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Tras un Accidente me Atiende mi Hermana - Capítulos 001
Era una verdadera lástima observar a mis padres partir desde la ventana de mi habitación. Los veía cargar sus equipos de esquí, preparándose para disfrutar de aquello que solíamos hacer juntos y tanto me apasionaba. Pero esta vez no los acompañaría. Un horrible accidente de tráfico me había dejado con ambas tibias fracturadas, obligándome a enfrentar un largo y tedioso proceso de rehabilitación. Así que, mientras ellos se aventuraban en las pistas, yo pasaría el invierno en casa. No obstante, no estaría solo: mi hermana mayor, Sara, también se quedaría conmigo. Ella tenía que prepararse para los exámenes, por lo que se había resignado a pasar el invierno en casa.
La verdad es que siempre me he llevado muy bien con Sara. Nos llevamos dos años, pero nuestra relación es más cercana que la de la mayoría de los hermanos. Apenas discutimos y, de hecho, hemos llegado a compartir confidencias sobre temas que usualmente no se hablan entre hermanos, menos aún entre un chico y una chica.
Justo en ese momento, Sara apareció en la puerta de mi habitación. Llevaba un pantalón de chándal largo y una sudadera, su atuendo habitual cuando estudiaba en casa. Su cabello rubio y lacio caía sobre sus hombros, y sus ojos azules brillaban con una mezcla de picardía y dulzura. Era muy delgada, casi frágil, pero su sonrisa irradiaba una calidez que siempre lograba tranquilizarme.
—¿Qué pasa, gañán? —me dijo con una media sonrisa, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿No vas a esquiar?
Se estaba burlando, claro, pero lo hacía con esa gracia que la caracterizaba. Yo sonreí, aunque no pude evitar mirar de nuevo por la ventana. Sara se dio cuenta de que, a pesar de mi sonrisa, realmente me entristecía no poder estar allá afuera, en la nieve. Sin decir nada, se acercó y me dio un suave beso en la mejilla.
—Vamos, enano, anímate —me dijo con ternura—. Solo es una temporada de esquí. El año que viene la cogerás con más ganas. Además, ¿no te hace ilusión pasar unos días con tu hermana mayor?
Sonreí ante sus palabras, dejando escapar un pequeño suspiro. Sara siempre sabía cómo hacerme sentir mejor, incluso en los momentos más difíciles.
—Supongo que tienes razón —le respondí, intentando no sonar demasiado desanimado—. Pero va a ser raro no poder esquiar. Ya sabes cuánto me gusta.
Sara asintió, acercándose un poco más y sentándose en el borde de mi cama.
—Lo sé, enano. Pero piensa en esto como una oportunidad para descansar y recargar energías. Y quién sabe, tal vez hasta aprendas algo nuevo.
—¿Aprender algo nuevo? —pregunté, arqueando una ceja, intrigado por lo que se le podría haber ocurrido.
—Claro —respondió con una sonrisa traviesa—. Podríamos hacer una maratón de esas películas viejas que tanto te gustan o... —hizo una pausa, como si estuviera pensando en la idea más descabellada posible—, podríamos cocinar algo juntos. Ya sabes, ponernos creativos en la cocina.
No pude evitar reír ante la imagen mental de ambos haciendo un desastre en la cocina.
—Tú cocinando... eso sería todo un espectáculo —bromeé—. ¿Recuerdas la última vez que intentaste hacer galletas?
Sara puso los ojos en blanco, pero su sonrisa no desapareció.
—Lo sé, lo sé, no soy la mejor chef. Pero con tu ayuda, podríamos evitar que la cocina termine en llamas esta vez.
La idea de hacer algo juntos, aunque fuera tan sencillo como cocinar, comenzó a levantarme el ánimo.
—Está bien —dije finalmente, con un poco más de entusiasmo—. Pero solo si prometes no convertir esto en una lección de química fallida.
Sara soltó una carcajada y me dio un ligero empujón en el hombro.
—Trato hecho, gañán. Ahora, ¿qué te parece si empezamos con un buen chocolate caliente para entrar en calor? Luego podemos planear qué más hacer para que este invierno sea memorable.
Asentí, sintiendo cómo el desánimo comenzaba a desvanecerse. Tal vez este invierno sería diferente, pero con Sara a mi lado, no tenía por qué ser malo.
—Me parece una idea perfecta —respondí, mientras ella se levantaba de la cama y se dirigía hacia la puerta—. Pero recuerda, tú eres la encargada del chocolate caliente. No quiero que me echen la culpa si se quema.
—Oye, que no soy tan mala en la cocina —protestó riendo—. Pero por si acaso, tú encárgate de las nubes de azúcar.
Sara me ayudó a salir de la cama y a sentarme en la silla de ruedas con cuidado. Luego, empezó a empujarme por el pasillo, tarareando una melodía alegre. Mientras avanzábamos, miró hacia mi cuarto y arrugó la nariz, como si notara algo fuera de lugar.
—Deberías ventilar de vez en cuando tu cuarto, hermanito —dijo con una sonrisa burlona—. Cada vez que sales de ahí parece que vuelves a poder respirar.
Sacudí la cabeza, fingiendo indignación, aunque sabía que tenía razón.
—Son las hormonas, Sar… —empecé a decir, pero me detuve en seco, dándome cuenta de lo que iba a confesar.
Ella estalló en carcajadas antes de que pudiera seguir.
—No hace falta que seas tan explícito, enano —respondió, dándome unas suaves palmadas en el hombro—. Con eso ya me hiciste el día.
Aunque estaba un poco avergonzado, su risa era tan contagiosa que no pude evitar unirme a ella. Llegamos a la cocina, que estaba cálida y llena de luz. El aroma del café recién hecho aún flotaba en el aire, y el sol de invierno entraba a raudales por la ventana, dándole al lugar un toque acogedor.
Sara me dejó cerca de la mesa y se dirigió a la estufa.
—Bien, chef —dijo con un tono divertido mientras se ponía un delantal—. ¿Estás listo para nuestra primera creación culinaria? Chocolate caliente con nubes, a la manera de los campeones.
La observé mientras rebuscaba entre los armarios, su energía era contagiosa, y de pronto, me sentí más animado de lo que había estado en semanas.
—Totalmente listo, pero no olvides que soy el supervisor —le respondí con una sonrisa, sacando las nubes de azúcar de la despensa y colocándolas sobre la mesa—. No quiero que arruines esta obra maestra.
—¡No te preocupes, maestro! —dijo, levantando una mano como si jurara solemnemente—. ¡Prometo no defraudar!
Sara se recogió el cabello en una coleta alta, dejando al descubierto su cuello delgado y sus delicadas facciones. La observé desde la silla, sin poder evitar admirarla. Estaba realmente guapa, *era* realmente guapa, y aquello siempre me había costado las pesadas bromas de mis amigos. Cada vez que alguno de ellos la veía, no faltaban los comentarios.
"¿Cómo es que tu hermana salió tan guapa y tú... bueno, tú eres tú?" bromeaban, y aunque en su momento solía reírme para disimular, en el fondo siempre me había incomodado un poco. Era extraño. Sabía que Sara era bonita, y no era raro que la gente lo notara, pero escuchar a otros hablar de ella de esa manera me hacía sentir protector, aunque también, de alguna forma, orgulloso.
Sara, sin embargo, parecía completamente ajena a ese tipo de cosas. Siempre había sido más práctica que vanidosa, y mientras ajustaba el delantal con la coleta alta balanceándose detrás de ella, parecía más enfocada en asegurarse de que el chocolate caliente no se quemara que en su aspecto.
—¿Qué miras, enano? —dijo de repente, sin siquiera volverse a verme, como si hubiera sentido mi mirada.
Me sobresalté un poco, soltando una risa nerviosa.
—Nada... solo me aseguraba de que no fueras a incendiar la cocina —respondí rápidamente, tratando de sonar casual.
Ella giró la cabeza y me lanzó una mirada divertida, entrecerrando los ojos con una sonrisa juguetona.
—Claro, claro... —dijo, volviendo su atención al cazo—. Ya te dije, el chocolate caliente está bajo control. Aunque, si te preocupa tanto, siempre puedes venir a supervisar más de cerca.
Negué con la cabeza, aún sonriendo, y la miré por un momento más antes de dejar escapar un suspiro.
Sara terminó de preparar el chocolate caliente con mucho cuidado, vertiendo la mezcla en dos tazas grandes. Con una sonrisa satisfecha, me acercó una de las tazas antes de sentarse en el sofá, justo a mi lado. Tomé un sorbo del chocolate, disfrutando del calor que se esparcía por mi cuerpo, mientras nos acomodábamos juntos en el sofá.
El silencio se rompió pronto cuando Sara, con una mirada traviesa, me lanzó una pregunta inesperada.
—¿Y qué tal con Sonia? —preguntó de manera casual, pero con ese tono que siempre usaba cuando quería sonsacarme algo interesante.
Me encogí de hombros, tratando de parecer despreocupado, aunque sabía que mis mejillas ya empezaban a ruborizarse un poco.
—Bien… supongo. —Dije, señalando mis piernas escayoladas con un gesto frustrado—. Pero en este estado, ya sabes… es difícil tener o hacer algo.
Sara soltó una carcajada, agitando su taza para enfriar un poco el chocolate.
—Estas chicas de hoy en día —dijo entre risas—, no piensan en otra cosa.
Yo solté una risa nerviosa, dándole la razón. Era fácil hablar de todo esto con Sara, pero aún así, me sentía un poco incómodo.
—Sí, tienes razón —admití, medio sonriendo.
Ella me lanzó una mirada cómplice antes de añadir con picardía:
—Pero bueno, que estés así no lo hace imposible, ¿eh?
Mis mejillas se encendieron en un segundo, y giré la cabeza hacia ella con los ojos abiertos como platos.
—¡Por Dios, Sara! —exclamé, intentando sonar ofendido, aunque la vergüenza me hacía difícil contener la risa.
Ella soltó una carcajada, disfrutando de mi reacción, y me dio un suave empujón en el brazo.
—Tranquilo, enano —dijo, aún riendo—. Solo te estoy tomando el pelo.
Yo me recosté un poco en el sofá, suspirando mientras el calor del chocolate y la compañía de Sara me relajaban.
—Bueno, ¿y tú qué? —le pregunté, aprovechando para desviar la conversación—. ¿Qué tal te va con tus líos amorosos? ¿Piensas aprovechar la casa sola o qué?
Sara puso los ojos en blanco y dejó escapar un suspiro exagerado.
—¿Líos amorosos? —repitió con una mueca—. Nada de eso. Estoy muy fuera de esos temas ahora mismo. Además —añadió, dándome un toque juguetón en la cabeza—, contigo ya tengo suficientes hombres en la casa.
Sonreí, sabiendo que en el fondo Sara estaba enfocada en sus estudios y sus proyectos, siempre responsable y con la cabeza en lo que consideraba más importante. Pero también sentí una extraña tranquilidad al saber que, al menos por ahora, la tendría para mí, compartiendo esos momentos simples y tranquilos.
—Supongo que soy más que suficiente —respondí con una sonrisa cómplice, levantando mi taza de chocolate como si brindara por ello.
Sara levantó la suya, riendo, y chocamos las tazas suavemente.
El sol ya se había puesto cuando Sara me ofreció ver una película en su cuarto. Era la única en la casa con una televisión en su habitación, y los viernes por la noche tenía la costumbre de ver una película, generalmente algo romántico o ligero. Esta vez me invitó a unirme a su rutina. Al principio, no estaba muy entusiasmado con la idea, ya que no era fan del cine empalagoso que solía ver, pero dado que no tenía mucho más que hacer y no tenía sueño, acepté.
Fuimos a su habitación, y Sara me empujaba en la silla de ruedas mientras hablábamos sobre qué película ver.
—Vale, entonces... ¿una de tus comedias románticas? —pregunté con una sonrisa burlona, esperando su típica respuesta.
—Quizá te sorprenda —replicó, guiñándome un ojo—. Tengo algunas opciones. ¿Qué tal una de acción, con una pizca de romance?
—Acción suena bien, pero la "pizca de romance" suena como una trampa —bromeé.
Sara rió, empujando la puerta de su cuarto mientras nos adentrábamos en su pequeño refugio personal. El ambiente era acogedor, con una luz suave que creaba una atmósfera cálida y relajante. Se acercó a su mesita de noche y encendió una lámpara de luz tenue antes de girar mi silla hacia la pared.
—Voy a ponerme el pijama. No mires, que estás castigado —dijo riendo.
La habitación no era muy grande, y había un espejo justo delante de mí que enfocaba su figura mientras se cambiaba de ropa. Al principio intenté desviar mi mirada hacia otro lugar, pero no pude resistirme a la curiosidad. Miré sin hacer ruido, sintiendo una extraña sensación de miedo y excitación.
Sara se quitó la sudadera y se desabrochó el pantalón de chándal. Llevaba un tanga negro que se destacaba contra la palidez de su piel. A pesar de no ser muy alta, tenía un cuerpo delgado y tonificado, lo que siempre me había parecido muy atractivo en ella. Entonces llevó sus manos a los finos hilos del tanga, deslizandolos
por sus caderas y quitándoselo. Estaba tan emocionado que no podía respirar. El corazón me latía aceleradamente en mi pecho mientras intentaba no hacer ruido, con miedo a que descubriera que la había estado observando.
Tenía las piernas largas y delgadas, que se prolongaban en unos pies delicados, y llegaban hasta su pubis, donde se encontraba su coño rasurado. El espejo mostraba una visión perfecta de sus muslos y entrepiernas, que parecían tan suaves que me moría de ganas de acariciarlas con mis dedos. Luego se quitó su sujetador, revelando sus pequeños pechos redondos y sus erectos pezones rosados, que sobresalían orgullosos de sus pezones.
Un instante después, Sara se cubrió con una holgada camiseta blanca y unos pantalones de pijama negros. Se dio vuelta hacia mí con una sonrisa inocente, sin saber que yo había visto su cuerpo desnudo.
—¿Estás listo para ver la película? —me preguntó Sara mientras se acercaba al televisor. La pantalla se iluminó, mostrando el título de la película que había elegido. Me pareció interesante, así que le respondí que sí, dispuesto a verla.
Sara se acomodó en su cama, envolviéndose en una manta, y luego me miró con una sonrisa.
—¿Te importaría acercarte un poco más? —me pidió—. Así ambos podremos ver mejor.
Me sentí un poco incómodo al principio, pero recordé que esto era algo normal entre hermanos, y la idea de compartir ese momento con Sara me hizo sentir más relajado. Con un poco de esfuerzo, me acerqué a su cama y nos acomodamos uno al lado del otro. Ella estaba cómoda bajo la manta, y yo me aseguré de mantener una distancia respetuosa, suficiente para que ambos pudiéramos ver la televisión sin problema.
Mientras la película comenzaba, me invadió un sentimiento de incomodidad al recordar lo del espejo. La imagen que había visto antes, aunque fugaz, seguía rondando en mi mente. Me arrepentía de haberme detenido a mirar; había sido una invasión de privacidad. Me esforzaba por olvidar esa sensación y centrarme en la película, pero los pensamientos confusos no se disipaban tan fácilmente.
Sara tomó un pequeño control remoto para ajustar el volumen y me miró con una expresión satisfecha.
—Espero que esta sea una buena elección —dijo con una sonrisa, mientras se recostaba un poco más sobre la almohada.
—Parece interesante —respondí, intentando concentrarme en la pantalla que ahora mostraba una escena de acción emocionante—. Aunque debo admitir que no tengo mucha experiencia con este tipo de películas.
—Te va a sorprender —dijo Sara, mientras cogía un cojín y lo ajustaba entre nosotros—. A veces, incluso en las historias más predecibles, puedes encontrar algo que te haga sonreír o pensar.
La conversación ligera y el desarrollo de la película me ayudaron a distraerme, aunque los pensamientos seguían agazapados en el fondo de mi mente. La imagen en el espejo había sido clara y me sentía confundido por mis propias reacciones, ¿me había excitado con ella? Pero mientras la trama avanzaba y las escenas se volvían cada vez más intrigantes, mi mente se centró más en el filme.
Nos fuimos sumergiendo en la película, y la conversación se volvió menos frecuente, reemplazada por los comentarios ocasionales sobre las escenas. Sara parecía disfrutar del filme tanto como de la compañía, y yo me di cuenta de que, a pesar de la incomodidad inicial, este momento compartido estaba resultando ser algo especial.
—Me alegro de haberme unido —le dije finalmente, mientras la película se acercaba a su fin—. Ha sido un buen cambio de ritmo.
Sara me sonrió, y con una expresión satisfecha, asintió.
—Me alegra que te haya gustado. Los viernes por la noche siempre son mejores con un buen filme y buena compañía.
Nos recostamos más cómodos en la cama, disfrutando del final de la película y del cálido ambiente que habíamos creado. Me sentía en paz y más cercano a mi hermana que nunca. Finalmente, la película terminó, y Sara se levantó para apagar la televisión.
—Me da mucha pereza volver a llevarte en la silla a tu cuarto —dijo mientras apagaba el televisor—. Duerme esta noche aquí si quieres. Hay lugar para ambos.
Me pareció una propuesta algo inesperada, pero estaba tan cansado que acepté sin pensarlo demasiado. Sara se despidió de mí con un beso en la mejilla antes de acomodarse en su cama y darse la vuelta, ofreciéndome la espalda.
—Gracias, Sara —le dije con una sonrisa, sintiendo una profunda gratitud.
—De nada —respondió, y luego se giró para mirarme—. Buenas noches, hermano. Sueña bien.
—Buenas noches, hermana —le respondí, mientras la observaba acomodarse y acurrucarse debajo de las sábanas.
Me quedé allí, pensando en lo afortunado que era de tener una hermana tan comprensiva. Sin embargo, en medio de la noche me desperté de repente sintiendo un frío intenso. Al abrir los ojos, me di cuenta de que Sara había tomado toda la manta y ahora estaba envuelta en ella, dejándome completamente descubierto.
Traté de deslizarme hacia ella para recuperar la manta, pero era imposible sin despertarla. La llamé en un susurro, pero parecía que estaba profundamente dormida. En medio de mi intento por recuperar algo de calor, escuché su voz entre sueños.
—Mmm… ¿qué pasa? —murmuró Sara sin despertar del todo.
—Sara, no seas acaparadora —le dije en un tono suave, tratando de no despertarla—. Necesito la manta.
A pesar de mi insistencia, no parecía que se fuera a mover. Así que, con cuidado, tiré de la manta para arrebatársela. Finalmente, pude envolverme en ella, sintiendo el calor regresar a mi cuerpo.
Para mi sorpresa, Sara, en lugar de pelear por la manta, se acercó a mí. Puso su cabeza sobre mi pecho, me abrazó y se acomodó más cerca. Me sentí sorprendido por su cercanía, pero también reconfortado.
A pesar de que me sentí afortunado por su gesto, pronto empecé a sentirme incómodo. No era común que Sara se acurrucara conmigo de esa manera, y me sentí como si estuviera invadiendo su espacio. Sin embargo, pronto me di cuenta de que había algo más que me estaba haciendo sentir incómodo. Mientras intentaba dormir, mi mente empezó a vagar por lugares que no debían ser frecuentados por una persona como yo, con las piernas escayoladas y con una hermana hermosa en el pecho.
La imagen de Sara desnuda se repetía en mi mente una y otra vez, y no pude evitar mirarla. Estaba en una posición en la que no podía moverme sin despertarla, y tampoco tenía la fuerza para empujarla hacia un lado. Estaba atrapado, y mi mente se convirtió en una batalla interna mientras intentaba alejar mis pensamientos de su cuerpo desnudo y de sus suaves muslos.
Finalmente, cedí a mis deseos y decidí mirarla. Giré la cabeza hacia un lado para ver si estaba dormida. Sus ojos estaban cerrados, su respiración era regular, y parecía que estaba tranquila. Me sentí culpable por mirarla de esa manera, pero no pude evitarlo. Llevé mi mirada hacia sus piernas y vi que su holgado pijama se había subido mientras dormía, mostrando la mitad de sus muslos. Me moría de ganas de mirarla mejor, pero sabía que no debía hacerlo. Estaba a punto de apartar la vista cuando mi mirada cayó de nuevo en sus piernas. Fue en ese instante cuando algo cambió en mí. Sin saber qué me pasaba, me descubrí intentando apartar la manta de encima de ella para ver más. Me sentí culpable y avergonzado de mí mismo, pero no pude detenerme. Miré hacia su rostro para asegurarme de que aún estaba dormida y, sin hacer ruido, aparté la manta lo suficiente para ver la mayor parte de sus muslos y la cintura de su pijama.
Mi pulso aumentó y me sentí mareado. Sus muslos parecían aún más atractivos que antes. Acaricié su piel suave con las yemas de los dedos, dibujando círculos pequeños en su muslo derecho. Al sentir mi tacto, suspiró, y una de sus piernas se desplazó hacia arriba, posándose sobre mi cintura.
No sabía qué hacer, pero me sentí como si fuera a estallar si no la tocaba más. Fue en ese momento cuando entendí que lo que hacía era algo incorrecto. Me sentí culpable y avergonzado, pero mi excitación y mi necesidad física parecían más fuertes que cualquier otra cosa. Seguí acariciando sus muslos con mis dedos, moviéndolos en pequeños círculos mientras intentaba controlar mi respiración y mi pulso acelerado. Al cabo de un rato, mi mano se aventuró un poco más, intentando llegar a su pantalón. Fue en ese instante cuando decidí que quería verla de nuevo. Quería volver a ver su coño rasurado y sus pechos desnudos.
Quise quitárselo, pero no pude moverme. Estaba paralizado, con miedo de despertarla, mientras mi mano se movía en su pierna, intentando encontrar el borde del pantalón. No pude alcanzarlo sin mover su pierna, así que decidí intentar algo diferente. Giré la palma de mi mano hacia arriba y seguí moviéndola en pequeños círculos, intentando subir su pantalón hacia sus caderas. Me tomó un tiempo y me sentí como si fuera a estallar de la tensión, pero finalmente lo hice. Llevé mi mano a la cintura de su pantalón, y empecé a bajarlo lentamente. Mi corazón golpeaba fuerte contra mi pecho mientras intentaba controlar mi respiración y evitar hacer ruido. El pantalón se bajó por su pierna, y vi su coño de nuevo. Era perfecto. Sus labios internos sobresalían un poco, mostrando un color rosado claro que se destacaba contra la blancura de su piel. Su clítoris era visible entre los labios internos, y sus muslos parecían tan suaves que no pude resistir la tentación de tocarlos.
Fue en ese momento cuando Sara cambió de posición. Dejó caer su pierna de mi cintura y se acurrucó un poco más en la cama, moviéndose hacia el otro lado. La manta se deslizó de nuevo por mi cuerpo, dejándome sin cobertura. Me sentí mareado, pero mi excitación seguía siendo demasiado fuerte.
No pude resistir la tentación. Vi su pierna elevándose en el aire mientras se acomodaba en la cama, mostrándome su trasero. Me masturbé con una mano, moviéndola hacia arriba y hacia abajo mientras miraba su culo redondo y firme, envuelto en su holgado pantalón de pijama. Fue demasiado para mí. Me corrí minutos después, sintiendo un placer intenso que me sacó de quicio. Me sentí agotado y exhausto, pero también culpable y avergonzado de mí mismo.
Me dormí con una mezcla de excitación y culpa, sintiendo que mi hermana me acariciaba en la cama y me hacía sentir como si todo estuviera bien. Sin embargo, sabía que no lo estaba, y no podría perdonarme nunca por lo que hice. Era algo que no podía repetirse, pero también sabía que no podría olvidarlo nunca. Era un secreto que me atormentaría durante mucho tiempo, un secreto que podría romper nuestra relación si alguna vez salía a la luz.
A la mañana siguiente, me desperté con una mezcla de confusión y arrepentimiento en la cabeza. El recuerdo de la noche anterior seguía presente, pero decidí que la mejor manera de lidiar con ello era intentar olvidarlo y seguir adelante. Sabía que la conversación con Sara o cualquier intento de abordar el tema solo complicaría las cosas, así que opté por actuar con normalidad.
Cuando me desperté, encontré a Sara ya en movimiento, con su chándal de casa y el cabello aún húmedo, como si se hubiera duchado. Se acercó a mi cama con una sonrisa relajada.
—¡Buenos días! —dijo mientras me ayudaba a subir a la silla de ruedas—. ¿Dormiste bien?
—Más o menos —respondí, intentando sonar lo más casual posible.
Sara me llevó a la cocina, donde preparaba el desayuno. El aroma del café y el pan recién tostado llenaba la habitación, y me sentí aliviado por la normalidad de la escena. Ella estaba en su elemento, conversando alegremente mientras preparaba la mesa.
—¿Te apetece algo en especial para desayunar? —me preguntó mientras me acomodaba en la silla.
—Lo que tengas está bien —le dije, intentando disfrutar de la tranquilidad del momento.
Sara me sirvió un desayuno sencillo pero delicioso: tostadas con mermelada y un vaso de leche. Mientras comíamos, conversamos sobre cosas triviales, como el clima y los planes para el día. La conversación era ligera y sin complicaciones, lo que me ayudaba a mantener la mente ocupada y a desviar el pensamiento de la noche anterior.
Después del desayuno, Sara me sugirió que saliéramos a dar un paseo por el parque cercano. El aire fresco y el cambio de escenario parecían una buena idea para despejar la mente.
—¿Te apetece un paseo? —me preguntó mientras me ayudaba a ajustar la manta en la silla—. El parque está precioso con el sol de la mañana.
—Sí, suena bien —le respondí, sintiendo que un poco de aire fresco podría hacerme bien.
Sara me empujó por el parque, y el suave sol de la mañana comenzó a levantar mi ánimo. La caminata fue agradable y tranquila, con el canto de los pájaros y el crujido de las hojas bajo nuestras ruedas. La conversación entre nosotros seguía siendo ligera y natural, y la preocupación que había sentido comenzaba a desvanecerse.
—Mira qué bonito está el parque hoy —comentó Sara, señalando un rincón lleno de flores—. Es una buena manera de empezar el día, ¿no crees?
—Sí, definitivamente —respondí, sintiendo que la normalidad de este momento ayudaba a aliviar la tensión que había sentido.
Mientras paseábamos por el parque, el sol de la mañana y el aire fresco comenzaban a levantar nuestro ánimo. Sara empujaba la silla de ruedas con una sonrisa, y la conversación se volvía cada vez más animada.
—¿Sabes qué? —dijo Sara, mirando a su alrededor—. Me siento como una vieja cuando vengo aquí. Es como si todo el parque estuviera a punto de decirme: “¡Oye, señora, ¿qué hace aquí una anciana como tú?”
—¿Anciana? ¡Pero si solo tienes 19 años! —respondí con una sonrisa—. Estás en la flor de la juventud.
—Sí, claro —dijo Sara con una mueca—. Solo que mi cuerpo parece estar en la fase de “ya no puedo hacer lo que hacía antes”. A veces me despierto con dolor de espalda y me pregunto si ya debería estar buscando una silla de ruedas para mí.
—Eso solo significa que estás oficialmente en la etapa de “cuidado con el sofá”, —bromeé—. No es que sea una abuela, solo una persona que prefiere estar cómoda en vez de hacer una maratón de series.
Sara soltó una risa.
—¿Y tú qué sabes de maratones? Si te veo hacer ejercicio, probablemente sea más emocionante que un capítulo de mi serie favorita. Aunque ahora que lo pienso, mi época de adolescente era un caos total. Estaba obsesionada con las modas ridículas y tratando de descifrar los secretos de la vida.
—¿Como qué tipo de secretos? —pregunté, curioso.
—Como intentar entender cómo es posible que el tiempo pase tan lentamente cuando estás en clase, pero tan rápido cuando estás con amigos —dijo Sara—. O como pasar horas en frente del espejo intentando que el maquillaje quede perfecto, solo para darme cuenta de que el truco estaba en que nadie lo notara.
—¡Totalmente! —exclamé—. Recuerdo que, en la adolescencia, creía que sabía todo sobre la vida. Ahora, de adulto, me doy cuenta de que lo único que sabía era cómo encontrar el mejor escondite para comer un bocadillo sin que mis padres lo supieran.
—¡Ah, la pubertad! —dijo Sara, con tono melodramático—. La etapa en la que todos creemos que vamos a conquistar el mundo, pero solo conseguimos conquistar el corazón de la última pizza en la nevera.
—Y luego, de repente, estás en la universidad, buscando cómo pagar el alquiler y darte cuenta de que no hay más pizzas mágicas que aparezcan en el refrigerador —añadí.
Sara se rió.
—Y aquí estoy, con 19 años, sintiéndome como si hubiera pasado por una crisis de mediana edad en la adolescencia. ¡Me siento como una abuelita que se queja del wifi lento!
—¡Vamos, que tienes toda una vida por delante! —le dije—. No te preocupes por sentirte vieja, ¡que todavía estás en la etapa dorada de los veinte!
—Sí, sí —dijo Sara con una sonrisa—. Mientras siga sintiendo que me estoy convirtiendo en una anciana a los 19, prometo mantener el sentido del humor y evitar convertirme en una persona que se queja de la juventud de hoy en día.
Nos reímos juntos mientras continuábamos el paseo, disfrutando del día y de nuestras bromas sobre la pubertad y la adolescencia. La conversación ligera y las risas ayudaron a desviar mi mente de la confusión interna, y me recordaron que, aunque las cosas a veces puedan ser complicadas, los momentos simples con Sara eran lo que realmente importaba.
Al llegar a casa después del paseo por el parque, me sentía más relajado, pero un problema inesperado pronto se hizo evidente: la ducha. Me di cuenta de que necesitaba ducharme, pero con las piernas aún enyesadas, el proceso se volvía complicado. Era algo que no había considerado en absoluto durante el paseo, y ahora estaba enfrentando la incomodidad de la situación.
Sara me miró con una expresión comprensiva pero decidida.
—Bueno, parece que tenemos un pequeño dilema —dijo mientras entrábamos en la casa—. La ducha no se va a tomar sola.
—Sí, claro, pero… ¿cómo voy a hacer eso? —respondí, con un toque de incomodidad en mi voz—. No tengo ni idea de cómo organizar esto con las piernas enyesadas.
Sara soltó una risa suave.
—No te preocupes, voy a ayudarte. No es tan complicado, solo tienes que seguir mis indicaciones. Recuerda, es casi como lo hacía mamá. Solo que, ya sabes, con menos mimos y más eficiencia.
—Perfecto, sólo me faltaba que me recuerdes a mamá en estos momentos —bromeé, intentando aligerar el ambiente—. ¿Qué tal si decido no ducharme hasta que vuelvan mis padres?
Sara me dio un codazo juguetón.
—No es una opción, enano. No quiero que la casa se llene de mal olor mientras tanto. Además, no hay mucha diferencia entre mamá y yo, al final la vergüenza es la misma.
Nos dirigimos al baño, donde Sara preparó todo para la ducha. Colocó una silla en la ducha para que pudiera sentarme mientras ella me ayudaba. Lo que al principio parecía un desafío se convirtió en un proceso algo menos incómodo gracias a la actitud relajada de Sara.
—Vale, vamos a hacerlo por pasos —dijo mientras ajustaba el agua—. Desnudate. Y no te preocupes, no te miraré. Quiero que te sientas cómodo.
—No pasa nada, Sara, de verdad —le aseguré con una sonrisa—. No te preocupes por mí.
—No te preocupes, hermano, estoy aquí para ayudarte. ¿Quieres que te ayude a quitarte la ropa? —me preguntó con una sonrisa inocente.
—Creo que puedo yo — dije quitándome la camiseta completamente rojo de la verguenza.
—Entiendo, no te preocupes —me aseguró—. Entonces, ¿qué tal si te ayudo a quitarte los pantalones?
—Claro, no hay problema —le dije, intentando fingir que no estaba pasando nada fuera de lo normal—. Sólo que no podrás quitármelos sin ayudarte de mí un poco. Tengo las piernas enyesadas, recuerda.
Sara asintió y se acercó a mí, y me tomó de la cintura para apoyarme en sus brazos mientras se quitaban los pantalones. Su contacto me hizo sentir un calor intenso que recorría todo mi cuerpo, pero intenté no mostrarlo. Solo quedaban los calzoncillos. Ella se giró sin yo decirle nada, pero cuando traté de quitarmelos se quedaron enganchados en la escayola.
—Sara... —musité— Necesito ayuda.
Sara se giró hacia mí sin mostrar señales de incomodidad, aunque pude notar la tensión en su cuerpo.
—Entiendo —me dijo mientras intentaba desenganchar los calzoncillos de la escayola. Se movía con lentitud, intentando no rozar mi miembro con sus dedos, y su mirada estaba fija en mi rostro. Pude ver que se esforzaba por no mirarme ahí abajo. No quería hacerla sentir incómoda, así que me apresuré a ayudarla. Finalmente, logró desengancharlos y me quedé completamente desnudo.
Sara pareció algo incómoda por primera vez.
Se apartó de mí un poco y me miró a la cara con una sonrisa suave.
—Listo, hermano —dijo mientras intentaba recuperar su compostura—. Ahora puedes sentarte en la silla que te preparé. Voy a traerte el jabón y la esponja. Y recuerda, no te preocupes por nada, solo relájate.
—Gracias, Sara —le dije con un susurro—. Te lo agradezco mucho.
No pude evitar mirarla mientras se movía en el baño, su espalda mostraba las curvas de su cuerpo, y me di cuenta de que no era la única que había estado nerviosa desde el principio.
Me senté en la silla y Sara se acercó con la esponja y el jabón en la mano. Me los dio y se dio la vuelta, mientras yo me empezaba a lavar.
Mientras tanto, noté que no se apartaba del todo. No pude evitar mirarla, y vi que no me quitaba la vista de encima, a través del espejo. A pesar de que no quería, no pude evitar sonreír un poco al verla sonrojada.
—Sara —musité— ¿estás mirando?
—¡No! ¡No, no lo hago! —me respondió risueña—. ¡Esto no es lo que estoy haciendo en absoluto!
—¡Entiendo! —le dije sonriendo—. Porque he visto a personas con los ojos bien fijos en el espejo. Pero no serías tú.
Sara se sonrojó más.
Parecía que no sabía qué responder, y su sonrisa parecía más una risa nerviosa.
—Bueno, vale, entiendo. Tal vez sí te esté mirando un poco —me admitió con un toque de verguenza en su voz—. Pero es por la sorpresa, no porque tenga un problema con tu cuerpo o algo así. La proxima vez te metes tu solo en la ducha. ¿De acuerdo?
Me reí un poco al escuchar sus palabras y seguí enjabonándome. Pero de pronto, Sara dijo algo que hizo que me detuviera en seco.
—Y hablando de eso, no eres el más indicado para hablar sobre mirar o no mirar —me dijo mientras intentaba ocultar una sonrisa traviesa en su rostro—. La noche pasada no apartaste la vista del espejo cuando me quitaba la ropa para meterme en la cama.
Me quedé petrificado. Me palidecí y mi corazón se detuvo un instante.
—¿Lo sabes? —musité sin saber qué decir—. ¿Cómo te diste cuenta?
Sara sonrió de manera juguetona.
—Lo vi en el espejo —me respondió dándose la vuelta ya sin ningún tipo de tapujo —Asi que creo, señorito que no pasa nada porque yo te eche un vistazo. Alé, sujetate en mis hombros, que voy a sacarte ya de ahí. Me sentí incómodo al saber que había visto lo que hice la noche pasada. La verguenza se apoderó de mí y no pude evitar sentir que había cometido un grave error. Intenté disculparme, pero Sara parecía más relajada que nunca. No había rastro de incomodidad en su rostro. Era como si no hubiera pasado nada.
—Sara… Lo siento… No sabia que estabas viendo…
—No te preocupes por eso, hermano —me dijo mientras me ayudaba a salir de la ducha—. Son solo cuerpos. No hay que hacer tanto drama de algo como eso. No te preocupes, no le dire a nadie lo que hiciste.
—Lo sé, pero siento que he cometido un error. No sé qué me pasó… Lo siento mucho…
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Tras un Accidente me Atiende mi Hermana - Capítulos 001
Era una verdadera lástima observar a mis padres partir desde la ventana de mi habitación. Los veía cargar sus equipos de esquí, preparándose para disfrutar de aquello que solíamos hacer juntos y tanto me apasionaba. Pero esta vez no los acompañaría. Un horrible accidente de tráfico me había dejado con ambas tibias fracturadas, obligándome a enfrentar un largo y tedioso proceso de rehabilitación. Así que, mientras ellos se aventuraban en las pistas, yo pasaría el invierno en casa. No obstante, no estaría solo: mi hermana mayor, Sara, también se quedaría conmigo. Ella tenía que prepararse para los exámenes, por lo que se había resignado a pasar el invierno en casa.
La verdad es que siempre me he llevado muy bien con Sara. Nos llevamos dos años, pero nuestra relación es más cercana que la de la mayoría de los hermanos. Apenas discutimos y, de hecho, hemos llegado a compartir confidencias sobre temas que usualmente no se hablan entre hermanos, menos aún entre un chico y una chica.
Justo en ese momento, Sara apareció en la puerta de mi habitación. Llevaba un pantalón de chándal largo y una sudadera, su atuendo habitual cuando estudiaba en casa. Su cabello rubio y lacio caía sobre sus hombros, y sus ojos azules brillaban con una mezcla de picardía y dulzura. Era muy delgada, casi frágil, pero su sonrisa irradiaba una calidez que siempre lograba tranquilizarme.
—¿Qué pasa, gañán? —me dijo con una media sonrisa, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿No vas a esquiar?
Se estaba burlando, claro, pero lo hacía con esa gracia que la caracterizaba. Yo sonreí, aunque no pude evitar mirar de nuevo por la ventana. Sara se dio cuenta de que, a pesar de mi sonrisa, realmente me entristecía no poder estar allá afuera, en la nieve. Sin decir nada, se acercó y me dio un suave beso en la mejilla.
—Vamos, enano, anímate —me dijo con ternura—. Solo es una temporada de esquí. El año que viene la cogerás con más ganas. Además, ¿no te hace ilusión pasar unos días con tu hermana mayor?
Sonreí ante sus palabras, dejando escapar un pequeño suspiro. Sara siempre sabía cómo hacerme sentir mejor, incluso en los momentos más difíciles.
—Supongo que tienes razón —le respondí, intentando no sonar demasiado desanimado—. Pero va a ser raro no poder esquiar. Ya sabes cuánto me gusta.
Sara asintió, acercándose un poco más y sentándose en el borde de mi cama.
—Lo sé, enano. Pero piensa en esto como una oportunidad para descansar y recargar energías. Y quién sabe, tal vez hasta aprendas algo nuevo.
—¿Aprender algo nuevo? —pregunté, arqueando una ceja, intrigado por lo que se le podría haber ocurrido.
—Claro —respondió con una sonrisa traviesa—. Podríamos hacer una maratón de esas películas viejas que tanto te gustan o... —hizo una pausa, como si estuviera pensando en la idea más descabellada posible—, podríamos cocinar algo juntos. Ya sabes, ponernos creativos en la cocina.
No pude evitar reír ante la imagen mental de ambos haciendo un desastre en la cocina.
—Tú cocinando... eso sería todo un espectáculo —bromeé—. ¿Recuerdas la última vez que intentaste hacer galletas?
Sara puso los ojos en blanco, pero su sonrisa no desapareció.
—Lo sé, lo sé, no soy la mejor chef. Pero con tu ayuda, podríamos evitar que la cocina termine en llamas esta vez.
La idea de hacer algo juntos, aunque fuera tan sencillo como cocinar, comenzó a levantarme el ánimo.
—Está bien —dije finalmente, con un poco más de entusiasmo—. Pero solo si prometes no convertir esto en una lección de química fallida.
Sara soltó una carcajada y me dio un ligero empujón en el hombro.
—Trato hecho, gañán. Ahora, ¿qué te parece si empezamos con un buen chocolate caliente para entrar en calor? Luego podemos planear qué más hacer para que este invierno sea memorable.
Asentí, sintiendo cómo el desánimo comenzaba a desvanecerse. Tal vez este invierno sería diferente, pero con Sara a mi lado, no tenía por qué ser malo.
—Me parece una idea perfecta —respondí, mientras ella se levantaba de la cama y se dirigía hacia la puerta—. Pero recuerda, tú eres la encargada del chocolate caliente. No quiero que me echen la culpa si se quema.
—Oye, que no soy tan mala en la cocina —protestó riendo—. Pero por si acaso, tú encárgate de las nubes de azúcar.
Sara me ayudó a salir de la cama y a sentarme en la silla de ruedas con cuidado. Luego, empezó a empujarme por el pasillo, tarareando una melodía alegre. Mientras avanzábamos, miró hacia mi cuarto y arrugó la nariz, como si notara algo fuera de lugar.
—Deberías ventilar de vez en cuando tu cuarto, hermanito —dijo con una sonrisa burlona—. Cada vez que sales de ahí parece que vuelves a poder respirar.
Sacudí la cabeza, fingiendo indignación, aunque sabía que tenía razón.
—Son las hormonas, Sar… —empecé a decir, pero me detuve en seco, dándome cuenta de lo que iba a confesar.
Ella estalló en carcajadas antes de que pudiera seguir.
—No hace falta que seas tan explícito, enano —respondió, dándome unas suaves palmadas en el hombro—. Con eso ya me hiciste el día.
Aunque estaba un poco avergonzado, su risa era tan contagiosa que no pude evitar unirme a ella. Llegamos a la cocina, que estaba cálida y llena de luz. El aroma del café recién hecho aún flotaba en el aire, y el sol de invierno entraba a raudales por la ventana, dándole al lugar un toque acogedor.
Sara me dejó cerca de la mesa y se dirigió a la estufa.
—Bien, chef —dijo con un tono divertido mientras se ponía un delantal—. ¿Estás listo para nuestra primera creación culinaria? Chocolate caliente con nubes, a la manera de los campeones.
La observé mientras rebuscaba entre los armarios, su energía era contagiosa, y de pronto, me sentí más animado de lo que había estado en semanas.
—Totalmente listo, pero no olvides que soy el supervisor —le respondí con una sonrisa, sacando las nubes de azúcar de la despensa y colocándolas sobre la mesa—. No quiero que arruines esta obra maestra.
—¡No te preocupes, maestro! —dijo, levantando una mano como si jurara solemnemente—. ¡Prometo no defraudar!
Sara se recogió el cabello en una coleta alta, dejando al descubierto su cuello delgado y sus delicadas facciones. La observé desde la silla, sin poder evitar admirarla. Estaba realmente guapa, *era* realmente guapa, y aquello siempre me había costado las pesadas bromas de mis amigos. Cada vez que alguno de ellos la veía, no faltaban los comentarios.
"¿Cómo es que tu hermana salió tan guapa y tú... bueno, tú eres tú?" bromeaban, y aunque en su momento solía reírme para disimular, en el fondo siempre me había incomodado un poco. Era extraño. Sabía que Sara era bonita, y no era raro que la gente lo notara, pero escuchar a otros hablar de ella de esa manera me hacía sentir protector, aunque también, de alguna forma, orgulloso.
Sara, sin embargo, parecía completamente ajena a ese tipo de cosas. Siempre había sido más práctica que vanidosa, y mientras ajustaba el delantal con la coleta alta balanceándose detrás de ella, parecía más enfocada en asegurarse de que el chocolate caliente no se quemara que en su aspecto.
—¿Qué miras, enano? —dijo de repente, sin siquiera volverse a verme, como si hubiera sentido mi mirada.
Me sobresalté un poco, soltando una risa nerviosa.
—Nada... solo me aseguraba de que no fueras a incendiar la cocina —respondí rápidamente, tratando de sonar casual.
Ella giró la cabeza y me lanzó una mirada divertida, entrecerrando los ojos con una sonrisa juguetona.
—Claro, claro... —dijo, volviendo su atención al cazo—. Ya te dije, el chocolate caliente está bajo control. Aunque, si te preocupa tanto, siempre puedes venir a supervisar más de cerca.
Negué con la cabeza, aún sonriendo, y la miré por un momento más antes de dejar escapar un suspiro.
Sara terminó de preparar el chocolate caliente con mucho cuidado, vertiendo la mezcla en dos tazas grandes. Con una sonrisa satisfecha, me acercó una de las tazas antes de sentarse en el sofá, justo a mi lado. Tomé un sorbo del chocolate, disfrutando del calor que se esparcía por mi cuerpo, mientras nos acomodábamos juntos en el sofá.
El silencio se rompió pronto cuando Sara, con una mirada traviesa, me lanzó una pregunta inesperada.
—¿Y qué tal con Sonia? —preguntó de manera casual, pero con ese tono que siempre usaba cuando quería sonsacarme algo interesante.
Me encogí de hombros, tratando de parecer despreocupado, aunque sabía que mis mejillas ya empezaban a ruborizarse un poco.
—Bien… supongo. —Dije, señalando mis piernas escayoladas con un gesto frustrado—. Pero en este estado, ya sabes… es difícil tener o hacer algo.
Sara soltó una carcajada, agitando su taza para enfriar un poco el chocolate.
—Estas chicas de hoy en día —dijo entre risas—, no piensan en otra cosa.
Yo solté una risa nerviosa, dándole la razón. Era fácil hablar de todo esto con Sara, pero aún así, me sentía un poco incómodo.
—Sí, tienes razón —admití, medio sonriendo.
Ella me lanzó una mirada cómplice antes de añadir con picardía:
—Pero bueno, que estés así no lo hace imposible, ¿eh?
Mis mejillas se encendieron en un segundo, y giré la cabeza hacia ella con los ojos abiertos como platos.
—¡Por Dios, Sara! —exclamé, intentando sonar ofendido, aunque la vergüenza me hacía difícil contener la risa.
Ella soltó una carcajada, disfrutando de mi reacción, y me dio un suave empujón en el brazo.
—Tranquilo, enano —dijo, aún riendo—. Solo te estoy tomando el pelo.
Yo me recosté un poco en el sofá, suspirando mientras el calor del chocolate y la compañía de Sara me relajaban.
—Bueno, ¿y tú qué? —le pregunté, aprovechando para desviar la conversación—. ¿Qué tal te va con tus líos amorosos? ¿Piensas aprovechar la casa sola o qué?
Sara puso los ojos en blanco y dejó escapar un suspiro exagerado.
—¿Líos amorosos? —repitió con una mueca—. Nada de eso. Estoy muy fuera de esos temas ahora mismo. Además —añadió, dándome un toque juguetón en la cabeza—, contigo ya tengo suficientes hombres en la casa.
Sonreí, sabiendo que en el fondo Sara estaba enfocada en sus estudios y sus proyectos, siempre responsable y con la cabeza en lo que consideraba más importante. Pero también sentí una extraña tranquilidad al saber que, al menos por ahora, la tendría para mí, compartiendo esos momentos simples y tranquilos.
—Supongo que soy más que suficiente —respondí con una sonrisa cómplice, levantando mi taza de chocolate como si brindara por ello.
Sara levantó la suya, riendo, y chocamos las tazas suavemente.
El sol ya se había puesto cuando Sara me ofreció ver una película en su cuarto. Era la única en la casa con una televisión en su habitación, y los viernes por la noche tenía la costumbre de ver una película, generalmente algo romántico o ligero. Esta vez me invitó a unirme a su rutina. Al principio, no estaba muy entusiasmado con la idea, ya que no era fan del cine empalagoso que solía ver, pero dado que no tenía mucho más que hacer y no tenía sueño, acepté.
Fuimos a su habitación, y Sara me empujaba en la silla de ruedas mientras hablábamos sobre qué película ver.
—Vale, entonces... ¿una de tus comedias románticas? —pregunté con una sonrisa burlona, esperando su típica respuesta.
—Quizá te sorprenda —replicó, guiñándome un ojo—. Tengo algunas opciones. ¿Qué tal una de acción, con una pizca de romance?
—Acción suena bien, pero la "pizca de romance" suena como una trampa —bromeé.
Sara rió, empujando la puerta de su cuarto mientras nos adentrábamos en su pequeño refugio personal. El ambiente era acogedor, con una luz suave que creaba una atmósfera cálida y relajante. Se acercó a su mesita de noche y encendió una lámpara de luz tenue antes de girar mi silla hacia la pared.
—Voy a ponerme el pijama. No mires, que estás castigado —dijo riendo.
La habitación no era muy grande, y había un espejo justo delante de mí que enfocaba su figura mientras se cambiaba de ropa. Al principio intenté desviar mi mirada hacia otro lugar, pero no pude resistirme a la curiosidad. Miré sin hacer ruido, sintiendo una extraña sensación de miedo y excitación.
Sara se quitó la sudadera y se desabrochó el pantalón de chándal. Llevaba un tanga negro que se destacaba contra la palidez de su piel. A pesar de no ser muy alta, tenía un cuerpo delgado y tonificado, lo que siempre me había parecido muy atractivo en ella. Entonces llevó sus manos a los finos hilos del tanga, deslizandolos
por sus caderas y quitándoselo. Estaba tan emocionado que no podía respirar. El corazón me latía aceleradamente en mi pecho mientras intentaba no hacer ruido, con miedo a que descubriera que la había estado observando.
Tenía las piernas largas y delgadas, que se prolongaban en unos pies delicados, y llegaban hasta su pubis, donde se encontraba su coño rasurado. El espejo mostraba una visión perfecta de sus muslos y entrepiernas, que parecían tan suaves que me moría de ganas de acariciarlas con mis dedos. Luego se quitó su sujetador, revelando sus pequeños pechos redondos y sus erectos pezones rosados, que sobresalían orgullosos de sus pezones.
Un instante después, Sara se cubrió con una holgada camiseta blanca y unos pantalones de pijama negros. Se dio vuelta hacia mí con una sonrisa inocente, sin saber que yo había visto su cuerpo desnudo.
—¿Estás listo para ver la película? —me preguntó Sara mientras se acercaba al televisor. La pantalla se iluminó, mostrando el título de la película que había elegido. Me pareció interesante, así que le respondí que sí, dispuesto a verla.
Sara se acomodó en su cama, envolviéndose en una manta, y luego me miró con una sonrisa.
—¿Te importaría acercarte un poco más? —me pidió—. Así ambos podremos ver mejor.
Me sentí un poco incómodo al principio, pero recordé que esto era algo normal entre hermanos, y la idea de compartir ese momento con Sara me hizo sentir más relajado. Con un poco de esfuerzo, me acerqué a su cama y nos acomodamos uno al lado del otro. Ella estaba cómoda bajo la manta, y yo me aseguré de mantener una distancia respetuosa, suficiente para que ambos pudiéramos ver la televisión sin problema.
Mientras la película comenzaba, me invadió un sentimiento de incomodidad al recordar lo del espejo. La imagen que había visto antes, aunque fugaz, seguía rondando en mi mente. Me arrepentía de haberme detenido a mirar; había sido una invasión de privacidad. Me esforzaba por olvidar esa sensación y centrarme en la película, pero los pensamientos confusos no se disipaban tan fácilmente.
Sara tomó un pequeño control remoto para ajustar el volumen y me miró con una expresión satisfecha.
—Espero que esta sea una buena elección —dijo con una sonrisa, mientras se recostaba un poco más sobre la almohada.
—Parece interesante —respondí, intentando concentrarme en la pantalla que ahora mostraba una escena de acción emocionante—. Aunque debo admitir que no tengo mucha experiencia con este tipo de películas.
—Te va a sorprender —dijo Sara, mientras cogía un cojín y lo ajustaba entre nosotros—. A veces, incluso en las historias más predecibles, puedes encontrar algo que te haga sonreír o pensar.
La conversación ligera y el desarrollo de la película me ayudaron a distraerme, aunque los pensamientos seguían agazapados en el fondo de mi mente. La imagen en el espejo había sido clara y me sentía confundido por mis propias reacciones, ¿me había excitado con ella? Pero mientras la trama avanzaba y las escenas se volvían cada vez más intrigantes, mi mente se centró más en el filme.
Nos fuimos sumergiendo en la película, y la conversación se volvió menos frecuente, reemplazada por los comentarios ocasionales sobre las escenas. Sara parecía disfrutar del filme tanto como de la compañía, y yo me di cuenta de que, a pesar de la incomodidad inicial, este momento compartido estaba resultando ser algo especial.
—Me alegro de haberme unido —le dije finalmente, mientras la película se acercaba a su fin—. Ha sido un buen cambio de ritmo.
Sara me sonrió, y con una expresión satisfecha, asintió.
—Me alegra que te haya gustado. Los viernes por la noche siempre son mejores con un buen filme y buena compañía.
Nos recostamos más cómodos en la cama, disfrutando del final de la película y del cálido ambiente que habíamos creado. Me sentía en paz y más cercano a mi hermana que nunca. Finalmente, la película terminó, y Sara se levantó para apagar la televisión.
—Me da mucha pereza volver a llevarte en la silla a tu cuarto —dijo mientras apagaba el televisor—. Duerme esta noche aquí si quieres. Hay lugar para ambos.
Me pareció una propuesta algo inesperada, pero estaba tan cansado que acepté sin pensarlo demasiado. Sara se despidió de mí con un beso en la mejilla antes de acomodarse en su cama y darse la vuelta, ofreciéndome la espalda.
—Gracias, Sara —le dije con una sonrisa, sintiendo una profunda gratitud.
—De nada —respondió, y luego se giró para mirarme—. Buenas noches, hermano. Sueña bien.
—Buenas noches, hermana —le respondí, mientras la observaba acomodarse y acurrucarse debajo de las sábanas.
Me quedé allí, pensando en lo afortunado que era de tener una hermana tan comprensiva. Sin embargo, en medio de la noche me desperté de repente sintiendo un frío intenso. Al abrir los ojos, me di cuenta de que Sara había tomado toda la manta y ahora estaba envuelta en ella, dejándome completamente descubierto.
Traté de deslizarme hacia ella para recuperar la manta, pero era imposible sin despertarla. La llamé en un susurro, pero parecía que estaba profundamente dormida. En medio de mi intento por recuperar algo de calor, escuché su voz entre sueños.
—Mmm… ¿qué pasa? —murmuró Sara sin despertar del todo.
—Sara, no seas acaparadora —le dije en un tono suave, tratando de no despertarla—. Necesito la manta.
A pesar de mi insistencia, no parecía que se fuera a mover. Así que, con cuidado, tiré de la manta para arrebatársela. Finalmente, pude envolverme en ella, sintiendo el calor regresar a mi cuerpo.
Para mi sorpresa, Sara, en lugar de pelear por la manta, se acercó a mí. Puso su cabeza sobre mi pecho, me abrazó y se acomodó más cerca. Me sentí sorprendido por su cercanía, pero también reconfortado.
A pesar de que me sentí afortunado por su gesto, pronto empecé a sentirme incómodo. No era común que Sara se acurrucara conmigo de esa manera, y me sentí como si estuviera invadiendo su espacio. Sin embargo, pronto me di cuenta de que había algo más que me estaba haciendo sentir incómodo. Mientras intentaba dormir, mi mente empezó a vagar por lugares que no debían ser frecuentados por una persona como yo, con las piernas escayoladas y con una hermana hermosa en el pecho.
La imagen de Sara desnuda se repetía en mi mente una y otra vez, y no pude evitar mirarla. Estaba en una posición en la que no podía moverme sin despertarla, y tampoco tenía la fuerza para empujarla hacia un lado. Estaba atrapado, y mi mente se convirtió en una batalla interna mientras intentaba alejar mis pensamientos de su cuerpo desnudo y de sus suaves muslos.
Finalmente, cedí a mis deseos y decidí mirarla. Giré la cabeza hacia un lado para ver si estaba dormida. Sus ojos estaban cerrados, su respiración era regular, y parecía que estaba tranquila. Me sentí culpable por mirarla de esa manera, pero no pude evitarlo. Llevé mi mirada hacia sus piernas y vi que su holgado pijama se había subido mientras dormía, mostrando la mitad de sus muslos. Me moría de ganas de mirarla mejor, pero sabía que no debía hacerlo. Estaba a punto de apartar la vista cuando mi mirada cayó de nuevo en sus piernas. Fue en ese instante cuando algo cambió en mí. Sin saber qué me pasaba, me descubrí intentando apartar la manta de encima de ella para ver más. Me sentí culpable y avergonzado de mí mismo, pero no pude detenerme. Miré hacia su rostro para asegurarme de que aún estaba dormida y, sin hacer ruido, aparté la manta lo suficiente para ver la mayor parte de sus muslos y la cintura de su pijama.
Mi pulso aumentó y me sentí mareado. Sus muslos parecían aún más atractivos que antes. Acaricié su piel suave con las yemas de los dedos, dibujando círculos pequeños en su muslo derecho. Al sentir mi tacto, suspiró, y una de sus piernas se desplazó hacia arriba, posándose sobre mi cintura.
No sabía qué hacer, pero me sentí como si fuera a estallar si no la tocaba más. Fue en ese momento cuando entendí que lo que hacía era algo incorrecto. Me sentí culpable y avergonzado, pero mi excitación y mi necesidad física parecían más fuertes que cualquier otra cosa. Seguí acariciando sus muslos con mis dedos, moviéndolos en pequeños círculos mientras intentaba controlar mi respiración y mi pulso acelerado. Al cabo de un rato, mi mano se aventuró un poco más, intentando llegar a su pantalón. Fue en ese instante cuando decidí que quería verla de nuevo. Quería volver a ver su coño rasurado y sus pechos desnudos.
Quise quitárselo, pero no pude moverme. Estaba paralizado, con miedo de despertarla, mientras mi mano se movía en su pierna, intentando encontrar el borde del pantalón. No pude alcanzarlo sin mover su pierna, así que decidí intentar algo diferente. Giré la palma de mi mano hacia arriba y seguí moviéndola en pequeños círculos, intentando subir su pantalón hacia sus caderas. Me tomó un tiempo y me sentí como si fuera a estallar de la tensión, pero finalmente lo hice. Llevé mi mano a la cintura de su pantalón, y empecé a bajarlo lentamente. Mi corazón golpeaba fuerte contra mi pecho mientras intentaba controlar mi respiración y evitar hacer ruido. El pantalón se bajó por su pierna, y vi su coño de nuevo. Era perfecto. Sus labios internos sobresalían un poco, mostrando un color rosado claro que se destacaba contra la blancura de su piel. Su clítoris era visible entre los labios internos, y sus muslos parecían tan suaves que no pude resistir la tentación de tocarlos.
Fue en ese momento cuando Sara cambió de posición. Dejó caer su pierna de mi cintura y se acurrucó un poco más en la cama, moviéndose hacia el otro lado. La manta se deslizó de nuevo por mi cuerpo, dejándome sin cobertura. Me sentí mareado, pero mi excitación seguía siendo demasiado fuerte.
No pude resistir la tentación. Vi su pierna elevándose en el aire mientras se acomodaba en la cama, mostrándome su trasero. Me masturbé con una mano, moviéndola hacia arriba y hacia abajo mientras miraba su culo redondo y firme, envuelto en su holgado pantalón de pijama. Fue demasiado para mí. Me corrí minutos después, sintiendo un placer intenso que me sacó de quicio. Me sentí agotado y exhausto, pero también culpable y avergonzado de mí mismo.
Me dormí con una mezcla de excitación y culpa, sintiendo que mi hermana me acariciaba en la cama y me hacía sentir como si todo estuviera bien. Sin embargo, sabía que no lo estaba, y no podría perdonarme nunca por lo que hice. Era algo que no podía repetirse, pero también sabía que no podría olvidarlo nunca. Era un secreto que me atormentaría durante mucho tiempo, un secreto que podría romper nuestra relación si alguna vez salía a la luz.
A la mañana siguiente, me desperté con una mezcla de confusión y arrepentimiento en la cabeza. El recuerdo de la noche anterior seguía presente, pero decidí que la mejor manera de lidiar con ello era intentar olvidarlo y seguir adelante. Sabía que la conversación con Sara o cualquier intento de abordar el tema solo complicaría las cosas, así que opté por actuar con normalidad.
Cuando me desperté, encontré a Sara ya en movimiento, con su chándal de casa y el cabello aún húmedo, como si se hubiera duchado. Se acercó a mi cama con una sonrisa relajada.
—¡Buenos días! —dijo mientras me ayudaba a subir a la silla de ruedas—. ¿Dormiste bien?
—Más o menos —respondí, intentando sonar lo más casual posible.
Sara me llevó a la cocina, donde preparaba el desayuno. El aroma del café y el pan recién tostado llenaba la habitación, y me sentí aliviado por la normalidad de la escena. Ella estaba en su elemento, conversando alegremente mientras preparaba la mesa.
—¿Te apetece algo en especial para desayunar? —me preguntó mientras me acomodaba en la silla.
—Lo que tengas está bien —le dije, intentando disfrutar de la tranquilidad del momento.
Sara me sirvió un desayuno sencillo pero delicioso: tostadas con mermelada y un vaso de leche. Mientras comíamos, conversamos sobre cosas triviales, como el clima y los planes para el día. La conversación era ligera y sin complicaciones, lo que me ayudaba a mantener la mente ocupada y a desviar el pensamiento de la noche anterior.
Después del desayuno, Sara me sugirió que saliéramos a dar un paseo por el parque cercano. El aire fresco y el cambio de escenario parecían una buena idea para despejar la mente.
—¿Te apetece un paseo? —me preguntó mientras me ayudaba a ajustar la manta en la silla—. El parque está precioso con el sol de la mañana.
—Sí, suena bien —le respondí, sintiendo que un poco de aire fresco podría hacerme bien.
Sara me empujó por el parque, y el suave sol de la mañana comenzó a levantar mi ánimo. La caminata fue agradable y tranquila, con el canto de los pájaros y el crujido de las hojas bajo nuestras ruedas. La conversación entre nosotros seguía siendo ligera y natural, y la preocupación que había sentido comenzaba a desvanecerse.
—Mira qué bonito está el parque hoy —comentó Sara, señalando un rincón lleno de flores—. Es una buena manera de empezar el día, ¿no crees?
—Sí, definitivamente —respondí, sintiendo que la normalidad de este momento ayudaba a aliviar la tensión que había sentido.
Mientras paseábamos por el parque, el sol de la mañana y el aire fresco comenzaban a levantar nuestro ánimo. Sara empujaba la silla de ruedas con una sonrisa, y la conversación se volvía cada vez más animada.
—¿Sabes qué? —dijo Sara, mirando a su alrededor—. Me siento como una vieja cuando vengo aquí. Es como si todo el parque estuviera a punto de decirme: “¡Oye, señora, ¿qué hace aquí una anciana como tú?”
—¿Anciana? ¡Pero si solo tienes 19 años! —respondí con una sonrisa—. Estás en la flor de la juventud.
—Sí, claro —dijo Sara con una mueca—. Solo que mi cuerpo parece estar en la fase de “ya no puedo hacer lo que hacía antes”. A veces me despierto con dolor de espalda y me pregunto si ya debería estar buscando una silla de ruedas para mí.
—Eso solo significa que estás oficialmente en la etapa de “cuidado con el sofá”, —bromeé—. No es que sea una abuela, solo una persona que prefiere estar cómoda en vez de hacer una maratón de series.
Sara soltó una risa.
—¿Y tú qué sabes de maratones? Si te veo hacer ejercicio, probablemente sea más emocionante que un capítulo de mi serie favorita. Aunque ahora que lo pienso, mi época de adolescente era un caos total. Estaba obsesionada con las modas ridículas y tratando de descifrar los secretos de la vida.
—¿Como qué tipo de secretos? —pregunté, curioso.
—Como intentar entender cómo es posible que el tiempo pase tan lentamente cuando estás en clase, pero tan rápido cuando estás con amigos —dijo Sara—. O como pasar horas en frente del espejo intentando que el maquillaje quede perfecto, solo para darme cuenta de que el truco estaba en que nadie lo notara.
—¡Totalmente! —exclamé—. Recuerdo que, en la adolescencia, creía que sabía todo sobre la vida. Ahora, de adulto, me doy cuenta de que lo único que sabía era cómo encontrar el mejor escondite para comer un bocadillo sin que mis padres lo supieran.
—¡Ah, la pubertad! —dijo Sara, con tono melodramático—. La etapa en la que todos creemos que vamos a conquistar el mundo, pero solo conseguimos conquistar el corazón de la última pizza en la nevera.
—Y luego, de repente, estás en la universidad, buscando cómo pagar el alquiler y darte cuenta de que no hay más pizzas mágicas que aparezcan en el refrigerador —añadí.
Sara se rió.
—Y aquí estoy, con 19 años, sintiéndome como si hubiera pasado por una crisis de mediana edad en la adolescencia. ¡Me siento como una abuelita que se queja del wifi lento!
—¡Vamos, que tienes toda una vida por delante! —le dije—. No te preocupes por sentirte vieja, ¡que todavía estás en la etapa dorada de los veinte!
—Sí, sí —dijo Sara con una sonrisa—. Mientras siga sintiendo que me estoy convirtiendo en una anciana a los 19, prometo mantener el sentido del humor y evitar convertirme en una persona que se queja de la juventud de hoy en día.
Nos reímos juntos mientras continuábamos el paseo, disfrutando del día y de nuestras bromas sobre la pubertad y la adolescencia. La conversación ligera y las risas ayudaron a desviar mi mente de la confusión interna, y me recordaron que, aunque las cosas a veces puedan ser complicadas, los momentos simples con Sara eran lo que realmente importaba.
Al llegar a casa después del paseo por el parque, me sentía más relajado, pero un problema inesperado pronto se hizo evidente: la ducha. Me di cuenta de que necesitaba ducharme, pero con las piernas aún enyesadas, el proceso se volvía complicado. Era algo que no había considerado en absoluto durante el paseo, y ahora estaba enfrentando la incomodidad de la situación.
Sara me miró con una expresión comprensiva pero decidida.
—Bueno, parece que tenemos un pequeño dilema —dijo mientras entrábamos en la casa—. La ducha no se va a tomar sola.
—Sí, claro, pero… ¿cómo voy a hacer eso? —respondí, con un toque de incomodidad en mi voz—. No tengo ni idea de cómo organizar esto con las piernas enyesadas.
Sara soltó una risa suave.
—No te preocupes, voy a ayudarte. No es tan complicado, solo tienes que seguir mis indicaciones. Recuerda, es casi como lo hacía mamá. Solo que, ya sabes, con menos mimos y más eficiencia.
—Perfecto, sólo me faltaba que me recuerdes a mamá en estos momentos —bromeé, intentando aligerar el ambiente—. ¿Qué tal si decido no ducharme hasta que vuelvan mis padres?
Sara me dio un codazo juguetón.
—No es una opción, enano. No quiero que la casa se llene de mal olor mientras tanto. Además, no hay mucha diferencia entre mamá y yo, al final la vergüenza es la misma.
Nos dirigimos al baño, donde Sara preparó todo para la ducha. Colocó una silla en la ducha para que pudiera sentarme mientras ella me ayudaba. Lo que al principio parecía un desafío se convirtió en un proceso algo menos incómodo gracias a la actitud relajada de Sara.
—Vale, vamos a hacerlo por pasos —dijo mientras ajustaba el agua—. Desnudate. Y no te preocupes, no te miraré. Quiero que te sientas cómodo.
—No pasa nada, Sara, de verdad —le aseguré con una sonrisa—. No te preocupes por mí.
—No te preocupes, hermano, estoy aquí para ayudarte. ¿Quieres que te ayude a quitarte la ropa? —me preguntó con una sonrisa inocente.
—Creo que puedo yo — dije quitándome la camiseta completamente rojo de la verguenza.
—Entiendo, no te preocupes —me aseguró—. Entonces, ¿qué tal si te ayudo a quitarte los pantalones?
—Claro, no hay problema —le dije, intentando fingir que no estaba pasando nada fuera de lo normal—. Sólo que no podrás quitármelos sin ayudarte de mí un poco. Tengo las piernas enyesadas, recuerda.
Sara asintió y se acercó a mí, y me tomó de la cintura para apoyarme en sus brazos mientras se quitaban los pantalones. Su contacto me hizo sentir un calor intenso que recorría todo mi cuerpo, pero intenté no mostrarlo. Solo quedaban los calzoncillos. Ella se giró sin yo decirle nada, pero cuando traté de quitarmelos se quedaron enganchados en la escayola.
—Sara... —musité— Necesito ayuda.
Sara se giró hacia mí sin mostrar señales de incomodidad, aunque pude notar la tensión en su cuerpo.
—Entiendo —me dijo mientras intentaba desenganchar los calzoncillos de la escayola. Se movía con lentitud, intentando no rozar mi miembro con sus dedos, y su mirada estaba fija en mi rostro. Pude ver que se esforzaba por no mirarme ahí abajo. No quería hacerla sentir incómoda, así que me apresuré a ayudarla. Finalmente, logró desengancharlos y me quedé completamente desnudo.
Sara pareció algo incómoda por primera vez.
Se apartó de mí un poco y me miró a la cara con una sonrisa suave.
—Listo, hermano —dijo mientras intentaba recuperar su compostura—. Ahora puedes sentarte en la silla que te preparé. Voy a traerte el jabón y la esponja. Y recuerda, no te preocupes por nada, solo relájate.
—Gracias, Sara —le dije con un susurro—. Te lo agradezco mucho.
No pude evitar mirarla mientras se movía en el baño, su espalda mostraba las curvas de su cuerpo, y me di cuenta de que no era la única que había estado nerviosa desde el principio.
Me senté en la silla y Sara se acercó con la esponja y el jabón en la mano. Me los dio y se dio la vuelta, mientras yo me empezaba a lavar.
Mientras tanto, noté que no se apartaba del todo. No pude evitar mirarla, y vi que no me quitaba la vista de encima, a través del espejo. A pesar de que no quería, no pude evitar sonreír un poco al verla sonrojada.
—Sara —musité— ¿estás mirando?
—¡No! ¡No, no lo hago! —me respondió risueña—. ¡Esto no es lo que estoy haciendo en absoluto!
—¡Entiendo! —le dije sonriendo—. Porque he visto a personas con los ojos bien fijos en el espejo. Pero no serías tú.
Sara se sonrojó más.
Parecía que no sabía qué responder, y su sonrisa parecía más una risa nerviosa.
—Bueno, vale, entiendo. Tal vez sí te esté mirando un poco —me admitió con un toque de verguenza en su voz—. Pero es por la sorpresa, no porque tenga un problema con tu cuerpo o algo así. La proxima vez te metes tu solo en la ducha. ¿De acuerdo?
Me reí un poco al escuchar sus palabras y seguí enjabonándome. Pero de pronto, Sara dijo algo que hizo que me detuviera en seco.
—Y hablando de eso, no eres el más indicado para hablar sobre mirar o no mirar —me dijo mientras intentaba ocultar una sonrisa traviesa en su rostro—. La noche pasada no apartaste la vista del espejo cuando me quitaba la ropa para meterme en la cama.
Me quedé petrificado. Me palidecí y mi corazón se detuvo un instante.
—¿Lo sabes? —musité sin saber qué decir—. ¿Cómo te diste cuenta?
Sara sonrió de manera juguetona.
—Lo vi en el espejo —me respondió dándose la vuelta ya sin ningún tipo de tapujo —Asi que creo, señorito que no pasa nada porque yo te eche un vistazo. Alé, sujetate en mis hombros, que voy a sacarte ya de ahí. Me sentí incómodo al saber que había visto lo que hice la noche pasada. La verguenza se apoderó de mí y no pude evitar sentir que había cometido un grave error. Intenté disculparme, pero Sara parecía más relajada que nunca. No había rastro de incomodidad en su rostro. Era como si no hubiera pasado nada.
—Sara… Lo siento… No sabia que estabas viendo…
—No te preocupes por eso, hermano —me dijo mientras me ayudaba a salir de la ducha—. Son solo cuerpos. No hay que hacer tanto drama de algo como eso. No te preocupes, no le dire a nadie lo que hiciste.
—Lo sé, pero siento que he cometido un error. No sé qué me pasó… Lo siento mucho…
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