Una Familia Especial en Navidad - Capítulos 001 al 002

heranlu

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Una Familia Especial en Navidad - Capítulo 001

La nieve empezaba a caer en copos gordos y silenciosos mucho antes de que la última curva del camino de tierra revelara el perfil de la casa. Para el todoterreno de Rafael, era terreno familiar. Para los que iban dentro, el trayecto de seis horas desde Buenos Aires había sido una lenta descompresión, un despojo de la ciudad que quedaba atrás, capa a capa, como la ropa que pronto abandonarían.

Rafa condujo con la seguridad de quien conoce cada bache y cada desliz del terreno. Su mano pesada y segura sobre el volante, su mirada fija en el camino blanco que se abría ante ellos como una promesa. A su lado, Valeria suspiró, un sonido largo y contenido que hablaba de alivio. Se quitó las gafas de sol y las dejó en el salpicadero, girando la cabeza para mirar a través del espejo retrovisor el bullicio del asiento de atrás.

—¿Llegamos vivas o hay que mandar una partida de rescate? —bromeó, su voz un bálsamo cálido en el silencio del motor.

—Sofía se ha quejado del móvil cada veinte minutos, y Nico ha movido la pierna como si tuviera el síndrome de las piernas inquietas desde Chascomús. Yo diría que estamos perfectamente —respondió Lucía desde su rincón. Su voz, suave y melódica, contenía una pizca de ironía que solo su hermana mayor pareció captar.

Sofía, que había estado mirando por la ventanilla con una expresión de aburrimiento aristocrático, se giró y lanzó a su hermana una mirada afilada. —Algunos tenemos una vida social que no puede esperar, Luli. No todos podemos pasarnos el día dibujando arbolitos en un cuaderno.

—Dibujar planos de estructuras de carga, Sofi. Es arquitectura. Intenta no ser tan ignorante —replicó Lucía sin levantar la vista de su libro, su calma era un arma que usaba con una precisión devastadora.

—Chicas, por favor. No empezamos ya —intervino Valeria, aunque en su sonrisa se adivinaba la resignación de alguien que lleva años escuchando la misma sinfonía de celos y rivalidades—. Estamos en el umbral de la magia. No manchémos el umbral con vuestra bilis.

Nicolás, que hasta entonces se había limitado a moverse nerviosamente, se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en el respaldo del asiento de sus padres. Su mirada, sin embargo, no buscaba a sus padres, sino a Lucía. La observaba con la intensidad de un naturalista ante una rara y preciosa criatura.

—¿Has visto cómo nieva, Luli? Parece de cuento —dijo él, su voz más suave de lo habitual, cargada con el peso de una devoción no confesada.

Lucía finalmente levantó la vista del libro y sonrió, una sonrisa genuina que parecía iluminar su rostro ovalado. —Sí, Nico. Es perfecto.

Fue entonces cuando la casa apareció. No era una mansión, sino un refugio robusto y acogedor, construida con tronos oscuros y piedra gris, con grandes ventanales que parpadeaban como ojos amables. El humo comenzaba a elevarse de la chimenea, una delgada columna gris contra el cielo blanco. Era su santuario.

Rafa aparcó con maestría junto a la entrada principal. El motor se apagó y, por un instante, solo se oyó el siseo de la nieve al tocar el metal caliente.

—Bienvenidos a casa —dijo Rafa, y la frase no sonaba como un

bueno, sino como una declaración. Un decreto. Abrió su puerta y el frío del bosque irrumpió en el coche, un aire limpio y agudo que olía a pino y a tierra helada. Se estiró, y su estatura y su anchura de hombros lo hicieron parecer una parte más de la imponente naturaleza que los rodeaba. Su mirada recorrió la fachada de la casa con una satisfacción de propietario, de rey regresando a su castillo.

Valeria siguió su ejemplo, deslizándose fuera del vehículo con una gracia que el frío no parecía afectar. Se arropó en su abrigo de lana y observó a su husband, una media sonrisa dibujada en sus labios. —Sigue siendo el lugar más bonito del mundo, Rafa.

—Es nuestro —fue toda la respuesta que él ofreció, pero para ella fue suficiente.

La puerta trasera se abrió y Sofía saltó al exterior, sus botas altas hundiéndose en la nieve fresca con un chasquido. Estiró su cuerpo esbelto, arqueando la espalda como una gata, y se quitó las gafas de sol con un gesto rápido y seguro. —Necesito un vino tinto y un fuego. Y que alguien me masajée los pies. En ese orden.

Nicolás salió detrás de ella, pero su atención estaba dividida. Ayudó a su madre a coger una de las maletas, pero sus ojos no dejaban de buscar a Lucía, que aún estaba dentro del coche, recogiendo su libro con una lentitud deliberada.

—¿Te quedas ahí, Luli? —preguntó él, acercándose a la puerta abierta.

Ella alzó la vista, y por un segundo, Nicolás sintió que toda la conversación, el frío, la nieve, se desvanecían. Los ojos de Lucía eran de un color miel oscuro, y en ese momento brillaban con una luz que él solo asociaba con los secretos que compartían.

—Estaba disfrutando del último minuto de silencio —respondió ella con una sonrisita, y por fin bajó del coche. La nieve le llegó hasta los tobillos y ella emitió un pequeño grito, más de sorpresa que de frío. —Uf, no esperaba que fuera tanta.

—Te llevo la maleta —se ofreció Nicolás al instante, su voz un poco más ronca de lo normal.

Rafa ya estaba en la puerta, con la llave en la cerradura. La abrió y un oleada de aire cálido y a leña quemada los recibió. El interior de la casa era exactamente como lo recordaban: suelo de madera oscura y pulida, muebles de cuero gastado y cómodo, y la enorme chimenea de piedra que dominaba la sala de estar, ya con un fuego crepitando que lanzaba sombras danzantes en las paredes.

—Adelante, entren. Que no se escape todo el calor —ordenó Rafa, apartándose para que pasaran.

Valeria fue la primera, dejando caer su abrigo en una silla y moviéndose con la familiaridad de una felina en su territorio. Fue directamente a la cocina, que quedaba semiabierta a la sala. —Voy a ver qué hay para comer. Seguro que dejé la despensa bien surtida el año pasado. ¿Alguien tiene hambre?

—Yo —dijo Sofía, ya sentada en uno de los sofás de cuero, con las piernas cruzadas y los pies descalzos sobre la alfombra de piel. Se desabrochó el jersey, revelando los hombros pálidos y firmes—. Mucho.

Nicolás dejó las maletas junto a la escalera y se acercó al fuego, extendiendo las manos hacia las llamas. Lucía hizo lo mismo, quedándose a su lado. La proximidad era eléctrica. Él podía oler el perfume dulce de su pelo, una mezcla de vainilla y algo puramente suyo.

—¿Bien? —susurró él, sin apartar la vista del fuego.

—Ahora sí —respondió ella, en voz tan baja que casi se la lleva el crepitar de la leña.

Rafa cerró la puerta con un golpe seco, aislando por completo el mundo exterior. Se quedó de pie en el centro de la sala, con las manos en las caderas, observando a su familia. Su esposa en la cocina, su hija mayor reclamando atención en el sofá, su hijo y su hija menor juntos frente al fuego, como siempre. Un orden perfecto. Su mirada se detuvo un instante más en Lucía. La vio allí, con el brillo del fuego reflejado en su pelo, y una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios. Era la primera vez que la veía en este santuario como una mujer, y no como su niña. La idea le recorrió como una corriente, cálida y peligrosa.

—Bueno —dijo Rafa, rompiendo el hechizo—. Las reglas de estas vacaciones son las mismas de siempre. La ropa es opcional, el pudor está prohibido y la única obligación es disfrutar. Que nadie se acueste esta noche con el estómago vacío… ni con ninguna otra frustración.

Sus palabras colgaron en el aire, densas y cargadas de significado. Sofía lo miró con una sonrisa pícara, Valeria asintió desde la cocina con una complicidad de toda la vida, y Nicolás tragó saliva, sintiendo el peso de la promesa en cada una de esas palabras. Lucía, sin embargo, mantuvo la vista fija en el fuego, pero sus mejillas se sonrojaron ligeramente, y una profunda y antigua determinación se aferró a su corazón. El juego había comenzado.

Valeria reapareció en el marco de la puerta de la cocina, sosteniendo una tabla de madera con varios trozos de queso, salchichón y unas aceitunas negras y brillantes. La había acompañado con una botella de Malbec que ya llevaba un rato descorchada, respirando.

—Para ir abriendo el apetito —anunció, depositando la mesa baja delante del sofá donde Sofía ya se había instalado como una reina en su trono—. Rafa, ve a por las copas. Y tú, Nico, sé un buen chico y ayuda a tu hermana con las maletas. La de Luli es la más pesada, siempre carga con mil libros.

Nicolás asintió sin dudarlo, pero su gesto se cortó cuando vio que Lucía ya se había adelantado.

—No te preocupes, mamá, yo bajo las mías —dijo Lucía, con una firmeza que sorprendió a todos. No era su costumbre rechazar una ayuda, menos de su hermano—. Son solo dos. Subiré la mía y la de Sofía.

—¿La mía? —replicó Sofía desde el sofá, sin apartar la vista del teléfono que había sacado de su bolsillo—. Déjala ahí. Bajaré yo mañana. No pienso moverme de este sofá en las próximas tres horas.

—Haces lo que siempre, vaga —murmuró Lucía, pero sin verdadera rabia. Era una observación, un hecho. Cogió la maleta rígida de color granate de su hermana y la suya, de tela y un color tierra, y se dirigió a la escalera de madera. El esfuerzo le subió un delicado color rosado a sus mejillas y el movimiento le hizo ajustarse el suéter de lana fino a la silueta.

Nicolás la observó, frustrado. Se había perdido su momento, su pequeña excusa para estar cerca de ella, para sentir el peso de una maixa que compartían. Se quedó de pie, tontamente, junto a la chimenea, mientras Rafa volvía de la cocina con cuatro copas de vino tintas y pesadas.

—Parece un caballo desbocado sin su jinete —dijo Rafa en voz baja, dirigiéndose a su hijo y clavándole una copa en la mano. Su tono no era de burla, sino de análisis, como si estuviera diseccionando un comportamiento animal—. Anda, sírvele a tu madre. Y a ti, quédate ahí quieto y aprende a no parecer tan necesitado.

El comentario golpeó a Nicolás con la fuerza de una bofetada no física. Se ruborizó y se apresuró a acercarse a su madre, que estaba sirviendo el vino con una gracia innata.

—Gracias, cariño —dijo Valeria, pasándole su dedo por el brazo en un gesto de consuelo que solo él entendió—. No le hagas caso a tu padre. A veces es más bruto que los troncos que quema en esa chimenea.

Rafa se rio, un sonido grave y resonante. Se sirvió su propia copa y se acercó al sofá, sentándose junto a Sofía, que finalmente había guardado el teléfono. Él no la miró, pero su cuerpo se inclinó ligeramente hacia ella, una presencia magnética que llenaba el espacio a su lado.

—Así está mejor —dijo él, llevando la copa a sus labios—. Sin ruidos innecesarios.

Sofía sonrió, una sonrisa de pura complicidad. Se recostó un poco más, dejando caer su hombro contra el de su padre. La tensión sexual entre ellos era un hilo tenso y visible, una corriente que los demás aprendieron a ignorar hace mucho tiempo.

Arriba, el crujir de las tablas del piso anunciaba el regreso de Lucía. Bajó con la misma calma con la que había subido, y se dirigió directamente a la mesa baja. Se sirvió una copa de vino, ignorando a su hermano, que la observaba con una expresión de perro azotado. Se acurrucó en un sillón individual de orejas, separada del grupo, y se llevó el vino a los labios. Sus ojos, sin embargo, se posaron en su padre, que en ese momento levantaba la vista y la encontró.

Sus miradas se cruzaron por encima de las llamas. Un segundo, dos. En los ojos de Rafa no había el deseo crudo que reservaba para Sofía, sino algo más complejo: una mezcla de orgullo, curiosidad y una advertencia silenciosa. En los de Lucía, toda la devoción que guardaba, una promesa silenciosa y un desafío.

Ella fue la primera en apartar la vista, bajando la mirada hacia el vino tinto en su copa, como si le contara un secreto.

—Bueno, ya estamos todos —dijo Valeria, rompiendo el hechizo una vez más. Se había sentado en el suelo, apoyada contra las piernas de su marido, y se sirvió una aceituna—. Un brindis. Por la familia. Por este rincón de mundo que es solo nuestro.

Rafa levantó su copa. —Por la familia.

Sofía, Nicolás y Lucía imitaron el gesto. Las copas se chocaron en el aire, produciendo un sonido cristalino que se perdió en el crepitar del fuego.

Bebieron. Y en el silencio que siguió, cada uno de ellos sumergido en sus pensamientos, sabían que aquella no era una noche más. Aquella era la noche en la que todo lo que estaba latente, todo lo que se había dicho en susurros y se había sentido en miradas furtivas, estaba a punto de salir a la luz. O, al menos, a la cálida y parpadeante luz de la chimenea.

El silencio duró lo que tardó Valeria en servir otra ronda de vino. El ambiente, denso y cargado, comenzó a disolverse con el simple acto de comer y beber. Sofía se sirvió un trozo de queso fuerte y se lo llevó a la boca con un dedo, chupándolo con una lentitud deliberada que no era para su padre, sino para sí misma, como si estuviera saboreando su propio poder sobre la atmósfera de la sala.

—Tres días —dijo, por fin rompiendo el hechizo—. Tres días hasta Nochebuena. ¿Qué se ha pensado el patriarca para la cena del 24? ¿Cazamos algo nosotros o encargamos un cordero a ese granjero de la vuelta?

Rafa se recostó en el sofá, su brazo descansando casualmente detrás de Sofía, casi tocándole el cuello. —Este año cazo. Hay un ciervo grande que he estado vigilando. Y para la cena, tendremos mi especialidad. No se preocupe nadie.

La "especialidad" de Rafa era un asado de leña que duraba ocho horas y que era legendario entre ellos. Era una ceremonia, no solo una comida.

—¿Y para Nochevieja? —preguntó Nicolás, animado por el vino y la normalidad que parecía volver—. ¿Champán y las campanas en la tele como siempre?

—Este año no —intervino Valeria, con un brillo pícaro en los ojos—. Este año lo hacemos bien. Bajamos hasta el arroyo congelado, abrimos una botella de algo más caro y hacemos nuestro propio ruido a las doce. Como gente civilizada que vive en medio de la nada.

—Yo no me congelo las tetas por una tradición tonta —sentenció Sofía, pero su sonrisa indicaba que no lo decía en serio—. Pero me parece bien. Siempre y cuando el champán sea buenísimo.

La conversación fluyó, un río familiar de planes y burlas. Hablaron de qué películas verían, de quién ganaría en las partidas de cartas, de si la nieve sería suficiente para esquiar en la ladera de atrás. Era el guion de todas las navidades, pero esta vez, cada línea parecía cargada de un subtexto nuevo y palpable.

Nicolás intentó varias veces incluir a Lucía en la conversación.

—Luli, ¿te acuerdas de aquella vez que te caiste al arroyo y casi te congelas el culo? —dijo, riéndose.

Ella le dedicó una sonrisa cortés, sin calor. —Sí, Nico. Me acuerdo.

No añadió nada más. Su atención estaba dividida entre el fuego y su padre. Observaba cómo Rafa partía un trozo de pan con sus manos fuertes, cómo se lo llevaba a la boca, cómo se limpiaba los labios con el dorso de la mano. Cada gesto era analizado, archivado, adorado.

—¿Y tú, Luli? —preguntó Valeria, notando su silencio—. ¿Qué te apetece hacer estos días? Es tu primera Navidad de "mayor de edad". Deberías tener algún capricho.

La pregunta colgó en el aire. Todos se volvieron hacia ella. Sofía la miró con escepticismo, Nicolás con esperanza, y Rafa con una calma impasible, aunque sus ojos se estrecharon ligeramente.

Lucía tomó un sorbo de vino, dejando que el líquido le calentara la garganta. Puso la copa en la mesita con una delicadeza casi reverencial.

—Mi capricho —dijo, y su voz, aunque suave, llenó la sala— es que no haya planes. Que dejemos que las cosas pasen. Que no forcemos nada. Quiero… sentir la casa. Sentirnos.

La respuesta era perfecta. Era poética, madura y, al mismo tiempo, una declaración de intenciones tan velada como transparente.

Sofía soltó una risita. —Muy filosófico, hermanita. ¿Y eso qué significa en cristiano? ¿Que nos pasemos la semana meditando?

—Significa que deje de actuar como una niña —replicó Lucía, y por primera vez, su voz tenía un filo de acero, dirigido directamente a su hermana—. Que deje de esperar que todo el mundo entretenga y que empiece a decidir qué quiere.

El choque fue instantáneo. El aire se volvió a tensar. Nicolás miraba de una a otra, asustado y fascinado por la batalla que se libraba entre sus hermanas.

Rafa intervino antes de que Valeria pudiera mediar. Su voz no fue un grito, sino un murmullo bajo y autoritario que cortó la hostilidad como un cuchillo.

—Basta.

Una sola palabra. Sofía cerró la boca al instante, bajando la mirada con una mezcla de rabia y sumisión. Lucía mantuvo la mirada en su padre durante un segundo más, como si le agradeciera la intervención, y luego también apartó los ojos, dirigiéndolos de nuevo al fuego.

—Lucía tiene razón —continuó Rafa, dirigiéndose a todos pero mirando de reojo a su hija pequeña—. Este año no forzamos nada. Estamos aquí para reconectar. Para estar. El plan es no tener planes.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras calmaran por completo los ánimos. Luego, se puso de pie con una lentitud soberbia.

—Ahora —dijo, estirando los brazos sobre su cabeza—, voy a revisar la leña y a asegurar que todo esté listo para la noche. El frío va a apretar y no quiero sorpresas. Seguid con el vino.

Se fue hacia el porche trasero, y su ausencia dejó un vacío que era a la vez un alivio y una tensión mayor. Sofía se recostó en el sofá, frustrada. Nicolás parecía perdido. Valeria suspiró y se sirvió más queso.

Y Lucía, desde su sillón, observaba por la ventana de la cocina la silueta de su padre moviéndose con seguridad bajo la luz tenue del porche. Una pequeña y satisfecha sonrisa se dibujó en sus labios. La primera batalla de la noche la había ganado. Y apenas estaba empezando.

La atmósfera en la sala se había vuelto incómoda, como una manta mojada sobre todos. Valeria, siempre sensible a las corrientes emocionales de la casa, decidió que era hora de una pequeña tregua. Se levantó del suelo, sacudiéndose las migas de pantalón.

—Bueno, dejo a los poetas con su vino —dijo, con una ligera sonrisa—. Yo voy a deshacer mi maleta antes de que las camisas se conviertan en un solo bloque arrugado. Sofi, sé una buena chica y guarda esa comida. Rafa volverá con hambre.

Sofía no respondió, pero hizo un gesto vago con la mano, sin apartar la vista de su teléfono, sumergida de nuevo en su mundo digital.

Valeria caminó hacia la escalera, pero a mitad de camino se detuvo y se giró. —Nicolás, cariño, ¿me echas una mano? La maleta de invierno siempre pesa una tonelada.

La petición sonaba casual, pero para Nicolás fue como una llamada a filas. Dejó su copa a medias vacía en la chimenea y se levantó de un salto, ansioso por escapar de la tensión de la sala y de la proximidad inútil de sus hermanas.

—Claro, mamá. Voy.

Subieron por la escalera de madera, cuyo crujido parecía el único sonido en la casa. El pasillo de arriba era largo y oscuro, con varias puertas cerradas que conducían a los dormitorios. Valeria abrió la del fondo, la suya, la de ella y de Rafa.
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Una Familia Especial en Navidad - Capítulo 002


La habitación era un santuario privado. Era grande, con un techo de vigas a la vista y una pared entera de ventanas que daban al bosque nevado, ahora bañado por la luz pálida de la luna. Una cama enorme con dosel de madera oscura dominaba el espacio, cubierta con un edredón de piel y un montón de cojines de terciopelo. Había dos cómodas de madera maciza, un espejo de cuerpo entero con un marco tallado y, en una esquina, una bañera de pata de león situada justo al lado de las ventanas, un lujo que parecía sacado de un sueño. Olía a leña, al perfume de Valeria y a un toque de los libros que se amontonaban en una mesita de noche.

Valeria dejó su maleta en el pie de la cama y la abrió con un suspiro de satisfacción. Nicolás se quedó junto a la puerta, un poco perdido, con las manos en los bolsillos.

—¿La dejo aquí? —preguntó él.

—Sí, gracias, mi niño —dijo ella, y al girarse para mirarlo, su expresión había cambiado. La sonrisa ligera había desaparecido, sustituida por una mirada suave y comprensiva. Se acercó a él y le pasó la mano por el brazo, sintiendo la tensión en sus músculos—. Ven aquí.

Lo guio hasta que estuvieron de pie, uno frente al otro, cerca de la ventana. Afuera, el mundo era un silencio blanco.

—Estás tenso, Nico. Más que de costumbre —dijo Valeria, en voz baja—. ¿Qué pasa? Y no me digas que es el viaje. Llevas años haciendo el mismo viaje.

Nicolás tragó. Bajó la mirada, fijándose en el dibujo de la alfombra. No podía mentirle a su madre. Nunca había podido.

—Es Lucía —confesó, y el nombre salió de su boca como un peso—. Es… diferente.

—¿Diferente cómo? —preguntó Valeria, frotándole suavemente el brazo con el pulgar, un gesto que lo calmaba instantáneamente—. Acaba de cumplir los dieciocho, Nico. Es normal que cambie, que encuentre su voz. Lo viste hace un rato. Se defendió de Sofía.

—No es solo eso —dijo él, levantando la vista y la desesperación brillaba en sus ojos—. Es que no me mira. O mejor dicho, me mira, pero es como si yo no estuviera. Habla conmigo, pero sus palabras están vacías. Es como si… como si estuviera esperando algo más. Alguien más.

La frase quedó en el aire, cargada de un celo agridulce que Valeria comprendió al instante.

—Ah —suspiró ella, asintiendo lentamente—. Creo que sé a quién te refieres.

Nicolás frunció el ceño, el dolor de la inseguridad transformándose en furia contenida. —¿Lo ves? ¿Lo ves? Está obsesionada con él. Con papá. Siempre lo ha estado, pero ahora… ahora es diferente. Es como si esta fuera su misión, su objetivo de estas vacaciones. Y yo… yo no existo. Lo que hicimos el otro año, lo que compartimos… para ella no significa nada.

Valeria apretó su brazo, obligándolo a mirarla a los ojos. —Nicolás, escúchame. Tu hermana siempre ha tenido a tu padre en un pedestal. Es su héroe, su dios. Eso no es nuevo. Lo que pasa es que ahora es una mujer, y esa devoción de niña se está transformando en un deseo de mujer. Es un proceso.

—¿Y yo qué soy? ¿El entretenimiento mientras espera? —su voz se quebró—. La masturbo bajo una manta y se va a soñar con él. Me siento como un idiota.

—No eres un idiota. Eres su hermano y la primera persona con la que se ha sentido lo suficientemente segura para explorar —dijo Valeria con una firmeza que le negó su autocompasión—. Necesita tiempo. Necesita espacio para descubrir quién es y qué quiere. Y si tú la presionas, si te muestras ansioso y necesitado, solo lograrás que se aleje más.

Le rodeó la cara con las manos, obligándolo a mantener el contacto visual.

—Tienes que tener paciencia, mi niño. Tienes que ser el hermano fuerte y comprensivo que siempre has sido. Deja que ella venga a ti. Confía en el vínculo que tenéis. Y mientras tanto… —su voz se convirtió en un susurro cálido, su pulgar acarició su labio inferior—… mientras tanto, tienes a tu mamá. Yo siempre estoy aquí para ti. Para recordarte quién eres y para darte lo que necesites.

Se levantó sobre las puntas de los pies y le dio un beso suave en la boca, un beso de consuelo, de promesa y de posesión. Un beso que le decía que, mientras Lucía estuviera perdida en su obsesión, él tenía un refugio seguro y cálido esperándole.

Nicolás cerró los ojos y se rindió al beso, sintiendo cómo la tensión se disolvía de sus hombros, reemplazada por el calor y la seguridad incondicional de su madre.

Valeria se apartó de Nicolás, pero mantuvo las manos en sus mejillas, sus pulgares acariciando suavemente sus pómulos. Lo miró a los ojos, buscando en su interior la confianza que sabía que él necesitaba.

—Ahora, dime —comenzó, su voz un bálsamo—, ¿cómo estás con Sofía? La veo más distante de lo normal. ¿Ha dicho algo que te haya molestado?

Nicolás se encogió de hombros, pero el gesto fue más una defensa que una respuesta. —Sofi es Sofi. Siempre está buscando la forma de recordarme que soy el pequeño. Que no doy la talla. Que las chicas de la universidad, incluso las que se me insinúan, al final se darán cuenta de que soy un fracaso.

Valeria frunció el ceño, su expresión se endureció con una mezcla de rabia y protección. —Tu hermana no debería hablarte así. Eres un hombre, Nicolás. Un hombre fuerte, sensible y apasionado. No dejes que sus inseguridades te hagan dudar de ti mismo.

Se giró hacia la maleta, comenzando a sacar prendas con movimientos precisos y decididos. Nicolás, sintiendo la necesidad de ayudar, se acercó y comenzó a colgar las camisas en el armario, observando cómo su madre doblaba con cuidado sus pantalones y suéteres.

—Mamá, es solo que… —continuó, su voz más baja, casi un susurro—, cuando Sofía dice esas cosas, es como si me quitara algo. Como si me hiciera pequeño de nuevo. Y luego, con las chicas… no sé. Tengo miedo de no estar a la altura. De que, al final, todas se den cuenta de que no soy suficiente.

Valeria se detuvo, una blusa de seda colgando de sus manos. Se giró hacia él, su expresión suave pero firme. —Nicolás, escúchame. Eres suficiente. Eres más que suficiente. Tu hermana está proyectando sus propios miedos y complejos en ti. Ella tiene sus propias batallas que librar, y a veces, desgraciadamente, te usa como escudo. Pero tú, mi niño, eres un hombre increíble. Y cualquier mujer que no lo vea, que no lo sienta, no te merece.

Le tendió la blusa, y Nicolás la cogió, sintiendo el suave roce de la seda en sus dedos. —Pásame el pijama, por favor. El azul. Está en la parte de abajo de la maleta.

Nicolás se agachó y buscó entre la ropa, encontrando el pijama de seda azul que su madre le pedía. Se lo pasó, y ella lo dobló con cuidado, colocándolo en un cajón con una ternura que era solo para él.

—Gracias, cariño —dijo, cerrando el cajón con un suave clic—. Ahora, dime, ¿qué tal con las chicas de la universidad? ¿Hay alguna que te guste? Alguien que te haga sentir seguro y deseado.

Nicolás se apoyó contra el armario, cruzando los brazos sobre el pecho. —No lo sé. Quiero decir, hay algunas que son simpáticas, que me buscan. Pero luego, cuando estoy con ellas, es como si mi mente se quedara en blanco. Y Sofía, con sus comentarios, me hace sentir que, al final, todas se darán cuenta de que no soy lo que ellas esperan.

Valeria se acercó a él, colocando una mano en su pecho, justo sobre su corazón. —Nicolás, mírame. Eres un hombre increíble. Y cualquier mujer que no lo vea, que no lo sienta, no te merece. No dejes que las palabras de tu hermana te hagan dudar de ti mismo. Tú vales, y mucho. Y cuando encuentres a alguien que te haga sentir seguro, que te mime y te cuide como mereces, lo sabrás. Porque lo sentirás aquí —tocó su corazón con el dedo índice—, y aquí —rozó su frente con los labios en un beso suave.

Nicolás cerró los ojos, sintiendo cómo la tensión se disolvía de sus hombros, reemplazada por la calidez y la seguridad incondicional de su madre. —Gracias, mamá. Siempre me haces sentir mejor.

—Para eso estoy aquí, mi niño —dijo ella, sonriendo—. Ahora, ayúdame a guardar el resto de la ropa. Y luego, ¿qué tal si bajamos y nos tomamos una taza de chocolate caliente? Necesitas relajarte, y yo quiero disfrutar de mi hijo antes de que el caos de estas navidades nos absorba por completo.

Nicolás asintió, sintiendo una paz que no había experimentado en mucho tiempo. Juntos, terminaron de deshacer la maleta, cada movimiento un baile silencioso de complicidad y amor. Y mientras guardaban la última prenda, Nicolás supo que, pasara lo que pasara con Lucía, con Sofía, o con cualquier otra persona, siempre tendría a su madre. Y eso, en ese momento, era suficiente.

Mientras Nicolás doblaba con cuidado la última blusa de su madre, su mirada se desvió hacia un paquete de tela sedosa y encaje que asomaba entre la ropa. Lo cogió, intrigado, y al desenvolverlo, descubrió un conjunto de lencería de un rojo intenso y profundo, casi como la sangre. La tela era suave y delicada, con encajes intrincados que prometían un misterio tentador.

—¿Y esto? —preguntó, sosteniendo el conjunto en alto, una ceja levantada con curiosidad.

Valeria, que estaba colocando un par de zapatos en el zapatero, se giró y sonrió, una sonrisa que era a la vez traviesa y cómplice. —Ah, eso. Es nuevo. Para estrenar aquí. ¿Quieres ver cómo me queda?

La pregunta colgó en el aire, cargada de un subtexto que Nicolás reconoció al instante. Asintió, sintiendo cómo su pulso se aceleraba. —Claro, mamá. Me encantaría.

Valeria se desabrochó el jersey con una lentitud deliberada, revelando primero un sujetador de encaje negro que contrastaba con su piel pálida, y luego, al bajar los pantalones, unas braguitas a juego. Se quitó todo con una gracia natural, como si estuviera sola en su habitación, y se quedó de pie, desnuda, frente a él.

Su cuerpo era una obra de arte. Sus pechos eran llenos y firmes, coronados por pezones rosados y erectos que parecían desafiar el frío de la habitación. Su cintura se estrechaba de forma natural, dándole una figura de reloj de arena que era a la vez elegante y voluptuosa. Su vientre era suave, con una ligera curva que hablaba de maternidad y de vida. Y entre sus piernas, un triángulo de vello oscuro y rizado, apenas recortado, que prometía un misterio más profundo.

Valeria cogió la lencería de las manos de Nicolás y se la puso con movimientos precisos. El sujetador realzó sus pechos, levantándolos y dándoles una forma casi perfecta. Las braguitas se ajustaban a su cuerpo como una segunda piel, realzando sus curvas y prometiendo un acceso fácil y tentador.

—¿Y bien? —preguntó, girándose lentamente para que Nicolás la viera desde todos los ángulos—. ¿Qué opinas?

Nicolás tragó, sintiendo cómo su boca se secaba. —Estás… estupenda, mamá. Realmente estupenda.

Valeria se rio, un sonido cálido y lleno de satisfacción. —Mi niño bonito siempre tiene buenas palabras. Eres un encanto.

Se acercó a él, colocando una mano en su mejilla. —Y ahora, mi amor, necesito un último favor de la noche. ¿Podrías ayudarme con algo?

Nicolás asintió, ansioso por complacerla. —Claro, mamá. Lo que necesites.

Ella le cogió la mano y lo guio hacia el baño adjunto a la habitación. La puerta se cerró tras ellos con un clic suave, aislándolos del mundo exterior. El baño era pequeño pero lujoso, con una bañera de hidromasaje y un espejo que reflejaba la luz cálida de las velas que Valeria había encendido.

—Quiero depilarme —dijo, su voz un susurro íntimo—. Para sorprender a Rafa. Y necesito que me ayudes. No es la primera vez, ¿verdad?

Nicolás negó con la cabeza, sintiendo cómo su corazón latía más rápido. —No, mamá. No es la primera vez.

Valeria se sentó en el borde de la bañera, separando las piernas ligeramente. Nicolás se arrodilló frente a ella, cogiendo la cuchilla y el gel de afeitar que ella le tendía. Con movimientos suaves y precisos, comenzó a aplicar el gel, sus dedos rozando la piel suave y cálida de su madre.

Ella cerró los ojos, un pequeño gemido de placer escapando de sus labios. —Eres bueno, mi niño. Muy bueno.

Nicolás se concentró en su tarea, sintiendo cómo el vapor del agua caliente y el aroma de las velas lo envolvían en una burbuja de intimidad. Cada movimiento era una caricia, cada roce una promesa. Y mientras trabajaba, sintió cómo la conexión entre ellos se fortalecía, un lazo de confianza y deseo que solo ellos compartían.

La espuma se extendió suavemente sobre el monte de Venus de Valeria, blanca y espesa sobre su piel pálida y el vello oscuro. Nicolás trabajaba con una concentración casi reverencial, sus dedos deslizándose sobre ella, preparando el terreno. El baño se había convertido en un pequeño universo aislado, lleno de vapor, el aroma a vainilla de las velas y el único sonido del agua goteando y la respiración contenida de ambos.

—Sigue así, mi niño —susurró Valeria, con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente echada hacia atrás—. Con esa delicadeza. Es casi mejor que el masaje.

Nicolás sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Se concentró en la tarea, pasando la hoja de la cuchilla con un trazo firme y seguro, retirando la espuma y dejando al descubierto una tira de piel suave y tersa. El silencio se extendió, cómodo pero denso, y Valeria, que conocía cada matiz de los silencios de su hijo, rompió la quietud.

—Sigo pensando en lo que me decías antes —dijo, su voz un hilo de seda—. En ese nudo que tienes en el estómago cuando piensas en las chicas de la universidad. No es solo por Sofía, ¿verdad?

Nicolás se detuvo un instante, la hoja a milímetros de la piel de su madre. —No. No es solo por Sofía.

—Entonces, dime. Desahógate. Aquí dentro no hay juicios. Solo estamos tú y yo.

Él respiró hondo y reanudó el movimiento, otro trazo perfecto, otra tira de piel desnuda. —Es que… mamá, es que me siento… inseguro. Con todo. Pero sobre todo con… con mi cuerpo.

Valeria abrió los ojos y miró hacia abajo, observando la coronilla de su hijo, concentrada en su entrepierna. —¿Tu cuerpo? Nico, eres fuerte, estás en forma. Eres guapo. ¿De qué hablas?

Nicolás tragó saliva. El momento había llegado. Era el único lugar en el mundo donde podía decir esto.

—Del tamaño, mamá. De mi polla.

La confesión quedó flotando en el aire húmedo. Valeria no se rio, no se burló. Simplemente dejó salir un suspiro largo y comprensivo. —Ah, cariño. Eso. El viejo fantasma.

—No es un fantasma —replicó él, con una nota de frustración en la voz—. Es real. Sofía nunca me lo perdona. Dice que… que soy pequeño. Que folla mal. Y yo pienso en esas chicas, en lo que estarán acostumbradas, y me entra pánico. Me da vergüenza.

Valeria le pasó la mano por el pelo, un gesto tierno que lo animó a continuar.

—Y luego está Lucía —confesó él, su voz apenas un murmullo—. A veces la miro y pienso… si alguna vez llegáramos a… ¿qué pensaría? ¿Qué sentiría? Y la idea de decepcionarla, de que me vea como me ve Sofía…

—Calla, mi niño. Ya basta de tonterías —dijo Valeria, y su voz, aunque suave, tenía una autoridad indiscutible. Él levantó la vista y la vio sonreír, una sonrisa cálida y genuina, sin una pizca de burla—. ¿Te crees que a esas locas de tu universidad les importa una mierda el tamaño? Te lo digo yo, que he sido una de esas locas. A todas esas universitarias, y a todas las mujeres de verdad, les da igual mientras sepas usarlo. Y para eso, cariño, mami ya te ha enseñado mucho.

Nicolás se sonrojó, pero las palabras de su madre eran como un bálsamo.

—Pero Sofía dice que soy torpe…

—¡Sofía! —exclamó Valeria, con una impaciencia genuina—. Sofía es tu hermana, Nicolás. No es una amante, no es una amiga. Es una rival. Te critica porque es lo único que sabe hacer para sentirse superior. Disfruta haciéndote daño porque ella misma está herida y no lo sabe admitir. Su opinión sobre tu desempeño en la cama vale menos que cero.

Se inclinó hacia adelante, su rostro a pocos centímetros del de él. Su mirada era intensa, sincerísima.

—Y además, ¿de verdad te comparas con Lucía? ¿En serio? —continuó—. Lucía es otra cosa. Es una romántica, una idealista. Para ella, el acto físico es una consecuencia del sentimiento. No es una experta como yo, ni una crítica como Sofía. No todas las chicas son como Lucía, Nico. De hecho, casi ninguna. La mayoría somos como yo: queremos un hombre que nos desee, que nos mire, que nos haga sentir que somos el centro de su universo. El tamaño es una anécdota. La pasión, la entrega, eso es lo que importa. Y tú tienes pasión para dar y regalar.

Se recostó de nuevo, abriendo más las piernas para darle un mejor acceso.

—Ahora, termina. Y mientras lo haces, repítetelo: no soy pequeño, soy apasionado. No soy torpe, soy entregado. Porque es la verdad, Nicolás. Es tu verdad.

Él asintió, con los ojos humedecidos por una emoción que no era solo gratitud, sino una profunda y renovada devoción. Volvió a su tarea, pero esta vez sus manos se movían con una nueva confianza, con el peso de la inseguridad aligerado, reemplazado por la certeza inquebrantable de las palabras de su madre. Él era suficiente. Ella se lo había dicho. Y para él, eso era todo lo que importaba.

Con el último y más delicado trazo de la cuchilla, Nicolás terminó su trabajo. La piel de Valeria estaba ahora completamente lisa, suave y pálida, impecable. Él apartó la hoja y tomó una toalla húmeda y tibia, limpiando los restos de espuma con una lentitud ritual. La satisfacción de Valeria era palpable; un suave temblor recorría su cuerpo, no de frío, sino de placer.

—Perfecto, mi amor. Una obra de arte —dijo ella, mirando el reflejo de su entrepierna en el espejo con una sonrisa de aprobación—. Eres un artista.

Se levantó con una gracia fluida y abrió el grifo de la ducha. El agua comenzó a caer en un chorro cálido y potente, llenando el pequeño cuarto de vapor y el sonido relajante de su cascoteo. Sin una palabra más, se metió bajo el agua, dejando que la corriente la empapara, cerrando los ojos y disfrutando del calor en su piel recién afeitada.

Nicolás la observó un momento, su corazón latiendo con un ritmo lento y pesado. La tarea estaba terminada. El momento de intimidad había concluido. Secándose las manos en una toalla, dio media vuelta para salir del baño, dejándola a solas con su ritual.

—Nicolás.

La voz de su madre, clara y firme, lo detuvo con la mano en el pomo. Se giró. Ella estaba bajo el agua, con el pelo pegado a su espalda y el agua resbalando por sus curvas.

—¿Sí, mamá?

—¿Te vas ya? —preguntó, y había una pizca de burla en su tono—. ¿Después de todo ese trabajo tan minucioso? Es que hasta yo, tu queridisima madre, tiene que pedirte las cosas. Ven, hijo. Métete.

La invitación no era una orden, pero era imposible de rechazar. Una sonrisa se dibujó en los labios de Nicolás. Con su madre, nunca había inseguridades. Con ella, él era suficiente. Era perfecto.

Se quitó la ropa con una rapidez eficiente, dejándola en un montón sobre el suelo. Su cuerpo, atlético y juvenil, se reveló bajo la luz tenue del baño. Su pene, ya semierecto por la proximidad de su madre y la tarea que acababa de realizar, no era grande. Era modesto en su longitud y grosor, con una piel tersa y un vello oscuro y rizado en la base. Para él, en ese momento, era simplemente una parte de sí mismo, sin el peso del juicio.

Valeria no lo miró con evaluación, sino con un hambre cariñosa. Abrió la puerta de cristal de la ducha y él entró, encontrando el espacio cálido y estrecho. El agua le golpeó el pecho y los hombros, y el vapor lo envolvió por completo.

—Venga, que te compensaré por el trabajo tan bien hecho —susurró ella, cogiendo el jabón y frotándolo entre sus manos hasta crear una espuma densa.

Mientras se enjabonaban, sus manos se movían con una familiaridad cómoda, frotándose el uno al otro con una calidez que era a la vez maternal y profundamente sensual. Valeria cambió de tema con la naturalidad de alguien que sabe que la mejor forma de calmar la mente es ocupar las manos.

—Bueno, ya que decidimos no tener planes, ¿qué te parecería si este año hacemos algo diferente en Nochevieja? —dijo él, mientras sus manos recorrían la espalda de ella, masajeándole los músculos—. En lugar del champán en el arroyo, ¿y si organizamos una gran cena? Como si fuéramos un restaurante. Cada uno se encarga de un plato.

Valeria rio, un sonido cristalino que se mezclaba con el agua. —¿Cocinar tú, Sofía y Lucía en la misma cocina? ¿Quieres que la casa se queme, mi niño? Esa es una pésima idea.

—No, no —se rio él—. Yo me encargo del principal. Unas empanadas de carne, como las de la abuela. Sofía puede hacer una entrada, algo frío y fácil que no la estrese. Y Lucía… a Lucía le encantan los postres. Puede hacer esa tarta de chocolate que tanto le gusta.

La idea parecía ganar forma. Valeria se giró para enjabonarle el pecho, sus manos deslizándose sobre sus pectorales y su estómago plano.

—Me gusta —dijo, pensativa—. Le daría a Lucía algo importante que hacer, algo suyo. Y a Sofía la mantendría ocupada. Podríamos vestirnos, poner la mesa buena. Tener una noche elegante, solo para nosotros.

—Exacto. Y para Nochebuena, después del asado de papá, podríamos hacer un juego. Algo que nos obligue a hablar, a contarnos cosas. Como un secreto a voces.

Valeria lo miró a los ojos, sus manos detenidas sobre su abdomen. —Un juego de secretos en esta familia, Nicolás… eso es como echarle gasolina al fuego. Podría ser divertido. O podría ser un desastre catastrófico.

—Pero sería nuestro desastre —dijo él, sonriendo—. Al menos sería interesante.

Se quedaron en silencio por un momento, bajo el agua caliente, sus cuerpos rozándose, sus mentes ya planeando, creando, soñando con las posibilidades de esas navidades. Ya no hablaban de inseguridades ni de celos. Hablaban de futuro, de familia, de ellos. Y en ese pequeño espacio húmedo y cálido, Nicolás se sintió, por fin, completamente en paz.

Bajo el chorro cálido y constante, Valeria se giró, dejando que el agua le golpeara la espalda y le empapara el pelo. La nueva posición colocaba su cuerpo de frente al de Nicolás, tan cerca que apenas cabía un dedo entre ellos. Fue una invitación silenciosa, una rendición que él no supo, ni quiso, ignorar.

Un impulso primario, libre de toda la ansiedad que lo había atormentado minutos antes, tomó el control de Nicolás. Se acercó un paso más y deslizó su pene, ya erecto y pulsante, entre las curvas suaves y firmes de las nalgas de su madre. El movimiento fue lento, torpe al principio, un roce exploratorio. El agua actuaba como lubricante, y la piel de Valeria era cálida y acogedora.

Para ella, era lo más normal del mundo. Le dejó recrearse. Sabía que su hijo necesitaba ese contacto, esa validación física para reconstruir la confianza que su hermana se empeñaba en arrebatarle. Se apoyó ligeramente hacia atrás, permitiéndole el frotamiento, y una mezcla de ternura y una punzada de tristeza la recorrió. Le apenaba que toda su seguridad, todo su deseo desinhibido, solo pudiera florecer en la intimidad con ella. Quería para él un mundo donde pudiera sentirse así siempre, con cualquier persona que eligiera.

Las manos de Nicolás, liberadas de la duda, no tardaron en encontrar su destino. Subieron por el torso de Valeria hasta encontrar sus pechos, y con la delicadeza y la precisión que ella misma le había enseñado, comenzó a acariciar sus pezones. Los pulgares los rodearon, los frotaron, los pellizcaron suavemente, haciéndolos endurecerse bajo el agua.

Un gemido bajo y profundo escapó de los labios de Valeria, un sonido puro de placer que se perdió en el estruendo de la ducha. El gemido fue todo el estímulo que Nicolás necesitó. Su ritmo se hizo más firme, su respiración más aguda, su cuerpo moviéndose con una confianza renovada contra ella.

—Estas navidades van a ser inolvidables —susurró Valeria, más para sí misma que para él. Era una promesa, una premonición. Con un movimiento lento y deliberado, se dio la vuelta, enfrentándose a su hijo. Sus manos subieron y se posaron en sus hombros, deteniendo su embestida con una calma que era a la vez excitante y reconfortante. Controlaba el impulso de él, y con ello, le devolvía el control a sí misma—. Pero no aquí. No así.

Le dio un beso en la barbilla, un gesto de posesión y de ternura. Luego, apagó el agua.

El silencio que siguió fue casi tan sonoro como el estruendo anterior. Solo quedaba el goteo del grifo y el eco de su respiración. Valeria abrió la puerta de la ducha y salió primero, envolviéndose en una toalla grande y esponjosa. Nicolás la siguió, su cuerpo todavía humeante, su mirada fija en ella.

Ella se secó con rapidez, sin dejar de mirarlo. Luego, tiró de otra toalla y se la lanzó.

—Secate —ordenó, pero su voz era suave.

Una vez que él estuvo seco, Valeria dejó caer su toalla al suelo, quedando desnuda de nuevo. Se acercó a él y, con las manos en su pecho, lo empujó suavemente hacia atrás hasta que sus piernas chocaron con el borde de la bañera.

—Siéntate —dijo, su voz un murmullo bajo y cargado de promesa—. Siéntate en el borde. Ahora voy a darte las gracias como te mereces.

Nicolás obedeció al instante, sentándose en el frío mármol del borde de la bañera. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, mientras observaba a su madre arrodillarse ante él, sus ojos oscuros llenos de una devoción y un deseo que eran solo, y enteramente, para él.

Ella se arrodilló sobre la alfombrilla de goma del baño, el frío del mármol del suelo contrastando con el calor que emanaba de su cuerpo. Su rostro estaba a la altura de las rodillas de Nicolás, y su mirada se posó directamente en su miembro erecto.

Era pequeño, en eso Sofía no mentía. No era más grande que la palma de su mano, con un glande de un color rosado intenso que parecía desproporcionado con su delgada asta. Las venas eran finas, casi invisibles bajo la piel tensa y lisa. A cualquier otra mujer, quizás, le habría parecido insignificante. Pero a Valeria le encantaba. Le encantaba así: tierno, juguetón, manejable. Distinto al de su marido, que era una herramienta de poder, una fuerza de la naturaleza con la que podía luchar y rendirse. Con el de Nicolás podía hacer otra cosa. Podía cuidarlo, mimarlo, adueñarse de él por completo.

—Mira qué bonito estás, mi niño —susurró ella, su voz un bálsamo cálido—. Tan duro solo para mami. Déjame cuidar de ti.

Se inclinó hacia adelante y, en lugar de devorarlo, le dio un beso suave en el glande. Un beso de madre, pero cargado con toda la pasión de una amante. Su lengua asomó después, plana y húmeda, y lamió toda la longitud, desde la base hasta la punta, con una lentitud que hizo que Nicolás temblara. Él apoyó las manos en el borde de la bañera, los nudillos blancos por la fuerza con que se aferraba.

Valeria lo rodeó con sus labios, pero no lo introdujo. Simplemente lo mantuvo allí, acunándolo con la calidez y la humedad de su boca, mientras su lengua dibujaba círculos lentos alrededor de la cabeza. Nicolás emitió un gemido ronco, un sonido que nacía desde lo más profundo de su ser.

—Así está mejor, ¿verdad, cariño? —murmuró ella, apartándose un segundo para mirarlo a los ojos—. Aquí no tienes que demostrar nada. Aquí solo tienes que sentir. Déjate querer por tu mami.

Finalmente, lo tomó por completo. Su boca se ajustó perfectamente a su tamaño, y comenzó a mover la cabeza con un ritmo lento y profundo. Cada embestida era un acto de posesión y de consuelo. Lo saboreaba, lo disfrutaba como si fuera el manjar más exquisito. Una de sus manos subió por su abdomen hasta su pecho, acariciándolo, mientras la otra se quedaba en la base, masajeándole suavemente los testículos.

—Eres mío, mi niño —dijo ella, con la voz llena y pastosa, sin apartar la boca de él—. Todo tuyo. Nadie te cuida como yo. Nadie te quiere como yo.

Las palabras de Valeria eran el combustible que alimentaba el fuego de Nicolás. Sus caderas comenzaron a moverse, un movimiento involuntario, buscando más profundidad, más de ese calor que solo su madre le podía dar. Ella lo permitió, relajando su garganta para recibirlo por completo, hasta que su nariz rozó el vello de su base.

—Sí, mi niño. Muéstrale a mami cuánto la quieres. Acaba ya, cariño. Descarga toda esa tensión que tienes dentro. Todo ese miedo. Dáselo todo a mami.

El ritmo se aceleró. Los gemidos de Nicolás se volvieron más frecuentes, más desesperados. Valeria sintió cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus muslos comenzaban a temblar bajo sus manos. Sabía que estaba cerca.

—¿Dónde quieres acabar, mi amor? —preguntó ella, su voz un desafío y una promesa—. Dime dónde quieres ponérselo a tu mami.

Pero ya sabía la respuesta. Siempre era la misma.

Nicolás no pudo articular palabra. Solo un gutural gemido escapó de su garganta mientras sus caderas se arqueaban hacia adelante una última vez. Valeria mantuvo la cabeza inmóvil, recibiéndolo todo. Sintió el primer chorro caliente y salgado golpearle el paladar, y se tragó con avidez, un acto de amor y de aceptación absoluta. Lo mantuvo allí, mamándolo suavemente hasta que sintió que el último espasmo recorrió su cuerpo.

Se apartó lentamente, con un hilo brillante de saliva y semen uniendo su labio inferior con la punta de su miembro, ya flácido. Lo miró con una sonrisa satisfecha y protectora. Unas últimas gotas se habían escapado, cayendo sobre sus pechos, dejando un rastro brillante en su piel pálida.

—Ya ves —dijo ella, pasándose un dedo por un pecho y llevándose la gota a los labios, probándola como si fuera una joya—. Eres perfecto. Eres todo mío.

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