Tras un Accidente me Atiende mi Hermana - Capítulos 001 al 003

heranlu

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Tras un Accidente me Atiende mi Hermana - Capítulos 001

Era una verdadera lástima observar a mis padres partir desde la ventana de mi habitación. Los veía cargar sus equipos de esquí, preparándose para disfrutar de aquello que solíamos hacer juntos y tanto me apasionaba. Pero esta vez no los acompañaría. Un horrible accidente de tráfico me había dejado con ambas tibias fracturadas, obligándome a enfrentar un largo y tedioso proceso de rehabilitación. Así que, mientras ellos se aventuraban en las pistas, yo pasaría el invierno en casa. No obstante, no estaría solo: mi hermana mayor, Sara, también se quedaría conmigo. Ella tenía que prepararse para los exámenes, por lo que se había resignado a pasar el invierno en casa.

La verdad es que siempre me he llevado muy bien con Sara. Nos llevamos dos años, pero nuestra relación es más cercana que la de la mayoría de los hermanos. Apenas discutimos y, de hecho, hemos llegado a compartir confidencias sobre temas que usualmente no se hablan entre hermanos, menos aún entre un chico y una chica.

Justo en ese momento, Sara apareció en la puerta de mi habitación. Llevaba un pantalón de chándal largo y una sudadera, su atuendo habitual cuando estudiaba en casa. Su cabello rubio y lacio caía sobre sus hombros, y sus ojos azules brillaban con una mezcla de picardía y dulzura. Era muy delgada, casi frágil, pero su sonrisa irradiaba una calidez que siempre lograba tranquilizarme.

—¿Qué pasa, gañán? —me dijo con una media sonrisa, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿No vas a esquiar?

Se estaba burlando, claro, pero lo hacía con esa gracia que la caracterizaba. Yo sonreí, aunque no pude evitar mirar de nuevo por la ventana. Sara se dio cuenta de que, a pesar de mi sonrisa, realmente me entristecía no poder estar allá afuera, en la nieve. Sin decir nada, se acercó y me dio un suave beso en la mejilla.

—Vamos, enano, anímate —me dijo con ternura—. Solo es una temporada de esquí. El año que viene la cogerás con más ganas. Además, ¿no te hace ilusión pasar unos días con tu hermana mayor?

Sonreí ante sus palabras, dejando escapar un pequeño suspiro. Sara siempre sabía cómo hacerme sentir mejor, incluso en los momentos más difíciles.

—Supongo que tienes razón —le respondí, intentando no sonar demasiado desanimado—. Pero va a ser raro no poder esquiar. Ya sabes cuánto me gusta.

Sara asintió, acercándose un poco más y sentándose en el borde de mi cama.

—Lo sé, enano. Pero piensa en esto como una oportunidad para descansar y recargar energías. Y quién sabe, tal vez hasta aprendas algo nuevo.

—¿Aprender algo nuevo? —pregunté, arqueando una ceja, intrigado por lo que se le podría haber ocurrido.

—Claro —respondió con una sonrisa traviesa—. Podríamos hacer una maratón de esas películas viejas que tanto te gustan o... —hizo una pausa, como si estuviera pensando en la idea más descabellada posible—, podríamos cocinar algo juntos. Ya sabes, ponernos creativos en la cocina.

No pude evitar reír ante la imagen mental de ambos haciendo un desastre en la cocina.

—Tú cocinando... eso sería todo un espectáculo —bromeé—. ¿Recuerdas la última vez que intentaste hacer galletas?

Sara puso los ojos en blanco, pero su sonrisa no desapareció.

—Lo sé, lo sé, no soy la mejor chef. Pero con tu ayuda, podríamos evitar que la cocina termine en llamas esta vez.

La idea de hacer algo juntos, aunque fuera tan sencillo como cocinar, comenzó a levantarme el ánimo.

—Está bien —dije finalmente, con un poco más de entusiasmo—. Pero solo si prometes no convertir esto en una lección de química fallida.

Sara soltó una carcajada y me dio un ligero empujón en el hombro.

—Trato hecho, gañán. Ahora, ¿qué te parece si empezamos con un buen chocolate caliente para entrar en calor? Luego podemos planear qué más hacer para que este invierno sea memorable.

Asentí, sintiendo cómo el desánimo comenzaba a desvanecerse. Tal vez este invierno sería diferente, pero con Sara a mi lado, no tenía por qué ser malo.

—Me parece una idea perfecta —respondí, mientras ella se levantaba de la cama y se dirigía hacia la puerta—. Pero recuerda, tú eres la encargada del chocolate caliente. No quiero que me echen la culpa si se quema.

—Oye, que no soy tan mala en la cocina —protestó riendo—. Pero por si acaso, tú encárgate de las nubes de azúcar.

Sara me ayudó a salir de la cama y a sentarme en la silla de ruedas con cuidado. Luego, empezó a empujarme por el pasillo, tarareando una melodía alegre. Mientras avanzábamos, miró hacia mi cuarto y arrugó la nariz, como si notara algo fuera de lugar.

—Deberías ventilar de vez en cuando tu cuarto, hermanito —dijo con una sonrisa burlona—. Cada vez que sales de ahí parece que vuelves a poder respirar.

Sacudí la cabeza, fingiendo indignación, aunque sabía que tenía razón.

—Son las hormonas, Sar… —empecé a decir, pero me detuve en seco, dándome cuenta de lo que iba a confesar.

Ella estalló en carcajadas antes de que pudiera seguir.

—No hace falta que seas tan explícito, enano —respondió, dándome unas suaves palmadas en el hombro—. Con eso ya me hiciste el día.

Aunque estaba un poco avergonzado, su risa era tan contagiosa que no pude evitar unirme a ella. Llegamos a la cocina, que estaba cálida y llena de luz. El aroma del café recién hecho aún flotaba en el aire, y el sol de invierno entraba a raudales por la ventana, dándole al lugar un toque acogedor.

Sara me dejó cerca de la mesa y se dirigió a la estufa.

—Bien, chef —dijo con un tono divertido mientras se ponía un delantal—. ¿Estás listo para nuestra primera creación culinaria? Chocolate caliente con nubes, a la manera de los campeones.

La observé mientras rebuscaba entre los armarios, su energía era contagiosa, y de pronto, me sentí más animado de lo que había estado en semanas.

—Totalmente listo, pero no olvides que soy el supervisor —le respondí con una sonrisa, sacando las nubes de azúcar de la despensa y colocándolas sobre la mesa—. No quiero que arruines esta obra maestra.

—¡No te preocupes, maestro! —dijo, levantando una mano como si jurara solemnemente—. ¡Prometo no defraudar!

Sara se recogió el cabello en una coleta alta, dejando al descubierto su cuello delgado y sus delicadas facciones. La observé desde la silla, sin poder evitar admirarla. Estaba realmente guapa, *era* realmente guapa, y aquello siempre me había costado las pesadas bromas de mis amigos. Cada vez que alguno de ellos la veía, no faltaban los comentarios.

"¿Cómo es que tu hermana salió tan guapa y tú... bueno, tú eres tú?" bromeaban, y aunque en su momento solía reírme para disimular, en el fondo siempre me había incomodado un poco. Era extraño. Sabía que Sara era bonita, y no era raro que la gente lo notara, pero escuchar a otros hablar de ella de esa manera me hacía sentir protector, aunque también, de alguna forma, orgulloso.

Sara, sin embargo, parecía completamente ajena a ese tipo de cosas. Siempre había sido más práctica que vanidosa, y mientras ajustaba el delantal con la coleta alta balanceándose detrás de ella, parecía más enfocada en asegurarse de que el chocolate caliente no se quemara que en su aspecto.

—¿Qué miras, enano? —dijo de repente, sin siquiera volverse a verme, como si hubiera sentido mi mirada.

Me sobresalté un poco, soltando una risa nerviosa.

—Nada... solo me aseguraba de que no fueras a incendiar la cocina —respondí rápidamente, tratando de sonar casual.

Ella giró la cabeza y me lanzó una mirada divertida, entrecerrando los ojos con una sonrisa juguetona.

—Claro, claro... —dijo, volviendo su atención al cazo—. Ya te dije, el chocolate caliente está bajo control. Aunque, si te preocupa tanto, siempre puedes venir a supervisar más de cerca.

Negué con la cabeza, aún sonriendo, y la miré por un momento más antes de dejar escapar un suspiro.

Sara terminó de preparar el chocolate caliente con mucho cuidado, vertiendo la mezcla en dos tazas grandes. Con una sonrisa satisfecha, me acercó una de las tazas antes de sentarse en el sofá, justo a mi lado. Tomé un sorbo del chocolate, disfrutando del calor que se esparcía por mi cuerpo, mientras nos acomodábamos juntos en el sofá.

El silencio se rompió pronto cuando Sara, con una mirada traviesa, me lanzó una pregunta inesperada.

—¿Y qué tal con Sonia? —preguntó de manera casual, pero con ese tono que siempre usaba cuando quería sonsacarme algo interesante.

Me encogí de hombros, tratando de parecer despreocupado, aunque sabía que mis mejillas ya empezaban a ruborizarse un poco.

—Bien… supongo. —Dije, señalando mis piernas escayoladas con un gesto frustrado—. Pero en este estado, ya sabes… es difícil tener o hacer algo.

Sara soltó una carcajada, agitando su taza para enfriar un poco el chocolate.

—Estas chicas de hoy en día —dijo entre risas—, no piensan en otra cosa.

Yo solté una risa nerviosa, dándole la razón. Era fácil hablar de todo esto con Sara, pero aún así, me sentía un poco incómodo.

—Sí, tienes razón —admití, medio sonriendo.

Ella me lanzó una mirada cómplice antes de añadir con picardía:

—Pero bueno, que estés así no lo hace imposible, ¿eh?

Mis mejillas se encendieron en un segundo, y giré la cabeza hacia ella con los ojos abiertos como platos.

—¡Por Dios, Sara! —exclamé, intentando sonar ofendido, aunque la vergüenza me hacía difícil contener la risa.

Ella soltó una carcajada, disfrutando de mi reacción, y me dio un suave empujón en el brazo.

—Tranquilo, enano —dijo, aún riendo—. Solo te estoy tomando el pelo.

Yo me recosté un poco en el sofá, suspirando mientras el calor del chocolate y la compañía de Sara me relajaban.

—Bueno, ¿y tú qué? —le pregunté, aprovechando para desviar la conversación—. ¿Qué tal te va con tus líos amorosos? ¿Piensas aprovechar la casa sola o qué?

Sara puso los ojos en blanco y dejó escapar un suspiro exagerado.

—¿Líos amorosos? —repitió con una mueca—. Nada de eso. Estoy muy fuera de esos temas ahora mismo. Además —añadió, dándome un toque juguetón en la cabeza—, contigo ya tengo suficientes hombres en la casa.

Sonreí, sabiendo que en el fondo Sara estaba enfocada en sus estudios y sus proyectos, siempre responsable y con la cabeza en lo que consideraba más importante. Pero también sentí una extraña tranquilidad al saber que, al menos por ahora, la tendría para mí, compartiendo esos momentos simples y tranquilos.

—Supongo que soy más que suficiente —respondí con una sonrisa cómplice, levantando mi taza de chocolate como si brindara por ello.

Sara levantó la suya, riendo, y chocamos las tazas suavemente.

El sol ya se había puesto cuando Sara me ofreció ver una película en su cuarto. Era la única en la casa con una televisión en su habitación, y los viernes por la noche tenía la costumbre de ver una película, generalmente algo romántico o ligero. Esta vez me invitó a unirme a su rutina. Al principio, no estaba muy entusiasmado con la idea, ya que no era fan del cine empalagoso que solía ver, pero dado que no tenía mucho más que hacer y no tenía sueño, acepté.

Fuimos a su habitación, y Sara me empujaba en la silla de ruedas mientras hablábamos sobre qué película ver.

—Vale, entonces... ¿una de tus comedias románticas? —pregunté con una sonrisa burlona, esperando su típica respuesta.

—Quizá te sorprenda —replicó, guiñándome un ojo—. Tengo algunas opciones. ¿Qué tal una de acción, con una pizca de romance?

—Acción suena bien, pero la "pizca de romance" suena como una trampa —bromeé.

Sara rió, empujando la puerta de su cuarto mientras nos adentrábamos en su pequeño refugio personal. El ambiente era acogedor, con una luz suave que creaba una atmósfera cálida y relajante. Se acercó a su mesita de noche y encendió una lámpara de luz tenue antes de girar mi silla hacia la pared.

—Voy a ponerme el pijama. No mires, que estás castigado —dijo riendo.

La habitación no era muy grande, y había un espejo justo delante de mí que enfocaba su figura mientras se cambiaba de ropa. Al principio intenté desviar mi mirada hacia otro lugar, pero no pude resistirme a la curiosidad. Miré sin hacer ruido, sintiendo una extraña sensación de miedo y excitación.

Sara se quitó la sudadera y se desabrochó el pantalón de chándal. Llevaba un tanga negro que se destacaba contra la palidez de su piel. A pesar de no ser muy alta, tenía un cuerpo delgado y tonificado, lo que siempre me había parecido muy atractivo en ella. Entonces llevó sus manos a los finos hilos del tanga, deslizandolos

por sus caderas y quitándoselo. Estaba tan emocionado que no podía respirar. El corazón me latía aceleradamente en mi pecho mientras intentaba no hacer ruido, con miedo a que descubriera que la había estado observando.

Tenía las piernas largas y delgadas, que se prolongaban en unos pies delicados, y llegaban hasta su pubis, donde se encontraba su coño rasurado. El espejo mostraba una visión perfecta de sus muslos y entrepiernas, que parecían tan suaves que me moría de ganas de acariciarlas con mis dedos. Luego se quitó su sujetador, revelando sus pequeños pechos redondos y sus erectos pezones rosados, que sobresalían orgullosos de sus pezones.

Un instante después, Sara se cubrió con una holgada camiseta blanca y unos pantalones de pijama negros. Se dio vuelta hacia mí con una sonrisa inocente, sin saber que yo había visto su cuerpo desnudo.

—¿Estás listo para ver la película? —me preguntó Sara mientras se acercaba al televisor. La pantalla se iluminó, mostrando el título de la película que había elegido. Me pareció interesante, así que le respondí que sí, dispuesto a verla.

Sara se acomodó en su cama, envolviéndose en una manta, y luego me miró con una sonrisa.

—¿Te importaría acercarte un poco más? —me pidió—. Así ambos podremos ver mejor.

Me sentí un poco incómodo al principio, pero recordé que esto era algo normal entre hermanos, y la idea de compartir ese momento con Sara me hizo sentir más relajado. Con un poco de esfuerzo, me acerqué a su cama y nos acomodamos uno al lado del otro. Ella estaba cómoda bajo la manta, y yo me aseguré de mantener una distancia respetuosa, suficiente para que ambos pudiéramos ver la televisión sin problema.

Mientras la película comenzaba, me invadió un sentimiento de incomodidad al recordar lo del espejo. La imagen que había visto antes, aunque fugaz, seguía rondando en mi mente. Me arrepentía de haberme detenido a mirar; había sido una invasión de privacidad. Me esforzaba por olvidar esa sensación y centrarme en la película, pero los pensamientos confusos no se disipaban tan fácilmente.

Sara tomó un pequeño control remoto para ajustar el volumen y me miró con una expresión satisfecha.

—Espero que esta sea una buena elección —dijo con una sonrisa, mientras se recostaba un poco más sobre la almohada.

—Parece interesante —respondí, intentando concentrarme en la pantalla que ahora mostraba una escena de acción emocionante—. Aunque debo admitir que no tengo mucha experiencia con este tipo de películas.

—Te va a sorprender —dijo Sara, mientras cogía un cojín y lo ajustaba entre nosotros—. A veces, incluso en las historias más predecibles, puedes encontrar algo que te haga sonreír o pensar.

La conversación ligera y el desarrollo de la película me ayudaron a distraerme, aunque los pensamientos seguían agazapados en el fondo de mi mente. La imagen en el espejo había sido clara y me sentía confundido por mis propias reacciones, ¿me había excitado con ella? Pero mientras la trama avanzaba y las escenas se volvían cada vez más intrigantes, mi mente se centró más en el filme.

Nos fuimos sumergiendo en la película, y la conversación se volvió menos frecuente, reemplazada por los comentarios ocasionales sobre las escenas. Sara parecía disfrutar del filme tanto como de la compañía, y yo me di cuenta de que, a pesar de la incomodidad inicial, este momento compartido estaba resultando ser algo especial.

—Me alegro de haberme unido —le dije finalmente, mientras la película se acercaba a su fin—. Ha sido un buen cambio de ritmo.

Sara me sonrió, y con una expresión satisfecha, asintió.

—Me alegra que te haya gustado. Los viernes por la noche siempre son mejores con un buen filme y buena compañía.

Nos recostamos más cómodos en la cama, disfrutando del final de la película y del cálido ambiente que habíamos creado. Me sentía en paz y más cercano a mi hermana que nunca. Finalmente, la película terminó, y Sara se levantó para apagar la televisión.

—Me da mucha pereza volver a llevarte en la silla a tu cuarto —dijo mientras apagaba el televisor—. Duerme esta noche aquí si quieres. Hay lugar para ambos.

Me pareció una propuesta algo inesperada, pero estaba tan cansado que acepté sin pensarlo demasiado. Sara se despidió de mí con un beso en la mejilla antes de acomodarse en su cama y darse la vuelta, ofreciéndome la espalda.

—Gracias, Sara —le dije con una sonrisa, sintiendo una profunda gratitud.

—De nada —respondió, y luego se giró para mirarme—. Buenas noches, hermano. Sueña bien.

—Buenas noches, hermana —le respondí, mientras la observaba acomodarse y acurrucarse debajo de las sábanas.

Me quedé allí, pensando en lo afortunado que era de tener una hermana tan comprensiva. Sin embargo, en medio de la noche me desperté de repente sintiendo un frío intenso. Al abrir los ojos, me di cuenta de que Sara había tomado toda la manta y ahora estaba envuelta en ella, dejándome completamente descubierto.

Traté de deslizarme hacia ella para recuperar la manta, pero era imposible sin despertarla. La llamé en un susurro, pero parecía que estaba profundamente dormida. En medio de mi intento por recuperar algo de calor, escuché su voz entre sueños.

—Mmm… ¿qué pasa? —murmuró Sara sin despertar del todo.

—Sara, no seas acaparadora —le dije en un tono suave, tratando de no despertarla—. Necesito la manta.

A pesar de mi insistencia, no parecía que se fuera a mover. Así que, con cuidado, tiré de la manta para arrebatársela. Finalmente, pude envolverme en ella, sintiendo el calor regresar a mi cuerpo.

Para mi sorpresa, Sara, en lugar de pelear por la manta, se acercó a mí. Puso su cabeza sobre mi pecho, me abrazó y se acomodó más cerca. Me sentí sorprendido por su cercanía, pero también reconfortado.

A pesar de que me sentí afortunado por su gesto, pronto empecé a sentirme incómodo. No era común que Sara se acurrucara conmigo de esa manera, y me sentí como si estuviera invadiendo su espacio. Sin embargo, pronto me di cuenta de que había algo más que me estaba haciendo sentir incómodo. Mientras intentaba dormir, mi mente empezó a vagar por lugares que no debían ser frecuentados por una persona como yo, con las piernas escayoladas y con una hermana hermosa en el pecho.

La imagen de Sara desnuda se repetía en mi mente una y otra vez, y no pude evitar mirarla. Estaba en una posición en la que no podía moverme sin despertarla, y tampoco tenía la fuerza para empujarla hacia un lado. Estaba atrapado, y mi mente se convirtió en una batalla interna mientras intentaba alejar mis pensamientos de su cuerpo desnudo y de sus suaves muslos.

Finalmente, cedí a mis deseos y decidí mirarla. Giré la cabeza hacia un lado para ver si estaba dormida. Sus ojos estaban cerrados, su respiración era regular, y parecía que estaba tranquila. Me sentí culpable por mirarla de esa manera, pero no pude evitarlo. Llevé mi mirada hacia sus piernas y vi que su holgado pijama se había subido mientras dormía, mostrando la mitad de sus muslos. Me moría de ganas de mirarla mejor, pero sabía que no debía hacerlo. Estaba a punto de apartar la vista cuando mi mirada cayó de nuevo en sus piernas. Fue en ese instante cuando algo cambió en mí. Sin saber qué me pasaba, me descubrí intentando apartar la manta de encima de ella para ver más. Me sentí culpable y avergonzado de mí mismo, pero no pude detenerme. Miré hacia su rostro para asegurarme de que aún estaba dormida y, sin hacer ruido, aparté la manta lo suficiente para ver la mayor parte de sus muslos y la cintura de su pijama.

Mi pulso aumentó y me sentí mareado. Sus muslos parecían aún más atractivos que antes. Acaricié su piel suave con las yemas de los dedos, dibujando círculos pequeños en su muslo derecho. Al sentir mi tacto, suspiró, y una de sus piernas se desplazó hacia arriba, posándose sobre mi cintura.

No sabía qué hacer, pero me sentí como si fuera a estallar si no la tocaba más. Fue en ese momento cuando entendí que lo que hacía era algo incorrecto. Me sentí culpable y avergonzado, pero mi excitación y mi necesidad física parecían más fuertes que cualquier otra cosa. Seguí acariciando sus muslos con mis dedos, moviéndolos en pequeños círculos mientras intentaba controlar mi respiración y mi pulso acelerado. Al cabo de un rato, mi mano se aventuró un poco más, intentando llegar a su pantalón. Fue en ese instante cuando decidí que quería verla de nuevo. Quería volver a ver su coño rasurado y sus pechos desnudos.

Quise quitárselo, pero no pude moverme. Estaba paralizado, con miedo de despertarla, mientras mi mano se movía en su pierna, intentando encontrar el borde del pantalón. No pude alcanzarlo sin mover su pierna, así que decidí intentar algo diferente. Giré la palma de mi mano hacia arriba y seguí moviéndola en pequeños círculos, intentando subir su pantalón hacia sus caderas. Me tomó un tiempo y me sentí como si fuera a estallar de la tensión, pero finalmente lo hice. Llevé mi mano a la cintura de su pantalón, y empecé a bajarlo lentamente. Mi corazón golpeaba fuerte contra mi pecho mientras intentaba controlar mi respiración y evitar hacer ruido. El pantalón se bajó por su pierna, y vi su coño de nuevo. Era perfecto. Sus labios internos sobresalían un poco, mostrando un color rosado claro que se destacaba contra la blancura de su piel. Su clítoris era visible entre los labios internos, y sus muslos parecían tan suaves que no pude resistir la tentación de tocarlos.

Fue en ese momento cuando Sara cambió de posición. Dejó caer su pierna de mi cintura y se acurrucó un poco más en la cama, moviéndose hacia el otro lado. La manta se deslizó de nuevo por mi cuerpo, dejándome sin cobertura. Me sentí mareado, pero mi excitación seguía siendo demasiado fuerte.

No pude resistir la tentación. Vi su pierna elevándose en el aire mientras se acomodaba en la cama, mostrándome su trasero. Me masturbé con una mano, moviéndola hacia arriba y hacia abajo mientras miraba su culo redondo y firme, envuelto en su holgado pantalón de pijama. Fue demasiado para mí. Me corrí minutos después, sintiendo un placer intenso que me sacó de quicio. Me sentí agotado y exhausto, pero también culpable y avergonzado de mí mismo.

Me dormí con una mezcla de excitación y culpa, sintiendo que mi hermana me acariciaba en la cama y me hacía sentir como si todo estuviera bien. Sin embargo, sabía que no lo estaba, y no podría perdonarme nunca por lo que hice. Era algo que no podía repetirse, pero también sabía que no podría olvidarlo nunca. Era un secreto que me atormentaría durante mucho tiempo, un secreto que podría romper nuestra relación si alguna vez salía a la luz.

A la mañana siguiente, me desperté con una mezcla de confusión y arrepentimiento en la cabeza. El recuerdo de la noche anterior seguía presente, pero decidí que la mejor manera de lidiar con ello era intentar olvidarlo y seguir adelante. Sabía que la conversación con Sara o cualquier intento de abordar el tema solo complicaría las cosas, así que opté por actuar con normalidad.

Cuando me desperté, encontré a Sara ya en movimiento, con su chándal de casa y el cabello aún húmedo, como si se hubiera duchado. Se acercó a mi cama con una sonrisa relajada.

—¡Buenos días! —dijo mientras me ayudaba a subir a la silla de ruedas—. ¿Dormiste bien?

—Más o menos —respondí, intentando sonar lo más casual posible.

Sara me llevó a la cocina, donde preparaba el desayuno. El aroma del café y el pan recién tostado llenaba la habitación, y me sentí aliviado por la normalidad de la escena. Ella estaba en su elemento, conversando alegremente mientras preparaba la mesa.

—¿Te apetece algo en especial para desayunar? —me preguntó mientras me acomodaba en la silla.

—Lo que tengas está bien —le dije, intentando disfrutar de la tranquilidad del momento.

Sara me sirvió un desayuno sencillo pero delicioso: tostadas con mermelada y un vaso de leche. Mientras comíamos, conversamos sobre cosas triviales, como el clima y los planes para el día. La conversación era ligera y sin complicaciones, lo que me ayudaba a mantener la mente ocupada y a desviar el pensamiento de la noche anterior.

Después del desayuno, Sara me sugirió que saliéramos a dar un paseo por el parque cercano. El aire fresco y el cambio de escenario parecían una buena idea para despejar la mente.

—¿Te apetece un paseo? —me preguntó mientras me ayudaba a ajustar la manta en la silla—. El parque está precioso con el sol de la mañana.

—Sí, suena bien —le respondí, sintiendo que un poco de aire fresco podría hacerme bien.

Sara me empujó por el parque, y el suave sol de la mañana comenzó a levantar mi ánimo. La caminata fue agradable y tranquila, con el canto de los pájaros y el crujido de las hojas bajo nuestras ruedas. La conversación entre nosotros seguía siendo ligera y natural, y la preocupación que había sentido comenzaba a desvanecerse.

—Mira qué bonito está el parque hoy —comentó Sara, señalando un rincón lleno de flores—. Es una buena manera de empezar el día, ¿no crees?

—Sí, definitivamente —respondí, sintiendo que la normalidad de este momento ayudaba a aliviar la tensión que había sentido.

Mientras paseábamos por el parque, el sol de la mañana y el aire fresco comenzaban a levantar nuestro ánimo. Sara empujaba la silla de ruedas con una sonrisa, y la conversación se volvía cada vez más animada.

—¿Sabes qué? —dijo Sara, mirando a su alrededor—. Me siento como una vieja cuando vengo aquí. Es como si todo el parque estuviera a punto de decirme: “¡Oye, señora, ¿qué hace aquí una anciana como tú?”

—¿Anciana? ¡Pero si solo tienes 19 años! —respondí con una sonrisa—. Estás en la flor de la juventud.

—Sí, claro —dijo Sara con una mueca—. Solo que mi cuerpo parece estar en la fase de “ya no puedo hacer lo que hacía antes”. A veces me despierto con dolor de espalda y me pregunto si ya debería estar buscando una silla de ruedas para mí.

—Eso solo significa que estás oficialmente en la etapa de “cuidado con el sofá”, —bromeé—. No es que sea una abuela, solo una persona que prefiere estar cómoda en vez de hacer una maratón de series.

Sara soltó una risa.

—¿Y tú qué sabes de maratones? Si te veo hacer ejercicio, probablemente sea más emocionante que un capítulo de mi serie favorita. Aunque ahora que lo pienso, mi época de adolescente era un caos total. Estaba obsesionada con las modas ridículas y tratando de descifrar los secretos de la vida.

—¿Como qué tipo de secretos? —pregunté, curioso.

—Como intentar entender cómo es posible que el tiempo pase tan lentamente cuando estás en clase, pero tan rápido cuando estás con amigos —dijo Sara—. O como pasar horas en frente del espejo intentando que el maquillaje quede perfecto, solo para darme cuenta de que el truco estaba en que nadie lo notara.

—¡Totalmente! —exclamé—. Recuerdo que, en la adolescencia, creía que sabía todo sobre la vida. Ahora, de adulto, me doy cuenta de que lo único que sabía era cómo encontrar el mejor escondite para comer un bocadillo sin que mis padres lo supieran.

—¡Ah, la pubertad! —dijo Sara, con tono melodramático—. La etapa en la que todos creemos que vamos a conquistar el mundo, pero solo conseguimos conquistar el corazón de la última pizza en la nevera.

—Y luego, de repente, estás en la universidad, buscando cómo pagar el alquiler y darte cuenta de que no hay más pizzas mágicas que aparezcan en el refrigerador —añadí.

Sara se rió.

—Y aquí estoy, con 19 años, sintiéndome como si hubiera pasado por una crisis de mediana edad en la adolescencia. ¡Me siento como una abuelita que se queja del wifi lento!

—¡Vamos, que tienes toda una vida por delante! —le dije—. No te preocupes por sentirte vieja, ¡que todavía estás en la etapa dorada de los veinte!

—Sí, sí —dijo Sara con una sonrisa—. Mientras siga sintiendo que me estoy convirtiendo en una anciana a los 19, prometo mantener el sentido del humor y evitar convertirme en una persona que se queja de la juventud de hoy en día.

Nos reímos juntos mientras continuábamos el paseo, disfrutando del día y de nuestras bromas sobre la pubertad y la adolescencia. La conversación ligera y las risas ayudaron a desviar mi mente de la confusión interna, y me recordaron que, aunque las cosas a veces puedan ser complicadas, los momentos simples con Sara eran lo que realmente importaba.

Al llegar a casa después del paseo por el parque, me sentía más relajado, pero un problema inesperado pronto se hizo evidente: la ducha. Me di cuenta de que necesitaba ducharme, pero con las piernas aún enyesadas, el proceso se volvía complicado. Era algo que no había considerado en absoluto durante el paseo, y ahora estaba enfrentando la incomodidad de la situación.

Sara me miró con una expresión comprensiva pero decidida.

—Bueno, parece que tenemos un pequeño dilema —dijo mientras entrábamos en la casa—. La ducha no se va a tomar sola.

—Sí, claro, pero… ¿cómo voy a hacer eso? —respondí, con un toque de incomodidad en mi voz—. No tengo ni idea de cómo organizar esto con las piernas enyesadas.

Sara soltó una risa suave.

—No te preocupes, voy a ayudarte. No es tan complicado, solo tienes que seguir mis indicaciones. Recuerda, es casi como lo hacía mamá. Solo que, ya sabes, con menos mimos y más eficiencia.

—Perfecto, sólo me faltaba que me recuerdes a mamá en estos momentos —bromeé, intentando aligerar el ambiente—. ¿Qué tal si decido no ducharme hasta que vuelvan mis padres?

Sara me dio un codazo juguetón.

—No es una opción, enano. No quiero que la casa se llene de mal olor mientras tanto. Además, no hay mucha diferencia entre mamá y yo, al final la vergüenza es la misma.

Nos dirigimos al baño, donde Sara preparó todo para la ducha. Colocó una silla en la ducha para que pudiera sentarme mientras ella me ayudaba. Lo que al principio parecía un desafío se convirtió en un proceso algo menos incómodo gracias a la actitud relajada de Sara.

—Vale, vamos a hacerlo por pasos —dijo mientras ajustaba el agua—. Desnudate. Y no te preocupes, no te miraré. Quiero que te sientas cómodo.

—No pasa nada, Sara, de verdad —le aseguré con una sonrisa—. No te preocupes por mí.

—No te preocupes, hermano, estoy aquí para ayudarte. ¿Quieres que te ayude a quitarte la ropa? —me preguntó con una sonrisa inocente.

—Creo que puedo yo — dije quitándome la camiseta completamente rojo de la verguenza.

—Entiendo, no te preocupes —me aseguró—. Entonces, ¿qué tal si te ayudo a quitarte los pantalones?

—Claro, no hay problema —le dije, intentando fingir que no estaba pasando nada fuera de lo normal—. Sólo que no podrás quitármelos sin ayudarte de mí un poco. Tengo las piernas enyesadas, recuerda.

Sara asintió y se acercó a mí, y me tomó de la cintura para apoyarme en sus brazos mientras se quitaban los pantalones. Su contacto me hizo sentir un calor intenso que recorría todo mi cuerpo, pero intenté no mostrarlo. Solo quedaban los calzoncillos. Ella se giró sin yo decirle nada, pero cuando traté de quitarmelos se quedaron enganchados en la escayola.

—Sara... —musité— Necesito ayuda.

Sara se giró hacia mí sin mostrar señales de incomodidad, aunque pude notar la tensión en su cuerpo.

—Entiendo —me dijo mientras intentaba desenganchar los calzoncillos de la escayola. Se movía con lentitud, intentando no rozar mi miembro con sus dedos, y su mirada estaba fija en mi rostro. Pude ver que se esforzaba por no mirarme ahí abajo. No quería hacerla sentir incómoda, así que me apresuré a ayudarla. Finalmente, logró desengancharlos y me quedé completamente desnudo.

Sara pareció algo incómoda por primera vez.

Se apartó de mí un poco y me miró a la cara con una sonrisa suave.

—Listo, hermano —dijo mientras intentaba recuperar su compostura—. Ahora puedes sentarte en la silla que te preparé. Voy a traerte el jabón y la esponja. Y recuerda, no te preocupes por nada, solo relájate.

—Gracias, Sara —le dije con un susurro—. Te lo agradezco mucho.

No pude evitar mirarla mientras se movía en el baño, su espalda mostraba las curvas de su cuerpo, y me di cuenta de que no era la única que había estado nerviosa desde el principio.

Me senté en la silla y Sara se acercó con la esponja y el jabón en la mano. Me los dio y se dio la vuelta, mientras yo me empezaba a lavar.

Mientras tanto, noté que no se apartaba del todo. No pude evitar mirarla, y vi que no me quitaba la vista de encima, a través del espejo. A pesar de que no quería, no pude evitar sonreír un poco al verla sonrojada.

—Sara —musité— ¿estás mirando?

—¡No! ¡No, no lo hago! —me respondió risueña—. ¡Esto no es lo que estoy haciendo en absoluto!

—¡Entiendo! —le dije sonriendo—. Porque he visto a personas con los ojos bien fijos en el espejo. Pero no serías tú.

Sara se sonrojó más.

Parecía que no sabía qué responder, y su sonrisa parecía más una risa nerviosa.

—Bueno, vale, entiendo. Tal vez sí te esté mirando un poco —me admitió con un toque de verguenza en su voz—. Pero es por la sorpresa, no porque tenga un problema con tu cuerpo o algo así. La proxima vez te metes tu solo en la ducha. ¿De acuerdo?

Me reí un poco al escuchar sus palabras y seguí enjabonándome. Pero de pronto, Sara dijo algo que hizo que me detuviera en seco.

—Y hablando de eso, no eres el más indicado para hablar sobre mirar o no mirar —me dijo mientras intentaba ocultar una sonrisa traviesa en su rostro—. La noche pasada no apartaste la vista del espejo cuando me quitaba la ropa para meterme en la cama.

Me quedé petrificado. Me palidecí y mi corazón se detuvo un instante.

—¿Lo sabes? —musité sin saber qué decir—. ¿Cómo te diste cuenta?

Sara sonrió de manera juguetona.

—Lo vi en el espejo —me respondió dándose la vuelta ya sin ningún tipo de tapujo —Asi que creo, señorito que no pasa nada porque yo te eche un vistazo. Alé, sujetate en mis hombros, que voy a sacarte ya de ahí. Me sentí incómodo al saber que había visto lo que hice la noche pasada. La verguenza se apoderó de mí y no pude evitar sentir que había cometido un grave error. Intenté disculparme, pero Sara parecía más relajada que nunca. No había rastro de incomodidad en su rostro. Era como si no hubiera pasado nada.

—Sara… Lo siento… No sabia que estabas viendo…

—No te preocupes por eso, hermano —me dijo mientras me ayudaba a salir de la ducha—. Son solo cuerpos. No hay que hacer tanto drama de algo como eso. No te preocupes, no le dire a nadie lo que hiciste.

—Lo sé, pero siento que he cometido un error. No sé qué me pasó… Lo siento mucho…


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heranlu

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Tras un Accidente me Atiende mi Hermana - Capítulos 002

Sara me miró con una sonrisa suave. No parecía enfadada ni siquiera un poco.

—No te preocupes, hermano —me dijo mientras me ayudaba a secarme—. No te preocupes por nada. Solo olvídalo. Y no te sientas incómodo por mi cuerpo tampoco. Soy tu hermana, pero también soy una persona. No hay que tener miedo de mirar mi cuerpo. Es algo natural. sentí y me senté en el borde del baño, apoyándome con las manos para no caerme.

Sara empezó a secarme, bajando hacia mi cintura y luego hacia mis muslos. Sus dedos se movieron con lentitud en mi piel, y sentí un placer suave recorrer todo mi cuerpo. Me apoyé en sus hombros mientras ella se movía para bajar a mis pies, y no pude evitar mirarla a los ojos. Me miró de vuelta y sonrió.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Ella asiente mientras me seca.

—Es... Bueno verás... Eres la primera mujer que me ve desnuda y siempre me he preguntado si... si es un buen tamaño. —le dije mientras intentaba disimular mi rubor—. ¿Puedo preguntarte si soy lo suficientemente grande? Por favor no te rías.^

Sará soltó una carcajada.

—Bueno, es algo interesante —me respondió con un toque de diversión en su voz—. La verdad es que no tengo mucha experiencia con eso, además así, en ese estado —añadió señalando mi polla— . Pero sí te diré que parece un poco más grande que el de mi ex, pero tampoco es algo que pueda comparar ya sabes... sin que esté... dura. —agregó con un toque de timidez en su voz.

—Vale, entiendo —le dije con una risa suave—. ¿Te parece mal que te lo haya preguntado?

—No, en absoluto —me respondió mientras me daba una palmadita suave en la pierna—. No me molesta nada.

Mientras hablabamos, Sara distraída rozó con una de sus manos mi miembro. Noté que empezaba a ponerse erecto. En un ataque de locura, sin saber como fui capaz de decirle eso a mi hermana mayor, las palabras se escaparon de mi boca.

—¿Si... si estuviera... empalmada me podrías decir con certeza si está bien?

Ella abrió los ojos como platos. Me miró un momento en silencio y de pronto dijo:

—Eres un idiota, pero vale. —me respondió con un hilo de nervios en su voz, sabiendo que aquello no tenía ningun sentido—. Pero que vas a hacer, vas a tocarte... Ah, ya veo que no hace falta.

Tan solo con mi situación mi polla había comenzado a crecer descontroladamente. Estuvimos en el silencio más incomodo de nuestras vidas hasta que mi pene alcanzó su plenitud.

—¿Que opinas? ¿Está bien de tamaño?

Sara se puso de rodillas y lo miró en silencio unos momentos.

—Vale, te diré la verdad... —me respondió con un toque de sorpresa en su voz—. Me sorprende mucho, es considerablemente más grande de lo que esperaba. Aunque tampoco es que tenga mucha experiencia... —me respondió mientras miraba analizando mi polla.

—Eso... gracias... —me respondió con un susurro, intentando mantener la compostura—. ¿Esto es muy raro verdad?

—No, no tanto —me respondió con una sonrisa suave—. Es normal tener curiosidad por eso. Sobre todo en casos como este...

—Entiendo —me respondió con un susurro, sintiendo que había algo que no me estaba diciendo—. ¿Puedo preguntar algo más?

—Claro, hermano —me respondió con una sonrisa juguetona—. Adelante. ¿Qué más quieres preguntar?

—¿No... no es que... me... te guste? —le pregunté con un susurro, sintiendo que iba a morir de la verguenza—. ¿Es que me ves como un tipo sexy?

Sara se sonrojó un poco al escuchar mis palabras. Me miró a los ojos con una sonrisa juguetona.

—Hermano, no seas idiota —me respondió con un toque deprisa en su voz—. No digo que seas sexy o nada, pero... —dudó un momento antes de hablar—. Sí, tu polla es muy agradable de ver, ¿de acuerdo? Me alegra que te guste.

Asentí sin saber qué responder. Me sentía incómodo, pero también emocionado de que mi hermana mayor hubiera dicho algo así sobre mí.

—Tú también estás muy bien — dije recordando su cuerpo desnudo y sintiendo como el pene crecía todavía más.

Sara se sonrojó un poco al escuchar mis palabras. Me miró a los ojos con una sonrisa juguetona.

—Eso... gracias —me respondió con un susurro, intentando mantener la compostura—. Está bien. Pues si eso es todo, voy a dejar que termines. Si necesitas algo más me dices, ¿de acuerdo?

Asentí sin saber qué responder. Sara se levantó y salió del baño, cerrando la puerta detrás de sí. Me sentí incómodo pero también emocionado por lo que había pasado. No sabía qué haría al respecto, pero sabía que algo había cambiado en nuestra relación. No sabía qué era, pero sentía que algo estaba creciendo entre nosotros, algo que no sabía qué era ni qué podía pasar con él. Solo sabía que mi hermana mayor me había visto desnudo y había parecido disfrutar de mi cuerpo. No sabía qué haría al respecto, pero sabía que algo iba a cambiar en nuestras vidas. Solo tenía que esperar para ver qué pasaba. Solo esperaba que no fuera algo malo.

Pasé la tarde jugando a la PlayStation, pero la confusión en mi mente hacía que mis partidas fueran un desastre. La frustración me invadía, y no podía concentrarme en el juego. Me sentía algo mejor al saber que Sara y yo estábamos en las mismas circunstancias, pero la incomodidad seguía presente.

Sara había pasado su tiempo en la habitación con un libro. Cada vez que salía, lo hacía con una sonrisa y me preguntaba cómo me iba. Cuando perdí otra partida, me dejé caer en el sofá, cansado y frustrado.

—¿Cómo va el juego? —preguntó Sara, apareciendo en la puerta con un libro en la mano.

—No muy bien —respondí con una sonrisa cansada—. Parece que mis habilidades están en modo vacaciones.

Sara se sentó a mi lado en el sofá y, con una sonrisa, abrió el libro.

—Si quieres, puedo leerte un poco. Es una novela romántica, podría ser una buena distracción —ofreció.

—Eso suena genial —dije, aliviado por la idea de un cambio de ritmo.

Sara comenzó a leer en voz alta, eligiendo un pasaje romántico. Su voz era suave y evocadora, y la historia de amor entre los personajes me atrapó. Me dejé llevar por la narrativa, olvidándome de la frustración del juego.

—Y así, bajo el cielo estrellado, sus corazones se entrelazaron en un abrazo eterno, prometiéndose un amor que ni el tiempo ni la distancia podrían deshacer... —Sara leía con un tono melódico.

Cuando terminó el pasaje, no pude evitar sonreír.

—Tienes razón, esto es una gran distracción. Aunque, debo admitir que es bastante meloso —dije, con un toque de burla—. ¿Cómo se te ocurre leer algo tan empalagoso?

Sara se rió y me dio un codazo juguetón.

—Bueno, si tienes ese cerebro de gorila, pocas mujeres desnudas vas a ver, te lo aseguro. ¿Quién necesita esas historias de amor cuando puedes enfocarte en otros... intereses?

Nos reímos juntos, el ambiente ligero y relajado. Sara me miró con una sonrisa traviesa y dijo:

—En realidad, voy a llamar a una amiga para salir al jardín a tomar unas copitas. ¿Te parece bien si te quedas aquí mientras estoy afuera?

—¿Me vas a encerrar en una alacena como a Harry Potter? —bromeé—. No sé si eso es justo.

Sara se rió y me dio un beso en la cabeza.

—Solo si me prometes que no volverás a babear al verme en la terraza. Y no, no voy a meterte en un armario. Quédate aquí y diviértete con tus videojuegos.

—Prometido —dije, sonriendo—. Pasaré el rato aquí, mientras tú te diviertes en el jardín.

Sara se levantó, me dio un último beso en la cabeza y se dirigió a hacer la llamada. Mientras la veía salir, me sentí aliviado y más relajado. Aunque el día había sido complicado, los momentos compartidos con Sara y su manera de afrontar las cosas con humor habían hecho que fuera mucho más llevadero. Me acomodé en el sofá, dispuesto a disfrutar del tiempo que tenía para mí y a esperar que ella pasara una buena noche.

Me conecté a la PlayStation para jugar con un amigo y, tras los saludos de rigor, nos pusimos a jugar a Call of Duty. Mientras esperaba a que se uniera, noté que mi amigo no tardó en hacer una broma.

—Oye, ¿tu hermana siempre está tan impresionante o es que estoy jugando con un modelo? —preguntó, soltando una risa burlona.

No pude evitar que una ola de incomodidad me invadiera. Respondí con un tono más severo de lo habitual:

—No te pases. En serio.

Noté que mi amigo se quedó en silencio un momento, captando el cambio en mi tono. Al parecer, comprendió que había cruzado una línea y se relajó.

—Lo siento, solo era una broma —dijo, intentando aligerar el ambiente—. Vamos a jugar.

Con la tensión aliviada, comenzamos a jugar al Call of Duty. La dinámica del juego y la conversación hicieron que la distracción fuera más llevadera. Sin embargo, no podía evitar estar un poco en tensión, consciente de que mi comentario había puesto un freno en la conversación.

De fondo, empecé a escuchar risas y ruido proveniente del jardín. Marta, la amiga de Sara, había llegado. Marta era una mujer de alrededor de veintidós años, con una presencia llamativa. Tenía el cabello rizado y rebelde, de un color castaño oscuro, que llevaba en un estilo desordenado pero atractivo. Sus ojos eran grandes y de un verde intenso, que contrastaban con su piel clara. Su físico era delgado pero con curvas definidas, y su estilo de ropa solía ser colorido y audaz. Hoy llevaba una camiseta ajustada de un rojo brillante y jeans rasgados, con unas sandalias que hacían un ruido característico cuando caminaba.

En un momento, mientras me concentraba en una partida, Marta entró al salón en dirección a la cocina. Me saludó con una sonrisa amplia.

—¡Hola! —dijo con entusiasmo—. ¿Cómo va todo?

Me giré para mirarla, y mientras la saludaba, le di dos besos en las mejillas. El encuentro siempre me ponía un poco incómodo, ya que Marta tenía una energía contagiosa que podía ser un tanto intimidante.

—Hola, Marta. Bien, aquí jugando un poco —respondí, intentando sonar relajado.

Marta se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, cruzando los brazos con una actitud despreocupada.

—¿Jugando con tu amigo, eh? No esperaba menos de ti. Sara me dijo que estabas en casa, pero no me imaginaba encontrarte en medio de una guerra virtual —dijo, riendo.

—Sí, es lo que hay —respondí, con una risa nerviosa—. Estoy tratando de mantenerme ocupado.

Marta se acercó un poco más, sus ojos brillando con curiosidad.

—¿Y qué tal va el juego? ¿Te está dando problemas? A veces, esos juegos pueden ser un dolor de cabeza.

—Un poco, sí —admití—. Aunque estoy mejorando, creo.

Marta asintió, su sonrisa relajada y amigable.

—Genial. Bueno, yo voy a preparar algo para picar. No dudes en pedir si necesitas algo —dijo, dirigiéndose hacia la cocina mientras charlaba—. Y si tienes alguna pregunta sobre el juego, no dudes en preguntar. Aunque no prometo ser de gran ayuda.

Con Marta en la cocina, volví a concentrarme en el juego. Aunque la presencia de Marta siempre me había impuesto un poco, su actitud alegre y sin complicaciones ayudaba a aligerar el ambiente. Me sentí aliviado al saber que estaba ocupada y que, por ahora, podía disfrutar de una tarde de videojuegos sin más interrupciones.

No supe cuánto tiempo había pasado, inmerso en el juego, cuando Sara y Marta regresaron a casa, entraron al salón riendo a carcajadas. Se notaba que el alcohol había hecho su efecto, y su entusiasmo era evidente. Se sentaron a mi lado en el sofá, visiblemente alegres.

—¡Vaya, vaya, vaya! —exclamó Marta, con una risa contagiosa—. Mira a quién tenemos aquí, el experto en Call of Duty. ¿Cómo va la partida?

—Bueno, no muy bien si me interrumpen —dije, sonriendo a pesar de la situación.

Sara se inclinó hacia adelante y me sopló en la oreja con un aire juguetón.

—¿No te parece que es hora de un descanso? —preguntó, riendo—. Estamos aquí para divertirnos, ¿no?

Marta, con una sonrisa traviesa, se acercó y me sopló en el cuello. La risa de las dos era tan contagiosa que no pude evitar reír también, aunque intentaba mantenerme en control del juego.

—¡No, no! ¡Dejadme jugar! —protesté, intentando mantener el mando en mis manos.

Sara y Marta se reían mientras me quitaban el mando. Marta aprovechó mi inmovilidad debido a las piernas escayoladas y me agarró por las muñecas, impidiendo que pudiera recuperar el control.

—¡Mira, está indefenso! —exclamó Marta, con una sonrisa maliciosa—. ¿Qué hacemos ahora, Sara? ¿Le damos un poco más de diversión?

Sara se inclinó hacia mí, con una expresión de falsa preocupación.

—Creo que deberíamos enseñarle a no tomarnos tan en serio —dijo, soplándome en la oreja nuevamente—. ¡Qué dices, campeón! ¿Ya te cansaste de jugar?

Intenté zafarme de las manos de Marta, pero ella me mantenía bien sujeta, y Sara continuaba molestándome con sus soplidos y risitas.

—¡Vamos, no seáis tan pesadas! —dije, riendo a pesar de mi frustración—. Solo quiero terminar esta partida.

—¿Y si no dejamos que termines? —preguntó Sara, con una sonrisa traviesa—. ¡Nosotros estamos aquí para divertirnos!

—¿Qué te parece, Sara? ¿Le damos un poco de ventaja y luego seguimos? —sugirió Marta, con una risa juguetona.

—Solo si promete no quejarse —dijo Sara, riendo mientras me daba un último soplido.

Ambas se rieron y finalmente me devolvieron el mando, dejando que pudiera volver a jugar, aunque la diversión y las bromas seguían presentes. La energía alegre de Sara y Marta era contagiosa, y aunque mi concentración en el juego seguía afectada, no pude evitar disfrutar del momento y de su compañía.

Sara y Marta estaban tan animadas y alegres que la atmósfera en el salón se volvió realmente vibrante. La conversación, llena de risas y bromas, continuó hasta que Marta lanzó una pregunta que hizo que el ambiente cambiara un poco.

—Sara, ¿vas a llamar a Miguel? —preguntó Marta, con un tono curioso.

Sara me miró con una expresión de incomodidad y yo noté que su mirada tenía un matiz de preocupación. Marta, dándose cuenta de la tensión, me miró y esperó a que dijera algo.

—¿Qué, que venga aquí? —pregunté, un poco molesto, sintiendo que no era el mejor momento para esos temas.

Marta intervino rápidamente, tratando de aligerar la situación.

—Oye, chaval, a nuestras edades es bastante complicado tener la casa sola. Y como te empezará a pasar a ti, es crucial para, ya sabes, avanzar con los chicos —dijo, con una sonrisa amplia y un tono ligeramente provocador.

Sara me miró con una mezcla de súplica y vergüenza.

—Vamos, Pablo, ya has visto a Miguel… es tan… —comenzó a decir, pero no pudo encontrar las palabras correctas.

—Dijiste que estabas fuera de asuntos amorosos —interrumpí, recordando la conversación previa.

Marta soltó una risa ligera y dijo:

—¡Claro! Esto no tiene nada que ver con el amor. Es más… —pero no pudo terminar la frase antes de que yo hablara.

—Vale, vale, que venga —dije, resignado.

Marta aplaudió, claramente satisfecha con la resolución.

—¡Perfecto! Pues venga, súbete en tu silla de ruedas que nos vamos tú y yo a dar una vuelta, y dejamos a los tortolitos solitos —dijo, con entusiasmo.

Sara me miró con un gesto de alivio y una sonrisa agradecida, mientras Marta se preparaba para llevarme hacia la salida.

—Gracias por ser comprensivo, Pablo —dijo Sara—. Espero que lo pases bien con Marta.

—No te preocupes, lo haré —respondí, mientras me acomodaba en la silla de ruedas.

Marta y yo nos dirigimos hacia la salida, dejando a Sara en el salón con Miguel. Mientras salíamos, Marta charlaba animadamente sobre planes y actividades, y aunque la situación inicial había sido un poco incómoda, me sentía aliviado de no estar en el centro de esa conversación.

Mientras Marta me guiaba por la calle en la silla de ruedas, me di cuenta de que no prestaba mucha atención a lo que decía. Mi mente estaba ocupada con la idea de que mi hermana estuviera en casa con un chico a solas. Marta se dio cuenta de mi distracción y me preguntó de nuevo:

—Oye, ¿qué planes tienes para esta noche?

No pude evitar expresar mi preocupación.

—No me hace mucha gracia que mi hermana esté en casa con un tío a solas —dije, con un tono serio.

Marta soltó una risa suave, sin aparentar estar sorprendida.

—Sara es mayor que tú, Pablo. No es la primera vez que lo hace. No es nada nuevo para ella. —dijo con una actitud relajada.

—No es algo que quiera saber —respondí, visiblemente incómodo.

Marta asintió y cambió de tema mientras me guiaba por la calle.

—Bueno, tu hermana necesita desfogarse un poco, y... —comenzó a decir, pero me interrumpí, incapaz de contener mi opinión.

—Mira, no es por ser crítico, pero no me cae bien Miguel. Creo que no es el tipo de chico que ella debería estar conociendo —dije, con un tono de frustración.

Marta me miró con una mezcla de sorpresa y paciencia.

—No es así, Pablo. Miguel es un buen chaval, de verdad. Sara no es tonta; sabe lo que hace. El problema es que, al ser su hermano, no eres capaz de verlo con objetividad —explicó Marta.

—¿Y tú cómo lo sabes? —pregunté, un poco molesto.

—Porque he pasado tiempo con él, y puedo ver cómo trata a Sara —dijo Marta, con una sonrisa comprensiva—. A veces, los hermanos tienen una visión un poco distorsionada, porque se preocupan demasiado. Sara es adulta y sabe lo que quiere.

Me quedé en silencio, reflexionando sobre sus palabras. Aunque aún tenía reservas, la perspectiva de Marta me hizo considerar que quizás había más en la situación de lo que yo estaba dispuesto a ver. Ella me dirigió con seguridad por la calle, y decidí mantener la mente abierta mientras seguíamos paseando.

Mientras continuábamos nuestro paseo, la conversación quedó en un breve silencio. Me quedé pensando en lo que había dicho Marta y en mi propia preocupación por Sara. Finalmente, Marta rompió el silencio con una risa ligera.

—No te hacía tan maduro, la verdad —dije, resignado, admitiendo que tal vez había sido un poco rígido en mi opinión.

Marta se rió y respondió con una broma.

—Ah, eso es por el alcohol, no te preocupes. Esta tarde he decidido ser un poco más sabia de lo habitual —dijo, con una sonrisa traviesa—. La madurez no está garantizada, pero me alegra que hayas visto otro punto de vista.

Seguimos caminando por el parque, y Marta, siempre con su humor agudo, comenzó a bromear sobre nuestra situación.

—¡Mira esto! —dijo, señalando el parque a nuestro alrededor—. Parece que estoy llevando a un abuelo dando vueltas por el parque. ¿Cómo te sientes, abuelo Pablo? ¿Necesitas que te ajuste las gafas?

La broma me hizo reír, a pesar de la incomodidad que había sentido antes.

—¡Cállate! —dije, riendo—. No estoy tan viejo. Solo intento no ser el tipo que se queda en casa con el corazón en la boca mientras su hermana está en casa con un chico.

Marta me miró con una sonrisa amplia.

—Entiendo, pero si te relajas un poco, te darás cuenta de que la vida de los adultos no es tan complicada como parece. Todos necesitamos un poco de diversión y distracción, y Sara no es diferente.

Mientras continuábamos nuestro paseo, la conversación se volvió más ligera y cómoda. Marta, con su energía vibrante, mantenía el ambiente alegre, y yo comencé a relajarme un poco más, sintiendo que el paseo estaba sirviendo también para aclarar mis pensamientos.

Seguimos caminando por el parque, y Marta, siempre con su humor agudo, comenzó a bromear sobre nuestra situación.

—¡Mira esto! —dijo, señalando el parque a nuestro alrededor—. Parece que estoy llevando a un abuelo dando vueltas por el parque. ¿Cómo te sientes, abuelo Pablo? ¿Necesitas que te ajuste las gafas?

La broma me hizo reír, a pesar de la incomodidad que había sentido antes.

—¡Cállate! —dije, riendo—. No estoy tan viejo. Solo intento no ser el tipo que se queda en casa con el corazón en la boca mientras su hermana está en casa con un chico.

Marta me miró con una sonrisa amplia.

—Entiendo, pero si te relajas un poco, te darás cuenta de que la vida de los adultos no es tan complicada como parece. Todos necesitamos un poco de diversión y distracción, y Sara no es diferente.

Mientras continuábamos nuestro paseo, la conversación se volvió más ligera y cómoda. Marta, con su energía vibrante, mantenía el ambiente alegre, y yo comencé a relajarme un poco más, sintiendo que el paseo estaba sirviendo también para aclarar mis pensamientos.

—¿Y con quien me distraigo yo? —pregunto

—Tu hermana me dijo que andabas liandote con una tal Sonia...

—Ya pero ahora con las piernas escayoladas y en silla de ruedas no podemos hacer nada... ya sabes.

Ella frunció el ceño y rio.

—Desde luego que se pueden hacer muchas cosas. ¿O es que no habeis follado sentados?

Yo negué con la cabeza.

—Ni sentados ni de ninguna forma. De hecho no hemos hecho nada.

Marta se sorprendió.

—¿Y qué edad tenéis? ¿Dieciséis? ¿Diecisiete? ¿Quieres que te diga lo que ya había hecho a esa edad?

Eso me hizo reír.

—No, no es eso. Ella me gustaba, pero no había manera de convencerla. En este momento estoy sin opciones.

—Bueno, si no lo hacías a esta edad, no creo que lo hagáis. Si no tiene interés, no tiene interés.

Me pareció extraño. La experiencia de Marta en estos temas era inigualable, y si ella decía que Sonia no estaba interesada, probablemente tenía razón. Pero no entendía por qué Sonia me había estado buscando antes de mi accidente si no quería algo de mí.

—Bueno, puede que sea cierto —dije, un poco decepcionado—. Supongo que simplemente me engañé a mí mismo.

—Pues sí... —ella sonrió un poco y se encogió de hombros—. Tal vez la culpa sea tuya. Tal vez no seas tan atractivo como crees...

—¡Vale! —rio—. Creo que he pillado el mensaje.

Marta me sonrió y se acercó un poco hacia mí, apoyándose en mi brazo.

—Solo bromeaba. Tienes que admitir que eres un chico atractivo... —y susurró algo en mi oído—. Un poco demasiado inocente quizás.

La sorpresa me hizo detenerme. Ella se apartó un poco, mirándome con una sonrisa misteriosa.

—¿Qué? ¿Te asusta que te llame inocente? —dijo. Y volvió a acercarse un poco—. Tienes que admitir que eres un poco inocente.

Yo negué con la cabeza.

—Eso no es cierto.

—Sí lo eres, abuelo. —Ella me sonrió y susurró de nuevo en mi oído—. Lo sabría a cien leguas.

—No, no soy inocente —dije yo, un poco molesto—. Puedes parar ya.

Ella me dio un beso en la mejilla.

—Muy bien, abuelo. Como quieras. Pero si no eres tan inocente como yo creo, te desafío a probarlo. Pide algo. Cualquier cosa. Pideme lo que quieras, cualquier cosa que se te ocurra.

—¿A qué estas jugando?

—A que sé que eres incapaz de hacerme hacer algo... algo que exceda tus pobres límites. —Ella me sonrió y se acercó un poco más—. Pide algo. Lo que sea. Lo haré.

Negué con la cabeza.

—No, no juego contigo, Marta. No juegues conmigo.

Ella me miró con una sonrisa amplia.

—¡Vale! —Ella sonrió un poco más—. Pues si no juegas con fuego, eres un cobarde. Ahora tu hermana Sara debe estar pasándolo muy bien con Miguel, sudando y gimiendo.

Me sentí como si me hubieran dado un golpe en la cabeza. ¿Por qué había mencionado a mi hermana y su cita? Era como si ella supiera exactamente qué decir para provocar mi furia.

—Enseñame las tetas. —le dije furioso.

Marta me miró con asombro.

—¿Qué has dicho? —preguntó, y yo volví a repetir la petición.

Ella me sonrió un poco.

—¿De verdad quieres verlas?

—Sí, enseñamelas.

Marta me miró con asombro por un momento, como si estuviera tratando de averiguar si estaba siendo serio. Luego se encogió de hombros y sonrió un poco más.

—Vale. —Ella se sentó en un banco que había allí cerca—. Acércate aquí.

Yo me acerqué a ella y ella me miró con una sonrisa extraña.

—¿Estás listo? —dijo. Luego se quitó la camiseta, dejando al descubierto sus pechos cubiertos por un sujetador de color claro, y susurró—. ¿Te gusta lo que ves?

Me parecieron increíbles. La visión era tan emocionante que la sangre me bullía en las venas. Yo negué con la cabeza.

—No. —dije—. No me bastan los pechos con sujetador. Quiero verlos desnudos.

Ella se encogió de hombros.

—¿Estás seguro? —dijo, y luego se quitó el sujetador.

El espectáculo era increíble. Sus pechos estaban prácticamente libres de grasa y músculo, redondeados y perfectos en todas las formas posibles. Los pezones eran como pequeños diamantes erectos, como si estuvieran pidiendo a gritos ser tocados.

—Estás impresionante —le dije yo, emocionado—. No sabía que fueran así de grandes.

Ella sonrió un poco.

—¿Son las primeras que ves?

—Sí —mentí.

—Qué inocente eres...

No podía soportar más provocaciones. Me estaba poniendo a mil esa puta. Entre eso y lo del baño con Sara, no me contuve.

—Quitate las bragas.

La sorpresa se pintó en su rostro.

—¿Qué has dicho? —preguntó—. ¿Quieres que me quite las bragas?

—Sí —le dije—. Quiero ver tu coño.

Ella me miró extrañada, como si no se creyera lo que estaba oyendo.

—¿Te atreves? —preguntó—. ¿Te atreves a pedirme eso?

—Sí —le dije, un poco sorprendido de mi propia autoridad—. Quiero ver tu coño. Quitate las bragas y énseñamelo.

—Bueno —dijo, sonriendo un poco más—. Vale. —Se subió un poco la falda, y se quitó las bragas por debajo, como si temiera que alguien nos viera—. Mira. —dijo—. Mira lo que has conseguido. Ahora soy yo la que está desnuda y te estoy enseñando el coño. ¿Estás contento? —dijo ella.

Y se abrió un poco de piernas.

La visión era emocionante. Sus muslos eran redondeados y perfectos, como si fueran tallados por un artista, y el coño era una línea recta que se perdía entre ellos. Lo tenía recubierto de un matorral de vello púbico, del mismo color del cabello, y los labios parecían perfectamente definidos, como si estuvieran esperando algo.

—No, no estoy contento —le dije yo—. Quiero verlo mejor.

Ella sonrió un poco más.

—¿Qué? ¿Quieres que me acerque? —preguntó.

—Sí, acércate. —le dije yo—. Quiero verlo más de cerca.

Ella se levantó del banco y se acercó a mí con un ritmo lento, como si estuviera tratando de averiguar si yo estaba hablando en serio. Luego se sentó en mi regazo, abriendo un poco más las piernas y enseñándomelo mejor.

—¿Te gusta mirar mi coño?

Yo asentí con la cabeza.

—Sí. Me encanta.

—Pues toca... —Ella me sonrió un poco y se abrió un poco más de piernas—. Toca lo que has visto.

La emoción me inundó, como si estuviera viviendo algo que jamás podría haber imaginado. Nunca había visto un coño desnudo antes, y no podía creer que estuviera tocándolo. Era increíblemente suave, como si fuera una flor fresca y jugosa, y sentí un deseo violento de meter la lengua dentro.

—Toca con un dedo. Aquí. —Ella me puso la mano en su clítoris y comenzó a guiarme—. Mira cómo lo hago. Haz lo mismo.

Yo asentí con la cabeza y comencé a masturbarla torpemente, siguiendo sus instrucciones.

—¿Así? —dije—. ¿Así te gusta?

—Sí. —Ella se inclinó un poco hacia mí y comenzó a susurrar en mi oído—. Así me gusta... Así me gusta... Ahhhhh...

Me sentí como si estuviera en el paraíso. No podía creer que una chica como Marta estuviera sentada en mi regazo. Y no solo eso, sino que estaba masturbándola en pleno parque.

—Síiii. Sigue así... Sigue tocandome así...

Yo seguí metiendo y jugando con mis dedos en su coño al ritmo que ella marcaba un rato más hasta que de repente se echó hacia atrás, jadeando.

—¿Qué pasa? —pregunté yo, sorprendido—. ¿Qué ocurre?

—Estoy... estoy cerca... —Ella se inclinó hacia mí y me dio un beso en la mejilla—. Estoy cerca de correrme —me susurró en el oído—. Estoy cerca de correrme, Pablo, Ahhhhh...

La excitación me bullía en las venas. No podía creer que fuera a corrérsele encima a mí. Me parecía increíble.

—¿Quieres... quieres que te toque más fuerte? —le pregunté yo, emocionado.

—No... no... —Ella sonrió un poco—. No me toques más. Así... así está bien.

Ella se acostó en mi regazo un momento más y de repente, con un grito ahogado, se echó hacia atrás y se corrió encima de mí.

—Ah, Ahhhh, Ahhhhh... —ella gritó un poco más—. Ahhhhhhh...

Era emocionante. Me parecía increíble que hubiera logrado hacerla correrse a una chica como Marta. Me sentí como si hubiera ganado algo. Algo muy grande.

Ella se quedó un rato acostada en mi regazo, como si estuviera intentando recuperar el aliento, y luego se levantó y se quitó mi mano de su coño.

—Gracias. —Ella se puso las bragas de nuevo—. Gracias por la ayuda. Ahora vas a flipar, no sabes lo puta que soy.

Se puso de rodillas entre mis piernas.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunté yo, sorprendido.

—Voy a chupártela —me respondió—. Quiero verte la cara cuando te corras en mi lengua.

—¿Y si viene alguien? —le pregunté yo, un poco inquieto.

—A buenas horas te preocupas... —Ella sonrió un poco—. Ahora es tarde para eso. —Y se metió mi polla en la boca.

La emoción me inundó, como si estuviera en un sueño. La visión de Marta arrodillada a mis pies era emocionante. Ella comenzó a chupármela con un ritmo lento, como si estuviera tratando de averiguar cuál era la mejor forma de hacerlo. Luego se apretó un poco más y comenzó a mover la boca arriba y abajo.

—Ah... —gemí yo—. Eso es increíble... Ahhhh...

Ella me sonrió un poco y siguió chupándomela. Era increíble. Me parecía que nunca iba a cansarse.

—¿Te gusta así? —me preguntó—. ¿Te gusta así?

—Sí... —le dije yo, emocionado—. Sí... Eres una cerda... Dios... Eres una cerda...

Ella sonrió un poco más.

—¿Qué has dicho? —dijo, chupándomela cada vez más fuerte—. ¿He oído bien? ¿He oído bien lo que has dicho?

—Sí... —le dije yo, emocionado—. Eres una puta, una zorra, una cerda, una cabrona... ¡Eres una puta!

—¿Y cómo te hace sentir eso? —preguntó ella, sin dejar de chupármela.

—Me hace sentir... —yo me encogí de hombros—. Me hace sentir muy excitado.

Ella se detuvo un momento, como si estuviera intentando comprender. Luego me sonrió un poco.

—¿Entiendes? —me preguntó—. ¿Entiendes ahora por qué Sara y yo nos llamamos putas? —Y volvió a metérsela en la boca.

La excitación me inundó. Me parecía increíble que hubiera aprendido algo nuevo sobre mis hermana y su amiga. Nunca había imaginado que Sara y Marta fueran como yo creía, pero tampoco había imaginado que fueran como me acababa de mostrar.

—Sí... —le dije yo—. Ahhhhh... Sí, entiendo.

Ella siguió chupándomela un rato más hasta que de repente, sin previo aviso, me eché hacia atrás y eyaculé en su boca.

—Ahhh, Ahhh, Ahhhhh... —grité yo—. Ahhhhhhh...

Ella se apartó un poco y miró mi polla con asombro.

—¡Joder! —dijo—. ¡No sabía que te gustara tanto! —Luego sonrió un poco y se la tragó—. Bueno, no importa. Estoy acostumbrada. Me la bebo toda, siempre...

Me pareció increíble. No sabía qué decirle.

—¿De verdad? —le pregunté yo, sorprendido—. ¿Te gusta beberte el semen?

—Sí. —Ella sonrió un poco y se echó un poco hacia atrás—. Me encanta. Es tan dulce...

No podía creer lo que me estaba diciendo. Marta parecía una persona tan inocente y sin embargo, parecía una verdadera puta. No sabía qué decirle.

Marta recogió rápidamente su camiseta del suelo, junto con su ropa interior, y se sacudió la arena que se había acumulado mientras yo la observaba desde la silla de ruedas. La escena era un tanto absurda, pero ella lo manejaba con una actitud desenfadada.

—De esto ni una palabra a nadie —dijo, mirando en todas direcciones para asegurarse de que nadie nos estaba observando. Yo asentí, entendiendo que prefería mantener la privacidad de la situación.

Le propuse volver a casa, pero Marta, con su habitual energía, me dijo que aún era pronto y que Miguel estaría allí, lo que no me entusiasmaba en absoluto. Recordando eso con un toque de amargura, le pedí que me llevara a casa de un amigo que vivía a apenas tres minutos de allí.

—¿En serio quieres ir allí? —preguntó Marta, aunque accedió sin hacer más preguntas.

Marta me dejó frente a la casa de mi amigo y, mientras me ayudaba a bajar de la silla de ruedas, lanzó una sonrisa traviesa.

—Aquí estás, seguro y a salvo —dijo con un guiño—. Aunque, la próxima vez que me veas recogiendo mi ropa interior del suelo del parque, asegúrate de tener una cámara lista. Nunca se sabe cuándo podrías necesitar pruebas de cómo los adultos se divierten.

Me reí, sintiendo que la broma aliviaba un poco la tensión.

—Eso nunca lo olvidaré, Marta —dije, sonriendo.

—No te preocupes, nadie tiene que saberlo —respondió ella con una sonrisa cómplice—. Solo recuerda, la vida es demasiado corta para no reírse un poco de vez en cuando.

Me dio un abrazo rápido y se preparó para irse.

—Espero que tu amigo tenga algo divertido que ofrecer, porque yo me voy a buscar un lugar menos... arenoso —bromeó Marta, mientras se alejaba.

—¡Cuídate, Marta! —le grité, mientras ella se subía a su coche y se iba.

Con su salida, entré en la casa de mi amigo sintiéndome más relajado, listo para disfrutar del tiempo libre y despejar mi mente de las complicaciones del día.

La noche en casa de mi amigo transcurrió de manera agradable. Bebimos unas cervezas que rápidamente se convirtieron en copas, jugamos partidas de cartas y algunas rondas de PlayStation. La diversión nos hizo perder la noción del tiempo, y cuando finalmente miré el reloj, eran casi las tres de la mañana. Me di cuenta de que tenía cinco llamadas perdidas de Sara.

Un poco borracho y con el alcohol haciendo mella en mi juicio, le pedí a mi amigo que me llevara de vuelta a casa. Aunque él también estaba algo ebrio, accedió sin protestar. Salimos a la calle, riendo y bromeando, y yo me acomodé en la silla de ruedas mientras él me empujaba.

—¡Venga, Pablo! —dijo mi amigo, empujando la silla con más entusiasmo del que había previsto—. ¡Vamos a hacer una carrera!

—¡No te pases! —reí, agarrándome bien para no caer—. ¡Que no quiero acabar en el suelo!

Él hizo una mueca juguetona y nos dirigimos por la calle, riendo y jugando con la silla de ruedas mientras pasábamos junto a los edificios iluminados de la ciudad.

—¿Qué será de Sara? —dijo mi amigo, mirando el teléfono—. ¿Seguro que está preocupada?

—Probablemente —admití, tratando de mantenerme serio—. Pero esta noche ha sido... diferente.

Mi amigo soltó una risa y siguió empujando la silla mientras nos acercábamos a casa. La risa y la diversión de la noche continuaron, aunque mi mente estaba algo borrosa, y no podía evitar pensar en las llamadas perdidas y en cómo debería disculparme con Sara por preocuparla.

Al llegar a casa, mi amigo me ayudó a entrar y me despidió con un abrazo y una palmada en la espalda.

—¡Nos vemos, tío! —dijo—. No dejes que las llamadas perdidas te agobien demasiado.

—¡Gracias por todo! —le respondí, sonriendo mientras él se alejaba.
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heranlu

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Tras un Accidente me Atiende mi Hermana - Capítulos 003

Subí a casa tambaleándome un poco, sabiendo que tendría que enfrentar a Sara. Al abrir la puerta, un oleaje de recuerdos sobre Miguel y la preocupación por lo que Sara estuviera haciendo con él me golpeó con fuerza. La visión de Sara en el sofá, viendo la televisión tranquilamente, me hizo perder por completo el control sobre mis emociones. El alcohol no ayudaba, y me encontré hablando sin pensar.

—¡Sara! —dije, alzando la voz más de lo que pretendía—. ¡No me ha gustado nada lo de Miguel! ¡No me gusta nada que estés con esos tipos! Se supone que tú deberías estar aquí para cuidar de mí, ¿recuerdas?

Sara se volvió hacia mí, con una mezcla de sorpresa y preocupación en su rostro. Me miró mientras me tambaleaba un poco, las lágrimas comenzando a formarse en mis ojos.

—Pablo, ¿qué te pasa? —preguntó, levantándose del sofá y acercándose con una expresión preocupada—. ¿Por qué estás tan alterado?

—Porque... —dije, tratando de articular mis palabras mientras las lágrimas caían—. Porque me molesta que hagas esas cosas y que no pienses en cómo me siento. Se supone que estás aquí para cuidar de mí, ¡y yo veo cómo estás con ese tipo y me siento... no sé, traicionado!

Sara, claramente afectada por mi estado y mis palabras, intentó calmarme.

—Pablo, entiende que Miguel es solo un amigo. No está pasando nada serio, y tú... tú estás borracho. —dijo con paciencia, intentando mantener la calma—. Solo has bebido demasiado y estás diciendo cosas que no piensas en realidad.

—No, lo pienso —dije, con la voz quebrada—. Porque me duele. Me duele ver que estás con otras personas mientras yo estoy aquí, y me siento tan solo, tan... olvidado.

Sara se acercó a mí, tratando de abrazarme y consolarme, pero yo me aparté, incapaz de manejar la confusión y el dolor que sentía.

—Pablo, no estás solo. Estoy aquí para ti, siempre. —dijo Sara con voz suave, tratando de calmarme—. Vamos a hablar de esto con tranquilidad, ¿vale? Necesitas descansar y yo estoy aquí para ayudarte.

Con las lágrimas aún en los ojos, dejé que Sara me guiara hacia el sofá. Ella se sentó a mi lado, y aunque mi mente estaba nublada por el alcohol y las emociones, su presencia y sus palabras me dieron algo de consuelo, aunque aún me sentía agitado y confuso.

Sara me ayudó a llegar a mi habitación y me dejó sentado en la cama. Mientras ella se disponía a salir, me volví hacia ella con una expresión de desesperación.

—Sara, no puedes hacer eso con ningún chico nunca más, ¿entiendes? —dije, con la voz temblando y las lágrimas aún en los ojos—. ¡Prométemelo!

Ella me miró, claramente agotada y preocupada.

—Pablo, estás demasiado borracho. Esto no tiene sentido en este estado —dijo con paciencia, intentando calmarme—. Hablaremos de esto mañana.

—No, no es justo —repliqué, alterado por el alcohol—. Ojalá esa noche tú hubieras sido Marta.

Sara se quedó en silencio por un momento, sin entender a qué me refería. Su paciencia se estaba agotando, y mi actitud estaba comenzando a frustrarla.

—Mira, Pablo —dijo con un tono más firme—, estás empezando a cabrearme. Estás diciendo cosas que no tienen sentido, y no voy a seguir escuchándote así. Mañana hablaremos con calma, pero ahora mismo necesitas descansar y dejar de decir tonterías.

Su respuesta me hizo sentir aún más confundido, pero sabía que no podía seguir discutiendo en ese estado. Me dejé caer en la cama, mientras Sara salía de la habitación, cerrando la puerta con un suspiro de exasperación.

La noche continuó en un estado de confusión y malestar, con mi mente girando en torno a lo que había dicho y a las emociones que no podía controlar. Sabía que necesitaría enfrentar las consecuencias al día siguiente, cuando todo estuviera más claro.

A la mañana siguiente, me desperté con un dolor de cabeza punzante y una sensación de malestar que apenas me dejaba mover. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, y rápidamente me di cuenta de que el recuerdo de la noche anterior estaba nublado, sobre todo porque había estado tan borracho.

Intenté levantarme de la cama, pero las piernas escayoladas y la incomodidad me lo impidieron. Con un esfuerzo, llamé a Sara desde mi habitación.

—Sara —dije, con voz débil—. ¿Podrías ayudarme?

Sara llegó a mi habitación poco después, luciendo cansada pero aún con una actitud comprensiva.

—Buenos días, Pablo —dijo, mientras me ayudaba a moverme y a sentarme en la silla de ruedas.

—¿Qué pasó anoche? —pregunté, tratando de recordar los eventos—. Me siento muy mal, pero no recuerdo bien lo que ocurrió.

Sara me miró con una mezcla de preocupación y resignación. Mientras me ayudaba a ajustar la silla, habló con calma.

—Anoche estuviste bastante borracho, y tuvimos una discusión. Dijiste algunas cosas que no estaban del todo bien —explicó, tratando de mantener la conversación en un tono tranquilo—. No te acuerdas de lo que dijiste, y creo que eso es mejor así.

—Lo siento mucho —dije, sintiendo el peso de mi arrepentimiento sin saber exactamente qué había dicho—. De verdad, no quería causar problemas.

Sara asintió, mientras me guiaba hacia la cocina.

—Lo sé. Y está bien que te sientas mal. Lo importante ahora es que estamos aquí para solucionarlo. No tienes que preocuparte demasiado, pero necesitamos hablar de cómo manejamos las cosas y cómo podemos evitar estos malentendidos en el futuro —dijo, mientras me acomodaba en la mesa de la cocina.

Me senté en la silla de ruedas, mientras ella preparaba algo de desayuno para ambos.

—No recuerdo nada de la discusión, pero si dije algo que te lastimó, quiero disculparme —dije sinceramente—. No era mi intención.

Sara me miró, y aunque había una pequeña tensión en su rostro, su expresión se suavizó.

—Pablo, entiendo que estabas en un estado en el que no podías controlar tus palabras —dijo, sirviendo café y algo de comida—. No te preocupes por los detalles. Lo importante es que tratemos de seguir adelante y aprender de esto.

Tomé un sorbo de café, sintiendo cómo el calor me ayudaba a despejar un poco la niebla en mi cabeza. Mientras desayunábamos, la conversación giró hacia los eventos de la noche anterior. Sara me miró con una mezcla de curiosidad y preocupación.

—Por cierto, de todas las tonterías que dijiste anoche, hubo una que me dejó pensando. Dijiste que ojalá hubiese sido Marta en lugar de mí. ¿Qué pasó con Marta?

El recuerdo del parque me golpeó con fuerza, y mi rostro se palideció. No podía creer que le había dicho eso a Sara.

—Oh, no, no, Sara, yo... —empecé a decir, tratando de encontrar las palabras adecuadas mientras mi mente se llenaba de confusión—. No quise decir eso. No sé ni siquiera por qué lo dije.

Sara me miró, claramente esperando una explicación más concreta.

—Pablo, ¿qué pasó con Marta? —preguntó, insistiendo—. Realmente me sorprende que hayas dicho algo así.

—Marta y yo, bueno, tuvimos un contacto más... íntimo —dije, luchando por encontrar las palabras correctas—. Llegamos a la base 2, si sabes a lo que me refiero. No fue algo planeado, simplemente pasó. No era mi intención compararte con Marta, de verdad.

El rostro de Sara se tornó pálido y su expresión se volvió de horror. Se levantó de la mesa con una rapidez que me sorprendió.

—¿Base 2? ¡¿Qué?! —exclamó, con una furia contenida—. ¡Marta es una zorra! ¿Así que querías que yo estuviera en el lugar de Marta? ¿En serio?

La intensidad de su reacción fue como un golpe. Sara parecía entrar en un bucle de negación, incapaz de procesar la información.

—Sara, por favor, tranquilízate. No era mi intención lastimarte —dije, tratando de calmarla—. Lo que pasó con Marta fue un error y no tiene nada que ver con lo que siento por ti.

Sara, con el rostro aún rojo por la furia, se dio la vuelta y empezó a caminar de un lado a otro. Su enojo y confusión eran evidentes, y no parecía escuchar mis intentos de tranquilizarla.

—¡No me lo puedo creer! —dijo, entre asqueada y furiosa—. ¿Así que para ti es mejor que yo estuviera en el lugar de Marta? Esto es imposible. ¡No puedo creer que hayas hecho esto!

Traté de acercarme a ella, pero cada vez que lo hacía, ella se alejaba, claramente abrumada por la situación.

—Sara, de verdad estoy arrepentido. Solo estaba borracho y confundido. No quería que esto fuera tan grave —dije, con lágrimas en los ojos—. Por favor, escúchame, lo siento mucho.

Ella se detuvo un momento, su respiración era irregular y su expresión mostraba una mezcla de angustia y enfado.

—No sé si puedo seguir hablando contigo ahora mismo —dijo, con una voz quebrada—. Necesito tiempo para procesar todo esto.

Sara salió de casa, dejándome solo en la cocina con una sensación de hundimiento y culpa profunda. Me quedé sentado allí, la mente en blanco, mientras el silencio que quedó tras su partida parecía pesar sobre mí.

La mañana que había comenzado con la esperanza de resolver malentendidos y aclarar las cosas se había convertido en una pesadilla. La imagen de Sara, horrorizada y furiosa, se repetía en mi mente como una pesadilla interminable. No podía dejar de pensar en cómo había llegado a este punto y en cómo había fallado en mi intento de manejar la situación de manera adecuada.

Miré a mi alrededor, viendo la mesa del desayuno y los restos de lo que había sido una mañana aparentemente normal. La sensación de culpa y arrepentimiento se hacía cada vez más fuerte. No sólo había herido a Sara con mis acciones, sino que también había comprometido nuestra relación de una manera que parecía irreparable.

El peso de las decisiones equivocadas y el impacto que habían tenido en las personas que me importaban me abrumaban. La imagen de Sara con el rostro enrojecido por la ira y el dolor me perseguía. Me sentí completamente desolado, consciente de que había cruzado una línea que no podía deshacer.

Me levanté de la silla, sintiendo la necesidad de hacer algo, pero sin saber exactamente qué. Todo lo que podía hacer era esperar a que Sara encontrara en su corazón el espacio para entender lo que había pasado y, tal vez, encontrar una forma de reconciliarnos.

El día se estiró lentamente mientras yo permanecía en la casa, hundido en mis pensamientos, sin saber cómo avanzar ni qué esperar. Solo el tiempo diría si habría una forma de reparar el daño y reconstruir la relación con mi hermana.

La noche avanzaba lentamente, el silencio en la casa se sentía pesado, lleno de la tensión acumulada durante el día. Finalmente, escuché el sonido de la cerradura y vi a Sara entrar de nuevo en la casa. Sus pasos eran tranquilos, pero su presencia traía consigo un aire de determinación. Me miró con una mezcla de determinación y preocupación.

—Pablo —dijo, mientras se acercaba—, quiero hablar contigo. Solo voy a hacerte una pregunta. Necesito que seas sincero conmigo.

Asentí, tratando de mostrarme receptivo y esperando que esta conversación pudiera ayudar a resolver las cosas. Sentí un rayo de esperanza al pensar que tal vez, al menos, podría empezar a enmendar lo que había pasado.

—Claro, Sara —dije, intentando mantener la calma.

Ella me miró fijamente, con una expresión seria.

—Me molesta que te haya inquietado tanto lo de Miguel —dijo—. ¿Por qué te molestó tanto? No puedo entender por qué eso te afectó de manera tan intensa. Al principio pensé que era solo sobreprotección, pero ahora, sabiendo lo de Marta, me pregunto si hay algo más que no estás diciendo.

Me quedé completamente descuadrado. Pensé que me preguntaría algo relacionado con Marta, no con Miguel. Las palabras se atascaban en mi garganta y me resultaba difícil encontrar una respuesta coherente. Tragué saliva y traté de responder, pero nada parecía salir.

—No sé qué decir —dije finalmente, con la voz entrecortada—. No puedo explicarlo bien.

Sara, visiblemente frustrada, continuó insistiendo.

—Pablo, anoche, mientras estabas borracho, llorabas de rabia mientras me decías esas cosas. Empecé a pensar que quizás era por sobreprotección, pero ahora que sé lo de Marta, necesito entender la razón detrás de tu enojo. ¿Por qué te molestó tanto?

El peso de la pregunta me aplastaba, y las palabras finalmente comenzaron a salir, pero de una manera que no esperaba. Me sentí abrumado por una oleada de emociones que había estado reprimida.

—Sara, la verdad es que... estoy celoso —dije, con un tono de desesperación en mi voz—. Estoy celoso de todos los tíos que pueden estar contigo. No me gusta la idea de que estés con alguien más. Eso es lo que realmente me molestó.

Sara se quedó en silencio, su rostro reflejaba una mezcla de sorpresa y dolor. La revelación de mis sentimientos la dejó atónita, y pude ver cómo trataba de procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Celoso? —repitió, con un tono que denotaba incredulidad—. Pablo, no sé qué decir. Esto es mucho más complicado de lo que pensé.

—Lo sé —dije, con lágrimas en los ojos—. No quiero que esto sea un problema entre nosotros, pero no pude evitar sentir lo que sentí. Estoy arrepentido y quiero solucionar las cosas.

Sara, después de escuchar mi confesión, parecía estar al borde del colapso emocional. Se llevó las manos a la cabeza, una expresión de desesperación y confusión en su rostro.

—Pablo, no sirve de nada que estés arrepentido si sigues sintiendo esto —dijo, con voz temblorosa—. ¿Cómo hemos llegado a esto? No entiendo cómo hemos llegado a este punto.

Miré a Sara, sin saber qué decir. La sensación de impotencia me abrumaba.

—No lo sé, Sara —admití—. No sé cómo llegamos hasta aquí.

Sara, aún afectada, continuó preguntando, su voz mezclada con incredulidad y dolor.

—¿Fue desde lo del espejo? ¿O desde lo del baño? ¿O ya te pasaba antes de eso? ¿Siempre has sentido esto?

La intensidad de sus preguntas me hizo sentir aún más angustiado. Mi mente trataba de organizar los pensamientos y sentimientos que había estado reprimiendo. Finalmente, decidí ser honesto.

—Siempre te he considerado... diferente —dije, con dificultad—. Nunca lo había entendido completamente, pero sentía que había algo más profundo en mis sentimientos hacia ti. No sé cuándo empezó, pero lo que pasó el otro día solo lo sacó a la superficie.

Sara, con lágrimas en los ojos y un visible temblor en su voz, dijo:

—Pablo, esto es una locura. No puedo creer lo que estás diciendo. Es absolutamente fuera de lugar y perturbador.

Intenté responder, tratando de explicar lo que sentía y aclarar la situación.

—Creo que tú también piensas lo mismo —dije, con una mezcla de desesperación y esperanza—. No es normal lo bien que nos llevamos. El cariño que nos damos, que hablamos incluso de temas tan personales como el sexo. Ningún otro hermano y hermana tienen una confidencialidad como la nuestra. Si no sintieras que existe una mínima oportunidad o al menos una atracción, te habrías espantado al escuchar mi pregunta del baño. No te hubieses quedado viendo mi polla dura. No es normal.

Sara me miró con incredulidad, su expresión cambiando de dolor a furia.

—¡Eso es una locura, Pablo! ¡Estás completamente loco! No puedo seguir escuchando esto.

Con un gesto de rabia y frustración, Sara dio un portazo al salir de la habitación. El sonido retumbó en la casa, dejándome solo en la oscuridad de mi confusión. La puerta cerrada entre nosotros parecía simbolizar el abismo que había surgido entre lo que éramos y lo que acabábamos de descubrir.

Sentado en la cama, me sentía completamente derrotado, sin saber cómo reparar el daño que había causado. El silencio que siguió a la salida de Sara era ensordecedor, y la pesada carga de la realidad se asentó sobre mis hombros. El peso de mis propias palabras y las consecuencias de mis sentimientos estaban ahora más claros que nunca, y el futuro parecía lleno de incertidumbre y dolor.

Durante dos días enteros, la tensión y el silencio que reinaban en la casa eran casi palpables. La atmósfera era pesada, cargada con la dolorosa consecuencia de la revelación que había hecho. La distancia emocional entre Sara y yo se había convertido en una barrera física y emocional que parecía insuperable.

Yo me movía por la casa con lentitud y tristeza, esforzándome por evitar a Sara siempre que era posible. Si necesitaba algo, intentaba hacerlo por mí mismo, usando la silla de ruedas con la mayor destreza que podía reunir, en lugar de pedirle ayuda. Cada pequeña acción se sentía como un desafío, y el aislamiento que me imponía sólo parecía aumentar mi angustia.

Sara, por su parte, había cerrado las puertas de su habitación y del baño con más cuidado que nunca. Su presencia en la casa era mínima; la única evidencia de su existencia era el sonido de su puerta cerrándose tras ella y el murmullo de la televisión en su habitación. No salía en biquini al jardín ni se mostraba de manera relajada como antes. Su ausencia en las áreas comunes se sentía como una herida abierta, un recordatorio constante del espacio que se había creado entre nosotros.

Cada vez que la veía pasar rápidamente, me sentía aún más hundido. La tristeza me envolvía, y los momentos de introspección se llenaban de arrepentimiento y desesperación. El comportamiento reservado y distante de Sara solo servía para aumentar mi sentimiento de culpabilidad y desesperanza.

Me sentía atrapado en un ciclo de aislamiento y dolor, sin saber cómo encontrar una salida. La distancia que había entre nosotros parecía insuperable, y cada día que pasaba sin hablar, sin acercarnos, hacía que la situación se sintiera más desesperante. En esos momentos, lo único que podía hacer era esperar, con la esperanza de que eventualmente encontraríamos una manera de superar esta barrera, aunque no tenía idea de cómo ni cuándo podría suceder.

La tercera noche me encontraba en un estado de profunda tristeza y desolación. La sensación de haber perdido a Sara no solo en el sentido de lo que había imaginado, de como la deseaba, sino también en la relación fraternal que habíamos tenido, era una carga pesada que me aplastaba. Mi mente estaba nublada por la culpa y el arrepentimiento, y la soledad en mi habitación solo intensificaba esos sentimientos.

En medio de mi abatimiento, de pronto, la puerta de mi habitación se abrió. Sara entró con la silla de ruedas, su rostro mostrando una expresión decidida y una sonrisa que me tomó completamente desprevenido.

—Vamos, levanta —dijo con una voz suave, pero firme—. Vamos a ver una peli. No puedes estar aquí todo el día tirado.

Su sonrisa era una mezcla de ternura y determinación, y me sorprendió profundamente. Durante esos días de distancia, había temido que la ruptura fuera irreparable, que la grieta entre nosotros fuera demasiado grande. Pero su actitud y su invitación a compartir un momento juntas me ofrecieron una pequeña chispa de esperanza.

—¿De verdad? —le pregunté, todavía incrédulo y con un nudo en la garganta.

Sara asintió, acercándose para ayudarme a salir de la cama y colocarme en la silla de ruedas. Su gesto de amabilidad me sorprendió y me conmovió, y sentí una mezcla de gratitud y nerviosismo mientras me preparaba para seguirla.

—Sí —dijo, mientras me empujaba hacia el salón—. No importa lo que haya pasado, necesitamos retomar algo de normalidad. Y, si te soy sincera, también necesito hacerlo.

Cuando llegamos a su habitación, me sentí un poco nervioso, pero decidí romper el hielo con una broma.

—Sabes, estos días no he podido ducharme sin tu ayuda —dije con una sonrisa tímida.

Sara soltó una risa ligera, su rostro se sonrojó ligeramente por la incomodidad de haberme dejado tan desatendido durante esos días.

—Espero que al menos te hayas aseado un poco por tu cuenta —me respondió, tratando de mantener un tono ligero pero con un destello de preocupación en sus ojos.

Asentí, sintiendo un leve alivio por su reacción. La broma y la risa rompieron un poco el hielo, y me hizo sentir que quizás había una forma de comenzar a sanar las heridas entre nosotros.

Sara me acomodó en su cama y luego se dirigió al televisor, comenzando a seleccionar una película. La atmósfera en la habitación era más relajada de lo que había sido en días, y su disposición a pasar tiempo conmigo me ofrecía un rayo de esperanza.

—¿Qué película has escogido? —pregunté, tratando de mantener la conversación ligera mientras me acomodaba en la silla.

Sara giró para mirarme con una sonrisa sincera.

—Una comedia romántica que sé que te hará reír. —dijo, con un toque de complicidad en su voz—. Nada como algo ligero para distraernos un poco.

Mientras la película avanzaba, me giré hacia Sara con cierta inquietud.

—Sara —empecé—, ¿qué te ha hecho volver a hablarme después de todo lo que pasó?

Sara, con una expresión de sinceridad en sus ojos, me miró mientras ajustaba el volumen del televisor.

—No quiero perderte como hermano —dijo con voz calmada—. Han pasado cosas extrañas estos días, pero eres un adolescente loco y tal vez solo sea eso.

Me esforzaba por autoconvencerme de que ella tenía razón. A pesar de todo, me reconfortaba la idea de que tal vez, solo tal vez, era una fase pasajera. La película, una comedia romántica sobre un amor prohibido, aligeraba el ambiente, y me encontré riendo genuinamente, algo que había echado de menos.

Sentía que el cansancio se acumulaba, y mis párpados se volvían cada vez más pesados. La comodidad de la cama en la habitación de Sara era tentadora.

—Sara —dije con voz cansada—, ¿podrías llevarme a mi cuarto? Estoy realmente cansado.

Sara parecía dudar un momento, su mirada oscilando entre la cama y la idea de moverse. Finalmente, con un suspiro, asintió.

—No te preocupes—dijo—. Puedes quedarte a dormir aquí si quieres. Luego yo me iré al sofá.

Una pequeña punzada de dolor me atravesó al saber que pensaba en irse al sofá, pero acepté su oferta. Después de todo, habíamos pasado por mucho, y era un consuelo tenerla cerca en este momento.

Sara me ayudó a acomodarme en la cama, asegurándose de que estuviera cómodo antes de prepararse para ir al sofá. A pesar de los sentimientos encontrados, aprecié su comprensión y la oferta de pasar la noche en su habitación.

Mientras la película llegaba a su fin y el sueño me vencía, sentí que, al menos por esta noche, las cosas estaban un poco mejor. Me sumí en un sueño profundo, agradecido por el gesto de Sara, aunque el dolor de saber que se iría al sofá permanecía en mi mente.

Por la noche escuché el ruido de la puerta y abrí los ojos medio dormido.

—¿Ocurre algo?

—No, solo que no puedo dormir en el sofá.

—Oh, vaya, lo siento. Si me ayudas puedo volver a mi habitación.

—Es igual, quedate ahi y duerme —dijo metiendose en la cama a mi lado. Me puse nervioso al notar la proximidad entre ambos.

—¿No prefieres que te deje? —pregunte nervioso.

—No, es igual. Me voy a quedar aquí. —me dió la espalda.

Puse los brazos detrás de mi cabeza y cerré los ojos tratando de conciliar el sueño, pero no pude evitar darme cuenta de como respiraba y de los suaves movimientos que hacia con sus pies debajo de las sábanas. No era la primera vez que nos acostábamos juntos en la cama, pero siempre habíamos sido conscientes de la separación que había entre nosotros, como si una línea imaginaria dividiera la cama. Sin embargo, esta noche parecía distinto, como si no hubiera límites entre nosotros.

Escuché un leve susurro que me hizo abrir los ojos y mirarla.

—¿Qué pasa, Sara?

—Tengo frío —dijo sin darme la cara— ¿Podrías acercarte a mí?

No estaba seguro de qué hacer. Ella tenía frío y necesitaba que le brindara calor, pero no sabía como podría reaccionar ella si me acercaba demasiado.

—¿Estás segura de que no prefieres que me vaya? —le pregunté.

—Ya te dije, prefiero dormir aquí contigo —dijo—. ¿Puedes acercarte un poco?

Dudé un momento, pero finalmente me decidí. Me acerqué lentamente a ella, notando cómo sus músculos se tensaban al sentir mi proximidad. Me acurruqué detrás de ella y puse mi brazo sobre su cintura, sintiendo su piel cálida a través de la ropa que llevaba.

Ella respiraba agitadamente, y podía sentir sus pezones erectos a través del remerón que usaba.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí, sí, estoy bien —contestó—. Gracias.

Permanecimos un buen rato así. No sé si fue por el frío o porque realmente quería sentir mi abrazo, pero pronto se dio vuelta hacia mí. Sus piernas se enredaron con las mías, y su mano se posó sobre mi abdomen. Pude notar como su respiración se aceleraba. Poco a poco se iba acercando más y más hasta que noté su aliento cálido en mi oreja. No podía creer lo que pasaba.

—Tenías razón respecto a todo —susurró en un gemido —Estos días sin ti, enfadada contigo... me he dado cuenta de lo mucho que te quiero. Y... —hizo una pausa —también me di cuenta de que no puedo dormir sin sentirte cerca.

—Yo también te quiero, Sara —le respondí, y sentí como sus brazos me envolvían —¿Estas segura de esto? Somos hermanos.

Ella se apretó aún más fuerte contra mi cuerpo. Sentí sus pechos presionando contra mi pecho, y sus piernas rodeando mi cintura. Era difícil resistir el deseo que sentía, pero no quería meter la pata después de todo lo que pasamos.

Quería asegurarme de que ella estaba segura de esto. Lo último que quería era perderla por completo.

—Lo estoy —dijo —Quiero sentirte. Quiero sentir tus labios sobre los míos.

Se inclinó hacia adelante y comenzó a besarme. Era el beso más apasionado que había sentido en mi vida. Su lengua lamiendo cada rincón de mi boca. Me acariciaba el cuello con sus manos, y sentí como se estremecía al mismo tiempo que yo. Poco a poco, fue bajando sus manos por mi cuerpo hasta alcanzar mi entrepierna.

Comenzó a acariciar mi erección a través de la ropa.

—Estás tan duro —me dijo con una sonrisa pícara.

La tomé de la cintura y la besé apasionadamente. Le quité la ropa mientras nos besábamos. Dejé su cuerpo desnudo sobre mi cama, observándola detalladamente. Era lo más sexy que había visto en mi vida. Su piel brillaba en la oscuridad de mi habitación.

—¿Por qué no te quitas la ropa? —me dijo.

Me saqué los pantalones y me quedé solo con mis boxers. No sabía qué hacer a continuación. Me sentía nervioso, y mi mente se nublaba por la ansiedad. Quería hacerlo bien, pero no sabía si iba a ser capaz. Finalmente, decidí hablar.

—¿Qué quieres que haga? —le pregunté —No quiero meterte la pata.

Sara me miró sorprendida por un momento, pero luego se echó a reír. Me acerqué hacia ella y volví a besarla.

—Estás tan tierno —me dijo —¿Quieres hacer el amor conmigo? —me preguntó, mientras sus dedos jugaban con el elástico de mis boxers —¿Quieres meterme tu polla adentro?

Me sonrojé de vergüenza, pero me animé a seguir.

Quería complacerla en todo sentido.

—Sí, quiero —le respondí —Quiero follarte.

Ella sonrió y se quitó los boxers con sus pies. Me montó encima y me besó apasionadamente. Comencé a acariciar sus pezones con mi dedos, y luego me llevé uno hacia mi boca. Me gustaba tanto la sensación de su carne cálida entre mis labios. No sabía qué hacer, pero me di cuenta de que debía empezar a besarla. Comencé a besarle la boca, el cuello, los pechos, y el abdomen. Finalmente, llegué a sus muslos y comencé a besarle entre ellos.

La besé suavemente, notando como se estremecía al sentir mis labios. Poco a poco, fui subiendo hacia su sexo. La besé la parte interna de sus muslos, y noté cómo se echaba hacia atrás. Me di cuenta de que no quería seguir, así que me detuve.

—¿Estás bien? —le pregunté —¿Quieres seguir?

—Sí, sí, lo siento. Sigue —me dijo.

No sabía si debía seguir o no, pero ella parecía decidida. La besé suavemente la parte interna de sus muslos de nuevo. Finalmente, alcancé su sexo. Estaba húmedo y caliente, y no sabía qué hacer. No sabía si debía seguir o no. Pero antes de que pudiera decidirme, ella me tomó de la cabeza y me acercó hacia su sexo. Me la chupé suavemente, notando cómo se estremecía al sentir mi lengua. Luego comencé a acariciarle el clítoris con mi lengua. Podía sentir su cuerpo estremeciéndose. Su respiración se aceleraba cada vez más y más, hasta que finalmente, se echó hacia atrás y gritó en voz alta.

—¡Ay, Dios! —gritó —¡Estoy... estoy...!

Sentí como sus músculos se tensaban, y luego se relajaban. Se echó hacia atrás y se quedó quieta.

—¿Estás bien? —le pregunté —¿Te gustó?

Ella me miró con una sonrisa y se echó sobre mí.

—Me encantó —me dijo —Ahora quiero sentir tu polla adentro.

Se montó encima de mí y se bajó sobre mi erección. Sentí como su sexo se apretaba contra mi pene. Estaba húmedo y caliente, y no sabía qué hacer. Comencé a acariciar su sexo con mi dedos mientras se movía arriba y abajo. Podía sentir su respiración en mi oreja, y notaba cómo se estremecía al sentir mi toque. Luego, sin pensarlo dos veces, se bajó sobre mí. Noté como mi pene se apretaba dentro de ella, y sentí como su carne cálida envolvía mi polla.

—Dios...

—Mmmmmm —me dijo —Me encanta sentirte adentro.

Comencé a mover mis caderas hacia arriba, notando cómo mi pene se movía dentro de ella. Podía sentir su carne cálida envolviendo mi polla, y notaba cómo se estremecía al sentir mi toque. Luego, sin pensarlo dos veces, la tomé de las caderas y la follé fuerte. Ella gritó en voz alta mientras se echaba hacia atrás. Su respiración se aceleraba cada vez más y más, y notaba cómo su sexo se tensaba en torno a mi pene. Me arañaba y me gemía en el oído. Yo apretaba su culo y sus pequeós pechos.

—¿Puedo encender la luz? —le pregunté.

—Sí, puedes —me contestó.

Encendí la luz y la observé. Su piel brillaba en la oscuridad de mi habitación. Su sexo brillaba a causa de la humedad. Notaba cómo sus pechos se movían hacia arriba y abajo mientras follaba. Y sentía sus piernas apretadas contra mis caderas.

Era increíblemente sexy.

—Ahora... —dijo entre gemidos —. Vas a sentir una mamada de verdad y no lo que te hizo Martita. ¿Quieres?

—Sí —le respondí —Quiero.

Se bajó de mi cuerpo y se echó a mis pies. Se quitó el pelo detrás de su oreja, y comenzó a chuparme la polla. Me miró con ojos inocentes, y me sonrió. Su boca era tan sexy que no sabía qué hacer. Me acariciaba la polla con sus labios, notando cómo mi pene se movía hacia dentro de su boca.

Sentí como su lengua lamía mi polla hacia arriba y abajo. La podía sentir acariciando cada rincón de mi glande. Sentía como sus labios se apretaban en torno a mi pene, y cómo su boca me tragaba.

Notaba cómo se estremecía al sentir mi toque. Finalmente, me miró con sus ojos inocentes, y me sonrió. Llevó su mano hacia sus pechos y comenzó a acariciarlos. Podía ver su sexo brilloso a causa de la humedad. Sentía sus muslos apretados contra mi piernas. Era increíblemente sexy.

—Mmmm, me encanta chupártela.

—No quiero correrme todavía —dije sacando mi polla de su boca —. No quiero que esto acabe nunca.

Ella rio.

—Vamos, ven... —me dijo mientras se ponía a cuatro patas —. Quiero sentirte detrás de mí.

e di un par de golpes en su culo y la besé suavemente. Ella se dio la vuelta hacia mí y me sonrió. Se acercó hacia mí y comenzó a besarme. Me miró a los ojos con una sonrisa inocente, y me besó de nuevo.

Luego, sin pensarlo dos veces, me tumbó salvajemente contra la cama. Se montó encima de mí y me besó apasionadamente. Me tomó de la mano y la puso sobre su sexo.

—Vuelve a metermela... Dios... —gemía saltando de nuevo sobre mi —. Que te creías... que te iba a dejar follarme el culo hermanito...

Comencé a acariciar su sexo con mi dedos. Y ella me escupió en la cara.

—Eso por meterme los dedos por el culo —dijo divertida moviendose de un lado a otro con mi polla dentro —. No me puedo creer que aguantes... Dios... ¿Es tu primera vez no? —me preguntó

—Sí, es mi primera vez —le respondí —. Pero me encanta follarte.

Se puso en cuatro patas y me ofreció su sexo. No dudé y comencé a comerle el coño por detrás, lamiendo de arriba a abajo hasta llegar a su ano. Lo chupaba suavemente, notando como sus músculos se tensaban al sentir mi lengua.

Ella se echaba hacia atrás y hacia adelante, intentando evitar mi lengua. Pero no dudé y comencé a chuparle su ano con más fuerza.

—Ahhhhhh, Dios... —gemía incontroladamente —. Nunca me habían... hecho... esto...

Sin pensarlo dos veces, le metí un dedo en su ano. Sentí como sus músculos se apretaban alrededor de mi dedo.

—¿Estás bien? —le pregunté —¿Quieres que pare?

—No... No —me contestó —. Sigue.

Comencé a meter mi dedo hacia dentro y hacia afuera de su ano.

—Eres un cerdo... Dios... Que gusto cabrón...—me decía entre gemidos.

—¿Quieres que te meta algo más adentro? —le pregunté.

—Sí... Sí...

Le metí otro dedo en su ano. Sentí como sus músculos se apretaban alrededor de mis dedos.

—Estás tan apretada... —le dije —. ¿Estás segura de que quieres que siga?

—Sí, lo estoy —me contestó —. Me gusta mucho lo que haces.

Sonrió y me besó suavemente. Comenzó a montarme y saltar encima de mi polla.

Notaba como sus pezones se movían hacia arriba y abajo. Sentía su respiración en mi oreja. Podía sentir su sexo apretado en torno a mi pene. De repente, se llevó la mano hacia su sexo y se metió un dedo dentro. Luego, se lo llevó hacia mi boca.

—¿Quieres probarlo? —me preguntó —. Es mi propio jugo...

Asentí con la cabeza y abrí la boca. La besé suavemente sus dedos mientras los acariciaba con mi lengua. Era increíblemente sexy.

Comencé a chuparle los dedos con más fuerza.

—Eso... Eso me gusta —me dijo —. Sigue, sigue...

Comencé a follármela con más fuerza. Podía sentir sus músculos apretados en torno a mi polla. Notaba cómo se echaba hacia atrás y hacia adelante. Escuchaba sus gemidos.

—Estoy cerca —me dijo —. Estoy tan cerca...

—Yo también —le dije —. Estoy tan cerca...

Se echó hacia atrás y se llevó la mano hacia su sexo. Comenzó a acariciarse su clítoris con sus dedos mientras follaba.

—Estoy cerca... Estoy...

Sentí como mi polla se tensaba dentro de ella, y cómo sus músculos se apretaban en torno a mi pene. Finalmente, sentí como un chorro cálido se derramaba dentro de mí. Ella me miró con ojos inocentes y se sonrió.

—Me da mucha pereza volver a llevarte en la silla a tu cuarto —dijo mientras apagaba el televisor—. Duerme esta noche aquí si quieres. Hay lugar para ambos.

Me pareció una propuesta algo inesperada, pero estaba tan cansado que acepté sin pensarlo demasiado. Sara se despidió de mí con un beso en la mejilla antes de acomodarse en su cama y darse la vuelta, ofreciéndome la espalda.

—Gracias, Sara —le dije con una sonrisa, sintiendo una profunda gratitud.

—De nada —respondió, y luego se giró para mirarme—. Buenas noches, hermano. Sueña bien.

—Buenas noches, hermana —le respondí, mientras la observaba acomodarse y acurrucarse debajo de las sábanas.

Me quedé allí, pensando en lo afortunado que era de tener una hermana tan comprensiva. Sin embargo, en medio de la noche me desperté de repente sintiendo un frío intenso. Al abrir los ojos, me di cuenta de que Sara había tomado toda la manta y ahora estaba envuelta en ella, dejándome completamente descubierto.

Traté de deslizarme hacia ella para recuperar la manta, pero era imposible sin despertarla. La llamé en un susurro, pero parecía que estaba profundamente dormida. En medio de mi intento por recuperar algo de calor, escuché su voz entre sueños.

—Mmm… ¿qué pasa? —murmuró Sara sin despertar del todo.

—Sara, no seas acaparadora —le dije en un tono suave, tratando de no despertarla—. Necesito la manta.

A pesar de mi insistencia, no parecía que se fuera a mover. Así que, con cuidado, tiré de la manta para arrebatársela. Finalmente, pude envolverme en ella, sintiendo el calor regresar a mi cuerpo.

Para mi sorpresa, Sara, en lugar de pelear por la manta, se acercó a mí. Puso su cabeza sobre mi pecho, me abrazó con ternura y se acomodó de nuevo, durmiendo plácidamente.

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