Susana y el Contrato de su Hijo - Capítulo 001
El sol se desangraba, un moribundo anaranjado que se colaba por las persianas de la cocina, dibujando largas cintas de polvo y melancolía sobre el mármol frío. Susana, de espaldas a esa agonía luminosa, frotaba una mancha imaginaria en la encimera, un movimiento circular, insistente, hipnótico que calmaba el nudo de amargura que le apretaba el estómago desde la mañana. Ramon se había ido. Otro viaje. "Seis meses, Susana, es crucial para el negocio", había mascullado entre sorbo y sorbo de café, sin mirarla, sus pequeños ojos puercoespines evitando sus. Claro, crucial. Tan crucial como la vital necesidad de un macho cabrío por trepar a cualquier hembra que se le ponga a tiro. Y ella sabía, olía a perfume barato en sus camisas, a otra piel en sus maletines, a mentira en su aliento. Seis meses. Una libertad agridulce, la de una jaula cuya puerta se abre sola cuando ya ni recuerdas cómo volar. Susana una rubia hermosa de 36 años con una figura excelente, herencia de sus ancestros nordicos, se sentia la mujer mas sola del mundo, su marido ya no le hacia caso.
El chirrido de la puerta principal la sacó de su letargo. Golpes pesados, casi torpes, en el baldosín, y luego, la explosión. David. Entraba como un remolino de sudor, sol y testosterona adolescente, su uniforme escolar pegado a la piel sudada del partido, su pelo oscuro revuelto, sus mejillas ardiendo de esfuerzo y vitalidad. Sin decir nada, se abalanzó sobre ella, un peso cálido y vivo que la envolvió por la espalda, sus brazos fuertes, inesperadamente viriles, aprisionándola contra el fregadero. No era el abrazo de un niño. Era la embestida de algo más, algo que ya no cabía en el cuerpo de un muchacho de dieciséis años. Apretó la cara en el hueco de su cuello, su aliento caliente y áspero rozando su piel, y ella, en un instante de debilidad, de oscura y consoladora necesidad, se recostó en él, inhalando el olor a hijo, a tierra, a sudor limpio y a una promesa violenta de hombre.
-Te quiero, mamá.
La voz de él era un murmullo grave, vibrando contra su clavícula. Ella sonrió, una sonrisa que no le llegó a los ojos, una sonrisa de consolación, un bálsamo para su propia herida de mujer abandonada. Qué cómodo, qué perversamente reconfortante era tener a un amor que no podía irse, un amor que la quería con la ferocidad ciega de un animal recién nacido. Pero el abrazo no cesaba. Se hizo más denso. La presión de su pecho contra su espalda era aplastante, y ella sintió, con un shock eléctrico que le erizó la nuca, algo más. Algo duro, insistente, creciendo y presionando contra el cóccix, una evidencia física, brutal, de que ese abrazo no era puramente filial.
Seis meses, seis largos meses con esta bestia doméstica creciendo, enrejándose en mi casa, pensó Susana, y una parte de ella, una parte podrida y hambrienta, se regocijaba. La mano de David, que antes se posaba inocente en su hombro, ahora se deslizaba, un ladrón de calor, hasta la curva de su cintura, un dedo trazando el borde del elástico de su pantalón de yoga. Ocho meses. Ocho meses desde que sus toques dejaron de ser de niño para ser de presa. La tensión en sus brazos, la forma en que su cuerpo entero se afirmaba contra el de ella, ya no eran un reclamo, eran una marca de territorio.
Suavemente, como quien doma a un potro sin asustarlo, presionó sus manos contra el pecho de él para separarse. Un poco. Solo un poco.
-David... yo también te quiero, hijo, pero me abrazas muy fuerte. Demasiado fuerte.
-Te quiero de verdad, mamá.
La voz de él, un zumbido bajo, grave, hizo vibrar algo profundo dentro de ella, algo que creía muerto y enterrado bajo capas de deber y de decepción.rió, un sonido breve, forzado, una defensa. -Deja de decir tonterías, eres un niño.
-No. No soy un niño y hablo en serio.
La insistencia de él no tenía la terquedad de un niño, tenía la fijeza de un hombre. Un hombre pequeño, sí, pero un hombre al fin. Ella rio de nuevo, esta vez con una punta de burla afilada, una forma de cortar el nudo que se apretaba en su garganta. -Vaya, vaya, qué serio. Anda, vete a ducharte, apestas a sudor, el almuerzo está casi listo.
-Tú no me crees.
David no se movió. Sus ojos, oscuros como pozos de petróleo, la clavaban, la desnudaban, la leían con una facilidad que la aterraba. -Pero yo lo haría todo por ti, mamá. Todo.
Susana soltó una risa más genuina, una risa amarga que sabía a verdad. -Eso es lo que dicen todos los hombres, David. "Todo por ti", un susurro en la oscuridad, una promesa que se evapora con la primera luz del alba. Al final, no hacen nada. Son perros que ladran mucho pero solo muerden al cartero.
El desafío colgó en el aire denso de la cocina, cargado de electricidad. La mandíbula de David se tensó, un músculo saltando en su mejilla. -¿Y si hiciera algo... osado por ti? ¿Me tomarías en serio, mamá?
El juego se había vuelto peligroso, la cuerda floja se balanceaba sobre un abismo sin fondo. Y ella, en lugar de bajarse, dio un paso al frente, bailando al borde. -¿A qué te refieres con "osado", mi vida?
-Siempre te dije que quería casarme contigo, ¿recuerdas? Y tú siempre me decías que sí.
La memoria la golpeó: un David de ocho años, con el pijama de superhéroes, jurándole amor eterno junto a una caja de cereales. Se rio, esta vez a carcajadas, una risa que sonó a cascabeles rotos. -¡Eres un mocoso, David! ¡Un mocoso terrible! ¿De verdad estás sacando eso a colación?
-¿Entonces era mentira?
La voz de él ya no tenía calor, solo hielo. La alegría de ella se evaporó de golpe, reemplazada por un pánico frío. Había ido demasiado lejos, había burlado algo sagrado para él, aunque a ella le pareciera una tontería. Intentó suavizar, retirar la espina que acaba de clavar. -No, no, cariño, claro que no. Es que... te quiero, sí, pero eso te lo dije hace mucho, mucho tiempo. Éramos... diferentes.
-Diferentes. ¿Tú eras diferente? Yo no. Yo sigo queriéndote.
Él dio un paso hacia ella, y ella dio uno atrás, su espalda golpeando suavemente el frigorífico. La telaraña se cerraba. Sintió sus piernas temblar, no de miedo, sino de esa anticipación febril, esa vibración de presa que olfatea al depredador y, en lugar de huir, queda paralizada, esperando el mordisco, ansiando el dolor, la rendición. Él era su hijo, su sangre, su pequeño niño de pijamas de superhéroes, y también era un macho en celo, y ella, su infeliz, abandonada y hambrienta madre, era la única hembra a la vista.
-No digas eso, David.
Pero su voz era un susurro sin fuerza, la hoja de un árbol resistiéndose a un huracán adolescente. Él la acorralaba, no con amenazas, sino con la densidad de su deseo, un aroma a sudor y a piel limpia que era más embriagador que cualquier vino, más peligroso que cualquier veneno. Susana sintió el pánico helado de la presa que ha calculado mal la distancia del salto del depredador.
-Por si no lo has dado por enterado, muchacho, yo ya estoy casada.
Lanzó la frase como un escudo, la armadura de laticinio y hipotecas que Ramon le había forjado a lo largo de diecisiete años. Era su única defensa, la verdad legal y social que la mantenía a flote, aunque por dentro se estuviera ahogando.
-Él no te quiere, mamá.
La sentencia de David fue cortante, quirúrgica. La dejó sin aire. Él no la defendió, no intentó negar la verdad del matrimonio, simplemente la atravesó con una verdad más grande, más dolorosa. Él no la quería. Y en el silencio que siguió, ambos supieron de quién hablaba realmente. Hablaban del ausente, del regordete calvo que la dejaba allí, presa de su propio hijo.
-Entonces, dime, ¿si él desapareciera de la foto, si te diera su bendición, podría ser tu novio?
La pregunta colgó en el aire, una serpiente de papel dorado y brillante, pero venenosa. Susana sintió una risita histérica trepar por su garganta. Un juego, este era solo un juego de niños, una fantasía hormonal. Era una forma de escapar, de ganar tiempo.
-¿Mi novio? -rió, y esta vez la risa le sonó a cristal roto, brillante y afilada-. Ay, David, qué cosas dices. Para eso... para eso tendría que estar todo firmado, ¿sabes? Todo en regla. A ver si algún día lo logras, mi campeón.
Se inclinó y le dio un beso en la frente, un gesto materno, una coronación repletora de condescendencia. Un sello en un contrato que, en su mente, no existía. Pero para David, no era un contrato, era un testamento.
Lo vio en sus ojos. La chispa no se apagó, se convirtió en un incendio. Él no lo tomó como una burla, lo tomó como una promesa. Como un desafío lanzado por la reina.
-Lo haré.
La voz de él era un trueno en apariencia, un juramento solemne. La sonrisa de David era la del lobo que acaba de descubrir el camino al corral de las ovejas. Y la sonrisa de Susana, mientras él se giraba y subía las escaleras de dos en dos, silbando, era la de la oveja que, secretamente, siempre soñó con el lobo. Se quedó sola en la cocina, el olor a su hijo impregnado en su ropa, en su piel. Se apoyó en el frigorífico, sintiendo el frío del metal a través de su blusa.
Qué locura, pensó, pasándose una mano por el pelo. Un adolescente, todos son iguales, fantasías de poder, de conquista.
Aquella noche, en la penumbra del despacho que olía a cuero caro y a desilusión, David tejió su telaraña. Escuchó a su padre, Ramon, un hombre más pequeño que su propia sombra, quejarse de sus vacaciones, de su pasividad, de su afición a los videojuegos. "Deberías ser como yo, David, un hombre de negocios", masculló, un ideal tan patético como su comb-over. David vio su oportunidad dorada, el hilo para salir del laberinto de la adolescencia y entrar, de un salto, en el reino de los hombres.
-Papá, si de verdad quieres verme cambiar, hagamos un trato, de hombre a hombre.
La propuesta era dulzura, veneno envuelto en seda. Dejaría sus videojuegos, su posesión más preciada, pero solo si Ramon hacía un sacrificio similar, un desprendimiento sentimental. Ramon, viendo la vía rápida para librarse de un hijo caro y tener más tiempo libre para su secretaria Carol, rio para sí, accediendo como quien firma un vale de supermercado. En la pantalla de la computadora, bajo el membrete de su empresa, nació el pacto: David renunciaba a su Nintendo, y Ramon, a "todo vínculo sentimental, renunciando a todo", convirtiendo a David en "el hombre de la casa, con derecho a todo y sobre todo". La ironía del texto, tan frío y corporativo, era tan espesa que casi se podía untar en pan. Lo firmaron, padre e hijo, dos estafadores engañándose mutuamente, cada uno creyendo haber ganado.
De camino al aeropuerto, en el silencio del coche, David tejió el último nudo. -Para que todo funcione como quieres, papá, debería llamar a mamá. Decirle que soy el hombre de la casa ahora, que me has dejado en tu lugar. Ramon, presa por el tiempo, ansioso por encontrarse con Carol, hizo la llamada, un acto burocrático más en su vida. Susana, al otro lado, escuchó las palabras, sintió el clic frío de una cerradura siendo girada, Ramon se despidió y colgó antes de que pudiera formular una pregunta. Ahora, el silencio era el único idioma que quedaba entre ellos.
De vuelta a casa, la noche ya había caído por completo, convirtiendo los muebles en siluetas de animales dormidos. Susana estaba en el salón, una estatua de pánico y furia en medio de la oscuridad.
-Papá se ha ido, mamá.
La voz de David era lisa, como la superficie de un lago helado. No entró en la habitación, permaneció en el umbral, una figura cortada en papel negro contra el tenue resplandor del pasillo. -Me ha dejado a cargo. Con derecho a todo.
Susana se levantó del sofá, una reacción instintiva, como un animal que se pone en pie ante una amenaza. -No digas estupideces, David. Estás cansado, vete a dormir.
-No son estupideces. Lo hemos firmado. Papá y yo.
Sacó un papel doblado del bolsillo trasero de sus jeans, el sonido del crujido del papel era agudo, violento en la quietud de la casa. Lo extendió, con un gesto lento, deliberado, como un mago revelando el truco final. Susana se acercó, sus pies descalzos sin hacer ruido en la alfombra, y cogió el papel. La única luz era la de la farola de la calle, que se filtraba por la ventana, pero no necesitaba más. Reconoció el membrete de la empresa de Ramon, esa tipografía arrogante y cursiva. Sus ojos, acostumbrados a descifrar letras pequeñas en facturas y recibos, devoraron el texto.
...compromete a dejar sentimentalmente todo lo que tiene, renunciar a todo... David... se vuelve el hombre de la casa con derecho a todo lo que tiene sea material o sentimental...
Sus palabras se atascaron en su garganta. Recordó la llamada, la voz precipitada de Ramon, la frase lapidaria: "David es el hombre de la casa ahora". Todo encajaba. Las piezas del puzzle, enloquecedoras y horribles, formaban una sola imagen: ella era un bien, una posesión sentimental que Ramon canjeaba por la libertad de su hijo, por la tranquilidad de su propia conciencia, por su futura vida sin ataduras con Carol. Su piel, de un blanco translúcido, se tornó cerosa. Sintió la sangre abandonarle el rostro, un frío gélido que le nacía de las entrañas.
-¿Cómo...? ¿Cómo ha podido hacer esto?
La pregunta flotaba en el aire, sin dirigirse a nadie en particular. Era una pregunta dirigida a un dios sordo, a un universo que se reía de sus desgracias.
-Él ya no te quiere, mamá. Te lo dije.
David dio un paso hacia ella, y ahora sí entró en la habitación, eclipsando la luz del pasillo. La telaraña ya no era una metáfora, era real, y él era la araña en el centro, moviendo los hilos con una calma aterradora. Susana retrocedió hasta que sus rodillas chocaron contra el borde del sofá. Se sentó, se desplomó, con el contrato arrugado en la mano. Miró a su hijo, de verdad lo miró, y no vio al niño que había criado. Vio a un extraño, a un joven con los ojos llenos de una ambición oscura, un fuego que no le había enseñado nadie pero que parecía haberlo estado esperando toda la vida.
-Pero esto... esto es una locura. No tiene validez. Es una tontería.
Sus palabras eran débiles, paja contra un huracán.
-Lo firmó, mamá. Lo firmó él. Y yo también. Es un trato de hombre a hombre. Él quería que fuera un hombre de negocios, pues ha conseguido lo que quería. He hecho mi primer gran negocio.
Se acercó más, se arrodilló frente a ella. Sus rostros estaban a centímetros de distancia. Ella podía sentir el calor de su aliento, oler el aroma a coche, a aeropuerto, a victoria. Podía ver los detalles de su cara, la poca barba incipiente que lo hacía parecer más viejo, la línea firme de su mandíbula.
-Ahora soy el hombre de la casa, mamá. Y tú... tú eres de la casa.
La frase era simple, directa, una declaración de propiedad que le heló la sangre y, al mismo tiempo, encendió una chispa en lo más profundo de su vientre. Una contradicción monstruosa, un pánico y una excitación que luchaban dentro de ella como dos animales enjaulados. Sintió que se ahogaba, pero también sentía que por primera vez en años, alguien la estaba viendo de verdad, no como una decoración, no como una función, sino como un premio, como el botín de una guerra.
Descansa, mamá. Mañana empieza todo.
La voz de David era una caricia, una promesa, una sentencia. Se levantó, la dejó hundida en el sofá, un muñeco de porcelana roto cuyo alma intentaba, vanamente, recomponerse. Susana sintió el peso de su cuerpo, el peso de su vida, el peso de ese contrato absurdo que se sentía como una marca de hierro en su frente. Es un juego, se repitió, un juego cruel de un niño mimado, un capricho que se le pasará mañana. Con esa frágil certeza, se arrastró hasta su cama, y, aunque el sueño tardó en llegar, llegó envuelto en una negación que era, en sí misma, una forma de paz.
Pero el mañana llegó, y con él, el final de la paz.
El olor a café recién hecho la despertó, un aroma amargo que ya no era el de su rutina, sino el de una nueva normalidad. Bajó a la cocina, encontrando a David de espaldas, vertiendo el líquido negro en dos tazas. Llevaba solo un pantalón corto de deporte, su torso desnudo era bastante definido, un relieve juvenil que prometía la fuerza de un hombre. Se giró al oírla entrar, y una sonrisa, no la de un niño, sino la de un depredador satisfecho, se dibujó en su rostro.
-Buenos días, reina.
Se acercó para probar su café, David aprovecha para atacar y el movimiento fue fluido, seguro, el de alguien que ya no pide permiso para entrar en un espacio. La rodeó por detrás, sus brazos, tibios y duros, ciñendo su cintura justo encima de la cadera. Sus manos se posaron en su estómago, aplanadas, poseedoras. Luego, el beso. No fue en la mejilla, como decía su plan mental, fue en la curva de su cuello, justo donde la piel se vuelve más sensible. Un beso húmedo, deliberado, que dejó un rastro de calor, una marca efímera que se sintió como una quemadura.
Susana se quedó quieta, una estatua de sal mirando la destrucción de Sodoma. Su cuerpo, traidor, sintió un escalofrío que no era de frío.
-¿No vas a decir nada? -La voz de David era un murmullo contra su oreja-. ¿No te gustan mis buenos días?
Ella se liberó con un tirón brusco, volviéndose para enfrentarse a él. -David, esto tiene que parar. Ya. Es inaceptable. El documento de ayer...
-¿El documento? -rió, un sonido bajo y sensual-. Ayer firmamos un pacto, mamá. Un trato de negocios. Y yo voy a cumplir mi parte. Te voy a dar todo. Todo lo que ese hombre no te supo dar.
Susana no dijo nada. Qué podía decir? El silencio era su única fortaleza, su única defensa contra la avalancha de palabras y gestos que la desmoronaba por dentro. Se giró, sirvió más café con una mano que apenas temblaba, y se sentó en la mesa, la espalda recta, una reina depuesta mirando por encima del hombro a su usurpador. David, viendo su victoria no en la rendición sino en la resistencia, sonrió. Se sirvió un tazón de cereal, el crujido de los copos de maíz era el único sonido en la cocina, una música de desprecio infantil que ahora sonaba a himno de conquista.
-Voy al campo de entrenamiento -dijo, levantándose-. Regreso para el almuerzo.
La dejó allí, con el café humeante y el silencio denso como una manta de plomo. Por unas horas, la casa volvió a ser suya, una jaula grande y silenciosa donde podía pasearse libremente, pero las rejas eran invisibles y el carcelero, una idea que tenía el rostro de su hijo, estaba allí, en el aire, en el eco de su risa, en la memoria de su piel contra la suya. Y una parte de ella, una parte sucia y hambrienta, no quería exorcizarlo.
La tarde cayó, pesada y lenta, trayendo de vuelta al cazador. Oyó sus pasos en el porche, la llave en la cerradura, un sonido que antes era consuelo y ahora era una sentencia. Estaba en la cocina, con el delantal puesto, manipulando un cuchillo sobre una tabla de cortar verduras. La escena era tan doméstica, tan normal, que casi pudo creer que la mañana había sido un sueño, una pesadilla febril provocada por el abandono de Ramon.
Entonces, él entró. Olía a sol, a césped, a sudor y a juventud triunfante. La comida transcurrió en un equilibrio precario, un baile de tensores y platos que tintineaban con nerviosismo. Susana, desesperada por anclar la conversación en la orilla de la normalidad, habló del tiempo, de un vecino cuyo perro ladraba mucho, del precio de los tomates. Palabras vacías, arrojadas como salvavidas a un océano de silencios cargados.
-Está riquísimo, mamá -dijo David, cortando un trozo de pollo con una precisión feroz-. Abre una botella de vino, para celebrar. La comida merece un buen acompañante.
Era una orden, no una sugerencia. Susana fue a la bodega, sus dedos temblando ligeramente mientras manejaba el sacacorchos. El vino, un tinto robusto que Ramon guardaba para ocasiones especiales que nunca llegaban, se vertió en las copas, un rubí oscuro que prometía un olvido peligroso. Bebió, y el calor del alcohol se extendió por su pecho como una mancha de aceite, suavizando las aristas de su pánico. Volvieron a la sala, el sofá ahora un campo de batalla silencioso.
-¿Postre? -preguntó ella, su voz un poco más suelta, más fluida.
-Lo tomaré después -respondió David, sus ojos brillando con una luz calculadora-. Mientras vemos una película.
Cogió el mando, y con unos pocos clics, la pantalla se iluminó con una imagen que no era de ningún blockbuster de Hollywood. Era una película europea, lenta, deliberada, donde las sombras parecían tener más peso que los cuerpos. Y los cuerpos... los cuerpos estaban desnudos con una naturalidad que era más perturbadora que lo explícito. Las escenas de amor no eran románticas, eran casi clínicas en su intimidad.
Susana se apretó contra el brazo del sofá, intentando crear distancia, una barrera invisible que el vino se empeñaba en disolver. Era absurdo, incómodo, pero... no del todo aburrido. Había una franqueza en esas imágenes que la seducía, una honestidad brutal que su vida matrimonial nunca había conocido.
Entonces, la mano de David aterrizó en su rodilla. No era un peso, era una ancla. Sintió el calor a través de la tela del pantalón, un punto de presión que se expandía, reclamando territorio. Se quedó quieta, respirando contenidamente, con los ojos fijos en la pantalla, donde dos cuerpos anónimos se enredaban bajo una luz azulada. La mano de él no se movió al principio, simplemente se asentó, como un gato que encuentra el lugar perfecto para dormir. Pero luego, los dedos comenzaron a moverse, un trayecto lento y calculado, subiendo por su muslo, centímetro a centímetro, cada milímetro un pequeño acto de conquista.
El vino, el cansancio, la película que mostraba sin vergüenza lo que ella negaba, el abandono de Ramon que era una herida abierta, todo se mezcló en un cóctel embriagador. Su cuerpo, traidor, no se oponía. Al contrario, respondía. La piel bajo la mano de su hijo se erizaba, un hormigueo que ascendía hasta su entrepierna. Cuando sus dedos llegaron a esa zona, la cima de su exploración, ella reaccionó. Puso su propia mano sobre la de él, un gesto débil, una tapia de papel frente a una marea.
-No, David -susurró, la voz un hilo roto.
Él insistió, su presión aumentando, su pulgar dibujando círculos sobre la tela que cubría su sexo, un movimiento insistente, rítmico, que resonaba con el latido de su propia sangre, acelerada.
-No -dijo un poco más fuerte, intentando inyectar autoridad en una voz que solo era miedo y deseo confundidos.
-Es mi derecho -replicó él, y la frase, dicha en un susurro bajo y seguro, la golpeó con más fuerza que un grito. La autoridad no era de él, era de ese maldito contrato, de la traición de Ramon.
Las palabras de él, "es mi derecho", resonaron en la habitación, un golpe seco y final que le quitó el aire. Susana se puso de pie, un movimiento torpe, como si despertara de un trance profundo. El mundo giraba ligeramente, un efecto del vino, o del horror, o de la terrible combinación de ambos.
-No puede ser -dijo, su voz era un susurro ronco, lleno de una negación que sonaba a súplica-. No puede ser, David.
-¿No puede ser? -su risa fue un sonido seco, sin gracia-. A él no le importa nada, mamá, lo sabes desde hace tiempo. Lo sabe hasta el perro del vecino. Estás más sola en esa cama con él que si vivieras sola de verdad.
El impacto de esas palabras fue más brutal que su mano, más hiriente que su erección. La pena la inundó, una marea fría y oscura que la ahogaba. No podía negarlo, cada una de sus palabras era una roca de verdad que lanzaba contra el castillo de naipes de su matrimonio. Se sintió pequeña, expuesta, una muñeca decrépita cuyo dueño la había abandonado en un rincón polvoriento.
Pero David, como un depredador que huele la debilidad, no le dio tiempo a ahogarse en su propia miseria. Rápidamente, su voz cambió, se volvió cálida, untuosa, un bálsamo venenoso.
-Por eso estoy aquí, mamá. Soy el único que siempre ha pensado en ti, el que realmente ha estado contigo, aunque no te dieras cuenta.
Susana no pudo negarlo. Era verdad. Mientras Ramon la ignoraba, David estaba ahí, preguntando por su día, trayéndole un vaso de agua, notando cuando se cortaba el pelo. Era un cuidado sutil, constante, que ahora veía bajo una nueva luz, una luz terrible y seductora.
-Yo lo he hecho todo para que te sientas bien, -continuó, su mano subiendo otra vez, más decidida esta vez, su cuerpo presionando contra el de ella, y ella se dio cuenta de que él estaba planeando algo, un movimiento rápido y preciso, y no pudo reaccionar a tiempo.
Él la abrazó, atrapándola en sus brazos, y antes de que pudiera protestar, su boca se posó sobre la suya. No fue un beso de pasión desbordada, fue un piquito rápido, casi tímido, un gesto que contradecía la ferocidad de sus acciones. Una mezcla de adolescente enamorado y hombre que reclama su presa.
Susana se quedó quieta, paralizada por el shock. No rechazó el beso, pero tampoco lo devolvió. Sus brazos colgaban inertes a su lado. Cuando él se separó, ella pudo emitir un sonido, un gemido ahogado.
-No puedo, David, no puedo.
Ella se libero de su abrazo y se fue rapidamente a su habitacion, David no luchó más esa noche.
La noche fue un remolino de pensamientos, una tormenta perfecta en la que el abandono de Ramon era el ojo del huracán.. La frase de David, "soy el único que siempre ha pensado en ti", no era un anzuelo, era un arpón, clavado en su carne, tirando de ella hacia una profundidad que a la vez aterrorizaba y fascinaba.
El sol se desangraba, un moribundo anaranjado que se colaba por las persianas de la cocina, dibujando largas cintas de polvo y melancolía sobre el mármol frío. Susana, de espaldas a esa agonía luminosa, frotaba una mancha imaginaria en la encimera, un movimiento circular, insistente, hipnótico que calmaba el nudo de amargura que le apretaba el estómago desde la mañana. Ramon se había ido. Otro viaje. "Seis meses, Susana, es crucial para el negocio", había mascullado entre sorbo y sorbo de café, sin mirarla, sus pequeños ojos puercoespines evitando sus. Claro, crucial. Tan crucial como la vital necesidad de un macho cabrío por trepar a cualquier hembra que se le ponga a tiro. Y ella sabía, olía a perfume barato en sus camisas, a otra piel en sus maletines, a mentira en su aliento. Seis meses. Una libertad agridulce, la de una jaula cuya puerta se abre sola cuando ya ni recuerdas cómo volar. Susana una rubia hermosa de 36 años con una figura excelente, herencia de sus ancestros nordicos, se sentia la mujer mas sola del mundo, su marido ya no le hacia caso.
El chirrido de la puerta principal la sacó de su letargo. Golpes pesados, casi torpes, en el baldosín, y luego, la explosión. David. Entraba como un remolino de sudor, sol y testosterona adolescente, su uniforme escolar pegado a la piel sudada del partido, su pelo oscuro revuelto, sus mejillas ardiendo de esfuerzo y vitalidad. Sin decir nada, se abalanzó sobre ella, un peso cálido y vivo que la envolvió por la espalda, sus brazos fuertes, inesperadamente viriles, aprisionándola contra el fregadero. No era el abrazo de un niño. Era la embestida de algo más, algo que ya no cabía en el cuerpo de un muchacho de dieciséis años. Apretó la cara en el hueco de su cuello, su aliento caliente y áspero rozando su piel, y ella, en un instante de debilidad, de oscura y consoladora necesidad, se recostó en él, inhalando el olor a hijo, a tierra, a sudor limpio y a una promesa violenta de hombre.
-Te quiero, mamá.
La voz de él era un murmullo grave, vibrando contra su clavícula. Ella sonrió, una sonrisa que no le llegó a los ojos, una sonrisa de consolación, un bálsamo para su propia herida de mujer abandonada. Qué cómodo, qué perversamente reconfortante era tener a un amor que no podía irse, un amor que la quería con la ferocidad ciega de un animal recién nacido. Pero el abrazo no cesaba. Se hizo más denso. La presión de su pecho contra su espalda era aplastante, y ella sintió, con un shock eléctrico que le erizó la nuca, algo más. Algo duro, insistente, creciendo y presionando contra el cóccix, una evidencia física, brutal, de que ese abrazo no era puramente filial.
Seis meses, seis largos meses con esta bestia doméstica creciendo, enrejándose en mi casa, pensó Susana, y una parte de ella, una parte podrida y hambrienta, se regocijaba. La mano de David, que antes se posaba inocente en su hombro, ahora se deslizaba, un ladrón de calor, hasta la curva de su cintura, un dedo trazando el borde del elástico de su pantalón de yoga. Ocho meses. Ocho meses desde que sus toques dejaron de ser de niño para ser de presa. La tensión en sus brazos, la forma en que su cuerpo entero se afirmaba contra el de ella, ya no eran un reclamo, eran una marca de territorio.
Suavemente, como quien doma a un potro sin asustarlo, presionó sus manos contra el pecho de él para separarse. Un poco. Solo un poco.
-David... yo también te quiero, hijo, pero me abrazas muy fuerte. Demasiado fuerte.
-Te quiero de verdad, mamá.
La voz de él, un zumbido bajo, grave, hizo vibrar algo profundo dentro de ella, algo que creía muerto y enterrado bajo capas de deber y de decepción.rió, un sonido breve, forzado, una defensa. -Deja de decir tonterías, eres un niño.
-No. No soy un niño y hablo en serio.
La insistencia de él no tenía la terquedad de un niño, tenía la fijeza de un hombre. Un hombre pequeño, sí, pero un hombre al fin. Ella rio de nuevo, esta vez con una punta de burla afilada, una forma de cortar el nudo que se apretaba en su garganta. -Vaya, vaya, qué serio. Anda, vete a ducharte, apestas a sudor, el almuerzo está casi listo.
-Tú no me crees.
David no se movió. Sus ojos, oscuros como pozos de petróleo, la clavaban, la desnudaban, la leían con una facilidad que la aterraba. -Pero yo lo haría todo por ti, mamá. Todo.
Susana soltó una risa más genuina, una risa amarga que sabía a verdad. -Eso es lo que dicen todos los hombres, David. "Todo por ti", un susurro en la oscuridad, una promesa que se evapora con la primera luz del alba. Al final, no hacen nada. Son perros que ladran mucho pero solo muerden al cartero.
El desafío colgó en el aire denso de la cocina, cargado de electricidad. La mandíbula de David se tensó, un músculo saltando en su mejilla. -¿Y si hiciera algo... osado por ti? ¿Me tomarías en serio, mamá?
El juego se había vuelto peligroso, la cuerda floja se balanceaba sobre un abismo sin fondo. Y ella, en lugar de bajarse, dio un paso al frente, bailando al borde. -¿A qué te refieres con "osado", mi vida?
-Siempre te dije que quería casarme contigo, ¿recuerdas? Y tú siempre me decías que sí.
La memoria la golpeó: un David de ocho años, con el pijama de superhéroes, jurándole amor eterno junto a una caja de cereales. Se rio, esta vez a carcajadas, una risa que sonó a cascabeles rotos. -¡Eres un mocoso, David! ¡Un mocoso terrible! ¿De verdad estás sacando eso a colación?
-¿Entonces era mentira?
La voz de él ya no tenía calor, solo hielo. La alegría de ella se evaporó de golpe, reemplazada por un pánico frío. Había ido demasiado lejos, había burlado algo sagrado para él, aunque a ella le pareciera una tontería. Intentó suavizar, retirar la espina que acaba de clavar. -No, no, cariño, claro que no. Es que... te quiero, sí, pero eso te lo dije hace mucho, mucho tiempo. Éramos... diferentes.
-Diferentes. ¿Tú eras diferente? Yo no. Yo sigo queriéndote.
Él dio un paso hacia ella, y ella dio uno atrás, su espalda golpeando suavemente el frigorífico. La telaraña se cerraba. Sintió sus piernas temblar, no de miedo, sino de esa anticipación febril, esa vibración de presa que olfatea al depredador y, en lugar de huir, queda paralizada, esperando el mordisco, ansiando el dolor, la rendición. Él era su hijo, su sangre, su pequeño niño de pijamas de superhéroes, y también era un macho en celo, y ella, su infeliz, abandonada y hambrienta madre, era la única hembra a la vista.
-No digas eso, David.
Pero su voz era un susurro sin fuerza, la hoja de un árbol resistiéndose a un huracán adolescente. Él la acorralaba, no con amenazas, sino con la densidad de su deseo, un aroma a sudor y a piel limpia que era más embriagador que cualquier vino, más peligroso que cualquier veneno. Susana sintió el pánico helado de la presa que ha calculado mal la distancia del salto del depredador.
-Por si no lo has dado por enterado, muchacho, yo ya estoy casada.
Lanzó la frase como un escudo, la armadura de laticinio y hipotecas que Ramon le había forjado a lo largo de diecisiete años. Era su única defensa, la verdad legal y social que la mantenía a flote, aunque por dentro se estuviera ahogando.
-Él no te quiere, mamá.
La sentencia de David fue cortante, quirúrgica. La dejó sin aire. Él no la defendió, no intentó negar la verdad del matrimonio, simplemente la atravesó con una verdad más grande, más dolorosa. Él no la quería. Y en el silencio que siguió, ambos supieron de quién hablaba realmente. Hablaban del ausente, del regordete calvo que la dejaba allí, presa de su propio hijo.
-Entonces, dime, ¿si él desapareciera de la foto, si te diera su bendición, podría ser tu novio?
La pregunta colgó en el aire, una serpiente de papel dorado y brillante, pero venenosa. Susana sintió una risita histérica trepar por su garganta. Un juego, este era solo un juego de niños, una fantasía hormonal. Era una forma de escapar, de ganar tiempo.
-¿Mi novio? -rió, y esta vez la risa le sonó a cristal roto, brillante y afilada-. Ay, David, qué cosas dices. Para eso... para eso tendría que estar todo firmado, ¿sabes? Todo en regla. A ver si algún día lo logras, mi campeón.
Se inclinó y le dio un beso en la frente, un gesto materno, una coronación repletora de condescendencia. Un sello en un contrato que, en su mente, no existía. Pero para David, no era un contrato, era un testamento.
Lo vio en sus ojos. La chispa no se apagó, se convirtió en un incendio. Él no lo tomó como una burla, lo tomó como una promesa. Como un desafío lanzado por la reina.
-Lo haré.
La voz de él era un trueno en apariencia, un juramento solemne. La sonrisa de David era la del lobo que acaba de descubrir el camino al corral de las ovejas. Y la sonrisa de Susana, mientras él se giraba y subía las escaleras de dos en dos, silbando, era la de la oveja que, secretamente, siempre soñó con el lobo. Se quedó sola en la cocina, el olor a su hijo impregnado en su ropa, en su piel. Se apoyó en el frigorífico, sintiendo el frío del metal a través de su blusa.
Qué locura, pensó, pasándose una mano por el pelo. Un adolescente, todos son iguales, fantasías de poder, de conquista.
Aquella noche, en la penumbra del despacho que olía a cuero caro y a desilusión, David tejió su telaraña. Escuchó a su padre, Ramon, un hombre más pequeño que su propia sombra, quejarse de sus vacaciones, de su pasividad, de su afición a los videojuegos. "Deberías ser como yo, David, un hombre de negocios", masculló, un ideal tan patético como su comb-over. David vio su oportunidad dorada, el hilo para salir del laberinto de la adolescencia y entrar, de un salto, en el reino de los hombres.
-Papá, si de verdad quieres verme cambiar, hagamos un trato, de hombre a hombre.
La propuesta era dulzura, veneno envuelto en seda. Dejaría sus videojuegos, su posesión más preciada, pero solo si Ramon hacía un sacrificio similar, un desprendimiento sentimental. Ramon, viendo la vía rápida para librarse de un hijo caro y tener más tiempo libre para su secretaria Carol, rio para sí, accediendo como quien firma un vale de supermercado. En la pantalla de la computadora, bajo el membrete de su empresa, nació el pacto: David renunciaba a su Nintendo, y Ramon, a "todo vínculo sentimental, renunciando a todo", convirtiendo a David en "el hombre de la casa, con derecho a todo y sobre todo". La ironía del texto, tan frío y corporativo, era tan espesa que casi se podía untar en pan. Lo firmaron, padre e hijo, dos estafadores engañándose mutuamente, cada uno creyendo haber ganado.
De camino al aeropuerto, en el silencio del coche, David tejió el último nudo. -Para que todo funcione como quieres, papá, debería llamar a mamá. Decirle que soy el hombre de la casa ahora, que me has dejado en tu lugar. Ramon, presa por el tiempo, ansioso por encontrarse con Carol, hizo la llamada, un acto burocrático más en su vida. Susana, al otro lado, escuchó las palabras, sintió el clic frío de una cerradura siendo girada, Ramon se despidió y colgó antes de que pudiera formular una pregunta. Ahora, el silencio era el único idioma que quedaba entre ellos.
De vuelta a casa, la noche ya había caído por completo, convirtiendo los muebles en siluetas de animales dormidos. Susana estaba en el salón, una estatua de pánico y furia en medio de la oscuridad.
-Papá se ha ido, mamá.
La voz de David era lisa, como la superficie de un lago helado. No entró en la habitación, permaneció en el umbral, una figura cortada en papel negro contra el tenue resplandor del pasillo. -Me ha dejado a cargo. Con derecho a todo.
Susana se levantó del sofá, una reacción instintiva, como un animal que se pone en pie ante una amenaza. -No digas estupideces, David. Estás cansado, vete a dormir.
-No son estupideces. Lo hemos firmado. Papá y yo.
Sacó un papel doblado del bolsillo trasero de sus jeans, el sonido del crujido del papel era agudo, violento en la quietud de la casa. Lo extendió, con un gesto lento, deliberado, como un mago revelando el truco final. Susana se acercó, sus pies descalzos sin hacer ruido en la alfombra, y cogió el papel. La única luz era la de la farola de la calle, que se filtraba por la ventana, pero no necesitaba más. Reconoció el membrete de la empresa de Ramon, esa tipografía arrogante y cursiva. Sus ojos, acostumbrados a descifrar letras pequeñas en facturas y recibos, devoraron el texto.
...compromete a dejar sentimentalmente todo lo que tiene, renunciar a todo... David... se vuelve el hombre de la casa con derecho a todo lo que tiene sea material o sentimental...
Sus palabras se atascaron en su garganta. Recordó la llamada, la voz precipitada de Ramon, la frase lapidaria: "David es el hombre de la casa ahora". Todo encajaba. Las piezas del puzzle, enloquecedoras y horribles, formaban una sola imagen: ella era un bien, una posesión sentimental que Ramon canjeaba por la libertad de su hijo, por la tranquilidad de su propia conciencia, por su futura vida sin ataduras con Carol. Su piel, de un blanco translúcido, se tornó cerosa. Sintió la sangre abandonarle el rostro, un frío gélido que le nacía de las entrañas.
-¿Cómo...? ¿Cómo ha podido hacer esto?
La pregunta flotaba en el aire, sin dirigirse a nadie en particular. Era una pregunta dirigida a un dios sordo, a un universo que se reía de sus desgracias.
-Él ya no te quiere, mamá. Te lo dije.
David dio un paso hacia ella, y ahora sí entró en la habitación, eclipsando la luz del pasillo. La telaraña ya no era una metáfora, era real, y él era la araña en el centro, moviendo los hilos con una calma aterradora. Susana retrocedió hasta que sus rodillas chocaron contra el borde del sofá. Se sentó, se desplomó, con el contrato arrugado en la mano. Miró a su hijo, de verdad lo miró, y no vio al niño que había criado. Vio a un extraño, a un joven con los ojos llenos de una ambición oscura, un fuego que no le había enseñado nadie pero que parecía haberlo estado esperando toda la vida.
-Pero esto... esto es una locura. No tiene validez. Es una tontería.
Sus palabras eran débiles, paja contra un huracán.
-Lo firmó, mamá. Lo firmó él. Y yo también. Es un trato de hombre a hombre. Él quería que fuera un hombre de negocios, pues ha conseguido lo que quería. He hecho mi primer gran negocio.
Se acercó más, se arrodilló frente a ella. Sus rostros estaban a centímetros de distancia. Ella podía sentir el calor de su aliento, oler el aroma a coche, a aeropuerto, a victoria. Podía ver los detalles de su cara, la poca barba incipiente que lo hacía parecer más viejo, la línea firme de su mandíbula.
-Ahora soy el hombre de la casa, mamá. Y tú... tú eres de la casa.
La frase era simple, directa, una declaración de propiedad que le heló la sangre y, al mismo tiempo, encendió una chispa en lo más profundo de su vientre. Una contradicción monstruosa, un pánico y una excitación que luchaban dentro de ella como dos animales enjaulados. Sintió que se ahogaba, pero también sentía que por primera vez en años, alguien la estaba viendo de verdad, no como una decoración, no como una función, sino como un premio, como el botín de una guerra.
Descansa, mamá. Mañana empieza todo.
La voz de David era una caricia, una promesa, una sentencia. Se levantó, la dejó hundida en el sofá, un muñeco de porcelana roto cuyo alma intentaba, vanamente, recomponerse. Susana sintió el peso de su cuerpo, el peso de su vida, el peso de ese contrato absurdo que se sentía como una marca de hierro en su frente. Es un juego, se repitió, un juego cruel de un niño mimado, un capricho que se le pasará mañana. Con esa frágil certeza, se arrastró hasta su cama, y, aunque el sueño tardó en llegar, llegó envuelto en una negación que era, en sí misma, una forma de paz.
Pero el mañana llegó, y con él, el final de la paz.
El olor a café recién hecho la despertó, un aroma amargo que ya no era el de su rutina, sino el de una nueva normalidad. Bajó a la cocina, encontrando a David de espaldas, vertiendo el líquido negro en dos tazas. Llevaba solo un pantalón corto de deporte, su torso desnudo era bastante definido, un relieve juvenil que prometía la fuerza de un hombre. Se giró al oírla entrar, y una sonrisa, no la de un niño, sino la de un depredador satisfecho, se dibujó en su rostro.
-Buenos días, reina.
Se acercó para probar su café, David aprovecha para atacar y el movimiento fue fluido, seguro, el de alguien que ya no pide permiso para entrar en un espacio. La rodeó por detrás, sus brazos, tibios y duros, ciñendo su cintura justo encima de la cadera. Sus manos se posaron en su estómago, aplanadas, poseedoras. Luego, el beso. No fue en la mejilla, como decía su plan mental, fue en la curva de su cuello, justo donde la piel se vuelve más sensible. Un beso húmedo, deliberado, que dejó un rastro de calor, una marca efímera que se sintió como una quemadura.
Susana se quedó quieta, una estatua de sal mirando la destrucción de Sodoma. Su cuerpo, traidor, sintió un escalofrío que no era de frío.
-¿No vas a decir nada? -La voz de David era un murmullo contra su oreja-. ¿No te gustan mis buenos días?
Ella se liberó con un tirón brusco, volviéndose para enfrentarse a él. -David, esto tiene que parar. Ya. Es inaceptable. El documento de ayer...
-¿El documento? -rió, un sonido bajo y sensual-. Ayer firmamos un pacto, mamá. Un trato de negocios. Y yo voy a cumplir mi parte. Te voy a dar todo. Todo lo que ese hombre no te supo dar.
Susana no dijo nada. Qué podía decir? El silencio era su única fortaleza, su única defensa contra la avalancha de palabras y gestos que la desmoronaba por dentro. Se giró, sirvió más café con una mano que apenas temblaba, y se sentó en la mesa, la espalda recta, una reina depuesta mirando por encima del hombro a su usurpador. David, viendo su victoria no en la rendición sino en la resistencia, sonrió. Se sirvió un tazón de cereal, el crujido de los copos de maíz era el único sonido en la cocina, una música de desprecio infantil que ahora sonaba a himno de conquista.
-Voy al campo de entrenamiento -dijo, levantándose-. Regreso para el almuerzo.
La dejó allí, con el café humeante y el silencio denso como una manta de plomo. Por unas horas, la casa volvió a ser suya, una jaula grande y silenciosa donde podía pasearse libremente, pero las rejas eran invisibles y el carcelero, una idea que tenía el rostro de su hijo, estaba allí, en el aire, en el eco de su risa, en la memoria de su piel contra la suya. Y una parte de ella, una parte sucia y hambrienta, no quería exorcizarlo.
La tarde cayó, pesada y lenta, trayendo de vuelta al cazador. Oyó sus pasos en el porche, la llave en la cerradura, un sonido que antes era consuelo y ahora era una sentencia. Estaba en la cocina, con el delantal puesto, manipulando un cuchillo sobre una tabla de cortar verduras. La escena era tan doméstica, tan normal, que casi pudo creer que la mañana había sido un sueño, una pesadilla febril provocada por el abandono de Ramon.
Entonces, él entró. Olía a sol, a césped, a sudor y a juventud triunfante. La comida transcurrió en un equilibrio precario, un baile de tensores y platos que tintineaban con nerviosismo. Susana, desesperada por anclar la conversación en la orilla de la normalidad, habló del tiempo, de un vecino cuyo perro ladraba mucho, del precio de los tomates. Palabras vacías, arrojadas como salvavidas a un océano de silencios cargados.
-Está riquísimo, mamá -dijo David, cortando un trozo de pollo con una precisión feroz-. Abre una botella de vino, para celebrar. La comida merece un buen acompañante.
Era una orden, no una sugerencia. Susana fue a la bodega, sus dedos temblando ligeramente mientras manejaba el sacacorchos. El vino, un tinto robusto que Ramon guardaba para ocasiones especiales que nunca llegaban, se vertió en las copas, un rubí oscuro que prometía un olvido peligroso. Bebió, y el calor del alcohol se extendió por su pecho como una mancha de aceite, suavizando las aristas de su pánico. Volvieron a la sala, el sofá ahora un campo de batalla silencioso.
-¿Postre? -preguntó ella, su voz un poco más suelta, más fluida.
-Lo tomaré después -respondió David, sus ojos brillando con una luz calculadora-. Mientras vemos una película.
Cogió el mando, y con unos pocos clics, la pantalla se iluminó con una imagen que no era de ningún blockbuster de Hollywood. Era una película europea, lenta, deliberada, donde las sombras parecían tener más peso que los cuerpos. Y los cuerpos... los cuerpos estaban desnudos con una naturalidad que era más perturbadora que lo explícito. Las escenas de amor no eran románticas, eran casi clínicas en su intimidad.
Susana se apretó contra el brazo del sofá, intentando crear distancia, una barrera invisible que el vino se empeñaba en disolver. Era absurdo, incómodo, pero... no del todo aburrido. Había una franqueza en esas imágenes que la seducía, una honestidad brutal que su vida matrimonial nunca había conocido.
Entonces, la mano de David aterrizó en su rodilla. No era un peso, era una ancla. Sintió el calor a través de la tela del pantalón, un punto de presión que se expandía, reclamando territorio. Se quedó quieta, respirando contenidamente, con los ojos fijos en la pantalla, donde dos cuerpos anónimos se enredaban bajo una luz azulada. La mano de él no se movió al principio, simplemente se asentó, como un gato que encuentra el lugar perfecto para dormir. Pero luego, los dedos comenzaron a moverse, un trayecto lento y calculado, subiendo por su muslo, centímetro a centímetro, cada milímetro un pequeño acto de conquista.
El vino, el cansancio, la película que mostraba sin vergüenza lo que ella negaba, el abandono de Ramon que era una herida abierta, todo se mezcló en un cóctel embriagador. Su cuerpo, traidor, no se oponía. Al contrario, respondía. La piel bajo la mano de su hijo se erizaba, un hormigueo que ascendía hasta su entrepierna. Cuando sus dedos llegaron a esa zona, la cima de su exploración, ella reaccionó. Puso su propia mano sobre la de él, un gesto débil, una tapia de papel frente a una marea.
-No, David -susurró, la voz un hilo roto.
Él insistió, su presión aumentando, su pulgar dibujando círculos sobre la tela que cubría su sexo, un movimiento insistente, rítmico, que resonaba con el latido de su propia sangre, acelerada.
-No -dijo un poco más fuerte, intentando inyectar autoridad en una voz que solo era miedo y deseo confundidos.
-Es mi derecho -replicó él, y la frase, dicha en un susurro bajo y seguro, la golpeó con más fuerza que un grito. La autoridad no era de él, era de ese maldito contrato, de la traición de Ramon.
Las palabras de él, "es mi derecho", resonaron en la habitación, un golpe seco y final que le quitó el aire. Susana se puso de pie, un movimiento torpe, como si despertara de un trance profundo. El mundo giraba ligeramente, un efecto del vino, o del horror, o de la terrible combinación de ambos.
-No puede ser -dijo, su voz era un susurro ronco, lleno de una negación que sonaba a súplica-. No puede ser, David.
-¿No puede ser? -su risa fue un sonido seco, sin gracia-. A él no le importa nada, mamá, lo sabes desde hace tiempo. Lo sabe hasta el perro del vecino. Estás más sola en esa cama con él que si vivieras sola de verdad.
El impacto de esas palabras fue más brutal que su mano, más hiriente que su erección. La pena la inundó, una marea fría y oscura que la ahogaba. No podía negarlo, cada una de sus palabras era una roca de verdad que lanzaba contra el castillo de naipes de su matrimonio. Se sintió pequeña, expuesta, una muñeca decrépita cuyo dueño la había abandonado en un rincón polvoriento.
Pero David, como un depredador que huele la debilidad, no le dio tiempo a ahogarse en su propia miseria. Rápidamente, su voz cambió, se volvió cálida, untuosa, un bálsamo venenoso.
-Por eso estoy aquí, mamá. Soy el único que siempre ha pensado en ti, el que realmente ha estado contigo, aunque no te dieras cuenta.
Susana no pudo negarlo. Era verdad. Mientras Ramon la ignoraba, David estaba ahí, preguntando por su día, trayéndole un vaso de agua, notando cuando se cortaba el pelo. Era un cuidado sutil, constante, que ahora veía bajo una nueva luz, una luz terrible y seductora.
-Yo lo he hecho todo para que te sientas bien, -continuó, su mano subiendo otra vez, más decidida esta vez, su cuerpo presionando contra el de ella, y ella se dio cuenta de que él estaba planeando algo, un movimiento rápido y preciso, y no pudo reaccionar a tiempo.
Él la abrazó, atrapándola en sus brazos, y antes de que pudiera protestar, su boca se posó sobre la suya. No fue un beso de pasión desbordada, fue un piquito rápido, casi tímido, un gesto que contradecía la ferocidad de sus acciones. Una mezcla de adolescente enamorado y hombre que reclama su presa.
Susana se quedó quieta, paralizada por el shock. No rechazó el beso, pero tampoco lo devolvió. Sus brazos colgaban inertes a su lado. Cuando él se separó, ella pudo emitir un sonido, un gemido ahogado.
-No puedo, David, no puedo.
Ella se libero de su abrazo y se fue rapidamente a su habitacion, David no luchó más esa noche.
La noche fue un remolino de pensamientos, una tormenta perfecta en la que el abandono de Ramon era el ojo del huracán.. La frase de David, "soy el único que siempre ha pensado en ti", no era un anzuelo, era un arpón, clavado en su carne, tirando de ella hacia una profundidad que a la vez aterrorizaba y fascinaba.