa, mirándolo cavilante. Asintiendo a lo que había oído de sus labios. De nuevo se tomó su tiempo antes de hablar.

—Te lo voy a repetir de nuevo —dijo modulando la voz—. ¿Te gusta mi mujer?

Cristian, totalmente acojonado, asintió levemente con la cabeza, reconociendo el delito por obligación.

—¿Piensas en ella cuando te masturbas?

Nuevo asentimiento, arrepentido, que tardó en mostrar.

—¿Y cuando estás con Cristina?

Esta vez cerró los ojos y se mordió los labios, temeroso de la hostia que le pudiera llover antes de conceder otro asentimiento de cabeza, totalmente descorazonado.

—¿Serías capaz de follarte a Teresa, aunque sea mucho mayor que tú, y aunque sea la madre de tu novia a la que dices que quieres tanto y que conoces tan bien?

Esta vez sí se atrevió a abrir la boca, viéndose en la necesidad de razonar su respuesta.

—A ver, Tomás, vale que yo sea un niñato que acaba de destetarse hace cuatro días, pero tengo ojos en la cara. Y Teresa, aunque pudiera ser mi madre, no deja de ser una mujer atractiva.

Levantó la vista con miedo a que la hostia le viniera desde arriba.

—Tiene un cuerpo maduro, pero bien conservado, con curvas, muchas. Puede que ya no sea la misma que hace veinte o treinta años, pero joder, no me dirás que no es guapa hasta para un niñato de mi edad —reivindicó.

—¿Y lo de dejarla embarazada?

—Eso… eso… es una fantasía pajeril… un fetiche recurrente de mentes enfermas como la mía que solo busca aumentar la excitación.

—¿Tener un hijo con la mujer de otro te excita? ¿Con alguien que podría ser tu madre? ¿A tu edad?

—A ver, no; eso no, es… más bien… —tragó saliva—. Joder, Tomás, no sé por qué lo dije. Estaba con Cristina, en el momento cumbre, el subidón de cuando estás en éxtasis y no se te ocurren más que chorradas sin sentido, me estaba corriendo y no me llegaba la sangre al cerebro. —Se armó de valor—. Pero en el salón le dije a Teresa que no era verdad, que no quería tener un hijo con ella, que solo fue por el calentón. Pregúntaselo.

—Pero sí querías hacer que se corriera tres veces —hizo una pausa—, contigo.

Cristian solo pudo agachar la cabeza dando por afirmado lo que su suegro decía.

De pronto, un ruido proveniente del pasillo indicó que la puerta principal se había abierto y cerrado de golpe. Un instante después, Cristina apareció bajo el quicio de la puerta de la cocina.

—Vaya, si están aquí mis dos chicos preferidos.

Se acercó a Tomás por detrás y rodeó su cuello con los brazos antes de besar su mejilla.

—Hola, oso. Espero que no estés maltratando a mi novio. Me tiene que durar unos meses antes de que te lo comas.

Tomás se dejó querer, sintiendo el calor de su mejilla cuando ella posó la cabeza contra la suya. No dijo nada ni cambió su gesto adusto. Sin embargo, el semblante de su cara ya no parecía el de esa montaña a punto de desplomarse como un volcán.

Incluso su cuerpo ahora era más parecido al de un oso de peluche. Un peluche enorme y mullido diseñado para dar abrazos.

—¿Y tú qué? —preguntó a Cristian sentándose en su regazo— ¿de palique con el “suegri”?

—S…sí, bueno, ya sabes, tomando un té mientras esperábamos. —Le costó sonreír—. Es Rooibos.

Le dio un pico en los labios y frotó su nariz con la de él.

—Vaya, es el que le gusta a mi madre. Cuántas cosas tenéis en común —sonrió—. Me cambio y nos vamos, ¿vale? No tardo nada.

Tomás los miraba acaramelarse con la vista clavada en él. Acercó la taza de su té humeante a los labios que quedaron ocultos cuando sorbió de ella. Casi podía leer su pensamiento imaginando que besaba a su mujer en lugar de Cristina.



— · —​



Llegó a casa algo tocado. La tarde había sido rara de narices y necesitaba tiempo para pensar en todo lo qué había pasado en casa de Tomás. Entró en su cuarto y vio los apuntes acumulados en una pila. «Me pego un tiro», pensó. La universidad no estaba resultando como pensaba. Cada día traía una tonelada de cosas para estudiar que se acumulaba con el resto de toneladas de cosas sin estudiar.

Intentó ponerse al día pero a los pocos minutos acabó desistiendo y mirando porno en el ordenador. Sin darse cuenta, llegó la noche. Dos toques sonaron en su puerta y ésta se abrió ligeramente para asomar la cabeza de Marta.

—Nene, me voy a la cama.

Una clara invitación para que la siguiera.

—Voy enseguida, en cuanto acabe con esto —dijo señalando con la barbilla las hojas de apuntes que tenía delante.

Cuando la puerta se cerró, sacó las bragas que escondía bajo la mesa.

«Casi me pilla».

Terminó la paja en completo silencio, con cuidado de no mancharlas. Era la tercera vez que se corría en lo que iba de tarde. «Cabrona de Herminia. Qué buena estaba la jodía. Y qué zorra era la muy puta». Sus tetas y su coño se habían quedado grabados a fuego.

Se desvistió y fue tras ella. Lo esperaba con la luz de la mesilla encendida y un libro entre las manos. Lo cerró nada más verlo y apagó la lamparita en cuanto se metió bajo las mantas. No tardó en hacer la cucharita por detrás.

«Menos mal que me acabo de pajear, si no, ya se la habría clavado por el culo».

La abrazó con delicadeza, adormecido por el sopor de las pajas que llevaba esa tarde. Apenas puso la cabeza en la almohada, su cuerpo se destensó y comenzó a caminar en aras de Morfeo. Ni tan siquiera intentó encajar su polla contra ella.

—Mmmmm, hoy te veo más relajado —dijo ella somnolienta, apretando su mano como si fuera un peluche.

—Estoy un poco de bajón —mintió—. Cris y yo… bueno, cosas de pareja.

Marta chasqueó la lengua sintiendo su dolor, pero no quiso insistir y ambos acabaron dormidos en poco tiempo.

A la mañana siguiente la empalmada mañanera apareció puntual, como de costumbre y, como en los viejos tiempos, las ganas de pajearse le estaban torturando. Todavía faltaba mucho para que sonara el despertador y no se podía aguantar. Si estuviera en su habitación, se la menearía con las bragas de Marta y se correría en ellas, después, seguiría durmiendo un poco más, hasta que sonara el despertador.

Las fotos de Herminia, tanto de joven como de auténtica MILF, caldeaban su mente calenturienta más de lo habitual. Por no hablar de la foto donde su amante permanecía escondido a ojos de su marido, pero delante de todos.

Se deslizó como un ninja para no despertarla y se salió de la cama. Después, con pasos sigilosos, se metió en el cuarto de baño de la habitación y cerró la puerta con la lentitud de un camaleón.

La paja no duró mucho antes de que se corriera abundantemente por el váter. Pulsó el botón pequeño de la cisterna rezando para que no se oyera desde el dormitorio y salió con el mismo sigilo. Se metió entre las mantas y se pegó a ella por detrás con cuidado de no tocarla.

—¿Dónde has ido? —preguntó somnolienta.

«Mierda puta. ¿Tiene un radar o qué?»

—He ido al baño —susurró—. Intentaba hacerme una paja.

Marta se desperezó y se giró hacia él.

—Ay, pobre, ¿sigues igual? —dijo apenada—. Que sepas que tu problema es más frecuente de lo que crees y casi siempre tiene que ver con un bloqueo mental. Espera que pasen los exámenes y ya verás cómo todo vuelve a su sitio por sí solo.

—Ya, pero mientras tanto, Cris y yo…

—¿Estáis mal?

—No, pero, joder, cuando estamos juntos… follando… ya no puedo acabar con ella, y me cabrea. Me frustro y acabo hecho polvo. Y me jode por Cris, que conste. La tía es muy buena conmigo y comprensiva, pero eso lo hace todavía peor, porque me siento más culpable y me como más el tarro. Y como premio tengo todos los días los huevos hinchados con un dolor de tres pares.

—Ay, pobre. No sabía que estabas tan mal. —Apoyó la cabeza en su hombro y la mano en el pecho dándole su apoyo moral.

Estuvieron así un rato hasta que ella decidió echarle un capote.

—¿Quieres intentarlo otra vez delante de mí, a ver si tienes más suerte?

Cristian hizo esfuerzos para no sonreír de oreja a oreja. Se lo estaba tragando todo. Pensó en sus compañeros de clase, los gafapastas cutres y su insulsa vida sexual, triste y anodina o, simplemente, inexistente.

«Panda de perdedores».

—Y te miro mientras lo haces. A ver si te inspiras.

—¿De verdad? ¿Y te puedo insultar como la otra vez?

—Claro, me puedes decir todas las burradas que quieras. —Señaló las mantas con la mirada, instándolo a destaparse—. Venga, dale, que te dejo.

—Uff, no sabes el morbo que me da. Si no me corro ahora, no lo hago nunca.

Cuando se quitó el calzoncillo, su pene apareció medio laxo, por la paja que acababa de hacer.

—Joder, ¿ves? si es que ya, ni empalmarme puedo. Antes amanecía como una estaca.

Besó su mejilla, comprensiva y le instó a que no se preocupara por eso. Cristian no tardó en hacer que el ritmo de la paja se volviera frenético bajo su atenta mirada.

—Así, así, ya va —comunicó alegre—. Uffff, cómo me gusta que me la mires, joder. Está así por ti, por lo buena que estás. Oooooh, ooooh, que estás buenísima y dan ganas de follarte ese coño que tienes de puta. Porque eres una puta y una zorra. Uffff, ooooh, sí, zorra, zorra.

Marta escuchaba con una sonrisa, a punto de perder la compostura y soltar una carcajada mientras acariciaba su hombro y su brazo con la yema de los dedos. De vez en cuando mesaba su pelo y lo besaba en la mejilla. A Cristian le ponía a cien.

—Calientapollas, eso es lo que eres, que me calientas la polla solo con mirarme con esa cara de perra que tienes. De perra salida con ganas de follarse a todo lo que se mueve, puta, más que puta. Ooooh, ooooh, sííííí, síííí, Martaaa.

Y ella sonreía más, viéndolo fuera de sí. Sin entrar en su juego, pero permitiéndoselo.

—Te voy a follar, joder. Y te voy a dar por el culo, zorra lamecoños.



— · —​



Quince minutos después… No se había corrido.

Lo hubiera podido hacer, pero prefirió fingir y, así, dar una vuelta de tuerca a una idea que se le acababa de ocurrir. Jugándose a una carta algo que, hasta ahora, le estaba dando buen resultado.

—No puedo, no puedo. ¡JODER!

Se llevó las manos a la cara en un cabreo fingido consigo mismo. Marta inmediatamente trató de apaciguarlo.

—Ey, venga, tranquilo, no pasa nada.

—Es que… es que… otra vez más, y ni contigo delante. Si es que me voy a terminar volviendo loco.

—No digas eso, nene.

—Bufffff, y los huevos ahora sí que me duelen de verdad. Jod-der, todo este tiempo empalmado me los ha llenado a tope. Mmmm, Diosssss.

—Tranquilo, relájate. Respira hondo.

Se quedaron mirando a los ojos el uno al otro, contemplándose, consolándose mutuamente. Él, con cara de gatito herido; ella, con toda la ternura que podía reunir. Peinando su pelo en pasadas largas mientras él, las pasadas largas se las daba a su polla, desde la base a la punta. Despacio, constante.

La cara de pena la había ensayado, más de una vez, en el espejo junto con conversaciones inventadas que siempre trataban de lo mismo y acababan de igual forma. Contó hasta diez y soltó lo que llevaba un buen rato cavilando.

—Oye, ¿Y si me la haces tú?

La bomba, la carga de profundidad que había previsto colocar en el momento justo. Ella contrajo el gesto y, por acto reflejo, separó la mano de su cabeza y apartó el cuerpo ligeramente.

—Uy, nene, eso sí que no.

—Vengaaa, tíaaa, enróllate.

—He dicho que no, Cristian. Para ese tipo de cosas ya tienes a Cris.

—Pero es que ella no está. Se ha ido una semana con su padre, al pueblo de la playa. No vuelve hasta el domingo. Si ya era jodido cuando estaba ella, imagínate ahora que me ha dejado solo.

Ese dato le pilló desprevenida y pareció dudar, con la pena impresa en la cara. Cristian esperó, poniendo morritos de lástima, a que terminara apiadándose. Socavando la moral de su madrastra que sentía como propio el dolor del adolescente.

El tiempo pasaba y Marta estaba cada vez más indecisa. Cristian apoyó una mano en la suya.

—Venga, solo es una paja.

Marta, sumida en la incertidumbre, la apretó entre las suyas, acariciando su dorso. Cerró los ojos y movió la cabeza.

—Que no, que no, Cristian. Que esto es lo más lejos que podemos ir, y ya es demasiado. Y que conste que lo he hecho solo por tu problema de anorgasmia.

—Pues por eso mismo. Si no va a ser infidelidad. Es un tema médico. Esto es… como si una madre le curara una herida a su hijo en una zona delicada. Un rasponazo en los huevos, por ejemplo. Tú lo harías, ¿no?

—Esto no es una herida, Cristian.

—Es peor —atajó—. Mucho peor. Es la puta hostia de las heridas. ¡Que me van a reventar las pelotas, tía! —Soltó un bufido—. Si al menos Cris estuviera en casa…

Marta movía la cabeza apesadumbrada.

—Deberías relajarte y dejar de obsesionarte con este tema. Si dejaras de pensar en ello todo el tiempo…

—Venga ya, no me sueltes las típicas chorradas que has leído en internet sobre el estrés y toda la mierda esa. Tengo los huevos hinchados y a este paso voy a desarrollar una testiculitis. Solo te estoy pidiendo un favor, uno pequeño que a ti no te cuesta nada y a mí me salva la vida.

Marta se quedó con la boca a medio abrir, sin saber momentáneamente qué decir, Cristian siguió atacando.

—Somos amigos, lo estamos pasando superbién y nos llevamos mejor que nunca. ¿No podrías hacer esa pequeña concesión por mí? Soy como… —se quedó pensando— la típica vecina anciana que no puede valerse sola y que tú, con un pequeño gesto, puedes ayudar en algo muy importante.

Marta agachó la cabeza, apesadumbrada, y la movió a un lado y a otro. Después, la levantó hacia el techo con los ojos cerrados. Se sopló el flequillo y arqueó las cejas.

—No puedo, de verdad, no puedo.

Cristian apartó la mirada y asintió desconsolado.

—Vale, de acuerdo, como quieras. Gracias de todas formas.

Se levantó y se fue del cuarto. Lo hizo serio, sin aparentar estar enfadado, pero dando exactamente esa impresión. Antes de salir, Marta le llamó.

—Espera. —Se incorporó quedando sentada sobre sus talones, sobre la cama —. Espera, por favor. No te vayas así.

—No pasa nada. No lo quieres hacer y ya está. Lo soportaré como pueda.

—No es eso, nene, pero es que…

Cristian se quedó esperando con el semblante serio y el ceño fruncido. Por detrás, cruzaba los dedos.

—Está tu padre, y tú eres un crío, además de su hijo. No estaría bien.

—No soy un crío, Marta. Pregúntaselo a Cris o a las otras chicas con las que he salido. Pero es igual, mi novia vuelve del pueblo de su padre dentro de cinco días. Me aguantaré hasta entonces.

Esos cinco días habían calado en la mente de Marta. Una tortura a la que iba a estar sometido por su culpa por no ayudarlo. Volvió a resoplar sobre su flequillo, pensando.

—Joder, nene, me pones en una situación…

Cristian aguardo, pomo en mano. Uno, dos, tres segundos… siete, ocho…

—Venga va. Vuelve a la cama. —Dio un hondo suspiro—. Te la hago.

Casi se le escapa un aullido. Hizo esfuerzos titánicos para no sonreír más de la cuenta, intentando contemporizar su satisfacción por la ayuda prestada.

—Joder, gracias. Un millón de gracias. No sabes lo que esto significa para mí. No lo va a saber nadie más que tú y yo, lo juro. No te imaginas lo que es estar todo el tiempo con dolor de huevos —dijo retomando la posición junto a ella—. Ni sentarme puedo. Y cualquier presión en esta zona hace que vea las estrellas.

Marta lo observaba, todavía dudando. La estampa era digna de retrato. Cristian se había quitado hasta la camiseta, quedando completamente desnudo y, durante unos momentos, ella no supo cuál iba a ser su siguiente paso.

—Pero me prometes que tendrás las manos quietas. Solo te toco yo.

—Super-te-lo-juro. Tienes mi palabra.

Se recostó junto a él, a su izquierda. Colocando su brazo derecho por debajo de su cuello y pegando su cuerpo. Pasó una pierna por encima de la suya, que abría como una rana, para exponerse todo lo posible.

Lo admiró de arriba abajo. Era un muchacho realmente guapo y bien formado. Su vientre plano y trabajado realzaba todavía más su esbeltez. Peinó su pelo y acarició su cara antes de bajar la mano hasta su torso que contempló embelesada.

Acarició sus músculos y masajeó los pectorales para calentarlo y facilitar la paja. Después deslizó la mano por el vientre hasta llegar a su pubis que apenas rozó con la punta de los dedos. De repente, se había quedado bloqueada, replanteándose lo que estaba a punto de hacer.

Cristian, con el aliento contenido, la miraba a ella y miraba su mano inmóvil. Su polla dio un pequeño salto por la excitación que ella notó a tenor de su mirada de susto. Al final, tras unos interminables segundos de duda, las yemas avanzaron sobre su mullido pubis, notando a través de la dermis, el cosquilleo de su contacto.

Los dedos llegaron hasta la base de su miembro y, de nuevo, volvieron a quedar petrificados. Cristian volvió a coger aire, presa de la excitación, llenando más aun sus pulmones que estaban a punto de reventar. Labios apretados y ojos como platos que no perdían contacto del avance de su mano y el rictus que ella estaba formando.

Por fin, lentamente, las yemas empezaron a rodear su falo, con miedo, tanteando el terreno. Un ahogado suspiro alivió parte del aire que contenía su pecho. Y éste se hizo todavía mayor cuando la palma al completo asió su mástil.

Un pequeño masaje en la base terminó por hacer que sus pulmones se vaciaran con un largo y profundo suspiro.

—Hummmmm, joder qué pasada.

Ella movió la cabeza a un lado y a otro, todavía sin poder creerse lo que estaba haciendo. Sin embargo, una vez empezado el avance, no lo detuvo y terminó deslizando la mano por todo el miembro hasta la punta.

—Al tacto es más grande de lo que aparenta. Cristina debe estar realmente contenta —dijo incrédula.

Cristian se mordía los labios intentando aguantar la excitación que estaba a punto de hacerle desmayar. Incluso con la paja recién hecha, dudaba de si aguantaría mucho rato antes de explotar. Su brazo izquierdo pasaba por debajo de la axila de ella, lo que le permitía tomarla de la cintura.

—Diossss, cuánto he deseado esto… mami.

—Que quede claro que no se va a volver a repetir jamás. Si lo hago, es porque me da cosa que estés así hasta que llegue Cris. Pero, de hoy en adelante, te apañas con mis bragas como hasta ahora. —Cerró los ojos y negó con la cabeza como si aún no se lo creyera. Después, agarró sus pelotas, sosteniéndolas con la mano con extremo cuidado. Apenas cabían en ella—. Y no me llames mami, es… raro.

Apretó ligeramente la cadera contra él para tomar mejor posición y volvió a admirarlo en toda su longitud. Afligida por esa pequeña disfunción en un cuerpo tan perfecto.

—Con lo guapo que eres —dijo para sí misma.

—Tú sí que eres guapa, y menudas tetazas que tienes. —Puso la mirada en su busto—. ¿Me las vas a dejar ver?

—Ni hablar —dijo regalándole una sonrisa burlona; rebajando la tensión y bajando la guardia, por fin.

—¿Ni un poquito?

Por toda respuesta, Marta empezó a masajear la polla en una lenta cadencia que hizo que a Cristian se le pusieran los ojos en blanco. Por instinto, abrió más las piernas y juntó los talones formando un rombo. Su muslo se apretó más contra la entrepierna de Marta. Ella acercó la cara hasta que la punta de su nariz tocó la de él. La movió de un lado a otro rozándola ligeramente.

—Ni tan siquiera un poquito —repitió.

La mano no tardó en subir y bajar con profesional dedicación. El tiempo apremiaba y se veía que quería acabar cuanto antes. No se encontraba cómoda pajeando al hijo de su pareja, y menos en su propia cama.

Sin embargo, mientras ella se afanaba en propiciar un masaje lo más placentero posible que acercara su final, Cristian hacía lo posible por alargarlo, haciendo su mente divagar en temas lo más alejados de aquel cuarto.

Poco a poco, a medida que pasaban los segundos, aquella situación se fue normalizando hasta conseguir que se estableciera cierta paz silenciosa donde cada uno estaba pendiente de lo suyo. Cristian no se atrevía a abrir la boca por si algo que dijera pudiera espantarla. Marta, por su parte, ponía toda su atención en aquella masturbación donde su brazo, tenso en toda su longitud, imprimía su esfuerzo con la mayor maestría posible.

Con el bamboleo, no se percató de que el tirante izquierdo de su camiseta se había desplazado ligeramente de su hombro.

Eso no pasó desapercibido para Cristian que había comenzado a acariciar su espalda. Lo hacía por debajo de su camiseta, ascendiendo hasta llegar a su nuca que masajeó con suavidad utilizando la punta de sus yemas. Ella lo agradecía con deleite cerrando los ojos con cada pase. Cada vez que lo hacía, empujaba sutilmente el tirante, haciendo que se acercara más y más al borde del hombro.

La teta derecha estaba aprisionada contra el cuerpo de él; la izquierda, sin embargo, quedaba libre, bamboleándose al compás de la paja bajo la tela que la tapaba, por lo que si el tirante cayera, quizás y solo quizás su pezón quedaría a la vista. La sola idea bastó para a que a él le sobreviniera un bramido de placer.

—Ouuummmm, qué bien lo haces, jod-ddderrrrr.

—Ssssss —siseó Marta—, relájate.

Él apretó los labios y, sin poder contenerse, empujó el tirante con la punta de los dedos hasta el borde del hombro. La tira cayó, descolgándose hasta reposar en la corva del codo y el inicio de la areola asomó fugazmente.

—¡Ey!, las manos quietas.

—¿Pero cómo voy a estarme quieto con este par de tetas que tienes?

Ella soltó un bufido, claramente enfadada y detuvo la paja. Con ademán brusco, se recolocó el tirante, ocultando el efímero borde rosado de la vista del salido adolescente.

—Cristian, me está costando horrores hacer lo que estoy haciendo —dijo señalándolo con el dedo—. Y si lo hago es para devolverte el favor por lo bien que te has portado conmigo, pero si vas a seguir así, mejor lo dejamos. Bastante mal me siento ya.

—Perdona, joder, es que… estoy a cien y… pierdo el control. Lo he hecho sin pensar.

—Pues a la próxima, paro. —El tono seco y bronco no dejaba lugar a dudas.

—Vale, vale, sí —replicó como un buen chico—. Te lo prometo. Venga, continúa. No pares, porfa.

Ella dudó, moviendo el mentón a uno y otro lado. Cristian suspiró de alivio cuando, por fin, la vio rodear su polla con los dedos, volviendo a retomar la paja. Esta vez, dejó la mano quieta sobre la espalda.

Lo malo del incidente era que había enfriado el ambiente y, ahora, los dos permanecían callados, sin otro sonido que no fuera el chop-chop característico de la paja.

Marta clavaba la vista en su mástil, concentrada en su tarea, mientras que Cristian la clavaba en ella, intentando disimular su descaro. Admirando aquel monumento de mujer que le estaba llevando al mismísimo cielo. Sintiendo el calor que emanaba su piel. Tan cerca y tan lejos.

—¿Me dejas que te insulte como antes, porfa? —dijo con todo el cuidado posible, como si no la quisiera asustar—. Pero en plan bien, entre tú y yo, ¿eh?

Marta salió de su abstracción, relajándose de nuevo y volviendo a sonreír por la petición del adolescente. Verlo desbarrar provocaba en ella cierta sensación de complicidad con el hijo de su pareja.

—Mejor hazlo en plan mal. Ya que te dejo, aprovecha que me tienes delante. —Le guiñó un ojo, traviesa.

Cualquier cosa con tal de que se corriese cuanto antes. Cristian sonrió como una hiena y pensó que, de no ser por la edad, le gustaría que fuera ella su novia. Sin duda, su padre tenía una suerte bárbara.

La repasó con la mirada, esta vez con todo el descaro mientras se pasaba la lengua por los labios resecos.

—Ufff, qué zorra eres; y qué buena estás. Puta, más que puta.

La sonrisa de Marta se amplió hasta rozar la carcajada. Cristian movía la cadera arriba y abajo en involuntaria cadencia. Marta aceleró un poco más.

—Hummm, sí, eres una puta, y de las mejores, por eso haces las pajas tan bien.

Y ella volvía a sonreír divertida. Durante unos segundos se quedaron mirando a los ojos. De nuevo el silencio y, de nuevo, con la tensión oprimiendo el aire. Marta pudo sentir entonces que la estaba follando con la mirada y, de alguna forma, se sintió desnuda.

—Qué zorra eres. Tienes el pezón más duro que mi polla.

Ella dio un respingo y se lo miró por acto reflejo.

—Es por la arruga de la camiseta —dijo sin entrar al trapo—, hace que lo parezca.

Sin embargo no pudo evitar recomponerse la prenda, ahuecándola para que no rozara el pezón. Después, apartó la mirada para no ver a Cristian sonreír.

Él, envalentonado, acarició su costado desde la cintura hasta la axila, lo que provocó un pequeño espasmo.

—Te veo venir.

—No, no me ves venir. Solo te acaricio la espalda. —Cerró los ojos y levantó la barbilla—. Mmmff, joder, sigue así, puta. Que eres una puta. Ooooh, ooooh. Una puta y una chupadora de pollas —dijo como si no pasara nada.

Sus dedos se deslizaron, como si tal cosa, de nuevo hasta el tirante.

—Recuerda el trato. Si vuelves a tocarme, paro y se acabó. —El tono seco y bronco no dejaba lugar a dudas. No había dejado de meneársela, pero había bajado el ritmo de la paja.

Obedeció y retrocedió un poco, colocando la mano bajo el omóplato.

—Pero sigues teniendo el pezón más duro que mi polla —susurró—, zorra.

—No seas fantasma.

Intentaba mantener el tono desenfadado, pero ya no sonreía y se había puesto tensa, con la paja aún ralentizada. Segundos después, Cristian volvió a bajar la mano. Solo entonces, ella se relajó, continuando el frenesí del sube y baja. El sudor ya perlaba su frente y su canalillo. También había empezado a respirar por la boca de manera agitada y se pasaba continuamente la lengua por los labios con la vista siempre en su miembro, húmedo y erecto.

—¿De verdad que no te molesta que te insulte? —preguntaba Cristian totalmente empapado en sudor—. ¿En serio, no te agobia un poco que te diga que eres una zorra y una lamecoños?

Se obligó a sonreír y negó con un guiño, cualquier cosa que acelerara su final le parecía perfecto.

—Gracias, tía, no sabes cómo te lo agradezco. Con el morbazo que me da, hoy me corro fijo —jadeó—. Y con esas manos tan suaves que tienes.

—Claro que sí —animó volviendo a regalarle su sonrisa—, y ya verás cómo pronto todo vuelve a la normalidad.

«Espero que no», pensó él. Iba todo demasiado bien como para querer retroceder a una insulsa normalidad como la que tenían semanas atrás. La novia de su padre era la mujer más morbosa y deseable que había conocido nunca. Y lo mejor de todo era que ella no lo sabía.

—¿Está bien así o más rápido? —dijo ella sacándole de su ensoñación.

—¡Eh? Sí, así está bien, ufff, pero que muy bien.

—Si me dices cómo te las hace Cristina, te la puedo hacer igual. Si quieres.

No tardó en mostrar una sonrisa roedora.

—Ella me come la boca mientras me pajea.

Marta levantó una ceja, sorprendida por la rapidez del chaval que metía baza a la menor oportunidad, pero no se enfadó. Al contrario, pareció pensárselo, mordiéndose el labio inferior mientras cavilaba durante unos segundos tras los cuales y, en dos tiempos, acercó la boca hacia la de él. Cristian, pletórico y aún sin terminar de creérselo, contuvo el aliento y se preparó para recibir el calor de su lengua.

Su cara se acercaba a cámara lenta y él levantó la barbilla para facilitar el morreo. Sin embargo, antes de que llegara el contacto, ella desvió sus labios hasta pegarlos a su oreja.

—No me refería a eso, so listo, pero buen intento —dijo con tono exageradamente sensual—. Aunque puedes fantasear con ello si eso ayuda a que te corras antes.

Cristian sonrió. No podía desear a aquella mujer con más fuerza. Ella volvió a su posición, mirándolo retadora.

En poco tiempo el silencio volvió a hacerse notar, solo roto por el sonido de la masturbación. Las miradas habían vuelto a apartarse. Ella, en el falo de él, la de Cristian, en todo lo que había por debajo de la barbilla de ella. Un lamento en forma de suspiro hizo notar que comenzaba a padecer el cansancio en su brazo.

—Cuando Cris quiere que me corra rápido me pone las tetas en la cara —tentó.

Nueva sonrisa burlona acompañada de unos ojos en blanco y una negación de cabeza.

—Eso tampoco, pero si quieres me puedes llamar como ella y te sigo el rollo.

Se lo pensó seriamente, evaluando cómo sacar partido, pero, en última instancia, declinó el ofrecimiento.

—Eso te gustaría, ¿eh? Para que puedas fantasear que follas conmigo como si fueras Cris. Si ya lo sabía yo, eres una calentorra, como todas. La de pajas que te harás pensando en mí. Por eso tienes los pezones así de duros —dijo señalando con la mirada.

La carcajada de Marta se oyó hasta en el salón. Cristian era un provocador nato y un manipulador, pero esta vez ella no reaccionó a su bravata ni cayó en la trampa de mirar si la prenda abultaba. Al contrario, pareció sopesar ese duelo de acusaciones incendiarias.

—Va a ser por eso —concedió condescendiente—. Y porque me tienes loquita sabiendo que fantaseas conmigo. —Había acercado la cara a la suya y bajado la voz, intentando encontrar complicidad con un tono húmedo—. Imaginándote sobre mí, entre mis piernas, gimiendo de placer.

El aliento caliente que golpeaba el oído de Cristian hizo subir su temperatura un millón de grados. O quizás había sido por la imagen obscena que acababa de formar en su mente; o puede que, a lo mejor, sus palabras húmedas y sensuales fluyendo hasta su boca donde podía paladear el sabor que emanaba su respiración.

Sea como fuere, el inicio del orgasmo llamó a las puertas, empezando por la base de su columna vertebral desde donde comenzaban a llegar los primeros calambres de preaviso.

—Ooooh, ooooh, oooooooh, joder, joder, pero qué puta eres.

Marta lo vio retorcerse, esperando que alcanzara el éxtasis en cualquier momento. Lo que no sabía era que, lo que Cristian hacía, eran esfuerzos sobrehumanos para evitarlo y, así, alargar la paja lo máximo posible.

—¿Te gustaría —atacó ella aun más—, abrazado a mí, mientras acabas dentro?

Los ojos en blanco y los músculos de su cuerpo, tensos como cuerdas de violín, dejaban claro que la explosión final era cuestión de segundos. Cristian cabeceaba y arqueaba el cuerpo, elevando la cadera y, con ello, la mano de Marta que, presa de los calambres, hacía todo lo posible por no soltarlo y no arruinar la paja en el último momento.

De hecho, la cara de sufrimiento por el esfuerzo de su brazo había dado una pequeña tregua de alivio al ver acercarse el final del túnel. Por fin se acababa la paja y con ello el mal rato. No se sentía nada cómoda, pero había sido una de esas situaciones en las que te das cuenta de que no había sido una buena decisión cuando ya no puedes dar marcha atrás.

Sonrió y se sopló el flequillo. «Ya está hecho», pensó.

Pero todo se torció cuando notó la mano de él agarrar una de sus nalgas por debajo del pantaloncito de dormir y de la braga.

El problema no era el atrevimiento en sí, sino que sus dedos, demasiado largos, habían penetrado demasiado entre ambos glúteos, quedando su dedo corazón cerca de su ano.

Extremadamente cerca.

—¡Cristian, joder!

—Sigue, sigue. No pares, joder. No pares que ya llega, ya llega.

Dudó unos instantes, pero continuó con el frenético sube y baja. No podía interrumpirlo justo ahora. Estaba a punto, lo iba a conseguir, Cristian tenía los ojos en blanco y los primeros espasmos eran evidentes a través de su cadera. Apretó las nalgas con fuerza a la vez que aceleraba la masturbación en un sprint final. Cristian apretó aun más su mano.

—Cristian —gemía ella—, Cristian, joder.

Pero el adolescente no oía, cabeceaba a un lado y a otro de la almohada mientras su mano respondía a su cerrojazo imprimiendo más fuerza en su sobeteo.

—Nene —llamaba ella—, nene, esa mano —protestaba—. Joder, que me estás…

—No pares, no pares que ya está. Ya está aquí, mmmfff —rogaba a la vez que amasaba su culo incrustando sus dedos un poco más—. Me voy a correr, me voy a correr, ooooh, ooooh.

La mano apretaba la nalga y la magreaba antes de soltarla en una cadencia repetitiva, cogiendo y soltando en un obsceno sobeteo. Amasando sin cesar en un acto impúdico que ponía a Marta al borde de los nervios.

Ella no podía parar, no después de todo el esfuerzo para arruinarlo en el último momento. La cadera de él subía y bajaba con más cadencia, ofreciendo la última resistencia a un orgasmo inminente; su brazo, al borde del agarrotamiento, subía y bajaba con las últimas fuerzas de la desesperación, intentando no soltarlo.

Sus glúteos, apretados entre sí, intentaban evitar una profanación que no cesaba, con unos dedos de Cristian cada vez más cerca de su ano que ya había empezado a contraer por acto reflejo.

—Nene… Cristian… —Cerraba los ojos y se mordía los labios con fuerza, intentando la máxima concentración en todos y cada uno de los frentes abiertos—. Por favor.

Y no eran pocos los problemas que se iban acumulando. El tirante volvía a querer descolgarse, lo que obligó a que sobre imprimiera un mayor esfuerzo intentando cambiar la posición de sus hombros. El brazo le ardía y la muñeca hacía rato que estaba agarrotada. Además, había intentado deslizar el cuerpo hacia abajo para zafarse de su manaza, pero él la tenía bien cogida y lo único que consiguió fue incrustar su coño contra el muslo de él que lo recibió como agua de mayo.

—Cristian… Diosss, nene…

Su ano se contraía y retraía sin cesar, sintiendo el sutil roce de su yema que, milímetro a milímetro, estaba consiguiendo llegar a lo más sagrado.

—Joder, ¡joder!

Ambos peleaban entre sí en una velada batalla de intenciones encontradas. Ambos sudorosos y con los ojos fuertemente cerrados en obstinada concentración, luchando por motivos muy diferentes. Los de ella, por doblegarlo antes de que obrara la desgracia; la de él, por conseguirlo antes de que lo venciera. No había podido ver sus tetas ni hacer que lo besara, pero ese premio era mucho mejor.

—No, no, no… —susurraba ella sintiendo que todo se torcía en plena línea de meta.

Su ano ya no era dueño de sí, contrayéndose y retrayéndose involuntariamente al compás de los calambres que su ahijado provocaba en esa zona. La invasión anal era inminente y la suerte estaba echada. Cristian se iba a correr y lo iba a hacer mientras le follaba el culo digitalmente si nada lo impedía.

El adolescente, empapado en sudor, resistía como podía. Su polla, dura como una estaca, babeaba tanto líquido seminal que había empapando el tronco por completo, haciendo que la mano de ella resbalara con el mayor de los placeres. El calor de su coño en su muslo, el tacto de su nalga turgente y sobre todo, la enorme paja que estaba recibiendo, terminó por hacerlo colapsar.

Y la explosión se hizo.

El primer chorro de semen, caliente y viscoso, barbotó como una bocanada de lava, hacia arriba primero y, desparramándose por su mano, después. El segundo siguió el mismo camino al igual que el tercero y siguientes que ya no pudieron parar. Los jadeos contenidos se convirtieron en gritos roncos de placer.

—Ooooh, ooooh, ummm, Diossssssss, sí, sííííííí, uooooggh…

Su garganta daba rienda suelta a sus berridos mientras su cuerpo temblaba entre espasmos de quién cruza un largo nirvana. Marta mantenía la cadencia de su muñeca a un ritmo acelerado con la urgencia de quien quiere acabar cuanto antes.

Aún tardaría interminables segundos en dejar de gemir y temblar.

Cuando por fin lo hizo, Marta pudo parar a su vez, con los párpados cerrados con firmeza y el brazo atrofiado por el esfuerzo, respiraba a bocanadas intentando recuperar el resuello. Cuando abrió los ojos, movió la cabeza a un lado y a otro como si no pudiera creer el estropicio.

Su mano, aún asida a su miembro semierecto, estaba embadurnada de semen que llegaba en chorros hasta su vientre.

Cristian, agotado por el éxtasis, yacía inerte con el único movimiento de su pecho subiendo y bajando. Solo su mano izquierda se mantenía en tensión, aferrada a su nalga y con su ano ultrajado por la yema de su dedo corazón. Apenas la punta; un par de milímetros suficientes para conseguir la afrenta.

Marta aún aguantó unos segundos más antes de soltar su pene y deshacerse, de una vez, del obsceno abrazo de su ahijado de un manotazo. Con aplomo, se movió hacia atrás y se bajó de la cama. Su cara no era la de alguien satisfecho.

—Joder, ha sido una pasada —intentó conciliar él—. Gracias. Me has hecho un favor de la hostia.

Marta, sin mirarlo, se recolocó las bragas y el pantaloncito de dormir por detrás con la mano libre mientras mantenía la otra en alto, intentando que no goteara en su camino hacia el baño.

Desapareció tras la puerta a través de la cual no se oyó nada en el siguiente rato, como si solo utilizara el cuarto como escondite.

Cristian se pasó los dedos entre los cabellos hasta la nuca y se miró de arriba abajo, con su polla, ya en retirada, embadurnada de líquido al igual que su pecho y vientre.

—Joder —musito—. Joder. —Movía la cabeza como si no se lo pudiera creer.

Dentro del baño pasaban los segundos y seguía sin oírse nada. Intentó captar algo que le indicara lo que estuviera haciendo durante tanto rato. Quizás y solo quizás, algo parecido a unos gemidos o puede que unos sollozos. Sopesó llamar a la puerta hasta que, por fin, oyó correr el agua de la ducha.

Ardía en deseos de verse de nuevo con ella para iniciar un acercamiento por lo que esperó en la cama, paciente, a que saliera. Aprovechó a limpiarse con unos pañuelos y se colocó el calzoncillo y la camiseta. El sonido del agua cesó y, de nuevo, el tiempo pareció congelarse, pero Marta no terminaba de salir.

Cuando lo hizo, se dirigió directamente a la salida, sin mirarlo ni mirar atrás.

—Con esto voy a estar tranquilo hasta que venga Cris sin problema —intentó un acercamiento—. Gracias a ti.

—Voy a preparar el desayuno —dijo cuando atravesaba el quicio—. Deberías ducharte en el baño del pasillo mientras tanto.

El tono fue tajante, adusto, casi enfadado, sin hacer caso a su afirmación y sin girarse hacia él. La puerta del cuarto se cerró al salir, dejándolo en la intimidad de su soledad.

Con lo bien que iba y todo se había torcido al final por su insistencia en follarle el culo. No debió tensar tanto la cuerda. Se le había escapado y sabía que no iba a tener otra oportunidad como ésta, aunque lo que había conseguido no era moco de pavo. Lo que había pasado entre los dos era la hostia. Le había hecho un pajote de campeonato.

«Marta. Me ha. Pelado. La polla».

Nunca ninguna exnovia, ni tan siquiera Cristina, que era la puta diosa del sexo, le había hecho disfrutar tanto, y eso después de haberse pajeado. Levantó la cabeza con la vista puesta en la pared del cabecero.

—Hoy sí que has disfrutado lo tuyo, ¿eh?, vieja verde.

Un par de segundos después, dos golpes resonaron al otro lado.


Fin capítulo XIV
 

rikitiki

Virgen
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Ummm que seguirá al final lo conseguira jjjj esperando continuación de los muchos frentes abiertos
 

nicoadicto

Estrella Porno
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Huevos hinchados​



Llegó a casa tarde y lo hizo feliz, aunque se cuidó de exteriorizarlo. La pena que le estaba dando a Marta le estaba dando buen resultado. Entró en el salón justo cuando ella llegaba de la terraza, móvil en mano, por la puerta corredera a la que daba acceso. Había estado hablando con alguien durante mucho rato y, por su rictus, parecía algo alterada.

—¿Sabes dónde podría hacer un molde de mi polla?

Lo soltó de sopetón, sin paños fríos ni explicaciones. Marta puso unos ojos como platos.

—¿Yo?, no, ¿Por qué? ¿Por qué me preguntas eso a mí? ¿Yo qué voy a saber? —Se había puesto tremendamente nerviosa, con el móvil pegado a su pecho—. ¿A qué viene esa pregunta, a ver?

—Oye, tranquilita, ¿eh? Sor Virtudes, que tampoco es para tanto. Solo es un molde de un pene. No voy a ser el primero que se la hace.

—¿Tú, un molde, para qué?

—Para Cristi, como regalo. Es que como ya no puedo llegar porque me desinflo en el último momento, pues…

La cara de Marta pareció rejuvenecer cien años.

—Ah, era por eso. —Se dejó recostar en el sofá contiguo, más tranquila—. Pues, no sé, no conozco ningún sitio, pero quizás, a lo mejor, puede que en un sex shop que hay en la calle Arriola puedan decirte algo. Igual hacen allí, pero no sé. Es posible que hasta lo tengan listo en uno o dos días. Y no creo que cueste mucho, algo más que uno comprado por internet, pero no tengo ni idea. Prueba a ver.

—Calle Arriola. Gracias, me paso y pregunto, «tía rara».

—De nada —se puso a toquetear la pantalla—. Diles que es para un regalo. Se dan más prisa cuando es para ese tipo de cosas. Y pregunta si te lo pueden meter en un estuche para que no se sepa lo que hay dentro.

—Un estuche —repitió sin comprender del todo—. Vale, me lo apunto.



— · —​



A la tarde salió de casa sin apenas haber tocado un libro. Sentía una necesidad imperiosa de ver a su novia con la que no estaba desde el fin de semana pasado.

«Ya tengo ganas de follarte otra vez hasta el final, joder».

No fue ella quien abrió la puerta al llegar a su piso. Tampoco fue su madre la que salió a recibirle.

Tomás ocupaba todo el espacio bajo el quicio, mirándolo de arriba abajo, con una mano apoyada en el marco como si estuviera sosteniendo toda la casa. Su sola presencia le hizo tragar saliva.

—Si no está Cris puedo esperarla en la calle —dijo nervioso a un Tomás que lo observaba desde las alturas sin responder a su pregunta.

El hombretón, sin abrir la boca, se apartó dejando espacio para que entrara. Cristian entendió la invitación, pero dudó más de lo necesario haciendo que la situación se volviera más tensa.

—Por favor —indicó Tomás con un ademán.

Estaba solo en casa y lamentó tener que esperar con él a que llegara su novia a rescatarlo. No sabía de qué podrían hablar. Ese hombre le acojonaba solo con oírlo toser y no le hacía maldita gracia estar a solas en su compañía, pero tampoco tenía otra opción sin parecer descortés.

Le siguió hasta la cocina donde tomó asiento en el mismo sitio que había ocupado Teresa cuando le abrasó la entrepierna. Tomás puso un té frente a él y se sirvió otro para sí mismo.

—Es Rooibos —aclaró—. El mismo que tomaste con Tere el otro día.

—Ah, qué bien. No tiene teína y está lleno de antioxidantes.

Tomás le miró durante unos largos segundos como si hubiera dicho una tontería. Cristian tragó saliva, sintiéndose estúpido. Al final, su suegro terminó concediendo de forma parca.

—Ya.

Sopló su taza humeante preguntándose por qué no le ofrecerían nunca un cola-cao en lugar de esa porquería de viejas. Le costó eternos segundos terminar de remover la bolsita en el agua. Estaba tan nervioso que, cuando se lo llevó a la boca, no se atrevió a quejarse pese al quemazón que sintió en su lengua y esófago.

—¿Qué tal va todo con Cris?

—Bien, bien, eeeh… todo bien. Es la mujer de mi vida. La quiero más que a nada en el mundo.

De nuevo el silencio y, de nuevo, la mirada fija de Tomás que le obligó a bajar la vista a su taza donde se entretuvo diluyendo su infusión.

—Ya.

Removía la bolsita con tranquilidad, demasiada quizás. Cristian, mientras tanto, intentaba pensar en algún tema de conversación para romper el hielo, pero, presa de los nervios, no se le ocurría nada.

—El otro día, con Tere… —dijo su suegro por fin.

—No pasó nada, te lo juro. Se me cayó el té por encima y me abrasé. Por eso me bajé el pantalón. La ropa me quemaba. Luego, la situación, es que… estaba nervioso y, entonces… —carraspeó y tosió acogotado—. Lo que viste no fue nada, te lo juro. No sé por qué pasó, ni me di cuenta de lo que tenía. Estaba tan preocupado por el quemazón que…

Tomás, con la palabra en la boca, lo dejó explicarse, manteniendo su semblante impávido y la cucharilla inmóvil, como si su interrupción lo hubiera puesto en pausa.

Cristian, que no podía dejar de mirar atento su semblante de acecho, se fue apagando poco a poco hasta diluir su verborrea en un susurro. Cuando Tomás terminó de oírlo balbucear, no reaccionó, ni dio muestras de entender sus excusas, simplemente se mantuvo mirándolo, imperturbable.

—Te he interrumpido, perdona —se excusó el muchacho.

—Decía —continuó cuando el silencio se hizo insoportable— que el otro día, con Tere —hizo una pausa medida acusando una nueva interrupción—, estuvisteis hablando de mí.

—¿Eh?, ah, eso, sí… bueno, no. A ver, o sea, le pregunté por ti. Ya sabes, en plan “¿qué tal?” o “¿Cómo os va?”, y me dijo que eras muy bueno con ella, y con todos, en general, y que eras buena persona, dijo que te quería mucho y Cris también, ella también te quiere mucho y… bueno y eso.

Tomás, con la misma parsimonia, se llevó la taza a su boca y sopló el vaho que se esfumó en el aire formando una voluta rectilínea. Después, con cuidado, posó sus labios sobre la loza y dio un pequeño sorbo para no quemarse.

—¿Y tú, quieres a Cristina?

—Más que a mi vida. Es la luz de mis sueños —contestó con rapidez mecánica.

Tomás dio un nuevo sorbo que degustó con calma.

—¿Te consideras buen novio para ella?

—Sí, sí. Te aseguro que sí. Mucho, muchísimo.

Nuevo mutismo del hombretón que pensaba cada pregunta con eterna determinación.

—¿Por qué?

—Pues porque, porque…

Su suegro cruzó los dedos sobre la mesa y esperó paciente su respuesta. De pronto, Cristian se dio cuenta de que no tenía ni repajolera idea de por qué iba a ser él un buen novio. Y decir que la follaba bien no iba a ser la mejor de las respuestas en aquel interrogatorio.

Los segundos pasaban y Tomás continuaba esperando a un Cristian que no dejaba de sudar.

—Ep… a ver…

—¿Porque sueles estar atento a sus deseos? ¿Porque la complaces en lo que te pide?

—Sí, sí, sí. Eso es. En todo.

Tomás entrecerró los ojos, como si no le creyese lo más mínimo.

—Es verdad. Somos el uno para el otro. Ambos nos conocemos como la palma de la mano —añadió ufano—. Yo siempre sé lo que ella quiere.

Se anotó un punto. Había respondido bien. Cristina y él eran como dos piezas de un puzle. Tomás levantó una ceja, incrédulo.

—Conoces bien a las mujeres, supongo.

—Bueno, tampoco quiero fardar, pero… sí, un poco. —Sonrisa nerviosa.

—Entiendo.

—No soy un Casanova, que conste —corrigió rápidamente—, pero la experiencia me hace perfecto para Cris. Sé cómo hacerla feliz en todo.

Asintió sentando cátedra. La charla no estaba yendo nada mal. Quizás terminaran haciéndose colegas después de todo.

—¿Y lo haces? —quiso corroborar su suegro—. ¿Complacerla en todo?

Matizó la última palabra haciendo un globo con una mano, intentando abarcar imaginariamente todo el espacio. Cristian se revolvió en su asiento. No estaba seguro de haber interpretado bien su pregunta. ¿Se refería al plano sexual?

—Emmm, bueno, a ver, somos novios… nosotros… nos queremos mucho, pero en plan bien y eso. —Tragó saliva—. Porque somos novios.

Tomás seguía mirándole con sus ojos de halcón.

—Y hacéis cosas de novios. —Tomás esperó a que su yerno asintiera antes de continuar hablando—. Porque ya tenéis una edad. Y ella es una chica bonita, con necesidades… como tú.

Se confirmaba que su suegro estaba hablando de sexo. «Cuidado, Cristian, pies de plomo», se dijo. Él ya debía saber que tenía relaciones sexuales con su pequeña.

—Sí, bueno, en ese terreno… ambos nos estamos conociendo. Sin prisas, poco a poco.

—¿Y eso qué quiere decir? —espetó bronco.

—Pues, pues…

—¿Que no tienes experiencia? ¿Que no sabes de nada de mujeres y estas aprendiendo con ella?

—S…sí, señor, sí que tengo. Mucha. Cris no es la primera chica con la que he estado. Antes que ella ha habido muchas otras. Bueno, muchas no, pero alguna mucho mayor que yo. Lo que quiero decir… —tragó saliva— lo que digo… es que con Cris soy más… —buscó la frase exacta—. Gentil. Sí, esa es la palabra, gentil. Y paciente.

—Ya.

Tomás volvía a poner su semblante más oscuro. Ese hombre le daba tanto miedo que, a estas alturas, no tenía idea de lo que estaba hablando.

—Tienes experiencia porque has estado con muchas mujeres.

—Eh…

—Porque te gustan —susurró—. Y no puedes evitar desear estar con ellas.

—B…bueno, como a todos, ¿no?

—Y tú les gustas a ellas, claro.

Nuevo silencio y nueva afirmación que no sabía cómo encajar.

—Eso… eso no lo voy a negar. Pero yo…

—Y te encanta —cortó—. Exhibirte. Que te admiren. Sentir los ojos de las mujeres en ti. Su turbación.

—Señor…

—Como el otro día en esta misma cocina.

—¿Qué?

—Con mi mujer.

Cara desencajada y la mandíbula abierta. Las palabras se le atragantaron en la garganta y un escalofrío recorrió su columna desde la nuca hasta los pies.

—¿Te gusta mi mujer?

—¿¡Qué!? Nooo, no, para nada, ni hablar. Ni un poquito. Lo juro. Aquello que viste fue… una reacción involuntaria. —Tragó saliva—. Estaba nervioso, era una situación vergonzosa y yo… bueno, yo estaba desnudo y mi cuerpo… soy muy joven, con hormonas, por eso, a veces, sin que yo lo quiera…

No sabía qué excusas dar ni cómo explicar lo evidente. Tampoco sabía ni él mismo de lo que estaba hablando. Las palabras se le fueron apagando hasta quedar de nuevo en silencio esperando una reacción, a ser posible, no muy violenta.

Pero tampoco esta vez exteriorizó ninguna emoción. Solo su mirada penetrante atravesándolo como un láser mientras lo escuchaba, taciturno. El tiempo pasaba y Cristian ya estaba sudando. Se dio cuenta de que, sentado donde estaba, no tenía escapatoria. Tomás bloqueaba el único lugar por donde tendría que pasar si necesitaba salir corriendo para que no lo matara.

—¿Es cierto eso de que la quieres preñar?

La boca de Cristian se abrió como un buzón de correos. ¡Teresa se lo había contado! Contra todo pronóstico y, a costa de destapar su oscuro secreto voyeur, se lo había confesado a su marido.

«¡La muy zorra!».

Un mareo, que llegaba desde la nuca, comenzó a nublar su vista. El aire apenas llegaba a sus pulmones que comenzaban a bombear a pistón a la vez que un sudor frío empezaba a empapar su cuerpo bajo la camiseta.

—Yo… no…

—Le dijiste que la querías follar. —Su vozarrón sonaba sereno, pero no por ello daba menos miedo—. Que querías correrte en su coño y en sus tetas. —Acercó su cara a él—. Dijiste que le harías gritar como una perra —y añadió— tres veces antes de embarazarla.

—Joder, Tomás, yo… no era dueño de mí. —Si no estuviera sentado se desplomaría en el suelo—. Estábamos… Cristina y yo estábamos… y yo… y yo… —Se pasó la mano por la frente—. Justo en ese momento me estaba… estaba…

—Llenando de semen a mi pequeña. Lo sé —completó en un tono monótono—. Pero no hablo de ese día, sino de la última vez que hablaste con Tere. Ahí no te estabas corriendo, y sí eras dueño de ti.

—¿Qué?

—Se lo repetiste de nuevo en ese salón —dijo señalando el cuarto contiguo con el pulgar—, te insinuaste con total descaro. Le propusiste enseñarle tu polla otra vez. —Achinó los ojos—. Para que te la tocara. Y que te pajeara.

Se había echado hacia adelante apoyando ambas palmas sobre la mesa, sujetando todo el peso de su tronco sobre ellas, como si fuera a saltar sobre él para aplastarlo con sus garras.

Cristian cerró los ojos y se pasó la lengua por los labios. El sudor ya empapaba su cara y su espalda. Se pasó una mano por la frente y se mesó el pelo hacia atrás.

—Venga, Tomás, solo soy un niñato que no dice más que tonterías, acostumbrado a hablar sin filtro y sin medir las consecuencias. Estaba de coña con ella. Solo bromeaba. No tengas en cuenta que a veces pueda ser un gilipollas que solo piensa con el culo. —Tragó saliva—. Por favor.

Éste pareció relajarse parcialmente volviendo a recostarse sobre el respaldo de la silla. Después, cruzó los dedos de ambas manos encima de la mesa, mirándolo cavilante. Asintiendo a lo que había oído de sus labios. De nuevo se tomó su tiempo antes de hablar.

—Te lo voy a repetir de nuevo —dijo modulando la voz—. ¿Te gusta mi mujer?

Cristian, totalmente acojonado, asintió levemente con la cabeza, reconociendo el delito por obligación.

—¿Piensas en ella cuando te masturbas?

Nuevo asentimiento, arrepentido, que tardó en mostrar.

—¿Y cuando estás con Cristina?

Esta vez cerró los ojos y se mordió los labios, temeroso de la hostia que le pudiera llover antes de conceder otro asentimiento de cabeza, totalmente descorazonado.

—¿Serías capaz de follarte a Teresa, aunque sea mucho mayor que tú, y aunque sea la madre de tu novia a la que dices que quieres tanto y que conoces tan bien?

Esta vez sí se atrevió a abrir la boca, viéndose en la necesidad de razonar su respuesta.

—A ver, Tomás, vale que yo sea un niñato que acaba de destetarse hace cuatro días, pero tengo ojos en la cara. Y Teresa, aunque pudiera ser mi madre, no deja de ser una mujer atractiva.

Levantó la vista con miedo a que la hostia le viniera desde arriba.

—Tiene un cuerpo maduro, pero bien conservado, con curvas, muchas. Puede que ya no sea la misma que hace veinte o treinta años, pero joder, no me dirás que no es guapa hasta para un niñato de mi edad —reivindicó.

—¿Y lo de dejarla embarazada?

—Eso… eso… es una fantasía pajeril… un fetiche recurrente de mentes enfermas como la mía que solo busca aumentar la excitación.

—¿Tener un hijo con la mujer de otro te excita? ¿Con alguien que podría ser tu madre? ¿A tu edad?

—A ver, no; eso no, es… más bien… —tragó saliva—. Joder, Tomás, no sé por qué lo dije. Estaba con Cristina, en el momento cumbre, el subidón de cuando estás en éxtasis y no se te ocurren más que chorradas sin sentido, me estaba corriendo y no me llegaba la sangre al cerebro. —Se armó de valor—. Pero en el salón le dije a Teresa que no era verdad, que no quería tener un hijo con ella, que solo fue por el calentón. Pregúntaselo.

—Pero sí querías hacer que se corriera tres veces —hizo una pausa—, contigo.

Cristian solo pudo agachar la cabeza dando por afirmado lo que su suegro decía.

De pronto, un ruido proveniente del pasillo indicó que la puerta principal se había abierto y cerrado de golpe. Un instante después, Cristina apareció bajo el quicio de la puerta de la cocina.

—Vaya, si están aquí mis dos chicos preferidos.

Se acercó a Tomás por detrás y rodeó su cuello con los brazos antes de besar su mejilla.

—Hola, oso. Espero que no estés maltratando a mi novio. Me tiene que durar unos meses antes de que te lo comas.

Tomás se dejó querer, sintiendo el calor de su mejilla cuando ella posó la cabeza contra la suya. No dijo nada ni cambió su gesto adusto. Sin embargo, el semblante de su cara ya no parecía el de esa montaña a punto de desplomarse como un volcán.

Incluso su cuerpo ahora era más parecido al de un oso de peluche. Un peluche enorme y mullido diseñado para dar abrazos.

—¿Y tú qué? —preguntó a Cristian sentándose en su regazo— ¿de palique con el “suegri”?

—S…sí, bueno, ya sabes, tomando un té mientras esperábamos. —Le costó sonreír—. Es Rooibos.

Le dio un pico en los labios y frotó su nariz con la de él.

—Vaya, es el que le gusta a mi madre. Cuántas cosas tenéis en común —sonrió—. Me cambio y nos vamos, ¿vale? No tardo nada.

Tomás los miraba acaramelarse con la vista clavada en él. Acercó la taza de su té humeante a los labios que quedaron ocultos cuando sorbió de ella. Casi podía leer su pensamiento imaginando que besaba a su mujer en lugar de Cristina.



— · —​



Llegó a casa algo tocado. La tarde había sido rara de narices y necesitaba tiempo para pensar en todo lo qué había pasado en casa de Tomás. Entró en su cuarto y vio los apuntes acumulados en una pila. «Me pego un tiro», pensó. La universidad no estaba resultando como pensaba. Cada día traía una tonelada de cosas para estudiar que se acumulaba con el resto de toneladas de cosas sin estudiar.

Intentó ponerse al día pero a los pocos minutos acabó desistiendo y mirando porno en el ordenador. Sin darse cuenta, llegó la noche. Dos toques sonaron en su puerta y ésta se abrió ligeramente para asomar la cabeza de Marta.

—Nene, me voy a la cama.

Una clara invitación para que la siguiera.

—Voy enseguida, en cuanto acabe con esto —dijo señalando con la barbilla las hojas de apuntes que tenía delante.

Cuando la puerta se cerró, sacó las bragas que escondía bajo la mesa.

«Casi me pilla».

Terminó la paja en completo silencio, con cuidado de no mancharlas. Era la tercera vez que se corría en lo que iba de tarde. «Cabrona de Herminia. Qué buena estaba la jodía. Y qué zorra era la muy puta». Sus tetas y su coño se habían quedado grabados a fuego.

Se desvistió y fue tras ella. Lo esperaba con la luz de la mesilla encendida y un libro entre las manos. Lo cerró nada más verlo y apagó la lamparita en cuanto se metió bajo las mantas. No tardó en hacer la cucharita por detrás.

«Menos mal que me acabo de pajear, si no, ya se la habría clavado por el culo».

La abrazó con delicadeza, adormecido por el sopor de las pajas que llevaba esa tarde. Apenas puso la cabeza en la almohada, su cuerpo se destensó y comenzó a caminar en aras de Morfeo. Ni tan siquiera intentó encajar su polla contra ella.

—Mmmmm, hoy te veo más relajado —dijo ella somnolienta, apretando su mano como si fuera un peluche.

—Estoy un poco de bajón —mintió—. Cris y yo… bueno, cosas de pareja.

Marta chasqueó la lengua sintiendo su dolor, pero no quiso insistir y ambos acabaron dormidos en poco tiempo.

A la mañana siguiente la empalmada mañanera apareció puntual, como de costumbre y, como en los viejos tiempos, las ganas de pajearse le estaban torturando. Todavía faltaba mucho para que sonara el despertador y no se podía aguantar. Si estuviera en su habitación, se la menearía con las bragas de Marta y se correría en ellas, después, seguiría durmiendo un poco más, hasta que sonara el despertador.

Las fotos de Herminia, tanto de joven como de auténtica MILF, caldeaban su mente calenturienta más de lo habitual. Por no hablar de la foto donde su amante permanecía escondido a ojos de su marido, pero delante de todos.

Se deslizó como un ninja para no despertarla y se salió de la cama. Después, con pasos sigilosos, se metió en el cuarto de baño de la habitación y cerró la puerta con la lentitud de un camaleón.

La paja no duró mucho antes de que se corriera abundantemente por el váter. Pulsó el botón pequeño de la cisterna rezando para que no se oyera desde el dormitorio y salió con el mismo sigilo. Se metió entre las mantas y se pegó a ella por detrás con cuidado de no tocarla.

—¿Dónde has ido? —preguntó somnolienta.

«Mierda puta. ¿Tiene un radar o qué?»

—He ido al baño —susurró—. Intentaba hacerme una paja.

Marta se desperezó y se giró hacia él.

—Ay, pobre, ¿sigues igual? —dijo apenada—. Que sepas que tu problema es más frecuente de lo que crees y casi siempre tiene que ver con un bloqueo mental. Espera que pasen los exámenes y ya verás cómo todo vuelve a su sitio por sí solo.

—Ya, pero mientras tanto, Cris y yo…

—¿Estáis mal?

—No, pero, joder, cuando estamos juntos… follando… ya no puedo acabar con ella, y me cabrea. Me frustro y acabo hecho polvo. Y me jode por Cris, que conste. La tía es muy buena conmigo y comprensiva, pero eso lo hace todavía peor, porque me siento más culpable y me como más el tarro. Y como premio tengo todos los días los huevos hinchados con un dolor de tres pares.

—Ay, pobre. No sabía que estabas tan mal. —Apoyó la cabeza en su hombro y la mano en el pecho dándole su apoyo moral.

Estuvieron así un rato hasta que ella decidió echarle un capote.

—¿Quieres intentarlo otra vez delante de mí, a ver si tienes más suerte?

Cristian hizo esfuerzos para no sonreír de oreja a oreja. Se lo estaba tragando todo. Pensó en sus compañeros de clase, los gafapastas cutres y su insulsa vida sexual, triste y anodina o, simplemente, inexistente.

«Panda de perdedores».

—Y te miro mientras lo haces. A ver si te inspiras.

—¿De verdad? ¿Y te puedo insultar como la otra vez?

—Claro, me puedes decir todas las burradas que quieras. —Señaló las mantas con la mirada, instándolo a destaparse—. Venga, dale, que te dejo.

—Uff, no sabes el morbo que me da. Si no me corro ahora, no lo hago nunca.

Cuando se quitó el calzoncillo, su pene apareció medio laxo, por la paja que acababa de hacer.

—Joder, ¿ves? si es que ya, ni empalmarme puedo. Antes amanecía como una estaca.

Besó su mejilla, comprensiva y le instó a que no se preocupara por eso. Cristian no tardó en hacer que el ritmo de la paja se volviera frenético bajo su atenta mirada.

—Así, así, ya va —comunicó alegre—. Uffff, cómo me gusta que me la mires, joder. Está así por ti, por lo buena que estás. Oooooh, ooooh, que estás buenísima y dan ganas de follarte ese coño que tienes de puta. Porque eres una puta y una zorra. Uffff, ooooh, sí, zorra, zorra.

Marta escuchaba con una sonrisa, a punto de perder la compostura y soltar una carcajada mientras acariciaba su hombro y su brazo con la yema de los dedos. De vez en cuando mesaba su pelo y lo besaba en la mejilla. A Cristian le ponía a cien.

—Calientapollas, eso es lo que eres, que me calientas la polla solo con mirarme con esa cara de perra que tienes. De perra salida con ganas de follarse a todo lo que se mueve, puta, más que puta. Ooooh, ooooh, sííííí, síííí, Martaaa.

Y ella sonreía más, viéndolo fuera de sí. Sin entrar en su juego, pero permitiéndoselo.

—Te voy a follar, joder. Y te voy a dar por el culo, zorra lamecoños.



— · —​



Quince minutos después… No se había corrido.

Lo hubiera podido hacer, pero prefirió fingir y, así, dar una vuelta de tuerca a una idea que se le acababa de ocurrir. Jugándose a una carta algo que, hasta ahora, le estaba dando buen resultado.

—No puedo, no puedo. ¡JODER!

Se llevó las manos a la cara en un cabreo fingido consigo mismo. Marta inmediatamente trató de apaciguarlo.

—Ey, venga, tranquilo, no pasa nada.

—Es que… es que… otra vez más, y ni contigo delante. Si es que me voy a terminar volviendo loco.

—No digas eso, nene.

—Bufffff, y los huevos ahora sí que me duelen de verdad. Jod-der, todo este tiempo empalmado me los ha llenado a tope. Mmmm, Diosssss.

—Tranquilo, relájate. Respira hondo.

Se quedaron mirando a los ojos el uno al otro, contemplándose, consolándose mutuamente. Él, con cara de gatito herido; ella, con toda la ternura que podía reunir. Peinando su pelo en pasadas largas mientras él, las pasadas largas se las daba a su polla, desde la base a la punta. Despacio, constante.

La cara de pena la había ensayado, más de una vez, en el espejo junto con conversaciones inventadas que siempre trataban de lo mismo y acababan de igual forma. Contó hasta diez y soltó lo que llevaba un buen rato cavilando.

—Oye, ¿Y si me la haces tú?

La bomba, la carga de profundidad que había previsto colocar en el momento justo. Ella contrajo el gesto y, por acto reflejo, separó la mano de su cabeza y apartó el cuerpo ligeramente.

—Uy, nene, eso sí que no.

—Vengaaa, tíaaa, enróllate.

—He dicho que no, Cristian. Para ese tipo de cosas ya tienes a Cris.

—Pero es que ella no está. Se ha ido una semana con su padre, al pueblo de la playa. No vuelve hasta el domingo. Si ya era jodido cuando estaba ella, imagínate ahora que me ha dejado solo.

Ese dato le pilló desprevenida y pareció dudar, con la pena impresa en la cara. Cristian esperó, poniendo morritos de lástima, a que terminara apiadándose. Socavando la moral de su madrastra que sentía como propio el dolor del adolescente.

El tiempo pasaba y Marta estaba cada vez más indecisa. Cristian apoyó una mano en la suya.

—Venga, solo es una paja.

Marta, sumida en la incertidumbre, la apretó entre las suyas, acariciando su dorso. Cerró los ojos y movió la cabeza.

—Que no, que no, Cristian. Que esto es lo más lejos que podemos ir, y ya es demasiado. Y que conste que lo he hecho solo por tu problema de anorgasmia.

—Pues por eso mismo. Si no va a ser infidelidad. Es un tema médico. Esto es… como si una madre le curara una herida a su hijo en una zona delicada. Un rasponazo en los huevos, por ejemplo. Tú lo harías, ¿no?

—Esto no es una herida, Cristian.

—Es peor —atajó—. Mucho peor. Es la puta hostia de las heridas. ¡Que me van a reventar las pelotas, tía! —Soltó un bufido—. Si al menos Cris estuviera en casa…

Marta movía la cabeza apesadumbrada.

—Deberías relajarte y dejar de obsesionarte con este tema. Si dejaras de pensar en ello todo el tiempo…

—Venga ya, no me sueltes las típicas chorradas que has leído en internet sobre el estrés y toda la mierda esa. Tengo los huevos hinchados y a este paso voy a desarrollar una testiculitis. Solo te estoy pidiendo un favor, uno pequeño que a ti no te cuesta nada y a mí me salva la vida.

Marta se quedó con la boca a medio abrir, sin saber momentáneamente qué decir, Cristian siguió atacando.

—Somos amigos, lo estamos pasando superbién y nos llevamos mejor que nunca. ¿No podrías hacer esa pequeña concesión por mí? Soy como… —se quedó pensando— la típica vecina anciana que no puede valerse sola y que tú, con un pequeño gesto, puedes ayudar en algo muy importante.

Marta agachó la cabeza, apesadumbrada, y la movió a un lado y a otro. Después, la levantó hacia el techo con los ojos cerrados. Se sopló el flequillo y arqueó las cejas.

—No puedo, de verdad, no puedo.

Cristian apartó la mirada y asintió desconsolado.

—Vale, de acuerdo, como quieras. Gracias de todas formas.

Se levantó y se fue del cuarto. Lo hizo serio, sin aparentar estar enfadado, pero dando exactamente esa impresión. Antes de salir, Marta le llamó.

—Espera. —Se incorporó quedando sentada sobre sus talones, sobre la cama —. Espera, por favor. No te vayas así.

—No pasa nada. No lo quieres hacer y ya está. Lo soportaré como pueda.

—No es eso, nene, pero es que…

Cristian se quedó esperando con el semblante serio y el ceño fruncido. Por detrás, cruzaba los dedos.

—Está tu padre, y tú eres un crío, además de su hijo. No estaría bien.

—No soy un crío, Marta. Pregúntaselo a Cris o a las otras chicas con las que he salido. Pero es igual, mi novia vuelve del pueblo de su padre dentro de cinco días. Me aguantaré hasta entonces.

Esos cinco días habían calado en la mente de Marta. Una tortura a la que iba a estar sometido por su culpa por no ayudarlo. Volvió a resoplar sobre su flequillo, pensando.

—Joder, nene, me pones en una situación…

Cristian aguardo, pomo en mano. Uno, dos, tres segundos… siete, ocho…

—Venga va. Vuelve a la cama. —Dio un hondo suspiro—. Te la hago.

Casi se le escapa un aullido. Hizo esfuerzos titánicos para no sonreír más de la cuenta, intentando contemporizar su satisfacción por la ayuda prestada.

—Joder, gracias. Un millón de gracias. No sabes lo que esto significa para mí. No lo va a saber nadie más que tú y yo, lo juro. No te imaginas lo que es estar todo el tiempo con dolor de huevos —dijo retomando la posición junto a ella—. Ni sentarme puedo. Y cualquier presión en esta zona hace que vea las estrellas.

Marta lo observaba, todavía dudando. La estampa era digna de retrato. Cristian se había quitado hasta la camiseta, quedando completamente desnudo y, durante unos momentos, ella no supo cuál iba a ser su siguiente paso.

—Pero me prometes que tendrás las manos quietas. Solo te toco yo.

—Super-te-lo-juro. Tienes mi palabra.

Se recostó junto a él, a su izquierda. Colocando su brazo derecho por debajo de su cuello y pegando su cuerpo. Pasó una pierna por encima de la suya, que abría como una rana, para exponerse todo lo posible.

Lo admiró de arriba abajo. Era un muchacho realmente guapo y bien formado. Su vientre plano y trabajado realzaba todavía más su esbeltez. Peinó su pelo y acarició su cara antes de bajar la mano hasta su torso que contempló embelesada.

Acarició sus músculos y masajeó los pectorales para calentarlo y facilitar la paja. Después deslizó la mano por el vientre hasta llegar a su pubis que apenas rozó con la punta de los dedos. De repente, se había quedado bloqueada, replanteándose lo que estaba a punto de hacer.

Cristian, con el aliento contenido, la miraba a ella y miraba su mano inmóvil. Su polla dio un pequeño salto por la excitación que ella notó a tenor de su mirada de susto. Al final, tras unos interminables segundos de duda, las yemas avanzaron sobre su mullido pubis, notando a través de la dermis, el cosquilleo de su contacto.

Los dedos llegaron hasta la base de su miembro y, de nuevo, volvieron a quedar petrificados. Cristian volvió a coger aire, presa de la excitación, llenando más aun sus pulmones que estaban a punto de reventar. Labios apretados y ojos como platos que no perdían contacto del avance de su mano y el rictus que ella estaba formando.

Por fin, lentamente, las yemas empezaron a rodear su falo, con miedo, tanteando el terreno. Un ahogado suspiro alivió parte del aire que contenía su pecho. Y éste se hizo todavía mayor cuando la palma al completo asió su mástil.

Un pequeño masaje en la base terminó por hacer que sus pulmones se vaciaran con un largo y profundo suspiro.

—Hummmmm, joder qué pasada.

Ella movió la cabeza a un lado y a otro, todavía sin poder creerse lo que estaba haciendo. Sin embargo, una vez empezado el avance, no lo detuvo y terminó deslizando la mano por todo el miembro hasta la punta.

—Al tacto es más grande de lo que aparenta. Cristina debe estar realmente contenta —dijo incrédula.

Cristian se mordía los labios intentando aguantar la excitación que estaba a punto de hacerle desmayar. Incluso con la paja recién hecha, dudaba de si aguantaría mucho rato antes de explotar. Su brazo izquierdo pasaba por debajo de la axila de ella, lo que le permitía tomarla de la cintura.

—Diossss, cuánto he deseado esto… mami.

—Que quede claro que no se va a volver a repetir jamás. Si lo hago, es porque me da cosa que estés así hasta que llegue Cris. Pero, de hoy en adelante, te apañas con mis bragas como hasta ahora. —Cerró los ojos y negó con la cabeza como si aún no se lo creyera. Después, agarró sus pelotas, sosteniéndolas con la mano con extremo cuidado. Apenas cabían en ella—. Y no me llames mami, es… raro.

Apretó ligeramente la cadera contra él para tomar mejor posición y volvió a admirarlo en toda su longitud. Afligida por esa pequeña disfunción en un cuerpo tan perfecto.

—Con lo guapo que eres —dijo para sí misma.

—Tú sí que eres guapa, y menudas tetazas que tienes. —Puso la mirada en su busto—. ¿Me las vas a dejar ver?

—Ni hablar —dijo regalándole una sonrisa burlona; rebajando la tensión y bajando la guardia, por fin.

—¿Ni un poquito?

Por toda respuesta, Marta empezó a masajear la polla en una lenta cadencia que hizo que a Cristian se le pusieran los ojos en blanco. Por instinto, abrió más las piernas y juntó los talones formando un rombo. Su muslo se apretó más contra la entrepierna de Marta. Ella acercó la cara hasta que la punta de su nariz tocó la de él. La movió de un lado a otro rozándola ligeramente.

—Ni tan siquiera un poquito —repitió.

La mano no tardó en subir y bajar con profesional dedicación. El tiempo apremiaba y se veía que quería acabar cuanto antes. No se encontraba cómoda pajeando al hijo de su pareja, y menos en su propia cama.

Sin embargo, mientras ella se afanaba en propiciar un masaje lo más placentero posible que acercara su final, Cristian hacía lo posible por alargarlo, haciendo su mente divagar en temas lo más alejados de aquel cuarto.

Poco a poco, a medida que pasaban los segundos, aquella situación se fue normalizando hasta conseguir que se estableciera cierta paz silenciosa donde cada uno estaba pendiente de lo suyo. Cristian no se atrevía a abrir la boca por si algo que dijera pudiera espantarla. Marta, por su parte, ponía toda su atención en aquella masturbación donde su brazo, tenso en toda su longitud, imprimía su esfuerzo con la mayor maestría posible.

Con el bamboleo, no se percató de que el tirante izquierdo de su camiseta se había desplazado ligeramente de su hombro.

Eso no pasó desapercibido para Cristian que había comenzado a acariciar su espalda. Lo hacía por debajo de su camiseta, ascendiendo hasta llegar a su nuca que masajeó con suavidad utilizando la punta de sus yemas. Ella lo agradecía con deleite cerrando los ojos con cada pase. Cada vez que lo hacía, empujaba sutilmente el tirante, haciendo que se acercara más y más al borde del hombro.

La teta derecha estaba aprisionada contra el cuerpo de él; la izquierda, sin embargo, quedaba libre, bamboleándose al compás de la paja bajo la tela que la tapaba, por lo que si el tirante cayera, quizás y solo quizás su pezón quedaría a la vista. La sola idea bastó para a que a él le sobreviniera un bramido de placer.

—Ouuummmm, qué bien lo haces, jod-ddderrrrr.

—Ssssss —siseó Marta—, relájate.

Él apretó los labios y, sin poder contenerse, empujó el tirante con la punta de los dedos hasta el borde del hombro. La tira cayó, descolgándose hasta reposar en la corva del codo y el inicio de la areola asomó fugazmente.

—¡Ey!, las manos quietas.

—¿Pero cómo voy a estarme quieto con este par de tetas que tienes?

Ella soltó un bufido, claramente enfadada y detuvo la paja. Con ademán brusco, se recolocó el tirante, ocultando el efímero borde rosado de la vista del salido adolescente.

—Cristian, me está costando horrores hacer lo que estoy haciendo —dijo señalándolo con el dedo—. Y si lo hago es para devolverte el favor por lo bien que te has portado conmigo, pero si vas a seguir así, mejor lo dejamos. Bastante mal me siento ya.

—Perdona, joder, es que… estoy a cien y… pierdo el control. Lo he hecho sin pensar.

—Pues a la próxima, paro. —El tono seco y bronco no dejaba lugar a dudas.

—Vale, vale, sí —replicó como un buen chico—. Te lo prometo. Venga, continúa. No pares, porfa.

Ella dudó, moviendo el mentón a uno y otro lado. Cristian suspiró de alivio cuando, por fin, la vio rodear su polla con los dedos, volviendo a retomar la paja. Esta vez, dejó la mano quieta sobre la espalda.

Lo malo del incidente era que había enfriado el ambiente y, ahora, los dos permanecían callados, sin otro sonido que no fuera el chop-chop característico de la paja.

Marta clavaba la vista en su mástil, concentrada en su tarea, mientras que Cristian la clavaba en ella, intentando disimular su descaro. Admirando aquel monumento de mujer que le estaba llevando al mismísimo cielo. Sintiendo el calor que emanaba su piel. Tan cerca y tan lejos.

—¿Me dejas que te insulte como antes, porfa? —dijo con todo el cuidado posible, como si no la quisiera asustar—. Pero en plan bien, entre tú y yo, ¿eh?

Marta salió de su abstracción, relajándose de nuevo y volviendo a sonreír por la petición del adolescente. Verlo desbarrar provocaba en ella cierta sensación de complicidad con el hijo de su pareja.

—Mejor hazlo en plan mal. Ya que te dejo, aprovecha que me tienes delante. —Le guiñó un ojo, traviesa.

Cualquier cosa con tal de que se corriese cuanto antes. Cristian sonrió como una hiena y pensó que, de no ser por la edad, le gustaría que fuera ella su novia. Sin duda, su padre tenía una suerte bárbara.

La repasó con la mirada, esta vez con todo el descaro mientras se pasaba la lengua por los labios resecos.

—Ufff, qué zorra eres; y qué buena estás. Puta, más que puta.

La sonrisa de Marta se amplió hasta rozar la carcajada. Cristian movía la cadera arriba y abajo en involuntaria cadencia. Marta aceleró un poco más.

—Hummm, sí, eres una puta, y de las mejores, por eso haces las pajas tan bien.

Y ella volvía a sonreír divertida. Durante unos segundos se quedaron mirando a los ojos. De nuevo el silencio y, de nuevo, con la tensión oprimiendo el aire. Marta pudo sentir entonces que la estaba follando con la mirada y, de alguna forma, se sintió desnuda.

—Qué zorra eres. Tienes el pezón más duro que mi polla.

Ella dio un respingo y se lo miró por acto reflejo.

—Es por la arruga de la camiseta —dijo sin entrar al trapo—, hace que lo parezca.

Sin embargo no pudo evitar recomponerse la prenda, ahuecándola para que no rozara el pezón. Después, apartó la mirada para no ver a Cristian sonreír.

Él, envalentonado, acarició su costado desde la cintura hasta la axila, lo que provocó un pequeño espasmo.

—Te veo venir.

—No, no me ves venir. Solo te acaricio la espalda. —Cerró los ojos y levantó la barbilla—. Mmmff, joder, sigue así, puta. Que eres una puta. Ooooh, ooooh. Una puta y una chupadora de pollas —dijo como si no pasara nada.

Sus dedos se deslizaron, como si tal cosa, de nuevo hasta el tirante.

—Recuerda el trato. Si vuelves a tocarme, paro y se acabó. —El tono seco y bronco no dejaba lugar a dudas. No había dejado de meneársela, pero había bajado el ritmo de la paja.

Obedeció y retrocedió un poco, colocando la mano bajo el omóplato.

—Pero sigues teniendo el pezón más duro que mi polla —susurró—, zorra.

—No seas fantasma.

Intentaba mantener el tono desenfadado, pero ya no sonreía y se había puesto tensa, con la paja aún ralentizada. Segundos después, Cristian volvió a bajar la mano. Solo entonces, ella se relajó, continuando el frenesí del sube y baja. El sudor ya perlaba su frente y su canalillo. También había empezado a respirar por la boca de manera agitada y se pasaba continuamente la lengua por los labios con la vista siempre en su miembro, húmedo y erecto.

—¿De verdad que no te molesta que te insulte? —preguntaba Cristian totalmente empapado en sudor—. ¿En serio, no te agobia un poco que te diga que eres una zorra y una lamecoños?

Se obligó a sonreír y negó con un guiño, cualquier cosa que acelerara su final le parecía perfecto.

—Gracias, tía, no sabes cómo te lo agradezco. Con el morbazo que me da, hoy me corro fijo —jadeó—. Y con esas manos tan suaves que tienes.

—Claro que sí —animó volviendo a regalarle su sonrisa—, y ya verás cómo pronto todo vuelve a la normalidad.

«Espero que no», pensó él. Iba todo demasiado bien como para querer retroceder a una insulsa normalidad como la que tenían semanas atrás. La novia de su padre era la mujer más morbosa y deseable que había conocido nunca. Y lo mejor de todo era que ella no lo sabía.

—¿Está bien así o más rápido? —dijo ella sacándole de su ensoñación.

—¡Eh? Sí, así está bien, ufff, pero que muy bien.

—Si me dices cómo te las hace Cristina, te la puedo hacer igual. Si quieres.

No tardó en mostrar una sonrisa roedora.

—Ella me come la boca mientras me pajea.

Marta levantó una ceja, sorprendida por la rapidez del chaval que metía baza a la menor oportunidad, pero no se enfadó. Al contrario, pareció pensárselo, mordiéndose el labio inferior mientras cavilaba durante unos segundos tras los cuales y, en dos tiempos, acercó la boca hacia la de él. Cristian, pletórico y aún sin terminar de creérselo, contuvo el aliento y se preparó para recibir el calor de su lengua.

Su cara se acercaba a cámara lenta y él levantó la barbilla para facilitar el morreo. Sin embargo, antes de que llegara el contacto, ella desvió sus labios hasta pegarlos a su oreja.

—No me refería a eso, so listo, pero buen intento —dijo con tono exageradamente sensual—. Aunque puedes fantasear con ello si eso ayuda a que te corras antes.

Cristian sonrió. No podía desear a aquella mujer con más fuerza. Ella volvió a su posición, mirándolo retadora.

En poco tiempo el silencio volvió a hacerse notar, solo roto por el sonido de la masturbación. Las miradas habían vuelto a apartarse. Ella, en el falo de él, la de Cristian, en todo lo que había por debajo de la barbilla de ella. Un lamento en forma de suspiro hizo notar que comenzaba a padecer el cansancio en su brazo.

—Cuando Cris quiere que me corra rápido me pone las tetas en la cara —tentó.

Nueva sonrisa burlona acompañada de unos ojos en blanco y una negación de cabeza.

—Eso tampoco, pero si quieres me puedes llamar como ella y te sigo el rollo.

Se lo pensó seriamente, evaluando cómo sacar partido, pero, en última instancia, declinó el ofrecimiento.

—Eso te gustaría, ¿eh? Para que puedas fantasear que follas conmigo como si fueras Cris. Si ya lo sabía yo, eres una calentorra, como todas. La de pajas que te harás pensando en mí. Por eso tienes los pezones así de duros —dijo señalando con la mirada.

La carcajada de Marta se oyó hasta en el salón. Cristian era un provocador nato y un manipulador, pero esta vez ella no reaccionó a su bravata ni cayó en la trampa de mirar si la prenda abultaba. Al contrario, pareció sopesar ese duelo de acusaciones incendiarias.

—Va a ser por eso —concedió condescendiente—. Y porque me tienes loquita sabiendo que fantaseas conmigo. —Había acercado la cara a la suya y bajado la voz, intentando encontrar complicidad con un tono húmedo—. Imaginándote sobre mí, entre mis piernas, gimiendo de placer.

El aliento caliente que golpeaba el oído de Cristian hizo subir su temperatura un millón de grados. O quizás había sido por la imagen obscena que acababa de formar en su mente; o puede que, a lo mejor, sus palabras húmedas y sensuales fluyendo hasta su boca donde podía paladear el sabor que emanaba su respiración.

Sea como fuere, el inicio del orgasmo llamó a las puertas, empezando por la base de su columna vertebral desde donde comenzaban a llegar los primeros calambres de preaviso.

—Ooooh, ooooh, oooooooh, joder, joder, pero qué puta eres.

Marta lo vio retorcerse, esperando que alcanzara el éxtasis en cualquier momento. Lo que no sabía era que, lo que Cristian hacía, eran esfuerzos sobrehumanos para evitarlo y, así, alargar la paja lo máximo posible.

—¿Te gustaría —atacó ella aun más—, abrazado a mí, mientras acabas dentro?

Los ojos en blanco y los músculos de su cuerpo, tensos como cuerdas de violín, dejaban claro que la explosión final era cuestión de segundos. Cristian cabeceaba y arqueaba el cuerpo, elevando la cadera y, con ello, la mano de Marta que, presa de los calambres, hacía todo lo posible por no soltarlo y no arruinar la paja en el último momento.

De hecho, la cara de sufrimiento por el esfuerzo de su brazo había dado una pequeña tregua de alivio al ver acercarse el final del túnel. Por fin se acababa la paja y con ello el mal rato. No se sentía nada cómoda, pero había sido una de esas situaciones en las que te das cuenta de que no había sido una buena decisión cuando ya no puedes dar marcha atrás.

Sonrió y se sopló el flequillo. «Ya está hecho», pensó.

Pero todo se torció cuando notó la mano de él agarrar una de sus nalgas por debajo del pantaloncito de dormir y de la braga.

El problema no era el atrevimiento en sí, sino que sus dedos, demasiado largos, habían penetrado demasiado entre ambos glúteos, quedando su dedo corazón cerca de su ano.

Extremadamente cerca.

—¡Cristian, joder!

—Sigue, sigue. No pares, joder. No pares que ya llega, ya llega.

Dudó unos instantes, pero continuó con el frenético sube y baja. No podía interrumpirlo justo ahora. Estaba a punto, lo iba a conseguir, Cristian tenía los ojos en blanco y los primeros espasmos eran evidentes a través de su cadera. Apretó las nalgas con fuerza a la vez que aceleraba la masturbación en un sprint final. Cristian apretó aun más su mano.

—Cristian —gemía ella—, Cristian, joder.

Pero el adolescente no oía, cabeceaba a un lado y a otro de la almohada mientras su mano respondía a su cerrojazo imprimiendo más fuerza en su sobeteo.

—Nene —llamaba ella—, nene, esa mano —protestaba—. Joder, que me estás…

—No pares, no pares que ya está. Ya está aquí, mmmfff —rogaba a la vez que amasaba su culo incrustando sus dedos un poco más—. Me voy a correr, me voy a correr, ooooh, ooooh.

La mano apretaba la nalga y la magreaba antes de soltarla en una cadencia repetitiva, cogiendo y soltando en un obsceno sobeteo. Amasando sin cesar en un acto impúdico que ponía a Marta al borde de los nervios.

Ella no podía parar, no después de todo el esfuerzo para arruinarlo en el último momento. La cadera de él subía y bajaba con más cadencia, ofreciendo la última resistencia a un orgasmo inminente; su brazo, al borde del agarrotamiento, subía y bajaba con las últimas fuerzas de la desesperación, intentando no soltarlo.

Sus glúteos, apretados entre sí, intentaban evitar una profanación que no cesaba, con unos dedos de Cristian cada vez más cerca de su ano que ya había empezado a contraer por acto reflejo.

—Nene… Cristian… —Cerraba los ojos y se mordía los labios con fuerza, intentando la máxima concentración en todos y cada uno de los frentes abiertos—. Por favor.

Y no eran pocos los problemas que se iban acumulando. El tirante volvía a querer descolgarse, lo que obligó a que sobre imprimiera un mayor esfuerzo intentando cambiar la posición de sus hombros. El brazo le ardía y la muñeca hacía rato que estaba agarrotada. Además, había intentado deslizar el cuerpo hacia abajo para zafarse de su manaza, pero él la tenía bien cogida y lo único que consiguió fue incrustar su coño contra el muslo de él que lo recibió como agua de mayo.

—Cristian… Diosss, nene…

Su ano se contraía y retraía sin cesar, sintiendo el sutil roce de su yema que, milímetro a milímetro, estaba consiguiendo llegar a lo más sagrado.

—Joder, ¡joder!

Ambos peleaban entre sí en una velada batalla de intenciones encontradas. Ambos sudorosos y con los ojos fuertemente cerrados en obstinada concentración, luchando por motivos muy diferentes. Los de ella, por doblegarlo antes de que obrara la desgracia; la de él, por conseguirlo antes de que lo venciera. No había podido ver sus tetas ni hacer que lo besara, pero ese premio era mucho mejor.

—No, no, no… —susurraba ella sintiendo que todo se torcía en plena línea de meta.

Su ano ya no era dueño de sí, contrayéndose y retrayéndose involuntariamente al compás de los calambres que su ahijado provocaba en esa zona. La invasión anal era inminente y la suerte estaba echada. Cristian se iba a correr y lo iba a hacer mientras le follaba el culo digitalmente si nada lo impedía.

El adolescente, empapado en sudor, resistía como podía. Su polla, dura como una estaca, babeaba tanto líquido seminal que había empapando el tronco por completo, haciendo que la mano de ella resbalara con el mayor de los placeres. El calor de su coño en su muslo, el tacto de su nalga turgente y sobre todo, la enorme paja que estaba recibiendo, terminó por hacerlo colapsar.

Y la explosión se hizo.

El primer chorro de semen, caliente y viscoso, barbotó como una bocanada de lava, hacia arriba primero y, desparramándose por su mano, después. El segundo siguió el mismo camino al igual que el tercero y siguientes que ya no pudieron parar. Los jadeos contenidos se convirtieron en gritos roncos de placer.

—Ooooh, ooooh, ummm, Diossssssss, sí, sííííííí, uooooggh…

Su garganta daba rienda suelta a sus berridos mientras su cuerpo temblaba entre espasmos de quién cruza un largo nirvana. Marta mantenía la cadencia de su muñeca a un ritmo acelerado con la urgencia de quien quiere acabar cuanto antes.

Aún tardaría interminables segundos en dejar de gemir y temblar.

Cuando por fin lo hizo, Marta pudo parar a su vez, con los párpados cerrados con firmeza y el brazo atrofiado por el esfuerzo, respiraba a bocanadas intentando recuperar el resuello. Cuando abrió los ojos, movió la cabeza a un lado y a otro como si no pudiera creer el estropicio.

Su mano, aún asida a su miembro semierecto, estaba embadurnada de semen que llegaba en chorros hasta su vientre.

Cristian, agotado por el éxtasis, yacía inerte con el único movimiento de su pecho subiendo y bajando. Solo su mano izquierda se mantenía en tensión, aferrada a su nalga y con su ano ultrajado por la yema de su dedo corazón. Apenas la punta; un par de milímetros suficientes para conseguir la afrenta.

Marta aún aguantó unos segundos más antes de soltar su pene y deshacerse, de una vez, del obsceno abrazo de su ahijado de un manotazo. Con aplomo, se movió hacia atrás y se bajó de la cama. Su cara no era la de alguien satisfecho.

—Joder, ha sido una pasada —intentó conciliar él—. Gracias. Me has hecho un favor de la hostia.

Marta, sin mirarlo, se recolocó las bragas y el pantaloncito de dormir por detrás con la mano libre mientras mantenía la otra en alto, intentando que no goteara en su camino hacia el baño.

Desapareció tras la puerta a través de la cual no se oyó nada en el siguiente rato, como si solo utilizara el cuarto como escondite.

Cristian se pasó los dedos entre los cabellos hasta la nuca y se miró de arriba abajo, con su polla, ya en retirada, embadurnada de líquido al igual que su pecho y vientre.

—Joder —musito—. Joder. —Movía la cabeza como si no se lo pudiera creer.

Dentro del baño pasaban los segundos y seguía sin oírse nada. Intentó captar algo que le indicara lo que estuviera haciendo durante tanto rato. Quizás y solo quizás, algo parecido a unos gemidos o puede que unos sollozos. Sopesó llamar a la puerta hasta que, por fin, oyó correr el agua de la ducha.

Ardía en deseos de verse de nuevo con ella para iniciar un acercamiento por lo que esperó en la cama, paciente, a que saliera. Aprovechó a limpiarse con unos pañuelos y se colocó el calzoncillo y la camiseta. El sonido del agua cesó y, de nuevo, el tiempo pareció congelarse, pero Marta no terminaba de salir.

Cuando lo hizo, se dirigió directamente a la salida, sin mirarlo ni mirar atrás.

—Con esto voy a estar tranquilo hasta que venga Cris sin problema —intentó un acercamiento—. Gracias a ti.

—Voy a preparar el desayuno —dijo cuando atravesaba el quicio—. Deberías ducharte en el baño del pasillo mientras tanto.

El tono fue tajante, adusto, casi enfadado, sin hacer caso a su afirmación y sin girarse hacia él. La puerta del cuarto se cerró al salir, dejándolo en la intimidad de su soledad.

Con lo bien que iba y todo se había torcido al final por su insistencia en follarle el culo. No debió tensar tanto la cuerda. Se le había escapado y sabía que no iba a tener otra oportunidad como ésta, aunque lo que había conseguido no era moco de pavo. Lo que había pasado entre los dos era la hostia. Le había hecho un pajote de campeonato.

«Marta. Me ha. Pelado. La polla».

Nunca ninguna exnovia, ni tan siquiera Cristina, que era la puta diosa del sexo, le había hecho disfrutar tanto, y eso después de haberse pajeado. Levantó la cabeza con la vista puesta en la pared del cabecero.

—Hoy sí que has disfrutado lo tuyo, ¿eh?, vieja verde.

Un par de segundos después, dos golpes resonaron al otro lado.


Fin capítulo XIV
Una sola palabra
TRE MEN DOOOO!!!!
 
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