Mi vida siempre ha sido como una montaña rusa de eventos. Eso es irónico porque mis abuelos son bielorrusos, pero esas solo son mis raíces. Me miré en el espejo, como a menudo hacía, una rutina tan automática como respirar. La mujer que me devolvía la mirada era un enigma incluso para mí. Cabello del color del oro lunar, cortado en una línea recta que rozaba mis hombros. Piel tan pálida que parecía tallada en alabastro, una piel que bruñía los vestidos que la cubrían y que parecía susurrar promesas bajo la luz de cualquier farola. En el colegio me llamaban "la sueca", por el pelo y por esa lejanía que, sin saberlo, ya practicaba. Todos pensaban que sería modelo, pero el mundo de las pasarelas no es para mujeres de estatura media, por muy bien proporcionadas que estén. Así que me refugié en los recursos humanos, y luego en el coaching, aprendiendo a dirigir las vidas de otros cuando la mía era un desastre controlado.
A los diecisiete, el destino me tendió una cruel broma: conocer al hombre que marcaría mi vida. Él, con su sonrisa eléctrica y su carisma que era casi un arma, me convirtió en su posesión. El paraíso duró hasta que una prueba de embarazo lo resquebrajó todo.
Mi inocencia, reducida a maquillaje y fingimientos, chocó contra la realidad: un matrimonio por presión de mis padres, su riqueza y su ego, y una hijastra de cuatro años de la que me enteré solo despues de la boda y que me miró con odio eterno. Pronto, dejé de existir para él. Me convertí en un adorno olvidado. Once años soportando desprecios e infidelidades, hasta que mi espíritu quedó hecho añicos.
Entonces, creí ver la salvación en otro hombre. Huyendo del maltrato, lo dejé todo… incluso a mi hijo. Me fui con él a Nueva York. Pero mi salvador resultó ser la misma bestia con otra piel, me prometió que traeriamos a mi hijo conmigo, pero eso fue mentira. Al año, lo abandoné. Y me quedé sola en la ciudad que nunca duerme, cargo con un corazón roto y una batalla por mi hijo que apenas comenzaba.
Con esos estudios de coaching que había arrastrado como un lastre durante ocho años mientras viví con mi marido, conseguí un trabajo. Mejoré mi inglés, aprendí a hablar de sinergias y liderazgo con la seguridad de un farsante, mientras mi vida personal era el mejor ejemplo de cómo no liderar nada. Pero la soledad en esa ciudad era como un amante silencioso y pegajoso. Me asfixiaba en mi propio apartamento. Nunca pude combatirla. Quizás por eso regresé. Volví a la misma ciudad de la que había huido. Solo quería a mi hijo. Él era, y es, el único amor que he conocido. El único hombre que me ha amado sin querer algo a cambio.
Claro, mi marido, el genio de la manipulación, se encargó de contarlo todo a su manera. Se transformó en el mártir, y yo en la villana. La mala. La puta. La ramera. La que abandonó a su hermosa familia.
El regreso fue una patada en los ovarios. Una bofetada en el alma. Cuando pedí ver a mi hijo, él, con una sonrisa de santo, me lo negó. "Tiene que estar preparado", me dijo, como si yo fuera el diablo. Tuve que establecerme de nuevo, contratar a un abogado.
Por fortuna, mi marido cedió antes de que tuviéramos que enfrentarnos en los tribunales. Quizás su abogado le aconsejó que no quedaba bien dar la batalla. Tenía esperanzas, claro. Ansiaba ver a mi hijo Andrés, pero me encontré con un muro: catorce años de resentimiento puro. Un odio que helaba la sangre.
Hice todo por él: los mejores restaurantes, regalos, planes de futuro. Poco a poco, el hielo cedió… hasta conseguir una visita por semana. Como si el amor materno pudiera racionarse. Era mi único trozo de cielo.
Pero mi marido, siempre tan atento, siempre tan considerado, hacía lo imposible por sabotearme. Era un maestro de la guerra psicológica a baja escala. Una vez, lo mandó de viaje como "premio" el mismo fin de semana que nos teníamos que ver. Otras veces, lo enviaba con su hermanastra a algún parque de diversiones, asegurándose de que mi hijo estuviera demasiado cansado o demasiado feliz para pensar en mí. Haciéndome sentir tan sola como en mi apartamento de Nueva York, con el ruido de la ciudad como única compañía.
Pero hubo un evento que lo cambió todo, un punto de inflexión que el universo, en su delirio cómico, decidió lanzarme como un hueso a una perra hambrienta. Una tarde, recibí una llamada. Era el colegio de Andres. Había tenido un accidente en el entrenamiento de fútbol. Una patada mal dada, un grito agudo, y mi hijo en el suelo.
Corrí al hospital como si me persiguieran los perros del infierno. Allí estaba mi marido, con su cara de perdi el control, y mi hijastra mirando su móvil con la misma intensidad con la que un científico mira un cultivo de bacterias. El médico, un hombre joven y con la mirada cansada, nos explicó que era una fractura en la tibia. Nada grave, pero requería reposo absoluto. Un mes entero en casa. Un mes sin moverse de ahí.
Fue entonces cuando la luz se encendió sobre mi cabeza. "Yo me encargo de él", dije, con la voz firme de una general que acaba de encontrar la debilidad del enemigo. "Cuidaré de él. No necesitará enfermera ni nada".
Mi marido me miró, calculando. En sus ojos vi el contador de una máquina expendedora de egoísmo girando. Una enfermera costaba dinero. Yo... yo era gratuita. "Estás segura?", preguntó, con el tono de quien ya sabe la respuesta. "Será un trabajo duro".
"Para ti, quizás", pensé. Para mí, era el paraíso. Un mes entero con mi hijo. Un mes para deshacer cuatro años de veneno. "No te preocupes", le dije con una sonrisa que no llegó a mis ojos. "Soy experta en cuidar a los hombres, aunque sean mal agradecidos".
Durante un mes, mi vida se convirtió en una rutina sagrada. Llegaba a su casa a las nueve de la mañana. La mucama, una mujer llamada Inés que me miraba con más lástima que respeto, me abría la puerta con un suspiro. Mi marido ya se habría ido a "trabajar". La hijastra, por su parte, se desvanecía como un fantasma mal educado, probablemente para ir de compras con la tarjeta de crédito de su padre, la única forma en que ese hombre mostraba algo parecido al afecto.
La casa era un mausoleo silencioso, excepto por el cuarto de Andres. Al principio, los diálogos con él eran monosílabos. "Sí". "No". "Tengo sueño". Pero yo no me rendí. Me senté al lado de su cama, le ayudaba con sus ejercicios de rehabilitación, le leía sus libros de texto en voz alta, haciendo voces para los personajes históricos hasta que me lanzaba una mirada que era una mezcla de fastidio y diversión. Le preparaba sus comidas favoritas, no la basura que comía habitualmente, sino comida de verdad. Las comidas se convirtieron en conversaciones.
Un día, mientras le ayudaba a hacer unos ejercicios de estiramiento, su mano tocó la mía. Fue un contacto accidental, eléctrico. Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal, una reacción tan intensa que me sentí culpable. "¿Tienes frío?", me preguntó, con una inocencia que me dolió.
"No", mentí. "Es el aire acondicionado. Siempre lo ponen como para congelar los cadáveres".
Él rio. Una risa genuina, no esa media sonrisa que me había regalado durante semanas. Y en ese momento, supe que la puerta se abría.
Empezamos a bromear. Le contaba anécdotas de mis viajes de negocios, exagerando todo para hacerlo reír. "Tenía que dar un discurso a un grupo de ejecutivos que parecían haber sido sacados de un convention de perezosos con maletín", le dije una tarde. "Creo que el único músculo que movían era el de la mandíbula para bostezar".
"Seguro que por tu vestido no bostezaban", replicó él, y mi corazón se detuvo. Miré hacia abajo. Llevaba un vestido de seda color azul marino, con un escote que era discreto, pero que, sin embargo, acentuaba la curva de mis pechos. No lo había hecho a propósito, o al menos eso es lo que me decía a mí misma. Quería verme bien para él, quería que viera a la mujer que era su madre, no solo a la figura borrosa de sus recuerdos.
"¿Y qué sabes tú de vestidos?", le dije, tratando de mantener el tono ligero. "Tu uniforme siempre esta sudado y huele a césped".
"Pues sé que ese vestido... te queda bien", dijo él, y sus ojos se encontraron con los míos. Hubo algo en esa mirada, algo que no era maternal, que no era filial. Era una chispa. Un reconocimiento. Y por primera vez en años, me sentí vista. No como una madre, sino como una mujer. Y el sentimiento fue tan intoxicante y tan peligroso que me asusté y me emocionó a la vez.
El mes se pasó como un sueño. Y cuando el médico le dio el alta, sentí un nudo en la garganta. Mi paraíso temporal terminó. Como había predicho, mi marido apareció por allí como un vergudo diciendo. -"Gracias por todo, de verdad", con una sonrisa falsa que quería decir "ahora te puedes ir".
Me fui por donde había venido, con el sabor amargo de la derrota en la boca. Pero esa vez, la derrota sabía diferente. Tenía el matiz dulce de la complicidad. Las visitas semanales de Andres se reanudaron. Pero ahora eran diferentes. Ya no era un muro de hielo, era un chico de quince años, con ojos curiosos y una sonrisa que empezaba a ser idéntica a la mía.
Y entonces, un día, la puerta sonó. No era el día de visita. Mi corazón hizo esa cosa estúpida que hace, de latir como un tambor de guerra. Abrí la puerta y allí estaba él. Andres. Solo. Con una mochila en la espalda y una mirada que no sabía si era de desafío o de súplica. "Mi padre se fue con su hermanastra de campamento", dijo, con una voz que ya no era la de un niño. "Y no quería estar solo en la casa con la empleada". Me miró de arriba abajo, y por primera vez en años vi otra cosa. Vi curiosidad. Y una chispa de deseo, el mismo que yo sentía por él, pero distorsionado, reflejado en un espejo roto. Este era mi momento. Mi oportunidad. Y yo, como siempre, estaba dispuesta a jugar con fuego.
Lo invité a pasar. La puerta se cerró tras él con un chasquido que resonó como un veredicto, sellando mi propio descenso. Mi cuerpo, ese traidor, ardía: un calor húmedo y vergonzoso me crecía en el vientre ante su presencia.
Andrés se quedó quieto en medio de la sala, como una bestia desorientada. Preguntó por algo de beber con una voz grave, rasposa, que ya no era la del niño que recordaba. Sentí sus ojos como dedos sobre mi espalda mientras me alejaba. Las manos me temblaron al prepararle el jugo; no por miedo, sino por una anticipación punzante.
Nuestros dedos se rozaron al entregarle el vaso. Una descarga eléctrica, breve y culpable, recorrió mi brazo. Él lo sintió también: apretó la mandíbula, bebió el trago de un golpe. Después, se hundió en el sofá, desplegando una masculinidad torpe que llenaba el espacio.
Me senté frente a él, consciente del roce del vestido al cruzar las piernas. Su mirada, cargada de rabia, se desvió hacia mis muslos antes de clavarse en el suelo. Un silencio espeso y dulzón nos envolvió.
Finalmente, habló. "Mi padre", comenzó, la voz cargada de un asco que apenas contenía. "Vi mensajes. En su teléfono. Con su secretaria". Sus ojos se clavaron en los míos por primera vez, buscando algo en mi interior. "Me dijo que no es nada serio. Que es... cosa de hombres".
Me sentí como si me hubieran dado una bofetada. "Cosa de hombres". Qué frase tan útil, qué coartada tan perfecta para la infidelidad y la cobardía. Sonreí, una sonrisa amarga que no llegó a mis ojos. "Ah, sí. La 'cosa de hombres'. Es como el colesterol, malo para el corazón pero parece que a algunos les gusta tenerlo alto".
Él no se rió. Siguió mirándome, y sus ojos se llenaron de humedad. "¿Por qué lo abandonaste, mamá? ¿Por qué me dejaste con... con él?". La pregunta me golpeó en el estómago. No con rabia, sino con el peso de un dolor que él había guardado durante años.
Me incliné hacia él, dejando que el vestido se abriera un poco más por el escote. No era un movimiento consciente, mi cuerpo sabía lo que mi mente apenas comenzaba a vislumbrar. "Porque fui una idiota, Andres. Una completa y absoluta idiota". Le expliqué, "creí que el amor era como en las películas, una historia simple. Tu padre me hizo sentir viva por un tiempo, y cuando eso se apagó, me asusté. Fui joven, me dejé engañar. Pero quiero que sepas algo". Tomé aire, sintiendo cómo el aire se me atragantaba. "Todos los días que estuve fuera, cada noche sola en esa ciudad... lo único que pensaba era en ti, sempre te quise conmigo".
Él me escuchaba, su expresión se fue ablandando, mostrando las grietas de un niño abandonado. "¿Y por qué volviste? ¿Después de tanto tiempo?".
"Por ti", susurré. "Para estar contigo". Y en ese momento, hice lo único que me parecía lógico, lo único que mi cuerpo me pedía. Me levanté y me senté a su lado en el sofá, tan cerca que podía sentir el calor que desprendía. Lo abracé fuerte por primera vez en cuatro años. Al principio, él se quedó rígido. Pero entonces, algo se rompió en su interior. Sentí cómo sus brazos me envolvían, con una fuerza desesperada, como si quisiera fusionarse conmigo, rellenar cuatro años de ausencia en un solo abrazo. Enterró su cara en mi cuello, y sentí el calor de sus lágrimas en mi piel. Allí, oliendo a mi perfume y a la tristeza de mi hijo, se quebró definitivamente el hielo.
Después de ese día, todo cambió. Ahora, cuando nos veíamos, había una complicidad, un secreto compartido que nos unía más allá de la sangre. Empezó a venir a mi piso después del colegio, a veces me pedía que le explicara algunas materias como lo hice cuando cuidé de el por un mes. Las matemáticas eran su talón de Aquiles, y para mí, un campo fértil donde brillar. Nos sentábamos juntos en la mesa de la cocina, nuestras cabezas juntas sobre los libros, y a veces, en un descuido, su mano rozaba la mía, y la tensión regresaba, más fuerte, más elocuente que cualquier palabra. Éramos como dos polos opuestos de un imán, luchando contra la fuerza inevitable que nos quería juntar.
Pero mi marido, en su infinita capacidad para arruinar mis planes, tenía que meter la cuchara. Por el cumpleaños número quince de Andres, se lo llevó a él y a su hijastra a un crucero de una semana. Sin avisarme. Sin consultarme. Lo supe porque mi hijo, desde un puerto, me envió un mensaje: "Me lo ha impuesto. No quería ir. Te llamo cuando pueda".
Mi frustración era un nudo en la garganta, una cólera muda que me amargaba el café. Pero tenía a mi hijo, aunque fuera a cuentagotas. Mi marido, en su rol de padre ausente y generoso, no se preocupaba por sus notas descendentes. Yo, en cambio, vi una oportunidad. Una grieta en su armadura por la que podía colarme. Decidí ayudar a Andres en sus estudios, y aunque mi margen de maniobra era pequeño, cada segundo a solas con él era un campo de batalla donde cada mirada, cada roce, contaba.
Un día, mientras repasábamos ecuaciones, él soltó un suspiro que pareció arrugar toda su energía. "Mamá, soy un desastre. No entiendo nada, y mi padre dice que si no me pongo las pilas y repito el año, me meterá en un internado".
El internado. La palabra me sonó como una sentencia de muerte. Miré a mi hijo, vi la frustración en sus ojos, y en ese momento, mi plan se cristalizó. No era solo sobre recuperarlo, era sobre rescatarlo.
"No eres un desastre, mi amor", le dije, acercando mi silla un poco más. El perfume de mi piel llenó el pequeño espacio entre nosotros. "Eres inteligente. Solo necesitas la motivación adecuada. Y alguien que te explique las cosas de forma... interesante".
Y entonces empecé la operación "Reconquista Materna", una táctica tan perversa como brillante. Cada vez que venia, yo iba reduciendo mis atuendos como si el algodón y la seda fueran impuestos que debía recortar. La confianza aumentaba, claro que aumentaba, porque una vez que mi hijo me puso los ojos encima, ya no me los quitaba. Era como un cachorro al que le han enseñado un truco nuevo y no para de repetirlo.
Empezaron los halagos tímidos, casi inaudibles. "Mami, ese vestido... te queda bien", dijo un día de la misma forma que lo hizo semanas antes en su casa. Otra vez: "Me gusta ese color en ti", susurró, refiriéndose a una camisola roja que se ceñía a mis pechos como una segunda piel.
Yo le sonreía, alimentando la llama. "Gracias, mi vida. ¿Crees que si te repaso las matemáticas con esta falta, aprendes más rápido?". La ironía era mi escudo, mi forma de negar la obscenidad de lo que estábamos construyendo.
Comencé a vestir faldas cada vez más cortas, que terminaban justo donde el buen gusto empieza a sudar. Mis blusas tenían escotes más amplios, ventanas a un paisaje que él no debería contemplar, pero que devoraba con los ojos. A los pocos días, lo esperaba en shorts de jeans ajustados que resaltaban la curva de mis caderas y el contorno de mis nalgas, y una simple camiseta blanca de casa, sin sujetador, dejando ver el relieve de mis pechos bajo el tejido.
Era más que obvio que me prestaba toda su atención. Sus abrazos al llegar y al irse se hicieron más largos, más intensos. Ya no eran los abrazos de una madre a un hijo. Eran los de un hombre a una mujer, aunque él no supiera cómo nombrar esa confusión de sentimientos. Un día, cuando se despedía en la puerta, me abrazó con una fuerza que me dejó sin aire. Apoyó su cabeza en mi hombro, y entonces lo sentí. Claro, inequívoco. Su erección, dura y caliente, presionando contra mi vientre a través de la tela de sus pantalones. Por un instante, me quedé inmóvil, mi cuerpo en alerta máxima. Una oleada de calor me recorrió, una mezcla de poder, excitación y un pánico delicioso. Estaba ganando la partida. Estaba recuperando a mi hijo, y en el proceso, despertando al hombre.
Él se separó de golpe, con el rostro encendido, incapaz de mirarme. "Tengo... tengo que irme", balbuceó, y salió de mi piso casi corriendo.
Me quedé en la puerta, viéndolo alejarse, y una sonrisa se dibujó en mis labios.
No pasó mucho tiempo antes que diera el golpe certero, ayudada, por supuesto, por las propias hormonas de Andres. Durante dos semanas, mantuvimos la rutina de sus tres visitas semanales, me dijo que por el momento su padre no sabia nada de ello.
El primer día, lo esperé con un top ajustado que tenía un corpiño integrado, una armadura de encaje que levantaba mis pechos ofreciéndolos como un festín visual. Cuando llegó, lo saludé en la puerta y lo abracé con una fuerza exagerada, como si no lo viera desde hacía eones. Sentí su cuerpo tensarse, su cara enterrándose en mi pelo, su respiración agitada.
El segundo día, jugué mi siguiente carta. El mismo top, pero sin el corpiño. Mis senos, libres y naturales, se movían bajo el tejido, dibujando su forma con una honestidad que era casi brutal. El abrazo fue más largo. Él no soltaba. Sentí su mano, que supuestamente estaba en mi espalda, deslizarse un poco más abajo, rozando el nacimiento de mis nalgas.
El tercer día, perfeccioné la obra. Me rocié el escote y el cuello con un spray de agua justo antes de que sonara el timbre. Cuando abrí la puerta, fingí un calor sofocante, abanicándome con la mano. "Mamá", empezó a decir, con la voz enganchada en su garganta, y se quedó quieto, esperando su recompensa, su abrazo. Con una maldad que me hacía cosquillas en el alma, me hice la distraída. Revisé el correo en mi móvil, conté una flor imaginaria en una maceta, antes de finalmente mirarlo y abrir los brazos. El abrazo fue una tensión eléctrica. Ya no era un frotamiento casual; era una presión deliberada, su pija dura y joven martilleando contra mi vientre como un pidiendo permiso de entrada. Él ya no se avergonzaba. Ahora lo reclamaba.
Le susurré al oído, con el aliento caliente. "¿Qué pasa, Andres? ¿También tienes calor?". Me separé lo justo para que me viera, para que viera cómo mis pezones, erectos por la excitación y el frío del agua, se traslucían a través de la tela blanca. "Se nota que hace calor", añadí, con la voz más inocente que pude reunir. No me quitó los ojos de encima durante toda la tarde. Sus problemas con las derivadas y los logaritmos se convirtieron en un problema secundario. Su principal dificultad de cálculo era estimar la distancia entre mi boca y la suya.
Pero el sábado, era el día del juicio final. Mi obra maestra. Lo esperé exactamente igual, pero descalza. Y aunque no lo crean, no me pinté las uñas. Quería algo más crudo, más real, más animal. Cuando llegó, le di un abrazo que duró lo que un suspiro de Dios. Él lo disfrutó, hundiendo su cara en mi cuello, y sentí cómo inhela mi perfume como si fuera el último soplo de aire.
Le di un piquito en la mejilla, tan rápido que casi no tocó su piel. "Hoy día repasamos todo. Todo el día", le dije, mi voz un murmullo que sonaba más a una promesa que a una orden. "No hay salidas hoy".
Él no protestó. Asintió con la cabeza, su mirada fija en mis senos, como si intentara descifrar el código de Braille con los ojos. Para mí, era como mirar a un perro hambriento al que acaban de mostrar un filete.
Y así empezamos nuestro juego. Nuestro delicioso, retorcido juego de estudio. Todo el día estuvimos "repasando", lo que se traducía en encuentros fortuitos en el pasillo, manos que se rozaban al coger un vaso, y abrazos que se justificaban con cualquier excusa tan endeble como el honor de un político, el estaba entrando en confianza. "¿Me pasas el libro, mi vida?", le decía, y al entregarlo, mis dedos se deslizaban sobre los suyos un segundo de más. "¡Ay, se me cayó el bolígrafo!", exclamaba, y me agachaba con la gracia de una gimnasta, sabiendo perfectamente que mis shorts de jean se apretarían justo en el lugar correcto, dándole una vista de mi culo que debería estar catalogada como obra de arte.
De vez en cuando, durante estas "lecciones", le daba un piquito. Pequeños zarpazos que lo dejaban temblando. Sinceramente, creo que no repasó absolutamente nada de matemáticas ese día. Él estaba en la sala, y yo me paseaba, una pantera en jaula de oro, recogiendo cosas que se me caían accidentalmente. Un lápiz, un mando de la consola....
Por la tarde, mientras la luz del sol se teñía de naranja y pintaba largas sombras en la habitación, decidí subir la apuesta. "Y en el colegio, Andres, ¿cómo va eso? ¿Tienes amigos? ¿Algún amorcito que te robe el sueño?".
Me miró, sorprendido por la pregunta. "Uhm... bien. Deportes va bien. Y... no. No tengo novia".
"Una pena", susurré, acercándome a él, que estaba sentado en el sofá. Me agaché, poniendo mis manos a ambos lados de sus hombros, aprisionándolo entre mis brazos. "Un chico tan apuesto como tú". Y le di otro piquito en los labios. Me quedé mirándolo, a pocos centímetros de su cara, sintiendo su aliento caliente contra mi piel. "¿Te disgustan los piquitos, Andres?". La pregunta flotó en el aire, cargada de intención.
"No", respondió, su voz un hilo casi inaudible. "Me encantan".
Sonreí, una sonrisa de tigre que ha acorralado a su presa. "Pues si te gustan, y no se lo dices a nadie, te seguiré dando".
Sus ojos se abrieron de par en par, como dos faros encendidos en la noche. Se inclinó hacia mí, intentando capturar mis labios con los suyos, un movimiento torpe y desesperado. Puse mi mano en su pecho, deteniéndolo. "Ah, ah, ah", dije, meneando el dedo. "Con una condición". Su expresión era una mezcla de frustración y expectación. "Se los volveré a dar si subes tus calificaciones".
El miró al techo, como si implorara ayuda divina, pero luego volvió a mirarme, con una chispa de desafío en sus ojos. "Tengo dos pruebas el miércoles".
"Perfecto", dije. "Quiero notas solo más altas que la última vez. Son de letras, así que puedes hacerlo. Solo tienes que... esforzarte". La última palabra la dejé colando en el aire, cargada de un doble sentido que él no pudo evitar captar.
"¿Tenemos un trato?", pregunté, mi voz un susurro seductor. "Si el miércoles vienes con notas mejores, te daré piquitos toda la tarde. Y... todo lo que tú quieras".
Él asintió con la cabeza, con una rapidez que casi me mareó. "Trato hecho", dijo, su voz firme.
"Bien", dije, separándome de él, rompiendo el hechizo. "Entonces, el lunes no vengas. Dedica el día a estudiar. Si es que quieres ganarte tus piquitos".
El dijo que sí, y así quedó establecido un trato que, sin saberlo, cambiaría nuestras vidas para siempre. Y mientras se iba, se giró en la puerta. "Mamá", dijo, su voz segura. "Estudiaré como nunca". Y se fue, dejándome en el umbral, con el corazón latiéndome en la garganta y una victoria que sabía que era solo el principio.
***
El lunes fue un día de ayuno. Un día interminable en el que el silencio de mi piso era más ensordecedor que cualquier concierto de rock. Cada vez que sonaba el timbre, mi corazón daba un vuelco, solo para desinflarse al recordar que él no vendría. Pasé el día trabajando, pero mi mente estaba en otra parte, imaginándolo con los libros, luchando por cada respuesta, motivado no por el deber, sino por la promesa de mi piel. Era la táctica de enseñanza más eficaz que jamás había creado.
El miércoles llegó con la lentitud de una condena. Me pasé la mañana en una tensión que no sentía ni antes de una auditoria importante. Me vistí con un cuidado que rozaba lo ritual. Una falda de lino corta, pero elegante, y una blusa de seda color marfil, casi translúcida, que se adhería a mis pechos como un sueño húmedo. No llevaba ropa interior. Quería que el premio fuera tan tentador que el esfuerzo le pareciera insignificante.
Sonó el timbre y mi corazón se subió a la garganta. Abrí la puerta y allí estaba él, sonriendo como un niño que acaba de ganar el campeonato del mundo, aunque le temblaba un poco la barbilla de pura ansiedad. Lo primero que hizo, ni siquiera me saludó, fue sacar un par de papeitos doblados de su mochila y extendérmelos como si fueran un trofeo de guerra. Un sobresaliente en Historia y un notable alto en Lengua. Notas mejores, tal como habíamos pactado.
Lo atraje hacia mí con un movimiento rápido, aprisionándolo contra mi pecho. Sentí su cuerpo, joven y firme, contra el mío. "Parece que alguien ha estado trabajando duro", susurré en su oreja. "Listo para recibir tu premio". Y sin más, le di un piquito largo en la boca. No fue un beso de madre, fue un beso de prueba, un preludio. Sus labios estaban ligeramente abiertos, sorprendidos, y él no tardó en aprovechar la oportunidad. Me frotó contra mí, un movimiento lento y deliberado, y sentí su erección, dura y pertinaz, presionando contra mi vientre a través de las finas telas que nos separaban. Era como si su pija fuera un perro faldero que buscaba cobijo entre mis piernas.
Lo cogí de la mano y lo hice entrar, cerrando la puerta con un click sonoro que sonó a sentencia. Nos sentamos en el sofá, y lo felicité con una voz que sonaba más a pura miel que a orgullo materno. "Has superado todas mis expectativas, mi niño".
Le dije que todo depende de uno en esta vida, que no hay que darse por vencido, que con el esfuerzo adecuado hasta las montañas se vuelven colinas. Y para demostrarle lo mucho que creía en él, le di otro piquito largo en los labios, y otro. El tercero fue iniciativa de él. Se inclinó y me besó con un hambre que me sorprendió, y no lo detuve. Sus labios eran torpes pero ansiosos, y el beso se convirtió en un juego de exploración, un mapa por descubrir. Así estuvimos un rato, perdidos en un laberinto de besos cortos y respiraciones agitadas.
Después, como si de un interruptor se tratara, cambiamos de modo. "Bueno, a trabajar", dije, sonriendo, y saqué sus libros de matemáticas. Me senté a su lado, tan cerca que nuestras piernas se rozaban. Cada vez que él entendía lo que le explicaba, cada vez que resolvía un problema correctamente, lo premiaba con un piquito. Un sistema de recompensa pavloviano que funcionaba de maravilla. Pronto, las ecuaciones cuadráticas se convirtieron en el pretexto perfecto para un festín de besos.
El me dijo que le encantaban los piquitos, con una sinceridad que casi me dolió. "Me alegra, mi amor", le respondí, acariciándole la mejilla. Y así continuamos toda la tarde, en un ciclo de estudio y recompensa, de esfuerzo y placer. Ese día se fue más tarde que de costumbre. Su padre ya sabía que venía a verme, pero no decía nada. De hecho, justo cuando se iba, su móvil sonó. Era su padre. Andres le contestó con una calma que me llenó de orgullo. "Sí, papá, estoy estudiando. Con mamá". La mentira sonó tan dulce en sus labios.
Antes de que se fuera, lo detuve en la puerta. Le di uno último piquito, lento y deliberado. Luego me separé un poco y lo miré a los ojos, con una sonrisa traviesa. "Una pregunta, Andres. ¿Alguna vez has besado con lengua?".
Me miró, sus ojos se abrieron como platos. "No", susurró.
"Buen", dije, mi voz un murmullo cálido. "Si el próximo miércoles me traes una calificación más alta, esta vez en matemáticas... tendrás tu primer beso con lengua. Claro, si tú quieres".
La respuesta fue instantánea. "¡Sí! ¡Quiero! Haré todo lo posible, mamá, te lo juro". Su entusiasmo era contagioso, una fogata juvenil que me calentaba por dentro y me dio un ultimo piquito.
El siguiente lunes fue otra jornada de silencio, pero esta vez estaba cargado de una tensión eléctrica. Sabía que estaba jugando con fuego, pero el calor era demasiado placentero. El miércoles, cuando sonó el timbre, sentí una emoción que era una mezcla de orgullo y lujuria.
Abrió la puerta y entró, casi sin aliento. Sacó su examen de matemáticas. Un sobresaliente. Un diez. Una obra de arte de tinta y números.
"Lo has conseguido", susurré, sintiendo una oleada de poder tan intensa que casi me mareé.
Yo estaba descalza, como me gustaba cuando estaba en mi territorio, con un tshirt blanco viejo y unos shorts de tela tan cortos que rozaban la indecencia. Y, por supuesto, sin corpiño. Sabía que era su uniforme favorito, el que lo ponía en un estado de alerta que un soldado en la primera línea del frente.
Cerré la puerta con un suave click. Esta vez, no lo abracé. Era un premio, no una bienvenida. Lo llevé de la mano, casi en trance, hacia el sofá. Me senté y lo hice sentar a mi lado. Le tomé la cara entre mis manos, sintiendo la barba incipiente, la piel tibia.
"Te lo has ganado, Andres", le dije, mi voz baja y grave.
Él no dijo nada. Solo me miraba, sus ojos oscuros como pozos de petróleo, llenos de nervios y anhelo. Me incliné y le di un piquito en la boca, un simple roce de labios. Pero no pude detenerme. El beso se hizo largo, profundo. Abrí mi boca e introduje mi lengua, encontrando la suya, tímida e indecisa. Empecé a guiarla, un baile lento y húmedo. Sentía su respiración profunda contra mi mejilla, un eco torpe de mi propia excitación. Era como enseñarle a bailar a alguien que tiene dos pies izquierdos pero un ritmo innato en el alma.
Nos besamos varias veces. Cada beso era un nuevo paso en nuestro particular vals prohibido. La inocencia, esa cosa frágil y estúpida, se había hecho añicos contra el suelo de mi salón. Él, ganando confianza, me cogió ligeramente de la cintura, y su toque era un fuego que me recorría hasta los dedos de los pies. Me gustaba sentir su cuerpo, joven y firme, presionando contra el mío. Estuvimos así como media hora, perdidos en un laberinto de saliva y piel. Y de repente, en un acto de valentía casi suicida, subió una de sus manos hasta uno de mis senos. No había corpiño, solo la fina tela del tshirt. Se dio el banquete de su vida. Sentí cómo lo masajeaba, cómo apretaba el pezón con sus dedos torpes pero ansiosos, y yo consintí con gemidos bajos que sonaban como plegarias profanadas en un templo. Seguro que esos gemidos lo excitaron más que cualquier pornografía.
"Ahora... a estudiar", le dije, separándome con una fuerza de voluntad que no sabía que poseía.
Andres asintió, con el rostro encendido, los labios hinchados y un brillo en los ojos que era pura testosterona.
Fui a la cocina y le preparé una tisana de manzanilla, supuestamente para calmar sus nervios de estudiante. Nos sentamos en la mesa de la cocina, y mientras hablábamos de trivialidades, acabamos besándonos otra vez, largamente. Cada vez lo hacía mejor, más seguro, y no se olvidaba de mis senos, que ahora reclamaban su atención con una insistencia que yo fomentaba. Yo me dejaba, flotando en una nube de poder y lujuria.
"Los besos por entender las lecciones", le anuncié, mientras le explicaba una integral, "ahora son con lengua".
Se esforzaba como un condenado que busca el indulto. En un momento dado, le dejé el boli sobre la mesa, me recosté en la silla y le miré directamente. "Andres", dije. "¿Te gustan mis senos?".
Me miró, como un ciervo atrapado en los faros de un coche. "S-sí", balbuceó. "Me encantan".
Sonreí, una sonrisa de pura maldad. "Tengo un nuevo trato para ti, mi niño prodigio". Me incliné hacia delante, dejando que el tshirt cayera, ofreciéndole una visión que sabía que grabaría a fuego en su cerebro para siempre. "Si en una semana me traes buenas notas en cuatro de tus ocho exámenes. Solo en cuatro, incluyendo matemáticas, claro... te dejaré verlos. Sin nada encima".
Andres se quedó sin palabras. Su mandíbula colgaba como una persiana rota. Balbuceaba algo incoherente, una mezcla de "sí", "wow" y "¿en serio?".
Se recuperó un poco, la sangre volvió a su cerebro, y logró articular una frase. "¿S-solo... cuatro?".
"Así es", confirmé, meneando la cabeza lentamente. "Solo cuatro. No quiero matarte al estudioso".
Él se aclaró la garganta, el sonido seco rompiendo el silencio denso. "Es un... es un trato hecho", dijo, su voz firme ahora, la de un hombre que acepta un desafío.
Me recosté de nuevo, cruzando los brazos, lo que hizo que mis senos se abultaran aún más bajo la tela del tshirt. "Esto es nuestro secreto, Andres. Nuestro pequeño y lucrativo negocio. No se lo dices a nadie. Ni a tus amigos, ni a nadie. Si una sola persona lo sabe, esto se acaba. El premio se evapora, la fiesta termina, y vuelvo a ser tu mamá y solo tu mamá, ¿entendido?".
Andres parpadeó, procesando mi ultimátum. Luego, una pequeña sonrisa, casi un gesto de desafío, se dibujó en sus labios. "¿Mi mamá?", repitió, como si saboreara la palabra. "Entonces, ahora, ¿qué eres?".
La pregunta me cogió desprevenida. Era como si un gatito de repente me pidiera que le explicara la teoría de la relatividad. Me quedé mirándolo, analizando la situación. La línea que habíamos estado bailando sobre ella no solo se había borrado, la habíamos incinerado. Lo pensé un rato, dejando que el silencio se espesara, un coctel peligroso de adrenalina y poder. Me incliné hacia él, apoyando los codos en la mesa, mi cara a centímetros de la suya. "Eso depende de ti, Andres. ¿Qué quieres que sea... para ti?".
Sus mejillas se sonrojaron, pero su mirada se fijó en la mía, con una valentía que me resultó excitantemente nueva. "Eres... eres linda", susurró. "Me gustaría tener una novia como tú".
Ahí estaba. Lo había dicho. La jaula se había abierto y el pájaro no solo volaba, me estaba picoteando los ojos. Supe en ese instante que ya no estaba jugando. Esto se había acelerado, desbocándose como un coche sin frenos por una pendiente de pura lujuria. Mi corazón latía con la fuerza de una banda de rock.
"¿Te gustaría que fuera tu novia?", pregunté, mi voz un murmullo sedoso, una caricia audible.
"Sí", respondió, sin dudarlo. "Me gustaría mucho. Porque eres una mujer hermosa".
Me quedé mirándolo, por un instante viéndome a través de sus ojos: una mujer de treinta y tres años, con un cuerpo que había resistido el paso del tiempo y un parto temprano bastante bien. No, en realidad no se veía mal, me veía... codiciable. Y esa certeza fue como una droga.
"De acuerdo", dije, y la decisión me llegó con la claridad de un amanecer. "Aquí tienes un nuevo trato. El trato definitivo". Me recosté, dándole todo el peso de mi atención. "Si sacas las calificaciones más altas en tod0as tus materias. No cuatro, no seis. Todas. Y solo si son todas... yo seré tu novia".
Hice una pausa, dejando que la bomba explotara en su cerebro. "Pero con condiciones. Seré tu novia solo cuando estemos aquí, en casa. A solas. Y, por supuesto, te mostraré mis pechos. Todo el tiempo que quieras. Fuera de aquí, en la calle, en el colegio, somos madre e hijo. Ni una palabra, ni una mirada fuera de lugar. Entendido? Somos dos personas en una. Eres mi hijo, y también mi novio secreto". Lanzé el anzuelo y esperé. "¿Te gusta la idea?".
La mirada de Andrés cambió. Ya no era la de un niño nervioso. Era la de un hombre que veía un premio que estaba más allá de sus sueños más salvajes. Se irguió en la silla, su pecho hinchándose de orgullo y deseo. "Sí", dijo, su voz firme, segura. "Me gusta".
Se envalentonó, y el cambio me envió una oleada de calor directo a entrepierna. "Sí. Siempre he soñado con tener una novia linda".
Me levanté y me acerqué a él, rodeando sus hombros con mis brazos desde atrás. Apoyé mi mejilla en la suya. "Entonces, empieza a soñar en serio. Que el domingo estudies en casa. El lunes puedes venir a estudiar matemáticas, pero no te quedes mucho. Y no habrá nada", le susurré al oído, mi aliento caliente contra su piel, "nada de besos, nada de toques, hasta que no me pongas sobre esta mesa los resultados de todos tus exámenes".
Él asintió, su respiración agitada. "De acuerdo", dijo, su voz un poco quebrada por la emoción. "Lo haré".
Le di un último beso en la boca, un beso de promesa. Y supe, con una certeza absoluta, que este era el principio de todo. La batalla por su mente se había convertido en una conquista total. Y yo, la generala, estaba ganando la guerra.
Estaba dispuesta a todo. A jugarme mi propia cordura, a quemar las reglas de la biología y la decencia con un encendedor de naftalina. Recuperar a mi hijo no era solo una misión, se había convertido en la obra de mi vida, y la estaba ejecutando con creces, con la precisión de un cirujano y la moral de un pirata.
Pasaron diez días. Diez días de ayuno, de mensajes de texto subliminales que eran como microdosis de poder. "No te olvides que tienes que luchar por lo que más quieres", le escribía. "El que sigue, consigue". Cuando se quejaba de la dificultad de una materia, mi respuesta era un dardo emponzoñado de motivación: "Recuerda que todo está en tus manos". Él respondía con emojis de sonrisas, a veces un corazón diminuto, señal de que había asimilado el manual del conspirador perfecto. Nuestro pequeño tratado de silencio era más fuerte que el juramento de una mafiosa.
Y llegó el día del juicio. Tuvo que aguantar hasta la tarde siguiente a los exámenes, cuando el colegio le devolvió el veredicto. Me llegó un mensaje, corto y tembloroso como un polluelo: "Vengo esta tarde. Me salgo del fútbol".
Cerré los ojos y sonreí. Ahí estaba. El poder. Sentí que tenía un poco de diosa en las venas, la capacidad de anular el deporte sagrado de un adolescente con la simple promesa de mi piel.
Cuando llegó, lo esperé en mi altar particular. Descalza, el tshirt blanco y viejo, los shorts que eran más un sugerimiento que una prenda. El uniforme que le quitaba el aliento. Ni siquiera me dio tiempo de saludar. Me puso los exámenes en la cara como si fueran un crucifijo para espantarme.
"Un momento, campeón", dije, cogiéndole las manos. Respiré hondo, como si fuera a bucear en aguas profundas, y le miré a los ojos. "Ven conmigo". Lo llevé al sofá, mi trono de terciopelo y pecados.
Nos sentamos. Empezamos a besarnos, un beso con lengua que era el sello sobre un contrato firmado en sangre. Sentí su prisa, su hambre. "Confío en ti", le susurré entre labios.
"Estaba... estaba esperando este momento con todo mi cuerpo", respondió él, con una voz que ya no era la de un niño. Continuamos besándonos, y yo, en un arrebato de sinceridad que sonó a blasfemia, le solté: "Yo siempre creí en ti, Andres".
Él se apartó un poco, para mirarme bien. "Lo hice por eso", dijo, y la frase, tan simple, me perforó el pecho como una flecha de oro.
Esa afirmación me inyectó una dosis de egolatría pura, un subidón más potente que cualquier droga. Me sentí omnipotente. Mi ego, que ya era del tamaño de un rascacielos, alcanzó la estratosfera. Lentamente, con la calma de una sacerdotisa que realiza un ritual, comencé a sacarme el tshirt. La tela se deslizó por mi torso, revelando la piel palpitante de mis senos. Me lo quité de arriba abajo, y lo dejé caer al suelo como un paño sucio.
Él no daba crédito a sus ojos. Se quedó atónito, su boca abierta en una "o" muda, como si hubiera visto a Dios bajando del escalera mecánica de un centro comercial. Mis pechos, mis senos, estaban ahí, libres, al aire, ofrecidos como una ofrenda en el altar de su mirada.
Andres cogió valor, la suya mezclada con la mía. "¿Puedo... puedo tocarlos?". La pregunta era un susurro roto.
Le dije que sí, con una sonrisa que era perversión encarnada. "Claro que sí. Si ya somos novios".
Su mano tembló al acercarse, un pajarillo aprendiendo a volar. Al principio me los tocó timidamente, como si fueran frágiles como el cristal. Después, se animó a besarmelos, y sentí la emoción cruda de su beso en mi piel, la emoción de alguien que descubre un continente nuevo.
Esto se convirtió en nuestra rutina sagrada. Las sesiones de estudio se transformaron en maratones de caricias y besos intercalados con ecuaciones. Cada problema resuelto era una invitación a la exploración. Sus manos ya no temblaban; aprendieron la geografía de mi cuerpo con la dedicación de un cartógrafo. Se sabía mis curvas, mis reacciones, los puntos exactos donde un beso se convertía en un escalofrío.
"Ya no soy tu mamá", le susurré una tarde, mientras sus labios recorrían mi clavícula. "Aquí soy solo la novia que quieres".
Él levantó la vista, sus ojos brillantes. "Eres la novia de mis sueños".
Y esa era la verdad. Su rendimiento académico era una metáfora perfecta de nuestra relación: cada vez mejor, más brillante, más audaz. Se convirtió en uno de los mejores de su clase. Los profesores lo felicitaban.
La confianza con Andres ya había mejorado, se había transformado en una cuerda tensa y brillante que nos unía, tan fuerte que podías colgar de ella el peso de una confesión. Una tarde, mientras sus dedos dibujaban círculos alrededor de mi pezón, una zona que ya había cartografiado a la perfección, levantó la vista, su ceño ligeramente fruncido como si estuviera resolviendo un problema complejo. "No entiendo a mi padre", dijo. "¿Cómo puede mirar a otras mujeres si tú eres... eres tan hermosa?".
La pregunta, tan simple y tan llena de una lealtad infantil, me destrozó. El dique que contenía todos mis venenos se rompió. Le conté todo. Las infidelidades de su padre, no como una lista de crímenes, sino como una serie de heridas. El desprecio velado, los comentarios que me carcomían por dentro, el maltrato psicológico que es como un veneno de acción lenta, te va matando sin que veas la sangre y que todo eso me llevo a irme porque no podia mas. Lloré, no lágrimas de actriz, sino las de una mujer que abre un viejo armario y encuentra un esqueleto cubierto de polvo y moho.
Andres se quedó helado. Me miraba, sus ojos oscuros ahora llenos de una tormenta. "No... no sabía nada de eso", susurró, su voz temblando de rabia contenida. "Lo odio". Vi sus puños apretarse sobre mis muslos, y el miedo, un miedo genuino y paterno, me heló la sangre. "Andres", le dije, tomándole la cara. "Prométeme que no vas a hacer ni decir nada. Prométemelo".
Él asintió, pero la rabia seguía ahí, un animal enjaulado. Miró mis ojos, ahora llenos de una nueva luz, una determinación feroz que me excitó y me aterrorizó a partes iguales. "Tengo que proteger a mi novia", dijo, su voz grave, imitada de una película de gánsteres. "Es lo que todos los muchachos hacen. Te protegeré. Te quiero".
Y nos besamos. No fue un beso de deseo, sino uno de complicidad, un pacto sellado con saliva y dolor. Era un beso que sabía a sal y a promesas rotas.
"Estoy haciendo todo esto para no perderte", le confesé, mi voz rota.
Él me apretó contra él. "Quiero estar siempre contigo".
Esa intimidad era más fuerte que cualquier estimulo, ahora él también me abrazaba con empatía, y sus brazos no eran solo los de un amante, sino los de un cómplice. Era hermoso y a la vez retorcido como un árbol creciendo en un lugar imposible.
Ahora, cuando venía, la primera hora era una celebración carnal. Una hora de besos con lengua, de toques seguros sobre mis senos, de magreos que subían de intensidad como la marea. Andres comenzó a explorar mis piernas, subiendo por la piel de mis muslos con una lentitud que era tortura y éxtasis. Yo me dejaba, abriéndome como un libro prohibido. A veces, cuando hacíamos una pausa para beber agua o respirar, me quedaba sin la camiseta, y él se deleitaba con mi cuerpo con una intensidad de fanático religioso. Era el sueño de todo muchacho de quince años, cuya sangre ha sido reemplazada por hormonas puras.
Un día, mientras reposábamos en el sofá, mi cabeza en su pecho, le pregunté, casi sin pensarlo. "¿Qué quieres hacer después del colegio, mi amor?".
Suspiró. "El año pasado mi padre tuvo la idea de que fuera a estudiar a Estados Unidos. Administración de empresas".
Las palabras me golpearon en el estómago como un puño de hielo. Respiré hondo, manteniendo la calma. "Y... ¿qué quieres tú?".
Andres se quedó callado un momento. Luego, levantó la cabeza y me miró a los ojos, con una sinceridad que me desarmó. "Ahora no estoy seguro", dijo, sin tapujos. "Y no estoy seguro porque... me gusta mucho esto". Apretó mi mano. "Me gusta estar cerca de tí".
Mi corazón, ese traidor, dio un vuelco de alegría pura. Pero mi cerebro, el estratega, ya estaba trabajando. Su padre, con su torpeza habitual, me había dado la munición que necesitaba. La amenaza de la separación ya no era un fantasma, era un plan concreto. Y yo tenía que sabotearlo.
"No te preocupes", le dije, besándole la frente. "Ya encontraremos la manera de que no te vayas a ninguna parte".
Pero mientras lo decía, mi mente ya urdía un plan nuevo, mucho más audaz. Ya no se trataba solo de retenerlo. Se trataba de conquistarlo por completo. Hacerlo mío de una manera que ni su padre, ni el mundo entero, pudiera deshacer.
"Mira, Andres", empecé una tarde, mientras sus dedos jugaban con el fleco de mis shorts. "Los exámenes de medio año se acercan. Y estaba pensando... en algo". Dejé la frase colgando en el aire, una piñata llena de promesas que él no podía ver.
Él paró su exploración, levantó la cabeza, sus ojos llenos de interés puro. "¿Qué?", preguntó, su voz un poco ronca.
"Bueno...", prolongé la palabra, disfrutando del poder. "Si sacas buenas notas en todos los cursos... estaba planteando que podrías ver algo... más". Le guiñé un ojo, un gesto tan cursi que funcionaba como una magia.
Andres tragó saliva. "¿Como... qué?", repitió, su mente intentando conectar los puntos.
Me incliné hacia él, mi voz bajando a un susurro conspirador. "Bueno... ¿te gustaría ver... lo que hay por debajo de mis shorts?".
A los diecisiete, el destino me tendió una cruel broma: conocer al hombre que marcaría mi vida. Él, con su sonrisa eléctrica y su carisma que era casi un arma, me convirtió en su posesión. El paraíso duró hasta que una prueba de embarazo lo resquebrajó todo.
Mi inocencia, reducida a maquillaje y fingimientos, chocó contra la realidad: un matrimonio por presión de mis padres, su riqueza y su ego, y una hijastra de cuatro años de la que me enteré solo despues de la boda y que me miró con odio eterno. Pronto, dejé de existir para él. Me convertí en un adorno olvidado. Once años soportando desprecios e infidelidades, hasta que mi espíritu quedó hecho añicos.
Entonces, creí ver la salvación en otro hombre. Huyendo del maltrato, lo dejé todo… incluso a mi hijo. Me fui con él a Nueva York. Pero mi salvador resultó ser la misma bestia con otra piel, me prometió que traeriamos a mi hijo conmigo, pero eso fue mentira. Al año, lo abandoné. Y me quedé sola en la ciudad que nunca duerme, cargo con un corazón roto y una batalla por mi hijo que apenas comenzaba.
Con esos estudios de coaching que había arrastrado como un lastre durante ocho años mientras viví con mi marido, conseguí un trabajo. Mejoré mi inglés, aprendí a hablar de sinergias y liderazgo con la seguridad de un farsante, mientras mi vida personal era el mejor ejemplo de cómo no liderar nada. Pero la soledad en esa ciudad era como un amante silencioso y pegajoso. Me asfixiaba en mi propio apartamento. Nunca pude combatirla. Quizás por eso regresé. Volví a la misma ciudad de la que había huido. Solo quería a mi hijo. Él era, y es, el único amor que he conocido. El único hombre que me ha amado sin querer algo a cambio.
Claro, mi marido, el genio de la manipulación, se encargó de contarlo todo a su manera. Se transformó en el mártir, y yo en la villana. La mala. La puta. La ramera. La que abandonó a su hermosa familia.
El regreso fue una patada en los ovarios. Una bofetada en el alma. Cuando pedí ver a mi hijo, él, con una sonrisa de santo, me lo negó. "Tiene que estar preparado", me dijo, como si yo fuera el diablo. Tuve que establecerme de nuevo, contratar a un abogado.
Por fortuna, mi marido cedió antes de que tuviéramos que enfrentarnos en los tribunales. Quizás su abogado le aconsejó que no quedaba bien dar la batalla. Tenía esperanzas, claro. Ansiaba ver a mi hijo Andrés, pero me encontré con un muro: catorce años de resentimiento puro. Un odio que helaba la sangre.
Hice todo por él: los mejores restaurantes, regalos, planes de futuro. Poco a poco, el hielo cedió… hasta conseguir una visita por semana. Como si el amor materno pudiera racionarse. Era mi único trozo de cielo.
Pero mi marido, siempre tan atento, siempre tan considerado, hacía lo imposible por sabotearme. Era un maestro de la guerra psicológica a baja escala. Una vez, lo mandó de viaje como "premio" el mismo fin de semana que nos teníamos que ver. Otras veces, lo enviaba con su hermanastra a algún parque de diversiones, asegurándose de que mi hijo estuviera demasiado cansado o demasiado feliz para pensar en mí. Haciéndome sentir tan sola como en mi apartamento de Nueva York, con el ruido de la ciudad como única compañía.
Pero hubo un evento que lo cambió todo, un punto de inflexión que el universo, en su delirio cómico, decidió lanzarme como un hueso a una perra hambrienta. Una tarde, recibí una llamada. Era el colegio de Andres. Había tenido un accidente en el entrenamiento de fútbol. Una patada mal dada, un grito agudo, y mi hijo en el suelo.
Corrí al hospital como si me persiguieran los perros del infierno. Allí estaba mi marido, con su cara de perdi el control, y mi hijastra mirando su móvil con la misma intensidad con la que un científico mira un cultivo de bacterias. El médico, un hombre joven y con la mirada cansada, nos explicó que era una fractura en la tibia. Nada grave, pero requería reposo absoluto. Un mes entero en casa. Un mes sin moverse de ahí.
Fue entonces cuando la luz se encendió sobre mi cabeza. "Yo me encargo de él", dije, con la voz firme de una general que acaba de encontrar la debilidad del enemigo. "Cuidaré de él. No necesitará enfermera ni nada".
Mi marido me miró, calculando. En sus ojos vi el contador de una máquina expendedora de egoísmo girando. Una enfermera costaba dinero. Yo... yo era gratuita. "Estás segura?", preguntó, con el tono de quien ya sabe la respuesta. "Será un trabajo duro".
"Para ti, quizás", pensé. Para mí, era el paraíso. Un mes entero con mi hijo. Un mes para deshacer cuatro años de veneno. "No te preocupes", le dije con una sonrisa que no llegó a mis ojos. "Soy experta en cuidar a los hombres, aunque sean mal agradecidos".
Durante un mes, mi vida se convirtió en una rutina sagrada. Llegaba a su casa a las nueve de la mañana. La mucama, una mujer llamada Inés que me miraba con más lástima que respeto, me abría la puerta con un suspiro. Mi marido ya se habría ido a "trabajar". La hijastra, por su parte, se desvanecía como un fantasma mal educado, probablemente para ir de compras con la tarjeta de crédito de su padre, la única forma en que ese hombre mostraba algo parecido al afecto.
La casa era un mausoleo silencioso, excepto por el cuarto de Andres. Al principio, los diálogos con él eran monosílabos. "Sí". "No". "Tengo sueño". Pero yo no me rendí. Me senté al lado de su cama, le ayudaba con sus ejercicios de rehabilitación, le leía sus libros de texto en voz alta, haciendo voces para los personajes históricos hasta que me lanzaba una mirada que era una mezcla de fastidio y diversión. Le preparaba sus comidas favoritas, no la basura que comía habitualmente, sino comida de verdad. Las comidas se convirtieron en conversaciones.
Un día, mientras le ayudaba a hacer unos ejercicios de estiramiento, su mano tocó la mía. Fue un contacto accidental, eléctrico. Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal, una reacción tan intensa que me sentí culpable. "¿Tienes frío?", me preguntó, con una inocencia que me dolió.
"No", mentí. "Es el aire acondicionado. Siempre lo ponen como para congelar los cadáveres".
Él rio. Una risa genuina, no esa media sonrisa que me había regalado durante semanas. Y en ese momento, supe que la puerta se abría.
Empezamos a bromear. Le contaba anécdotas de mis viajes de negocios, exagerando todo para hacerlo reír. "Tenía que dar un discurso a un grupo de ejecutivos que parecían haber sido sacados de un convention de perezosos con maletín", le dije una tarde. "Creo que el único músculo que movían era el de la mandíbula para bostezar".
"Seguro que por tu vestido no bostezaban", replicó él, y mi corazón se detuvo. Miré hacia abajo. Llevaba un vestido de seda color azul marino, con un escote que era discreto, pero que, sin embargo, acentuaba la curva de mis pechos. No lo había hecho a propósito, o al menos eso es lo que me decía a mí misma. Quería verme bien para él, quería que viera a la mujer que era su madre, no solo a la figura borrosa de sus recuerdos.
"¿Y qué sabes tú de vestidos?", le dije, tratando de mantener el tono ligero. "Tu uniforme siempre esta sudado y huele a césped".
"Pues sé que ese vestido... te queda bien", dijo él, y sus ojos se encontraron con los míos. Hubo algo en esa mirada, algo que no era maternal, que no era filial. Era una chispa. Un reconocimiento. Y por primera vez en años, me sentí vista. No como una madre, sino como una mujer. Y el sentimiento fue tan intoxicante y tan peligroso que me asusté y me emocionó a la vez.
El mes se pasó como un sueño. Y cuando el médico le dio el alta, sentí un nudo en la garganta. Mi paraíso temporal terminó. Como había predicho, mi marido apareció por allí como un vergudo diciendo. -"Gracias por todo, de verdad", con una sonrisa falsa que quería decir "ahora te puedes ir".
Me fui por donde había venido, con el sabor amargo de la derrota en la boca. Pero esa vez, la derrota sabía diferente. Tenía el matiz dulce de la complicidad. Las visitas semanales de Andres se reanudaron. Pero ahora eran diferentes. Ya no era un muro de hielo, era un chico de quince años, con ojos curiosos y una sonrisa que empezaba a ser idéntica a la mía.
Y entonces, un día, la puerta sonó. No era el día de visita. Mi corazón hizo esa cosa estúpida que hace, de latir como un tambor de guerra. Abrí la puerta y allí estaba él. Andres. Solo. Con una mochila en la espalda y una mirada que no sabía si era de desafío o de súplica. "Mi padre se fue con su hermanastra de campamento", dijo, con una voz que ya no era la de un niño. "Y no quería estar solo en la casa con la empleada". Me miró de arriba abajo, y por primera vez en años vi otra cosa. Vi curiosidad. Y una chispa de deseo, el mismo que yo sentía por él, pero distorsionado, reflejado en un espejo roto. Este era mi momento. Mi oportunidad. Y yo, como siempre, estaba dispuesta a jugar con fuego.
Lo invité a pasar. La puerta se cerró tras él con un chasquido que resonó como un veredicto, sellando mi propio descenso. Mi cuerpo, ese traidor, ardía: un calor húmedo y vergonzoso me crecía en el vientre ante su presencia.
Andrés se quedó quieto en medio de la sala, como una bestia desorientada. Preguntó por algo de beber con una voz grave, rasposa, que ya no era la del niño que recordaba. Sentí sus ojos como dedos sobre mi espalda mientras me alejaba. Las manos me temblaron al prepararle el jugo; no por miedo, sino por una anticipación punzante.
Nuestros dedos se rozaron al entregarle el vaso. Una descarga eléctrica, breve y culpable, recorrió mi brazo. Él lo sintió también: apretó la mandíbula, bebió el trago de un golpe. Después, se hundió en el sofá, desplegando una masculinidad torpe que llenaba el espacio.
Me senté frente a él, consciente del roce del vestido al cruzar las piernas. Su mirada, cargada de rabia, se desvió hacia mis muslos antes de clavarse en el suelo. Un silencio espeso y dulzón nos envolvió.
Finalmente, habló. "Mi padre", comenzó, la voz cargada de un asco que apenas contenía. "Vi mensajes. En su teléfono. Con su secretaria". Sus ojos se clavaron en los míos por primera vez, buscando algo en mi interior. "Me dijo que no es nada serio. Que es... cosa de hombres".
Me sentí como si me hubieran dado una bofetada. "Cosa de hombres". Qué frase tan útil, qué coartada tan perfecta para la infidelidad y la cobardía. Sonreí, una sonrisa amarga que no llegó a mis ojos. "Ah, sí. La 'cosa de hombres'. Es como el colesterol, malo para el corazón pero parece que a algunos les gusta tenerlo alto".
Él no se rió. Siguió mirándome, y sus ojos se llenaron de humedad. "¿Por qué lo abandonaste, mamá? ¿Por qué me dejaste con... con él?". La pregunta me golpeó en el estómago. No con rabia, sino con el peso de un dolor que él había guardado durante años.
Me incliné hacia él, dejando que el vestido se abriera un poco más por el escote. No era un movimiento consciente, mi cuerpo sabía lo que mi mente apenas comenzaba a vislumbrar. "Porque fui una idiota, Andres. Una completa y absoluta idiota". Le expliqué, "creí que el amor era como en las películas, una historia simple. Tu padre me hizo sentir viva por un tiempo, y cuando eso se apagó, me asusté. Fui joven, me dejé engañar. Pero quiero que sepas algo". Tomé aire, sintiendo cómo el aire se me atragantaba. "Todos los días que estuve fuera, cada noche sola en esa ciudad... lo único que pensaba era en ti, sempre te quise conmigo".
Él me escuchaba, su expresión se fue ablandando, mostrando las grietas de un niño abandonado. "¿Y por qué volviste? ¿Después de tanto tiempo?".
"Por ti", susurré. "Para estar contigo". Y en ese momento, hice lo único que me parecía lógico, lo único que mi cuerpo me pedía. Me levanté y me senté a su lado en el sofá, tan cerca que podía sentir el calor que desprendía. Lo abracé fuerte por primera vez en cuatro años. Al principio, él se quedó rígido. Pero entonces, algo se rompió en su interior. Sentí cómo sus brazos me envolvían, con una fuerza desesperada, como si quisiera fusionarse conmigo, rellenar cuatro años de ausencia en un solo abrazo. Enterró su cara en mi cuello, y sentí el calor de sus lágrimas en mi piel. Allí, oliendo a mi perfume y a la tristeza de mi hijo, se quebró definitivamente el hielo.
Después de ese día, todo cambió. Ahora, cuando nos veíamos, había una complicidad, un secreto compartido que nos unía más allá de la sangre. Empezó a venir a mi piso después del colegio, a veces me pedía que le explicara algunas materias como lo hice cuando cuidé de el por un mes. Las matemáticas eran su talón de Aquiles, y para mí, un campo fértil donde brillar. Nos sentábamos juntos en la mesa de la cocina, nuestras cabezas juntas sobre los libros, y a veces, en un descuido, su mano rozaba la mía, y la tensión regresaba, más fuerte, más elocuente que cualquier palabra. Éramos como dos polos opuestos de un imán, luchando contra la fuerza inevitable que nos quería juntar.
Pero mi marido, en su infinita capacidad para arruinar mis planes, tenía que meter la cuchara. Por el cumpleaños número quince de Andres, se lo llevó a él y a su hijastra a un crucero de una semana. Sin avisarme. Sin consultarme. Lo supe porque mi hijo, desde un puerto, me envió un mensaje: "Me lo ha impuesto. No quería ir. Te llamo cuando pueda".
Mi frustración era un nudo en la garganta, una cólera muda que me amargaba el café. Pero tenía a mi hijo, aunque fuera a cuentagotas. Mi marido, en su rol de padre ausente y generoso, no se preocupaba por sus notas descendentes. Yo, en cambio, vi una oportunidad. Una grieta en su armadura por la que podía colarme. Decidí ayudar a Andres en sus estudios, y aunque mi margen de maniobra era pequeño, cada segundo a solas con él era un campo de batalla donde cada mirada, cada roce, contaba.
Un día, mientras repasábamos ecuaciones, él soltó un suspiro que pareció arrugar toda su energía. "Mamá, soy un desastre. No entiendo nada, y mi padre dice que si no me pongo las pilas y repito el año, me meterá en un internado".
El internado. La palabra me sonó como una sentencia de muerte. Miré a mi hijo, vi la frustración en sus ojos, y en ese momento, mi plan se cristalizó. No era solo sobre recuperarlo, era sobre rescatarlo.
"No eres un desastre, mi amor", le dije, acercando mi silla un poco más. El perfume de mi piel llenó el pequeño espacio entre nosotros. "Eres inteligente. Solo necesitas la motivación adecuada. Y alguien que te explique las cosas de forma... interesante".
Y entonces empecé la operación "Reconquista Materna", una táctica tan perversa como brillante. Cada vez que venia, yo iba reduciendo mis atuendos como si el algodón y la seda fueran impuestos que debía recortar. La confianza aumentaba, claro que aumentaba, porque una vez que mi hijo me puso los ojos encima, ya no me los quitaba. Era como un cachorro al que le han enseñado un truco nuevo y no para de repetirlo.
Empezaron los halagos tímidos, casi inaudibles. "Mami, ese vestido... te queda bien", dijo un día de la misma forma que lo hizo semanas antes en su casa. Otra vez: "Me gusta ese color en ti", susurró, refiriéndose a una camisola roja que se ceñía a mis pechos como una segunda piel.
Yo le sonreía, alimentando la llama. "Gracias, mi vida. ¿Crees que si te repaso las matemáticas con esta falta, aprendes más rápido?". La ironía era mi escudo, mi forma de negar la obscenidad de lo que estábamos construyendo.
Comencé a vestir faldas cada vez más cortas, que terminaban justo donde el buen gusto empieza a sudar. Mis blusas tenían escotes más amplios, ventanas a un paisaje que él no debería contemplar, pero que devoraba con los ojos. A los pocos días, lo esperaba en shorts de jeans ajustados que resaltaban la curva de mis caderas y el contorno de mis nalgas, y una simple camiseta blanca de casa, sin sujetador, dejando ver el relieve de mis pechos bajo el tejido.
Era más que obvio que me prestaba toda su atención. Sus abrazos al llegar y al irse se hicieron más largos, más intensos. Ya no eran los abrazos de una madre a un hijo. Eran los de un hombre a una mujer, aunque él no supiera cómo nombrar esa confusión de sentimientos. Un día, cuando se despedía en la puerta, me abrazó con una fuerza que me dejó sin aire. Apoyó su cabeza en mi hombro, y entonces lo sentí. Claro, inequívoco. Su erección, dura y caliente, presionando contra mi vientre a través de la tela de sus pantalones. Por un instante, me quedé inmóvil, mi cuerpo en alerta máxima. Una oleada de calor me recorrió, una mezcla de poder, excitación y un pánico delicioso. Estaba ganando la partida. Estaba recuperando a mi hijo, y en el proceso, despertando al hombre.
Él se separó de golpe, con el rostro encendido, incapaz de mirarme. "Tengo... tengo que irme", balbuceó, y salió de mi piso casi corriendo.
Me quedé en la puerta, viéndolo alejarse, y una sonrisa se dibujó en mis labios.
No pasó mucho tiempo antes que diera el golpe certero, ayudada, por supuesto, por las propias hormonas de Andres. Durante dos semanas, mantuvimos la rutina de sus tres visitas semanales, me dijo que por el momento su padre no sabia nada de ello.
El primer día, lo esperé con un top ajustado que tenía un corpiño integrado, una armadura de encaje que levantaba mis pechos ofreciéndolos como un festín visual. Cuando llegó, lo saludé en la puerta y lo abracé con una fuerza exagerada, como si no lo viera desde hacía eones. Sentí su cuerpo tensarse, su cara enterrándose en mi pelo, su respiración agitada.
El segundo día, jugué mi siguiente carta. El mismo top, pero sin el corpiño. Mis senos, libres y naturales, se movían bajo el tejido, dibujando su forma con una honestidad que era casi brutal. El abrazo fue más largo. Él no soltaba. Sentí su mano, que supuestamente estaba en mi espalda, deslizarse un poco más abajo, rozando el nacimiento de mis nalgas.
El tercer día, perfeccioné la obra. Me rocié el escote y el cuello con un spray de agua justo antes de que sonara el timbre. Cuando abrí la puerta, fingí un calor sofocante, abanicándome con la mano. "Mamá", empezó a decir, con la voz enganchada en su garganta, y se quedó quieto, esperando su recompensa, su abrazo. Con una maldad que me hacía cosquillas en el alma, me hice la distraída. Revisé el correo en mi móvil, conté una flor imaginaria en una maceta, antes de finalmente mirarlo y abrir los brazos. El abrazo fue una tensión eléctrica. Ya no era un frotamiento casual; era una presión deliberada, su pija dura y joven martilleando contra mi vientre como un pidiendo permiso de entrada. Él ya no se avergonzaba. Ahora lo reclamaba.
Le susurré al oído, con el aliento caliente. "¿Qué pasa, Andres? ¿También tienes calor?". Me separé lo justo para que me viera, para que viera cómo mis pezones, erectos por la excitación y el frío del agua, se traslucían a través de la tela blanca. "Se nota que hace calor", añadí, con la voz más inocente que pude reunir. No me quitó los ojos de encima durante toda la tarde. Sus problemas con las derivadas y los logaritmos se convirtieron en un problema secundario. Su principal dificultad de cálculo era estimar la distancia entre mi boca y la suya.
Pero el sábado, era el día del juicio final. Mi obra maestra. Lo esperé exactamente igual, pero descalza. Y aunque no lo crean, no me pinté las uñas. Quería algo más crudo, más real, más animal. Cuando llegó, le di un abrazo que duró lo que un suspiro de Dios. Él lo disfrutó, hundiendo su cara en mi cuello, y sentí cómo inhela mi perfume como si fuera el último soplo de aire.
Le di un piquito en la mejilla, tan rápido que casi no tocó su piel. "Hoy día repasamos todo. Todo el día", le dije, mi voz un murmullo que sonaba más a una promesa que a una orden. "No hay salidas hoy".
Él no protestó. Asintió con la cabeza, su mirada fija en mis senos, como si intentara descifrar el código de Braille con los ojos. Para mí, era como mirar a un perro hambriento al que acaban de mostrar un filete.
Y así empezamos nuestro juego. Nuestro delicioso, retorcido juego de estudio. Todo el día estuvimos "repasando", lo que se traducía en encuentros fortuitos en el pasillo, manos que se rozaban al coger un vaso, y abrazos que se justificaban con cualquier excusa tan endeble como el honor de un político, el estaba entrando en confianza. "¿Me pasas el libro, mi vida?", le decía, y al entregarlo, mis dedos se deslizaban sobre los suyos un segundo de más. "¡Ay, se me cayó el bolígrafo!", exclamaba, y me agachaba con la gracia de una gimnasta, sabiendo perfectamente que mis shorts de jean se apretarían justo en el lugar correcto, dándole una vista de mi culo que debería estar catalogada como obra de arte.
De vez en cuando, durante estas "lecciones", le daba un piquito. Pequeños zarpazos que lo dejaban temblando. Sinceramente, creo que no repasó absolutamente nada de matemáticas ese día. Él estaba en la sala, y yo me paseaba, una pantera en jaula de oro, recogiendo cosas que se me caían accidentalmente. Un lápiz, un mando de la consola....
Por la tarde, mientras la luz del sol se teñía de naranja y pintaba largas sombras en la habitación, decidí subir la apuesta. "Y en el colegio, Andres, ¿cómo va eso? ¿Tienes amigos? ¿Algún amorcito que te robe el sueño?".
Me miró, sorprendido por la pregunta. "Uhm... bien. Deportes va bien. Y... no. No tengo novia".
"Una pena", susurré, acercándome a él, que estaba sentado en el sofá. Me agaché, poniendo mis manos a ambos lados de sus hombros, aprisionándolo entre mis brazos. "Un chico tan apuesto como tú". Y le di otro piquito en los labios. Me quedé mirándolo, a pocos centímetros de su cara, sintiendo su aliento caliente contra mi piel. "¿Te disgustan los piquitos, Andres?". La pregunta flotó en el aire, cargada de intención.
"No", respondió, su voz un hilo casi inaudible. "Me encantan".
Sonreí, una sonrisa de tigre que ha acorralado a su presa. "Pues si te gustan, y no se lo dices a nadie, te seguiré dando".
Sus ojos se abrieron de par en par, como dos faros encendidos en la noche. Se inclinó hacia mí, intentando capturar mis labios con los suyos, un movimiento torpe y desesperado. Puse mi mano en su pecho, deteniéndolo. "Ah, ah, ah", dije, meneando el dedo. "Con una condición". Su expresión era una mezcla de frustración y expectación. "Se los volveré a dar si subes tus calificaciones".
El miró al techo, como si implorara ayuda divina, pero luego volvió a mirarme, con una chispa de desafío en sus ojos. "Tengo dos pruebas el miércoles".
"Perfecto", dije. "Quiero notas solo más altas que la última vez. Son de letras, así que puedes hacerlo. Solo tienes que... esforzarte". La última palabra la dejé colando en el aire, cargada de un doble sentido que él no pudo evitar captar.
"¿Tenemos un trato?", pregunté, mi voz un susurro seductor. "Si el miércoles vienes con notas mejores, te daré piquitos toda la tarde. Y... todo lo que tú quieras".
Él asintió con la cabeza, con una rapidez que casi me mareó. "Trato hecho", dijo, su voz firme.
"Bien", dije, separándome de él, rompiendo el hechizo. "Entonces, el lunes no vengas. Dedica el día a estudiar. Si es que quieres ganarte tus piquitos".
El dijo que sí, y así quedó establecido un trato que, sin saberlo, cambiaría nuestras vidas para siempre. Y mientras se iba, se giró en la puerta. "Mamá", dijo, su voz segura. "Estudiaré como nunca". Y se fue, dejándome en el umbral, con el corazón latiéndome en la garganta y una victoria que sabía que era solo el principio.
***
El lunes fue un día de ayuno. Un día interminable en el que el silencio de mi piso era más ensordecedor que cualquier concierto de rock. Cada vez que sonaba el timbre, mi corazón daba un vuelco, solo para desinflarse al recordar que él no vendría. Pasé el día trabajando, pero mi mente estaba en otra parte, imaginándolo con los libros, luchando por cada respuesta, motivado no por el deber, sino por la promesa de mi piel. Era la táctica de enseñanza más eficaz que jamás había creado.
El miércoles llegó con la lentitud de una condena. Me pasé la mañana en una tensión que no sentía ni antes de una auditoria importante. Me vistí con un cuidado que rozaba lo ritual. Una falda de lino corta, pero elegante, y una blusa de seda color marfil, casi translúcida, que se adhería a mis pechos como un sueño húmedo. No llevaba ropa interior. Quería que el premio fuera tan tentador que el esfuerzo le pareciera insignificante.
Sonó el timbre y mi corazón se subió a la garganta. Abrí la puerta y allí estaba él, sonriendo como un niño que acaba de ganar el campeonato del mundo, aunque le temblaba un poco la barbilla de pura ansiedad. Lo primero que hizo, ni siquiera me saludó, fue sacar un par de papeitos doblados de su mochila y extendérmelos como si fueran un trofeo de guerra. Un sobresaliente en Historia y un notable alto en Lengua. Notas mejores, tal como habíamos pactado.
Lo atraje hacia mí con un movimiento rápido, aprisionándolo contra mi pecho. Sentí su cuerpo, joven y firme, contra el mío. "Parece que alguien ha estado trabajando duro", susurré en su oreja. "Listo para recibir tu premio". Y sin más, le di un piquito largo en la boca. No fue un beso de madre, fue un beso de prueba, un preludio. Sus labios estaban ligeramente abiertos, sorprendidos, y él no tardó en aprovechar la oportunidad. Me frotó contra mí, un movimiento lento y deliberado, y sentí su erección, dura y pertinaz, presionando contra mi vientre a través de las finas telas que nos separaban. Era como si su pija fuera un perro faldero que buscaba cobijo entre mis piernas.
Lo cogí de la mano y lo hice entrar, cerrando la puerta con un click sonoro que sonó a sentencia. Nos sentamos en el sofá, y lo felicité con una voz que sonaba más a pura miel que a orgullo materno. "Has superado todas mis expectativas, mi niño".
Le dije que todo depende de uno en esta vida, que no hay que darse por vencido, que con el esfuerzo adecuado hasta las montañas se vuelven colinas. Y para demostrarle lo mucho que creía en él, le di otro piquito largo en los labios, y otro. El tercero fue iniciativa de él. Se inclinó y me besó con un hambre que me sorprendió, y no lo detuve. Sus labios eran torpes pero ansiosos, y el beso se convirtió en un juego de exploración, un mapa por descubrir. Así estuvimos un rato, perdidos en un laberinto de besos cortos y respiraciones agitadas.
Después, como si de un interruptor se tratara, cambiamos de modo. "Bueno, a trabajar", dije, sonriendo, y saqué sus libros de matemáticas. Me senté a su lado, tan cerca que nuestras piernas se rozaban. Cada vez que él entendía lo que le explicaba, cada vez que resolvía un problema correctamente, lo premiaba con un piquito. Un sistema de recompensa pavloviano que funcionaba de maravilla. Pronto, las ecuaciones cuadráticas se convirtieron en el pretexto perfecto para un festín de besos.
El me dijo que le encantaban los piquitos, con una sinceridad que casi me dolió. "Me alegra, mi amor", le respondí, acariciándole la mejilla. Y así continuamos toda la tarde, en un ciclo de estudio y recompensa, de esfuerzo y placer. Ese día se fue más tarde que de costumbre. Su padre ya sabía que venía a verme, pero no decía nada. De hecho, justo cuando se iba, su móvil sonó. Era su padre. Andres le contestó con una calma que me llenó de orgullo. "Sí, papá, estoy estudiando. Con mamá". La mentira sonó tan dulce en sus labios.
Antes de que se fuera, lo detuve en la puerta. Le di uno último piquito, lento y deliberado. Luego me separé un poco y lo miré a los ojos, con una sonrisa traviesa. "Una pregunta, Andres. ¿Alguna vez has besado con lengua?".
Me miró, sus ojos se abrieron como platos. "No", susurró.
"Buen", dije, mi voz un murmullo cálido. "Si el próximo miércoles me traes una calificación más alta, esta vez en matemáticas... tendrás tu primer beso con lengua. Claro, si tú quieres".
La respuesta fue instantánea. "¡Sí! ¡Quiero! Haré todo lo posible, mamá, te lo juro". Su entusiasmo era contagioso, una fogata juvenil que me calentaba por dentro y me dio un ultimo piquito.
El siguiente lunes fue otra jornada de silencio, pero esta vez estaba cargado de una tensión eléctrica. Sabía que estaba jugando con fuego, pero el calor era demasiado placentero. El miércoles, cuando sonó el timbre, sentí una emoción que era una mezcla de orgullo y lujuria.
Abrió la puerta y entró, casi sin aliento. Sacó su examen de matemáticas. Un sobresaliente. Un diez. Una obra de arte de tinta y números.
"Lo has conseguido", susurré, sintiendo una oleada de poder tan intensa que casi me mareé.
Yo estaba descalza, como me gustaba cuando estaba en mi territorio, con un tshirt blanco viejo y unos shorts de tela tan cortos que rozaban la indecencia. Y, por supuesto, sin corpiño. Sabía que era su uniforme favorito, el que lo ponía en un estado de alerta que un soldado en la primera línea del frente.
Cerré la puerta con un suave click. Esta vez, no lo abracé. Era un premio, no una bienvenida. Lo llevé de la mano, casi en trance, hacia el sofá. Me senté y lo hice sentar a mi lado. Le tomé la cara entre mis manos, sintiendo la barba incipiente, la piel tibia.
"Te lo has ganado, Andres", le dije, mi voz baja y grave.
Él no dijo nada. Solo me miraba, sus ojos oscuros como pozos de petróleo, llenos de nervios y anhelo. Me incliné y le di un piquito en la boca, un simple roce de labios. Pero no pude detenerme. El beso se hizo largo, profundo. Abrí mi boca e introduje mi lengua, encontrando la suya, tímida e indecisa. Empecé a guiarla, un baile lento y húmedo. Sentía su respiración profunda contra mi mejilla, un eco torpe de mi propia excitación. Era como enseñarle a bailar a alguien que tiene dos pies izquierdos pero un ritmo innato en el alma.
Nos besamos varias veces. Cada beso era un nuevo paso en nuestro particular vals prohibido. La inocencia, esa cosa frágil y estúpida, se había hecho añicos contra el suelo de mi salón. Él, ganando confianza, me cogió ligeramente de la cintura, y su toque era un fuego que me recorría hasta los dedos de los pies. Me gustaba sentir su cuerpo, joven y firme, presionando contra el mío. Estuvimos así como media hora, perdidos en un laberinto de saliva y piel. Y de repente, en un acto de valentía casi suicida, subió una de sus manos hasta uno de mis senos. No había corpiño, solo la fina tela del tshirt. Se dio el banquete de su vida. Sentí cómo lo masajeaba, cómo apretaba el pezón con sus dedos torpes pero ansiosos, y yo consintí con gemidos bajos que sonaban como plegarias profanadas en un templo. Seguro que esos gemidos lo excitaron más que cualquier pornografía.
"Ahora... a estudiar", le dije, separándome con una fuerza de voluntad que no sabía que poseía.
Andres asintió, con el rostro encendido, los labios hinchados y un brillo en los ojos que era pura testosterona.
Fui a la cocina y le preparé una tisana de manzanilla, supuestamente para calmar sus nervios de estudiante. Nos sentamos en la mesa de la cocina, y mientras hablábamos de trivialidades, acabamos besándonos otra vez, largamente. Cada vez lo hacía mejor, más seguro, y no se olvidaba de mis senos, que ahora reclamaban su atención con una insistencia que yo fomentaba. Yo me dejaba, flotando en una nube de poder y lujuria.
"Los besos por entender las lecciones", le anuncié, mientras le explicaba una integral, "ahora son con lengua".
Se esforzaba como un condenado que busca el indulto. En un momento dado, le dejé el boli sobre la mesa, me recosté en la silla y le miré directamente. "Andres", dije. "¿Te gustan mis senos?".
Me miró, como un ciervo atrapado en los faros de un coche. "S-sí", balbuceó. "Me encantan".
Sonreí, una sonrisa de pura maldad. "Tengo un nuevo trato para ti, mi niño prodigio". Me incliné hacia delante, dejando que el tshirt cayera, ofreciéndole una visión que sabía que grabaría a fuego en su cerebro para siempre. "Si en una semana me traes buenas notas en cuatro de tus ocho exámenes. Solo en cuatro, incluyendo matemáticas, claro... te dejaré verlos. Sin nada encima".
Andres se quedó sin palabras. Su mandíbula colgaba como una persiana rota. Balbuceaba algo incoherente, una mezcla de "sí", "wow" y "¿en serio?".
Se recuperó un poco, la sangre volvió a su cerebro, y logró articular una frase. "¿S-solo... cuatro?".
"Así es", confirmé, meneando la cabeza lentamente. "Solo cuatro. No quiero matarte al estudioso".
Él se aclaró la garganta, el sonido seco rompiendo el silencio denso. "Es un... es un trato hecho", dijo, su voz firme ahora, la de un hombre que acepta un desafío.
Me recosté de nuevo, cruzando los brazos, lo que hizo que mis senos se abultaran aún más bajo la tela del tshirt. "Esto es nuestro secreto, Andres. Nuestro pequeño y lucrativo negocio. No se lo dices a nadie. Ni a tus amigos, ni a nadie. Si una sola persona lo sabe, esto se acaba. El premio se evapora, la fiesta termina, y vuelvo a ser tu mamá y solo tu mamá, ¿entendido?".
Andres parpadeó, procesando mi ultimátum. Luego, una pequeña sonrisa, casi un gesto de desafío, se dibujó en sus labios. "¿Mi mamá?", repitió, como si saboreara la palabra. "Entonces, ahora, ¿qué eres?".
La pregunta me cogió desprevenida. Era como si un gatito de repente me pidiera que le explicara la teoría de la relatividad. Me quedé mirándolo, analizando la situación. La línea que habíamos estado bailando sobre ella no solo se había borrado, la habíamos incinerado. Lo pensé un rato, dejando que el silencio se espesara, un coctel peligroso de adrenalina y poder. Me incliné hacia él, apoyando los codos en la mesa, mi cara a centímetros de la suya. "Eso depende de ti, Andres. ¿Qué quieres que sea... para ti?".
Sus mejillas se sonrojaron, pero su mirada se fijó en la mía, con una valentía que me resultó excitantemente nueva. "Eres... eres linda", susurró. "Me gustaría tener una novia como tú".
Ahí estaba. Lo había dicho. La jaula se había abierto y el pájaro no solo volaba, me estaba picoteando los ojos. Supe en ese instante que ya no estaba jugando. Esto se había acelerado, desbocándose como un coche sin frenos por una pendiente de pura lujuria. Mi corazón latía con la fuerza de una banda de rock.
"¿Te gustaría que fuera tu novia?", pregunté, mi voz un murmullo sedoso, una caricia audible.
"Sí", respondió, sin dudarlo. "Me gustaría mucho. Porque eres una mujer hermosa".
Me quedé mirándolo, por un instante viéndome a través de sus ojos: una mujer de treinta y tres años, con un cuerpo que había resistido el paso del tiempo y un parto temprano bastante bien. No, en realidad no se veía mal, me veía... codiciable. Y esa certeza fue como una droga.
"De acuerdo", dije, y la decisión me llegó con la claridad de un amanecer. "Aquí tienes un nuevo trato. El trato definitivo". Me recosté, dándole todo el peso de mi atención. "Si sacas las calificaciones más altas en tod0as tus materias. No cuatro, no seis. Todas. Y solo si son todas... yo seré tu novia".
Hice una pausa, dejando que la bomba explotara en su cerebro. "Pero con condiciones. Seré tu novia solo cuando estemos aquí, en casa. A solas. Y, por supuesto, te mostraré mis pechos. Todo el tiempo que quieras. Fuera de aquí, en la calle, en el colegio, somos madre e hijo. Ni una palabra, ni una mirada fuera de lugar. Entendido? Somos dos personas en una. Eres mi hijo, y también mi novio secreto". Lanzé el anzuelo y esperé. "¿Te gusta la idea?".
La mirada de Andrés cambió. Ya no era la de un niño nervioso. Era la de un hombre que veía un premio que estaba más allá de sus sueños más salvajes. Se irguió en la silla, su pecho hinchándose de orgullo y deseo. "Sí", dijo, su voz firme, segura. "Me gusta".
Se envalentonó, y el cambio me envió una oleada de calor directo a entrepierna. "Sí. Siempre he soñado con tener una novia linda".
Me levanté y me acerqué a él, rodeando sus hombros con mis brazos desde atrás. Apoyé mi mejilla en la suya. "Entonces, empieza a soñar en serio. Que el domingo estudies en casa. El lunes puedes venir a estudiar matemáticas, pero no te quedes mucho. Y no habrá nada", le susurré al oído, mi aliento caliente contra su piel, "nada de besos, nada de toques, hasta que no me pongas sobre esta mesa los resultados de todos tus exámenes".
Él asintió, su respiración agitada. "De acuerdo", dijo, su voz un poco quebrada por la emoción. "Lo haré".
Le di un último beso en la boca, un beso de promesa. Y supe, con una certeza absoluta, que este era el principio de todo. La batalla por su mente se había convertido en una conquista total. Y yo, la generala, estaba ganando la guerra.
Estaba dispuesta a todo. A jugarme mi propia cordura, a quemar las reglas de la biología y la decencia con un encendedor de naftalina. Recuperar a mi hijo no era solo una misión, se había convertido en la obra de mi vida, y la estaba ejecutando con creces, con la precisión de un cirujano y la moral de un pirata.
Pasaron diez días. Diez días de ayuno, de mensajes de texto subliminales que eran como microdosis de poder. "No te olvides que tienes que luchar por lo que más quieres", le escribía. "El que sigue, consigue". Cuando se quejaba de la dificultad de una materia, mi respuesta era un dardo emponzoñado de motivación: "Recuerda que todo está en tus manos". Él respondía con emojis de sonrisas, a veces un corazón diminuto, señal de que había asimilado el manual del conspirador perfecto. Nuestro pequeño tratado de silencio era más fuerte que el juramento de una mafiosa.
Y llegó el día del juicio. Tuvo que aguantar hasta la tarde siguiente a los exámenes, cuando el colegio le devolvió el veredicto. Me llegó un mensaje, corto y tembloroso como un polluelo: "Vengo esta tarde. Me salgo del fútbol".
Cerré los ojos y sonreí. Ahí estaba. El poder. Sentí que tenía un poco de diosa en las venas, la capacidad de anular el deporte sagrado de un adolescente con la simple promesa de mi piel.
Cuando llegó, lo esperé en mi altar particular. Descalza, el tshirt blanco y viejo, los shorts que eran más un sugerimiento que una prenda. El uniforme que le quitaba el aliento. Ni siquiera me dio tiempo de saludar. Me puso los exámenes en la cara como si fueran un crucifijo para espantarme.
"Un momento, campeón", dije, cogiéndole las manos. Respiré hondo, como si fuera a bucear en aguas profundas, y le miré a los ojos. "Ven conmigo". Lo llevé al sofá, mi trono de terciopelo y pecados.
Nos sentamos. Empezamos a besarnos, un beso con lengua que era el sello sobre un contrato firmado en sangre. Sentí su prisa, su hambre. "Confío en ti", le susurré entre labios.
"Estaba... estaba esperando este momento con todo mi cuerpo", respondió él, con una voz que ya no era la de un niño. Continuamos besándonos, y yo, en un arrebato de sinceridad que sonó a blasfemia, le solté: "Yo siempre creí en ti, Andres".
Él se apartó un poco, para mirarme bien. "Lo hice por eso", dijo, y la frase, tan simple, me perforó el pecho como una flecha de oro.
Esa afirmación me inyectó una dosis de egolatría pura, un subidón más potente que cualquier droga. Me sentí omnipotente. Mi ego, que ya era del tamaño de un rascacielos, alcanzó la estratosfera. Lentamente, con la calma de una sacerdotisa que realiza un ritual, comencé a sacarme el tshirt. La tela se deslizó por mi torso, revelando la piel palpitante de mis senos. Me lo quité de arriba abajo, y lo dejé caer al suelo como un paño sucio.
Él no daba crédito a sus ojos. Se quedó atónito, su boca abierta en una "o" muda, como si hubiera visto a Dios bajando del escalera mecánica de un centro comercial. Mis pechos, mis senos, estaban ahí, libres, al aire, ofrecidos como una ofrenda en el altar de su mirada.
Andres cogió valor, la suya mezclada con la mía. "¿Puedo... puedo tocarlos?". La pregunta era un susurro roto.
Le dije que sí, con una sonrisa que era perversión encarnada. "Claro que sí. Si ya somos novios".
Su mano tembló al acercarse, un pajarillo aprendiendo a volar. Al principio me los tocó timidamente, como si fueran frágiles como el cristal. Después, se animó a besarmelos, y sentí la emoción cruda de su beso en mi piel, la emoción de alguien que descubre un continente nuevo.
Esto se convirtió en nuestra rutina sagrada. Las sesiones de estudio se transformaron en maratones de caricias y besos intercalados con ecuaciones. Cada problema resuelto era una invitación a la exploración. Sus manos ya no temblaban; aprendieron la geografía de mi cuerpo con la dedicación de un cartógrafo. Se sabía mis curvas, mis reacciones, los puntos exactos donde un beso se convertía en un escalofrío.
"Ya no soy tu mamá", le susurré una tarde, mientras sus labios recorrían mi clavícula. "Aquí soy solo la novia que quieres".
Él levantó la vista, sus ojos brillantes. "Eres la novia de mis sueños".
Y esa era la verdad. Su rendimiento académico era una metáfora perfecta de nuestra relación: cada vez mejor, más brillante, más audaz. Se convirtió en uno de los mejores de su clase. Los profesores lo felicitaban.
La confianza con Andres ya había mejorado, se había transformado en una cuerda tensa y brillante que nos unía, tan fuerte que podías colgar de ella el peso de una confesión. Una tarde, mientras sus dedos dibujaban círculos alrededor de mi pezón, una zona que ya había cartografiado a la perfección, levantó la vista, su ceño ligeramente fruncido como si estuviera resolviendo un problema complejo. "No entiendo a mi padre", dijo. "¿Cómo puede mirar a otras mujeres si tú eres... eres tan hermosa?".
La pregunta, tan simple y tan llena de una lealtad infantil, me destrozó. El dique que contenía todos mis venenos se rompió. Le conté todo. Las infidelidades de su padre, no como una lista de crímenes, sino como una serie de heridas. El desprecio velado, los comentarios que me carcomían por dentro, el maltrato psicológico que es como un veneno de acción lenta, te va matando sin que veas la sangre y que todo eso me llevo a irme porque no podia mas. Lloré, no lágrimas de actriz, sino las de una mujer que abre un viejo armario y encuentra un esqueleto cubierto de polvo y moho.
Andres se quedó helado. Me miraba, sus ojos oscuros ahora llenos de una tormenta. "No... no sabía nada de eso", susurró, su voz temblando de rabia contenida. "Lo odio". Vi sus puños apretarse sobre mis muslos, y el miedo, un miedo genuino y paterno, me heló la sangre. "Andres", le dije, tomándole la cara. "Prométeme que no vas a hacer ni decir nada. Prométemelo".
Él asintió, pero la rabia seguía ahí, un animal enjaulado. Miró mis ojos, ahora llenos de una nueva luz, una determinación feroz que me excitó y me aterrorizó a partes iguales. "Tengo que proteger a mi novia", dijo, su voz grave, imitada de una película de gánsteres. "Es lo que todos los muchachos hacen. Te protegeré. Te quiero".
Y nos besamos. No fue un beso de deseo, sino uno de complicidad, un pacto sellado con saliva y dolor. Era un beso que sabía a sal y a promesas rotas.
"Estoy haciendo todo esto para no perderte", le confesé, mi voz rota.
Él me apretó contra él. "Quiero estar siempre contigo".
Esa intimidad era más fuerte que cualquier estimulo, ahora él también me abrazaba con empatía, y sus brazos no eran solo los de un amante, sino los de un cómplice. Era hermoso y a la vez retorcido como un árbol creciendo en un lugar imposible.
Ahora, cuando venía, la primera hora era una celebración carnal. Una hora de besos con lengua, de toques seguros sobre mis senos, de magreos que subían de intensidad como la marea. Andres comenzó a explorar mis piernas, subiendo por la piel de mis muslos con una lentitud que era tortura y éxtasis. Yo me dejaba, abriéndome como un libro prohibido. A veces, cuando hacíamos una pausa para beber agua o respirar, me quedaba sin la camiseta, y él se deleitaba con mi cuerpo con una intensidad de fanático religioso. Era el sueño de todo muchacho de quince años, cuya sangre ha sido reemplazada por hormonas puras.
Un día, mientras reposábamos en el sofá, mi cabeza en su pecho, le pregunté, casi sin pensarlo. "¿Qué quieres hacer después del colegio, mi amor?".
Suspiró. "El año pasado mi padre tuvo la idea de que fuera a estudiar a Estados Unidos. Administración de empresas".
Las palabras me golpearon en el estómago como un puño de hielo. Respiré hondo, manteniendo la calma. "Y... ¿qué quieres tú?".
Andres se quedó callado un momento. Luego, levantó la cabeza y me miró a los ojos, con una sinceridad que me desarmó. "Ahora no estoy seguro", dijo, sin tapujos. "Y no estoy seguro porque... me gusta mucho esto". Apretó mi mano. "Me gusta estar cerca de tí".
Mi corazón, ese traidor, dio un vuelco de alegría pura. Pero mi cerebro, el estratega, ya estaba trabajando. Su padre, con su torpeza habitual, me había dado la munición que necesitaba. La amenaza de la separación ya no era un fantasma, era un plan concreto. Y yo tenía que sabotearlo.
"No te preocupes", le dije, besándole la frente. "Ya encontraremos la manera de que no te vayas a ninguna parte".
Pero mientras lo decía, mi mente ya urdía un plan nuevo, mucho más audaz. Ya no se trataba solo de retenerlo. Se trataba de conquistarlo por completo. Hacerlo mío de una manera que ni su padre, ni el mundo entero, pudiera deshacer.
"Mira, Andres", empecé una tarde, mientras sus dedos jugaban con el fleco de mis shorts. "Los exámenes de medio año se acercan. Y estaba pensando... en algo". Dejé la frase colgando en el aire, una piñata llena de promesas que él no podía ver.
Él paró su exploración, levantó la cabeza, sus ojos llenos de interés puro. "¿Qué?", preguntó, su voz un poco ronca.
"Bueno...", prolongé la palabra, disfrutando del poder. "Si sacas buenas notas en todos los cursos... estaba planteando que podrías ver algo... más". Le guiñé un ojo, un gesto tan cursi que funcionaba como una magia.
Andres tragó saliva. "¿Como... qué?", repitió, su mente intentando conectar los puntos.
Me incliné hacia él, mi voz bajando a un susurro conspirador. "Bueno... ¿te gustaría ver... lo que hay por debajo de mis shorts?".