Una Madre Divorciada

heranlu

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Ago 31, 2007
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Desde que se cruzaron por primera vez aquella noche de finales de enero, en un bar de copas, había surgido una atracción sexual entre ellos. Irene hacía poco que había vuelto a salir de fiesta. El duelo por la ruptura con el padre de sus hijos había durado mucho más de lo normal. Más de dos años habían pasado desde que Pedro se había encaprichado de una compañera de trabajo y había tirado por la borda 30 años de matrimonio. Desde ese momento la mujer entró en un estado de apatía y odio hacia todo el género masculino.

Pero la insistencia de sus amigas, y la de sus propios hijos, la habían llevado a dejar atrás el dolor por la ruptura y volver a disfrutar. Cada vez que se miraba al espejo veía a una mujer de 52 años con un cuerpo de una mucho más joven. Sus enormes tetas, de aureola rosada, se mantenían con cierta firmeza pese a los dos embarazos. Su vientre plano fruto de la genética familiar y unas torneadas piernas bajo un culo de ex jugadora de vóley, que había sido en su juventud, eran la envidia de muchas amigas.

Aquella noche que decidió aceptar la invitación de ellas para salir de copas. Se duchó y salió del baño desnuda hasta su dormitorio. En el pasillo se cruzó con Aitor, su hijo menor (22 años) con quién convivía. Entre ellos no había pudor y él la había visto desnuda desde siempre. Incluso habían compartido muchas veces el baño, mientras uno se duchaba el otro usaba el lavabo. Aitor no dejó pasar la oportunidad de piropearla:

“…pero que madre más buenorra tengo, joder…”

Irene le guiñó un ojo y siguió hasta su dormitorio donde se puso loción corporal desde los brazos hasta las piernas. Después con toda la parsimonia del mundo se colocó unas braguitas tanga que le quedan preciosas entre sus dos glúteos, un sujetador, a juego, negro de encajes para cubrir sus tetas. Unos pantys se ajustaron a sus larguísimas piernas. Se puso de pie y se miró al espejo. Se giró para comprobar su culazo y se gustó. Se sintió como muchos años antes cuando era joven y salía de marcha. Para rematar se enfundó en un vestido negro que definía a la perfección su figura. Lástima que en pleno enero tuviera que usar algo de abrigo que taparían su vestuario. En cualquier caso, se lo quitaría en todos los bares en los que entrasen.

Rubén había aprobado unas oposiciones y había conseguido una plaza en aquel pueblo costero del sur de España hacía menos de un año. Atrás quedaba su Madrid natal y una relación rota después de 20 años. A modo de catarsis se había adaptado a la perfección al nuevo ambiente, tan distinto del que conocía. El pueblo era pequeño para dejar atrás el ritmo estresante de la capital, pero lo suficientemente grande como para encontrar distintos grupos sociales con los que convivir.

Desde su llegada se había encontrado muy a gusto con un grupo de gente de su misma edad, rondando la cincuentena, con los mismos intereses (deporte, música, diversión). Así solía moverse por la zona de copas de aquel pueblo que se convertía en el centro de ocio de la comarca. Cada fin de semana se congregaban gente de los pueblos vecinos para divertirse en la gran oferta de bares que se ofrecía junto al puerto.

El tipo tenía su tirón entre las mujeres. Alto, elegante y muy discreto lo que había permitido que sus relaciones, en algunos casos con mujeres casadas, nunca se conocieran. Tal era su nivel de “intimidad” que muchos se preguntaban como era posible que un tipo soltero y con ese porte no tuviera ninguna relación. Rubén se encogía de hombros y explicaba que se encontraba en un punto de su vida donde las mujeres pasaban a segundo plano. Mientras, en su interior, no podía evitar divertirse diciendo si esa gente supiera que se hartaba de follar sin que nadie lo supiera.

Aquella noche de enero no fue diferente. Salió totalmente vestido de negro lo que le daba un aspecto de solemnidad y elegancia irresistible. Pasada varias horas en el K´ntaro, comenzó a intercambiar miradas con Irene. En un momento de la noche coincidieron yendo al baño. Un simple saludo de cortesía sirvió para que entre ellos se encendiera una llama que acabaría por prenderlo todo.

Si bien aquella noche de primeros de año no pasó nada más, ninguno de los dos podía quitarse al otro de la cabeza. Fue a través de redes sociales que ella le envió un mensaje de presentación a él. Irene, se había vuelto atrapada por una atracción que nunca se había planteado y Rubén había quedado pillado de una manera incomprensible. Aun así, él mantenía la discreción y ella sus precauciones.

Fue a través de las RRSS que empezaron a “conocerse” aunque la tensión sexual saltaba de manera irremediable tras cruzar un par de mensajes. Se dieron cuenta que la química sexual entre ellos era enorme. Comenzaron a quedar, siempre a espaldas de todos sus amigos, lo que los llevó a mantener una relación estrictamente sexual, pero en secreto.

Desde la primera vez que decidieron quedar la tensión sexual lo invadió todo. Quedaron en un pueblo vecino para evitar ser vistos y acabaron haciéndolo en un aparcamiento como dos jóvenes veinteañeros. La primera experiencia sexual entre ellos fue impresionante. Rubén se había mostrado como muy buen amante, entregado y atento. Irene directamente había sido una bomba multiorgásmica. Ambos se confesaron apasionados del sexo antes de repetir en el asiento trasero del coche.

Desde esa primera vez sus encuentros comenzaron a ser periódicos en función a sus obligaciones. En el caso del hombre, el trabajo le ocupaba toda la mañana y la tarde la dedicaba a practicar deporte (gimnasio, baloncesto, bicicleta). La mujer, administrativa en una aseguradora a jornada completa, tenía que lidiar además con las necesidades de su hijo Aitor. Esto hacía que dispusieran de menos tiempo del que quisieran, pero el que tenían lo aprovechaban como adolescentes dominados por su baile hormonal. Cada sábado, a cierta hora, se despedían de su grupo de amigos para encontrarse en secreto en algún lugar donde Rubén la recogía y acababan en su piso de soltero. Siempre con las precauciones para no ser vistos juntos, lo que imprimía una dosis de morbo tremenda a su relación. Las relaciones entre ellos eran cada vez más ardientes. Tenían un sexo salvaje, sucio, prohibido, valía todo. Los orgasmos de Irene eran tremendos, enormes, múltiples. Los de Rubén eran tan intensos como los de la mujer y con corridas excesivas.

Todo saltó por los aires en verano. Un domingo de agosto en una sofocante ola de calor. Irene había ido a la playa con una amiga. Llegaron a las 12 del mediodía y 15 minutos después recibía un whatsapp de Rubén. El hombre se había quedado en casa y aprovechó para enviar a la mujer una fotografía de su polla en plena erección diciéndole que ella era la culpable de aquella situación. Irene, aprovechó que su amiga se había levantado a la orilla para retirarse la braguita del bikini y hacerle un selfie a su rasurado coño empapado por el flujo vaginal que le había provocado la visión de la foto recibida.

Durante las siguientes dos horas el intercambio de whatsapps eróticos fue en aumento hasta provocar una situación de tensión insoportable para ambos. Esto provocó que Irene se excusase con su amiga y aduciendo un dolor de regla logró escabullirse hasta su casa dejándola en la playa sola. Había pactado con Rubén verse en el piso de ella a las 4 de la tarde, aprovechando que Aitor, el hijo de Irene, se había ido con los colegas a la playa. Ella tenía ganas de ser follada en su propia casa.

Dos minutos antes de la hora pactada Rubén se encontró la puerta de Irene encajada y supo que ella le esperaba ansiosa. Desde la misma puerta de entrada vio a la mujer tumbada en el sofá del salón abierta de piernas y haciéndose un dedo. El hombre se fue desnudando a medida que avanzaba hacia ella.

Ella se acomodó en el sofá y teniendo la polla del hombre a la altura de la cara, no dudó en comenzar una mamada espectacular. Durante 10 minutos Irene hizo llegar el capullo de Rubén hasta su campanilla y allí lo hizo entrar y salir en una perfecta garganta profunda. El hombre la agarró por la cabeza y comenzó a follarle la boca al tiempo que la insultaba. Ella acompañaba con sonidos guturales líquidos mientras la saliva le salía por la comisura de los labios.

Antes de correrse Rubén hizo que Irene se arrodillase en el suelo y apoyase su cuerpo en el asiento del sofá. La agarró por las caderas y de un golpe de cadera le caló la polla en lo más profundo de su coño. La mujer dio un grito de satisfacción al notar como el grosor de la polla de Rubén ocupaba su impresionante coño. Comenzó así un frenético mete saca que provocó varios orgasmos en ella hasta quedar desfallecida, lo que la obligó a pedir un descanso.

Los cuerpos de ambos estaban empapados en sudor. Irene estaba abatida por la intensidad de los últimos orgasmos mientras Rubén besaba su espalda desde la nuca hasta sus glúteos. Allí se entretuvo separándolos con las manos y recorriendo toda la raja con su lengua, desde el inicio hasta el agujero del culo. Hacía pasar la lengua en círculos hasta logara introducirle la punta. Poco a poco la mujer fue reaccionando y su coño a segregar más flujo vaginal. El sexo anal era algo que tenían pendiente con lo que este era el momento idóneo.

La mujer trajo un bote de leche corporal para usarlo como lubricante. Se colocó de nuevo de rodillas con el cuerpo apoyado en el asiento y con sus manos se separó los glúteos para que el hombre vertiera algo de aquel líquido lubricante. Un pequeño chorro descendió desde la rabadilla hasta acomodarse en el ojete de Irene. Rubén comenzó a masajear el anillo anal metiendo los dedos tratando de dilatarlo. Ella suspiraba antes de pedirle que se la metiera hasta el fondo sin compasión. Su estado de excitación cada vez que follaban traspasaban los límites de la lógica.

Rubén no se hizo de rogar y se colocó de pie para poder atacar el objetivo desde una posición más alta. Acercó el capullo al ano de Irene y comenzó a hacer fuerza mientras ella separaba lo más posible los glúteos con sus manos para facilitar la entrada.

La maniobra no fue fácil y la mujer comenzó a gritar de verdadero dolor cuando el capullo del hombre comenzó a horadar su culo virgen. Tras un pequeño descanso para que el culo se adaptase al intruso el hombre volvió a ejercer su fuerza contra su montura. Notó como el glande avanzó ayudado por el lubricante traspasando el anillo del esfínter. Dieron un grito de satisfacción una vez la polla penetró sin oposición.

Irene se sentía totalmente ocupada, pero sobre todo muy excitada. Era la primera vez que le iban a dar por culo. Rubén notaba la presión que ejercían sobre su polla las paredes de aquel recto nunca antes profanado. Por fin comenzó a mover sus caderas haciendo que su polla entrara y saliera del culo de Irene. Ella suspiraba excitada y pidió que le diera fuerte, muy fuerte. Él la agarró fuerte por las caderas y dio un puntazo fuerte haciendo que su polla llegase muy adentro. Notaba como el ano de la mujer se dilataba a fuerza de pollazos. Ella alternaba jadeos, con insultos y suplicas para que no parase. Él bufaba como un toro cuando comenzó a coger un ritmo frenético. El ruido de sus cuerpos, sudados, chocando terminaba de completar una situación tremendamente sexual.

Habían perdido la noción del tiempo. Irene, en un estado de excitación desconocido, pedía que le partiera el culo mientras Rubén aceleraba hasta notar como su polla abría el ano de ella. Por fin notó como su musculatura se tensaba instantes antes de correrse. Se la clavó muy fuerte haciendo que la cabeza de la mujer topase con el respaldo del sofá empotrándola contra él.

En ese preciso instante se abrió la puerta de la calle y entraron, Aitor y dos de sus amigos. Ante ellos la imagen era tremenda. Un tío que no conocían estaba sodomizando a la madre. Rubén, tras correrse en las tripas de Irene sacó la polla del interior de ella con un ruido de descorche. Se sentó, empapado en sudor y con la polla todavía dura. Irene quedó abatida, de rodillas, mientras su ano, en primer plano, enrojecido y dilatado, palpitaba por volver a su estado normal. De su interior salía un liquido viscoso y blancuzco que era la corrida del tipo y descendía por entre los labios vaginales de la mujer.

Durante unos interminables 10 segundos todos quedaron inmóviles y en silencio hasta que, por fin, uno de los amigos de Aitor puso una frase lapidaria a aquel espectáculo:

“Joder. Tío, le acaban de reventar el culo a tu madre.”
 
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