Soy su Mujer

heranlu

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Me llamo Barbara, tengo 24 años, mido 1.60 metros más o menos, mi cuerpo es delgado y tonificado gracias a mi rutina diaria de ejercicios, así como unas tetas grandes que fueron lo único bueno que saqué de mi madre. Mi cabello es castaño y lacio. Suelo llevarlo recogido en una coleta cuando estoy en casa haciendo el aseo, y suelto cuando estoy más relajada. Mi piel es clara y mis ojos verdes. Soy estudiante de medicina y me gusta mantenerme activa, trabajaba en una farmacia donde conocí a mucha gente, chicos que buscaban enrollarme, pero no eran el tipo de hombre que yo quería.

Mi padre, José, es un hombre muy apuesto de 46 años, alto, con una estatura que supera el metro ochenta. Tiene una constitución atlética, producto de su dedicación al ejercicio y una dieta equilibrada. Su cabello, castaño oscuro, empieza a mostrar algunas canas, y sus ojos, de un profundo color marrón. A pesar de su éxito profesional como Medico y su atractivo, es su capacidad para ser atento y cariñoso lo que más amo.

Por el contrario, Ana, mi madre de 44 años, de estatura media y complexión no delgada, dicen que subió varios kilos cuando yo nací y nunca logró quitárselos de encima ni con dieta ni ejercicio. Tiene un carácter frío, su falta de interés en los asuntos familiares y falta de atención hacia mí hacen que nuestra relación sea distante y complicada.

Mi relación con mi padre siempre fue linda, me llama Barbie desde niña, con él jamás me sentí desprotegida, siempre atento y amoroso, había días que debía dejar su trabajo aún lado para estar conmigo en eventos escolares, lo llegué a ver molesto cuando discutía con mamá por temas diversos, nunca quería que yo los escuchara, jamás lo vi triste hasta el día que descubrió la traición que cometió mi madre con el hermano de una amiga suya, después de muchas peleas de hace tiempo, ese acto fue el último clavo en el ataúd de nuestra relación familiar.

La noche de la gran pelea no hubo manera de evitar escuchar los gritos, “es que tú”, “pero tu más”, “no sabes lo que hiciste”, mi corazón se llenaba de preocupación por papá, mi madre no me caía bien, pero a él se le escuchaba sufrir con cada palabra que decía o recibía, y me hacía sentir mal e impotente.

A la mañana siguiente, al bajar a la estancia, había sabanas dobladas sobre el sofá grande, Papá había pasado ahí la noche.

– Hola, hija, buen día. – Venía papá de la cocina.

– Buen día, papá ¿Qué ocurre?

– Debemos hablar, Barbara. – Se sentó en el sofá y me indicó que me sentara a su lado. – Escucha, hija, tu madre y yo tuvimos una muy fuerte discusión, seguramente nos escuchaste y sabes de qué se trata, ya es inevitable que nos separaremos, por ahora me mudaré a la casa que solemos poner en renta al otro lado de la ciudad, yo entiendo que amas tu estilo de vida aquí y no te trataré de convencer para que vengas conmigo.

Sus ojos se humedecieron, No lo dejé terminar de hablar y salté hacia él abrazándolo.

– Ya entiendo, papá, pero yo ni loca me quedo aquí con esa maldita.

– ¡Hija!, no hables así, ella es tu madre.

– Y es una maldita, ya vuelvo, no te vayas sin mí. – Salí corriendo hacia mi habitación, un rato después regresé cargada con la maleta que solía usar para los viajes vacacionales, la llené con la ropa que pude y lo esencial, luego volvería por el resto. Él pareció sonreír por un segundo, tomó la maleta y la llevó al auto, así fue con una maleta más, la de viaje que llené con toda la ropa que pude. Luego volvería por el resto.

El cielo estaba teñido de tonos dorados y anaranjados cuando llegamos a la casa nueva. La luz del atardecer caía suavemente sobre la fachada sencilla del lugar que ahora sería nuestro hogar provisional. Miré a mi alrededor, tratando de familiarizarme con el cambio drástico en nuestras vidas. No era un mal lugar, la casa era más chica, contrastaba fuertemente con la lujosa propiedad que habíamos dejado atrás.

Comenzamos a descargar el coche juntos. Mientras sacábamos las cajas, trataba de concentrarme en hacer que la casa se sintiera acogedora, ya contaba con algunos muebles, pero no se sentía como en casa. Papá estaba ocupado organizando las cosas, y aunque trataba de parecer normal, sus movimientos eran lentos, casi pesados.

– Este lugar tiene su encanto ¿No? – Dije, señalando la sala de estar llena de cajas y muebles amontonados.

– Sí, es... acogedor – Respondió mi padre, mirando alrededor con una mezcla de esperanza y resignación. – Pero será nuestro hogar por un tiempo.

La noche cayó rápidamente, trayendo consigo un frescor que parecía apaciguar un poco el agobio de la mudanza. Observé a mi padre, que estaba en la cocina, tratando de parecer menos abatido de lo que realmente estaba. El ver cómo asumía tantas responsabilidades, con el peso de la traición aún visible en su rostro, me hizo sentir una mezcla de admiración, dolor y preocupación.

– Gracias por hacer esto, Barbie – Me dijo.

Le sonreí, mi mirada reflejando comprensión y apoyo. – No tienes que agradecerme. Estoy aquí contigo y te apoyaré como tú siempre lo haces conmigo. Estamos juntos en esto ¿de acuerdo? Por cierto, hay algo de lo que quiero hablar contigo.

– Claro, amor ¿qué pasa?

– He estado pensando en cómo vamos a manejar las cosas aquí. Sé que estás muy ocupado con el trabajo y que este cambio será difícil para ambos.

– Sí, ha sido un ajuste grande. Estoy tratando de encontrar la manera de equilibrar todo, pero es complicado.

– Bueno, creo que tengo una solución que podría funcionar para los dos. ¿Qué te parece si yo me hago cargo de la casa y de ti? Me encargaría de las tareas diarias, de la cocina, y de que todo esté en orden.

– ¿Hablas en serio? Y ¿Qué pasará con tus estudios? No quiero que te pongas en segundo plano por todo esto y los abandones.

– Nada de eso. Mi plan es pausar un poco mis estudios para que pueda asumir estas responsabilidades en la casa. No será complicado, te lo aseguro, Pero hay una condición.

– ¿Cuál es la condición?

– Quiero que me ayudes con mis estudios cuando puedas. Si yo me ocupo de la casa y de ti, tú podrías dedicarme un tiempo para estudiar y prepararme para regresar a la facultad, o simplemente ayudarme a mantenerme enfocada.

– Eso no es una condición, Barbie, sabes que con todo gusto lo haré, aunque no estoy seguro de que sea una buena idea. No quiero que te sientas atrapada aquí, sin tiempo para ti misma.

– No me sentiré atrapada, y tendré mucho tiempo para mí, tal vez busque otro empleo pues dejaré la farmacia. Siempre has sido un gran apoyo para mí, es mi turno de ayudarte de la manera que pueda.

– Entiendo lo que estás diciendo, y aprecio mucho tu disposición. Por el trabajo no te apures, no quiero que te presiones por un montón de cosas por hacer, yo te daré dinero semanalmente y tú puedes usarlo como quieras.

– No te preocupes por eso ahora. Solo necesitamos un poco de tiempo para reajustarlo todo. Y podemos hacer un plan para que ambos salgamos beneficiados, yo me encargo de casa, no habrá problema.

– Hija, estás hablando de tomar el rol de tu madre, algo que pocas veces hizo.

– Sí, tal vez, pero sin el horrible temperamento. – Dije bromeando

– Está bien. – Rió por la broma. – Te lo agradezco muchísimo. Pero también quiero que sepas que estoy para ti, y si en algún momento necesitas ajustar el plan o alguna otra cosa yo me haré cargo de todo lo que necesites.

– Gracias, papá. Creo que de esta manera podemos superar este momento juntos. – Sonreí.

– Estoy de acuerdo. Vamos a hacer que funcione. – se dirigió hacia mí, me abrazó y besó mi frente.

Esa noche al dirigirme a dormir subí mi maleta al piso superior, al entrar en las habitaciones me encontré con que solo había una habitación amueblada.

–Papá, solo hay una cama aquí.

– Es cierto, lo había olvidado, no te preocupes, yo dormiré en la sala, tú toma la cama.

– No, papá, tienes que descansar bien; mañana tendrás que ir al trabajo muy temprano y no has descansado, Yo me quedaré en el sofá.

– No, hija, para nada, yo duermo acá.

– Mira, por hoy dormiremos aquí ambos, ya mañana vemos que hacemos.

– ¿Estás segura? No quiero que te sientas incómoda.

– No tengo inconveniente. Anda ya que hay que descansar.

– Aceptaré tu oferta, haré lo posible para que esto no se convierta en una carga para ti, en cuanto tengamos tiempo, buscaremos una recámara y muebles para tu habitación. No quiero que estés en esta situación más de lo necesario.

– Te preocupas demasiado, Papá. – Me alisté con el pijama para dormir.

A la mañana siguiente desperté antes de que sonara la alarma, de habernos acostado a cada lado de la cama, ahora estábamos juntos, yo de espaldas a él, su brazo rodeaba mi cuerpo mientras sentía su respiración pacífica en mi nuca, me hizo sentir feliz y protegida, volví a dormir. Al abrir los ojos él ya se encontraba arreglándose para salir a trabajar, lo vi entrar a la habitación, entró sin camisa, era increíble el cuerpo que tenía, no di ninguna señal de estar despierta y admiré por unos momentos más el cuerpo de papá.

El tiempo pasó tranquilamente, pasaron 2 semanas hasta que por fin me decidí por una recamara y muebles para mi habitación, mientras tanto seguíamos durmiendo juntos. Cada domingo hacíamos las compras para la comida de la semana, compramos los muebles faltantes de la casa y los electrodomésticos necesarios, parecía que vivir aquí podría durar más de unas cuantas semanas. Algunas veces por las mañanas lograba verlo sin playera y otras en ropa interior. Me gustaba ver su cuerpo, pero al ser mi padre la moral me detenía y me hacía alejarme rápidamente.

Me acostumbré muy rápido al rol de la mujer de la casa, al ser una vivienda pequeña terminaba el aseo y la comida muy temprano, por lo que tenía la tarde libre para mí, leía, hacía ejercicios, salía a correr a un parque cercano, o iba de compras al centro comercial que estaba a solo 15 minutos caminando. Así pasaron las semanas, él parecía tranquilo, me preguntaba muy seguido el como me sentía y si estaba cómoda, mi respuesta siempre fue un sincero “sí”. Verlo bien era mi mayor recompensa.

– Hija, llegué ¿Puedes venir?

– Hola, papá, woow ¿Son para mí? – Papá había llegado con un ramo de flores, muy bellas.

– Claro que sí, Barbie, un pequeño detalle para mi princesa.

– ¡Recordaste que los tulipanes son mis favoritos! – Salté hacia él, abrazándolo fuerte y besando su mejilla.

– Lo he sabido siempre, hija.

– Qué romántico, papá, si así eres con una princesa ¿cómo sería con una reina? – Dije oliendo las flores.

Lejos de incomodarse con el comentario, parecía alegre por haberlas recibido con tanta euforia, quizá no se esperaba tanto.

– Mientras estés conmigo, no te faltarán flores, hija.

Ese comentario movió todo dentro de mí, y lo cumplió, pues cada viernes sin falta cuando regresaba a casa del trabajo llegaba con un ramo de flores frescas y brillantes, mismas que yo recibía con mucho amor, amor que ya no era de una hija hacia su padre, comenzaba a sentirme atraída hacia él, y con el tiempo, enamorada.

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Habían pasado 6 meses desde su separación. Vivir solo con mi padre se había convertido en una experiencia incomparable. Mi amor por él había superado muchos de los límites aceptados entre la sociedad. Había hecho amistad con algunos vecinos, cuando me preguntaban sobre qué relación había entre nosotros, parecía casi evidente para ellos que éramos pareja, aunque él 22 años mayor, yo les decía que nos conocimos hace mucho tiempo, y ahora por fin estábamos juntos, era falso eso de tener una relación, pero claro que era algo que yo querría.

Me decidí a conseguirlo, quería llegar un paso más allá de lo que teníamos, tuve batallas internas durante mucho tiempo, era mi padre, pero era un excelente hombre, estaría mal a los ojos de todos, pero solo importarían los nuestros, al final mi conclusión no era lo conveniente, lo debo tener, ya es mío, solo debía tomarlo antes de que otra lo quiera tomar.

El plan era simple, seducirlo hasta que baje la guardia y yo me encargaría del resto, en ocasiones no dejaba toallas limpias en el cuarto de baño, así tenía la excusa para entrar cuando él se duchaba, no lograba verlo desnudo, pero él sabía que yo estaba ahí presente. Algunos días iba por la casa con pequeños shorts deportivos, esos de licra ajustados, él me veía cuando pasaba delante. En otras ocasiones caminaba frente a su habitación haciendo el ruido suficiente para que me viera pasar en pantaleta y brasier. Así mis pequeños desfiles durante algunas semanas, pero debía ir a más.

Un viernes, para recibir mis flores, usé una blusa color negro con la tela que transparentaba todo, la usé sin brasier para que él pudiese ver mis tetas grandes y jóvenes. Al llegar, me encontraba en mi habitación.

– Barbie, ya llegué. – Lo escuché gritar desde el primer piso. – Ya bajo, papá.

Quedó mudo al mirarme con esa ropa, pero no dijo una palabra al respecto.

– ¡Que bellas son! Tan perfectas como siempre, me encantan papá. – me acerqué hasta besar muy lento su mejilla.

– Hija… oye… ¿Por qué estás…

– ¿Listo para cenar? Preparé pasta, siéntate que ya me encargo. – Me dirigí a la cocina, coloqué las flores con agua en un jarrón de cristal.

– Listo, papá, espero te guste. – coloqué dos platos frente a él, uno con la pasta y otro con carne. Luego serví mis platos y me senté en el lugar frente a él. Noté que más que enfocarse en la comida, estaba viéndome los pechos. – ¿Qué te parecen? ¿Se ven ricos? Te aseguro que saben mucho mejor.

– ¿Qué? ¿Qué dices hija? – Preguntó desconcertado.

– Los platillos, la pasta y el filete, papá.

– Ah si, si, se ven muy bien, gracias, Hija.

Durante toda la cena noté su mirada clavada en mis tetas, luchaba por no verlas, pero era casi imposible, eran evidentes mis pezones a través de la tela, pero no dijo una palabra de eso, quizá lo intentó en algún momento, pero se contuvo. Al terminar me levanté, fui hacia él y casi pegando mis tetas a su cara recogí los platos sucios para llevarlos a lavar.

– ¿Te gustó, papá? – Pregunté tiernamente.

– Estuvo muy bueno, hija, cocinas muy bien.

– Te prometo que lo siguiente será mucho más rico. – Dije de forma sugerente.

Él agradeció nuevamente la cena y se dirigió a su habitación. Escuché cerrar su puerta, me sentí victoriosa, claro que provoqué en mi padre una excitación, pero era solo una pequeña probada y vendría más para él. Continué con mis desfiles de ropa ajustada, los días calurosos los aprovechaba para usar faldas cortas y tops deportivos. Me agachaba a recoger cualquier cosa del piso y dejar que mi padre viera mi culo, cuando salíamos a cenar usaba blusas muy escotadas, al ir en el auto él no paraba de verlas, las cubría al bajar del auto y al regresar volvía a mostrarle el escote.

Una noche estaba desesperada por tener algo más de él, dejé la puerta de mi habitación abierta, tenía las tetas al aire y se me ocurrió que era momento de que las viera en todo su esplendor.

– Papá ¿Podrías venir por favor? – Coloqué mi brazo cubriendo mis pezones, debía dejarle un poco a su imaginación.

– Dime, Barbie. Ohh lo siento, hija. – Se cubrió los ojos, dio la vuelta con intención de irse.

– Espera, necesito una cosa. – Insistí.

– Claro, hija, esperaré a que te vistas.

– Entra ya, es algo muy rápido. – Entró a mi habitación desviando su mirada evitando dirigirla hacia mí.

– Necesito que me ayudes a mover un par de cuadros y el espejo. – Señale con mi mano libre cómo quería moverlos. Él comenzó a hacer los movimientos.

– ¿Así los querías, hija? – Cargó el espejo.

– Si, se ve como esperaba, déjame te ayudo con eso. – Extendí los brazos y sujeté el espejo, mis tetas estaban a plena vista de mi padre, casi se me caía y él lo salvó, no pudo evitar verme los pechos pues estaban frente a él. Colocó el espejo en su nuevo lugar y yo ya no me molesté en volverme a cubrir.

– Lo siento, hija, yo no quería…

– ¿Por qué te disculpas, papa? Se ven muy bien ¿No es así?

– Eh… pues… yo…

– Los cuadros y el espejo, se ven mejor en su nuevo lugar ¿No?

– Si, Hija, bueno, te dejo, que pases buenas noches. – Caminó hasta la puerta de mi habitación.

– Espera, ¿No me darás mi beso de buenas noches?

– Barbara, mírate, no tienes ropa y tienes los pechos al aire, no es correcto estar así frente a tu padre.

– ¿Qué? ¿Te parece que son feos? – Dije en tono triste mientras las cubrí con ambos brazos y agachaba la cabeza.

– Hija, no me refería a eso, es que es tu intimidad, yo no debería verlas.

– ¿Es que son demasiado grandes? ¿O simplemente son feos? – Me giré dándole la espalda.

– No, amor, no dije nada de eso, agg… son lindos, ¿Sí? No son feos.

– ¿Lindos? ¿Crees que son tetas de niña? – Continué victimizándome, ya había bajado la guardia era momento de actuar.

– Hija, no he dicho nada de eso, si te hace sentir mejor te lo diré, son muy bellos, ¿De acuerdo? Son grandes y firmes, me refería a que soy tu padre y no es correcto que los vea.

– Entonces ¿Si te gustan? – Giré nuevamente hacia él y le sonreí, seguía cubriéndome con un brazo.

– Pues… si, hija, ¿A quién no le gustarían unos pechos así? –Se notaba a través de su short de pijama el bulto en su entrepierna creciendo.

– Gracias papá, eso me hace sentir mejor. – Me acerqué a él en la puerta. ¿Ahora si me das mi beso de buenas noches?

– Si, hija, claro que sí.

Se acercó a besar mi mejilla. Con la mano libre lo tomé del rostro y lo llevé hasta mis labios, intentó separarse, pero logré besarlo por unos 3 segundos. Su impresión por el beso lo hizo dar un paso atrás.

– Buenas noches, papá. – Quité el brazo para mostrarle mis tetas completas nuevamente antes de cerrar la puerta frente a él.

Este era el primer paso para lo que sería mi gran plan, convertirme en la mujer de mi padre.
 
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