Regresando de celebrar su treinta aniversario, mientras su esposo se acomodaba en el mueble que se encontraba en el salón principal y se ponía el resumen deportivo en la televisión, Rosa decidió pasar por la habitación de su hijo para avisarle que habían regresado; no tocó la puerta para evitar despertarlo en caso de que estuviese dormido y sorpresivamente se lo encontró con una mano en el móvil y la otra en la polla.
—Perdón —dijo ella y cerró la puerta.
La imagen de su hijo pelándosela se le hizo obscenamente lasciva e inmediatamente la puso cachonda.
—Madre mía —pensó incrédula de lo que había lo visto; y asombrada se sentó en el sofá junto a su esposo.
—Aún no te has quitado el vestido —dijo él.
Rosa no dijo nada ante el comentario de su esposo, sus pensamientos se encontraban absortos en lo que acababa de ver; aquella polla gruesa, larga, venosa, tiesa y, sobre todo, prohibida.
—¿Es porque mencioné que te ves sumamente hermosa o es por la forma en la que el mesonero te miró el escote? —le preguntó su marido coquetamente poniendo la mano sobre su muslo.
Rosa no prestó atención a su esposo hasta sentir como él mismo deslizaba su mano entre sus piernas, donde no tardó en comprobar que ya se encontraba mojada, pero lo que desconocía su marido es que dicha humedad no se debía a la habilidad de sus caricias sino a que no podía sacarse de la mente la brutal polla de su hijo.
—Vamos a la habitación —le propuso su esposo.
—Hagámoslo aquí —respondió ella remangándose el vestido y abriendo las piernas.
Su esposo pareció sentirse algo desorientado por la petición, pero eso no impidió que se desnudara rápidamente de la cintura para abajo y la penetrara mientras ella traviesamente se permitía pensar en su hijo.
Al voltear hacia a un lado Rosa miró que había pasado justo lo que quería; su hijo los había encontrado copulando, y mirándolo a su hijo pidió a su esposo que la follara con más fuerza.
Rosa vio cómo su hijo, ya con ganas de mojar, se había sacado la polla y había comenzado a sacudírsela mientras se acercaba.
—Permíteme —dijo a su padre dándole unos pequeños golpecitos en el brazo con el exterior de sus dedos—. Déjame darte una mano.
Su marido, ya exhausto, se la sacó y desconcertado aceptó el relevo de su hijo, dejando a Rosa completamente entregada; con las piernas abiertas, los senos por fuera del vestido y con la atención de su mirada completamente enfocada en como a este le colgaba virilmente la polla.
A Rosa le parecía que su hijo, que ya se encontraba cerca de sus treinta, poseía un talante notoriamente masculino, algo que le hacía sentirse sumisa ante él; y este, apoyando ambas manos en sus piernas, la penetró sin cortesía ni decoro, haciendo que ella instintivamente se mordiera el labio de placer y dejara escapar un gemido luego, al sentir que este se la ingresaba toda.
Su rostro la mostraba dominada por un celo animal, la profundidad de la penetración le hacía sentir a su hijo en el fondo de sí misma, más adentro de lo que había estado nunca.
En ese momento a Rosa le pareció que la confianza ganada en treinta años de matrimonio y los sacrificios que había hecho le hacían merecedora de algo, de que su esposo fuera comprensivo y le concediera un momento de satisfacción personal.
—Cariño, puedes marcharte, yo en unos minutos te acompaño en la cama —dijo en un gesto de cortesía que daba por entendido a su esposo que ella quería privacidad para hacer lo que se le antojara con su hijo, de disfrutar plenamente de su sexualidad con él sin el agravio de poder herir su orgullo.
—No es necesario —respondió su esposo—, solo dame un momento para recuperar el aliento.
—Anda a descansar, viejo. Yo me hago cargo. —respondió su hijo dándole a entender a su esposo que estorbaba en aquel lugar.
—Sí, amor, ve —dijo ella mimosamente—. Yo te acompaño en un momento, solo dame unos minutos —dijo sabiendo que se entregaría a su hijo toda la noche.
Su esposo, celoso, desorientado y exhausto finalmente terminó por marcharse de allí, lo que hizo sentir a Rosa que podía dejar escapar con su hijo la puta que llevaba por dentro.
En ese momento la sensación de estar a punto de orinarse la despertó. Tenía el coño húmedo y tanto deseo de follar que le hizo recordar lo decepcionante que había sido el polvo que había echado con su esposo poco antes de acostarse a dormir, ni siquiera el haberlo hecho en el salón principal, con el aliciente que significaba que en cualquier momento su hijo podía haber salido de su habitación y haberlos encontrado follando, pudo compensar la falta de energía sexual de su marido.
Rosa extendió su mano para tomar el celular que había dejado en la mesa de noche y luego de comprobar la hora y notar que estaba por amanecer se puso de pie y fue al baño de su dormitorio, se sentó a orinar repasando el sueño que acababa de tener y las emociones que le había generado. Nunca había pensado en su hijo de forma sexual, pero ahora, tal vez atribuible a que su esposo cada vez menos la satisfacía en la cama, se veía impresionada por la escena que había visto, y en lugar de tomarlo de otra forma, una más apropiada a su condición de madre, se sentía acechada por la fantasía de meterse la hirsuta y grosa verga de su hijo entre las piernas.
Al terminar en el baño Rosa decidió ir a la cocina por agua y un bocadillo. Su sorpresa fue encontrarse allí a su hijo, quien aparentemente había tenido la misma idea.
—¿Qué haces despierto tan temprano? —preguntó Rosa.
—No he podido dormir en toda la noche —respondió él—. Vi este pastel en el refrigerador y lo tomé.
—Dentro de unas horas tienes esa entrevista laboral —dijo ella.
—Sí —le respondió su hijo—. Tal vez por eso es que no he podido dormir.
Rosa notó que su hijo la miró de arriba abajo y se percató de que solo llevaba puesto una corta bata traslucida en la que podía verse desde sus pezones hasta el vello de su coño, por lo que decidió sentarse al otro lado del mesón, frente a su hijo, y cruzar las manos para taparse el pecho.
—Dame un poco —dijo ella mirando el pastel—. Que justo a eso venía, parece que hemos pensado en lo mismo.
Su hijo, que comía el pastel con las manos y que se había percatado de que ella tenía las manos ocupadas cubriéndose el pecho, naturalmente cogió un pedazo y lo extendió hacia ella. Rosa dudó un segundo y en un impulso que no pudo controlar se metió el pastel con todo y dedos directamente a la boca y los chupó, y luego, ante el rostro de incredulidad de su hijo, sonrió traviesamente.
—Venga, dame un poco más —dijo ella sabiendo que lo que acababa de hacer había tenido un efecto erótico sobre su hijo, quien tomó otro trozo de pastel y, esta vez, él mismo fue quien se lo introdujo en la boca, metiéndole sus dedos de forma descarada y dejándolos allí para que los chupara nuevamente.
Ambos se vieron a los ojos con el deseo de calmar la calentura que cada uno traía acumulada. Rosa se sintió confiada y de manera decidida rodeo el mesón, apoyó sus rodillas en el suelo y bajó el short de su hijo, dejando expuesta su tiesa polla que apuntaba hacia arriba indomablemente.
Rosa elevó su mirada y al ver que su hijo se encontraba completamente encomendado a ella le sujetó la base del miembro para apartar algunos vellos y darle el ángulo apropiado, dudó durante un segundo y entonces se llenó la boca.
Antes de haberlo visto pelándosela de aquella forma descarada, Rosa jamás había pensado en su hijo de manera sexual, pero ahora se encontraba engullendo vorazmente su venosa polla esperando a que este le inunde la boca con su esperma.
Su hijo, que se encontraba en un notorio disfrute, se fue arrimando poco a poco hacia adelante hasta quedar sentado casi en el filo de la silla, acercándole la polla y facilitándole la mamada.
—¿Te gusta así?, cariño —dijo Rosa observando como su mamada relajaba a su hijo.
—Sí —respondió él absurdamente excitado.
La expresión que tuvo su hijo al responder agradó a Rosa, quien magistralmente deslizó su lengua por todo el tallo del miembro, alcanzando a tocar con la punta los testículos, los cuales sujetaba con la mano y oprimía contra el tronco.
Repentinamente, y para desventura de los imprevistos incestuosos, ambos comenzaron a escuchar un leve y característico sonido proveniente de la habitación matrimonial, el cual lentamente fue ascendiendo para cumplir su función y que, para su fastidio, anunciaba el despertar de su marido. La fiesta que se habían montado llegaba a su fin.
Rosa comenzó a chupar con mucha velocidad en un intento desesperado de hacer que su hijo se corriera en su boca cuanto antes, pero a este la presión de tener que eyacular solo le complicaba la labor. Una vez con la mandíbula cansada Rosa decidió detener el movimiento y retener la polla en el fondo de su boca, con la punta casi dando a la garganta, y con los ojos demandó a su hijo que se corriera.
Ambos escucharon como la puerta de la habitación se abría. Se les acababa el tiempo, su esposo estaba por aparecer; por lo que Rosa, en un gesto tan desesperado como experto, presionó con sus dedos el recto de su hijo, quien casi inmediatamente le llenó la boca.
Al llegar su esposo a la cocina pudo notar como ella y su hijo se distanciaban bruscamente; él girándose hacia el mesón donde se encontraba el pastel y ella yendo hacia la dirección opuesta, en busca de la cafetera, no obstante su esposo no pareció darse cuenta de nada de lo que había pasado.
—¿Tienes esa cita laboral hoy? —preguntó su esposo a su hijo sentándose junto a él.
—Sí —respondió nervioso—, en un par de horas.
Rosa puso una taza vacía frente a su marido.
—Ya va a estar el café —dijo Rosa a su esposo mientras le sobaba el brazo.
Ante la mirada picara de su hijo, que veía como sus nalgas se asomaban incipientemente gracias a lo corta que era la bata que tenía puesta, Rosa se retiró hacia la habitación antes que su esposo se hiciera plenamente consciente de lo expuesto que estaba su cuerpo aquella mañana.
Un minuto después, al ver a su hijo pasar frente a su habitación, Rosa muy traviesamente dejó caer su bata al suelo y se mostró desnuda ante él, que no pudo aguantarse y con una sonrisa se adentró en la habitación y le dio un beso mientras le magreaba el trasero con ambas manos.
—Espera a que se marche —dijo Rosa.
—¿Te espero en mi habitación? —preguntó su hijo ansioso.
Rosa asintió con la cabeza y lo vio dejar la habitación.
Mientras que su esposo tomaba una ducha Rosa no paraba de tocarse. No podía esperar a sentarse en la polla de su hijo.
Su marido se tardó un poco más de lo habitual en alistarse, pero una vez habiéndose marchado Rosa no tardó en presentarse desnuda en la habitación de su hijo, quien acostado en su cama completamente desnudo le daba la bienvenida con una expresión facial desvergonzada y una erección de caballo.
Rosa se subió a la cama y se acomodó sobre su hijo, el cual con una mano la sujetó de la cintura y con la otra la agarró del trasero, metiendo sus dedos entre sus nalgas.
—¿Estás preparado? —le preguntó Rosa retadoramente—. Tendré cincuenta años, pero voy a darte caña.
Está demás decir que su hijo no fue a la entrevista laboral que tenía programada ese día, algo sobre lo cual mintieron y que los dejó con mucho tiempo a solas en la casa para disfrutar de una relación tan secreta como placentera.
—Perdón —dijo ella y cerró la puerta.
La imagen de su hijo pelándosela se le hizo obscenamente lasciva e inmediatamente la puso cachonda.
—Madre mía —pensó incrédula de lo que había lo visto; y asombrada se sentó en el sofá junto a su esposo.
—Aún no te has quitado el vestido —dijo él.
Rosa no dijo nada ante el comentario de su esposo, sus pensamientos se encontraban absortos en lo que acababa de ver; aquella polla gruesa, larga, venosa, tiesa y, sobre todo, prohibida.
—¿Es porque mencioné que te ves sumamente hermosa o es por la forma en la que el mesonero te miró el escote? —le preguntó su marido coquetamente poniendo la mano sobre su muslo.
Rosa no prestó atención a su esposo hasta sentir como él mismo deslizaba su mano entre sus piernas, donde no tardó en comprobar que ya se encontraba mojada, pero lo que desconocía su marido es que dicha humedad no se debía a la habilidad de sus caricias sino a que no podía sacarse de la mente la brutal polla de su hijo.
—Vamos a la habitación —le propuso su esposo.
—Hagámoslo aquí —respondió ella remangándose el vestido y abriendo las piernas.
Su esposo pareció sentirse algo desorientado por la petición, pero eso no impidió que se desnudara rápidamente de la cintura para abajo y la penetrara mientras ella traviesamente se permitía pensar en su hijo.
Al voltear hacia a un lado Rosa miró que había pasado justo lo que quería; su hijo los había encontrado copulando, y mirándolo a su hijo pidió a su esposo que la follara con más fuerza.
Rosa vio cómo su hijo, ya con ganas de mojar, se había sacado la polla y había comenzado a sacudírsela mientras se acercaba.
—Permíteme —dijo a su padre dándole unos pequeños golpecitos en el brazo con el exterior de sus dedos—. Déjame darte una mano.
Su marido, ya exhausto, se la sacó y desconcertado aceptó el relevo de su hijo, dejando a Rosa completamente entregada; con las piernas abiertas, los senos por fuera del vestido y con la atención de su mirada completamente enfocada en como a este le colgaba virilmente la polla.
A Rosa le parecía que su hijo, que ya se encontraba cerca de sus treinta, poseía un talante notoriamente masculino, algo que le hacía sentirse sumisa ante él; y este, apoyando ambas manos en sus piernas, la penetró sin cortesía ni decoro, haciendo que ella instintivamente se mordiera el labio de placer y dejara escapar un gemido luego, al sentir que este se la ingresaba toda.
Su rostro la mostraba dominada por un celo animal, la profundidad de la penetración le hacía sentir a su hijo en el fondo de sí misma, más adentro de lo que había estado nunca.
En ese momento a Rosa le pareció que la confianza ganada en treinta años de matrimonio y los sacrificios que había hecho le hacían merecedora de algo, de que su esposo fuera comprensivo y le concediera un momento de satisfacción personal.
—Cariño, puedes marcharte, yo en unos minutos te acompaño en la cama —dijo en un gesto de cortesía que daba por entendido a su esposo que ella quería privacidad para hacer lo que se le antojara con su hijo, de disfrutar plenamente de su sexualidad con él sin el agravio de poder herir su orgullo.
—No es necesario —respondió su esposo—, solo dame un momento para recuperar el aliento.
—Anda a descansar, viejo. Yo me hago cargo. —respondió su hijo dándole a entender a su esposo que estorbaba en aquel lugar.
—Sí, amor, ve —dijo ella mimosamente—. Yo te acompaño en un momento, solo dame unos minutos —dijo sabiendo que se entregaría a su hijo toda la noche.
Su esposo, celoso, desorientado y exhausto finalmente terminó por marcharse de allí, lo que hizo sentir a Rosa que podía dejar escapar con su hijo la puta que llevaba por dentro.
En ese momento la sensación de estar a punto de orinarse la despertó. Tenía el coño húmedo y tanto deseo de follar que le hizo recordar lo decepcionante que había sido el polvo que había echado con su esposo poco antes de acostarse a dormir, ni siquiera el haberlo hecho en el salón principal, con el aliciente que significaba que en cualquier momento su hijo podía haber salido de su habitación y haberlos encontrado follando, pudo compensar la falta de energía sexual de su marido.
Rosa extendió su mano para tomar el celular que había dejado en la mesa de noche y luego de comprobar la hora y notar que estaba por amanecer se puso de pie y fue al baño de su dormitorio, se sentó a orinar repasando el sueño que acababa de tener y las emociones que le había generado. Nunca había pensado en su hijo de forma sexual, pero ahora, tal vez atribuible a que su esposo cada vez menos la satisfacía en la cama, se veía impresionada por la escena que había visto, y en lugar de tomarlo de otra forma, una más apropiada a su condición de madre, se sentía acechada por la fantasía de meterse la hirsuta y grosa verga de su hijo entre las piernas.
Al terminar en el baño Rosa decidió ir a la cocina por agua y un bocadillo. Su sorpresa fue encontrarse allí a su hijo, quien aparentemente había tenido la misma idea.
—¿Qué haces despierto tan temprano? —preguntó Rosa.
—No he podido dormir en toda la noche —respondió él—. Vi este pastel en el refrigerador y lo tomé.
—Dentro de unas horas tienes esa entrevista laboral —dijo ella.
—Sí —le respondió su hijo—. Tal vez por eso es que no he podido dormir.
Rosa notó que su hijo la miró de arriba abajo y se percató de que solo llevaba puesto una corta bata traslucida en la que podía verse desde sus pezones hasta el vello de su coño, por lo que decidió sentarse al otro lado del mesón, frente a su hijo, y cruzar las manos para taparse el pecho.
—Dame un poco —dijo ella mirando el pastel—. Que justo a eso venía, parece que hemos pensado en lo mismo.
Su hijo, que comía el pastel con las manos y que se había percatado de que ella tenía las manos ocupadas cubriéndose el pecho, naturalmente cogió un pedazo y lo extendió hacia ella. Rosa dudó un segundo y en un impulso que no pudo controlar se metió el pastel con todo y dedos directamente a la boca y los chupó, y luego, ante el rostro de incredulidad de su hijo, sonrió traviesamente.
—Venga, dame un poco más —dijo ella sabiendo que lo que acababa de hacer había tenido un efecto erótico sobre su hijo, quien tomó otro trozo de pastel y, esta vez, él mismo fue quien se lo introdujo en la boca, metiéndole sus dedos de forma descarada y dejándolos allí para que los chupara nuevamente.
Ambos se vieron a los ojos con el deseo de calmar la calentura que cada uno traía acumulada. Rosa se sintió confiada y de manera decidida rodeo el mesón, apoyó sus rodillas en el suelo y bajó el short de su hijo, dejando expuesta su tiesa polla que apuntaba hacia arriba indomablemente.
Rosa elevó su mirada y al ver que su hijo se encontraba completamente encomendado a ella le sujetó la base del miembro para apartar algunos vellos y darle el ángulo apropiado, dudó durante un segundo y entonces se llenó la boca.
Antes de haberlo visto pelándosela de aquella forma descarada, Rosa jamás había pensado en su hijo de manera sexual, pero ahora se encontraba engullendo vorazmente su venosa polla esperando a que este le inunde la boca con su esperma.
Su hijo, que se encontraba en un notorio disfrute, se fue arrimando poco a poco hacia adelante hasta quedar sentado casi en el filo de la silla, acercándole la polla y facilitándole la mamada.
—¿Te gusta así?, cariño —dijo Rosa observando como su mamada relajaba a su hijo.
—Sí —respondió él absurdamente excitado.
La expresión que tuvo su hijo al responder agradó a Rosa, quien magistralmente deslizó su lengua por todo el tallo del miembro, alcanzando a tocar con la punta los testículos, los cuales sujetaba con la mano y oprimía contra el tronco.
Repentinamente, y para desventura de los imprevistos incestuosos, ambos comenzaron a escuchar un leve y característico sonido proveniente de la habitación matrimonial, el cual lentamente fue ascendiendo para cumplir su función y que, para su fastidio, anunciaba el despertar de su marido. La fiesta que se habían montado llegaba a su fin.
Rosa comenzó a chupar con mucha velocidad en un intento desesperado de hacer que su hijo se corriera en su boca cuanto antes, pero a este la presión de tener que eyacular solo le complicaba la labor. Una vez con la mandíbula cansada Rosa decidió detener el movimiento y retener la polla en el fondo de su boca, con la punta casi dando a la garganta, y con los ojos demandó a su hijo que se corriera.
Ambos escucharon como la puerta de la habitación se abría. Se les acababa el tiempo, su esposo estaba por aparecer; por lo que Rosa, en un gesto tan desesperado como experto, presionó con sus dedos el recto de su hijo, quien casi inmediatamente le llenó la boca.
Al llegar su esposo a la cocina pudo notar como ella y su hijo se distanciaban bruscamente; él girándose hacia el mesón donde se encontraba el pastel y ella yendo hacia la dirección opuesta, en busca de la cafetera, no obstante su esposo no pareció darse cuenta de nada de lo que había pasado.
—¿Tienes esa cita laboral hoy? —preguntó su esposo a su hijo sentándose junto a él.
—Sí —respondió nervioso—, en un par de horas.
Rosa puso una taza vacía frente a su marido.
—Ya va a estar el café —dijo Rosa a su esposo mientras le sobaba el brazo.
Ante la mirada picara de su hijo, que veía como sus nalgas se asomaban incipientemente gracias a lo corta que era la bata que tenía puesta, Rosa se retiró hacia la habitación antes que su esposo se hiciera plenamente consciente de lo expuesto que estaba su cuerpo aquella mañana.
Un minuto después, al ver a su hijo pasar frente a su habitación, Rosa muy traviesamente dejó caer su bata al suelo y se mostró desnuda ante él, que no pudo aguantarse y con una sonrisa se adentró en la habitación y le dio un beso mientras le magreaba el trasero con ambas manos.
—Espera a que se marche —dijo Rosa.
—¿Te espero en mi habitación? —preguntó su hijo ansioso.
Rosa asintió con la cabeza y lo vio dejar la habitación.
Mientras que su esposo tomaba una ducha Rosa no paraba de tocarse. No podía esperar a sentarse en la polla de su hijo.
Su marido se tardó un poco más de lo habitual en alistarse, pero una vez habiéndose marchado Rosa no tardó en presentarse desnuda en la habitación de su hijo, quien acostado en su cama completamente desnudo le daba la bienvenida con una expresión facial desvergonzada y una erección de caballo.
Rosa se subió a la cama y se acomodó sobre su hijo, el cual con una mano la sujetó de la cintura y con la otra la agarró del trasero, metiendo sus dedos entre sus nalgas.
—¿Estás preparado? —le preguntó Rosa retadoramente—. Tendré cincuenta años, pero voy a darte caña.
Está demás decir que su hijo no fue a la entrevista laboral que tenía programada ese día, algo sobre lo cual mintieron y que los dejó con mucho tiempo a solas en la casa para disfrutar de una relación tan secreta como placentera.