Los Agujeros de mi Hija – Capítulos 001 al 003

heranlu

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Los Agujeros de mi Hija – Capítulo 001

Me quiero dirigir a todo el que piense que un error no te puede perseguir eternamente para decirle que está muy equivocado. Todas las meteduras de pata, incluso esas de las que casi ni nos acordamos, tarde o temprano, regresan para sacudir los cimientos de lo que puede ser una vida tranquila. Las consecuencias pueden ser leves, pero también devastadoras.

Como cualquier joven, estaba convencido de que mis actos no tenían consecuencias, al menos si nadie salía perjudicado por ellos. Fue por eso por lo que conseguí salir adelante sin problemas a pesar de haber hecho algo que a ojos de cualquiera resultaría, como mínimo, moralmente reprobable. Quizás me beneficiaba que fuese una carga compartida.

No tener ningún remordimiento me permitió llevar una vida normal, hacer cosas tan corrientes como tener pareja. Al fin y al cabo, no había hecho nada realmente grave, se podría considerar incluso insignificante, si lograba lidiar con ello tal y como lo hacía. Era un asunto del pasado de yo tenía que centrarme en el futuro.

Y resultó que ese futuro estaba junto a Melania, no con cualquiera de las otras a las que había conocido antes, sino con ella. Una chica guapa, de trato fácil y trabajadora tanto en casa como fuera. De haber tenido que ponerle una pega, hubiese dicho que era demasiado formal, muy conservadora, al menos para lo joven que era por entonces.

Eso tenía cosas buenas, como lo mucho que se entregaba en las tareas del hogar, pero la parte negativa no me gustaba tanto. En realidad, no me perjudicó demasiado, más allá de que nos tuvimos que casar demasiado pronto, al menos a mi modo de ver. Pasar por el altar con veinticinco años no es ninguna tragedia, no si crees estar con la mujer correcta.

En lo que sí que tenía más dudas era en lo de ponernos a buscar el embarazo de inmediato. Económicamente me iba muy bien, la verdad, así que ese no era el problema. Lo que llevo quería era seguir disfrutando de esa primera etapa del matrimonio, la más dulce, en vez de cargarme tan pronto con una responsabilidad gigantesca.

Me resistí durante ¿cuánto, dos meses? Sí, creo que eso fue lo que tardó Melania en decirme que con condón no ahí revolcón. Pues nada, ahí estaba yo, empujando como un machote mientras rezaba para tardar lo máximo posible en hacer diana. No sabría decir si mis súplicas fueron escuchadas, por eso de que el tiempo es relativo, pero a los cinco meses ya estábamos inmersos en eso que llaman la dulce espera.

- Va a ser una niña, lo presiento.

- Pues entonces estoy apañado.

- ¿Por qué lo dices?

- Porque siempre sucede lo que tú quieres.

- Cariño, con esto no puedo manipular a nadie como hago contigo.

- Eso es verdad.

- Y supongo que ya tendrás hasta el nombre pensado.

- Claro, se va a llamar Silvia, como mi hermana.

- Qué original...

- A la siguiente le podemos poner el nombre de la tuya.

- ¿Es que va a haber más?

- Ya lo creo yo que sí, por lo menos tres.

De todas sus predicciones y amenazas, esa última fue la única que no se cumplió. Unos meses después tuvimos una preciosa niña a la que, obviamente, le pusimos de nombre Silvia, aunque yo la llamé desde el primer momento Silvi, porque era muy pequeñita, pero sobre todo para identificarla lo menos posible con mi cuñada.

La paternidad no empezó en absoluto con mal pie, yo esperaba algo bastante más complicado. Es probable que se debiera a que Melania se ocupaba de lo más difícil, todo eso de cambiarle el pañal y amamantarla. Aun así, yo hacía todo lo que me ordenaba, sacrificando horas de sueño que no volverían, aunque era por la mejor de las causas.

Por motivos que enseguida comprenderéis, pasaron dos años desde el nacimiento de mi hija hasta que Coral, mi hermana mayor, vino a verla por primera vez. No es que estuviéramos peleados ni nada por el estilo, simplemente llegó un momento en que decidimos que lo mejor para los dos era poner algo de tierra de por medio.

Melania no tenía ni idea de nada de eso, creía que éramos los típicos hermanos a los que no les une gran cosa. Ellas dos habían demostrado tener muy buena sintonía las pocas veces que habían coincidido, y justo eso iba a ser lo que me llevara a la ruina. Charlaban amistosamente cuando se produjo el fatal desliz.

- La niña es una monada, Melania, menos mal que ha salido a ti.

- Pues tu hermano dice que es clavadita a él.

- ¿Y cuándo ha dicho Pedro algo sensato?

- También es verdad.

- ¿Planes de ir ya a por la parejita?

- Si de mí dependiese, sería otra niña.

- Pero él prefiere un niño, ¿verdad?

- En realidad, si le dejara escoger nos quedaríamos como estamos.

- Pero no le vas a dejar.

- Al final hará lo que yo quiera, porque si no ya sabe sin lo que se queda.

- Sé a lo que te refieres, lo tienes bien pillado con eso.

- Siempre es lo primero en su lista de prioridades.

- A mí me lo vas a decir...

- No te entiendo, Coral.

- Nada, es una tontería.

- No seas así, explícamelo.

- Es algo sin importancia, solo ocurrió una vez.

- Imagino que no te refieres a lo que estoy pensando.

- Éramos muy jóvenes, estábamos solos y...

- ¿Os acostasteis?

Estaba en la cocina preparando café mientras las escuchaba hablar, y no intervine porque ni en mil años me hubiera imaginado que mi hermana fuese capaz de contarlo, pero lo hizo. Coral se excusó diciendo que había dado por hecho que entre mi mujer y yo no había secretos, aunque cualquiera con dos dedos de frente sabría que algo así no se podía compartir con nadie.

En el tiempo que llevaba casado con Melania eso era lo que más me había atormentado, pero ni se me pasó por la cabeza contárselo. Fue una tontería, un momento de debilidad por parte de ambos del que enseguida nos arrepentimos. Nuestros padres eran muy liberales y eso nos llevó a confusión, creíamos que estaba bien disfrutar de cualquier oportunidad que se nos pusiera por delante.

Nos arrepentimos al momento, pero ya nos había pasado factura, nuestra relación de hermanos ya nunca volvería a ser igual. Varios años después, ese desliz me costó también mi matrimonio. Ni siquiera me permitió darle explicaciones, Melania me echó de casa y me obligó a aceptar todas sus condiciones, o de lo contrario contaría mi secreto a todos nuestros conocidos.

Todo lo que me impuso estaba relacionado con la niña. La vería cuando y donde ella quisiera, sin darme siquiera la oportunidad de reclamar fechas especiales. Y había convertido en un degenerado para ella y no quería que nuestra hija se creara conmigo. También me exigió grandes cantidades de dinero, aunque eso era lo que menos me importaba.

La parte mala fue perder a mi familia, aunque casi empatado con el hecho de que mi hermana, sintiéndose culpable, quisiera compensarme no apartándose de mí. Aunque la estancia iba a ser muy breve, se ofreció a acogerme en su casa, cosa que no pude rechazar porque no tenía otro sitio. Y yo que pensaba que la vida de casado era complicada...

- Aquí estarás como un rey, Pedro, yo me encargo.

- No creo que me quede más de una semana.

- No seas así, hombre, que tenemos que recuperar el tiempo perdido.

- Nos ha ido bastante bien estando distanciados.

- Habla por ti, yo sigo soltera.

- Porque te da la gana.

- Es que los tíos no lo ponéis nada fácil.

- Será eso...

- He estado con muchos, pero nunca he vuelto a sentir lo mismo.

- ¿A qué te refieres?

- Lo nuestro fue especial.

- No me jodas, Coral.

- Me han echado polvos mejores, te lo aseguro, pero ese morbo...

- Fue algo distinto, pero no se volverá a repetir.

- Claro que no.

Llegados a este punto, seguro que muchos estáis pensando que la historia se encamina sin remedio hacia una recaída con mi hermana, pero no fue así. De hecho, en cuanto pude alquilé un piso para vivir yo solo, al menos hasta que pudiera arreglar las cosas con Melania, porque esa era la esperanza que aún conservaba.

No hubo forma de conseguirlo. De nada sirvió recurrir a los ruegos en las súplicas, prometerle el oro y el moro ni recordarle que ella también fue joven y seguramente cometió errores. Me mantuvo alejado de ella, cosa que con el tiempo dejó de ser tan doloroso, pero lo que no lograba superar era lo poco que me dejaba ver a mi hija.

Al principio me permitía verla con cierta frecuencia, luego las visitas se iban espaciando en el tiempo y para cuando la niña ya tenía cierta capacidad de decisión apenas la veía. Aunque fuese su padre, me parecía lógico que Silvi pasara de mí, ya que tenía su vida hecha y yo no era más que un hombre con el que apenas había tenido contacto.

Eso no quiere decir que no supiera nada de ella, ya que con cierta frecuencia me llamaba, sobre todo cuando quería pedirme que le enviara dinero. Era como si solo se acordara de que tenía padre cuando quería renovar el armario o el teléfono móvil. Me dolía mucho, pero no se lo podía negar, me exponía a perder el poco contacto que nos quedaba.

Porque el dinero seguía sin ser un problema para mí, menos que nunca, ya que apenas tenía gastos y cobraba un sueldo muy bueno. Ya le pasaba una generosa pensión a Melania, que a saber en qué gastaba, pero no quería que a mi hija le faltara esa única y ridícula forma que tenía de demostrarle que me seguía importando mucho.

El tiempo vuela, incluso cuando no lo pasas especialmente bien, en un abrir y cerrar de ojos ya era un hombre de cuarenta y tantos años que no había logrado rehacer su vida. De aspecto me veía bien, pero lo que me hacía sentir viejo era que mi hija ya estaba a punto de cumplir la mayoría de edad. Como era de esperar, no recibí invitación para la fiesta.

- Cariño, muchas felicidades.

- Gracias, papá.

- ¿Te sientes mayor?

- Yo me veo igual, al menos hasta que me detengan por primera vez.

- No digas eso, que tú has sido siempre muy formal.

- Eso es lo que yo te cuento...

- Ya, tienes razón.

- Tranquilo, si era una broma.

- Tengo preparado tu regalo.

- Pues hazme la transferencia, lo necesito para invitar a mis amigas.

- Es que esta vez no es dinero.

- ¿Y eso?

- Hija, los dieciocho requieren algo especial.

- Vale, ¿cómo piensas dármelo?

- Podrías pasarte un día por mi casa, hace mucho que no vienes.

- Si no hay más remedio...

En realidad, no le había comprado nada, se me ocurrió sobre la marcha por las ganas que tenía de verla, ya que en los últimos dos años solo la había visto por fotos. No tenía ni idea de qué se le podía regalar a una muchacha que acababa de cumplir la mayoría de edad, así que me di en la obligación de recurrir de nuevo a mi hermana.

A pesar de lo rápido que me fui de su casa años atrás, Coral y yo mantuvimos el contacto durante todo ese tiempo. Seguíamos teniendo esa especie de relación tensa, pero habíamos aprendido a llevarlo bastante bien. Cuando salía el dichoso tema todo se estropeaba, pero lo acababa dejando pasar, porque no tenía a nadie más.

Coral no arriesgó demasiado, me dijo que a una chica de esa edad lo que más ilusión le hacía era la ropa. No me parecía que fuese un regalo demasiado especial para hacer en una fecha tan señalada, pero tenía que asumir que no conocía a Silvi y que si trataba de sorprenderla lo más seguro era que cometiese un error que pusiera de manifiesto lo poco que nos unía.

Tuve que insistirle mucho, pero conseguí que me hiciese un hueco en su apretadísima agenda para venir a mi casa a recoger su regalo. Llevaba mucho tiempo sin ponerme tan nervioso, porque no solo era el hecho de volver a verla, necesitaba que todo fuese suficientemente bien como para Silvi quisiera verme con más frecuencia.

Llegó una hora más tarde de lo acordado y venía con prisa, había quedado. Aunque llevaba años siguiéndola en redes sociales y sabía que ya no era esa pequeña con la que sí que tenía buena relación, me impresionó verla en persona. Físicamente, era una versión mejorada de su madre. Si Melania hubiese tenido esas tetas, lo más seguro es que me hubiera suicidado al perderla.

- Cielo, ya eres una mujer.

- He cambiado un poco, ¿no?

- Sí, mucho más de lo que me esperaba.

- ¿Dónde está mi regalito?

- Aquí lo tienes.

- ¿Qué será?

- Enseguida lo descubrirás.

- Vaya, ropa...

- Si no te gusta la puedes cambiar, no hay ningún problema.

- No, si es muy bonita.

- Pero no era lo que esperabas.

- Le diste tanto misterio que pensaba que sería algo especial.

- ¿Como qué? Te lo puedo comprar.

- Papá, en realidad lo que necesito es dinero.

- Te he enviado mucho en los últimos años, y tu madre recibe bastante cada mes.

- Ya, pero ahora viene un gasto extra.

- ¿De qué se trata?

- Después de verano empiezo la universidad.

- En una pública apenas tienes que pagar nada.

- Me temo que mis notas me van a empujar a la privada.

- Si es lo que quieres, la pagaré a medias con tu madre.

- Ella no va a poder aportar casi nada.

- ¿Tan mal le va?

- No, pero se ha echado novio y no hace más que gastar en viajes y cosas de esas.

- Cosas de esas que pago yo.

- Supongo que en parte sí.

- Pues lo siento, pero no me da la gana seguir haciendo el idiota.

- Este dinero que te estoy pidiendo es para mí.

- No lo necesitarías si Melania no derrochara la pensión.

- ¿Me vas a dejar sin ir a la universidad?

- Escoge otra carrera para la que sí te llegue la nota.

- Quiero estudiar magisterio.

- ¿Vas a ser una profesora que no aprueba sus propios exámenes?

- Te estás pasando.

- Tienes razón, vamos a calmarnos.

- Después te quejas de que no vengo a verte.

- Vuelve otro día, sin la prisa que llevas hoy, y lo hablamos con calma.

- Me lo pensaré.

En condiciones normales, hubiese acabado cediendo y le pagaría los estudios y cualquier cosa que me pidiera, pero me llené de rabia cuando supe que Melania estaba pegándose la gran vida con otro a mi costa. Aunque la perjudicada fuese Silvi, tenía que mostrar carácter por una vez en mi vida para que no se siguiera riendo de mí.

Era injusto que me ignorara de esa manera y yo tuviese que cubrir la parte de la mujer que me echó de casa, sobre todo porque ya le pasaba mucho más dinero del que cualquier juez hubiese dictaminado. Durante todos esos años había intentado no odiar a Melania, pero la imaginaba con ese tío, disfrutando a mi costa, y se me llevaban los demonios.

Aun así, no descartaba la opción de acabar pasando por el aro una vez más. Dependía de que Silvi aceptara la propuesta de volver a visitarme, con tranquilidad, sin prisas ni exigencias. Si lograba convencerme de que se lo merecía y de que podíamos llegar a tener una relación medio normal de padre e hija, cumpliría su deseo.

Este tema era tan peliagudo que consideré la opción de ocultárselo a mi hermana, porque sabía perfectamente lo que me iba a decir, pero necesitaba hablarlo con alguien y ella era la única que acudía cuando la llamaba. En realidad, las charlas con ella solían resultarme bastante útiles... para acabar haciendo lo contrario de lo que me decía.

- O sea, que tu ex se lo gasta todo con otro.

- Eso me ha dicho.

- Y pretendes pagarle la universidad para que su madre siga gozando a tu costa.

- No, para que pueda estudiar lo que ella quiere.

- Pero tendría que ser un gasto compartido, sin contar lo que ya le envías.

- ¿La dejo sin estudiar lo que quiere para que me odie de por vida?

- Apenas sabes nada de ella, no notarías la diferencia.

- Es mi oportunidad para ganármela.

- A base de talonario.

- Está claro que es una interesada, si yo le doy lo que Melania no puede...

- La ha criado ella, con eso no puedes competir.

- No va a pasar nada por intentarlo.

- Solo que te sentirás aún más estúpido.

- Puede ser, pero es mi hija.

- ¿Te ha dicho ya si va a volver a verte o no?

- No he vuelto a saber de ella desde que se fue.

- Pues olvídate, Pedro, lo mismo ni te decía la verdad.

Ni se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que aquello hubiese sido una trampa de mi hija, quizás con la colaboración de su madre, para sacarme el dinero. De ser cierto, me plantearía la opción de acudir a la justicia, lo que con toda probabilidad dejaría la pensión en menos de la mitad. Además, no volvería a darle ni un solo céntimo a Silvi.

Por suerte, o no, era cierto que mi hija quería ir a una universidad privada y necesitaba el dinero. Lo supe porque volvió a ponerse en contacto conmigo y aceptó venir a verme de nuevo. Por su tono, tuve la sensación de que me decía la verdad y además estaba bastante desesperada por conseguirlo. Esperaba tener la opción de negociar un poco antes de ceder ante todas sus peticiones.

Para que se sintiera menos presionada, le propuse vernos en territorio neutral. La invité a comer aún bueno restaurante, allí podríamos hablar tranquilamente. Como declaración de intenciones, o de desesperación, en esa ocasión mi hija apareció puntual. Iba menos arreglada, aunque igualmente preciosa, y lucía otro tipo de sonrisa en la boca.

De entrada, no tuve la misma sensación de estar ante una desconocida. Silvi venía dispuesta a camelarme por las buenas, y yo me iba a dejar, siempre que mantuviera ese buen tono y viese la posibilidad de que aquello pudiera perdurar en el tiempo. Sabía que iba a decir cualquier cosa por salirse con la suya, pero eso lo hacen todas las hijas.

- Cuéntame eso de que las notas no van del todo bien.

- Demasiada fiesta en los últimos meses, pero lo estoy dejando.

- ¿Bebes?

- Un poquito, todos lo hacen.

- Ya no puedo regañarte, tienes edad.

- Antes tampoco podías.

- ¿De dónde te viene la vocación de ser profesora?

- A algo hay que dedicarse, ¿no?

- Pides mucho dinero para ser una profesión que no parece apasionante.

- No es tanto, tú te lo puedes permitir.

- La duda no es si puedo, sino si quiero.

- ¿Por qué no?

- Me lo exiges a mí, pero la que no está cumpliendo es tu madre.

- ¿Te crees que no lo he hablado mil veces con ella?

- ¿Le da igual que te quedes sin ir a la universidad?

- Supongo que no, pero parece una adolescente desde que está con ese tío.

- Si cedo, estaré quedando otra vez como un imbécil delante de ella.

- No estaríamos así si tú no hubieras hecho lo que hiciste.

- ¿Qué sabes?

- Lo de la tía Coral.

- Eso fue una chiquillada.

- ¿Te gustó?

- No te voy a responder a eso.

- Parece algo muy morboso.

- Pues me ha arruinado la vida.

- No exageres, perder a mamá no es para tanto.

- A tu madre y a ti, querrás decir. Llevo solo desde entonces.

- Seguro que tienes quien te haga compañía.

- No desde hace mucho tiempo.

Quería saber más de mi hija... y acabé explicándole mi vida yo a ella. En realidad, no había mucho que contar, no al menos de los últimos diez años. Un tiempo después de separarme intenté iniciar otra relación, pero nada me llenaba. Puede que fuese porque seguía echando de menos a Melania, o por ese problemilla del que hablaba mi hermana.

Mientras estaba casado, todo iba bien, porque mantenía alejado de mi cabeza el polvo con Coral, pero en el momento en que ese recuerdo se instaló en mi presente, ya no podía dejar de pensar en que nada era tan excitante. No me sentía satisfecho con ninguna mujer, sentía que faltaba algo que me hiciera disfrutar realmente.

Esto no se lo conté a Silvi, ni siquiera cuando terminamos de comer y propuso ir a mi casa, casi con toda seguridad para seguir tejiendo la tela de araña en la que pretendía atraparme. Aunque mi hija tenía carácter y no eludía las discusiones, estar a su lado tanto tiempo era lo más agradable que me había pasado en mucho tiempo.

Una vez en casa, volvió a la carga. Seguía tratando de mostrarse relajada, pero se notaba que empezaba a desesperarse. Seguramente creía que me tendría ganado desde el minuto uno, yo también lo pensaba, pero era imaginarme a Melania disfrutando con mi dinero y se me revolvía el estómago, por eso aún no había cedido.

- Necesito ese dinero, papá, y sé que tú también quieres algo de mí.

- ¿A qué te refieres?

- Quieres que venga a visitarte más, ¿no?

- Sí, claro, me encantaría.

- Pues ese es el acuerdo al que debemos llegar.

- La que más se beneficiaría de esto sería tu madre.

- Lleváis dieciséis años separados, olvídala ya.

- La tenía muy olvidada, hasta que supe lo bien que vive gracias a mí.

- El problema no es lo que haga ella, es que tú también deberías divertirte.

- No puedo, o al menos no lo he conseguido en todo este tiempo.

- ¿Dices desde el divorcio o desde lo que pasó con la tía?

- Qué pesadita estás con ese tema.

- Es que me despierta mucha curiosidad.

- Menos mal que no tienes hermanos.

- Ni primos, pero tengo un padre.

- Del que no te acuerdas nunca, por cierto.

- Ahora estoy aquí, dispuesto a darte eso que tanto quieres.

- ¿Yo? Eres tú la que está buscando algo.

- Necesitas darle emoción a tu vida, y yo te voy a ayudar.

- ¿De qué estás hablando?

- Vamos a hacer cosas prohibidas.

No me podía creer que mi hija estuviera diciendo eso, pero iba totalmente en serio. Aunque se suponía que era por lo desesperada que estaba por conseguir el dinero, no lo tenía del todo claro, había algo en su mirada que me decía que estaba disfrutando, que quería probar aquello de verdad. Mentiría si dijera que no me provocaba más que curiosidad.

Llevaba años sin mantener relaciones, y Silvi era un auténtico bombón, pero no me podía plantear hacer algo así con mi hija. En realidad, tampoco pensé jamás que lo hubiera podido hacer con mi hermana y, sin embargo, no solo ocurrió, sino que fue de lo más placentero. Aunque después nos atormentaran a ambos los remordimientos.

Mi cabeza seguía procesando esa idea cuando mi hija comenzó a acercarse a mí. No solo me daba miedo lo que estuviese dispuesta a hacer, sino también todo lo que habría hecho ya con otros chicos para conseguir sus objetivos. Aunque entendía que no me viese como a su padre, lo era, y solo plantearse eso era de lo más siniestro.

Yo seguía sentado en el sofá, y al llegar a mi altura se arrodilló. Me miró a los ojos durante un buen rato, aunque debo confesar que los míos se desviaban hacia su escote. Dos pechos grandes y jóvenes, indudablemente firmes, que me hacían recordar por qué caí en el incesto cuando era un chaval. Seguía embobado cuando sus manos comenzaron a ascender.

Antes de que Silvi llegara a mi entrepierna yo ya tenía una erección descomunal que me confirmaba como poco menos que un monstruo. Su forma de jugar conmigo hacía intuir que sabía lo que se hacía, que no era la primera que calentaba a alguien antes de hacer lo que fuese que estuviera a punto de hacerme a mí.

Lo primero fue bajar la cremallera de mi pantalón, después me liberó la polla. Se aferró a ella con sus pequeñas manos, comenzando a bombear despacio, cubriendo cada milímetro de piel. No me podía creer que estuviera ocurriendo algo así, pero tampoco me veía con fuerzas para frenarla. Tenía la misma sensación que cuando estuve con Coral.

Su escote me ponía a mil, sus manos me demostraron lo habilidosa que era, pero su mirada marcaba la diferencia, delataba su vicio. No interrumpió el contacto visual hasta que se introdujo mi verga en su boca. Humedeció la punta con mucha lascivia antes de comenzar a tragar. Ya me tenía, en ese momento que hubiera pagado los estudios y cualquier cosa.

Apoyando sus magníficas tetas sobre mis rodillas, mi hija mamaba como una auténtica profesional. Yo mantenía mis manos sobre el sofá, clavando los dedos para evitar las ganas de sobarla. Aunque estaba atareada chupándomela, Silvi no perdía la oportunidad de mirarme una y otra vez a los ojos, sabía que con eso me desmontaba por completo.

Cada vez movía el cuello con más rapidez, justo antes de parar para lamérmela entera y succionarme el glande. Aquello iba mucho más allá del placer, el calor que sentía entre las piernas, su húmeda saliva empapando mi tranca, me proporcionaba una sensación de lo más agradable. Solo me quedaba asumir el tipo de persona que era y disfrutar de lo que venía.

- Para, Silvi, me voy a correr ya.

- Entiendo que tenemos un acuerdo, ¿no?

- Sí, continúa con la mano.

- Eso haré.

Lo hizo, pero antes descubrió sus tetas, sabía que no les había quitado ojo en ningún momento. Me siguió masturbando con la punta de mi polla a milímetros de sus pechos, provocando que al correrme eyaculara sobre ellos, que pintara de blanco la pálida piel de su torso, los rosados pezones que los adornaban.

- ¿Tengo que hacer ya el pago?

- Ojalá, antes debo aprobar la selectividad.

- Esfuérzate, está tu futuro en juego.

- Ya lo sé.

- Y también sabes que con esto me tienes en tus manos.

- Sí, podría sacarte lo que quisiera.

- Te daré lo que me pidas, pero quiero que vengas a verme con más frecuencia.

- Qué vicioso eres.

- No es para lo que te piensas, Silvi.

- Después de lo que ha pasado, ¿crees que podemos tener una relación normal?

-
 

heranlu

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Los Agujeros de mi Hija – Capítulo 002

Después de que mi hija me hiciese la mamada para asegurarse de que le pagara la universidad, estuve una semana entera sin poder pensar en otra cosa. En realidad, fue bastante más tiempo, pero durante esos siete días no me lo quité de la cabeza ni un solo instante. A veces para torturarme, otras, para ponerme cachondo de nuevo.

Me sentía culpable, pero también sentía esa satisfacción de haber vuelto a tener contacto sexual después de mucho tiempo. Aunque hubiese preferido que fuese con otra persona, o al menos eso quería creer, que fuese Silvi la que me la chupó me unió a ella de un modo que no había experimentado en los dieciocho años que mi hija ya tenía.

Porque al principio temí que, una vez se había asegurado de que le pagaría los estudios, pasara de mí bajo amenaza de contar lo que había sucedido entre nosotros, pero no fue así. Como si hubiésemos llegado a un acuerdo inocente, algo así como llevarla al parque de atracciones si aprobaba todo, mi hija no le dio la menor importancia.

Vino a visitarme en varias ocasiones, incluso salíamos a comer, y me contaba cómo le iba la vida. Aunque fue por los pelos, aprobó la selectividad, lo que significaba que definitivamente sí que iría a la universidad y yo tendría que pagársela. Me alegré mucho por ella, pero también porque prefería cumplir lo que habíamos acordado, de lo contrario, podría cobrarse esa mamada de cualquier otro modo.

- En la universidad tendrás que esforzarte o no habrá dinero que te salve.

- Ya lo sé, papá.

- Puedes ser una buena profesora, pero depende de ti.

- ¿Me vas a dar de golpe todas las charlas pendientes de estos dieciocho años?

- Si eso hace que te tomes en serio los estudios, lo haré.

- Que sí, pesado.

- ¿Tienes planes para el verano?

- Nada serio, voy viendo día a día.

- Si quieres, podemos ir a algún sitio.

- No creo que a mamá le haga gracia.

- ¿Sabe que nos vemos de vez en cuando?

- Ella no pregunta, así que no le doy explicaciones.

- O sea, que es como si estuviera viendo a mi propia hija en secreto.

- Y mejor así, dadas las circunstancias.

- ¿Piensas en... eso?

- No mucho, la verdad. Pasó y ya está... estuvo guay.

- Yo tampoco.

- A veces me dan ganas de contárselo a mamá, por fastidiarla un poco.

- Ni se te ocurra.

- Tranquilo, no estoy loca.

- Lo digo en serio, Silvi, como se lo cuentes estaré jodido y te quedarás sin dinero.

- Ahora mismo ni siquiera sé dónde está.

- ¿Qué quieres decir?

- Se fue hace unos días con su novio y ni siquiera me dijo a dónde iba.

- Tendría que dejar de pasarle la pensión y dártela directamente a ti.

- ¿Podrías hacer eso?

- Sí, pero entonces le contaría a todo el mundo lo que hice con mi hermana.

- Yo podría contar algo peor.

- Ya, pero me aferro a que tú me aprecias, al menos un poco, y no lo harás.

- No tengo la intención, pero explora esa opción de dármelo todo a mí.

Melania y yo llegamos en su día a un acuerdo extrajudicial. Los términos no constaban en ninguna parte, yo había aceptado darle todo ese dinero mensual a cambio de su silencio. Teniendo esos en cuenta, si decidía no pasarle ni un solo céntimo más, alegando que nuestra hija ya era mayor de edad y se lo podía dar directamente a ella, no tenía por qué tener problemas legales.

Aunque, sin duda, los tendría de otro tipo. Mi ex no dudaría ni un instante en contarle a todo el mundo lo que hice con Coral siendo un chaval. Quizás no fuese para tanto, ya ni siquiera teníamos amigos en común, se había encargado de alejarme de todos. Hasta Silvi lo sabía, eso la debilitaba bastante en una posible negociación.

Por otro lado, si mi hija decidía chantajearme del mismo modo que su madre, sí que tendría mucho que perder. Aunque ya no me quedaran amigos ni apenas gente allegada, cualquiera que supiera que había permitido que Silvi me hiciese una felación pensaría lo peor de mí. Algo que me tendría merecido, dicho sea de paso.

No era una decisión que se pudiera tomar a la ligera, así que me di un tiempo para pensármelo con calma. Pese al entusiasmo inicial que había mostrado Silvi ante esa posibilidad, durante las siguientes semanas no me presionó demasiado. Volvió a sacar el tema, pero conocía suficiente a su madre para saber que no me convenía un enfrentamiento con ella.

- En algún momento tendrás que dejar de regalarle el dinero.

- ¿Y si llega el día en que empiezo a pensar lo mismo de ti?

- No lo harás, porque soy la única persona que te queda.

- También tengo a tu tía Coral.

- No compares, y menos ahora que te estoy dejando ejercer de padre.

- Eso no es del todo así.

- ¿No?

- Nos vemos a escondidas, como si estuviéramos planeando un atraco.

- ¿Qué dices, papá? Hemos salido a comer varias veces.

- ¿Te gustaría que un día nos acompañara mi hermana?

- ¿Por qué no? Podríamos fundar el club del incesto.

- Te lo digo en serio, Silvi.

- Vale, si hace un siglo que no la veo, no tengo nada en su contra.

- Es un poco rara, pero solo quiero sentir que somos familia.

- Me parece bien, porque la tía Silvia me cae fatal.

- Pues le debes el nombre a ella.

- Lo sé, todas las decisiones de mamá han sido erróneas.

- Empezando por casarse conmigo, ¿no?

- Qué va, contigo se equivocó al dejarte por esa tontería.

- Puede que sea lo más bonito que me has dicho nunca.

- No te rayes, viejo, eres un buen tío.

A su modo, mi hija cada vez demostraba tener más confianza en mí. Aun así, aunque ella dijera lo contrario, tener con ella una relación más cálida, que no todo fuese quedar de forma puntual e ir a restaurantes como si fuésemos amigos o amantes. A veces fantaseaba con tardes de cine en casa, los dos en el sofá, comiendo palomitas, pero temía que se riera de mí si se lo proponía.

Esperaba que el plan de juntarla con mi hermana saliese tal y como esperaba, que al fin diera la sensación de que éramos familia. Eso no iba solo por Silvi, también necesitaba normalizar en ese sentido mi relación con Coral. Nos llevábamos bastante bien, dentro de lo que era posible con ella, pero me costaba no imaginarla desnuda y sudorosa, como aquella vez, siempre que la tenía delante.

Pensé que recibiría con entusiasmo el plan de juntarnos los tres, que tendría ganas de volver a ver a su sobrina después de tantos años, pero su reacción no fue la que esperaba. Aunque, como he dicho, mi relación con Coral no estaba mal en ese momento, la sacrificaría sin pensarlo dos veces si me hacía elegir entre ella y mi hija.

- Es tu sobrina, ¿en serio no quieres verla?

- Sí, por supuesto que quiero.

- ¿Entonces?

- No me fio de ella, está claro que solo busca dinero.

- Pero si ya le he concedido lo que quería.

- Razón de más para que piense que eres un chollo.

- No lo creo, sabe que no me vendo fácil.

- ¿Eso qué quiere decir exactamente?

- Nada.

- Vamos, Pedrito, que te conozco.

- Parece que Silvi es un poco como nosotros.

- ¿Una marginada social? ¿Una fracasada?

- No, me refiero a eso que nos pasó.

- Creo que no me gusta por dónde vas.

- No pude evitarlo, se propuso convencerme de esa manera.

- ¿Te has follado a tu hija?

- Por dios, no... solo me la chupó.

- Joder, somos una puñetera familia de degenerados, pero tú eres el peor.

- No pude evitarlo.

- Ahora ya sí que sabe cómo sacarte hasta el último euro.

- No tengo esa impresión, me parece sincera.

- Ya te lo diré cuando la tenga delante.

Yo quería una cena tranquila en mi casa con las dos, que se llevaran bien y, de algún modo, recuperar lo que había perdido, o más bien lo que nunca llegué a tener. Por interés o no, veía a Silvi dispuesta, de la misma manera que Coral parecía estar preparada para reventar cualquier posibilidad de concordia familiar. Daba igual, tenía que arriesgarme.

Mi hija demostró su buena predisposición anulando todos los planes que tenía para la noche que elegí para juntarlas. Coral protestó hasta el último momento, pero también aceptó. Me parecía mentira que fuese ella la que más preocupado me tenía. Aunque estuve a punto de decirle que no viniera, finalmente se produjo el encuentro.

De entrada, las dos se saludaron con respeto y simpatía, incluso daba la sensación de que había algo de emoción en el ambiente. Por parte de Silvi me lo creía, prácticamente estaba conociendo a su tía, pero como yo ya conocía a mi hermana de antes, sabía que no me podía fiar de ella, era capaz de disimular muy bien lo que sentía.

Mis temores no desaparecieron en ningún momento, pero conforme iba avanzando la noche conseguía relajarme. Era extraño, porque ambas sabían que había hecho algo muy vergonzoso con la otra, y sin embargo no podían decir nada, porque ellas habían pasado por lo mismo. Tras la cena, los tres estuvimos charlando, pareciendo por primera vez algo similar a una familia.

- Silvi, me han dicho que has aprobado por los pelos, ¿eres mala estudiante?

- No te creas, tía, acabo de aprobar el teórico del coche a la primera.

- Supongo que eso te motivaba más que la filosofía o la historia de España.

- Claro, me va a permitir conducir, lo otro no sirve de nada.

- Espero que no te toque impartir esas asignaturas cuando seas profesora.

- No lo creo.

- Tu padre está feliz desde que os veis. - Dijo Coral como si yo no estuviera delante.

- Yo también estoy muy contenta.

- Supongo que tu madre no te ponía nada fácil que te relacionaras con él.

- No me lo prohibía, pero me lo pintaba casi como un monstruo.

- Pues ya has visto que no lo es.

- Por supuesto que no, lo que hicisteis no me parece para tanto.

- No, ¿verdad? Un calentón tonto.

- Estoy a favor de todo lo que sea divertido y no perjudique a nadie.

- Y si encima sacas algo de dinero...

- Eso me importa mucho menos de lo que seguramente te crees.

- Entonces no has salido a tu madre.

- No, por suerte.

- Bien, así es posible que tú y yo nos llevemos bien.

Parecía que en cualquier momento se iba a desatar una guerra, pero, milagrosamente, la conversación terminó con un inesperado acercamiento entre ellas. El odio a Melania podía unir a cualquiera. Una vez superado eso, comenzaron a hablar de temas mucho menos trascendentes, hasta que dimos por concluida la velada.

Aprovechando que Silvi fue un momento al cuarto de baño, mi hermana se acercó para decirme que la chica le caía bien, pero que no acababa de fiarse del todo. Eso último fue un pequeño bajón, aunque debía admitir que seguía siendo mucho mejor de lo que me esperaba. Ya que reinaba el buen rollo, al menos aparentemente, me ofrecí a llevar a Coral a su casa en coche.

Fuimos los tres, ya que la siguiente parada sería en mi antigua casa, donde dejaría a Silvi. En el coche dieron un paso más en dirección del buen rollo, se escucharon incluso risas. Al llegar, las dos se despidieron de muy buenas maneras y prometieron volver a verse, aunque mi hermana no pudo evitar echarme una última mirada que conocía muy bien. Me estaba diciendo que estuviera atento.

- ¿Qué te ha parecido la tía?

- Me ha caído bien, aunque se nota que quiere marcar territorio contigo.

- ¿Tú crees?

- O quizás no se fía de mí, cosa que entendería.

- Coral siempre ha sido desconfiada, por naturaleza.

- No importa, ya le demostraré que soy de fiar.

- Por cierto, Silvi, no me habías dicho que te estás sacando el carnet de conducir.

- Se me habrá olvidado, ya sabes que soy un poco despistada.

- Es bastante caro.

- ¿Y qué? Tengo dinero.

- Vale, no he dicho nada.

- Te extraña que no te lo haya pedido porque crees que quiero aprovecharme, ¿no?

- No habría pasado nada si me hubieses pedido algo de ayuda.

- Pues no necesito ayuda, al menos no económica.

- ¿Qué quieres decir?

- Pronto empiezo las prácticas y no me veo nada preparada.

- Pero eso es normal, nunca te has puesto al volante.

- ¿Podrías echarme una mano?

- Claro, ¿cómo?

- Déjame conducir hasta casa.

- Ni de broma, ¿quieres que tengamos problemas?

- No vamos a tener un accidente.

- Eso sería lo de menos.

- Las calles están prácticamente desiertas, nadie se va a enterar.

- Si se entera tu madre me capa, me la cose y me la vuelve a cortar.

- Mamá no te la tocaría ni aunque me dejaras pilotar un avión.

- Ya me has entendido.

- Porfa, papi.

De nuevo esa mirada que me desarmaba, más aún desde que había empezado a cogerle tanto cariño. Enterarme de que se estaba sacando el carnet sin haberme pedido ayuda económica fue un gran alivio, quizás era cierto que no se mantenía a mi lado solo por el interés. Pero lo que me estaba pidiendo en ese momento era todavía peor.

Quizás le podría haber dejado el coche en un descampado, o en el aparcamiento exterior de algún gran supermercado, pero solo si llevara ya unas cuantas prácticas. Dejarle conducir por ciudad, de noche y siendo la primera vez que se ponía al volante, tenía un riesgo enorme. No solo de accidente, sino de que nos viera la policía.

Pese a lo claro que lo tenía, era consciente de que si me seguía mirando con esos ojos me iba a convencer. Cada vez se llevaba mejor conmigo y hablaba peor de su madre, lo que me hacía pensar que quizás, en algún momento no muy lejano, podría plantearle que se viniera a vivir conmigo. Para eso era necesario tenerla contenta.

Otra condición indispensable era que entre nosotros no hubiese nunca más momentos inapropiados, cosa que cada vez parecía más cerca de volver a suceder. Como veía que estaba dudando, Silvi, desde el asiento del copiloto, cada vez se acercaba más a mí. Había colocado una mano en mi muslo y estaba empezando a subirla.

- ¿Qué haces?

- No quería recurrir a esto, pero si es la única forma de convencerte...

- No se trata de convencerme, es que esto no se puede hacer.

- ¿A cuál de las dos cosas te refieres?

- A las dos.

- Estamos en mitad de la calle, no hay ni un alma... ¿No te pone?

- No quiero que volvamos a retroceder.

- Todo lo contrario, estaremos mucho mejor.

- Quería proponerte que te vinieras a vivir conmigo, pero así sería imposible.

- Me parece una idea estupenda.

- ¿En serio?

- Sí, pero solo si me permites hacerlo.

- Es muy arriesgado, Silvi, de verdad.

- Ya no estoy hablando de conducir.

Mi hija se quitó el cinturón de seguridad, se deshizo también del mío y se sentó a horcajadas sobre mis piernas. De nuevo, una erección instantánea. Apenas había espacio, así que la tenía muy pegada a mí, sus pechos quedaron aplastados contra mi torso mientras que yo no sabía dónde colocar las manos, aunque ideas no me faltaban.

A escasos centímetros de mi cara, sus ojos me miraban con ese vicio tan característico que tenía mi hija. Parecía estar pensando de qué modo atacarme para asegurarse de que no tuviera ninguna opción de negarme. Tenía los labios carnosos, brillantes por el gloss, daban muchas ganas de besarla, pero eso lo volvería todo aún más extraño.

Ella debió de pensar lo mismo, porque su boca no se dirigió a la mía, sino que fue directa al cuello. Su forma de besármelo me provocó escalofríos. Me agarré a la cintura de mi hija mientras sus labios y su lengua hacían diabluras, provocaban que mi temperatura se disparara. De vez en cuando pasaba gente y nos miraba, ajenos al parentesco que nos unía.

A sus ya de por sí excitantes besos, se unieron unos meneos de cadera que hacían cada vez más complicado que pudiera contenerme. De hecho, no sé en qué momento fue, pero me di cuenta de que tenía las manos bajo su falda. Llevaba un tanguita diminuto que me permitía manosear sus redondas nalgas al descubierto.

Cada vez le sobaba el culo con más ansia, le clavaba los dedos en los carnosos glúteos. Ella gemía suave en mi oído para provocarme, especialmente cuando me acercaba a esa zona delantera que tanto calor rezumaba. Un dedo se desplazó hasta rozar definitivamente esa parte y me di cuenta de que estaba chorreando. Eso tenía que querer decir que realmente le excitaba.

- ¿Has visto? No pasa nada.

- Silvi, si seguimos jugando con fuego nos vamos a quemar.

- Yo ya estoy ardiendo, papi.

- Me temo que yo también.

- Pues vamos a por todas.

Con su cabeza de nuevo enterrada en mi cuello, estiró un brazo hacia abajo para desabrocharme el botón del pantalón y liberarme la polla. Después me agarró la cara con las dos manos y comenzó a rebotar, haciendo que mi tranca bajo su falda rozara el tanga empapado. Era la primera vez que entraba en contacto con los fluidos de mi hija.

Aunque eso iba a ser solo el principio. Acto seguido, Silvi se elevó unos centímetros y apartó la diminuta prenda, permitiendo que la penetrara. Estaba tan mojada que se deslizó con suma facilidad hacia su interior, consumando el incesto, la aberración. Volví a aferrarme a su culo mientras ella se agarraba a mis hombros y trotaba muy despacio.

Ella no apartaba sus ojos de los míos, era su especialidad, pero a mí se me fueron de nuevo hacia el escote. Mientras más rápido se movía, más daba la sensación de que se le iban a salir las tetas. Aunque el calor y la humedad que sentía en la entrepierna era exageradamente agradable, no podía decir lo mismo del resto del cuerpo.

Dentro de ese coche, con las ventanillas bajadas, el calor comenzaba a ser asfixiante. Ambos sudábamos, aunque era difícil pensar en nada que no fuese el enorme placer que sentía en ese momento, como mucho me podía distraer con las gotitas de sudor que se deslizaban entre sus pechos. La seguía con la mirada, después con un dedo y finalmente con las manos.

No lo pude aguantar más y me colé en el escote de Silvi, directamente bajo su sujetador. Tras manosearle las tetas, se la saqué y ella tiró de mi cabeza hacia abajo para que se las comiera. Esos rosados pezones en los que me había corrido semanas atrás estaban muy duros, y salados por el sudor. No iba a aguantar mucho más.

Y daba la sensación de que ella tampoco, porque mi hija cada vez gemía más alto y cabalgaba a más velocidad. Yo seguía succionando uno de sus pezones, humedeciéndolo con mi saliva casi tanto como lo estaba su coñito, cuyos fluidos resonaban cada vez que Silvi subía y después bajaba para empapar aún más mis huevos.

- No aguanto más, cariño.

- Yo también me voy a correr.

- Apártate o lo haré dentro.

- No te preocupes, hazlo sin miedo.

Nunca hubiese accedido a hacer algo así si no fuera porque el nivel de excitación apenas me permitía pensar. Silvi se movía cada vez más rápido mientras yo trataba de empujar desde debajo, hasta que un agudo aullido anunció su orgasmo y casi al instante yo también me corrí, descargando de nuevo toda mi leche en mi hija, en esa ocasión, en el interior de su vagina.

Sudando aún más que yo, Silvi volvió a su asiento mientras ambos tratábamos de recuperar el aliento. Puse el motor en marcha y encendí el aire acondicionado, pero me pidió que no arrancara, seguía empeñada en conducir ella. Llegados a ese público, era imposible que le pudiese negar algo, había doblegado por completo mi voluntad.

Dos minutos, durante los cuales estuvimos a punto de estrellarnos cinco o seis veces, fueron suficientes para que mi hija se diera cuenta de que aquello era una locura. Le prometí permitirle intentarlo de nuevo cuando llevara unas cuantas clases prácticas. Pasé miedo, pero nos sirvió para apartar de la cabeza durante unos instantes que acabábamos de mantener relaciones sexuales plenas.

- No te preocupes, era tu primera vez.

- Hablas de lo de conducir, ¿no?

- Sí, en lo otro ya me ha quedado claro que no.

- Ha estado bien, ¿verdad?

- Decir cualquier otra cosa sería mentir, pero no podemos repetirlo.

- Ya lo sé, viviendo juntos sería muy extraño.

- Entonces ¿te mudas a mi casa?

- Tras una pelea monumental con mi madre, imagino, pero sí, quiero hacerlo.

- Melania no puede evitarlo, eres mayor de edad.
-
 

heranlu

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Los Agujeros de mi Hija – Capítulo 003

La noche en la que mi hija y yo mantuvimos relaciones sexuales, tras permitirle conducir y que estuviéramos a punto de estrellarnos varias veces, podía marcar el inicio de algo bueno o de una auténtica pesadilla. Afortunadamente, fue lo primero. Silvi se mostraba cada día más próxima a mí, sin pedirme nada más ni caer en provocaciones que me hicieran sospechar.

Durante el resto del verano ella se centró en sacarse el carnet de conducir, lo que incluyó ponerse unas cuantas veces más al volante de mi coche, pero de manera bastante menos accidentada, y yo a preparar la casa para su futura mudanza. Aunque todavía no lo había hablado con su madre, seguía insistiendo en que su decisión estaba tomada.

Nos veíamos con mucha frecuencia, y a menudo contábamos con la presencia de Coral, que cada vez parecía confiar más en mi hija, seguramente porque no le había contado lo del sexo. Aún detectaba en Silvi pequeños tics que me recordaban a su madre, lo que me hacía pensar que si yo la hubiese criado sería una chica todavía más estupenda.

Pero ya no era momento para pensar en lo que pudo ser y no fue, sino que teníamos que centrarnos en el futuro, en todo el tiempo que aún podíamos recuperar. Si al final todo era una tomadura de pelo por parte de Silvi para aprovecharse de mí, pues sería como cualquier cornudo... el último en enterarme.

A pocos días de empezar en esa carísima universidad que yo le iba a pagar, mi hija dio el paso de contarle a su madre que se venía a vivir conmigo. Sabía que no lo aceptaría, aunque solo fuese porque no podía soportar que me pasaran cosas buenas, pero lo que no esperaba era que tanto tiempo después volviese a hablar con Melania.

- Ni se te ocurra pensar que te vas a salir con la tuya.

- ¿Quién es?

- Conmigo no te hagas el gracioso, Pedro.

- Silvi ha tomado una decisión, puedes aceptarla o no.

- ¿Cómo la has convencido?

- Ha sido muy fácil, solo he tenido que no ser tú.

- Le estás dando dinero, ¿verdad?

- Todavía no.

- ¿Qué quieres decir con eso?

- Que cuando ya no viva contigo le podré dar a ella todo lo que te llevas tú.

- No serás capaz...

- ¿Por qué tendría que seguir pagando la vida que te pegas?

- Te obliga la ley.

- No desbarres, Melania. Nuestra hija es mayor de edad y ya no estará a tu cargo.

- Todo el mundo se va a enterar de lo que hiciste con tu hermana.

- ¿A quién se lo vas a contar que me importe?

- A tus amigos.

- No tengo, te los quedaste igual que la casa y la niña.

- Necesito ese dinero.

- Que te lo dé tu novio.

Nunca se me había dado muy bien eso de discutir con Melania, pero diría que en esa ocasión gané yo. No volví a hablar con ella, pero durante los siguientes días me llegaron todo tipo de reproches y acusaciones por su parte mediante nuestra hija. Por suerte, Silvi hizo el mismo caso a las rabietas de su madre y se acabó instalando en mi casa.

Aquel piso pequeño en el que vivía se convirtió al fin en un hogar con todas las letras. Regresar del trabajo y que estuviera allí Silvi, esperando para contarme cómo le había ido el día en la universidad, era mucho más que un sueño cumplido. Llegaba tarde, pero me sentía recompensado después de tanto castigo por un error que no había afectado a nadie.

Silvi recibía mensualmente su dinero, y más le habría dado si me lo hubiese pedido, porque tanto su actitud en casa como su dedicación con los estudios estaba siendo impecable. Nunca mencionábamos nuestras dos pequeños deslices, daba la impresión de que jamás hubiera ocurrido, pero algo así es imposible de olvidar.

Yo lo recordaba cada vez que la miraba, sobre todo cuando se paseaba por casa ligera de ropa, con unos tops que le comprimían las tetas y que me hacían suplicarle al cielo no volver a sentirme tentado. Después de lo sucedido, era imposible no imaginar cosas sucias, pero lo llevaba mejor de lo esperado, por encima de todo estaba lo que sentía por ella como hija mía.

Su relación con Melania quedó bastante perjudicada, pero no se redujo a la nada. De vez en cuando la llamaba por teléfono, incluso a veces la visitaba, casi siempre porque yo la empujaba a hacerlo. Aunque no se lo mereciese, no quería que mi ex me pudiera echar en cara que perdió a su hija porque yo la había manipulado. Silvi siempre volvía harta de su madre.

- ¿Tan mal ha ido?

- Yo creo que se ha vuelto loca.

- Lo que yo creo que ya lo estaba, pero bueno...

- La ha dejado su novio y nos echa la culpa a nosotros.

- O sea, que la relación ha durado justo lo mismo que el dinero.

- Eso parece, sí, para sorpresa de nadie.

- Silvi, puedes tener la conciencia tranquila, no te has portado mal con ella.

- Lo sé, pero me da pena, porque antes no era así.

Cualquier duda que me pudiera quedar sobre las intenciones de Silvi, quedaba despejada cuando veía cómo se preocupaba por su madre sin que ella se lo mereciera, estaba claro que era una buena chica. Quería aliviarle cualquier tipo de sentimiento, pero en ese asunto no podía intervenir, al menos si no quería quedar como el calzonazos del siglo.

El problema era que Melania parecía estar enloqueciendo de verdad. Todos los días llamaba a nuestra hija, algunos para suplicarle que volviera con ella, y otras veces solo se molestaba en pedirle el dinero. Yo le recomendaba a Silvi que no contestara sus llamadas, al menos hasta que se calmara, pero aquello le estaba afectando demasiado.

Por el bien de mi hija, empecé a valorar seriamente esa posibilidad que me haría quedar como el mayor de los pringados. Era una locura, pero por Silvi habría hecho cualquier cosa. Antes de decidir nada, acudí a Coral. Puede que fuese demasiado brusca o contundente dando su opinión, pero eso era justo lo que necesitaba en aquel momento.

- No.

- Pero si todavía no te he dicho nada.

- ¿Cuánto hace que nos conocemos, Pedrito?

- Pues los casi cuarenta y cinco años que tengo.

- ¿Y crees que no es tiempo suficiente para saber lo que significa esa cara?

- Como mucho lo puedes imaginar.

- Tiene que ver con Melania.

- Todas mis preocupaciones tienen que ver con ella desde hace dieciséis años.

- Si tengo que elegir entre que añora a su hija o al dinero, apostaría por lo segundo.

- ¿También la conoces a ella desde hace más de cuatro décadas?

- Con dos ratitos a su lado me bastó.

- Silvi lo está pasando muy mal, no para de presionarla.

- Razón de más para no darle ni los buenos días.

- No es tan fácil.

- ¿Y no has pensado que pueda ser una trampa de las dos para quedarse con todo?

- Imposible, mi hija no es así.

- Te la chupó para que le pagaras en la universidad.

- También está lo el coche, pero todo se debe a que su madre se quedaba el dinero.

- Un momento, ¿qué es lo del coche?

- Nada.

- Ya me lo estás contando.

- Me ofreció su cuerpo a cambio de que la dejara conducir antes de tener el carnet.

- ¿Lo ves? Te utiliza.

- Pero no quería dinero, es solo su forma de conseguir las cosas.

- Sí, vamos... lo más normal.

- Tendrá el mismo gen que nosotros, el que te empuja al incesto.

- ¿De verdad te fías de ella?

- Pondría las dos manos en el fuego por mi hija.

Y estaba convencido de que no me las iba a quemar. Llámalo instinto paternal o estupidez, pero de verdad creía que mi hija era sincera. Se puede fingir un rato, pero ya llevábamos meses viéndonos y habían pasado varias semanas desde que se vino a vivir conmigo. Aunque no le podía dar la razón a Coral en eso, sí que lo haría en el asunto de Melania.

Con la aprobación de Silvi, descarté por completo la posibilidad de ceder ante mi exmujer. Ella sufría por su madre, pero sabía que desde hacía muchos años ya no era responsabilidad mía, que demasiado tiempo había vivido a mi costa. Melania amenazó durante un tiempo más, hasta que se dio por vencida y dejó de molestar.

Al cabo de unos meses, incluso Coral tuvo que descartar su teoría, ya era una evidencia que mi hija no actuaba a través de su madre. Era una joven de lo más normal, y me gustaba pensar que yo tenía una mínima parte de la responsabilidad, que reencontrarse conmigo le había servido para centrarse en muchos aspectos.

Sacaba buenas notas, solo salía si no tenía que estudiar, y cuando lo hacía siempre regresaba a una hora razonable. Me tenía encandilado, había dado luz a mis días, además de un par de alegrías en las que pensaba de vez en cuando, pero que ya apenas me provocaban remordimientos. Era un peaje que había que pagar para llegar a los buenos momentos.

- Silvi, llevas meses con el carnet, ¿no te vas a comprar un coche?

- Sigo sin decidirme entre varios.

- ¿Quieres que te dé mi opinión?

- Te la pediré cuando la duda esté entre dos o tres.

- También puedo darte algo de dinero, si es el problema.

- Ni de broma, me lo pagaré yo, tú cubres mis gastos y me das más que suficiente.

- Pero sabes que estoy para todo lo que necesites, ¿verdad?

- Claro que lo sé, papá. ¿Estás bien?

- Sí, cariño, solo quiero asegurarme de que tú lo estás.

- Yo estoy genial desde que me vine aquí contigo.

- ¿Has llamado a tu madre últimamente?

- Sí, pero no me coge el teléfono.

- ¿Y no te preocupa?

- He hablado con la tía Silvia, dice que está enfadada, pero que se le pasará.

No podía evitarlo, constantemente me ofrecía a ayudarla con cualquier cosa, incluso con más dinero, si era necesario. Llevaba tiempo pensando en la posibilidad de regalarle un coche por su cumpleaños, algo sencillo, teniendo en cuenta que sería el primero, pero si ella ya le había echado el ojo a algunos era mejor no meterme.

Que mi hija era guapísima siempre lo había pensado, especialmente desde que nos reencontramos, pero cada día la veía más espectacular. Aunque quizás me cegaba el amor de padre, me parecía un auténtico bomboncito. En la vida hubiese podido acostarme con una chica así, de no haber sido por esa extraña inclinación hacia el incesto que padecíamos en la familia.

Pero la cuestión es que sucedió y que, aunque intentara no pensar en ello porque parecía haber ocurrido en un pasado muy lejano, a menudo soñaba con que volvía a ocurrir. Me decía a mí mismo que eran solo sueños, hasta que la volvía a ver por casa en braguitas o saliendo del cuarto de baño envuelta en la toalla, con sus voluptuosos pechos a punto de salirse.

Aun así, podía convivir con esos pensamientos ocasionales, siempre que ella no volviera a tentarme. Por suerte, seguía igual de tranquila y amorosa, pero se acercaba de nuevo su cumpleaños, y yo iba a caer en el error de darle de nuevo la libertad de elegir lo que quisiera, haciendo que Silvi volviera a ser ella, con sus cosas buenas y con las que no lo eran tanto.

- No sé qué decirte, papá, tengo de todo.

- Puedo intentar sorprenderte, pero luego no te quejes si meto la pata.

- Ya sabes que siempre he querido tener un perrito, pero tu alergia lo impide.

- Qué susto, pensé que ibas a decir un hermanito.

- Para nada, siempre he estado muy bien sola.

- Entonces ¿me la juego con el regalo?

- A ver...

- ¿Qué?

- Casi tengo decidido el coche, si quieres, ayúdame económicamente como dijiste.

- Enséñame las opciones que barajas.

- Mira, estoy entre estos dos.

- Silvi, por dios.

- ¿Qué pasa?

- El más barato cuesta el triple que el mío.

- Pero son los que me gustan.

- No debes tener ni una décima parte de lo que cuestan.

- No, pero te has ofrecido de ayudarme.

- Aun así, tardaríamos años en pagarlo.

- No tenía pensado financiarlo.

- Cielo, no soy el Banco de España.

- Se supone que ganas bien y que tienes buenos ahorros.

- Sí, pero no para que te estrenes con un coche de alta gama.

- Sabes que yo sabría cómo agradecértelo.

- No quiero seguir con esta conversación, lo siento.

- Tienes razón, pero solo te lo he dicho porque tú me has preguntado.

Al menos desde que vivía conmigo, Silvi no había dado señales de ser una muchacha de grandes caprichos, más bien al contrario, pero parecía que ese coche, cualquiera de los dos que le gustaban, le hacía verdadera ilusión. Sabía que no tenía sentido pensármelo, ni siquiera estaba preparada para conducir algo así.

Sin embargo, sí que me lo pensé, me lo pensé muchísimo. Daba igual que fuese una locura o un sinsentido, a Silvi le ilusionaba y yo lo único que quería era hacerla feliz. Podía pagarlo, aunque mis ahorros quedaran muy mermados, pero antes necesitaba despejar de mi cabeza las dudas que estaban comenzando a surgir de nuevo.

Era cierto que Silvi no me había pedido nada en ningún momento, que se lo había ofrecido yo y que incluso la primera vez que se lo propuse me dijo que yo ya hacía suficiente, pero la cuestión era que finalmente me lo pidió, y no precisamente poco. Volvieron a aparecer los antiguos fantasmas, las sospechas sobre su interés.

No se trataba de mantenerla, de pagarle los estudios o de darle una mensualidad para sus gastos, eso lo hacía encantado, quería un coche que estaba muy por encima de sus posibilidades y de las de cualquier joven que no tuviera un padre futbolista o algo por el estilo. Así que no se trataba solo de dinero, sino de ponerle los pies en el suelo.

Si accedía, quizás entendiera que ya había cubierto el cupo y no se atrevería a pedirme nunca más nada, o también era posible que se pudiera cuenta definitivamente de que no era capaz de negarle nada y sus demandas no tuvieran fin. A veces tenía claro que se lo iba a comprar y otras estaba convencido de que no.

Me limité a observarla en busca de cambios de actitud o cualquier cosa que me hiciera pensar que no era más que una interesada, pero seguía siendo la misma joven dulce de los últimos meses. En alguna ocasión salía el tema del coche y ella parecía restarle importancia, como si no quisiera darle más vueltas. Necesitaba tener una conversación seria con Silvi. Grave error.

- Queda menos de una semana.

- Los diecinueve ya no tienen tanta emoción.

- Lo digo por lo del regalo.

- Pensé que no íbamos a hablar más del tema.

- Silvi, ¿tú me quieres?

- ¿Qué pregunta es esa? Pues claro que sí.

- No es que lo dude, pero con todo lo que ha pasado...

- Todavía piensas que solo quiero sacarte el dinero, ¿no?

- Eso no me preocupa, al fin y al cabo, todos los hijos lo intentan.

- ¿Entonces?

- Que ofrezcas tu cuerpo me hace pensar que no me ves como tu padre.

- Tú lo aceptas, ¿no me ves como tu hija? ¿O a la tía Coral como tu hermana?

- Claro que sí, sois mi única familia, pero luego me siento mal.

- Pues no deberías, cada uno hace con su cuerpo lo que le da la gana.

- ¿Para conseguir cosas?

- Yo siempre lo he hecho para agradecértelo, no para conseguirlo.

- ¿Y cuál es la diferencia?

- Que ya te tenía ganado de antes, reconócelo.

- Pero entre nosotros no debería haber sexo.

- Si a ti no te importa y a mí tampoco, ¿por qué no?

- Porque se crea una especie de tensión que no es sana para la convivencia.

- ¿Me vas a ayudar a comprar el coche?

- Sabes mejor que yo mismo que sí.

- Bien, pues déjame que te lo agradezca una última vez, es lo que me gusta hacer.

- No quiero que se vuelva a repetir lo mismo.

- Tranquilo, no se va a repetir... aún me queda un agujero por estrenar.

De todas las fibras que podía tocarme, Silvi fue a dar con la más sensible. Lo del sexo anal, porque solo podía estar refiriéndose a eso, era una espina que tenía clavada de toda la vida. Nunca había llegado a hacerlo, mucho menos con Melania, que se escandalizaba nada más mencionarlo. Era una oportunidad que llegaba tarde, pero al fin estaba ahí.

Cualquiera con dos ojos en la cara, e incluso con uno, podía ver que el punto fuerte de mi hija eran sus tetazas, pero a un culo como el suyo tampoco le haría nadie ascos. Redondito, firme, libre de imperfecciones... si tocarlo ya daba gusto, meterla entre esas nalgas tenía que ser una auténtica gozada. Y un remordimiento eterno.

Ella seguía allí, mirándome, esperando a que tomara una decisión. No era de esas veces en las que se paseaba por casa prácticamente en ropa interior, era aún peor, porque estaba a punto de irse al gimnasio y llevaba unas mallas que le realzaban justo la zona ofrecida. Tenía que hacerlo, ya lo superaría como había ocurrido las dos veces anteriores.

- ¿Estás segura, Silvi?

- Sí, tengo ganas de probarlo.

- Dudo que te falten candidatos.

- De hecho, me sobran, pero este es un acceso vip.

- ¿Eso qué quiere decir?

- En este caso, very important padre.

- Menos mal que te lo tomas con humor.

- ¿Quieres tocármelo un poquito para ir animándote?

- Va-vale.

- Cuando la tengas dura me lo dices y le doy un repaso con la boca.

- Creo que va a ser enseguida.

- Con calma, disfrútalo.

Silvi me abrazó muy fuerte para transmitirme seguridad, pero también para que pudiera acceder a sus nalgas fácilmente. Aunque quería pensar que aún no había tomado la decisión de desvirgar el ano de mi hija, ahí estaba yo, palpando sus glúteos como el que estudia un mapa para decidir cuál es la mejor ruta a seguir.

En este caso, había una única dirección posible, la que llevaba hacia el interior del culo de mi hija. Ya estaba empalmado, de hecho, se me puso tiesa en el mismo momento en que me insinuó lo de darle por detrás. Ella estaba tan pegada a mí que debía de saberlo, pero no dijo nada, mejor que siguiera manoseándole las nalgas.

Cuando se lo hice saber con un simple movimiento de cabeza, Silvi descendió lentamente hasta quedar arrodillada ante mí. Bajó la cremallera de mis tejanos, se deshizo también de los calzoncillos y sostuvo mi polla entre sus manos. Aunque la conocía de sobra, volvió a examinarla como si fuera la primera vez que la veía.

Primero le dio un repaso desde la base hasta la punta con la lengua, después se la metió entera en la boca. Desde arriba miraba casi hipnotizado cómo mi hija me la mamaba con el propósito de dejarla bien lubricada para que pudiera practicarle sexo anal. Si me paraba a pensarlo se me podía ir la cabeza, así que me limité a agarrarla por el pelo para acompañar sus movimientos de cuello.

Si seguía comiéndomela con esa pericia corría el riesgo de terminar antes de tiempo, de modo que le hice saber que ya era suficiente. Silvi recuperó la verticalidad. Esperaba que se dirigiera hacia su habitación o la mía, pero solo dio unos cuantos pasos, llegó hasta la mesa y se apoyó, ofreciéndome su trasero para que lo hiciera mío.

- Última oportunidad, ¿estás segura?

- Sí, veamos hacia dónde nos lleva esto.

- Si te duele me lo dices y paro de inmediato.

- Creo que te la he humedecido bien, pero ¿podrías...?

- ¿Qué?

- Ya sabes... comerme el culo.

- Claro, lo que tú me pidas.

Bajé sus mallas con la misma ilusión que un niño desenvuelve sus regalos de Navidad, y en esa ocasión fui yo el que se colocó de rodillas. Separé sus nalgas y no pude evitar explorar la zona con un dedo, previo paso a hacerlo con la lengua. Me había imaginado varias veces haciéndolo, pero nunca me había comido un culo.

Lo que estaba claro era que no había uno mejor con el que estrenarse. Humedecí con la lengua el ano de mi hija, disfrutando de tan morboso acto. Se lo lamí mientras mantenía los diez dedos clavados en sus glúteos. Sentía que el calor que escasos milímetros desprendía su vagina. No aguantaba más, se la tenía que meter.

Me puse de pie y lo primero que hice fue refregar la tranca contra su culo, frotarla contra su suave piel. Después me la agarré, dispuesto al fin a penetrarla. Fue entonces cuando comenzaron a aparecer los nervios. Las piernas de Silvi temblaban ligeramente, pero me pidió que lo hiciera, utilizando palabras de lo más provocadoras.

Acerqué la punta a su agujero y esperé unos segundos, dándole la oportunidad de arrepentirse. No dijo nada, así que comencé a empujar muy despacio, introduciendo los primeros centímetros. Agarrado a su cintura con una mano y a mi verga con la otra, noté que su cuerpo se tensaba, pero seguía sin pedirme que parara.

Ella misma se echó hacia atrás para facilitármelo y unos cuantos centímetros más se alojaron en el interior de su culo. Dejó escapar un aullido de dolor casi imperceptible, lo que me hizo frenar, hasta que Silvi me pidió que siguiera. Tenía la intención de empujar un poco más, pero me encontré con una especie de tope, de alguna manera, había llegado al límite.

En ese momento me agarré a su cintura con ambas manos e inicié algo similar al bombeo. Mi polla apenas avanzaba o retrocedía, daba la sensación de que estaba atascada en su estrecho agujero, pero ese leve contacto, unido a lo excitante que resultaba romperle el culo a mi hija, era de lo más placentero que había sentido jamás.

Permanecí un buen rato meneando las caderas suavemente en dirección a su trasero, mientras una de mis manos se aventuraba bajo el top de Silvi para quedar colmada con una de sus majestuosas tetas. Esa enorme masa de carne, y el duro pezón que rasgaba mi palma, me dieron ganas de dejar a un lado la contención y empujar con fuerza hasta el fondo, pero no lo hice.

Las leves embestidas dentro del delicioso culo de Silvi fueron suficientes para llevarme al orgasmo. Esa vez no la avisé ni me controlé de modo alguno, seguí perforando la estrechez de su ano hasta eyacular. Mi leche estaba en el interior de mi hija, con su mando por tercera vez el incesto, en esa ocasión, de la manera más brutal.

- ¿Estás bien, cariño?

- Quizás este un par de días sin poder sentarme, pero me ha encantado.

- La verdad es que ha sido alucinante.

- Y no nos ha costado ni un céntimo, las mejores cosas de la vida son gratis.

- No siempre, pero sí muchas veces.

- Tenías razón, no necesito un coche tan caro.

- ¿Has tenido una revelación?

- Más o menos.

- Igualmente cumpliré con mi palabra y te lo compraré.

- Quiero que me ayudes, pero a elegir uno más sencillo.

- ¿No crees que luego te arrepentirás?

- No, mi regalo va a ser pasar ese tiempo contigo.

- Eso ya lo tienes, mi vida, todo el tiempo que quieras.

- Y empaparme de tu conocimiento, porque al final siempre tienes razón.

- Ojalá fuese eso cierto.

- Los momentos calientes me han flipado, pero prometo no volver a tentarte.

- Aunque han sido tres ratos increíbles, pienso que es lo mejor.

- ¿Padre e hija normales a partir de ahora?

- Sí, pero siempre juntos.

- Eso seguro, ya nadie me separa de ti, papá.

Lo prometió y lo cumplió. Jamás en la vida haría nada tan placentero como probar los agujeros de Silvi, pero tampoco lo eché en falta. Quizás eso fue necesario para acabar de conocernos, de unirnos, y para que a partir de entonces tuviéramos la relación que todo padre soñaría tener con su hija. Solo verla me hacía feliz a diario.

La relación con su madre se estabilizó en el momento en que Melania dejó de pedir dinero. Nunca tendría nada similar siquiera a la cordialidad con mi exmujer, pero en cuanto se calmó le ofrecí a ayudarla en lo que necesitara, por el bien de nuestra hija. Coral seguía apareciendo cuando le apetecía, aunque ya no para llenarme de dudas, sino para confirmar el buen rollo que tenía con su sobrina.

Silvi acabó la carrera con unas notas brillantes y al poco tiempo comenzó a trabajar, renunciando al instante a todo el dinero que le daba. Seguí ayudándola en todo lo que pude, y haciéndole buenos regalos por su cumpleaños, aunque casi siempre tenían un valor más emocional que económico.
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