Yuri, viejas costumbres.

Historias el macho

Pajillero
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Feb 5, 2025
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Memo siempre se había considerado un hombre moderno. Dejó a Betty, la que fue su esposa por ocho años, para reavivar su pasión adolescente con Yuri, la voluptuosa diosa de sus fantasías de chavito. Ella era tal como la recordaba: piel morena, cabello negro y sedoso que le caía en cascada por la espalda, chichis que desafiaban la gravedad y un culo tan redondo y parado que merecía su propia página de Instagram. Y ahora era suya.
… Principalmente.
Mira, había un pequeño pedo: el ex de Yuri, José. Todas las semanas, sin fallar, Yuri llevaba a la pequeña Betza a ver a su papá. Y todas las semanas, sin fallar, regresaba tranquila, distante… sospechosamente satisfecha.
Entonces, como cualquier novio racional y para nada paranoico, Memo hizo lo que cualquier cuate encabronado haría: la siguió.
La casa de José era modesta: paredes blancas, un césped bien podado, un columpio de llanta para Betza. Memo se agazapó tras un arbusto como ninja bien prendido, viendo cómo la niña corría a los brazos de su papá. Yuri y José se dieron el saludo formal y tieso que se echan los ex que fingen que ya no se cogen.
Luego vino el verdadero show.
José sacó un baúl de juguetes y Betza gritó de emoción, ahogándose al instante en un mar de peluches. Distracción perfecta. Como relojito, Yuri y José se metieron a una habitación de atrás.
El corazón de Memo le latía a mil. Era el momento. Se fue de puntitas a la ventana, con la cabeza llena de películas.
Lo que vio se le iba a quedar tatuado en el cerebro para siempre.
En cuanto cerraron la puerta, Yuri cambió por completo. Se acabó la actuación de ex-esposa chida; las manos ya le estaban desabrochando el cinturón a José mientras él cerraba de una patada. Los pantalones cayeron al suelo y… ¡no mames!
José traía verga de campeonato.
Su pito salió como bate de béisbol bien ansioso: grueso, venoso y con la punta brillosa, como si hubiera estado esperando ese momento toda la semana. Yuri ni lo pensó. Se hincó al instante, envolviéndolo con esa boca roja deliciosa con las ganas que le pones a un buffet libre.
“Mmm, te extrañé, papi”, gimió entre chupadas húmedas y descaradas, con las chichis prácticamente saliéndose de la blusa.
José soltó un gemido y le agarró el pelo. “Ya sabía que ibas a volver, pinche puta.”
Y de repente se abrió el cielo.
Yuri se quitó la ropa en segundos: el vestido al suelo, el brasier reventado y la tanga perdida en el abismo. José la levantó y la aventó a la cama, abriéndole bien las piernas. Su panocha ya estaba chorreando, y en cuanto la lengua de él le tocó el clítoris, se arqueó como en caricatura porno.
“¡Sí, así! ¡Lámeme, cabrón!” gritó.
José sonrió contra su concha, chupando como hombre que sabe que la rompe. Los dedos se unieron a la fiesta, entraban y salían mientras las piernas de Yuri temblaban. La cama se mecía como si estuviera en un antro.
Luego, lo mero principal.
José la dio vuelta, con ese culo gordo en pompa, moviéndose como gelatina en tembleque. Escupió en su verga y la metió de un solo golpe sin avisar.
“¡AY, JOSÉ! ¡ME VAS A PARTIR EN DOS!”
Memo se quedó con la boca abierta. Esto no era sexo de ex. Esto era guerra. José la estaba clavando como si quisiera sacar petróleo, los huevos pegándole al clítoris con cada metida. Las chichis de Yuri rebotaban como locas mientras ella gritaba contra la almohada, arañando las sábanas.
“¡Más duro, cabrón! ¡Rómpeme el culo!”
Y luego se puso más cabrón.
José la volvió a dar vuelta, le puso las piernas en los hombros. Ahora la estaba cogiendo en misionero pero bien a fondo, esa verga gruesa desapareciendo completa con cada empujón brutal. Yuri puso los ojos en blanco: ya estaba ida.
“Sácame leche, papi… ¡lléname!” suplicó con la voz quebrada.
José gruñó y las metidas se volvieron descontroladas. “Ahí te va, zorra…”
Con un último “¡NO MAMES!” explotó dentro de ella, la verga latiendo mientras la llenaba. Yuri se convulsionó, su venida pegó tan fuerte que se le doblaron los deditos de los pies.
Y luego lo volvieron a hacer dos veces más.
El paseo de la vergüenza (que nunca fue)
Una hora después —¡una hora, la chingada! — salieron. Ropa puesta. Pelo arreglado. Caras de nada.
Betza seguía jugando, sin enterarse de nada.
“Adiós, pa”, chilló abrazando a José.
“Hasta luego, mi reina”, dijo él, revolviéndole el pelo.
Yuri asintió muy correcta. “Gracias por cuidarla.”
José sonrió. “Siempre es un gustazo.”
Memo sabía perfectamente qué quería decir eso.
El arte de hacerse el pendejo
Cuando Yuri y Betza llegaron a la casa, Memo estaba en el sillón, viendo el celular como si nada.
—Hola, amor —murmuró Yuri, dándole un beso en la mejilla.
“¿Qué tal con José?” preguntó con voz bien tranquila.
Yuri se encogió de hombros. “Bien. Betza se la pasó chido.”
Memo asintió, tragándose el grito que le retumbaba en la cabeza de “SEGURO TÚ TAMBIÉN TE LA PASASTE BIEN CHINGONA”.
 
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