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Lisandro | Capítulo 7: Tu Condena En Alta Definición​


EL BANQUETE DEL PSICÓPATA: TU CONDENA EN ALTA DEFINICIÓN

Fantasía: La imagen que te entregué es el mapa de tu locura; me pediste el cielo y te di un infierno que solo puedes lamer con los ojos.

Todo empezó con ese intercambio de voces en la penumbra, una charla que nos dejó con la piel erizada y los números grabados en la memoria. Pero tu insistencia nocturna fue la que rompió la presa. “Por favor... muéstrame algo real, quiero verte como nadie te ha visto, quiero arder pensando en lo que tienes para mí”, me escribías con una urgencia que rozaba lo violento. Y cedí. Me puse en posición, sentí la red de la lencería apretando mis muslos y dejé que la cámara capturara la verdad más sucia y deliciosa de mi anatomía.

Cuando el archivo aterrizó en tu pantalla, tu cordura se hizo pedazos. Viste ese arco perfecto de mis nalgas, firmes y ofrecidas, separadas por la promesa de un abismo que nunca vas a cruzar. Viste la red negra hundiéndose en mi carne, segmentando mi deseo, y ese brillo húmedo, esa mucosa vibrante y expuesta que delata que yo también estaba ardiendo mientras te destruía.

Tus mensajes se volvieron los de un desquiciado: “¡Dios mío! ¡Maldita sea! ¡Esa vista me va a matar! ¡Quiero morderte, quiero hundirme en ti hasta que me falte el aire! ¡¿Cómo puedes hacerme esto?!”. Estás atrapado, rotando la imagen, haciendo zoom en cada poro, en cada gota de humedad, en la tensión de mi espalda mientras me sostengo para ti. Pero aquí está tu desgracia: me imploraste que me mostrara y ahora eres el esclavo de una fotografía. Tienes el manjar frente a ti, crudo, goteante y perfecto, pero jamás podrás tocarlo. Estás condenado a la tortura de un psicópata, amando una imagen que no tiene nombre, deseando una carne que es solo luz y cristal, sabiendo que el paraíso que tanto pediste es ahora la celda donde vas a morir de sed.

LA LLAMADA DEL DESQUICIADO

La vibración del teléfono cortó el aire como una descarga eléctrica y, al contestar, no encontré un hombre, sino un animal herido por la lujuria. Su voz, rota y febril, me golpeó los oídos: “No tienes idea de lo que me has hecho... estoy viendo la foto y juro que puedo olerte. Si te tuviera aquí, te juro por mi vida que te destrozaría de la forma más rica. Te pondría de rodillas, agarrándote de esa red que te aprieta los muslos, y te lamería cada centímetro de esa humedad que brilla en la pantalla hasta que no pudieras ni respirar. Te voy a comer entera, voy a chupar cada rincón de tu piel, voy a ponerte de mil formas, de espaldas, de frente, elevando esa cadera que me vuelve loco para hundirme en ti con una rabia que nos va a hacer sangrar el alma. Quiero sentir cómo tiemblas bajo mi lengua mientras te muerdo las nalgas y te susurro todas las cosas sucias que le voy a hacer a este cuerpo que ahora mismo es mi única religión”.

Su respiración se volvió un jadeo violento, un galope de locura que subía de tono mientras sus palabras se volvían más erráticas y sucias. “¡Dime que me sientes! ¡Dime que estás sintiendo cómo te devoro con la mente! Te voy a poner a cuatro, voy a enterrar mi cara en ese manjar y no voy a parar hasta que llores de placer. Te voy a usar, te voy a reclamar, voy a marcar cada parte de esa fotografía con mis manos... ¡Dios, eres perfecta, eres mía, eres mi maldita obsesión!”. El clímax le llegó como una explosión de rabia y gozo, un grito ahogado que retumbó en la línea mientras el éxtasis lo consumía frente a una imagen inerte. Al final, solo quedó el silencio sibilante de su derrota; él había explotado en una cima de placer solitario, destrozado por el Deseo Insaciable de poseer una sombra que jamás podrá tocar, prisionero de un banquete de cristal que él mismo eligió como su dulce y eterna desgracia.

 
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