Una Madrastra Bien Puta – Capítulos 001 al 006

heranlu

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Una Madrastra Bien Puta – Capítulo 001



Mi padre se dedicaba al cultivo de unas ridículas tierrecitas que, por mucho que las laboreara, no daban apenas para vivir y mi madre, aparte de tener que lidiar con nada más y nada menos que con seis críos y llevar todo el peso de la casa, se dedicaba a cuidar de las gallinas y de dos cerdos que teníamos por aquel entonces. Toda mi niñez pequé de un excesivo idealismo e ingenuidad pero todo cambió un buen día a punto de cumplir una edad que, para muchos, sería ya de adulta, o mejor dicho, una buena noche. Me desperté para salir a la calle, atravesando el corral, a aliviar la vejiga que, con mala saña y egoístamente por parte de ella, no me dejaba continuar con mi sueño normal. Con las bragas bajadas y con un potente sonido de aguas menores que salía con inusitada fuerza de mi más tierno, virgen y dulce interior, noté unos fuertes gemidos que provenían del pajar vecino. Con más curiosidad que valentía me dispuse a averiguar la procedencia de aquellos grititos y gorjeos. Mi inocencia quedó interrumpida aquella noche cuando descubrí a mi padre con Charo La Flaca, una vecina de dos casas más abajo de la nuestra. Mi padre la tenía bien agarrada por las caderas y la estaba dando unos empujones salvajes por la parte posterior a aquel exiguo y diminuto cuerpo suyo.

Por la posición en la que yo estaba no sabía muy bien por dónde estaría entrando mi progenitor, pero por la expresión de la golfa y los gritos que ésta profería cuando se la metía, en plan gorrino que fuera al matadero, me daba en mi pequeña nariz que estaba explorando con su “aparato de pis la salida de la caca de ella”, pensé más pícara que ingenua. Ante aquella contemplación mi cuerpo reaccionó sin darme yo cuenta del suceso y mis pezones, por vez primera en lo que yo hasta entonces recordaba, pugnaron por hacer sendos agujeritos allí donde coincidían con el pijama de Mikey Mouse que me había regalado el tío Macario un día de mercadillo. Mi mente desde aquel momento quedó completamente traumatizada durante… dos meses. Dos meses en los que el trauma dio lugar a una obsesión casi compulsiva: la obsesión de buscar respuestas y de experimentar mi propio despertar sexual que, aunque tarde, fue de alguna u otra forma, explosivo.

De esta forma, y durante los tres años posteriores me procuré el experimentar lo que me permitiera mi joven y desarrollado cuerpecito y en cuanto pude me eché un novio para tales menesteres. Lo peor de todo es que el sitio en el que vivíamos no daba para muchas elecciones y Félix, un poco gordito; con la cara comida por un incipiente y virulento acné y un año menos que yo fue el único candidato al que podía tener acceso en 10 kilómetros a la redonda.

Durante más de cuatro meses estuvimos practicando el arte de la masturbación mutua, pero, por favor, no me juzguéis mal, no es que antes no me hiciera yo misma lo que más tarde averigüé como dedo, pajillas, pitillos o como dirían algunos tíos de mi pueblo gayolas o gayoladas pues, nada más ver lo que pasó entre mi padre y La Flaca, mis molinillos entre las piernas se volvieron tan usuales para mis bajos que en más de una ocasión creí ser yo la observada por alguno de mis hermanitos pequeños o vete a saber quién más, cosa que no me extrañaba en absoluto que me descubrieran ante mis gemidos cada vez más broncos y desentonados. Mi mente quería y pedía a gritos frotar una buena polla mientras a mí me hacían el molinete de rigor que pedía mi joven y encharcada vagina, y joder si lo hicimos. El capullo de Félix argüía que tantas pajas le hacían tener más y más granos, valiente gilipollas.

El caso es que, una vez que controlamos todos nuestros secretos más íntimos en lo que respecta al arte del mutuo toqueteo quisimos dar un paso más y nos lanzamos a las artes amatorias orales que duraron como otros cuatro meses más. Mi obsesión era perder la virginidad pero tenía no miedo, ¡pánico! Una tarde, al salir de clase, Félix lo intentó pero el dolor me fue tan punzante que su pequeño pero joven ariete se detuvo justo antes de romper la barrera física que nos mantiene en el estado “puro” por lo que volvimos a nuestras prácticas orales pero con una variante nueva: Félix se concentró en explorar mi tierno agujerito del culo y por más de una hora me lo estuvo comiendo con fruición. Esto dio lugar a que mi virgen culito dilatara y estuviera lo suficientemente preparado como para poder recibir sin problemas mi primera enculada. Y así, de esta guisa, experimentamos el sexo anal. Fue por aquel entonces cuando empecé a sentir un orgasmo fuerte, seguido de otros más pequeñitos que hacían que mi tierno culito se contrajera en un intento de exprimir la tierna pollita que lo follaba.

Todo marchaba bien hasta que un día de verano nos decidimos a dar el siguiente paso. Félix se dedicó a comerme la almejita, como muchas otras veces había hecho, pero esta vez el objetivo era diferente. La adolescente polla se hundió en mi bollito. El dolor hizo su aparición pero las ganas de él y las mías permitieron que tras seis o siete intentos la barrera cediera dando paso a un hilillo de sangre virgen que actuó también de improvisado lubricante para la cogida. Mis jadeos se sucedían y éstos dieron paso a lo que fue, hasta aquel entonces, el mejor orgasmo de toda mi vida. Félix también lo tuvo y de igual manera que lo hacía con mi culito depositó toda su carga en el agujero follado. La cuestión, como os podéis imaginar, era bien distinta como distintos fueron también las consecuencias de nuestros actos. En apenas cuatro meses se me notaba una incipiente pancita y comenzamos a ser la comidilla del pueblo y de todos los de alrededor. La peor parte me la llevé yo. Primero por ser la chica; segundo porque decían que era mayor que él y que era una puta pervertida, ya veis que imbecilidad, y tercero porque tuve que pasar todo el embarazo encerrada en casa por la vergüenza que a mi familia híperpuritana le producía mi estado de gestación fuera del matrimonio. Mi padre me propinaba, cuando quería y le venía en gana sonoras bofetadas procurando no dañar a la criatura que llevaba en las entrañas; mi madre, bueno, mi madre se dedicaba a llorar por los rincones cuando creía que nadie la veía y mis hermanos dejaron de hablarme porque a lo largo y ancho de toda la comarca y en el colegio los señalaban diciendo que eran los hermanos de la puta del pueblo.

Tenía casi 21 años cuando Pedro, mi pequeño bebé, vio el cielo por primera vez en su vida. Apenas nació mi niño me dije que tenía que dejar toda aquella mierda de sitio en cuanto pudiera e irme a vivir mi vida sin tener que escuchar sandeces de las viejas del pueblo y de otra fauna humana anclada en el siglo XIX pero no me dio tiempo ni a planear cómo poder hacerlo. El mismo día de mi cumpleaños, y teniendo mi pequeño sólo una semana de vida, mi progenitor me dejó en la calle con una bolsa de deporte llena de ropa, 50€ en el bolsillo y mi pequeño hijo en brazos de su madre que no tenía, hasta entonces, salida ni profesión alguna. Me decidí a salir disparada de allí a la velocidad del rayo, no quería saber nada de ese falso, recatado e infiel padre ni de aquella madre que nunca me había tratado con cariño y, en el primer autobús de línea que vi, cogí el pasaje a Madrid. Nunca jamás volvería a ver a mis padres, o eso era lo que entonces pensé, ilusa de mí, que se fueran a carajo con su falsa y beata moralidad.

Ya en la capital, nos alojamos los dos en una pensión cercana a la calle Alcalá con la intención de encontrar lo más rápidamente posible un trabajo para mantener a mi pequeño y procurarle todo lo que una servidora pudiera darle. La leche se me retiró por las preocupaciones y tuve que acudir a la ayuda de don Esteban, el párroco de la iglesia del barrio, para que me ayudara a subsistir no sin antes follarme un par de veces por semana en las dependencias aledañas a la parroquia. No obstante, he de decir que tras tres meses de servir de concubina al maltrecho y sucio cura, tuve suerte, mucha suerte, y que a pesar de tener tan sólo la educación básica encontré trabajo de asistenta en una frutería cercana. Creo que el frutero, con unos bien llevados 49 años a sus espaldas, se fijó más en mi físico que en el currículum que podía aportarle y es que éste se veía verdaderamente explosivo a pesar de estar recién parida, por así decirlo. Mis 176 cm de estatura, mis 56 kilitos de peso y mi nada desestimable 95 de pecho valían ya más que cualquier currículum que cualquier otra tía pudiera aportarle al profesional hortofrutícola.

Con Seve, el frutero y mi jefe, me llevaba bastante bien. Tal fue el caso y los escarceos que tenía con él que tan sólo a los siete meses de llegar a la frutería contrajimos matrimonio cuando aún tenía yo los 21. No porque me follara de puta madre, todo lo contrario pues me dejaba en la mayoría de las ocasiones con más ganas que cuando empezaba a tocarme, sino porque necesitaba a alguien que me diera estabilidad y seguridad en mi vida. Por otro lado, Pedrito necesitaba un padre y Seve hizo su papel de una forma magistral desde el mismo día en que pisé la frutería. Mi mala suerte, hasta ese momento, cayó en el olvido y las vacas gordas aparecieron en mi vida.

Con Carlitos, el hijo adolescente de Seve, me llevaba muy bien y pronto congeniamos y coincidimos en bastantes gustos a pesar de los siete largos años que nos separaban a ambos. Éste veía a mi hijo Pedro como su hermanito pequeño y le cuidaba con tanto mimo y dedicación que era una delicia verlos juntos. Me apunté a clases nocturnas y con ciertas dificultades pude sacar el bachiller; mi Pedrito crecía lleno de inquietudes y preguntas que, difícilmente podía yo contestar. Carlos era quien contestaba didáctica y prudentemente a mi hijo ante mi, cada vez más, ego dañado. No era capaz de dar buenas respuestas a las suspicaces e inteligentes preguntas de un hijo al que, más tarde supe que era superdotado, sin embargo, allí estaba Carlitos que, diligentemente, contestaba las demandas del infante. Por otro lado, Seve era cada vez era más cariñoso con los dos pero con su propio hijo, con Carlos, se mostraba receloso y huraño ante las buenas relaciones que nacieron entre él y yo. De esta guisa Seve mandó a su hijo Carlos a estudiar a un colegio interno en Salamanca, colegio al que poco tiempo después pude descubrir que era, ni más ni menos, un seminario para adoctrinar a los nuevos acólitos de la Iglesia. No supe muy bien el porqué de todo esto salvo el hecho que Sebas lo hizo todo tras una conversación que mantuvo con don Esteban.

El otro lado de la moneda era el sexo y es que mi vida sexual era una auténtica ruina por lo que tuve que buscar alguna forma de poder superar mis ardores de la entrepierna, ardores que no eran pocos la verdad sea dicha. En menos de año y medio procuré tener alguna que otra aventurilla, sobre todo con Gustavo, un compañero de las clases nocturnas que me dejaba bien follada tres veces a la semana y también con Marcos, el hijo del dueño de la ferretería que estaba al otro lado de la calle, enfrente de MI frutería, que me daba algún que otro revolcón en casa los fines de semana cuando Seve estaba en la tienda. De esta forma suplí mis ardores y llené los huecos que tenía mi vida para hacerla maravillosa. Y es que todo iba bien hasta que, sin yo darme cuenta alguna, mi suerte volvió a cambiar.

Carlos finalizó el seminario y regresó a casa para matricularse en la universidad. Llevaba ya un par de meses con nosotros cuando comenzó a cambiar todo a tal velocidad que apenas fui consciente de lo que estaba pasando. En ese tiempo le noté bastante ¿distante, quizás? No sé cómo decirlo, el caso es que la relación entre los dos se había enfriado de tal forma que Carlos, que siempre me había llamado por mi nombre, no hacía más que llamarme mamá, y eso en cierto sentido, me exasperaba bastante, pero claro el caso es que tampoco podía decirle que no me lo llamara aunque en realidad no fuera su madre sino su madrastra.

Cuando sucedió aquel fatídico día yo me encontraba sentada en el sofá de casa pintándome las uñitas de los pies de un rojo intenso, un color que le volvía loco a uno de mis amantes habituales, a Marcos. Estaba contenta, era sábado por la mañana y Seve, a pesar de que contaba ya con 53 años; una barriga más que prominente y una cabeza completamente blanca tenía aún la suficiente fuerza como para seguir atendiendo el solo la tienda y dejarme a mí en paz en casa. Yo, con mis 25 años y a punto de cumplir los 26 estaba aún mejor que con los 21 con los que me casé. Iba al gimnasio tres veces por semana, al masajista una y al spa otra si se terciaba. Vamos, que mi madurito marido me mantenía verdaderamente bien, me daba todo lo que yo le pedía a cambio de abrirme un minuto de piernas cada dos días. Más no me aguantaba, el pobre. La inmensísima mayoría de veces ni me enteraba que le tenía encima bombeándome. Y de todos los polvos que me echó, jamás en ninguno de ellos, tuve el más leve placer, no ya orgasmo, sino placer. A todo esto, nunca y repito nunca, permití que nadie, ni ninguno de mis amantes y ni tan siquiera mi marido, me metiera su verga en la vagina sin protección. La goma iba siempre por delante y es que no quería en modo alguno quedarme de nuevo embarazada, bastante había tenido ya con un embarazo. Pero como os decía todo cambió aquella mañana, motivo del presente relato y el porqué principal del radical giro en mi vida.

En el sillón de al lado estaba sentado Carlos viendo, al perecer, la televisión y digo al parecer porque en dos ocasiones en las que levanté la vista de mi tarea de pintarme las uñas de los pies le pillé viéndome la entrepierna. La verdad es que no le hice el menor caso hasta que me di cuenta que mi pantaloncito corto se había deslizado al subir el pie que estaba acicalando y dejaba ver parte del tanga y vete a saber qué más se mostraba. Ante este pensamiento me dispuse a bajarlo y sentarme normalmente a esperar que se secara la laca de las uñas pero aún me quedaban dos deditos y volví a subirlo, muy a mi pesar. Por el rabillo del ojo vi que Carlitos no dejaba de mirar…

- Estooo Carlitos, ¿Se puede saber qué leches estás mirando? –le dije levantando la vista justo cuando terminé de pintarme el meñique- ¿Qué te pasa, te diviertes viéndome la entrepierna?

- ¡¿Eh?! ¡No, mamá, no! Lo que pasa es que… joer… es que se te ve un poquito y… es que… yo…

- Dispara Carlos –le dije mirando muy seria y bajando la pierna al suelo-

- Es que verás mamá mis compañeros de clase me dicen que soy un perdedor, que soy un looser y que es por eso porqué nunca he estado con una chica, que por eso nunca he tenido novia y que aún no he visto de cerca y al natural ningún coñito y que…

- ¡Basta Carlitos! –le interrumpí- Tú no eres ningún perdedor, tienes sólo 18 años y es normal que con tu edad no hayas tenido aún ninguna novia cuando te has pasado toda tu adolescencia en un colegio interno. Por otro lado, sabes que no me gusta que utilices ese lenguaje conmigo. Coñito… ¡joder Carlos nos debemos un respeto!

- Lo siento mamá pero es que esto es así. Estoy en un problema serio. Se meten conmigo, lo indecible, las tías de la uni me ven como un bicho raro y las que menos me insultan cuando les viene en gana cuando me ven pasar por los pasillos… El otro día, cuando vine con el cardenal en el brazo, ¿te acuerdas?

- Sí le dije ya algo preocupada.

- Me había peleado con unos del barrio porque me dijeron que tú eras una guarra que se fornicaba a media vecindad y que mi padre era un viejo cornudo.

- ¡¡¡¿Qué?!!! ¿Qué te han dicho qué? –Le dije asustada como un flan, Dios mío ¿quién se abría ido de la lengua?- No… no te preocupes Carlos –balbuceé- eso no… eso no es cierto… eso… eso lo dicen para meterse contigo, nada más.

En ese momento Carlos se echó a llorar como un niño pequeño, mi alma se me achicó de tal forma que sentí como que me caía en el fondo de un túnel sin fondo y la culpabilidad, una culpabilidad que en cierto modo siempre me acompañó hizo que le hiciera la promesa de ayudarle en cuanto quisiera. En ese instante no lo vi venir pero fue ese momento, ese preciso momento el que hizo que mi vida cambiara de forma radical.

- Carlos… yo… yo no sé cómo puedo ayudarte. Si lo supiera haría cualquier cosa, cariño, cualquier cosa por mi pequeño Carlitos –le dije poniéndome en cuclillas a su lado acariciándole el pelo-

- ¿Cualquier cosa mamá? ¿De verdad que harías cualquier cosa por ayudarme?

- Sí mi vida, todo lo que me pidas. Quizás no haya sido todo lo buena madre que debería contigo pero sabes que yo haré todo lo que esté en mi mano por ayudarte en lo que necesites.

- Si es así mamá, si es así… ¿Podrías enseñarme el sexo? Así sabría cómo es uno de verdad y ya no podrían decirme que nunca he visto uno que no sea en una revista.

- ¿¿¿Cómo??? ¡¡¡Tú estás loco!!! ¡Oh Dios mío! ¿Habrase visto semejante locura? –dije poniéndome en pie yendo de un extremo al otro del salón y tocándome las sienes, me estaba entrando un dolor de cabeza impresionante-

- Mamá no es tan malo, sólo he dicho que me lo enseñaras. Nada más. Sólo verlo cómo es. Tú eres una mujer, además muy joven y coño tampoco eres mi madre, madre. ¡Tampoco es para tanto joder!

Mi cabeza estaba dando vueltas de un lado a otro. No era capaz de pensar con claridad. Carlos me pedía que le enseñara el sexo para poder decir que había visto uno. El no podía mentir. Le conocía o al menos en aquel momento creía conocerle bien. Le había asegurado que haría cualquier cosa por ayudarle ¿Cómo podía negar eso de forma inmediata? Estaba claro que diciéndole que no era posible y punto pero la conciencia y mi sentimiento de no haber hecho lo suficiente por él…

- Está bien Carlos, te enseñaré la vulva pero no quiero que me vuelvas a llamar mamá, llámame por mi nombre, como lo hacías cuando eras pequeño ¿ok? –dije mirándole en pie-

- Claro… no… no hay problema… sólo me dijo papá que te llamara así.

- ¡Pues no quiero que me llames así Carlos!

- ¡Sin problemas Luci, sin problema! –dijo levantando las manos-

- Esto… esto es una locura… A ver, levanta del sillón así puedo apoyar mis piernas en sus brazos para que puedas verlo bien.

- ¿De veras Luci? ¿De versas harías eso por mí? ¡Oh Dios genial! ¡Por fin veré el coño de una mujer! –dijo levantándose como un resorte, ganas me dieron de darle una colleja, pero no podía aún entender cómo había accedido a hacer eso con él, estaba en shock-

Me aproximé al sillón y bajé el pantaloncito y el tanga al mismo tiempo, ambas prendas se arremolinaron en los pies. Con uno de ellos les di un ligero empujón saliendo metro y medio de donde habían estado antes. Mi panocha quedó libre de obstáculos textiles. Carlos estaba como hipnotizado viendo mi pubis perfectamente delineado en una sutil y perfilada línea de vello púbico para usar sin ningún tipo de pudor y problema cualquier tanga de hilo dental brasileño. Me senté en el sillón y abrí las piernas apoyando las pantorrillas en los brazos del sillón. De repente noté cómo mi almejita se abría un poquito, muy, muy poco para mostrar el inicio del canal vaginal.

- ¡Joder Lucía! Que… ¡Qué bonito! –Dijo sin apartar la vista- Lo… lo tienes completamente depilado salvo ese poquito de pelo en el pubis… es… ¡Es alucinante!

- Sí bueno es…, es necesario para poder llevar los tanguitas Carlos. Además sin pelo da menos olor –dije sintiéndome más que rara al estar allí abierta de piernas delante de mi hijo político-

- Ya… ya claro. En las revistas he visto cómo las chicas se abren los labios ¿Podrías tú hacer lo mismo Luci? ¿Ya sabes, para verlo bien?

- Es… ¿es absolutamente necesario eso Carlos?

- Creo que sí. Creo que es esencial para poder ver una panocha bien vista.

Ante esta contestación suspiré mirándole directamente a los ojos. Estaba abstraído, estaba alucinando con mi sexo. Para él no había nada más alrededor, sólo mi sexo. No me veía como a una madre sino como algo que a él le proporcionara la afirmación que había visto de cerca un sexo femenino. Esto en cierta forma me relajó pero no entendía cómo había podido llegar a esa situación. Mi mano derecha bajó a mis labios y con el dedo índice y el anular los separé un poco. Mis labios menores se despegaron un poco mostrando la vulva ligeramente abierta.

- ¿Te… te vale así? –le dije desorientada-

- Ooooh un poquito más Luci…, por favor… sepáratelos un poquito más con ambas manos como hacen algunas chicas en las revistas.

- ¿Así? ¿Te parece bien ahora? ¿Es ya suficiente?

- Yo… oooh vaya… -dijo con cara desilusión, la verdad eso no me lo esperaba en absoluto-

- ¿Qué pasa? ¿No te gusta ahora el potorrito? –le dije sin quitar las manos que separaban y abrían mi coño-

- Sí, sí claro… lo que pasa es que… no sé… yo pensaba que iba a estar… no sé… cómo decirlo… es que… está seco. ¡En las revistas está siempre humedecido y pensé que siempre estaba así!

- Pe… ¿pero será posible? Carlos tío, eso es porque antes de hacer la foto ellas se han estimulado, se encontraban excitadas o simplemente porque se han aplicado algún tipo de lubricante para sacar la puñetera foto pero normalmente las mujeres estamos así… bueno… no siempre… quiero decir que si estamos excitadas sí nos mojamos pero si no, pues no.

- Ya… bueno, sólo es que… sólo me he llevado una decepción.

- ¡Una decepción! –Exclamé liberando mi sexo de mis manos, mi vulva permaneció unos instantes abierta hasta que ésta se fue cerrando poco a poco- Pues vaya, lo… lo siento Carlos –le dije reincorporándome del sillón y yendo a por las prendas que había dejado tiradas en el suelo-

- Yo Luci… yo te pediría… ¿Podría ver tu sexo excitado? Es que si no, no es lo mismo y cómo voy a decir que he visto uno si ni tan siquiera había nada de liquidillo ni nada es… es ¡como si se lo hubiera visto a mi madre!

- ¡Carlos es que soy tu madre joder! ¿Pero cómo me puedes pedir eso ahora? ¿Estás bien de la cabeza Carlos?

- Ya claro… no si tienes razón… de todas formas gracias por lo que has hecho hoy por mí Lucía.

- Es que no te entiendo Carlos. ¿Cómo pretendes que me excite para que tú me puedas ver el coño mojado? –dije recogiendo las prendas del suelo-

- ¿Mamá no decías que no debía decirse coño?

- ¡Ahora ya me da igual Carlos! ¡Y no me llames mamá joder! ¡No me vengas con gilipolleces ahora! –le dije completamente enojada agitando las ropas recogidas-

- Lo entiendo, soy un maldito perdedor…

- ¡Te he dicho antes que no eres ningún perdedor Carlos! Tienes que encontrar a alguna chica para eso pero… para eso (…)

En estos precisos instantes me acordé de lo que a mí me pasó, de todo lo que yo tuve que experimentar sola sin ningún tipo de apoyo ni de información de ninguna clase. Se me nubló la mente y los recuerdos afloraron en unos breves instantes en los que nada dije y me quedé completamente en blanco. Mi hijastro se dio cuenta de ello intentando seguir con la conversación.

- Mamá… esto ¿Lucía estás bien? Yo, joder perdóname… ese puto seminario me ha jodido la vida y ahora papá…bueno mejor me voy a dar una vuelta por ahí solo a ver si me centro como dices… ¿mamá?

- (…) ¿Qué? No, perdona tú Carlos yo… yo creo que… creo que quizás sí sería conveniente que me vieras el conejito un poco mojado y… sí… quizás sea necesario para tu educación.

- ¿Lo… lo dices en serio mamá? –preguntó Carlos con los ojos desorbitados y una sonrisa que enseñaba prácticamente toda su dentadura-

- Sí, no sé, no estoy segura pero creo que quizás sea lo mejor dentro de la peor posibilidad.

- No he entendido esa parte mamá…

- No tienes porqué entenderlo Carlos… lo que no entiendo –dije arrojando de nuevo las ropas al suelo y quitándome la camiseta blanca sin mangas que llevaba puesta- es que vaya a hacer lo que voy a hacer delante de ti para poder satisfacer tu curiosidad. Esto si me lo dicen la semana pasada mismo ni me lo hubiera creído –dije echando las manos hacia atrás desprendiéndome del sujetador a juego con la tanga que llevaba, cayendo, pesado, junto al resto de las prendas. Me quedé delante de mi hijastro completamente en pelotas-

- ¡¡¡Mamá vaya tetas!!! –Dijo Carlos embelesado y sorprendido al verme mis pechos que se agitaban esplendorosos y libres de la opresión del sujetador- ¡Joder tienes un cuerpo magnífico! ¡Qué pezonacos! ¡Parecen dos galletitas María!

- ¡Menos tacos niño o te pego un sopapo que te reviento!

- Perdona mamá es que… ¿Se puede saber porqué te has quitado toda la ropa?

- ¿No querías verme mojada? -dije yendo hacia el sofá- pues para ello me tengo que excitar y uno de mis puntos débiles son los pechos. Los necesito libres para estimulármelos. No tardaré mucho, necesitaré unos cinco o seis minutos. No estoy nada puesta.

Me tumbé en el sofá todo lo larga que era. Suspiré y empecé a agarrarme los pechos. Era mi punto erógeno de más placer al principio. Si me estimulaba directamente el clítoris sin estar previamente mojada me molestaba y me resultaba desagradable. Eso ya lo descubrió Félix y yo misma en nuestros escarceos sexuales adolescentes. Me cogí los pechos con ambas manos y empecé a masajearlos, lentamente, sintiendo la suavidad de mis manos pero agarrándolos con firmeza. Con los pulgares realizaba amplios círculos alrededor de los pezones que, rápidamente, reaccionaron poniéndose erectos y duros. Comencé a respirar más agitada. Carlitos se desabrochó un par de botones de la camisa y pasó su dorso de la mano por la sudorosa frente, lo estaba pasando mal, “que se joda” -pensé- “¿No quería esto?, él se lo ha buscado por memo”.

Yo seguí a lo mío y volví a entronar los ojos. Me humedecí los labios con la lengua sintiéndolos secos y me agité toda ante la sensación que iba acumulándose allá abajo. Una muy ligera sensación de vacío, un leve pero placentero picorcillo en el clítoris empezó a hacer acto de presencia en mi voluptuoso cuerpo. Empecé a cerrar y a abrir las piernas ligeramente, como si fuera una tijera en un intento de calmar esa sensación que se acumula en las mujeres que empezamos a despertar sexualmente. Los movimientos circulares de mis pechos se intensificaban, mis dientes mordían mi labio inferior en un conato por acallar los ligeros gemidos que empezaban a brotar del fondo de mi garganta.

Abrí mis ojos cerrados para ver qué hacía Carlitos y comprobar que todo estaba bien. Él seguía de pie, sin hacer absolutamente nada, a escaso medio metro de donde yo me tocaba, con los ojos completamente abiertos y desorbitados, viendo cómo la mujer de su padre de apenas siete años mayor que él se tocaba para satisfacer su curiosidad. Le miré mordiéndome los labios para, acto seguido, cerrar mis párpados nuevamente y concentrarme en el placer que empezaba a acumularse en mí. La respiración empezó a hacerse pesada y los pezones empezaron a torturarme ante la dureza que empezaron a alcanzar. Había llegado el momento de pasar a otra fase; bajé una de mis manos hacia mi sexo mientras la otra seguía atendiendo a su pecho más cercano. Abrí las piernas ligeramente para alcanzar el clítoris y… sí ya había salido de su capuchón protector. Le masajeé ligeramente con el dedo corazón. Me era agradable pero no estaba lo suficientemente mojado aún. Me llevé el mismo dedo a la boca para chuparlo todo como si fuera una diminuta y minúscula verga.

Abrí de nuevo los ojos mientras chupaba todo el dedo para encontrar a Carlos que se tocaba el paquete por encima de los pantalones. Me quedé más que sorprendida por el bulto que allí se evidenciaba. Aquello tenía toda la pinta de ser bastante grande, mucho más que cualquier verga que hubiera podido yo conocer hasta la fecha. No sé cómo aquello me calentó aún más y seguí mirando aquella cosa como hipnotizada. Abrí las piernas y llevé el dedo mojado hacia mi clítoris. Éste resbaló sedoso y placentero. Un escalofrío eléctrico recorrió mi espina dorsal haciendo que arqueara toda la espalda y que levantara el culo y el pubis del sofá. Un quejido de placer se hizo eco del salón. Continué moviendo el dedo en círculos sobre la pepitilla de mi almejita. Carlitos se empezó a tocar aquel vergajo por encima del pantalón con dos manos, aquello se adivinaba algo descomunal. No entendía de quién podía haber heredado semejante cosa, de su padre seguro que no. Quise ver si estaba ya suficientemente mojada y me penetré la vagina con dos dedos. Entraron suaves y sin dificultad. No quería, ni tampoco debía llegar a más en ese instante. Él quería ver el coño mojado y eso era lo que yo había decidido darle, ni más ni menos. Con cierta dificultad me saqué los dedos de mi gruta. Una tortura. Mi pecho subía y bajaba pesado con una respiración que acompañaba a la excitación aparecida. Me senté en el sofá y vi cómo Carlos se tocaba aquel trozo de carne en un bobo intento de tapar una erección imposible de ocultar. Miré los dos dedos que, en los breves instantes anteriores, habían penetrado en mi canal vaginal. Un hilillo transparente de flujo se deslizó de un dedo a otro cuando se los mostré en forma de V a Carlos…

- ¿Ves Carlitos? Ya estoy mojada. Ahora podré enseñarte el coño como tú querías –dije utilizando la palabra que poco antes había servido para interpelar al vástago de mi marido, sin duda alguna, me encontraba muy, pero que muy cachonda-

- Jo…joder mamá eso… eso que has hecho… era… ¿era una paja? ¿Es así como os hacéis las pajas las mujeres? –dijo tragando saliva mientras su nuez subía y bajaba-

- Más o menos –le contesté con una leve sonrisa- no ha sido propiamente un dedo pero sí, es así como nosotras nos lo hacemos, con varias variantes y de diferentes formas pero sí, más o menos.

- ¡Joder Dios mío! Y… y… los… ¿los pezones se ponen así de puntiagudos?

- Sí, eso es porque están excitados –le dije levantándome del sofá para sentarme con las piernas completamente separadas en el sillón y apoyando las pantorrillas en los brazos de éste como lo había hecho antes- Bueno Carlos vas a ver un coño mojado le dije separando mis labios con ambas manos. Éstos se abrieron con un leve sonido de chapoteo, sin duda, aquello debía estar cómo él quería que estuviera-

- ¡Joooder qué coño! ¡Joder mamá qué coño!... ¡Joder qué pedazo de coño!

Lejos de molestarme las exclamaciones de Carlos, esta vez me estaban gustando. Pasé mi lengua por mis labios para humedecerlos. Mi cintura cimbreaba como una culebrilla. Me encontraba cachonda de verdad. Mis manos ejercieron más presión con el fin de abrir bien mi sexo y que Carlos pudiera contemplar sin obstáculos lo que me había pedido.

- ¡Mamá joder qué coño! ¡Es… es flipante! ¿Pu…puedo olerlo? ¡Por favor! ¡Por favor mamá! ¿Podría olerlo? –dijo Carlitos poniéndose de rodillas-

- ¡No lo toques Carlos! ¿Me oyes? ¡No lo toques! –le grité cuando ya tenía a escasos centímetros toda su cara de mi sexo completamente abierto-

- Sniiiiiifff oooooooh ¡Esto es la gloria! ¡Qué olor! ¡Es para volverse loco! ¡Nunca me imaginé en el seminario algo parecido a esto!

- Sí bueno…. eso me dicen – le contesté advirtiendo, demasiado tarde, que estaba diciéndole de forma velada que tenía o había tenido varios amantes. No debí haberlo dicho y esto me cohibió de repente y cerré las piernas- ¡Ya es suficiente Carlos! Espero que tu curiosidad haya quedado más que satisfecha –le dije poniéndome en pie y recogiendo las ropas-

- Eeeeeh sí mamá… muchas gracias, me has ayudado mucho. Como nunca lo has hecho.

- Gracias hijo- le dije utilizando esa palabra que desde que creció y marchó al seminario siempre evité usar con él. Me sentía satisfecha. Tenía el convencimiento que le había dado una lección que se tarda bastante más tiempo en aprender. Él lo había hecho en tan sólo 10 minutos lo que otros pueden tardar meses en descubrir y eso… ¡Gracias a mí!- Me voy a dar una ducha hij… esto… Carlos, a ser posible fría.

- Sí mamá… -contestó Carlos, aún de rodillas y agarrándose aquello que debía ser una tercera pierna-

La ducha que me di fue fría… pero se tornó caliente. No por menos tuve que continuar con lo que había empezado en el sofá. Mis gemidos fueron tan sonoros que por fuerza tuvo Carlos que oírlos. Salí de la ducha a los 20 minutos, envuelta en una toalla. Más relajada pero no satisfecha. Carlos estaba en su habitación, sin duda. Había cerrado la puerta y puesto ese tonto cartelito que solía poner cuando era pequeño y quería que no le molestaran. Yo sabía qué era lo que estaba haciendo. Era normal. Sonreí y me alejé en dirección a mi habitación. Debía hacer una rápida visita a mi vecino, el hijo del ferretero. El bulto de Carlos no se me iba de la cabeza.
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Una Madrastra Bien Puta – Capítulo 002

Aquel mismo día por la tarde, mientras mi marido estaba echándose una siesta, salí un momento a la calle para encontrarme con Marcos. De la cabeza no se me iba aquel instrumento que se adivinaba en la entrepierna de Carlitos. No porque lo deseara, a ver si me entendéis, sino porque en toda mi vida sexual nunca jamás había visto una cosa de ese tamaño presumible. Y digo tamaño presumible porque como bien sabéis todos no se la vi en ningún momento pero el bulto debajo de los vaqueros… ese bulto era realmente grande. Mi cuerpo reaccionó, supongo, como el de cualquier hembra cuando nota una cosa de esas dimensiones y claro, los ardores que ya tenía tuve que aplacarlos en la ducha como bien pude pero para mí hacerme un simple dedo no era suficiente por lo que, en esa misma tarde, busqué como loba en celo la compañía de Marcos.

Marcos no follaba mal del todo. A sus 32 años era un sustituto ideal de mi marido para el sexo pero su verga tenía un tamaño de lo más normalito. Un cacharrín que se acomodaba a mi almejita sin dificultad y que hacía que mi coñito se mantuviera medianamente atendido a pesar de ser follada unas cuantas veces a lo largo de la semana. Con Marcos al menos echaba dos o tres polvos semanales y con mi viejito marido otros tres pero esos no podían contarse como tales. Eran tan rápidos y superficiales que mi coño a veces no le daba tiempo a mojarse. Mi marido pensaba, al principio del todo, que su polla era demasiado grande para mi estrechito agujerito vaginal. Yo nunca le dije nada porque siempre pensé que el que creyera tal cosa le agradaba y, la verdad, tampoco en ningún momento quería, por nada del mundo, hacerle daño. Gustavo mi otro amante, por el contrario, era más brioso y su verga hacía que me llenara bastante más que la de Marcos. Él era un compañero de clase con el que compartía mesa y con el que muy pronto llegué a compartir algo más íntimo que ésta. Gustavo era ocho años más joven que yo, con un cuerpo muy trabajado de gimnasio porque estaba opositando para llegar a ser policía, unos ojos claros que me gustaban demasiado y un humor que me hacía reír con cualquier cosa. Lo malo es que los encuentros con Gustavo, desde que finalicé los estudios nocturnos de bachiller se limitaban, tan sólo, a un día a la semana y últimamente ya ni a eso desde que el bueno de Gustavo se había echado una novia de su edad que, al parecer le dejaba bien seco. Nos llamábamos de vez en cuando y si él y yo estábamos libres quedábamos para follar en cualquier sitio.

Él me llamaba folla-amiga, un calificativo que, en privado, no me importaba en absoluto pero que cuando lo utilizaba en público me molestaba bastante. Un día, nos encontramos a unos amigos suyos a la salida de una pequeña pensión de la calle Atocha en la que solíamos quedar para desfogarnos bien los dos y éste, ni corto ni perezoso, le faltó tiempo para presentarme con tal calificativo; tiempo me faltó también a mí para llamarle a él de todo y dejamos de vernos durante casi dos meses, tiempo en el que aprovechó para echarse a su actual novia. Por este motivo los encuentros con Gustavo eran cada vez menos frecuentes y no por menos echaba en falta esa polla suya que me diera bien fuerte y con el brío que quería en mi entrepierna. Al menos tenía a Marcos, el hijo del ferretero.

En cuanto abrió la puerta me abalancé hacia a él y allí mismo y casi sin esperar cerrar la puerta principal de la calle me agaché para sacarle el cacharro y empezar a chuparle la verga:

- ¡Joooder Lucía cada día eres más puta! –dijo Marcos intentando cerrar la puerta mientras yo, en cuclillas, le bajaba la cremallera del pantalón para liberar la cosita que me faltaba- Espera un momento… cooooño ooooooooh –se le escapó cuando ya me había introducido su flácido pene en mi boquita- que, que… ¡Oh Dios! Ooooh mmm ¡Espera por lo menos cierre la puerta que nos puede ver algún vecino ostias!

- Mmmmmm lappp laap ¡Ponla dura ya que la necesito dentro de mí cuanto antes! Laap laaap.

- Ooooouugg sique, tu sigue así y verás que poco tardaaaa aaaaahhh ¡joder! ¡Zorra mira ya cómo me la estás poniendo hija de la gran puta! ¿Qué te ha pasado? ¿Has estado viendo alguna porno o algo así?

- Laaap laap mmmfffff, laaap, laaap…

- ¡Joder qué bien la chupas guarra! Dime si se la chupas así a tu maridito cornudo anda, que eso sabes que me pone más brutote aún…

- Laaaaapp mmmfff, noo mmmmbbbff … sabes que no ¡Venga métemela ya que no tengo mucho tiempo! ¡Dame fuerte!

- Claro zorra pero espera que voy a por una goma…

- ¡No hay tiempo Marcos! ¡Métemela en el culo!

- ¡Joder sí que vas caliente guarrona! ¡Ostias menuda sorpresa! Normalmente no quieres… si no te lo preparo bien.

- ¡Que me la metas ya Marcos, cabrón! ¡Vamos párteme el culo que voy muy caliente! –Le dije poniéndome en cuatro con el pantaloncito corto bajado hasta los tobillos-

- ¡Joder que agujeritos tienes Luci! No entiendo cómo tu maridito cornudito no te da más carne con los tesoros que tienes ahí! –me dijo agarrándome las nalgas para separar las cachas del culo y tener acceso al agujerito que le ofrecía-

- ¡Calla y dame tu maldita polla AAAAAAAAAHHH! ¡Hijo de puta me las clavado toda en seco caaaabroooón!

- Jajajajaja ¿No era eso lo que querías zorra? –Dijo sacándola casi por completo-

- ¡AAAAAAAHH! – volví a gritar cuando me la volvió a clavar hasta la empuñadura-

- ¿Sabes por qué me gusta tanto follarte el culo? –preguntó sacándola hasta la punta-

- ¡AAAAAAAAAAAAAHHH! ¡NO!- Le grité volviendo a notar toda su polla en mis entrañas-

- ¿Qué no? ¡Sí que lo sabes zorra! ¡¡PLAF!! –Dijo dándome una fuerte nalgada con su mano que a bien seguro me dejó marca en mi maltratado glúteo-

- Yo… ¡¡AAAAAAAHHHHH!! ¡Me vas a hacer cagar las tripas cabrón! –Le dije ante otra embestida brutal-

- ¡PLAF! ¡PLAF! ¡Contéstame hija de puta! – contestó continuando con su castigo-

- ¡¡AAAAAAAAAHH!! ¡Más suave por favor más suave!

- ¡¡¡PLAF!!! ¡Que me contestes coño!

- ¡¡¡¡AAAAAAAAHHHH!!!! ¡No lo sé, no lo sé! ¡¡¡AAAAAAHHH!!! ¡Más suave Marcos por favor!

- ¡Y una mierda! ¡PLAF! ¡PLAF!

- ¡AAAAAAAAAAAAAAAAHHH joder que dolor!

- ¡Contesta a la pregunta hija de puta y seré más suave! ¡PLAF!

- ¡¡AAAAAHH!! ¡Porque es muy estrechito y apretado!

- Aparte de eso… también es estrechito y apretado tu coñito, ¡Vamos piensa!

- ¡PLAF! ¡AAAAAAAH! ¡Joder! No sé, no sé ¡¡AAAAAAHH!! ¡Porque está todo depilado!

- ¡Sí, pero aparte de eso! ¡PLAF!

- Aaaaahh yo… oooohhh… yoooo no sé… -balbuceé empezando ya a sentir algo de placer- ¡AAAAAAAAH! ¡Más despacio Marcos por favor!

- ¿De verdad no lo sabes Luci? ¡Venga! ¿Cuántos años llevamos follando juntos, cinco, seis?

- Sieeeeeeteee oooommm mmm sí así AAAAAAAAAHHH ¡Despacio! ¡Despacio!

- ¡Siete! ¡Siete! ¡Guarra de mierda! ¡Siete años! Siete años en los que sólo te has dejado follar cinco veces el culo! ¡CINCO!

- ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHH!!! –grité cuando me dio una embestida que pensé me había alcanzado mi estómago-

- ¡Y cuatro de ellas con goma! La quinta me encantó llenarte las tripas de lechada ¿sabes?

- Aaaaaaahh… sí… me… me lo dijiste… aaaaahhh… sí ahora… ahora me gusta más… sigue así, así… aaaaahh sí así oooooohh… mmmmm –dije mordiéndome un nudillo, el placer empezaba a embargarme-

- ¡Y esta es la sexta! ¡Y sin goma también! ¿Y sabes qué te digo zorra?

- No…sí… sigue así aaaaahhh ¡qué gusto más grande!

- ¡Que te voy a echar todo lo que tengo en mis huevos en tus tripas! ¡Eso es lo que me gusta cabrona!

- Aaaaaahh… yo… no… sabía… yooooo oooohhh me voy… ¡me voy a venir! Aaaaaaahh –le dije metiendo mi otra mano entre mis piernas para alcanzar el clítoris y estimularme aún más. Necesitaba tener un orgasmo de película y comencé a hacerme el molinillo en mi pepitilla-

- ¡Pero me lo vas a decir tú esta vez si quieres que siga! ¡Venga dímelo! –dijo parando un momento y dejando el pene semi hundido en mi recto-

- ¡No te pares ahora cabrón! –le dije moviendo yo más deprisa la mano en mi clítoris-

- ¡Pues dímelo tú si quieres que te siga dando por culo!

- ¡Córrete! ¡Córrete en mis tripas! ¡dame más fuerte! ¡No pares! ¡Aaaaaaahhh! ¡Sí me vengo! ¡Me estoy corriendoooooo!

- ¡Sí muévete así hija de puta! ¡Qué buena que estás so puta! ¡Sí! ¡Ahí te va! ¡Ahí te vaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaggggggghhhhhh!

La sodomización fue espectacular. El orgasmo que obtuve fue de lo mejor en los últimos años, sí eso mismo, de los últimos años. Tras el orgasmo nos quedamos los dos tirados en la alfombra. Él todavía encima de mí y con su pene aún clavado en el culo sentía cómo éste se empequeñecía por momentos ante la reciente eyaculación. Mi respiración se tornó a la normalidad y Marcos se desplazó hacia un lateral sacándome la verga morcillona del trasero. De mi culo rebosaban borbotones de esperma que fueron a parar a los labios vaginales. Con cierto miedo, por qué no decirlo, me incorporé rápido y fui a lavarme y vestirme. La calentura se me había pasado pero no duró mucho.

Aquella misma noche soñé con penes gigantes. Enormes y grandiosas vergas que me perseguían para penetrarme por todos mis agujeros y dejar su semilla allí donde se aliviaran. Cuando me desperté por la mañana tenía el sexo encharcado en flujo. Indudablemente mi calentura y cachondez continuaban. La cama, a mi lado, estaba vacía. Mi marido ya se había marchado a la frutería. Carlos no estaba en casa por lo que, ni corta ni perezosa comencé a hacerme uno de mis dedos hasta terminar de correrme como una loca.

Pasaron dos semanas en las que aquella situación continuó prolongándose. Tal era el estado en el que estaba que, incluso por las noches, buscaba a mi viejito marido para que tratara de aliviarme algo pero él seguía sin poder satisfacerme e incluso en alguna ocasión no llegó tan siquiera a poder obtener una erección decente. Mi cuerpo pedía que le diera verga. Los sueños continuaron y la situación se hacía cada vez más problemática porque ni tan siquiera Marcos podía ya hacer sexo conmigo cada vez que iba a buscarle. No daba la talla a los encuentros continuados que pedía mi libido.

El martes de la tercera semana hubo un cambio radical en mi situación y comenzó de una forma muy parecida a la que había desencadenado mi creciente lascivia. Me encontraba en la cocina atendiendo un asado de cordero que a mi marido le encantaba comer cuando de repente mi hijo político me hizo otra pregunta:

- ¿Mamá?

- Dime Carlos qué te ocurre. -le dije desatándome el delantal y dejándolo colgado de la pared-

- ¿Puedo hacerte una pregunta?

- Claro que puedes. Creo que siempre he tratado de contestar a tus preguntas.

- Es que es acerca del sexo…

- ¡Dispara Carlitos! –Le dije sentándome en una de las sillas de la cocina cruzando las piernas. La falda subió más allá de medio muslo-

- El otro día cuando… cuando… cuando estuviste tocándote para poder mojarte… ya sabes…

- ¿Ya sé? ¿Qué debería de saber Carlitos? –Le dije alborozada. Una de mis zapatillas bailaba en mi pie, nerviosa, mis dedos comenzaron a juguetear con un mechón de pelo que caía por encima del hombro abochornada ante aquella pregunta que me había pillado desprevenida-

- ¿Te excitaste en verdad?

- Pues Carlos, hijo, si no me hubiera excitado no me hubiera mojado para que tú pudieras ver un sexo femenino como tú querías… ¿no crees?

- Sí bueno claro, lo que yo quería decir mamá es cómo conseguiste hacerlo tan… tan rápido, o sea, cómo conseguiste excitarte tan pronto…

- No… no te entiendo Carlos.

- Sí bueno, verás, es que a mí me cuesta un montón el llegar a hacerlo, ya sabes, cuando me masturbo y… pensé, … pensé que tú podrías decirme qué tengo que hacer para poder llegar cuanto antes.

- Vamos a ver… en qué tienes dificultades ¿en llegar a empalmarte?

- ¿Eh? ¡No, no, no no! ¡Para nada no! A ver yo lo que tengo dificultad es en llegar a eso… ya sabes.

- ¿A correrte? –Le dije tocándome el pelo, aquella situación era de cuento-

- ¡Sí eso precisamente!

- Pues… no sé Carlos, yo tampoco me preocuparía mucho la verdad, el problema sería justamente lo contrario. ¡Es precisamente lo que le pasa a tu padre! – Exclamé sin pensar lo que había dicho, dolida por el hecho que esto me producía.-

Si Seve no hubiera tenido ese problema yo quizás no hubiera buscado una solución fuera de mi lecho conyugal pero mi cuerpo me pedía sexo. Y mi madurito marido, aunque lo intentaba, nada podía llevar a cabo para hacerme llegar a los orgasmos que me dejaran satisfecha. Seve siempre se había portado maravillosamente bien con los dos críos, con su hijo y con el mío y jamás hizo distinción alguna entre ambos. Yo, en cambio, trataba a Carlos de forma distinta, más que nada porque podría ser cualquiera de mis hermanos pequeños. Aún así, siempre le veía con cierto aire de superioridad por ser mayor que él y por ser, lógicamente, la mujer de su padre, pero Seve no, Seve era distinto a este respecto y esto hizo que, con el tiempo, mirara de forma distinta a mi marido. Con los años había comenzado a querer, a mi manera, a mi marido pero me faltaba lo que me faltaba y para mí era un apartado muy importante para mi persona.

- Es que… es que si estoy con una chica se cansará de mí y de esperarme y…

- ¡Eso no es un problema Carlos! –Le dije poniéndome de pie- Cuando la chica quiera podrá hacerte correr cuando le dé la gana a ella.

- ¿Ah sí? –dijo Carlos abriendo los ojos desmesuradamente-

- Por supuesto.

- Y eso… ¿eso cómo lo lograría?

- Pues verás Carlos… -le dije yendo hacia el salón, mi hijo iba detrás como un perrito- cuando una mujer quiere tiene muchos recursos para hacer que el hombre llegue al clímax. Eso lo averigüé hace ya mucho tiempo.

- ¡Pues no será con papá porque si tiene ese problema!

- ¡Carlos te he dicho que hace ya muchos años de eso! ¡Antes de conocer a tu padre!- le dije dándome la vuelta y encarándome con él-

- Ya, ya mamá lo sé no te enfades por favor… -dijo dando un paso hacia atrás-

- ¡No me enfado Carlos! –enfadada no, estaba acojonada- Es sólo que… que bueno que puede cualquier mujer lograr que su hombre llegue si él no llegara.

- Y… ¿cómo?

- ¿Qué cómo? Pues… una de las formas es moviendo los músculos vaginales al tiempo que ella y él se están también moviendo.

- ¡Caray! ¿Y eso es posible? – dijo Carlos incrédulo-

- Por supuesto que lo es. –Dije sentándome en el sillón encendiendo la tele con el mando a distancia-

- Y eso… ¿eso cómo podría simularlo mientras me masturbo mamá?

- ¿Qué? ¡Ay Carlos no lo sé! –le dije molesta-

- Es que necesito llegar… desde que te vi… desde que vi tu coñito lleno de juguitos no he parado de masturbarme mamá pero me cuesta un huevo el poder llegar y es que tengo los testículos que me duelen de lo cargados que los tengo-

- ¡Carlos por el amor del cielo! ¡Cómo me dices eso!

- ¡Es cierto mamá mira! –Gritó Carlitos bajándose los pantalones y los calzoncillos para liberar a un pene que no era de este mundo.-

Aquello era descomunal un monstruo de verga que en reposo debía medir los 15 o 16 centímetros sin demasiados aspavientos. Pero lo verdaderamente asombroso era el grosor de aquel artilugio, unos cinco o seis centímetros de diámetro fijo si no tenía alguno más… y eso en reposo. Los testículos caían en dos inmensas bolsas que eran parcialmente tapadas por aquel vergajo sin precedentes en la historia. Dos inmensas bolas que, sin duda, debían de pesarle lo suyo al chaval. Debía de tener almacenados varios mililitros de esperma en aquellas inmensas bolsas testiculares. Ahora entendía cómo al hacer la colada a mi hijo llevaba la misma talla de calzoncillo que mi marido sin tener la prominente barriga de éste. Era claro, en algún sitio debía guardar tanta carne. Con los ojos abiertos como platos y llevándome las palmas de las manos a las sienes exclamé asombrada ante aquella cosa:

- ¡Por los clavos de Cristo! ¡Cielo Santo pero qué tienes ahí Carlitos!

- ¿Eh? Pues… esto… oye… ¿mamá estás bien?- dijo alzando los calzoncillos para tapar toda aquella masa. Yo me había quedado en shock, aquello no podía haber sido cierto, tenía que ser una ilusión. Era un imposible.-

- Sí… Carlos, sí… Estoy bien, estoy bien, no te… no te preocupes. –dije dejándome caer en el sillón. Estaba convencida que mi mente me había jugado una mala pasada-

- Pues… no sé mamá. No parece que estés muy bien. ¿Quieres que te traiga un vaso de agua o algo?

- No, no Carlos. No me traigas nada. Déjame sola, anda.

- Vale mamá –dijo Carlos girando sobre sus talones-

- Estooo… ¿Carlos? –le dije-

- Sí mamá –Contestó volviéndose-

- ¿Puedes… puedes enseñarme otra vez eso… eso que tienes entre las piernas?- lo dije casi mecánicamente, sin pensar las consecuencias ni mis propias palabras. Lo que verdaderamente quería comprobar era si había sido o no un espejismo generado por mi lamentable estado sexual de las últimas semanas. Carlos hizo una mueca que no reconocí y encogiéndose de hombros volvió a mostrarme… aquello-

- ¡Joooooooder! ¡Pedazo polla tienes chiquillo!

- Pues… bueno… en el gimnasio algunos me llaman El Sota, El Sota de Bastos, pero no me lo dicen a la cara porque a más de uno le dejaría con un par de marcas. ¿En verdad es grande?

- ¿Grande? ¡No! ¡Es gigante! Pero un momento… acércate por favor… quisiera ver de cerca esa… esa cosa tuya…- Carlos se acerco con las manos sujetando los bordes del calzoncillo y se puso a escasos veinte centímetros de mi cara. Aquel vergajo le tenía a tiro de lengua y boca. ¡Pero joder era mi hijo político coño!-

- Pareces asombrada… -dijo mirándome desde arriba-

- ¿Asombrada? –le contesté encontrando su mirada sentada desde el sillón- no, estoy alucinando. ¿Pu… puedo cogerte el pene un momento? ¿Cu… cuánto pesa eso?

- Ni idea… -dijo- ¡Compruébalo tú misma!

Con el dedo corazón palpé con miedo y cierto resquemor aquel portento de la naturaleza. Sin duda era de verdad. No era mi imaginación no, aquello era carne y músculo, sin duda.

- Cógela con la mano si quieres mamá. Así comprobarás lo que querías saber. –dijo bajándose los calzoncillos hasta medio muslo-

- ¡Madre mía! ¡Qué pollón!- dije sopesándola con la mano-

La palpé, la giré y la levanté para ver con detalle aquellos enormes y gruesos testículos que precedían a “la cosa”. Tremendas bolas gastaba Carlitos. Cada una de ellas debía de tener un tamaño aproximado a una ciruela de categoría extra superior.

- Va… vaya – continué diciendo levantando hacia arriba aquella inmensa polla. Sobrepasaba en poco el ombligo de Carlitos- que… que pedazo de huevos… son… son ¡enormes!

- ¡Oooh! Mamá ¡Qué gusto me da esa manita tuya!

- ¿Qué? –tan ensimismada estaba con aquella contemplación que no me había percatado que la mano que cogía aquel manubrio masajeaba muy, pero que muy despacio el inmenso tronco- ¡Oh perdona no quería!

- No te apures mamá… así verás cómo es en realidad y comprenderás cuál es mi problema verdaderamente.

- No Carlos no. – Le dije retirando la mano de aquella masa. Esta cayó como un tronco recién cortado pero mucho más hinchado de cómo estaba en un principio- Esto no está bien… soy tu madre, política, pero al fin y al cabo tu madre y esto no está nada bien.

- Mamá tú me dijiste que ibas a ayudarme en todo lo que necesitara y este problema que tengo me está volviendo loco. Los huevos me duelen que son una barbaridad y no consigo correrme rápido salvo de estar ahí dale que te pego a la zambomba más de una hora sin parar. Debe haber algún método o algo para poder dar solución a mi problema.

- Carlos, yo no sé qué pretendes yo… ¡Dios mío si sigue creciendo! –

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heranlu

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Una Madrastra Bien Puta – Capítulo 003


Volví a coger aquel tronco del Amazonas. No podía en verdad creer el tamaño de aquella polla. Empecé a masturbarla, más que por el placer de Carlos por el mío propio. El movimiento de mi manita sobre aquella masa era lento, cadencioso, parsimonioso y sin embargo, en menos de 10 segundos se hinchó por completo y adquirió un tamaño cercano a los 25 centímetros. Mis dos manos asían a aquel vergajo y aún tenía más de un tercio de ella sin cubrir pero lo más asombroso era su grosor. Mi mano era incapaz de poder rodearla en su totalidad y sólo con ambas manos era capaz de poder hacerlo con facilidad, eso sí, os puedo asegurar que, nunca, y os vuelvo a repetir, nunca jamás había visto algo como aquello.

Esa auténtica masa de carne, rodeada de decenas de venas que alimentaban toda aquella inmensidad, se alzaba en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados dando muestras de seguir desafiando a la gravedad sin mayores reparos. “La cosa” mantenía el glande parcialmente cubierto por la fina y sensible piel que le protegía y obnubilada por mi propia libido me dispuse a liberar la cabeza del monstruo con las dos manos que la sujetaban. La piel se retiró hacia atrás dando paso a la cabeza de pene más espectacular vista en toda mi vida. Tras esto, “la cosa” pareció crecer aún más si esto era naturalmente posible o, al menos, a mí me lo pareció. Una pequeña y brillante gotita transparente de líquido preseminal hizo acto de presencia en aquel ojo ciclópeo que me miraba a escasos 10 centímetros de mi rostro. La razón y el miedo ante mi acto hicieron que soltara el vergajo y que me levantara como si hubiera tenido un muelle en las plantas de los pies.

- Voy… ¡Voy a ver el asado cómo está no se me vaya a quemar!

- ¡Mamá joder te estoy pidiendo ayuda! ¡No puedes dejarme así joder! ¡Dime qué puedo hacer con esto!- dijo Carlos señalándome su “tercera pierna”.-

- ¡Pues está claro Carlos! ¡Si no haces nada con ella se bajará por sí misma en un par de minutos!

- ¡Mamá no! ¡A mí eso no me pasa!

- ¡Sí Carlitos sí! ¡Voy a ver el cordero!

Carlos se quedó en el salón. Me volví a poner el delantal y estuve mirando la pata de cordero, la removí un poco y la eché medio vasito de vino blanco para que estuviera más jugosa. Iba a quedar realmente bien. Aquel vergajo no se me iba de la cabeza, su imagen la tenía completamente fijada en mi subconsciente más profundo. Bebí un vaso de agua y sentí cómo mi bajo vientre me pedía a gritos tener algo de sexo. Carlos sería el hijo de mi marido pero lo que mi cuerpo había visto no era a mi hijo político sino una polla aún más descomunal que las que había estado soñando tan repetitivamente en las últimas semanas. Resoplé y me llevé la mano derecha a la entrepierna. ¡Cielo Santo! El tanga le tenía completamente metido entre los labios vaginales y estaba completamente mojado. Le acomodé liberándole de mi abrazo íntimo. Fui a la nevera y abriendo una cubitera de hielo me la puse en la frente y en la nuca para ver si se me pasaban los malos pensamientos. Resoplé aliviada parcialmente. Puse dos cubitos en un vaso y volví a beber agua. Volví a resoplar. Ya me iba encontrando más tranquila. Me quité el delantal y lo volví a colgar detrás de la puerta de la cocina. Uno, dos, tres, cuatro pasos más allá y doblo la esquina para encontrarme con un Carlos sentado en el sofá con aquella cosa completamente congestionada haciendo muecas de dolor apreciable…

- ¡Pe… pero Carlos hijo! ¿Te has estimulado el pene o qué?

- No mamá. ¡He hecho justo lo que tú me has dicho y no he hecho nada! ¡Pero mírala! ¡Es inútil! ¡No se me baja y me duele de tan dura que la tengo!

- ¡Hijo mío! ¡Pobre! ¿En verdad te duele tanto? –le dije acercándome hasta donde estaba-

- ¡Sí joder! ¡sólo se me bajará algo si logro descargarme!

- ¿Se… se bajará…? ¿Algo, dices? ¿Cómo que algo?

- Sí, un poco… si lo logro entonces podría conseguir que se calmara lo suficiente como para que pueda volver a colocarla en los pantalones…

- Yo… esto… esto… no sé qué decirte hijo… Será mejor que te vayas a tu habitación o al servicio y que… bueno ya sabes.

- Sí, voy a intentarlo. Perdona mamá.

Carlos se levantó y con “la cosa” completamente en ristre se marchó hacia su pequeño castillo. Al cabo de treinta minutos fui hacia su habitación. La puerta estaba cerrada con el cartelito puesto en el pomo de “Zona privada – paso restringido al propietario”. Pegué la oreja a la puerta y se oía un ligero ruidito de frotamiento. Llamé a la puerta…

- ¿Carlos? ¿Estás bien? ¿Estás ya… mejor?

- Nooo

- ¿Aún no has podido…?

- ¡No!

- ¿Te puedo ayudar en algo cariño?

- ¡No creo que puedas mamá! ¡Joder no puedo más, no puedo!

- Pero hijo qué te ocurre… ¡Me tienes preocupada!

- ¡No lo sé mamá! ¡Entra si quieres! ¡Me duele mucho!

Cuando entré Carlos estaba sentado en el butacón que tiene a los pies de la cama como escabel, con las piernas separadas y literalmente machacándose el enorme pene con las dos manos. Sí, eso es, lo habéis leído bien. ¡Con las dos manos! Aquello estaba completamente congestionado y parecía que iba a estallarle. Jamás había visto algo parecido….

- ¡Mamá estoy roto! ¡Me duele todo! ¡Los brazos ya ni los siento!

- ¡Hijo de mi vida! Creo que… no sé, al ser tan… tan grande creo que lo que necesitarías es más estimulación para poder llegar… No lo sé. Aunque visto lo visto… tú problema en verdad no va a ser ese en realidad.

- ¿Cómo dices?

- Que creo, Carlos, que vas a tener difícil en encontrar a una mujer que quiera meterse esa cosa tuya entre las piernas.

- Mamá, ¿Cómo me puedes decir eso ahora? ¿Pero tú has visto cómo estoy? ¿Tú has visto cómo la tengo? ¿has visto en verdad mi problema? ¡ Esto es todo por tu culpa!

- ¿Por mi culpa?

- ¡Sí por tu culpa! ¡Hasta que no te vi masturbándote lo controlaba más o menos! ¡Bueno algunas veces! ¡Me duelen los huevos un montón joder! ¡Y encima vas me la coges y me comienzas a hacer una paja!

- ¡Ayyyy! –suspiré- Está bien Carlos lo siento no quería… no quería masturbarte es solo que… que ¡hay hijo!, en verdad no puedo verte así. ¿Puedo ayudarte en algo?

- No lo sé mamá… ¡Quizás! Mira, túmbate en la cama y mastúrbate otra vez. Así estaré aún más excitado al ver a una hembra bien buena como tú, en pelotas y en vivo… ¡Quizás así pueda llegar correrme de una maldita vez!

- ¿Qué? Oye rico yo no soy una hembra bien buena soy tu madre… ¡Habrase visto semejante majadería!

- ¿No querías ayudarme? –me replicó Carlos cogiéndose aquel montón de carne, parecía que me quisiera golpear con ella-

- Sí pero… ¿Así?

- ¡Sí así¡ ¿Se te ocurre otra cosa?

- Está bien Carlos, está bien. En fin… no sé en qué va a deparar todo esto –le dije quitándome la falda y el tanga. Un tanga que estaba como si le hubiera sacado de la lavadora… ¡Calado!- Pero si tú crees que de esta forma podrás llegar y calmarte…

- ¡Gracias mamá! ¡Últimamente me estás intentando ayudar mucho!

- ¿Últimamente? –le repliqué frunciendo el ceño. La verdad es que hasta ese momento Carlos había sido un chaval de lo más autónomo-

Me tumbé en su cama. Carlos retiró la butaca de los pies de la cama y se puso de tal forma que podía ver todo lo que yo me hacía. No hizo falta que me estimulara ninguno de mis pechos. Estaba tan salida que con tan solo tocarme y a los escasos treinta segundos después estaba llegando ya al orgasmo. Entre tanto, Carlos continuaba meneándose la tranca. Parecía que se la fuese a partir. El chaval lo intentaba pero no llegaba…

- ¡Caray qué dedito me he hecho! –dije recuperándome-

- ¡Zas! Zas! ¡Zas¡ ¡Zas! –sonaban los intentos de Carlos sobre aquel inmenso y congestionado mástil- ¡Abre las piernas! ¡Abre las piernas y déjame ver el coño! ¡Zas! ¡Zas!

- ¡Aaaay Dios qué cruz! ¿En serio que esto podrá ayudarte?

- ¡Mamá por favor joder! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!

- ¿Así te vale? –le dije separando más mis piernas-

- ¡Sí! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Más o menos! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¿Puedes…? ¿Podrías separarte los labios para verte bien el agujero? ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!

- ¿Crees que eso te hará…? –intenté contestarle incrédula-

- ¡Joder sepárate los labios del coño a ver si llego ya! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! –En verdad Carlos no me estaba viendo a mí. Tenía la mirada perdida en mi rajita. Como si todo lo que importara en la vida estuviese allí. No veía a mí. Veía una rajita ¡Veía un coño!-

- Está bien Carlos… ¿Te vale así? – le dije abriéndome los labios vaginales de forma exagerada. En ese preciso instante sentí cómo el canal vaginal se me abría bastante. Nunca hasta ese momento me había sentido tan expuesta-

- ¡Joder que pedazo de conejo tienes! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! Aaaaahhh ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Más! ¡Ábretelo más! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!

- ¡Más no puedo! ¿Qué quieres que me raje? Date prisa Carlos por favor… -le contesté intentando separarme aún más los labios- estará por venir tu padre para comer en poco más de una hora….

- ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¿Y qué te crees que estoy haciendo mamá? –me contestó sin apartar la mirada del espectáculo que le estaban dando mis piernas y labios vaginales separados-

- Sólo te digo que te des prisa que estará tu padre por venir mmmm… joder.

- ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Eso es lo que yo quisiera! ¡Zas! ¡Zas! No sé… ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¿Puedes quitarte la camiseta y enseñarme las tetas? ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Quizás así pueda conseguirlo antes!

- ¿Cómo? ¿Pretendes ahora que me despelote totalmente? ¡Esto es el colmo! Bueno, en fin… llegado a esto… -dije sentándome en la cama para liberar los pechos de la camiseta y el sujetador. Me quedé en pelota picada en la propia cama del hijo de mi marido, abierta de piernas, separándome los labios del conejito una vez más de forma desmesurada para que el chaval pudiera ver bien mi interior que, a bien seguro estaba viendo mi propia cérvix de lo abierta que estaba y él, bueno él tocándose la zambomba a lo bestia, como si le fuera la vida en ello-

- ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡joder mamá qué buena que estás! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! Aaaaaah ¡qué gusto! Aaaaaaaahh ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Creo que ya me llega!

- ¿Ah sí? –le dije con cierto rintintín. Si a mis 25 años no estuviera bien vete a saber cómo podría estar en 10 años más.- ¿Qué te pasa Carlitos, te gusta mi conejito? Nunca he visto a nadie pelársela tan deprisa ni con tanto brío como tú lo haces.

- ¡Sí! ¡Sí! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! Aaaaahhh ¡Sí! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!

- ¡Joder y con las dos manos! ¡Estoy flipando!

- ¡Ah joder que cuerpazo tienes mamá! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!

- ¡Pues si te gusta tanto no sé a qué esperas para vaciarte Carlos! ¡Y date prisa por Dios que se me va a enfriar el coño de lo abierto que lo tengo!

- No si esto…¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Siempre tarda un poco! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Pero ahora parece que me llega! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Sí joder! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡SIIIIIIIIIIIIIÍ JODEEEER QUÉ CORRIDAAAAAAA! ¡PEDAZO DE LECHADAAAAAAAAAAA!

- ¡Aaaaaaaggg Carlos cabronazo apunta hacia otro sitioooo!

Sí, y es que el cabrón niño no hizo otra cosa que bañarme, literalmente, en crema. Una leche pastosa y espesorra que tenía pegotones de grumos aquí y allá. El chaval iba de lo más cargado. No me extrañaba, lo más mínimo, que le dolieran aquellas inmensas bolas que le colgaban a los lados de la masa de carne y que se balanceaban locos aquí y allá ante tantas sacudidas. Y lo más gracioso de todo, si es que puede decirse que fuera gracioso, es que el chaval disparaba las andanadas a una velocidad y una distancia apabullantes. Yo estaba a metro y medio, más o menos, de donde él se la estaba pelando como un auténtico mandril del Orinoco y no por menos hubo de hacer diana en mis tetas, barriga, pubis y pies con espesos chorros de lechada adolescente. Si alguno de aquellos cuajarones me llega a alcanzar el chumino de lo abierto y expuesto que lo tenía me desgracia fijo.

Como pude me levanté de la cama. Una cama en la que había aquí y allá alguna que otra salpicadura de leche condensada. En tanto mi hijastro seguía allí, dale que te pego a la zambomba. La verdad, no lo entendía. No entendía como aquel vergajo no había bajado ni un ápice su vigor. Me quedé unos brevísimos segundos mirándole y me fui, resoplando, con un cabreo que no te menees hacia el baño a quitarme como pudiera aquellos restos de lechada que se estaban solidificando a pasos agigantados sobre mi piel. Me dieron ganas de castigarle o de darle un par de collejas allí mismo por hacer lo que hizo pero le vi tan necesitado y a pesar de la reciente corrida tan jodido de necesitar correrse de nuevo para bajar aquel instrumento suyo que me largué de su habitación dando media vuelta.

De mi mente no se me iba la imagen de esa inmensa polla. De cómo Carlitos se la estaba pelando, su ritmo acojonante… en fin, los pezones me estaban advirtiendo: “¡Luci, Luci cuidao, Luci cuidao que te pierdes!” Lo mejor era, sin duda alguna, meterme en la ducha y desprenderme de toda aquella porquería de un plumazo y también por qué no decirlo, de toda aquella calentura que me estaba embargando.
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heranlu

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Una Madrastra Bien Puta – Capítulo 004


Volví envuelta en una toalla blanca del baño a la habitación del portento a recoger mi ropa para ponérmela. De mi moreno pelo resbalaban rutilantes y refrescantes gotas que me indicaban que todo aquello no había sido un sueño. Cuando entré a aquel santuario del, posiblemente mayor pene de todo el Cono Norte, casi se me cae la toalla que tapaba mi desnudo cuerpo ante la impresión que tuve que asumir.

Y es que, ante mis ojos, estaba Carlos aún machacándose la verga como un auténtico obseso. Una verga que se mantenía más vigorosa e inflamada que cuando la había dejado para quitarme sus engrudos vitales…

- ¿Pero…? – casi se me cae la toalla del sobresalto que fue encontrarme a Carlos, el titán, pelándose la tranca, a dos manos, más rojo que una fresa madura y sudando como un cerdo- ¡Carlos! ¿Se puede saber qué coño estás haciendo aún frotándote el pene de esa forma?

- ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Te dije que con una corrida normalmente no se me bajaba! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Necesito otra más! ¡No se me va de la mente ese cuerpo tuyo!

- Carlos… esto… esto no está nada bien… pero nada bien –dije sujetando fuertemente la toalla a la altura de mis pechos, notaba mis pezones tan duros e inflamados que posiblemente se traslucieran a través de la gruesa tela-

- ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! ¡Joder no voy a llegar a nada! – dijo Carlos parando la masturbación- ¡Tengo ya todos los músculos de los brazos agarrotados! ¡Me duelen tanto como los huevos! –dijo Carlos echándose hacia atrás de la butaca, completamente derrotado, con los brazos caídos hacia los lados y el pollón mirando al techo. Aquello parecía un misil Scud-

- ¡Ayyy pobre! ¡Lo siento Carlos lo he intentado ya lo has visto! –Le dije reincorporándome para coger mis ropas-

- ¡Me duele todo! ¡Joder no puedo llegar a nada! ¡No dijiste tú que una chica puede hacer correrse a su pareja cuando ella quiera? –dijo Carlos con la polla al aire. Aquello parecía el mástil de una bandera. Mis ojos no podían dejar de mirar aquella polla. Tragué saliva como pude-

- ¿Quéééé? –le contesté medio abstraída y es que sólo tenía ojos para la masa de carne-

- ¡Que tú me dijiste que una chica puede hacer correrse a su pareja cuando ella quisiera!

- ¡Por supuesto! ¡Pero yo no soy una chica Carlos soy tu madre joder! –le grité-

- Mamá por favor… ayúdame por favor… te lo ruego… me duele todo… -contestó Carlos gimoteando como un niño pequeño que le hubiesen quitado su osito de peluche-

Así que decidí ayudarle tumbándome en la cama para mostrarle mis encantos una vez más pero advirtiéndole esta vez que como volviera a correrse sobre mi cuerpo se iba enterar de lo mala que podía ser su madre. Unos encantos que harían que volviera a correrse como lo hizo. O eso al menos esperaba yo. Ilusa de mí. El niño de los cojones movía sus brazos sobre el mástil a una velocidad de locomotora express que más quisieran igualar los émbolos de algunas vetustas maquinarias textiles. Las venas de aquel pollón parecían que fuesen a estallar allí mismo. El músculo que hay debajo de la polla, ese que va desde el nacimiento de los huevos hasta el mismísimo inicio del glande, era tan grueso que parecía un pequeño stick de desodorante Rexona rolón… y aquellos huevos… ¡Qué huevazos! ¡Cómo se movían al ritmo frenético que las sacudidas le estaban dando! Aquello era hipnótico. No dejaba de mirar aquella masa ni un instante. Noté un calor allí, en mi bajo vientre, que no era ya normal. El clítoris le sentía inflamado e hinchado… ¡y cómo me estaba titilando pidiéndome guerra la puta pepitilla! y… mis pezones, bueno, mis pezones eran un escándalo. Bien pensé que los 18 años de existencia del hijo de mi marido los había gastado íntegramante en hacer crecer aquel ariete que tenía por polla.

Cambié de postura y me puse a cuatro patas sobre la cama separándome bien las cachas del culo para que Carlos pudiera ver también mi estrecho culito. Una gotita de transparente y sedoso flujo se precipitó de mi abierta almeja al edredón de la cama. Estaba muy, pero que muy cachonda. Al cabo de casi diez minutos que se me hicieron más que eternos porque no quería, por nada del mundo, el querer tocarme porque podría perder los papeles, Carlos se volvió a echar hacia atrás del escabel sin fuerza alguna. El chaval no podía llegar a nada.

Le encontré tan desvalido y abatido que me dio un vuelco el corazón de verle así. Los brazos verdaderamente le temblaban y aquella tranca daba pequeños saltitos de lo encabritada, dura y congestionada que estaba. Carlos, estaba llorando a moco tendido y no sé si era por dolor real o por mera frustración de no poder bajar aquel artilugio suyo…

- ¡Ay Carlos hijo! Está bien… mira vamos a hacer una cosa… yo… yo pondré mis tetas en tu polla y te masajearé con ellas quizás de esta forma puedas conseguirlo…

- ¡Genial venga vamos! –Me apremió Carlos enjugándose las lágrimas que afloraban de sus ojos-

La verdad es que no sabía muy bien cómo pude haberle propuesto a mi propio hijo hacerle una cubana con mis tetas. Pero la verdad es que se lo dije. Tiré la toalla y me puse de rodillas frente a él, una vez más, como mi madre me había traído al mundo y le aprisioné el pene con mis pechos. Aquella inmensa polla los llenaba completamente. Cada vez que bajaba mis senos sobre aquel bate de beisbol no fueron pocas las ocasiones en que la punta del ariete me daba en la barbilla con saña. Aquello se estaba saliendo de la raya. Cada vez intentaba masajearle más y más fuerte pero Carlos se mantenía como una roca…

- ¡Date prisa Carlos por favor!

- ¡Eso quisiera yo! ¡Venga nena hazme alguna técnica de las tuyas y haz que me corra ya! –Gritó Carlos. No me había llamado mamá, quizás eso le coartaba y no llegaba a nada- ¿No me habías dicho que podía cualquier chica lograrlo cuando quisiera?

Esto me jodió más de lo indecible. Hirió mi ego de hembra más básico y primitivo y a partir de entonces me olvidé de quién tenía delante. Del coño me resbalaban mis propios fluidos hacia la cara interna de los muslos de lo caliente que estaba con toda aquella situación. Sin muchos preámbulos empecé a mover mis tetas más rápido pero con una variante. Cada vez que subía aquel mástil ya no encontraba mi barbilla sino mi boquita que, como pudo, intentó meterse la punta de aquel coloso. De esa guisa estuvimos como otros 10 minutos más en los que bien pensé que Carlos iba a llegar pues cada vez gritaba y gemía más fuerte… pero sin llegar.

Aquel chaval en verdad tenía un problema o el problema lo tenía yo que no era capaz de hacerle correrse. Las tetas empezaban a dolerme de tanto masajeo y lo peor de todo es que ese mismo masajeo me estaba poniendo a mí como una burra en celo por lo que pasé totalmente de la cubana para iniciar una mamada al rabo ese que tenía delante. Por su calibre era literalmente imposible el hacerle una pero como pude me volví a meter el glande en la boca al tiempo que le masajeaba el mástil con ambas manos. Nada. El cabrón tenía más aguante que un corredor profesional de maratón. Así no conseguiría el objetivo, y la situación se hacía insostenible.

Mi coño seguía destilando un flujo sedoso y transparente, clara evidencia que necesitaba, sea como fuere algo para yo también llegar. La situación había llegado a tal extremo que a esas alturas ya me daba igual todo y ya no me planteaba si socialmente aquello que estábamos haciendo era o no reprobable. Me la traía al pairo. Me levanté y contemple durante unos breves instantes a “la cosa”. Le puse uno de mis pies sobre ella. Aquella cosa me estaba ganando y quería someterla. Mis uñitas rojas destacaban aún más sobre aquel capullo violáceo que se encontraba congestionado y amoratado al máximo. El glande estaba rojo como una granada y de él salían un par de rutilantes y deliciosas gotitas de líquido preseminal que pude saborear antes cuando se la estaba intentando comer. Aquella polla no dejaba de destilar fluidos íntimos. Me pasé un dedo por el sexo. ¡Buuuf! Estaba como un caracol. Bajé el pie y me mordí el labio inferior de puro vicio y le dije un “espera un momento” yéndome hasta mi habitación más deprisa que Usain Bolt haciendo los cien metros lisos. Le dejé unos segundos solo. Abrí la mesilla de noche de mi marido y cogí un preservativo. Iba a hacer correr esa polla fuera como fuera. ¡La iba a ordeñar como me llamaba Lucía!

- ¡Joder pensé que ya me habías abandonado con el problema! –dijo Carlitos moviendo aquella verga que me había enloquecido el pensamiento y la moral-

- ¡Cállate! ¡Voy a hacer que te corras como un primerizo!

- ¡Es que lo soy! –dijo con una media sonrisa que no me pareció muy sincera-

- Ya… a ver… déjame –le dije poniéndome de nuevo de rodillas para ponerle la goma-

- ¿Qué… qué haces? ¿Me estás poniendo un condón?

- Situaciones extremas exigen medidas desesperadas- dije consultando la hora- cuando notes las contracciones que voy a hacerte con mi vagina te correrás
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heranlu

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Una Madrastra Bien Puta – Capítulo 005

Tenía, como mucho como unos treinta minutos antes de que viniera Sebas a comer. El preservativo tapaba la punta con dificultad y llegaba a cubrir sólo dos cuartas partes del vergajo. Pero eso me daba igual, el caso es que tuviera puesta la capucha. Una capucha que debía escudar mi desprotegido útero ante cualquier gotita de líquido preseminal o ante una hipotética corrida del portento. Si aquella cosa escupía en mi vagina sólo la mitad de crema que antes me había echado en el cuerpo estaría verdaderamente jodida.

Una vez coronada con la goma me puse a horcajadas dándole la espalda. Él continuaba sentado en el escabel. Cogí “la cosa” desde su base con una de mis manos y la dirigí a la entrada de mi coño mientras mi otra mano separaba mis labios menores. Empecé a bajar y noté cómo la punta de aquella lanza se apoyaba en ellos intentando separarlos para entrar. Un escalofrío de gusto recorrió de abajo a arriba toda mi espina dorsal. Tragué saliva y volví a guiarla hacia su destino. Mi entrada se veía mucho más estrecha que el diámetro del gigante. Bajé un poco… nada. Lo intenté de nuevo… y tampoco. Aquel ariete era eso, un ariete y la puerta del castillo se negaba a abrirse más por lo peligroso de toda la masa que venía detrás.

La cogí con ambas manos y empecé a restregar la punta por mi coño que debía estar abierto y expectante porque dejó la goma con la primera pasada repleta de flujo. Seguí un par de veces más. Miré el reloj. Habían pasado cinco minutos. Volví a agarrarla desde su base dirigiéndomela directamente a mi agujerito. Bajé y lo intenté de nuevo… nada. Seguí rozando la punta contra mi clítoris. Bajé otra vez y esta vez casi lo consigo pero era como si no dilatara lo suficiente como para poder tragarme aquel monstruo.

De repente noté algo que irrumpía en mi culo. Era un dedo de Carlos que me lo había introducido hasta su primera falange. Miré hacia atrás por encima del hombro. Carlos estaba con las cejas fruncidas y gemía a pesar de no estar estimulándolo pues aún no había logrado meterme ni tan siquiera su capullo. Me mordí el labio inferior y le dejé hacer, yo a lo mío. Volví a bajar y… nada. Noté otro dedo que se metía en mi culito. Ese cabrón me estaba empezando a follar el culo con los dedos. La que empezó a gemir esta vez fui yo. Eso me gustaba pero el niño se estaba pasando de la raya aunque si con ello podía ayudarle a llegar a él, que al fin y al cabo era mi objetivo, también me valía.

Estaba realmente cachonda pero aún no sabía por qué no era capaz de tragarme aquella polla. Volví a intentarlo. Esta vez logré que mi vagina se distendiera más y por poco enterré la punta en la entrada de mi coño pero sentí tal dolor en la entradita que hizo que al final tampoco pudiera conseguirlo. Aquella lanza estaba a punto de penetrarme en verdad y Carlos seguía follándome el culo con los dedos. Yo empecé a sudar. Por entre el canalillo de mis pechos resbalaban gotitas de sudor que apenas podía evitar. Bajé un poco más poniendo morritos y alcanzando un poquito más de introducción esta vez pero su glande no lograba penetrarme del todo. Sólo hasta la mitad de éste. Me levanté y sentí el vacío en mi recto por la salida de los dedos que allí estaban.

- ¿Qué haces? ¿No me irás a dejar así no? –dijo Carlos con la polla en ristre y llevándose uno de los dedos que había estado follando mi culo a la boca. Carlos se estaba revelando como un cerdo de los grandes-

- Nos queda poco tiempo –dije volviendo a mirar la hora- No puedo es… es ese capullo tuyo que es una exageración. Debemos dejarlo para otra ocasión.

- ¿Estás loca o qué? Mira tía me duelen los huevos o eso o llamamos a una puta para que termine el trabajo- dijo Carlos.-

- Con el preservativo no me resbala lo suficiente. Tu polla es muy grande.

- ¡Pues zorra, tú verás lo que haces pero tengo que lograr correrme ya! O haces que me corra de una vez o llamamos a una puta. ¡Tú misma!

Su respuesta fue del todo inapropiada. Fuera de lugar. No sabía muy bien cómo interpretarla pero me sentí tonta, estúpida y también cómo no decirlo como poco hembra. A lo largo de mi vida me había considerado como una todoterreno sexual y ahora… todos los esquemas se me desbarataban como un castillo de naipes y encima con aquel mocoso, ¡mi hijastro!

Tragué saliva y entorné los ojos. Volví a mirar el reloj. Tenía quince minutos. Sebas era bastante puntual a no ser que diera con alguna cliente pesada de última hora. Empecé a calcular en cuántos días había tenido mi última regla. Esta me tenía que venir en unos nueve u diez días. Maldita sea la calavera de aquel bastardo y mi fortuna. Si no estaba en plena ovulación me faltaba un día para hacerlo. Ahora entendía también mi estado de cachondez y es que estaba en los días más fértiles de mi ciclo. Era muy probable que quedara embarazada si aquel niñito me regaba el útero. Pero estaba muy, pero que muy perra. Sentía a mi clítoris pidiendo tralla y la sensación de vacío en mis ovarios se me hacía insoportable. Me quedé mirándole unos instantes…

- No hace falta ninguna puta – Le dije quitándole la capucha. Esta salió disparada con un sonido elástico para ir a parar a algún rincón de la habitación- Me escupí generosamente en las manos y pasé estas por “la cosa” para lubricarla bien.

- ¿Qué haces?

- Te he dicho que no me resbalaba con la puta goma puesta- Le dije poniéndome de nuevo en la misma posición en la que lo había intentado antes-

Tenía que ser yo quien controlara la penetración de aquel pollón en mi canal vaginal si no quería que me desgarrara. Aquel badajo me lo iba a meter fuese como fuese ¡Por mis santos ovarios que lo iba a lograr! ¡Cómo que me llamaba Lucía vamos! Allá abajo tenía un fuego que tenía que apagar con un buen rabo y aquel era, sin duda, el mejor que había visto en toda mi puñetera vida. Entendí lo puta que era al hacer aquello y el peligro que corría pero en ese momento me daba igual, y no, no hacía falta ninguna puta, allí estaba la más grande de todo el barrio. En ese momento quería, o mejor dicho, necesitaba de polla. No os voy a mentir, mi miedo al embarazo estaba en mi mente muy presente pero mi deseo de aplacar mis ardores era aún mayor. Ya pensaría más adelante cómo podría salir de las consecuencias.

- ¡Qué zorra eres Lucía! ¡Pero qué zorra! ¡te la vas a meter sin condón! ¡De puta madre! ¡Así sentiré más ese coño tuyo de guarra!

- ¡No lo sabes tú bien! A ver… mmmmmfff…oooogg un pocoooo más…. Mmmfff…

- ¡Venga que no se diga zorrita! ¡Aprieta ahí! ¡Aprieta!

- Mmmmmmfff ¡nooo no entra!

- A ver espera… sepárate los labios del coño yo la dirijo… eso es así venga ¡ahora baja y aprieta!

- Mmmmmmmmmmfff yooooo parece que se abreee más y que… ¡AAAAAAHH! ¡AHORA! ¡Ah ya está la punta dentro joder! Aaaahhh ¡Joder se nota enorme! –De inmediato los labios vaginales anillaron el pollón aclimatándose como un guante a la totalidad de su diámetro. La punta la tenía dentro, ahora a ver hasta dónde era capaz de tragarme aquello-

- ¡Ooooh cómo me aprietas la cabeza de la polla! ¡Zorra de mierda! ¡A ver hasta dónde te la calzas! –dijo Carlitos, un Carlitos que ya no era el que yo conocía pero en ese momento me daba igual, la verdad, y encima para más irrisión mía sus palabras, su tono y sus insultos me ponían aún más cachonda. Una locura pero así era.

A pesar de que tenía sólo el capullo introducido el grosor de éste hacía que mi coño estuviera completamente distendido. Resoplé un instante para poco después, apoyando mis manos en las rodillas, tratar de penetrarme “la cosa” un poco más pero me llegaba el dolor y automáticamente paraba. Inicié un leve movimiento rotatorio de mis caderas sin sacar ni un ápice lo que me había costado meterme. No iba en este momento a ceder nada de terreno, eso lo tenía claro. Sin llegar a meterme más y con la rotación que hacía el placer me llegó de nuevo rápidamente. Carlos no hacía nada, sólo iba subiendo poco a poco el tono de su vocabulario y fue desvelando, en realidad, lo auténticamente cabrón que era pero mientras yo tuviera aquello entre las piernas me daba todo igual. Tomé consciencia de que era la primera polla que olía mi agujerito al natural desde que lo hice con mi primer novio adolescente.

Psicológicamente esto hizo que tuviera cierto temor a las consecuencias de un posible embarazo pero el morbo que me estaba dando aquella situación era indescriptible. Por otro lado y a pesar de que aquella cosa no era para nada normal, en cuanto a su tamaño me refiero, la notaba completamente distinta, más caliente, más plena. Supuse que todas estas sensaciones y pensamientos eran de carácter anímico por el hecho de tener una polla entre las piernas sin preservativo después de tantos años desde mi despertar sexual. La verdad no sé cómo explicároslo, era una sensación de estar a merced de algo poderoso sin nada que me pudiera proteger.

A los pocos minutos mi conejito ya se estaba acostumbrando al nuevo calibre de su inquilino y empezó a dilatar en consecuencia. Me llegó rápidamente un orgasmo que hizo que mojara todo el tallo que estaba fuera de mi estrecha cueva de placer. Ante mis estertores dejé los movimientos rotatorios de aproximación y adaptación un momento para poder recuperar el aliento y empezar a follarme la entradita con aquel glande que me estaba llevando de nuevo al borde del orgasmo, cosa que hice casi de inmediato. No tuve que esperar mucho y mis movimientos hicieron que me viniera otro más intenso de improviso haciendo que mis piernas flaquearan y que temblara todo mi cuerpo. Ante esto, Carlos no hacía más que humillarme y decirme lo zorra y guarra que era…

- Jejejejeje ¡Te estás corriendo otra vez zorra! ¡Cacho guarra estás hecha! A ver si es verdad que me haces llegar so cerda de mierda. ¡A ver si tienes lo que tiene que tener una verdadera hembra!

- ¡Ooooooooooooohh joooooder me vengoo me vengo tooodaaaaa!

- Jejejeje ¡Ya, ya lo siento ya! ¡Serás zorrita!

- ¡Aaaaaaah Dios qué fuerte! –exclamé mientras temblaba incontroladamente todo mi cuerpo. Aún no sé ni cómo podía mantenerme en pie-

Estaba bañando aquel pollón con mi corrida pero bien. En la base de aquel mástil de carne se acumulaban mis densos fluidos vaginales dejando a “la cosa” preparada para poder recorrer mi sedoso, resbaloso y escurridizo canal vaginal hasta allí donde le dejara mi profundidad. El caso es que el fortísimo orgasmo había hecho que mi libido se redujera en consecuencia y que de forma, casi automática, quisiera sacarme aquel capullo que tanto me había costado acoplar a mi entrada. El cabrón de Carlos, y nunca mejor dado éste calificativo al niño en este momento, se dio cuenta de mi maniobra casi de inmediato y cogiéndome de las caderas, cosa que antes no había hecho, me empujó hacia él haciendo que el capullo volviera a estar en la misma posición que antes para, de forma inmediata, hacer de avanzadilla a la penetración de golpe como de quince centímetros de aquella enorme masa en mi interior.

Me sentí llena allá abajo como nunca lo había estado en toda mi vida sexual. Miré hacia mi sexo y me quedé estupefacta de cómo mis labios abrazaban al coloso. Le anillaban de tal forma que parecía que las venas de la inmensa polla que quedaban fuera de mi gruta fueran a estallar de lo apretadas que se veían. Carlos había cambiado su actitud para conmigo. De mamá nada, ahora era un coño, una zorra a la se ha de follar hasta reventar, un agujero que ha de cumplir el cometido para el que había sido creado y ese cometido, ese objetivo, no era otro que el hacerle llegar a él al ansiado orgasmo que le dejara completamente vacío.

- ¡Baja para abajo zorra! ¡Baja más y ni se te ocurra dejarme así! –sentenció Carlos empujándome hacia él-

- Nooooo no tan deprisaaaa… aaaaaaaaaahhh! ¡Me las has clavado cabrón! –dije mirando en este momento a mi sexo que apresaba completamente a “la cosa”- ¡Me la has clavado toda! ¡Aaaaaaah! ¡Joder qué pollón! Oooooooh.

- No toda no… ahí queda todavía… pero todo se andará… seguro que te cabe en ese coño tuyo de zorra ninfómana folla barrios. ¡Venga cabalga! ¡PLAS! –dijo dándome una palmada en el culo- ¡Venga jaca cabalga!

- Espera Carlos… por favor… un poquito… es mucho…

- ¡Qué cabalgues yegua! ¡PLAS!

La verdad es que dolor, lo que se dice dolor no sentía. Era una sensación de lo más extraña. Era como estar anestesiada, como de estar completamente taponada y tener casi la certeza de no poder moverte. Me imaginé empalada como una doncella medieval que hubiera sido víctima de la Inquisición y hubiera sido llevada a una plaza para su escarnio y mofa pública. Una de esas víctimas que quedaban completamente atravesadas por un palo desde sus partes hasta la mismísima boca. Llegar allí desde luego que no llegaría pero sentía a aquel pollón en el mismísimo estómago.

El inmenso capullo de “la cosa” tocó el fondo de mi cérvix y allí se paró. Volví a mirar y quedaban aún como ocho o nueve centímetros más de carne magra fuera del coño. Mi clítoris estaba completamente fuera de su capuchón protector y estaba haciendo contacto directo sobre el tronco de la enorme verga. Si empezaba a cabalgarle mi clítoris se vería estimulado al igual que mi entero canal vaginal. Y así fue. Cuando comencé a moverme me sentía como torpe ante tanta masa alojada pero esa torpeza pronto se vio disipada ante los orgasmos encadenados que iba teniendo a las pocas metidas que me proporcionaba y fui acelerando el ritmo todo lo que mis caderas fueron capaces de aguantar.

En cada penetración el capullo golpeaba mi cuello uterino y más que dolor sentía más y más placer. Era como si mi cérvix se reblandeciera o se dilatara de tal forma que diera paso a que el capullo la traspasara y tuviera acceso directo al mismísimo útero. Sé que esto es imposible, pero esa era la sensación que tenía. De tantos bombeos llegó el momento en que vi que las penetraciones eran más y más profundas y… en efecto, de los ocho centímetros que quedaban fuera tan sólo tres lo estaban. Me la había enterrado hasta el mismísimo anillo. Mis labios vaginales tocaron los inmensos huevos de Carlos. Unos huevos que estarían repletos de millones y millones de espermatozoides dispuestos a alcanzar su objetivo y fecundar el óvulo que, a bien seguro, lo tendría a escasísimos milímetros de la inmensa cabeza del pene que me estaba dilatando y reblandeciendo la mismísima cérvix. Alcé las plantas de los pies y la gravedad hizo el resto. Nada de tronco se veía. Mi gruta se la había engullido enterita.
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heranlu

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Una Madrastra Bien Puta – Capítulo 006


Me sentí totalmente llena. Aquel pollón le tenía incrustado en mi vagina por fin. Me había costado pero lo había conseguido. Fue como un pequeño logro, un colofón a mis esfuerzos. Las plantas de los pies las puse en las rodillas de Carlitos como si fuese una pequeña rana atravesada por una gruesa caña de madera para hacer con ella un espeto. Me eché hacia atrás tocando mi espalda con su imberbe pecho. Estaba a merced de lo que me hicieran, del ritmo que quisieran imponerme, de la placentera condena que quisieran orquestarme. Me sentí seducida y dominada por aquella masa de carne que me había llevado a hacer tal depravación. Con esta postura la inmensa polla me apretaba y distendía de tal forma la parte anterior de mi vagina que cualquier movimiento que hiciera mi punto G era constantemente estimulado. Ante esta sensación tomé aire y suspiré; de lo llena que me sentía hasta llenar mis pulmones me costaba. Todo mi cuerpo, todo mi ser fundido con aquella polla era ahora de Carlitos. Era suya, y fui consciente que desde ese preciso momento no podría negarme a nada de lo que él me pidiese en ese sentido. Me había convertido en su criada, en su esclava, en su amante… en su puta.

Carlos aún no hacía nada, sólo allí se mantenía, como en cierta manera sorprendido de que mi gruta hubiera sido capaz de tragarse todo el magnífico calibre de su enorme y monstruosa polla. Mis dedos aprisionaron mis pezones, unos pezones que pedían a gritos ser estirados, mordidos, castigados, besados… a falta de que me lo hiciera mi amante penetrador me lo hacía yo misma como podía, haciéndome llevar mis pechos hacia mi boca, retorciéndolos con saña con mis dedos, excitándolos y estimulándolos hasta llevarlos al borde de la desesperación más absoluta. En esa posición yo no tenía control alguno, el control lo había tomado Carlos que fue llevando sus dos manos a los turgentes y firmes glúteos que le aprisionaban el bajo vientre para hacer que levantara ligeramente mi culo. Su enorme polla distendía completamente mi canal vaginal. Sentía como si mi sexo fuera el molde perfecto para aquel portento de pene que había podido engullirlo, la funda perfecta para aquel dardo que me estaba atravesando.

Fuertemente gemí y del fondo de mi garganta surgieron decenas de gorjeos cuando Carlitos, ayudado con sus manos en mis glúteos, comenzó a follarme con una cadencia lenta pero firme y constante. Un ritmo que empezó a taladrarme los bajos de tal forma que sentía como si la cabeza del pene estuviera masajeándome la mismísima pared de mi útero. Sentía como si la cérvix hubiera desaparecido, como si esta hubiera sido literalmente engullida por el resto de paredes vaginales para dar cabida a semejante monstruo fálico hasta el mismísimo centro de mi sexo. De la comisura de mis labios se escapaba un hilillo de baba que no podía controlar y mis párpados se entornaron en una mueca sorda cuando sentí un temblor interno que hiciera que los músculos de mis muslos vibraran en espasmódicos y placenteros orgasmos encadenados.

De mis labios entreabiertos se escapaban mil y un gemidos de puro goce y deleite, de satisfacción plena y de locura sexual. Empecé a sentir un grado de placer y plenitud tales que cada roce, cada leve movimiento de aquella maravillosa tranca me colmaran tanto como diez orgasmos experimentados con mis anteriores amantes. Carlos estuvo así unos momentos, no sé deciros si fueron segundos o minutos hasta que éste paró de forma abrupta de moverse y quitándome las manos que excitaban a mis pechos me obligó a poner éstas detrás suyo, a ambos lados de su cuerpo. Mis globos encontraron en sus manos el sustituto ideal para ser trabajados, masajeados, apretados y estrujados como él sólo quería, sin poner yo trabas ni impedimento alguno. Eran suyos, yo era suya, podía hacer lo que quisiera. Los dedos de Carlos encontraron mis pezones y como si de unas tenazas se trataran me los asió como si éstos fueran las riendas de la yegua que estaba cabalgando al son que él imponía:

- ¡Muy bien zorra ahora quiero que te muevas tú! ¡Venga cabalga y haz que me vacíe guarra!

- Aaaaaaaaaaaaah mmmmmmmmmff coomoo quieeraaas yo… Oooooooooh uuuuuuh ¡Qué polla! ¡No puedo! ¡No puedo dejar de correrme! ¡Dios mío qué locura! ¡Aaaaaaah!

- ¡Vamos guarra! ¡Aumenta el ritmo que si no no me vengo joder! –dijo Carlos apremiándome a moverme más ágilmente sobre aquella masa de carne-

- Oooooooooooooh ¡Me voy a reventar! ¡Pero qué gusto me estás dando hijo de puta!

- Como tú has dicho yo soy el hijo pero tú aquí eres ¡LA PUTA! – dijo dándome una metida seca que sentí partirme literalmente hablando- ¡Bombea PUTA! ¡Bombea y sácame la leche de los huevos que me están ardiendo de todo lo que tengo ahí dentro! ¡Bombea tú o lo hago yo y te desgracio el agujero de por vida! -dijo esto último dádome otro empujón con sus caderas mientras me volvía a elevar el culo con ambas manos-

- ¡Oooooogg! ¡Cabrón no me des tan fuerte que me vas matar!

- ¿No querías polla? Se te van a quitar las ganas de zorrear por ahí y engañar a mi padre por todo el barrio. ¡ZORRA DE MIERDA! –gritó dándome otra de sus bestiales estocadas-

- ¡Ooooooooohh joder Carlos no tan brusco por favor!

- ¡Qué cabalgues más rápido o te arranco los pezones y te saco el útero por la boca so cerda! –me gritó Carlos pinzándome los pezones hasta hacerme chillar del daño que me hizo. Aumenté aún más el ritmo follándole como lo haría una experimentada puta de un club, con saña, con dedicación, con un ritmo que hasta yo misma me hubiera asombrado alcanzar-

- ¿A- Así, a- así te vale? –contesté arqueando más mis caderas y mirándole hacia atrás directamente a su cara. Ante la cercanía Carlos me dio un rápido pero profundo morreo de aprobación en el que nuestras lenguas armonizaron un desesperado y libidinoso baile. Mi coño mantenía poco más de la mitad del coloso en sus húmedas y sedosas profundidades imprimiendo un ritmo tan marcado que no por mucho tiempo podría mantenerlo. Mis pies en sus rodillas intentaban mantener el equilibrio como podían-

- ¡Sí así! ¡Ahora mantenlo! ¡Haz que boten bien esas tetas de guarra que tienes! ¡Venga! –dijo soltando los castigados pezones y dando a mis tetas un par de bofetones- ¡PLAF! ¡PLAF! ¡Vamos qué boten!

- Aaaaaaaaaahh aaaaaaaaahhh ¡Carlos! ¡Por favor! ¡¡Aaaaaaaaaah!! ¡Haré lo… aaaaaaaah lo que quieras! Pero no me pegues así! ¡AAAAAAAH! ¡PLAF!¡Soy mamá!

- ¡Eres una zorra! ¡PLAF! ¡PLAF!

Estaba follándome a aquel pollón todo lo rápido y fuerte que podía. De mi chochito, castigado por aquel bate de carne, salía una orquesta de jugosos sonidos producidos por la humedad que mi tierno interior estaba destilando constantemente. La habitación entera olía sexo, olía a vicio… olía a mí. El gusto que sentía era inenarrable. Era como si mi cueva hubiera encontrado la polla perfecta para ocupar, como si mi vagina fuera la vaina de la espada que me atravesaba y que me estaba matando del más puro gusto. Del fondo de mi garganta sólo salía un gemido tras otro. Al cabo del rato mi ritmo fue menguando ante el cansancio por lo que Carlos, de improviso, volvió a cogerme de las cachas del culo para elevarme lo suficiente como para liberar su abdomen de mi peso y comenzó a follarme con una velocidad y una fuerza tales que pareciera que fuera a aparecer en cualquier momento la punta de aquel cipote por mi boca.

Traté de asir tan fuertemente como podía las rodillas de Carlitos con mis piececitos ante las rítmicas y fortísimas embestidas que aquel ser, hecho para el sexo, estaba marcando. Sentí que iba a morir allí mismo atravesada, empalada literalmente por ese pollón que me había vuelto sumisa y devota de su poder…

- ¡Aaaaaaaaaaaaah Carlos por favor! ¡P- para! ¡Me vas a reventar! –le grité cuando él también empezó a moverse a un ritmo impresionante- ¡Aaaaaaah Dios mío! ¡Me voy a correr otra vez! ¡Aaaaaaaaah! ¡No puedo creérmelo me vengooooo otra veeeeeez! AAAAAAAAAAAAaaaaaaaah mmmmmff- dije mordiéndome el labio inferior hasta notar que me estaba sangrando.-

Paré de repente de moverme ante los espasmos de placer que aquel orgasmo me estaba infligiendo. Él era el que se movía, me estaba barrenando toda. Me flaquearon las manos. Todo mi cuerpo empezó a temblar como si mi coño fuera el epicentro de un terremoto. Me eché hacia atrás reposando toda mi espalda en el torso de mi macho mientras éste seguía martilleándome sin perdón. Tuve uno, dos y ¡hasta tres clímax seguidos! Me estaba yendo en oleadas y oleadas de flujo. Mis pechos parecían dos enormes flanes moviéndose descontrolados ante las fuertes embestidas de aquel portento de la naturaleza. Yo le suplicaba que parase, que me iba a matar follándome como me estaba follando pero Carlos no me oía. Él seguía y seguía y seguía bombeándome bestialmente como si todo mi canal vaginal fueran sus manos agarrando su enorme y férreo pollón cuando se masturbaba.

Me sentía completamente a su merced y dominada. ¡Se estaba haciendo una paja con mi coño! Era como si estuviera castigándome. Me sentí como una muñeca, como una muñeca hinchable. La punta de su polla llegaba literalmente al útero. Mi cérvix se había disipado completamente y sentía como si éste no le tuviera. Debía ayudar a que aquello terminara cuanto antes si no quería verme en la morgue rota tras ser follada por mi hijastro y, como pude, intenté mover mis músculos vaginales para sobre estimular el enorme pollón que estaba ocupando cada milímetro de su distendido y estirado canal.

De repente Carlos me alzó las piernas sujetándomelas por las corvas. Veía como mis piececitos se movían locos desprovistos íntegramente de fuerza. De repente me vino otro orgasmo acompañado de un río de flujo que salió disparado de entre vete a saber de qué recóndita oquedad de mi sexo porque aquel salchichón me tenía completamente taponada y mientras tanto, Carlitos, parecía que iba más y más deprisa. Éste empezó a gritar pero aún más fuerte de cómo lo hizo cuando se estuvo haciendo la paja y me bañó con su esperma todo el cuerpo. Entonces lo supe. Me estaba echando toda la leche blanca que le quedaba en esos gigantescos depósitos de esperma que tenía por huevos. Estaba inseminándome ¡Me estaba preñando! Le volví a gritar. Pero esta vez no le dije que parara le dije que hiciera conmigo lo que quisiera que era su zorra… que era su puta.

- ¡Aaaaaaaaaaaaaah! ¡Dios te me estás corriendo dentroooooo ooo ooh!

- Aaaaaaaaaaaaaaaaagggggggggggg ¡Joder qué descarga! Uuuuuuuuuuuuu

- ¡Me vas a preñar! Aaaaaaaaaah ¡Soy tu zorra, soy tu puta madre! ¡Haz lo que quieras conmigo pero no dejes de clavármela como lo haces! ¡AAaaaaaahh Dios mío! ¡Otro! ¡Otrooooo!

Y no paró. Estaba descargando directamente sobre mi desprotegido útero andanada tras andanada de esperma. Un esperma que antes había podido comprobar su textura. Grumoso, denso, potente.

Tras su vaciado me sacó aquella jeringa de carne de mi castigada pero satisfecha cueva de perversión. Abierta y expectante, de su entrada se precipitaban hacia mi culo y el abdomen de Carlos espesos regueros de su simiente. Me apartó empujándome y caí como una muñeca de trapo a la moqueta azul de su habitación. Rota, derrotada y follada como una vulgar puta pero mis fuegos… por fin estaban apagados. Estaba satisfecha.

De mi coño seguían saliendo borbotones de blanco y espeso esperma. Mi respiración fue apaciguándose yendo a la normalidad pero rápidamente Carlos hizo que me diera media vuelta y me pusiera de rodillas frente a él. Me agarró del pelo y me acercó a su polla, una polla que había perdido algo de vigor ante la espectacular y abundante segunda corrida pero aún así, morcillona como la tenía, emanaba un halo de poder que me dominaba por completo…

- Límpiala –dijo golpeándome con ella los cachetes de la cara.-

La morcillona polla estaba repleta de fluidos. Consulté la hora. Sebe debía de haber llegado ya. Era extraño. Habían pasado más de 25 minutos de su hora normal de regreso. Aquel salvaje me había estado martilleando el coño durante más de media hora sin parar y casi en la misma posición. A un ritmo tan frenético y demencial que no entendía cómo de mis bajos no había salido humo de tanto frote. Perdí completamente la cuenta de los orgasmos que pude alcanzar en todo ese tiempo. Un tiempo que me pareció un breve instante. Entré en pánico y solté el enorme bate que ya había agarrado, hipnotizada, con una de mis manitas. Carlos me detuvo y volvió a decírmelo más fuerte…

- ¡Límpiala! ¡Te he dicho que me la limpies puta de mierda!

- No Carlos… tu padre… estará ya por venir… nos va a pillar… por favor, no me hagas esto.

- ¿Papá? ¡Papá entró en casa hace ya más de veinte minutos guarra! ¡Mírale allí detrás de la puerta!

- ¡Qué dices!

Todo mi mundo se derrumbó como un castillo de arena contra el que se ha estrellado una fuerte ola del mar. De entre la ranurita de la puerta se intuía una silueta. Tras unos breves instantes Sebe apareció bajo el dintel, con los pantalones de fieltro en los tobillos y arrastrando la hebilla del cinturón. En su mano estaba su pollita, pequeñita y lánguida. Goteando una gotita de esperma que débilmente fue a precipitarse sobre la moqueta. También acababa de correrse. Poco a poco fue acercándose sin dejar de masturbar su semirígida y patética colita. Yo seguía de rodillas ante el macho que acababa de follarme, mi Carlitos, mis pechos desnudos y sudorosos subían y bajaban ante mi impresión. No podía mover ni un músculo de lo atónita y perpleja que estaba. Mi boca, entreabierta, era objeto de los pollazos que aún Carlitos me propinaba para que le limpiara el instrumento de flujos.

- ¡Chupa polla guarra! –dijo tirándome más fuerte del pelo y restregando toda la masa de carne por mi rostro- ¡Hola papá! Puedes sentarte si quieres… estarás más cómodo.

- Sí… sí… -dijo Sebas sentándose en el escabel sin dejar de mirar cómo su hijo abusaba de su esposa como le venía en gana-

- Sebastián yo… yo… lo siento… no… no he podido… -intenté explicarle a mi esposo-

- ¡Chupa ostiaaaas! –dijo Carlitos restregando el pollón en toda mi cara-

- Sebastián yo en verdad que…¡GLUP! MMMMMFFFFFFF! – intenté decir algo pero el bestia de Carlos había metido su verga en mi boca. Al estar semi empalmada lo había logrado, el cerdo de él-

- ¡Eso es así! ¡Chupa, chupa! ¡Guarra estúpida!

- MMMMMMFFF! MMMMMMFF – mientras le comía el vergajo veía cómo Seba, se había vuelto a coger el pene para frotárselo viendo la escena. Yo no podía creer aquello pero no sé porqué me tranquilicé y agarré el pollón con un de mis manitas para recorrer todo el tronco con mi lengua mientras le miraba. De mis labios surgió una leve sonrisa para, observándole, proseguir limpiando el ídolo que tenía en mi rostro-

- Es una lástima que la guarra esta no sea capaz de meterse toda mi polla en la boca papá. Ninguna de las putas del club me lo ha podido hacer… uuuuuufff… sí así guarra así… eso es… muy bien… así… mámamela bien y que quede bien limpita.

- Anita la vieja pudo, ¿no? –dijo Sebas sin parar de masajearse el pene-

- ¡Na! ¡Fue un asco, se tuvo que quitar la dentadura postiza para hacerlo y casi se ahoga intentándolo! Yo ya he asumido que ninguna tía va poder hacerme una comida profunda.

- Jejejejeje No entendí porqué querías irte con ella con todas las jovencitas que tiene Doña Aurora pero ahora ya lo comprendo.

- Jajajajaja ¡Eres la ostia papá! –contestó Carlitos-

- MMMMMMMMMMFFFF MMMMMMMMNNN

- ¡Basta zorra! –dijo Carlos dándome una bofetada y obligándome a dejar de lamerle los huevos que me los estaba ya llevando a la boca- ¡Qué vas a terminar por empalmarme otra vez y te voy a tener que reventar tu coño de nuevo!

Me empujó y quedé sentada en el suelo. De mi coño seguía rezumando semen de Carlos. Me sentí completamente humillada, sola y desconsolada pero al menos estaba satisfecha sexualmente.

- Está bien… -dije sollozando pero aguantando el tipo- podéis usarme como queráis los dos. Ya sabéis que soy una puta.

- No –dijo Carlos- tú eres una zorra, una guarra, una golfa pero no, no eres puta… aún. Las putas cobran por follar y entregan a su chulo lo que han ganado para que las siga follando.

- Sí –dijo Sebas levantándose del escabel con la polla en la mano, ahora sí la tenía más rígida, como sólo en un par de ocasiones se la había visto antes- Eso es una cuestión que ya hemos arreglado con Doña Aurora, ¿verdad hijo?

- Sí papá –contestó Carlos. Su polla estaba ya más calmada pero aún así era intimidatoria- ¿Cuándo empieza a trabajar?

- Mañana mismo hijo, mañana mismo. Ponte en cuatro Lucía y abre el culo que te lo voy a follar… jejejeje ¡Y sin condón! ¡Lo que me voy a ahorrar en gomas a partir de ahora!

- ¡Ya has oído lo que ha dicho papá zorra! ¡En cuatro!

- Yo… yo… -dije balbuciendo poniéndome como me habían ordenado- no… no entiendo nada.

- Pues es muy fácil de entender Lucía –dijo Sebas- A partir de ahora trabajarás de puta en el local de Doña Aurora. Tú traerás el dinero a casa con lo que más te gusta hacer y a mí me vas a retirar de trabajar que ya estoy muy mayor para levantarme todos los días a las cuatro de la mañana. A ver ¡Ábrete el culo guarra que voy!

- No… no podéis hacerme esto –dije sin mucho convencimiento abriéndome las cachas del culo-

- ¿Cómo que no? ¡Lo estamos haciendo! ¡Mejor dicho! ¡Lo hemos hecho! –dijo Sebas cogiéndome de la cintura- Oooooooh ¡Qué culito tienes Luci¡ ¡Qué culito!

- ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAHH!! ¡Despacio por favor! –dije cuando la noté que me había penetrado toda en el recto-

- Muévete Lucía, ¡muévete! –dijo mi madurito marido- Sabes que con mi diabetes y mis problemas de hipertensión no duro mucho…. ¡Ooooohhh qué gusto que apretadito es!

- Joder papá me estás dando una envidia-dijo Carlos al que le vi ladeando la cabeza con el pollón en la mano. Se le estaba poniendo otra vez como la Columna de Trajano-

- No te preocupes hijo. ¡Ahora se lo petas tú!

- ¿QUÉÉÉÉÉ? –grité sintiendo los roces de Sebas en el culo-

Y sí… no os voy a contar lo que pasó después porque a bien seguro os lo imagináis todos. No sé cómo pudo lograrlo pero aquel pedazo de bestia me partió el culo. Me sentí como un polo, la polla el palo, yo el helado; o como un Chupa Chups, yo el caramelo, el pollón que me atravesaba las tripas el palo, y nunca mejor dicho. Sebas en tanto miraba, miraba y miraba. Yo berreaba como una cerda que sabe que la llevan al matadero porque sentía que me estaba partiendo por dentro. Al cabo de lo que pensé que habían sido como quince o veinte minutos de puro bombeo en búsqueda de petróleo comencé a berrear… pero de gusto. No pude caminar durante al menos siete días. Siete días en los que no pude salir de casa porque pensé que me habían desgraciado las entrañas de por vida. Durante esos siete días, sin embargo, me usaron ambos por mis otras oquedades disponibles y no dañadas. Me jodieron a placer como les dio en gana, especialmente Carlitos y su ejemplarizante y castigador pollón que había encontrado a la hembra capaz de tragarse, por al menos dos de sus agujeros, su enorme tranca. En todas las ocasiones me echaban su simiente pues siempre me jodían y gozaban sin protección alguna.

Mi hijastro, sin duda, había sido un buen hijo para Sebas. Habían estado conchabados durante meses y durante las últimas semanas habían ido juntos al puticlub. Se llevaban francamente bien y mientras Carlitos me follaba Sebas se mantenía mirando, sentado en algún sillón, masturbándose su pollita. Eso era lo que verdaderamente le gustaba. Mirar. A partir de entonces, Carlitos se convirtió en un buen hijo… de puta.

Al puticlub me llevaron no al día siguiente porque estaba en pésimas condiciones pero sí en esa misma semana para comenzar a ejercer… de puta. Y no os voy a adelantar nada por si algún día os lo cuento pero os aseguro que anécdotas e historias tengo para llenar y llenar tantos volúmenes como la Enciclopedia Británica. Mis tribulaciones como profesional del sexo fueron, han sido y son muy, muy variadas. Mi verdadero chulo es Carlos aunque Sebas ejerce sobre él de una más que notable influencia.
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