El Secreto De Mi Mamá – Capítulos 001 al 003

heranlu

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El Secreto De Mi Mamá – Capítulo 001
Todos queremos a nuestras madres por habernos criado con amor y hacer todo lo posible para que seamos felices, pero casi nunca nos paramos a pensar qué es lo que les da la felicidad a ellas. No me refiero a esas necesidades que todos tenemos que tener cubiertas, sino a esos pequeños placeres de los que la mujer que nos trajo al mundo también tiene derecho a disfrutar.

El problema es que la mayoría somos egoístas sin ser conscientes de ello. Pensamos que con estar presentes y preguntar de vez en cuando es suficiente, porque damos por sentado todo eso que nunca nos ha faltado. Yo me considero culpable de ese error imperdonable, de no haber estado pendiente de mi madre tanto como se merecía, hasta que todo se descontroló.

Porque a los veinte años te sigues considerando el centro del universo, crees que todo te pertenece y no hay nadie mejor que tu madre para proporcionártelo. Siempre fue así, pero fue a más cuando entré en la universidad y a mucho más cuando empecé a compaginar los estudios con mi primer trabajo. Con dinero me sentía poderoso.

¿Y qué hace en casa un tío poderoso? Absolutamente nada, a alguien así hay que hacérselo todo, porque se lo gana. Puede que en otros hogares no funcionara así, pero yo tenía una madre devota de su esposo y aún más de su único hijo, es decir, de mí. Siempre estaba pendiente de que no me faltara nada, aunque ya hubiera dejado la infancia atrás.

Daba igual lo que se me antojara y a la hora que fuera, ella me lo preparaba, tanto si había como si no. Tenía la casa siempre impoluta, incluida mi habitación, lavaba la ropa y la planchaba, dejándola siempre que parecía recién comparada, y si necesitaba cualquier cosa ella se encargaba. ¿Y lo mejor de todo? Lo hacía siempre con una sonrisa.

- Mamá, necesito la camisa blanca para el sábado.

- ¿Otra vez sales con la chica esa?

- Sí, iremos a cenar.

- Trátala bien, David, quiero que me des nietos.

- Solo tienes cuarenta y siete años, ¿ya estás pensando en eso?

- Tengo cuarenta y tres, y sí, estoy loca por ser abuela.

- Pues vas a tener que ser paciente.

- ¿Qué te hago hoy para comer?

- ¿Hay macarrones?

- No, pero bajo en un momento a comprar.

- Perfecto. ¿Me puedes hacer la salsa esa que te sale tan rica?

- Sí, claro... me pongo a ello, que siempre me lleva un buen rato.

- Para cenar me conformo con una tortillita.

- ¿Francesa?

- Si pudiera ser de patatas...

- Compraré, porque te las hice todas anoche.

- ¿Necesitas dinero? Sabes que ahora tengo.

- Tú ahorra para el futuro, que con el sueldo de tu padre nos basta y nos sobra.

- Me voy para la uni. Hazme la cama, que no me ha dado tiempo.

- Claro, hijo, como todas las mañanas.

- Y en el cuarto de baño... bueno, ya lo verás cuando entres.

A veces pensaba que abusaba demasiado de ella, pero como nunca se quejaba lo seguía haciendo. Tampoco podía hacer otra cosa, al menos no en esa época, porque entre la universidad, el trabajo y mi recién iniciada relación con Jess, una compañera de clase, no me quedaba tiempo para nada. Además, si se lo hacía a mi padre, ¿por qué no a mí?

La relación entre mis padres era bastante peculiar. Nunca hacían nada juntos, y menos fuera de casa, no se dedicaban palabras bonitas ni gestos cómplices, pero tampoco los había visto nunca discutir. Ella lo trataba como a poco menos que a un marqués y él se limitaba a poner buena cara y a darle el sueldo íntegro a final de cada mes.

Se podría decir que era un acuerdo mutuamente beneficioso, aunque yo no quería algo así, me parecía demasiado aburrido. Claro que me encantaría que Jess, si es que esa relación prosperaba, fuese tan complaciente como mi madre, pero yo necesitaba pasarlo bien, tener acción, algo que no tenía pinta de que ocurriese entre ellos desde hacía mucho tiempo.

A Jess no me la imaginaba haciendo la cena o poniendo la lavadora, pero en ese momento no pensaba para nada en el futuro, solo en que me daba justo lo que necesitaba. Era una chica divertida y en la cama se manejaba tal y como a mí me gustaba: de forma salvaje y con mucha frecuencia. O al menos con toda la que podíamos.

- Mis padres este fin de semana no se van.

- Mierda, ¿qué hacemos?

- Por una vez podríamos ir a tu casa.

- ¿No te da corte hacerlo estando mis viejos?

- Ponemos la música alta y ya está.

- Esto ya lo has hecho con otro, ¿no?

- Vamos, David, ya sabes que no eres el primer hombre de mi vida.

- Me conformo con ser el último.

- No te flipes, que todavía estás a prueba.

- ¿Y qué tengo que hacer para pasarla?

- El sábado en tu casa te lo explico.

- Mi madre tiene muchas ganas de conocerte.

- A ver si es tan maja como dices...

La idea de tener sexo estando mis padres en casa se me hacía rara, pero sabía que ninguno de los dos pondría impedimentos. Mi padre no se metía en nada, y mi madre, con tal de conocer a Jess, sería capaz de fingir que no sabía lo que estaba ocurriendo en mi habitación, así que acepté. Cualquier cosa con tal de no quedarme sin follar.

Iba a ser la primera vez que llevara una chica a casa para presentarla como mi pareja, pero colegas ya habían ido muchos. Durante una época, Pablo, mi mejor amigo, era casi un habitante más. Esperaba que con Jess no fuera distinto, que mi madre se mostrara igual de agradable. Aunque, si por mí fuera, preferiría que se fueran, cosa que no iba a ocurrir.

Como era de esperar, mi padre no puso objeciones y mi madre se mostró encantada, así que salí a cenar relajado, pensando más en lo que me esperaba después. Jess tampoco parecía nerviosa, no le intimidaba la idea de conocer a los suegros, probablemente por lo bien que se los había pintado. Fue una cena agradable en la pizzería.

Conforme nos acercábamos a mi casa sí que comenzaba a sentirme intranquilo. Podía aceptar que mis padres nos aprobaran a Jess, eso no me influiría, pero si ella veía algo que no le gustaba podía quedarme sin polvo, y eso sí que no estaba dispuesto a permitirlo. Recé para que mi madre mostrara su mejor cara... y para que no hablase de nietos.

- Mamá, te presento a Jessica.

- Qué ganas tenía de conocerte, querida.

- Y yo a usted, señora.

- Señora dice... así empezamos mal, jovencita.

- Disculpa, David no me ha dicho tu nombre.

- Quizás ni siquiera lo recuerde. Me llamo Begoña, pero puedes llamarme Bego.

- Encantada, Bego.

- ¿Habéis cenado bien? Os puedo preparar algo en un momento.

- No es necesario, estamos llenos.

- Vamos a mi habitación a escuchar música. - Intervine.

- Muy bien, cielo, pero no la pongáis muy alta que ya es tarde.

Tras decirme esto último, mi madre me guiñó un ojo, dándome a entender que, obviamente, no era la mujer del todo inocente que yo prefería pensar que era. Con mi padre fue mucho más sencillo. Saludó a Jess sin apartar la mirada del televisor y no dijo ni una sola palabra. Hechas las presentaciones, ya podíamos irnos a la habitación.

Mi intención era enseñarle a Jess las cuatro cosas que tenía, por romper el hielo, pero ella se sentó enseguida en mi cama, me pidió que me colocara a su lado y comenzó a besarme. No fueron unos besos tiernos y cariñosos, desde el primer segundo me metió la lengua en la boca y llevó una mano a mi paquete. Ni siquiera me había dado tiempo de poner la música.

Yo no me podía quedar atrás, así que rápidamente le metí mano bajo el vestido y le aparté el tanga que no hubiera tardado en empaparse. Sin demasiada sutileza, le metí dos dedos en el coño mientras ella me bajaba la cremallera del pantalón. Todo esto sin dejar de darnos lametones por todas partes. Eso sí que era pasar de cero a cien.

Le saqué las tetas por el escote del vestido y comencé a chupárselas, a succionar sus duros pezones como si me fuera la vida en ello. Eso arrancó sus primeros gemidos, así que cogí el móvil y sin apartar la lengua de sus pechos puse música casi a ciegas. Empezó a sonar flamenco, nada apropiado para esa situación, pero no nos iba a cortar el rollo.

Tras un buen rato haciendo de su cuerpazo mi recreo, le saqué los dedos de la raja, me quedaron completamente arrugados, dejé de comerle las tetas y le pedí que se durará en mi cama. El flamenco seguía sonando mientras Jess jadeaba, ansiosa por que la metiera. Le subí el vestido, quité el tanga de un tirón, le separé las piernas e hice su deseo realidad.

Una vez que comencé a follármela, ni escuchaba la música de fondo ni me acordaba de que mis padres estaban en la habitación de al lado. Jess me clavó las uñas en la espalda y me susurraba al oído una serie de burradas que, por suerte, solo yo podía escuchar. Daba gusto poder tirarse a una tía así de cachonda.

Aullidos de placer por parte de ambos resonaban en la habitación, y probablemente por toda la casa, conforme nos acercábamos al orgasmo. En aquel momento yo ya empujaba con todas mis fuerzas y ella no podía tener las piernas más abiertas, a la par que impulsaba sus caderas hacia mí para que no le quedara ni un milímetro de polla sin introducir.

Me tenía la cara agarrada a dos manos y me miraba a los ojos fijamente con una lascivia que hubiese conducido directo al orgasmo a cualquiera. Hubiese podido dejarme ir justo en el momento en el que Jess se corrió, pero no podía hacerlo en su interior porque no estábamos utilizando protección. Se la saqué en el último instante y descargué el chorro de semen donde pude.

- Tío, te has corrido en todo el vestido.

- Lo siento, no estaba en condiciones de apuntar.

- Vaya vergüenza tener que salir así a la calle.

- Ya te dejaré mañana una camiseta.

- ¿Cómo que mañana?

- Te quedas a dormir, ¿no?

- No me puedo quedar, están tus padres.

- Pues para follar no te ha importado.

- Porque se suponía que ibas a poner una música discreta para disimular.

- Es lo único a lo que he atinado en ese momento.

- Da igual, David, acompáñame a mi casa.

- Está bien.

Ambos nos vestimos y salimos de la habitación, aunque antes asomé la cabeza por la puerta para ver si quedaba alguien despierto. No había nadie en el salón, así que mis padres ya debían de haberse acostado. Ojalá no hubieran escuchado nada, pero eso tampoco hubiese cambiado nada, al fin y al cabo, no eran tontos y sabían lo que estábamos haciendo.

Acompañé a Jess a su casa, porque era un caballero, pero también porque temía que, entre una cosa y otra, se le hubieran quitado las ganas de seguir saliendo conmigo. En principio, no parecía que eso fuese a suceder, porque al llegar a su puerta nos despedimos con un buen beso y la promesa de volver a vernos muy pronto.

Con la satisfacción de un polvo bien echado, regresé a mi casa muy orgulloso de mí mismo. Subí las escaleras de dos en dos, con ganas de pillar el sueño y aprovechar el domingo para dormir un montón de horas. Lo que no esperaba era de encontrarme la cama hecha, las ventanas abiertas para que se ventilara la habitación y un aroma dulzón por todo el cuarto.

En realidad, no sabía de qué me sorprendía, si era consciente de que mi madre era capaz de eso y de muchísimo más. Ya no quedaba la menor duda de que sabía lo que habíamos estado haciendo, pero eso no me quitó el sueño, dormí del tirón casi diez horas. Ya a la mañana siguiente, a la hora de comer, pude hablar tranquilamente con ella.

- Estabas agotado, ¿eh?

- Sí, bueno... es que entre una cosa y otra, se me hizo un poco tarde.

- Jess me ha parecido una joven encantadora.

- Lo es, me alegro de que te dieras cuenta.

- ¿Habéis vuelto a quedar para hoy?

- No, creo que llamaré a Pablo para que se venga a ver el partido.

- Vaya...

- ¿Qué pasa?

- Nada, solo que hace bastante que no viene por aquí.

- Es que entre la facul, el trabajo y Jess... algo tengo que sacrificar.

- Te entiendo, hijo, pero los amigos son muy importantes.

- Ya lo sé, por eso lo voy a llamar.

Como casi siempre, mi madre tenía razón, en los últimos meses había descuidado demasiado a Pablo, pero era cierto que no tenía tiempo para todo. Por suerte, él no parecía molesto y aceptó de inmediato la invitación para medir a ver el fútbol. Aunque no fuésemos unos forofos, siempre fue una buena excusa para pasar tiempo juntos.

Esa tarde teníamos la oportunidad de ponernos al día con nuestros asuntos más recientes. Yo tenía muchas cosas que contarle, especialmente todo lo relacionado con Jess, aunque me sabía un poco mal, porque Pablo nunca se había caracterizado precisamente por su éxito con las mujeres. Aun así, solía escucharme y darme buenos consejos.

- Menos mal que me has llamado, porque no hay quien te vea el pelo.

- Es que no paro, tío, es una locura.

- ¿Mucho trabajo?

- Tampoco es que me hagan hacer demasiadas cosas, pero me paso la tarde allí.

- ¿Y cuándo estudias?

- Ya sabes... recortando horas de sueño y los fines de semana.

- ¿No los pasas enteros con tu nueva novia?

- Qué va, de momento hacemos poco más que follar.

- Lo dices como si no fuese el mejor plan posible.

- ¿Tú qué tal?

- Amargado todo el puto día en el taller.

- ¿Todavía no te has ligado a ninguna clienta?

- Imposible, mi padre me tiene muy marcado.

- Tienes que echar un polvo, hombre, se te quitará la amargura.

- Siempre me he conformado con que me cuentes los tuyos.

- Pues anoche eché uno de escándalo.

- No pierdas la costumbre y explícamelo.

- Solo te diré que traje a Jess por primera vez y pusimos flamenco para disimular.

- Joder, qué morbo, ¿no?

- Cortaba un poco el rollo, pero no nos impidió corrernos.

La tarde con Pablo no fue tan entretenida como la noche anterior con mi chica, pero con él siempre me lo pasaba bien, a pesar de que ese día lo noté un tanto extraño. Superado ya el domingo, solo me quedaba lamentarme porque al día siguiente regresaba la rutina, eso sí, con la vista puesta en el fin de semana siguiente, por lejano que pareciese en ese momento.

Entre las clases y el trabajo, la semana se dice eterna, como cabía esperar. Lo único que la amenizaba era ir hablando con Jess y la promesa de otro fin de semana lleno de momentos excitantes. Eso era lo único que me motivaba, hasta que el jueves me dio la noticia de que acababa de bajarle la regla. Pocas cosas peores se le pueden decir a un hombre.

Lo único bueno era que sus padres volvían a irse ese fin de semana, y muy mal se me tenía que dar para no convencerla de hacer otras cositas con las que pudiera conformarme. Parecía que todavía no me había dado cuenta de que la chica con la que salía era un hueso duro de roer, nada partidaria de dar sin recibir a cambio.

- Pero tenemos que aprovechar que tu casa está vacía.

- Dirás que lo tienes que aprovechar tú, porque yo no puedo hacer nada.

- ¿Qué dices? Puedes hacer muchas cosas.

- Sí, claro, de las que yo no sacaría ningún beneficio.

- Ver feliz a tu novio.

- No soy de las que disfrutan con eso.

- Al menos podemos besarnos y toquetearnos.

- No pienso calentarme para nada.

- Entonces ¿este sábado no nos vemos?

- Claro que sí, podemos ir a cenar igual.

- Veo más al de la pizzería que a mi padre.

- Tranquilo, que esta semana me apetece probar algo nuevo.

- Miedo me das.

Me preocupaba el sitio al que me quisiera llevar Jess a cenar, pero todos mis sentidos estaban puestos en encontrar la forma de que aceptara tener un poquito de diversión, aunque yo fuese el que más se divirtiera. Incluso con la regla, existían formas de que ella también lo pasara bien, sobre todo porque yo no era muy escrupuloso.

Mis escasas opciones pasaban por seducirla con mi aspecto, ya tenía a mi madre trabajando sin descanso en ello. La mejor camisa lavada y planchada, los zapatos relucientes y cosido el agujero que le había hecho a mis pantalones más caros. A cambio, solo tuve que aguantar que volviera a decirme las ganas que tenía de ser abuela.

Me parecía muy triste que siendo tan joven ya hubiera depositado todas sus esperanzas para recuperar la ilusión en que le diera nietos, pero ya me preocuparía más adelante de la vida tan triste que llevaba mi madre. Fui a recoger a Jess y el primer palo me lo llevé nada más verla. No se había arreglado demasiado, eso confirmaba que no consideraba que fuese una de nuestras noches especiales.

- Vale, ¿hacia dónde nos dirigimos?

- Al centro comercial.

- O sea, que no va a ser precisamente un restaurante de lujo.

- No me van los sitios pijos.

- ¿Toca burger hoy?

- Nop.

- ¿Entonces?

- Me apetece cenar en el chino nuevo.

- ¿Qué dices, Jess? Odio esa comida.

- Seguro que ni siquiera la has probado.

- Claro que sí.

- Tú solo comes los platitos que te prepara tu madre.

- No te pases.

- Cede un poco y otro día lo haré yo.

- No hace falta que sea otro día, después vamos a tu casa.

- Vale, a ver una película.

- De eso nada, ya sabes a qué.

- No puedo, David.

- ¿También tienes la regla en la boca?

- ¡Oye!

- O en las manos, me puedo conformar.

- ¿Cómo eres tan egoísta?

- ¿Yo? Si estoy dispuesto a hacerte lo que me pidas, me da igual un poco de sangre.

- En serio, esta noche no. El sábado que viene te compenso.

- Está bien.

La noche empezaba de la peor manera, y comer en un restaurante chino no la iba a mejorar. Jess tenía razón, nunca había probado esa comida, pero no me hacía falta para saber que no me gustaba. Pedí el plato que me pareció menos oriental, por decirlo de alguna manera, aunque me lo comí con tanto asco que era imposible que me sentara bien.

No ayudó demasiado ver cómo ella engullía algo de nombre impronunciable y de aspecto aún más extraño, se me iba revolviendo el estómago por momentos. Cuando al fin terminó esa tortura, ya de mejor humor, volvió a proponerme ir a su casa para ver una película, aunque volvió a dejarme claro que no iba a ocurrir absolutamente nada.

Entre una cosa y otra, opté por irme a mi casa, poniendo como excusa, aunque en verdad era cierto, que estaba empezando a encontrarme fatal. Parecía que la comida no me había sentado bien, o quizás era algo psicológico, por lo mal que lo había pasado teniendo que comer eso. Al llegar, mi madre me esperaba cual sirvienta.

- Qué pronto has vuelto, hijo, ¿no os apetecía escuchar música?

- Esta noche no.

- No me digas que os habéis enfadado...

- Nada de eso, es que no me encuentro bien.

- Por dios, ¿qué te pasa?

- Me duele el estómago.

- Eso es que algo no te ha sentado bien, ¿qué has cenado?

- Una especie de pollo frito del chino.

- Tú no estás acostumbrado a cosas tan fuertes, solo a lo que yo te preparo.

- ¿Hay algo que me pueda aliviar?

- Te voy a preparar una manzanilla.

- Vaya, otro mal trago.

- Si te sigue doliendo durante la noche, no dudes en venir a despertarme.

- Vale, mamá, gracias.

- Haré todo lo que esté en mi mano.

Después de tomarme la manzanilla, y sobre todo de relajarme, casi todo el dolor me desapareció y logré pasar un domingo bastante tranquilo. Aun así, Jess iba a tener que esforzarse mucho la semana siguiente para que me olvidara de ese mal rato, y que ni se le ocurriera volver a mencionar el maldito chino, siempre a restaurantes de comida rápida.

Pese a haberlo pasado mal, esa experiencia me acabó resultando muy útil, y no precisamente en la cama. El lunes a media tarde, estando en el trabajo más aburrido que una ostra, se me ocurrió fingir que me encontraba mal para volver a casa. Solo tuve que describirle a mi jefe los mismos signos que había tenido dos días antes y no me puso ninguna pega.

Era una mentira piadosa, necesitaba descansar. No sabía si tratar de recuperar el viejo hábito de los videojuegos o simplemente tumbarme en la cama y no hacer nada. Al llegar a casa me sorprendió escuchar flamenco a todo volumen. En otras circunstancias, lo hubiese interpretado como una broma de mi madre, pero ella no sabía que iba de camino.

Avancé por el pasillo, siguiendo la música, y eso me llevó a su habitación. Quizás ella había adquirido una nueva afición gracias a mí. Al abrir la puerta vi lo que jamás ningún hijo debería de ver: mi madre estaba follando, cabalgando como una loca. Cerré tan rápido que no me dio tiempo a ver con quién, pero lo que sí tenía claro es que no era mi padre, el hombre aferrado a su culo tenía pelo.

Antes de que pudieran advertir mi presencia, cerré la puerta y me fui a la calle. Me sentía confuso, enormemente consternado. El problema no era que mi madre follara, eso se podía asumir, aunque pensarlo no fuera plato de buen gusto para un hijo y mucho menos verlo, lo que no me entraba en la cabeza era que una mujer como ella pudiese ser infiel.

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heranlu

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El Secreto De Mi Mamá – Capítulo 002
No podía reprocharle a mi madre que tuviera un amante, no con el matrimonio tan frío y falto de amor que tenía con mi padre, pero hacerlo en la cama que compartía con él me parecía muy cruel. Anduve durante horas dándole vueltas a la cabeza, debatiéndome entre si su infidelidad era perdonable o no. Ojalá no hubiera visto nada.

Solo conseguía llegar a una conclusión: tenía motivos para ponerle los cuernos, aunque no de esa manera, pero no era algo en lo que yo debiera meterme. Si jamás le había echado en cara a mi padre lo poco cariñoso que era con ella, tampoco debía meterme en eso, suficientemente traumático era el haberlo visto, como para permitir que me salpicara.

Todo lo que mi madre llevaba veinte años haciendo por mí bien merecía mi comprensión. Aunque no tenía intención de decirle que lo sabía, si ella se seguía comparando igual conmigo, yo no me metería. Solo esperaba eso, que siguiera siendo la misma de siempre y así no verme obligado a meterme en algo que me superaba en todos los sentidos.

Estuve en la calle hasta mi hora habitual de regresar a casa, en ese momento ya era imposible que mi madre siguiera con su amante. Para mi tranquilidad, en cuanto entré por la puerta, ella se mostró tan agradable y servicial como siempre. En ese momento caí en que probablemente ya llevaba bastante tiempo siendo infiel y jamás se lo había notado.

- Cariño, ¿sigues bien de la barriga?

- Sí, no me ha vuelto a doler.

- Para que te cures por completo llevo toda haciéndote un caldito.

- ¿Toda la tarde?

- Bueno, casi... ¿Por qué?

- Porque normalmente sales a hacer la compra y eso.

- Tienes razón, pero el resto del tiempo he estado en la cocina.

- Te lo agradezco mucho.

- Vaya... gracias.

- ¿Qué pasa?

- Es la primera vez que me das las gracias, al menos de una forma tan convincente.

- Pues ya era hora, ¿no?

- Sabes que lo hago encantada.

- En otros aspectos que te juzgue dios, pero como madre eres la mejor.

- Me vas a hacer llorar.

- No, nada de lágrimas.

- Qué cambiado te tiene el amor.

- Será eso...

No había planeado dedicarle todas las alabanzas que se merecía desde hacía años, pero me salió de forma natural, porque sabía que para ella tampoco tenía que ser nada fácil gestionar su infidelidad, lo debía de estar pasando mal. Esperaba que no desatara una guerra en mi casa, pero si sucedía, tenía bastante claro mi bando.

Por mucho que hubiese optado por no juzgarla más allá de lo razonable, por lo impactante que había sido para mí, no podía quitarme ese asunto de la cabeza, y mucho menos lo que vi con mis propios ojo. A ella la perdonaba, pero necesitaba conocer la identidad del amante, quién estaba rompiendo una familia sin importarle lo más mínimo.

Dudaba muchísimo que esa noche fuese capaz de dormir, guardaba un secreto muy gordo y lo tenía que compartir con alguien, necesitaba una opinión ajena a la familia. Jess fue la primera en la que pensé, pero ya la conocía lo suficiente como para saber que me ayudaría entre poco y nada, no era ese tipo de persona. Tenía que recurrir a Pablo, un amigo leal que casi era uno más de nosotros.

- David, ¿pasa algo?

- Tío, necesito contarte algo.

- Estaba a punto de dormirme, pero di.

- Aunque no te lo creas, mi madre tiene un amante.

- ¿Qué dices? ¿Te lo ha contado ella?

- No, la he pillado en plena acción.

- ¿Cuándo?

- Esta tarde, ¿qué más da eso?

- ¿Has visto con quién estaba?

- No, su culo rebotando me tapaba la cara del susodicho.

- ¿Le has dicho a ella que lo has descubierto?

- No, no quiero hacerle pasar ese mal rato.

- Sabia decisión, es mejor que te lo guardes para ti.

- Estoy muy agobiado, necesito saber quién se la folla.

- ¿Para qué quieres saberlo?

- A ese cabrón no le importa destrozar una familia.

- No te lo tomes a mal, pero antes tampoco erais un ejemplo de unidad.

- Da igual, tengo que saberlo.

- ¿Te vas a dedicar a seguir espiándola?

- No, no puedo hacer eso... me da algo si la vuelvo a ver así.

- Normal. Tú a tus polvos y ella a los suyos.

- No sé si me has ayudado mucho...

- Puede que no, pero seguro que Begoña agradece mis consejos.

Pablo me dijo lo que yo ya pensaba, pero no me sirvió de gran ayuda, quizás porque esperaba que me dijera todo lo contrario, que debía descubrir al puto amante. Aun así, decidí seguir sus palabras, especialmente eso de que me centrara en mis polvos, porque después de un fin de semana de sequía, ya estaba deseando que llegara el siguiente.

La semana avanzó sin novedades, al menos que yo supiera, ya que decidí no seguir husmeando, por el bien de mi salud mental. Mi madre seguía igual de cariñosa que siempre, cubriéndome de besos cada vez que llevaba a casa con esa boca que a saber qué polla había chupado, y de servicial, haciéndome la comida con las manos con las que masturbaba a ese tipo.

No encontré algo de paz hasta que llegó el fin de semana. Pese a que el anterior había sido un tanto peculiar, con Jess negándose a complacerme de modo alguno porque tenía la regla, no parecía que hubiese cambiado nada entre nosotros. De hecho, ni siquiera le iba a tener en cuenta que me obligara a cenar en ese chino infernal.

De nuevo le iban a dejar la casa libre, otra buena noticia, así que cuando llegó el sábado yo ya ni me acordaba del asunto de mi madre, era mi momento. Volví a ponerme guapo, aunque quizás no tanto como la semana anterior, y fue a recogerla para ir a cenar una hamburguesa, ya había tenido suficientes experimentos, quería ir a lo seguro.

Pese a lo tajante que había sido la semana anterior con lo de no tener sexo, esa noche Jess parecía más que receptiva. Se pasó toda la cena provocándome, calentando lo que vendría después. Ya sabía que no era una chica fácil, que su carácter cambiaba demasiado a menudo, pero sabía cómo compensarlo en la cama.

- Hoy sí que te veo con ganas.

- Siempre las tengo.

- Bueno, la semana pasada...

- Tenía la regla, ya lo sabes.

- Sí, pero me podrías haber hecho un apañito.

- No me gusta calentarme si luego no voy a recibir.

- Eso suena un poco egoísta.

- Deja de agobiarte, David, las mujeres también tenemos nuestras necesidades.

- No, si ya...

- ¿Qué quieres decir con eso?

- Que... nada, no tiene importancia.

- Pues prepárate, que esta noche sí que voy a utilizar la boca.

No sé si Jess quería compensarme, si simplemente le apetecía o si surgió así, pero me hizo una mamada de escándalo. Nada más desnudarme de cintura para abajo se llevó la polla a la boca y se aferró a ella con ansia mientras yo la agarraba del pelo y empujaba para que se la tragara entera. Me encantaba cuando me hacía recordar por qué estaba con ella.

Con sus gruesos labios circundando mi rabo, Jess subía y bajaba, cubriéndomelo entero de saliva, provocando que jadeara por el placer que me estaba dando. Su lengua juguetona iba desde la base hasta la punta, donde se paraba para hacer diabluras que me llevaban a agarrarla con más fuerza del pelo. Eso parecía que la ponía cachonda.

Estaba a mil, pero no tenía suficiente con eso, necesitaba entrar yo también en acción. Sin que se lo esperara, la levanté para hacer que se sentara en mi cara, colando mi boca bajo su vestido, apartándole el tanga y comiéndole el coño mientras ella me la seguía mamando. La cosa se ponía aún más interesante.

Aferrado a sus muslos, lengua pasaba una y otra vez por su zona más íntima, incluso la introduje en su interior. Jess no podía evitar gemir mientras me la seguía comiendo, y estábamos los dos muy calientes, pero yo le llevaba bastante ventaja. Cuando mi tranca volvió a tocar el fondo de su boca, me dejé ir y descargué varios chorros de semen directamente a su garganta.

Jess, a punto de ahogarse, escupió la leche, pero mantuvo su coño sobre mi cara. De hecho, se agarró a mis piernas y comenzó a refregármelo de forma frenética. Cubrió mi rostro entero con sus fluidos, no daba abasto a la hora de tragármelos, los producía en grandes cantidades. Aun así, seguí trabajando en su abultado clítoris.

Nunca la había escuchado gemir tan alto, estaba totalmente fuera de control, pero no acababa de llegar al orgasmo y yo empezaba a sentirme agotado. Creyendo que probablemente no se daría cuenta por lo excitada que estaba, me atreví a hacer algo que siempre me había despertado curiosidad: abrirle las nalgas y lamerle el ano.

Cabía la posibilidad de que le gustara, aunque, conociéndola, estaba convencido de que se iba a enfadar. Lo que sucedió fue que se corrió. Nada más chuparle el culo, Jess tuvo el orgasmo más potente de su vida. Estuvo dos minutos gimiendo sin parar y volviendo a frotar su raja por toda mi cara. Iba a necesitar una buena ducha... o no.

- No deberías haber hecho eso sin consultarme.

- Pero si te ha encantado.

- Ya, pero no lo sabías, es una zona muy delicada.

- La cuestión es quejarse por todo.

- ¿Quieres que yo te meta a ti un dedo en el culo?

- No es lo mismo, no te he introducido nada.

- Vale, pero la próxima vez me preguntas antes de ponerte creativo.

Se estaba quejando, como de costumbre, pero su cara la delataba, acababa de pasar un buen rato. Aunque ya no atreví a probar cosas nuevas, pasamos el resto de la noche follando, como era habitual en nuestros fines de semana locos. Por momentos así podía perdonarle lo del chino y mil cosas más que se le ocurrieran.

Nos despertamos al mediodía, echamos otro polvo y me pidió, no precisamente de forma amable, que me fuese ya a mi casa. Estaba deseando que llegara el verano para no tener que limitarme a una sola noche de sexo a la semana, aunque no sabía si iba a soportar ese genio tan fuerte que tenía durante más de un día seguido.

Cuando llegaba a casa ya era otra historia, el buen carácter y la amabilidad de mi madre eran muy diferentes, aunque, si me daban a elegir, prefería follar. El resto del domingo lo dediqué a descansar en mi habitación, siempre tan limpia y ordenada, aunque no precisamente gracias a mí. Pensé en volver a llamar a Pablo para que viniera a ver el fútbol otra vez, pero me venció el sueño.

Durante las siguientes semanas todo volvió a la normalidad. De lunes a viernes iba de la universidad al trabajo, siempre agotado, y los fines de semana recuperaba la energía por arte de magia para un nuevo maratón de sexo con Jess. Pese a su carácter cambiante, cada vez estaba más acostumbrado a ella, quizás sí que había futuro entre nosotros.

Aunque no fuese mi intención, al que volví a descuidar fue a Pablo. No tenía tiempo para todo, y el sexo era prioritario, así que no me quedaba no hay remedio que sacrificar los buenos ratos que pasaba con él. Tratando de compensarlo, de vez en cuando lo llamaba por teléfono, al fin y al cabo, él era el único que sabía lo del amante de mi madre y podía desahogarme.

- Pensé que el domingo me llamarías para que viéramos el partido juntos.

- Era mi intención, pero siempre me acabo quedando dormido.

- ¿Demasiada acción los sábados por la noche?

- No lo sabes tú bien, Jess es una loba.

- Algo bueno tenía que tener.

- No te pases, tío.

- Solo digo que tiene un carácter muy fuerte.

- Ya, pero he encontrado la forma de amansarla.

- ¿En serio?

- Se convierte en un corderito cuando le como el culo.

- ¡No jodas!

- La primera vez se enfadó, pero ahora me lo pide siempre.

- Ten cuidado, a ver si se va a cagar mientras estás dándole a la lengua.

- No seas cerdo, colega.

- Era una broma. ¿Has sabido algo más del asunto del amante?

- No. Veo a mi madre feliz y eso es lo único que no importa.

- Si está feliz es porque se la tienen que estar follando bien.

- Y luego te preguntas por qué no te llamo para venir a ver el fútbol.

Si le estaban dando unos buenos repasos, bien por ella, pero no quería ni imaginarlo. Mi padre parecía estar igual que siempre, en su mundo, así que probablemente ni imaginaba que tenía más cuernos que los toros de los Sanfermines. Justo por eso se lo merecía, por no darse nunca cuenta de nada de lo que le ocurría a mi madre.

Los días transcurrieron sin ninguna novedad importante, sin que ocurriera nada destacado, hasta que una tarde se produjo un repentino corte de luz en el trabajo. Siempre es bien recibido que te envíen a casa antes de tiempo, pero cuando iba de camino caí en la cuenta de que podía volver a encontrarme lo mismo de la otra vez.

No sabía qué hacer, si irme para casa o quedarme en la calle haciendo tiempo. Tras darle muchas vueltas, llegué a la conclusión de que sería muy mala suerte volver a pillar a mi madre haciéndolo, seguramente no veía a su amante todos los días, sería muy arriesgado. Subí las escaleras y entré procurando hacer el menor ruido, por si acaso.

Una vez en casa, no advertí la presencia de mi madre, pero en esa ocasión no se escuchaba música, lo cual interpreté como una buena señal. La puerta de su habitación estaba entreabierta, así que debía estar sola, o al menos eso supuse, porque de haber estado con alguien la hubiese cerrado, aunque solo fuera por costumbre.

De todos modos, me acerqué muy despacio, procurando no hacer ningún ruido. Esperaba encontrarla sentada en su cama, emparejando calcetines u ocupada con cualquier otra de esas cosas que ella solía hacer, pero no fue eso lo que vi. Lo que tenía ante mí era a un hombre arrodillado, dándome la espalda, y follándosela mientras ella estaba a cuatro patas.

Esa vez no me aparté, tenía que descubrir la identidad del amante, por duro que fuese ver algo así. Escondido tras la puerta, además de confirmar que ese hombre tenía pelo, detalle que me hizo dar por hecho la ocasión anterior que no era mi padre, pude ver que se trataba de alguien joven, al menos eso era lo que parecía.

Embestía dentro del coño de mi madre una y otra vez, con fuerza y sin descanso, mientras ella gemía, volviendo a ser para mí una mujer desconocida. El muchacho misterioso le azotaba las nalgas y le agarraba las tetas a dos manos mientras se la tiraba. Por los sonidos que hacían ambos, debían de estar muy cerca del orgasmo.

Solo tenía que aguantar un poco más, observar hasta que él se corriera y después cambiaría de posición, permitiendo que le viera la cara. La forma de jadear de mi madre me torturaba, era, como mínimo, tan viciosa como Jess, y eso es algo bastante difícil de asumir para un hijo. Aun así, no podía quejarme, yo mismo había aceptado el riego de quedarme a observar como un voyeur.

Llevaría poco más de un minuto espiando como un pervertido cuando mi madre comenzó a decir a gritos que se corría. En ese mismo instante, el amante se echó hacia atrás, se tumbó, y antes de que pudiera verle la cara, ella se sentó justo encima de su boca. Lo que ocurrió acto seguido no me podía creer, era demasiada coincidencia.

El desconocido separó las nalgas de mi madre para lamerle el ano a la par que la masturbaba metiéndole los dedos en la vagina. Mi madre sabía que aquella noche con Jess en mi habitación puse flamenco y por eso pudo imitarme, pero no tenía ni idea de que le comía el culo. Podía ser simple casualidad, aunque me costaba mucho creerlo.

Empecé a pensar que me espiaba de algún modo, que había llevado demasiado lejos el papel de madre que se preocupa por su hijo. Quizás le excitaba hacer las mismas cosas que yo, o llevaba tanto tiempo sin follar que necesitaba actualizarse a través de mí. Todo lo que pasaba por mi cabeza eran locuras, acompañadas de lo que estaba viendo que era perturbador.

El orgasmo me trajo la solución. Cuando los tocamientos y la comida de culo la llevaron al placer, el hombre que hasta ese momento solo había sido una mata de pelo ligeramente familiar, se incorporó. Durante unos segundos, él y yo nos miramos a los ojos, como tantísimas veces antes había ocurrido. Pablo era el amante.

Mi madre, todavía extasiada de placer tras el polvo, se dirigió a besarle. Fue entonces cuando se dio cuenta de que Pablo estaba paralizado. Ella siguió la dirección de su mirada y me vio, todavía de pie bajo el marco de la puerta de su habitación. Su rostro se desencajó por completo, quedando en una mueca de pánico.

Pablo, ligeramente recuperado del shock inicial, cogió su ropa y salió corriendo del cuarto. No hice nada por detenerle, no podía. Mi madre se cubrió con las sábanas y me pidió que pasara, quería darme una explicación. Al principio me resistí, dadas las circunstancias, prefería seguir viviendo en la ignorancia, aunque ya era imposible.

- ¿Por qué no estás en el trabajo?

- ¿En serio es eso lo primero que me vas a decir?

- Me preocupa que te haya pasado algo.

- Ha habido un corte eléctrico y nos han enviado a casa.

- Menos mal que no es nada grave.

- ¿Hay algo que me quieras explicar tú?

- Hijo, creo que una imagen vale más que mil palabras.

- Jamás imaginé que pudieras ser infiel.

- Nadie cree que pueda serlo, hasta que sucede.

- Pero tú eres tan... tan... tú.

- Sí, con mis necesidades, mis miedos, mi falta de autoestima...

- ¿No era más sencillo divorciarte y ser libre para hacer lo que te dé la gana?

- No soy el tipo de mujer que se atreve a dar ese paso.

- ¿Y sí a follarte al mejor amigo de tu hijo?

- Surgió, no puedo decirte otra cosa.

- Si tan insatisfecha estabas, ¿por qué no te has buscado a uno de tu edad?

- ¿Otro cuarentón desmotivado que solo busca una esclava?

- Pensaba que te gustaba dedicarte a las tareas del hogar.

- Me gusta, pero odio que deis por sentado que yo tengo que hacerlo todo.

- Vale, preferías uno más joven y vigoroso, pero ¿por qué Pablo?

- Él tampoco lo estaba pasando bien, siempre a la sombra de tus éxitos.

- ¿Mis éxitos?

- A ti te va bien con las chicas y encima le cuentas todo lo que haces.

- Y luego vais vosotros y lo repetís, ¿no?

- Si me lo pides, dejaré de verlo.

- No te lo voy a pedir, pero preferiría que te buscaras a otro.

- Quiero otro chico joven, guapo, con ganas, imaginativo en la cama...

- Alguien como...

- Alguien como tú, cielo.

- Eso es un poco raro.

- Según como lo mires.

- ¿Qué quieres decir?

- Nadie te va a querer tanto, ni encontrarás a otra tan dispuesta a complacerte.

- No lo puedes estar diciendo en serio.

- Tengo un vicio con los jovencitos, y ahora tienes la oportunidad de devolverme todo lo que he hecho por ti.

Tras pronunciar esa frase tan siniestra, mi madre retiró las sábanas y me mostró su cuerpo desnudo. Era casi perfecta, tenía unas curvas espectaculares, un físico que no podrías imaginar en una mujer que vivía prácticamente por y para su familia. Jamás me había planteado que pudiera esconder algo así. No tenía nada claro que fuese a ser capaz de rechazarla.


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heranlu

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El Secreto De Mi Mamá – Capítulo 003
Ya era duro que Pablo, mi mejor amigo, fuese el amante de mi madre, como para encima acabar descubriendo que ella tenía un vicio secreto con los jovencitos y yo era su siguiente objetivo. Era como si me la hubieran cambiado por otra, no podía ser que esa mujer gentil y complaciente que me lo había consentido todo desde mi nacimiento fuese de repente una loba desbocada.

Seguía desnuda ante mí, sin apartar sus ojos de los míos, esperando una respuesta. Lo peor de todo era que me resultaba tentador, porque estaba muy buena, y porque tener a mi disposición una mujer tan servicial podía ser un chollo, sexualmente hablando. Pero yo no era así, no estaba preparado para follarme a mi madre y vivir el resto de mis días con esa carga.

- Tápate, mamá.

- ¿Es que lo te gusta lo que ves?

- Lo que veo me encanta, lo que escucho me horroriza.

- Saliste de mi interior, puedes volver a entrar.

- ¿No te das cuenta de que es una aberración?

- ¿Por qué?

-Porque eres mi madre, esas cosas ni se piensan, son antinaturales.

- Pero sí que te parece normal que te haga absolutamente todo lo demás, ¿no?

- No es lo mismo.

- Con que te siga lavando los calzoncillos sucios a tu edad no tienes problema.

- Pues deja de hacerlo, pero olvídate de este tema, ni lo vuelvas a mencionar.

- Nunca dejaré de servirte, eres mi pequeño.

- Como quieras, pero nada de sexo.

- Después de que nos hayas pillado, no creo que Pablo quiera volver.

- Es que con él tampoco tienes que acostarte.

- ¿Qué tiene de malo?

- Es... era mi mejor amigo, y lo conoces desde niño.

- Lo siento, David, pero en esto no voy a ceder.

No iba a consentir que siguiera ocurriendo, así que si mi madre no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer, tendría que convencer a Pablo, por las buenas o por las malas. Además, no tenía intención de esperar demasiado, esa misma tarde, con una ira que iba aumentando por momentos, salí de mi casa y puse rumbo a la suya.

Recurrir a la violencia no era algo que soliese hacer alguien a quien habían criado como si fuera un muñequito de porcelana, como era mi caso, así que mi idea era dejárselo brutalmente claro con palabras, pero no descartaba nada. Cuando llegué a su portería, le envié un mensaje pidiéndole con amabilidad que bajara a hablar.

Lo leyó, pero no me respondió, así que seguí enviándole uno tras otro, amenazando con subir y contárselo todo a sus padres. Ante esta posibilidad, no le quedó más remedio satisfacer mi petición. Bajó asustado, ni siquiera se atrevía a acercarse, pero no se iba a librar de que le dijese que era la rata más sucia que había conocido en mi vida.

- Si tuviste valor para hacer eso tenlo también para dar la cara.

- Iba a llamarte mañana, cuando te hubieras calmado un poco.

- Una polla como una olla.

- Tienes que entenderme.

- ¿Y a mí quién me entiende?

- Yo, te lo juro, pero aun así...

- Aun así, te has follado a mi madre.

- Sabes que yo no tengo la facilidad que tienes tú para ligar.

- Quizás porque las tías perciben que eres un puto traidor de mierda.

- Vamos, David... ¿Qué podía hacer?

- Nada, no tendrías que haber hecho nada.

- Tú no te dabas cuenta, pero siempre que iba a tu casa me provocaba.

- Porque no está bien, y tú te has aprovechado.

- No le pasa nada, solo está harta de la vida miserable que lleva.

- ¿Ahora la conoces tú mejor que yo?

- No te enfades, pero es muy probable que sí.

- No quiero volver a verte nunca, ¿me has oído?

- Entonces no vuelvas a tu casa cuando te dejen salir antes del trabajo.

- ¿Perdona?

- Salvo que ella diga lo contrario, voy a seguir viendo a Begoña.

- Si te veo a menos de un kilómetro de ella te hago una cara nueva.

- Pero...

- ¡Qué cojones! No voy a esperar.

Antes de que Pablo llegara a entender lo que se le venía encima, le di un puñetazo en la cara con todas mis fuerzas. Antes de irme de allí corriendo llegué a ver sangre en su nariz, lo que me produjo una gran satisfacción. Solo esperaba que le estuviera doliendo el rostro por lo menos la mitad de lo que me dolía a mí la mano.

Había que hacerlo y lo hice, no quería darle más vueltas. Claro que lo estaba pasando fatal, y no solo porque se hubiera tirado a mi madre, sino porque perdía al amigo que siempre había estado a mi lado desde niño. Con la situación tan tensa en casa, solo podía aferrarme a Jess, rezar para que tuviera más días buenos que de esos tan malos con los que a menudo me torturaba.

Al llegar a casa lo primero que hice fue meter la mano en hielo. Mi madre, pese a saber que me lo había hecho golpeando a su amante, vino corriendo a ayudarme, pero le dije que podía hacerlo solo. Probablemente era la primera vez que esas palabras salían de mi boca. Era mi modo de castigarla, ya que seguía pensando que no se lo debía contar a mi padre.

Todas las tardes de esa semana pensé en irme un momento del trabajo para asegurarme de que no habían vuelto a las andadas, pero siempre acababa descartando la idea. ¿Qué más podía hacer si volvía a pillarlos? ¿Pegarle a Pablo con más fuerza? ¿Ignorar todavía más a mi madre? Solo me quedaba confiar en que el mensaje les hubiera quedado claro.

Nunca una semana se me había hecho tan larga, pero por fin llegó el sábado. Jess volvía a quedarse sola en casa, así que repetiríamos el plan habitual: cena en cualquier sitio menos en el chino y sesión de sexo hasta la madrugada. Si eso no lograba disparar los nubarrones negros de mi cabeza, nada lo conseguiría.

Volvimos a cenar en una pizzería, así que el finde no podía comenzar de mejor manera. Después, de camino a su casa, le fui metiendo mano, estaba ansioso por echarle un polvo. Parecía que todavía no había entendido que a mí ya nada me iba a salir bien. Demasiados disgustos para una sola semana, iba a estallar en cualquier momento.

- ¿A qué esperas para abrir?

- David, es mejor que te vayas a tu casa.

- No me digas que tienes otra vez la regla, porque las fechas no cuadran.

- No es eso.

- ¿Entonces?

- Yo pensé que esta relación cambiaría en algún momento, pero no ha sucedido.

- ¿En qué sentido?

- Eres muy flojo en la cama.

- ¿Qué? Pero si jamás me has puesto pega alguna.

- Porque le ponías ganas y pensé que acabarías aprendiendo.

- ¿Me estás dejando?

- No... no lo sé.

- Jess, aclárate, por favor.

- Necesito que me des un poco de tiempo.

- ¿Para qué?

- Para saber si tus cosas buenas compensan ese defecto.

- No puedes hacerme esto ahora, lo estoy pasando muy mal.

- En unos días te llamo, te lo prometo.

Sabía que nuestra relación era una tanto inestable, pero de ningún modo me hubiera imaginado que se torciera de esa manera, y menos por un motivo tan vergonzoso. Aunque aguantar a Jess, en muchas ocasiones, requería un gran esfuerzo, no estaba preparado para perderla, era lo único que me quedaba.

Las siguientes semanas las pasé pegado al móvil, esperando una llamada que no llegaba. Todos los días tenía que hacer un enorme ejercicio de contención para no ser yo el que marcara su número para suplicarle que siguiera conmigo o que me dijera ya que me dejaba definitivamente, porque me resultaba imposible vivir así.

Quizás en otras circunstancias, si no hubiese tenido otros frentes abiertos, podría haberme resultado menos complicado lidiar con esa situación, pero así era imposible. Además de la incertidumbre por lo de Jess, tenía que convivir con el miedo de no saber si mi madre y Pablo se seguían viendo para mantener relaciones sexuales.

Podría haber intentado averiguarlo, poniendo alguna excusa en el trabajo para escaparme de nuevo o, siendo más extremo, colocando una cámara, pero prefería vivir en la ignorancia, lo que no me restaba preocupación. En cualquier caso, si hubiese tenido que apostar, habría dicho que ya no se veían, por mi madre, aun siendo tan servicial como siempre, había perdido la alegría de las últimas semanas.

Dar por hecho que ese aberrante intercambio de fluidos había terminado tampoco me reconfortaba del todo, porque temía que mi madre lo volviera a intentar conmigo, pero eso no sucedió. En el fondo, es posible que lo deseara, aunque volviese a rechazarla con cara de ofendido, pero necesitaba que alguien mostrase interés por mí.

Pasé de creerme el rey del mundo por ser universitario, tener un trabajo con el que ganaba dinero, una novia que era un volcán en la cama, un colega fiel al que dejar con la boca abierta con mis aventuras sexuales y no tener que hacer nada en casa porque se ocupaba mi madre a verme a mí mismo como un auténtico fracasado.

Mi amistad con Pablo estaba perdida, no había forma de recuperarla. Tanto en la facultad como en el trabajo mi rendimiento estaba cayendo en picado por lo imposible que me resultaba concentrarme, lo que ponía en peligro tanto la carrera como el empleo. Con mi madre no cambió nada, al menos en lo referente a su comportamiento, pero apenas podía mirarla a la cara.

Aun así, lo de Jess seguía siendo el epicentro de todas mis preocupaciones. No me atrevía a llamarla, por miedo a que meterle presión decantara definitivamente la balanza en mi contra, aunque sí que pasé muchas veces por delante de su casa, tratando de forzar lo que intentaría hacer pasar como un encuentro casual. Nunca la vi, pero al fin sonó el teléfono.

- ¿Jess?

- Hola, David.

- ¿Has... has tomado ya una decisión?

- Sí, creo que sí.

- ¿Y bien?

- Estoy casi segura de que no quiero perderte.

- No suena muy convincente.

- Lo sé, pero es todo lo que puedo decirte ahora.

- Entonces ¿qué vamos a hacer?

- Retomar la relación y ver si estoy en lo cierto o no.

- Vale, ¿cuándo nos vemos?

- Mañana mismo.

- Perfecto.

- Podemos prescindir de ir a cenar, pedimos algo en mi casa y vamos viendo.

- Por mí no hay problema.

- Guay. Nos vemos mañana.

No parecía ella, estaba demasiado serena, como si se estuviera tragando el orgullo porque se había dado cuenta de que no podía vivir sin mí. Si eso era cierto, si Jess no quería perderme, era mi oportunidad, no solo para volver con ella, sino para imponer cambios, modificar todo en lo que no estaba de acuerdo de nuestra primera etapa juntos.

Lo que más deseaba que cambiara era lo de vernos solo los sábados por la noche y, con suerte, los domingos por la mañana cuando me echaba de su cama. Sabía que mi horario no daba para mucho más, pero podíamos cenar juntos algún día entre semana y los findes hacer pequeñas escapadas, como casi todas las parejas normales.

De lo del sexo también teníamos que hablar, porque no podía ser que cada vez que le bajara la regla todo se paralizara, y menos si nos seguíamos viendo tan poco. Quizás me vine demasiado arriba creyendo que tenía la sartén por el mango, lo más sensato hubiera sido esperar a ver si ella tenía alguna condición y mostrarme receptivo.

¡Cuánto echaba de manos ponerme guapo los sábados por la noche! Al fin pude volver a lucir mis mejores galas y me dirigí a casa de Jess, dispuesto a retomar y mejorar lo que había sido nuestra relación. Era importante que me mostrase seguro de mí mismo, al menos es lo que intenté, pero, en realidad, me mataban los nervios.

Jess seguía igual de guapa que siempre. Se había cortado un poco el pelo y estaba menos arreglada que de costumbre, probablemente porque esa vez no íbamos a salir de casa. Me recibió con un abrazo tan efusivo que me pilló por sorpresa y a continuación la besé en los labios. Ella tampoco se esperaba ese beso, pero me lo devolvió.

Era una gozada volver a estar en esa casa que tan buenos y placenteros recuerdos me traía, parecía que no hubiese pasado el tiempo, todo estaba igual, salvo por una pequeña excepción. Jess estaba tan tranquila que llegaba incluso a preocuparme. Para bien y para mal, esa muchacha era puro nervio, pero parecía tener la mirada triste, pese a que se suponía que era un día de alegría.

- ¿Todo bien, Jess?

- Sí, bueno... como siempre, ya sabes.

- Eso es bueno, ¿no?

- Claro. ¿Tú qué tal?

- He tenido algunas movidas en casa, pero no te voy a aburrir con eso.

- Cuéntame lo que quieras.

- Vamos a cenar y luego ya hablaremos de cosas más importantes.

- Como tú prefieras.

- ¿Qué pedimos?

- Nada, he preparado yo algo.

- ¿En serio?

- Quiero aprender a cocinar y he hecho unos macarrones.

- Pues vamos a probarlos.

La posibilidad de que Jess, con el talento que tenía en la cama, diese pasos para convertirse también en una perfecta ama de casa me puso la polla tiesa. Los macarrones no estaban tan buenos como los de mi madre, pero entendía que eran sus inicios como cocinera, ya iría aprendiendo. Con ese gesto logró que se me olvidaran todas mis exigencias.

Mientras cenábamos, charlamos del trabajo y los estudios, no me atreví a mencionar el panorama que tenía en casa con el lío entre mi madre y Pablo. Seguía viendo a Jess demasiado relajada para ser ella, me daba la sensación de que esa cena tenía gato encerrado, pero consiguió que me olvidara también de eso cuando ambos volvimos al sofá.

Esperaba que todo fuese mucho más lento y frío, pero Jess me besó y no pude impedirlo el paso a esa lengua tan viciosa. Las ganas acumuladas durante tantas semanas estallaron y de inmediato me lancé a manosearla por todas partes. Le agarré los pechos y descendí a besos hasta llegar a su escote, dispuesto a cubrírselo de saliva.

Le saqué una teta y le lamí el pezón, lo succioné con fuerza sin que Jess dijera nada. Normalmente, no aprobaba que hiciese esas cosas, y menos si acabábamos de empezar a besarnos. Mientras seguía entretenido con su seno, la mano que tenía libre se deslizó hasta su entrepierna y comencé a masturbarla por encima del pantalón.

Eso era justo lo que quería, nada de polvos con las normas establecidas, si me apetecía meterle los dedos en el coño sobre el sofá en el que sus padres veían la tele, pues lo hacía. Es más, si estaba tan caliente que quería que me la comiera ahí mismo, me bajaba los pantalones y le ponía el rabo delante de la boca para que mamara.

- David, para.

- ¿He sido demasiado brusco?

- Sí, pero no es eso.

- ¿Entonces?

- Lo he intentado, de verdad, porque te aprecio, pero no me pones.

- Pero si te he provocado un montón de orgasmos.

- Porque yo te guiaba, tú no sabes hacer nada.

- Lo de comerte el culo te gustó y fue iniciativa mía.

- Tampoco es que haga falta una gran habilidad para eso.

- Si de verdad me quieres, quédate con eso y sigue guiándome en la cama.

- Ya no puedo, he perdido todo el morbo que pudiera sentir al estar contigo.

- No me hagas esto, Jess.

- Lo he intentado, de verdad.

- Por favor, haré lo que sea para estar contigo.

- ¿Qué tipo de relación sería esa?

- Una en la que el final te acabas acostumbrando a estar conmigo.

- ¿Eso es lo que quieres?

- Si te pierdo me muero, no tengo a nadie.

- No digas eso, no es cierto.

- Mi amigo Pablo se ha liado con mi madre, me he quedado sin apoyos.

- Oye, no te inventes cosas para darme pena.

- Es verdad, te lo juro.

- Para ya, por favor. Tienes que irte.

- Pero...

- Podemos ser amigos, pero dentro de un tiempo, cuando esté preparada.

Llegué a esa casa con la intención de imponer mis normas para dominar a Jess, después me hice ilusiones de que podía llegar a convertirse en una esposa sumisa y complaciente como mi madre, pero me acabé yendo de allí desolado. Ya no me quedaba nada de todo lo que me hacía feliz meses atrás. En ese momento quería morirme.

No podía contener las lágrimas, así que al llegar a casa me encerré de inmediato en mi habitación, porque lo último que quería era que mi madre me viera en ese estado. Tenía ganas de gritar, de dar puñetazos a la pared y destrozarlo todo, pero ni para eso servía, sabía por experiencia que solo conseguiría hacerme daño a mí mismo.

Solo mi madre se mantenía fiel a mi lado, pero no podía dejar de pensar en que todo era culpa suya, ella me había hecho débil y ni siquiera era capaz de complacer debidamente a una chica. No sabía si odiarla o abrazar definitivamente la idea de que era la única persona que me quedaba. Como si pudiera leer mi pensamiento, entró en la habitación.

- Cielo, ¿estás llorando?

- No, sal de mi cuarto.

- ¿No ha ido bien el reencuentro con esa muchacha?

- Te he dicho que te vayas, no quiero hablar.

- Dame la oportunidad de ayudarte.

- Ya es tarde... me has convertido en un flojo, nadie me toma en serio.

- Yo solo pretendo hacerte la vida más fácil, cariño.

- Pero todo tiene un límite.

- Sí, pero debías marcarlo tú, y jamás te quejaste.

- No tengo a nadie, estoy solo.

- Sabes que eso no es verdad, David.

- Ahora me dirás que conoceré a otras muchas chicas y...

- Seguro que sí, pero solo si tú quieres.

- ¿Qué quieres decir con eso?

- Que a mí siempre me vas a tener, yo jamás te voy a fallar.

- No es lo mismo.

- Lo será si tú quieres que lo sea... ya lo sabes.

- ¿Otra vez estás con lo mismo?

- Piénsalo bien, hijo, yo puedo darte lo que cualquier otra.

- No puedes.

- Sin preguntas, sin excusas, en cualquier momento y de cualquier modo.

- Por favor, deja de insistir.

- Nada de agobios ni sufrimiento, solo cubriría tus necesidades, como hasta ahora.

- Dudo mucho que pueda tener la conciencia tranquila después de algo así.

- ¿Por qué no? No le hacemos daño a nadie.

- A papá.

- Tu padre solo sufrirá el día que la tele deje de funcionar.

- Si se enterara...

- No presta atención a nada, casi siempre está dormido.

- ¿Ahora lo está?

- Claro, como un tronco.

- Entonces no nos escucharía.

- No, mi niño, es y será siempre algo entre nosotros.

Mientras pronunciaba estas últimas palabras, mi madre se desnudó de cintura para arriba y atrajo mi cabeza hacia sus pechos para que me acomodara. Me puso cachondo al instante, pero era una sensación muy reconfortante, de paz total. Apoyado en sus senos, los acariciaba con suavidad a la par que ella se abría paso hacia mi entrepierna.

Con el mismo cuidado, mi madre me sostuvo la polla y me masturbó lentamente. Fue algo breve, porque en cuanto yo sentí el impulso de lamerle las tetas, ella me pidió que me tumbara en la cama y colocó su cabeza entre mis piernas, dispuesta a comérmela. No hizo falta que se sintiera en deuda conmigo o que le tuviera que insistir, los motivos por los que Jess me hacía mamadas, ella lo hacía por darme gusto.

Me olvidé de todas mis penas, de todo lo que me atormentaba, mientras mi madre me la chupaba. Su forma de hacerlo tampoco encajaba con la imagen que tenía de ella tan solo unas pocas semanas atrás, pero ya me había quedado claro que apenas la conocía, que, en lo referente al sexo, era una persona totalmente distinta.

Su lengua recorría mi tronco entero cubriéndolo de saliva mientras yo intentaba imaginar que no era mi madre la que me lo hacía, pero porque había empezado a darme cuenta de que era justo eso lo que más cachondo me ponía. Cuando se la tragó entera, hasta el fondo, no pude evitar mirar y casi me corro al ver los ojos de viciosa con los que me miraba.

Pensé que esa noche mi madre probaría mi leche, pero ella me conocía tanto que sabía que necesitaba desahogarme, demostrar que no era un inútil en la cama como Jess había dado a entender. Sin necesidad de que me dijera nada, paró de mamar y se tumbó boca arriba, con las piernas bien abiertas, pidiéndome que entrara.

En ese momento ya no había nada que plantearse, ni siquiera futuros remordimientos. Caliente como pocas veces había estado, me incorporé, verga en mano, dispuesto a penetrar a mi madre. En cuanto acerqué la punta a su coño, ella me atrajo con los brazos hacia su cálido cuerpo, sintiendo cada centímetro que se introducía en el interior de su húmeda vagina.

Empecé despacio, tanteando el terreno. Casi desde el primer instante mi madre comenzó a gemir. Sabía que lo hacía para motivarme, para que creyera que la estaba complaciendo, pero a mí me bastaba con eso. Empujado por sus ahogados gritos de placer, comencé a bombear con más fuerza, a entrar y salir más rápido de su raja.

No me apartó la mirada en ningún momento, es más, me sujetó la cara para que mantuviera la vista fija en sus ojos, para que no perdiera detalle de cómo se mordía el labio inferior y se iba poniendo cada vez más colorada. Sin darme cuenta, yo cada vez empujaba con más fuerza, haciendo que sus tetas rebotaran descontrolas.

Cuanto menos quedaba para mi orgasmo, más cerca parecía también el suyo. Fingiera o no, el cuerpo entero de mi madre cada vez temblaba con más violencia. Solo dejó de agarrarme la cara para sujetarse a mis nalgas y empujar, como si quisiese impedir que se la sacara en algún momento, cosa que comenzaba a plantearme.

Desconocía si a su edad aún podía quedarse embarazada, algo que sí que hubiese sido verdaderamente serio, si es que follármela no lo era ya suficiente. En cualquier caso, cuando me rodeó la cintura con sus piernas me dejó del todo claro que quería que me corriera dentro. Tenía que confiar en que ella sabía lo que estaba haciendo.

Cada gemido o jadeo mío iba acompañado por uno de ella aún más fuerte. Cuando mis últimos golpes de cadera me hicieron derramar hasta la última gota de semen dentro del coño de mi madre, ella comenzó a convulsionar como si un placer inmenso estuviera recorriendo su cuerpo entero. Seguía sin saber si fingía, pero me vino fenomenal para la autoestima.

- No eres un flojo, hijo mío, eres todo un semental.

- ¿Me lo estás diciendo en serio?

- ¿Es que no has cómo me temblaba el cuerpo entero?

- Pensé que quizás fingías.

- Para nada, cielo, todo lo provocabas tú.

- ¿Lo he hecho mejor que Pablo?

- Ni punto de comparación, él solo intentaba hacerme las cosas que le contabas.

- ¿Y ahora qué va a pasar?

- Nada... y todo lo que tú quieras que pase.

Justo eso fue lo que sucedió. Su actitud siguió siendo la misma de siempre, la de una madre que se encarga de todas las labores del hogar, que le prepara a su hijo todos los días sus platos preferidos. Pero cuando llegaba la noche, sin necesidad de que le dijera nada, ella sabía si la necesitaba y se colaba en mi habitación para complacerme de un modo bien distinto.


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