Todo Empezó con una Paja

heranlu

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La luz que traspasaba las cortinas de mi habitación hicieron que me diera cuenta de que ya había amanecido, pero la noche anterior había estado hasta tarde mirando el móvil y ahora solo quería permanecer en la comodidad de mi cama; encontraba sumamente confortable la sensación de abrigo que me daban aquellas gruesas sabanas a pesar de que estaba enteramente desnudo debajo de las mismas.

—¡Jorge! —escuché que gritó mi madre desde la cocina.

Mis abuelos vendrían a celebrar la noche buena y como venía pasando en los últimos dos años eso me obligaba a tomar el coche de mi padre e irlos a buscar al aeropuerto. Era una tarea que a lo sumo me tomaría cuarenta minutos, pero en realidad no me apetecía ni un poco ir por mis abuelos, quería quedarme en la cama y dejar que se las arreglaran sin mí, así que decidí hacerme el dormido.

Escuché a mi madre llamarme un par de veces más y luego de unos minutos en los que obviamente yo no respondí a su llamado entró a la habitación, abrió sin tocar y se acercó a la cama.

—Jorge, Jorge… —dijo mientras me agitaba el hombro con la intención de hacerme despertar—. Jorge, despierta, debes ir a buscar a tus abuelos.

Yo seguí haciendo el papel de dormido. Creo que podría haberme ganado un premio por mi gran desempeño.

En ese momento sentí como el frio abrazó mi piel cuando mi madre removió la cobija de un tirón y dejó expuesto mi cuerpo desnudo.

A causa del frio mi actuación comenzó a tambalear, no escuché a mi madre decir nada, pero de alguna forma pude sentir que se encontraba mirando mi cuerpo, especialmente mis genitales.

En ese punto ya no sabía qué hacer, el frio comenzaba a volverse realmente molesto, pero no podía simplemente despertar, mucho menos ahora que me encontraba tan expuesto. Me era imposible mentir estando desnudo frente a mi madre. ¿Qué podría estar pensando ella al ver mis bolas peludas y un pene que debía verse como un pequeño maní? La situación casi me daba risa, como si le estuviera haciendo una broma a mi pobre madre.

—Mmmmm ya veo… —dijo finalmente ella—, es que tienes el sueño pesado.

Acto seguido sentí que se sentó a un costado.

—Ay pobrecito mi Jorgito, debe estar muy cansado de usar el móvil hasta tarde —dijo con tono sarcástico hablando como sí supiera que podía oírla—. Las chicas lo deben tener loco, como locas deben estar ellas por esta gran polla —dijo sujetándome los huevos fuertemente con una de sus manos.

No pude evitar dar un leve sobresalto al sentir como sus uñas se aferraban a mis testículos. No obstante, decidí continuar haciéndome el dormido. Llevaría mi actuación hasta el final a pesar de que perceptiblemente ya no era creíble.

Fue entonces cuando mi madre me apretó más aun los testículos, lo que en realidad no hacía otra cosa que no fuera darme una placentera satisfacción, pues sus manos transmitían calor. Literalmente me estaba calentando los huevos.

A diferencia de mi padre, al que de pura casualidad ya le conocía la polla, yo tengo lo que se conoce popularmente como pene de sangre, lo que significa que mi polla en estado de flacidez parece una cosa insignificante, especialmente cuando el clima es frio como en efecto lo era en ese momento, pero que cuando la sangre corre por ella ésta crece de forma considerable, por lo que tener a mi madre sujetándome los huevos hizo que la sangre fluyera. ¡Y vaya como fluía! En cuestión de segundos lo que a mi madre seguramente le había parecido el inofensivo miembro de su hijo se convirtió en una verga bastante grande, dura, venosa, blanca y rojiza como la navidad misma.

Se produjo un silenció, pero mis huevos seguían apresados en la mano de mi madre.

—Jorge… —dijo en tono neutral—. ¿No vas a despertar?

No respondí y decidí morir como un soldado con mi actuación en pie, haciéndome el dormido. No sabía cómo reaccionar y sentía que ya no podía hacer otra cosa que continuar fingiendo.

—Así que no vas a despertar, eh —dijo soltando mis huevos para agarrar mi ahora erecto miembro con su suave mano —es que no piensas buscar a tus abuelos que están en el aeropuerto esperándote… ah…. —dijo mientras literalmente comenzó a hacerme una paja.

No me lo podía creer; mi madre me la había comenzado a jalar para despertarme. ¡Y que bien lo hacía!

—Sí no despiertas y vas a buscar a tus abuelos tu padre va a enfurecer —dijo mientras me la jalaba suavemente—. Va a comenzar a reclamarte nuevamente que no has conseguido un empleo.

—De enterarse que has venido a mi habitación a hacerme una paja seguramente se molestaría más —pensé en responderle, pero no dije nada.

Mientras ella continuaba mantuve mis ojos cerrados concentrado en el placer que estaba dando. ¡Mi madre sí que sabía cómo masajear una polla!

—Conoces bien el carácter de su madre y si se entera que los dejaste plantados habiéndote dejado el coche con el único motivo de que fueras a buscarlos te va a querer matar.

Ella hablaba y no le faltaba verdad a lo que decía, pero yo solo estaba pensando en que me iba hacer acabar.

—Ay, así, así, mamá… no pares —decía en mi mente.

Ya tenía yo la polla a punto de estallar, sentía venir la corrida. No importa lo mucho que quisiera aguantarme ya era un hecho inevitable que mi madre me iba hacer expulsarlo todo.

—Es increíble que la tengas más grande que tu padre —escuché que dijo en un tono apenas audible, lo cual era algo que, según lo que yo mismo había visto, era posible.

Me retorcí y disparé un fuerte y espeso chorro hacia alguna parte y como ella no se detuvo sino que continuó ordeñándome la polla con mucha más velocidad el semen siguió brotando desde la punta, pero ahora mucho menos espeso, empapando mi polla y obviamente la mano que ella estaba usando para jalármela.

Tras correrme no me quedó otra opción que abrir los ojos, aunque evité hacer contacto visual. Por su parte, mi madre, tras haberme vaciado los huevos y ver que la leche dejaba de brotar, disminuyó la velocidad de su movimiento hasta que finalmente se detuvo y me soltó la polla.

—Que bueno que has despertado —dijo con un tono levemente dominante—. Feliz Navidad.

Me quedé en silencio sin saber qué decir.

—Ahora, levántate… vístete y ve por tus abuelos —dijo dándome unas leves palmaditas en el pecho con la mano que tenía cubierta de semen.

Se levantó y dejó mi habitación. Yo me quedé recuperando el aliento.

A los pocos minutos me levanté, me di una ducha y no le hice cabeza a lo ocurrido, simplemente decidí disfrutar de lo pasado. Me había gustado el hecho de que mi madre me había hecho acabar con su mano; se me hacía demasiado morboso, me parecía una experiencia única y aunque suene ridículo para mí era como si me hubiese colado a una zona vip y hubiera recibido un trato especial, un trato que no todas las madres dan y mucho menos tampoco a todos sus hijos, había que ser afortunado y especialmente consentido como yo para recibir una paja proveniente de la mano de la misma mujer que te trajo al mundo.

Como yo a mi madre la conocía perfectamente sabía que para ella todo el asunto había sido una simple travesura, que había empezado como uno más de sus excesos y que había escalado hasta excitarse al punto en el que no pudo hacer otra cosa diferente a dejarse llevar. Ahora ya estaba hecho, no había forma en la que pudiera retractarse; me había hecho una paja no solicitada, por lo que ahora no podía hacerse la difícil cuando yo le pidiera algo más, lo que desde luego, por reciente que hubiese pasado todo y sin importarme que se tratase de mi progenitora, ya era mi intención hacer. ¿Cómo podría no sentirme tentado a querer más?

Me vestí y salí de la habitación. Mi madre se encontraba en la cocina.

—Voy saliendo a buscar a los viejos —dije.

—Date prisa que desde hace treinta minutos te están esperando.

Al dejar la casa noté que los dos habíamos evitado vernos a la cara, lo que tomé como algo normal teniendo en cuenta lo que acababa de pasar. De igual forma consideré oportuno regresarme.

—Se me había olvidado esto —dije sorprendiéndola por detrás en la cocina, sujetándole la cintura con una mano y propinándole un beso en la mejilla que la dejó boquiabierta.

No le dio tiempo de reaccionar cuando ya me había ido por mis abuelos.

Después de pasarlos a buscar por el aeropuerto, cuando íbamos en el coche, se comenzaron a quejar por el hecho de que los había hecho esperar, pero como por suerte no le habían dicho nada a mi padre, yo no tenía nada de qué preocuparme, por lo que simplemente usé la excusa de que había mucho tráfico y el asunto quedó hasta ahí.

Para cuando llegó la noche mi padre ya había vuelto a la casa y mis abuelos se habían asentado en la habitación de huéspedes. Habíamos descorchado un vino y mientras mi padre y mi abuelo conversaban, mi abuela le hacía compañía en la cocina a mi madre; la cual se había puesto unas sandalias con cuña que le daban un aire femenino, un pantalón blanco leventemente acampanado y una blusa de tirantes color roja que tenía un escote drapeado y que dejaba expuestos sus brazos, también llevaba unos grandes aretes dorados al igual que el resto de su joyería. Se veía simple, pero elegante. Debo admitir que no me había dado cuenta de que tenía una madre tan coqueta y femenina.

Cuando la vi desocupada me acerqué a ella. Se me había pasado todo el día pensando como retomar lo de la mañana y como avivar lo que había pasado, dejarle claro que quería más.

—¿Bailamos? —dije extendiendo la mano.

Ella me dejó tomarla y comenzamos a bailar en el centro de la sala. A escasos pasos se encontraba el mueble en el que se encontraba mi abuelo y mi padre charlando, estaban de espaldas a nosotros.

Mientras bailábamos, no podía parar de mirar su escote y sus labios. Estaba disfrutando de forma libidinosa la cercanía física que había entre nosotros.

En determinado momento me percaté de que mi padre volteó a vernos por un breve segundo, solo como para comprobar que era lo que tanto ocurría a sus espaldas, pero lo hizo sin prestar mayor atención.

Finalmente la canción culminó y entre risas mi madre parecía querer volver a hacia la cocina, pero la tomé de la muñeca y la tiré hacía mí.

—¿A dónde vas? —pregunté.

Nos miramos a los ojos, parecía sorprendida por el hecho de que la había reclamado con mucha propiedad.

—Es que tengo que ir a terminar la cena —dijo sonriente.

—Bailemos una más —dije. No se iba a librar de mi tan rápido.

—Bueno… está bien, vaya que tiene ganas de bailar hoy —dijo.

Aproveché el momento en el que inició la siguiente canción para juntar nuestros cuerpos aún más, lo que pareció sorprenderle al punto de sentirse instintivamente obligada a dar un rápido vistazo en dirección hacia donde se encontraba mi padre y mi abuelo charlando.

—¿Crees que van a sospechar algo? —dije.

—¿Qué dices? —respondió desconcertada y algo tensa.

—Ni siquiera se imaginan lo que pasó esta mañana —dije.

Me miró a los ojos. Nuestros rostros se encontraban cerca uno del otro.

—Para ellos no somos más que una madre y un hijo compartiendo y bailando en noche buena —dije.

—Jorge… —dijo en un tono que me hacía notar que ya no estaba tan tensa pero que cobraba seriedad—. Lo de esta mañana no fue nada.

—Cómo qué nada —repliqué de forma inmediata—. Ha sido la mejor paja que me han hecho en la vida.

Ella sonrió. No pudo aguantarse el gusto de saber que me había fascinado.

—Jorge —dijo intentando hablar con carácter—, soy tu madre.

Sus palabras no me eran convincentes, sabía que ella tenía que jugar ese papel, pero estaba hablando sin mirarme a los ojos.

—No hace falta que lo digas —respondí—, creo que precisamente por eso es que ha sido tan brutal la paja que me has hecho —dije sonriendo.

La conversación me estaba excitando y me sentía animado a emplear un lenguaje más guarro con ella y transmitir verbalmente el morbo que me generaba lo que había pasado, después de todo ella también debía generarle el mismo morbo.

—¡Basta! —susurró en tono regañó—. Eres un desvergonzado. Ahora mismo no tengo tiempo para otra de tus desfachateces.

—Mmmm… así que no… —dije llevando mis manos a sus posaderas.

—¡¿Pero cómo te atreves?! —exclamó con sus ojos bien abiertos, ahora mirándome de frente, pero sin dejar de bailar conmigo—. ¿Qué pasa si tu padre o tu abuelo miran ahora mismo?

Sonreí y flexioné mis dedos aferrándolos a sus nalgas.

—De esta forma me sujetabas los huevos esta mañana, ¿recuerdas? —dije sonriendo mientras la tenía ampliamente agarrada del culo.

—Jorge Andrés Espinoza Rodríguez —dijo usando el tono de madre mandona, elevando su cuerpo hacia arriba para ganar altura—, como no me sueltes ahora mismo el culo créeme que te voy hacer arrepentir.

—Está bien, está bien… —dije sonriendo y lentamente fui relajando mis manos sin removerlas del todo de su trasero.

—Eres un imprudente —dijo—, sí continuas así lo vas arruinar todo. Así que termina de quitar tus manos de mi culo que tengo que ir a terminar la cena.

—Ya entiendo a mi padre —respondí—. Te ves increíblemente atractiva cuando te molestas.

Me miró a los ojos frunciendo el ceño y apoyando sus manos en mi pecho se separó de mí, se dio la vuelta y se marchó a la cocina.

Miré hacia donde se encontraba mi padre y mi abuelo y los dos seguían hablando como sí nada. Luego tuve que acomodarme la polla para que no se me notara que la tenía durísima.

—¿Las ayudo en algo? —dije entrando a la cocina.

—No es necesario —respondió mi madre.

—Tranquilo, Jorgito, tu ve a hacerle compañía a tu padre y a tu abuelo que nosotras nos encargamos de todo acá en la cocina —dijo mi abuela sonriéndome amigablemente.

Dejé la cocina y me fui a mi habitación, realmente no me apetecía ir con mi padre y mi abuelo, en ese momento solo podía pensar en una única cosa; sentía que estaba de cacería y que era necesario montarle guardia al culo de mi madre si quería poder conseguir algo esa noche. Estaba urgido, me había sacado hasta la última gota en la mañana, pero la emoción que me generaba el morbo de follar con ella me ponía muy caliente.

Me desvestí de la cintura hacia abajo, acomodé las almohadas para apoyar mi espalda en ellas, me acosté en la cama y me comencé a tocar la polla; la manoseaba, me la jalaba un poco, me agarraba los huevos, me la acariciaba, subía y bajaba el capullo, iba de una cosa a la otra intentando imaginar a mi madre. Haciendo eso me percaté de que a pesar de la buena relación y de la confianza jamás la había visto desnuda y tampoco en ropa interior; recordaba haberla visto en bikini alguna vez, pero siempre fue de usar prendas poco llamativas y poco reveladoras, sin mencionar que en esas ocasiones no le había puesto suficiente atención, pues porque precisamente se trataba de mi madre y no iba yo pendiente de verle el culo. Era una verdadera lástima. Por otro lado, no es que no le conociera la forma de las tetas o del culo, sino que no tenía la menor idea de cómo serían sus pezones o la piel de sus nalgas, incluso me comenzaba a dar curiosidad y morbo saber cómo tendría el coño, ¿mi madre tendría el coño peludo o lo tendría depilado? Querer conocer su desnudes era algo que me estaba generando un lascivo interés al mismo tiempo que me estaba poniendo la polla tan tiesa que sería imposible bajarla luego.

—Jorge está lista la cena —dijo mi madre abriendo la puerta de mi habitación.

Me encontró con una pierna extendida en el colchón y con la otra colgando a un costado de la cama; en mi mano inmovilizada tenía sujeta mi polla exclamando eyacular. El rostro de mi madre era de incredulidad e indiferencia al mismo tiempo.

—Pasa y cierra la puerta —dije en broma y me reí.

—Es hora de la cena —respondió con una seriedad que se me hacía fingida al tiempo que veía a los ojos—. Atiende tu asunto… solo... y luego vienes. Que te estamos esperando.

Luego cerró la puerta. Yo simplemente me puse mis boxers y mi pantalón sobre mi erección, me la acomodé lo mejor que pude y fui a cenar así.

Cuando llegué la mesa estaba lista; mi padre se encontraba sentando a uno de los extremos, a su lado izquierdo se encontraba mi abuela y junto a éste mi abuelo. Decidí tomar lugar en el otro extremo, dejando dos sillas libres del lado derecho.

—¿Para cuándo la novia? —preguntó mi abuelo.

—En realidad estaba saliendo con una chica hasta hace poco —respondí.

—Es verdad… —dijo mi padre—. ¿Qué ocurrió con Sofía?

—Nada… —respondí—, conoció a alguien más.

Noté que al escucharme decir eso mi madre me miró disimuladamente.

—¿Te dejó por otro? —dijo mi abuela de forma tan sorprendida como imprudente.

Mi padre y mi abuelo pusieron una cara seria.

—Sí, algo así —respondí—. Pero nah… creo que ha sido lo mejor después de todo.

—¿Por qué? —preguntó mi abuela.

—Bueno, ahora mismo creo que tengo mis ojos puestos en una mucho más guapa —respondí mirando a mi madre que nuevamente volteó a verme.

—Ah pues, tráela muchacho, tráela —dijo mi abuelo—, para conocerla.

—No creo que haga falta —dije sonriendo.

—¿Y eso por qué? —preguntó mi abuelo.

En ese momento vi que mi madre tomaba asiento justo a un lado de mi padre.

—No… bueno… ya sabes, todavía no es el momento —respondí algo vacilante—. Aún no la he terminado de convencer… pero le gusto, le gusto. Eso es seguro.

—Se directo con tus intenciones —dijo mi padre con aire de mentor—… y muestra seguridad y confianza en ti mismo. Las mujeres quieren que tomes el control de la situación. Eso me funcionó con tu madre.

Era la primera vez que mi padre me daba un consejo sobre mujeres, supongo que compadeciéndose de mí por lo de Sofía, lo que no sabía es que su consejo resultaba ser bastante oportuno y mucho más preciso de lo que él pudiera sospechar.

Mi madre solo miró su comida al escuchar a mi padre, como intentando disimular. Al verla sentía que teníamos una complicidad. Luego cambiamos de tema y la cena transcurrió amenamente. Al terminar acompañé a mi padre y a mi abuelo al jardín.

—Mira hijo… —comenzó a decir mi padre, que ya tenía algunas copas encima—. Sé que tal vez no te he sabido aconsejar como debería y que tu madre seguramente ha hablado de estos temas contigo ya que tienen una buena relación, por lo mismo, seguramente te ha dicho que has de ser un chico bueno y que debes ser caballeroso con las chicas, y así es, en principio eso está bien, pero yo tengo que decirte esto porque seguramente es lo que te ha ocurrido con esa chica Sofía. A las mujeres hay que clavarlas como un hombre, nada de niñerías, las caricias están bien, pero son guarras como no tienes idea, créeme, se mueren por un empotrador.

No sabía que me sorprendía más, sí el hecho de que mi padre me estuviera dando consejos amorosos o que pensara que Sofía me había dejado por algo diferente a su necesidad de ir de una polla a otra cada tanto. No obstante, lo que si me estaba quedando claro era que me estaba dejando a entrever que mi madre era una guarra en la cama, como ya me lo había dejado saber ella misma esa mañana, pues de otra forma no me hubiese hecho una paja siendo yo su hijo. Ahora la pregunta que me hacía era si era tan guarra cómo para…

—¿Puedo hacerte una pregunta acá entre hombres? —le dije a mi padre al tiempo que miraba a mi abuelo ya casi quedándose dormido en la silla en la que se encontraba sentado.

—Pues claro, hijo, claro, dime —respondió notoriamente afectado por los tragos.

—Es sobre eso que comentas… —dije haciéndome el inocente—, es que creo que Sofía se fue con otro porque quería que tuviéramos sexo anal y no sabía sí hacerlo o no.

Mi padre abrió los ojos sorprendido e incluso me atrevería a decir que algo excitado por lo que acaba de escuchar. Sofía tenía un buen culo y seguramente él se lo habría visto, por algo recordaba hasta como se llamaba.

—Es decir, creo que era eso lo que quería, pero no estaba seguro y nunca se lo pedí —dije—. Luego me confesó que estaba buscando a alguien que le diera esa experiencia.

—¡Es lo que yo te decía! —respondió inmediatamente—, en el fondo eso quieren, un hombre que las satisfaga en la cama.

—Si… entiendo… —respondí—. ¿Entonces tú lo has hecho?, ¿te parece bien?

Mi padre guardó silencio e hizo un gesto de “pero qué cojones me estás preguntando”, algo que fuera de mi actuación yo obviamente podía entender completamente, pero tenía que seguir haciéndome el tonto para obtener de él la información que quería saber de mi madre.

—Pues a ver, Jorge, no sé tú —dijo—. Yo creo que no te he dado una crianza estrictamente religiosa, no sé cuál sea tu punto de vista, pero si a mí una mujer me ofrece el culo, pues se lo rompo. Así de fácil —dijo sonriendo de forma incrédula.

—¿Entonces lo has hecho? —pregunté.

—Pues claro hijo, claro que lo he hecho —respondió sin pensárselo mucho y haciendo unos gestos de desesperación, como pensando “qué clase de preguntas me haces”.

—¿Crees entonces que cualquier mujer está dispuesta a eso? —continué mi interrogatorio.

—Pues a ver, no todas van a ofrecerse ni van a querer hacerlo, pero sí hay algunas a las que les gusta y que van a buscar uno que se lo sepa hacer bien, como Sofía, mientras que hay otras que dicen que no quieren saber nada del tema.

—Entonces te ha pasado que tú has querido y ella no —pregunté.

—Pues claro, Jorge, a ver... como todo… —respondió—, hay veces que te van a decir que no, lo importante es saber que… —dijo alzando el dedo índice y sosteniendo la copa en la otra mano—, si se lo pides en el momento indicado te aseguro que todas ceden.

Ya no me quedaban dudas, y seguramente me estaba precipitando, pero por todo lo que decía mi padre indirectamente me había dejado claro que el agujero que escondían las nalgas de mi madre también era algo a lo que podía aspirar. Por otro lado, nunca lo había visto de esa manera, pero me comenzó a parecer que mis padres tenían esa clase de matrimonio en el que ambos exploraron todo lo que se podía hacer.

—¿Hasta mamá? —me arriesgué a preguntar haciéndome el sorprendido e inocente a pesar de ya conocer la respuesta.

Mi padre dudó un segundo e hizo como si lo estuviera pensando.

—Hasta tu madre… —sentenció y seguidamente llevó la copa a su boca.

Poco después cada uno se fue a su habitación. Yo me encontraba en la mía y estaba muy caliente. Había sido un día largo, si el día anterior me hubiesen dicho que al día siguiente iba a estar obsesionado con tener sexo con mi madre, me hubiese parecido una locura, pero el evento que había tenido lugar en la mañana en la misma cama en la que me encontraba acostado, aquella paja tan exquisita como terriblemente morbosa había sido un detonante para despertar en mi un deseo sumamente lujurioso por mi propia madre.

Decidí salir al pasillo en boxers y me acerqué a la puerta de la habitación de mis padres. Puse mi oído contra la puerta, quería escuchar sí estaban dormidos y entonces identifiqué un sonido que al principio interpreté como sí adentro se estuviera produciendo una conversación, pero que luego identifiqué como el inconfundible sonido de una mamada. ¡Mi madre se la estaba chupando a papá!

Glog, glog, glog, glog, glog, glog…

Sentí envidia y excitación en ese momento. Me agaché intentando ver por debajo de la puerta, pero las luces estaban apagadas y era imposible ver nada. Repentinamente se abrió la puerta del baño y por un breve momento la luz que de allí salía iluminó parte del pasillo. Mi abuela salió y me encontró de rodillas.

—Ay, Jorge —dijo—, ¿qué haces ahí?

Me puse de pie.

—Abuela… —respondí llevando mis manos al estómago—, disculpa sí la asusté, es que tengo un dolor en el estómago y estaba esperando a que desocuparas el baño —dije improvisando una mentira.

—Ah, bueno… ya está desocupado, hijo, vaya, vaya ahora —dijo mirando que se me marcaba una gran erección en el boxer.

No me quedó de otra que ir al baño, pero al entrar escuché abrirse la puerta de la habitación de mis padres. Ahora desde adentro del baño intenté escuchar qué se decía en el pasillo y me pareció escuchar que mi abuela le explicaba lo ocurrido a mi madre. Me quedé unos minutos y luego bajé la cadena de inodoro.

Al salir, así como estaba en boxers, fui hacia la cocina. Abrí el refrigerador para buscar algo de comer y sin darme cuenta de la nada apareció mi madre.

—¿No tenías dolor de estómago? —dijo—, ¿Qué haces comiendo?

—Sí… este… —dije balbuceando, esta vez no sabía qué decir—. Es que ya se me pasó…

—Déjate de tonterías, Jorge —respondió seria cruzando los brazos—. ¿Qué hacías agachado tras la puerta de la habitación?

No supe cómo responder y simplemente sonreí. Me fijé en que mi madre solo llevaba puesta un pijama de dos piezas de color blanco que se le traslucía un poco en la zona del pecho, lo que me permitía ver tenuemente la forma de sus pezones que no reparé en ver fijamente.

—¿Qué miras? —dijo.

Yo extendí mi mano y le toqué una teta sobre su pijama, tenía los pezones erectos.

—Ah… Jorge… qué haces —dijo—, deja, deja ya.

—Tienes los pezones duros —dije—, ¿me dejarías verte las tetas?

Nos quedamos mirándonos a los ojos fijamente, era como una batalla de miradas. Se le notaba excitada, pero también indecisa.

—Vamos, mamá, solo una miradita, qué tiene de malo —dije mientras la seguía mirándola fijamente y acariciando uno de sus pezones sobre la tela.

—Bueno… —dijo dejando escapar un leve suspiro—. ¿Me prometes dejar esto hasta aquí si te muestro mis pechos?

Guardé silencio y la miré fijamente.

Se bajó de los hombros los tirantes que sostenían la pijama y vi sus pechos, los tenía separados, moderadamente grandes; la piel de sus pezones, que tenían forma de dedal, era de una tonalidad rosa.

—¿Te gustan? —preguntó con un tono juguetón. El deseo en mis ojos pareció excitarla aún más.

—Son perfectos —dije—. ¿Me dejarías chuparlos?

Se produjo un silencio y me miró con una expresión que mezclaba duda con excitación.

—Tengo que pensarlo —dijo—. Si te portas bien y me haces caso te dejaré jugar con ellos todo lo que quieras —dijo sonriendo leve y coquetamente. Su rostro se encontraba ruborizado.

La miré a los ojos y sonreí. Un juego altamente morboso había comenzado entre los dos.

—Buenas noches —me dijo acomodándose nuevamente la pijama.

—¿Te marchas ya? —pregunté desconcertado.

—Sí —dijo.

—Pensé que íbamos hacer algo más —dije.

—Hoy no —dijo—. Ya tu padre se encargó de eso —agregó con una mueca presuntuosa.

No me lo podía creer; mi madre me estaba poniendo a competir con mi padre.

—¿Es en serio eso? —dije—. A mí solo me pareció escuchar una mamada.

—Así que sí estabas escuchando —dijo sonriendo y haciéndose la ofendida.

—No, no es eso —respondí—, es que te quedó un poco ahí —mentí señalándole la boca.

Llevó su mano a la boca para limpiarse.

—Entonces sí se la estaba chupando —dije sonriendo—. Y acabó en tu boca.

Se percató de que solo la había engañado.

—Quien lo diría… —dije bromeando—. Te gusta deslechar pollas.

Se quedó con la boca abierta.

—Eres un abusador —dijo con una expresión sonriente y picara—. No sabía que había criado a un hombre tan descortés y poco caballeroso.

Me excitó que se refiriera a mí como un hombre. Me acerqué a ella y rodeándola con los brazos la sujeté del trasero.

—¿No puedes aguantarte? —dijo mirándome a los ojos.

Yo estaba empalmadísimo, la tenía muy cerca, podía sentir su olor.

—Te gusta que los hombres pierdan el control por ti, ¿no es así? —dije amasándole el culo—. Sentir que los vuelves locos…

—Hace mucho que tu padre no me desea de esa forma —me confesó.

No me aguanté más… le di primero un leve beso, apenas probando sus labios, pero al ver que abrió la boca mi impulso fue meterle la lengua. Mis manos abandonaron su culo para tomarla del cuello y el mentón. El beso era tan intenso y lascivo que se me iba el alma en ello. Al concluirlo ambos tuvimos que tomar un segundo para respirar.

Le propuse ir a mi habitación, pero ella me miró a los ojos y lentamente sin dejar de mirarme se agachó y en completo silencio me bajó el bóxer haciendo que mi polla saliera erguida. Me sujetó los huevos peludos con una mano y sin dejar de mirarme me la comenzó a comer.

—Mmmmmmmmmmmmmmm…

—Oh… mierda… —dije cerrando los ojos e inclinando mi cabeza hacia atrás.

La lengua de mi madre era una cosa inédita para mí. Desde la base me comenzó a lamer el tronco del pene y cuando llegó a la zona del glande empezó a mover la punta de su lengua en círculos, luego me dio unas breves lamidas en la punta.

—¿Te gusta así? —dijo con tono de puta—. ¿Te gusta como mami te chupa la polla?

No pude decir nada. Me encontraba en el cielo.

—Mmmmmm…. —comenzó a chupar la cabeza.

Mi madre engullía un trozo, luego retrocedía para entonces tragar un poco más, su boca iba ganando terreno en ese proceso hasta llegar más allá de la mitad de mi polla.

No sé qué me resultaba más morboso, si el hecho de que era mi madre quien me estaba dando tan gloriosa mamada o el riesgo de que aparecieran mis abuelos o mi padre y nos encontraran ahí. Tal vez todo a la vez.

Se sacó mi polla de la boca, me lamió el tronco nuevamente, esta vez de la cabeza hacia la base, pero no se detuvo y siguió bajando para comerme los huevos, los lamía y mordía con suavidad, entonces volvió chuparme la polla, tragaba y tragaba, me daban ganas de sujetarle la cabeza y comenzar a follarle la boca, pero no me dejó intentarlo porque me sujetó las nalgas con sus manos y tragó hasta el fondo, se metió mi polla entera.

—Ooooahhhh… mmmmmmm… —bramé al correrme.

Del placer me comencé a inclinar hacia delante como si fuera a caer sobre ella.

—Dios pero que rico… —dije irguiéndome nuevamente.

Ella lentamente se la sacó de la boca mientras que deslizaba su mano desde mi pelvis hacia mi abdomen para apoyarse y ponerse de pie.

—Buenas noches —dijo limpiándose la boca con la mano. Se dio la vuelta y se fue.

Yo no podía creer lo satisfecho que me sentía. Me quedé en la cocina un momento más para asimilar el placer que había sentido. Luego me fui a mí habitación y me quedé dormido.

Me desperté temprano, había soñado que Sofía quería volver conmigo y que yo riendo a carcajadas la rechazaba. Me puse un short holgado sin nada abajo y salí hacia la sala. Al llegar vi a mi madre de rodillas bajo el árbol de navidad colocando los regalos; en mi familia no había ya niños, pero mis padres seguían teniendo una tradición de comprar regalos para todos, mi padre compraba el de mi madre y seguramente ella compraba el del resto.

No quise perder la oportunidad y me acerqué, ya se encontraba terminando de colocar los obsequios.

—Buenos días —dije—, ¿esto me trajo santa? —pregunté sonriendo mientras posaba mi mano en una de sus nalgas.

Volteó hacia atrás y me miró sobre su hombro.

—Eso quisieras, ¿no? —dijo sonriendo.

—Sería la mejor navidad de todos los tiempos —dije.

—Jaja —rió—. Ya suéltame el culo que pueden venir tus abuelos.

Le di una nalgada y me fui a la cocina. Me senté en el mesón y al minuto ella también llegó y encendió la cafetera.

—A qué no adivinas —dijo colocando sus codos sobre el mesón e inclinándose hacia adelante—. Tu padre tiene pensando invitarnos a cenar a alguna parte hoy en la noche.

—¿En serio? —dije—. ¿A dónde piensa llevarnos?

—No sé —dijo—. Seguramente a algún buen restaurante.

—Bueno, me parece un buen gesto de su parte —dije.

—Sí —dijo—. Está un poco menos estresado estos días, le ha estado marchando bien en el trabajo. Pero lo que quería decirte es que le he dicho que iría a comprar algo para ponerme y le he pedido que te deje llevarme en el coche.

—¿Y qué ha dicho? —pregunté.

—Ha dicho que sí —dijo—, así que después del desayuno vístete para que me lleves al centro comercial.

Después de desayunar me vestí de forma casual y encendí el coche, mi madre se sentó en el puesto de copiloto y nos fuimos.

—¿Qué pasa? —dije al notar que se me quedaba mirando.

—No es nada —dijo sonriendo—, es que no había notado lo masculino que te ves conduciendo. Me recuerdas mucho a tu padre cuando era joven.

—¿Se la mamabas mientras él conducía verdad? —dije mirándola sobre mi hombro—. Por eso lo dices.

—Ay sí… jaja —dijo sonriendo—. Solo piensas en eso.

—Desde ayer —dije.

—¿Quieres? —preguntó.

—Qué cosa —dije.

—Pues… que te la chupe… —dijo mordiéndose el labio.

Inmediatamente solté el volante y me desajusté el cinturón.

—Espera… yo lo hago —dijo inclinándose y desabotonándome el pantalón—. Tú dedícate a conducir.

Me bajó la cremallera, estiró el elástico de mis boxers y me sacó la polla. No estaba completamente erecta todavía.

—Mmmmmm… —suspiré al sentir nuevamente la humedad de su boca en mi miembro.
 

heranlu

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Era increíble cómo había pasado del ostracismo sexual al que me había enviado Sofía a estar recibiendo una mamada mientras conducía, pero más increíble y morboso aún es que la mujer que me estaba brindando placer con su boca era mi madre.

—Oh… mierda… mamá… tus pajas son increíbles —dije—, pero tus mamadas son una cosa de locos… vaya que eres habilidosa con la lengua.

Miré hacia abajo y nuestras miradas se encontraron, verla sonreír con mi polla en la boca es una imagen que no olvidaré jamás, casi acabo en ese mismo instante.

—Estamos llegando —dije.

Reduciendo la velocidad entré al estacionamiento en busca de un lugar para aparcar. Mi madre aprovechó para chupármela enérgicamente.

—Mmmm… mmmmm… m… —suspiré de placer.

Al no encontrar rápido un lugar donde estacionar detuve el coche en el medio de la carril, no podía seguir manejando, no me podía prestar atención a nada más.

Suuuug… suuuig…. suuuig…. La cabeza de mi madre subía y bajaba vigorosamente al tiempo que se escuchaba la succión y la saliva, su un ímpetu era admirable, me estaba haciendo una autentica mamada de campeonato.

Peeeeee peeeee… se escuchó la bocina de un auto.

—Oh… ah… —exclamé al acabar casi al mismo tiempo.

Su boca no pudo contener todo el líquido, saliva y baba mezclada con semen que terminó empapándome toda la polla y los huevos.

Peeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

—Ooooohaaa…. —inhalé y exhalé.

Era el mejor orgasmo de mi vida, tal vez solo comparable a alguna de las primeras pajas de mi adolescencia o a la vez que perdí la virginidad.

—Que delicia —dije.

Tomé el volante nuevamente y puse el coche en marcha aún con la polla afuera, mi madre me la sostenía con sus manos. Finalmente vi un lugar disponible en el cual estacionar.

—Vaya… mamá… —dije—. Discúlpame la pregunta, pero cómo es que eres tan buena. Jamás hubiera podido imaginar que eras así de buena dando placer.

Sonrió.

—Es la experiencia, hijo, es la experiencia —dijo—. Un matrimonio no se sostiene durante años sin que la mujer sepa hacer estas cosas de buena manera.

—Y qué hay del amor… —bromeé.

—El amor… pero, ¿cuál amor? —replicó inmediatamente—. El amor es una cosa complicada y absurda. Ay, hijo, no quiero meterte ideas en la cabeza, pero amor es el que siento yo por ti como madre; entre un hombre y una mujer lo que hay es un fugaz deseo de follar, si lo hace bien, pues bien, mientras que dure el deseo, y si lo hace mal no hay más. El resto es conveniencia y convivencia —dijo resuelta mientras nos bajamos del coche.

—¿En serio eso es todo lo que hay entre mi padre y tú? —me atreví a preguntar.

—Bueno, Jorge, más o menos —dijo mientras caminábamos en dirección a la puerta del centro comercial—. Tu padre cuando quiere sabe cómo complacer a una mujer. Aunque también debo decir que hay aprecio y admiración, por lo menos de mi parte. En nuestro matrimonio se llegó a un acuerdo hace ya mucho tiempo.

Habíamos entrado ya al centro comercial, personas caminando de un lado a otro nos pasaban por al lado.

—¿Qué clase de acuerdo? —pregunté.

Mi madre me miró de reojo.

—Tu padre y yo no somos exclusivos el uno al otro —dijo—. Ya que estamos en esto es bueno que lo sepas.

—Qué me estás diciendo —dije contrariado—. ¿Se acuestan con otras personas con el consentimiento del otro?

—Sí… —respondió–, más o menos…

—Pero… pero… —me encontraba sin palabras, no me lo podía creer—. ¿Se acuestan con desconocidos o cómo funciona la cosa?

—No sé si debería darte tanto detalle —respondió.

—Vamos, mamá… —dije—. Puedes confiar en que no diré nada.

—A tu padre le gusta follarse chicas de tu edad… —dijo—. A cambio él sabe que yo también tengo mi aventura de vez en cuando, aunque no le interesa saber con quién ni cuándo, por lo que mucho menos te lo diré a ti. Solo sabe que puedo y que seguramente lo hago. Lo que no sabe es que ahora resulta que a mí también me gustaría follarme a un chico de tu edad. Ven, entremos aquí —dijo sonriendo mientras se desviaba a una tienda de lencería.

—Acabas de decir que te gustaría follarme —dije.

Me miró sonriente sin decir una palabra.

—Entonces sí… —dije—. ¿Has admitido que te gustaría follar conmigo?

—Ni lo había pensado antes —dijo—. Pero he de admitir que cuando vi tu polla me mojé. Fue tan sorpresivo y excitante al mismo tiempo… me puse muy cachonda, no pude contenerme —dijo explicándose.

—Entonces si lo harías… —dije.

—Ya estamos en eso… —dijo—. No voy a detenerme ahora después de habértela chupado dos veces.

Me encontraba eufórico, mi madre me acababa de confirmar que íbamos a acabar follando. Ya no se trataba de si lo iba a poder conseguir o no, sino de cuándo, solo faltaba saber la fecha, la hora y el lugar.

—¿Qué te parece esta prenda? —preguntó sosteniendo una tanga color purpura traslucida.

—Mmmmm… No lo sé… no lo sé… —dije sonriendo y con un brillo en los ojos—. Seguramente se te vería bien, pero tendría que vértela puesta.

Mi madre sonrió.

—Mmmmmm… eso quieres… —dijo riendo juguetonamente—. ¿Deseas ver a tu mami en tanga?

Me estaba volviendo loco esta faceta sexual de mi madre, sabía perfectamente cómo excitarme y lo hacía.

—Mamacita… —respondí.

Soltó una carcajada.

—No me van a dejar pasar a los probadores contigo —dije.

—Espera acá —dijo tomando otras prendas y yéndose luego a los probadores.

En ese momento caí en cuenta de que era bastante obvio que no estábamos guardando las formas y de que en un centro comercial tan grande como ese seguramente habría alguien que pudiera reconocernos.

Me llegó un par de mensajes al teléfono. Eran de ella.

—¿Qué opinas? —decía el último. Arriba se encontraba una foto que se había sacado en el espejo del probador en la que se le veía el culo con la tanga purpura encajada entre las nalgas.

—Fenomenal —respondí acompañando el mensaje con tres emoticones de llamas y uno de una berenjena que hacía alusión a mi verga erecta.

Me respondió con el «sticker» de una mujer sonriendo mientras se colocaba unas gafas de sol.

—Y bueno… ¿Qué opinas de culo de tu madre? —preguntó en una nota de voz.

Tenía el culo cuadrado y medio regordete; su piel era blanca y se le notaba un poco la celulitis.

—Divino… —respondí en una nota de voz—. Mamá, tienes un culo espectacular. Muero por tenerlo frente a mí.

Salió de los probadores y fuimos directo a pagar. Puede ver que se llevó un par de prendas más, también bastante sexys; un cachetero de encaje color negro y unas pantis Calvin Klein blancas.

—Todavía necesito algo más —dijo mientras salíamos de la tienda.

—He visto que te has llevado otras prendas —dije—. No me mostraste.

—Esas las compré para tu padre —dijo sonriendo.

Al escucharla decir eso me di cuenta de que era absurdo esperar exclusividad de parte de mi madre, ni siquiera lo era con mi padre, entonces cómo lo iba a ser conmigo. Esta nueva cara de nuestra relación se trataba de sexo, sexo y solo sexo. Lo que podía entender es que mi madre había encontrado en mí el escape sexual que necesitaba y que me veía como un joven con mucha menos experiencia con el cual divertirse; yo en cambio encontraba en ella a una exquisita madura experimentada, caliente y dispuesta, casada y sin tapujos. El que fuéramos madre e hijo solo era un aliciente más, otra ventaja que permitía encontrar al otro en la habitación de al lado, la relación madre e hijo que ya teníamos llenaba todos los espacios vacíos dejándonos disponibles para solo disfrutar del sexo. Ella lo entendía así, no me cabía duda, por lo que yo estaba obligado a arrancar de raíz cualquier atisbo de celos que pudiera llegar a existir; como madre era solo mía, como mujer solo lo sería convenientemente.

—¿En serio él usa eso? —bromeé.

—Jaja —rió y me dio una palmada en el brazo—. Bueno… sí te dijera… jaja… no, mentira, mentira.

Entramos a una tienda de vestidos donde seleccionó un par de ellos; uno era negro, clásico, elegante, sin escote, con mangas cortas y que le llegaba hasta sus rodillas; el segundo era completamente diferente, era dorado, dejaba la espalda descubierta, mostraba parte de sus muslos y tenía un escote que dejaba expuesta la parte alta de su pecho. Era un vestido para exhibirse, para mostrar piel y ser consumida por la mirada masculina.

—Listo —dijo—. Vamos a comer algo y luego nos vamos a casa.

Entramos a un restaurante y nos pedimos unos bistecs.

—Están buenos —dije tras masticar el primer bocado.

—Creo que tu padre tiene pensado que hagamos una visita a Claudio después de año nuevo —dijo ella.

—¿En serio? —pregunté.

—Si —dijo

—Me parece bien —dije—. Casi nunca dedica tiempo para compartir con la familia, amigos, incluso consigo mismo. Es bueno que se tome este descanso.

—Tengo pensado proponerle llevarte con nosotros —dijo.

Solo había una forma de interpretar dicha propuesta. Claudio es el amigo de mi padre al que le fue bien, tiene mucha pasta, y cuando mi padre hablaba de visitarlo en estas fechas del año seguramente se refería a su casa vacacional, la cual era bastante grande, con tantas habitaciones y baños como lugares en el interior y espacios al aire libre disponibles, lo que lo hacia una locación perfecta para que ambos pudiéramos desaparecernos de la vista de los demás por un tiempo sin levantar sospechas. Lo único malo sería que tendría que esperar hasta después de año nuevo.

—Me agrada la idea —respondí.

—Ya decía yo que te gustaría… —sonrió mientras tomaba un sorbo de su bebida.

Seguí comiendo el bistec.

—Creo que este es el mejor trozo de carne que me he comido en mucho tiempo —dije masticando y probando la jugosidad del mismo—. ¿No te lo parece?

—Bueno… —dijo—. Hace poco probé un trozo de carne más rico y jugoso.

Me hacía perder la cabeza diciendo esas cosas. Mi madre sabía perfectamente lo excitado que me podía hacer poner y creo que le comenzaba a agarrar el gusto a jugar con el morbo de hacer excitar a su propio hijo.

—Tenemos un problema —dije al terminar con el bistec.

—¿Qué problema? —dijo contrariada—. ¿De qué hablas?

—Te pusiste a decir cosas que no debías y se me animó la polla.

Soltó una carcajada.

—Te aguantas —dijo.

—No puedo —respondí—. La tengo realmente dura, si me levanto de la mesa todos van a pensar que traigo un arma conmigo —bromeé—. En serio, necesito que me auxilies.

—¿Es que acaso se te ha olvidado cómo jalártela? —dijo.

—¡¿Qué?! —exclamé fastidiado—. Vamos, mamá, cómo me vas a mandar a jalármela cuando sabes que tú eres la que me tiene así.

Yo no podía ya ni considerar la idea de masturbarme, quería que todo fuera con ella, no concebía hacer algo sexual sino era con mi madre.

—Bueno, está bien… —finalmente dijo—. Déjame ir al baño y en el coche será que te hago una paja. Acabo de comer, no me apetece chupártela en este momento.

—¿En el coche? —dije contrariado—. Todo el centro comercial se va a dar cuenta que la tengo como un mástil.

—Bueno —respondió—. No sé cómo vas hacer, pero no puedo hacer más. No pensarás que me voy a meter debajo de la mesa a chupártela —dijo levantándose—. Voy al baño y luego nos vamos.

Yo me quedé mirando alrededor, viendo al resto de comensales, no pude identificar ninguna cara conocida. Metí mi mano en el bolsillo y me sujeté la verga para disimular la erección. Me puse de pie y fui en dirección hacia los baños. Pasé alrededor de varias mesas, lo hice rápido, creo que nadie pareció percatarse de que estaba intentando esconder una erección. Al llegar a los baños me encontré con uno que decía damas y otro que decía caballeros. Lo pensé un momento y entré en el primero.

—¡Jorge! —dijo mi madre sorprendida—. ¿Qué haces acá?

Me saqué la polla para que la viera. Se escuchaba que alguien más estaba por entrar al baño.

—¡Metete aquí! —dijo abriendo la puerta de uno de los cubículos.

Hice caso y me metí, pero la tomé de la muñeca y la tiré hacia adentro. Quiso poner resistencia, pero al ver que ya no había tiempo no le quedó de otra que entrar conmigo.

—¡Siempre la tienes que cagar! —me regañó en voz baja—. Eres un inmaduro.

—Ya estamos aquí —dije sonriendo y haciendo oído sordo a su regaño mientras intentaba desvestirla solo lo justo.

—No, Jorge, por favor —dijo muy seriamente—. ¡No me vas a coger en un baño público!

Me quedé inmóvil. Sentí que la había ofendido o que por lo menos estaba molesta.

—¡Mierda! —pensé—. Qué difícil es llevar las cosas con mi madre. En un momento todo marcha bien y al otro se pone así.

La miré y sentí que al ver que ya me había calmado a ella también se le había pasado la bravura.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté.

Me miró a los ojos y luego bajó su mirada hacia mi polla que a causa de esto último había perdido algo de fuerza e iba cuesta abajo. Entonces sujetó mis huevos desde abajo con mucha delicadeza y moviendo su pulgar fue estimulándome el pene que inevitablemente recuperó el ánimo perdido rápidamente. Una vez tieso lo tomó en su puño y me comenzó a masturbar.

—Ufffff… mmm…. Sí, sí… —exclamé.

Se inclinó un poco hacia adelante, acercando su rostro a mi polla y escupió la cabeza para humedecerla. Se volvió a erguir mientras me la continuó jalando.

—¿Habías hecho esto con papá antes? —pregunté.

—No —respondió.

—¿En todos estos años y jamás lo han hecho en un baño público? —dije—. No te creo.

—Pues créelo —respondió sin dejar de jalármela—. Tu padre no es tan necio e inmaduro como tú.

—Seguro han hecho otras cosas —dije.

—Claro que hemos hecho muchas otras cosas —respondió.

—¿Cómo qué? —pregunté.

—¿De verdad quieres saber? —dijo excitándose ella también.

—Sí, cuéntame.

—Una vez de vacaciones en Costa Rica —dijo mientras se notaba como se le aceleraba la respiración—. Estábamos en la playa y pagó a un sujeto para que nos llevara en su lancha a una pequeña isla en la que no había nadie. Nos dejó ahí solos y se marchó por algo más de una hora.

—¿Qué hicieron? —dije impaciente.

—Todo… —dijo mientras me la seguía jalando, los dos estábamos muy excitados—. Me hizo de todo.

—¿Te cogió por el culo? —pregunté dejándome ganar por la curiosidad y la excitación—. Mamá, ¿dejaste que papá te cogiera por atrás?

Guardó silencio sin dejar de agitar mi polla. A pesar de lo caliente que podía llegar a ser mi madre, no sé por qué, pero me daba la impresión de que era dura para conceder algunas cosas, entre ellas dejárselo hacer por detrás.

—Sí —confesó.

Entendí entonces lo que me había dicho mi padre; él había creado la ocasión especial para que mi madre cediera a sus deseos, se la había llevado primero a Costa Rica de vacaciones y allí, no sé si de forma planeada o no, a una isla donde aprovecharía la calentura y el momento especial para que ella cediera.

—Y… ¿qué tal? —entre suspiros pregunté animándola a contarme.

—Me hizo mierda —confesó con sinceridad—, pero me gustó.

—Aaaaah… mmmmm… —exclamé mientras eyaculaba sobre la tapa del váter.

Mi madre me soltó la polla y se chupó los dedos para limpiarse.

—Voy a ir a pagar —dijo—. Tenemos un buen rato aquí y el mesonero ha de pensar que nos fuimos sin pagar.

Al salir mi madre me senté en el váter a orinar y esperar a reponerme y a que mi polla se fuera encogiendo.

—Tengo que encontrar la manera de cogérmela —pensé—. No puedo esperar tanto.

Saliendo del baño me topé de frente con Claudio, el amigo de mi padre, que venía saliendo del baño de caballeros.

—¡Jorge! —me saludó.

—¡Claudio! —dije sorprendido—. Que sorpresa.

Por un momento los dos pensamos lo mismo, aunque ninguno mencionó nada al respecto; ¿Qué hacía yo saliendo del baño de damas?

—¿Cómo estás? —me dijo mientras se dibujaba una leve sonrisa en el rostro.

—Bien, bien —respondí intentando no verme nervioso—. ¿Y tú qué tal has estado?

—Muy bien —me dijo parecía que tampoco sabía muy bien que decir. Era un momento de incómodo para ambos.

Hice un movimiento indicando que llevaba prisa.

—Saluda a tu padre de mi parte —me dijo—. Dile que venga a visitarnos.

—Está bien, lo haré —dije sonriendo y marchándome tan rápido como pude.

No me lo podía creer, que inoportuno. Miré alrededor viendo a toda le gente que se encontraba en el lugar, no encontré a mi madre. Salí del restaurante y la encontré centrada en una banca que se encontraba al frente del establecimiento.

—Has tardado en salir —dijo.

—¿Nos vamos? —dije.

Comenzamos a caminar hacia el estacionamiento.

—Me encontré a Claudio cuando iba saliendo del baño.

Ella me miró fijamente.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Yo también me encontré con Claudio cuando iba saliendo del baño.

—No es posible…

—Ves lo que pasa por no pensar lo que haces. A los dos nos vio salir de allí, ahora se estará haciendo preguntas. Piensa muy bien una excusa ahora porque si llega a comentarle algo al respecto a tu padre, éste va a sospechar.

—Ya va, mamá, espera un momento… —dije—. No es tan fácil como eso. Es decir, nadie pensaría que tú y yo podríamos estar haciendo lo estamos haciendo. Somos madre e hijo, supondrán otra cosa, no sé…

—Tu padre podría notarlo —dijo ella—. Créeme. Y Claudio también.

Volteé a mirarla. Aparentemente todos eran más perspicaces de lo que pensaba, tal vez el único ingenuo era yo.

Llegamos a donde había estacionado el coche, subimos y luego tuvimos un retorno a casa en silencio. En el camino pensé que tal vez no era para tanto, que seguramente mi madre solo me había dicho eso para asustarme y así tratar de evitar que yo siguiera tomándome tantos atrevimientos que tarde o temprano iban hacer que nos descubrieran.

Acostado en mi cama comencé a fantasear con todo lo que iba hacerle cuando por fin estuviera con ella. Era como oler la comida mientras se cocina en el caldero sabiendo que pronto estará lista para degustar. De esa forma se fue la tarde y comencé a alistarme decentemente para la cena familiar.

Al anochecer todos subimos al auto, mi padre y mi madre adelante y atrás iba yo en el centro y mis abuelos a cada lado. Mi madre se había colocado el vestido negro que había comprado ese día y le lucía, vaya que le lucía; le acentuaban las caderas y la hacía ver con un porte sobrio y fino.

Mi padre nos llevó a uno de los mejores restaurantes, ya habíamos comido en el lugar algunas veces.

—Y entonces… —mientras todos comíamos mi padre nos explicaba cómo es que había recibido el ascenso por el que había estado trabajando estos últimos años—, por ese mismo motivo he decidido tomarme unas pequeñas vacaciones en este momento. Porque puedo y porque a partir de ahora asumo esa nueva responsabilidad.

—Felicitaciones, hijo —dijo mi abuela—. Te lo mereces.

—Estoy muy orgullo de ti —dijo mi abuelo.

Mi madre no dijo nada, terminó de masticar su bocado y se puso de pie.

—Discúlpenme —dijo ella—. Ya vuelvo, debo ir al baño.

Al minuto de haberse ido al baño noté que mi padre miró su celular y leyó un mensaje; por la expresión en su rostro pude notar que estaba viendo algo que lo animaba.

—Ya vuelvo —dijo poniéndose de pie y sin decir más se marchó en dirección al baño.

Mis abuelos hablaban entre sí, pero para mí solo era ruido de fondo como el resto de las risas y voces de todos aquellos comensales que se encontraban en aquel restaurante. Mi mente estaba enfocada en lo que podría estar ocurriendo en el baño de damas de aquel lugar, donde yo asumía que mi madre y mi padre estarían haciendo aquello que mi madre me había confesado que no habían hecho nunca.

Ya había terminado de comer y aunque no hubiesen pasado pocos minutos la espera se me hacía eterna. De pronto veo que vuelve mi padre a la mesa, a simple vista se veía igual, pero yo podía notar la sutil diferencia en sus gestos, tenía el semblante de un ganador. No me cabían dudas, se la había puesto a mi madre en el baño.

A los minutos volvió también mi madre, a la cual se le notaba aún más que algo había pasado; para los demás el retoque de maquillaje que se había hecho podría justificar el tiempo que estuvo en el baño, pero para mí no hacía sino reafirmar que había tenido un encuentro sexual con mi padre, lo cual per se no me molestaba, pero que lo hiciera en un baño público después de que se hubiera negado a hacerlo conmigo y de que incluso se hubiera ofendido por haberlo intentado, sí me hacía cuestionarla, pero tal vez lo que más me molestaba es que estuviera teniendo sexo con mi padre cuando yo aún no había podido cogérmela sino que más bien me estaba aguantando a que tuviéramos la oportunidad de hacerlo, eso sí era algo que me hacía sentir molesto.

Mi padre pagó la cuenta y mientras volvíamos al coche aproveché de aislar un poco a mi madre del grupo.

—¿Así que ya han podido hacerlo en el baño? —dije.

Solo me sonrió.

—Está bien… no hay problema —dije—. Solo me causa curiosidad, ¿fue solo una paja como conmigo o hicieron algo más? —mis emociones me obligaban a preguntar por algo que sabía que no era de mi incumbencia.

—¿Estás celoso? —preguntó sonriendo.

—Solo es curiosidad —dije.

—Pues sí, me lo he follao —respondió—. ¿Algún problema con eso?

Guardé silencio por un breve momento.

—No —dije aunque en realidad me molestaba que no lo hubiese hecho conmigo—, ninguno.

Al volver a la casa cada uno se fue a su habitación. Esa noche me dormí tarde.

Los próximos días pasaron sin mayor novedad, no pasó nada más de carácter sexual, e incluso dejé de insistir. Cada uno tenía sus cosas que hacer y coincidíamos muy poco, casi seguramente durante las comidas.

Finalmente llegó el último día del año. Recibí una invitación de unos amigos para encontrarnos en la casa de uno de ellos donde tendríamos una pequeña fiesta, y eso hice; fui y bailé con una chica que me parecía meh y también bebí bastante.

—Jorge, parece que Ana quiere contigo —me dijo mi amigo Álvaro en un momento en el que me quedé esperando a que la chica con la que estaba bailando regresara nuevamente del baño.

—¿Tú crees? —le dije.

—Estoy seguro —me dijo. Casi no se alcanzaba a escuchar lo que decía por el sonido de la música—. Lo único malo es que ya se la ha de haber mamado a la mitad de los que están aquí.

—¿En verdad? —le dije sonriendo pensando que era una broma.

—Sí —me dijo.

—No te creo —dije.

—Pues créeme —me dijo—. Lo sé porque ahora mismo se la está chupando a uno en el baño.

Me le quedé mirando a Álvaro.

—Ya es el tercero —me dijo—, cada vez que va al baño se la chupa a uno diferente y luego sale a seguir bailando y charlando contigo. Si no me crees ve a comprobarlo tu mismo.

Caminé hacia el baño e intenté abrir la puerta, pero tenía el seguro pasado. Toqué un par de veces y esperé afuera.

Esperando a que Ana saliera del baño miré mi móvil y noté que tenía varios mensajes de mi madre preguntando a dónde había ido, otro que cuándo regresaba y uno acompañado de una foto de su coño cubierto por la tanga purpura que se había comprado para mi diciendo que me estaba esperando ansiosamente. Lo que me hizo poner duro enseguida.

En ese momento frente a mí se abrió la puerta del baño y efectivamente salió Ana acompañada de Ernesto. No dije una palabra y me fui a la casa tan rápido como pude.

Al llegar ya eran más de la media noche, todo se encontraba en silencio y la mitad de los focos estaban apagados.

—Te he esperado toda la noche…

Mi madre se acercó a mí saliendo de la penumbra luciendo aquel pequeño vestido dorado que dejaba ver piel por todas partes.

—Feliz año nuevo —dijo.

Me desabotoné y bajé el cierre del pantalón y luego me fui sobre ella, besándola y pasando mis manos por su espalda.

—Te la quiero meter —le dije excitado.

—Vamos a tu habitación —me dijo.

Entre manoseos y besos atravesamos el pasillo pasando frente a su habitación, la cual se encontraba con la puerta abierta, dejándome ver a mi padre dormido en su cama.

Al entrar a mi habitación cerré la puerta con seguro por precaución. La tumbé sobre mi cama, el vestido se le había alzado dejándola descubierta de la cintura para abajo.

En ese momento supe que no iba a haber juegos previos, iba a ir directo a por lo que tanto había estado deseando que era metérsela en el coño a mi madre.

Noté que no traía sujetador debajo del vestido y tiré del escote dejándole las tetas al aire. Les di una lamida. La verga me palpitaba y pedía a gritos que la introdujera en ella, así que le corrí la tanga a un lado y finalmente vi el exquisito coño del cual yo había salido, se encontraba bastante húmedo.

—Mamá… —dije inseguro en lo que podría haber sido mi último momento de lucidez. Esperaba que una objeción de su parte evitara que incurriera en el apetecible pecado del incesto, tan prometedoramente placentero como moralmente reprochable.

Pero al verla noté que eso no pasaría, se encontraba tendida en la cama con las piernas levantadas y el coño húmedo esperando a ser penetrada por mí. El olor, el tacto, la respiración, el acelerado ritmo cardiaco, mi fuerte erección, todo… llegado a ese punto era ya imposible detenernos, iba a pasar lo que tenía que pasar.

—Métemela, Jorge —me dijo excitada—. Métesela a mami.

Tomé mi verga y la ensarté en su coño. Una energía recorrió mi cuerpo, casi como si hubiese sido poseído. Me subí sobre ella y la comencé a clavar.

—Ah… ah… ah… —gimió.

Se la metía como atornillándosela en el coño. No me podía creer que estaba mojando mi polla en el coño de mi madre. La tenía patas arriba y sus tetas se bamboleaban suavemente. Se la metía a un ritmo suave y firme, lo hacía como intentando llegar hasta el fondo.

—¿Qué pasa? —me dijo cuando sintió que se la saqué.

—Espera, espera —dije mientras me desvestía velozmente. La ropa me estaba estorbando.

Al desnudarme volví a irme sobre ella. Tiré de su tanga, bajándola por sus piernas, luego repetí la acción con el vestido; la desvestí hasta dejarla desnuda sobre mi cama. Se veía divina, era una hermosa hembra madura y caliente como el agua cuando llega a su punto de ebullición.

Pasé mi polla por la superficie de su coño, entre sus labios, jugando con su clítoris, metiendo y sacando la punta. Luego se la metí y acomodé sus piernas sobre mis hombros.

—Mmmmmmmmmm… —soltó un gemido en el momento que comencé embestirla.

—Mamá… —dije ya a punto de venirme—. Me corro.

Esperaba que me dijera que lo hiciera afuera, pero al mirarla noté en su mirada lasciva el deseo de que lo hiciera adentro.

Bajé sus piernas de mis hombros y apoyando mis manos en la parte trasera de sus muslos, empujando sus piernas contra ella misma hasta hacer que sus rodillas llegaran a aprisionar sus tetas y dejando descansar mi peso corporal sobre ella, me corrí.

—Uaaaaaaaah —dejé escapar un suspiro que me ayudó a desahogar toda esa presión que sentía en mi pecho.

Entre espasmos y palpitaciones mi verga fue expulsando por sí misma chorros de semen de diferente espesor y volumen en el interior de su coño.

La trasgresión del vínculo madre e hijo había quedado finalmente consumada. Ver a mi madre cuasi prostituida ante mí, rendida ante la polla de su hijo, hizo que me dieran ganas de seguir cogiéndomela, por lo que al terminar de correrme le di unas cuantas embestidas más, esta vez fuertes.

Tasss… tasss… tasss… tasss…

A lo que ella sonrió y se mordió los labios. Le agarré las tetas y la comencé a besar cariñosamente. Luego se la saqué, nos cubrí a los dos con la cobija y pasando mi brazo tras su cuello la abracé acercándola hacia mí. Le besé la frente y comencé a acariciarla. Superado el tabú del incesto pudimos evidenciar que cada uno era el amante ideal para el otro.

—Mis abuelos se van mañana —dije.

—¿Qué hay con eso? —respondió.

—Claudio tiene una casa grande —dije—. Supongo que luego iremos a pasar unos días allá.

—Luego te contaré algunas cosas sobre él —dijo.

—¿Qué cosas? —pregunté.

—Mañana… mañana te digo —dijo acurrucándose en mi pecho.

Allí nos quedamos dormidos, con mi vestimenta y la de ella tirada por toda la habitación. Ebrios de alcohol y sexo, unidos en un abrazo incestuoso.
 

heranlu

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Era la mañana del primer día del año. Una semana atrás mi madre me había hecho una paja de imprevisto mientras yo fingía dormir, lo que junto a mi posterior insistencia dio pie a que nuestra relación normal de madre e hijo se descarrilara hacia un terreno incestuoso y ella terminara haciéndome dos increíbles mamadas; una en la cocina de la casa mientras mi padre y mis abuelos se encontraban durmiendo, y otra en el coche, haciéndome acabar en su boca mientras intentaba aparcar el coche; también había conseguido que ella me masturbara en el baño de damas de un restaurante, donde al salir fuimos pillados por Claudio, el amigo de confianza de mi padre, al que próximamente iríamos a visitar. ¿Sospecharía él de nosotros? Era algo que en este momento no me preocupaba, pues tenía a mi madre acostada desnuda junto a mí. Me lo había pasado bomba durante la noche poniéndola patas arriba sobre mi cama y clavándola sin pudor tras haberle corrido a un lado una tanga que se había comprado especialmente para mí. ¿Qué más podía pedir?

Recordar haber desvestido a mi madre hasta dejarla como dios la trajo al mundo y habérmela follado luego, estando mi padre en la habitación de al lado y mis abuelos en la habitación de al frente, era algo tan morboso que me hizo tener una fuerte erección.

—Mamá —dije en tono suave intentando ver si despertaba. No dio señas de ello.

No me aguanté y le comencé a chupar las tetas.

—Igual que cuando eras un bebé —la escuché decir.

Alcé mi mirada aún con uno de sus pezones en mi boca; sonrió de una forma que se me hizo maternal, lo que por breve momento me hizo sentir que todo esto era natural, hermoso, bello y no erótico, morboso e inmoral.

—Pero no te detengas —dijo—, que lo estoy disfrutando.

Ágilmente sumergí dos de mis dedos en la humedad de sus labios vaginales y ella respondió abriéndome aún más sus piernas y cerrando sus ojos, cosa que aproveché para terminar de subirme sobre ella, devorar sus pechos y continuar hundiendo mis dedos en su jugoso coño.

—Mmmmm... Mmmmm… mmmmm… —gimió.

Mi erección golpeaba una de sus piernas mientras mi lengua lamía en círculos su erecto pezón.

—Mi madre es muy caliente —pensé en ese momento—. Mi padre ya no puede satisfacerla. Yo sí puedo, yo puedo ser el macho de mi madre.

Mis dedos salieron empapados de su coño. Ella abrió los ojos y nos miramos. En ese momento mi madre sabía lo que se venía, me la iba a volver a coger, esta vez estando los dos sobrios y plenamente conscientes del incesto. Se acomodó como preparándose para que se la metiera.

—Creo que alguien despertó allá fuera —dije tras haber escuchado un sonido proveniente desde afuera de la habitación.

—No importa —dijo sonriendo—. Si ves que comienzo a gritar me tapas la boca.

Le devolví la sonrisa y luego le introduje mi dura polla.

—No debería decir esto, hijo —dijo al sentirla adentro—, pero que buena polla tienes.

Pasé mis manos por detrás de ella y las usé para sujetarme de sus hombros.

—¿Te gusta mi polla? —le dije—. Pues has sido tú quien la trajo al mundo; me gestaste, me amamantaste, me cuidaste, me viste y me hiciste crecer. ¿Quieres mi polla? —dije aumentando el ritmo de mis acometidas—. Es toda tuya.

Mi madre comenzó a mover su cabeza locamente mientras yo castigaba su coño enérgicamente.

—Pero Jorge…. mmmmm… —dijo—, dime… ¿cómo es que no te incomoda follarte a tu madre?

—¿Incomodarme? —respondí inmediatamente—. Al contrario… me pone más.

—Toma, toma, toma, toma… —repetía en mi mente mientras se la metía.

—Uffff…. Mmmmm… mmmmm… —gimió ella—. Eres igual a mí.

—Contigo la polla se me pone más grande y gruesa que con las demás —dije.

—Yo también me mojo más, bebé —dijo—. Mmmmmmmm….

Mi verga se paseaba por su coño como si fuera su casa, se sentía más a gusto de lo que nunca había estado. Es como si el coño de mi madre hubiese dado a luz a la verga por la que siempre soñó ser penetrada.

Toc, toc, toc. Sonó la puerta de la habitación. Alguien tocaba. Mis manos soltaron sus hombros para abrazarla y mi rostro buscó refugio en su cuello, donde su olor me embriagó. La apreté muy fuerte contra mí y con mi verga perfectamente enganchada en su coño, desahogué mis huevos.

—Jorge —dijo mi padre al otro lado de la puerta mientras yo aún me encontraba corriéndome sobre ella—. ¿Estás despierto?, María, ¿te encuentras allí?

Sentí como el coño de mi madre pulsaba mi verga entre espasmos que eran generados por el placer del notorio orgasmo que le había hecho tener.

—Mmmmmm… —gimió ella. Y ahora sí que tuve que taparle la boca con la mano para evitar ser descubiertos.

Después de saciar nuestro fervor sexual ambos nos vimos a los ojos y nos hicimos conscientes del problema en el que nos habíamos metido. Mi padre se encontraba afuera de mi habitación tocando la puerta, la cual por suerte yo había cerrado con seguro la noche anterior, mientras que adentro estábamos nosotros dos, su mujer e hijo, desnudos los dos, uno arriba del otro tras haber follado como animales. ¿Qué loca reacción podría tener un hombre como mi padre ante una escena como esta?

TOC, TOC, TOC, TOC, TOC. Mi padre golpeó la puerta con más fuerza y velocidad.

—¡Jorge! —llamó mi padre en voz alta—. Despierta, abre la puerta.

Mi madre me miraba sin saber qué hacer, incluso una experimentada mujer como ella no sabía ya cómo reaccionar, la ventana tenía barrotes, no había armarios y el espacio debajo de la cama era insuficiente para que se metiera una persona, por lo que sabía que no había forma de salir de allí sin ser descubiertos.

—¡Ya sé! —dije como si se me hubiese ocurrido la idea del siglo—. No te muevas.

Cubrí a mi madre con la cobija, rápidamente tomé vestido y lo arrojé debajo de la cama. Luego, estando desnudo y con la polla mojada por el coño de mi madre, enrojecida y en estado refractario, abrí la puerta de la habitación.

—¿Qué pasa? —dije rascándome la cabeza y actuando como si me hubiese acabado de despertar.

Mi padre quedó sorprendido.

—¿Qué está pasando? —dijo confundido y algo alterado.

—Eso digo yo —dije—. ¿Por qué tanto alboroto?

—Quién está ahí —dijo mirando a la cama.

—Traje una chica anoche —dije—. ¿Algún problema con eso?

Mi padre me miró de arriba abajo como estudiándome. No sé si fue idea mía, pero también noté que me miró la polla más de lo que esperaba, tal vez descubriendo que era más grande que la suya.

—No encuentro a tu madre —dijo mirando hacia la cama.

—Pues aquí no está —dije con un tono con el que intenté expresar que estaba fastidiándome—. ¿Por qué no la llamas a su móvil?

—Su móvil se encuentra sobre la mesa —dijo—. Eso es lo extraño.

—Mira, papá —dije—, no creo que a mamá le haya pasado nada, seguramente estará cerca. Deja que termine de despertarme, le pido a Ana que se marche, y luego me pongo contigo a buscar a mamá, ¿te parece?

—Seguro… —dijo como aceptando que todo lo que le había dicho era cierto—, no hay problema. Tus abuelos me esperan en el coche, si tu madre regresa solo dile que fui a llevarlos al aeropuerto.

—Está bien —dije cerrando nuevamente la puerta.

No supe si me había creído o si simplemente había aceptado lo que le había dicho porque era lo más fácil. Caí en cuenta de que esa intrépida acción de mi parte, incluso en el caso de que no me hubiese creído que había pasado la noche con una chica y no con mi madre, en realidad nos daba a los tres una salida de una situación incómoda y bastante difícil de digerir. Después de todo, no se trataba de una infidelidad al uso.

Me di la vuelta y el corazón se me puso en un puño cuando noté que sobre la cama me había dejado la tanga. Mi madre se descubrió la cabeza y me vio como tratando de comprender mi expresión facial, lo que la llevó a seguir mis ojos hasta su tanga.

—¡No me ha visto con ellas, no me las ha visto! —dijo apresuradamente—. Anoche las usé por primera vez.

Respiré.

—¿Segura?

—Sí, sí —dijo—, estoy segura, amor, las compré para ti.

—Entonces ahora son mías —dije tomándolas y arrojándolas en la canasta de mi ropa sucia.

—¿Ya se fue? —dijo

—Eso voy a ver —dije poniéndome unos shorts—. Ya vuelvo, cúbrete.

Salí a la sala principal, me asomé y noté que el coche no estaba en el estacionamiento. Entonces volví a la habitación.

—¿Se marchó? —preguntó mi madre aún cubierta con la cobija hasta la nariz.

—Sí —respondí—, se ha ido.

—Entonces ven —dijo despojándose de la cobija y mostrándome sus piernas abiertas.

Ni me molesté en cerrar la puerta otra vez, me bajé el short y lancé sobre ella.

—Hemos estado cerca… —dije.

—Ay, sí, cariño… —dijo—, pero quieres que te diga algo… eso me excita muchísimo.

Sonreí y llevé mi rosto a su entrepierna.

—Uffff, mamá —dije—. Tienes un coño espectacular.

Sonrió y usó sus piernas para aprisionarme la cabeza.

—Calla y comételo entonces —dijo pasando su mano por la parte trasera de mi cabeza, metiendo sus dedos entre mis cabellos—. Evita llamarme así —dijo luego—, que me haces sentir como una depravada.

—¿Cómo quieres que te llame entonces? —dije.

—Como quieras —respondió—. Solo no me llames mamá.

—Está bien... —dije—. María, tienes el coño más bonito y delicioso que haya visto.

Sonrió, aprobando que la llamase por su nombre de pila.

—Ya está bien —dijo abriendo sus piernas de tal forma que liberaba mi cabeza—. Te quiero adentro de mí.

Se dio la vuelta y se puso en cuatro.

—Fóllame —dijo.

Me puse de rodillas y le metí la polla en el coño.

—No puedo describirte el placer que siento cuando te la meto —dije tomándola de la cintura.

Miró hacia atrás sonriendo.

—Como a una puta —dijo—, dame como a una puta.

Tras escuchar su solicitud comencé a embestirla con fuertes estocadas golpeando sus nalgas con mi pelvis, lo que hacía mover y rechinar la cama.

Tassss tasss tasss tasss.

—Oh… ah… —dejaba escapar ella unos bramidos.

Yo calculaba que tenía al menos quince o veinte minutos para terminar, antes de que mi padre regresara, pues de volver en este momento, por los fuertes gemidos, se daría cuenta desde la sala de que a quien me estaba follando era a mamá.

—Oh… ahh…. Sí, Jorge, así, así —gritaba.

Yo no paraba de embestirla con dureza. El morbo y el placer era increíble, la adrenalina corría por todo mi cuerpo. Ya no eran solo unas pajas o unas mamadas, ya no era solo intenso sexo a escondidas y en silencio, era mi madre en cuatro sobre mi cama, sudada y llena de fluidos, gimiendo en voz alta mientras le estaba dando con todo. Tacatá, tacatá, tacatá.

—¿Te gusta así? —dije tirando de su cabellera hacia atrás—, putita, ¿te gusta?

—Ujummm —suspiró y asintió con la cabeza mientras se mordía los labios de placer.

Le saqué la polla del coño y le apoyé las manos en la espalda para tumbarla en la cama.

—Quédate así —le dije mientras tomaba mi polla y me comenzaba a pajear. Quería córreme en su espalda.

—¿Cuántos pueden darse el lujo de cogerse así a su madre? —pensé—. ¿De tenerla a su merced para correrse donde mejor le plazca?

Mi polla estaba increíblemente dura y roja. Finalmente no aguanté más y chorros de semen salieron disparados sobre su espalda.

—Oh… oh… oh… —gemí mientras me seguía masturbando hasta dejar caer hasta la última gota.

Al acabar me tumbé exhausto sobre la cama.

—Jorge… —dijo.

—Qué pasa.

—Nada, nada… me has follado bien, hijo, me has follado como me gusta —dijo. Luego me dio un beso en la mejilla y se puso de pie.

—Voy a tomar una ducha antes de que tu padre vuelva —dijo—. Me has dejado toda cubierta de semen.

—¿Qué le vas a decir a papá cuando vuelva? —pregunté.

—Pues nada… —dijo resuelta—. Que anoche dejé el móvil y me fui a pasar la noche con alguien más.

—¿Quieres que me duche contigo? —pregunté.

—No lo puedo creer —dijo—. Es como cuando eras un crio y me seguías a todas partes.

Sonreí.

—Pues ven si quieres —dijo devolviéndome la sonrisa.

La seguí y me metí con ella en la ducha. Tras abrir la regadera le apreté las nalgas y le comencé a comer la boca mientras el agua corría por nuestros cuerpos. Por dios… que madura deliciosa y caliente se me hacía mi madre. Siempre estuvo ahí y nunca la había visto de esta forma tan morbosa y sensual. No sé si era el sexo, la complicidad, el morbo del incesto, pero comenzaba a sentir una irresistible atracción por ella. No quería que separarme de ella ni por un segundo.

—¿Me dejarías comerte el culo? —pregunté.

Me miró a los ojos sorprendida y no dijo ni una sola palabra, pero después de ese breve instante se dio la vuelta y me miró esperando a que lo hiciera. Me agaché y metí mi rostro entre sus nalgas. El agua caía por su espalda, se deslizaba y me mojaba la nariz y los labios mientras le comía el ano como si la vida se me fuera en ello. Aunque tenía mis ojos cerrados y no podía verla, pude sentir que ella estaba en el mismo cielo en el que estaba yo.

—¡Ah! —exclamé riendo tras resbalarme en un descuido en el que caí sentado. Hice como para ponerme de pie, pero ella no me dejó e inclinándose llevó su culo hacia a mí, a lo cual lentamente me fui dejando caer hasta que terminé acostado con las rodillas flexionadas y con mi madre sentada de lleno en mi cara.

Ella me enjabonó la polla y mi pene no tardó en alzarse nuevamente, entonces me comenzó a masturbar. A su vez podía sentir que se estaba frotando el coño con sus dedos.

—Ah…. aaah —exclamé al llegar al orgasmo. Esta vez no expulsé ni una gota de semen. Irónicamente había sido un orgasmo seco.

—Mmmm… —gimió ella al llegar también al orgasmo. Al hacerlo perdió el control y terminó dejando caer todo su peso sobre mí, aplastándome enteramente la cara con su culo y soltando un chorro de pis caliente sobre mi pecho.

Después de semejante orgasmo, nos quedamos en silencio y solo se escuchó el agua de la ducha caer. No hablamos más, tanto ella como yo estábamos en nuestras propias cabezas asimilando todo cuanto había pasado. Al salir del baño le propiné una nalgada que la hizo sonreír y luego me fui a mi habitación. Poco después escuché a mi padre regresar. Estuve al pendiente y noté que se encerró en la habitación con mi madre. Cuidadosamente me acerqué a la puerta e intenté escuchar su conversación.

—¿A dónde fuiste? —preguntó mi padre.

—Ya sabes a dónde… —respondió ella.

—No, no fuiste a donde Alonso —replicó—. No mientas, pasé por su casa de regreso. Su familia estaba ahí, no pudiste.

—¿Cómo sabes que Carla no se nos unió?

—Déjate de tonterías —respondió mi padre—. Pensé que dejarías de hacerlo con otros.

—¿Por qué tendría que dejar de hacerlo? —replicó mi madre—. ¿A caso tú dejaste de follarte a la novia de tu hijo? ¡Eres un descarado!

—¡Cállate, cállate! —dijo mi padre—. ¡No sabes nada!

¡¿Mi padre se había acostado con Sofía?! No me lo creía.

—¿Y qué necesito saber? —dijo mi madre—. No me interesa, no me interesa saber. No me interesan tus excusas.

—Definitivamente no entiendo qué es lo que te ofende.

—¡Que era la novia de tu hijo!

—¡Por esa misma razón le pedí que dejara a Jorge! —dijo mi padre—. Esa chica es una puta, fue ella quien vino a mí.

—Claro… Una solución perfecta, te costó tanto resistirte —dijo ella sarcásticamente.

Se produjo un silencio.

—No me engañas haciéndote la ofendida —rompió el silencio mi padre—. Sé que no fuiste a dónde Alonso, también dejaste el móvil. Mis padres estaban en la casa y tuve que inventarles que se te presentó una emergencia con tu hermana para justificar que no estabas aquí.

—A mí no me importa que le hayas dicho a tus padres.

—Jorge trajo una chicha anoche —dijo mi padre—. Nunca había visto que trajera a nadie a pasar la noche a casa.

—¿Qué me estás queriendo decir? —dijo mi madre.

Se produjo nuevamente un silencio.

—¿Crees que me he acostando con él? —continuó diciendo mi madre—. ¿Crees que sería capaz de acostarme con mi propio hijo?, ¿es eso?

—No he dicho eso.

—¿Entonces qué es lo que estás queriendo decir?, ¿qué tiene que ver que yo me haya ido a pasar la noche afuera después de que te quedaste dormido tras haberte embriagado, con el hecho de que Jorge haya traído a alguien a pasar la noche? —dijo mi madre cuestionándolo—. No entiendo.

—Estás confundiendo las cosas, eso no es lo que estoy intentado decir.

Mi madre soltó una carcajada.

—Es exactamente eso lo que has querido decir —dijo ella—. Y sabes qué….

Se produjo un nuevo silencio.

—Lo haría —afirmó con un tono de voz retador—. Sabes que sería capaz de hacerlo, por eso mismo lo has insinuado.

—Calla, calla —dijo mi padre—, pero qué dices.

—Me lo follaría, me follaría a Jorge.

—Calla —respondió mi padre—. ¡Es nuestro hijo!

—¿Y eso qué? —dijo ella—. ¿Le has visto la polla?, ah, ¿se la has visto? Yo sí. Es mucho grande que la tuya, seguro me cogería mejor de como lo has hecho tu estos últimos años. Tal vez deberías preguntarle a la niñata esa.

Yo no podía creer todo lo que se decían.

—Ya cállate —dijo mi padre con un tono de voz más sereno—. Es imposible razonar contigo.

—Pero… —dijo mi madre—, ¿qué haces?

—No vamos a llegar a nada discutiendo —dijo mi padre.

Se produjo entonces un silencio, mi madre no respondió, pensé que tal vez era momento de retirarme.

Intenté agudizar mi oído, pero luego de esas palabras no escuché nada más. Pasaron unos minutos así en los que no se escuchaba con claridad y luego finalmente escuché.

Glog, gloggggg, glog… sggggg…

—¿Se la está mamando? —pensé sorprendido, no me lograba explicar cómo habían pasado de una cosa a la otra. Luego comprendí cómo es que mi padre había conseguido mantener un matrimonio con mi madre en los términos que me había estado enterando en esta última semana; si después de una discusión en la que ella le había dicho que la tenía más pequeña que su hijo, por el cual además se dejaría follar, concluía con una sesión en la que él le dejaba a ella la boca llena de leche. ¿Qué se podía esperar?, ¿el divorcio? No creo. A fin de cuentas era un matrimonio en el que ambos se atrevían a decirse cualquier cosa y donde los dos terminaban por aceptar las cagadas que le hacía otro. Además mi padre había conseguido algo que no sabía si yo iba a poder conseguir también; que dicho de una forma algo escatológica, era embarrar la polla en el ano de mi madre. Aunque tampoco era algo que por el momento me obsesionase.

Me fui a mi habitación pensando en el hecho de que Sofía había terminado su relación conmigo a petición de mi padre, el cual se la había estado cogiendo. Por un lado me molestaba, por otro tenía que aceptar que si ese hecho no hubiese tenido lugar, difícilmente me hubiera podido coger a mi madre, la cual había sido la experiencia sexual más satisfactoria que hubiese podido imaginar.

De cierta forma, haberme enterado que mi padre se había estado follado a mi novia me hacía sentir menos culpable por haberme estado follando a su esposa, aunque tampoco es que me hubiese dado tiempo de sentirme de esa manera, en menos de doce horas me la había follado no una, ni dos, sino tres veces; y antes de que terminara el día pensaba metérsela una vez más. No obstante, algunas cosas comenzaban a tomar sentido, cómo no iba a sospechar mi padre si yo le había contado cosas sobre mi ruptura con Sofía que él seguramente sabía que no eran ciertas, además, yo tampoco sabía si recientemente él había hablado con su amigo Claudio y este le hubiera comentado que vio a mi madre y a mi salir del mismo baño en aquel restaurante. Eso sería fatal. A partir de ahora el más pequeño error que mamá y yo cometiéramos haría que nuestra relación incestuosa quedase expuesta, especialmente después de sus declaraciones en aquella discusión, declaraciones que yo tomé como una confesión disfrazada.

—¿Qué te ha dicho? —le escribí a mi madre por el móvil—. ¿Nos ha descubierto?

—No —me respondió en un mensaje—. Lo pensó. Pero quédate tranquilo, que ya le he quitado esa idea de la cabeza.

—Estupendo —le escribí—. Hay que pensar en algo para la noche.

—Esta noche no. Se daría cuenta —dijo—. ¿No has tenido suficiente por hoy?

—Imposible tener suficiente de tu coño —ya me atrevía hablarle de esa forma a tiempo completo—. Mamá, recuerda, es cómo cuando era un niño. Quiero estar todo el día sobre ti.

—Jaja, querrás decir con la polla adentro de mí —dijo—. Es muy diferente, y al igual que entonces, tengo que poner límites a tus caprichos.

—¿Limites? —dije—. ¿Es en serio?, cuándo ha habido límites entre nosotros.

—No digas chorradas —dijo—. Siempre los ha habido, que tú no los respetes es otra cosa.

Desde mi forma de ver, el único límite que había existido en nuestra relación era el sexo, y eso porque nunca habíamos pensando en tener sexo con el otro, ya que apenas esa puerta se abrió, la terminamos cruzando.

—¿Yo no los respeto? —dije—. ¿Te recuerdo como empezó todo esto?

Pasaron unos minutos antes de que respondiera, supe que la había cagado dejando la responsabilidad de su parte.

—No más por hoy —finalmente respondió.

Pensé que lo mejor era no seguir insistiendo. A fin de cuentas me la había logrado follar precisamente cuando había dejado de insistir. Si quería continuar teniendo una relación de índole sexual con mi madre, tenía que aprender a lidiar con sus idas y venidas y adaptarme a ello.

—Está bien —le dije.

Al día siguiente me encontraba acostado en la cama, despierto, pero bastante tranquilo. Mi padre entró a la habitación.

—Jorge, no te lo he dicho, pero hice planes para ir a pasar unos días a la casa de Claudio con tu madre. Ella me pidió que te invitara a ir con nosotros y no quise decirle que no, sin embargo, tenía planeado esto como una forma de pasar más tiempo con ella, ya sabes, tiempo para nuestro matrimonio. ¿Quería saber si tienes algún problema en quedarte? Después de todo, también pensé que seguramente es un capricho de ella, no sé, su instinto maternal. No termina de entender que ya eres un hombre. ¿Para qué querrías ir con tus padres a la casa de sus amigos?

—Para follármela mientras degustas vino con tu amigo —pensé—. Me parece que cuando la hago gemir sí que tiene bastante claro que ya no soy su pequeño niño y que me he convertido en un hombre.

Me incliné hacia adelante, sentándome en la cama.

—Sí —dije—. En realidad no hay ningún problema. Cuando ella me lo sugirió acepté porque no quise llevarle la contaría en el momento, pero la verdad es que no me apetece ir.

—Perfecto —dijo en sonriendo—. Además te quedará la casa sola. Tienes mi permiso para invitar a esa chica. Solo deja todo ordenado para cuando regresemos. Así evitamos problemas con tu madre.

—Seguro —dije sonriendo—. No hay problema.

A media mañana, mientras mi padre subía las cosas al coche, me encontré con mi madre en la cocina.

—Me ha pedido que no vaya —dije.

—Lo sé —dijo ella—. Tras hablar contigo me dijo que eras tú quien se quería quedar. No sé a qué juega, estamos pasando por una etapa que es nueva para los dos, y creo que no se le ha quitado del todo la impresión de que algo ha podido pasar entre tú y yo.

Para evitar complicar más las cosas, evité decirle a mi madre que seguramente ella se había pasado de la raya al confrontarlo de la forma que lo hizo, me parecía que se había excedido.

—¡María! —gritó mi padre—. ¡Está todo listo!

—Nos vamos —dijo ella.

Nos miramos a los ojos. No pude contenerme y la besé.

—Solo serán unos días —dijo ella interrumpiendo el beso—. Incluso podría venirnos bien para pensar si de verdad queremos continuar con esto.

Se dio la vuelta y se marchó.

—¿Pensar si de verdad queremos continuar con esto? —pensé un poco desconcertado. No tenía nada que pensar a respecto, mi deseo era claro, no me importaba si era mi madre, no quería parar, no quería que acabara.

Me acosté en mi cama y me puse a mirar el techo. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?, ¿Acaso debía quedarme de brazos cruzados mientras que posiblemente arreglaban su matrimonio? Eso podía hacer que mi madre terminase renegando de nuestra relación sexual. No estaba listo para que nos detuviéramos, me estaba muriendo por volver a estar con ella. Pensar que no volvería a acostarme con mi madre hacía que me desesperase. Tenía que hacer algo.

Estuve pensando durante un par de horas hasta que me decidí. Me levanté de la cama y me puse a cocinar la cena. Luego tomé una foto de esta al tenerla servida. Guardé lo esencial en mi bolso y salí de la casa dejando las luces encendidas. Llamé a un taxi y le di las indicaciones para ir hasta la casa de Claudio. Sí, ir a hasta allá era una acción arriesgada, pero en mi defensa, no estaba pensando con la cabeza de arriba.
 
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