Unas Circunstancias Extraordinarias

heranlu

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Ago 31, 2007
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Habíamos decidido vivir con la madre de mi marido, es decir, con mi joven suegra de cuarenta y tres años, en una casa bastante amplia, con suficientes estancias y un jardín que coronaba una pequeña piscina suficiente para los meses de mayor calor. La intención, además de acompañarla en los primeros meses del divorcio de un marido que se impuso en el hogar hasta que se encaprichó de otra mujer más joven, era poder ahorrar algún dinero para comprar con desahogo nuestra propia vivienda.

A las pocas semanas de estancia común pude comprobar que Lucía, mi suegra, era como Abel, mi marido, personas a las que había que confirmar en sus más mínimas decisiones, por lo que al final era yo la que decidía por ellos en todas las cuestiones domésticas. Tanto era así que podía hacerles cambiar de ropa con una simple mirada que ellos interpretaban como que no les convenía como conjuntaban. Lucía se mostraba feliz, como una jovencita, cuando me preguntaba sobre mis gustos para acomodarse a ellos: la ropa, la comida o compras cotidianas.

Abel y yo, Marta, somos jóvenes de veinticinco años y, sin querer parecer presuntuosa, podemos considerarnos bastante atractivos, de una belleza superior a la estándar. Abel, alto y casi imberbe, tiene un aspecto aniñado con facciones delicadas y ojos inmensos. Yo, por mi parte, con mis ciento setenta y cinco centímetros de altura, pelo largo y moreno, con ojos verdes y un cuerpo curvilíneo en el que sobresalen los pechos medianos y turgentes, un culo respingón y una cara que atrae las miradas de hombres y mujeres, puedo considerarme atrayente y seductora.

Mi marido y yo nos habíamos conocido en la Universidad y nos frecuentamos hasta el término de los estudios y el inicio de nuestra vida laboral. Abel nunca fue fogoso, ni siquiera en los primeros tiempos, pero sí un goloso del sexo oral que me practicaba a diario. Era tal su avidez que con dos apretones sobre su miembro se corría sin más. Al principio era gracioso, pero...

Mi suegra es una sirena preciosa a la que, con frecuencia, animaba a que se buscase otra relación ya que era joven y hermosa, y cuya respuesta era siempre una ligera y tímida sonrisa. En más de una ocasión tuve que ponerme seria para llevarla de compras para que se vistiese con lencería y ropa más juvenil. Enrojecía al probarse unas mayas deportivas porque se abrazaban a su cuerpo como una segunda piel y marcaban todas las líneas de un cuerpo estupendo.

Con mi marido, nuestra primera crisis matrimonial no tardó en aparecer, pues mientras yo quería quedarme embarazada, Abel no estaba por la labor, no solo no tenía prisa alguna, sino que intentaba no derramarse dentro de mí; seguía prefiriendo el sexo oral que a mí me encantaba, pero necesitaba algo más, sentirme poseída, manejada, insertada y usada, en definitiva, sometida y llena de un macho alfa. Su miembro, poco reactivo, nos llevó a largas discusiones y a tediosas pruebas médicas, para diagnosticar que sus erecciones no eran muy potentes y que el esperma era de mala calidad, con lo que no podía confiarse en un embarazo en los tiempos habituales. Tenía que conformarme o tomar decisiones que, de momento, no me parecían oportunas.

Una mañana, estando en el trabajo, recibí una llamada de David, mi hermano tres años mayor que yo y al que me unía una estrecha relación. Era muy guapo, pero todo lo contrario que mi marido: risueño, vacilón, espontáneo y muy libre. Te desarmaba con la mirada y muchas de sus ligues suspiraban por él mucho tiempo después de terminada la relación. Alguna amiga que había pasado por su cama le describían como un amante incansable y todas estaban de acuerdo en que su miembro era una enormidad. Siempre me había dicho a mí misma que las mujeres cuando están contentas exageran. También era un hombre que si estaba convencido de algo no daba nunca su brazo a torcer, lo defendía ante todo y todos.

Me alegró la llamada porque hacía semanas que no sabía nada de él, y desde un inicio sonaba su voz burlona.

—Hola hermanita, ¿sigues tan guapa como siempre? —dijo David al teléfono.

—Sí, sigo igual de guapa, pero no me sirve de nada. Sigo sin embarazarme.

—Ya te dije en su momento que tu novio y ahora marido era un poquito manso…

—No digas eso, Abel es un toro bravo —mentí.

—Eso no te lo crees ni tú, pero bueno, te llamo para pedirte un favor. En el trabajo me mandan a tu ciudad y como no conozco la misma, tal vez puedas encontrarme algo para alquilar. No importa el precio porque paga la empresa, pero algo en buenas condiciones porque trabajaré muchos días desde casa, aunque otros días tenga que asistir a la central. Sin duda alguna tiene que tener internet y medios de oficina.

—Vale, dame unos días y te comento.

—Gracias, hermanita, espero tu llamada y no olvides que yo conozco a quien podría ponerte mirando a Cuenca.

—Qué guarro eres— dije riendo—. Un beso muy fuerte, hermanito.

Cuando llegué a casa lo comenté con Abel y Lucía y, ante mi sorpresa, por no haber pesando en ello, ambos coincidieron en que podía venirse a casa con nosotros. No sabía si eso era buena idea y si estaría de acuerdo David, pero se lo planteé y una vez le expliqué las condiciones de la habitación y de la que podía utilizar como despacho, estuvo de acuerdo. Más aún cuando no debía preocuparse por hacer la comida, el lavado de ropa o la plancha, ni de cualquier otra cuestión domestica.

Y así llegó el día en que David se instaló con nosotros, y pronto comenzó el galanteo a mi suegra que estaba encantada de atenderle y a lo que él respondía con lisonjas y bromas que la hacían sonreír y a veces enrojecer. Me parecía muy lógico porque pasaban mucho tiempo ellos solos en la casa y su confianza se estrechaba. A mí también me dedicaba carantoñas y caricias que me subían la autoestima. Incluso Abel estaba contento de tener «otro» hombre en casa, aunque cada día mi maridito hacía más seguidismo de David; parecía un perrito faldero al que reía todas las gracias y estaba en todo de acuerdo con él.

En los siguientes días traté de rechazar el sexo oral que me prodigaba Abel para obligarle a mantener relaciones completas con el fin de tratar de embarazarme, pero aun siendo su gran golosina no lograba llevarle a mi terreno. Mi suegra bebía los vientos por mi hermanito y le complacía en todo lo que podía. A veces parecían una pareja enamorada, pero lo cierto es que no era más que una mujer solícita con su invitado que, a su vez, la tenía en cuenta y le agradecía sus atenciones. Hasta que llegó el día en que todo cambió.

Hay que tener en cuenta que Abel, mi marido, al ser autónomo puede disponer de horarios para el trabajo, que mi suegra está en casa dedicada a sus labores y que mi hermanito trabaja desde casa la mayoría de los días.

Un día volví a casa varias horas antes de que terminase mi jornada por un accidente que se produjo en la planta de mi oficina. Nos dieron permiso hasta arreglar el estropicio de una fuga de agua.

Al entrar en la casa no escuché nada y pensé que estaba sola, pero al acercarme y pasar por delante de la habitación de mi suegra, la puerta abierta alrededor de un palmo, me dejaba ver una aparatosa imagen. Mi suegra con su lozano cuerpo estaba desnuda, y apoyaba las manos sobre el pecho de un hombre al que cabalgaba sobre un miembro inmenso que entraba y salía de su coño encharcado. No podía creerlo, mi tímida suegra se había agenciado a un hombre para darle caña de forma brutal. No podía ser más que un gigoló, un prostituto, lo primero por ese miembro gigantesco que abría y estiraba sus carnes; lo segundo porque mi suegra no conocía a nadie con quien congeniar hasta esos extremos.

Las manos de aquel hombre acariciaban los pechos de Lucía, luego los amasaba con fuerza, incluso parecía que estuviera retorciendo los pezones. Lucía movía la cabeza como poseída y ahora gritaba «dame más, cabrón, fóllame como se merece una puta como yo». Estaba alucinando. Como respuesta obtuvo varios azotes que la marcaron el culo con una rojez divina. Al momento, aquel hombre la cogió por las nalgas y la descabalgó mientras mordía sus labios. Es ahí cuando vi que ese miembro unido a ese hombre era el de ¡David, mi hermano! Se miraron a los ojos y David besó el cuello de Lucía, las mejillas, las orejas mientras acariciaba sus nalgas enrojecidas. Bajó al ombligo y de allí a los muslos haciendo arabescos con su lengua. Luego la giró y besó las nalgas, las mordisqueó y metió la lengua en el culo, para después volver a voltearla y mordisquear su coño perfectamente afeitado que temblando destilaba placer. En ese momento Lucía se derramó convulsionando de goce. Después de unos segundos de tregua, Lucía se incorporó y lamió la gran polla que intentaba alojar en su boca, por lo que la ensalivaba hasta los huevos.

Al instante, en pie, David la levantó del culo y la penetró apoyando la espalda de Lucía en la pared, mientras sus piernas rodeaban la cintura de David. El rostro de mi suegra, desencajado y sudoroso reflejaba el profundo placer que sentía.

—Dale fuerte, cariño. Me has convertido en una puta en poco tiempo— dijo Lucía con voz ronca y entrecortada.

—Ya eras puta, siempre has sido muy puta, solo que había que sacar el puterío de dentro—respondió David.

Mi hermano, con una sonrisa burlona volvía a morder los labios que salivaba, lamía su cuello y, en lo posible, retorcía los pezones agrietados de excitación mientras la dejaba caer sobre la polla que la penetraba hasta el útero. Seguía incansable dándole tan duro que Lucía reía y lagrimaba, suspiraba y se lamentaba para luego gritar que quería más. Aquello era salvaje, casi prohibido, pero lo cierto es que ambos estaban sin compromiso. Era yo la que me descubrí que no dejaba de mirar aquella polla y en mi mente la comparaba con la de mi Abel. Sentía ciertos celos al considerar que me robaban a mi hermano, como si fuese algo mío.

David depositó a Lucía en la cama y la puso a cuatro patas, azotó las nalgas hasta que el picor se hacía insoportable,aunque no se quejaba, y la volvió a penetrar tirándole de los pelos. Estaba ensartada, a su completa merced y la sentía deseosa de sentir su leche caliente donde él decidiera: en la boca, el coño o en las tetas.

David sacó su maravillosa polla y se corrió en el culo de Lucía, entre sus nalgas, con una leche caliente y espesa que se deslizaba hasta la raja del coño. En mi locura transitoria era yo la que recibía esa lechada, y de mi coño emanaban fluidos que inundaban mis bragas como nunca.

La cara de mi suegra era toda de felicidad, con esa sonrisa bobalicona que no podemos esconder cuando el placer es intenso. Pero lo más impresionante es lo que oí y sucedió después, y que no me era posible siquiera imaginar al no tener una visión completa. Mi hermano mirando hacia el fondo de la habitación dijo:

—Vamos, perro. Que sabemos que te mueres por comértelo. No te deja mi hermanita comerle el coño, pero tienes este condimentado con crema.

Mi suegra seguía a cuatro en la cama y, de repente, aparece en mi campo de visión mi Abel, de rodillas, que se amorra al culo y coño de su madre y lo lame con deleite, dejándolo todo limpio y provocando de nuevo suspiros en Lucía. Su lengua no solo lame la leche vertida sino que penetra en el culo de su madre con fuerza para luego seguir rebañando los jugos de la enorme raja que su madre expone. Al tiempo se masturba y con unos pocos movimientos se corre. Después de ver la polla de David, la de Abel no es más que un pequeño sucedáneo de mala calidad.

Mi hermano se acercó a Abel y le señaló su polla que, de inmediato, limpió con largos lametazos desde el capullo hasta los huevos, mientras David acariciaba su cabeza como a un perrito faldero que se porta bien. Después de ello, y a punto de un infarto, intuí que mi hermano se disponía a salir de la habitación, por lo que rápido me escabullí en silencio y salí a la calle con una importante crisis de ansiedad. La respiración acelerada me indicaba que todo mi mundo había cambiado, aunque todavía no sabía en qué dirección.

Tenía que completar el horario de mi jornada laboral. Tomé un café y caminé por la calle sin rumbo, hasta que volví a casa en el horario habitual, más tranquila, pero todavía bajo shock. En mi interior luchaban la decepción y la excitación. Intenté aparentar tranquilidad y me encontré con la más completa normalidad. Los tres parecían no haber roto un plato en su vida, por lo que me pregunté cuánto tiempo llevaban así. Mi suegra parecía seguir siendo tímida y servicial y descubría que a mi marido le gustaba «la chicha y la limoná», la carne y el pescado, aunque a tenor del interés y las ansias que le ponía a lamer la polla de mi hermano, no sabía qué pensar.
 
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