Eran las tantas de la madrugada, había dormido solo cuatro horas y, de haber estado envuelto en lágrimas, pasó a sentir un horrible resentimiento sumamente intenso.
Sus pensamientos se llenaron del odio que antes jamás conoció, ni tan siquiera por sus padres, sumisos a ese cruel dios al que todos adoraban en ese mundo.
Pero, ella, sanó su alma, la única persona que no había caído bajo su yugo, el yugo de ese despiadado dios que, no movió ni un maldito dedo por la única mujer que amó.
Zandro, fue un joven que desde bien pequeño, no dejaba de cuestionarse el porqué todos vivían para adorar a una divinidad que jamás daba nada por ellos.
Las famosas escrituras en las que alababan su poder, nada más que hacían alarde de su ira si no era respetado.
Sus padres, al igual que la gran mayoría de personas, no veían lo negativo en ello y, cada domingo, iban a su gran templo para venerarlo, adorarlo, lamerle las pelotas, como, ella, siempre decía.
Como zombis sin libre albedrío, ni capacidad para usar su cerebro.
Pero, Zandro, no solo la amó por ser un alma libre, un alma difícilmente manipulable.
También, por lo bello de su corazón, su gran empatía y, la dulzura con la cual siempre le trató.
La belleza de su Victoria, tanto por dentro, como por fuera.
Una joven de dieciséis años que, escapó de su hogar, porque no soportaba las normas absurdas de las familias adineradas.
Ella, no necesitaba dinero, ni una gran mansión, solo deseaba estar entre los brazos de ese hombre, el cual, tenía diecinueve años en aquel entonces.
Y, ahora, que ella era mayor de edad, y que por fin cumplieron su sueño de casarse, ese cruel dios, les castigó para que jamás fueran felices y, tan solo, por no obedecerlo, por no servirlo ni adorarlo.
Esa enfermedad que se la arrebató de su vida.
Zandro, estaba seguro que ese dios la provocó por su rebeldía, por no ser sus esclavos, ella fue la más rebelde de los dos y, a escondidas de su Victoria, se rindió.
Dirigiéndose al templo de la ciudad, suplicándole que salvara su vida, aunque Victoria le odiara después al sucumbir y adorarlo, solo, por verla con vida.
Incluso, prometiendo servirlo lejos, muy lejos de su amada para siempre.
Pero, ese dios, se rio en su cara, se rio de sus súplicas, halagos.
Quizás, bien sabía, que en su mente, le odiaba profundamente y, Victoria, no pudo soportar la enfermedad falleciendo ese verano.
El templo quedó completamente destrozado, y, aún habiendo descargado tanto resentimiento esa madrugada, quedándose sumamente exhausto por ello, el odio y el dolor no se pudieron marchar.
Y, los años pasaron.
Su adorable hija Anyelik, le tomaba de la mano con cariño, por más que trataba de comportarse como un padre frío lleno de seriedad, su lado protector, y, lo que guardaba en su corazón, a veces le dominaban.
Ella, tan preciosa, a pesar de su piel morena, Anyelik, era tan pálida como su madre, su cabello, de un tono castaño, algo rojizo y ondulado pues, él, tenía una larga melena pelirroja ahora cubierta por algunas canas.
Y, su pequeña niña, tenía su mismo color verde de ojos, pero, la mirada, era... de su Victoria, sus rasgos, su figura, su forma de ser.
Sentía que se estaba volviendo loco.
Hacía tan solo seis meses que al fin se había separado de su esposa.
Una muy hermosa dama que le atrapó, tan fácilmente inocente, engañándole con esa apariencia tan similar a la de la mujer que amó, embarazándola a los días, pero, dándose cuenta al poco tiempo, que, todo fue un gran error.
Sonia, solo tenía su aspecto físico, casi un calco, pero, su alma, era completamente diferente.
Era una mujer con un corazón superficial y materialista.
Uniéndose a Zandro, por ser un hombre de buena apariencia, y con un buen trabajo de profesor de literatura.
Quizás, ese dios, plantó a Sonia tan cerca de él, para, jugar más con su destrozado corazón, haciéndole creer que era su Victoria en otro cuerpo, una completa locura.
Que quizás, tantas súplicas y halagos, ablandaron tan solo un poco su despiadada alma divina.
Pero, solo era el comienzo de su cruel castigo por destrozar uno de sus tantos templos.
«¡¿Por qué?!»
«¡¿Por qué tuviste que devolvérmela reencarnada en mi propia hija?!»
Pensaba de nuevo.
—Papi Papi, ¿me lees de nuevo ese cuento del ángel?
«Por qué»
«¡Soy un maldito enfermo enamorado de su hija!»
Su Victoria, también le llamó Papi en un pasado cariñosamente.
Su pequeña boca jugosa de labios rojos y algo carnosos, fue hasta su mejilla.
Ahora, que estaba sentado comiendo, ella podía llegar a su rostro, pues, Zandro, era un hombre de un metro noventa y uno y, ella, no llegaba al metro cincuenta y cinco teniendo ya diecisiete años.
—Papi ¿Sabías que te adoro?
Hoy he vuelto a soñar que nos amamos mucho más juju.
Pero, Papi, ¿por qué en esos sueños tengo los ojos del color de las amatistas?
Le preguntaba su pequeña, haciendo que perdiera la cordura más y más.
¿Cómo no iba a ser su niña?
Tenían el mismo alma, los mismos valores, esa calidez llena de colores.
Habiendo nacido de una mujer tan superficial y creyente, ella, seguía odiando a dios.
«¿Por qué lo odias mi Anyelik?»
Se preguntaba.
Desde que Sonia comenzó a hablarle de lo importante que era venerarlo, ella, se había negado rotundamente a hacerlo.
Eso y mucho más, hizo que fuera repudiada por su madre, la cual, se acabó marchando con otro hombre.
—Papi ¿Sabías algo?
Yo, odio a dios, odio a dios porque... hizo que un hombre tan tierno y bello estuviera siempre triste.
Le decía con una tierna expresión, mientras que, Zandro, trataba con toda su alma de no caer.
—Si, algún día nos separa, mi alma haría lo posible por volver a tu lado de cualquier forma posible.
Aunque, dios dijera que volvería de una horrible manera, nunca comprenderá que, con el simple hecho de tocar tu piel con mis manitas y, ver tus ojos de nuevo, nos bastaría para ser los más felices del mundo entero.
—Anyelik ¡Basta ya!
Exclamó Zandro, con una brusquedad, que jamás pensó que pudiera sacar.
Su pequeña, tuvo que soltar sus manos un tanto atemorizada.
—Papi...
—Anyelik... Deja de actuar así conmigo, soy tu padre ¡¿Ves normal tu comportamiento?!
—Papi, yo, te amo.
La bofetada que le propinó, destrozó su alma en pedazos, más, viendo sus grandes ojos cubiertos de lágrimas.
Con su pequeña manita, sosteniendo su mejilla dolorida.
¿Cómo pudo golpearla con tanta fuerza?
Jamás había sido duro con ella, ni cuando era más niña y hacía de sus travesuras, o cuando sacaba malas notas.
Nunca, jamás, le puso ni un solo dedo encima.
Tuvo que ponerse en pie para marcharse de la cocina y encerrarse en su habitación para leer y más leer, tratando de no pensar, pero, era imposible ignorar el dolor que sentía por haberle dado esa bofetada a su hija.
Terminó tirando ese libro sin miramiento y, frustrado, contra una de las estanterías, rompiendo en llanto después.
Recordar la carita de su Anyelik, sus tiernos ojos llorosos, le había fallado, no solo como padre, también como hombre.
Fueron dos largas horas las que pasó llorando.
Cuando comenzó a calmarse, sollozando más tranquilo, la puerta sonó, no pudo responder, aunque, sabía que ella entraría allí.
Su pequeña dama, se agachó un poco, tras soltar la taza de café en el escritorio, rodeando con sus delgados brazos a su padre.
—Papi, por favor, no llores más.
Yo, estoy bien, es solo que, no quiero que mi Papi se sienta mal y dolido.
Zandro, deseaba tanto corresponder ese abrazo, solo quería retener a su niña entre sus brazos y es que, ya no pudo más, tomándola sin esfuerzo, tumbándola en su cama, la cual, se encontraba pegada a una gran ventana con cortinas blancas.
Su cabeza se quedó en su pequeño pecho, escuchando el latido de su corazón.
—Mi niña, soy un mal padre, perdóname, no soporto este dolor.
—No mi Papi, no pasa nada.
Trataba de calmarle, acariciando su cabello que ahora estaba suelto.
—Anyelik...
Ahora, él, se sentía tan vulnerable, fue al ratito, que pudo dejar de llorar, incorporándose para apoyarse en la pared.
Sus pequeñas manitas, fueron a sus mejillas que, seguían húmedas y las secó con cariño.
—Papi, mi lindo Papi, ya no llores más.
—Mi Anyelik.
Entonces, ella, con una de las sonrisas más cálidas del mundo, se quedó en sus ojos, por unos pequeños momentos.
—Mi Papi, en esos sueños, es muy joven.
Y sus delicados dedos, se dirigieron a esas marquitas de su frente, después, a sus labios.
—Pero Papi, con treinta y nueve años, es muy atractivo también.
Me gustaría que sonrieras más, Papi nunca sonríe lo suficiente.
Tú, eres el hombre más cálido del mundo, tu alma, produce tal calor, que siento que en las frías noches, calientas tu cuerpo junto al mío.
Zandro, recordó las noches en las que había dormido junto a ella, pues, a causa de las pesadillas que tuvo de más pequeña, le daba miedo dormir sola y su madre pasaba siempre.
Pesadillas, donde ella estaba enferma y acababa muriendo.
Zandro, esas noches, al estar rodeándola con sus brazos, lograba que pudiera dormir sin problemas.
Además que, desde que Sonia tuvo a su pequeña, Zandro, no era capaz de dormir con ella, siempre, lo hacía junto a la cunita, cuidando que nada le pasara a Anyelik siendo una bebé.
—Papi, por qué, simplemente, ¿no te das la libertad de amarme de una vez?
Zandro, tomó esa manita que ahora estaba en su mejilla, tan serio, cerrando sus rasgados ojos por unos momentos.
—Anyelik, no está bien esto y lo sabes.
Y la apartó un poco.
—Soy tu padre, y, también, soy bastantes años mayor que tú
Anyelik tuvo que volver a sonreírle, de esa manera, que tanto le trastornaba.
—Si nadie se entera, qué más da.
Tú y yo, somos almas que nacieron para ser libres y para amar.
Papi, ¿no has sufrido ya demasiado?
Ámame de una vez y libera esa presión de tu corazón.
He nacido para hacerte feliz, ese es mi propósito.
Aquel hombre se rindió por completo, tumbando de nuevo a su amada sobre esa solitaria cama, olisqueando un poco su cuello como un zorro hambriento, con tantos deseos de morderlo un poco.
—Mi Anyelik... ¿No crees que soy un monstruo por estar enamorado tan profundamente de ti?
Somos de la misma sangre.
Y su niña, tomó su fino rostro que ahora estaba frente al suyo.
—Solo es la carne que recubre nuestra alma, almas tan diferentes que se aman tanto.
De nuevo, su sonrisa.
—En mi alma, me siento como una madre que quiere proteger a su pequeño, una madre que te ama tanto, que daría su vida por verte sonreír, y, que desearía hasta ofrecerte mi cuerpo para que pudieras disfrutar.
Y ese bonito beso que le regaló en sus labios, fue algo tan inesperado, creyendo que lo rechazaría, pero, pudo quedarse a disfrutarlo, esta vez, no se alejó de ella.
—Papi, es el alma la que ama, esto es solo un cascarón que la recubre para poder caminar en este mundo terrenal, tan frío.
Tú y yo, no pertenecemos a este lugar donde su dios nos odia.
Seamos fuertes, no sucumbamos ante su horrible poder
Por favor, ámame ahora.
Le suplicaba deslizando su dedito por su rostro, como si lo apreciara tan desmesuradamente con tan solo un tacto.
—Papi, te amo, te amo.
Zandro admiraba a su pequeña diosa, con deseos descontrolados, queriendo protegerla por encima de todas las cosas.
Ahora, que la tenía de nuevo entre sus brazos, no permitiría que él se la llevara como aquella vez. Ya no podría alejarla nunca jamás, ahora era su presa de amor.
Con sus besos entrecortados, la ropa caía poco a poco.
Esa tarde de otoño en donde el frío los rodeaba, no quería que su amada sintiera ni una sola vez las caricias heladas que inundaban la habitación, esta vez, ni siquiera había encendido la calefacción, por eso, debía hacerle entrar en calor lo antes posible, llevando su mano entre sus muslos, introduciéndola en ese lugar para acariciarla, descubriendo de nuevo el tacto de su piel.
—Mi niña, te haré entrar en calor, ya lo verás...
—Aaah, mi Papi, me gusta mucho.
Con sus dedos, complaciendo su anhelo por ella, como un horrible pecador mientras que, sus ojos, admiraban esa expresión de su niña muriéndose por él.
La obsesión por recorrer su delicado cuerpo con sus manos de hombre, volver a amarla como una vez la amó, siendo ahora, un maldito culpable que jamás caería en penitencia.
Y, ya, cuerpos casi desnudos, el uno frente al otro, sus bellos pechos ahora estaban libres y ella, algo avergonzada, los juntaba entre sus brazos aumentando su volumen así y tapándolos un poco.
—Papi, ¿te gustan los pechos de tu Anyelik?
Ya no son como en un pasado.
—Me gustan, me gustan demasiado.
Respondió dándole la confianza necesaria para que los viera, aún, siento un poco más pequeños que como Victoria, eso ya le daba igual, era ella, el alma que le condenó al amor.
La mujer que ansiaba acariciar, morder y devorar, la mujer que le provocaba esa lujuria tan desesperante, tan solo por fundirse en ella de una maldita vez.
Acariciando al fin uno de sus pechos, no quería tratarlo vulgarmente, lo sostenía con una ligera presión para después, manosearlo un poco, sintiéndose un hombre indecente pero, que a su pequeña diosa, le provocaba delicados gemiditos.
—Papi, Paaapi, aaah, me encanta sentir tu deseo por mí.
Y más delirante fue todo al descubrir lo que su hombre contenía en sus calzoncillos.
—Papi, quiero ver más, por favor.
Quiero ver lo que mi Papi guarda para mí.
Le decía tomando su ropa interior ansiosa, dejando ver su hermoso miembro de un buen tamaño.
—Papi, es, tan grande.
Dijo sin reparo y, mostrando una pequeña carita de sorpresa.
—Mi niña, no quiero ser un papi malo en estos momentos.
Jadeaba tomando esa parte de él en su mano.
Y su amada, en vez de temerlo, abrió sus delgadas piernas para mostrarle aquello a su padre.
—¿Te gusta Papi? ¿Te gusta lo que tu niña tiene para ti?
Zandro, acercó su rostro para besarlo, aunque, aquellos labios, eran algo más gruesos que como los recordaba en aquel pasado, le producían la misma gula.
—Bebé, quiero comértelo todo.
Y regresó a besarlo, para después probarlo un poco más, degustando ese sabor especial, con un aroma muy ligero y suave que, al poco, siguió con otro tipo de juegos.
Debía verlo con sus ojos una, y otra vez, aunque se sintiera un simple y vulgar hombre por admirar la belleza que tenía entre sus piernas, con su dedo jugó y más jugo, quería que su diosa se humedeciera tanto, tanto, que el hacerle el amor no fuera algo demasiado doloroso al ser su primera vez.
Se sentía orgulloso del tamaño de su miembro, por eso, lastimarla era lo último que quería.
—Mi niña, tu papi está muy cachondo por el amor que siente, necesito entrar dentro de ti, pero, no quiero causarte dolor, ya ves, que tu papi la tiene grande y mi niña, aún es virgen.
Le dijo muy cerca de su bonito rostro, casi jadeando en su oído.
—Papi, no importa, tarde o temprano, esto tendría que pasar.
Entra dentro de mí, te lo pido mi amor, quiero hacerme a ti de una vez.
—Mi niña, lo voy a hacer, te voy a hacer el amor ahora, te lo voy a hacer muy lento, solo, tómame con fuerza, amárrate fuerte a mí mientras para que te sientas protegida.
—Entendido mi Papi.
Y aquel hombre, casi fundido al cuerpo de su amada, la tomaba haciendo que se sintiera en los brazos de un ser hecho para que sintiera protección, como su fiel caballero, y ella, su princesa enjaulada, en la soledad de la tarde, cuando nadie los ve, ese fiel amante apacigua su alma y la llena del amor que nadie más le daría.
Poco a poco, su primera vez, de nuevo.
Con sus tiernos gemidos, como en los días del ayer, los recordaba, iban y venían, una voz diferente, la misma esencia, la misma adicción, jadea en mi oído, pídeme que no pare, puedes gritarme de las maneras más vulgares, ahora soy tu padre y podría ponerme más serio que nunca, de esa manera, que sí te gusta, de la manera, en la que nos volvemos locos.
—¿Te duele mucho?
—No Papi, sólo fue un poquito al principio, pero, si Papi, le hace el amor a su Anyelik muchas más veces, al final, me haré completamente a ti.
Aquel hombre moría en placer, haciendo el amor, de esa manera tan prohibida.
Su pequeña, estaba tan mojada y, aun así, aún sentía esa mágica presión, como si lo atrapara, es la primera vez que vienes a mí después de una eternidad de años, me adueñé de ti entre mis pequeños brazos, conviértete en un alma lujuriosa, te he atesorado en mi mente por tanto tiempo, y ahora, tengo la suficiente madurez como para entender lo que se repetía en los sueños de esos ayeres.
Tan cálido, como algo nuevo para ambos, como si hubieran esperado por ese misterioso placer toda una vida.
—Papi, unmm, se siente tan rica tu manera lenta de darme ¿Aún tratas de protegerme?
—Mi niña, eso siempre.
Le respondió viendo sus ojos muertos y vivos al mismo tiempo.
Besando su boca de una maldita vez.
Estaba seguro, eran los labios de la mujer que más amaba en el mundo y la única para él, los mismos besos que una vez dio, se sentían como un deja vu, un deja vu que podía predecir.
Ella, era el motivo por el que seguía vivo, la única en su alejado mundo, aún con esa locura, sólo su diosa podía controlarle.
—¡Paaaapi! ¡¿Qué me estás haciendo?!
¡Me muero Papi! ¡Fóllame con todas tus ganas!
Zandro, tuvo que darle un suave azote en uno de sus muslos tras escuchar sus palabras lujuriosas.
—Niña traviesa, eh, tu Papi no te enseñó a hablar así, voy a tener que darte un dulce castigo.
—¡Aaaah Papi! ¡Me encanta provocarte!
¡Quiero que seas un poquito más malo con Anyelik!
Aquel hombre, no podía convertirse en esa fiera que su amada le imploraba que fuera, pero, dejó ver que se estaba volviendo algo severo, un amante que mantiene el control con su delicada presa, un zorro oscuro que guarda sus garras y al mismo tiempo, deja temblando tan apasionadamente a su niña, con su cuerpo ardiente, con un alma tan candente, las almas que aman de verdad pueden llegar a quemar, dejando una quemadura que, en vez de lastimar, te desgarra gemidos entre sudores, te implora que te fundas por completo, con sus delgados dedos temiendo por rasgar su piel.
Acabó echándose hacia atrás, tomando las caderas de su niña, admirando la belleza de su figura, sintiéndose tan indecente y tan feliz, escuchando su voz celestial «¡Papi! ¡Papi!» Una vez tras otra.
En verdad, no había nada malo en él, nada estaba mal, nada debía de ser prohibido, castigado, no más pensamientos que lo dejaban torturado.
—Mi niña aaah, aaaah.
Mi niña tiene el chochito más bonito y delicioso, solo quiero quedarme en ti toda la tarde.
Al fin, al fin se estaba comportando como todo un hombre con ella, olvidando a ratos sus maneras, descontrolándose, pero, guardando un mínimo de cordura en el último momento.
Recuerda, protegerla, es tu prioridad.
—Aaaaah, no debo correrme dentro de mi niña, pero, se siente tan rico tu interior.
—¡Aaaaah! ¡Yo quiero Papi! Lléname de tu energía te lo pido.
Pedía casi en desesperación, mientras que, su voz, siempre se alzaba deseando ser escuchada por su hombre, Zandro, jadeaba en un tono más bajo, mostrando su lado caballeroso, mostrando, a ese señor maduro y culto, ella, un alma tan alocada como el verano más caluroso y él, como un otoño, ciertamente cálido, pero conservando la compostura, aunque fuera mínimamente. Quizás, los demás pensaran que era alguien frío, sólo su amada sabía la temperatura de su corazón, tan alta a veces, que calentaba hasta en las noches más frías, rodeados de las manos invisibles que aquel dios congelado.
Zandro, sabía cómo moverse y proporcionarle el mayor de los placeres, su lacio cabello caía por los lados mientras que, esas pequeñas manos se posaban en su pecho ardiente.
Al final no pudo soportarlo más, tomándola con cuidado para ponerla contra la cabecera de la cama, sosteniéndola del trasero sin ningún esfuerzo para hacerle el amor de aquella manera, en la que ella, se sostenía delicadamente a su cuello, sintiéndose tan indefensa bajo las garras del amor, ese hombre hermoso, como un ángel, con su largo cabello cubriendo su espalda, como si ocultara las cicatrices en las que una vez hubieron un par de alas.
El rostro de su amor, con sus ojos que no dejaban de verla, llevar esa manita a su piel fue inevitable y este, regresó a esa boca, besando y más besando sus labios, bajando por su pequeño mentón, proporcionándole una infinidad de más de esos besos en su cuello.
Su niña, su mujer, la mujer que amaba y apresaba hasta que acabara por llegar en sus brazos.
—¡Aaaaaaaah! ¡Mi Papi lindo! ¡Mi Papi, te amo! ¡Te amo!
¡Mi Papi me hará llegar aaaah!
Esa efímera tarde que no querían que acabara, llegando en los brazos de su hombre, y él, un poco después también, quedando agotado sobre su cuerpo encharcado.
—Papi, al final, no pudiste controlar tu deseo.
Dijo al fin, casi sin aliento.
—Ah, mi niña, perdóname, estaba tan ido del placer, que no pude escapar de ti.
Después, besó su frente como hacía siempre y, aún con el agotamiento, fue a por un vaso de agua para su niña.
Esos días, ambos estuvieron preocupados, aunque al poco le bajó su regla, pero con el susto, Zandro decidió hacerse la vasectomía, a pesar de que, tener un hijo con ella era uno de sus sueños, aunque, por ahora, se controlaría, suerte que eso era reversible.
Sus pensamientos se llenaron del odio que antes jamás conoció, ni tan siquiera por sus padres, sumisos a ese cruel dios al que todos adoraban en ese mundo.
Pero, ella, sanó su alma, la única persona que no había caído bajo su yugo, el yugo de ese despiadado dios que, no movió ni un maldito dedo por la única mujer que amó.
Zandro, fue un joven que desde bien pequeño, no dejaba de cuestionarse el porqué todos vivían para adorar a una divinidad que jamás daba nada por ellos.
Las famosas escrituras en las que alababan su poder, nada más que hacían alarde de su ira si no era respetado.
Sus padres, al igual que la gran mayoría de personas, no veían lo negativo en ello y, cada domingo, iban a su gran templo para venerarlo, adorarlo, lamerle las pelotas, como, ella, siempre decía.
Como zombis sin libre albedrío, ni capacidad para usar su cerebro.
Pero, Zandro, no solo la amó por ser un alma libre, un alma difícilmente manipulable.
También, por lo bello de su corazón, su gran empatía y, la dulzura con la cual siempre le trató.
La belleza de su Victoria, tanto por dentro, como por fuera.
Una joven de dieciséis años que, escapó de su hogar, porque no soportaba las normas absurdas de las familias adineradas.
Ella, no necesitaba dinero, ni una gran mansión, solo deseaba estar entre los brazos de ese hombre, el cual, tenía diecinueve años en aquel entonces.
Y, ahora, que ella era mayor de edad, y que por fin cumplieron su sueño de casarse, ese cruel dios, les castigó para que jamás fueran felices y, tan solo, por no obedecerlo, por no servirlo ni adorarlo.
Esa enfermedad que se la arrebató de su vida.
Zandro, estaba seguro que ese dios la provocó por su rebeldía, por no ser sus esclavos, ella fue la más rebelde de los dos y, a escondidas de su Victoria, se rindió.
Dirigiéndose al templo de la ciudad, suplicándole que salvara su vida, aunque Victoria le odiara después al sucumbir y adorarlo, solo, por verla con vida.
Incluso, prometiendo servirlo lejos, muy lejos de su amada para siempre.
Pero, ese dios, se rio en su cara, se rio de sus súplicas, halagos.
Quizás, bien sabía, que en su mente, le odiaba profundamente y, Victoria, no pudo soportar la enfermedad falleciendo ese verano.
El templo quedó completamente destrozado, y, aún habiendo descargado tanto resentimiento esa madrugada, quedándose sumamente exhausto por ello, el odio y el dolor no se pudieron marchar.
Y, los años pasaron.
Su adorable hija Anyelik, le tomaba de la mano con cariño, por más que trataba de comportarse como un padre frío lleno de seriedad, su lado protector, y, lo que guardaba en su corazón, a veces le dominaban.
Ella, tan preciosa, a pesar de su piel morena, Anyelik, era tan pálida como su madre, su cabello, de un tono castaño, algo rojizo y ondulado pues, él, tenía una larga melena pelirroja ahora cubierta por algunas canas.
Y, su pequeña niña, tenía su mismo color verde de ojos, pero, la mirada, era... de su Victoria, sus rasgos, su figura, su forma de ser.
Sentía que se estaba volviendo loco.
Hacía tan solo seis meses que al fin se había separado de su esposa.
Una muy hermosa dama que le atrapó, tan fácilmente inocente, engañándole con esa apariencia tan similar a la de la mujer que amó, embarazándola a los días, pero, dándose cuenta al poco tiempo, que, todo fue un gran error.
Sonia, solo tenía su aspecto físico, casi un calco, pero, su alma, era completamente diferente.
Era una mujer con un corazón superficial y materialista.
Uniéndose a Zandro, por ser un hombre de buena apariencia, y con un buen trabajo de profesor de literatura.
Quizás, ese dios, plantó a Sonia tan cerca de él, para, jugar más con su destrozado corazón, haciéndole creer que era su Victoria en otro cuerpo, una completa locura.
Que quizás, tantas súplicas y halagos, ablandaron tan solo un poco su despiadada alma divina.
Pero, solo era el comienzo de su cruel castigo por destrozar uno de sus tantos templos.
«¡¿Por qué?!»
«¡¿Por qué tuviste que devolvérmela reencarnada en mi propia hija?!»
Pensaba de nuevo.
—Papi Papi, ¿me lees de nuevo ese cuento del ángel?
«Por qué»
«¡Soy un maldito enfermo enamorado de su hija!»
Su Victoria, también le llamó Papi en un pasado cariñosamente.
Su pequeña boca jugosa de labios rojos y algo carnosos, fue hasta su mejilla.
Ahora, que estaba sentado comiendo, ella podía llegar a su rostro, pues, Zandro, era un hombre de un metro noventa y uno y, ella, no llegaba al metro cincuenta y cinco teniendo ya diecisiete años.
—Papi ¿Sabías que te adoro?
Hoy he vuelto a soñar que nos amamos mucho más juju.
Pero, Papi, ¿por qué en esos sueños tengo los ojos del color de las amatistas?
Le preguntaba su pequeña, haciendo que perdiera la cordura más y más.
¿Cómo no iba a ser su niña?
Tenían el mismo alma, los mismos valores, esa calidez llena de colores.
Habiendo nacido de una mujer tan superficial y creyente, ella, seguía odiando a dios.
«¿Por qué lo odias mi Anyelik?»
Se preguntaba.
Desde que Sonia comenzó a hablarle de lo importante que era venerarlo, ella, se había negado rotundamente a hacerlo.
Eso y mucho más, hizo que fuera repudiada por su madre, la cual, se acabó marchando con otro hombre.
—Papi ¿Sabías algo?
Yo, odio a dios, odio a dios porque... hizo que un hombre tan tierno y bello estuviera siempre triste.
Le decía con una tierna expresión, mientras que, Zandro, trataba con toda su alma de no caer.
—Si, algún día nos separa, mi alma haría lo posible por volver a tu lado de cualquier forma posible.
Aunque, dios dijera que volvería de una horrible manera, nunca comprenderá que, con el simple hecho de tocar tu piel con mis manitas y, ver tus ojos de nuevo, nos bastaría para ser los más felices del mundo entero.
—Anyelik ¡Basta ya!
Exclamó Zandro, con una brusquedad, que jamás pensó que pudiera sacar.
Su pequeña, tuvo que soltar sus manos un tanto atemorizada.
—Papi...
—Anyelik... Deja de actuar así conmigo, soy tu padre ¡¿Ves normal tu comportamiento?!
—Papi, yo, te amo.
La bofetada que le propinó, destrozó su alma en pedazos, más, viendo sus grandes ojos cubiertos de lágrimas.
Con su pequeña manita, sosteniendo su mejilla dolorida.
¿Cómo pudo golpearla con tanta fuerza?
Jamás había sido duro con ella, ni cuando era más niña y hacía de sus travesuras, o cuando sacaba malas notas.
Nunca, jamás, le puso ni un solo dedo encima.
Tuvo que ponerse en pie para marcharse de la cocina y encerrarse en su habitación para leer y más leer, tratando de no pensar, pero, era imposible ignorar el dolor que sentía por haberle dado esa bofetada a su hija.
Terminó tirando ese libro sin miramiento y, frustrado, contra una de las estanterías, rompiendo en llanto después.
Recordar la carita de su Anyelik, sus tiernos ojos llorosos, le había fallado, no solo como padre, también como hombre.
Fueron dos largas horas las que pasó llorando.
Cuando comenzó a calmarse, sollozando más tranquilo, la puerta sonó, no pudo responder, aunque, sabía que ella entraría allí.
Su pequeña dama, se agachó un poco, tras soltar la taza de café en el escritorio, rodeando con sus delgados brazos a su padre.
—Papi, por favor, no llores más.
Yo, estoy bien, es solo que, no quiero que mi Papi se sienta mal y dolido.
Zandro, deseaba tanto corresponder ese abrazo, solo quería retener a su niña entre sus brazos y es que, ya no pudo más, tomándola sin esfuerzo, tumbándola en su cama, la cual, se encontraba pegada a una gran ventana con cortinas blancas.
Su cabeza se quedó en su pequeño pecho, escuchando el latido de su corazón.
—Mi niña, soy un mal padre, perdóname, no soporto este dolor.
—No mi Papi, no pasa nada.
Trataba de calmarle, acariciando su cabello que ahora estaba suelto.
—Anyelik...
Ahora, él, se sentía tan vulnerable, fue al ratito, que pudo dejar de llorar, incorporándose para apoyarse en la pared.
Sus pequeñas manitas, fueron a sus mejillas que, seguían húmedas y las secó con cariño.
—Papi, mi lindo Papi, ya no llores más.
—Mi Anyelik.
Entonces, ella, con una de las sonrisas más cálidas del mundo, se quedó en sus ojos, por unos pequeños momentos.
—Mi Papi, en esos sueños, es muy joven.
Y sus delicados dedos, se dirigieron a esas marquitas de su frente, después, a sus labios.
—Pero Papi, con treinta y nueve años, es muy atractivo también.
Me gustaría que sonrieras más, Papi nunca sonríe lo suficiente.
Tú, eres el hombre más cálido del mundo, tu alma, produce tal calor, que siento que en las frías noches, calientas tu cuerpo junto al mío.
Zandro, recordó las noches en las que había dormido junto a ella, pues, a causa de las pesadillas que tuvo de más pequeña, le daba miedo dormir sola y su madre pasaba siempre.
Pesadillas, donde ella estaba enferma y acababa muriendo.
Zandro, esas noches, al estar rodeándola con sus brazos, lograba que pudiera dormir sin problemas.
Además que, desde que Sonia tuvo a su pequeña, Zandro, no era capaz de dormir con ella, siempre, lo hacía junto a la cunita, cuidando que nada le pasara a Anyelik siendo una bebé.
—Papi, por qué, simplemente, ¿no te das la libertad de amarme de una vez?
Zandro, tomó esa manita que ahora estaba en su mejilla, tan serio, cerrando sus rasgados ojos por unos momentos.
—Anyelik, no está bien esto y lo sabes.
Y la apartó un poco.
—Soy tu padre, y, también, soy bastantes años mayor que tú
Anyelik tuvo que volver a sonreírle, de esa manera, que tanto le trastornaba.
—Si nadie se entera, qué más da.
Tú y yo, somos almas que nacieron para ser libres y para amar.
Papi, ¿no has sufrido ya demasiado?
Ámame de una vez y libera esa presión de tu corazón.
He nacido para hacerte feliz, ese es mi propósito.
Aquel hombre se rindió por completo, tumbando de nuevo a su amada sobre esa solitaria cama, olisqueando un poco su cuello como un zorro hambriento, con tantos deseos de morderlo un poco.
—Mi Anyelik... ¿No crees que soy un monstruo por estar enamorado tan profundamente de ti?
Somos de la misma sangre.
Y su niña, tomó su fino rostro que ahora estaba frente al suyo.
—Solo es la carne que recubre nuestra alma, almas tan diferentes que se aman tanto.
De nuevo, su sonrisa.
—En mi alma, me siento como una madre que quiere proteger a su pequeño, una madre que te ama tanto, que daría su vida por verte sonreír, y, que desearía hasta ofrecerte mi cuerpo para que pudieras disfrutar.
Y ese bonito beso que le regaló en sus labios, fue algo tan inesperado, creyendo que lo rechazaría, pero, pudo quedarse a disfrutarlo, esta vez, no se alejó de ella.
—Papi, es el alma la que ama, esto es solo un cascarón que la recubre para poder caminar en este mundo terrenal, tan frío.
Tú y yo, no pertenecemos a este lugar donde su dios nos odia.
Seamos fuertes, no sucumbamos ante su horrible poder
Por favor, ámame ahora.
Le suplicaba deslizando su dedito por su rostro, como si lo apreciara tan desmesuradamente con tan solo un tacto.
—Papi, te amo, te amo.
Zandro admiraba a su pequeña diosa, con deseos descontrolados, queriendo protegerla por encima de todas las cosas.
Ahora, que la tenía de nuevo entre sus brazos, no permitiría que él se la llevara como aquella vez. Ya no podría alejarla nunca jamás, ahora era su presa de amor.
Con sus besos entrecortados, la ropa caía poco a poco.
Esa tarde de otoño en donde el frío los rodeaba, no quería que su amada sintiera ni una sola vez las caricias heladas que inundaban la habitación, esta vez, ni siquiera había encendido la calefacción, por eso, debía hacerle entrar en calor lo antes posible, llevando su mano entre sus muslos, introduciéndola en ese lugar para acariciarla, descubriendo de nuevo el tacto de su piel.
—Mi niña, te haré entrar en calor, ya lo verás...
—Aaah, mi Papi, me gusta mucho.
Con sus dedos, complaciendo su anhelo por ella, como un horrible pecador mientras que, sus ojos, admiraban esa expresión de su niña muriéndose por él.
La obsesión por recorrer su delicado cuerpo con sus manos de hombre, volver a amarla como una vez la amó, siendo ahora, un maldito culpable que jamás caería en penitencia.
Y, ya, cuerpos casi desnudos, el uno frente al otro, sus bellos pechos ahora estaban libres y ella, algo avergonzada, los juntaba entre sus brazos aumentando su volumen así y tapándolos un poco.
—Papi, ¿te gustan los pechos de tu Anyelik?
Ya no son como en un pasado.
—Me gustan, me gustan demasiado.
Respondió dándole la confianza necesaria para que los viera, aún, siento un poco más pequeños que como Victoria, eso ya le daba igual, era ella, el alma que le condenó al amor.
La mujer que ansiaba acariciar, morder y devorar, la mujer que le provocaba esa lujuria tan desesperante, tan solo por fundirse en ella de una maldita vez.
Acariciando al fin uno de sus pechos, no quería tratarlo vulgarmente, lo sostenía con una ligera presión para después, manosearlo un poco, sintiéndose un hombre indecente pero, que a su pequeña diosa, le provocaba delicados gemiditos.
—Papi, Paaapi, aaah, me encanta sentir tu deseo por mí.
Y más delirante fue todo al descubrir lo que su hombre contenía en sus calzoncillos.
—Papi, quiero ver más, por favor.
Quiero ver lo que mi Papi guarda para mí.
Le decía tomando su ropa interior ansiosa, dejando ver su hermoso miembro de un buen tamaño.
—Papi, es, tan grande.
Dijo sin reparo y, mostrando una pequeña carita de sorpresa.
—Mi niña, no quiero ser un papi malo en estos momentos.
Jadeaba tomando esa parte de él en su mano.
Y su amada, en vez de temerlo, abrió sus delgadas piernas para mostrarle aquello a su padre.
—¿Te gusta Papi? ¿Te gusta lo que tu niña tiene para ti?
Zandro, acercó su rostro para besarlo, aunque, aquellos labios, eran algo más gruesos que como los recordaba en aquel pasado, le producían la misma gula.
—Bebé, quiero comértelo todo.
Y regresó a besarlo, para después probarlo un poco más, degustando ese sabor especial, con un aroma muy ligero y suave que, al poco, siguió con otro tipo de juegos.
Debía verlo con sus ojos una, y otra vez, aunque se sintiera un simple y vulgar hombre por admirar la belleza que tenía entre sus piernas, con su dedo jugó y más jugo, quería que su diosa se humedeciera tanto, tanto, que el hacerle el amor no fuera algo demasiado doloroso al ser su primera vez.
Se sentía orgulloso del tamaño de su miembro, por eso, lastimarla era lo último que quería.
—Mi niña, tu papi está muy cachondo por el amor que siente, necesito entrar dentro de ti, pero, no quiero causarte dolor, ya ves, que tu papi la tiene grande y mi niña, aún es virgen.
Le dijo muy cerca de su bonito rostro, casi jadeando en su oído.
—Papi, no importa, tarde o temprano, esto tendría que pasar.
Entra dentro de mí, te lo pido mi amor, quiero hacerme a ti de una vez.
—Mi niña, lo voy a hacer, te voy a hacer el amor ahora, te lo voy a hacer muy lento, solo, tómame con fuerza, amárrate fuerte a mí mientras para que te sientas protegida.
—Entendido mi Papi.
Y aquel hombre, casi fundido al cuerpo de su amada, la tomaba haciendo que se sintiera en los brazos de un ser hecho para que sintiera protección, como su fiel caballero, y ella, su princesa enjaulada, en la soledad de la tarde, cuando nadie los ve, ese fiel amante apacigua su alma y la llena del amor que nadie más le daría.
Poco a poco, su primera vez, de nuevo.
Con sus tiernos gemidos, como en los días del ayer, los recordaba, iban y venían, una voz diferente, la misma esencia, la misma adicción, jadea en mi oído, pídeme que no pare, puedes gritarme de las maneras más vulgares, ahora soy tu padre y podría ponerme más serio que nunca, de esa manera, que sí te gusta, de la manera, en la que nos volvemos locos.
—¿Te duele mucho?
—No Papi, sólo fue un poquito al principio, pero, si Papi, le hace el amor a su Anyelik muchas más veces, al final, me haré completamente a ti.
Aquel hombre moría en placer, haciendo el amor, de esa manera tan prohibida.
Su pequeña, estaba tan mojada y, aun así, aún sentía esa mágica presión, como si lo atrapara, es la primera vez que vienes a mí después de una eternidad de años, me adueñé de ti entre mis pequeños brazos, conviértete en un alma lujuriosa, te he atesorado en mi mente por tanto tiempo, y ahora, tengo la suficiente madurez como para entender lo que se repetía en los sueños de esos ayeres.
Tan cálido, como algo nuevo para ambos, como si hubieran esperado por ese misterioso placer toda una vida.
—Papi, unmm, se siente tan rica tu manera lenta de darme ¿Aún tratas de protegerme?
—Mi niña, eso siempre.
Le respondió viendo sus ojos muertos y vivos al mismo tiempo.
Besando su boca de una maldita vez.
Estaba seguro, eran los labios de la mujer que más amaba en el mundo y la única para él, los mismos besos que una vez dio, se sentían como un deja vu, un deja vu que podía predecir.
Ella, era el motivo por el que seguía vivo, la única en su alejado mundo, aún con esa locura, sólo su diosa podía controlarle.
—¡Paaaapi! ¡¿Qué me estás haciendo?!
¡Me muero Papi! ¡Fóllame con todas tus ganas!
Zandro, tuvo que darle un suave azote en uno de sus muslos tras escuchar sus palabras lujuriosas.
—Niña traviesa, eh, tu Papi no te enseñó a hablar así, voy a tener que darte un dulce castigo.
—¡Aaaah Papi! ¡Me encanta provocarte!
¡Quiero que seas un poquito más malo con Anyelik!
Aquel hombre, no podía convertirse en esa fiera que su amada le imploraba que fuera, pero, dejó ver que se estaba volviendo algo severo, un amante que mantiene el control con su delicada presa, un zorro oscuro que guarda sus garras y al mismo tiempo, deja temblando tan apasionadamente a su niña, con su cuerpo ardiente, con un alma tan candente, las almas que aman de verdad pueden llegar a quemar, dejando una quemadura que, en vez de lastimar, te desgarra gemidos entre sudores, te implora que te fundas por completo, con sus delgados dedos temiendo por rasgar su piel.
Acabó echándose hacia atrás, tomando las caderas de su niña, admirando la belleza de su figura, sintiéndose tan indecente y tan feliz, escuchando su voz celestial «¡Papi! ¡Papi!» Una vez tras otra.
En verdad, no había nada malo en él, nada estaba mal, nada debía de ser prohibido, castigado, no más pensamientos que lo dejaban torturado.
—Mi niña aaah, aaaah.
Mi niña tiene el chochito más bonito y delicioso, solo quiero quedarme en ti toda la tarde.
Al fin, al fin se estaba comportando como todo un hombre con ella, olvidando a ratos sus maneras, descontrolándose, pero, guardando un mínimo de cordura en el último momento.
Recuerda, protegerla, es tu prioridad.
—Aaaaah, no debo correrme dentro de mi niña, pero, se siente tan rico tu interior.
—¡Aaaaah! ¡Yo quiero Papi! Lléname de tu energía te lo pido.
Pedía casi en desesperación, mientras que, su voz, siempre se alzaba deseando ser escuchada por su hombre, Zandro, jadeaba en un tono más bajo, mostrando su lado caballeroso, mostrando, a ese señor maduro y culto, ella, un alma tan alocada como el verano más caluroso y él, como un otoño, ciertamente cálido, pero conservando la compostura, aunque fuera mínimamente. Quizás, los demás pensaran que era alguien frío, sólo su amada sabía la temperatura de su corazón, tan alta a veces, que calentaba hasta en las noches más frías, rodeados de las manos invisibles que aquel dios congelado.
Zandro, sabía cómo moverse y proporcionarle el mayor de los placeres, su lacio cabello caía por los lados mientras que, esas pequeñas manos se posaban en su pecho ardiente.
Al final no pudo soportarlo más, tomándola con cuidado para ponerla contra la cabecera de la cama, sosteniéndola del trasero sin ningún esfuerzo para hacerle el amor de aquella manera, en la que ella, se sostenía delicadamente a su cuello, sintiéndose tan indefensa bajo las garras del amor, ese hombre hermoso, como un ángel, con su largo cabello cubriendo su espalda, como si ocultara las cicatrices en las que una vez hubieron un par de alas.
El rostro de su amor, con sus ojos que no dejaban de verla, llevar esa manita a su piel fue inevitable y este, regresó a esa boca, besando y más besando sus labios, bajando por su pequeño mentón, proporcionándole una infinidad de más de esos besos en su cuello.
Su niña, su mujer, la mujer que amaba y apresaba hasta que acabara por llegar en sus brazos.
—¡Aaaaaaaah! ¡Mi Papi lindo! ¡Mi Papi, te amo! ¡Te amo!
¡Mi Papi me hará llegar aaaah!
Esa efímera tarde que no querían que acabara, llegando en los brazos de su hombre, y él, un poco después también, quedando agotado sobre su cuerpo encharcado.
—Papi, al final, no pudiste controlar tu deseo.
Dijo al fin, casi sin aliento.
—Ah, mi niña, perdóname, estaba tan ido del placer, que no pude escapar de ti.
Después, besó su frente como hacía siempre y, aún con el agotamiento, fue a por un vaso de agua para su niña.
Esos días, ambos estuvieron preocupados, aunque al poco le bajó su regla, pero con el susto, Zandro decidió hacerse la vasectomía, a pesar de que, tener un hijo con ella era uno de sus sueños, aunque, por ahora, se controlaría, suerte que eso era reversible.