Los Cuernos que nos Unieron

Kaxondete

Estrella Porno
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Abr 21, 2026
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Marina Alta
 
El sol de la tarde de agosto pegaba fuerte en mi piel cuando salí de casa. Mi marido, David, estaba tumbado en el sofá, viendo una de esas películas de acción que tanto le gustan, completamente ajeno a mis planes. Le dije que iba a dar un paseo por la playa, a tomar algo fresco. Me miró con una sonrisa perezosa y me dijo que me cuidara. Qué inocente.


Caminé por el paseo marítimo sintiendo cómo la brisa del mar me pegaba en las piernas de los shorts. El ambiente era vibrante, lleno de turistas y locales buscando el último respiro de calor del día. Me sentía viva, con ese cosquilleo en el bajo vientre que solo aparece cuando estás a punto de hacer una travesura. No tenía un plan concreto, solo una idea, una necesidad de sentirme deseada por alguien nuevo.


Fue entonces cuando lo vi. Estaba solo en la terraza de un chiringuito, tomando una caña. Era más joven que nosotros, quizás a principios de los veinte, con el pelo oscurito y mojado y un cuerpo fibroso y moreno, claramente un surfista. Nuestros ojos se cruzaron y me dedicó una media sonrisa, segura y un poco pícara. Me sentí como un imán atraído por él. Sin pensarlo dos veces, me sentí en la barra a su lado.


-Parecés aburrida para estar en un sitio como este -me dijo sin rodeos, con una voz grave y ronca.


-Más bien aburrida de lo mismo -respondí, mirándolo de reojo.


La conversación fluyó fácil, cargada de tensión. Me contaba que estaba de viaje, solo, buscando olas. Yo le contaba que vivía aquí, que mi marido era un buen hombre, pero predecible. Cada palabra que intercambiábamos era un paso más hacia el abismo. La atracción era física, casi animal. Sus manos me rozaron un par de veces mientras hablaba, y cada contacto era una descarga eléctrica.


-Tengo un apartamento cerca, con vistas al mar -sugirió de repente, rompiendo cualquier formalidad-. Podríamos seguir tomando algo... en privado.


Asentí sin decir palabra. Mi corazón latía con fuerza, mezcla de miedo y excitación. Mientras caminábamos hacia su apartamento, su mano encontró la mía. No era un gesto tierno, era posesivo. Me apretó con fuerza y yo sentí cómo me mojaba.


El apartamento era pequeño, desordenado como se puede esperar de un chico que solo piensa en el mar. La ventana estaba abierta y se oía el rumor de las olas. Apenas cruzamos la puerta cuando me empujó contra ella. Su boca me buscó con una urgencia que me dejó sin aliento. No era un beso romántico, era un beso de hambre, de pura lujuria. Su lengua luchaba con la mía, sus manos recorrían mi cuerpo con desfachatez, apretando mis nalgas, subiendo por mi espalda hasta desabrocharme el bikini por la espalda.


Me apartó un segundo para mirarme. Sus ojos brillaban con una luz salvaje.

-Quítate todo -me ordenó.


Obedecí. Mis bikinis cayeron al suelo y me quedé desnuda bajo su mirada. Se quitó los bermudas y su polla saltó, ya dura y gruesa. No era como la de David, era diferente, nueva. Me agarró de la cintura y me levantó como si no pesara nada. Llevándome en vilo, me tumbó boca arriba en la mesa de la cocina, fría y dura. El contraste con mi piel caliente me hizo gemir.

Se arrodilló y sin previo aviso, metió su cara entre mis piernas. Su lengua era áspera y experta, lamiéndome con furia, chupando mi clítoris sin piedad. Me agarraba los muslos con tanta fuerza que seguro me dejaría moratones. No estaba haciendo el amor, estaba follando mi coño con su boca. Grité, sin importarme si alguien podía oírme. Mi cuerpo se retorció en un orgasmo violento y rápido.


Antes de recuperarme del todo, se puso de pie y me giró. Mis pechos apoyados en la mesa fría. Me separó las piernas y sin más, se metió de un solo tirón. Su polla me llenó por completo, golpeándome el fondo. Empezó a follarme a un ritmo salvaje, sin compasión. Cada embestida hacía que la mesa chocara contra la pared. Me jaló del pelo, obligándome a arquear la espalda.

- ¿Te gusta, zorra? ¿Te gusta que te folle un desconocido? -sopló en mi oído.


-Sí, joder, sí -grité, sintiendo cómo las lágrimas de placer me subían a los ojos.


Me folló en esa posición hasta que sentí cómo se endurecía aún más dentro de mí. Con un rugido, se corrió, llenándome con su semen caliente. Me mantuvo clavada un instante, respirando agitado. Cuando se retiró, sentí cómo su baba me corría por el interior de los muslos.


No nos dijimos nada. Me vestí en silencio, sintiéndome sucia y satisfecha. Él se quedó tumbado en la cama, con una sonrisa de triunfo. Salí del apartamento y el aire del mar nunca me había parecido tan fresco.


Cuando llegué a casa, David seguía en el sofá, pero ahora se había quedado dormido. Me miré en el espejo del pasillo. Mi pelo era un desastre, tenía los labios hinchados y la piel de las mejillas enrojecida por la barba de él. Olía a sexo, a mar y a traición. Me duché, intentando lavar el olor a otro hombre, pero sabía que la sensación de su polla dentro de mí tardaría mucho en desaparecer. Me acosté junto a mi marido, cerré los ojos y sonreí. Había sido guarro, sí, pero lo más real que había sentido en años.


CONTINUARÁ...........
 

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El sol de la tarde de agosto pegaba fuerte en mi piel cuando salí de casa. Mi marido, David, estaba tumbado en el sofá, viendo una de esas películas de acción que tanto le gustan, completamente ajeno a mis planes. Le dije que iba a dar un paseo por la playa, a tomar algo fresco. Me miró con una sonrisa perezosa y me dijo que me cuidara. Qué inocente.


Caminé por el paseo marítimo sintiendo cómo la brisa del mar me pegaba en las piernas de los shorts. El ambiente era vibrante, lleno de turistas y locales buscando el último respiro de calor del día. Me sentía viva, con ese cosquilleo en el bajo vientre que solo aparece cuando estás a punto de hacer una travesura. No tenía un plan concreto, solo una idea, una necesidad de sentirme deseada por alguien nuevo.


Fue entonces cuando lo vi. Estaba solo en la terraza de un chiringuito, tomando una caña. Era más joven que nosotros, quizás a principios de los veinte, con el pelo oscurito y mojado y un cuerpo fibroso y moreno, claramente un surfista. Nuestros ojos se cruzaron y me dedicó una media sonrisa, segura y un poco pícara. Me sentí como un imán atraído por él. Sin pensarlo dos veces, me sentí en la barra a su lado.


-Parecés aburrida para estar en un sitio como este -me dijo sin rodeos, con una voz grave y ronca.


-Más bien aburrida de lo mismo -respondí, mirándolo de reojo.


La conversación fluyó fácil, cargada de tensión. Me contaba que estaba de viaje, solo, buscando olas. Yo le contaba que vivía aquí, que mi marido era un buen hombre, pero predecible. Cada palabra que intercambiábamos era un paso más hacia el abismo. La atracción era física, casi animal. Sus manos me rozaron un par de veces mientras hablaba, y cada contacto era una descarga eléctrica.


-Tengo un apartamento cerca, con vistas al mar -sugirió de repente, rompiendo cualquier formalidad-. Podríamos seguir tomando algo... en privado.


Asentí sin decir palabra. Mi corazón latía con fuerza, mezcla de miedo y excitación. Mientras caminábamos hacia su apartamento, su mano encontró la mía. No era un gesto tierno, era posesivo. Me apretó con fuerza y yo sentí cómo me mojaba.


El apartamento era pequeño, desordenado como se puede esperar de un chico que solo piensa en el mar. La ventana estaba abierta y se oía el rumor de las olas. Apenas cruzamos la puerta cuando me empujó contra ella. Su boca me buscó con una urgencia que me dejó sin aliento. No era un beso romántico, era un beso de hambre, de pura lujuria. Su lengua luchaba con la mía, sus manos recorrían mi cuerpo con desfachatez, apretando mis nalgas, subiendo por mi espalda hasta desabrocharme el bikini por la espalda.


Me apartó un segundo para mirarme. Sus ojos brillaban con una luz salvaje.

-Quítate todo -me ordenó.


Obedecí. Mis bikinis cayeron al suelo y me quedé desnuda bajo su mirada. Se quitó los bermudas y su polla saltó, ya dura y gruesa. No era como la de David, era diferente, nueva. Me agarró de la cintura y me levantó como si no pesara nada. Llevándome en vilo, me tumbó boca arriba en la mesa de la cocina, fría y dura. El contraste con mi piel caliente me hizo gemir.

Se arrodilló y sin previo aviso, metió su cara entre mis piernas. Su lengua era áspera y experta, lamiéndome con furia, chupando mi clítoris sin piedad. Me agarraba los muslos con tanta fuerza que seguro me dejaría moratones. No estaba haciendo el amor, estaba follando mi coño con su boca. Grité, sin importarme si alguien podía oírme. Mi cuerpo se retorció en un orgasmo violento y rápido.


Antes de recuperarme del todo, se puso de pie y me giró. Mis pechos apoyados en la mesa fría. Me separó las piernas y sin más, se metió de un solo tirón. Su polla me llenó por completo, golpeándome el fondo. Empezó a follarme a un ritmo salvaje, sin compasión. Cada embestida hacía que la mesa chocara contra la pared. Me jaló del pelo, obligándome a arquear la espalda.

- ¿Te gusta, zorra? ¿Te gusta que te folle un desconocido? -sopló en mi oído.


-Sí, joder, sí -grité, sintiendo cómo las lágrimas de placer me subían a los ojos.


Me folló en esa posición hasta que sentí cómo se endurecía aún más dentro de mí. Con un rugido, se corrió, llenándome con su semen caliente. Me mantuvo clavada un instante, respirando agitado. Cuando se retiró, sentí cómo su baba me corría por el interior de los muslos.


No nos dijimos nada. Me vestí en silencio, sintiéndome sucia y satisfecha. Él se quedó tumbado en la cama, con una sonrisa de triunfo. Salí del apartamento y el aire del mar nunca me había parecido tan fresco.


Cuando llegué a casa, David seguía en el sofá, pero ahora se había quedado dormido. Me miré en el espejo del pasillo. Mi pelo era un desastre, tenía los labios hinchados y la piel de las mejillas enrojecida por la barba de él. Olía a sexo, a mar y a traición. Me duché, intentando lavar el olor a otro hombre, pero sabía que la sensación de su polla dentro de mí tardaría mucho en desaparecer. Me acosté junto a mi marido, cerré los ojos y sonreí. Había sido guarro, sí, pero lo más real que había sentido en años.


CONTINUARÁ...........

La noche fue un torbellino de sueños fragmentados. En unos, la cara del surfista se mezclaba con la de David. En otros, sentía el frío de la mesa de la cocina contra mis pechos y el calor de su semen corriendo por mis piernas. Me desperté sobresaltada, con el corazón en la garganta. A mi lado, David seguía durmiendo plácidamente, con la boca ligeramente abierta. Lo miré y sentí una extraña mezcla de culpa, poder y un afecto que ya no sabía si era amor o costumbre.


Esa mañana, el silencio en casa era ensordecedor. Mientras preparaba el café, sentí su presencia a mi espalda. Se acercó y me rodeó con sus brazos, como cada mañana. Su olor, su calor, me resultaban extrañamente ajenos.


-Buenos días, mi amor -murmuró, besándome el cuello.


Me quedé rígida. Sus labios en mi piel me recordaron los del otro, los que me habían dejado moratones y me habían hecho gritar. Me di la vuelta y lo miré a los ojos. Era el momento. No podía seguir guardándolo.


-David, tenemos que hablar -dije, mi voz más firme de lo que esperaba.


Se sentó en la barra de la cocina, mirándome con una expresión de preocupación. Le conté todo. Sin edulcorantes. Le dije que había salido a pasear, que conocí a un chico en un chiringuito, que fui a su apartamento. Le describí la mesa, la forma en que me folló, las palabras que me susurró al oído. Mientras hablaba, su cara pasó de la confusión al shock, y de ahí a una palidez mortal. No me interrumpió. Solo me miraba, con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo un fantasma.


Cuando terminé, el silencio volvió a apoderarse de la habitación. Se quedó mirando el suelo, sin decir nada. Esperé la explosión, los gritos, las lágrimas. Nada. Pasaron varios minutos eternos.


Entonces, alzó la vista y me miró. Pero no había ira en sus ojos. Había algo que no pude identificar al principio. Dolor, sí, pero también... ¿curiosidad?


-¿Y... te gustó? -preguntó con voz ronca, apenas un susurro.


La pregunta me desarmó. No era lo que esperaba. Asentí, sin poder mentir.


-Sí -admití-. Mucho.


Se quedó en silencio de nuevo, procesando mi respuesta. Me levanté y me serví un café, mis manos temblaban ligeramente. Me senté frente a él, esperando.


- ¿Fue solo una vez? -volvió a preguntar.


-De momento, sí.


Me miró fijamente, y entonces lo vi. Una chispa. Algo que se encendió detrás del dolor. Se recompuso un poco, se pasó una mano por el pelo.


-Ya sabes... siempre me ha excitado la idea de que estés con otro hombre -dijo, casi en un murmullo, como si le costara confesarlo-. Pensarlo... me pone fatal, sí, pero... también me pone.


Mi boca se abrió. No podía creer lo que estaba oyendo. David, mi predecible y tranquilo marido, me estaba diciendo que la idea de que le fuera infiel le excitaba.


-No entiendo... -logré decir.


-Tú no tienes que entenderlo ahora -dijo, y por primera vez en la mañana, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro-. Lo que tienes que decidir es si quieres volver a hacerlo. Y si quieres... quiero que me lo cuentes todo. Cada detalle.


Se levantó y se acercó a mí. Me tomó de la mano y la llevó a su entrepierna. Estaba duro. Muy duro. Mi confesión lo había excitado de una forma que nunca habría imaginado.


-Así que decide, cariño -continuó, su voz ahora más segura, casi un desafío-. ¿Vas a ser una buena esposa y te quedas conmigo... o vas a seguir siendo la zorra que conocí anoche y te follas a quien te dé la gana? Porque si lo haces... quiero ser parte de ello. Quiero oírlo, saberlo, sentirlo a través de ti.


Me quedé sin palabras. El poder se había desplazado de forma dramática. Yo, que había salido a buscar una aventura para sentirme con el control, ahora me encontraba con que mi marido no solo me perdonaba, sino que me daba su bendición, su permiso, para seguir haciéndolo. Quería ser el espectador de mi propia traición. Quería que mi infidelidad se convirtiera en nuestro nuevo juego.


Y en ese momento, supe que mi vida, y nuestro matrimonio, acababan de cambiar para siempre.


Los días siguientes fueron una extraña mezcla de normalidad y tensión eléctrica. Por las mañanas, David seguía siendo el mismo: me preparaba el café, me daba un beso antes de ir a trabajar. Pero por las noches, todo cambiaba. Se acercaba a mí, no con el deseo habitual de un marido, sino con la curiosidad de un inquisidor.


-¿Has pensado en él? -me preguntaba mientras veíamos la tele, su mano posada en mi muslo.


-¿En qué? -respondía yo, jugando a ser inocente.


-En cómo te folló. En su polla dentro de ti.


Sus palabras, tan directas y crudas, me erizaban la piel. Y entonces, empezaba el ritual. Me pedía que le contara los detalles otra vez. Cada vez, añadiendo algo nuevo, acentuando lo guarro, lo salvaje. Mientras hablaba, él me tocaba, excitado por mi relato, y terminábamos follando con una ferocidad que no teníamos desde hacía años. Mi traición se había convertido en nuestro afrodisíaco.

CONTINUARA.........
 

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La noche fue un torbellino de sueños fragmentados. En unos, la cara del surfista se mezclaba con la de David. En otros, sentía el frío de la mesa de la cocina contra mis pechos y el calor de su semen corriendo por mis piernas. Me desperté sobresaltada, con el corazón en la garganta. A mi lado, David seguía durmiendo plácidamente, con la boca ligeramente abierta. Lo miré y sentí una extraña mezcla de culpa, poder y un afecto que ya no sabía si era amor o costumbre.


Esa mañana, el silencio en casa era ensordecedor. Mientras preparaba el café, sentí su presencia a mi espalda. Se acercó y me rodeó con sus brazos, como cada mañana. Su olor, su calor, me resultaban extrañamente ajenos.


-Buenos días, mi amor -murmuró, besándome el cuello.


Me quedé rígida. Sus labios en mi piel me recordaron los del otro, los que me habían dejado moratones y me habían hecho gritar. Me di la vuelta y lo miré a los ojos. Era el momento. No podía seguir guardándolo.


-David, tenemos que hablar -dije, mi voz más firme de lo que esperaba.


Se sentó en la barra de la cocina, mirándome con una expresión de preocupación. Le conté todo. Sin edulcorantes. Le dije que había salido a pasear, que conocí a un chico en un chiringuito, que fui a su apartamento. Le describí la mesa, la forma en que me folló, las palabras que me susurró al oído. Mientras hablaba, su cara pasó de la confusión al shock, y de ahí a una palidez mortal. No me interrumpió. Solo me miraba, con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo un fantasma.


Cuando terminé, el silencio volvió a apoderarse de la habitación. Se quedó mirando el suelo, sin decir nada. Esperé la explosión, los gritos, las lágrimas. Nada. Pasaron varios minutos eternos.


Entonces, alzó la vista y me miró. Pero no había ira en sus ojos. Había algo que no pude identificar al principio. Dolor, sí, pero también... ¿curiosidad?


-¿Y... te gustó? -preguntó con voz ronca, apenas un susurro.


La pregunta me desarmó. No era lo que esperaba. Asentí, sin poder mentir.


-Sí -admití-. Mucho.


Se quedó en silencio de nuevo, procesando mi respuesta. Me levanté y me serví un café, mis manos temblaban ligeramente. Me senté frente a él, esperando.


- ¿Fue solo una vez? -volvió a preguntar.


-De momento, sí.


Me miró fijamente, y entonces lo vi. Una chispa. Algo que se encendió detrás del dolor. Se recompuso un poco, se pasó una mano por el pelo.


-Ya sabes... siempre me ha excitado la idea de que estés con otro hombre -dijo, casi en un murmullo, como si le costara confesarlo-. Pensarlo... me pone fatal, sí, pero... también me pone.


Mi boca se abrió. No podía creer lo que estaba oyendo. David, mi predecible y tranquilo marido, me estaba diciendo que la idea de que le fuera infiel le excitaba.


-No entiendo... -logré decir.


-Tú no tienes que entenderlo ahora -dijo, y por primera vez en la mañana, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro-. Lo que tienes que decidir es si quieres volver a hacerlo. Y si quieres... quiero que me lo cuentes todo. Cada detalle.


Se levantó y se acercó a mí. Me tomó de la mano y la llevó a su entrepierna. Estaba duro. Muy duro. Mi confesión lo había excitado de una forma que nunca habría imaginado.


-Así que decide, cariño -continuó, su voz ahora más segura, casi un desafío-. ¿Vas a ser una buena esposa y te quedas conmigo... o vas a seguir siendo la zorra que conocí anoche y te follas a quien te dé la gana? Porque si lo haces... quiero ser parte de ello. Quiero oírlo, saberlo, sentirlo a través de ti.


Me quedé sin palabras. El poder se había desplazado de forma dramática. Yo, que había salido a buscar una aventura para sentirme con el control, ahora me encontraba con que mi marido no solo me perdonaba, sino que me daba su bendición, su permiso, para seguir haciéndolo. Quería ser el espectador de mi propia traición. Quería que mi infidelidad se convirtiera en nuestro nuevo juego.


Y en ese momento, supe que mi vida, y nuestro matrimonio, acababan de cambiar para siempre.


Los días siguientes fueron una extraña mezcla de normalidad y tensión eléctrica. Por las mañanas, David seguía siendo el mismo: me preparaba el café, me daba un beso antes de ir a trabajar. Pero por las noches, todo cambiaba. Se acercaba a mí, no con el deseo habitual de un marido, sino con la curiosidad de un inquisidor.


-¿Has pensado en él? -me preguntaba mientras veíamos la tele, su mano posada en mi muslo.


-¿En qué? -respondía yo, jugando a ser inocente.


-En cómo te folló. En su polla dentro de ti.


Sus palabras, tan directas y crudas, me erizaban la piel. Y entonces, empezaba el ritual. Me pedía que le contara los detalles otra vez. Cada vez, añadiendo algo nuevo, acentuando lo guarro, lo salvaje. Mientras hablaba, él me tocaba, excitado por mi relato, y terminábamos follando con una ferocidad que no teníamos desde hacía años. Mi traición se había convertido en nuestro afrodisíaco.

CONTINUARA.........


Una semana después, el viernes por la noche, estamos en la cama. El ambiente estaba cargado.

-Hay una fiesta en la playa mañana por la noche -dijo él de repente-. En el chiringuito de la duna. Deberías ir.


Me giré para mirarlo.

- ¿A sola?


-Claro que a sola -dijo, con una sonrisa pícara-. Busca a alguien. O a dos. Y luego, vuelve y cuéntamelo todo.


El sábado me vestí con intención. Un vestido negro corto y ceñido que apenas me cubría el culo, sin sujetador, con un tanga diminuto por debajo. David me miró arreglarme, con los ojos brillantes de anticipación.

-Enséñame -me pidió antes de que saliera.

Levanté la falda del vestido. Él sopló el aire, asintiendo con aprobación.

-Vuelve sucia -fue su única instrucción.


El chiringuito era un caos de música alta, cuerpos sudando y alcohol corriendo a raudales. Me moví entre la multitud, sintiendo las miradas clavarse en mí. No tardé en encontrarlo. O mejor, en encontrarlos. Eran dos amigos, de vacaciones, un rubio alto y delgado y un moreno más bajito y fornido. Me compraron una copa, luego otra. La conversación se volvió rápidamente subida de tono. Sus manos ya no se limitaban a mi espalda.


-¿Vamos a dar un paseo por la playa? -sugirió el moreno, con la mano ya posada en mi nalga.


Asentí. Nos alejamos de la música y el bullicio, hacia el mar. La arena estaba fría bajo mis pies descalzos. No caminamos mucho. El rubio me empujó suavemente contra una duna y me besó, una mano subiendo por mi vestido para encontrar mis pechos. El moreno se arrodilló detrás de mí, bajándome el tanga con los dientes.


La experiencia fue diferente a la del surfista. No era tan salvaje, pero más intensa en su propia forma. Mientras el rubio me chupaba la boca y me retorcía los pezones, sentí la lengua del moreno lamiéndome el culo, bajando hasta mi coño. Estaba mojadísima. Se turnaron. Primero me folló el rubio, rápido y superficial, mientras el moreno me obligaba a chuparle su polla. Luego, el moreno me hizo ponerme a cuatro patas y me entró por detrás, con más fuerza, haciéndome gritar contra la boca del otro.


La arena se me metía por todas partes, en mi pelo, en mi coño, en la boca. Era incómodo, guarro, y delicioso. Me corrieron los dos, uno en mi cara y el otro en mi espalda. Me quedé tumbada en la arena, sintiéndome usada y completamente satisfecha.


Cuando llegué a casa, David me esperaba despierto en el sofá. Se levantó al verme. Me miró de arriba abajo. Tenía la arena pegada a las piernas, el pelo alborotado y el vestido arrugado. Olía a sexo, a otros dos hombres.


-Sin ducharte -ordenó, su voz era un ronquido.


Me tumbé en la cama y él se acercó, examinándome como un trofeo de caza. Me abrió las piernas y vio el semen seco en mis muslos. Vio los arañazos en mis espalda.

-Cuéntamelo todo -susurró, su mano ya bajando hacia su propia polla dura.


Y se lo conté. Todo. Mientras él se masturbaba, le describí cada detalle, cada sabor, cada sensación. Cuando terminé, se corrió sobre mi vientre, mezclando su semen con el recuerdo del de ellos. Me acarició el pelo, sucio de arena.


-Eres la mujer más increíble del mundo -dijo, y por primera vez, lo creí.


Ya no éramos un matrimonio normal. Éramos cómplices en un juego donde mi placer y mi infidelidad eran el centro de todo. Y yo, por primera vez en mi vida, me sentía completamente libre.

CONTINUARÁ........
 
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Una semana después, el viernes por la noche, estamos en la cama. El ambiente estaba cargado.

-Hay una fiesta en la playa mañana por la noche -dijo él de repente-. En el chiringuito de la duna. Deberías ir.


Me giré para mirarlo.

- ¿A sola?


-Claro que a sola -dijo, con una sonrisa pícara-. Busca a alguien. O a dos. Y luego, vuelve y cuéntamelo todo.


El sábado me vestí con intención. Un vestido negro corto y ceñido que apenas me cubría el culo, sin sujetador, con un tanga diminuto por debajo. David me miró arreglarme, con los ojos brillantes de anticipación.

-Enséñame -me pidió antes de que saliera.

Levanté la falda del vestido. Él sopló el aire, asintiendo con aprobación.

-Vuelve sucia -fue su única instrucción.


El chiringuito era un caos de música alta, cuerpos sudando y alcohol corriendo a raudales. Me moví entre la multitud, sintiendo las miradas clavarse en mí. No tardé en encontrarlo. O mejor, en encontrarlos. Eran dos amigos, de vacaciones, un rubio alto y delgado y un moreno más bajito y fornido. Me compraron una copa, luego otra. La conversación se volvió rápidamente subida de tono. Sus manos ya no se limitaban a mi espalda.


-¿Vamos a dar un paseo por la playa? -sugirió el moreno, con la mano ya posada en mi nalga.


Asentí. Nos alejamos de la música y el bullicio, hacia el mar. La arena estaba fría bajo mis pies descalzos. No caminamos mucho. El rubio me empujó suavemente contra una duna y me besó, una mano subiendo por mi vestido para encontrar mis pechos. El moreno se arrodilló detrás de mí, bajándome el tanga con los dientes.


La experiencia fue diferente a la del surfista. No era tan salvaje, pero más intensa en su propia forma. Mientras el rubio me chupaba la boca y me retorcía los pezones, sentí la lengua del moreno lamiéndome el culo, bajando hasta mi coño. Estaba mojadísima. Se turnaron. Primero me folló el rubio, rápido y superficial, mientras el moreno me obligaba a chuparle su polla. Luego, el moreno me hizo ponerme a cuatro patas y me entró por detrás, con más fuerza, haciéndome gritar contra la boca del otro.


La arena se me metía por todas partes, en mi pelo, en mi coño, en la boca. Era incómodo, guarro, y delicioso. Me corrieron los dos, uno en mi cara y el otro en mi espalda. Me quedé tumbada en la arena, sintiéndome usada y completamente satisfecha.


Cuando llegué a casa, David me esperaba despierto en el sofá. Se levantó al verme. Me miró de arriba abajo. Tenía la arena pegada a las piernas, el pelo alborotado y el vestido arrugado. Olía a sexo, a otros dos hombres.


-Sin ducharte -ordenó, su voz era un ronquido.


Me tumbé en la cama y él se acercó, examinándome como un trofeo de caza. Me abrió las piernas y vio el semen seco en mis muslos. Vio los arañazos en mis espalda.

-Cuéntamelo todo -susurró, su mano ya bajando hacia su propia polla dura.


Y se lo conté. Todo. Mientras él se masturbaba, le describí cada detalle, cada sabor, cada sensación. Cuando terminé, se corrió sobre mi vientre, mezclando su semen con el recuerdo del de ellos. Me acarició el pelo, sucio de arena.


-Eres la mujer más increíble del mundo -dijo, y por primera vez, lo creí.


Ya no éramos un matrimonio normal. Éramos cómplices en un juego donde mi placer y mi infidelidad eran el centro de todo. Y yo, por primera vez en mi vida, me sentía completamente libre.

CONTINUARÁ........


La siguiente semana, el aire en casa se sentía diferente. Ya no era solo tensión, era expectación. David ya no se conformaba con mis relatos. Necesitaba más. Una noche, mientras yo le describía cómo el moreno me había sujetado las caderas mientras me follaba por detrás, él me detuvo.


-Necesito verlo -dijo, su voz grave y decidida-. Quiero verlo, no solo oírlo.


Me quedé quieta. Verlo era otro nivel. Era grabar la traición, tener una prueba tangible.


- ¿Cómo? -pregunté, sabiendo ya la respuesta.


Se levantó y fue a su mesita de noche. Volvió con mi móvil. Lo desbloqueó con mi huella y abrió la aplicación de la cámara.

-La próxima vez... quiero que grabes.


La idea me heló y me excitó a la vez. Grabarme mientras otro hombre me follaba, para que mi marido lo viera después. Era la línea más allá de la cual no habría vuelta atrás. Asentí.


El viernes siguiente, la oportunidad se presentó sola. Fui a un bar de copas del puerto, un lugar más elegante donde solían ir marineros y tripulantes de yates de lujo. No llevaba ni cinco minutos en la barra cuando un hombre se sentó a mi lado. Era mayor que yo, quizás de unos cuarenta y tantos, con un traje caro y un aire de autoridad. No era un chico, era un hombre. Tenía las manos grandes y una mirada que parecía desvestirme.


- ¿Qué bebe una mujer tan guapa sola en un sitio como este? -preguntó, con un acento extranjero, quizás inglés o alemán.


-Le dije que buscaba aventura -respondí, mirándole directamente a los ojos.


Sonrió. Una sonrisa lenta y segura.

-Yo puedo ofrecerte una. Mi yate está amarrado justo ahí fuera.


Mi corazón dio un vuelco. Un yate. Era el escenario perfecto. Mientras caminábamos por el muelle, saqué el móvil. Fingiendo revisar un mensaje, me aseguré de que la cámara estuviera lista para grabar con un solo toque.


El yate era inmenso, impecablemente blanco. Me llevó a la cabina principal, un espacio de lujo con vistas al agua oscura del puerto. No perdió el tiempo. Me empujó suavemente contra la gran ventana de cristal y me besó. Su beso era diferente, más controlado, pero igual de voraz.


Mientras me desabrochaba el vestido, susurró: "Voy a hacerte mía, pequeña". En ese momento, con el vestido caído a mis pies y él arrodillándose frente a mí, activé la grabación. Dejé el móvil apoyado en la consola cercana, con la lente apuntando hacia nosotros, y me olvidé de él.


Me comió con una maestría que me dejó temblando. Su lengua era precisa, sabía exactamente dónde presionar, cómo hacerme gemir. Luego, se deshizo de su ropa. Su cuerpo era duro, marcado por el ejercicio. Su polla era gruesa y perfectamente recta.


Me hizo girar y me presionó contra el cristal frío. El contraste de mi piel caliente con la ventana fue increíble. Entró en mí desde detrás, con un movimiento lento y profundo que me hizo perder el aliento. Cada embestida era un acto de posesión. Me jaló del pelo, obligándome a mirar nuestro reflejo en el cristal: su cuerpo dominando el mío, mi cara de placer puro.


- ¿Te gusta cómo te follo, zorra? -preguntó, su voz resonando en la cabina.


-Sí... no pares -gemí, sintiendo cómo otro orgasmo se construía dentro de mí.

Me folló allí durante lo que pareció una eternidad, cambiando de posiciones, llevándome al borde una y otra vez. Me corrió en mi espalda, su semen caliente corriendo por mi columna vertebral. Me quedé tumbada en la alfombra de piel, sintiéndome exhausta y vencida.

Me vestí con lentitud. Él me dio su número, pero yo sabía que no lo volvería a llamar. Cogí mi móvil, la grabación ya había parado sola. El peso del teléfono en mi mano era el peso de mi nueva vida.

CONTINUARÁ ........
 
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