Una Viuda Paga Sus Deudas – Capítulos 001 al 003

heranlu

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Una Viuda Paga Sus Deudas – Capítulo 001

Me llamo Elena, tengo 42 años, aunque la gente siempre dice que no aparento más de treinta. Mi cabello es castaño, ondulado hasta los hombros, y mis ojos café son tranquilos, casi tímidos.

Soy viuda desde hace exactamente un año. Mi marido, Rafael, se fue de repente, un día estaba riendo conmigo en la cocina, al siguiente, ya no estaba y desde entonces, todo se ha derrumbado despacio, como una casa que pierde un ladrillo y de ahí empieza a desmoronarse.

Tengo dos hijas hermosas: Sofia, de 21, y Lucia, de 19. Cuando salimos juntas, la mayoría piensa que somos hermanas. Eso solía hacerme sonreír, pero ahora solo me recuerda lo sola que estoy.

La tienda de lencería que abrí con Rafael hace varios años, apenas sobrevive, no entiendo por qué las clientas han dejado de venir, cuando Rafael vivía, era un negocio muy productivo. – Con el tiempo descubriría que todas las mujeres del pueblo me envidian en silencio, me odian por algo que no controlo: mi figura. Senos muy grandes, cintura estrecha, caderas amplias, trasero redondo, una belleza que nunca pedí ni exhibí. Siempre vestida con recato: faldas por debajo de la rodilla, blusas cerradas, nada que llame la atención; pero igual me miran mal. –

Los hombres... eso es otro tema, los veo entrar a la tienda con excusas torpes: “Es para mi esposa”, “Para mi novia”, en realidad solo vienen a mirarme. Se que ellos me han apodado “La viuda tetones de sandía”, nunca lo he oído directamente, pero si a mis espaldas. Eso enfurece más a las mujeres, les prohíben a sus maridos acercarse, asustan a sus hijos con los peligros que es acercarse a una mujer como yo, amenazan a sus novios, los regañan si los descubren cuando voltean a mirarme. Así que. casi nadie compra, solo miran.

Hoy era el aniversario del día que murió Rafael, quería ir al cementerio temprano, llevarle flores y quedarme allí hasta que el sol se pusiera; pero tenía que abrir la tienda.

El día fue lento, apenas tres ventas pequeñas. Mañana vencen pagos importantes: el alquiler del local, la luz, la hipoteca de la casa, y no tenia el dinero que necesitaba, si no pagaba, podía perderlo todo.

Ya estaba cerrando, apagué las luces del escaparate, estaba a punto de girar la llave de la puerta, cuando alguien tocó el vidrio, levanté la vista y lo vi, era Don Armando, el vendedor de autos usados. Un hombre regordete, calvo, de más de sesenta años, viudo también, según sabía. Me hizo señas suplicantes: “Por favor, Elena, solo un momento, necesito un regalo para una amiga”, dudé, quería irme a casa, encerrarme, llorar a solas; pero necesitaba cada centavo. Abrí la puerta, entró y empezó a mirar las prendas con una lentitud que me puso nerviosa. Escogió cinco conjuntos, elegantes, cosas que cualquier mujer podría usar con confianza (o eso pensé en ese momento). Pagó una, pero se quedó mirando mientras yo guardaba el resto. Entonces me vio llorar, no pude contenerlo más.

— ¿Estás bien, Elena? —preguntó con voz suave.

Negué con la cabeza. Y se me escapó todo: el aniversario, la falta de dinero, los pagos de mañana, el miedo a perderlo todo, el terror de no poder darle a mis hijas un techo seguro.

Hablé entre sollozos, sin mirarlo. Él se quedó callado un momento.

— Yo puedo darte ese dinero – dijo de pronto.

Me sequé las lágrimas, sorprendida.

— Gracias, Don Armando, pero no acepto caridad.—

— No es caridad —respondió —Te pagaré por un servicio. –

Me tensé de inmediato. Lo miré con rabia.

— No soy esa clase de mujer —dije con voz temblorosa, pero firme.

— Tranquila, por favor —levantó las manos—No me refiero a eso, no del todo. Mi amiga usa tallas grandes, tiene un cuerpo... abundante, parecido al tuyo. Quiero ver cómo le queda la ropa antes de regalársela, para no equivocarme de modelo o talla.

(La amiga de la que hablaba Don Armando, si usaba tallas grandes; pero por razones muy diferentes a las de Elena, gordura principalmente)

Sentí que la sangre se me subía a la cara. ¿Cómo se atrevía? Pero entonces repitió la cantidad, lo que necesitaba para cubrir los pagos de mañana. Pensé en Sofia y Lucia, en no querer que sufrieran. En que Rafael me entendería, y acepté.

Puse condiciones: Solo probarme la ropa, él se quedaría afuera del probador, no tocaría nada, no diría nada fuera de lugar. Él asintió con una sonrisa y una calma que me heló la sangre.

Entré al probador grande del fondo, Cerré la cortina con manos temblorosas. Me quedé allí parada, llorando en silencio.

— “Perdóname, Rafael” — susurré. — “Perdóname por lo que estoy haciendo, pero es por ellas, solo por ellas”.

Me quité la blusa blanca abotonada hasta el cuello, la falda plisada hasta debajo de la rodilla, el brassiere beige de siempre —de los que cubren todo—las pantaletas grandes y cómodas. Ahí delante del espejo me sentía sucia.

Me puse el primer conjunto: el babydoll rojo, la tela era suave, sedosa, pero tan fina que se transparentaba. El brassiere apenas contenía mis senos; los elevaba, los hacía parecer aún más grandes, la pantaleta también era transparente deja ver la línea de mis nalgas a través de la tela. Me miré y no me reconocí, era yo, pero parecía otra mujer. Una mujer que nunca he sido. Lágrimas calientes rodaban por mis mejillas mientras me ajustaba las tiras,

— Le quedara perfecto, estoy segura de que a su amiga le va a encantar.— Le dije con voz quebrada a Don Armando que esperaba afuera.

— Necesito verlo, Elena —respondió él con calma

Respiré profundo, me sequé la cara, abrí la cortina y salí. No lo miré a los ojos, miré al piso, sentí su mirada quemándome la piel, recorriéndome de arriba abajo como si fuera un objeto. Me pidió que me diera vuelta despacio, caminar unos pasos, levantar los brazos, nada grosero, poses naturales; pero cada movimiento hacía que la tela se moviera, que mis senos se balancearan, que mi cuerpo se marcara más. Obedecí en silencio, roja hasta las orejas, pensando en mis hijas, repitiéndome que era por ellas. Seguí con los demás conjuntos, el corset negro me apretó la cintura hasta dejarme sin aliento, realzó mis curvas hasta lo imposible, los ligueros tensaban las medias contra mis muslos. Salí y él se quedó sin habla un rato. El conjunto blanco de encaje parecía puro, de novia, pero en mi cuerpo se veía pecaminoso, casi obsceno. El push-up morado empujó mis senos hacia arriba hasta casi derramarse del brassiere. El cachetero marcaba cada curva de mis nalgas. El verde... ya ni recuerdo bien. Solo recuerdo las lágrimas que no paraban, el nudo en la garganta, el corazón latiéndome como loco, sentí que una parte de mí se moría.

Esto duró casi una hora, al final me vestí con mi ropa de siempre. Salí del probador con la cabeza baja, mirando el piso. Cobré lo acordado en la caja. Él pagó sin decir mucho, se llevó las cinco prendas que yo había usado. Salió contento, casi silbando. Cerré la puerta con llave. Apagué las luces. Me dejé caer al suelo detrás del mostrador y lloré como nunca. Lloré por Rafael, por lo que acababa de hacer, por vender mi dignidad, mi pudor y mi cuerpo. Lloré hasta que no quedó nada dentro de mí. Mañana pagaré las deudas, la tienda seguirá abierta un mes más. Mis hijas no perderán su casa, pero yo... yo perdí algo esta noche que no podré recuperar jamás. Perdóname, Rafael. Perdóname.

A la mañana siguiente estaba sentada a la mesa de la cocina con una taza de café que ni siquiera probaba, miraba a Sofía y a Lucía, tan alegres como siempre, Sofía contaba una anécdota divertida de la universidad, Lucía se reía a carcajadas mientras untaba mermelada en su pan, sus risas llenaban la casa, sus ojos brillaban, tan jóvenes, tan llenas de vida, y yo... yo no podía dejar de sentirme sucia. Revivía una y otra vez la escena: la cortina del probador abriéndose, yo saliendo con aquel babydoll rojo, tratando de evitar la mirada de Don Armando; pero lo vi, recorriéndome con sus ojos llenos de lujuria, como si fuera suya. Esa mirada la había sentido miles de veces antes: en la calle, en el mercado, cuando algún hombre entraba a la tienda con excusas tontas, siempre la misma lujuria disfrazada de casualidad; pero antes yo no tenía culpa, antes no les daba razón para que me miraran así, yo no provocaba nada, vestía con recato, cubría mi cuerpo como siempre. Aquella noche en cambio, yo me había vestido para provocar, me había puesto esa ropa íntima que una mujer solo usa para seducir a su pareja, y lo hice por dinero, por necesidad; pero eso no borraba el hecho de haber traicionado a Rafael... mi Rafael. Aunque estuviera muerto, sentía que lo había engañado, que había mancillado el amor puro que tuvimos.

En la tienda, los días siguientes fueron un infierno lento, cada vez que la campanita de la puerta sonaba y entraba un hombre, el corazón se me subía a la garganta, imaginaba a Don Armando regresando y el darme cuenta de que no era el, no lo hacia mas fácil, pensaba que lo sabían, que de alguna forma veían en mi cara, lo que había hecho, me juzgaban y que me deseaban más por eso; pero nadie decía nada, solo las miradas de siempre y Don Armando no volvió a aparecer. La angustia se fue calmando un poco, volví a mis problemas de siempre: cómo sacar adelante a mis hijas con una tienda que apenas vendía, cómo estirar el dinero hasta fin de mes, cómo no derrumbarme delante de ellas, hasta que llegó aquel día.

Era casi la hora de cerrar, ya había apagado las luces del frente cuando la puerta se abrió, entró Don Miguel, el dueño de la gasolinera del pueblo, un hombre de unos cincuenta y tantos, corpulento, con bigote gris y manos grandes de tanto trabajar, siempre había sido respetuoso, al menos de palabra, me saludó con una sonrisa amplia.

— Buenas noches Elena ¿Todavía la alcanzo?

Asentí, lo vi recorrer los percheros y elegir seis prendas con calma, las puso sobre el mostrador, yo empecé a marcar los precios en la caja, entonces vi unos billetes al lado de la ropa, la misma cantidad exacta que Don Armando me había dado aquella noche. Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que creí que se me salía del pecho.

— ¿Qué... qué es esto? —pregunté con voz apenas audible.

Él me miró como si fuera lo más normal del mundo.

— Quiero el servicio de modelaje, Elena, esa es la cuota, ¿no? Armando me dijo que es lo que cobras ¿O solo es por cinco prendas? Espera, devuelvo una y comenzamos.-- Dijo Don Miguel, mientras tomaba una de las prendas.

Me quedé helada, sin aire, sin palabras, Don Armando se lo había contado, ese maldito viejo se lo había contado. Hice memoria desesperada: ¡Nunca le pedí que guardara el secreto! Nunca se lo prohibí explícitamente ¿Cómo fui tan estúpida? Pensé que algo así era obvio, que un hombre decente no iría presumiendo algo tan íntimo; pero lo hizo, lo había divulgado como si fuera un trofeo.

Don Miguel ya se alejaba hacia los percheros para devolver la prenda, lo veía moverse en cámara lenta, mi cabeza gritaba: “¡Dile que se vaya! ¡Grita! ¡Échalo!” Pero entonces mis ojos se posaron en los billetes, esa cantidad era lo que la tienda generaba en varios días.

Recordé el desayuno de esa mañana: las risas de mis hijas, sus planes, sus sueños. Recordé los meses anteriores, contando monedas para la comida, posponiendo pagos, fingiendo delante de ellas que todo estaba bien.

Una voz interior susurraba: “Acepta, por ellas ¿De verdad vale más tu dignidad que su futuro?”

Cuando Don Miguel regresó con cinco prendas y una sonrisa emocionada, yo ya había tomado la decisión, iba a decirle que se largara, que no era una cualquiera, que se fuera al diablo; pero de mi boca salió otra cosa.

— Sí... está bien, vamos atrás. – mi voz sonó ajena, como si otra mujer hablara por mí.

No sé cómo pasó, mi cerebro gritaba que no; pero mi corazón, el amor inmenso por mis hijas, ganó.

Las condiciones fueron las mismas: solo mirar, nada de tocar.

Caminé hacia el probador con las piernas temblando, fue peor que la primera vez, porque ya no era solo necesidad, era resignación, era saber que mi cuerpo, ese que siempre escondí como un tesoro sagrado, se estaba convirtiendo en moneda de cambio.

Mientras me cambiaba en el probador, las manos me temblaban tanto que apenas podía desabrochar los botones, lloraba en silencio. Desabroché mi brassiere beige de siempre, el que cubre todo, el que no deja ver nada, mis senos pesados cayeron libres un instante, con los pezones ya endurecidos por el aire frío y por el miedo.

La primera prenda era un conjunto negro de encaje transparente con liguero y medias de seda, me puse primero la tanga, la tela era tan fina que apenas cubría mi vagina y mi bello púbico, el hilo se hundió entre mis nalgas redondas, marcando cada curva, luego el brassiere: dos triángulos de encaje que apenas contenían mis enormes senos, los empujaba hacia arriba, creando un canal profundo entre ellos, dejando los pezones casi visibles bajo la transparencia, los ligueros colgaban de una cinta estrecha alrededor de mi cintura, que se ajustaba como una segunda piel, finalmente las medias negras hasta medio muslo, con una línea de costura atrás que subía por mis piernas.

Salí y Don Miguel soltó un gemido bajo y dijo:

— Dios mío, Elena… Mira cómo se te marcan esas tetas de puta madre… Date la vuelta despacio, quiero ver ese culo..

Sus palabras eran vulgares, directas, me quemaban la piel, me pidió poses más sugerentes que Don Armando: que arqueara la espalda, que me inclinara un poco hacia adelante, que pusiera una mano en la cadera y mirara por encima del hombro. Quise decirle que parara, que no haría eso, pero la vergüenza me cerró la garganta, sentía las mejillas ardiendo, el cuerpo rígido de pudor, solo obedecí, torpe, tímida, con la mirada baja, sin negarme.

Una por una, fui probándome las cinco prendas, cada salida del probador era una nueva humillación, cada comentario suyo, un golpe más a mi dignidad.

La segunda prenda era un babydoll verde, corto, de gasa transparente, con copas de encaje y una tanga a juego. El babydoll apenas me llegaba a la mitad del muslo, las copas eran abiertas en el centro, solo un lazo las unía, dejando el canal entre mis senos completamente expuesto, la tela flotaba sobre mi cuerpo, rozando mis pezones cada vez que me movía. La tanga era un triángulo diminuto adelante, dos hilos atrás.

Cuando salí, él se lamió los labios.

— Joder, pareces una actriz porno con ese cuerpo… Camina hacia mí, despacio.

Caminé, sentía el roce de la gasa en mis pezones endurecidos, el hilo de la tanga frotándose contra mi sexo con cada paso. Me detuvo a un metro, me pidió que levantara los brazos por encima de la cabeza y girara, lo hice, mis senos se elevaron, casi escapando de las copas. Él respiraba con fuerza, casi como un animal salvaje.

La tercera era un corset blanco satinado con bordados florales, muy ajustado, con varillas que moldeaban mi cintura hasta lo imposible, venía con un brassiere incorporado de media copa que dejaba la parte superior de mis senos al descubierto, y una braguita abierta por detrás —solo dos tiras que enmarcaban mis nalgas, sin nada enmedio. Ajustar el corset fue una tortura, me apretaba tanto que apenas podía respirar, mis senos se derramaban por encima de las copas, los pezones rozando el borde del satín, la braguita… Dios, la braguita dejaba mi sexo casi expuesto, solo cubierto por un pedazo de tela fino, y atrás mis nalgas quedaban completamente a la vista, cubiertas por nada más que un par de tiras. Salí y él se levantó de la silla.

— Hostia puta, Elena… Ese culo parece hecho para ser reventado… Inclínate hacia adelante, apoya las manos en la silla.

Lo hice, el corset me apretaba la cintura, mis senos colgaban pesados, balanceándose, sentí el aire en mi culo expuesto. Él se acercó un paso, pero no me tocó, solo miró y respiró hondo.

La cuarta era un conjunto morado de satén y encaje: un brassiere push-up que era brutal, mis senos parecían aún más grandes, apretados, con los pezones marcándose bajo el satén, y un cachetero de encaje que cubría solo la mitad de mis nalgas, dejando la parte inferior al aire. Cuando salí, él ya estaba más atrevido.

— Uff, tremenda guarra… acércate, tócate el pelo, separa las piernas, agárrate el pecho… Así, arquea la espalda, saca ese culo.

Obedecí todo, me sentía como una muñeca en sus manos, cada orden suya hacía que mi cuerpo respondiera a pesar de mí vergüenza.

La última prenda era un conjunto verde esmeralda de terciopelo y encaje: un body de una sola pieza, con escote profundo en V hasta el ombligo, copas que apenas cubrían los pezones, y abierto en la entrepierna, un diseño que dejaba mi sexo completamente accesible. Ponérmelo fue lo más humillante, el escote bajaba tanto que mis senos quedaban expuestos casi por completo, solo los pezones cubiertos por un borde de encaje, abajo… abajo no había nada, solo dos tiras que se unían a la espalda, dejando mi sexo y mis nalgas al aire. No lo había notado cuando las eligió, pensé en negarme; pero era la última de las prendas, si me negaba ahora, él se iría con su dinero y la humillación de los últimos 40 minutos no valdría para nada.

Salí por última vez, Don Miguel ya no disimulaba. Tenía los ojos vidriosos, la respiración agitada.

— Joder, Elena… Estás para follarte toda la noche… — Dijo casi sin habla — Date la vuelta, separa un poco las piernas… Así, inclínate un poco más, mueve el culo.

Lo hice, sentí el aire en mi sexo desnudo, sentí una vergüenza mayor, estaba segura de que el podía ver con total claridad mi vagina.

Él me miró en silencio un minuto entero, no decía nada, solo estaba grabándose cada detalle.

Terminé y me vestí con mi ropa de siempre, esa armadura modesta que ya no me protegía de nada. Cobré las prendas, él pagó sonriendo, prometiendo volver pronto, quise decirle: “Por favor, no se lo cuentes a nadie, guardé el secreto”; pero entonces pensé: ¿y si ya se lo dijo a otros? ¿A cuántos más se lo habrá contado Don Armando? ¿Y si le digo eso y me chantajea con revelarlo todo a mis hijas? Me quedé callada, solo un “buenas noches” apenas audible salió de mi boca.

Cerré la puerta, apagué las luces, me senté detrás del mostrador, esperando que llegaran las lágrimas como aquella primera vez, esperando derrumbarme; pero no llegaron, me quedé ahí en la oscuridad, con el cuerpo aún temblando por el roce de aquellas telas, por las órdenes, por las miradas, me sentía sucia, usada, rebajada; pero veía el dinero en el cajón, y sentía el alivio de saber que este mes mis hijas no pasarían apuros, y eso… eso era lo que más me aterraba, porque una parte muy pequeña, muy profunda de mí decía: “¡Hazlo de nuevo! Te prometo que la próxima vez será más fácil y tus hijas jamás lo sabrán…”
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Una Viuda Paga Sus Deudas – Capítulo 002

Al día siguiente de la visita de Don Miguel, desperté con el cuerpo pesado, como si hubiera pasado la noche cargando un peso invisible, sentía una humillación profunda, una bajeza que me quemaba por dentro, culpa por Rafael, por mis hijas, por la mujer digna que solía ser; pero también, en lo más hondo, un alivio traicionero: el dinero estaba allí, los pagos del mes cubiertos, mis niñas no pasarían necesidad, ese alivio era lo que más me avergonzaba, porque significaba que ya le había puesto precio a mi pudor, a mi vergüenza, a mi dignidad.

El día en la tienda transcurrió como en una niebla, atendí a algunas clientas con sonrisa forzada, pero mi mente estaba en otra parte. Hacia las cuatro de la tarde entró Carlos, el dueño de la ferretería, un hombre de unos cuarenta y tantos, casado, con hijos un poco mayores que mis hijas, siempre había sido cortés conmigo, incluso algo tímido, escogió cinco conjuntos con rapidez, como si los tuviera ya pensados, todos elegantes, pero muy sugerentes, al pagar lo hizo con la misma prisa con lo que los eligió y dijo:

— Los paso a recoger en la noche, Elena —dijo con voz baja, sin mirarme a los ojos— No completo lo necesario ahora — Y salió casi corriendo, rojo como un tomate.

Me quedé confundida, al contar el dinero era el monto correcto, no había mas ni menos dinero, crei que se había equivocado.

— “Cuando regrese le diré que no me debe nada más, me pago lo justo por las prendas”— me dije a mi misma.

No le di más vueltas, los últimos días me tenían la cabeza hecha un caos, solo guardé los cinco conjuntos en una bolsa aparte, con su nombre. El resto de la tarde fue lo mismo, pocas ventas y yo nerviosa porque regresara Don Armando o Don Miguel, o peor aun temía que apareciera otro.

Mis temores se cumplieron, cerca de las ocho, cuando ya estaba apagando luces, entró Don Raúl, el farmacéutico, un hombre alto, de cincuenta y tantos, siempre bien vestido, con esa sonrisa amable que ahora me parecía siniestra, escogió cinco prendas sin prisa, las dejó en el mostrador y, sin decir palabra, puso encima unos billetes, la misma cantidad que los anteriores. Mi corazón se disparó.

— ¿Y… estos billetes? —pregunté con voz temblorosa, aun sabiendo la respuesta.

— El servicio de modelaje, Elena. Como con Armando y Miguel. — El sonrió con calma

Iba a responder, cuando la puerta se abrió de nuevo, era Carlos, regresando.

— Ya traigo el dinero —dijo jadeando un poco, y dejó sobre el mostrador otro fajo idéntico al de Don Raúl.

Ahora lo entendí todo, “No completo lo necesario” significaba que volvería con el pago por el “servicio de modelaje”. Los dos hombres se miraron, incómodos al principio, pero luego con una complicidad silenciosa que me revolvió el estómago, Don Raúl habló primero:

— ¿Cómo lo hacemos, Elena? ¿Esperamos turno afuera… o entramos los dos juntos?

Carlos tragó saliva, pero no dijo nada, solo me miró, esperando. El mundo se detuvo, sentí que las piernas me fallaban, dos hombres, pagando por verme, mirándome al mismo tiempo semidesnuda.

Mi mente gritaba: “¡No! ¡Diles que se vayan! ¡Cierra la tienda y corre a casa!”; pero vi los dos fajos de billetes, dos veces lo que había recibido el día anterior, suficiente para un mes tranquilo, dos veces el alivio y dos veces la seguridad para mis hijas. Pensé en ellas, y con la voz rota, casi inaudible, dije:

—Los… los dos juntos. — Así terminamos más rápido, pense.

Me odié en ese instante más que nunca, apagué las luces del frente, cerré la puerta con llave y los llevé al fondo, al probador grande, puse una silla para cada uno, frente a la cortina, les dije las reglas con voz temblorosa: solo mirar, nada de tocar, ellos asintieron, ansiosos, como jóvenes que verían algo que no deberían ver.

Entré detrás de la cortina del probador y me quedé allí un minuto largo, en silencio, solo pensaba: “Perdóname Rafael, perdóname, Hijas perdónenme por favor”. Empecé con las prendas que había elegido Carlos: un babydoll negro corto de tul transparente, con copas de encaje abierto y tanga de hilos, al ponérmelo, mis senos se derramaban por los lados de las copas; los pezones se marcaban claramente bajo el tul, la tanga era solo un triángulo diminuto y dos hilos que se perdían entre mis nalgas, salí y los dos soltaron un suspiro al unísono.

— Dios santo… —murmuró Carlos.

— Qué cuerpo, Elena… —dijo Don Raúl con voz ronca.

Me pidieron que girara, que caminara, que me inclinara. Obedecí en silencio, sintiendo cuatro ojos clavados en mí, como si quisieran atravesarme con la mirada,

La siguiente fue un conjunto rojo de satén con brassiere y braguita brasileña. Sus comentarios ya eran más directos:

— Mira cómo se le mueven esas tetas…

— Ese culo es una locura…

Siguieron corsets, bodys, tangas, hilos, medias, encaje, cada prenda mas provocadora que la anterior, y despues la prenda que eligió Don Raúl para cerrar: un conjunto negro de cuero suave y encaje, con brassiere de aros que empujaba mis senos hacia arriba formando un canal profundo, y un culotte con abertura trasera que dejaba mis nalgas al descubierto, me sentía como una prostituta de lujo. Cada paso hacía que mis senos se balancearan, que el cuero rozara mis pezones endurecidos contra mi voluntad, me pidieron la pose más humillante hasta entonces: sentada en una silla, piernas bien abiertas que yo sostenía con mis manos, lo hice sin pensar que a mi edad seria difícil esa posición; pero al parecer mi cuerpo cooperaba tanto como yo. Sentí sus miradas como manos recorriendo mis senos y mi sexo, escuche sus respiraciones agitadas, algún gemido bajo y los comentarios vulgares y sucios como los demás que habían echo durante el resto de la sesión.

Cuando terminé y me vestí, cobré las prendas, ellos recogieron sus bolsas con la ropa que yo había usado, impregnada de mi perfume y mi vergüenza, y se fueron, prometiendo discreción (mentira, lo sabía).

Cerré la tienda, esta vez no lloré, salí en medio de la oscuridad, con el cuerpo temblando de humillación, de culpa, de bajeza absoluta; pero con el de dinero suficiente para mantener a mis hijas, el silencio dentro de mí era lo más aterrador de todo, porque yo sabia que esto se repetiría y que ya no pensaba en decir en “No”.

CAPITULO III. LA VIUDA SIN SUERTE

Me llamo Elena, tengo 42 años y ya no reconozco a la mujer que se refleja en el espejo cada mañana.

Han pasado semanas, más bien meses, el “servicio de modelaje” se convirtió en una rutina nocturna, uno o dos hombres cada noche, a veces repetidos como Don Miguel o Don Raúl, que volvían con ojos más hambrientos cada vez, otras veces nuevos, recomendados por los anteriores, el rumor se extendió como fuego en el pueblo, discreto, pero imparable. Cada noche cerraba la puerta con llave, apagaba las luces del frente y los llevaba a los probadores.

Cada vez era igual de terrible, no importaba cuántas veces lo hubiera hecho, la humillación era nueva, fresca, punzante, el temblor de manos al desabrochar mi brassiere beige de siempre, el calor en las mejillas cuando salía con la primera prenda, sintiendo sus miradas devorándome, los comentarios cada vez más crudos, las poses cada vez más explícitas, Brassieres minúsculos, tangas que eran hilos, ya varios habían visto mi sexo desnudo al igual que conocían el color de mis pezones. El silencio después, cuando me vestía y cobraba, con la cabeza baja y la garganta cerrada. Solo sentía vergüenza, culpa, bajeza absoluta, me repetía que era por mis hijas, por la casa, por la supervivencia; pero cada noche una parte de mí moría un poco más.

Sin embargo, el dinero llegó como un río, volví a tener la solvencia que conocí cuando Rafael vivía, las cuentas pagadas al día, la nevera llena, ropa nueva para mis hijas, salidas al centro comercial los sábados por la mañana.

Comencé a abrir la tienda más tarde —a las once o doce—, porque por las mañanas casi nadie entraba, y los clientes “de verdad” llegaban al anochecer.

Sofía y Lucía no cabían en sí de la alegría, pasamos de comer sopa aguada y arroz, a carne asada, postres de pastelería, dulces. De ropa de segunda mano a marcas que ellas veían en las revistas. Me miraban con ojos brillantes y me preguntaban:

— Mamá, ¿qué pasó? ¿Cómo es que de repente todo está tan bien?

Yo sonreía, les acariciaba el cabello y les decía la verdad a medias.

— La tienda está vendiendo mucho, mis princesas, por fin las mujeres del pueblo aprecian nuestra ropa, hay mucha demanda de lencería fina.

Ellas me creían, me abrazaban, por fin sentíamos la tranquilidad de una vida resuelta; pero la vida, cruel como siempre, puso otra piedra en mi camino: mi madre, que vive al otro lado del pueblo, enfermó de gravedad, tuve que cerrar la tienda unas semanas para cuidarla. Medicamentos caros, consultas privadas, análisis, hospitalizaciones, todo el dinero que había juntado con tanta humillación, se fue como agua entre los dedos, más rápido de lo que entró, las facturas se acumularon de nuevo, las deudas crecieron. Con la tienda cerrada no entraba ni un centavo. Estuve más hundida que nunca, peor que antes, porque ahora tenía también los gastos médicos de mi madre.

Una noche no pude más, dejé a mi madre dormida, con Sofía y Lucía cuidándola, les dije que iba a la tienda porque había dejado dinero guardado en la caja fuerte y lo necesitaba urgente, Mentiras, no había nada, solo necesitaba salir de casa, respirar otro aire, estar sola.

Llegué al local pasadas las diez, la calle estaba oscura, silenciosa, saqué la llave con manos temblorosas, dispuesta a entrar, sentarme en el suelo del probador y por fin gritar y llorar todo lo que llevaba dentro. Justo cuando metía la llave en la cerradura, escuché pasos rápidos detrás de mí, me volví asustada; pero solo eran cinco chicos jóvenes, no tendrían más de veintitrés o veinticuatro años, hijos de gente del pueblo, algunos los conocía de vista: el hijo del panadero, el sobrino del mecánico, dos o tres más que habían sido amigos de mis hijas en la secundaria. Vestían sudaderas, jeans, gorras, estaban nerviosos, moviéndose de un pie al otro, mirándose entre ellos como buscando valor, uno de ellos, dio un paso adelante.

— Buenas noches, Elena… disculpa la hora…— La voz le temblaba, hizo una pausa larga— ¿Todavía… todavía podemos contratar un servicio?

El aire se me escapó de los pulmones, cinco pares de ojos jóvenes, temerosos; pero a la vez ansiosos, emocionados, curiosos, llenos de esa misma lujuria que ya conocía tan bien, pero ahora en rostros casi infantiles, rostros que habían jugado con mis hijas cuando eran adolescentes, rostros que me llamaban “señora” con respeto hace apenas unos años.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, no dije nada, solo los miré, con la llave aún en la cerradura y el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que lo oirían.

Los cinco chicos estaban allí, frente a mí, en la puerta de la tienda, eran torpes, nerviosos, con las manos sudadas y las voces quebradas, nerds o no se como les dicen ahora, los que siempre fueron los callados en la escuela, los que jugaban juegos de mesa hasta la madrugada y nunca tuvieron novia. Los conocía a casi todos de vista; habían sido compañeros de mis hijas, habían estado en mi casa en fiestas de cumpleaños cuando eran niños, para mí seguían siendo niños a pesar de tener mas de 23 años. Por eso, cuando el más alto preguntó si todavía podían “contratar un servicio”, mi mente gritó un “NO” rotundo. Pero entonces otro habló, con voz temblorosa:

— Nos dijeron que podemos escoger cinco prendas ¿verdad? Y la cantidad… es por cada uno, ¿verdad? — Dijo, mientras sacaba dinero de sus bolsillos

Todos sacaron fajos de billetes, eso era cinco veces lo que cobraba normalmente, me quedé sin palabras, ellos creian que eran 5 prendas por los 5 y no cinco por cada uno.

Cinco hombres significaban veinticinco prendas, casi cuatro horas de humillación, o… estos cinco chicos juntos, en los mismos cuarenta y cinco minutos de uno solo, cinco veces el dinero. Miré los billetes, pensé en mi madre en el hospital, en los medicamentos que faltaban esta semana, en las facturas que se acumulaban en casa, en mis hijas que creían que todo iba bien de nuevo. No cubría todas las deudas, pero era un salvavidas, un respiro.

Asentí, apenas un movimiento de cabeza.

— Pasen —dije con voz muerta.

Entraron como niños en una dulcería, ojos brillantes, risas nerviosas, empujándose entre ellos, corrieron a los percheros y empezaron a escoger, para mi horror, fueron directo a la sección que Lucía me había convencido de comprar hace meses: lencería juvenil, diminuta, vulgar, obscena. Tiras, transparencias, aberturas, colores chillones, cosas que yo nunca habría usado ni en mis peores pesadillas.

Me encerré en el probador, me temblaban tanto las manos que incluso rompí unos botones de mi falda, me repetía que era solo mirar, como siempre, que no tocarían, que ya eran adultos, como los demás, terminaría rápido.

Salí con la primera prenda: un conjunto rosa neón que era poco más que tres triángulos diminutos unidos por hilos y un top de red rosa que no cubría nada. Los vi sentados en semicírculo, cinco rostros jóvenes, boquiabiertos, ojos como platos, era evidente que nunca habían visto a una mujer real en ropa interior, mucho menos a una con mis curvas. Mis senos desbordaban los triángulos, los pezones se marcaban clarísimo bajo el diminuto triangulo y la red. La tanga era un hilo que desaparecía entre mis nalgas, como si no existiera.

— Wow… — susurró uno.

— Es… es increíble —dijo otro, rojo hasta las orejas.

Sus comentarios eran tímidos, casi tiernos. Me pidieron cosas simples: que girara despacio, que levantara los brazos, que caminara un poco, obedecí en silencio, más avergonzada que la primera vez con Don Armando, sentía que le estaba robando el dinero a unos niños, era una basura.

La segunda prenda, un babydoll transparente verde con aberturas laterales y una tanga con abertura central que dejaba a la vista mi sexo, los chicos me miraban sin parpadear, sin respirar, entonces las peticiones subieron de tono.

— Tócate el pelo… míranos… inclínate un poquito… abre las piernas— decían al mismo tiempo

Los comentarios también ya no eran tan inocentes.

— Qué tetas más grandes… Dios…

— ¡No había visto tetas así ni en las películas porno!

— ¡Se le ve todo a Elena! Su coño es hermoso

La tercera, un conjunto rojo de vinilo con brassiere de aros que dejaba los pezones al aire y unas pantaletas abiertas atrás. Ahora las peticiones se volvieron órdenes.

— Date la vuelta… puta... Separa las piernas... Arquea la espalda… Levanta una pierna... mas arriba...

Los comentarios se endurecieron.

— Mira qué nalgas tan perfectas tiene la viuda…

— Qué rico culo… Mucho mejor que el de la maestra de ingles.

— Esos pezones tan rosados y parados… Están como para chuparlos

Para la cuarta, un body de malla negra completamente transparente con solo un corazón diminuto cubriendo el sexo y dos estrellas en los pezones. Viendo que no ponía peros a sus ordenes y no protestaba por sus comentarios, los chicos ya eran vulgares sin filtro.

— Enséñanos ese coño, Elena…

— Estás para cogerte todo el día, puta…

— Vamos guarra ¡enséñanos eso tan rico que tienes!

No dije nada, solo obedecía, con la mirada baja, queriendo que terminara.

La quinta fue la peor: un conjunto de tiras negras que era básicamente un arnés. Dos tiras rodeaban mis senos sin cubrirlos, dejando pezones al aire. Una tira bajaba por el centro, otra rodeaba mis caderas, y atrás solo cruzaba entre mis nalgas para pasar al frente y convertirse en dos tiras que rodeaban mi sexo, era de lo más obsceno que tenía en la tienda. Sali y me ordenaron, abrirme de piernas en el piso, apretar mis pechos, pellizcar mis pezones, meterme un dedo en la boca y entonces la pose final:

—Volteate, agáchate, cabeza en el piso y manos en el culo, lo queremos bien abierto ¡puta!

Lo hice, ya era el final, que más daba humillarme así. Sentía el aire en todo mi cuerpo expuesto, estuve así unos segundos, mi cara contra el frio piso y entonces sentí una mano, una mano joven, temblorosa pero decidida, apretando fuerte una de mis nalgas. Me incorporé de golpe, aterrorizada, los vi de pie, me habían rodeado.

— ¡No! —logré gritar, pero la voz me salió ahogada.

Otro me tocó un seno, otro la cintura.

— ¿Cuánto más es por tocar? —preguntó uno, excitado.

— No te preocupes Elena, traemos suficiente dinero —dijo otro, sacando más billetes.

Y el tercero, el más alto, con voz ronca:

— ¡Mejor paguemos el paquete completo y la follamos aquí los cinco!

Empezaron a arrancarme las tiras, se rompió con facilidad, quedé desnuda, solo cubriéndome con los brazos, un brazo sobre los senos, el otro sobre mi sexo, las manos no paraban de pellizcar, sobar y apretar. Las lágrimas me rodaban por las mejillas, ya no podía gritar, el terror me había paralizado. Los vi acercarse más, desabrochándose pantalones y entonces, desde la oscuridad detrás de un estante alto, saltó una figura pequeña pero furiosa.

— ¡DEJEN EN PAZ A MI MAMÁ!

Era Lucía, mi hija menor, con un palo de escoba que había encontrado, lo blandía como una espada, los ojos llenos de lágrimas y rabia, los chicos se quedaron helados, el hechizo se rompió, retrocedieron torpemente, murmurando disculpas confusas, recogiendo sus cosas a toda prisa, salieron corriendo en menos de un minuto, dejando billetes tirados por el suelo.

Lucía corrió hacia mí, yo estaba temblando, solo lloraba, desnuda, rota, mi hija de 19 años acababa de salvarme de algo irreparable, y supe, en ese instante, que ya no había fondo más bajo, o por lo menos eso creí…

CAPITULO V. LA VIUDA Y SU HIJA

Me llamo Elena, tengo 42 años y esa noche mi mundo se derrumbó por completo.

Cuando los chicos salieron corriendo, dejando la puerta abierta y billetes regados por el suelo, me quedé allí, desnuda, temblando, cubriéndome con las manos como pude, el terror aún me tenía paralizada, no podía moverme, solo lloraba, con el cuerpo hecho un ovillo en el piso frío de la tienda, como un animal herido. Entonces sentí algo suave sobre mis hombros, una bata, la bata vieja que guardaba para los días fríos, una mano pequeña, temblorosa pero firme, me la colocó con cuidado. Alcé la vista entre lágrimas, era Lucía, mi hija menor, mi niña de 19 años me ayudó a ponerme de pie, me abrazó fuerte, y me llevó casi en brazos hasta el mostrador, me sentó en la silla y se quedó de pie frente a mí, con los ojos rojos, pero con una expresión que nunca le había visto: seria, adulta, molesta.

Yo no podía parar de llorar, Lloraba como una niña pequeña, con hipos, con mocos, con el cuerpo convulsionando, no podía hablar, el shock de lo que casi pasó… y luego el shock mayor, mi hija había visto todo ¿Cuánto? ¿Desde cuándo estaba allí? ¿Habría visto cómo me exhibía como una cualquiera frente a esos chicos? ¿Habría oído sus comentarios vulgares y como no hacia nada al respecto, siguiendo sus órdenes? Y después sus manos sobre mi…

Lucía esperó, paciente, hasta que los sollozos se hicieron más espaciados, hasta que pude respirar un poco. Entonces me miró a los ojos, muy seria, y preguntó con voz baja pero firme:

— Mamá… ¿por qué haces esto?

No respondí, solo bajé la cabeza y volví a llorar.

— ¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo?

Las lágrimas me ahogaban.

— ¿Cuántos hombres te han visto… así? ¿Semidesnuda? ¿Cuántos, mamá?

Y ahí se rompió todo lo que quedaba de mí, entre sollozos, entre hipos que me cortaban la voz, empecé a hablar, o más bien a confesar.

— Desde… desde el aniversario de tu papá… —dije con la voz rota—. Un hombre… Don Armando… me ofreció dinero para… para que me probara ropa aquí. Yo… yo no tenía para los pagos. Iba a perder la tienda… la casa… no quería que ustedes sufrieran…

Lucía me escuchaba en silencio, pálida.

— Al principio fue uno… luego otro… se corrió la voz… —seguí, llorando más fuerte—. Cada noche… uno o dos… Solo mirar, pedían más poses… decían cosas… y yo… yo aceptaba porque entraba dinero… mucho dinero…

Me tapé la cara con las manos.

— Con eso pagamos todo… la comida buena… tu ropa… la universidad de Sofía… y ahora los medicamentos de la abuela… Yo pensé… pensé que ustedes nunca se enterarían… que valía la pena… que era solo mi cuerpo… que por ustedes podía…

Lucía tenía lágrimas en sus ojos, pero no lloraba como yo. Lloraba en silencio, con rabia.

— ¿Cuántos, mamá? —repitió, con voz temblorosa— ¿Diez? ¿Veinte?

Negué con la cabeza, sollozando.

— No sé… muchos… casi todas las noches… algunos repetían… del pueblo… conocidos… hasta amigos… y hoy… hoy estos chicos… — Me derrumbé de nuevo. —Pensé que era lo único que podía hacer… que no había otra salida… que Rafael me entendería desde el cielo… pero ahora… ahora tú lo sabes… y soy lo peor… lo peor del mundo…

Lucía se arrodilló frente a mí, me tomó las manos, me obligó a mirarla.

—Mamá… —dijo con voz quebrada— Tú no eres lo peor. Tú eres la mejor madre del mundo, hiciste esto por nosotras… por no vernos sufrir, pero… ya no más, se acabó.

Yo solo podía llorar.

—Nunca más, mamá. Mañana mismo cerramos esto. Buscaremos otra forma. Juntas. Pero tú no vuelves a hacer esto, nunca.

Me abrazó y la abracé de vuelta, con toda mi alma rota y por primera vez en meses, entre sus brazos, sentí que tal vez… tal vez aún quedaba algo que salvar de mí.

CAPITULO VI. LA VIUDA RESIGNADA.

Me llamo Elena, tengo 42 años y tengo el alma hecha pedazos.

Al día siguiente amanecí con el cuerpo pesado y los ojos hinchados, apenas pude dormir, cada vez que cerraba los ojos veía las manos de esos chicos sobre mí, oía sus voces, y luego la voz de Lucía gritando. Pero sobre todo sentía la vergüenza de que mi hija menor hubiera visto en qué me había convertido.

Sofía estaba con mi madre, cuidándola en su cama, Lucía y yo nos sentamos en la cocina pequeña, con dos tazas de café que ninguna tocaba.

— No le diremos nada a Sofía —dijo Lucía de inmediato, con voz firme—. Es muy sensible. Se derrumbaría. Se culparía a sí misma, yú y yo lo resolvemos, mamá.

Asentí, Sofía siempre había sido la frágil de las dos: tímida, pesimista, la que lloraba con las películas tristes y se preocupaba por todo, Lucía, en cambio, era una roca, a sus 19 años parecía tener más fuerza que yo. Le pregunte que hacia en la tienda la noche anterior.

— Estaba preocupada por ti mamá y te seguí — mientras movía la taza de café con sus manos — te vi salir y sabia que no era verdad lo del dinero, luego te vi en la entrada de la tienda con aquellos idiotas y sabia que algo no estaba bien.

Quería llorar nuevamente, mi hija a la que trataba de proteger estaba preocupada por mi, pero las lagrimas ya no salían, Lucia continuo:

— Entre después de que los llevaras a los probadores y en silencio te vi… te vi en esa ropa vulgar, exhibiéndote frente a ellos… — Lucia aguantaba las ganas de llorar — Escuchaba todo lo que te decían, y como tu no protestabas, te vi cambiarte y seguir en lo mismo, tras el ultimo cambio de ropa, los escuche y los vi hacerse señas, no sabia que hacer, no estaba segura de que tan lejos los dejarías llegar..

Yo balbuceaba cosas, tratando de defender un poco la poca dignidad que me quedaba mientras Lucia seguía hablando

— Y después te vi, tu cara atemorizada, mientras ellos te tocaban, sabia que ya habían cruzado el limite, tome la escoba y me lance contra ellos.

Después de escucharla hablamos horas, buscamos opciones. ¿Vender la tienda? Nadie la compraría en el estado en que estaba ¿Pedir préstamo? Con las deudas que ya teníamos, ningún banco se arriesgaría ¿Cambiar el giro del negocio? No teníamos capital ¿Mudarnos a otra ciudad? Imposible con la enfermedad de mi madre.

Lucía salió a buscar trabajo por la tarde. Volvió al atardecer con los hombros caídos.

— Cajera, mesera, limpieza… nadie me contrata, no tengo experiencia, mamá. Y los sueldos que ofrecen no alcanzan ni para los intereses de las deudas.

Yo también salí, fui tienda por tienda, restaurante por restaurante, las mujeres me miraban con odio apenas entraba, algunas ni disimulaban: “Aquí no necesitamos a alguien como tú, zorra”. Los hombres ni siquiera me recibían la solicitud, ellos sabían, todos sabían que si me contrataban, sus esposas, parejas, madres e incluso hijas enfurecerían. “La viuda tetones de sandía” era veneno para cualquier martimonio en el pueblo.

Cenamos en silencio con Sofía y la abuela, luego cuando ellas dormían, Lucía y yo tomamos las llaves y fuimos a la tienda, necesitábamos pensar, tal vez ordenar mercancía o simplemente llorar sin que nos vieran, encendimos solo la luz del fondo, nos sentamos en el suelo del probador, espalda con espalda, agotadas.

— No hay manera, mamá —dijo Lucía al fin, con voz baja—. Nadie nos va a ayudar aquí. Este pueblo te odia… nos odia…, y nos castiga sin dudarlo.

Yo no respondía. Solo miraba el piso.

— El “servicio de modelaje…” —susurró ella— es lo único que funcionaba, lo único que traía dinero ¿verdad?

— No —dije de inmediato, con la voz rota—. Nunca más. No después de lo de anoche. No después de que tú…

— No estoy diciendo que vuelvas a hacerlo… o por lo menos no igual —me interrumpió— tal vez con reglas más estrictas, nunca jóvenes, solo los que ya conoces. Conmigo escondida vigilando, por si acaso, o… talvez… yo podría…

— ¡No! —la corté, gritando horrorizada—. Tú no ¡Jamas!

Después silencio, las dos sabíamos que no teníamos otra opción real.

El dinero de anoche seguía tirado en una bolsa, mucho, demasiado, suficiente para los medicamentos de la abuela y algunas deudas, un pequeño respiro.

Estábamos allí, calladas, cuando un golpe suave en la puerta de vidrio rompió el silencio, las dos nos quedamos heladas, miramos el reloj: casi las diez de la noche, después un solo golpe más, educado, paciente. Vimos la silueta de un hombre mayor, encorvado, con bastón, era Don José, el viejo jubilado que vivía cerca de la plaza, lo conocíamos de toda la vida, siempre había sido respetuoso… al menos de lejos.

Lucía me miró, yo la miré a ella, las dos sabíamos perfectamente que no había ninguna otra razón para que un hombre estuviera tocando la puerta de la tienda de lencería a esa hora., el venía por mí, por el “servicio” que todos los hombres del pueblo ya conocían en susurros.

Lucía tenía los ojos muy abiertos, la respiración agitada. Yo sentía el corazón latiéndome en la garganta.

— No lo hagas, mamá —susurró —. Por favor, podemos buscar otra cosa, vender la casa, mudarnos, pedir ayuda a alguien fuera del pueblo… lo que sea.

Pero su voz se quebró al final, porque las dos sabíamos que no había “lo que sea”, la casa estaba hipotecada hasta el techo, mudarnos con la abuela enferma era imposible, no había a quien pedir ayuda, este pueblo ya nos había condenado.

Miré a mi hija, mi niña valiente que anoche me había salvado, sus ojos suplicaban un “no”, los míos, agotados, solo reflejaban resignación. Caminé hacia la puerta, Lucía me tomó del brazo.

— Mamá… por favor…

— Solo… solo hablaré con él —mentí, con voz apenas audible

No me creyó, yo tampoco me creí.

Llegué a la puerta, Don José estaba allí, con su bastón, su sombrero en la mano, la mirada baja por respeto… o por vergüenza.

— Buenas noches Elena —dijo con voz temblorosa de viejo—. Disculpa la hora… yo… quisiera … es decir, me comentaron que…

— Pase Don José — No lo dejé terminar de hablar.

Lo dejé pasar, cerré la puerta con llave detrás de él, Lucía se quedó en el fondo, junto al probador, con los brazos cruzados y la cara pálida, no dijo nada más, solo miró, apretando los puños. Don José era de los pocos que nunca había venido antes, siempre me veía con respeto en la plaza, alguna vez habia preguntando por mis hijas o por mi madre; pero ahora sus ojos eran hambrientos, brillantes, lujuriosos, me miró de arriba abajo con una sonrisa torcida, yo sabía lo que buscaba.

— Escoja cinco prendas, Don José —dije con voz apagada, sin mirarlo— Ya conoce la cantidad de siempre ¿no?

Él asintió, caminó despacio entre los percheros, apoyado en su bastón. Escogió con cuidado, no eligió con pudor como imaginé, fue directo a la sección con la ropa la más vulgar, la misma que los chicos de ayer habían elegido, sus ojos eran iguales a los de ellos y eso me aterraba, peor aun, sus gustos parecían ser los mismos:

1. Un conjunto rojo de vinilo con brassiere que dejaba los pezones al aire y una tanga con abertura central.

2. Un body de malla negra completamente transparente, con aberturas en los pezones, en la vagina y culo.

3. Un arnés de tiras negras que no cubría nada, solo enmarcaba senos, caderas y sexo.

4. Un babydoll rosa neón transparente y tanga de hilos que desaparecía entre las nalgas.

5. Un conjunto de cuero con corset que apretaba brutalmente la cintura y dejaba visibles los senos y la parte inferior.

Todas dejaban a la vista mi sexo y mis senos, realmente no cubrían nada de lo que se supone debe de cubrir la ropa interior. Puso las prendas y el dinero sobre el mostrador, yo me metí en el probador.

Me temblaban las manos, ese maldito temblor que no paraba desde la primera vez que hice esto; pero me cambié mecánicamente, salí con la primera: el conjunto rojo de vinilo. Los pezones al aire, la abertura en la tanga dejando mi sexo visible, Don José soltó una risa baja.

— Mira nada más que tenemos aquí… vestida como una puta de la calle ¡Que vergüenza Elena! Date la vuelta, enseña ese culo gordo.

Obedecí y me giré.

— Separa las piernas e inclínate, no puedo creer lo que estoy viendo.

Lo hice y sentí su mirada, no solo era lujuria, me veía como si yo fuera algo bajo y repugnante.

Con cada prenda fue peor, el body de malla:

— “Puta barata… camina contoneándote, mueve esas tetas de vaca”. — Dijo molesto, mientras golpeaba el piso con su bastón.

Me ordenó arquear la espalda, abrir las piernas, tocar mis pechos, lamer mis labios, obedecí todo.

Luego el arnés:

— “¡Mira cómo te vistes!… eres una mujer despreciable… ahora ¡de rodillas! Y manos atrás. Enséñame ese cuerpo que vendes”.

Me arrodillé, él se acercó un paso, tenía terror de que intentara sobrepasarse como los chicos; pero no tocó, solo siguió insultándome mientras yo estaba en esa humillante posición.

Con el babydoll rosa:

— “Pareces una prostituta de carretera… como es posible que una mujer como tu, viva en este pueblo que es decente… ahora siéntate y abre las piernas. Muéstrame ese coño que tanto ocultas” — Cada orden venia con un golpe de su bastón en el piso

Obedecí, roja de vergüenza, con las manos temblando, cuando abría las piernas también lo hacia mi sexo, el cual quedo abierto y visible para aquel viejo.

El último, el de cuero, el corset me apretaba hasta doler, dejaba mis nalgas, mis senos y mi sexo al aire.

— Ahora la pose final, zorra —dijo con voz cargada de desprecio—¡De espaldas, agáchate, manos en las nalgas, ábrelas! ¡Y mientras lo haces, discúlpate!

Me puse en posición, me sentía tan humillada que comencé a llorar

— ¡Elena! Pide perdón por ser una puta —ordenó.

Entre sollozos, con voz quebrada, dije:

— Perdón… perdón por ser una puta.

— ¡Mas fuerte! ¡Dilo de verdad, puta asquerosa! — Dijo gritando enojado mientras con su bastón golpeaba levemente una de mis nalgas

— ¡Perdón por ser una puta! — Dije gritando mientras él reia satisfecho.

Lucia estaba llorando de coraje, con los puños apretados contra la boca para no gritar.

Cuando terminé me vestí, Don José recogió las prendas usadas, las olió descaradamente y se fue, deseándome un “hasta pronto, Elena” con una sonrisa amable, que ahora me parecía hipócrita después de lo que me hizo hacer.

Cerré la puerta, Lucía salió de su escondite como un vendaval, sus lágrimas de rabia caían de sus ojos.

—¡¿Cómo pudiste dejar que te humillara así, mamá?! ¡¿Cómo te dejaste tratar como basura?! ¡Eres una madre, no una… una…! — No terminó, solo lloró más fuerte.

Algo se rompió dentro de mí, levanté la mano y le di una bofetada, fuerte, como nunca le había dado una, el sonido resonó en la tienda vacía.

Lucía se llevó la mano a la mejilla, mirándome con incredulidad y dolor.

—¡Cállate! —dije con voz fría, temblando— ¡Esta es la única opción que tenemos! ¡La única! Si no te gusta lárgate, o si quieres ayudarme quédate vigilando, cobra, lo que sea; pero yo debo seguir haciéndolo.

Lucía me miró, las lágrimas seguían cayendo, pero ya no dijo nada, se dio la vuelta, tomó la bolsa con el dinero y salió por la puerta trasera sin mirar atrás.

Yo me quedé sola en la tienda oscura, con la mejilla de mi hija ardiéndome en la palma de la mano, y entonces supe que el fondo no existía, siempre podía hundirme mas…
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heranlu

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Una Viuda Paga Sus Deudas – Capítulo 003

Durante el desayuno, Sofía charlaba alegre porque la abuela había pasado mejor noche, pero Lucía comió en silencio y salió sin despedirse.

Sentí un vacío frío en el pecho, pensé que ya no volvería, que mi bofetada la había alejado para siempre, y una parte de mí lo entendía.

La abuela estaba un poco mejor: el último medicamento había hecho efecto, ya no necesitaba vigilancia todo el día, solo alguien que durmiera con ella por las noches, así que podía abrir la tienda otra vez. Puse el letrero de “Abierto”, el día transcurrió con una calma engañosa: algunas mujeres entraron a mirar, pero ninguna compró. Los hombres pasaban por delante y me saludaban con sonrisas que ya sabía interpretar. Al anochecer llegaron los primeros dos, uno tras otro, los dejé pasar porque el dinero de anoche ya se había ido en facturas y medicinas. El primero eligió prendas aún más vulgares que Don José, me obligó a usar conjuntos con aberturas estratégicas en mis pezones, trasero y en mi sexo, mientras me llamaba “perra en celo” y todo el tiempo me hizo gatear por el suelo del probador, mientras él solo miraba, yo obedecía, en mi cabeza solo estaba Lucia, en si volvería o ya jamás la vería de nuevo. El segundo fue peor, me hizo usar un collar de cuero que había comprado en otro lado y de prendas solo eligió arneses con anillos, de los que no cubren nada, y con todas las prendas me ordenó llamarme a mí misma “puta barata del pueblo” en voz alta mientras hacia las poses siguiendo sus instrucciones, sentí náuseas; pero lo hice. Las palabras salían de mi boca como veneno que yo misma me tragaba.

— ¿Qué eres? — Gritaba el hombre, casi con odio

— La puta barata del pueblo — Respondía yo, aguantando las lagrimas

Cuando el segundo se fue, recogiendo su bolsa con las prendas usadas, me quedé sentada detrás del mostrador un momento. El cuerpo me dolía de las posturas forzadas, el orgullo… ese ya ni lo sentía, entonces la vi, Lucía salió de entre las sombras del almacén, tenía los ojos rojos, hinchados de llorar, me asusté, sus lagrimas eran diferentes a las del día anterior.

— ¿Qué pasó, hija? ¿Estás bien? ¿Por qué estás aquí? — Dije exaltada.

No respondió, solo sacó un sobre del bolsillo y me lo tendió con manos temblorosas, era una carta del banco, la leí de pie, pero a mitad de la página las piernas me fallaron y caí de rodillas al suelo. Las políticas habían cambiado, la deuda antigua de la hipoteca que veníamos pagando con retrasos pero manteniendo a flote, ahora se consideraba “de alto riesgo”, exigían el pago de una granparte en un plazo de treinta días, si no, embargo inmediato, perderíamos la casa, la casa donde nacieron mis hijas, donde Rafael y yo fuimos felices. Lucía se arrodilló a mi lado, las dos lloramos, nos abrazamos, con sollozos que nos sacudían a las dos.

— No alcanza, mamá —susurró entre lágrimas—. Ni siquiera trabajando todas las noches… aunque vengan tres o cuatro… no juntaríamos tanto en un mes.

Lo sabía, con lo que sacaba ahora cubriríamos lo básico y los medicamentos, pero una suma así era imposible.

Nos quedamos allí, llorando hasta que no quedaron fuerzas para más llanto, Lucía levantó la cabeza, se secó la cara con la manga y me miró con una expresión que me heló la sangre: determinada, fría, adulta.

—Tenemos que ganar más. Mucho más. Y rápido. — Yo asentí.

—Dime qué estás pensando —susurré.

Ella respiró hondo.

—Hay que subir el precio, y… ofrecer más… lo que sea necesario. Las dos sabíamos lo que eso significaba.

Se secó las lágrimas con rabia, respiró hondo y habló con una voz que no le reconocía: fría, calculadora, como si hubiera pasado horas pensándolo todo.

— Escúchame bien, mamá, un mes, treinta días, necesitamos multiplicar por diez lo que sacas ahora, no hay tiempo para orgullo ni para límites, vamos a hacer esto profesional.

Se levantó, encendió la luz del mostrador y sacó un cuaderno pequeño que llevaba en el bolso, empezó a escribir mientras hablaba, rápida, sin pausas.

1. Subir el precio base: El “modelaje básico” con precio individual más alto, lo haremos atractivo por grupos, mínimo tres hombres juntos, con descuento por grupo para que vengan más, así en una hora ganamos lo de tres noches separadas.

2. Niveles de servicio — Lucía lo escribió sin mirarme a los ojos —

· Nivel 1 (actual): solo mirar, poses y…. y… insultos si quieren.

· Nivel 2: tocar por encima de la ropa interior. Precio doble.

· Nivel 3: (dudó un segundo, luego siguió ) tocar piel directa, senos, nalgas… y… vagina, pero nada más. Precio triple.

— Yo decidiré hasta dónde llegas cada noche según cuánto necesitemos —dijo—.

3. Clientela fija y nueva: Hago una lista discreta de los que ya han venido y son “de confianza” (los que pagan bien y no son violentos), les mando mensajes por medio de terceros o notas anónimas: “nueva tarifa, grupos reducidos, experiencia exclusiva”. Buscamos nuevos fuera del pueblo: camioneros de paso, viajantes, hombres de pueblos cercanos que no nos conozcan de cara. Yo me encargo de contactar a quien me parezca confiable.

4. Horarios y seguridad: —Seis noches por semana, de 9 p.m. a 1 a.m., Máximo cinco hombres por sesión.

Yo siempre estaré vigilando, con el teléfono listo para llamar a la policía si algo se sale de control.

5. Acondicionamos la tienda como escenario: Montamos un pequeño “set” en el almacén grande: luces tenues, sillas, música baja para que no se oiga nada afuera. Vendemos también las prendas usadas a precio extra, las que los hombres se llevan “recuerdo”.

6. Mi parte: — Lucía me miró por fin. — Yo cobraré en la puerta, revisaré el dinero, contaré cabezas, y guardaré todo de manera segura, el día que juntemos lo suficiente para irnos de aquí, nos vamos sin mirar atrás.

Se quedó callada un momento, luego añadió con voz más baja; pero decidida:

— Y si en algún momento dices “BASTA”, paramos todo, aunque perdamos la casa, pero hasta entonces… vamos a la guerra, mamá, o ganamos este mes, o nos hundimos juntas.

Yo no pude hablar, solo asentí con la garganta cerrada, Lucía cerró el cuaderno, lo guardó y me ayudó a levantarme.

— Mañana empiezo a pasar la voz —dijo—. El sábado tenemos la primera sesión.

Y así, mi hija de 19 años se convirtió en la gerente de mi humillación y a pesar de todo, por primera vez desde que esto empezó, no me sentí sola y hundida en la desesperación.

CAPITULO VIII. LA VIUDA Y EL PLAN DE LUCIA

Me llamo Elena, tengo 42 años y aquellos treinta días fueron un descenso lento y calculado al abismo, orquestado por la desesperación y las manos firmes de mi propia hija.

Lucía se puso manos a la obra como si hubiera nacido para eso. Al día siguiente, mientras yo cuidaba a la abuela por la mañana, ella salió temprano con su cuaderno. Volvió al mediodía con una lista de nombres: nueve hombres que, según sus “fuentes” estaban dispuestos a pagar más por “algo especial”.

Por la tarde preparamos el almacén, quitamos cajas viejas, pusimos una sábana negra en el suelo, una silla alta en el centro, Lucía instaló una luz roja tenue que había comprado en la ferretería, parecía un escenario barato de película prohibida, yo miraba todo sin hablar, con el estómago revuelto.

El primer sábado llegó demasiado rápido, la primera sesión, cuatro hombres, tres del pueblo, Don Miguel, Don Raúl, un comerciante nuevo y uno de fuera, pagaron Nivel 3: tocar piel directa. Lucía cobró en la puerta, revisó bolsillos y les explicó las reglas con voz firme. Yo estaba detrás de la cortina, ya vestida con el conjunto que ellos habían elegido colectivamente: un body de malla roja completamente transparente con aberturas en senos y sexo, salí y los cuatro me miraron como lobos, los insultos empezaron de inmediato, más coordinados que antes, como si se alimentaran unos de otros, Lucía vigilaba desde las sombras, con el teléfono en la mano. Primero me ordenaron poses grupales: de rodillas en la silla, inclinada sobre el piso y después caminando entre ellos, mientras me tocaban. Al principio sentí un terror indescriptible, cada rose era como sentir las manos de los chicos que trataron de abusar de mi, pero de alguna manera el que Lucia estuviera ahí, me tranquilizaba un poco.

Poco a poco, los roses se volvieron caricias y después se convirtieron en toqueteos mas salvajes y rudos, sentía mis senos apretados, mis nalgas palpadas, mis pezones pellizcados, me llamaron puta, zorra, vaca lechera, todo lo que se les ocurría mientras lo hacían. A pesar de las palabras, los pellizcos y apretones, lo que realmente me dolía era el corazón, este cuerpo solo lo había tocado Rafael, era para él y para nadie más; pero ahora tres hombres tenían acceso a él a cambio de dinero.

Obedecí todo, sentía sus manos calientes, sus respiraciones agitadas, sus risas; pero cuando sentí un dedo rozando mi vagina, di un respingo, tome la mano del hombre y la aleje, el me miro extrañado. Si sentir las manos tocando el resto de mi cuerpo se sentían como navajas cortando mi corazón, el sentirlas ahora en mi vagina, era como una daga atravesándolo. Fue solo un segundo, pero mi cabeza pensó en miles de cosas, tenia que seguir el plan de Lucia, era la única manera de conseguir el dinero, sin dudar, volví a acercar la mano del hombre, permitiendo que tocara, puse una sonrisa nerviosa; pero no pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas.

Una hora paso, entre cambios de ropa y toqueteos, salieron contentos, incluso dejando propina extra, después cinco hombres, dos repetidos, tres nuevos de pueblos cercanos, también pidieron Nivel 3, Lucía dudó un segundo en la puerta, apenas si habían pasado unos minutos después de que los otros hombres habían salido, me miró, yo asentí desde el fondo, necesitábamos el dinero.

Lucia ya me había dado la ropa que eligieron, primero fue un corse con ligueros y medias, sin sostén ni pantaletas, me hicieron gatear, mientras sus manos se posaban en mis senos desnudos, sus dedos pellizcando pezones, sentía sus palmas abiertas en mis nalgas, dedos rozando mi sexo sin entrar (eso no estaba permitido), conforme avanzaba, las manos de otros hombres tomaban el lugar de los anteriores, también rosaban la entrada de mi ano,yo pensaba que seria una experiencia mas desagradable; pero por alguna razón, no supero a sentir por primera vez una mano extraña tocando mi sexo.

Me obligaron a repetir frases:

— Soy Elena la puta del pueblo — Dije mirando al piso, sin dejar de ser manoseada — Tóquenme más, señores, solo para eso sirvo.

— Eso puta, solo para eso sirve una tetona como tu — Dijo uno de ellos hombres mientras estrujaba mis pechos.

Lloré en silencio mientras lo hacía, Lucía lloraba también desde su rincón, pero no intervino. Al final de la noche contamos el dinero: más de lo que había visto junto en días, suficiente para pagar los medicamentos y comenzar con la hipoteca.

La voz ya corría, los hombres se amontonaban para poder entrar a las sesiones, Lucia mantuvo el orden, los organizaba para evitar problemas, un hombre, uno de fuera, un constructor fornido, intentó regatear:

— Oye, preciosa, por un poco más podríamos…

Lucía lo miró fijo, no lo dejo terminar:

— No, ya sabes lo que ofrecemos, paga o vete, hay lista de espera.— Lucia no dudo, lo dijo sin miedo, a pesar de su pequeño tamaño.

Pagaron todos sin preguntar nada mas.

Las siguientes sesiones fueron agotadoras, la ropa interior ya no era importante, cuando llegaba a usar algún sostén, tanga o pantaleta, me la quitaban de inmediato para poder acceder a mi cuerpo sin ninguna barrera, me hacían arrodillarme mientras manos de desconocidos me apretaban los senos desnudos, pellizcaban mis pezones sin piedad, las palmadas en mis nalgas pasaron a ser azotes, a pesar de que solo tocaban por fuera de mi vagina y ano, me escocían por tanto rose. Me obligaron a repetir tantas veces: “Soy la puta del pueblo”, “tóquenme más, por favor”, “aprieten mis tetas de vaca”, que las palabras comenzaban a perder sentido.

Lucía se endureció, cobraba con frialdad, organizaba todo como un negocio, por las noches, cuando volvíamos a casa, no hablábamos, solo contábamos el dinero y lo guardábamos en la caja fuerte, yo ya no sentía humillación nueva, solo un vacío inmenso. Mi cuerpo respondía a veces contra mi voluntad (el calor, la humedad), y eso me hacía odiarme más. Por las noches me untaba crema en mi vagina, ano, nalgas y senos, tratando de calmar el dolor de todas esas manos tocandome.

Varias noches después, en la puerta de la tienda, Lucia dijo a un grupo que llegaba borracho:

— Ni un olor a alcohol tolero. Si vienen así otra vez, no entran. ¿Entendido?

— Vamos, niña, relájate…— protesto uno

— Fuera. – Dijo Lucia molesta — Los otros cuatro pasen.

Dentro, me ordenaron estar con las manos en la espalda sentada en la silla, con las piernas separadas, estaba vestida con un bikini, varias tallas mas pequeño que la mia, por lo que me quedaba diminuto, atado a los lados en la tanga y al frente en el sostén, me hicieron cubrirme los ojos con un antifaz para dormir, por lo que no veía nada. El estar así me ponía muy nerviosa, sentía su respiración muy cerca de mi cuerpo, en mi cara, en mis senos y entre mis piernas, comenzaron a tocarme, primero sobre la tela; pero rápidamente desataron los hilos y quede expuesta ante ellos, los nervios y el miedo no me dejaban tranquila, sentía los pellizcos, los roses, mis senos estrujados, no se si eran muy hábiles con sus manos o si tantas noches siendo tocada me tenían muy sensible; pero cuando sentí que tocaban mi vagina me hizo soltar un leve gemido.

— ¿escucharon chicos? La vaca por fin esta aprendiendo a ser una buena puta — Dijo uno de los hombres entre risas

Pensé que ya no tenia dignidad ni orgullo; pero aquello que paso, me hizo sentir humillada, aprete mis manos detrás de mi espalda y no dije nada, trate de mantenerme serena, no permitiría que eso volviera a suceder; pero me equivoque.

Los hombres tomaron aquello como un reto.

— Vamos puta, no te hagas del rogar, dale otro gemido a papá — Dijo otro de los hombres.

Los apretones y pellizcos se volvieron caricias delicadas, frotaban mis pezones lentamente, acariciaban mis senos, tocaban mis labios, mi entrepierna fue su blanco principal, querían romperme, querían que gimiera nuevamente, no quería darles el gusto; pero mi cuerpo hervía, sentía mi cabeza ardiendo, cada rose era una tortura y de pronto… sentí una pequeña palmada sobre mi vagina.

— Ah — un leve gemido salió de mi boca, sin pensarlo, sin desearlo.

Los hombres aplaudieron y rieron victoriosos, el resto de la sesión ya no hubo cambios de ropa, no me pidieron que dijera o hiciera nada mas, se divirtieron escuchándome gemir una y otra vez, hasta que…

— Miren chicos, ya vieron ¡esta chorreando! — Dijo un hombre, con voz de asombro — tiene la silla empapada.

Yo estaba llorando, completamente humillada y derrotada, mi cuerpo había cedido ante las manos de esos hombres.

Lucía intervino:

— Se acabo su tiempo ¡Fuera! — dijo con voz autoritaria

Los hombres protestaron, querían más, no les importaba pagar extra, querían seguir divirtiéndose a expensas mías.

— Ya saben las reglas, lárguense ahora o no vuelven — Dijo Lucia, levantando la voz

De alguna manera los hombres cedieron a pesar de su excitación, no se como hubiera terminado aquello si ella no estuviera ahí.

Lucía cerró la puerta tras el último cliente y se derrumbó, se sentó en el suelo y lloró como niña.

—No aguanto más verte así, mamá —sollozó—. Te tocan como si fueras un objeto… y… sabía que todos buscarían hacerlo, tener una parte de ti... sabia que ya no pagarían por algo menos que eso… y yo... yo solo cuento el dinero después…

La abracé, lloramos juntas.

— Una semana más —dije—. Solo 7 días, ya casi lo tenemos.

Ella asintió, pero en sus ojos vi algo nuevo:

— Mamá… no es suficiente… no lograremos llegar a la meta en los días que quedan — Dijo, aun llorando — pero…

Se quedo sin decir una palabra por unos segundos, mirándome fijamente a los ojos

— Hay algo de tu plan que aún no me has contado ¿verdad? — le dije, rompiendo su silencio

— Si, esperaba que no tuviéramos que llegar a esto —susurró—lo que sería el Nivel 4… SEXO…, organizamos una “subasta privada” Invito a los que han venido, dejan una cantidad en un papel, a los que ofrezcan más vienen en 5 noches, elegimos a 4 y… tienes sexo con ellos.

Me quedé helada.

— ¿Estás loca? —grite exaltada—. Eso es… eso es… ¡Prostitución!

Lucía no dejo de mirarme fijamente.

— Ya lo es, mamá ¿no te das cuenta? solo que ahora lo estamos llamando de otra forma.

Nos quedamos en un silencio absoluto.

— ¿Lo hacemos? —preguntó angustiada.

Miré la carta del banco, la tenía sobre el mostrador, no la había guardado desde que la leí, la tenía entre otros papeles a la vista, para recordar por qué hacía y dejaba que me hicieran esto.

Algo en mi interior me decía que este momento llegaría tarde o temprano, solo aprete los puños y asentí.

Y así, mi hija organizó la que sería mi gran humillación y la salvación de nuestra casa, con una sola noche para decidirlo todo.

Pasaron los días, yo, con un dolor de estómago que no paraba, me aterrorizaba lo que tenía que hacer, el sentir las manos tocándome ya no era lo peor que podía pasarme.

La voz se había corrido, Lucia ya tenía los 4 hombres que participarían en el horrible espectáculo, y el día había llegado…



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heranlu

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Una Viuda Paga Sus Deudas – Capítulo 004

Lucía había preparado todo como un evento exclusivo. 4 hombres seleccionados, los más fieles clientes del pueblo. Ella estaba en la puerta, vestida de negro, yo lo veía como una señal, ya que estábamos a punto de enterrar mi dignidad, ella se sentía rota por dentro porque en unos minutos su madre seria penetrada por esos hombres ante sus ojos.

— Bienvenidos a los ganadores de la Subasta — Dijo Lucia tratando de mantener la compostura. — Las Reglas son: preservativo obligatorio, nada de mordidas, rasguños o golpes, terminan y se quitan para que pase el siguiente. —esto ultimo lo dijo con un nudo en la garganta.

Dentro estaba yo en el almacén, como parte del servicio ellos habían elegido que usaría y por supuesto me habían vestido con lo más degradante: arnés de cuero negro que solo enmarcaba senos y sexo, collar con cadena, tanga abierta, botas de tacón alto. Me maquille como pensé que debía maquillarse una prostituta, que a partir de ahora es lo que sería, por fortuna había llorado tanto los días anteriores, que ya no tenía lágrimas, si no, todo el rímel y delineador se hubiera corrido.

Lucia me presento como “la atracción principal”, yo estaba de pie en un rincón del almacén, habíamos puesto unas luces, un colchón con unas sabanas, y una cortina que separaba donde yo estaba de donde esperaban los hombres.

Ver al primer hombre cruzar la cortina, hizo que mi corazón diera un salto y comenzó a latir cada vez más rápido, pensé que me desmayaría. Él era un político local, de 40 y tantos años, antes de convertirse en un cliente de mi tienda no habíamos cruzado palabras nunca, yo lo había escuchado cuando daban algún discurso en el centro del pueblo o cuando había campañas políticas, siempre amable y sonriente, de los que estrechan la mano de todos al terminar esos eventos; pero aquí, en este lugar, el era diferente.

Después de unos pasos, el hombre se quitó su fino saco y lo coloco en el respaldo de una de las sillas del almacén, continuo con sus zapatos y los pantalones, quedando en camisa, calzoncillos, calcetines y corbata, avanzo nuevamente y comenzó a quitarse la corbata. En ningún momento me hablo, solo me miraba con esa sonrisa de político que tenía muy bien practicada dientes blancos y relucientes, que contrastaba con su mirada, una mirada llena de lujuria, deseo y excitación.

Se paro frente a mí, viéndome hacia abajo sin decirme nada, era más alto que yo (nada raro para mis 1.58cm de altura), su gran bigote y figura delgada, nunca representaron a alguien amenazante para mí; pero en estas circunstancias me sentía como una pequeña presa frente a un enorme lobo.

Tomo su corbata con las dos manos y la estiro provocando un sonido que me erizo la piel, sin más, me ato las manos con ella y las levanto arriba de mi cabeza para después empujarme contra la pared, se agacho y comenzó a besarme la boca, sentía su aliento a mentol y a algún licor que seguramente bebió antes de venir aquí, sus besos eran salvajes y descuidados, sentí una de sus manos bajar a uno de mis senos. Sostenía mis manos atadas con una de las suyas y con la otra estrujaba mi seno y pellizcaba mi pezón de la misma manera que me besaba, yo tenía los ojos cerrados y comencé a llorar, pensé que ya no podría hacerlo, pero el echo de tener los labios en mi boca de alguien que no era Rafael me rompieron, instintivamente movía mi cuerpo para separarme, pero el me tenia sometida con sus manos y su boca.

No podía verla, pero sabia que Lucia estaba ahí detrás de la cortina, lista para detener todo. Antes de empezar hablé con ella, estábamos repasando como seria esa noche y le dije:

— Lucia… se que esta noche será igual de difícil para mi como para ti… —Yo con un nudo en la garganta — Además, las cosas no saldrán exactamente como las tienes planeadas…

— ¿Pe... pero de que hablas mamá? — me respondió confundida.

— Estos hombres cambian al entrar aquí, se vuelven salvajes e impredecibles, tendrás que evaluar la situación y dejar que las cosas pasen… solo pararas esto si de verdad es necesario — le dije mientras la miraba fijamente y tomándola de la mano.

Ella estaba confundida, no entendia muy bien a que me refería; pero sabia que llegado el momento ella entendería, y el momento había llegado.

A pesar de estar en esa horrible situación, en mi mente yo solo repetía “Lucia, no entres aquí, por favor”, yo no deseaba lo que iba a pasar, pero necesitábamos el dinero y no había vuelta atrás, era el punto sin retorno.

Sus manos ya no me sostenían, estaban en mis pechos y en mi vagina, frotando y sobando, aun así, yo mantenía mis manos arriba y los ojos cerrados, hasta que lo sentí, los abrí y baje la mirada, no supe ni en qué momento el ya no tenía su camisa ni sus calzoncillos, solo vestía sus calcetines y un condón en su pene, el cual tenía ya rozando mi vagina. Quería gritar que parara; pero no lo hice, esta vez no me detuve por miedo (que por supuesto estaba aterrada), más bien fue por resignación.

Levanto una de mis piernas y me penetro de pie, sin miramientos, de una sola embestida, me quedé sin aliento, el único pene que había tenido en mí interior había sido el de Rafael y hacía mucho tiempo, además la falta de lubricación hizo que fuera muy doloroso, casi tan doloroso como el dolor en mi corazón, un segundo después solté un chillido que era casi un grito.

Continúo metiendo y sacando su pene, con fuerza, salvajemente, mientras los demás escuchaban mis quejidos y gemidos a través de la cortina, el pellizcaba con rudeza mis pezones y volvió a besarme.

Yo cerraba los ojos, esta vez por el dolor que me provocaba; pero me obligó a mirarlo:

— Dilo, puta, di que te gusta que te folle un hombre de verdad.

— Me… me gusta… —sollocé.

— ¡Mírame a los ojos cuando me hables! — me grito mientras me sostuvo el rostro con una de sus manos.

— Me gusta que me folle un hombre de verdad… — esta vez mientras lo miraba a sus ojos, con lagrimas en los míos.

Me puso en el colchón boca arriba, con las piernas abiertas al máximo y continuo follandome, en la posición anterior no había metido todo su pene en mí, pero en esta sentí todo en mi interior desde la primera estocada. Después de unos minutos de penetración en los que no pare de gemir y sollozar, el término. Sentí como el condón se llenaba en mi interior, para mi desgracia mi cuerpo cedió, arquee mi espalda y tuve un orgasmo también…

Después de unos segundos, saco su pene de mi vagina, se levantó y tiro el condón en un bote que habíamos dejado ahí cerca con ese propósito, se vistió y salió.

Afuera pude escuchar las voces de los otros hombres, celebrando, aplaudiendo, felicitándolo como si acabara de ganar algo, mientras yo me sentía como basura, una cosa era hacer esto por necesidad; pero el hecho de que mi cuerpo reaccionara de esa manera, me hacía sentir baja, como la peor de las peores y más al saber que Lucia lo había visto.

Pude escuchar a Lucia, con una voz que parecía quebrarse, pero también gritar con furia:

— ¡El que sigue, entre ya!

El siguiente era un camionero fornido de fuera, con aspecto rudo y algo sucio por su trabajo, rápidamente se desnudó y coloco con cuidado toda su ropa en la silla, quedando totalmente desnudo, yo seguía en la misma posición, como si fuera una muñeca que acababan de usar y tirar. Él me tomó lento, con calma, también me beso, pero esta vez fue con dulzura y pasión, mi cuerpo reacciono y sin que yo lo pidiera correspondí el beso, era igual a como me besaba Rafael y por un segundo sentí como si fuera el, abrace al hombre el cual estaba sobre mi entre mis piernas. Cuando reaccioné lo solté asustada, el comenzó a bajar hacia mis senos, los cuales comenzó a chupar con la misma dulzura mientras con uno de sus dedos froto mi vagina, sentí un choque eléctrico que me recorrió todo el cuerpo, me estremecí y solté un gemido fuerte, estaba sensible por el orgasmo de hace un momento, sentí como su cabeza bajaba más aun hasta terminar con su rostro entre mis piernas.

— ¿Qué… que estas haciendo? — Dije confundida y asustada

No me respondió y no pude decir nada más, sentí su lengua lamiendo mi vagina, otro gemido salió de mi boca, esta vez mas fuerte e intenso. Rafael hizo esto algunas veces, pero no era una práctica habitual entre nosotros.

No podía pensar con claridad, cada vez que le quería pedir que se detuviera me daba otro lengüetazo y solo salía un gemido más fuerte de mi boca, quería que parara porque mi cuerpo ya me avisaba lo que venía… y paso… otro orgasmo más.

Él se sento en el colchón y sin darme tiempo de recuperarme me jala y quedo sentada sobre el, coloca sus manos en mis nalgas, yo coloco las mías en sus hombros para no caerme y lentamente comienza a meter su pene dentro de mi vagina, esta vez fue diferente que con el anterior, una ola de placer recorrió mi interior, cuando por fin metió todo su pene, comenzó a moverme de adelante hacia atrás.

— ¡Que ricas tetas! Me enloquecen las mujeres con tetas tan grandes — lo decía mientras hundía su cabeza entre ellas, buscando con su boca mis pezones para lamerlos y chuparlos — y las tuyas son las tetas mas deliciosas, grandes y hermosas que había probado…

— Gra.. gracias — Dije resoplando entre gemidos, no supe ni por qué dije eso, el no paraba de hablar de lo mucho que le gustaban mis senos y tuve la necesidad de responder algo.

De igual manera que antes, cuando termino tiro su condón y salió del lugar. Agradecí no tener otro orgasmo más; pero me dejo al limite de tenerlo.

El tercero era un vecino que vivía a un par de cuadras, calvo, viejo y regordete, casi éramos de la misma estatura, lo saludaba frecuentemente cuando pasaba frente a su casa, siempre me daba esa sonrisa alegre, ahora no había sonrisa, solo una mueca casi salvaje. Yo estaba acostada, inerte, solo esperando a ser usada nuevamente, el se desnudo con torpeza y desesperación, casi cayéndose al quitarse los pantalones, se puso el condón y se abalanzo desnudo sobre mí, chupando mis senos, apretándolos y pellizcándolos, yo me mordía los labios para no gritar por lo rudo de su manoseo.

— ¡Eso puta! ¡que ricos melones! ¡eres una guarra! — repetía una y otra vez sin parar de jugar con mis senos. — Siempre quise tener tus enormes tetas entre mis manos, desde el primer día que te vi, sabia que eras toda una puta.

— Por favor…. No diga eso — le dije, pensando en que todas las veces que lo salude el solo pensaba en follarme.

Sin mas me penetro, comenzó a sacar y meter su pene, con movimientos torpes y rápidos, el respiraba fuertemente y gemía igual, yo no sabia que hacer, solo dejaba que el siguiera en lo suyo. Pasaron un par de minutos, se recargo sobre uno de mis senos y lo mordió, me hizo gritar por el dolor, sentí como terminaba en mi interior, soltó mi seno, se levanto y se fue.

Yo me senté y revise mi pecho, viendo la marca que había dejado con sus dientes, palpitando de dolor.

— ¡Le dije que sin mordidas! — Escuche gritar a Lucia cuando el hombre salió.

El escucharla decir eso, solo me hizo recordar que ella veía todo lo que esos hombres me hacían, peor aún, no despegaba la mirada, por si era necesario actuar.

El ultimo era Don Miguel y fue el peor, el se tomo su tiempo, al entrar se sento en la silla y me dijo:

— Muévete perra, ponte a cuatro patas y enséñame ese lindo culo tuyo.

El ya no tener dignidad ni orgullo hacían mas fácil seguir las ordenes que me daban, ya no pensaba, solo actuaba

— Ahora muévelo — hice lo que me ordeno y sacudí mi trasero — Ahora gírate y ven gateando hacia acá.

Me moví a gatas hacia el sin levantar la mirada del piso, cuando estuve cerca, me dijo:

— Ahora puta, pídeme que te folle.

— Follame — le dije, casi de manera robotica.

— No putita, dilo bien — levanto mi rostro con sus dedos y me obligo a verlo a los ojos — Dime que te folle y pídelo por favor.

— Follame… por favor… — esta vez lo dije casi llorando, el ver su sonrisa victoriosa al tenerme ahí a su merced, me hizo sentir aun mas rebajada.

— Esta es la golfa que todos queríamos, señores —gritó—. ¡La puta tetones de sandia pidiendo que la follen! — y comenzó a reír— Pues cumpliré tu deseo y te follare como mereces

Pude escuchar como los demás seguían afuera y se rieron del comentario.

Me llevo al colchón, mientras el se quitaba los pantalones y se ponía el condón, iba a recostarme cuando me sujeto y me puso a gatas, escuche como escupió y después sentí su saliva caliente escurriendo por mi vagina, tomo con sus manos mi cadera y lentamente introdujo su pene dentro de mí.

— Aaaahhh, que caliente estas perrita, además que bien aprietas — me dijo al oído, para después apretar mis pechos desde atrás — justo así imagine que se sentiría penetrar a la mas tetona del pueblo.

Comenzó a follarme mientras me decía que se había masturbado varias veces pensando en follarme, en como la lencería que me compraba se la daba a su esposa y la follaba pensando en mi, me parecía repulsivo todo lo que me decía.

Así continuo hasta que por fin eyaculo, yo también tuve un orgasmo, pero quise creer que esta vez fue por el alivio que sentí, ya que por fin habia terminado aquella pesadilla.

— Ufff, eres el mejor coño que me eh follado, deberíamos de repetirlo pronto — Dijo Don Miguel mientras se iba.

Cai sobre el colchón y así me quede, en mi cabeza veía una y otra vez el rostro de los hombres con los que había tenido sexo, sentía dolor y culpa, pero también sentía alivio y tranquilidad..

Me quede dormida, no sé cuánto tiempo paso, hasta que sentí un brazo que me rodeaba por detrás, di un respingo y solté un leve alarido, pensé que era alguno de los hombres que había regresado; pero también sentí unos pechos que reposaban en mi espalda, al igual que el inconfundible olor del perfume de Lucia, y mi corazón se calmó, no dijimos nada, solo nos quedamos así juntas durante la noche, sabiendo que todo había terminado… o eso creíamos…
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