Los Cuernos que nos Unieron

Kaxondete

Estrella Porno
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Abr 21, 2026
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Marina Alta
 
La orgía nos dejó vacíos y saciados. Durante varios días, apenas hablamos. El silencio no era incómodo, era de recuperación. Habíamos explorado el extremo de la bisexualidad masculina, el caos de un grupo. Pero David, siempre un paso por delante de su propia locura, encontró un nuevo vacío que llenar.


-Vi algo -me dijo una noche, mientras navegaba por su portátil en el sofá-. En un foro. Un vídeo.


Me senté a su lado. En la pantalla, una mujer era follada por un hombre y una mujer transexual al mismo tiempo. La transexual era guapísima, con un cuerpo femenino perfecto y una polla que se movía con gracia mientras follaba a la mujer.


-¿Qué te parece? -preguntó David, su voz era un susurro ronco.


-Es... intenso -dije, sintiendo cómo mi coño se humedecía.


-Quiero una -dijo él, sin quitar los ojos de la pantalla-. Quiero follármela. Y quiero que ella te folla a ti. Y quiero que follen a otros. Quiero pollas de todo tipo.


La búsqueda fue la más específica y extraña hasta ahora. No queríamos solo una transexual. Queríamos dos. Una con una polla pequeña, casi delicada, y otra con una polla grande y dominante. Queríamos el contraste, la simetría rota.


Las encontramos. Se llamaban Sasha y Vicky. Sasha era la de polla pequeña. Era una rubia de aspecto dulce, con un cuerpo esbelto y una polla fina y no muy grande, que se mantenía erecta con una facilidad adorable. Vicky era su opuesto. Una morena con ojos de gato, pechos operados perfectos y una polla grande y gruesa que parecía tener vida propia.


Cuando llegaron a nuestra casa, el ambiente se cargó de una electricidad nueva. Eran mujeres, pero no lo eran. Eran algo más, algo que rompía todas las reglas. Nos besaron a los dos, y sus labios eran suaves y firmes a la vez.


Nos llevaron al salón, ya preparado con colchones. La ropa desapareció en segundos. Sus cuerpos eran una obra de arte, una mezcla perfecta de curvas femeninas y masculinidad.


Sasha se acercó a mí. Me tumbó en un colchón y se arrodilló entre mis piernas. Su polla pequeña entró en mí con una facilidad increíble. No era una penetración brutal, era una caricia profunda. Se movía dentro de mí con un ritmo suave y constante, mientras me chupaba los pechos con una delicadeza que me hacía gemir. Era como ser follada por un ángel perverso.


Mientras tanto, Vicky se había hecho cargo de David. Lo había obligado a ponerse a cuatro patas y lo estaba follando con una ferocidad brutal. Su polla grande entraba y salía del culo de mi marido, que gemía y gritaba con una mezcla de dolor y placer que me excitó hasta la médula.


-¿Te gusta, zorro? -gritaba Vicky, dándole una bofetada en el culo-. ¿Te gusta mi polla?


-Sí, sí, joder, sí -gritaba David.


Vicky se retiró de David y se acercó a nosotros. Se agachó y me besó, su lengua luchando con la mía. Luego, se colocó detrás de Sasha.

-Mi turno -dijo.


Mientras Sasha seguía follándome, Vicky se metió por detrás de ella. Vi cómo la polla grande de Vicky desaparecía en el culo de Sasha, que gimió contra mi pecho. Ahora éramos una cadena de cuatro, un tren de placer donde cada uno era a la vez el que folla y el que es follado. Vicky follaba a Sasha, Sasha me follaba a mí, y yo, desde abajo, veía cómo David se acercaba con su polla dura en la mano.


-Metémela en la boca -ordenó.


Abrí la boca y él la metió hasta el fondo. Mientras me follaba la boca, Vicky aumentó el ritmo, follando a Sasha con más fuerza, y Sasha se movía dentro de mí con más urgencia. El ritmo se volvió frenético, un torbellino de cuerpos y gemidos.


-Cambio -gritó Vicky.


Se retiró de Sasha y se acercó a mí. Me hizo ponerme a cuatro patas y se metió en mi coño de un solo tirón. Su polla era enorme, me desgarró y me llenó. Grité de placer. Sasha se acercó y se metió su polla pequeña en mi boca. Sabía a mi coño y a Vicky. Mientras tanto, David se colocó detrás de Vicky y se la metió por el culo. La cadena se había roto y reformado, ahora con David en la cima, follando a la que me follaba a mí.


La escena era pura pornografía. Cuatro cuerpos, tres pollas, un sinfín de agujeros siendo llenados. Vicky se corrió primero, su semen caliente llenándome el interior. Luego, Sasha se corrió en mi boca, su semen dulce y ligero. Finalmente, David se corrió en el culo de Vicky con un rugido.


Nos derrumbamos los cuatro sobre los colchones, un amasijo de sudor y semen. Sasha y Vicky se besaron, luego nos besaron a nosotros.


-Sois los mejores -susurró Sasha, acariciándome el pelo.


Nos quedaron un rato más, bebiendo y charlando sobre nuestras vidas. Eran dos chicas normales, con trabajos y problemas, que además tenían pollas. Eran la encarnación de la complejidad y la belleza del deseo.

CONTINUARÁ........


Cuando se fueron, David y yo nos quedamos tumbados en el silencio.

-Esto... esto es todo -dijo él, su voz llena de asombro.


Y lo era. Habíamos explorado cada género, cada configuración, cada fantasía. No quedaban más fronteras que cruzar. Solo nos quedaba vivir en el universo infinito que habíamos creado para nosotros.


La partida de Sasha y Vicky dejó un vacío en la casa que no era de soledad, sino de finalización. Era el silencio que sigue al último cohete de un espectáculo de fuegos artificiales. David y yo nos quedamos tumbados en el salón, que todavía olía a sexo, a lubricante y a la esencia de media docena de personas diferentes. La luz de la mañana se filtraba por las persianas, iluminando el desorden de nuestra noche.


Nos miramos. No había nada que decir. Lo habíamos hecho todo. Habíamos explorado cada rincón de la lujuria, cada combinación posible, cada fantasía oscura que se había atrevido a surgir de nuestras mentes. Habíamos roto nuestro matrimonio, nuestra identidad, y lo habíamos reensamblado en algo nuevo, monstruoso y brillante.


Nos levantamos en silencio y, por primera vez en meses, nos duchamos juntos. No hubo sexo, no hubo caricias eróticas. Nos lavamos el uno al otro con una ternura que casi me hizo llorar. Lavé la espalda de David, sintiendo las cicatrices invisibles de nuestras noches de locura. Él me lavó el pelo, con una delicadeza que me recordaba al hombre con el que me había casado.


Mientras nos secábamos, él me miró a los ojos.

-¿Estás bien?


Asentí. Y era verdad. Estaba bien. Estaba completa. Habíamos viajado al infierno y al paraíso y habíamos vuelto, transformados.


Esa mañana, nos sentamos en la terraza, como una pareja normal. Tomamos café y leímos el periódico. El mundo exterior seguía ahí, ajeno a nuestro universo privado. Por la tarde, fuimos a comprar al supermercado. David tomó mi mano mientras caminábamos por el pasillo de las verduras. Era un gesto simple, mundano, pero cargado de un significado que antes no tenía.


Por la noche, nos acostamos temprano. Nos acurrucamos el uno contra el otro, desnudos, bajo las sábanas limpias. No hubo rituales, no hay fantasías. Solo el calor de nuestros cuerpos, el ritmo de nuestra respiración. Me giré para apagar la luz de la mesita y vi el móvil. Durante meses, había sido el instrumento de nuestra decadencia, la caja que contenía nuestros secretos pornográficos.


Lo cogí. David me miró, preguntándose qué haría. Abrí la galería de fotos y vi las miniaturas: mi cara siendo follada por Alex, mi cuerpo cubierto de semen en la orgía, David siendo penetrado por Leo, las cuatro piernas enredadas con Sasha y Vicky. Eran el registro de nuestra caída y nuestro renacimiento.


Con el dedo temblando ligeramente, pulsé "Seleccionar todo". Luego, la papelera de reciclaje. Y finalmente, "Eliminar permanentemente". Un mensaje de confirmación apareció en pantalla: "Esta acción no se puede deshacer". Acepté.


Todas las fotos, todos los videos, desaparecieron. El móvil volvió a ser solo un teléfono.


Me dejé el móvil en la mesita y me giré para mirar a David. Sus ojos estaban llenos de lágrimas silenciosas. No eran lágrimas de tristeza, eran de alivio. De liberación.


Me besó. Fue un beso diferente a todos los que nos habíamos dado en los últimos meses. No era un beso de lujuria, de desafío o de poder. Era un beso de amor. Un beso puro y simple, como el de dos adolescentes que se descubren por primera vez.


Nos abrazamos con fuerza, como si temiéramos que uno de los dos pudiera desaparecer. En esa habitación, en esa cama, en ese momento, no éramos el director y su musa, ni los amantes perversos, ni los exploradores del deseo. Éramos solo David y Elena. Un hombre y una mujer que se habían enfrentado al abismo, se habían mirado dentro y, en lugar de retroceder, habían saltado juntos. Y ahora, en el silencio que seguía al caos, habían encontrado algo más fuerte que el placer: se habían encontrado el uno al otro. Y eso era todo.


FIN
 
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