Pinta muy bien estare atento al siguiente capituloRobert se ajustó la corbata nerviosamente mientras observaba a Vanessa en el espejo del armario. Llevaban quince años de matrimonio, dos hijos, y una rutina sexual que se había desvanecido como el humo. A sus 47 años, con sus 180 centímetros de altura y sus 80 kilos, Robert sentía que algo faltaba. Algo fundamental.
—Vanessa, cariño... ¿Has pensado en lo que hablamos la otra noche? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Vanessa, con sus 100 kilos distribuidos en un cuerpo que Robert encontraba exquisitamente femenino, se volvió lentamente. Sus tetas medianas, algo caídas, se movían bajo la camiseta de algodón. Su piel blanca contrastaba con la morena de su esposo.
—Rob, no sé si puedo —respondió, jugando con un mechón de su largo cabello—. Me da vergüenza. Soy tímida, tú lo sabes.
Robert se acercó y la rodeó por la espalda, notando el calor de su cuerpo a través de la fina tela. Su polla, de apenas 11 centímetros, comenzó a despertarse contra el pantalón. Ambos la tenían depilada, al igual que sus huevos, un pequeño ritual que compartían en la intimidad.
—Pero te excita la idea, ¿verdad? Te he visto cómo te ruborizas cuando lo mencionamos. Dante dice que...
—¡Dante! —exclamó Vanessa, girándose de repente—. ¿Por qué tiene que meterse él en todo? Tiene 64 años, Rob. ¿Qué sabrá él de nuestro matrimonio?
—Sabe más de lo que crees —murmuró Robert en su oído, su mano descendiendo por la espalda de su esposa hasta la curva de sus nalgas—. Ha visto nuestras fotos. Sabe lo que nos gusta.
Vanessa tembló ligeramente. Era cierto. Habían enviado a Dante, su amigo de toda la vida, algunas fotos íntimas. Robert, con su cuerpo moreno y su pequeña polla erecta. Vanessa, completamente depilada, con su piel blanca resplandeciendo bajo la luz del cuarto. Las fotos que Dante había respondido con comentarios que hicieron a Robert ponerse duro como una roca.
—¿Y si organizamos algo? —sugirió Robert, sus dedos trazando círculos en la cintura de su esposa—. Algo discreto. Algo donde tú tengas el control total.
Vanessa se quedó en silencio, sus ojos fijos en el reflejo de ambos en el espejo. Robert podía leer el conflicto en su rostro. El deseo mezclado con el miedo. La curiosidad luchando contra la timidez.
—¿Qué... qué tipo de algo? —preguntó finalmente, su voz temblorosa.
Robert sonrió, sabiendo que había ganado un pequeño terreno.
CONTINUARA.....
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Gracias amigoLo pondré cuando vea que estas conectado jejejejeje
Robert se ajustó la corbata nerviosamente mientras observaba a Vanessa en el espejo del armario. Llevaban quince años de matrimonio, dos hijos, y una rutina sexual que se había desvanecido como el humo. A sus 47 años, con sus 180 centímetros de altura y sus 80 kilos, Robert sentía que algo faltaba. Algo fundamental.
—Vanessa, cariño... ¿Has pensado en lo que hablamos la otra noche? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Vanessa, con sus 100 kilos distribuidos en un cuerpo que Robert encontraba exquisitamente femenino, se volvió lentamente. Sus tetas medianas, algo caídas, se movían bajo la camiseta de algodón. Su piel blanca contrastaba con la morena de su esposo.
—Rob, no sé si puedo —respondió, jugando con un mechón de su largo cabello—. Me da vergüenza. Soy tímida, tú lo sabes.
Robert se acercó y la rodeó por la espalda, notando el calor de su cuerpo a través de la fina tela. Su polla, de apenas 11 centímetros, comenzó a despertarse contra el pantalón. Ambos la tenían depilada, al igual que sus huevos, un pequeño ritual que compartían en la intimidad.
—Pero te excita la idea, ¿verdad? Te he visto cómo te ruborizas cuando lo mencionamos. Dante dice que...
—¡Dante! —exclamó Vanessa, girándose de repente—. ¿Por qué tiene que meterse él en todo? Tiene 64 años, Rob. ¿Qué sabrá él de nuestro matrimonio?
—Sabe más de lo que crees —murmuró Robert en su oído, su mano descendiendo por la espalda de su esposa hasta la curva de sus nalgas—. Ha visto nuestras fotos. Sabe lo que nos gusta.
Vanessa tembló ligeramente. Era cierto. Habían enviado a Dante, su amigo de toda la vida, algunas fotos íntimas. Robert, con su cuerpo moreno y su pequeña polla erecta. Vanessa, completamente depilada, con su piel blanca resplandeciendo bajo la luz del cuarto. Las fotos que Dante había respondido con comentarios que hicieron a Robert ponerse duro como una roca.
—¿Y si organizamos algo? —sugirió Robert, sus dedos trazando círculos en la cintura de su esposa—. Algo discreto. Algo donde tú tengas el control total.
Vanessa se quedó en silencio, sus ojos fijos en el reflejo de ambos en el espejo. Robert podía leer el conflicto en su rostro. El deseo mezclado con el miedo. La curiosidad luchando contra la timidez.
—¿Qué... qué tipo de algo? —preguntó finalmente, su voz temblorosa.
Robert sonrió, sabiendo que había ganado un pequeño terreno.
CONTINUARA.....
—Quizás Dante podría invitarnos a su casa. Tiene esa habitación en el sótano... aislada. Podríamos beber un poco, relajarnos. Y si no te gusta, nos vamos. Simple así.
Vanessa negó con la cabeza, pero menos firmemente que antes.
—No sé si podría hacerlo con otra persona, Rob. Y menos con Dante mirando. Es tan... intenso.
—Yo estaré contigo —prometió Robert, su mano deslizándose bajo la cintura de su esposa—. Y si no quieres hacerlo con él, quizás... quizás con otra chica. He pensado en eso, cariño. En verte con otra mujer.
Los ojos de Vanessa se abrieron de par en par.
—¿Con otra chica? ¡Rob, soy heterosexual! ¿Cómo se te ocurre siquiera...?
—Pero te excita, ¿verdad? —insistió Robert, su voz baja y persuasiva—. Imagínalo. Tú y otra mujer, mientras yo miro. Luego me uno. Los tres. Podríamos experimentar. Podríamos descubrir cosas nuevas de nosotros mismos.
Vanessa se apartó bruscamente, su respiración agitada.
—Necesito pensar, Rob. Esto es demasiado... demasiado.
Robert la observó retirarse al baño, cerrando la puerta tras de sí. Se quedó de pie en medio del dormitorio, su erección insistente bajo el pantalón. Sacó su móvil y abrió el chat con Dante.
"Creo que está considerándolo", escribió. "Necesito tu ayuda para convencerla".
La respuesta llegó casi instantáneamente. "Dime cuándo y dónde. Tengo exactamente lo que necesitan para perderse en la experiencia".
Robert sonrió, guardando el móvil. Sabía que Vanessa era tímida, indecisa. Pero también sabía que debajo de esa coraza de inseguridad había una mujer con deseos profundos, anhelos que apenas comenzaban a asomar. Y él, con su bisexualidad curiosa y su fantasía de verla disfrutar con otros, estaba decidido a ayudarla a descubrirlos.
Esa noche, cuando Vanessa finalmente se acostó a su lado, Robert se acercó sigilosamente.
—¿Qué tal si empezamos con algo pequeño? —susurró en la oscuridad—. Mañana. Sin presión. Solo Dante, nosotros, y unas copas de vino. Si no te gusta, nos vamos. Simple así.
Vanessa no respondió, pero Robert sintió cómo su cuerpo se relajaba ligeramente. Sabía que no sería fácil, pero estaba dispuesto a ser paciente. Después de todo, lo mejor de la vida a menudo requiere un pequeño salto de fe hacia lo desconocido.
La tarde siguiente, Robert se sentía como un adolescente antes de su primera cita. Mientras se afeitaba, se miró en el espejo, su torso moreno y delgado, su polla y huevos completamente depilados, un contraste con su pelo corto y canoso. ¿Estaba haciendo lo correcto? El pulso de excitación en su entrepierna le decía que sí.
CONTINUARA.......
Vanessa tardó casi una hora en prepararse. Cuando finalmente salió del baño, Robert se quedó sin aliento. Llevaba un vestido negro ceñido que resaltaba sus curvas generosas, sus tetas medianas se notaban claramente bajo la tela. Su largo cabello oscuro caía en ondas sobre sus hombros pálidos. Se había depilado por completo, como siempre, pero esta vez parecía diferente, más... intencionada.
—¿Estás segura? —preguntó Robert, aunque no quería que cambiara de opinión.
Vanessa negó con la cabeza, pero no con convicción.
—No. Pero voy a intentarlo. Por ti. Por nosotros.
El viaje en coche hasta la casa de Dante transcurrió en un silencio denso, cargado de expectación. Robert mantenía una mano sobre el muslo de Vanessa, sintiendo el calor de su piel a través del tejido del vestido. Cada vez que se acercaban a su destino, sentía cómo su polla se endurecía un poco más, hasta que el roce de la tela se volvía casi doloroso.
La casa de Dante era una villa espaciosa en las afueras, con un jardín perfectamente cuidado. El propio Dante abrió la puerta, con su sonrisa cómplice y sus 64 años bien portados. Vestía una camisa de lino abierta hasta el pecho, revelando un vello canoso que contrastaba con su piel bronceada.
—Entra, entra —dijo, apartándose para dejarles pasar—. He abierto una botella de algo especial.
El salón era elegante pero acogedor, con sofás de cuero oscuro y una chimenea que no estaba encendida. Dante les sirvió vino en copas de cristal finas, sus ojos deslizándose sobre el cuerpo de Vanessa con una apreciación que Robert encontró increíblemente excitante.
—Me alegra que hayáis venido —dijo Dante, sentándose frente a ellos—. He estado pensando mucho en nuestras conversaciones. Y en vuestras fotos.
Vanessa se ruborizó intensamente, apurando su vino en un solo trago. Robert le reflejó una sonrisa tranquilizadora.
—Solo vamos a hablar —dijo Robert, aunque sabía que era una mentira—. A relajarnos un poco.
—Por supuesto —asintió Dante—. Aunque, si me permitís decirlo, Vanessa, eres aún más espectacular en persona. Tu piel... es como la porcelana.
Vanessa bajó la vista, jugando con el tallo de su copa. Robert notó cómo sus pezones se endurecían bajo el vestido, marcando dos pequeños puntos en la tela negra.
—¿Por qué no nos mostramos lo que vimos en las fotos? —sugirió Dante suavemente—. Sin presión. Solo para... romper el hielo.
Robert miró a Vanessa, buscando su consentimiento. Después de un momento, ella asintió casi imperceptiblemente.
CONTINUARA.......
Se levantaron, el corazón de Robert martilleando en su pecho. Se desvistieron lentamente, casi ceremonialmente. Primero Robert, quitándose su camisa y luego sus pantalones, dejando al descubierto su cuerpo moreno y delgado, su polla de 11 centímetros ya semi erecta. Luego Vanessa, con manos temblorosas que bajaron la cremallera de su vestido y lo dejaron caer al suelo.
Dante siseó suavemente cuando vio el cuerpo de Vanessa. Sus tetas medianas, algo caídas, con sus pezones rosados y erectos. Su vientre suave y sus caderas amplias. Y entre sus piernas, su coño completamente depilado, ya visiblemente húmedo.
—Eres perfecta —murmuró Dante—. Absolutamente perfecta.
Vanessa cubrió su rostro con las manos, avergonzada pero claramente excitada. Robert se acercó y la rodeó con sus brazos, sintiendo el calor de su piel contra la suya.
—Está bien, cariño —susurró—. Estoy aquí.
—¿Y si...? —comenzó a decir Vanessa, pero se interrumpió.
—¿Y si empezamos con algo simple? —sugirió Dante, levantándose y acercándose a ellos—. Robert, ¿por qué no te sientas allí y observas? Y Vanessa, ven aquí conmigo.
Robert sintió una descarga de adrenalina pura. Se sentó en uno de los sofás de cuero, su polla ahora completamente erecta y palpitante. Observó cómo Dante tomaba suavemente la mano de Vanessa y la conducía hacia el centro de la habitación.
—Voy a tocarte, ¿vale? —dijo Dante suavemente—. Solo con las manos. Nada más. Y si en algún momento quieres parar, dilo y pararemos.
Vanessa asintió, su cuerpo temblando ligeramente. Robert observó, hipnotizado, mientras las manos de Dante comenzaban a explorar el cuerpo de su esposa. Primero sus hombros, luego descendiendo por su espalda, hasta las curvas de sus nalgas. Vanessa emitió un pequeño gemido cuando los dedos de Dante se deslizaron entre sus mejillas, encontrando la humedad que ya se acumulaba allí.
—Estás excitada, ¿verdad? —murmuró Dante, su voz baja y ronca—. ¿Te gusta que Robert te mire mientras te toco?
Vanessa solo pudo asentir, su cabeza echada hacia atrás mientras las manos de Dante encontraban sus tetas, acariciando suavemente sus pezones ya duros.
Robert se frotó la polla a través del aire, incapaz de resistirse. La escena era aún más excitante de lo que había imaginado. Su esposa, tímida y recatada, entregándose a las caricias de otro hombre mientras él observaba.
—¿Y si probamos algo más? —sugirió Dante, sus dedos deslizándose hacia el coño de Vanessa—. ¿Te gustaría sentir mi lengua allí? ¿Mientras Robert nos mira?
Vanessa abrió los ojos, mirando directamente a su esposo. En su mirada, Robert vio una mezcla de miedo y deseo intenso. Asintió lentamente, casi imperceptiblemente.
Dante se arrodilló frente a ella, separando suavemente sus piernas. Robert observó, con la respiración contenida, mientras la cabeza canosa de su amigo se acercaba al coño depilado de su esposa. El primer contacto de la lengua de Dante con el clítoris de Vanessa provocó un gemido que resonó en toda la habitación.
CONTINUARÁ.....