Susana y el Contrato de su Hijo - Capítulos 001 al 005

heranlu

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Susana y el Contrato de su Hijo - Capítulo 001

El sol se desangraba, un moribundo anaranjado que se colaba por las persianas de la cocina, dibujando largas cintas de polvo y melancolía sobre el mármol frío. Susana, de espaldas a esa agonía luminosa, frotaba una mancha imaginaria en la encimera, un movimiento circular, insistente, hipnótico que calmaba el nudo de amargura que le apretaba el estómago desde la mañana. Ramon se había ido. Otro viaje. "Seis meses, Susana, es crucial para el negocio", había mascullado entre sorbo y sorbo de café, sin mirarla, sus pequeños ojos puercoespines evitando sus. Claro, crucial. Tan crucial como la vital necesidad de un macho cabrío por trepar a cualquier hembra que se le ponga a tiro. Y ella sabía, olía a perfume barato en sus camisas, a otra piel en sus maletines, a mentira en su aliento. Seis meses. Una libertad agridulce, la de una jaula cuya puerta se abre sola cuando ya ni recuerdas cómo volar. Susana una rubia hermosa de 36 años con una figura excelente, herencia de sus ancestros nordicos, se sentia la mujer mas sola del mundo, su marido ya no le hacia caso.

El chirrido de la puerta principal la sacó de su letargo. Golpes pesados, casi torpes, en el baldosín, y luego, la explosión. David. Entraba como un remolino de sudor, sol y testosterona adolescente, su uniforme escolar pegado a la piel sudada del partido, su pelo oscuro revuelto, sus mejillas ardiendo de esfuerzo y vitalidad. Sin decir nada, se abalanzó sobre ella, un peso cálido y vivo que la envolvió por la espalda, sus brazos fuertes, inesperadamente viriles, aprisionándola contra el fregadero. No era el abrazo de un niño. Era la embestida de algo más, algo que ya no cabía en el cuerpo de un muchacho de dieciséis años. Apretó la cara en el hueco de su cuello, su aliento caliente y áspero rozando su piel, y ella, en un instante de debilidad, de oscura y consoladora necesidad, se recostó en él, inhalando el olor a hijo, a tierra, a sudor limpio y a una promesa violenta de hombre.

-Te quiero, mamá.

La voz de él era un murmullo grave, vibrando contra su clavícula. Ella sonrió, una sonrisa que no le llegó a los ojos, una sonrisa de consolación, un bálsamo para su propia herida de mujer abandonada. Qué cómodo, qué perversamente reconfortante era tener a un amor que no podía irse, un amor que la quería con la ferocidad ciega de un animal recién nacido. Pero el abrazo no cesaba. Se hizo más denso. La presión de su pecho contra su espalda era aplastante, y ella sintió, con un shock eléctrico que le erizó la nuca, algo más. Algo duro, insistente, creciendo y presionando contra el cóccix, una evidencia física, brutal, de que ese abrazo no era puramente filial.

Seis meses, seis largos meses con esta bestia doméstica creciendo, enrejándose en mi casa, pensó Susana, y una parte de ella, una parte podrida y hambrienta, se regocijaba. La mano de David, que antes se posaba inocente en su hombro, ahora se deslizaba, un ladrón de calor, hasta la curva de su cintura, un dedo trazando el borde del elástico de su pantalón de yoga. Ocho meses. Ocho meses desde que sus toques dejaron de ser de niño para ser de presa. La tensión en sus brazos, la forma en que su cuerpo entero se afirmaba contra el de ella, ya no eran un reclamo, eran una marca de territorio.

Suavemente, como quien doma a un potro sin asustarlo, presionó sus manos contra el pecho de él para separarse. Un poco. Solo un poco.

-David... yo también te quiero, hijo, pero me abrazas muy fuerte. Demasiado fuerte.

-Te quiero de verdad, mamá.

La voz de él, un zumbido bajo, grave, hizo vibrar algo profundo dentro de ella, algo que creía muerto y enterrado bajo capas de deber y de decepción.rió, un sonido breve, forzado, una defensa. -Deja de decir tonterías, eres un niño.

-No. No soy un niño y hablo en serio.

La insistencia de él no tenía la terquedad de un niño, tenía la fijeza de un hombre. Un hombre pequeño, sí, pero un hombre al fin. Ella rio de nuevo, esta vez con una punta de burla afilada, una forma de cortar el nudo que se apretaba en su garganta. -Vaya, vaya, qué serio. Anda, vete a ducharte, apestas a sudor, el almuerzo está casi listo.

-Tú no me crees.

David no se movió. Sus ojos, oscuros como pozos de petróleo, la clavaban, la desnudaban, la leían con una facilidad que la aterraba. -Pero yo lo haría todo por ti, mamá. Todo.

Susana soltó una risa más genuina, una risa amarga que sabía a verdad. -Eso es lo que dicen todos los hombres, David. "Todo por ti", un susurro en la oscuridad, una promesa que se evapora con la primera luz del alba. Al final, no hacen nada. Son perros que ladran mucho pero solo muerden al cartero.

El desafío colgó en el aire denso de la cocina, cargado de electricidad. La mandíbula de David se tensó, un músculo saltando en su mejilla. -¿Y si hiciera algo... osado por ti? ¿Me tomarías en serio, mamá?

El juego se había vuelto peligroso, la cuerda floja se balanceaba sobre un abismo sin fondo. Y ella, en lugar de bajarse, dio un paso al frente, bailando al borde. -¿A qué te refieres con "osado", mi vida?

-Siempre te dije que quería casarme contigo, ¿recuerdas? Y tú siempre me decías que sí.

La memoria la golpeó: un David de ocho años, con el pijama de superhéroes, jurándole amor eterno junto a una caja de cereales. Se rio, esta vez a carcajadas, una risa que sonó a cascabeles rotos. -¡Eres un mocoso, David! ¡Un mocoso terrible! ¿De verdad estás sacando eso a colación?

-¿Entonces era mentira?

La voz de él ya no tenía calor, solo hielo. La alegría de ella se evaporó de golpe, reemplazada por un pánico frío. Había ido demasiado lejos, había burlado algo sagrado para él, aunque a ella le pareciera una tontería. Intentó suavizar, retirar la espina que acaba de clavar. -No, no, cariño, claro que no. Es que... te quiero, sí, pero eso te lo dije hace mucho, mucho tiempo. Éramos... diferentes.

-Diferentes. ¿Tú eras diferente? Yo no. Yo sigo queriéndote.

Él dio un paso hacia ella, y ella dio uno atrás, su espalda golpeando suavemente el frigorífico. La telaraña se cerraba. Sintió sus piernas temblar, no de miedo, sino de esa anticipación febril, esa vibración de presa que olfatea al depredador y, en lugar de huir, queda paralizada, esperando el mordisco, ansiando el dolor, la rendición. Él era su hijo, su sangre, su pequeño niño de pijamas de superhéroes, y también era un macho en celo, y ella, su infeliz, abandonada y hambrienta madre, era la única hembra a la vista.

-No digas eso, David.

Pero su voz era un susurro sin fuerza, la hoja de un árbol resistiéndose a un huracán adolescente. Él la acorralaba, no con amenazas, sino con la densidad de su deseo, un aroma a sudor y a piel limpia que era más embriagador que cualquier vino, más peligroso que cualquier veneno. Susana sintió el pánico helado de la presa que ha calculado mal la distancia del salto del depredador.

-Por si no lo has dado por enterado, muchacho, yo ya estoy casada.

Lanzó la frase como un escudo, la armadura de laticinio y hipotecas que Ramon le había forjado a lo largo de diecisiete años. Era su única defensa, la verdad legal y social que la mantenía a flote, aunque por dentro se estuviera ahogando.

-Él no te quiere, mamá.

La sentencia de David fue cortante, quirúrgica. La dejó sin aire. Él no la defendió, no intentó negar la verdad del matrimonio, simplemente la atravesó con una verdad más grande, más dolorosa. Él no la quería. Y en el silencio que siguió, ambos supieron de quién hablaba realmente. Hablaban del ausente, del regordete calvo que la dejaba allí, presa de su propio hijo.

-Entonces, dime, ¿si él desapareciera de la foto, si te diera su bendición, podría ser tu novio?

La pregunta colgó en el aire, una serpiente de papel dorado y brillante, pero venenosa. Susana sintió una risita histérica trepar por su garganta. Un juego, este era solo un juego de niños, una fantasía hormonal. Era una forma de escapar, de ganar tiempo.

-¿Mi novio? -rió, y esta vez la risa le sonó a cristal roto, brillante y afilada-. Ay, David, qué cosas dices. Para eso... para eso tendría que estar todo firmado, ¿sabes? Todo en regla. A ver si algún día lo logras, mi campeón.

Se inclinó y le dio un beso en la frente, un gesto materno, una coronación repletora de condescendencia. Un sello en un contrato que, en su mente, no existía. Pero para David, no era un contrato, era un testamento.

Lo vio en sus ojos. La chispa no se apagó, se convirtió en un incendio. Él no lo tomó como una burla, lo tomó como una promesa. Como un desafío lanzado por la reina.

-Lo haré.

La voz de él era un trueno en apariencia, un juramento solemne. La sonrisa de David era la del lobo que acaba de descubrir el camino al corral de las ovejas. Y la sonrisa de Susana, mientras él se giraba y subía las escaleras de dos en dos, silbando, era la de la oveja que, secretamente, siempre soñó con el lobo. Se quedó sola en la cocina, el olor a su hijo impregnado en su ropa, en su piel. Se apoyó en el frigorífico, sintiendo el frío del metal a través de su blusa.

Qué locura, pensó, pasándose una mano por el pelo. Un adolescente, todos son iguales, fantasías de poder, de conquista.

Aquella noche, en la penumbra del despacho que olía a cuero caro y a desilusión, David tejió su telaraña. Escuchó a su padre, Ramon, un hombre más pequeño que su propia sombra, quejarse de sus vacaciones, de su pasividad, de su afición a los videojuegos. "Deberías ser como yo, David, un hombre de negocios", masculló, un ideal tan patético como su comb-over. David vio su oportunidad dorada, el hilo para salir del laberinto de la adolescencia y entrar, de un salto, en el reino de los hombres.

-Papá, si de verdad quieres verme cambiar, hagamos un trato, de hombre a hombre.

La propuesta era dulzura, veneno envuelto en seda. Dejaría sus videojuegos, su posesión más preciada, pero solo si Ramon hacía un sacrificio similar, un desprendimiento sentimental. Ramon, viendo la vía rápida para librarse de un hijo caro y tener más tiempo libre para su secretaria Carol, rio para sí, accediendo como quien firma un vale de supermercado. En la pantalla de la computadora, bajo el membrete de su empresa, nació el pacto: David renunciaba a su Nintendo, y Ramon, a "todo vínculo sentimental, renunciando a todo", convirtiendo a David en "el hombre de la casa, con derecho a todo y sobre todo". La ironía del texto, tan frío y corporativo, era tan espesa que casi se podía untar en pan. Lo firmaron, padre e hijo, dos estafadores engañándose mutuamente, cada uno creyendo haber ganado.

De camino al aeropuerto, en el silencio del coche, David tejió el último nudo. -Para que todo funcione como quieres, papá, debería llamar a mamá. Decirle que soy el hombre de la casa ahora, que me has dejado en tu lugar. Ramon, presa por el tiempo, ansioso por encontrarse con Carol, hizo la llamada, un acto burocrático más en su vida. Susana, al otro lado, escuchó las palabras, sintió el clic frío de una cerradura siendo girada, Ramon se despidió y colgó antes de que pudiera formular una pregunta. Ahora, el silencio era el único idioma que quedaba entre ellos.

De vuelta a casa, la noche ya había caído por completo, convirtiendo los muebles en siluetas de animales dormidos. Susana estaba en el salón, una estatua de pánico y furia en medio de la oscuridad.

-Papá se ha ido, mamá.

La voz de David era lisa, como la superficie de un lago helado. No entró en la habitación, permaneció en el umbral, una figura cortada en papel negro contra el tenue resplandor del pasillo. -Me ha dejado a cargo. Con derecho a todo.

Susana se levantó del sofá, una reacción instintiva, como un animal que se pone en pie ante una amenaza. -No digas estupideces, David. Estás cansado, vete a dormir.

-No son estupideces. Lo hemos firmado. Papá y yo.

Sacó un papel doblado del bolsillo trasero de sus jeans, el sonido del crujido del papel era agudo, violento en la quietud de la casa. Lo extendió, con un gesto lento, deliberado, como un mago revelando el truco final. Susana se acercó, sus pies descalzos sin hacer ruido en la alfombra, y cogió el papel. La única luz era la de la farola de la calle, que se filtraba por la ventana, pero no necesitaba más. Reconoció el membrete de la empresa de Ramon, esa tipografía arrogante y cursiva. Sus ojos, acostumbrados a descifrar letras pequeñas en facturas y recibos, devoraron el texto.

...compromete a dejar sentimentalmente todo lo que tiene, renunciar a todo... David... se vuelve el hombre de la casa con derecho a todo lo que tiene sea material o sentimental...

Sus palabras se atascaron en su garganta. Recordó la llamada, la voz precipitada de Ramon, la frase lapidaria: "David es el hombre de la casa ahora". Todo encajaba. Las piezas del puzzle, enloquecedoras y horribles, formaban una sola imagen: ella era un bien, una posesión sentimental que Ramon canjeaba por la libertad de su hijo, por la tranquilidad de su propia conciencia, por su futura vida sin ataduras con Carol. Su piel, de un blanco translúcido, se tornó cerosa. Sintió la sangre abandonarle el rostro, un frío gélido que le nacía de las entrañas.

-¿Cómo...? ¿Cómo ha podido hacer esto?

La pregunta flotaba en el aire, sin dirigirse a nadie en particular. Era una pregunta dirigida a un dios sordo, a un universo que se reía de sus desgracias.

-Él ya no te quiere, mamá. Te lo dije.

David dio un paso hacia ella, y ahora sí entró en la habitación, eclipsando la luz del pasillo. La telaraña ya no era una metáfora, era real, y él era la araña en el centro, moviendo los hilos con una calma aterradora. Susana retrocedió hasta que sus rodillas chocaron contra el borde del sofá. Se sentó, se desplomó, con el contrato arrugado en la mano. Miró a su hijo, de verdad lo miró, y no vio al niño que había criado. Vio a un extraño, a un joven con los ojos llenos de una ambición oscura, un fuego que no le había enseñado nadie pero que parecía haberlo estado esperando toda la vida.

-Pero esto... esto es una locura. No tiene validez. Es una tontería.

Sus palabras eran débiles, paja contra un huracán.

-Lo firmó, mamá. Lo firmó él. Y yo también. Es un trato de hombre a hombre. Él quería que fuera un hombre de negocios, pues ha conseguido lo que quería. He hecho mi primer gran negocio.

Se acercó más, se arrodilló frente a ella. Sus rostros estaban a centímetros de distancia. Ella podía sentir el calor de su aliento, oler el aroma a coche, a aeropuerto, a victoria. Podía ver los detalles de su cara, la poca barba incipiente que lo hacía parecer más viejo, la línea firme de su mandíbula.

-Ahora soy el hombre de la casa, mamá. Y tú... tú eres de la casa.

La frase era simple, directa, una declaración de propiedad que le heló la sangre y, al mismo tiempo, encendió una chispa en lo más profundo de su vientre. Una contradicción monstruosa, un pánico y una excitación que luchaban dentro de ella como dos animales enjaulados. Sintió que se ahogaba, pero también sentía que por primera vez en años, alguien la estaba viendo de verdad, no como una decoración, no como una función, sino como un premio, como el botín de una guerra.

Descansa, mamá. Mañana empieza todo.

La voz de David era una caricia, una promesa, una sentencia. Se levantó, la dejó hundida en el sofá, un muñeco de porcelana roto cuyo alma intentaba, vanamente, recomponerse. Susana sintió el peso de su cuerpo, el peso de su vida, el peso de ese contrato absurdo que se sentía como una marca de hierro en su frente. Es un juego, se repitió, un juego cruel de un niño mimado, un capricho que se le pasará mañana. Con esa frágil certeza, se arrastró hasta su cama, y, aunque el sueño tardó en llegar, llegó envuelto en una negación que era, en sí misma, una forma de paz.

Pero el mañana llegó, y con él, el final de la paz.

El olor a café recién hecho la despertó, un aroma amargo que ya no era el de su rutina, sino el de una nueva normalidad. Bajó a la cocina, encontrando a David de espaldas, vertiendo el líquido negro en dos tazas. Llevaba solo un pantalón corto de deporte, su torso desnudo era bastante definido, un relieve juvenil que prometía la fuerza de un hombre. Se giró al oírla entrar, y una sonrisa, no la de un niño, sino la de un depredador satisfecho, se dibujó en su rostro.

-Buenos días, reina.

Se acercó para probar su café, David aprovecha para atacar y el movimiento fue fluido, seguro, el de alguien que ya no pide permiso para entrar en un espacio. La rodeó por detrás, sus brazos, tibios y duros, ciñendo su cintura justo encima de la cadera. Sus manos se posaron en su estómago, aplanadas, poseedoras. Luego, el beso. No fue en la mejilla, como decía su plan mental, fue en la curva de su cuello, justo donde la piel se vuelve más sensible. Un beso húmedo, deliberado, que dejó un rastro de calor, una marca efímera que se sintió como una quemadura.

Susana se quedó quieta, una estatua de sal mirando la destrucción de Sodoma. Su cuerpo, traidor, sintió un escalofrío que no era de frío.

-¿No vas a decir nada? -La voz de David era un murmullo contra su oreja-. ¿No te gustan mis buenos días?

Ella se liberó con un tirón brusco, volviéndose para enfrentarse a él. -David, esto tiene que parar. Ya. Es inaceptable. El documento de ayer...

-¿El documento? -rió, un sonido bajo y sensual-. Ayer firmamos un pacto, mamá. Un trato de negocios. Y yo voy a cumplir mi parte. Te voy a dar todo. Todo lo que ese hombre no te supo dar.

Susana no dijo nada. Qué podía decir? El silencio era su única fortaleza, su única defensa contra la avalancha de palabras y gestos que la desmoronaba por dentro. Se giró, sirvió más café con una mano que apenas temblaba, y se sentó en la mesa, la espalda recta, una reina depuesta mirando por encima del hombro a su usurpador. David, viendo su victoria no en la rendición sino en la resistencia, sonrió. Se sirvió un tazón de cereal, el crujido de los copos de maíz era el único sonido en la cocina, una música de desprecio infantil que ahora sonaba a himno de conquista.

-Voy al campo de entrenamiento -dijo, levantándose-. Regreso para el almuerzo.

La dejó allí, con el café humeante y el silencio denso como una manta de plomo. Por unas horas, la casa volvió a ser suya, una jaula grande y silenciosa donde podía pasearse libremente, pero las rejas eran invisibles y el carcelero, una idea que tenía el rostro de su hijo, estaba allí, en el aire, en el eco de su risa, en la memoria de su piel contra la suya. Y una parte de ella, una parte sucia y hambrienta, no quería exorcizarlo.

La tarde cayó, pesada y lenta, trayendo de vuelta al cazador. Oyó sus pasos en el porche, la llave en la cerradura, un sonido que antes era consuelo y ahora era una sentencia. Estaba en la cocina, con el delantal puesto, manipulando un cuchillo sobre una tabla de cortar verduras. La escena era tan doméstica, tan normal, que casi pudo creer que la mañana había sido un sueño, una pesadilla febril provocada por el abandono de Ramon.

Entonces, él entró. Olía a sol, a césped, a sudor y a juventud triunfante. La comida transcurrió en un equilibrio precario, un baile de tensores y platos que tintineaban con nerviosismo. Susana, desesperada por anclar la conversación en la orilla de la normalidad, habló del tiempo, de un vecino cuyo perro ladraba mucho, del precio de los tomates. Palabras vacías, arrojadas como salvavidas a un océano de silencios cargados.

-Está riquísimo, mamá -dijo David, cortando un trozo de pollo con una precisión feroz-. Abre una botella de vino, para celebrar. La comida merece un buen acompañante.

Era una orden, no una sugerencia. Susana fue a la bodega, sus dedos temblando ligeramente mientras manejaba el sacacorchos. El vino, un tinto robusto que Ramon guardaba para ocasiones especiales que nunca llegaban, se vertió en las copas, un rubí oscuro que prometía un olvido peligroso. Bebió, y el calor del alcohol se extendió por su pecho como una mancha de aceite, suavizando las aristas de su pánico. Volvieron a la sala, el sofá ahora un campo de batalla silencioso.

-¿Postre? -preguntó ella, su voz un poco más suelta, más fluida.

-Lo tomaré después -respondió David, sus ojos brillando con una luz calculadora-. Mientras vemos una película.

Cogió el mando, y con unos pocos clics, la pantalla se iluminó con una imagen que no era de ningún blockbuster de Hollywood. Era una película europea, lenta, deliberada, donde las sombras parecían tener más peso que los cuerpos. Y los cuerpos... los cuerpos estaban desnudos con una naturalidad que era más perturbadora que lo explícito. Las escenas de amor no eran románticas, eran casi clínicas en su intimidad.

Susana se apretó contra el brazo del sofá, intentando crear distancia, una barrera invisible que el vino se empeñaba en disolver. Era absurdo, incómodo, pero... no del todo aburrido. Había una franqueza en esas imágenes que la seducía, una honestidad brutal que su vida matrimonial nunca había conocido.

Entonces, la mano de David aterrizó en su rodilla. No era un peso, era una ancla. Sintió el calor a través de la tela del pantalón, un punto de presión que se expandía, reclamando territorio. Se quedó quieta, respirando contenidamente, con los ojos fijos en la pantalla, donde dos cuerpos anónimos se enredaban bajo una luz azulada. La mano de él no se movió al principio, simplemente se asentó, como un gato que encuentra el lugar perfecto para dormir. Pero luego, los dedos comenzaron a moverse, un trayecto lento y calculado, subiendo por su muslo, centímetro a centímetro, cada milímetro un pequeño acto de conquista.

El vino, el cansancio, la película que mostraba sin vergüenza lo que ella negaba, el abandono de Ramon que era una herida abierta, todo se mezcló en un cóctel embriagador. Su cuerpo, traidor, no se oponía. Al contrario, respondía. La piel bajo la mano de su hijo se erizaba, un hormigueo que ascendía hasta su entrepierna. Cuando sus dedos llegaron a esa zona, la cima de su exploración, ella reaccionó. Puso su propia mano sobre la de él, un gesto débil, una tapia de papel frente a una marea.

-No, David -susurró, la voz un hilo roto.

Él insistió, su presión aumentando, su pulgar dibujando círculos sobre la tela que cubría su sexo, un movimiento insistente, rítmico, que resonaba con el latido de su propia sangre, acelerada.

-No -dijo un poco más fuerte, intentando inyectar autoridad en una voz que solo era miedo y deseo confundidos.

-Es mi derecho -replicó él, y la frase, dicha en un susurro bajo y seguro, la golpeó con más fuerza que un grito. La autoridad no era de él, era de ese maldito contrato, de la traición de Ramon.

Las palabras de él, "es mi derecho", resonaron en la habitación, un golpe seco y final que le quitó el aire. Susana se puso de pie, un movimiento torpe, como si despertara de un trance profundo. El mundo giraba ligeramente, un efecto del vino, o del horror, o de la terrible combinación de ambos.

-No puede ser -dijo, su voz era un susurro ronco, lleno de una negación que sonaba a súplica-. No puede ser, David.

-¿No puede ser? -su risa fue un sonido seco, sin gracia-. A él no le importa nada, mamá, lo sabes desde hace tiempo. Lo sabe hasta el perro del vecino. Estás más sola en esa cama con él que si vivieras sola de verdad.

El impacto de esas palabras fue más brutal que su mano, más hiriente que su erección. La pena la inundó, una marea fría y oscura que la ahogaba. No podía negarlo, cada una de sus palabras era una roca de verdad que lanzaba contra el castillo de naipes de su matrimonio. Se sintió pequeña, expuesta, una muñeca decrépita cuyo dueño la había abandonado en un rincón polvoriento.

Pero David, como un depredador que huele la debilidad, no le dio tiempo a ahogarse en su propia miseria. Rápidamente, su voz cambió, se volvió cálida, untuosa, un bálsamo venenoso.

-Por eso estoy aquí, mamá. Soy el único que siempre ha pensado en ti, el que realmente ha estado contigo, aunque no te dieras cuenta.

Susana no pudo negarlo. Era verdad. Mientras Ramon la ignoraba, David estaba ahí, preguntando por su día, trayéndole un vaso de agua, notando cuando se cortaba el pelo. Era un cuidado sutil, constante, que ahora veía bajo una nueva luz, una luz terrible y seductora.

-Yo lo he hecho todo para que te sientas bien, -continuó, su mano subiendo otra vez, más decidida esta vez, su cuerpo presionando contra el de ella, y ella se dio cuenta de que él estaba planeando algo, un movimiento rápido y preciso, y no pudo reaccionar a tiempo.

Él la abrazó, atrapándola en sus brazos, y antes de que pudiera protestar, su boca se posó sobre la suya. No fue un beso de pasión desbordada, fue un piquito rápido, casi tímido, un gesto que contradecía la ferocidad de sus acciones. Una mezcla de adolescente enamorado y hombre que reclama su presa.

Susana se quedó quieta, paralizada por el shock. No rechazó el beso, pero tampoco lo devolvió. Sus brazos colgaban inertes a su lado. Cuando él se separó, ella pudo emitir un sonido, un gemido ahogado.

-No puedo, David, no puedo.

Ella se libero de su abrazo y se fue rapidamente a su habitacion, David no luchó más esa noche.

La noche fue un remolino de pensamientos, una tormenta perfecta en la que el abandono de Ramon era el ojo del huracán.. La frase de David, "soy el único que siempre ha pensado en ti", no era un anzuelo, era un arpón, clavado en su carne, tirando de ella hacia una profundidad que a la vez aterrorizaba y fascinaba.
 

heranlu

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Susana y el Contrato de su Hijo - Capítulo 002

Al día siguiente, la rutina se repitió, pero ya no era rutina, era un ritual. En la cocina, mientras se servía su café, sintió su presencia detrás de ella. El beso en el cuello fue más largo esta vez, una marca de posesión húmeda y caliente. Y el roce, esa protuberancia firme e insistente contra sus nalgas, no fue un accidente, era una declaración, una promesa anatómica de lo que estaba por venir. Susana no se movió. Se quedó quieta, sintiendo cómo su piel se erizaba, cómo la sangre se concentraba en ese punto de contacto. Era una rendición silenciosa, y la reconoció como tal. "Buenos días, mi diosa escultural", murmuró él contra su piel, y el piropo, tan torpe y tan a la vez tan visceral, la desarmó por completo. Ya no era una madre defendiendo su territorio, era una mujer sintiendo el peso de la admiración de un hombre, aunque ese hombre fuera la carne de su carne.

Ese día, David se quedó en casa, una presencia constante que llenaba cada rincón con su energía contenida. Susana, buscando una forma de reafirmar algún tipo de control, le asignó una tarea.

-Dijiste que eras el hombre de la casa -le dijo, intentando que su voz sonara firme y no temblorosa-. Bueno, los hombres de la casa también se encargan de mantenerla. El sótano es un desastre, tienes que limpiarlo.

David aceptó con una sonrisa que no alcanzaba a entender, una sonrisa que decía "puedes ponerme a hacer las tareas más humildes, pero sabes y yo sabemos quién manda aquí". Pasó la mañana en el sótano, y desde la cocina, Susana oía los ruidos, arrastre de cajas, golpes esporádicos, el sonido de un hombre trabajando en su nuevo dominio.

Para la hora del almuerzo, subió, sudoroso y con el polvo del abandono en la piel. Se sentó frente a ella, y al oler la comida que ella había preparado, lanzó otro dardo verbal, otro cumplido envuelto en deseo.

-Huele tan bien, mamá. Casi tanto como tú.

Ella levantó la vista, encontrándolo con esa sonrisa segura, con esos ojos que no la miraban como a una madre, sino como un lobo mira a la luna llena, con una mezcla de reverencia y hambre. Y una parte de ella, la parte que Ramon había matado de hambre, se sintió, por primera vez, alimentada.

La noche cayó de nuevo, y con ella, la tensión, ahora más densa, casi palpable. Tras una cena en la que el silencio era más elocuente que cualquier conversación, Susana, desde la cocina, se armó de valor.

-¿Postre? -preguntó, su voz un poco inestable.

Pero David no se quedó en el comedor. Entró en la cocina, y su forma de moverse ya no era la de un niño, era la de un predador que ha decidido acorralar a su presa. No respondió a su pregunta. Caminó directamente hacia ella, y Susana, atrapada entre su cuerpo y la encimera fría, sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.

-Vine a por el postre de ayer -dijo él, su voz baja, un rugido contenido-. El que nos quedamos pendiente.

Sus manos se apoyaron en la encimera a ambos lados de su cuerpo, atrapándola sin tocarla todavía. Ella podía sentir el calor que emanaba de él, oler su mezcla de sudor limpio y determinación. Estaba enjaulada. Y lo peor, lo más aterrador y excitante, es que una parte oscura y retorcida de su ser había estado esperando, anhelando, este momento exacto. La telaraña se había cerrado, y ella, la mosca, ya no luchaba por escapar, se rendía a la picadura venenosa y dulce que sabía que estaba por llegar.

-Deberías calmarte -susurró Susana, su voz un hilo tenso de cordura en un universo que se desmoronaba.

David se acercó, no había distancia que contuviera su embestida, y la abrazó. Fue un acto de apropiación, no de afecto. Su cuerpo, duro y joven, se prensó contra el suyo y entonces, con la claridad brutal de un relámpago, Susana lo sintió. Era una realidad física, innegable, una erección, prominente y fogosa, pulsando contra su estómago a través de la delgada tela de su vestido. Una erección por ella. La revelación la golpeó con la fuerza de una marea, dejándola sin aliento, atrapada en una jaula cuyo diseño era mucho más antiguo y complejo que los brazos de su hijo.

-Deberías... ocuparte de eso -dijo ella, las palabras le salían torpes, desesperadas, un intento patético de devolverle la responsabilidad, de convertirlo de nuevo en un problema privado que no concernía a su cuerpo, a su espacio.

-Solo tú puedes ocuparte de esto, mamá -replicó él, su voz un murmullo grave, vibrante contra su piel. Apretó su cuerpo contra el de ella, y la presión de su sexo se convirtió en un mensaje inequívoco, una promesa anclada en su carne.

Susana forcejeó, una lucha de poca fe, de pura forma. -Hazlo tú, mastúrbate. La palabra le quemó la lengua, era grosera, era la última barrera, la que la separaba de la complicidad activa. Era la única opción que veía, la de transformarlo en un espectador, no en el protagonista de su deshonra.

-No -dijo él, y la negación era firme, absoluta-. Tú lo harás.

-Ni loca -replicó ella, su voz ahora era un gemido, un sonido animal de pánico y rendición. Pero David insistió, su fuerza era una realidad abrumadora, la de un joven en plena forma contra la de una mujer acostumbrada a la pasividad, a la resistencia quebradiza. Ella se sentía abandonada no solo por su marido, sino por el universo entero, arrojada a la suerte de esta bestia con el rostro de su hijo. Sus intentos de escape eran inútiles, la batalla estaba perdida antes de empezar. Cedió, un colapso interno silencioso. -Está bien -dijo, la voz apenas un suspiro-. Pero... solo eso. Nada más.

David, victorioso, no dijo nada. Simplemente bajó la cremallera de sus pantalones de deporte con un movimiento lento, ceremonial. Susana no miró, no podía. Mirar era romper el último frágil espejo que le quedaba de su antigua identidad. Cerró los ojos, estiró la mano, como una autómata, y sus dedos encontraron la piel tibia, tensa, la carne viva y palpitante de su hijo. La polla de David era diferente, más densa, más pesada que la de Ramon, una herramienta sólida de deseo juvenil. La cogió, y comenzó el vaivén de su mano, un gesto mecánico, sin alma, como si estuviera pelando patatas o fregando platos, una tarea más que debía cumplir para sobrevivir a la noche.

David estaba exaltado, su respiración era un jadeo junto a su oído. Ella, queriendo que todo terminara de una vez, apretó más, aumentó la velocidad, su mano convertida en un borrón, un instrumento de pura función. Sentía el cuerpo de él tenso, un arco a punto de soltar la flecha, y de repente, un rugido gutural se escapó de su garganta, un sonido primitivo, de chancho en el matadero, y entonces la explosión. Chorros de semen caliente, uno, dos, tres, hasta ocho salvas de vida y pecado que salpicaron el aire. Como Susana no miraba, no había podido dirigir el caos, y se dio cuenta de que la viscosidad le calentaba las piernas, sus tobillos, se le pegaba a las chanclas. Los dos no dijeron nada. El ambiente en la cocina era tan denso que se podía cortar, y el olor a semen, a cloro y a vida, se mezclaba con el de la cena recién hecha, creando un perfume nauseabundo y, al mismo tiempo, tristemente excitante.

Ella lo soltó como si quemara, y huyó, corriendo hacia su habitación, un refugio que ya no lo era. Se encerró, se limpió con una toalla con movimientos frenéticos, como si quisiera arrancarse la piel. Se tiró a la cama, mirándose las manos, las veía sucias para siempre, manchadas con una culpa que no tenía nombre. Y por primera vez en mucho tiempo, lloró, lágrimas silenciosas y amargas por el hombre que la había abandonado y por el que la había atrapado en la telaraña más compleja y dolorosa que podría haber imaginado.

La mañana siguiente se instaló con la luz gris de una verdad que ya no podía ser ignorada. Cada grano de café que molió Susana sonaba como una pequeña rendición. En el silencio de la cocina, oye sus pisadas, no eran las de un niño que va a desayunar, eran las de un predador que regresa a la escena de su victoria. Se acercó sigilosamente, y de nuevo, el ritual se repitió, su cuerpo aprisionando el de ella contra la encimera fría. Esta vez, el pánico era diferente, no era un shock, era una familiaridad espantosa, como la de un prisionero que reconoce los pasos del carcelero. Él se frotó contra ella, su erección una promesa insistente, y murmuró contra su pelo, "te necesito".

-Ya lo hice ayer, David -replicó ella, su voz era un hilo de resistencia gastado-. Deberías estar contento con eso.

-Mamá, soy un tipo saludable -su respuesta fue una mezcla de coquetería y afirmación de poder-. Y necesito de ti con frecuencia.

Y ella supo que no podía luchar, que cada negativa era solo un prólogo a una nueva rendición, un juego que cansaba y, a la vez, la confirmaba en su nuevo rol. Para evitar que fuera a más, que las cosas se escalaran a un territorio que su mente, por ahora, no podía concebir, tomó la iniciativa. -Déja darme la vuelta -dijo, con una neutralidad que le costó el alma.

Roja, no de vergüenza, sino del esfuerzo de contener un universo de emociones contradictorias, lo masturbó de nuevo, su mano moviéndose con una eficiencia terrible alrededor de la pija de su hijo, sus ojos fijos en la pared de enfrente. David, como un toro en plena corrida, resoplaba, le decía que la amaba, intentaba besarla, pero ella giraba la cabeza, negándose a ese último paso, ese puente demasiado íntimo, demasiado final.

-Así, mamá... más rápido... Dios, así sí...

Sus labios eran una línea delgada, una cicatriz blanca en su rostro. Cada palabra de él era una gota de ácido en la herida abierta de su conciencia. No sentía nada, o se lo decía a sí misma. Era una enfermera aplicando un tratamiento, un mecanicista ajustando un tornillo.

-Mira mi cara cuando lo haces... Quiero verte...

-Tú mira al frente y calla -replicó ella, su voz baja, cortante como un cristal roto.

La resistencia lo excitaba más, sus jadeos se volvieron más profundos, más animales. Su mano se movía con una fuerza automática, una memoria muscular del deber traicionado. Sentía la piel de él, las venas marcadas, la vida palpitando en su mano, una vida que ella había dado.

-Estoy a punto... mamá... estoy a punto de...

El rugido final, la explosión cálida y húmeda, esta vez sobre la falda de ella, un arco de semen blanco y espeso.. la sesión fue larga, una tortura y un extraño baile de poder, y cuando él terminó, rechinando como un cerdo en el matadero, el resultado fue el mismo, un desorden pegajoso en su falda. Esta vez, ella esperó, le dio un momento a él para que recuperara el aliento, y entonces, con una calma que la aterró a sí misma, le increpó.

-De ahora en adelante, mira a donde apuntas.

La frase colgó en el aire. No era una protesta, era una instrucción, un manual de instrucciones para su propia humillación. Era la admisión más explícita de que esto continuaría, la firma de un nuevo pacto, un pacto sellado con semen y rendición.

Por la tarde, la naturaleza insistente de la juventud se manifestó de nuevo. susana se sentó en el sofá, con el libro cerrado sobre el regazo, como un escudo. Oyó los pasos de David acercándose, pero esta vez no se paró frente a ella. Pasó de largo, hacia la puerta del salón que daba al jardín. La abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire húmedo y el perfume de las rosas que Ramon nunca se molestaba en oler.

Mamá -llamó él, su voz era una mezcla de juguetón y autoritaria-. Ven aquí.

Ella obedeció, una marioneta cuyos hilos habían sido enredados y vueltos a anudar por manos inexpertas pero implacables. Se paró junto a él en el umbral. Afuera, el jardín era un mosaico de verdes y rojos bajo la luz perezosa de la tarde.

-Ponte de rodillas -dijo él.

La orden cayó como una losa. Era diferente. De rodillas era sumisión. Era una postura de oración, de veneración, y aquí se convertía en la de una esclava. Susana vaciló, un último vestigio de su yo anterior luchando por salir.

-Estoy cansada, David -susurró, su última carta de resignación.

-Entonces te apoyarás en mí -respondió él, sin piedad-. Pero te pondrás de rodillas.

Y ella lo hizo. El suelo era duro, frío, incluso a través de la tela de su vestido. Se apoyó en una de sus piernas, sintiendo la firmeza del músculo bajo la piel. Su mano, ya iniciada en el oficio, encontró su objetivo, que ya estaba esperando, libre y erecto bajo elástico del pantalón.

-Así sí... -murmuró él, su voz un trueno ronco sobre su cabeza-. Con las dos manos, mamá. Hazlo bien.

Ella lo hizo, ambas manos envolviéndolo, una encima de la otra. Era más pesado de lo que recordaba, más real. La piel de sus testículos era suave, como papel de seda, y el vello que los rodeaba era áspero contra sus palmas.

Ella no miraba. Fijaba su vista en un punto de la pared, una grieta en el revoque, cualquier cosa que la anclara a una realidad que no fuera la de su mano moviéndose en el pene de su hijo. El movimiento se volvió ritual, un vaivén que vaciaba su mente de todo pensamiento. David no paraba de hablar.

-Sabes que he soñado con esto, mamá -sus palabras eran zumbidos en sus oídos-. Con tus manos... Son mucho mejores que las mías. Más suaves. Dios, cómo las mueves...

Susana apretó los dientes. Las palabras de él eran caricias con filo, que le raspaban el alma. Más rápido. Más lento. Un poco más de presión. Él la dirigía como un director de orquesta a su instrumento más preciado.

-Mira, mamá. Mira lo que haces conmigo -insistió.

Y ella, por primera vez, cedió. Bajó la vista. Vio la cabeza de su polla, roja y hinchada, desapareciendo y reapareciendo entre el túnel de sus manos. Cerro los ojos rapidamente. Casi pierde el ritmo, pero él gimió, un sonido de queja que la devolvió a la tarea.

-Es... tuyo, mamá... Todo para ti...

La frase fue la detonación final. Su cuerpo se tensó, un arco de nervios y músculos, y con un gruñido profundo, animal, el orgasmo lo sacudió. Esta vez, Susana, en una especie de trance automático, apuntó. El chorro de semen fue potente, salpicando las losas de la terraza como una ofrenda blanca y caótica. Quedó ahí, de rodillas, con las manos manchadas, sintiendo el aire frío en su cara y el olor del sexo recién hecho mezclándose con el perfume de las rosas. Era una blasfemia y un rito sagrado, y ella era la víctima.

Cuando él se fue, Susana se quedó mirando la mancha. Entonces, cogió un paño y se arrodilló para limpiarlo. Y fue entonces, en ese acto servil y doméstico, cuando tuvo la primera oportunidad real de olerlo. No como en la cocina, donde el olor se mezclaba con el del café y el pánico. Aquí, estaba de rodillas, su cara a centímetros del charco de vida de su hijo, y el aroma era más intenso, más complejo. Se aseguró de que él no estuviera mirando desde el umbral, y entonces, inhaló profundamente. Y para su sorpresa, para su horror secreto, no le pareció mal el aroma. Era un olor salado, un poco dulce, como el mar después de una tormenta, un olor a tierra húmeda, a vitalidad cruda.

Esa noche, el sillón de terciopelo se sentía como un trono de humillación y un lecho de secretos. La televisión proyectaba lujas de colores y voces que no significaban nada, un ruido de fondo para la verdadera película, la que se desarrollaba en penumbra, en el espacio entre su cuerpo y el de su hijo. David no dijo nada, simplemente tomó su mano, una costumbre ya, un gesto de propiedad. Susana, como una autómata bien entrenada, comenzó su tarea, el vaivén de su muñeca un compás familiar, una música macabra para su vida nueva. Mientras su mano subía y bajaba por esa carne tibia y demandante, su mente divagaba, buscando una salida en el laberinto de su propia sumisión. "No tengo salida", pensó, y el pensamiento no fue de angustia, sino de una extraña y pesada paz. Había perdido la fuerza para el no, la energía para la lucha. ¿Qué había hecho ella tan mal para que él, su propia sangre, la mirara con esos ojos de hambre animal?, ¿qué fallo en su crianza había producido esta flor venenosa y hermosa de deseo prohibido? Estaba confundida, perdida en un enjambre de preguntas sin respuesta. Pero luego, la confusión se asentaba en una verdad más simple y escalofriante: él era el único que nunca la había abandonado, el único que la veía de verdad, aunque fuera con la lente torcida de un deseo que la destrozaba. Sin él, ¿qué le quedaba?, ¿el eco de la casa vacía, el fantasma de un marido ausente?, ¿la soledad que era un abismo mucho más profundo que esta telaraña?. Ella sentía que sin él no podía vivir, que él era su único anclaje en una vida que se había deshecho, y esa dependencia era el veneno más dulce que jamás había probado.

Los tres días siguientes se convirtieron en una rutina de servidumbre erótica, una liturgia silenciosa que regía sus horas. David la reclamaba al amanecer, mientras el aroma del café intentaba, sin éxito, cubrir el olor a deseo. La encontraba a mediodía, mientras ella fregaba los platos o metía la ropa en la lavadora, y sus manos se llenaban de espuma o de tela suave antes de dedicarse a él. Por las noches, el sofá era su confesionario y su taller. Y durante el resto del día, él la bombardeaba con piropos, cada vez más atrevidos, más específicos, comentarios sobre el sway de sus caderas, el brillo de su piel, la forma en que su cabello caía sobre su cuello. Susana simplemente sonrojaba y bajaba la vista, aceptando aquellos halagos como lo que eran: piedras que pavimentaban el camino de su propia rendición. Se daba cuenta de que siempre había tenido un carácter sumiso, pero ahora, rodeada por la energía vibrante de aquel macho joven, de aquel toro con las hormonas en ebullición, esa sumisión se había convertido en su identidad completa. Ya no era una mujer, era un territorio, una presa a la que el depredador saborearía a su antojo, y en lo más profundo de su ser, una parte aterrada y excitada esperaba la dentada.

Al cuarto día, el sol entró por la ventana con una normalidad insultante. David salió por la mañana, con su mochila al hombro, a un partido de fútbol del taller de verano.

-Es el último año, mamá -dijo, antes de irse, y sus palabras tuvieron un eco extraño, casi una amenaza de futuro. Pronto iría a la Universidad. La idea flotó en el aire de la casa silenciosa como un perfume venenoso: la Universidad. Él podría irse, mudarse, dejarla. Susana se aferró a esa posibilidad como a un salvavidas. Tal vez, cuando se fuera, las cosas volverían a la normalidad, o a una nueva forma de anormalidad, una que no incluyera su tacto, su olor, su demanda constante. Era una esperanza, pero era una esperanza frágil, porque al mismo tiempo, el pensamiento de su partida la llenó de un pánico gélido, la idea de un silencio aún más profundo, de una ausencia total. Estaba atrapada entre el deseo de su huida y el terror a su abandono, una paradoja perfecta que la definía por completo.

La cena transcurrió bajo una luz distinta, Susana estaba con una bata ya que acababa de tomar una ducha para refrescarse, era vera no y hacia calor, se sentia relajada, una falsa calma que parecía el preludio de una tormenta. David, radiante después del partido, le contaba anécdotas con una viveza que ella no le veía desde que era un niño, y Susana, por primera vez en días, sonreía de verdad, una sonrisa cansada pero genuina. El vino corría por sus venas, desdibujando las aristas de la realidad, convirtiendo la cocina en un burdel elegante y la soledad en una promesa. "Ganamos, mamá", repetía, y ella asentía, sintiendo un orgullo que era a la vez maternal y algo mucho más oscuro, el orgullo de la dueña de un trofeo peligroso.

Cuando terminaron, ella recogió los platos, el tintineo de la porcelana una música familiar que la anclaba a una normalidad que ya no existía. En la cocina, con la espalda vuelta a la puerta, sintió su aproximación como siente el animal al depredador, un cambio en la presión del aire, una sombra que crece.

-¿Qué quieres de postre, David? -preguntó, su voz un intento fallido de mantener el control de la guion.

Él se acercó por detrás, su cuerpo una pared caliente detrás del suyo, y su voz, un murmullo bajo y pegajoso junto a su oído, la heló y la quemó a la vez.

-Quiero lo que me debes. Hace cinco días, me dejaste a medias.

-No sé de qué hablas -mintió ella, su corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado.

-Oh, sí que lo sabes -insistió él, sus brazos rodeándola, aprisionándola contra la encimera de fría y definitiva- aquella noche, viendo la televisión. Dijiste que tomaría mi postre después, mamá. Y todavía estoy esperando.

Mientras hablaba, su cuerpo la presionaba, y Susana sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Era una trampa perfecta, una excusa para ir a por lo que él creía que le pertenecía.

-Deberías calmarte -logró decir, su voz un hilo de nada.

-No me calmaré -su respuesta fue un rugido contenido-. No me calmaré hasta que entiendas lo que siento, hasta que dejes de tratarme como un niño que necesita que le den de comer. Ya no quiero más juegos, Susana.

El uso de su nombre, no "mamá", fue un golpe certero, un puñal que la despojaba de su última armadura.

-Te estás inventando historias, David. Por un estupido contrato no vas a creer que tienes derecho a todo.

-¡No es el contrato, maldita sea! -su voz se quebró, y en esa fractura había una vulnerabilidad que la desarmó por completo-. Son mis sentimientos. Te he estado esperando toda la vida.

Sus palabras la conmovieron, una conmoción sísmica que sacudió los cimientos de su negación. Era la verdad, una verdad tan horrible y tan hermosa que le robó el aliento. Él, entonces, la giró con suavidad, y su boca encontró la de ella. No fue el piquito tímido de la otra vez, fue un beso de hombre, un beso hambriento, que reclamaba, que mordía y que prometía. Y ella no lo evitó. Sus labios, por primera vez, se abrieron bajo los de él en una rendición que ya no era mecánica, era consciente. Su mente, en ese beso, se convirtió en un campo de batalla. Es verdad, pensó, con una claridad brutal. Él siempre ha estado aquí, ha sido mi sombra, mi cómplice silencioso, mientras que el imbécil de Ramon, el hombre que juró amarme, no dudó en venderme por una cara joven y un papel firmado. La traición de su marido se convirtió de repente en el justificante perfecto, la llave que abría la jaula de su propia conciencia.

-Es verdad -susurró contra sus labios, no para él, sino para sí misma-. Es verdad.

David se separó lo suficiente para mirarla a los ojos, y en los suyos vio un universo de dolor y un deseo tan puro que aterrorizaba.

-Te amo, Susana -dijo, y esta vez, la frase no fue una arma, fue una confesión desgarradora-. Siempre te he amado.

Ella no supo qué decir. El alcohol, la conmoción, la rendición, todo se mezcló en una niebla espesa. David volvió a besarla, y esta vez, sus manos no quedaron inertes. Con una lentitud que parecía eterna, una de sus manos subió por el brazo de él, sintiendo la tensión de sus músculos, el calor de su piel. Era una exploración tímida, la de un aventurero que descubre un continente prohibido y aterradoramente hermoso. Él respondió a su toque con un gemido, un sonido animal que vibró en la boca de ella, y Susana sintió cómo el último muro, el de la resistencia física, se derrumbaba, no con un estruendo, sino con un suspiro de resignación y un perverso y creciente deseo. Ya no eran madre e hijo en esa cocina, eran dos animales, heridos y solitarios, encontrando refugio el uno en el otro en el único lenguaje que el mundo les había dejado, el del instinto más crudo y desesperado.

David, sintiendo esa mínima cesión, esa flexión en la armadura de su madre, avanzó. Le dio otro beso, y esta vez, ella respondió. No fue una pasión desenfrenada, pero sus labios se movieron bajo los de él, un baile torpe y vacilante, como el de alguien que aprende a caminar de nuevo después de una larga parálisis. Las barreras, construidas con años de convenciones y miedos, empezaban a caer. Él la tomó por la cintura, sus manos grandes y fuertes se cerraban sobre ella como un ancla, y Susana sintió que sus propios brazos pesaban como plomo, colgando inertes a los costados, incapaces de empujarlo, pero tampoco de abrazarlo. Sus pensamientos eran un enjambre de avispas de culpa, picándole por dentro. "Este es tu hijo", gritaba una voz en su cabeza, "no es un amante, no es un refugio, es tu carne, tu sangre, el pecado más grande que puedes cometer". Cada fibra de su ser, educada en la moral y el temor, se retorcía en un nudo de horror y excitación.

-¡Espera! -logró decir, rompiendo el beso con un sobreesfuerzo que la dejó temblando. Apartó la cara, pero él no la soltó, solo la mantuvo así, a su merced. -David, mira lo que estamos haciendo. Somos madre e hijo, lo que tú quieres... no puede ser. Te estás confundiendo.

Intentaba usar la razón, esa débil herramienta, como un escudo contra la avalancha de su propio deseo y del de él. Era como poner las manos frente a un tsunami, un gesto inútil, patético, casi cómico en su desesperación.

Él no se enfadó. Al contrario, apretó su rostro contra el cuello de ella, inhalando su perfume como si fuera el oxígeno que le faltaba. Su voz, cuando habló, era un murmullo cálido y firme contra su piel.

-Yo siempre estaré contigo.

Y esa fue la bomba. El tiro de gracia certero y preciso en el corazón de su terror más profundo. El temor al abandono, ese fantasma que la había perseguido toda su vida, que se había materializado en la figura de su marido y que ahora la acechaba en el silencio de las noches. David no le ofrecía pasión, no le ofrecía sexo, le ofrecía compañía, le ofrecía una promesa de permanencia que era más valiosa que su propia alma. La razón se hizo añicos, los últimos restos de su voluntad se disolvieron como azúcar en el agua caliente.

-De acuerdo -susurró, y la palabra fue una sentencia.

Él la besó de nuevo, y esta vez ella ya no opuso resistencia. Soltó algunas lágrimas, lágrimas silenciosas que se mezclaron con el sabor del vino y de la boca de él, pero se dejó vencer. Poco a poco, su boca, que había sido un territorio pasivo, empezó a responder, a moverse con una timidez que se deshacía con cada segundo que pasaba. Él la abrazó con más fuerza, como si quisiera fundirse con ella, y presionó su boca, insistente, y entonces, usó su lengua. Susana no resistió más, abrió su boca, una rendida total, y sus lenguas se encontraron en un baile húmedo y prohibido. Era la primera vez. Se dejó ir, y por primera vez, sus manos, que habían colgado inertes, subieron por su espalda, acariciando la tensa musculatura de su hijo, sintiendo la evidencia de su virilidad bajo la tela de la camiseta. Era una caridad, un acto de piedad consigo misma, la aceptación de que no podía, no quería, luchar contra el único ser que le prometía no abandonarla, que la llenaba de un afecto tan absoluto y enfermizo que la hacía sentir viva.

Después de un rato, cuando sus labios se separaron, húmedos y hinchados, ella lo miró directamente, a los ojos, buscando una explicación, una razón que pudiera entender en medio de ese caos.

-¿Por qué, David? -su voz era un susurro rasposo, lleno de una curiosidad que se mezclaba con el pánico.

-¿Por qué qué, mamá... ? -él corrigió, como si el nombre fuera una llave para un nuevo reino.

-¿Por qué yo? ¿Por qué... esto?

Él la miró con una intensidad que casi la quemaba, una devoción fanática que la dejaba sin aire.

-Porque te amo. Eres la mujer más hermosa que conozco. Me gustan tus ojos, son azules como el cielo de verano, esos días en que no hay ni una nube. Me gusta tu pelo, rubio, como el de las modelos que salen en las revistas, pero más real. Y esa figura... mamá, tienes el cuerpo de una diosa. Te adoro.

Cada palabra era una flecha, una declaración que la despojaba de su rol de madre y la vestía con el de una musa, un ídolo. Susana, ante esa avalancha de piropos tan sinceros y tan absurdos, rompió a reír. No fue una risa de alegría, fue una risa quebrada, llena de vergüenza y de nervios, un sonido que casi sonaba a sollozo. Hacía años, lustros, que nadie le decía esas cosas. Desde que Ramon dejó de verla para empezar a mirar a su alrededor, ella se había convertido en parte del mobiliario, en un objeto útil pero invisible. No podía creer que de todos los hombres en la tierra, el único que la veía así, el único que la deseaba con una ferocidad poética, fuera su propio hijo. La ironía era un ácido que le quemaba el alma, una broma cruel del universo que, a la vez, la hacía sentir, por primera vez en mucho tiempo, devastadoramente, peligrosamente, mujer.

Susana lo miró, y en su mirada había un torbellino de cosas: cariño, un amor tan profundo y complejo que la asustaba, una emoción tan pura y tan sucia a la vez. Lo abrazó, y en ese abrazo no había nada mecánico, era un gesto de entrega total. No dijo nada, no había palabras que pudieran encapsular lo que sentía en ese instante. Después de un momento, en el silencio denso de la cocina, él preguntó, su voz apenas un susurro, una plegaria.

-¿Tú me quieres?

Susana sintió cómo la pregunta le perforaba el pecho. La respuesta era obvia, inevitable, pero decirla era sellar un pacto con el diablo y con los ángeles caídos. Respiró hondo, y la palabra salió de su boca como una confesión sagrada y profana.

-Sí, David, te quiero.

"Te quiero". La frase retumbó en el corazón de los dos, en el espacio entre sus cuerpos, un eco que lo cambiaría todo para siempre. La emoción era única, una mezcla de éxtasis y condena, de liberación y prisión. Ella seguía acariciando su cabello, un gesto instintivo, maternal, que ahora se teñía de una nueva intimidad. Entonces, David, sintiendo esa rendición total, subió la mano, lenta y temblorosa, hasta uno de sus senos. Susana abrió los ojos más, un gesto de sorpresa, de último aviso para sí misma, pero no se movió, se dejó.

Después de un rato frotando sus senos, el acaricia su espalda como si la conociera, sus dedos trazan mapas sobre su piel, haciendo como mariposas con las manos que le hacen a su madre arquear la espalda y gemir más fuerte, un sonido gutural que escapa de su garganta sin permiso. Ahora que él define su territorio, David baja lentamente hasta la cintura de Susana, sus dedos se meten bajo la goma elástica de sus calzones, buscando bajar esa última barrera, la que separa el deseo de la consumación.

Derrepente, ella lo detiene con sus manos, un gesto rápido, casi reflejo, y se miran a los ojos seriamente. Susana reflexiona en lo que van a hacer, en que este es su hijo, el niño al que ella misma crió, pero también es el único que ha mostrado un amor incondicional, lo único que le queda en esta vida después de que Ramon la desmenuzara y escupiera. No tiene a nadie más, no tiene familia, él es su única familia. La angustia la golpea, el pánico a que él la odie por esta negativa, el terror a que se vaya y la deje sola en este mausoleo de un hogar. Pero ella necesita estar segura, necesita una ancla que la sujete para no sentirse culpable, para no ahogarse en lo que están a punto de hacer. Con la voz trémula, casi inaudible, formula la pregunta que sellará su destino.

-¿Y después, David? ¿Después de esto, qué pasará? ¿Me querrás igual?

Él la mira, y en sus ojos no hay la impaciencia de un joven arrebatado por la lujuria, sino una seriedad tan profunda que la conmueve hasta los cimientos.

-Siempre te querré, mamá -. Siempre. Esto no cambia que eres mi todo. Solo... solo lo hace más real. Eres mi familia, mi mujer, mi todo.

"Mi mujer". La frase le da vueltas en la cabeza, es una locura, una aberración, pero es también la promesa que necesitaba oír. Susana asiente, lentamente, y sus manos, que lo detenían, ahora lo guían. David, con una reverencia casi religiosa, abre su bata y baja sus calzones.

Susana lo mira, buscando una grieta en su convicción, una señal de la inmadurez que ella esperaba encontrar, que necesitaba encontrar para tener una excusa, una última puerta de escape. Pero sus ojos son dos pozos de una certeza que la aterra y la atrae por igual.

-¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? -su voz es un susurro ronco, un último intento de la razón para clavar su bandera-. ¿Sabes que tendrás que asumir todo lo que viene? No estoy segura de que puedas con todo ello.

Él no vacila, su respuesta es grave, solemne, como si estuviera jurando sobre una biblia invisible.

-Estoy seguro. Jamás he estado más seguro de lo que siento y de lo que quiero. Lo he querido desde hace mucho tiempo, y tú lo sabes.

-Esto... esto cambiará nuestras vidas -advierte ella, como si intentara asustarlo.

-Yo no te dejaré, nunca -responde él, rápido, firme, cortando la posibilidad del miedo de raíz.

Susana se alegra, una alegría oscura y secreta que la culpabiliza y la libera al mismo tiempo. Pero necesita más, necesita que su promesa sea una cadena forjada en fuego.

-Asumirás todas las responsabilidades que vengan con esto -dice, y la palabra "responsabilidades" cuelga en el aire, pesada como los secretos que guardarán.

-Por ti, solo por ti, asumiré todo -declara él, como un rey jurando lealtad a su única reina.

-Aun así... ¿duela? -pregunta ella, la última trinchera de su conciencia.

-Contigo, siempre que estemos juntos, no importa el dolor -su respuesta es la llave que abre la puerta de su alma.

Ella lo besa entonces, un beso en el que sus dos lenguas, ya viejas conocidas en este nuevo territorio, se reencuentran y exploran sus bocas con una voracidad que ni ella sabía que poseía. Al mismo tiempo, él baja sus calzones lentamente, la tela deslizándose por sus piernas como una serpiente de seda. Cuando los calzones de Susana están a la altura de sus rodillas, ella mueve sus piernas con una lentitud deliberada, un gesto casi ceremonial, y sus calzones caen hasta sus pies, un montoncito de tela abandonada en el suelo de baldosas frías.

Él pasa sus manos por su culo, los amasa como si fuera pan, una presión firme y posesiva que le robaba el aliento y la hacía respirar fuerte, jadeante contra su boca, sin dejar de besarla. Sube sus manos lentamente, una exploración metódica y reverente por la curva de su espalda, hasta que llega a sus hombros y desliza la bata, que cae, silencioso y definitivo, hasta los pies de Susana.

Ella está desnuda frente a él. La luz de la cocina, antes cálida, ahora parece implacable, iluminando cada curva, cada marca, cada historia de su piel. Ella lo mira, cuestionándose la pasión animal con la que él la devora con la mirada. Busca un signo de debilidad, algo que lo traicione, una duda, pero lo que ve es seguridad y sentimientos tan puros y tan terribles que le erizan la piel. Ella conoce a David, conoce cada gesto, cada matiz de su rostro, y lo que ve ahora es al niño que salió de ella, transformado en un macho en plena forma, un animal de presa que, con una lógica feroz y primigenia, la reclama para él.

Al mismo tiempo, ella le sube su camiseta, dejándolo desnudo de la cintura para arriba. Sus dedos temblorosas recorren el cuerpo tonificado de su hijo, la piel tensa sobre los músculos que él ha forjado en el gimnasio, no en el campo de juegos. Besa sus hombros, el cuello de David, y sabe que ya no hay vuelta atrás, que el sabor de su piel es una droga. Coge sus manos, esas manos de un chico de dieciséis años pero fuertes, decididas, y una oleada de poder y de perversión recorre su cuerpo. Ella se olvida de la cena, se olvida de lo que estaba cocinando, se olvida de ser una madre. Le dice, con una voz que no reconoce como suya, grave y cargada de promesas.

-Aquí no. Si vamos a dar ese paso, que sea bien hecho. Vamos a la cama... a mi cama.

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heranlu

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Susana y el Contrato de su Hijo - Capítulo 003


David asiente con la cabeza, un gesto que es la aceptación de un rey a ser conducido al trono. Ella lo lleva de la mano, y en el camino hacia la habitación, como en un rito sagrado, deja atrás los trastos de la cocina y su bata. Es como si dejara lo que ella fue, una esposa engañada, una madre abnegada, para dar a luz, allí mismo, en el pasillo oscuro, a una Nueva Susana, al menos por el tiempo que durara esa noche, una mujer que tomaba lo que quería, aunque fuera el pecado más grande de todos.

El camino hacia la habitación parece tan largo como atravesar a pie toda la ciudad, un trayecto en el que cada baldosa del pasillo es un kilómetro de duda y deseo. David, que ya tiene una erección enorme, un mástil de carne y urgencia que aprieta contra la tela de sus shorts, no puede creer lo que ve, el escultural cuerpo desnudo de su madre caminando delante de él, una silueta que danza bajo la luz tenue de la lámpara del pasillo mientras ella lo lleva de la mano, su guía, su sacerdotisa, su víctima.

Llegan a su habitación. Ella entra como a pasos lentos, casi ceremoniales, como si pisara terreno sagrado y maldito a la vez, mira al piso, incapaz de sostener la mirada de los objetos que la rodean, testigos mudos de su caída. Llegan a la cama, y allí ella se sienta, totalmente desnuda, en el borde del colchón, una estatua de mármol en la penumbra. Él se acerca a ella, una sombra que crece, y ella lo mira a los ojos, a los ojos de David, al mismo tiempo que baja los shorts de su hijo.

Su pija sale de su prisión, imponente, grande, gruesa, un órgano viril que se yergue en la penumbra como un monumento a la vida y al pecado. Susana se queda examinándola unos instantes, una eternidad silenciosa en la que su mente, esa traidora, procesa la información con una frialdad quirúrgica. Es más grande que la de su padre, y David solo tiene dieciséis años, piensa, es un buen prospecto, una evaluación de compra que la asusta por su naturalidad. Lo sube y lo baja, moviéndolo de arriba hacia abajo, como inspeccionándolo, como un joyero que examina una piedra preciosa antes de cerrar el trato. Ya lo había masturbado antes, claro, en esos actos de una desesperación ciega, pero nunca le había prestado atención, porque ella esperaba que evitando mirarlo, los ataques de David cesarían, piensa en lo estúpidamente equivocada que estaba. Le gusta lo que ve. David tiene una pija de verdad, grande, venosa, fuerte y larga, un tesoro que ella misma ayudó a criar y que ahora reclama su derecho de primogenitura.

Ella comienza a masturbarlo, su mano envolviendo esa columna de carne firme y caliente como si fuera el mango de un cetro sagrado, mirándola hipnotizada, como una serpiente ante la flauta de un encantador. Cuando la ve pulsar, amenazando con liberar su tormenta, mira a David seriamente, y una sonrisa, no de lujuria bestial, sino de un amor tan profundo que duele, se dibuja en la cara de Susana. Lentamente, con una reverencia que roza el culto, comienza a lamer la pija desde los testículos, peludos y olorosos a virilidad juvenil, hasta la cabeza, un peregrinaje largo y húmedo en el que saborea cada venilla, cada pliegue de piel, cada centímetro del cuerpo que ella misma concibió. Poco a poco va llegando a la cabeza, David tiene un prepucio bastante largo, una capucha de piel que protege su tesoro, ella jala del prepucio con una delicadeza quirúrgica y tiene acceso al glande, ya húmedo y brillante.

Comienza con lamidas cortas y suaves, explorando el surco, la pequeña ranura que es la fuente de toda vida, cada vez más y más, un ritmo que se acelera como un tambor de guerra. De repente, le da un beso en la cabeza a su pene, un beso de consagración, y se lo mete en la boca. Susana usa su boca como una ventosa, creando un vacío que lo succiona hacia adentro, una técnica que apenas recordaba, algo que ella había hecho muy raramente, siempre bajo coacción o como un deber triste. Pero en realidad, el olor del sexo de David, limpio y potente, le gusta, una fragancia primal que despierta en ella un hambre que no sabía que poseía. Comienza un mete y saca lento, una danza de sumisión y poder, su cabeza moviéndose al ritmo de su propia rendición. David sostiene su cabeza, sus dedos enredados en su pelo rubio, como si estuviera aferrándose a un salvavidas en medio de una tormenta de éxtasis. Pero la excitación es demasiada para él, un volcán de dieciséis años de reprimido deseo, y después de cinco chupadas, apenas un ensayo, eyacula, eyacula en borbotones de semen caliente y espeso que inunda la boca de Susana, quien lo conserva todo en su boca, un lago sagrado y prohibido. Ella no sabe qué hacer, un instante de pánico, de asco aprendido, mira a los ojos a David, y en sus ojos, en esa pupila dilatada por el placer, entiende las órdenes no dichas de su hijo, de su hombre. Y poco a poco, con un esfuerzo de voluntad que la redefine, se lo va tragando. En realidad, el sabor le agrada, salado, metálico, el sabor de la vida misma, solo que le daba algo de corte, de vergüenza ajena, tragárselo, nunca lo había hecho, esta es la primera vez. Es la primera vez para muchas cosas esta noche.

Después de exprimir el fruto maduro y dulce de su hijo, su miembro se suaviza un poco, una tregua momentánea en la batalla, sin bajarse por completo, guardando aún su orgullosa erección como un estandarte. Es una pausa necesaria, un respirar hondo antes de zambullirse en el abismo. Susana lo mira, y en sus ojos ve la pregunta, el anhelo, la devoción. Ella se acomoda en la cama, reina en su propio lecho, y le dice que venga, una invitación susurrada, casi imperceptible. -Ven aquí, mi niño.

Él sube a la cama, un poco torpe, una mezcla de juventud y nerviosismo que la desarma, y se acuesta de lado junto a ella, dos figuras desnudas en la penumbra. Él la mira y se besan largamente, un beso que sabe a semen y a promesas rotas y vueltas a hacer. -Eso... eso ha sido... te has tragado todo -murmura él contra sus labios, el asombro en su voz tan palpable como su aliento-. Dios, mamá, eres... eres perfecta.

-Claro que me lo he tragado -responde ella, con una seguridad que la sorprende a sí misma, como si estuviera descubriendo a una nueva Susana, una mujer sin filtros, sin miedo-. Se desperdicia muy poco en esta casa, cariño. Es una política doméstica.

Él la mira, sin saber si reír o seguir sumido en su éxtasis religioso. La ironía de ella lo descoloca, lo saca de su trance puramente animal y lo devuelve a una realidad extraña y maravillosa donde su madre es a la vez la Virgen María y la prostituta más experta de sus fantasías. Él acaricia su cuerpo desnudo, no puede creerlo. David siente un vértigo sagrado, una emoción tan tremenda que le eriza la piel y le acelera el corazón, al estar en esa situación de intimidad con su madre, la diosa de su infancia convertida en una mujer de carne y hueso a su alcance.

-Tu piel... es tan suave -dice él, y sus dedos trazan la línea de su cintura, bajando hasta la curva de su cadera-. Y tienes estas... marcas aquí. Como si te hubieran mordido un par de ángeles. Se refiere a las estrías, las marcas que él mismo dejó en su vientre al venir al mundo, y las palabras son una perversa bendición, un bautismo.

Susana se ríe, una risa baja y sensual. -Son las cicatrices de la guerra, David. Las medallas de la batalla de traerte al mundo. Parece que te gusta coleccionar las heridas de tu madre, ¿eh, mi pequeño vampiro?

Susana ya da por un hecho todo lo que va a suceder y ha aceptado que sea así, prefiere que sea de mutuo acuerdo, una rendición pactada, que algo forzado que podría causarles traumas a los dos, una herida que nunca cicatizaría. Necesita que él sienta que también está tomando una decisión, que no es solo un juguete en sus manos.

Ella ve que David tiene los ánimos altos otra vez, que su estandarte se yergue de nuevo, listo para un segundo round, pero antes le dice, con la voz grave de una juez dictando sentencia:

-David, lo que haremos no es una situación normal entre madre e hijo. Como familia, no deberíamos hacer este tipo de cosas, pero te quiero. ¿Entiendes?

David le dice que sí, suavemente, como un novicio aceptando un dogma.

-Tienes que tratarme bien siempre -añade ella, la última condición, la última ancla a la realidad.

David responde más fuerte, con la fuerza de un juramento:

-Siempre te trataré bien, mamá. Siempre. Yo te amo y siempre te protegeré.

Susana sonríe. En verdad lo ama, y ahora lo amará de otra forma, de una forma en la que ninguna madre debería amar a un hijo. Ella toma la iniciativa, una pantera que decide cuándo cazar. Le dice que se eche de largo, y él obedece, un altar viviente esperando el sacrificio. Ella se sienta sobre él, la cazadora montando a su presa, y Ella toma la iniciativa, una pantera que decide cuándo cazar. Le dice que se eche de largo, y él obedece, un altar viviente esperando el sacrificio. -Túmbate, campeón. Que la reina necesita sentarse en su trono.

Él la mira, un destello de humor salvaje en sus ojos, y se recuesta sobre las almohadas, su erección apuntando al techo como un faro en medio de la noche. Susana se arrodilla sobre él, la cazadora montando a su presa, y David aprecia, con una devoción muda, el cuerpo perfecto de su madre, una diosa de marfil bañada en la luz de la luna que se filtra por la ventana. La curva de sus caderas, la caída de sus senos, el triángulo de oro entre sus piernas. Mientras ella coge su pija, todavía caliente y húmeda de su boca, y la coloca en la entrada de su vagina. Él suspira, un grito ahogado de anticipación, ella sonríe mientras juega con la pija de David, torturándolo dulcemente por un rato, frotando la cabeza contra los labios húmedos de ella, una caricia que los lleva a ambos al borde del abismo.

-¿Esto es lo que querías, mi niño? -susurra ella, su voz un desafío sedoso-. ¿Esto era el postre que te debía? Un poco de tarta de fresa con nata, ¿eh?

David solo puede gemir, sus caderas moviéndose instintivamente, buscando una fricción que ella le niega con una maestría cruel.

-Calla y que la madrecita te dé de comer -dice ella, y entonces, lentamente, con una solemnidad que roza lo sacramental, baja su sexo, que se va comiendo poco a poco, devorando con una delicadeza voraz, la pija de su hijo hasta que lo traga por completo.

Cuando se unen, cuando la carne de su carne se une a la suya, lanzan un suspiro al unísono, un solo aliento de dos almas que se encuentran en el centro del universo. Es de verdad más grande, piensa Susana, un pensamiento que la llena de un orgullo perverso. Jamás la habían llenado tanto, siente que él entra en partes donde nunca otro hombre había estado, cartografiando territorios vírgenes dentro de su propio cuerpo, un explorador llegando a un nuevo mundo.

-Y Dios mío... -masculla ella, más para sí misma que para él-. Esto... esto es como montar un caballo de pura sangre. Con riendas y todo.

Y ella comienza a cabalgarlo. Al principio, un ritmo suave, un balanceo solemne, como si estuviera en un columpio de éxtasis, un vaivén que la hace cerrar los ojos y perderse en la sensación. Después pasa a un ritmo más fuerte, un trote salvaje que hace que los colchones gemidan bajo ellos, un coro de placer que se une a sus propios gemidos, sonidos de otra mujer, una mujer liberada que ella no sabía que existía. David la mira con admiración, con asombro, viendo cómo su madre, la mujer que le dio vida, usa su cuerpo para llevarlos al paraíso.

-Así... así, mamá... -jadea él, sus manos aferrándose a sus caderas, no para dirigirla, sino para anclarse a la realidad-. No pares.

-Para, ¿yo? -se burla ella, sin dejar su movimiento, una ondulación experta que lo lleva al borde del precipicio-. Hijo, si te paras conmigo ahora, es que tienes pulmones de acero. A ver si aguantas el ritmo.

Cada vez que ella baja, siente cómo él la toca el fondo, una percusión interna que la hace ver estrellas. Es un placer tan intenso que casi duele, una mezcla de dolor y éxtasis que la hace sentir más viva que nunca. Es irreverente, es cómico, es trágico. Está follando a su propio hijo en la cama que compartió con su marido infiel, y lo está disfrutando como una adolescente en su primera cita.

-Te voy a dejar sin aliento, cariño -promete ella, inclinándose para susurrarle al oído-. Te voy a vaciar hasta la última gota. Y luego te voy a pedir más

Hasta que Susana no puede más, una ola gigante de placer que la arrastra y la sumerge, y se viene majestuosamente, una reina en su trono alcanzando el éxtasis. Está contenta, nunca había disfrutado así, el hecho de que sea su hijo a quien le hace el amor ha elevado al máximo su libido, un combustible prohibido que la impulsa más allá de cualquier límite. Esto es hacer el amor de verdad, piensa, una revelación blasfema. Ella nunca se había sentido tan LIBRE, sí, libre y excitada, haciendo el amor con un hombre, con su hombre, con el único hombre que no la juzgará, el único hombre que la pertenece como ella le pertenece a él.

Una vez que la marea de su primer orgasmo se calma, un mar en calma después de la tormenta, Susana mira con admiración a su hijo David, al que ahora está tratando como lo que es, un hombre, su hombre. Ella vuelve a cabalgarlo porque él no ha terminado, su deber no está completo, su misión sagrada sigue en pie. Esta vez ella grita más fuerte, sin miedo a que los vecinos escuchen, sin miedo a nada, porque en ese cuarto solo existen ellos dos, su propio universo regido por el placer. Pone una mano a cada lado de la cabeza de David, enmarcando su rostro juvenil y extasiado, mientras continua la montada, una amazona dominando a su corcel, o quizás la mariposa atrapada en la telaraña que decide bailar para la araña, disfrutando del veneno que la inmoviliza. Esta vez la cama está completamente mojada con sus flujos, un charco de vida y deseo, y ella, en la excitación que la nubla y la aclara a la vez, sube y baja del pene de su hijo con una ferocidad nueva, buscando no solo su propio placer, sino el de él, el de ambos, un solo corazón latiendo en dos cuerpos. Sube y baja, una y otra vez, hasta que ella llega al orgasmo con un grito que es un rugido, un nombre, "David", tratando de aferrarse al cuerpo de David, como si se pudiera disolver en él, fundirse para siempre. David, quien no puede más, con la sobreestimulación, con la visión de su madre perdida en el éxtasis a causa de él, también llega al orgasmo y eyacula dentro de ella, una oleada de calor que la recorre por dentro, un río de vida que la inunda y la marca, un sello invisible que la reclama como suya para siempre. Ella siente cada espasmo de su pene dentro de ella, cada latido que bombea su semen, su esencia, en lo más profundo de su ser, y el pensamiento de que está siendo fecundada por su propio hijo, una posibilidad monstruosa y excitante, la hace estremecer en un último eco de placer. Es un final perfecto, un acto de creación y destrucción, el círculo cerrándose de la forma más aberrante y hermosa. Ella cae sobre él, rendida, con la respiración agitada pero feliz, escuchando el latido de su corazón contra su oreja, un tambor de guerra que ha ganado la batalla.

Así se quedan durante un buen rato, dos cuerpos sudorosos y pegajosos, unidos todavía por la carne, unidos por algo más. Poco a poco van recobrando el sentido, regresando del éxtasis al mundo, un mundo que ya no será el mismo. David la acaricia, sus dedos trazando patrones invisibles en su espalda, y ella vuelve a sentir esa timidez, un velo de vergüenza que cae sobre la desnudez de su pecado, pero se deja hacer, sumisa, satisfecha. Él todavía está dentro de ella, un ancla que la mantiene sujeta a la realidad de lo que han hecho. David le dice, con la voz ronca por los gemidos:

-No puedo creerlo.

Y ella le responde, sintiendo su semen tibio comenzando a deslizarse por sus muslos:

-Yo tampoco puedo creerlo.

Los dos sonríen, una sonrisa complicada, de cómplices, y se besan como dos novios en su luna de miel, un beso largo y lento, que sabe a futuro y a pasado, a leche materna y a semen, a todo lo que fueron y a todo lo que serán ahora.

Descansan un rato, dos figuras sudorosas y pálidas en la penumbra, un cuadro de Caravaggio perdido en un suburbio. Luego David, recuperando la energía con la rapidez avasalladora de la juventud, se mueve. Se monta sobre ella, un predador que vuelve a su presa, y le mete su pija sin ceremonias pero mirándola a los ojos, un clavo que se hunde en la madera buscando su centro.

-He soñado con esto toda mi vida -confiesa él, su voz un murmullo y un trueno a la vez.

Ella lo besa mientras él se introduce dentro de ella, un río que vuelve a su cauce, y comienzan los ejercicios amatorios en la pose del misionero, esa posición que parece tan convencional pero que para ellos es la fundación de un nuevo mundo. Es la postura del acto procreador, la de Adán y Eva antes de que se dieran cuenta de que estaban desnudos, solo que ellos lo saben, y esa es la mayor de las excitaciones.

Esta vez él es el macho dominante, el que marca el ritmo, el que dicta la ley. Comienza sus serruchadas con un buen ritmo, un vaivén constante y profundo que la hace arquearse, una sierra que corta el último lazo que la unía a su vida anterior. Cada embestida es una declaración, una firma en el contrato que han firmado con sus cuerpos.

-Así, mi niño, así -le susurra ella al oído, una serpiente tentando a un Adán que ya ha mordido la manzana y ahora quiere el árbol entero-. Enséñale a mamá cómo se hace.

David siente cómo las paredes internas de su madre lo acogen, un calor húmedo y familiar que es a la vez el paraíso y el infierno, un abrazo que lo aprieta y lo libera. Es un hogar al que vuelve después de una guerra que él mismo ha declarado. Acaricia su cuerpo, no como un adolescente curioso, sino como un propietario que recorre su terreno, y cuando baja hasta su culo y lo coge con fuerza, ese culo que él ha soñado con coger tantas veces, redondo y firme, un fruto prohibido que ahora está en sus manos, ella pierde el control.

-Dios, David... el culo... coge mi culo, mi niño -gime ella, y las palabras la sorprenden, son de una mujer que no conoce, una mujer liberada en el crisol del incesto-. ¡Sí, más fuerte, hazme tuya!

Él aprieta, sus dedos se hunden en la carne blanda y firme, y ella se eleva para encontrarlo, una ola que rompe contra la costa. Él le repite que la ama, un mantra que la ancla a la realidad de su placer, y ella también le contesta, su voz rota por la pasión, un eco de su propia rendición.

-Te amo, David, te amo... -jadea ella-. Sigue follándome... no pares, por favor... que esto es mejor que la terapia y más barato.

Él se ríe, una carcajada ahogada por el placer, y aprieta el ritmo, un galope hacia el abismo. Es un toro en una arena, y ella es su capote, su tentadora y su víctima. Siente cómo se acerca, cómo su cuerpo se tensa como un arco, y ella lo anima con palabras que son fuegos artificiales en la oscuridad. Él le dice, con la autoridad de un rey coronando a su reina:

-Quiero ser tu hombre, tu único hombre, tu macho, tu dominador.

Ella gime, un sonido animal de pura sumisión, ante tal afirmación. Él le pregunta, exigiendo una respuesta, un sello que legitime su poder:

-Dime, ¿quién es tu hombre ahora? ¿Quién es tu macho?

Susana no contesta, la vergüenza y el excitación luchan en su garganta, una batalla silenciosa. David acelera sus mete y saca, un castigo y una recompensa, e insiste con la pregunta, su voz más dura, más exigente. Ella no contesta, solo gime, perdida en la tormenta que él ha desatado. Él le dice, casi rogando, casi ordenando:

-Contesta, ¿quién es?

Ella claudica, la resistencia se rompe como una presa, y termina diciéndole, con un hilo de voz:

-¡Tú!

Él responde, hundiéndose hasta el fondo, buscando su alma:

-¿Yo qué?

Mientras continúa con la faena de poseerla, de marcarla por dentro, ella le dice, entregándose por completo:

-Tú eres mi hombre, mi macho, el único.

-¿Lo seré siempre? -pregunta David, su voz llena de una necesidad infantil que choca con la brutalidad de sus actos.

Ella le dice, sellando su destino con un beso:

-Sí, hijo mío. Ahora eres mi hombre y lo serás para siempre.

Con esta afirmación, a él le sobreviene una eyaculación feroz, una explosión que parece brotar de sus entrañas, y con la excitación abraza a Susana, apretándola contra su cuerpo como si quisiera fundirse con ella, convertirse en un solo ser.

Durante esa noche lo hacen tres veces más, un festín de carne y pecado. David la penetra de costado, levantándole una pierna como si quisiera abrir un cofre del tesoro, una posición que la deja expuesta, vulnerable, y Susana siente esa humillación dulce, la vergüenza de ser poseída de una forma tan íntima, tan teatral, una carne de espectáculo para el único espectador que importa. Luego, como perrita, la clásica postura de la dominación animal, y David, con una mano en su cadera y la otra tirando de su pelo, la cabalga como si fuera su yegua, y ella, con la cara pegada a la almohada, ahogando sus gritos, se siente una cosa, un objeto para su placer, y la idea la hace temblar, la degrada y la exalta. Termina otra vez con la pose del misionero, pero esta vez es diferente, es más lento, más deliberado, casi triste, como si despidieran su antigua vida con cada embestida, una lágrima se escapa de los ojos de Susana, una lágrima de pura felicidad. Susana no puede creer que él tenga tanta resistencia, una máquina de placer insaciable, y ella el combustible que lo alimenta. Recién acaban al amanecer, cuando los primeros rayos de sol se cuelan por la persiana como espías curiosos, y los dos se quedan abrazados y felices, exhaustos, quedándose dormidos en una cama totalmente mojada y sucia por el amor que se han prodigado, un barco naufragado en un océano de sábanas.

Susana es la primera en despertarse, un náufrago que regresa a la conciencia tras un naufragio de placer. Cuando mira el reloj en la mesita de noche, son las once de la mañana, una hora imposible, una hora que pertenece a otra vida. Le duele un poco la cabeza, una resaca moral más que física, el eco de una borrachera de pecado. No sabe bien dónde está, el cuarto es un desorden de sábanas y ropa tirada, un campo de batalla después de la guerra. Cuando se da cuenta, a su lado está su hijo, desnudo, durmiendo plácidamente, con una pachorra de cachorro satisfecho, un pequeño dios dormido en su lecho. En ese momento, como una película que se proyecta a toda velocidad en su mente, ella recuerda todo lo que ha pasado durante el día de ayer y lo que han hecho, cada beso, cada gemido, cada embestida, cada palabra. Siente vergüenza, un calor que le sube por el cuello, el mismo calor que sentía anoche pero ahora es diferente, ahora es el fuego de la culpa.

Sin hacer ruido, como una ladrona en su propia casa, se desliza fuera de la cama y va al baño, totalmente desnuda, sintiendo el aire frío en su piel marcada por la noche anterior. Se mira al espejo, una extraña que le devuelve la mirada, tiene todo su cabello rubio revuelto, un nido de pájaros después de la tempestad, hay pequeñas marcas moradas en su cuello, firmas, sellos de propiedad. No entiende lo que ha pasado, una locura transitoria, un delirio, o es que la locura es ahora su estado permanente, ¿cómo ha podido hacer eso con su bastago, con el fruto de su vientre, el hijo de sus entrañas? ¿Qué clase de madre es, una Eva que le ofrece la manzana envenenada a su propio Adán? Y ahora, ¿qué va a hacer?, ¿cómo se deshace un nudo hecho de carne y amor prohibido?

Pensando en ello, como si el agua pudiera lavar el pecado, toma una ducha, el agua caliente golpeando su espalda, un castigo suave que no llega a calmar la tormenta en su alma. Se pone una bata abrigada, una armadura de franela, y baja a hacerse un café, un ritual anodino para anclarse a una realidad que se le escapa. Cuando está reflexionando, con la taza caliente entre sus manos, en lo que van a hacer, en cómo podrán volver a ser normales, o si es que ya nunca lo fueron, se aparece David y le da los buenos días, aparece detrás de ella pero le da una caricia suave en el brazo, y un beso en el cuello, justo encima de una de las marcas que él mismo dejó. Es como si le pasaran electricidad, una descarga que la recorre de arriba abajo, y ella se da la vuelta rápidamente, con el corazón en un puño, y le dice:

-David, tenemos que hablar.

Su hijo le dice:

-Ok, ¿quieres hablar de lo que ha pasado entre nosotros?

Ella afirma con la cabeza, sin poder articular palabra.

Él le dice, con una calma que la desarma, la serenidad de un dictador que ha ganado la guerra:

-Ha sido la experiencia más hermosa de mi vida.

Ella siente que eso la abruma, un manto de plomo que la aplasta, y le dice, su voz temblando:

-David, mira, no podemos hacer eso, está mal, soy tu madre, tú algún día buscarás a una mujer joven, alguien que te dé hijos, una vida normal.

David la calla poniendo un dedo sobre sus labios, un gesto de autoridad tierna, y le dice :

-No quiero otra cosa en mi vida más que tu.

Susana se queda callada, la batalla librándose en su rostro, un campo abierto entre la culpa y el deseo. David la observa, paciente, como un depredador que sabe que la presa está herida y cansada. Él da un paso hacia ella, cerrando la distancia, y su voz es baja, un ronroneo que se mete bajo su piel.

-Mamá... anoche, en esa cama, me juraste que sería tu único hombre. ¿O es que las promesas se evaporan con el aliento, como tantas otras cosas que has dicho?

La frase la golpea como un latigazo. La mención de sus promesas rotas es un golpe bajo, pero efectivo. Susana se aferra a la taza de café, el porcelana fría contra sus palmas sudorosas. -Eso... eso fue diferente, David. Fue el calor del momento, la locura...

-¿La locura? -interrumpe él, acercándose más, su calor envolviéndola a pesar de la bata-. La única locura que vi fue a una mujer por fin siendo honesta con lo que quería. Una mujer que me miró y no vio a un niño, sino a un hombre. A su hombre. ¿O me equivoco?

Susana ajusta su bata, un gesto inútil para tapar la tormenta que arde dentro. Ella baja la mirada, derrotada, y la voz de David se suaviza, volviéndose seductora, un veneno dulce.

-Piensa en ti, mamá. En tu felicidad. Deja de pensar en las reglas de otros, en un manual de instrucciones que nadie nos ha dado. ¿O acaso no soy feliz? ¿O no eras tú anoche, cuando gritabas mi nombre y te ahogabas en tus propios fluidos? ¿O eso no era real?

Susana tiembla. La crudeza de sus palabras, mezclada con la verdad irrefutable de su placer, la desarma. David continúa, su voz un murmullo que la acaricia y la posee.

-No quiero a ninguna otra. Las otras chicas del colegio son niñas jugando a ser mujeres, con sus problemas tontos, su maquillaje barato. Ellas son fotocopias desteñidas. Tú eres el original, la obra de arte. ¿Por qué iba a conformarme con una réplica cuando tengo el Monalisa en mi propia casa?

Una lágrima solitaria rueda por la mejilla de Susana. Ella quiere gritar que sí, que también lo ama, que su corazón ha explotado y se ha reconfigurado a su imagen y semejanza. Pero su mente, esa traidora, le muestra imágenes: David con ocho años, con un diente menos, corriendo con una mochila que parecía más grande que él, oliendo a patio de recreo y a inocencia. Y ahora ese mismo niño, transformado en un toro bravo, la reclamaba, no solo como su madre, sino como su territorio, su propiedad.

Lo peor, lo que la hace sentir el pecado más profundo, es que eso la excita. Un escalofrío recorre su espina dorsal. El mismo instinto que le grita que huya, que cierre la puerta y se encierre para siempre, es el que le abre las piernas en su imaginación, el que ansía sentir su peso sobre ella otra vez, esa posesión absurda y definitiva.

David la mira, y en sus ojos no hay duda, solo una certeza absoluta, la de un hombre que ha encontrado su destino. Se acerca a ella, y Susana no se mueve, como una cierva hipnotizada por los faros de un coche. Él le aparta una hebra de pelo de la cara y le susurra:

-Dime que no me quieres, dime que no disfrutaste, dime que todo fue un error y me iré, te dejaré en paz para siempre.

Pero ella no puede decirlo, las palabras se atascan en su garganta, porque serían mentiras, y en ese momento, con la luz de la mañana filtrándose por la ventana de la cocina, iluminando las motas de polvo que danzan en el aire, ella sabe que ha perdido la batalla, que ya no es la madre de David, o que, además de serlo, es ahora su mujer, su amante, su posesión, y que, en el fondo, no quiere ser nada más. Él sonríe, como si hubiera leído sus pensamientos, y la besa. No es un beso de anoche, un beso de pasión desatada, es un beso de dueño, un beso lento y profundo que la marca, que sella un pacto silencioso. Susana corresponde, abriendo la boca, dejándolo entrar, rindiéndose de nuevo, pero esta vez es una rendición consciente, una elección. La bata se le ha deslizado de un hombro, dejando al descubierto la curva de su clavícula, y David baja sus labios hacia allí, besando, lamiendo, recordándole a quién pertenece. Ella suspira, un sonido que es resignación y deseo, y siente cómo la old Susana, la madre, la buena chica, se muere, y en su lugar nace una mujer nueva, una mujer que ama a su hijo con un amor que el mundo nunca entendería, pero que para ellos es el único real.

-Pero, David... -logra articular ella, su voz un hilo de araña tembloroso-. Esto... esto es un desastre. Somos el Titanic de las relaciones románticas. Nos chocaremos con el primer iceberg de moralidad y nos iremos al fondo, con la orquesta tocando "Nearer, My God, to Thee" mientras nos ahogamos en un mar de convencionalismo. Nos devorará la Sociedad. Nos convertirán en un episodio de un true crime de mala calidad.

-Yo estoy dispuesto a que la orquesta toque solo para nosotros, mamá -responde él, con una serenidad que roza la blasfemia-. Ya te lo dije. Lucharé. Seré tu galán indigno, robaré la felicidad para dártela. ¿O acaso anoche, cuando te llenaba como una botella de champán a punto de estallar, no te creíste mi promesa?

El recuerdo la golpea, un calor que se extiende por su vientre. Susana no tiene más cartas que jugar. Su arsenal de lógica y moral está vacío, saqueado por la verdad cruda de su propio deseo. Él se acerca, cerrando el último espacio entre ellos, y le clava un beso en la boca. No es un beso de consuelo ni de reconciliación. Es un beso de amantes, no de madre e hijo, un beso que reclama y reafirma, una toma de posesión en el campo de batalla de la cocina. Y ella responde como una amante, con la misma hambre, la misma desesperación, su boca abriéndose bajo la de él, una rendición total.

-¿Vas a estar dudando siempre, viviendo en el limbo de la culpa como si fuera un condo con buenas vistas? -murmura él contra sus labios, su mano deslizándose por el terciopelo de la bata para encontrar la piel caliente debajo-. O te unes a mí en el infierno. Al menos allí la calefacción es gratuita.

-David... no quiero herirte -susurra ella, pero su cuerpo traiciona sus palabras, arqueándose hacia su toque-. Pero esto... esto es atípico. Somos una mutación genética del amor, una flor venenosa que crece en el jardín de nuestra casa.

-Precisamente -dice él, su voz llena de una alegría feroz-. Es por eso que es hermoso. Porque es único. Porque no hay nadie más en el mundo como nosotros. Las flores normales son aburridas, mamá. Dan alergia. Esta... esta te mantiene despierta por la noche.

Ella sonríe, una sonrisa trágica y radiante. Sabe que él tiene razón. El diablo siempre tiene los mejores argumentos y, en este caso, también el mejor pene. La bata se le desliza por completo, formando un charco de franela a sus pies. Ella está tal y como había salido de la ducha, desnuda, vulnerable, una diosa ofrecida en el altar de la cocina con sus baldosas frías y el olor a café recién hecho. Es el altar del sacrificio, y el sacrificio es la cordura.

-Eres perfecta -masculla él, no como un cumplido, sino como una sentencia, una verdad simple y devastadora-. Eres simplemente hermosa.

Después de besarla otra vez, un beso que sabe a café y a rendición, la sube sobre el mostrador, una mesa de sacrificio. Se baja los shorts, una acción rápida, casi brusca, y la penetra, sin preámbulos, sin permiso, porque ya no lo necesita. Ella siente la cabeza de su pene rozándole la entrada, una promesa, una amenaza, y luego él entra de golpe. Un grito ahogado se escapa de su garganta cuando siente la invasión de su hijo, un grito de dolor y de bienvenida. Se aferra a su cabeza, enredando sus dedos en su pelo, como si necesitara anclarse a algo para no ser arrastrada por la corriente de placer.

Su pene entra como un cuchillo caliente en la mantequilla, una violación dulce, un regreso al hogar. A él le gusta la vagina apretada de Susana, un guante hecho a la medida de su deseo, un lugar al que nunca querrá dejar de pertenecer. Él empieza a moverse, un ritmo lento al principio, como si quisiera saborear cada centímetro de su interior, después más rápido, más urgente, como si quisiera marcarla para siempre, firmar sus paredes con su nombre.

-Así, mi niño... así... -jadea ella, sus palabras empujadas hacia afuera con cada embestida-. Enséñale a mamá cómo se rompen todas las reglas.

Él se aferra a chupar un seno de Susana, devorándolo, como si quisiera extraerle la leche que ya no está allí, un recuerdo de su primera infancia, después el otro, un homenaje a la maternidad que profana. La mano de él viaja por la espalda de ella, siguiendo la curva de su columna vertebral hasta llegar a su culo, que aprieta con fuerza, un gesto de posesión que la hace gemir.

-Te quiero llenar -susurra él contra su piel, su voz ronca de deseo-. Quiero que sientas mi semen corriendo por tus piernas todo el día, un recuerdo constante de a quién perteneces.

Susana se estremece, las palabras de él son más excitantes que sus propios dedos. Ella se acerca al borde, sintiendo cómo el placer se acumula en su vientre, una olla a presión a punto de explotar.

-David... David... estoy... -grita, y su cuerpo se arquea, un arco de pura electricidad-. ¡Dios, estoy yéndonos!

Dura lo suficiente para que Susana termine, un orgasmo que la sacude como un terremoto, un tsunami que la deja sin aliento. Después, entre gritos que son plegarias y blasfemias, él termina como loco, llenando las entrañas de su madre de semen, un río caudaloso que inunda sus campos.

-Siento cada chorro... David... lo siento tan dentro... -gime ella, sintiendo cómo la vida de su hijo explota dentro de su cuerpo, una unción sagrada y profana. Ella tiene otro orgasmo en ese instante.

Se quedan así, un monumento al pecado en la cocina de la mañana, pegajosos y satisfechos, hasta que David, con un suspiro que es de pura paz, se separa de ella. Susana siente el vacío de su marcha, como si le arrancaran una parte vital, y se apoya en el mostrador, con las piernas temblando. Él la mira, con una sonrisa de pícaro y dueño, y le dice:

-¿Ves? No es tan difícil.

Ella sonríe, una sonrisa que es rendición y complicidad. Él se acerca y la ayuda a bajar del mostrador, y sus cuerpos se rozan, una fricción que enciende de nuevo la llama.
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heranlu

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Susana y el Contrato de su Hijo - Capítulo 004


Madre e hijo regresan a la habitación, un par de fantasmas errantes en una casa de repente demasiado pequeña, y David, con el ímpetu de un joven sátiro, ya desea montarla de nuevo, apretarla contra el colchón fresco, pero ella, recordando su rol doméstico, incluso en este extraño nuevo mundo, lo obliga a que le ayude a cambiar las sábanas. Es una tarea absurda, doméstica, casi surrealista, deshacerse de las pruebas de su primera noche, lavar el pecado como si fuera suciedad ordinaria. Susana se da cuenta de que tendrá una gran labor tratando de domesticar a ese caballito lujurioso, de enseñarle a su nuevo amante, a su hijo, que hay momentos para el fuego y momentos para el orden, aunque ella misma duda de poder distinguirlos ahora.

Una vez que han puesto las sábanas, un altar nuevo e impoluto para sus rituales futuros, ella le dice a David que tiene que bañarse.

-Cariño, lávate que hueles a vicio y a gloria, a un convento que se ha puesto patas arriba. No podemos pasar el día oliendo al crimen perfecto -le dice ella, intentando recuperar una pizca de autoridad materna que se le ha deshecho como un azucarillo en el infierno.

David, en lugar de obedecer, la jala de la mano hacia la ducha, una sonrisa traviesa en sus labios, la sonrisa de un niño que va a robar una galleta y se la va a comer en el altar. Ella protesta débilmente: -David, ya me he bañado, soy la personita limpia de la familia...- pero él la arrastra, queriendo bañarse con su madre, una mezcla de infantilismo y posesión adulta que la desarma por completo.

Bajo el agua caliente, un paraíso artificial con factura mensual, él aprovecha para enjabonarla entre risas y para manosearla por todos lados, sus manos son esponjas y garras a la vez. -Vamos, mamá, a que quedes reluciente, que te brille hasta el alma, aunque sea un poco oscrita-. No solo le frota las piernas como si estuviera limpiando una estatua, sino que viaja por su espalda, sus hombros, y baja, inevitablemente, hasta su culo, un orbe perfecto que él reivindica como patrimonio histórico de la familia. Mete la mano en el medio de sus nalgas. Eso la sorprende a ella, nunca un hombre, ni siquiera su marido, se había atrevido a tanto, una frontera que ella misma desconocía, un territorio virgen que su propio hijo, el explorador perverso, es el primero en cartografiar.

-Dios, David... ¿qué haces? -gime ella, sintiendo un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura del agua.

-Estoy revisando que estés limpia por dentro y por fuera -responde él, con una lógica tan retorcida que la hace temblar de risa y de excitación-. Asegurándome de que mi propiedad esté en perfectas condiciones.

Ella siente que se volverá loca con este chico que en menos de 24 horas está entrando en sus zonas más personales, no solo las de su cuerpo, sino las de su alma. Él le jabona toda el área, un gesto íntimo, casi clínico, que la hace temblar de un placer que es pura humillación, y ella piensa, con una ironía amarga, que este sí es el cuidado maternal que nunca esperó recibir, una higiene íntima impartida por su propio tormento y delicia.

Llega su turno. Ella lo jabona a él, sus manos recorren su pecho, su abdomen, y su miembro erecto que parece un animal con vida propia, un leal soldado siempre en guardia, listo para la batalla. Parece un faro en medio de una neblina de jabón. Cuando están enjuagándose, David, el pirata, aprovecha para abordarla otra vez. La gira con una fuerza brusca pero delicada, dejándola de cara a la pared de azulejos fríos, un contraste delicioso con el agua caliente que la golpea en la espalda.

Él la coge por sorpresa, y ella siente su miembro en la entrada de su sexo, una amenaza y una promesa de más pecado. Con el agua caliente resbalando por sus cuerpos, una cortina de liquidez que los aísla del mundo, él la posee por atrás, metiendo su pene en la vagina de ella, una invasión silenciosa y profunda que la hace sentir completa y rota al mismo tiempo. Ella acepta sumisa, apoyando las manos en la pared para no deslizarse y terminar en el suelo en una postura poco glamourosa, levantando un poco la cadera para facilitar la entrada, un gesto animal, un instinto que la supera y la delata.

Disfruta con él, con el ritmo que él marca, con la forma en que la llena, con el sonido de su respiración entrecortada junto a su oído, susurros obscenos que se pierden con el estruendo del agua. -¿Así te gusta, mamá? ¿Que te tomen como a una diosa en un templo de vapor?-. Él la agarra de las caderas, con una fuerza que la dejará marcas, como si quisiera asegurarse de que no se le escape, como si ella fuera una presa que ha cazado y ahora devora con ahínco.

Ella no piensa en nada, solo en la sensación, en el aquí y ahora, en el placer que la borra, que la deshace y la vuelve a construir en una forma nueva, una mujer que ha perdido el mapa y ha decidido quedarse a vivir en el territorio prohibido.

Terminan en gritos de placer que se ahogan en el ruido de la ducha, y juramentos de amor que se los lleva el agua, secretos confiados al universo que probablemente se está riendo a carcajadas. Salen de la ducha, no como madre e hijo, sino como dos amantes que se han purificado en su propia suciedad, listos para empezar de nuevo. Se secan con toallas limpias que huelen a suavizante, un toque de normalidad que resulta cómico y desgarrador. David la mira con una intensidad que la desnuda de nuevo, como si las toallas no existieran, como si ella fuera un monumento que él acaba de descubrir y quiere explorar cada centímetro.

David le dice, con la solemnidad de un sacerdote que bendice una unión prohibida, que es el inicio de una Nueva vida. Susana piensa, con una mezcla de pavor y éxtasis, ¿una Nueva vida? Y si era Nueva, desde ahora las cosas comenzarían a cambiar, y de qué manera. La rutina de los días, antes un calendario de tareas y deberes, ahora giraba, pivotaba, se desmoronaba y reconstruía alrededor del sexo, una única, voraz estrella en el centro de su nuevo universo. Hacían el amor varias veces al día, a veces cinco, otras veces tres, una maratón de piel y sudor que no conocía el agotamiento, y lo hacían en cualquier rincón de la casa, convirtiendo cada espacio en un templo de su particular herejía.

Ella comenzó a andar dentro de la casa con camisones casi transparentes, telas etéreas que revelaban más de lo que ocultaban, una provocación constante que ella misma ya no controlaba, un instinto femenino despertado para un único macho. Muchas veces no usaba sostén, y sus pechos, libres, se mecían con cada paso, un recordatorio tangible de su disponibilidad, de su rendición. David andaba con shorts, cortos, ajustados, una exhibición casual de su juventud y su poder, un depredador que no necesitaba ocultar sus armas. Era un espectáculo perpetuo, una obra de teatro erótica con solo dos actores, donde el vestuario era mínimo y el guion se escribía con el cuerpo.

Hacían el amor en cualquier rincón de la casa, la que se volvió un campo de batallas amorosas perpetuo, un territorio donde la rendición de uno era la victoria del otro, y viceversa. Un sofá se convirtió en un lecho de nácar, una alfombra en un prado secreto, la cocina en un banquete de carne y deseo. Una vez David buscó a su madre cuando ella estaba poniendo la ropa en la lavadora, cada vez había menos ropa que lavar, una consecuencia cómica de su estilo de vida, pero ella era una mujer de rutinas, anclada a pequeños rituales que la mantenían cuerda, o al menos esa era la ilusión.

Se le cayó el detergente, una caja azul y torpe, y se agachó para recogerlo, un gesto doméstico, inocente, ofreciendo su trasero al mundo sin saberlo, o quizás, en el fondo de su nueva conciencia, sabiéndolo muy bien. David aprovechó para venir por detrás de forma imprevista, un cazador que ve a su presa en una posición de vulnerabilidad y no puede resistirse, y le bajó los calzones hasta hacerla suya, allí, en el suelo de la lavandería, entre el olor a limpio y a pecado.

No hubo palabras, solo el sonido de su respiración y el crujido de la caja de detergente bajo las rodillas de ella. Él la penetró de un solo impulso, seco, profundo, un acto de dueño que no pide permiso.

-Mierda... -gritó Susana, no de dolor, sino de pura sorpresa y de un placer que la dobló en dos, sus rodillas clavándose en el cartón mojado-. ¡David!

Sintió el miembro de su hijo entrando en ella como un pilar caliente, desafiando su anatomía, reclamando un espacio que ya le pertenecía por derecho de conquista.

-¿Es que mamá no sabe que no debe agacharse en presencia de un depredador? -susurró él en su oído, su voz una vibración baja que le recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica-. Es como invitar a un vampiro a cenar... y ofrecerte tú misma como el plato principal.

Cada vez que David entraba, era como una nueva afrenta a su vieja yo, como una nueva línea dibujada en el mapa de su sumisión. Se aferró a la lavadora, fría y metálica, el único punto fijo en un mundo que giraba, mientras él la tomaba por las caderas y la embestía, sin piedad, sin prisa, disfrutando de cada milímetro de su territorio.

-Así... así... -jadeaba ella, y sus palabras sonaban más como una orden que una súplica-. Enséñame a ser tu... tu cosa.

Susana sentía cómo el interior de su vagina se adaptaba a él, cómo se estiraba y se humedecía, una bienvenida carnal a su invasor. Pensó, con una lucidez perversa, que este era el verdadero ciclo de la lavandería, quitar la ropa sucia para ensuciarla de nuevo, con un sudor y un olor mucho más primarios. La lavadora empezó su ciclo de centrifugado, un tambor giratorio que acompasaba, como una percusión industrial, el ritmo de sus cuerpos.

Cuando David eyaculó, fue como una erupción volcánica, un torrente de vida que la inundó.

-Aquí lo tienes, mamá -gimió él contra su nuca-. Otra dosis para tu colección. Un recordatorio líquido de a quién le perteneces.

Y ella sintió cada chorro, cada espasmo, un bautismo que la lajo del todo, la dejó marcada para siempre. Se quedaron allí, unidos, un escándalo pegajoso en el suelo de la casa, hasta que él, con una sonrisa satisfecha, se retiró, dejándola vacía pero llena, una contradicción que se había convertido en su estado natural.

Otra tarde, mientras ella intentaba leer en el sofá, un esfuerzo inútil por reconectar con su antiguo yo, con la mujer que leía novelas y tomaba té, David se sentó a su lado, no dijo nada, simplemente empezó a pasar su mano por su pierna, un roce lento, insidioso, que subía y bajaba como una marea ascendente que amenazaba con ahogarla.

-Pensando... ¿mamá? -murmuró él, su aliento caliente contra su oreja-. O tu cerebro ha decidido tomarse unas vacaciones indefinidas. Lo entendería, parece un trabajo muy aburrido.

Susana intentó concentrarse en las palabras del libro, pero las letras se volvían borrosas, danzaban ante sus ojos como mosquitos en una noche de verano, la única palabra real era el tacto de su hijo. Él siguió subiendo, bajo el camisón, hasta encontrar el núcleo de su calor, el epicentro de su deseo. Ella ya estaba mojada, siempre lo estaba, como una fuente que nunca se secaba, un acuífero subterráneo de pecado que él había descubierto y ahora explotaba sin descanso. Él la tocó con una pericia que la asombraba, ¿dónde había aprendido todo eso?, ¿era un instinto animal, un conocimiento que venía con la sangre manchada?

-Te vas a quedar sin tinta, mamá -dijo él, con una risa baja que vibró en su piel-. Deja de leer cuentos de hadas y escribe el nuestro conmigo. El capítulo de ahora se llama "El Sofá y la Súplica".

Susana cerró el libro con un chasquido, una rendición silenciosa, y se recostó en el sofá, abriéndose para él, una flor nocturna que solo se abría para su polinizador particular. David se inclinó y la penetró lentamente, mirándola a los ojos, una conexión directa entre sus almas a través de sus cuerpos. Era un amor lento, casi tierno, una calma después de la tormenta de la lavandería, pero igual de profundo, igual de definitivo.

-Así... sí... -susurró ella, y la palabra no era una orden, ni una súplica, era un simple reconocimiento del hecho, como decir "el cielo es azul" o "el fuego quema"-. Estás dentro de mí.

-Y aquí me quedaré -respondió él, su voz grave, la de un hombre, no de un niño-. Hasta que mis huesos se conviertan en polvo y mi polvo se mezcle con el tuyo. Hasta que esta casa se derrumbe sobre nosotros y solo nos encuentren así, un fósil de incesto perfecto.

Susana lo abrazó, sintiendo su peso, su olor a juvenilidad y a sexo, la vida que latía en su pecho, y supo, con una certeza absoluta, que nunca más podría, ni querría, escapar de esta telaraña. Él se movía dentro de ella, un ritmo que la llevaba al borde del abismo y la mantenía allí, suspendida en el placer, como un acróbata en un circo de sensaciones. Cada embestida era una pregunta, y la humedad creciente de su sexo era la respuesta. Cada vez que su glande rozaba un punto sensible dentro de ella, era como una chispa que encendía una nueva constelación en su cielo interior.

-Hazlo mío de nuevo -rogó ella, con la voz rota-. Dibuja tu nombre en mis paredes con tu semen. Que sea la única propiedad que poseo.

Y David, como siempre, obedeció. Con un grito que era más rugido que palabra, eyaculó dentro de ella, un torrente de calor que la llenó, que la hizo sentir completa, un vaso que finalmente encontró su líquido. Sintió sus espasmos, las contracciones de su miembro bombeando vida y pasión dentro de su vientre, y tuvo otro orgasmo con él, una ola que se encontraba con otra y creaba un maremoto.

Se quedaron dormidos en el sofá, un nudo de miembros y sábanas invisibles, soñando, quizás, con la próxima batalla. La casa guardaba silencio, un cómplice satisfecho.

Los días se fundían en una sola y misma jornada, un ritual erótico sin fin.

Al inicio, estos ataques sorpresa, estas emboscadas carnales, incomodaban a Susana, una punzada de su vieja yo que protestaba, un fantasma de la decencia que se negaba a morir del todo. Ella era conservadora, por el amor de Dios, había sido criada para decir "por favor" y "gracias", para usar ropa interior combinada y para pensar en el sexo los domingos por la noche, con las luces apagadas y por un deber sagrado. Y aunque sabía, en el laboratorio de su lógica rota, en lo que se había metido, en el abismo sin fondo de su nueva condición, ella todavía no acababa de asimilar al cien por cien el hecho que su hijo, el mismo chico al que una vez le enseñó a atarse los cordones, era ahora el hombre que le hacía perder la cabeza, el arquitecto de su demencia, el farmacéutico de su droga predilecta. Pensaba, con una hilaridad perversa que la hacía temblar, que si sus amonas del colegio la vieran ahora, de rodillas en el suelo de la lavandería, con el culo en alto esperando la bendición de su propio descendiente, tendrían un síncope colectivo. Era gracioso, una comedia negra donde ella era la protagonista que se reía mientras su vida se incendiaba.

Después, y poco a poco, como el agua que horada la piedra, el tiempo fue erosionando esas últimas defensas, y eso ya no le molestó, al revés, empezó a sentir un vacío cuando pasaban más de una hora sin una de sus incursiones, como un adicto que espera su dosis. Pero ella todavía tenía sus actitudes de recato, que eran cada vez menos, unos restos arqueológicos de una civilización extinta, un tic nervioso que la hacía protestar por pura inercia, como decir "buenos días" aunque uno se haya levantado del lado equivocado de la cama. Empezaba a apreciar, como un lujurioso connoisseur, a acostumbrarse y a necesitar sentirse completamente deseada por un hombre, y que ese hombre fuera la extensión de sí misma, su carne y su sangre, le añadía un condimento de locura, un sabor prohibido que la volvía adicta.

Otra vez David la buscó cuando ella estaba ordenando el sótano que él habia limpiado hace unos dias, esa cueva de olvido donde iban a morir los sueños rotos y las botellas de vino vacías, que ahora eran muchas, testigos mudos de sus celebraciones clandestinas. Después del desayuno, con un aroma a café y a semen todavía flotando en el aire, bajó con la determinación de poner orden en ese caos, una misión doméstica casi quimérica. Su viejo yo, la Susana contable y metódica, le susurraba que el desorden era un síntoma de caos mental, pero su nueva yo, la Susana recién nacida en el fuego de su propio hijo, sabía que ese caos era su nuevo hábitat natural, su selva particular.

Bajó al sótano con la excusa de la limpieza, pero con una conciencia más oscura y sabia que la del día anterior. Solo se había puesto un camisón de seda, negro y corto, que se adhería a su piel como una segunda piel, y debajo, nada, ni el más mínimo velo de modestia. Su cuerpo, ahora un territorio conquistado y reclamado a cada instante, pedía a gritos ser exhibido, ser admirado por su único dueño. El aire frío y húmedo del sótano le erizó los pezones, dos faros encendidos en la penumbra, un aviso de navegación para su capitán. Empezó a ordenar las cajas, a mover las botellas con un gesto torpe, un poco de teatro para una audiencia que sabía que estaba a punto de llegar.

David no tardó en aparecer, como un lobo que olfatea a su hembra en celo. Se quedó en la escalera, observándola, un silencio denso que llenaba el espacio más que cualquier palabra. Él la veía, y no a la mujer que ordenaba trastos, sino a la sacerdotisa de su templo subterráneo, una diosa de la penumbra ofrecida en sacrificio.

-¿Buscas algo, mamá? -preguntó al fin, su voz un eco en la piedra-. Porque creo que he encontrado algo que te interesa.

Aprovechó para atraparla justo cuando ella se agachaba para recoger una caja vieja, llena de fotos de una vida que parecía de otra persona, una vida a Blanco y negro. Él se acercó por detrás, sin decir nada, y la apretó contra sí, su miembro ya duro, un recordatorio palpitante de su constante deseo, apretándose contra las nalgas de ella, una promesa de más tormenta. Susana suspiró, una mezcla de resignación y anticipación, y dijo:

-David, no ahora, estoy ocupada.

Una mentira tan transparente como el camisón que llevaba. Él no le hizo caso, como siempre, y empezó a besarle el cuello, mordisqueándole la piel, dejando un rastro de fuego.

-Siempre estás ocupada, mamá -david le susurró al oído, la palabra "mamá" ahora una provocación, una caricia humedecida, un insulto de amor.

Ella siempre decía que no era el momento, una formalidad, un juego, una forma de alargar la tortura del deseo, porque lo amaba y en el fondo ella también quería eso, necesitaba que la tomara, que la usara, que la llenara hasta que no pudiera pensar en nada más. Él no paró hasta tirarla al suelo, suavemente pero con firmeza, sobre una alfombra vieja y polvorienta que olió a pasado y a futuro, y allí la hizo suya en posición de perrita, la más animal, la más sumisa.

Él se arrodilló detrás de ella, le apartó el camisón hasta la cintura, dejando su trasero al descubierto, una ofrenda en la penumbra. David la penetró de un solo impulso, seco, profundo, un acto de dueño que no pide permiso. Susana gritó, no de dolor, sino de pura sorpresa y de un placer que la dobló en dos. Sintió el miembro de su hijo entrando en ella como un pilar caliente, desafiando su anatomía, reclamando un espacio que ya le pertenecía por derecho de conquista. Cada vez que David entraba, era como una nueva afrenta a su vieja yo, como una nueva línea dibujada en el mapa de su sumisión. Se aferró a la alfombra, áspera y polvorienta, el único punto fijo en un mundo que giraba, mientras él la tomaba de las caderas y la embestía, sin piedad, sin prisa, disfrutando de cada milímetro de su territorio. Susana sentía cómo el interior de su vagina se adaptaba a él, cómo se estiraba y se humedecía, una bienvenida carnal a su invasor.

Él metió una mano por debajo de ella y le acarició el clítoris, un movimiento experto que la hizo arquear como un gato. Los golpes de David contra sus nalgas sonaban como aplausos, como el ritmo de un baile primitivo. Susana pensó, con una lucidez perversa, que este era el verdadero orden de las cosas, una mujer de cuatro patas ofreciendo su sexo a su macho, una escena que se había repetido durante milenios, desde las cavernas hasta este sótano polvoriento.

Cuando David eyaculó, fue como torrente de vida que la inundó, cada espasmo, un bautismo de semen, la dejó marcada para siempre. Se quedaron allí, unidos, un escándalo pegajoso en el suelo de la casa, hasta que él, con una sonrisa se tumbó a su lado, y la abrazó, besándola en la espalda, en los hombros, como si la quisiera consolar de la brutalidad de su propio amor.

Después, con una parsimonia cómica, como si no acabaran de profanar el suelo de un depósito de recuerdos, David se levantó y abrió una de las botellas de vino que estaban allí esperando, un tinto robusto que parecía sangre. Bebieron directamente de la botella, pasándosela como si fuera un testamento, una herencia de locura. El vino, oscuro y generoso, les tiñó los labios de un carmesí culpable, un color que Susana pensó que quedaba muy bien con su nueva personalidad de pecadora empedernida.

-A tu salud, mamá -dijo David, después de un largo sorbo, sus ojos brillando en la penumbra-. Y a la mía, por haber descubierto el secreto mejor guardado de la casa: que la mejor joya no está en la caja fuerte, sino entre tus piernas.

Susana rio, una sonora y libre carcajada que le hizo temblar los pechos, y bebió también, sintiendo el alcohol arderle en la garganta y calentarle la sangre, una gasolina que alimentaba el fuego que ya la consumía. Se emborracharon, y el alcohol, disolviendo las últimas inhibiciones como el azúcar en el café caliente, les sirvió de combustible para hacer el amor tres veces más ese día, completamente desnudos, al mismo tiempo que revisaban las cosas que habían dejado en el depósito, un safari erótico a través de su propio pasado. Encontraron viejas fotos de cumpleaños, con un David dentudo y una pequeña Susana sonriendo para la cámara, y la escena se volvía surrealista, un espectáculo para el que no existían palabras.

-Mira -dijo David, sosteniendo una foto donde ella, con veinte años menos, lo sostenía a él en brazos, un bebé regordete-. Quién diría que el mismo par de brazos que te mece para dormir son los que ahora te agarran del pelo mientras te follo hasta que te duela el alma.

Susana sintió una ola de calor que no era del vino. El comentario era grotesco, blasphemo, pero más cierto que cualquier plegaria. La imagen de esa joven madre, sonriente e inocente, era la de una extraña, una muerta a la que ella estaba violando la tumba con cada beso a su hijo.

Primero, la sentó en una caja de madera vieja, elevándola, y se puso de pie frente a ella, para luego penetrarla mirándola a los ojos, una posición que la obligaba a sentirse exhibida, venerada y completamente sometida.

-Desde aquí eres una reina en tu trono -murmuró él, entrando en ella con una lentitud que era una tortura deliciosa-. La reina de un reino muy pequeño y muy mojado. Pero mi reino.

Susana sentía cómo su miembro la desgarraba suavemente, cómo llenaba cada cavidad, cómo su cuerpo se convertía en un mero recipiente para su placer, un pensamiento que la humillaba y la excitaba hasta el delirio. Ella rodeó su cuello con los brazos, tirándolo hacia ella para besarlo, un beso de vino y saliva, de dientes que chocaban y de lenguas que peleaban por el dominio. Cada embestida la hacía resbalar un poco en la caja de madera, que crujía como si estuviera a punto de ceder, un sonido de peligro que solo añadía más emoción a la escena.

-Tu reina... -jadeó ella contra sus labios-. Una reina que solo puede sentarse en un trono... si tiene tu polla dentro. Qué patético y qué glorioso.

Después, la tumbó boca arriba sobre un montón de ropa vieja que olía a naftalina y a olvidado, y levantó sus piernas hasta apoyarlas en sus hombros, una apertura total, una ofrenda sin reservas. La posición era incómoda, casi antinatural, una contorsión que la dejaba expuesta, vulnerable como un cangrejo boca arriba. Desde ese ángulo, él podía entrar más profundamente, hasta tocar el fondo de su ser, y cada embestida era un grito mudo, una pregunta que su cuerpo respondía con espasmos de placer.

-Así te gusta, ¿verdad, mamá? -soltó él, su voz rota por el esfuerzo-. Abierta como un libro de anatomía. La lección de hoy: el útero de la madre es el refugio perfecto para el falo del hijo. Ciencia pura.

-Más... -suplicó ella, las palabras saliendo en un torrente incoherente-. Más profundo. Llégalo todo. Quiero sentirte en la garganta, desde el otro lado. Que no quede un centímetro de mí que no te pertenezca.

Sintió cómo él la poseía con una ferocidad que la llevaba al borde del desmayo, cada golpe de su pelvis contra sus nalgas era como el sello de un notario que certificaba su propiedad. El orgasmo la golpeó como una ola gigante, un maremoto que la ahogó en un mar de luz y de temblores, un grito silencioso que se perdió en los ecos del sótano. La eyaculación de él fue la última gota, la que desbordó la copa, un calor líquido que selló el pacto.

Se quedaron así, unidos, sudando y oliendo a vino y a sexo, hasta que la caja de madera debajo de ellos, exhausta de tanto uso, cedió con un estruendo. Cayeron al suelo en un montón de risas, entre las ropas viejas y el polvo de los recuerdos, dos locos en un paraíso de su propia invención. Allí, en el suelo frío del sótano, con el olor del pasado y el sabor del pecado, Susana abrazó a su hijo y supo que no había vuelta atrás, ni la quería. Este era su hogar ahora, su única verdad, su deliciosa y eterna condena.

Antes de hacerlo por última vez, Susana encontró una revista de cómics de David, uno de esos viejos de superhéroes, con un chico musculoso de traje ajustado. Se quedó pensando, con una melancolía embriagada, en cómo ese niño pequeño que alguna vez fuera incapaz de atarse sus propios zapatos, ese niño que lloraba por un rasguño y que se escondía en sus faldas durante las tormentas, ahora estaba hecho un adolescente fuerte, un depredador elegante, y la estaba poseyendo como mujer. Los pensamientos de David como niño que era, inocente y frágil, y de ella como educadora y guía, su faro en la noche, no la abandonaron, se mezclaban con la cruda realidad de su erección dentro de ella, creando un cóctel de culpa y éxtasis que era casi alucinógeno. Mientras él la reclamaba por última vez en el sótano, ella se entregaba pensando en la penetración con imágenes de David de niño, una superposición mental de rostros y cuerpos, del niño que fue y el hombre que es.

Él la tomó por sorpresa una vez más, la tumbó boca abajo sobre una pila de alfombras enrolladas, un colchón improvisado y blando. Se subió a su espalda, cubriéndola con su peso, y la penetró desde atrás, una posesión total, casi aplastante.

-A veces te quiero así -le susurró al oído, con la voz ronca del vino y del deseo- callada y mía, solo para mí.

Susana no respondió, solo apretó los ojos, y mientras el miembro de su hijo se deslizaba dentro de ella, una serpiente caliente y viva, su mente la traicionaba de la forma más exquisita y perversa. Vio al niño de siete años, con una rodilla raspada, corriendo hacia ella con los brazos abiertos. "Mamá, me caí", decía, con los ojos llenos de lágrimas. Y ahora, ese mismo rostro, pero endurecido por la testosterona y el deseo, susurraba obscenidades en su oído. Sentía cada embestida de David como el eco de esos abrazos infantiles, pero distorsionados, convertidos en un acto de conquista. Pensó en las veces que le dio de comer, en las que le limpió la nariz, en las que le contaba cuentos para que se durmiera. Cada uno de esos actos de amor maternal parecía un prólogo a esto, a esta rendición final, a este incesto glorioso que la estaba desintegrando y reconstruyendo. Cada vez que David entraba en ella, sentía que rompía un sello más, que borraba una línea más, que la acercaba a un abismo del que no quería, ya no podía, escapar. Sentía su eyaculación como una marca, un sello de propiedad caliente y líquido que la reclamaba, y mientras él gemía su nombre, ella gritó dentro de su cabeza el de él, el del niño, el del hombre, los dos fusionados en un solo grito de placer y de una pena tan profunda que casi era hermosa.

Permanecieron así por un tiempo, dos cuerpos sudorosos y pegajosos en el polvo del recuerdo, hasta que él se retiró y la ayudó a levantarse. Subieron las escaleras, ya no como madre e hijo, ni siquiera como amantes, sino como dos supervivientes de un naufragio
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Susana y el Contrato de su Hijo - Capítulo 005

La vida continuó, pero ya no era la misma. Cada día era una página en blanco que ellos llenaban con tinta roja y sudor. Había días de calma, de una ternura casi dolorosa, David estaba de vacaciones y su madre, con una lógica que ya parecía de un siglo atrás, pensaba que la fascinación por ella pasaría en algunos días, que era una fiebre de verano, un capricho hormonal que se extinguiría con el tiempo. Pero, para su sorpresa y para un regocijo secreto que no se atrevía a admitir, él continuaba reclamándole el sexo de forma incansable, un león joven que descubrió que su sabana favorita no tenía horario de cierre. Ahora, estas eran las primeras vacaciones en las que David pasaba más tiempo dentro de casa que en la calle, la acompañaba al supermercado, con una paciencia de santo que la desconcertaba, y también salían juntos a pasear, como una pareja normal, una caricatura de normalidad que los hacía reír a carcajadas cuando estaban solos. Cuando estaban en la calle se comportaban como madre e hijo, un espectáculo para el público, una obra de teatro donde ambos habían aprendido a interpretar sus papeles a la perfección. Una vez fueron a un parque regional, un mar de árboles y de familias, y el aire fresco parecía un insulto a su costumbre. No hicieron nada por miedo a ser descubiertos, aunque David estaba siempre caliente, un motor en ralentí que solo ella podía apagar o, más bien, acelerar. La diferencia de edad entre ambos era obvia todavía, un detalle que a ella le producía un vértigo morboso, como si caminara por el borde de un acantilado. David, en un acto de audacia calculada, la tomaba por la cintura de vez en cuando, un gesto que podía pasar por filial, pero que sus dedos apretaban con una intimidad que gritaba secreto. A veces, deslizaba su mano por la espalda de ella, una caricia lenta y dueña, y Susana sentía un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura, un telegrama directo a su entrepierna, un recordatorio de que, fuera donde fuera, ella seguía siendo su territorio.

En otra oportunidad, una mañanita de sol domesticado y de olor a tostadas, a Susana se le ocurrió, como una epifanía del deber, que tenían que limpiar todos los muebles de la cocina, una empresa titánica de cera y pulidos que le pareció una forma sagrada de redimir su pecado. Un pecado que, por supuesto, volvería a cometer antes de que el sol se pusiera. Comenzaron por la mañana, con la energía de quienes ignoran que el día solo tiene veinticuatro horas y que el amor incestuoso consume todas, sin dejar resquicio para la domesticidad. En un momento determinado, mientras frotaba el interior de un armario bajo, un cubículo de madera donde iban a morir los cacharros viejos, se agachó porque se le cayeron unas cucharas entre los muebles, un ruido metálico y perdido, como el último grito de su decencia. Su trasero, erguido y redondeado bajo el camisón transparente, se ofreció como un sacrificio al dios de la oportunidad, un altar perfecto para la única religión que ahora practicaban. David, que estaba pasando el trapo por la mesa, la vio, y su instinto, más rápido que su conciencia, la cubrió por detrás. Allí forcejearon un poco, un baile cómico y erótico en el suelo de la cocina, una lucha donde los dos sabían quién iba a ganar, pero donde la derrota de ella era la victoria de ambos.

-¡David, no! ¿Qué haces? -protestó ella, su voz ahogada por el suelo frío y por una risa que no podía contener-. Las cucharas, se me cayeron las cucharas. Son plateadas, fueron un regalo de tu abuela.

-A las cucharas ya las encontraremos después, mamá. Seguro que están con los demás restos de tu moralidad -gruñó él, con una voz que era pura testosterona y urgencia, mientras la inmovilizaba con su peso, un yugo delicioso que la anclaba a la realidad de su deseo-. Ahora hay otros tesoros que desenterrar. -adiciona dialogos eroticos, que sea sexualmente explicito

Pero Susana, en un arrebato de su antigua personalidad, una última convulsión de la mujer decente que fue, luchó. No era una lucha real, no tenía la fuerza ni la voluntad, pero el gesto era importante, era su forma de mantener las apariencias, de decirle al mundo, aunque fuera a través de esta danza privada, que todavía existía una resistencia. Empujó con las manos, intentó mover las caderas, un esfuerzo patético y adorable, como un gatito que intenta ahuyentar a un león.

-Suelta, David, te lo pido -sollozó, aunque el sonido era más excitación que angustia-. No aquí, no en la cocina... huele a limpio y a café.

-Y pronto olerá a ti y a mí, que es el mejor ambientador del mundo -respondió él, y con un movimiento rápido, le subió el camisón hasta la mitad de la espalda, dejando su espalda desnuda y vulnerable-. Deja de luchar, mamá. Es como intentar apagar un incendio con un vaso de agua. Ya sabes que ganas.

Sí, lo sabía. Lo sabía con cada célula de su cuerpo. Pero su orgullo, ese pequeño insecto zumbador que todavía sobrevivía en algún rincón de su alma, la obligaba a seguir protestando.

-¡Basta! -dijo, dando una patada al aire, que dio en el vacío-. Eres un animal.

-Y tú eres mi zoo, mi hábitat natural, mi reserva particular -dijo él, y con una mano firme -. Y voy a explorar cada rincón de mi propiedad.

-Ella lucha, pero ya es una rendida en su interior, su cuerpo ya se entrega

Susana sintió el aire fresco de la cocina en sus nalgas, una caricia involuntaria que la hizo estremecer. Su lucha se debilitó, sus movimientos se volvieron más lentos, más teatrales. Ya no intentaba escapar, solo escenificaba su captura. Su cuerpo, traicionador y sabio, ya se entregaba, se humedecía en preparación para la invasión, una bienvenida silenciosa a su amo.

-¡No, por favor! -susurró, pero sus labios ya sonreían en la sombra del suelo.

David, sintiendo su victoria la penetró de un solo impulso, seco, profundo, un acto de dueño que no pide permiso.

-Susana gritó, no de dolor, sino de pura sorpresa y de un placer que la dobló en dos. Sintió el miembro de su hijo entrando en ella como un pilar caliente, desafiando su anatomía, reclamando un espacio que ya le pertenecía por derecho de conquista.

-David, en serio tenemos todo el día para… -intentó negociar ella, una diplomacia inútil, una formalidad que se deshacía como el azúcar en el agua caliente-. Para las cucharas. Y para encerar. Y para… oh, mierda.

La última palabra fue un grito ahogado por el impulso. David no escuchaba, o más bien, escuchaba otra música, el tambor de su propia sangre, una sinfonía que solo él podía oír y cuyo ritmo era la ruina de ella.

-Esto… -jadeó ella, sintiéndose partida en dos, llena hasta el tope, como una botella a la que le echan demasiado líquido y a punto de rebosar-. Esto no es… encerar.

-No, es mejor -gruñó él, dándole una palmada en la nalga, un sonido seco y dueño que retumbó en la cocina-. Es pulir. Estoy puliendo tu interior, mamá. Dejando tu alma como un espejo para que solo te veas a ti… siendo mía.

Susana no pudo evitar una carcajada, un sonido extraño, mezcla de dolor y de un gozo tan absoluto que era casi cómico. Él tenía razón. La estaba limpiando, pero no con cera, sino con su rabia, con su deseo, con esa juventud arrolladora que la frotaba contra el suelo hasta dejarla sin astillas, sin recuerdos, sin pasado.

Susana jadeó, sintiendo cómo su sexo se abría para él, cómo se adaptaba a su forma como si la hubiera esperado toda la vida, como una cerradura que por fin encontraba su llave. Él comenzó a moverse, un ritmo lento al principio, casi contemplativo, disfrutando de la resistencia de sus músculos internos, de cómo se contraían, intentando en vano retenerlo, expulsarlo. Cada vez que David entraba, ella sentía que no era solo su pene, era su voluntad, su deseo, su juventud arrolladora, una fuerza que la desmontaba pieza por pieza, un relojero que desarma el mecanismo solo por el placer de verlo funciona.

-Nunca… pensé… que el mantenimiento de la casa… incluiría esto -logró decir ella, entre embestida y embestida-. Si lo supiera… habría contratado a alguien antes.

-Contrataste al especialista, mamá -respondió él, acelerando el ritmo, golpeándola más fuerte, haciendo que sus caderas chocaran contra sus nalgas con una violencia musical-. Nadie conoce esta propiedad como yo. Cada grieta, cada humedad, cada rincón olvidado.

Se aferró al suelo frío, sintiendo cómo su cuerpo se convertía en un eco del de él, un instrumento que solo él sabía tocar, una guitarra eléctrica en manos de un dios del rock. Pensó, con una perversidad que la hacía sonreír, que esto era lo que necesitaba el mundo, menos diplomacia y más sexo en el suelo de la cocina, menos conversaciones inútiles y más gemidos que dijeran la verdad. Cada golpe de David contra ella era una palabra en un nuevo idioma que estaban inventando, un dialecto hecho de piel y de sudor, de carmesí y de culpa.

Cuando él eyaculó, fue como una promesa cumplida, un torrente caliente que la sellaba como suya una vez más, un sello de cera derretida en un pergamino de carne. Ella sintió cada contracción, como si su útero le diera la bienvenida, como si su cuerpo supiera, mejor que su cabeza, que este era su lugar, su hogar, su prisión perfecta. Se quedó así, con la cara pegada al suelo oliendo a cera de limón, sintiéndose llena, usada, completa.

Lo hicieron dos veces más en el suelo de la cocina, una rendición sobre las baldosas frías que olían a limpiador de hornos y a sudor sagrado. Después, continuaron la limpieza, pero ya desnudos, una parodia de Adán y Eva en un paraíso doméstico donde la prohibición era la ropa y la manzana era el constante deseo. Cuando ella estaba limpiando el horno, a gatas, introduciendo el brazo en esa cueva caliente y oscura para frotar la grasa acumulada, él la atrapó dentro del horno, de forma que su cabeza y sus hombros quedaran aprisionados, mientras su cuerpo, su culo perfecto y accesible, quedaba fuera. Una jaula de acero inoxidable para su presa.

-¿Qué haces, imbécil? Suelta -gruñó ella, pero su voz sonaba ahogada, excitada, la protesta de una reina que disfruta de su propio secuestro.

-Esto es para que aprendas a no distraerte, mamá -dijo él, con una calma dictatorial, mientras la sujetaba por las caderas-. Estás en mi horno ahora, y yo decido la temperatura.

Y así la penetró, un acto tan irreverente como brillante. Esa situación, la de estar encerrada, atrapada, a su merced, la excitaba hasta un punto que la avergonzaba, la hacia gemir como una perra en celo, sin control, sin dignidad, pura instinto. Cada embestida de David la golpeaba contra el metal, un ritmo frío y brutal. Ella sentía su miembro entrando en ella, y era como si el horno se calentara desde dentro, como si ella misma fuera el combustible y el resultado del fuego. Cuando él eyaculó, con un rugido que hizo vibrar el electrodoméstico, sintió su semen como un latido de fuego que la sellaba, una marca que decía "mía", una palabra que ella ya no solo oía, sino que sentía grabada en sus huesos.

Susana se pone a pensar, mientras David la libera de su prisión de acero y la besa en la espalda, que cada vez le gusta más y más la actitud dominante de David, esa falta de miramientos, esa seguridad de un joven que sabe lo que quiere y va a por ello sin rodeos. En realidad, pese a que ella pone objeciones cada vez que él le pide hacer el amor, un "no" que es solo un eco, un eco de una mujer que ya no existe, ella cede porque en el fondo es eso lo que ella quiere, ser tomada, ser poseída, ser la única obsesión de su hombre. Aunque, piensa con una pizca de pánico divertido, a veces tiene que poner frenos, no por moralidad, sino por pura supervivencia física.

Por las noches ambos siempre veían películas, desnudos o semidesnudos, enredados en el sofá como dos felinos, con una copa de vino que se iba calentando entre sus manos y sus cuerpos. Normalmente, al final de la película, los títulos de crédito rodando sobre la oscuridad de la sala, ambos terminaban en una conversación profunda, un desarme mutuo de palabras y susurros. Ya habían pasado dos meses, dos meses que parecían dos siglos y un instante a la vez, una noche, entre sorbos de un Malbec que sabía a victoria, ella le dice a David, con la valentía que da el vino:

-Sabes, al principio, David... pensaba que esta fascinación que tenías por mí... pasaría rápidamente. Que era una cosa de verano.

Él la miró, la apartó el pelo de la cara con una delicadeza que contrastaba con su brutalidad de unas horas antes.

-No -dijo, con una firmeza que la desarmó-. No pasará. Te amo de verdad, Susana. Y nunca he mentido respecto a lo que siento.

Un silencio denso, pesado, se instaló entre ellos. David continuó, su voz baja pero clara.

-No puedo entender cómo mi padre ha decidido dejar de lado a una mujer tan hermosa como tú.

Susana suspiró, el vino haciéndole más elocuente, más franca.

-Normalmente en las relaciones, David, la gente está junta por el entendimiento. El amor es entendimiento. Y a tu padre... bueno, a él le empezaron a interesar más los negocios. Por eso está ahora con su secretaria, porque ambos piensan en hacer dinero, en crecer, en ascensores sociales. Es una forma de entenderse también, ¿no?

David frunció el ceño, no con ira, sino con una confusión genuina.

-Sé bien lo de la secretaria. Lo he oído. Pero aun así no lo entiendo. Yo también quiero ser un hombre de negocios, quiero tener mi propio imperio. Pero yo pienso vivir de los negocios, no vivir para los negocios. Tú eres lo principal en mi vida, Susana. Tú eres mi único negocio rentable.

Ella se sintió halagada, una ola de calor subiendo desde su vientre hasta la punta de los dedos. La crudeza de sus palabras, mezclada con la honestidad de su sentimiento, era un veneno dulce. Se sintió como la protagonista de su propia tragedia griega, una tragedia que, para su sorpresa, era maravillosamente divertida. Se entregó a él esa noche, deseando con cada fibra de su ser que eso que estaban viviendo, ese nido de víboras tan cómodo, nunca cambiara. Mientras él la montaba una vez más en el sofá, con las cortinas abiertas a la noche, ella no pensaba en la penitencia, sino en la comunión. Sentía cómo su miembro la llenaba, cómo restauraba un orden caótico que era el único que tenía sentido para ella.

En ese tiempo, David empezó a desvelar sus fetiches, a abrir las cajas de su deseo como si fueran juguetes navideños. Una noche, mientras ella estaba de pie junto a la cama, peinándose el pelo húmedo después de la ducha, él se arrodilló a sus pies, un gesto que a ella siempre la desarmaba, esa mezcla de sumisión y dominio.

-Mamá -dijo él, con la voz baja, casi reverencial-. Tengo que confesarte algo.

Susana le miró por el espejo, una sonrisa curvando sus labios.

-¿Que me has dejado el moltor sin gasolina otra vez?

Él rio, un sonido suave. -No. Es que... siempre he tratado de verte los pies. Desde que era pequeño. Me parecen... sexys. Increíblemente sexys.

Y se los besó. No un beso rápido, un peck, sino un beso largo, húmedo, en el empeine. Susana retrocedió, no por rechazo, sino por sorpresa, un escalofrío recorriéndole la pierna como una corriente eléctrica.

-David, ¿qué haces? -dijo ella, pero su voz no tenía convicción, era una protesta de cartón piedra-. Estás loco. Si quieres besarme los pies, al menos déjame lavarlos. Vengo de la ducha, pero... por las normas, ¿sabes?

Él la miró con una intensidad que casi la quemó.

-No. Déjame a mí.

Y así lo hizo. La llevó al baño, la sentó en el borde de la bañera y, con una delicadeza que rozaba la liturgia, lavó sus pies uno por uno. El agua tibia, el jabón, sus fuertes manos cuidando de ella con una devoción casi religiosa. Después, los secó con una toalla suave y comenzó a besarlos. Primero los dedos, uno por uno, luego las plantas, recorriendo cada línea con la punta de su lengua. Se metió el dedo gordo en la boca, un pie hermoso, de una mujer de ascendencia nórdica, con la piel pálida y los dedos largos y bien formados. En realidad, su madre le parecía una belleza sueca o teutona, una diosa del hielo que él se encargaba de derretir.

-Me gustas -dijo él, con la voz pastosa-. Cada centímetro.

Se fue metiendo dedito por dedito en la boca, lamiéndolos, succionándolos, y Susana, sentada en el bidet, abrió las piernas y empezó a masturbarse, un gesto lento, casi inconsciente, una respuesta directa a la adoración que estaba recibiendo. Continuó lamiendo y besando las plantas de los pies, y ella sintió cómo el placer crecía, una ola que nacía en sus pies y se extendía por todo su cuerpo. Él terminó por los talones, que le fascinaban, delicados, blancos, hermosos como toda ella, y para el gran final, se metió todo el pie en la boca, una hazaña que la hizo reír a carcajadas, una mezcla de asombro y de pura y absoluta felicidad. Era tan ridículo, tan extremo, tan... ellos.

Unos días después, David repitió el ritual, pero con una variación sorprendente. La llevó de nuevo al baño, y ante su mirada atónita, sacó un tarro de miel de abeja del armario.

-David, ¿qué se te ha perdido ahora? -preguntó ella, con una risa ya contenida en la garganta.

-El manjar de los dioses -dijo él, y vertió un hilo de miel dorada sobre sus pies.

La miel, espesa y tibia, resbalaba por su piel, un río dulce que la cubría. David no paró hasta que se acabó todo el néctar entre los dedos de los pies, en las plantas, en los talones, y Susana creyó enloquecer. Nunca nadie le había hecho algo así, algo tan simple y tan profundo, tan simbólico pero al mismo tiempo tan personal. Se masturbaba con más fuerza ahora, los ojos cerrados, sintiendo la lengua de su hijo, su dios menor, limpiándola, devorándola, amándola. Se preguntó si su hijo estaba hecho a su medida de verdad, si ella lo había criado inconscientemente para ello, si todo esto era una paradoja cósmica o simplemente la vida, y si muchas madres, en el secreto de sus casas, disfrutaban de lo mismo, pero no se atrevían a confesarlo.

Esa noche, después de que él la había limpiado de toda la miel, la llevó a la cama y la tomó. Mientras la penetraba, lentamente, mirándola a los ojos, ella no podía dejar de pensar en sus pies, en cómo los había besado, en cómo los había adorado. Sentía su miembro entrando en ella, y era la continuación de ese mismo acto de adoración, la forma que tenía de posesionarse de ella por completo. Cada embestida era un "te amo" no dicho, una declaración que su cuerpo gritaba más alto que cualquier palabra.

-¿Qué piensas? -susurró él, moviéndose dentro de ella con una lentitud tortuosa.

-En tus locuras -respondió ella, con la voz rota-. En tu lengua. En tu miel.

Él sonrió y aceleró el ritmo, golpeándola más fuerte, más profundo. Susana cerró los ojos y se rindió, una mujer en la treintena, rendida a un adolescente, una madre rindiéndose a su hijo, una diosa adorada por su sacerdote particular. Y en el fondo, en el lugar más oscuro y honesto de su alma, no podía desear estar en ningún otro lugar del mundo.

Ella sentía que había cambiado, que su actitud frente al sexo se había transformado como un paisaje después de una erupción volcánica. En solo dos meses, se sentía como una flor en plena primavera, pero una flor carnívora, una orquídea exótica que solo crecía en el invernadero de su propia perversión. Antes, el sexo era una tarea doméstica más, como planchar o pasar la aspiradora. Algo que había que hacer, a una hora concreta, con una periodicidad predecible, y que dejaba la sensación de un deber cumplido y poco más. Ahora, era un idioma, un dialecto secreto que solo ella y David comprendían. Era el aire que respiraba, la razón por la que se levantaba por la mañana con una sonrisa cómplice para sí misma.

Cada vez había más complicidad entre ellos, un código de ladrones forjado en el silencio de las mañanas y en el sudor de las noches. Ella le contaba cosas de su vida, secretos que no se le cuentan a un hijo, sino que se le susurran a un amante en la penumbra de una habitación de hotel. Una noche, acurrucados en el sofá, con el telón de una película de gánsteres proyectando sombras danzantes sobre sus cuerpos desnudos, él se atrevió a preguntar.

-Mamá... cuéntame. Cuando estabas con mi padre... ¿cómo era?

Susana se rio, una risita baja, como el tintineo de un vaso de cristal.

-¿Cómo era qué, David? ¿El amor, el sexo, la interminable conversación sobre acciones y bonos?

-El sexo -insistió él, su mano recorriendo la curva de su cintura-. Quiero saberlo todo.

Ella se tomó un sorbo de vino, buscando las palabras en el fondo del abismo de su memoria.

-Con tu padre... el sexo era como una revisión técnica del coche. Eficiente, predecible, siempre el mismo itinerario. Él entraba, ponía la marcha, aceleraba hasta llegar a un destino predeterminado, y luego apagaba el motor. Todo muy ordenado. Cumplía con el manual de instrucciones.

David sonrió, su mano deslizándose más abajo, hacia el calor entre sus piernas.

-Y conmigo... ¿cómo es?

Susana cerró los ojos, sintiendo cómo sus dedos la encontraban, cómo la conocían.

-Contigo... -suspiró-. Contigo es como robar un coche deportivo a plena luz del día, conducirlo a toda velocidad por la dirección equivocada, chocar contra un muro de placer y terminar quemándolo, riendo, entre las llamas.

Él la besó, un beso profundo, reclamando esa verdad. Pero luego, apartándose un poco, la volvió a mirar, con esa intensidad suya que la desarmaba.

-Pero... ¿sientes más? ¿Tienes más placer conmigo que con él?

La pregunta la golpeó. Susana tuvo problemas para responder, un cortocircuito en su cerebro, un conflicto entre los roles que interpretaba. ¿Qué se le dice a un hijo en esa situación? ¿Se le dice que su padre es un amante mediocre? ¿Se le dice a un amante que es el mejor que ha tenido nunca?

-Es... es diferente, David -tartamudeó, sintiéndose tonta, sintiéndose viva-. No es... no es una competencia de olímpicos. Es diferente. Tu padre... me daba seguridad. Tú... tú me das la certeza de que estoy perdidamente loca.

-No me evadas -dijo él, su voz ya un poco más dura, un poco más de niño-. Quiero que me lo digas. Dime que te gozas más conmigo.

Y entonces, la ironía sexual, esa blasfemia sublime que ahora gobernaba su vida, la invadió. Susana se rio, una carcajada genuina, liberadora.

-¡Claro que me gozo más, David! ¿Te lo quieres en papel firmado? ¿Quieres que lo grite desde el tejado? Tu padre me hacía el amor como si cumpliera una obligación fiscal. Un trance que terminaba con un boletín. ¡Contigo! ¡Contigo es un atracamiento a mano armada! ¡Me robas el aliento, me despojas de la cordura y me dejas tirada en el suelo, sangrando placer! ¿Quieres más detalles?

No obstante, él insistió, la terquedad de un adolescente que quiere la última gota de verdad, por amarga que sea.

-No, no basta con decir que soy mejor. Quiero saberlo todo. Dime la verdad, Susana. ¿Sientes más placer conmigo que con él?

Susana lo miró, exasperada y divertida a la vez. La honestidad brutal era su nuevo lema familiar.

-¡Sí, David! ¡Por el amor de Dios, sí! Siento más placer contigo que con veinte maridos como tu padre. ¿Feliz? ¿Quieres que te haga una encuesta de satisfacción con gráficos y porcentajes? ¡Te llevas el oro, el pódium, la ovación del público!

Su sonrisa de triunfo duró apenas un segundo.

-Entonces... ¿tengo el pene más grande?

La pregunta una monstruosidad freudiana, una comparación tan odiosa como hilarante. Susana frunció el ceño.

-David, eso... eso es de un mal gusto. No se le pregunta a una madre... o a cualquier mujer... quién gana en el campeonato de longitudes familiares.

Pero él insistía, con los ojos brillantes de un desafío conquistado. No era solo sobre tamaño; era sobre superación. Quería haberlo ganado en todos los frentes.

-¡Dímelo! ¡Necesito saberlo! ¿He ganado? ¿He superado a mi propio padre?

Aunque Susana sabía la verdad, le costaba un mundo articularla. Era como pedirle a un cirujano que operara a su propia familia con una navaja de afeitar. Trató de calmarlo, de desviar la conversación hacia terrenos más seguros, como que el tenia mas potencia y que era como un ferrari. Pero él persistió, un bulldog con un hueso sagrado. Así que ella optó por su única arma: la ironía.

-¡Ay, Dios mío, David! ¿Qué es esta, la final olímpica de falos? ¡Tú ganas! ¡Felicidades, tienes un ganador entre las piernas! ¡Le entregas la medalla de oro a tu cosa! Sí, es más grande, sí es más cabezón, y sí, a veces tiene más personalidad que el que lo porta. Y ya que estamos en confesiones, el prepucio que tienes... esa capucha tan juguetona... a veces, solo algunas veces, cuando me metes prisa, me causa un poquito de dolor. Pero es un buen dolor, ¿sabes? El dolor de un campeón.

Al oírlo, David se puso de pie de un salto, como si lo hubieran electrocutado y acercó su miembro, ya erecto, directamente a la cara de su madre, a centímetros de sus ojos. Un trofeo en plena exhibición.

-Entonces, compara. Ahora. Detalladamente. Comparalo con el recuerdo que tienes del pene de tu exmarido.

Susana lo miró, primero con asombro, luego con una hilaridad contenida que le vibraba en el pecho. Qué actitud más de adolescente, qué primitiva y gloriosa competencia de machos. Pero bueno, si su hijo quería una inspección técnica, tendría una. Tomó aire, como si fuera a dar una conferencia.

-Vale, campeón. Empecemos por las bases. Tus huevos... son más colgantes, más... democráticos. Los de tu padre estaban siempre en huelga, recogidos, como si temieran una crisis económica. La tuya, la base de tu pene, es más robusta, tiene más... autoridad. La suya era más como la fundación de una caseta de perros. Luego, el cuerpo... el tuyo tiene esas venas, esas autopistas de sangre que lo recorren, es como una geografía emocionante. El suyo era una llanura aburrida, una autovía sin curvas. Y luego está la estrella invitada: el prepucio. Tu padre no, era un modelo básico, sin extras, salido ya de fábrica. Tú... tú tienes un convertible con el techo que se sube y baja, una sorpresa en cada empujón. Y la cabeza... la tuya es más gorda, más exuberante, como un fruto maduro. La suya era... como una aceituna antes de la maduración. ¿Feliz? ¿He sido clara?

David sonrió, el smile del depredador que acaba de confirmar su reinado. Su erección parecía haberse hinchado un poco más, fortalecida por la victoria.

-Bien. Ahora, demuéstrame tu agradecimiento al ganador. Hazme una mamada.

Susana no dijo nada. Solo asintió, con una media sonrisa. Le tomó el miembro con la mano, y con la lentitud de quien va a saborear un postre carísimo, se lo llevó a la boca. Lo hizo con una devoción que mezclaba el amor de madre y la lujuria de amante. Se lo tragó entero, sintiendo cómo golpeaba el fondo de su garganta, y esta vez, dedicó una atención especial a esa capucha que él tanto valoraba. Jugó con el prepucio con su lengua, lo metía y lo sacaba de su boca, lo succionaba como si fuera un caramelo, una divertida y blasfema pelea entre sus labios y ese pedazo de piel. Él reía, un sonido ahogado de placer puro, una victoria total.

-Parece que le tienes cariño -dijo él, con la voz rota.

-Es mi juguete favorito -respondió ella, antes de volver a meterlo en su boca.

Después de ese acto de coronación, la llevó a la cama una vez más. La penetró con una ferocidad nueva, la ferocidad de quien ha sido confirmado en su poder. Cada embestida era un "te lo dije", cada golpe profundo era una afirmación. Susana lo sentía, no solo en su carne, sino en su alma. Sentía cómo su miembro la desgarraba y la reconstruía a la vez, un acto de violencia y de creación. Cuando él eyaculó, fue un grito de guerra que la reclamaba. Ella se quedó allí, sintiendo cómo su cuerpo temblaba, sintiendo cómo la vida de su hijo se mezclaba con la suya, una alquimia prohibida y perfecta. Se preguntó, con la perversa lucidez que la aquejaba ahora siempre, si otras madres, en la intimidad de sus casas perfectas, en sus matrimonios respetables, no estarían también deseando que sus hijos les hagan eso.
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