Los Agujeros de mi Hija – Capítulo 001
Me quiero dirigir a todo el que piense que un error no te puede perseguir eternamente para decirle que está muy equivocado. Todas las meteduras de pata, incluso esas de las que casi ni nos acordamos, tarde o temprano, regresan para sacudir los cimientos de lo que puede ser una vida tranquila. Las consecuencias pueden ser leves, pero también devastadoras.
Como cualquier joven, estaba convencido de que mis actos no tenían consecuencias, al menos si nadie salía perjudicado por ellos. Fue por eso por lo que conseguí salir adelante sin problemas a pesar de haber hecho algo que a ojos de cualquiera resultaría, como mínimo, moralmente reprobable. Quizás me beneficiaba que fuese una carga compartida.
No tener ningún remordimiento me permitió llevar una vida normal, hacer cosas tan corrientes como tener pareja. Al fin y al cabo, no había hecho nada realmente grave, se podría considerar incluso insignificante, si lograba lidiar con ello tal y como lo hacía. Era un asunto del pasado de yo tenía que centrarme en el futuro.
Y resultó que ese futuro estaba junto a Melania, no con cualquiera de las otras a las que había conocido antes, sino con ella. Una chica guapa, de trato fácil y trabajadora tanto en casa como fuera. De haber tenido que ponerle una pega, hubiese dicho que era demasiado formal, muy conservadora, al menos para lo joven que era por entonces.
Eso tenía cosas buenas, como lo mucho que se entregaba en las tareas del hogar, pero la parte negativa no me gustaba tanto. En realidad, no me perjudicó demasiado, más allá de que nos tuvimos que casar demasiado pronto, al menos a mi modo de ver. Pasar por el altar con veinticinco años no es ninguna tragedia, no si crees estar con la mujer correcta.
En lo que sí que tenía más dudas era en lo de ponernos a buscar el embarazo de inmediato. Económicamente me iba muy bien, la verdad, así que ese no era el problema. Lo que llevo quería era seguir disfrutando de esa primera etapa del matrimonio, la más dulce, en vez de cargarme tan pronto con una responsabilidad gigantesca.
Me resistí durante ¿cuánto, dos meses? Sí, creo que eso fue lo que tardó Melania en decirme que con condón no ahí revolcón. Pues nada, ahí estaba yo, empujando como un machote mientras rezaba para tardar lo máximo posible en hacer diana. No sabría decir si mis súplicas fueron escuchadas, por eso de que el tiempo es relativo, pero a los cinco meses ya estábamos inmersos en eso que llaman la dulce espera.
- Va a ser una niña, lo presiento.
- Pues entonces estoy apañado.
- ¿Por qué lo dices?
- Porque siempre sucede lo que tú quieres.
- Cariño, con esto no puedo manipular a nadie como hago contigo.
- Eso es verdad.
- Y supongo que ya tendrás hasta el nombre pensado.
- Claro, se va a llamar Silvia, como mi hermana.
- Qué original...
- A la siguiente le podemos poner el nombre de la tuya.
- ¿Es que va a haber más?
- Ya lo creo yo que sí, por lo menos tres.
De todas sus predicciones y amenazas, esa última fue la única que no se cumplió. Unos meses después tuvimos una preciosa niña a la que, obviamente, le pusimos de nombre Silvia, aunque yo la llamé desde el primer momento Silvi, porque era muy pequeñita, pero sobre todo para identificarla lo menos posible con mi cuñada.
La paternidad no empezó en absoluto con mal pie, yo esperaba algo bastante más complicado. Es probable que se debiera a que Melania se ocupaba de lo más difícil, todo eso de cambiarle el pañal y amamantarla. Aun así, yo hacía todo lo que me ordenaba, sacrificando horas de sueño que no volverían, aunque era por la mejor de las causas.
Por motivos que enseguida comprenderéis, pasaron dos años desde el nacimiento de mi hija hasta que Coral, mi hermana mayor, vino a verla por primera vez. No es que estuviéramos peleados ni nada por el estilo, simplemente llegó un momento en que decidimos que lo mejor para los dos era poner algo de tierra de por medio.
Melania no tenía ni idea de nada de eso, creía que éramos los típicos hermanos a los que no les une gran cosa. Ellas dos habían demostrado tener muy buena sintonía las pocas veces que habían coincidido, y justo eso iba a ser lo que me llevara a la ruina. Charlaban amistosamente cuando se produjo el fatal desliz.
- La niña es una monada, Melania, menos mal que ha salido a ti.
- Pues tu hermano dice que es clavadita a él.
- ¿Y cuándo ha dicho Pedro algo sensato?
- También es verdad.
- ¿Planes de ir ya a por la parejita?
- Si de mí dependiese, sería otra niña.
- Pero él prefiere un niño, ¿verdad?
- En realidad, si le dejara escoger nos quedaríamos como estamos.
- Pero no le vas a dejar.
- Al final hará lo que yo quiera, porque si no ya sabe sin lo que se queda.
- Sé a lo que te refieres, lo tienes bien pillado con eso.
- Siempre es lo primero en su lista de prioridades.
- A mí me lo vas a decir...
- No te entiendo, Coral.
- Nada, es una tontería.
- No seas así, explícamelo.
- Es algo sin importancia, solo ocurrió una vez.
- Imagino que no te refieres a lo que estoy pensando.
- Éramos muy jóvenes, estábamos solos y...
- ¿Os acostasteis?
Estaba en la cocina preparando café mientras las escuchaba hablar, y no intervine porque ni en mil años me hubiera imaginado que mi hermana fuese capaz de contarlo, pero lo hizo. Coral se excusó diciendo que había dado por hecho que entre mi mujer y yo no había secretos, aunque cualquiera con dos dedos de frente sabría que algo así no se podía compartir con nadie.
En el tiempo que llevaba casado con Melania eso era lo que más me había atormentado, pero ni se me pasó por la cabeza contárselo. Fue una tontería, un momento de debilidad por parte de ambos del que enseguida nos arrepentimos. Nuestros padres eran muy liberales y eso nos llevó a confusión, creíamos que estaba bien disfrutar de cualquier oportunidad que se nos pusiera por delante.
Nos arrepentimos al momento, pero ya nos había pasado factura, nuestra relación de hermanos ya nunca volvería a ser igual. Varios años después, ese desliz me costó también mi matrimonio. Ni siquiera me permitió darle explicaciones, Melania me echó de casa y me obligó a aceptar todas sus condiciones, o de lo contrario contaría mi secreto a todos nuestros conocidos.
Todo lo que me impuso estaba relacionado con la niña. La vería cuando y donde ella quisiera, sin darme siquiera la oportunidad de reclamar fechas especiales. Y había convertido en un degenerado para ella y no quería que nuestra hija se creara conmigo. También me exigió grandes cantidades de dinero, aunque eso era lo que menos me importaba.
La parte mala fue perder a mi familia, aunque casi empatado con el hecho de que mi hermana, sintiéndose culpable, quisiera compensarme no apartándose de mí. Aunque la estancia iba a ser muy breve, se ofreció a acogerme en su casa, cosa que no pude rechazar porque no tenía otro sitio. Y yo que pensaba que la vida de casado era complicada...
- Aquí estarás como un rey, Pedro, yo me encargo.
- No creo que me quede más de una semana.
- No seas así, hombre, que tenemos que recuperar el tiempo perdido.
- Nos ha ido bastante bien estando distanciados.
- Habla por ti, yo sigo soltera.
- Porque te da la gana.
- Es que los tíos no lo ponéis nada fácil.
- Será eso...
- He estado con muchos, pero nunca he vuelto a sentir lo mismo.
- ¿A qué te refieres?
- Lo nuestro fue especial.
- No me jodas, Coral.
- Me han echado polvos mejores, te lo aseguro, pero ese morbo...
- Fue algo distinto, pero no se volverá a repetir.
- Claro que no.
Llegados a este punto, seguro que muchos estáis pensando que la historia se encamina sin remedio hacia una recaída con mi hermana, pero no fue así. De hecho, en cuanto pude alquilé un piso para vivir yo solo, al menos hasta que pudiera arreglar las cosas con Melania, porque esa era la esperanza que aún conservaba.
No hubo forma de conseguirlo. De nada sirvió recurrir a los ruegos en las súplicas, prometerle el oro y el moro ni recordarle que ella también fue joven y seguramente cometió errores. Me mantuvo alejado de ella, cosa que con el tiempo dejó de ser tan doloroso, pero lo que no lograba superar era lo poco que me dejaba ver a mi hija.
Al principio me permitía verla con cierta frecuencia, luego las visitas se iban espaciando en el tiempo y para cuando la niña ya tenía cierta capacidad de decisión apenas la veía. Aunque fuese su padre, me parecía lógico que Silvi pasara de mí, ya que tenía su vida hecha y yo no era más que un hombre con el que apenas había tenido contacto.
Eso no quiere decir que no supiera nada de ella, ya que con cierta frecuencia me llamaba, sobre todo cuando quería pedirme que le enviara dinero. Era como si solo se acordara de que tenía padre cuando quería renovar el armario o el teléfono móvil. Me dolía mucho, pero no se lo podía negar, me exponía a perder el poco contacto que nos quedaba.
Porque el dinero seguía sin ser un problema para mí, menos que nunca, ya que apenas tenía gastos y cobraba un sueldo muy bueno. Ya le pasaba una generosa pensión a Melania, que a saber en qué gastaba, pero no quería que a mi hija le faltara esa única y ridícula forma que tenía de demostrarle que me seguía importando mucho.
El tiempo vuela, incluso cuando no lo pasas especialmente bien, en un abrir y cerrar de ojos ya era un hombre de cuarenta y tantos años que no había logrado rehacer su vida. De aspecto me veía bien, pero lo que me hacía sentir viejo era que mi hija ya estaba a punto de cumplir la mayoría de edad. Como era de esperar, no recibí invitación para la fiesta.
- Cariño, muchas felicidades.
- Gracias, papá.
- ¿Te sientes mayor?
- Yo me veo igual, al menos hasta que me detengan por primera vez.
- No digas eso, que tú has sido siempre muy formal.
- Eso es lo que yo te cuento...
- Ya, tienes razón.
- Tranquilo, si era una broma.
- Tengo preparado tu regalo.
- Pues hazme la transferencia, lo necesito para invitar a mis amigas.
- Es que esta vez no es dinero.
- ¿Y eso?
- Hija, los dieciocho requieren algo especial.
- Vale, ¿cómo piensas dármelo?
- Podrías pasarte un día por mi casa, hace mucho que no vienes.
- Si no hay más remedio...
En realidad, no le había comprado nada, se me ocurrió sobre la marcha por las ganas que tenía de verla, ya que en los últimos dos años solo la había visto por fotos. No tenía ni idea de qué se le podía regalar a una muchacha que acababa de cumplir la mayoría de edad, así que me di en la obligación de recurrir de nuevo a mi hermana.
A pesar de lo rápido que me fui de su casa años atrás, Coral y yo mantuvimos el contacto durante todo ese tiempo. Seguíamos teniendo esa especie de relación tensa, pero habíamos aprendido a llevarlo bastante bien. Cuando salía el dichoso tema todo se estropeaba, pero lo acababa dejando pasar, porque no tenía a nadie más.
Coral no arriesgó demasiado, me dijo que a una chica de esa edad lo que más ilusión le hacía era la ropa. No me parecía que fuese un regalo demasiado especial para hacer en una fecha tan señalada, pero tenía que asumir que no conocía a Silvi y que si trataba de sorprenderla lo más seguro era que cometiese un error que pusiera de manifiesto lo poco que nos unía.
Tuve que insistirle mucho, pero conseguí que me hiciese un hueco en su apretadísima agenda para venir a mi casa a recoger su regalo. Llevaba mucho tiempo sin ponerme tan nervioso, porque no solo era el hecho de volver a verla, necesitaba que todo fuese suficientemente bien como para Silvi quisiera verme con más frecuencia.
Llegó una hora más tarde de lo acordado y venía con prisa, había quedado. Aunque llevaba años siguiéndola en redes sociales y sabía que ya no era esa pequeña con la que sí que tenía buena relación, me impresionó verla en persona. Físicamente, era una versión mejorada de su madre. Si Melania hubiese tenido esas tetas, lo más seguro es que me hubiera suicidado al perderla.
- Cielo, ya eres una mujer.
- He cambiado un poco, ¿no?
- Sí, mucho más de lo que me esperaba.
- ¿Dónde está mi regalito?
- Aquí lo tienes.
- ¿Qué será?
- Enseguida lo descubrirás.
- Vaya, ropa...
- Si no te gusta la puedes cambiar, no hay ningún problema.
- No, si es muy bonita.
- Pero no era lo que esperabas.
- Le diste tanto misterio que pensaba que sería algo especial.
- ¿Como qué? Te lo puedo comprar.
- Papá, en realidad lo que necesito es dinero.
- Te he enviado mucho en los últimos años, y tu madre recibe bastante cada mes.
- Ya, pero ahora viene un gasto extra.
- ¿De qué se trata?
- Después de verano empiezo la universidad.
- En una pública apenas tienes que pagar nada.
- Me temo que mis notas me van a empujar a la privada.
- Si es lo que quieres, la pagaré a medias con tu madre.
- Ella no va a poder aportar casi nada.
- ¿Tan mal le va?
- No, pero se ha echado novio y no hace más que gastar en viajes y cosas de esas.
- Cosas de esas que pago yo.
- Supongo que en parte sí.
- Pues lo siento, pero no me da la gana seguir haciendo el idiota.
- Este dinero que te estoy pidiendo es para mí.
- No lo necesitarías si Melania no derrochara la pensión.
- ¿Me vas a dejar sin ir a la universidad?
- Escoge otra carrera para la que sí te llegue la nota.
- Quiero estudiar magisterio.
- ¿Vas a ser una profesora que no aprueba sus propios exámenes?
- Te estás pasando.
- Tienes razón, vamos a calmarnos.
- Después te quejas de que no vengo a verte.
- Vuelve otro día, sin la prisa que llevas hoy, y lo hablamos con calma.
- Me lo pensaré.
En condiciones normales, hubiese acabado cediendo y le pagaría los estudios y cualquier cosa que me pidiera, pero me llené de rabia cuando supe que Melania estaba pegándose la gran vida con otro a mi costa. Aunque la perjudicada fuese Silvi, tenía que mostrar carácter por una vez en mi vida para que no se siguiera riendo de mí.
Era injusto que me ignorara de esa manera y yo tuviese que cubrir la parte de la mujer que me echó de casa, sobre todo porque ya le pasaba mucho más dinero del que cualquier juez hubiese dictaminado. Durante todos esos años había intentado no odiar a Melania, pero la imaginaba con ese tío, disfrutando a mi costa, y se me llevaban los demonios.
Aun así, no descartaba la opción de acabar pasando por el aro una vez más. Dependía de que Silvi aceptara la propuesta de volver a visitarme, con tranquilidad, sin prisas ni exigencias. Si lograba convencerme de que se lo merecía y de que podíamos llegar a tener una relación medio normal de padre e hija, cumpliría su deseo.
Este tema era tan peliagudo que consideré la opción de ocultárselo a mi hermana, porque sabía perfectamente lo que me iba a decir, pero necesitaba hablarlo con alguien y ella era la única que acudía cuando la llamaba. En realidad, las charlas con ella solían resultarme bastante útiles... para acabar haciendo lo contrario de lo que me decía.
- O sea, que tu ex se lo gasta todo con otro.
- Eso me ha dicho.
- Y pretendes pagarle la universidad para que su madre siga gozando a tu costa.
- No, para que pueda estudiar lo que ella quiere.
- Pero tendría que ser un gasto compartido, sin contar lo que ya le envías.
- ¿La dejo sin estudiar lo que quiere para que me odie de por vida?
- Apenas sabes nada de ella, no notarías la diferencia.
- Es mi oportunidad para ganármela.
- A base de talonario.
- Está claro que es una interesada, si yo le doy lo que Melania no puede...
- La ha criado ella, con eso no puedes competir.
- No va a pasar nada por intentarlo.
- Solo que te sentirás aún más estúpido.
- Puede ser, pero es mi hija.
- ¿Te ha dicho ya si va a volver a verte o no?
- No he vuelto a saber de ella desde que se fue.
- Pues olvídate, Pedro, lo mismo ni te decía la verdad.
Ni se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que aquello hubiese sido una trampa de mi hija, quizás con la colaboración de su madre, para sacarme el dinero. De ser cierto, me plantearía la opción de acudir a la justicia, lo que con toda probabilidad dejaría la pensión en menos de la mitad. Además, no volvería a darle ni un solo céntimo a Silvi.
Por suerte, o no, era cierto que mi hija quería ir a una universidad privada y necesitaba el dinero. Lo supe porque volvió a ponerse en contacto conmigo y aceptó venir a verme de nuevo. Por su tono, tuve la sensación de que me decía la verdad y además estaba bastante desesperada por conseguirlo. Esperaba tener la opción de negociar un poco antes de ceder ante todas sus peticiones.
Para que se sintiera menos presionada, le propuse vernos en territorio neutral. La invité a comer aún bueno restaurante, allí podríamos hablar tranquilamente. Como declaración de intenciones, o de desesperación, en esa ocasión mi hija apareció puntual. Iba menos arreglada, aunque igualmente preciosa, y lucía otro tipo de sonrisa en la boca.
De entrada, no tuve la misma sensación de estar ante una desconocida. Silvi venía dispuesta a camelarme por las buenas, y yo me iba a dejar, siempre que mantuviera ese buen tono y viese la posibilidad de que aquello pudiera perdurar en el tiempo. Sabía que iba a decir cualquier cosa por salirse con la suya, pero eso lo hacen todas las hijas.
- Cuéntame eso de que las notas no van del todo bien.
- Demasiada fiesta en los últimos meses, pero lo estoy dejando.
- ¿Bebes?
- Un poquito, todos lo hacen.
- Ya no puedo regañarte, tienes edad.
- Antes tampoco podías.
- ¿De dónde te viene la vocación de ser profesora?
- A algo hay que dedicarse, ¿no?
- Pides mucho dinero para ser una profesión que no parece apasionante.
- No es tanto, tú te lo puedes permitir.
- La duda no es si puedo, sino si quiero.
- ¿Por qué no?
- Me lo exiges a mí, pero la que no está cumpliendo es tu madre.
- ¿Te crees que no lo he hablado mil veces con ella?
- ¿Le da igual que te quedes sin ir a la universidad?
- Supongo que no, pero parece una adolescente desde que está con ese tío.
- Si cedo, estaré quedando otra vez como un imbécil delante de ella.
- No estaríamos así si tú no hubieras hecho lo que hiciste.
- ¿Qué sabes?
- Lo de la tía Coral.
- Eso fue una chiquillada.
- ¿Te gustó?
- No te voy a responder a eso.
- Parece algo muy morboso.
- Pues me ha arruinado la vida.
- No exageres, perder a mamá no es para tanto.
- A tu madre y a ti, querrás decir. Llevo solo desde entonces.
- Seguro que tienes quien te haga compañía.
- No desde hace mucho tiempo.
Quería saber más de mi hija... y acabé explicándole mi vida yo a ella. En realidad, no había mucho que contar, no al menos de los últimos diez años. Un tiempo después de separarme intenté iniciar otra relación, pero nada me llenaba. Puede que fuese porque seguía echando de menos a Melania, o por ese problemilla del que hablaba mi hermana.
Mientras estaba casado, todo iba bien, porque mantenía alejado de mi cabeza el polvo con Coral, pero en el momento en que ese recuerdo se instaló en mi presente, ya no podía dejar de pensar en que nada era tan excitante. No me sentía satisfecho con ninguna mujer, sentía que faltaba algo que me hiciera disfrutar realmente.
Esto no se lo conté a Silvi, ni siquiera cuando terminamos de comer y propuso ir a mi casa, casi con toda seguridad para seguir tejiendo la tela de araña en la que pretendía atraparme. Aunque mi hija tenía carácter y no eludía las discusiones, estar a su lado tanto tiempo era lo más agradable que me había pasado en mucho tiempo.
Una vez en casa, volvió a la carga. Seguía tratando de mostrarse relajada, pero se notaba que empezaba a desesperarse. Seguramente creía que me tendría ganado desde el minuto uno, yo también lo pensaba, pero era imaginarme a Melania disfrutando con mi dinero y se me revolvía el estómago, por eso aún no había cedido.
- Necesito ese dinero, papá, y sé que tú también quieres algo de mí.
- ¿A qué te refieres?
- Quieres que venga a visitarte más, ¿no?
- Sí, claro, me encantaría.
- Pues ese es el acuerdo al que debemos llegar.
- La que más se beneficiaría de esto sería tu madre.
- Lleváis dieciséis años separados, olvídala ya.
- La tenía muy olvidada, hasta que supe lo bien que vive gracias a mí.
- El problema no es lo que haga ella, es que tú también deberías divertirte.
- No puedo, o al menos no lo he conseguido en todo este tiempo.
- ¿Dices desde el divorcio o desde lo que pasó con la tía?
- Qué pesadita estás con ese tema.
- Es que me despierta mucha curiosidad.
- Menos mal que no tienes hermanos.
- Ni primos, pero tengo un padre.
- Del que no te acuerdas nunca, por cierto.
- Ahora estoy aquí, dispuesto a darte eso que tanto quieres.
- ¿Yo? Eres tú la que está buscando algo.
- Necesitas darle emoción a tu vida, y yo te voy a ayudar.
- ¿De qué estás hablando?
- Vamos a hacer cosas prohibidas.
No me podía creer que mi hija estuviera diciendo eso, pero iba totalmente en serio. Aunque se suponía que era por lo desesperada que estaba por conseguir el dinero, no lo tenía del todo claro, había algo en su mirada que me decía que estaba disfrutando, que quería probar aquello de verdad. Mentiría si dijera que no me provocaba más que curiosidad.
Llevaba años sin mantener relaciones, y Silvi era un auténtico bombón, pero no me podía plantear hacer algo así con mi hija. En realidad, tampoco pensé jamás que lo hubiera podido hacer con mi hermana y, sin embargo, no solo ocurrió, sino que fue de lo más placentero. Aunque después nos atormentaran a ambos los remordimientos.
Mi cabeza seguía procesando esa idea cuando mi hija comenzó a acercarse a mí. No solo me daba miedo lo que estuviese dispuesta a hacer, sino también todo lo que habría hecho ya con otros chicos para conseguir sus objetivos. Aunque entendía que no me viese como a su padre, lo era, y solo plantearse eso era de lo más siniestro.
Yo seguía sentado en el sofá, y al llegar a mi altura se arrodilló. Me miró a los ojos durante un buen rato, aunque debo confesar que los míos se desviaban hacia su escote. Dos pechos grandes y jóvenes, indudablemente firmes, que me hacían recordar por qué caí en el incesto cuando era un chaval. Seguía embobado cuando sus manos comenzaron a ascender.
Antes de que Silvi llegara a mi entrepierna yo ya tenía una erección descomunal que me confirmaba como poco menos que un monstruo. Su forma de jugar conmigo hacía intuir que sabía lo que se hacía, que no era la primera que calentaba a alguien antes de hacer lo que fuese que estuviera a punto de hacerme a mí.
Lo primero fue bajar la cremallera de mi pantalón, después me liberó la polla. Se aferró a ella con sus pequeñas manos, comenzando a bombear despacio, cubriendo cada milímetro de piel. No me podía creer que estuviera ocurriendo algo así, pero tampoco me veía con fuerzas para frenarla. Tenía la misma sensación que cuando estuve con Coral.
Su escote me ponía a mil, sus manos me demostraron lo habilidosa que era, pero su mirada marcaba la diferencia, delataba su vicio. No interrumpió el contacto visual hasta que se introdujo mi verga en su boca. Humedeció la punta con mucha lascivia antes de comenzar a tragar. Ya me tenía, en ese momento que hubiera pagado los estudios y cualquier cosa.
Apoyando sus magníficas tetas sobre mis rodillas, mi hija mamaba como una auténtica profesional. Yo mantenía mis manos sobre el sofá, clavando los dedos para evitar las ganas de sobarla. Aunque estaba atareada chupándomela, Silvi no perdía la oportunidad de mirarme una y otra vez a los ojos, sabía que con eso me desmontaba por completo.
Cada vez movía el cuello con más rapidez, justo antes de parar para lamérmela entera y succionarme el glande. Aquello iba mucho más allá del placer, el calor que sentía entre las piernas, su húmeda saliva empapando mi tranca, me proporcionaba una sensación de lo más agradable. Solo me quedaba asumir el tipo de persona que era y disfrutar de lo que venía.
- Para, Silvi, me voy a correr ya.
- Entiendo que tenemos un acuerdo, ¿no?
- Sí, continúa con la mano.
- Eso haré.
Lo hizo, pero antes descubrió sus tetas, sabía que no les había quitado ojo en ningún momento. Me siguió masturbando con la punta de mi polla a milímetros de sus pechos, provocando que al correrme eyaculara sobre ellos, que pintara de blanco la pálida piel de su torso, los rosados pezones que los adornaban.
- ¿Tengo que hacer ya el pago?
- Ojalá, antes debo aprobar la selectividad.
- Esfuérzate, está tu futuro en juego.
- Ya lo sé.
- Y también sabes que con esto me tienes en tus manos.
- Sí, podría sacarte lo que quisiera.
- Te daré lo que me pidas, pero quiero que vengas a verme con más frecuencia.
- Qué vicioso eres.
- No es para lo que te piensas, Silvi.
- Después de lo que ha pasado, ¿crees que podemos tener una relación normal?
-
Me quiero dirigir a todo el que piense que un error no te puede perseguir eternamente para decirle que está muy equivocado. Todas las meteduras de pata, incluso esas de las que casi ni nos acordamos, tarde o temprano, regresan para sacudir los cimientos de lo que puede ser una vida tranquila. Las consecuencias pueden ser leves, pero también devastadoras.
Como cualquier joven, estaba convencido de que mis actos no tenían consecuencias, al menos si nadie salía perjudicado por ellos. Fue por eso por lo que conseguí salir adelante sin problemas a pesar de haber hecho algo que a ojos de cualquiera resultaría, como mínimo, moralmente reprobable. Quizás me beneficiaba que fuese una carga compartida.
No tener ningún remordimiento me permitió llevar una vida normal, hacer cosas tan corrientes como tener pareja. Al fin y al cabo, no había hecho nada realmente grave, se podría considerar incluso insignificante, si lograba lidiar con ello tal y como lo hacía. Era un asunto del pasado de yo tenía que centrarme en el futuro.
Y resultó que ese futuro estaba junto a Melania, no con cualquiera de las otras a las que había conocido antes, sino con ella. Una chica guapa, de trato fácil y trabajadora tanto en casa como fuera. De haber tenido que ponerle una pega, hubiese dicho que era demasiado formal, muy conservadora, al menos para lo joven que era por entonces.
Eso tenía cosas buenas, como lo mucho que se entregaba en las tareas del hogar, pero la parte negativa no me gustaba tanto. En realidad, no me perjudicó demasiado, más allá de que nos tuvimos que casar demasiado pronto, al menos a mi modo de ver. Pasar por el altar con veinticinco años no es ninguna tragedia, no si crees estar con la mujer correcta.
En lo que sí que tenía más dudas era en lo de ponernos a buscar el embarazo de inmediato. Económicamente me iba muy bien, la verdad, así que ese no era el problema. Lo que llevo quería era seguir disfrutando de esa primera etapa del matrimonio, la más dulce, en vez de cargarme tan pronto con una responsabilidad gigantesca.
Me resistí durante ¿cuánto, dos meses? Sí, creo que eso fue lo que tardó Melania en decirme que con condón no ahí revolcón. Pues nada, ahí estaba yo, empujando como un machote mientras rezaba para tardar lo máximo posible en hacer diana. No sabría decir si mis súplicas fueron escuchadas, por eso de que el tiempo es relativo, pero a los cinco meses ya estábamos inmersos en eso que llaman la dulce espera.
- Va a ser una niña, lo presiento.
- Pues entonces estoy apañado.
- ¿Por qué lo dices?
- Porque siempre sucede lo que tú quieres.
- Cariño, con esto no puedo manipular a nadie como hago contigo.
- Eso es verdad.
- Y supongo que ya tendrás hasta el nombre pensado.
- Claro, se va a llamar Silvia, como mi hermana.
- Qué original...
- A la siguiente le podemos poner el nombre de la tuya.
- ¿Es que va a haber más?
- Ya lo creo yo que sí, por lo menos tres.
De todas sus predicciones y amenazas, esa última fue la única que no se cumplió. Unos meses después tuvimos una preciosa niña a la que, obviamente, le pusimos de nombre Silvia, aunque yo la llamé desde el primer momento Silvi, porque era muy pequeñita, pero sobre todo para identificarla lo menos posible con mi cuñada.
La paternidad no empezó en absoluto con mal pie, yo esperaba algo bastante más complicado. Es probable que se debiera a que Melania se ocupaba de lo más difícil, todo eso de cambiarle el pañal y amamantarla. Aun así, yo hacía todo lo que me ordenaba, sacrificando horas de sueño que no volverían, aunque era por la mejor de las causas.
Por motivos que enseguida comprenderéis, pasaron dos años desde el nacimiento de mi hija hasta que Coral, mi hermana mayor, vino a verla por primera vez. No es que estuviéramos peleados ni nada por el estilo, simplemente llegó un momento en que decidimos que lo mejor para los dos era poner algo de tierra de por medio.
Melania no tenía ni idea de nada de eso, creía que éramos los típicos hermanos a los que no les une gran cosa. Ellas dos habían demostrado tener muy buena sintonía las pocas veces que habían coincidido, y justo eso iba a ser lo que me llevara a la ruina. Charlaban amistosamente cuando se produjo el fatal desliz.
- La niña es una monada, Melania, menos mal que ha salido a ti.
- Pues tu hermano dice que es clavadita a él.
- ¿Y cuándo ha dicho Pedro algo sensato?
- También es verdad.
- ¿Planes de ir ya a por la parejita?
- Si de mí dependiese, sería otra niña.
- Pero él prefiere un niño, ¿verdad?
- En realidad, si le dejara escoger nos quedaríamos como estamos.
- Pero no le vas a dejar.
- Al final hará lo que yo quiera, porque si no ya sabe sin lo que se queda.
- Sé a lo que te refieres, lo tienes bien pillado con eso.
- Siempre es lo primero en su lista de prioridades.
- A mí me lo vas a decir...
- No te entiendo, Coral.
- Nada, es una tontería.
- No seas así, explícamelo.
- Es algo sin importancia, solo ocurrió una vez.
- Imagino que no te refieres a lo que estoy pensando.
- Éramos muy jóvenes, estábamos solos y...
- ¿Os acostasteis?
Estaba en la cocina preparando café mientras las escuchaba hablar, y no intervine porque ni en mil años me hubiera imaginado que mi hermana fuese capaz de contarlo, pero lo hizo. Coral se excusó diciendo que había dado por hecho que entre mi mujer y yo no había secretos, aunque cualquiera con dos dedos de frente sabría que algo así no se podía compartir con nadie.
En el tiempo que llevaba casado con Melania eso era lo que más me había atormentado, pero ni se me pasó por la cabeza contárselo. Fue una tontería, un momento de debilidad por parte de ambos del que enseguida nos arrepentimos. Nuestros padres eran muy liberales y eso nos llevó a confusión, creíamos que estaba bien disfrutar de cualquier oportunidad que se nos pusiera por delante.
Nos arrepentimos al momento, pero ya nos había pasado factura, nuestra relación de hermanos ya nunca volvería a ser igual. Varios años después, ese desliz me costó también mi matrimonio. Ni siquiera me permitió darle explicaciones, Melania me echó de casa y me obligó a aceptar todas sus condiciones, o de lo contrario contaría mi secreto a todos nuestros conocidos.
Todo lo que me impuso estaba relacionado con la niña. La vería cuando y donde ella quisiera, sin darme siquiera la oportunidad de reclamar fechas especiales. Y había convertido en un degenerado para ella y no quería que nuestra hija se creara conmigo. También me exigió grandes cantidades de dinero, aunque eso era lo que menos me importaba.
La parte mala fue perder a mi familia, aunque casi empatado con el hecho de que mi hermana, sintiéndose culpable, quisiera compensarme no apartándose de mí. Aunque la estancia iba a ser muy breve, se ofreció a acogerme en su casa, cosa que no pude rechazar porque no tenía otro sitio. Y yo que pensaba que la vida de casado era complicada...
- Aquí estarás como un rey, Pedro, yo me encargo.
- No creo que me quede más de una semana.
- No seas así, hombre, que tenemos que recuperar el tiempo perdido.
- Nos ha ido bastante bien estando distanciados.
- Habla por ti, yo sigo soltera.
- Porque te da la gana.
- Es que los tíos no lo ponéis nada fácil.
- Será eso...
- He estado con muchos, pero nunca he vuelto a sentir lo mismo.
- ¿A qué te refieres?
- Lo nuestro fue especial.
- No me jodas, Coral.
- Me han echado polvos mejores, te lo aseguro, pero ese morbo...
- Fue algo distinto, pero no se volverá a repetir.
- Claro que no.
Llegados a este punto, seguro que muchos estáis pensando que la historia se encamina sin remedio hacia una recaída con mi hermana, pero no fue así. De hecho, en cuanto pude alquilé un piso para vivir yo solo, al menos hasta que pudiera arreglar las cosas con Melania, porque esa era la esperanza que aún conservaba.
No hubo forma de conseguirlo. De nada sirvió recurrir a los ruegos en las súplicas, prometerle el oro y el moro ni recordarle que ella también fue joven y seguramente cometió errores. Me mantuvo alejado de ella, cosa que con el tiempo dejó de ser tan doloroso, pero lo que no lograba superar era lo poco que me dejaba ver a mi hija.
Al principio me permitía verla con cierta frecuencia, luego las visitas se iban espaciando en el tiempo y para cuando la niña ya tenía cierta capacidad de decisión apenas la veía. Aunque fuese su padre, me parecía lógico que Silvi pasara de mí, ya que tenía su vida hecha y yo no era más que un hombre con el que apenas había tenido contacto.
Eso no quiere decir que no supiera nada de ella, ya que con cierta frecuencia me llamaba, sobre todo cuando quería pedirme que le enviara dinero. Era como si solo se acordara de que tenía padre cuando quería renovar el armario o el teléfono móvil. Me dolía mucho, pero no se lo podía negar, me exponía a perder el poco contacto que nos quedaba.
Porque el dinero seguía sin ser un problema para mí, menos que nunca, ya que apenas tenía gastos y cobraba un sueldo muy bueno. Ya le pasaba una generosa pensión a Melania, que a saber en qué gastaba, pero no quería que a mi hija le faltara esa única y ridícula forma que tenía de demostrarle que me seguía importando mucho.
El tiempo vuela, incluso cuando no lo pasas especialmente bien, en un abrir y cerrar de ojos ya era un hombre de cuarenta y tantos años que no había logrado rehacer su vida. De aspecto me veía bien, pero lo que me hacía sentir viejo era que mi hija ya estaba a punto de cumplir la mayoría de edad. Como era de esperar, no recibí invitación para la fiesta.
- Cariño, muchas felicidades.
- Gracias, papá.
- ¿Te sientes mayor?
- Yo me veo igual, al menos hasta que me detengan por primera vez.
- No digas eso, que tú has sido siempre muy formal.
- Eso es lo que yo te cuento...
- Ya, tienes razón.
- Tranquilo, si era una broma.
- Tengo preparado tu regalo.
- Pues hazme la transferencia, lo necesito para invitar a mis amigas.
- Es que esta vez no es dinero.
- ¿Y eso?
- Hija, los dieciocho requieren algo especial.
- Vale, ¿cómo piensas dármelo?
- Podrías pasarte un día por mi casa, hace mucho que no vienes.
- Si no hay más remedio...
En realidad, no le había comprado nada, se me ocurrió sobre la marcha por las ganas que tenía de verla, ya que en los últimos dos años solo la había visto por fotos. No tenía ni idea de qué se le podía regalar a una muchacha que acababa de cumplir la mayoría de edad, así que me di en la obligación de recurrir de nuevo a mi hermana.
A pesar de lo rápido que me fui de su casa años atrás, Coral y yo mantuvimos el contacto durante todo ese tiempo. Seguíamos teniendo esa especie de relación tensa, pero habíamos aprendido a llevarlo bastante bien. Cuando salía el dichoso tema todo se estropeaba, pero lo acababa dejando pasar, porque no tenía a nadie más.
Coral no arriesgó demasiado, me dijo que a una chica de esa edad lo que más ilusión le hacía era la ropa. No me parecía que fuese un regalo demasiado especial para hacer en una fecha tan señalada, pero tenía que asumir que no conocía a Silvi y que si trataba de sorprenderla lo más seguro era que cometiese un error que pusiera de manifiesto lo poco que nos unía.
Tuve que insistirle mucho, pero conseguí que me hiciese un hueco en su apretadísima agenda para venir a mi casa a recoger su regalo. Llevaba mucho tiempo sin ponerme tan nervioso, porque no solo era el hecho de volver a verla, necesitaba que todo fuese suficientemente bien como para Silvi quisiera verme con más frecuencia.
Llegó una hora más tarde de lo acordado y venía con prisa, había quedado. Aunque llevaba años siguiéndola en redes sociales y sabía que ya no era esa pequeña con la que sí que tenía buena relación, me impresionó verla en persona. Físicamente, era una versión mejorada de su madre. Si Melania hubiese tenido esas tetas, lo más seguro es que me hubiera suicidado al perderla.
- Cielo, ya eres una mujer.
- He cambiado un poco, ¿no?
- Sí, mucho más de lo que me esperaba.
- ¿Dónde está mi regalito?
- Aquí lo tienes.
- ¿Qué será?
- Enseguida lo descubrirás.
- Vaya, ropa...
- Si no te gusta la puedes cambiar, no hay ningún problema.
- No, si es muy bonita.
- Pero no era lo que esperabas.
- Le diste tanto misterio que pensaba que sería algo especial.
- ¿Como qué? Te lo puedo comprar.
- Papá, en realidad lo que necesito es dinero.
- Te he enviado mucho en los últimos años, y tu madre recibe bastante cada mes.
- Ya, pero ahora viene un gasto extra.
- ¿De qué se trata?
- Después de verano empiezo la universidad.
- En una pública apenas tienes que pagar nada.
- Me temo que mis notas me van a empujar a la privada.
- Si es lo que quieres, la pagaré a medias con tu madre.
- Ella no va a poder aportar casi nada.
- ¿Tan mal le va?
- No, pero se ha echado novio y no hace más que gastar en viajes y cosas de esas.
- Cosas de esas que pago yo.
- Supongo que en parte sí.
- Pues lo siento, pero no me da la gana seguir haciendo el idiota.
- Este dinero que te estoy pidiendo es para mí.
- No lo necesitarías si Melania no derrochara la pensión.
- ¿Me vas a dejar sin ir a la universidad?
- Escoge otra carrera para la que sí te llegue la nota.
- Quiero estudiar magisterio.
- ¿Vas a ser una profesora que no aprueba sus propios exámenes?
- Te estás pasando.
- Tienes razón, vamos a calmarnos.
- Después te quejas de que no vengo a verte.
- Vuelve otro día, sin la prisa que llevas hoy, y lo hablamos con calma.
- Me lo pensaré.
En condiciones normales, hubiese acabado cediendo y le pagaría los estudios y cualquier cosa que me pidiera, pero me llené de rabia cuando supe que Melania estaba pegándose la gran vida con otro a mi costa. Aunque la perjudicada fuese Silvi, tenía que mostrar carácter por una vez en mi vida para que no se siguiera riendo de mí.
Era injusto que me ignorara de esa manera y yo tuviese que cubrir la parte de la mujer que me echó de casa, sobre todo porque ya le pasaba mucho más dinero del que cualquier juez hubiese dictaminado. Durante todos esos años había intentado no odiar a Melania, pero la imaginaba con ese tío, disfrutando a mi costa, y se me llevaban los demonios.
Aun así, no descartaba la opción de acabar pasando por el aro una vez más. Dependía de que Silvi aceptara la propuesta de volver a visitarme, con tranquilidad, sin prisas ni exigencias. Si lograba convencerme de que se lo merecía y de que podíamos llegar a tener una relación medio normal de padre e hija, cumpliría su deseo.
Este tema era tan peliagudo que consideré la opción de ocultárselo a mi hermana, porque sabía perfectamente lo que me iba a decir, pero necesitaba hablarlo con alguien y ella era la única que acudía cuando la llamaba. En realidad, las charlas con ella solían resultarme bastante útiles... para acabar haciendo lo contrario de lo que me decía.
- O sea, que tu ex se lo gasta todo con otro.
- Eso me ha dicho.
- Y pretendes pagarle la universidad para que su madre siga gozando a tu costa.
- No, para que pueda estudiar lo que ella quiere.
- Pero tendría que ser un gasto compartido, sin contar lo que ya le envías.
- ¿La dejo sin estudiar lo que quiere para que me odie de por vida?
- Apenas sabes nada de ella, no notarías la diferencia.
- Es mi oportunidad para ganármela.
- A base de talonario.
- Está claro que es una interesada, si yo le doy lo que Melania no puede...
- La ha criado ella, con eso no puedes competir.
- No va a pasar nada por intentarlo.
- Solo que te sentirás aún más estúpido.
- Puede ser, pero es mi hija.
- ¿Te ha dicho ya si va a volver a verte o no?
- No he vuelto a saber de ella desde que se fue.
- Pues olvídate, Pedro, lo mismo ni te decía la verdad.
Ni se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que aquello hubiese sido una trampa de mi hija, quizás con la colaboración de su madre, para sacarme el dinero. De ser cierto, me plantearía la opción de acudir a la justicia, lo que con toda probabilidad dejaría la pensión en menos de la mitad. Además, no volvería a darle ni un solo céntimo a Silvi.
Por suerte, o no, era cierto que mi hija quería ir a una universidad privada y necesitaba el dinero. Lo supe porque volvió a ponerse en contacto conmigo y aceptó venir a verme de nuevo. Por su tono, tuve la sensación de que me decía la verdad y además estaba bastante desesperada por conseguirlo. Esperaba tener la opción de negociar un poco antes de ceder ante todas sus peticiones.
Para que se sintiera menos presionada, le propuse vernos en territorio neutral. La invité a comer aún bueno restaurante, allí podríamos hablar tranquilamente. Como declaración de intenciones, o de desesperación, en esa ocasión mi hija apareció puntual. Iba menos arreglada, aunque igualmente preciosa, y lucía otro tipo de sonrisa en la boca.
De entrada, no tuve la misma sensación de estar ante una desconocida. Silvi venía dispuesta a camelarme por las buenas, y yo me iba a dejar, siempre que mantuviera ese buen tono y viese la posibilidad de que aquello pudiera perdurar en el tiempo. Sabía que iba a decir cualquier cosa por salirse con la suya, pero eso lo hacen todas las hijas.
- Cuéntame eso de que las notas no van del todo bien.
- Demasiada fiesta en los últimos meses, pero lo estoy dejando.
- ¿Bebes?
- Un poquito, todos lo hacen.
- Ya no puedo regañarte, tienes edad.
- Antes tampoco podías.
- ¿De dónde te viene la vocación de ser profesora?
- A algo hay que dedicarse, ¿no?
- Pides mucho dinero para ser una profesión que no parece apasionante.
- No es tanto, tú te lo puedes permitir.
- La duda no es si puedo, sino si quiero.
- ¿Por qué no?
- Me lo exiges a mí, pero la que no está cumpliendo es tu madre.
- ¿Te crees que no lo he hablado mil veces con ella?
- ¿Le da igual que te quedes sin ir a la universidad?
- Supongo que no, pero parece una adolescente desde que está con ese tío.
- Si cedo, estaré quedando otra vez como un imbécil delante de ella.
- No estaríamos así si tú no hubieras hecho lo que hiciste.
- ¿Qué sabes?
- Lo de la tía Coral.
- Eso fue una chiquillada.
- ¿Te gustó?
- No te voy a responder a eso.
- Parece algo muy morboso.
- Pues me ha arruinado la vida.
- No exageres, perder a mamá no es para tanto.
- A tu madre y a ti, querrás decir. Llevo solo desde entonces.
- Seguro que tienes quien te haga compañía.
- No desde hace mucho tiempo.
Quería saber más de mi hija... y acabé explicándole mi vida yo a ella. En realidad, no había mucho que contar, no al menos de los últimos diez años. Un tiempo después de separarme intenté iniciar otra relación, pero nada me llenaba. Puede que fuese porque seguía echando de menos a Melania, o por ese problemilla del que hablaba mi hermana.
Mientras estaba casado, todo iba bien, porque mantenía alejado de mi cabeza el polvo con Coral, pero en el momento en que ese recuerdo se instaló en mi presente, ya no podía dejar de pensar en que nada era tan excitante. No me sentía satisfecho con ninguna mujer, sentía que faltaba algo que me hiciera disfrutar realmente.
Esto no se lo conté a Silvi, ni siquiera cuando terminamos de comer y propuso ir a mi casa, casi con toda seguridad para seguir tejiendo la tela de araña en la que pretendía atraparme. Aunque mi hija tenía carácter y no eludía las discusiones, estar a su lado tanto tiempo era lo más agradable que me había pasado en mucho tiempo.
Una vez en casa, volvió a la carga. Seguía tratando de mostrarse relajada, pero se notaba que empezaba a desesperarse. Seguramente creía que me tendría ganado desde el minuto uno, yo también lo pensaba, pero era imaginarme a Melania disfrutando con mi dinero y se me revolvía el estómago, por eso aún no había cedido.
- Necesito ese dinero, papá, y sé que tú también quieres algo de mí.
- ¿A qué te refieres?
- Quieres que venga a visitarte más, ¿no?
- Sí, claro, me encantaría.
- Pues ese es el acuerdo al que debemos llegar.
- La que más se beneficiaría de esto sería tu madre.
- Lleváis dieciséis años separados, olvídala ya.
- La tenía muy olvidada, hasta que supe lo bien que vive gracias a mí.
- El problema no es lo que haga ella, es que tú también deberías divertirte.
- No puedo, o al menos no lo he conseguido en todo este tiempo.
- ¿Dices desde el divorcio o desde lo que pasó con la tía?
- Qué pesadita estás con ese tema.
- Es que me despierta mucha curiosidad.
- Menos mal que no tienes hermanos.
- Ni primos, pero tengo un padre.
- Del que no te acuerdas nunca, por cierto.
- Ahora estoy aquí, dispuesto a darte eso que tanto quieres.
- ¿Yo? Eres tú la que está buscando algo.
- Necesitas darle emoción a tu vida, y yo te voy a ayudar.
- ¿De qué estás hablando?
- Vamos a hacer cosas prohibidas.
No me podía creer que mi hija estuviera diciendo eso, pero iba totalmente en serio. Aunque se suponía que era por lo desesperada que estaba por conseguir el dinero, no lo tenía del todo claro, había algo en su mirada que me decía que estaba disfrutando, que quería probar aquello de verdad. Mentiría si dijera que no me provocaba más que curiosidad.
Llevaba años sin mantener relaciones, y Silvi era un auténtico bombón, pero no me podía plantear hacer algo así con mi hija. En realidad, tampoco pensé jamás que lo hubiera podido hacer con mi hermana y, sin embargo, no solo ocurrió, sino que fue de lo más placentero. Aunque después nos atormentaran a ambos los remordimientos.
Mi cabeza seguía procesando esa idea cuando mi hija comenzó a acercarse a mí. No solo me daba miedo lo que estuviese dispuesta a hacer, sino también todo lo que habría hecho ya con otros chicos para conseguir sus objetivos. Aunque entendía que no me viese como a su padre, lo era, y solo plantearse eso era de lo más siniestro.
Yo seguía sentado en el sofá, y al llegar a mi altura se arrodilló. Me miró a los ojos durante un buen rato, aunque debo confesar que los míos se desviaban hacia su escote. Dos pechos grandes y jóvenes, indudablemente firmes, que me hacían recordar por qué caí en el incesto cuando era un chaval. Seguía embobado cuando sus manos comenzaron a ascender.
Antes de que Silvi llegara a mi entrepierna yo ya tenía una erección descomunal que me confirmaba como poco menos que un monstruo. Su forma de jugar conmigo hacía intuir que sabía lo que se hacía, que no era la primera que calentaba a alguien antes de hacer lo que fuese que estuviera a punto de hacerme a mí.
Lo primero fue bajar la cremallera de mi pantalón, después me liberó la polla. Se aferró a ella con sus pequeñas manos, comenzando a bombear despacio, cubriendo cada milímetro de piel. No me podía creer que estuviera ocurriendo algo así, pero tampoco me veía con fuerzas para frenarla. Tenía la misma sensación que cuando estuve con Coral.
Su escote me ponía a mil, sus manos me demostraron lo habilidosa que era, pero su mirada marcaba la diferencia, delataba su vicio. No interrumpió el contacto visual hasta que se introdujo mi verga en su boca. Humedeció la punta con mucha lascivia antes de comenzar a tragar. Ya me tenía, en ese momento que hubiera pagado los estudios y cualquier cosa.
Apoyando sus magníficas tetas sobre mis rodillas, mi hija mamaba como una auténtica profesional. Yo mantenía mis manos sobre el sofá, clavando los dedos para evitar las ganas de sobarla. Aunque estaba atareada chupándomela, Silvi no perdía la oportunidad de mirarme una y otra vez a los ojos, sabía que con eso me desmontaba por completo.
Cada vez movía el cuello con más rapidez, justo antes de parar para lamérmela entera y succionarme el glande. Aquello iba mucho más allá del placer, el calor que sentía entre las piernas, su húmeda saliva empapando mi tranca, me proporcionaba una sensación de lo más agradable. Solo me quedaba asumir el tipo de persona que era y disfrutar de lo que venía.
- Para, Silvi, me voy a correr ya.
- Entiendo que tenemos un acuerdo, ¿no?
- Sí, continúa con la mano.
- Eso haré.
Lo hizo, pero antes descubrió sus tetas, sabía que no les había quitado ojo en ningún momento. Me siguió masturbando con la punta de mi polla a milímetros de sus pechos, provocando que al correrme eyaculara sobre ellos, que pintara de blanco la pálida piel de su torso, los rosados pezones que los adornaban.
- ¿Tengo que hacer ya el pago?
- Ojalá, antes debo aprobar la selectividad.
- Esfuérzate, está tu futuro en juego.
- Ya lo sé.
- Y también sabes que con esto me tienes en tus manos.
- Sí, podría sacarte lo que quisiera.
- Te daré lo que me pidas, pero quiero que vengas a verme con más frecuencia.
- Qué vicioso eres.
- No es para lo que te piensas, Silvi.
- Después de lo que ha pasado, ¿crees que podemos tener una relación normal?
-