El Secreto De Mi Mamá – Capítulo 001
Todos queremos a nuestras madres por habernos criado con amor y hacer todo lo posible para que seamos felices, pero casi nunca nos paramos a pensar qué es lo que les da la felicidad a ellas. No me refiero a esas necesidades que todos tenemos que tener cubiertas, sino a esos pequeños placeres de los que la mujer que nos trajo al mundo también tiene derecho a disfrutar.
El problema es que la mayoría somos egoístas sin ser conscientes de ello. Pensamos que con estar presentes y preguntar de vez en cuando es suficiente, porque damos por sentado todo eso que nunca nos ha faltado. Yo me considero culpable de ese error imperdonable, de no haber estado pendiente de mi madre tanto como se merecía, hasta que todo se descontroló.
Porque a los veinte años te sigues considerando el centro del universo, crees que todo te pertenece y no hay nadie mejor que tu madre para proporcionártelo. Siempre fue así, pero fue a más cuando entré en la universidad y a mucho más cuando empecé a compaginar los estudios con mi primer trabajo. Con dinero me sentía poderoso.
¿Y qué hace en casa un tío poderoso? Absolutamente nada, a alguien así hay que hacérselo todo, porque se lo gana. Puede que en otros hogares no funcionara así, pero yo tenía una madre devota de su esposo y aún más de su único hijo, es decir, de mí. Siempre estaba pendiente de que no me faltara nada, aunque ya hubiera dejado la infancia atrás.
Daba igual lo que se me antojara y a la hora que fuera, ella me lo preparaba, tanto si había como si no. Tenía la casa siempre impoluta, incluida mi habitación, lavaba la ropa y la planchaba, dejándola siempre que parecía recién comparada, y si necesitaba cualquier cosa ella se encargaba. ¿Y lo mejor de todo? Lo hacía siempre con una sonrisa.
- Mamá, necesito la camisa blanca para el sábado.
- ¿Otra vez sales con la chica esa?
- Sí, iremos a cenar.
- Trátala bien, David, quiero que me des nietos.
- Solo tienes cuarenta y siete años, ¿ya estás pensando en eso?
- Tengo cuarenta y tres, y sí, estoy loca por ser abuela.
- Pues vas a tener que ser paciente.
- ¿Qué te hago hoy para comer?
- ¿Hay macarrones?
- No, pero bajo en un momento a comprar.
- Perfecto. ¿Me puedes hacer la salsa esa que te sale tan rica?
- Sí, claro... me pongo a ello, que siempre me lleva un buen rato.
- Para cenar me conformo con una tortillita.
- ¿Francesa?
- Si pudiera ser de patatas...
- Compraré, porque te las hice todas anoche.
- ¿Necesitas dinero? Sabes que ahora tengo.
- Tú ahorra para el futuro, que con el sueldo de tu padre nos basta y nos sobra.
- Me voy para la uni. Hazme la cama, que no me ha dado tiempo.
- Claro, hijo, como todas las mañanas.
- Y en el cuarto de baño... bueno, ya lo verás cuando entres.
A veces pensaba que abusaba demasiado de ella, pero como nunca se quejaba lo seguía haciendo. Tampoco podía hacer otra cosa, al menos no en esa época, porque entre la universidad, el trabajo y mi recién iniciada relación con Jess, una compañera de clase, no me quedaba tiempo para nada. Además, si se lo hacía a mi padre, ¿por qué no a mí?
La relación entre mis padres era bastante peculiar. Nunca hacían nada juntos, y menos fuera de casa, no se dedicaban palabras bonitas ni gestos cómplices, pero tampoco los había visto nunca discutir. Ella lo trataba como a poco menos que a un marqués y él se limitaba a poner buena cara y a darle el sueldo íntegro a final de cada mes.
Se podría decir que era un acuerdo mutuamente beneficioso, aunque yo no quería algo así, me parecía demasiado aburrido. Claro que me encantaría que Jess, si es que esa relación prosperaba, fuese tan complaciente como mi madre, pero yo necesitaba pasarlo bien, tener acción, algo que no tenía pinta de que ocurriese entre ellos desde hacía mucho tiempo.
A Jess no me la imaginaba haciendo la cena o poniendo la lavadora, pero en ese momento no pensaba para nada en el futuro, solo en que me daba justo lo que necesitaba. Era una chica divertida y en la cama se manejaba tal y como a mí me gustaba: de forma salvaje y con mucha frecuencia. O al menos con toda la que podíamos.
- Mis padres este fin de semana no se van.
- Mierda, ¿qué hacemos?
- Por una vez podríamos ir a tu casa.
- ¿No te da corte hacerlo estando mis viejos?
- Ponemos la música alta y ya está.
- Esto ya lo has hecho con otro, ¿no?
- Vamos, David, ya sabes que no eres el primer hombre de mi vida.
- Me conformo con ser el último.
- No te flipes, que todavía estás a prueba.
- ¿Y qué tengo que hacer para pasarla?
- El sábado en tu casa te lo explico.
- Mi madre tiene muchas ganas de conocerte.
- A ver si es tan maja como dices...
La idea de tener sexo estando mis padres en casa se me hacía rara, pero sabía que ninguno de los dos pondría impedimentos. Mi padre no se metía en nada, y mi madre, con tal de conocer a Jess, sería capaz de fingir que no sabía lo que estaba ocurriendo en mi habitación, así que acepté. Cualquier cosa con tal de no quedarme sin follar.
Iba a ser la primera vez que llevara una chica a casa para presentarla como mi pareja, pero colegas ya habían ido muchos. Durante una época, Pablo, mi mejor amigo, era casi un habitante más. Esperaba que con Jess no fuera distinto, que mi madre se mostrara igual de agradable. Aunque, si por mí fuera, preferiría que se fueran, cosa que no iba a ocurrir.
Como era de esperar, mi padre no puso objeciones y mi madre se mostró encantada, así que salí a cenar relajado, pensando más en lo que me esperaba después. Jess tampoco parecía nerviosa, no le intimidaba la idea de conocer a los suegros, probablemente por lo bien que se los había pintado. Fue una cena agradable en la pizzería.
Conforme nos acercábamos a mi casa sí que comenzaba a sentirme intranquilo. Podía aceptar que mis padres nos aprobaran a Jess, eso no me influiría, pero si ella veía algo que no le gustaba podía quedarme sin polvo, y eso sí que no estaba dispuesto a permitirlo. Recé para que mi madre mostrara su mejor cara... y para que no hablase de nietos.
- Mamá, te presento a Jessica.
- Qué ganas tenía de conocerte, querida.
- Y yo a usted, señora.
- Señora dice... así empezamos mal, jovencita.
- Disculpa, David no me ha dicho tu nombre.
- Quizás ni siquiera lo recuerde. Me llamo Begoña, pero puedes llamarme Bego.
- Encantada, Bego.
- ¿Habéis cenado bien? Os puedo preparar algo en un momento.
- No es necesario, estamos llenos.
- Vamos a mi habitación a escuchar música. - Intervine.
- Muy bien, cielo, pero no la pongáis muy alta que ya es tarde.
Tras decirme esto último, mi madre me guiñó un ojo, dándome a entender que, obviamente, no era la mujer del todo inocente que yo prefería pensar que era. Con mi padre fue mucho más sencillo. Saludó a Jess sin apartar la mirada del televisor y no dijo ni una sola palabra. Hechas las presentaciones, ya podíamos irnos a la habitación.
Mi intención era enseñarle a Jess las cuatro cosas que tenía, por romper el hielo, pero ella se sentó enseguida en mi cama, me pidió que me colocara a su lado y comenzó a besarme. No fueron unos besos tiernos y cariñosos, desde el primer segundo me metió la lengua en la boca y llevó una mano a mi paquete. Ni siquiera me había dado tiempo de poner la música.
Yo no me podía quedar atrás, así que rápidamente le metí mano bajo el vestido y le aparté el tanga que no hubiera tardado en empaparse. Sin demasiada sutileza, le metí dos dedos en el coño mientras ella me bajaba la cremallera del pantalón. Todo esto sin dejar de darnos lametones por todas partes. Eso sí que era pasar de cero a cien.
Le saqué las tetas por el escote del vestido y comencé a chupárselas, a succionar sus duros pezones como si me fuera la vida en ello. Eso arrancó sus primeros gemidos, así que cogí el móvil y sin apartar la lengua de sus pechos puse música casi a ciegas. Empezó a sonar flamenco, nada apropiado para esa situación, pero no nos iba a cortar el rollo.
Tras un buen rato haciendo de su cuerpazo mi recreo, le saqué los dedos de la raja, me quedaron completamente arrugados, dejé de comerle las tetas y le pedí que se durará en mi cama. El flamenco seguía sonando mientras Jess jadeaba, ansiosa por que la metiera. Le subí el vestido, quité el tanga de un tirón, le separé las piernas e hice su deseo realidad.
Una vez que comencé a follármela, ni escuchaba la música de fondo ni me acordaba de que mis padres estaban en la habitación de al lado. Jess me clavó las uñas en la espalda y me susurraba al oído una serie de burradas que, por suerte, solo yo podía escuchar. Daba gusto poder tirarse a una tía así de cachonda.
Aullidos de placer por parte de ambos resonaban en la habitación, y probablemente por toda la casa, conforme nos acercábamos al orgasmo. En aquel momento yo ya empujaba con todas mis fuerzas y ella no podía tener las piernas más abiertas, a la par que impulsaba sus caderas hacia mí para que no le quedara ni un milímetro de polla sin introducir.
Me tenía la cara agarrada a dos manos y me miraba a los ojos fijamente con una lascivia que hubiese conducido directo al orgasmo a cualquiera. Hubiese podido dejarme ir justo en el momento en el que Jess se corrió, pero no podía hacerlo en su interior porque no estábamos utilizando protección. Se la saqué en el último instante y descargué el chorro de semen donde pude.
- Tío, te has corrido en todo el vestido.
- Lo siento, no estaba en condiciones de apuntar.
- Vaya vergüenza tener que salir así a la calle.
- Ya te dejaré mañana una camiseta.
- ¿Cómo que mañana?
- Te quedas a dormir, ¿no?
- No me puedo quedar, están tus padres.
- Pues para follar no te ha importado.
- Porque se suponía que ibas a poner una música discreta para disimular.
- Es lo único a lo que he atinado en ese momento.
- Da igual, David, acompáñame a mi casa.
- Está bien.
Ambos nos vestimos y salimos de la habitación, aunque antes asomé la cabeza por la puerta para ver si quedaba alguien despierto. No había nadie en el salón, así que mis padres ya debían de haberse acostado. Ojalá no hubieran escuchado nada, pero eso tampoco hubiese cambiado nada, al fin y al cabo, no eran tontos y sabían lo que estábamos haciendo.
Acompañé a Jess a su casa, porque era un caballero, pero también porque temía que, entre una cosa y otra, se le hubieran quitado las ganas de seguir saliendo conmigo. En principio, no parecía que eso fuese a suceder, porque al llegar a su puerta nos despedimos con un buen beso y la promesa de volver a vernos muy pronto.
Con la satisfacción de un polvo bien echado, regresé a mi casa muy orgulloso de mí mismo. Subí las escaleras de dos en dos, con ganas de pillar el sueño y aprovechar el domingo para dormir un montón de horas. Lo que no esperaba era de encontrarme la cama hecha, las ventanas abiertas para que se ventilara la habitación y un aroma dulzón por todo el cuarto.
En realidad, no sabía de qué me sorprendía, si era consciente de que mi madre era capaz de eso y de muchísimo más. Ya no quedaba la menor duda de que sabía lo que habíamos estado haciendo, pero eso no me quitó el sueño, dormí del tirón casi diez horas. Ya a la mañana siguiente, a la hora de comer, pude hablar tranquilamente con ella.
- Estabas agotado, ¿eh?
- Sí, bueno... es que entre una cosa y otra, se me hizo un poco tarde.
- Jess me ha parecido una joven encantadora.
- Lo es, me alegro de que te dieras cuenta.
- ¿Habéis vuelto a quedar para hoy?
- No, creo que llamaré a Pablo para que se venga a ver el partido.
- Vaya...
- ¿Qué pasa?
- Nada, solo que hace bastante que no viene por aquí.
- Es que entre la facul, el trabajo y Jess... algo tengo que sacrificar.
- Te entiendo, hijo, pero los amigos son muy importantes.
- Ya lo sé, por eso lo voy a llamar.
Como casi siempre, mi madre tenía razón, en los últimos meses había descuidado demasiado a Pablo, pero era cierto que no tenía tiempo para todo. Por suerte, él no parecía molesto y aceptó de inmediato la invitación para medir a ver el fútbol. Aunque no fuésemos unos forofos, siempre fue una buena excusa para pasar tiempo juntos.
Esa tarde teníamos la oportunidad de ponernos al día con nuestros asuntos más recientes. Yo tenía muchas cosas que contarle, especialmente todo lo relacionado con Jess, aunque me sabía un poco mal, porque Pablo nunca se había caracterizado precisamente por su éxito con las mujeres. Aun así, solía escucharme y darme buenos consejos.
- Menos mal que me has llamado, porque no hay quien te vea el pelo.
- Es que no paro, tío, es una locura.
- ¿Mucho trabajo?
- Tampoco es que me hagan hacer demasiadas cosas, pero me paso la tarde allí.
- ¿Y cuándo estudias?
- Ya sabes... recortando horas de sueño y los fines de semana.
- ¿No los pasas enteros con tu nueva novia?
- Qué va, de momento hacemos poco más que follar.
- Lo dices como si no fuese el mejor plan posible.
- ¿Tú qué tal?
- Amargado todo el puto día en el taller.
- ¿Todavía no te has ligado a ninguna clienta?
- Imposible, mi padre me tiene muy marcado.
- Tienes que echar un polvo, hombre, se te quitará la amargura.
- Siempre me he conformado con que me cuentes los tuyos.
- Pues anoche eché uno de escándalo.
- No pierdas la costumbre y explícamelo.
- Solo te diré que traje a Jess por primera vez y pusimos flamenco para disimular.
- Joder, qué morbo, ¿no?
- Cortaba un poco el rollo, pero no nos impidió corrernos.
La tarde con Pablo no fue tan entretenida como la noche anterior con mi chica, pero con él siempre me lo pasaba bien, a pesar de que ese día lo noté un tanto extraño. Superado ya el domingo, solo me quedaba lamentarme porque al día siguiente regresaba la rutina, eso sí, con la vista puesta en el fin de semana siguiente, por lejano que pareciese en ese momento.
Entre las clases y el trabajo, la semana se dice eterna, como cabía esperar. Lo único que la amenizaba era ir hablando con Jess y la promesa de otro fin de semana lleno de momentos excitantes. Eso era lo único que me motivaba, hasta que el jueves me dio la noticia de que acababa de bajarle la regla. Pocas cosas peores se le pueden decir a un hombre.
Lo único bueno era que sus padres volvían a irse ese fin de semana, y muy mal se me tenía que dar para no convencerla de hacer otras cositas con las que pudiera conformarme. Parecía que todavía no me había dado cuenta de que la chica con la que salía era un hueso duro de roer, nada partidaria de dar sin recibir a cambio.
- Pero tenemos que aprovechar que tu casa está vacía.
- Dirás que lo tienes que aprovechar tú, porque yo no puedo hacer nada.
- ¿Qué dices? Puedes hacer muchas cosas.
- Sí, claro, de las que yo no sacaría ningún beneficio.
- Ver feliz a tu novio.
- No soy de las que disfrutan con eso.
- Al menos podemos besarnos y toquetearnos.
- No pienso calentarme para nada.
- Entonces ¿este sábado no nos vemos?
- Claro que sí, podemos ir a cenar igual.
- Veo más al de la pizzería que a mi padre.
- Tranquilo, que esta semana me apetece probar algo nuevo.
- Miedo me das.
Me preocupaba el sitio al que me quisiera llevar Jess a cenar, pero todos mis sentidos estaban puestos en encontrar la forma de que aceptara tener un poquito de diversión, aunque yo fuese el que más se divirtiera. Incluso con la regla, existían formas de que ella también lo pasara bien, sobre todo porque yo no era muy escrupuloso.
Mis escasas opciones pasaban por seducirla con mi aspecto, ya tenía a mi madre trabajando sin descanso en ello. La mejor camisa lavada y planchada, los zapatos relucientes y cosido el agujero que le había hecho a mis pantalones más caros. A cambio, solo tuve que aguantar que volviera a decirme las ganas que tenía de ser abuela.
Me parecía muy triste que siendo tan joven ya hubiera depositado todas sus esperanzas para recuperar la ilusión en que le diera nietos, pero ya me preocuparía más adelante de la vida tan triste que llevaba mi madre. Fui a recoger a Jess y el primer palo me lo llevé nada más verla. No se había arreglado demasiado, eso confirmaba que no consideraba que fuese una de nuestras noches especiales.
- Vale, ¿hacia dónde nos dirigimos?
- Al centro comercial.
- O sea, que no va a ser precisamente un restaurante de lujo.
- No me van los sitios pijos.
- ¿Toca burger hoy?
- Nop.
- ¿Entonces?
- Me apetece cenar en el chino nuevo.
- ¿Qué dices, Jess? Odio esa comida.
- Seguro que ni siquiera la has probado.
- Claro que sí.
- Tú solo comes los platitos que te prepara tu madre.
- No te pases.
- Cede un poco y otro día lo haré yo.
- No hace falta que sea otro día, después vamos a tu casa.
- Vale, a ver una película.
- De eso nada, ya sabes a qué.
- No puedo, David.
- ¿También tienes la regla en la boca?
- ¡Oye!
- O en las manos, me puedo conformar.
- ¿Cómo eres tan egoísta?
- ¿Yo? Si estoy dispuesto a hacerte lo que me pidas, me da igual un poco de sangre.
- En serio, esta noche no. El sábado que viene te compenso.
- Está bien.
La noche empezaba de la peor manera, y comer en un restaurante chino no la iba a mejorar. Jess tenía razón, nunca había probado esa comida, pero no me hacía falta para saber que no me gustaba. Pedí el plato que me pareció menos oriental, por decirlo de alguna manera, aunque me lo comí con tanto asco que era imposible que me sentara bien.
No ayudó demasiado ver cómo ella engullía algo de nombre impronunciable y de aspecto aún más extraño, se me iba revolviendo el estómago por momentos. Cuando al fin terminó esa tortura, ya de mejor humor, volvió a proponerme ir a su casa para ver una película, aunque volvió a dejarme claro que no iba a ocurrir absolutamente nada.
Entre una cosa y otra, opté por irme a mi casa, poniendo como excusa, aunque en verdad era cierto, que estaba empezando a encontrarme fatal. Parecía que la comida no me había sentado bien, o quizás era algo psicológico, por lo mal que lo había pasado teniendo que comer eso. Al llegar, mi madre me esperaba cual sirvienta.
- Qué pronto has vuelto, hijo, ¿no os apetecía escuchar música?
- Esta noche no.
- No me digas que os habéis enfadado...
- Nada de eso, es que no me encuentro bien.
- Por dios, ¿qué te pasa?
- Me duele el estómago.
- Eso es que algo no te ha sentado bien, ¿qué has cenado?
- Una especie de pollo frito del chino.
- Tú no estás acostumbrado a cosas tan fuertes, solo a lo que yo te preparo.
- ¿Hay algo que me pueda aliviar?
- Te voy a preparar una manzanilla.
- Vaya, otro mal trago.
- Si te sigue doliendo durante la noche, no dudes en venir a despertarme.
- Vale, mamá, gracias.
- Haré todo lo que esté en mi mano.
Después de tomarme la manzanilla, y sobre todo de relajarme, casi todo el dolor me desapareció y logré pasar un domingo bastante tranquilo. Aun así, Jess iba a tener que esforzarse mucho la semana siguiente para que me olvidara de ese mal rato, y que ni se le ocurriera volver a mencionar el maldito chino, siempre a restaurantes de comida rápida.
Pese a haberlo pasado mal, esa experiencia me acabó resultando muy útil, y no precisamente en la cama. El lunes a media tarde, estando en el trabajo más aburrido que una ostra, se me ocurrió fingir que me encontraba mal para volver a casa. Solo tuve que describirle a mi jefe los mismos signos que había tenido dos días antes y no me puso ninguna pega.
Era una mentira piadosa, necesitaba descansar. No sabía si tratar de recuperar el viejo hábito de los videojuegos o simplemente tumbarme en la cama y no hacer nada. Al llegar a casa me sorprendió escuchar flamenco a todo volumen. En otras circunstancias, lo hubiese interpretado como una broma de mi madre, pero ella no sabía que iba de camino.
Avancé por el pasillo, siguiendo la música, y eso me llevó a su habitación. Quizás ella había adquirido una nueva afición gracias a mí. Al abrir la puerta vi lo que jamás ningún hijo debería de ver: mi madre estaba follando, cabalgando como una loca. Cerré tan rápido que no me dio tiempo a ver con quién, pero lo que sí tenía claro es que no era mi padre, el hombre aferrado a su culo tenía pelo.
Antes de que pudieran advertir mi presencia, cerré la puerta y me fui a la calle. Me sentía confuso, enormemente consternado. El problema no era que mi madre follara, eso se podía asumir, aunque pensarlo no fuera plato de buen gusto para un hijo y mucho menos verlo, lo que no me entraba en la cabeza era que una mujer como ella pudiese ser infiel.
-
Todos queremos a nuestras madres por habernos criado con amor y hacer todo lo posible para que seamos felices, pero casi nunca nos paramos a pensar qué es lo que les da la felicidad a ellas. No me refiero a esas necesidades que todos tenemos que tener cubiertas, sino a esos pequeños placeres de los que la mujer que nos trajo al mundo también tiene derecho a disfrutar.
El problema es que la mayoría somos egoístas sin ser conscientes de ello. Pensamos que con estar presentes y preguntar de vez en cuando es suficiente, porque damos por sentado todo eso que nunca nos ha faltado. Yo me considero culpable de ese error imperdonable, de no haber estado pendiente de mi madre tanto como se merecía, hasta que todo se descontroló.
Porque a los veinte años te sigues considerando el centro del universo, crees que todo te pertenece y no hay nadie mejor que tu madre para proporcionártelo. Siempre fue así, pero fue a más cuando entré en la universidad y a mucho más cuando empecé a compaginar los estudios con mi primer trabajo. Con dinero me sentía poderoso.
¿Y qué hace en casa un tío poderoso? Absolutamente nada, a alguien así hay que hacérselo todo, porque se lo gana. Puede que en otros hogares no funcionara así, pero yo tenía una madre devota de su esposo y aún más de su único hijo, es decir, de mí. Siempre estaba pendiente de que no me faltara nada, aunque ya hubiera dejado la infancia atrás.
Daba igual lo que se me antojara y a la hora que fuera, ella me lo preparaba, tanto si había como si no. Tenía la casa siempre impoluta, incluida mi habitación, lavaba la ropa y la planchaba, dejándola siempre que parecía recién comparada, y si necesitaba cualquier cosa ella se encargaba. ¿Y lo mejor de todo? Lo hacía siempre con una sonrisa.
- Mamá, necesito la camisa blanca para el sábado.
- ¿Otra vez sales con la chica esa?
- Sí, iremos a cenar.
- Trátala bien, David, quiero que me des nietos.
- Solo tienes cuarenta y siete años, ¿ya estás pensando en eso?
- Tengo cuarenta y tres, y sí, estoy loca por ser abuela.
- Pues vas a tener que ser paciente.
- ¿Qué te hago hoy para comer?
- ¿Hay macarrones?
- No, pero bajo en un momento a comprar.
- Perfecto. ¿Me puedes hacer la salsa esa que te sale tan rica?
- Sí, claro... me pongo a ello, que siempre me lleva un buen rato.
- Para cenar me conformo con una tortillita.
- ¿Francesa?
- Si pudiera ser de patatas...
- Compraré, porque te las hice todas anoche.
- ¿Necesitas dinero? Sabes que ahora tengo.
- Tú ahorra para el futuro, que con el sueldo de tu padre nos basta y nos sobra.
- Me voy para la uni. Hazme la cama, que no me ha dado tiempo.
- Claro, hijo, como todas las mañanas.
- Y en el cuarto de baño... bueno, ya lo verás cuando entres.
A veces pensaba que abusaba demasiado de ella, pero como nunca se quejaba lo seguía haciendo. Tampoco podía hacer otra cosa, al menos no en esa época, porque entre la universidad, el trabajo y mi recién iniciada relación con Jess, una compañera de clase, no me quedaba tiempo para nada. Además, si se lo hacía a mi padre, ¿por qué no a mí?
La relación entre mis padres era bastante peculiar. Nunca hacían nada juntos, y menos fuera de casa, no se dedicaban palabras bonitas ni gestos cómplices, pero tampoco los había visto nunca discutir. Ella lo trataba como a poco menos que a un marqués y él se limitaba a poner buena cara y a darle el sueldo íntegro a final de cada mes.
Se podría decir que era un acuerdo mutuamente beneficioso, aunque yo no quería algo así, me parecía demasiado aburrido. Claro que me encantaría que Jess, si es que esa relación prosperaba, fuese tan complaciente como mi madre, pero yo necesitaba pasarlo bien, tener acción, algo que no tenía pinta de que ocurriese entre ellos desde hacía mucho tiempo.
A Jess no me la imaginaba haciendo la cena o poniendo la lavadora, pero en ese momento no pensaba para nada en el futuro, solo en que me daba justo lo que necesitaba. Era una chica divertida y en la cama se manejaba tal y como a mí me gustaba: de forma salvaje y con mucha frecuencia. O al menos con toda la que podíamos.
- Mis padres este fin de semana no se van.
- Mierda, ¿qué hacemos?
- Por una vez podríamos ir a tu casa.
- ¿No te da corte hacerlo estando mis viejos?
- Ponemos la música alta y ya está.
- Esto ya lo has hecho con otro, ¿no?
- Vamos, David, ya sabes que no eres el primer hombre de mi vida.
- Me conformo con ser el último.
- No te flipes, que todavía estás a prueba.
- ¿Y qué tengo que hacer para pasarla?
- El sábado en tu casa te lo explico.
- Mi madre tiene muchas ganas de conocerte.
- A ver si es tan maja como dices...
La idea de tener sexo estando mis padres en casa se me hacía rara, pero sabía que ninguno de los dos pondría impedimentos. Mi padre no se metía en nada, y mi madre, con tal de conocer a Jess, sería capaz de fingir que no sabía lo que estaba ocurriendo en mi habitación, así que acepté. Cualquier cosa con tal de no quedarme sin follar.
Iba a ser la primera vez que llevara una chica a casa para presentarla como mi pareja, pero colegas ya habían ido muchos. Durante una época, Pablo, mi mejor amigo, era casi un habitante más. Esperaba que con Jess no fuera distinto, que mi madre se mostrara igual de agradable. Aunque, si por mí fuera, preferiría que se fueran, cosa que no iba a ocurrir.
Como era de esperar, mi padre no puso objeciones y mi madre se mostró encantada, así que salí a cenar relajado, pensando más en lo que me esperaba después. Jess tampoco parecía nerviosa, no le intimidaba la idea de conocer a los suegros, probablemente por lo bien que se los había pintado. Fue una cena agradable en la pizzería.
Conforme nos acercábamos a mi casa sí que comenzaba a sentirme intranquilo. Podía aceptar que mis padres nos aprobaran a Jess, eso no me influiría, pero si ella veía algo que no le gustaba podía quedarme sin polvo, y eso sí que no estaba dispuesto a permitirlo. Recé para que mi madre mostrara su mejor cara... y para que no hablase de nietos.
- Mamá, te presento a Jessica.
- Qué ganas tenía de conocerte, querida.
- Y yo a usted, señora.
- Señora dice... así empezamos mal, jovencita.
- Disculpa, David no me ha dicho tu nombre.
- Quizás ni siquiera lo recuerde. Me llamo Begoña, pero puedes llamarme Bego.
- Encantada, Bego.
- ¿Habéis cenado bien? Os puedo preparar algo en un momento.
- No es necesario, estamos llenos.
- Vamos a mi habitación a escuchar música. - Intervine.
- Muy bien, cielo, pero no la pongáis muy alta que ya es tarde.
Tras decirme esto último, mi madre me guiñó un ojo, dándome a entender que, obviamente, no era la mujer del todo inocente que yo prefería pensar que era. Con mi padre fue mucho más sencillo. Saludó a Jess sin apartar la mirada del televisor y no dijo ni una sola palabra. Hechas las presentaciones, ya podíamos irnos a la habitación.
Mi intención era enseñarle a Jess las cuatro cosas que tenía, por romper el hielo, pero ella se sentó enseguida en mi cama, me pidió que me colocara a su lado y comenzó a besarme. No fueron unos besos tiernos y cariñosos, desde el primer segundo me metió la lengua en la boca y llevó una mano a mi paquete. Ni siquiera me había dado tiempo de poner la música.
Yo no me podía quedar atrás, así que rápidamente le metí mano bajo el vestido y le aparté el tanga que no hubiera tardado en empaparse. Sin demasiada sutileza, le metí dos dedos en el coño mientras ella me bajaba la cremallera del pantalón. Todo esto sin dejar de darnos lametones por todas partes. Eso sí que era pasar de cero a cien.
Le saqué las tetas por el escote del vestido y comencé a chupárselas, a succionar sus duros pezones como si me fuera la vida en ello. Eso arrancó sus primeros gemidos, así que cogí el móvil y sin apartar la lengua de sus pechos puse música casi a ciegas. Empezó a sonar flamenco, nada apropiado para esa situación, pero no nos iba a cortar el rollo.
Tras un buen rato haciendo de su cuerpazo mi recreo, le saqué los dedos de la raja, me quedaron completamente arrugados, dejé de comerle las tetas y le pedí que se durará en mi cama. El flamenco seguía sonando mientras Jess jadeaba, ansiosa por que la metiera. Le subí el vestido, quité el tanga de un tirón, le separé las piernas e hice su deseo realidad.
Una vez que comencé a follármela, ni escuchaba la música de fondo ni me acordaba de que mis padres estaban en la habitación de al lado. Jess me clavó las uñas en la espalda y me susurraba al oído una serie de burradas que, por suerte, solo yo podía escuchar. Daba gusto poder tirarse a una tía así de cachonda.
Aullidos de placer por parte de ambos resonaban en la habitación, y probablemente por toda la casa, conforme nos acercábamos al orgasmo. En aquel momento yo ya empujaba con todas mis fuerzas y ella no podía tener las piernas más abiertas, a la par que impulsaba sus caderas hacia mí para que no le quedara ni un milímetro de polla sin introducir.
Me tenía la cara agarrada a dos manos y me miraba a los ojos fijamente con una lascivia que hubiese conducido directo al orgasmo a cualquiera. Hubiese podido dejarme ir justo en el momento en el que Jess se corrió, pero no podía hacerlo en su interior porque no estábamos utilizando protección. Se la saqué en el último instante y descargué el chorro de semen donde pude.
- Tío, te has corrido en todo el vestido.
- Lo siento, no estaba en condiciones de apuntar.
- Vaya vergüenza tener que salir así a la calle.
- Ya te dejaré mañana una camiseta.
- ¿Cómo que mañana?
- Te quedas a dormir, ¿no?
- No me puedo quedar, están tus padres.
- Pues para follar no te ha importado.
- Porque se suponía que ibas a poner una música discreta para disimular.
- Es lo único a lo que he atinado en ese momento.
- Da igual, David, acompáñame a mi casa.
- Está bien.
Ambos nos vestimos y salimos de la habitación, aunque antes asomé la cabeza por la puerta para ver si quedaba alguien despierto. No había nadie en el salón, así que mis padres ya debían de haberse acostado. Ojalá no hubieran escuchado nada, pero eso tampoco hubiese cambiado nada, al fin y al cabo, no eran tontos y sabían lo que estábamos haciendo.
Acompañé a Jess a su casa, porque era un caballero, pero también porque temía que, entre una cosa y otra, se le hubieran quitado las ganas de seguir saliendo conmigo. En principio, no parecía que eso fuese a suceder, porque al llegar a su puerta nos despedimos con un buen beso y la promesa de volver a vernos muy pronto.
Con la satisfacción de un polvo bien echado, regresé a mi casa muy orgulloso de mí mismo. Subí las escaleras de dos en dos, con ganas de pillar el sueño y aprovechar el domingo para dormir un montón de horas. Lo que no esperaba era de encontrarme la cama hecha, las ventanas abiertas para que se ventilara la habitación y un aroma dulzón por todo el cuarto.
En realidad, no sabía de qué me sorprendía, si era consciente de que mi madre era capaz de eso y de muchísimo más. Ya no quedaba la menor duda de que sabía lo que habíamos estado haciendo, pero eso no me quitó el sueño, dormí del tirón casi diez horas. Ya a la mañana siguiente, a la hora de comer, pude hablar tranquilamente con ella.
- Estabas agotado, ¿eh?
- Sí, bueno... es que entre una cosa y otra, se me hizo un poco tarde.
- Jess me ha parecido una joven encantadora.
- Lo es, me alegro de que te dieras cuenta.
- ¿Habéis vuelto a quedar para hoy?
- No, creo que llamaré a Pablo para que se venga a ver el partido.
- Vaya...
- ¿Qué pasa?
- Nada, solo que hace bastante que no viene por aquí.
- Es que entre la facul, el trabajo y Jess... algo tengo que sacrificar.
- Te entiendo, hijo, pero los amigos son muy importantes.
- Ya lo sé, por eso lo voy a llamar.
Como casi siempre, mi madre tenía razón, en los últimos meses había descuidado demasiado a Pablo, pero era cierto que no tenía tiempo para todo. Por suerte, él no parecía molesto y aceptó de inmediato la invitación para medir a ver el fútbol. Aunque no fuésemos unos forofos, siempre fue una buena excusa para pasar tiempo juntos.
Esa tarde teníamos la oportunidad de ponernos al día con nuestros asuntos más recientes. Yo tenía muchas cosas que contarle, especialmente todo lo relacionado con Jess, aunque me sabía un poco mal, porque Pablo nunca se había caracterizado precisamente por su éxito con las mujeres. Aun así, solía escucharme y darme buenos consejos.
- Menos mal que me has llamado, porque no hay quien te vea el pelo.
- Es que no paro, tío, es una locura.
- ¿Mucho trabajo?
- Tampoco es que me hagan hacer demasiadas cosas, pero me paso la tarde allí.
- ¿Y cuándo estudias?
- Ya sabes... recortando horas de sueño y los fines de semana.
- ¿No los pasas enteros con tu nueva novia?
- Qué va, de momento hacemos poco más que follar.
- Lo dices como si no fuese el mejor plan posible.
- ¿Tú qué tal?
- Amargado todo el puto día en el taller.
- ¿Todavía no te has ligado a ninguna clienta?
- Imposible, mi padre me tiene muy marcado.
- Tienes que echar un polvo, hombre, se te quitará la amargura.
- Siempre me he conformado con que me cuentes los tuyos.
- Pues anoche eché uno de escándalo.
- No pierdas la costumbre y explícamelo.
- Solo te diré que traje a Jess por primera vez y pusimos flamenco para disimular.
- Joder, qué morbo, ¿no?
- Cortaba un poco el rollo, pero no nos impidió corrernos.
La tarde con Pablo no fue tan entretenida como la noche anterior con mi chica, pero con él siempre me lo pasaba bien, a pesar de que ese día lo noté un tanto extraño. Superado ya el domingo, solo me quedaba lamentarme porque al día siguiente regresaba la rutina, eso sí, con la vista puesta en el fin de semana siguiente, por lejano que pareciese en ese momento.
Entre las clases y el trabajo, la semana se dice eterna, como cabía esperar. Lo único que la amenizaba era ir hablando con Jess y la promesa de otro fin de semana lleno de momentos excitantes. Eso era lo único que me motivaba, hasta que el jueves me dio la noticia de que acababa de bajarle la regla. Pocas cosas peores se le pueden decir a un hombre.
Lo único bueno era que sus padres volvían a irse ese fin de semana, y muy mal se me tenía que dar para no convencerla de hacer otras cositas con las que pudiera conformarme. Parecía que todavía no me había dado cuenta de que la chica con la que salía era un hueso duro de roer, nada partidaria de dar sin recibir a cambio.
- Pero tenemos que aprovechar que tu casa está vacía.
- Dirás que lo tienes que aprovechar tú, porque yo no puedo hacer nada.
- ¿Qué dices? Puedes hacer muchas cosas.
- Sí, claro, de las que yo no sacaría ningún beneficio.
- Ver feliz a tu novio.
- No soy de las que disfrutan con eso.
- Al menos podemos besarnos y toquetearnos.
- No pienso calentarme para nada.
- Entonces ¿este sábado no nos vemos?
- Claro que sí, podemos ir a cenar igual.
- Veo más al de la pizzería que a mi padre.
- Tranquilo, que esta semana me apetece probar algo nuevo.
- Miedo me das.
Me preocupaba el sitio al que me quisiera llevar Jess a cenar, pero todos mis sentidos estaban puestos en encontrar la forma de que aceptara tener un poquito de diversión, aunque yo fuese el que más se divirtiera. Incluso con la regla, existían formas de que ella también lo pasara bien, sobre todo porque yo no era muy escrupuloso.
Mis escasas opciones pasaban por seducirla con mi aspecto, ya tenía a mi madre trabajando sin descanso en ello. La mejor camisa lavada y planchada, los zapatos relucientes y cosido el agujero que le había hecho a mis pantalones más caros. A cambio, solo tuve que aguantar que volviera a decirme las ganas que tenía de ser abuela.
Me parecía muy triste que siendo tan joven ya hubiera depositado todas sus esperanzas para recuperar la ilusión en que le diera nietos, pero ya me preocuparía más adelante de la vida tan triste que llevaba mi madre. Fui a recoger a Jess y el primer palo me lo llevé nada más verla. No se había arreglado demasiado, eso confirmaba que no consideraba que fuese una de nuestras noches especiales.
- Vale, ¿hacia dónde nos dirigimos?
- Al centro comercial.
- O sea, que no va a ser precisamente un restaurante de lujo.
- No me van los sitios pijos.
- ¿Toca burger hoy?
- Nop.
- ¿Entonces?
- Me apetece cenar en el chino nuevo.
- ¿Qué dices, Jess? Odio esa comida.
- Seguro que ni siquiera la has probado.
- Claro que sí.
- Tú solo comes los platitos que te prepara tu madre.
- No te pases.
- Cede un poco y otro día lo haré yo.
- No hace falta que sea otro día, después vamos a tu casa.
- Vale, a ver una película.
- De eso nada, ya sabes a qué.
- No puedo, David.
- ¿También tienes la regla en la boca?
- ¡Oye!
- O en las manos, me puedo conformar.
- ¿Cómo eres tan egoísta?
- ¿Yo? Si estoy dispuesto a hacerte lo que me pidas, me da igual un poco de sangre.
- En serio, esta noche no. El sábado que viene te compenso.
- Está bien.
La noche empezaba de la peor manera, y comer en un restaurante chino no la iba a mejorar. Jess tenía razón, nunca había probado esa comida, pero no me hacía falta para saber que no me gustaba. Pedí el plato que me pareció menos oriental, por decirlo de alguna manera, aunque me lo comí con tanto asco que era imposible que me sentara bien.
No ayudó demasiado ver cómo ella engullía algo de nombre impronunciable y de aspecto aún más extraño, se me iba revolviendo el estómago por momentos. Cuando al fin terminó esa tortura, ya de mejor humor, volvió a proponerme ir a su casa para ver una película, aunque volvió a dejarme claro que no iba a ocurrir absolutamente nada.
Entre una cosa y otra, opté por irme a mi casa, poniendo como excusa, aunque en verdad era cierto, que estaba empezando a encontrarme fatal. Parecía que la comida no me había sentado bien, o quizás era algo psicológico, por lo mal que lo había pasado teniendo que comer eso. Al llegar, mi madre me esperaba cual sirvienta.
- Qué pronto has vuelto, hijo, ¿no os apetecía escuchar música?
- Esta noche no.
- No me digas que os habéis enfadado...
- Nada de eso, es que no me encuentro bien.
- Por dios, ¿qué te pasa?
- Me duele el estómago.
- Eso es que algo no te ha sentado bien, ¿qué has cenado?
- Una especie de pollo frito del chino.
- Tú no estás acostumbrado a cosas tan fuertes, solo a lo que yo te preparo.
- ¿Hay algo que me pueda aliviar?
- Te voy a preparar una manzanilla.
- Vaya, otro mal trago.
- Si te sigue doliendo durante la noche, no dudes en venir a despertarme.
- Vale, mamá, gracias.
- Haré todo lo que esté en mi mano.
Después de tomarme la manzanilla, y sobre todo de relajarme, casi todo el dolor me desapareció y logré pasar un domingo bastante tranquilo. Aun así, Jess iba a tener que esforzarse mucho la semana siguiente para que me olvidara de ese mal rato, y que ni se le ocurriera volver a mencionar el maldito chino, siempre a restaurantes de comida rápida.
Pese a haberlo pasado mal, esa experiencia me acabó resultando muy útil, y no precisamente en la cama. El lunes a media tarde, estando en el trabajo más aburrido que una ostra, se me ocurrió fingir que me encontraba mal para volver a casa. Solo tuve que describirle a mi jefe los mismos signos que había tenido dos días antes y no me puso ninguna pega.
Era una mentira piadosa, necesitaba descansar. No sabía si tratar de recuperar el viejo hábito de los videojuegos o simplemente tumbarme en la cama y no hacer nada. Al llegar a casa me sorprendió escuchar flamenco a todo volumen. En otras circunstancias, lo hubiese interpretado como una broma de mi madre, pero ella no sabía que iba de camino.
Avancé por el pasillo, siguiendo la música, y eso me llevó a su habitación. Quizás ella había adquirido una nueva afición gracias a mí. Al abrir la puerta vi lo que jamás ningún hijo debería de ver: mi madre estaba follando, cabalgando como una loca. Cerré tan rápido que no me dio tiempo a ver con quién, pero lo que sí tenía claro es que no era mi padre, el hombre aferrado a su culo tenía pelo.
Antes de que pudieran advertir mi presencia, cerré la puerta y me fui a la calle. Me sentía confuso, enormemente consternado. El problema no era que mi madre follara, eso se podía asumir, aunque pensarlo no fuera plato de buen gusto para un hijo y mucho menos verlo, lo que no me entraba en la cabeza era que una mujer como ella pudiese ser infiel.
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