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Una Viuda Paga Sus Deudas – Capítulo 001
Me llamo Elena, tengo 42 años, aunque la gente siempre dice que no aparento más de treinta. Mi cabello es castaño, ondulado hasta los hombros, y mis ojos café son tranquilos, casi tímidos.
Soy viuda desde hace exactamente un año. Mi marido, Rafael, se fue de repente, un día estaba riendo conmigo en la cocina, al siguiente, ya no estaba y desde entonces, todo se ha derrumbado despacio, como una casa que pierde un ladrillo y de ahí empieza a desmoronarse.
Tengo dos hijas hermosas: Sofia, de 21, y Lucia, de 19. Cuando salimos juntas, la mayoría piensa que somos hermanas. Eso solía hacerme sonreír, pero ahora solo me recuerda lo sola que estoy.
La tienda de lencería que abrí con Rafael hace varios años, apenas sobrevive, no entiendo por qué las clientas han dejado de venir, cuando Rafael vivía, era un negocio muy productivo. – Con el tiempo descubriría que todas las mujeres del pueblo me envidian en silencio, me odian por algo que no controlo: mi figura. Senos muy grandes, cintura estrecha, caderas amplias, trasero redondo, una belleza que nunca pedí ni exhibí. Siempre vestida con recato: faldas por debajo de la rodilla, blusas cerradas, nada que llame la atención; pero igual me miran mal. –
Los hombres... eso es otro tema, los veo entrar a la tienda con excusas torpes: “Es para mi esposa”, “Para mi novia”, en realidad solo vienen a mirarme. Se que ellos me han apodado “La viuda tetones de sandía”, nunca lo he oído directamente, pero si a mis espaldas. Eso enfurece más a las mujeres, les prohíben a sus maridos acercarse, asustan a sus hijos con los peligros que es acercarse a una mujer como yo, amenazan a sus novios, los regañan si los descubren cuando voltean a mirarme. Así que. casi nadie compra, solo miran.
Hoy era el aniversario del día que murió Rafael, quería ir al cementerio temprano, llevarle flores y quedarme allí hasta que el sol se pusiera; pero tenía que abrir la tienda.
El día fue lento, apenas tres ventas pequeñas. Mañana vencen pagos importantes: el alquiler del local, la luz, la hipoteca de la casa, y no tenia el dinero que necesitaba, si no pagaba, podía perderlo todo.
Ya estaba cerrando, apagué las luces del escaparate, estaba a punto de girar la llave de la puerta, cuando alguien tocó el vidrio, levanté la vista y lo vi, era Don Armando, el vendedor de autos usados. Un hombre regordete, calvo, de más de sesenta años, viudo también, según sabía. Me hizo señas suplicantes: “Por favor, Elena, solo un momento, necesito un regalo para una amiga”, dudé, quería irme a casa, encerrarme, llorar a solas; pero necesitaba cada centavo. Abrí la puerta, entró y empezó a mirar las prendas con una lentitud que me puso nerviosa. Escogió cinco conjuntos, elegantes, cosas que cualquier mujer podría usar con confianza (o eso pensé en ese momento). Pagó una, pero se quedó mirando mientras yo guardaba el resto. Entonces me vio llorar, no pude contenerlo más.
— ¿Estás bien, Elena? —preguntó con voz suave.
Negué con la cabeza. Y se me escapó todo: el aniversario, la falta de dinero, los pagos de mañana, el miedo a perderlo todo, el terror de no poder darle a mis hijas un techo seguro.
Hablé entre sollozos, sin mirarlo. Él se quedó callado un momento.
— Yo puedo darte ese dinero – dijo de pronto.
Me sequé las lágrimas, sorprendida.
— Gracias, Don Armando, pero no acepto caridad.—
— No es caridad —respondió —Te pagaré por un servicio. –
Me tensé de inmediato. Lo miré con rabia.
— No soy esa clase de mujer —dije con voz temblorosa, pero firme.
— Tranquila, por favor —levantó las manos—No me refiero a eso, no del todo. Mi amiga usa tallas grandes, tiene un cuerpo... abundante, parecido al tuyo. Quiero ver cómo le queda la ropa antes de regalársela, para no equivocarme de modelo o talla.
(La amiga de la que hablaba Don Armando, si usaba tallas grandes; pero por razones muy diferentes a las de Elena, gordura principalmente)
Sentí que la sangre se me subía a la cara. ¿Cómo se atrevía? Pero entonces repitió la cantidad, lo que necesitaba para cubrir los pagos de mañana. Pensé en Sofia y Lucia, en no querer que sufrieran. En que Rafael me entendería, y acepté.
Puse condiciones: Solo probarme la ropa, él se quedaría afuera del probador, no tocaría nada, no diría nada fuera de lugar. Él asintió con una sonrisa y una calma que me heló la sangre.
Entré al probador grande del fondo, Cerré la cortina con manos temblorosas. Me quedé allí parada, llorando en silencio.
— “Perdóname, Rafael” — susurré. — “Perdóname por lo que estoy haciendo, pero es por ellas, solo por ellas”.
Me quité la blusa blanca abotonada hasta el cuello, la falda plisada hasta debajo de la rodilla, el brassiere beige de siempre —de los que cubren todo—las pantaletas grandes y cómodas. Ahí delante del espejo me sentía sucia.
Me puse el primer conjunto: el babydoll rojo, la tela era suave, sedosa, pero tan fina que se transparentaba. El brassiere apenas contenía mis senos; los elevaba, los hacía parecer aún más grandes, la pantaleta también era transparente deja ver la línea de mis nalgas a través de la tela. Me miré y no me reconocí, era yo, pero parecía otra mujer. Una mujer que nunca he sido. Lágrimas calientes rodaban por mis mejillas mientras me ajustaba las tiras,
— Le quedara perfecto, estoy segura de que a su amiga le va a encantar.— Le dije con voz quebrada a Don Armando que esperaba afuera.
— Necesito verlo, Elena —respondió él con calma
Respiré profundo, me sequé la cara, abrí la cortina y salí. No lo miré a los ojos, miré al piso, sentí su mirada quemándome la piel, recorriéndome de arriba abajo como si fuera un objeto. Me pidió que me diera vuelta despacio, caminar unos pasos, levantar los brazos, nada grosero, poses naturales; pero cada movimiento hacía que la tela se moviera, que mis senos se balancearan, que mi cuerpo se marcara más. Obedecí en silencio, roja hasta las orejas, pensando en mis hijas, repitiéndome que era por ellas. Seguí con los demás conjuntos, el corset negro me apretó la cintura hasta dejarme sin aliento, realzó mis curvas hasta lo imposible, los ligueros tensaban las medias contra mis muslos. Salí y él se quedó sin habla un rato. El conjunto blanco de encaje parecía puro, de novia, pero en mi cuerpo se veía pecaminoso, casi obsceno. El push-up morado empujó mis senos hacia arriba hasta casi derramarse del brassiere. El cachetero marcaba cada curva de mis nalgas. El verde... ya ni recuerdo bien. Solo recuerdo las lágrimas que no paraban, el nudo en la garganta, el corazón latiéndome como loco, sentí que una parte de mí se moría.
Esto duró casi una hora, al final me vestí con mi ropa de siempre. Salí del probador con la cabeza baja, mirando el piso. Cobré lo acordado en la caja. Él pagó sin decir mucho, se llevó las cinco prendas que yo había usado. Salió contento, casi silbando. Cerré la puerta con llave. Apagué las luces. Me dejé caer al suelo detrás del mostrador y lloré como nunca. Lloré por Rafael, por lo que acababa de hacer, por vender mi dignidad, mi pudor y mi cuerpo. Lloré hasta que no quedó nada dentro de mí. Mañana pagaré las deudas, la tienda seguirá abierta un mes más. Mis hijas no perderán su casa, pero yo... yo perdí algo esta noche que no podré recuperar jamás. Perdóname, Rafael. Perdóname.
A la mañana siguiente estaba sentada a la mesa de la cocina con una taza de café que ni siquiera probaba, miraba a Sofía y a Lucía, tan alegres como siempre, Sofía contaba una anécdota divertida de la universidad, Lucía se reía a carcajadas mientras untaba mermelada en su pan, sus risas llenaban la casa, sus ojos brillaban, tan jóvenes, tan llenas de vida, y yo... yo no podía dejar de sentirme sucia. Revivía una y otra vez la escena: la cortina del probador abriéndose, yo saliendo con aquel babydoll rojo, tratando de evitar la mirada de Don Armando; pero lo vi, recorriéndome con sus ojos llenos de lujuria, como si fuera suya. Esa mirada la había sentido miles de veces antes: en la calle, en el mercado, cuando algún hombre entraba a la tienda con excusas tontas, siempre la misma lujuria disfrazada de casualidad; pero antes yo no tenía culpa, antes no les daba razón para que me miraran así, yo no provocaba nada, vestía con recato, cubría mi cuerpo como siempre. Aquella noche en cambio, yo me había vestido para provocar, me había puesto esa ropa íntima que una mujer solo usa para seducir a su pareja, y lo hice por dinero, por necesidad; pero eso no borraba el hecho de haber traicionado a Rafael... mi Rafael. Aunque estuviera muerto, sentía que lo había engañado, que había mancillado el amor puro que tuvimos.
En la tienda, los días siguientes fueron un infierno lento, cada vez que la campanita de la puerta sonaba y entraba un hombre, el corazón se me subía a la garganta, imaginaba a Don Armando regresando y el darme cuenta de que no era el, no lo hacia mas fácil, pensaba que lo sabían, que de alguna forma veían en mi cara, lo que había hecho, me juzgaban y que me deseaban más por eso; pero nadie decía nada, solo las miradas de siempre y Don Armando no volvió a aparecer. La angustia se fue calmando un poco, volví a mis problemas de siempre: cómo sacar adelante a mis hijas con una tienda que apenas vendía, cómo estirar el dinero hasta fin de mes, cómo no derrumbarme delante de ellas, hasta que llegó aquel día.
Era casi la hora de cerrar, ya había apagado las luces del frente cuando la puerta se abrió, entró Don Miguel, el dueño de la gasolinera del pueblo, un hombre de unos cincuenta y tantos, corpulento, con bigote gris y manos grandes de tanto trabajar, siempre había sido respetuoso, al menos de palabra, me saludó con una sonrisa amplia.
— Buenas noches Elena ¿Todavía la alcanzo?
Asentí, lo vi recorrer los percheros y elegir seis prendas con calma, las puso sobre el mostrador, yo empecé a marcar los precios en la caja, entonces vi unos billetes al lado de la ropa, la misma cantidad exacta que Don Armando me había dado aquella noche. Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que creí que se me salía del pecho.
— ¿Qué... qué es esto? —pregunté con voz apenas audible.
Él me miró como si fuera lo más normal del mundo.
— Quiero el servicio de modelaje, Elena, esa es la cuota, ¿no? Armando me dijo que es lo que cobras ¿O solo es por cinco prendas? Espera, devuelvo una y comenzamos.-- Dijo Don Miguel, mientras tomaba una de las prendas.
Me quedé helada, sin aire, sin palabras, Don Armando se lo había contado, ese maldito viejo se lo había contado. Hice memoria desesperada: ¡Nunca le pedí que guardara el secreto! Nunca se lo prohibí explícitamente ¿Cómo fui tan estúpida? Pensé que algo así era obvio, que un hombre decente no iría presumiendo algo tan íntimo; pero lo hizo, lo había divulgado como si fuera un trofeo.
Don Miguel ya se alejaba hacia los percheros para devolver la prenda, lo veía moverse en cámara lenta, mi cabeza gritaba: “¡Dile que se vaya! ¡Grita! ¡Échalo!” Pero entonces mis ojos se posaron en los billetes, esa cantidad era lo que la tienda generaba en varios días.
Recordé el desayuno de esa mañana: las risas de mis hijas, sus planes, sus sueños. Recordé los meses anteriores, contando monedas para la comida, posponiendo pagos, fingiendo delante de ellas que todo estaba bien.
Una voz interior susurraba: “Acepta, por ellas ¿De verdad vale más tu dignidad que su futuro?”
Cuando Don Miguel regresó con cinco prendas y una sonrisa emocionada, yo ya había tomado la decisión, iba a decirle que se largara, que no era una cualquiera, que se fuera al diablo; pero de mi boca salió otra cosa.
— Sí... está bien, vamos atrás. – mi voz sonó ajena, como si otra mujer hablara por mí.
No sé cómo pasó, mi cerebro gritaba que no; pero mi corazón, el amor inmenso por mis hijas, ganó.
Las condiciones fueron las mismas: solo mirar, nada de tocar.
Caminé hacia el probador con las piernas temblando, fue peor que la primera vez, porque ya no era solo necesidad, era resignación, era saber que mi cuerpo, ese que siempre escondí como un tesoro sagrado, se estaba convirtiendo en moneda de cambio.
Mientras me cambiaba en el probador, las manos me temblaban tanto que apenas podía desabrochar los botones, lloraba en silencio. Desabroché mi brassiere beige de siempre, el que cubre todo, el que no deja ver nada, mis senos pesados cayeron libres un instante, con los pezones ya endurecidos por el aire frío y por el miedo.
La primera prenda era un conjunto negro de encaje transparente con liguero y medias de seda, me puse primero la tanga, la tela era tan fina que apenas cubría mi vagina y mi bello púbico, el hilo se hundió entre mis nalgas redondas, marcando cada curva, luego el brassiere: dos triángulos de encaje que apenas contenían mis enormes senos, los empujaba hacia arriba, creando un canal profundo entre ellos, dejando los pezones casi visibles bajo la transparencia, los ligueros colgaban de una cinta estrecha alrededor de mi cintura, que se ajustaba como una segunda piel, finalmente las medias negras hasta medio muslo, con una línea de costura atrás que subía por mis piernas.
Salí y Don Miguel soltó un gemido bajo y dijo:
— Dios mío, Elena… Mira cómo se te marcan esas tetas de puta madre… Date la vuelta despacio, quiero ver ese culo..
Sus palabras eran vulgares, directas, me quemaban la piel, me pidió poses más sugerentes que Don Armando: que arqueara la espalda, que me inclinara un poco hacia adelante, que pusiera una mano en la cadera y mirara por encima del hombro. Quise decirle que parara, que no haría eso, pero la vergüenza me cerró la garganta, sentía las mejillas ardiendo, el cuerpo rígido de pudor, solo obedecí, torpe, tímida, con la mirada baja, sin negarme.
Una por una, fui probándome las cinco prendas, cada salida del probador era una nueva humillación, cada comentario suyo, un golpe más a mi dignidad.
La segunda prenda era un babydoll verde, corto, de gasa transparente, con copas de encaje y una tanga a juego. El babydoll apenas me llegaba a la mitad del muslo, las copas eran abiertas en el centro, solo un lazo las unía, dejando el canal entre mis senos completamente expuesto, la tela flotaba sobre mi cuerpo, rozando mis pezones cada vez que me movía. La tanga era un triángulo diminuto adelante, dos hilos atrás.
Cuando salí, él se lamió los labios.
— Joder, pareces una actriz porno con ese cuerpo… Camina hacia mí, despacio.
Caminé, sentía el roce de la gasa en mis pezones endurecidos, el hilo de la tanga frotándose contra mi sexo con cada paso. Me detuvo a un metro, me pidió que levantara los brazos por encima de la cabeza y girara, lo hice, mis senos se elevaron, casi escapando de las copas. Él respiraba con fuerza, casi como un animal salvaje.
La tercera era un corset blanco satinado con bordados florales, muy ajustado, con varillas que moldeaban mi cintura hasta lo imposible, venía con un brassiere incorporado de media copa que dejaba la parte superior de mis senos al descubierto, y una braguita abierta por detrás —solo dos tiras que enmarcaban mis nalgas, sin nada enmedio. Ajustar el corset fue una tortura, me apretaba tanto que apenas podía respirar, mis senos se derramaban por encima de las copas, los pezones rozando el borde del satín, la braguita… Dios, la braguita dejaba mi sexo casi expuesto, solo cubierto por un pedazo de tela fino, y atrás mis nalgas quedaban completamente a la vista, cubiertas por nada más que un par de tiras. Salí y él se levantó de la silla.
— Hostia puta, Elena… Ese culo parece hecho para ser reventado… Inclínate hacia adelante, apoya las manos en la silla.
Lo hice, el corset me apretaba la cintura, mis senos colgaban pesados, balanceándose, sentí el aire en mi culo expuesto. Él se acercó un paso, pero no me tocó, solo miró y respiró hondo.
La cuarta era un conjunto morado de satén y encaje: un brassiere push-up que era brutal, mis senos parecían aún más grandes, apretados, con los pezones marcándose bajo el satén, y un cachetero de encaje que cubría solo la mitad de mis nalgas, dejando la parte inferior al aire. Cuando salí, él ya estaba más atrevido.
— Uff, tremenda guarra… acércate, tócate el pelo, separa las piernas, agárrate el pecho… Así, arquea la espalda, saca ese culo.
Obedecí todo, me sentía como una muñeca en sus manos, cada orden suya hacía que mi cuerpo respondiera a pesar de mí vergüenza.
La última prenda era un conjunto verde esmeralda de terciopelo y encaje: un body de una sola pieza, con escote profundo en V hasta el ombligo, copas que apenas cubrían los pezones, y abierto en la entrepierna, un diseño que dejaba mi sexo completamente accesible. Ponérmelo fue lo más humillante, el escote bajaba tanto que mis senos quedaban expuestos casi por completo, solo los pezones cubiertos por un borde de encaje, abajo… abajo no había nada, solo dos tiras que se unían a la espalda, dejando mi sexo y mis nalgas al aire. No lo había notado cuando las eligió, pensé en negarme; pero era la última de las prendas, si me negaba ahora, él se iría con su dinero y la humillación de los últimos 40 minutos no valdría para nada.
Salí por última vez, Don Miguel ya no disimulaba. Tenía los ojos vidriosos, la respiración agitada.
— Joder, Elena… Estás para follarte toda la noche… — Dijo casi sin habla — Date la vuelta, separa un poco las piernas… Así, inclínate un poco más, mueve el culo.
Lo hice, sentí el aire en mi sexo desnudo, sentí una vergüenza mayor, estaba segura de que el podía ver con total claridad mi vagina.
Él me miró en silencio un minuto entero, no decía nada, solo estaba grabándose cada detalle.
Terminé y me vestí con mi ropa de siempre, esa armadura modesta que ya no me protegía de nada. Cobré las prendas, él pagó sonriendo, prometiendo volver pronto, quise decirle: “Por favor, no se lo cuentes a nadie, guardé el secreto”; pero entonces pensé: ¿y si ya se lo dijo a otros? ¿A cuántos más se lo habrá contado Don Armando? ¿Y si le digo eso y me chantajea con revelarlo todo a mis hijas? Me quedé callada, solo un “buenas noches” apenas audible salió de mi boca.
Cerré la puerta, apagué las luces, me senté detrás del mostrador, esperando que llegaran las lágrimas como aquella primera vez, esperando derrumbarme; pero no llegaron, me quedé ahí en la oscuridad, con el cuerpo aún temblando por el roce de aquellas telas, por las órdenes, por las miradas, me sentía sucia, usada, rebajada; pero veía el dinero en el cajón, y sentía el alivio de saber que este mes mis hijas no pasarían apuros, y eso… eso era lo que más me aterraba, porque una parte muy pequeña, muy profunda de mí decía: “¡Hazlo de nuevo! Te prometo que la próxima vez será más fácil y tus hijas jamás lo sabrán…”
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Una Viuda Paga Sus Deudas – Capítulo 001
Me llamo Elena, tengo 42 años, aunque la gente siempre dice que no aparento más de treinta. Mi cabello es castaño, ondulado hasta los hombros, y mis ojos café son tranquilos, casi tímidos.
Soy viuda desde hace exactamente un año. Mi marido, Rafael, se fue de repente, un día estaba riendo conmigo en la cocina, al siguiente, ya no estaba y desde entonces, todo se ha derrumbado despacio, como una casa que pierde un ladrillo y de ahí empieza a desmoronarse.
Tengo dos hijas hermosas: Sofia, de 21, y Lucia, de 19. Cuando salimos juntas, la mayoría piensa que somos hermanas. Eso solía hacerme sonreír, pero ahora solo me recuerda lo sola que estoy.
La tienda de lencería que abrí con Rafael hace varios años, apenas sobrevive, no entiendo por qué las clientas han dejado de venir, cuando Rafael vivía, era un negocio muy productivo. – Con el tiempo descubriría que todas las mujeres del pueblo me envidian en silencio, me odian por algo que no controlo: mi figura. Senos muy grandes, cintura estrecha, caderas amplias, trasero redondo, una belleza que nunca pedí ni exhibí. Siempre vestida con recato: faldas por debajo de la rodilla, blusas cerradas, nada que llame la atención; pero igual me miran mal. –
Los hombres... eso es otro tema, los veo entrar a la tienda con excusas torpes: “Es para mi esposa”, “Para mi novia”, en realidad solo vienen a mirarme. Se que ellos me han apodado “La viuda tetones de sandía”, nunca lo he oído directamente, pero si a mis espaldas. Eso enfurece más a las mujeres, les prohíben a sus maridos acercarse, asustan a sus hijos con los peligros que es acercarse a una mujer como yo, amenazan a sus novios, los regañan si los descubren cuando voltean a mirarme. Así que. casi nadie compra, solo miran.
Hoy era el aniversario del día que murió Rafael, quería ir al cementerio temprano, llevarle flores y quedarme allí hasta que el sol se pusiera; pero tenía que abrir la tienda.
El día fue lento, apenas tres ventas pequeñas. Mañana vencen pagos importantes: el alquiler del local, la luz, la hipoteca de la casa, y no tenia el dinero que necesitaba, si no pagaba, podía perderlo todo.
Ya estaba cerrando, apagué las luces del escaparate, estaba a punto de girar la llave de la puerta, cuando alguien tocó el vidrio, levanté la vista y lo vi, era Don Armando, el vendedor de autos usados. Un hombre regordete, calvo, de más de sesenta años, viudo también, según sabía. Me hizo señas suplicantes: “Por favor, Elena, solo un momento, necesito un regalo para una amiga”, dudé, quería irme a casa, encerrarme, llorar a solas; pero necesitaba cada centavo. Abrí la puerta, entró y empezó a mirar las prendas con una lentitud que me puso nerviosa. Escogió cinco conjuntos, elegantes, cosas que cualquier mujer podría usar con confianza (o eso pensé en ese momento). Pagó una, pero se quedó mirando mientras yo guardaba el resto. Entonces me vio llorar, no pude contenerlo más.
— ¿Estás bien, Elena? —preguntó con voz suave.
Negué con la cabeza. Y se me escapó todo: el aniversario, la falta de dinero, los pagos de mañana, el miedo a perderlo todo, el terror de no poder darle a mis hijas un techo seguro.
Hablé entre sollozos, sin mirarlo. Él se quedó callado un momento.
— Yo puedo darte ese dinero – dijo de pronto.
Me sequé las lágrimas, sorprendida.
— Gracias, Don Armando, pero no acepto caridad.—
— No es caridad —respondió —Te pagaré por un servicio. –
Me tensé de inmediato. Lo miré con rabia.
— No soy esa clase de mujer —dije con voz temblorosa, pero firme.
— Tranquila, por favor —levantó las manos—No me refiero a eso, no del todo. Mi amiga usa tallas grandes, tiene un cuerpo... abundante, parecido al tuyo. Quiero ver cómo le queda la ropa antes de regalársela, para no equivocarme de modelo o talla.
(La amiga de la que hablaba Don Armando, si usaba tallas grandes; pero por razones muy diferentes a las de Elena, gordura principalmente)
Sentí que la sangre se me subía a la cara. ¿Cómo se atrevía? Pero entonces repitió la cantidad, lo que necesitaba para cubrir los pagos de mañana. Pensé en Sofia y Lucia, en no querer que sufrieran. En que Rafael me entendería, y acepté.
Puse condiciones: Solo probarme la ropa, él se quedaría afuera del probador, no tocaría nada, no diría nada fuera de lugar. Él asintió con una sonrisa y una calma que me heló la sangre.
Entré al probador grande del fondo, Cerré la cortina con manos temblorosas. Me quedé allí parada, llorando en silencio.
— “Perdóname, Rafael” — susurré. — “Perdóname por lo que estoy haciendo, pero es por ellas, solo por ellas”.
Me quité la blusa blanca abotonada hasta el cuello, la falda plisada hasta debajo de la rodilla, el brassiere beige de siempre —de los que cubren todo—las pantaletas grandes y cómodas. Ahí delante del espejo me sentía sucia.
Me puse el primer conjunto: el babydoll rojo, la tela era suave, sedosa, pero tan fina que se transparentaba. El brassiere apenas contenía mis senos; los elevaba, los hacía parecer aún más grandes, la pantaleta también era transparente deja ver la línea de mis nalgas a través de la tela. Me miré y no me reconocí, era yo, pero parecía otra mujer. Una mujer que nunca he sido. Lágrimas calientes rodaban por mis mejillas mientras me ajustaba las tiras,
— Le quedara perfecto, estoy segura de que a su amiga le va a encantar.— Le dije con voz quebrada a Don Armando que esperaba afuera.
— Necesito verlo, Elena —respondió él con calma
Respiré profundo, me sequé la cara, abrí la cortina y salí. No lo miré a los ojos, miré al piso, sentí su mirada quemándome la piel, recorriéndome de arriba abajo como si fuera un objeto. Me pidió que me diera vuelta despacio, caminar unos pasos, levantar los brazos, nada grosero, poses naturales; pero cada movimiento hacía que la tela se moviera, que mis senos se balancearan, que mi cuerpo se marcara más. Obedecí en silencio, roja hasta las orejas, pensando en mis hijas, repitiéndome que era por ellas. Seguí con los demás conjuntos, el corset negro me apretó la cintura hasta dejarme sin aliento, realzó mis curvas hasta lo imposible, los ligueros tensaban las medias contra mis muslos. Salí y él se quedó sin habla un rato. El conjunto blanco de encaje parecía puro, de novia, pero en mi cuerpo se veía pecaminoso, casi obsceno. El push-up morado empujó mis senos hacia arriba hasta casi derramarse del brassiere. El cachetero marcaba cada curva de mis nalgas. El verde... ya ni recuerdo bien. Solo recuerdo las lágrimas que no paraban, el nudo en la garganta, el corazón latiéndome como loco, sentí que una parte de mí se moría.
Esto duró casi una hora, al final me vestí con mi ropa de siempre. Salí del probador con la cabeza baja, mirando el piso. Cobré lo acordado en la caja. Él pagó sin decir mucho, se llevó las cinco prendas que yo había usado. Salió contento, casi silbando. Cerré la puerta con llave. Apagué las luces. Me dejé caer al suelo detrás del mostrador y lloré como nunca. Lloré por Rafael, por lo que acababa de hacer, por vender mi dignidad, mi pudor y mi cuerpo. Lloré hasta que no quedó nada dentro de mí. Mañana pagaré las deudas, la tienda seguirá abierta un mes más. Mis hijas no perderán su casa, pero yo... yo perdí algo esta noche que no podré recuperar jamás. Perdóname, Rafael. Perdóname.
A la mañana siguiente estaba sentada a la mesa de la cocina con una taza de café que ni siquiera probaba, miraba a Sofía y a Lucía, tan alegres como siempre, Sofía contaba una anécdota divertida de la universidad, Lucía se reía a carcajadas mientras untaba mermelada en su pan, sus risas llenaban la casa, sus ojos brillaban, tan jóvenes, tan llenas de vida, y yo... yo no podía dejar de sentirme sucia. Revivía una y otra vez la escena: la cortina del probador abriéndose, yo saliendo con aquel babydoll rojo, tratando de evitar la mirada de Don Armando; pero lo vi, recorriéndome con sus ojos llenos de lujuria, como si fuera suya. Esa mirada la había sentido miles de veces antes: en la calle, en el mercado, cuando algún hombre entraba a la tienda con excusas tontas, siempre la misma lujuria disfrazada de casualidad; pero antes yo no tenía culpa, antes no les daba razón para que me miraran así, yo no provocaba nada, vestía con recato, cubría mi cuerpo como siempre. Aquella noche en cambio, yo me había vestido para provocar, me había puesto esa ropa íntima que una mujer solo usa para seducir a su pareja, y lo hice por dinero, por necesidad; pero eso no borraba el hecho de haber traicionado a Rafael... mi Rafael. Aunque estuviera muerto, sentía que lo había engañado, que había mancillado el amor puro que tuvimos.
En la tienda, los días siguientes fueron un infierno lento, cada vez que la campanita de la puerta sonaba y entraba un hombre, el corazón se me subía a la garganta, imaginaba a Don Armando regresando y el darme cuenta de que no era el, no lo hacia mas fácil, pensaba que lo sabían, que de alguna forma veían en mi cara, lo que había hecho, me juzgaban y que me deseaban más por eso; pero nadie decía nada, solo las miradas de siempre y Don Armando no volvió a aparecer. La angustia se fue calmando un poco, volví a mis problemas de siempre: cómo sacar adelante a mis hijas con una tienda que apenas vendía, cómo estirar el dinero hasta fin de mes, cómo no derrumbarme delante de ellas, hasta que llegó aquel día.
Era casi la hora de cerrar, ya había apagado las luces del frente cuando la puerta se abrió, entró Don Miguel, el dueño de la gasolinera del pueblo, un hombre de unos cincuenta y tantos, corpulento, con bigote gris y manos grandes de tanto trabajar, siempre había sido respetuoso, al menos de palabra, me saludó con una sonrisa amplia.
— Buenas noches Elena ¿Todavía la alcanzo?
Asentí, lo vi recorrer los percheros y elegir seis prendas con calma, las puso sobre el mostrador, yo empecé a marcar los precios en la caja, entonces vi unos billetes al lado de la ropa, la misma cantidad exacta que Don Armando me había dado aquella noche. Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que creí que se me salía del pecho.
— ¿Qué... qué es esto? —pregunté con voz apenas audible.
Él me miró como si fuera lo más normal del mundo.
— Quiero el servicio de modelaje, Elena, esa es la cuota, ¿no? Armando me dijo que es lo que cobras ¿O solo es por cinco prendas? Espera, devuelvo una y comenzamos.-- Dijo Don Miguel, mientras tomaba una de las prendas.
Me quedé helada, sin aire, sin palabras, Don Armando se lo había contado, ese maldito viejo se lo había contado. Hice memoria desesperada: ¡Nunca le pedí que guardara el secreto! Nunca se lo prohibí explícitamente ¿Cómo fui tan estúpida? Pensé que algo así era obvio, que un hombre decente no iría presumiendo algo tan íntimo; pero lo hizo, lo había divulgado como si fuera un trofeo.
Don Miguel ya se alejaba hacia los percheros para devolver la prenda, lo veía moverse en cámara lenta, mi cabeza gritaba: “¡Dile que se vaya! ¡Grita! ¡Échalo!” Pero entonces mis ojos se posaron en los billetes, esa cantidad era lo que la tienda generaba en varios días.
Recordé el desayuno de esa mañana: las risas de mis hijas, sus planes, sus sueños. Recordé los meses anteriores, contando monedas para la comida, posponiendo pagos, fingiendo delante de ellas que todo estaba bien.
Una voz interior susurraba: “Acepta, por ellas ¿De verdad vale más tu dignidad que su futuro?”
Cuando Don Miguel regresó con cinco prendas y una sonrisa emocionada, yo ya había tomado la decisión, iba a decirle que se largara, que no era una cualquiera, que se fuera al diablo; pero de mi boca salió otra cosa.
— Sí... está bien, vamos atrás. – mi voz sonó ajena, como si otra mujer hablara por mí.
No sé cómo pasó, mi cerebro gritaba que no; pero mi corazón, el amor inmenso por mis hijas, ganó.
Las condiciones fueron las mismas: solo mirar, nada de tocar.
Caminé hacia el probador con las piernas temblando, fue peor que la primera vez, porque ya no era solo necesidad, era resignación, era saber que mi cuerpo, ese que siempre escondí como un tesoro sagrado, se estaba convirtiendo en moneda de cambio.
Mientras me cambiaba en el probador, las manos me temblaban tanto que apenas podía desabrochar los botones, lloraba en silencio. Desabroché mi brassiere beige de siempre, el que cubre todo, el que no deja ver nada, mis senos pesados cayeron libres un instante, con los pezones ya endurecidos por el aire frío y por el miedo.
La primera prenda era un conjunto negro de encaje transparente con liguero y medias de seda, me puse primero la tanga, la tela era tan fina que apenas cubría mi vagina y mi bello púbico, el hilo se hundió entre mis nalgas redondas, marcando cada curva, luego el brassiere: dos triángulos de encaje que apenas contenían mis enormes senos, los empujaba hacia arriba, creando un canal profundo entre ellos, dejando los pezones casi visibles bajo la transparencia, los ligueros colgaban de una cinta estrecha alrededor de mi cintura, que se ajustaba como una segunda piel, finalmente las medias negras hasta medio muslo, con una línea de costura atrás que subía por mis piernas.
Salí y Don Miguel soltó un gemido bajo y dijo:
— Dios mío, Elena… Mira cómo se te marcan esas tetas de puta madre… Date la vuelta despacio, quiero ver ese culo..
Sus palabras eran vulgares, directas, me quemaban la piel, me pidió poses más sugerentes que Don Armando: que arqueara la espalda, que me inclinara un poco hacia adelante, que pusiera una mano en la cadera y mirara por encima del hombro. Quise decirle que parara, que no haría eso, pero la vergüenza me cerró la garganta, sentía las mejillas ardiendo, el cuerpo rígido de pudor, solo obedecí, torpe, tímida, con la mirada baja, sin negarme.
Una por una, fui probándome las cinco prendas, cada salida del probador era una nueva humillación, cada comentario suyo, un golpe más a mi dignidad.
La segunda prenda era un babydoll verde, corto, de gasa transparente, con copas de encaje y una tanga a juego. El babydoll apenas me llegaba a la mitad del muslo, las copas eran abiertas en el centro, solo un lazo las unía, dejando el canal entre mis senos completamente expuesto, la tela flotaba sobre mi cuerpo, rozando mis pezones cada vez que me movía. La tanga era un triángulo diminuto adelante, dos hilos atrás.
Cuando salí, él se lamió los labios.
— Joder, pareces una actriz porno con ese cuerpo… Camina hacia mí, despacio.
Caminé, sentía el roce de la gasa en mis pezones endurecidos, el hilo de la tanga frotándose contra mi sexo con cada paso. Me detuvo a un metro, me pidió que levantara los brazos por encima de la cabeza y girara, lo hice, mis senos se elevaron, casi escapando de las copas. Él respiraba con fuerza, casi como un animal salvaje.
La tercera era un corset blanco satinado con bordados florales, muy ajustado, con varillas que moldeaban mi cintura hasta lo imposible, venía con un brassiere incorporado de media copa que dejaba la parte superior de mis senos al descubierto, y una braguita abierta por detrás —solo dos tiras que enmarcaban mis nalgas, sin nada enmedio. Ajustar el corset fue una tortura, me apretaba tanto que apenas podía respirar, mis senos se derramaban por encima de las copas, los pezones rozando el borde del satín, la braguita… Dios, la braguita dejaba mi sexo casi expuesto, solo cubierto por un pedazo de tela fino, y atrás mis nalgas quedaban completamente a la vista, cubiertas por nada más que un par de tiras. Salí y él se levantó de la silla.
— Hostia puta, Elena… Ese culo parece hecho para ser reventado… Inclínate hacia adelante, apoya las manos en la silla.
Lo hice, el corset me apretaba la cintura, mis senos colgaban pesados, balanceándose, sentí el aire en mi culo expuesto. Él se acercó un paso, pero no me tocó, solo miró y respiró hondo.
La cuarta era un conjunto morado de satén y encaje: un brassiere push-up que era brutal, mis senos parecían aún más grandes, apretados, con los pezones marcándose bajo el satén, y un cachetero de encaje que cubría solo la mitad de mis nalgas, dejando la parte inferior al aire. Cuando salí, él ya estaba más atrevido.
— Uff, tremenda guarra… acércate, tócate el pelo, separa las piernas, agárrate el pecho… Así, arquea la espalda, saca ese culo.
Obedecí todo, me sentía como una muñeca en sus manos, cada orden suya hacía que mi cuerpo respondiera a pesar de mí vergüenza.
La última prenda era un conjunto verde esmeralda de terciopelo y encaje: un body de una sola pieza, con escote profundo en V hasta el ombligo, copas que apenas cubrían los pezones, y abierto en la entrepierna, un diseño que dejaba mi sexo completamente accesible. Ponérmelo fue lo más humillante, el escote bajaba tanto que mis senos quedaban expuestos casi por completo, solo los pezones cubiertos por un borde de encaje, abajo… abajo no había nada, solo dos tiras que se unían a la espalda, dejando mi sexo y mis nalgas al aire. No lo había notado cuando las eligió, pensé en negarme; pero era la última de las prendas, si me negaba ahora, él se iría con su dinero y la humillación de los últimos 40 minutos no valdría para nada.
Salí por última vez, Don Miguel ya no disimulaba. Tenía los ojos vidriosos, la respiración agitada.
— Joder, Elena… Estás para follarte toda la noche… — Dijo casi sin habla — Date la vuelta, separa un poco las piernas… Así, inclínate un poco más, mueve el culo.
Lo hice, sentí el aire en mi sexo desnudo, sentí una vergüenza mayor, estaba segura de que el podía ver con total claridad mi vagina.
Él me miró en silencio un minuto entero, no decía nada, solo estaba grabándose cada detalle.
Terminé y me vestí con mi ropa de siempre, esa armadura modesta que ya no me protegía de nada. Cobré las prendas, él pagó sonriendo, prometiendo volver pronto, quise decirle: “Por favor, no se lo cuentes a nadie, guardé el secreto”; pero entonces pensé: ¿y si ya se lo dijo a otros? ¿A cuántos más se lo habrá contado Don Armando? ¿Y si le digo eso y me chantajea con revelarlo todo a mis hijas? Me quedé callada, solo un “buenas noches” apenas audible salió de mi boca.
Cerré la puerta, apagué las luces, me senté detrás del mostrador, esperando que llegaran las lágrimas como aquella primera vez, esperando derrumbarme; pero no llegaron, me quedé ahí en la oscuridad, con el cuerpo aún temblando por el roce de aquellas telas, por las órdenes, por las miradas, me sentía sucia, usada, rebajada; pero veía el dinero en el cajón, y sentía el alivio de saber que este mes mis hijas no pasarían apuros, y eso… eso era lo que más me aterraba, porque una parte muy pequeña, muy profunda de mí decía: “¡Hazlo de nuevo! Te prometo que la próxima vez será más fácil y tus hijas jamás lo sabrán…”
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