Mi nombre es Nuria, soy una treintañera que está muy buena y os voy a contar un par de mis aventuras.
Aquel mediodía mi cuñada Laura y yo estábamos en el vestuario de un gimnasio. Ya habíamos hecho los ejercicios. Hablando, nos quitamos los tops, las zapatillas deportivas y las mallas y nos fuimos a la misma ducha. Con el agua cayendo sobre nosotras y los pezones casi rozándose (teníamos la misma altura) le dije a Laura:
-Como te iba diciendo, ya no aguanto más a Felipe. Me folla una vez al mes, y el resto de los días da igual que me perfume con el perfume que sea, que me ponga lencería o que no me la ponga, el cabrón pasa de mí.
Nos quitamos de debajo del agua, echamos gel en las esponjas y enjabonándonos, Laura, que era alta, de cabello pelirrojo y corto y que tenía ojos claros, me dijo:
-Os casasteis muy jóvenes y quince años repitiendo lo mismo cansa.
No me sentaron bien las palabras de mi cuñada.
-¡Le das la razón!
-Para nada, solo te hago ver la realidad.
-Enjabóname la espalda y explícate.
Laura echó más gel a la esponja, y enjabonándome la espalda, me dijo:
-Es muy simple, el hombre se cansa de meter siempre en los mismos agujeros. No sería extraño que Felipe te haya engañado con otras mujeres.
Se dio la vuelta para que le enjabonara la espalda a ella.
-¿Tú crees?
-Tu hermano me engañó con varias mujeres, y un día, discutiendo por el sexo, me lo dijo y...
No dejé que acabara de hablar.
-¡Qué cabrón!
-¿Y tú qué hiciste?
-Decirle que quería entrar en el club en el que se había metido él.
Me dejó boquiabierta.
-¡No!
-Sí, y ya me tiré a varios hombres y a varias mujeres.
Me alejé de mi cuñada porque las manos van al pan y no fuese que eso, en fin, que me metí debajo de la ducha, y le dije:
-Nunca imaginé que te gustaran las mujeres, si lo hubiese sabido no me habría duchado contigo todo este tiempo. ¡A saber qué pensamientos te habrán venido a la cabeza al verme desnuda!
-No es que me gusten las mujeres guapas, me encantan, pero no he tenido fantasías contigo, si eso es lo que te preocupa.
Salí de debajo de los chorros y se metió mi cuñada.
-No es que me preocupe, pero no esperaba que te gustaran las mujeres.
Mientras mi cuñada se secaba, me dijo:
-Yo tampoco, pero al entrar en el club tuve que pasar la prueba y en ella había mujeres.
Yo, que soy curiosa de nacimiento, le pregunté:
-¿De qué club me hablas y de qué prueba?
-Es un club secreto.
-¿No ejercerás de puta?
-Las putas cobran, y en ese club hay que pagar una cuota anual, y no es pequeña.
-Tendrá un nombre ese club.
-Nombre que no te voy a decir. ¿Dónde quieres comer hoy?
-Podemos ir al chino que acaba de abrir.
-Por mí está bien.
Laura era hermética como una lata de sardinas. Dejé pasar la cosa, de momento.
Me comencé a vestir con ropa de calle mientras Laura se acicalaba. Poco después estábamos comiendo tallarines con pollo frito y bebiendo un vino tinto en el nuevo restaurante chino. Tenía pendiente lo del club y la fui enredando poco a poco.
-Sabes, cuñada, siempre me pareció antinantural que una mujer se lo monte con otra.
-Eso es porque nunca te toco otra mujer
-Cierto, a mi no me tocó ninguna mujer, pero si me tocara no creo que me gustase.
-Sí que te gustaría, los besos de otra mujer son más suaves y más dulces que los de cualquier hombre y sus caricias son más delicadas, lo que te lleva antes al orgasmo.
Fui al grano.
-Háblame de ese club secreto donde probaste el coño.
-De lo secreto no se puede hablar.
Yo no quería entrar en el club, pero quería saber, e iba a saber, por eso le pregunté:
-¿Y si quisiera entrar en él?
-Eso ya sería otra cosa. ¿Quieres entrar?
-Antes de responderte debo hacerte una preguntas. ¿En ese club hay muchos hombres casados?
-Hay cantidad de hombres casados y todos están buenos. Si quieres entrar tienes que pasar la prueba, ser recomendada por un miembro y pagar doce mil euros al año.
-¡Coño, sale cara la cosa!
-Sale, pero es porque el club es para gente VIP.
-¿Y dónde está?
-Está en un castillo.
Parecía un sitio seguro.
-¿Y puedes follar cuándo quieras?
-Sí, puedes tener sexo las veces que tú quieras, como quieras y cuando quieras, con un hombre, con una mujer, tríos con dos hombres, tríos con dos mujeres, orgías, lo que te apetezca, eso sí, todas las relaciones que tengan los miembros entre ellos deben ser dentro del castillo.
-¿Cómo se llama ese club?
-El club de los casados y las casadas insatisfechas.
-Sabiendo que está en él mi hermano me da un poco de apuro.
-Todos llevamos una máscara, allí nadie conoce a nadie.
Se me quitaron todos los reparos.
-Háblame de la prueba.
-Es una prueba muy exigente.
-¿Cuéntame cómo fue la tuya?
-Cada iniciación es diferente. Tengo prohibido contar como fue la mía, solo me autorizan a decir que cuanto más gimas, peor para ti, y si hablas mientras te follan debes atenerte a las consecuencias.
-En club sois raros de cojones.
Al acabar de comer, y luego de pagar, la dueña del restaurante, nos hizo una reverencia y me dijo:
-Le oí decir que nunca la tocó una mujer.
-¿Y?
-Y en la trastienda tenemos dos chicas que dan masajes con final feliz. La primera vez es gratis. Lo hacemos para ir cogiendo clientes.
-Ni pagándome me metería en un lugar clandestino.
Laura saltó como un resorte.
-Habla por ti.
-¿Te vas a meter en una habitación con dos desconocidas para que te soben?
-Las desconocidas son mi debilidad. Te apuesto lo que quieras a que si son buenas dando masajes te corres como una perra.
El coño me había empezado a picar, pero aún le di una vuelta más al asunto.
-A lo mejor tienes razón, pero yo suelo toma a siesta después de comer.
-Y yo, pero a veces me doy un homenaje.
-Hoy salen las lesbianas hasta debajo de las piedras.
Mi cuñada me dijo:
-A lo mejor es tiempo de que pruebes.
-Y voy a probar, pero no para saciar mi curiosidad, es por no dejarte sola.
La dueña nos llevó a una habitación en la trastienda, donde ardían unas velas aromáticas y donde se veían aceites y toallas y otros enseres. Dos chinas vestidas con qipaos rojos, calzando zapatillas del mismo color, bajas de estatura y muy bonitas, se inclinaron para saludarnos al vernos, luego pusieron dos tollas sobre las dos mesas de masajes, se volvieron a inclinar y una de ellas nos dijo:
-Regresamos cuando estén preparadas.
Se fueron ellas y la dueña del chiringuito clandestino.
Nos desnudamos entre sonrisas de complicidad. Después nos pusimos las toallas alrededor del cuerpo y nos echamos sobre las mesas de masaje.
Le dije a mi cuñada:
-A ver como lo hacen las chinitas.
-Si se dedican a esto es de suponer que lo harán bien.
No íbamos a tardar en saberlo. Las dos chinas llegaron con dos cuencos de aceite en las manos, lo salpicaron sobre nuestras piernas y comenzaron a masajearnos los muslos. Los movimientos de sus pequeñas manos estaban sincronizados. Subieron y bajaron masajeando lento, más aprisa... Al rato los dedos pulgares de las dos chinas llegaron a los pliegues junto a los coños al mismo tiempo, y luego, al mismo tiempo nos subieron las toallas, salpicaron aceite de los cuencos en las nalgas y nos las masajearon viendo las rajas de los coños, coños a los que le masajearon los labios mayores. Acto seguido nos echaron aceite en las espaldas y subieron y bajaron desde el cuello hasta las nalgas, pasando por los hombros, por los brazos y por las costillas. Luego se pararon en las nalgas y masajeándolas llegaron a los ojetes, la mitad de los dedos pulgares de cada una entraron en nuestros culos, lo que hizo que Laura comenzara a gemir. Yo me aguanté, pero sabía que si un dedo entraba en mi coño, aunque fuera el meñique, me iba a correr como una golfa. No quisieron que nos corriéramos. Una de las chinas nos dijo:
-Pónganse boca arriba, por favor.
Nos pusimos boca arriba, nos echaron aceite sobre las tetas y las masajearon, junto a los brazos, toda la parte superior del cuerpo y parte de los muslos. Al masajear nuestras tetas dejaban que los pezones se metieran entre sus dedos y los apretaban con ellos. Mi cuñada volvió a gemir y su cuerpo se curvaba con el placer que estaba sintiendo. Yo también lo sentía, pero me controlaba, eso no debió de sentarle bien a mi chinita, ya que rompió la coordinación que tenía con la otra. Abrió mi coño con los dedos pulgares y viendo como salían de ellos jugos blancos como la leche, me lo lamió. Con la primera lamida casi me corro. Cerré los ojos y me dispuse a llenarle la boca de jugos con una tremenda corrida. Sentí dos lenguas en el coño, una lamía mi clítoris y la otra el resto del coño. Abrí los ojos, las miré y vi que me miraban a los ojos. En cuestión de segundos, arqueando el cuerpo, mi coño se corrió como un río cuando desemboca en la mar. Ahora sí que gemí, gemí como una perdida.
Al acabar conmigo se pusieron mano a la obra con Laura. Mi cuñada duró menos que yo, y cuando se corrió gritó como una cerda el día de la matanza.
Luego de hacer su trabajo las chinas recogieron, se volvieron a inclinar y se retiraron.
Vistiéndonos, Laura me dijo:
-¿Te recomiendo para el club?
-Recomienda.
El castillo era imponente visto desde fuera, como imponente era el maromo que me abrió la puerta, con su túnica negra y su antifaz. Caminando detrás de él por aquel pasillo tan largo y con el techo tan alto, me sentí muy pequeña. El pasillo daba una gran sala con el piso de mármol, sin muebles, y que tenía las estatuas de dos caballeros a los lados, estatuas que estaban esculpidas en el mismo material. Luego de atravesar esa sala, me llevó hasta una inmensa habitación, habitación que me pareció surrealista, pues solo tenía una cama, cortinas negras en las ventanas, dos escudos, cuatro antorchas en las paredes y un brasero de esos que usaban en la edad media, calentaba la habitación. El maromo. con voz poderosa, me dijo:
-Desnúdate, ponte la máscara que hay sobre la cama y luego échate sobre ella.
No se fue hasta que no me vio desnuda sobre la cama. Yo ya estaba acojonada, pero me acojoné aún más cuando sentí la música de un órgano tocando música de Mozart, y me acojoné más porque pensé que mi cuñada me había metido en una secta. Mis miedos siguieron cuando se abrió la puerta y fueron entrando hombres con máscaras, hombres que parecía monjes porque estaban vestidos con túnicas negras y calzaban sandalias. Conté doce hombres a un lado de la cama y otros doce al otro, y entre ellos me pareció ver a mi hermano. Luego entraron tres mujeres enmascaradas con antifaces, que llevaban puestos albornoces negros y que calzaban sandalias marrones. Se quitaron los albornoces y las sandalias y desnudas se echaron, una a mi lado derecho, otra a mi lado izquierdo y la tercera se metió entre mis piernas. Mi nerviosismo se acrecentó cuando los labios suaves, dulces y mojados de la morena que se había echado a mi lado izquierdo se posaron en los míos. La morena de mi derecha lamió un pezón y magreó la otra teta, y la morena que tenía entre mis piernas lamió mi coño. Cerré los ojos para huir de mis miedos y comencé disfrutar del polvo. Tiempo más tarde abrí los ojos y vi a los doce hombres de mi izquierda desnudos, con las pollas en sus manos y meneándolas. Había pollas para todos los gustos, delgadas, gruesas, largas y medianas. Giré la cabeza hacia la derecha y el panorama era el mismo, pollas y más pollas, ya estaba a punto de correrme y aquella visión junto a una lengua en mi coño, otra lengua en mi boca y una tercera ayudando a succionar mis tetas, hicieron que me corriera como una perra. Mis gemidos fueron escandalosos. No quería pasar la prueba, lo que quería era gozar de la experiencia y nada más. La música del órgano seguía enrareciendo el ambiente. La morena que me había comido el coño, me dio la vuelta y me puso entre las piernas de la morena que había tenido a mi derecha, era obvio que querían que le hiciera, y como soy rápida cogiendo las cosas, me puse a cuatro patas y le comí el coño como me lo había comido la morena a mí, mientras esto hacía, las otras dos me besaban y me magreaban las tetas. Estaba a cuatro patas comiéndole el coño cuando uno de los hombres se subió a la cama, me echó las manos a la cintura, me la clavó en el culo y me lo rompió.
-¡Ayyyyyyy!
No me valió de nada chillar, al contrario, el cabrón me nalgueó con fuerza y siguió metiendo.
Debía tener poco aguante porque enseguida se corrió dentro de mi culo. Al quitarla me quedó el culo aliviado, aunque me escocía.
Salió de la cama el cabrón con a polla mediana y delgada y subió otro con la polla más larga y más gruesa y me dio a mazo de nuevo, pero esta vez en el coño.
Así no había manera de que le comiera el coño a la morena. El nuevo cabrón parecía que tenía el mal de san Víctor.
La morena me agarró la cabeza, me apretó la boca contra el coño y se movió ella. El cabrón me siguió dando a toda mecha. También duró muy poco, aunque casi hace que me corra. El caso fue que me dejó tan cachonda, que al darme caña el tercero, que tenía la polla más gruesa y más larga, no tardé en correrme y se lo dije a todos.
-¡Me corro, mudos, me corro!
Me llenó el coño de leche, y al acabar él, la morena me llenó la boca de jugos con su corrida. Lo malo es que había hablado. La morena que me había comido el coño, me lamió una oreja y me susurró al oído:
-La has cagado.
Aquella cara debajo del antifaz y aquel cuerpo me habían parecido los de mi cuñada, pero como no tenía el cabello pelirrojo, no acababa de creerme que fuera ella. Al oír su voz no me quedó duda alguna. Laura me echó boca arriba y luego me puso en coño encharcado en la cara.
Otro de los hombres se metió en la cama, se arrodilló delante de mí, me cogió por la cintura, yo giré la cabeza y reconocí a mi hermano bajo el antifaz. Me levantó, me clavó la cabeza de su gruesa polla el culo.
-¡¡Ayyyyyyy!!
Mi hermano y las otras dos morenas eran masoquistas, ya que él no paró hasta meterla toda en mi culo, mientras ellas me mordían los pezones. Poco después descubrí que yo también era masoquista porque me corrí mientras mi hermano me reventaba el culo y las dos arpías me devoraba las tetas. Me corrí y se lo dije a todos los presentes:
-¡Me corro, cabrones!
Dos de los hombres acercaron sus pollas a mis labios y me cayeron dos corridas en la boca. A mi cuñada le cayó una en la boca y dos en las tetas, bueno, a mí me cayeron tres en la boca, ya que mi cuñada se hizo un dedo y se corrió, y luego el cañonero me dio otra corrida en el coño.
La cabrona de la tercera morena se puso en posición para que le comiera el coño. Le iba a dar lo que se merecía. Lamí su coño de abajo a arriba con celeridad, sin que nadie me diera leña ni en el culo, ni en el coño. Luego lamí su clítoris, a continuación lamí desde el ojete hasta el clítoris y cuando sentí que se iba a correr, me vengué metiéndole un mordisco en el capuchón de clítoris que debieron oír sus gritos a kilómetros del castillo.
-¡¡¡¡Ayyyyyyyyyy!!!!
Le miré para el coño luego, de quitar las manos de él, y vi que se le abría y que se le cerraba y que la vagina estaba tapada con leche blanca, leche que también le había mojado la parte superior de sus muslos.
Aquella visión hizo que mi cuerpo me pidiera más, pero lo que me dieron fue más de veinte corridas en la cara que me la dejaron pintada de blanco, y que al estar sentada en la cama bajaron hasta mis tetas, mi vientre y mi coño.
Aquel mediodía mi cuñada Laura y yo estábamos en el vestuario de un gimnasio. Ya habíamos hecho los ejercicios. Hablando, nos quitamos los tops, las zapatillas deportivas y las mallas y nos fuimos a la misma ducha. Con el agua cayendo sobre nosotras y los pezones casi rozándose (teníamos la misma altura) le dije a Laura:
-Como te iba diciendo, ya no aguanto más a Felipe. Me folla una vez al mes, y el resto de los días da igual que me perfume con el perfume que sea, que me ponga lencería o que no me la ponga, el cabrón pasa de mí.
Nos quitamos de debajo del agua, echamos gel en las esponjas y enjabonándonos, Laura, que era alta, de cabello pelirrojo y corto y que tenía ojos claros, me dijo:
-Os casasteis muy jóvenes y quince años repitiendo lo mismo cansa.
No me sentaron bien las palabras de mi cuñada.
-¡Le das la razón!
-Para nada, solo te hago ver la realidad.
-Enjabóname la espalda y explícate.
Laura echó más gel a la esponja, y enjabonándome la espalda, me dijo:
-Es muy simple, el hombre se cansa de meter siempre en los mismos agujeros. No sería extraño que Felipe te haya engañado con otras mujeres.
Se dio la vuelta para que le enjabonara la espalda a ella.
-¿Tú crees?
-Tu hermano me engañó con varias mujeres, y un día, discutiendo por el sexo, me lo dijo y...
No dejé que acabara de hablar.
-¡Qué cabrón!
-¿Y tú qué hiciste?
-Decirle que quería entrar en el club en el que se había metido él.
Me dejó boquiabierta.
-¡No!
-Sí, y ya me tiré a varios hombres y a varias mujeres.
Me alejé de mi cuñada porque las manos van al pan y no fuese que eso, en fin, que me metí debajo de la ducha, y le dije:
-Nunca imaginé que te gustaran las mujeres, si lo hubiese sabido no me habría duchado contigo todo este tiempo. ¡A saber qué pensamientos te habrán venido a la cabeza al verme desnuda!
-No es que me gusten las mujeres guapas, me encantan, pero no he tenido fantasías contigo, si eso es lo que te preocupa.
Salí de debajo de los chorros y se metió mi cuñada.
-No es que me preocupe, pero no esperaba que te gustaran las mujeres.
Mientras mi cuñada se secaba, me dijo:
-Yo tampoco, pero al entrar en el club tuve que pasar la prueba y en ella había mujeres.
Yo, que soy curiosa de nacimiento, le pregunté:
-¿De qué club me hablas y de qué prueba?
-Es un club secreto.
-¿No ejercerás de puta?
-Las putas cobran, y en ese club hay que pagar una cuota anual, y no es pequeña.
-Tendrá un nombre ese club.
-Nombre que no te voy a decir. ¿Dónde quieres comer hoy?
-Podemos ir al chino que acaba de abrir.
-Por mí está bien.
Laura era hermética como una lata de sardinas. Dejé pasar la cosa, de momento.
Me comencé a vestir con ropa de calle mientras Laura se acicalaba. Poco después estábamos comiendo tallarines con pollo frito y bebiendo un vino tinto en el nuevo restaurante chino. Tenía pendiente lo del club y la fui enredando poco a poco.
-Sabes, cuñada, siempre me pareció antinantural que una mujer se lo monte con otra.
-Eso es porque nunca te toco otra mujer
-Cierto, a mi no me tocó ninguna mujer, pero si me tocara no creo que me gustase.
-Sí que te gustaría, los besos de otra mujer son más suaves y más dulces que los de cualquier hombre y sus caricias son más delicadas, lo que te lleva antes al orgasmo.
Fui al grano.
-Háblame de ese club secreto donde probaste el coño.
-De lo secreto no se puede hablar.
Yo no quería entrar en el club, pero quería saber, e iba a saber, por eso le pregunté:
-¿Y si quisiera entrar en él?
-Eso ya sería otra cosa. ¿Quieres entrar?
-Antes de responderte debo hacerte una preguntas. ¿En ese club hay muchos hombres casados?
-Hay cantidad de hombres casados y todos están buenos. Si quieres entrar tienes que pasar la prueba, ser recomendada por un miembro y pagar doce mil euros al año.
-¡Coño, sale cara la cosa!
-Sale, pero es porque el club es para gente VIP.
-¿Y dónde está?
-Está en un castillo.
Parecía un sitio seguro.
-¿Y puedes follar cuándo quieras?
-Sí, puedes tener sexo las veces que tú quieras, como quieras y cuando quieras, con un hombre, con una mujer, tríos con dos hombres, tríos con dos mujeres, orgías, lo que te apetezca, eso sí, todas las relaciones que tengan los miembros entre ellos deben ser dentro del castillo.
-¿Cómo se llama ese club?
-El club de los casados y las casadas insatisfechas.
-Sabiendo que está en él mi hermano me da un poco de apuro.
-Todos llevamos una máscara, allí nadie conoce a nadie.
Se me quitaron todos los reparos.
-Háblame de la prueba.
-Es una prueba muy exigente.
-¿Cuéntame cómo fue la tuya?
-Cada iniciación es diferente. Tengo prohibido contar como fue la mía, solo me autorizan a decir que cuanto más gimas, peor para ti, y si hablas mientras te follan debes atenerte a las consecuencias.
-En club sois raros de cojones.
Al acabar de comer, y luego de pagar, la dueña del restaurante, nos hizo una reverencia y me dijo:
-Le oí decir que nunca la tocó una mujer.
-¿Y?
-Y en la trastienda tenemos dos chicas que dan masajes con final feliz. La primera vez es gratis. Lo hacemos para ir cogiendo clientes.
-Ni pagándome me metería en un lugar clandestino.
Laura saltó como un resorte.
-Habla por ti.
-¿Te vas a meter en una habitación con dos desconocidas para que te soben?
-Las desconocidas son mi debilidad. Te apuesto lo que quieras a que si son buenas dando masajes te corres como una perra.
El coño me había empezado a picar, pero aún le di una vuelta más al asunto.
-A lo mejor tienes razón, pero yo suelo toma a siesta después de comer.
-Y yo, pero a veces me doy un homenaje.
-Hoy salen las lesbianas hasta debajo de las piedras.
Mi cuñada me dijo:
-A lo mejor es tiempo de que pruebes.
-Y voy a probar, pero no para saciar mi curiosidad, es por no dejarte sola.
La dueña nos llevó a una habitación en la trastienda, donde ardían unas velas aromáticas y donde se veían aceites y toallas y otros enseres. Dos chinas vestidas con qipaos rojos, calzando zapatillas del mismo color, bajas de estatura y muy bonitas, se inclinaron para saludarnos al vernos, luego pusieron dos tollas sobre las dos mesas de masajes, se volvieron a inclinar y una de ellas nos dijo:
-Regresamos cuando estén preparadas.
Se fueron ellas y la dueña del chiringuito clandestino.
Nos desnudamos entre sonrisas de complicidad. Después nos pusimos las toallas alrededor del cuerpo y nos echamos sobre las mesas de masaje.
Le dije a mi cuñada:
-A ver como lo hacen las chinitas.
-Si se dedican a esto es de suponer que lo harán bien.
No íbamos a tardar en saberlo. Las dos chinas llegaron con dos cuencos de aceite en las manos, lo salpicaron sobre nuestras piernas y comenzaron a masajearnos los muslos. Los movimientos de sus pequeñas manos estaban sincronizados. Subieron y bajaron masajeando lento, más aprisa... Al rato los dedos pulgares de las dos chinas llegaron a los pliegues junto a los coños al mismo tiempo, y luego, al mismo tiempo nos subieron las toallas, salpicaron aceite de los cuencos en las nalgas y nos las masajearon viendo las rajas de los coños, coños a los que le masajearon los labios mayores. Acto seguido nos echaron aceite en las espaldas y subieron y bajaron desde el cuello hasta las nalgas, pasando por los hombros, por los brazos y por las costillas. Luego se pararon en las nalgas y masajeándolas llegaron a los ojetes, la mitad de los dedos pulgares de cada una entraron en nuestros culos, lo que hizo que Laura comenzara a gemir. Yo me aguanté, pero sabía que si un dedo entraba en mi coño, aunque fuera el meñique, me iba a correr como una golfa. No quisieron que nos corriéramos. Una de las chinas nos dijo:
-Pónganse boca arriba, por favor.
Nos pusimos boca arriba, nos echaron aceite sobre las tetas y las masajearon, junto a los brazos, toda la parte superior del cuerpo y parte de los muslos. Al masajear nuestras tetas dejaban que los pezones se metieran entre sus dedos y los apretaban con ellos. Mi cuñada volvió a gemir y su cuerpo se curvaba con el placer que estaba sintiendo. Yo también lo sentía, pero me controlaba, eso no debió de sentarle bien a mi chinita, ya que rompió la coordinación que tenía con la otra. Abrió mi coño con los dedos pulgares y viendo como salían de ellos jugos blancos como la leche, me lo lamió. Con la primera lamida casi me corro. Cerré los ojos y me dispuse a llenarle la boca de jugos con una tremenda corrida. Sentí dos lenguas en el coño, una lamía mi clítoris y la otra el resto del coño. Abrí los ojos, las miré y vi que me miraban a los ojos. En cuestión de segundos, arqueando el cuerpo, mi coño se corrió como un río cuando desemboca en la mar. Ahora sí que gemí, gemí como una perdida.
Al acabar conmigo se pusieron mano a la obra con Laura. Mi cuñada duró menos que yo, y cuando se corrió gritó como una cerda el día de la matanza.
Luego de hacer su trabajo las chinas recogieron, se volvieron a inclinar y se retiraron.
Vistiéndonos, Laura me dijo:
-¿Te recomiendo para el club?
-Recomienda.
El castillo era imponente visto desde fuera, como imponente era el maromo que me abrió la puerta, con su túnica negra y su antifaz. Caminando detrás de él por aquel pasillo tan largo y con el techo tan alto, me sentí muy pequeña. El pasillo daba una gran sala con el piso de mármol, sin muebles, y que tenía las estatuas de dos caballeros a los lados, estatuas que estaban esculpidas en el mismo material. Luego de atravesar esa sala, me llevó hasta una inmensa habitación, habitación que me pareció surrealista, pues solo tenía una cama, cortinas negras en las ventanas, dos escudos, cuatro antorchas en las paredes y un brasero de esos que usaban en la edad media, calentaba la habitación. El maromo. con voz poderosa, me dijo:
-Desnúdate, ponte la máscara que hay sobre la cama y luego échate sobre ella.
No se fue hasta que no me vio desnuda sobre la cama. Yo ya estaba acojonada, pero me acojoné aún más cuando sentí la música de un órgano tocando música de Mozart, y me acojoné más porque pensé que mi cuñada me había metido en una secta. Mis miedos siguieron cuando se abrió la puerta y fueron entrando hombres con máscaras, hombres que parecía monjes porque estaban vestidos con túnicas negras y calzaban sandalias. Conté doce hombres a un lado de la cama y otros doce al otro, y entre ellos me pareció ver a mi hermano. Luego entraron tres mujeres enmascaradas con antifaces, que llevaban puestos albornoces negros y que calzaban sandalias marrones. Se quitaron los albornoces y las sandalias y desnudas se echaron, una a mi lado derecho, otra a mi lado izquierdo y la tercera se metió entre mis piernas. Mi nerviosismo se acrecentó cuando los labios suaves, dulces y mojados de la morena que se había echado a mi lado izquierdo se posaron en los míos. La morena de mi derecha lamió un pezón y magreó la otra teta, y la morena que tenía entre mis piernas lamió mi coño. Cerré los ojos para huir de mis miedos y comencé disfrutar del polvo. Tiempo más tarde abrí los ojos y vi a los doce hombres de mi izquierda desnudos, con las pollas en sus manos y meneándolas. Había pollas para todos los gustos, delgadas, gruesas, largas y medianas. Giré la cabeza hacia la derecha y el panorama era el mismo, pollas y más pollas, ya estaba a punto de correrme y aquella visión junto a una lengua en mi coño, otra lengua en mi boca y una tercera ayudando a succionar mis tetas, hicieron que me corriera como una perra. Mis gemidos fueron escandalosos. No quería pasar la prueba, lo que quería era gozar de la experiencia y nada más. La música del órgano seguía enrareciendo el ambiente. La morena que me había comido el coño, me dio la vuelta y me puso entre las piernas de la morena que había tenido a mi derecha, era obvio que querían que le hiciera, y como soy rápida cogiendo las cosas, me puse a cuatro patas y le comí el coño como me lo había comido la morena a mí, mientras esto hacía, las otras dos me besaban y me magreaban las tetas. Estaba a cuatro patas comiéndole el coño cuando uno de los hombres se subió a la cama, me echó las manos a la cintura, me la clavó en el culo y me lo rompió.
-¡Ayyyyyyy!
No me valió de nada chillar, al contrario, el cabrón me nalgueó con fuerza y siguió metiendo.
Debía tener poco aguante porque enseguida se corrió dentro de mi culo. Al quitarla me quedó el culo aliviado, aunque me escocía.
Salió de la cama el cabrón con a polla mediana y delgada y subió otro con la polla más larga y más gruesa y me dio a mazo de nuevo, pero esta vez en el coño.
Así no había manera de que le comiera el coño a la morena. El nuevo cabrón parecía que tenía el mal de san Víctor.
La morena me agarró la cabeza, me apretó la boca contra el coño y se movió ella. El cabrón me siguió dando a toda mecha. También duró muy poco, aunque casi hace que me corra. El caso fue que me dejó tan cachonda, que al darme caña el tercero, que tenía la polla más gruesa y más larga, no tardé en correrme y se lo dije a todos.
-¡Me corro, mudos, me corro!
Me llenó el coño de leche, y al acabar él, la morena me llenó la boca de jugos con su corrida. Lo malo es que había hablado. La morena que me había comido el coño, me lamió una oreja y me susurró al oído:
-La has cagado.
Aquella cara debajo del antifaz y aquel cuerpo me habían parecido los de mi cuñada, pero como no tenía el cabello pelirrojo, no acababa de creerme que fuera ella. Al oír su voz no me quedó duda alguna. Laura me echó boca arriba y luego me puso en coño encharcado en la cara.
Otro de los hombres se metió en la cama, se arrodilló delante de mí, me cogió por la cintura, yo giré la cabeza y reconocí a mi hermano bajo el antifaz. Me levantó, me clavó la cabeza de su gruesa polla el culo.
-¡¡Ayyyyyyy!!
Mi hermano y las otras dos morenas eran masoquistas, ya que él no paró hasta meterla toda en mi culo, mientras ellas me mordían los pezones. Poco después descubrí que yo también era masoquista porque me corrí mientras mi hermano me reventaba el culo y las dos arpías me devoraba las tetas. Me corrí y se lo dije a todos los presentes:
-¡Me corro, cabrones!
Dos de los hombres acercaron sus pollas a mis labios y me cayeron dos corridas en la boca. A mi cuñada le cayó una en la boca y dos en las tetas, bueno, a mí me cayeron tres en la boca, ya que mi cuñada se hizo un dedo y se corrió, y luego el cañonero me dio otra corrida en el coño.
La cabrona de la tercera morena se puso en posición para que le comiera el coño. Le iba a dar lo que se merecía. Lamí su coño de abajo a arriba con celeridad, sin que nadie me diera leña ni en el culo, ni en el coño. Luego lamí su clítoris, a continuación lamí desde el ojete hasta el clítoris y cuando sentí que se iba a correr, me vengué metiéndole un mordisco en el capuchón de clítoris que debieron oír sus gritos a kilómetros del castillo.
-¡¡¡¡Ayyyyyyyyyy!!!!
Le miré para el coño luego, de quitar las manos de él, y vi que se le abría y que se le cerraba y que la vagina estaba tapada con leche blanca, leche que también le había mojado la parte superior de sus muslos.
Aquella visión hizo que mi cuerpo me pidiera más, pero lo que me dieron fue más de veinte corridas en la cara que me la dejaron pintada de blanco, y que al estar sentada en la cama bajaron hasta mis tetas, mi vientre y mi coño.