La luz que traspasaba las cortinas de mi habitación hicieron que me diera cuenta de que ya había amanecido, pero la noche anterior había estado hasta tarde mirando el móvil y ahora solo quería permanecer en la comodidad de mi cama; encontraba sumamente confortable la sensación de abrigo que me daban aquellas gruesas sabanas a pesar de que estaba enteramente desnudo debajo de las mismas.
—¡Jorge! —escuché que gritó mi madre desde la cocina.
Mis abuelos vendrían a celebrar la noche buena y como venía pasando en los últimos dos años eso me obligaba a tomar el coche de mi padre e irlos a buscar al aeropuerto. Era una tarea que a lo sumo me tomaría cuarenta minutos, pero en realidad no me apetecía ni un poco ir por mis abuelos, quería quedarme en la cama y dejar que se las arreglaran sin mí, así que decidí hacerme el dormido.
Escuché a mi madre llamarme un par de veces más y luego de unos minutos en los que obviamente yo no respondí a su llamado entró a la habitación, abrió sin tocar y se acercó a la cama.
—Jorge, Jorge… —dijo mientras me agitaba el hombro con la intención de hacerme despertar—. Jorge, despierta, debes ir a buscar a tus abuelos.
Yo seguí haciendo el papel de dormido. Creo que podría haberme ganado un premio por mi gran desempeño.
En ese momento sentí como el frio abrazó mi piel cuando mi madre removió la cobija de un tirón y dejó expuesto mi cuerpo desnudo.
A causa del frio mi actuación comenzó a tambalear, no escuché a mi madre decir nada, pero de alguna forma pude sentir que se encontraba mirando mi cuerpo, especialmente mis genitales.
En ese punto ya no sabía qué hacer, el frio comenzaba a volverse realmente molesto, pero no podía simplemente despertar, mucho menos ahora que me encontraba tan expuesto. Me era imposible mentir estando desnudo frente a mi madre. ¿Qué podría estar pensando ella al ver mis bolas peludas y un pene que debía verse como un pequeño maní? La situación casi me daba risa, como si le estuviera haciendo una broma a mi pobre madre.
—Mmmmm ya veo… —dijo finalmente ella—, es que tienes el sueño pesado.
Acto seguido sentí que se sentó a un costado.
—Ay pobrecito mi Jorgito, debe estar muy cansado de usar el móvil hasta tarde —dijo con tono sarcástico hablando como sí supiera que podía oírla—. Las chicas lo deben tener loco, como locas deben estar ellas por esta gran polla —dijo sujetándome los huevos fuertemente con una de sus manos.
No pude evitar dar un leve sobresalto al sentir como sus uñas se aferraban a mis testículos. No obstante, decidí continuar haciéndome el dormido. Llevaría mi actuación hasta el final a pesar de que perceptiblemente ya no era creíble.
Fue entonces cuando mi madre me apretó más aun los testículos, lo que en realidad no hacía otra cosa que no fuera darme una placentera satisfacción, pues sus manos transmitían calor. Literalmente me estaba calentando los huevos.
A diferencia de mi padre, al que de pura casualidad ya le conocía la polla, yo tengo lo que se conoce popularmente como pene de sangre, lo que significa que mi polla en estado de flacidez parece una cosa insignificante, especialmente cuando el clima es frio como en efecto lo era en ese momento, pero que cuando la sangre corre por ella ésta crece de forma considerable, por lo que tener a mi madre sujetándome los huevos hizo que la sangre fluyera. ¡Y vaya como fluía! En cuestión de segundos lo que a mi madre seguramente le había parecido el inofensivo miembro de su hijo se convirtió en una verga bastante grande, dura, venosa, blanca y rojiza como la navidad misma.
Se produjo un silenció, pero mis huevos seguían apresados en la mano de mi madre.
—Jorge… —dijo en tono neutral—. ¿No vas a despertar?
No respondí y decidí morir como un soldado con mi actuación en pie, haciéndome el dormido. No sabía cómo reaccionar y sentía que ya no podía hacer otra cosa que continuar fingiendo.
—Así que no vas a despertar, eh —dijo soltando mis huevos para agarrar mi ahora erecto miembro con su suave mano —es que no piensas buscar a tus abuelos que están en el aeropuerto esperándote… ah…. —dijo mientras literalmente comenzó a hacerme una paja.
No me lo podía creer; mi madre me la había comenzado a jalar para despertarme. ¡Y que bien lo hacía!
—Sí no despiertas y vas a buscar a tus abuelos tu padre va a enfurecer —dijo mientras me la jalaba suavemente—. Va a comenzar a reclamarte nuevamente que no has conseguido un empleo.
—De enterarse que has venido a mi habitación a hacerme una paja seguramente se molestaría más —pensé en responderle, pero no dije nada.
Mientras ella continuaba mantuve mis ojos cerrados concentrado en el placer que estaba dando. ¡Mi madre sí que sabía cómo masajear una polla!
—Conoces bien el carácter de su madre y si se entera que los dejaste plantados habiéndote dejado el coche con el único motivo de que fueras a buscarlos te va a querer matar.
Ella hablaba y no le faltaba verdad a lo que decía, pero yo solo estaba pensando en que me iba hacer acabar.
—Ay, así, así, mamá… no pares —decía en mi mente.
Ya tenía yo la polla a punto de estallar, sentía venir la corrida. No importa lo mucho que quisiera aguantarme ya era un hecho inevitable que mi madre me iba hacer expulsarlo todo.
—Es increíble que la tengas más grande que tu padre —escuché que dijo en un tono apenas audible, lo cual era algo que, según lo que yo mismo había visto, era posible.
Me retorcí y disparé un fuerte y espeso chorro hacia alguna parte y como ella no se detuvo sino que continuó ordeñándome la polla con mucha más velocidad el semen siguió brotando desde la punta, pero ahora mucho menos espeso, empapando mi polla y obviamente la mano que ella estaba usando para jalármela.
Tras correrme no me quedó otra opción que abrir los ojos, aunque evité hacer contacto visual. Por su parte, mi madre, tras haberme vaciado los huevos y ver que la leche dejaba de brotar, disminuyó la velocidad de su movimiento hasta que finalmente se detuvo y me soltó la polla.
—Que bueno que has despertado —dijo con un tono levemente dominante—. Feliz Navidad.
Me quedé en silencio sin saber qué decir.
—Ahora, levántate… vístete y ve por tus abuelos —dijo dándome unas leves palmaditas en el pecho con la mano que tenía cubierta de semen.
Se levantó y dejó mi habitación. Yo me quedé recuperando el aliento.
A los pocos minutos me levanté, me di una ducha y no le hice cabeza a lo ocurrido, simplemente decidí disfrutar de lo pasado. Me había gustado el hecho de que mi madre me había hecho acabar con su mano; se me hacía demasiado morboso, me parecía una experiencia única y aunque suene ridículo para mí era como si me hubiese colado a una zona vip y hubiera recibido un trato especial, un trato que no todas las madres dan y mucho menos tampoco a todos sus hijos, había que ser afortunado y especialmente consentido como yo para recibir una paja proveniente de la mano de la misma mujer que te trajo al mundo.
Como yo a mi madre la conocía perfectamente sabía que para ella todo el asunto había sido una simple travesura, que había empezado como uno más de sus excesos y que había escalado hasta excitarse al punto en el que no pudo hacer otra cosa diferente a dejarse llevar. Ahora ya estaba hecho, no había forma en la que pudiera retractarse; me había hecho una paja no solicitada, por lo que ahora no podía hacerse la difícil cuando yo le pidiera algo más, lo que desde luego, por reciente que hubiese pasado todo y sin importarme que se tratase de mi progenitora, ya era mi intención hacer. ¿Cómo podría no sentirme tentado a querer más?
Me vestí y salí de la habitación. Mi madre se encontraba en la cocina.
—Voy saliendo a buscar a los viejos —dije.
—Date prisa que desde hace treinta minutos te están esperando.
Al dejar la casa noté que los dos habíamos evitado vernos a la cara, lo que tomé como algo normal teniendo en cuenta lo que acababa de pasar. De igual forma consideré oportuno regresarme.
—Se me había olvidado esto —dije sorprendiéndola por detrás en la cocina, sujetándole la cintura con una mano y propinándole un beso en la mejilla que la dejó boquiabierta.
No le dio tiempo de reaccionar cuando ya me había ido por mis abuelos.
Después de pasarlos a buscar por el aeropuerto, cuando íbamos en el coche, se comenzaron a quejar por el hecho de que los había hecho esperar, pero como por suerte no le habían dicho nada a mi padre, yo no tenía nada de qué preocuparme, por lo que simplemente usé la excusa de que había mucho tráfico y el asunto quedó hasta ahí.
Para cuando llegó la noche mi padre ya había vuelto a la casa y mis abuelos se habían asentado en la habitación de huéspedes. Habíamos descorchado un vino y mientras mi padre y mi abuelo conversaban, mi abuela le hacía compañía en la cocina a mi madre; la cual se había puesto unas sandalias con cuña que le daban un aire femenino, un pantalón blanco leventemente acampanado y una blusa de tirantes color roja que tenía un escote drapeado y que dejaba expuestos sus brazos, también llevaba unos grandes aretes dorados al igual que el resto de su joyería. Se veía simple, pero elegante. Debo admitir que no me había dado cuenta de que tenía una madre tan coqueta y femenina.
Cuando la vi desocupada me acerqué a ella. Se me había pasado todo el día pensando como retomar lo de la mañana y como avivar lo que había pasado, dejarle claro que quería más.
—¿Bailamos? —dije extendiendo la mano.
Ella me dejó tomarla y comenzamos a bailar en el centro de la sala. A escasos pasos se encontraba el mueble en el que se encontraba mi abuelo y mi padre charlando, estaban de espaldas a nosotros.
Mientras bailábamos, no podía parar de mirar su escote y sus labios. Estaba disfrutando de forma libidinosa la cercanía física que había entre nosotros.
En determinado momento me percaté de que mi padre volteó a vernos por un breve segundo, solo como para comprobar que era lo que tanto ocurría a sus espaldas, pero lo hizo sin prestar mayor atención.
Finalmente la canción culminó y entre risas mi madre parecía querer volver a hacia la cocina, pero la tomé de la muñeca y la tiré hacía mí.
—¿A dónde vas? —pregunté.
Nos miramos a los ojos, parecía sorprendida por el hecho de que la había reclamado con mucha propiedad.
—Es que tengo que ir a terminar la cena —dijo sonriente.
—Bailemos una más —dije. No se iba a librar de mi tan rápido.
—Bueno… está bien, vaya que tiene ganas de bailar hoy —dijo.
Aproveché el momento en el que inició la siguiente canción para juntar nuestros cuerpos aún más, lo que pareció sorprenderle al punto de sentirse instintivamente obligada a dar un rápido vistazo en dirección hacia donde se encontraba mi padre y mi abuelo charlando.
—¿Crees que van a sospechar algo? —dije.
—¿Qué dices? —respondió desconcertada y algo tensa.
—Ni siquiera se imaginan lo que pasó esta mañana —dije.
Me miró a los ojos. Nuestros rostros se encontraban cerca uno del otro.
—Para ellos no somos más que una madre y un hijo compartiendo y bailando en noche buena —dije.
—Jorge… —dijo en un tono que me hacía notar que ya no estaba tan tensa pero que cobraba seriedad—. Lo de esta mañana no fue nada.
—Cómo qué nada —repliqué de forma inmediata—. Ha sido la mejor paja que me han hecho en la vida.
Ella sonrió. No pudo aguantarse el gusto de saber que me había fascinado.
—Jorge —dijo intentando hablar con carácter—, soy tu madre.
Sus palabras no me eran convincentes, sabía que ella tenía que jugar ese papel, pero estaba hablando sin mirarme a los ojos.
—No hace falta que lo digas —respondí—, creo que precisamente por eso es que ha sido tan brutal la paja que me has hecho —dije sonriendo.
La conversación me estaba excitando y me sentía animado a emplear un lenguaje más guarro con ella y transmitir verbalmente el morbo que me generaba lo que había pasado, después de todo ella también debía generarle el mismo morbo.
—¡Basta! —susurró en tono regañó—. Eres un desvergonzado. Ahora mismo no tengo tiempo para otra de tus desfachateces.
—Mmmm… así que no… —dije llevando mis manos a sus posaderas.
—¡¿Pero cómo te atreves?! —exclamó con sus ojos bien abiertos, ahora mirándome de frente, pero sin dejar de bailar conmigo—. ¿Qué pasa si tu padre o tu abuelo miran ahora mismo?
Sonreí y flexioné mis dedos aferrándolos a sus nalgas.
—De esta forma me sujetabas los huevos esta mañana, ¿recuerdas? —dije sonriendo mientras la tenía ampliamente agarrada del culo.
—Jorge Andrés Espinoza Rodríguez —dijo usando el tono de madre mandona, elevando su cuerpo hacia arriba para ganar altura—, como no me sueltes ahora mismo el culo créeme que te voy hacer arrepentir.
—Está bien, está bien… —dije sonriendo y lentamente fui relajando mis manos sin removerlas del todo de su trasero.
—Eres un imprudente —dijo—, sí continuas así lo vas arruinar todo. Así que termina de quitar tus manos de mi culo que tengo que ir a terminar la cena.
—Ya entiendo a mi padre —respondí—. Te ves increíblemente atractiva cuando te molestas.
Me miró a los ojos frunciendo el ceño y apoyando sus manos en mi pecho se separó de mí, se dio la vuelta y se marchó a la cocina.
Miré hacia donde se encontraba mi padre y mi abuelo y los dos seguían hablando como sí nada. Luego tuve que acomodarme la polla para que no se me notara que la tenía durísima.
—¿Las ayudo en algo? —dije entrando a la cocina.
—No es necesario —respondió mi madre.
—Tranquilo, Jorgito, tu ve a hacerle compañía a tu padre y a tu abuelo que nosotras nos encargamos de todo acá en la cocina —dijo mi abuela sonriéndome amigablemente.
Dejé la cocina y me fui a mi habitación, realmente no me apetecía ir con mi padre y mi abuelo, en ese momento solo podía pensar en una única cosa; sentía que estaba de cacería y que era necesario montarle guardia al culo de mi madre si quería poder conseguir algo esa noche. Estaba urgido, me había sacado hasta la última gota en la mañana, pero la emoción que me generaba el morbo de follar con ella me ponía muy caliente.
Me desvestí de la cintura hacia abajo, acomodé las almohadas para apoyar mi espalda en ellas, me acosté en la cama y me comencé a tocar la polla; la manoseaba, me la jalaba un poco, me agarraba los huevos, me la acariciaba, subía y bajaba el capullo, iba de una cosa a la otra intentando imaginar a mi madre. Haciendo eso me percaté de que a pesar de la buena relación y de la confianza jamás la había visto desnuda y tampoco en ropa interior; recordaba haberla visto en bikini alguna vez, pero siempre fue de usar prendas poco llamativas y poco reveladoras, sin mencionar que en esas ocasiones no le había puesto suficiente atención, pues porque precisamente se trataba de mi madre y no iba yo pendiente de verle el culo. Era una verdadera lástima. Por otro lado, no es que no le conociera la forma de las tetas o del culo, sino que no tenía la menor idea de cómo serían sus pezones o la piel de sus nalgas, incluso me comenzaba a dar curiosidad y morbo saber cómo tendría el coño, ¿mi madre tendría el coño peludo o lo tendría depilado? Querer conocer su desnudes era algo que me estaba generando un lascivo interés al mismo tiempo que me estaba poniendo la polla tan tiesa que sería imposible bajarla luego.
—Jorge está lista la cena —dijo mi madre abriendo la puerta de mi habitación.
Me encontró con una pierna extendida en el colchón y con la otra colgando a un costado de la cama; en mi mano inmovilizada tenía sujeta mi polla exclamando eyacular. El rostro de mi madre era de incredulidad e indiferencia al mismo tiempo.
—Pasa y cierra la puerta —dije en broma y me reí.
—Es hora de la cena —respondió con una seriedad que se me hacía fingida al tiempo que veía a los ojos—. Atiende tu asunto… solo... y luego vienes. Que te estamos esperando.
Luego cerró la puerta. Yo simplemente me puse mis boxers y mi pantalón sobre mi erección, me la acomodé lo mejor que pude y fui a cenar así.
Cuando llegué la mesa estaba lista; mi padre se encontraba sentando a uno de los extremos, a su lado izquierdo se encontraba mi abuela y junto a éste mi abuelo. Decidí tomar lugar en el otro extremo, dejando dos sillas libres del lado derecho.
—¿Para cuándo la novia? —preguntó mi abuelo.
—En realidad estaba saliendo con una chica hasta hace poco —respondí.
—Es verdad… —dijo mi padre—. ¿Qué ocurrió con Sofía?
—Nada… —respondí—, conoció a alguien más.
Noté que al escucharme decir eso mi madre me miró disimuladamente.
—¿Te dejó por otro? —dijo mi abuela de forma tan sorprendida como imprudente.
Mi padre y mi abuelo pusieron una cara seria.
—Sí, algo así —respondí—. Pero nah… creo que ha sido lo mejor después de todo.
—¿Por qué? —preguntó mi abuela.
—Bueno, ahora mismo creo que tengo mis ojos puestos en una mucho más guapa —respondí mirando a mi madre que nuevamente volteó a verme.
—Ah pues, tráela muchacho, tráela —dijo mi abuelo—, para conocerla.
—No creo que haga falta —dije sonriendo.
—¿Y eso por qué? —preguntó mi abuelo.
En ese momento vi que mi madre tomaba asiento justo a un lado de mi padre.
—No… bueno… ya sabes, todavía no es el momento —respondí algo vacilante—. Aún no la he terminado de convencer… pero le gusto, le gusto. Eso es seguro.
—Se directo con tus intenciones —dijo mi padre con aire de mentor—… y muestra seguridad y confianza en ti mismo. Las mujeres quieren que tomes el control de la situación. Eso me funcionó con tu madre.
Era la primera vez que mi padre me daba un consejo sobre mujeres, supongo que compadeciéndose de mí por lo de Sofía, lo que no sabía es que su consejo resultaba ser bastante oportuno y mucho más preciso de lo que él pudiera sospechar.
Mi madre solo miró su comida al escuchar a mi padre, como intentando disimular. Al verla sentía que teníamos una complicidad. Luego cambiamos de tema y la cena transcurrió amenamente. Al terminar acompañé a mi padre y a mi abuelo al jardín.
—Mira hijo… —comenzó a decir mi padre, que ya tenía algunas copas encima—. Sé que tal vez no te he sabido aconsejar como debería y que tu madre seguramente ha hablado de estos temas contigo ya que tienen una buena relación, por lo mismo, seguramente te ha dicho que has de ser un chico bueno y que debes ser caballeroso con las chicas, y así es, en principio eso está bien, pero yo tengo que decirte esto porque seguramente es lo que te ha ocurrido con esa chica Sofía. A las mujeres hay que clavarlas como un hombre, nada de niñerías, las caricias están bien, pero son guarras como no tienes idea, créeme, se mueren por un empotrador.
No sabía que me sorprendía más, sí el hecho de que mi padre me estuviera dando consejos amorosos o que pensara que Sofía me había dejado por algo diferente a su necesidad de ir de una polla a otra cada tanto. No obstante, lo que si me estaba quedando claro era que me estaba dejando a entrever que mi madre era una guarra en la cama, como ya me lo había dejado saber ella misma esa mañana, pues de otra forma no me hubiese hecho una paja siendo yo su hijo. Ahora la pregunta que me hacía era si era tan guarra cómo para…
—¿Puedo hacerte una pregunta acá entre hombres? —le dije a mi padre al tiempo que miraba a mi abuelo ya casi quedándose dormido en la silla en la que se encontraba sentado.
—Pues claro, hijo, claro, dime —respondió notoriamente afectado por los tragos.
—Es sobre eso que comentas… —dije haciéndome el inocente—, es que creo que Sofía se fue con otro porque quería que tuviéramos sexo anal y no sabía sí hacerlo o no.
Mi padre abrió los ojos sorprendido e incluso me atrevería a decir que algo excitado por lo que acaba de escuchar. Sofía tenía un buen culo y seguramente él se lo habría visto, por algo recordaba hasta como se llamaba.
—Es decir, creo que era eso lo que quería, pero no estaba seguro y nunca se lo pedí —dije—. Luego me confesó que estaba buscando a alguien que le diera esa experiencia.
—¡Es lo que yo te decía! —respondió inmediatamente—, en el fondo eso quieren, un hombre que las satisfaga en la cama.
—Si… entiendo… —respondí—. ¿Entonces tú lo has hecho?, ¿te parece bien?
Mi padre guardó silencio e hizo un gesto de “pero qué cojones me estás preguntando”, algo que fuera de mi actuación yo obviamente podía entender completamente, pero tenía que seguir haciéndome el tonto para obtener de él la información que quería saber de mi madre.
—Pues a ver, Jorge, no sé tú —dijo—. Yo creo que no te he dado una crianza estrictamente religiosa, no sé cuál sea tu punto de vista, pero si a mí una mujer me ofrece el culo, pues se lo rompo. Así de fácil —dijo sonriendo de forma incrédula.
—¿Entonces lo has hecho? —pregunté.
—Pues claro hijo, claro que lo he hecho —respondió sin pensárselo mucho y haciendo unos gestos de desesperación, como pensando “qué clase de preguntas me haces”.
—¿Crees entonces que cualquier mujer está dispuesta a eso? —continué mi interrogatorio.
—Pues a ver, no todas van a ofrecerse ni van a querer hacerlo, pero sí hay algunas a las que les gusta y que van a buscar uno que se lo sepa hacer bien, como Sofía, mientras que hay otras que dicen que no quieren saber nada del tema.
—Entonces te ha pasado que tú has querido y ella no —pregunté.
—Pues claro, Jorge, a ver... como todo… —respondió—, hay veces que te van a decir que no, lo importante es saber que… —dijo alzando el dedo índice y sosteniendo la copa en la otra mano—, si se lo pides en el momento indicado te aseguro que todas ceden.
Ya no me quedaban dudas, y seguramente me estaba precipitando, pero por todo lo que decía mi padre indirectamente me había dejado claro que el agujero que escondían las nalgas de mi madre también era algo a lo que podía aspirar. Por otro lado, nunca lo había visto de esa manera, pero me comenzó a parecer que mis padres tenían esa clase de matrimonio en el que ambos exploraron todo lo que se podía hacer.
—¿Hasta mamá? —me arriesgué a preguntar haciéndome el sorprendido e inocente a pesar de ya conocer la respuesta.
Mi padre dudó un segundo e hizo como si lo estuviera pensando.
—Hasta tu madre… —sentenció y seguidamente llevó la copa a su boca.
Poco después cada uno se fue a su habitación. Yo me encontraba en la mía y estaba muy caliente. Había sido un día largo, si el día anterior me hubiesen dicho que al día siguiente iba a estar obsesionado con tener sexo con mi madre, me hubiese parecido una locura, pero el evento que había tenido lugar en la mañana en la misma cama en la que me encontraba acostado, aquella paja tan exquisita como terriblemente morbosa había sido un detonante para despertar en mi un deseo sumamente lujurioso por mi propia madre.
Decidí salir al pasillo en boxers y me acerqué a la puerta de la habitación de mis padres. Puse mi oído contra la puerta, quería escuchar sí estaban dormidos y entonces identifiqué un sonido que al principio interpreté como sí adentro se estuviera produciendo una conversación, pero que luego identifiqué como el inconfundible sonido de una mamada. ¡Mi madre se la estaba chupando a papá!
Glog, glog, glog, glog, glog, glog…
Sentí envidia y excitación en ese momento. Me agaché intentando ver por debajo de la puerta, pero las luces estaban apagadas y era imposible ver nada. Repentinamente se abrió la puerta del baño y por un breve momento la luz que de allí salía iluminó parte del pasillo. Mi abuela salió y me encontró de rodillas.
—Ay, Jorge —dijo—, ¿qué haces ahí?
Me puse de pie.
—Abuela… —respondí llevando mis manos al estómago—, disculpa sí la asusté, es que tengo un dolor en el estómago y estaba esperando a que desocuparas el baño —dije improvisando una mentira.
—Ah, bueno… ya está desocupado, hijo, vaya, vaya ahora —dijo mirando que se me marcaba una gran erección en el boxer.
No me quedó de otra que ir al baño, pero al entrar escuché abrirse la puerta de la habitación de mis padres. Ahora desde adentro del baño intenté escuchar qué se decía en el pasillo y me pareció escuchar que mi abuela le explicaba lo ocurrido a mi madre. Me quedé unos minutos y luego bajé la cadena de inodoro.
Al salir, así como estaba en boxers, fui hacia la cocina. Abrí el refrigerador para buscar algo de comer y sin darme cuenta de la nada apareció mi madre.
—¿No tenías dolor de estómago? —dijo—, ¿Qué haces comiendo?
—Sí… este… —dije balbuceando, esta vez no sabía qué decir—. Es que ya se me pasó…
—Déjate de tonterías, Jorge —respondió seria cruzando los brazos—. ¿Qué hacías agachado tras la puerta de la habitación?
No supe cómo responder y simplemente sonreí. Me fijé en que mi madre solo llevaba puesta un pijama de dos piezas de color blanco que se le traslucía un poco en la zona del pecho, lo que me permitía ver tenuemente la forma de sus pezones que no reparé en ver fijamente.
—¿Qué miras? —dijo.
Yo extendí mi mano y le toqué una teta sobre su pijama, tenía los pezones erectos.
—Ah… Jorge… qué haces —dijo—, deja, deja ya.
—Tienes los pezones duros —dije—, ¿me dejarías verte las tetas?
Nos quedamos mirándonos a los ojos fijamente, era como una batalla de miradas. Se le notaba excitada, pero también indecisa.
—Vamos, mamá, solo una miradita, qué tiene de malo —dije mientras la seguía mirándola fijamente y acariciando uno de sus pezones sobre la tela.
—Bueno… —dijo dejando escapar un leve suspiro—. ¿Me prometes dejar esto hasta aquí si te muestro mis pechos?
Guardé silencio y la miré fijamente.
Se bajó de los hombros los tirantes que sostenían la pijama y vi sus pechos, los tenía separados, moderadamente grandes; la piel de sus pezones, que tenían forma de dedal, era de una tonalidad rosa.
—¿Te gustan? —preguntó con un tono juguetón. El deseo en mis ojos pareció excitarla aún más.
—Son perfectos —dije—. ¿Me dejarías chuparlos?
Se produjo un silencio y me miró con una expresión que mezclaba duda con excitación.
—Tengo que pensarlo —dijo—. Si te portas bien y me haces caso te dejaré jugar con ellos todo lo que quieras —dijo sonriendo leve y coquetamente. Su rostro se encontraba ruborizado.
La miré a los ojos y sonreí. Un juego altamente morboso había comenzado entre los dos.
—Buenas noches —me dijo acomodándose nuevamente la pijama.
—¿Te marchas ya? —pregunté desconcertado.
—Sí —dijo.
—Pensé que íbamos hacer algo más —dije.
—Hoy no —dijo—. Ya tu padre se encargó de eso —agregó con una mueca presuntuosa.
No me lo podía creer; mi madre me estaba poniendo a competir con mi padre.
—¿Es en serio eso? —dije—. A mí solo me pareció escuchar una mamada.
—Así que sí estabas escuchando —dijo sonriendo y haciéndose la ofendida.
—No, no es eso —respondí—, es que te quedó un poco ahí —mentí señalándole la boca.
Llevó su mano a la boca para limpiarse.
—Entonces sí se la estaba chupando —dije sonriendo—. Y acabó en tu boca.
Se percató de que solo la había engañado.
—Quien lo diría… —dije bromeando—. Te gusta deslechar pollas.
Se quedó con la boca abierta.
—Eres un abusador —dijo con una expresión sonriente y picara—. No sabía que había criado a un hombre tan descortés y poco caballeroso.
Me excitó que se refiriera a mí como un hombre. Me acerqué a ella y rodeándola con los brazos la sujeté del trasero.
—¿No puedes aguantarte? —dijo mirándome a los ojos.
Yo estaba empalmadísimo, la tenía muy cerca, podía sentir su olor.
—Te gusta que los hombres pierdan el control por ti, ¿no es así? —dije amasándole el culo—. Sentir que los vuelves locos…
—Hace mucho que tu padre no me desea de esa forma —me confesó.
No me aguanté más… le di primero un leve beso, apenas probando sus labios, pero al ver que abrió la boca mi impulso fue meterle la lengua. Mis manos abandonaron su culo para tomarla del cuello y el mentón. El beso era tan intenso y lascivo que se me iba el alma en ello. Al concluirlo ambos tuvimos que tomar un segundo para respirar.
Le propuse ir a mi habitación, pero ella me miró a los ojos y lentamente sin dejar de mirarme se agachó y en completo silencio me bajó el bóxer haciendo que mi polla saliera erguida. Me sujetó los huevos peludos con una mano y sin dejar de mirarme me la comenzó a comer.
—Mmmmmmmmmmmmmmm…
—Oh… mierda… —dije cerrando los ojos e inclinando mi cabeza hacia atrás.
La lengua de mi madre era una cosa inédita para mí. Desde la base me comenzó a lamer el tronco del pene y cuando llegó a la zona del glande empezó a mover la punta de su lengua en círculos, luego me dio unas breves lamidas en la punta.
—¿Te gusta así? —dijo con tono de puta—. ¿Te gusta como mami te chupa la polla?
No pude decir nada. Me encontraba en el cielo.
—Mmmmmm…. —comenzó a chupar la cabeza.
Mi madre engullía un trozo, luego retrocedía para entonces tragar un poco más, su boca iba ganando terreno en ese proceso hasta llegar más allá de la mitad de mi polla.
No sé qué me resultaba más morboso, si el hecho de que era mi madre quien me estaba dando tan gloriosa mamada o el riesgo de que aparecieran mis abuelos o mi padre y nos encontraran ahí. Tal vez todo a la vez.
Se sacó mi polla de la boca, me lamió el tronco nuevamente, esta vez de la cabeza hacia la base, pero no se detuvo y siguió bajando para comerme los huevos, los lamía y mordía con suavidad, entonces volvió chuparme la polla, tragaba y tragaba, me daban ganas de sujetarle la cabeza y comenzar a follarle la boca, pero no me dejó intentarlo porque me sujetó las nalgas con sus manos y tragó hasta el fondo, se metió mi polla entera.
—Ooooahhhh… mmmmmmm… —bramé al correrme.
Del placer me comencé a inclinar hacia delante como si fuera a caer sobre ella.
—Dios pero que rico… —dije irguiéndome nuevamente.
Ella lentamente se la sacó de la boca mientras que deslizaba su mano desde mi pelvis hacia mi abdomen para apoyarse y ponerse de pie.
—Buenas noches —dijo limpiándose la boca con la mano. Se dio la vuelta y se fue.
Yo no podía creer lo satisfecho que me sentía. Me quedé en la cocina un momento más para asimilar el placer que había sentido. Luego me fui a mí habitación y me quedé dormido.
Me desperté temprano, había soñado que Sofía quería volver conmigo y que yo riendo a carcajadas la rechazaba. Me puse un short holgado sin nada abajo y salí hacia la sala. Al llegar vi a mi madre de rodillas bajo el árbol de navidad colocando los regalos; en mi familia no había ya niños, pero mis padres seguían teniendo una tradición de comprar regalos para todos, mi padre compraba el de mi madre y seguramente ella compraba el del resto.
No quise perder la oportunidad y me acerqué, ya se encontraba terminando de colocar los obsequios.
—Buenos días —dije—, ¿esto me trajo santa? —pregunté sonriendo mientras posaba mi mano en una de sus nalgas.
Volteó hacia atrás y me miró sobre su hombro.
—Eso quisieras, ¿no? —dijo sonriendo.
—Sería la mejor navidad de todos los tiempos —dije.
—Jaja —rió—. Ya suéltame el culo que pueden venir tus abuelos.
Le di una nalgada y me fui a la cocina. Me senté en el mesón y al minuto ella también llegó y encendió la cafetera.
—A qué no adivinas —dijo colocando sus codos sobre el mesón e inclinándose hacia adelante—. Tu padre tiene pensando invitarnos a cenar a alguna parte hoy en la noche.
—¿En serio? —dije—. ¿A dónde piensa llevarnos?
—No sé —dijo—. Seguramente a algún buen restaurante.
—Bueno, me parece un buen gesto de su parte —dije.
—Sí —dijo—. Está un poco menos estresado estos días, le ha estado marchando bien en el trabajo. Pero lo que quería decirte es que le he dicho que iría a comprar algo para ponerme y le he pedido que te deje llevarme en el coche.
—¿Y qué ha dicho? —pregunté.
—Ha dicho que sí —dijo—, así que después del desayuno vístete para que me lleves al centro comercial.
Después de desayunar me vestí de forma casual y encendí el coche, mi madre se sentó en el puesto de copiloto y nos fuimos.
—¿Qué pasa? —dije al notar que se me quedaba mirando.
—No es nada —dijo sonriendo—, es que no había notado lo masculino que te ves conduciendo. Me recuerdas mucho a tu padre cuando era joven.
—¿Se la mamabas mientras él conducía verdad? —dije mirándola sobre mi hombro—. Por eso lo dices.
—Ay sí… jaja —dijo sonriendo—. Solo piensas en eso.
—Desde ayer —dije.
—¿Quieres? —preguntó.
—Qué cosa —dije.
—Pues… que te la chupe… —dijo mordiéndose el labio.
Inmediatamente solté el volante y me desajusté el cinturón.
—Espera… yo lo hago —dijo inclinándose y desabotonándome el pantalón—. Tú dedícate a conducir.
Me bajó la cremallera, estiró el elástico de mis boxers y me sacó la polla. No estaba completamente erecta todavía.
—Mmmmmm… —suspiré al sentir nuevamente la humedad de su boca en mi miembro.
—¡Jorge! —escuché que gritó mi madre desde la cocina.
Mis abuelos vendrían a celebrar la noche buena y como venía pasando en los últimos dos años eso me obligaba a tomar el coche de mi padre e irlos a buscar al aeropuerto. Era una tarea que a lo sumo me tomaría cuarenta minutos, pero en realidad no me apetecía ni un poco ir por mis abuelos, quería quedarme en la cama y dejar que se las arreglaran sin mí, así que decidí hacerme el dormido.
Escuché a mi madre llamarme un par de veces más y luego de unos minutos en los que obviamente yo no respondí a su llamado entró a la habitación, abrió sin tocar y se acercó a la cama.
—Jorge, Jorge… —dijo mientras me agitaba el hombro con la intención de hacerme despertar—. Jorge, despierta, debes ir a buscar a tus abuelos.
Yo seguí haciendo el papel de dormido. Creo que podría haberme ganado un premio por mi gran desempeño.
En ese momento sentí como el frio abrazó mi piel cuando mi madre removió la cobija de un tirón y dejó expuesto mi cuerpo desnudo.
A causa del frio mi actuación comenzó a tambalear, no escuché a mi madre decir nada, pero de alguna forma pude sentir que se encontraba mirando mi cuerpo, especialmente mis genitales.
En ese punto ya no sabía qué hacer, el frio comenzaba a volverse realmente molesto, pero no podía simplemente despertar, mucho menos ahora que me encontraba tan expuesto. Me era imposible mentir estando desnudo frente a mi madre. ¿Qué podría estar pensando ella al ver mis bolas peludas y un pene que debía verse como un pequeño maní? La situación casi me daba risa, como si le estuviera haciendo una broma a mi pobre madre.
—Mmmmm ya veo… —dijo finalmente ella—, es que tienes el sueño pesado.
Acto seguido sentí que se sentó a un costado.
—Ay pobrecito mi Jorgito, debe estar muy cansado de usar el móvil hasta tarde —dijo con tono sarcástico hablando como sí supiera que podía oírla—. Las chicas lo deben tener loco, como locas deben estar ellas por esta gran polla —dijo sujetándome los huevos fuertemente con una de sus manos.
No pude evitar dar un leve sobresalto al sentir como sus uñas se aferraban a mis testículos. No obstante, decidí continuar haciéndome el dormido. Llevaría mi actuación hasta el final a pesar de que perceptiblemente ya no era creíble.
Fue entonces cuando mi madre me apretó más aun los testículos, lo que en realidad no hacía otra cosa que no fuera darme una placentera satisfacción, pues sus manos transmitían calor. Literalmente me estaba calentando los huevos.
A diferencia de mi padre, al que de pura casualidad ya le conocía la polla, yo tengo lo que se conoce popularmente como pene de sangre, lo que significa que mi polla en estado de flacidez parece una cosa insignificante, especialmente cuando el clima es frio como en efecto lo era en ese momento, pero que cuando la sangre corre por ella ésta crece de forma considerable, por lo que tener a mi madre sujetándome los huevos hizo que la sangre fluyera. ¡Y vaya como fluía! En cuestión de segundos lo que a mi madre seguramente le había parecido el inofensivo miembro de su hijo se convirtió en una verga bastante grande, dura, venosa, blanca y rojiza como la navidad misma.
Se produjo un silenció, pero mis huevos seguían apresados en la mano de mi madre.
—Jorge… —dijo en tono neutral—. ¿No vas a despertar?
No respondí y decidí morir como un soldado con mi actuación en pie, haciéndome el dormido. No sabía cómo reaccionar y sentía que ya no podía hacer otra cosa que continuar fingiendo.
—Así que no vas a despertar, eh —dijo soltando mis huevos para agarrar mi ahora erecto miembro con su suave mano —es que no piensas buscar a tus abuelos que están en el aeropuerto esperándote… ah…. —dijo mientras literalmente comenzó a hacerme una paja.
No me lo podía creer; mi madre me la había comenzado a jalar para despertarme. ¡Y que bien lo hacía!
—Sí no despiertas y vas a buscar a tus abuelos tu padre va a enfurecer —dijo mientras me la jalaba suavemente—. Va a comenzar a reclamarte nuevamente que no has conseguido un empleo.
—De enterarse que has venido a mi habitación a hacerme una paja seguramente se molestaría más —pensé en responderle, pero no dije nada.
Mientras ella continuaba mantuve mis ojos cerrados concentrado en el placer que estaba dando. ¡Mi madre sí que sabía cómo masajear una polla!
—Conoces bien el carácter de su madre y si se entera que los dejaste plantados habiéndote dejado el coche con el único motivo de que fueras a buscarlos te va a querer matar.
Ella hablaba y no le faltaba verdad a lo que decía, pero yo solo estaba pensando en que me iba hacer acabar.
—Ay, así, así, mamá… no pares —decía en mi mente.
Ya tenía yo la polla a punto de estallar, sentía venir la corrida. No importa lo mucho que quisiera aguantarme ya era un hecho inevitable que mi madre me iba hacer expulsarlo todo.
—Es increíble que la tengas más grande que tu padre —escuché que dijo en un tono apenas audible, lo cual era algo que, según lo que yo mismo había visto, era posible.
Me retorcí y disparé un fuerte y espeso chorro hacia alguna parte y como ella no se detuvo sino que continuó ordeñándome la polla con mucha más velocidad el semen siguió brotando desde la punta, pero ahora mucho menos espeso, empapando mi polla y obviamente la mano que ella estaba usando para jalármela.
Tras correrme no me quedó otra opción que abrir los ojos, aunque evité hacer contacto visual. Por su parte, mi madre, tras haberme vaciado los huevos y ver que la leche dejaba de brotar, disminuyó la velocidad de su movimiento hasta que finalmente se detuvo y me soltó la polla.
—Que bueno que has despertado —dijo con un tono levemente dominante—. Feliz Navidad.
Me quedé en silencio sin saber qué decir.
—Ahora, levántate… vístete y ve por tus abuelos —dijo dándome unas leves palmaditas en el pecho con la mano que tenía cubierta de semen.
Se levantó y dejó mi habitación. Yo me quedé recuperando el aliento.
A los pocos minutos me levanté, me di una ducha y no le hice cabeza a lo ocurrido, simplemente decidí disfrutar de lo pasado. Me había gustado el hecho de que mi madre me había hecho acabar con su mano; se me hacía demasiado morboso, me parecía una experiencia única y aunque suene ridículo para mí era como si me hubiese colado a una zona vip y hubiera recibido un trato especial, un trato que no todas las madres dan y mucho menos tampoco a todos sus hijos, había que ser afortunado y especialmente consentido como yo para recibir una paja proveniente de la mano de la misma mujer que te trajo al mundo.
Como yo a mi madre la conocía perfectamente sabía que para ella todo el asunto había sido una simple travesura, que había empezado como uno más de sus excesos y que había escalado hasta excitarse al punto en el que no pudo hacer otra cosa diferente a dejarse llevar. Ahora ya estaba hecho, no había forma en la que pudiera retractarse; me había hecho una paja no solicitada, por lo que ahora no podía hacerse la difícil cuando yo le pidiera algo más, lo que desde luego, por reciente que hubiese pasado todo y sin importarme que se tratase de mi progenitora, ya era mi intención hacer. ¿Cómo podría no sentirme tentado a querer más?
Me vestí y salí de la habitación. Mi madre se encontraba en la cocina.
—Voy saliendo a buscar a los viejos —dije.
—Date prisa que desde hace treinta minutos te están esperando.
Al dejar la casa noté que los dos habíamos evitado vernos a la cara, lo que tomé como algo normal teniendo en cuenta lo que acababa de pasar. De igual forma consideré oportuno regresarme.
—Se me había olvidado esto —dije sorprendiéndola por detrás en la cocina, sujetándole la cintura con una mano y propinándole un beso en la mejilla que la dejó boquiabierta.
No le dio tiempo de reaccionar cuando ya me había ido por mis abuelos.
Después de pasarlos a buscar por el aeropuerto, cuando íbamos en el coche, se comenzaron a quejar por el hecho de que los había hecho esperar, pero como por suerte no le habían dicho nada a mi padre, yo no tenía nada de qué preocuparme, por lo que simplemente usé la excusa de que había mucho tráfico y el asunto quedó hasta ahí.
Para cuando llegó la noche mi padre ya había vuelto a la casa y mis abuelos se habían asentado en la habitación de huéspedes. Habíamos descorchado un vino y mientras mi padre y mi abuelo conversaban, mi abuela le hacía compañía en la cocina a mi madre; la cual se había puesto unas sandalias con cuña que le daban un aire femenino, un pantalón blanco leventemente acampanado y una blusa de tirantes color roja que tenía un escote drapeado y que dejaba expuestos sus brazos, también llevaba unos grandes aretes dorados al igual que el resto de su joyería. Se veía simple, pero elegante. Debo admitir que no me había dado cuenta de que tenía una madre tan coqueta y femenina.
Cuando la vi desocupada me acerqué a ella. Se me había pasado todo el día pensando como retomar lo de la mañana y como avivar lo que había pasado, dejarle claro que quería más.
—¿Bailamos? —dije extendiendo la mano.
Ella me dejó tomarla y comenzamos a bailar en el centro de la sala. A escasos pasos se encontraba el mueble en el que se encontraba mi abuelo y mi padre charlando, estaban de espaldas a nosotros.
Mientras bailábamos, no podía parar de mirar su escote y sus labios. Estaba disfrutando de forma libidinosa la cercanía física que había entre nosotros.
En determinado momento me percaté de que mi padre volteó a vernos por un breve segundo, solo como para comprobar que era lo que tanto ocurría a sus espaldas, pero lo hizo sin prestar mayor atención.
Finalmente la canción culminó y entre risas mi madre parecía querer volver a hacia la cocina, pero la tomé de la muñeca y la tiré hacía mí.
—¿A dónde vas? —pregunté.
Nos miramos a los ojos, parecía sorprendida por el hecho de que la había reclamado con mucha propiedad.
—Es que tengo que ir a terminar la cena —dijo sonriente.
—Bailemos una más —dije. No se iba a librar de mi tan rápido.
—Bueno… está bien, vaya que tiene ganas de bailar hoy —dijo.
Aproveché el momento en el que inició la siguiente canción para juntar nuestros cuerpos aún más, lo que pareció sorprenderle al punto de sentirse instintivamente obligada a dar un rápido vistazo en dirección hacia donde se encontraba mi padre y mi abuelo charlando.
—¿Crees que van a sospechar algo? —dije.
—¿Qué dices? —respondió desconcertada y algo tensa.
—Ni siquiera se imaginan lo que pasó esta mañana —dije.
Me miró a los ojos. Nuestros rostros se encontraban cerca uno del otro.
—Para ellos no somos más que una madre y un hijo compartiendo y bailando en noche buena —dije.
—Jorge… —dijo en un tono que me hacía notar que ya no estaba tan tensa pero que cobraba seriedad—. Lo de esta mañana no fue nada.
—Cómo qué nada —repliqué de forma inmediata—. Ha sido la mejor paja que me han hecho en la vida.
Ella sonrió. No pudo aguantarse el gusto de saber que me había fascinado.
—Jorge —dijo intentando hablar con carácter—, soy tu madre.
Sus palabras no me eran convincentes, sabía que ella tenía que jugar ese papel, pero estaba hablando sin mirarme a los ojos.
—No hace falta que lo digas —respondí—, creo que precisamente por eso es que ha sido tan brutal la paja que me has hecho —dije sonriendo.
La conversación me estaba excitando y me sentía animado a emplear un lenguaje más guarro con ella y transmitir verbalmente el morbo que me generaba lo que había pasado, después de todo ella también debía generarle el mismo morbo.
—¡Basta! —susurró en tono regañó—. Eres un desvergonzado. Ahora mismo no tengo tiempo para otra de tus desfachateces.
—Mmmm… así que no… —dije llevando mis manos a sus posaderas.
—¡¿Pero cómo te atreves?! —exclamó con sus ojos bien abiertos, ahora mirándome de frente, pero sin dejar de bailar conmigo—. ¿Qué pasa si tu padre o tu abuelo miran ahora mismo?
Sonreí y flexioné mis dedos aferrándolos a sus nalgas.
—De esta forma me sujetabas los huevos esta mañana, ¿recuerdas? —dije sonriendo mientras la tenía ampliamente agarrada del culo.
—Jorge Andrés Espinoza Rodríguez —dijo usando el tono de madre mandona, elevando su cuerpo hacia arriba para ganar altura—, como no me sueltes ahora mismo el culo créeme que te voy hacer arrepentir.
—Está bien, está bien… —dije sonriendo y lentamente fui relajando mis manos sin removerlas del todo de su trasero.
—Eres un imprudente —dijo—, sí continuas así lo vas arruinar todo. Así que termina de quitar tus manos de mi culo que tengo que ir a terminar la cena.
—Ya entiendo a mi padre —respondí—. Te ves increíblemente atractiva cuando te molestas.
Me miró a los ojos frunciendo el ceño y apoyando sus manos en mi pecho se separó de mí, se dio la vuelta y se marchó a la cocina.
Miré hacia donde se encontraba mi padre y mi abuelo y los dos seguían hablando como sí nada. Luego tuve que acomodarme la polla para que no se me notara que la tenía durísima.
—¿Las ayudo en algo? —dije entrando a la cocina.
—No es necesario —respondió mi madre.
—Tranquilo, Jorgito, tu ve a hacerle compañía a tu padre y a tu abuelo que nosotras nos encargamos de todo acá en la cocina —dijo mi abuela sonriéndome amigablemente.
Dejé la cocina y me fui a mi habitación, realmente no me apetecía ir con mi padre y mi abuelo, en ese momento solo podía pensar en una única cosa; sentía que estaba de cacería y que era necesario montarle guardia al culo de mi madre si quería poder conseguir algo esa noche. Estaba urgido, me había sacado hasta la última gota en la mañana, pero la emoción que me generaba el morbo de follar con ella me ponía muy caliente.
Me desvestí de la cintura hacia abajo, acomodé las almohadas para apoyar mi espalda en ellas, me acosté en la cama y me comencé a tocar la polla; la manoseaba, me la jalaba un poco, me agarraba los huevos, me la acariciaba, subía y bajaba el capullo, iba de una cosa a la otra intentando imaginar a mi madre. Haciendo eso me percaté de que a pesar de la buena relación y de la confianza jamás la había visto desnuda y tampoco en ropa interior; recordaba haberla visto en bikini alguna vez, pero siempre fue de usar prendas poco llamativas y poco reveladoras, sin mencionar que en esas ocasiones no le había puesto suficiente atención, pues porque precisamente se trataba de mi madre y no iba yo pendiente de verle el culo. Era una verdadera lástima. Por otro lado, no es que no le conociera la forma de las tetas o del culo, sino que no tenía la menor idea de cómo serían sus pezones o la piel de sus nalgas, incluso me comenzaba a dar curiosidad y morbo saber cómo tendría el coño, ¿mi madre tendría el coño peludo o lo tendría depilado? Querer conocer su desnudes era algo que me estaba generando un lascivo interés al mismo tiempo que me estaba poniendo la polla tan tiesa que sería imposible bajarla luego.
—Jorge está lista la cena —dijo mi madre abriendo la puerta de mi habitación.
Me encontró con una pierna extendida en el colchón y con la otra colgando a un costado de la cama; en mi mano inmovilizada tenía sujeta mi polla exclamando eyacular. El rostro de mi madre era de incredulidad e indiferencia al mismo tiempo.
—Pasa y cierra la puerta —dije en broma y me reí.
—Es hora de la cena —respondió con una seriedad que se me hacía fingida al tiempo que veía a los ojos—. Atiende tu asunto… solo... y luego vienes. Que te estamos esperando.
Luego cerró la puerta. Yo simplemente me puse mis boxers y mi pantalón sobre mi erección, me la acomodé lo mejor que pude y fui a cenar así.
Cuando llegué la mesa estaba lista; mi padre se encontraba sentando a uno de los extremos, a su lado izquierdo se encontraba mi abuela y junto a éste mi abuelo. Decidí tomar lugar en el otro extremo, dejando dos sillas libres del lado derecho.
—¿Para cuándo la novia? —preguntó mi abuelo.
—En realidad estaba saliendo con una chica hasta hace poco —respondí.
—Es verdad… —dijo mi padre—. ¿Qué ocurrió con Sofía?
—Nada… —respondí—, conoció a alguien más.
Noté que al escucharme decir eso mi madre me miró disimuladamente.
—¿Te dejó por otro? —dijo mi abuela de forma tan sorprendida como imprudente.
Mi padre y mi abuelo pusieron una cara seria.
—Sí, algo así —respondí—. Pero nah… creo que ha sido lo mejor después de todo.
—¿Por qué? —preguntó mi abuela.
—Bueno, ahora mismo creo que tengo mis ojos puestos en una mucho más guapa —respondí mirando a mi madre que nuevamente volteó a verme.
—Ah pues, tráela muchacho, tráela —dijo mi abuelo—, para conocerla.
—No creo que haga falta —dije sonriendo.
—¿Y eso por qué? —preguntó mi abuelo.
En ese momento vi que mi madre tomaba asiento justo a un lado de mi padre.
—No… bueno… ya sabes, todavía no es el momento —respondí algo vacilante—. Aún no la he terminado de convencer… pero le gusto, le gusto. Eso es seguro.
—Se directo con tus intenciones —dijo mi padre con aire de mentor—… y muestra seguridad y confianza en ti mismo. Las mujeres quieren que tomes el control de la situación. Eso me funcionó con tu madre.
Era la primera vez que mi padre me daba un consejo sobre mujeres, supongo que compadeciéndose de mí por lo de Sofía, lo que no sabía es que su consejo resultaba ser bastante oportuno y mucho más preciso de lo que él pudiera sospechar.
Mi madre solo miró su comida al escuchar a mi padre, como intentando disimular. Al verla sentía que teníamos una complicidad. Luego cambiamos de tema y la cena transcurrió amenamente. Al terminar acompañé a mi padre y a mi abuelo al jardín.
—Mira hijo… —comenzó a decir mi padre, que ya tenía algunas copas encima—. Sé que tal vez no te he sabido aconsejar como debería y que tu madre seguramente ha hablado de estos temas contigo ya que tienen una buena relación, por lo mismo, seguramente te ha dicho que has de ser un chico bueno y que debes ser caballeroso con las chicas, y así es, en principio eso está bien, pero yo tengo que decirte esto porque seguramente es lo que te ha ocurrido con esa chica Sofía. A las mujeres hay que clavarlas como un hombre, nada de niñerías, las caricias están bien, pero son guarras como no tienes idea, créeme, se mueren por un empotrador.
No sabía que me sorprendía más, sí el hecho de que mi padre me estuviera dando consejos amorosos o que pensara que Sofía me había dejado por algo diferente a su necesidad de ir de una polla a otra cada tanto. No obstante, lo que si me estaba quedando claro era que me estaba dejando a entrever que mi madre era una guarra en la cama, como ya me lo había dejado saber ella misma esa mañana, pues de otra forma no me hubiese hecho una paja siendo yo su hijo. Ahora la pregunta que me hacía era si era tan guarra cómo para…
—¿Puedo hacerte una pregunta acá entre hombres? —le dije a mi padre al tiempo que miraba a mi abuelo ya casi quedándose dormido en la silla en la que se encontraba sentado.
—Pues claro, hijo, claro, dime —respondió notoriamente afectado por los tragos.
—Es sobre eso que comentas… —dije haciéndome el inocente—, es que creo que Sofía se fue con otro porque quería que tuviéramos sexo anal y no sabía sí hacerlo o no.
Mi padre abrió los ojos sorprendido e incluso me atrevería a decir que algo excitado por lo que acaba de escuchar. Sofía tenía un buen culo y seguramente él se lo habría visto, por algo recordaba hasta como se llamaba.
—Es decir, creo que era eso lo que quería, pero no estaba seguro y nunca se lo pedí —dije—. Luego me confesó que estaba buscando a alguien que le diera esa experiencia.
—¡Es lo que yo te decía! —respondió inmediatamente—, en el fondo eso quieren, un hombre que las satisfaga en la cama.
—Si… entiendo… —respondí—. ¿Entonces tú lo has hecho?, ¿te parece bien?
Mi padre guardó silencio e hizo un gesto de “pero qué cojones me estás preguntando”, algo que fuera de mi actuación yo obviamente podía entender completamente, pero tenía que seguir haciéndome el tonto para obtener de él la información que quería saber de mi madre.
—Pues a ver, Jorge, no sé tú —dijo—. Yo creo que no te he dado una crianza estrictamente religiosa, no sé cuál sea tu punto de vista, pero si a mí una mujer me ofrece el culo, pues se lo rompo. Así de fácil —dijo sonriendo de forma incrédula.
—¿Entonces lo has hecho? —pregunté.
—Pues claro hijo, claro que lo he hecho —respondió sin pensárselo mucho y haciendo unos gestos de desesperación, como pensando “qué clase de preguntas me haces”.
—¿Crees entonces que cualquier mujer está dispuesta a eso? —continué mi interrogatorio.
—Pues a ver, no todas van a ofrecerse ni van a querer hacerlo, pero sí hay algunas a las que les gusta y que van a buscar uno que se lo sepa hacer bien, como Sofía, mientras que hay otras que dicen que no quieren saber nada del tema.
—Entonces te ha pasado que tú has querido y ella no —pregunté.
—Pues claro, Jorge, a ver... como todo… —respondió—, hay veces que te van a decir que no, lo importante es saber que… —dijo alzando el dedo índice y sosteniendo la copa en la otra mano—, si se lo pides en el momento indicado te aseguro que todas ceden.
Ya no me quedaban dudas, y seguramente me estaba precipitando, pero por todo lo que decía mi padre indirectamente me había dejado claro que el agujero que escondían las nalgas de mi madre también era algo a lo que podía aspirar. Por otro lado, nunca lo había visto de esa manera, pero me comenzó a parecer que mis padres tenían esa clase de matrimonio en el que ambos exploraron todo lo que se podía hacer.
—¿Hasta mamá? —me arriesgué a preguntar haciéndome el sorprendido e inocente a pesar de ya conocer la respuesta.
Mi padre dudó un segundo e hizo como si lo estuviera pensando.
—Hasta tu madre… —sentenció y seguidamente llevó la copa a su boca.
Poco después cada uno se fue a su habitación. Yo me encontraba en la mía y estaba muy caliente. Había sido un día largo, si el día anterior me hubiesen dicho que al día siguiente iba a estar obsesionado con tener sexo con mi madre, me hubiese parecido una locura, pero el evento que había tenido lugar en la mañana en la misma cama en la que me encontraba acostado, aquella paja tan exquisita como terriblemente morbosa había sido un detonante para despertar en mi un deseo sumamente lujurioso por mi propia madre.
Decidí salir al pasillo en boxers y me acerqué a la puerta de la habitación de mis padres. Puse mi oído contra la puerta, quería escuchar sí estaban dormidos y entonces identifiqué un sonido que al principio interpreté como sí adentro se estuviera produciendo una conversación, pero que luego identifiqué como el inconfundible sonido de una mamada. ¡Mi madre se la estaba chupando a papá!
Glog, glog, glog, glog, glog, glog…
Sentí envidia y excitación en ese momento. Me agaché intentando ver por debajo de la puerta, pero las luces estaban apagadas y era imposible ver nada. Repentinamente se abrió la puerta del baño y por un breve momento la luz que de allí salía iluminó parte del pasillo. Mi abuela salió y me encontró de rodillas.
—Ay, Jorge —dijo—, ¿qué haces ahí?
Me puse de pie.
—Abuela… —respondí llevando mis manos al estómago—, disculpa sí la asusté, es que tengo un dolor en el estómago y estaba esperando a que desocuparas el baño —dije improvisando una mentira.
—Ah, bueno… ya está desocupado, hijo, vaya, vaya ahora —dijo mirando que se me marcaba una gran erección en el boxer.
No me quedó de otra que ir al baño, pero al entrar escuché abrirse la puerta de la habitación de mis padres. Ahora desde adentro del baño intenté escuchar qué se decía en el pasillo y me pareció escuchar que mi abuela le explicaba lo ocurrido a mi madre. Me quedé unos minutos y luego bajé la cadena de inodoro.
Al salir, así como estaba en boxers, fui hacia la cocina. Abrí el refrigerador para buscar algo de comer y sin darme cuenta de la nada apareció mi madre.
—¿No tenías dolor de estómago? —dijo—, ¿Qué haces comiendo?
—Sí… este… —dije balbuceando, esta vez no sabía qué decir—. Es que ya se me pasó…
—Déjate de tonterías, Jorge —respondió seria cruzando los brazos—. ¿Qué hacías agachado tras la puerta de la habitación?
No supe cómo responder y simplemente sonreí. Me fijé en que mi madre solo llevaba puesta un pijama de dos piezas de color blanco que se le traslucía un poco en la zona del pecho, lo que me permitía ver tenuemente la forma de sus pezones que no reparé en ver fijamente.
—¿Qué miras? —dijo.
Yo extendí mi mano y le toqué una teta sobre su pijama, tenía los pezones erectos.
—Ah… Jorge… qué haces —dijo—, deja, deja ya.
—Tienes los pezones duros —dije—, ¿me dejarías verte las tetas?
Nos quedamos mirándonos a los ojos fijamente, era como una batalla de miradas. Se le notaba excitada, pero también indecisa.
—Vamos, mamá, solo una miradita, qué tiene de malo —dije mientras la seguía mirándola fijamente y acariciando uno de sus pezones sobre la tela.
—Bueno… —dijo dejando escapar un leve suspiro—. ¿Me prometes dejar esto hasta aquí si te muestro mis pechos?
Guardé silencio y la miré fijamente.
Se bajó de los hombros los tirantes que sostenían la pijama y vi sus pechos, los tenía separados, moderadamente grandes; la piel de sus pezones, que tenían forma de dedal, era de una tonalidad rosa.
—¿Te gustan? —preguntó con un tono juguetón. El deseo en mis ojos pareció excitarla aún más.
—Son perfectos —dije—. ¿Me dejarías chuparlos?
Se produjo un silencio y me miró con una expresión que mezclaba duda con excitación.
—Tengo que pensarlo —dijo—. Si te portas bien y me haces caso te dejaré jugar con ellos todo lo que quieras —dijo sonriendo leve y coquetamente. Su rostro se encontraba ruborizado.
La miré a los ojos y sonreí. Un juego altamente morboso había comenzado entre los dos.
—Buenas noches —me dijo acomodándose nuevamente la pijama.
—¿Te marchas ya? —pregunté desconcertado.
—Sí —dijo.
—Pensé que íbamos hacer algo más —dije.
—Hoy no —dijo—. Ya tu padre se encargó de eso —agregó con una mueca presuntuosa.
No me lo podía creer; mi madre me estaba poniendo a competir con mi padre.
—¿Es en serio eso? —dije—. A mí solo me pareció escuchar una mamada.
—Así que sí estabas escuchando —dijo sonriendo y haciéndose la ofendida.
—No, no es eso —respondí—, es que te quedó un poco ahí —mentí señalándole la boca.
Llevó su mano a la boca para limpiarse.
—Entonces sí se la estaba chupando —dije sonriendo—. Y acabó en tu boca.
Se percató de que solo la había engañado.
—Quien lo diría… —dije bromeando—. Te gusta deslechar pollas.
Se quedó con la boca abierta.
—Eres un abusador —dijo con una expresión sonriente y picara—. No sabía que había criado a un hombre tan descortés y poco caballeroso.
Me excitó que se refiriera a mí como un hombre. Me acerqué a ella y rodeándola con los brazos la sujeté del trasero.
—¿No puedes aguantarte? —dijo mirándome a los ojos.
Yo estaba empalmadísimo, la tenía muy cerca, podía sentir su olor.
—Te gusta que los hombres pierdan el control por ti, ¿no es así? —dije amasándole el culo—. Sentir que los vuelves locos…
—Hace mucho que tu padre no me desea de esa forma —me confesó.
No me aguanté más… le di primero un leve beso, apenas probando sus labios, pero al ver que abrió la boca mi impulso fue meterle la lengua. Mis manos abandonaron su culo para tomarla del cuello y el mentón. El beso era tan intenso y lascivo que se me iba el alma en ello. Al concluirlo ambos tuvimos que tomar un segundo para respirar.
Le propuse ir a mi habitación, pero ella me miró a los ojos y lentamente sin dejar de mirarme se agachó y en completo silencio me bajó el bóxer haciendo que mi polla saliera erguida. Me sujetó los huevos peludos con una mano y sin dejar de mirarme me la comenzó a comer.
—Mmmmmmmmmmmmmmm…
—Oh… mierda… —dije cerrando los ojos e inclinando mi cabeza hacia atrás.
La lengua de mi madre era una cosa inédita para mí. Desde la base me comenzó a lamer el tronco del pene y cuando llegó a la zona del glande empezó a mover la punta de su lengua en círculos, luego me dio unas breves lamidas en la punta.
—¿Te gusta así? —dijo con tono de puta—. ¿Te gusta como mami te chupa la polla?
No pude decir nada. Me encontraba en el cielo.
—Mmmmmm…. —comenzó a chupar la cabeza.
Mi madre engullía un trozo, luego retrocedía para entonces tragar un poco más, su boca iba ganando terreno en ese proceso hasta llegar más allá de la mitad de mi polla.
No sé qué me resultaba más morboso, si el hecho de que era mi madre quien me estaba dando tan gloriosa mamada o el riesgo de que aparecieran mis abuelos o mi padre y nos encontraran ahí. Tal vez todo a la vez.
Se sacó mi polla de la boca, me lamió el tronco nuevamente, esta vez de la cabeza hacia la base, pero no se detuvo y siguió bajando para comerme los huevos, los lamía y mordía con suavidad, entonces volvió chuparme la polla, tragaba y tragaba, me daban ganas de sujetarle la cabeza y comenzar a follarle la boca, pero no me dejó intentarlo porque me sujetó las nalgas con sus manos y tragó hasta el fondo, se metió mi polla entera.
—Ooooahhhh… mmmmmmm… —bramé al correrme.
Del placer me comencé a inclinar hacia delante como si fuera a caer sobre ella.
—Dios pero que rico… —dije irguiéndome nuevamente.
Ella lentamente se la sacó de la boca mientras que deslizaba su mano desde mi pelvis hacia mi abdomen para apoyarse y ponerse de pie.
—Buenas noches —dijo limpiándose la boca con la mano. Se dio la vuelta y se fue.
Yo no podía creer lo satisfecho que me sentía. Me quedé en la cocina un momento más para asimilar el placer que había sentido. Luego me fui a mí habitación y me quedé dormido.
Me desperté temprano, había soñado que Sofía quería volver conmigo y que yo riendo a carcajadas la rechazaba. Me puse un short holgado sin nada abajo y salí hacia la sala. Al llegar vi a mi madre de rodillas bajo el árbol de navidad colocando los regalos; en mi familia no había ya niños, pero mis padres seguían teniendo una tradición de comprar regalos para todos, mi padre compraba el de mi madre y seguramente ella compraba el del resto.
No quise perder la oportunidad y me acerqué, ya se encontraba terminando de colocar los obsequios.
—Buenos días —dije—, ¿esto me trajo santa? —pregunté sonriendo mientras posaba mi mano en una de sus nalgas.
Volteó hacia atrás y me miró sobre su hombro.
—Eso quisieras, ¿no? —dijo sonriendo.
—Sería la mejor navidad de todos los tiempos —dije.
—Jaja —rió—. Ya suéltame el culo que pueden venir tus abuelos.
Le di una nalgada y me fui a la cocina. Me senté en el mesón y al minuto ella también llegó y encendió la cafetera.
—A qué no adivinas —dijo colocando sus codos sobre el mesón e inclinándose hacia adelante—. Tu padre tiene pensando invitarnos a cenar a alguna parte hoy en la noche.
—¿En serio? —dije—. ¿A dónde piensa llevarnos?
—No sé —dijo—. Seguramente a algún buen restaurante.
—Bueno, me parece un buen gesto de su parte —dije.
—Sí —dijo—. Está un poco menos estresado estos días, le ha estado marchando bien en el trabajo. Pero lo que quería decirte es que le he dicho que iría a comprar algo para ponerme y le he pedido que te deje llevarme en el coche.
—¿Y qué ha dicho? —pregunté.
—Ha dicho que sí —dijo—, así que después del desayuno vístete para que me lleves al centro comercial.
Después de desayunar me vestí de forma casual y encendí el coche, mi madre se sentó en el puesto de copiloto y nos fuimos.
—¿Qué pasa? —dije al notar que se me quedaba mirando.
—No es nada —dijo sonriendo—, es que no había notado lo masculino que te ves conduciendo. Me recuerdas mucho a tu padre cuando era joven.
—¿Se la mamabas mientras él conducía verdad? —dije mirándola sobre mi hombro—. Por eso lo dices.
—Ay sí… jaja —dijo sonriendo—. Solo piensas en eso.
—Desde ayer —dije.
—¿Quieres? —preguntó.
—Qué cosa —dije.
—Pues… que te la chupe… —dijo mordiéndose el labio.
Inmediatamente solté el volante y me desajusté el cinturón.
—Espera… yo lo hago —dijo inclinándose y desabotonándome el pantalón—. Tú dedícate a conducir.
Me bajó la cremallera, estiró el elástico de mis boxers y me sacó la polla. No estaba completamente erecta todavía.
—Mmmmmm… —suspiré al sentir nuevamente la humedad de su boca en mi miembro.