Si bien ahora tengo una posición económica solvente, tengo un buen empleo y mi esposo uno bastante mejor. No siempre fue así. Mi familia era humilde. Mi papá se las ingeniaba en cualquier trabajo que pudiera conseguir, mi mamá usualmente trabajaba como vendedora en pequeñas tiendas del barrio.
Vivíamos en Breña, uno de los distritos antiguos de Lima. Junto al centro, pero muy venido a menos., en una casona antigua que había sido dividida en cuartos y pequeños apartamentos. Nosotros vivíamos en uno mono ambiente que, gracias a Dios, tenía baño propio. Si bien era pequeño, para nosotros tres era suficiente. Mi papá lo había habilitado con cortinas. No era una privacidad absoluta, pero eran tres espacios diferenciados: donde estaba su cama, donde estaba la mía y el área común, que era todo a la vez: cocina, sala, comedor, cocina, lavandería y tendedero (tender la ropa fuera era arriesgarse al robo).
Me había acostumbrado a esa vida. Estudiaba en un colegio público a pocas cuadras de donde yo vivía. Mis amigas vivían en cuartos o micro departamentos como en el que yo vivía. Pensaba que eso era lo normal, que todos vivían así.
Cuando estaba en los últimos meses de colegio, decidí postular a una universidad pública. Se los había dicho a papá y mamá. Ellos me dijeron que me apoyarían como pudieran. Fui el premio de excelencia en mi colegio y eso me permitía participar en el examen de ingreso preferencial, donde sólo participaban el primero y segundo de cada colegio. Tenía el ingreso seguro, pues siempre quise estudiar administración de empresas, los chicos y las chicas “inteligentes” siempre postulaban a medicina o ingenierías.
Ni siquiera llegué a inscribirme. El día de la clausura, como regalo por la graduación, mi papá y mi mamá me dijeron que postulara a la Universidad Católica. Me sonreí. Sabía bien que, en nuestra situación económica, era imposible que mis padres me pagaran esa universidad. Ni siquiera la privada más barata, menos la Católica.
Luego me dijeron. Habían averiguado. Por mi histórico de notas y mi premio de excelencia; si ingresaba entre los primeros puestos, tendría derecho a una beca al 80%. Ellos, sin decírmelo, habían ahorrado por muchos años y podían pagarme ese 20% por tres años. Me dijeron que, después, se vería que haríamos.
Lloré. Estudiar en la Católica era como un sueño imposible. Algunas veces había pensado en ello. Pero no me hacía ninguna ilusión. Era algo irrealizable para nosotros. Pero estaba allí. Con esa posibilidad.
Ingresé primera a administración (si, los chicos inteligentes van a ingenierías o medicina). Me dieron la beca al 80% y desde el segundo año 100% de beca.
Estudiar en la Católica fue, al inicio, chocante. Desde la ropa que usaba hasta las costumbres, era un mundo distinto. En administración era “la única chica pobre” pero en las demás carreras, sobre todo ingeniería, había algunos. Me costó aceptarlo, pero pronto, tuve un grupo de amigos y todo fue mejorando.
Pero eso es otra historia.
Seguía viviendo en Breña. Quedaba cerca a la universidad. Eso era cómodo. Estaba más tiempo en el campus que en casa. Hasta el baño del pabellón era un lujo al lado del de casa.
Tuve un novio, luego tres más. El segundo me desvirgó. Había llegado virgen a la universidad. Mi vida amical era bastante buena. Sin complejos acepté que no podía tener la capacidad de gasto de mis amigos. Y ellos también lo entendieron. Me hicieron participe de sus actividades y empecé a salir con frecuencia.
Cumplí 18 estando en la Universidad. Me sentía feliz, era mayor de edad y estudiante de la Católica, mi mejor escenario. El verano siguiente, en la temporada de vacaciones, estar en casa me resultaba tedioso. Mis compañeros se habían ido pasar la temporada de playa. Mi novio igual.
El mini departamento donde vivía era un sauna. El calor me daba más calentura y andaba siempre arrecha. Cómo pasaba la mayor parte del día sola, me masturbaba con frecuencia.
Los primeros días de febrero mi abuela se enfermó. Mi mamá tuvo que viajar a cuidarla. Me quedé a solas con papá.
Asumi las responsabilidades de mamá, de hecho, siempre la ayudaba en cocinar, limpiar, lavar. Empecé a hacerlo sola. No era nada difícil, era un apartamento de quizás 25 m2 y siendo optimista.
Al principio todo normal. Pero a la semana me di cuenta que papá me miraba con otros ojos. Por lo que oía siempre, casi interdiario cogía con mi mamá. Había pasado ya más de una semana y me resultó obvio que él necesitaba una mujer.
Me masturbé algunas veces pensando en él. Si bien lo veía todos los veranos en calzoncillos, más de una vez lo había podido ver desnudo. Eso venía a mi mente. Su verga muy oscura, casi negra, me perturbaba. Los chicos con los que había cogido eran “blanquitos” de penes rosaditos. La verga de mi papá era muy distinta y me perturbaba.
No resistí más. Me decidí a coger con él.
Lo esperé en ropa interior. Sólo calzoncito y brasiere. No solía estar así en casa. Cuando él llegó, le dije que había mucho calor y le pregunté si lo molestaba que este vestida así. Me miró como a mujer, no como a su hija, y me dijo que no lo molestaba, que sí, que era cierto y había mucho calor.
Se sentó en el único sofá que teníamos y mientras calentaba su comida le daba la espalda. Estaba segura me miraba el culo. Intentaba moverme con algo de sensualidad. Como me venía a la mente. Unos minutos después se puso de pie. Se pegó a mí. Con sus manos fuertes me cogió de la cintura. Me llevó, a la fuerza, hacia su cama.
No me negué. No resistí. Me tiró sobre la cama. Me bajó el calzón. Con sus brazos me acomodó como perrita. Lo dejaba hacer. No protesté. No decía nada. Me acomodó al borde. Sentí que se desabrochaba la correa y se bajaba el pantalón. Estaba nerviosa y ansiosa. Pero no decía nada. No oponía resistencia.
Me penetró sin ninguna previa. Yo estaba húmeda ya. Sentí como su verga entraba y me presionaba. Se la había visto siempre fláccida. Pero la imaginaba muy grande erecta. Eso sentí, más larga y gruesa que cualquiera de los chicos con los que había cogido. Imaginaba las noches con mi mamá, en las que yo oía como lo hacían. Me sentía plena.
Me cogió ambas nalgas con sus manos. Comenzó a moverse. Sin palabras. Solo gemía y yo gemía. En pocos minutos llegué, tuve un orgasmo intenso. En ese instante con mis gemidos y contracciones me dijo “hija que puta eres”. Escucharlo aceleró mi ritmo y seguí hacia un nuevo orgasmo. Él llegó conmigo. Se vació dentro. Se arregló el pantalón y se fue.
Cuando desperté, papá ya se había ido. Vi su cama, estaba destendida (mamá asumía todas las labores en casa). La cortina que la separaba de nuestro espacio común, abierta. Sobre la cama, un calzoncillo. Pensé que era el que había usado anoche, mientras me cogía. Eso me excitó
Cerré los ojos y pensé en lo sucedido la noche anterior. Había sido todo muy rápido y por primera vez había sido la mujer de mi padre. Me había cogido y eyaculado dentro. No me preocupaba, pues poco después de cumplir 18 años, para poder sentirme más tranquila al coger con mi novio de esos meses, había empezado a tomar anticonceptivos. Eran gratuitos y podía pedirlos en la posta médica. Había cambiado dos veces de novio, pero no había perdido la costumbre de usarlos. Esos días me eran muy útiles. Si bien estaba ya por cumplir 19 años, tenia una cierta experiencia sexual; pero con ningún chico había sido tan intenso como con papá.
Unos minutos después, mi novio me llamó. Seguía en la playa. Insistió, un poco, para que fuera a pasar unos días con su familia. Él sabía mi respuesta, pero igual siempre lo intentaba. No iría a la playa pues con seguridad, su familia me despreciaría. No era de su círculo social ni tenía sus costumbres. Vivía en Breña, ellos en Miraflores. Además, ellos tenían “casa de playa” y yo, con las justas, dos o tres veces cada verano, había ido hasta Agua Dulce y, siendo más chica, un par de veces a Ancón.
Hablamos buen rato. Me dijo que me extrañaba y me “deseaba”. Le seguí la corriente. Era un buen chico e, incluso hoy, casi 19 años después, siendo ya una mujer madura, de 38 años, con (creo) algo de experiencia, sigo creyendo que realmente me amaba. Unos meses después terminamos por un incidente desafortunado con su hermana (tenía razón cuando decidí no ir a la playa con ellos). Pero, no me importó, estaba en un momento en el que sólo me importaba ser la mujercita de papá.
Cuando cortó. Empecé a estimular mis pezones con las yemas de mis dedos. Había dormido solo en tanga. En el muy pequeño monoambiente en el que vivíamos, el calor era infernal. Teníamos un ventilador que prendí y apunté hacia mi esquina. Abrí lo más que pude la cortina de separación, pero igual, el ambiente era una sauna.
Jugueteé un rato con mis pezones y luego mi mano derecha bajó sobre mi tanga, la sentí húmeda, muy húmeda. Comencé a presionar sobre ella y mi calentura fue subiendo. Estaba a punto de sacármela, para poder masturbarme sobre mi cama, cuando tocaron la puerta. Sentí rabia. Pero me puse un short y un polo. Abrí.
Era la vecina. Traía las compras del mercado. Mi mamá sabía que detestaba ir al mercado. Había coordinado con ella y le había dejado dinero, para que cuando ella fuera, dos veces a la semana, comprara las cosas para nosotros. Le agradecí.
Se rompió mi inercia calentona.
Ordene el espacio de mi papá. Su calzoncillo tenía trazas de semen en su parte delantera. Lo acerqué a mi rostro y lo olí. Me sentí bien con eso. Tendí su cama, ordené sus cosas. Luego ordene mi espacio y finalmente el área común.
Preparé el plato favorito de papá, ají de gallina. Almorcé sola. Él volvería a la noche. Dormí una siesta. Luego Sali a caminar. Fui al cine y poco antes de las 7pm volví a casita.
Papá solía llegar como a las 7.30pm. Los 30 minutos previos fueron angustiosos para mí. No sabía como iba él a tomar lo que había sucedido la noche anterior. Si me regañaría o me pediría que deje la casa. O si, por el contrario, llegaba muy caliente directo a usarme como su putita.
Mi segunda línea de pensamiento venció y decidí esperarlo en la faldita más cortita que tenía. No en tanga como la noche anterior, sino en algo que era a la vez sugerente pero no tan directo. Tenía 18 años, pero creo que era bastante hábil en esas cosas.
Cuando llegó, lo recibí con un beso en la mejilla. Sólo me dijo “hola hija”. Le pregunté si deseaba cenar ya. Me dijo que primero tomaría un baño, que había hecho mucho calor y estaba muy sudado.
Fue hacia el espacio del monoambiente que compartía con mamá. Se desnudó sin cerrar la cortina. Se sacó toda su ropa. Yo lo miraba todo el tiempo. Mi concha se empezó a humedecer cuando vi su verga gruesa, aún dormida y fláccida.
No me pude contener.
Di unos pasos hacia él. Se puso de pie. Me abrazó y atrajo hacia su cuerpo. Con mi mano derecha le cogí su verga. Se puso dura con mi mano sobre ella. Sentí el endurecimiento y eso me descontroló.
Lo empujé un poco sobre su cama. Se acostó. Me senté a su lado y con la poca experiencia que tenía, empecé a chuparle la verga. Las de mi novio y los dos anteriores, además de más pequeñas, estaban casi siempre limpias y no olían mucho. La de papá olía muy muy fuerte, a orines, a sudor. Estaba sudada, algo pegajosa. Sabía que había trabajado todo el día y sentí que debía complacerlo.
Hice lo mejor que pude, con mis labios y mi lengua. La lamí, la chupé, pero no pude meterme más de la mitad en la boca. No soy garganta profunda, ni ahora ni en aquel momento. Pero igual intenté dar lo mejor de mí. Comenzó a decir “que rico mi amor, tu madre no lo hace”. No se porque dijo eso, pero me excitó más. Sentir que “hacía algo más que mamá” me hizo sentir mejor. No puedo explicarlo, lo he pensando por tantos años, pero no encuentro razón. Nunca tuve una mala relación con mi madre, ni antes de lo que voy describiendo, ni después.
Pero, saber que hacia algo que “ella no hacía”. Me daba un sórdido placer.
Me saqué la tanga, pero me quedé con la falda. Me subí sobre papá. Comencé a cabalgarlo, aún con la faldita puesta. Eso lo excitó mucho. Comenzó a manosearme. Me sacó el polo. No tenía brasiere. Jugueteó con mis senos y pezones. Tuve un orgasmo sobre él. Luego otro.
Por alguna razón no quería cambiar de posición. Estar sobre él y verle el rostro lleno de placer me hacia sentir plena. Su verga entraba toda en mi concha. Me sentía llena y llegué a un tercer orgasmo y él se vino dentro.
Cuando estuve en el último año de universidad empecé a trabajar en una Caja Municipal. Una entidad financiera especializada en microfinanzas. Era asistente de plataforma, un empleo de medio tiempo. No me pagaban mucho, pero me servía para tener un ingreso y costear mis gastos. Eso fue un alivio para mis papás. Me sentía muy contenta.
Seguía viviendo con ellos, en el micro departamento de Breña. Podía haberme arrendado algo propio, pero prefería compartir con ellos y apoyarlos con sus gastos y, por cierto, estar cerca de papá esos meses.
Por mi trabajo tenía que usar uniforme. Falda, blusa y saco. Me lo dio la empresa y me sentía muy a gusto y cómoda. Me acostumbré a usar el uniforme todo el día, pues tenía que ir temprano a la universidad y luego del almuerzo ir a trabajar; no me daba tiempo para cambiarme.
Mi papá estaba muy contento y más de una vez, mientras teníamos intimidad, me dijo lo sexy que se veía “su bancaria”. Seguíamos teniendo sexo los sábados al final de la tarde, cuando mamá iba a sus reuniones en la parroquia. Era nuestro momento semanal. Si bien era algo “rutinario”, a la vez era muy lindo pues ambos sabíamos que era nuestro tiempo juntos, nuestro tiempo “de pareja” no simplemente como padre e hija.
De lunes a viernes, cuando llegaba del trabajo, ya estaba mi mamá, que dejaba de trabajar en el mercado hacia las 5pm. Yo solía llegar hacia las 7pm y papá luego de eso. Los sábados trabajaba por la mañana, mis papás, solían llegar hacia las 3pm.
Un jueves salí, como de costumbre, a la universidad, pero ya vestida para ir al trabajo. En clases me avisaron que tenía examen al día siguiente. Eso me descuadró. Llamé a mi jefe y le pregunté si podía tomarme la tarde libre. Al principio no quiso, pero me propuso intercambiar las 4 horas de la tarde por trabajar el domingo por la mañana, en una campaña de captación de ahorros; me pareció super y acepté.
Terminaron mis clases hacia la 1pm. Almorcé un menú cerca de la universidad. Sabía que en casa no habría que comer. Llegué a casa a las 2pm.
Por el apuro de estudiar, no me cambié. Me quedé con mi uniforme y, como de costumbre, empecé a estudiar sobre la mesa de la cocina, que era la única que teníamos. Cuando me di cuenta, eran ya las 4.25pm. Había avanzado bien, me faltaban un par de temas de estudio, pero ya los sabía y estaba tranquila.
Me dieron ganas de orinar y fui al baño. Como estaba sola, no corrí la cortina. De pronto, entró alguien a casa. Por la hora pensé era mi mamá, cuando intenté correr la cortina, me di cuenta que era papá.
Me vio sobre el inodoro. Orinando. Con mi uniforme de trabajo puesto. Se quedó quieto un instante. Igual yo. De pronto, avanzó hacia el baño. Yo estaba sin poder reaccionar ni poder decir algo.
En ese momento fue solo un hombre arrecho. No un papá. No un amante. Sólo un hombre excitado. Se desabrochó el pantalón y sacó la verga. Me cogió de la cabeza y, así sentada como estaba, me puso a chupársela. Chupa “bancaria” me decía. Y con que ganas lo hacía, se puso muy tiesa en instantes. Como era tan grande me ahogaba cuando intentaba metérmela toda a la boca. Estuvimos así unos minutos. Me excite tanto que mi concha era ya una sopa y hasta pensaba que chorreaba sobre el inodoro.
La sacó y me dijo “vamos a tu cama”. Me levanté. Aún con el calzón debajo de las rodillas. Sin limpiarme ni acomodármelo, camine hacia la cama. Eran pocos pasos.
Me acomodé en 4 patas al borde. Con el calzón en las rodillas y la falda aún puesta. Papá se quedó unos segundos, que me parecieron interminables, diciéndome “mi bancaria, mi bancaria”. De pronto me cogió ambas nalgas con sus manos y me penetró violentamente. Toda su enorme verga de un solo tirón. Me dolió y me mordí los labios para no gemir ni gritar. Se mantuvo así un buen rato. Tuve un orgasmo.
La sacó y me dijo “bancaria quiero cogerte de pie”. Me levanté. Me acomodó contra la pared. Él me acomodó la falda y me subió el calzón. Se alejó un poco y me miraba. Estaba perfectamente vestida. Sin zapatos, pero con el uniforme completo. Y él me admiraba. Yo me sentía muy feliz ese instante, con él solo mirándome sin decirme una sola palabra.
Luego se acercó y empujo mi mejilla sobre la pared y me hizo quebrar, tirando las nalgas hacia afuera. Me bajó el calzón y subió la falda hasta las nalgas. Me volvió a penetrar violentamente. Esa vez ya no me dolió.
Mientras ahogaba mis gemidos, el seguía diciéndome al oído “mi bancaria, mi bancaria”. Tuve un nuevo orgasmo, brutal, intenso, y él se vino dentro de mí.
La razón me volvió y le dije, papá, mamá ya esta al llegar. Me dijo si amor. Se vistió y salió. No entendí por qué. Me duché rápido. Cuando mamá llegó, unos 15 minutos después. Estaba vestida con mi ropa de casa y estudiando. Me preguntó que había pasado y le conté lo del examen. Papá llegó unos 10 minutos después.
Luego supe que habían quedado con mamá ir a visitar a un tío enfermo y había pedido permiso y salido temprano. Suerte o coincidencia. O simplemente nuestro destino. Papá disfrutó a su bancaria. Aún hoy, tantos años después, recuerdo esa tarde con especial cariño.
Vivíamos en Breña, uno de los distritos antiguos de Lima. Junto al centro, pero muy venido a menos., en una casona antigua que había sido dividida en cuartos y pequeños apartamentos. Nosotros vivíamos en uno mono ambiente que, gracias a Dios, tenía baño propio. Si bien era pequeño, para nosotros tres era suficiente. Mi papá lo había habilitado con cortinas. No era una privacidad absoluta, pero eran tres espacios diferenciados: donde estaba su cama, donde estaba la mía y el área común, que era todo a la vez: cocina, sala, comedor, cocina, lavandería y tendedero (tender la ropa fuera era arriesgarse al robo).
Me había acostumbrado a esa vida. Estudiaba en un colegio público a pocas cuadras de donde yo vivía. Mis amigas vivían en cuartos o micro departamentos como en el que yo vivía. Pensaba que eso era lo normal, que todos vivían así.
Cuando estaba en los últimos meses de colegio, decidí postular a una universidad pública. Se los había dicho a papá y mamá. Ellos me dijeron que me apoyarían como pudieran. Fui el premio de excelencia en mi colegio y eso me permitía participar en el examen de ingreso preferencial, donde sólo participaban el primero y segundo de cada colegio. Tenía el ingreso seguro, pues siempre quise estudiar administración de empresas, los chicos y las chicas “inteligentes” siempre postulaban a medicina o ingenierías.
Ni siquiera llegué a inscribirme. El día de la clausura, como regalo por la graduación, mi papá y mi mamá me dijeron que postulara a la Universidad Católica. Me sonreí. Sabía bien que, en nuestra situación económica, era imposible que mis padres me pagaran esa universidad. Ni siquiera la privada más barata, menos la Católica.
Luego me dijeron. Habían averiguado. Por mi histórico de notas y mi premio de excelencia; si ingresaba entre los primeros puestos, tendría derecho a una beca al 80%. Ellos, sin decírmelo, habían ahorrado por muchos años y podían pagarme ese 20% por tres años. Me dijeron que, después, se vería que haríamos.
Lloré. Estudiar en la Católica era como un sueño imposible. Algunas veces había pensado en ello. Pero no me hacía ninguna ilusión. Era algo irrealizable para nosotros. Pero estaba allí. Con esa posibilidad.
Ingresé primera a administración (si, los chicos inteligentes van a ingenierías o medicina). Me dieron la beca al 80% y desde el segundo año 100% de beca.
Estudiar en la Católica fue, al inicio, chocante. Desde la ropa que usaba hasta las costumbres, era un mundo distinto. En administración era “la única chica pobre” pero en las demás carreras, sobre todo ingeniería, había algunos. Me costó aceptarlo, pero pronto, tuve un grupo de amigos y todo fue mejorando.
Pero eso es otra historia.
Seguía viviendo en Breña. Quedaba cerca a la universidad. Eso era cómodo. Estaba más tiempo en el campus que en casa. Hasta el baño del pabellón era un lujo al lado del de casa.
Tuve un novio, luego tres más. El segundo me desvirgó. Había llegado virgen a la universidad. Mi vida amical era bastante buena. Sin complejos acepté que no podía tener la capacidad de gasto de mis amigos. Y ellos también lo entendieron. Me hicieron participe de sus actividades y empecé a salir con frecuencia.
Cumplí 18 estando en la Universidad. Me sentía feliz, era mayor de edad y estudiante de la Católica, mi mejor escenario. El verano siguiente, en la temporada de vacaciones, estar en casa me resultaba tedioso. Mis compañeros se habían ido pasar la temporada de playa. Mi novio igual.
El mini departamento donde vivía era un sauna. El calor me daba más calentura y andaba siempre arrecha. Cómo pasaba la mayor parte del día sola, me masturbaba con frecuencia.
Los primeros días de febrero mi abuela se enfermó. Mi mamá tuvo que viajar a cuidarla. Me quedé a solas con papá.
Asumi las responsabilidades de mamá, de hecho, siempre la ayudaba en cocinar, limpiar, lavar. Empecé a hacerlo sola. No era nada difícil, era un apartamento de quizás 25 m2 y siendo optimista.
Al principio todo normal. Pero a la semana me di cuenta que papá me miraba con otros ojos. Por lo que oía siempre, casi interdiario cogía con mi mamá. Había pasado ya más de una semana y me resultó obvio que él necesitaba una mujer.
Me masturbé algunas veces pensando en él. Si bien lo veía todos los veranos en calzoncillos, más de una vez lo había podido ver desnudo. Eso venía a mi mente. Su verga muy oscura, casi negra, me perturbaba. Los chicos con los que había cogido eran “blanquitos” de penes rosaditos. La verga de mi papá era muy distinta y me perturbaba.
No resistí más. Me decidí a coger con él.
Lo esperé en ropa interior. Sólo calzoncito y brasiere. No solía estar así en casa. Cuando él llegó, le dije que había mucho calor y le pregunté si lo molestaba que este vestida así. Me miró como a mujer, no como a su hija, y me dijo que no lo molestaba, que sí, que era cierto y había mucho calor.
Se sentó en el único sofá que teníamos y mientras calentaba su comida le daba la espalda. Estaba segura me miraba el culo. Intentaba moverme con algo de sensualidad. Como me venía a la mente. Unos minutos después se puso de pie. Se pegó a mí. Con sus manos fuertes me cogió de la cintura. Me llevó, a la fuerza, hacia su cama.
No me negué. No resistí. Me tiró sobre la cama. Me bajó el calzón. Con sus brazos me acomodó como perrita. Lo dejaba hacer. No protesté. No decía nada. Me acomodó al borde. Sentí que se desabrochaba la correa y se bajaba el pantalón. Estaba nerviosa y ansiosa. Pero no decía nada. No oponía resistencia.
Me penetró sin ninguna previa. Yo estaba húmeda ya. Sentí como su verga entraba y me presionaba. Se la había visto siempre fláccida. Pero la imaginaba muy grande erecta. Eso sentí, más larga y gruesa que cualquiera de los chicos con los que había cogido. Imaginaba las noches con mi mamá, en las que yo oía como lo hacían. Me sentía plena.
Me cogió ambas nalgas con sus manos. Comenzó a moverse. Sin palabras. Solo gemía y yo gemía. En pocos minutos llegué, tuve un orgasmo intenso. En ese instante con mis gemidos y contracciones me dijo “hija que puta eres”. Escucharlo aceleró mi ritmo y seguí hacia un nuevo orgasmo. Él llegó conmigo. Se vació dentro. Se arregló el pantalón y se fue.
Cuando desperté, papá ya se había ido. Vi su cama, estaba destendida (mamá asumía todas las labores en casa). La cortina que la separaba de nuestro espacio común, abierta. Sobre la cama, un calzoncillo. Pensé que era el que había usado anoche, mientras me cogía. Eso me excitó
Cerré los ojos y pensé en lo sucedido la noche anterior. Había sido todo muy rápido y por primera vez había sido la mujer de mi padre. Me había cogido y eyaculado dentro. No me preocupaba, pues poco después de cumplir 18 años, para poder sentirme más tranquila al coger con mi novio de esos meses, había empezado a tomar anticonceptivos. Eran gratuitos y podía pedirlos en la posta médica. Había cambiado dos veces de novio, pero no había perdido la costumbre de usarlos. Esos días me eran muy útiles. Si bien estaba ya por cumplir 19 años, tenia una cierta experiencia sexual; pero con ningún chico había sido tan intenso como con papá.
Unos minutos después, mi novio me llamó. Seguía en la playa. Insistió, un poco, para que fuera a pasar unos días con su familia. Él sabía mi respuesta, pero igual siempre lo intentaba. No iría a la playa pues con seguridad, su familia me despreciaría. No era de su círculo social ni tenía sus costumbres. Vivía en Breña, ellos en Miraflores. Además, ellos tenían “casa de playa” y yo, con las justas, dos o tres veces cada verano, había ido hasta Agua Dulce y, siendo más chica, un par de veces a Ancón.
Hablamos buen rato. Me dijo que me extrañaba y me “deseaba”. Le seguí la corriente. Era un buen chico e, incluso hoy, casi 19 años después, siendo ya una mujer madura, de 38 años, con (creo) algo de experiencia, sigo creyendo que realmente me amaba. Unos meses después terminamos por un incidente desafortunado con su hermana (tenía razón cuando decidí no ir a la playa con ellos). Pero, no me importó, estaba en un momento en el que sólo me importaba ser la mujercita de papá.
Cuando cortó. Empecé a estimular mis pezones con las yemas de mis dedos. Había dormido solo en tanga. En el muy pequeño monoambiente en el que vivíamos, el calor era infernal. Teníamos un ventilador que prendí y apunté hacia mi esquina. Abrí lo más que pude la cortina de separación, pero igual, el ambiente era una sauna.
Jugueteé un rato con mis pezones y luego mi mano derecha bajó sobre mi tanga, la sentí húmeda, muy húmeda. Comencé a presionar sobre ella y mi calentura fue subiendo. Estaba a punto de sacármela, para poder masturbarme sobre mi cama, cuando tocaron la puerta. Sentí rabia. Pero me puse un short y un polo. Abrí.
Era la vecina. Traía las compras del mercado. Mi mamá sabía que detestaba ir al mercado. Había coordinado con ella y le había dejado dinero, para que cuando ella fuera, dos veces a la semana, comprara las cosas para nosotros. Le agradecí.
Se rompió mi inercia calentona.
Ordene el espacio de mi papá. Su calzoncillo tenía trazas de semen en su parte delantera. Lo acerqué a mi rostro y lo olí. Me sentí bien con eso. Tendí su cama, ordené sus cosas. Luego ordene mi espacio y finalmente el área común.
Preparé el plato favorito de papá, ají de gallina. Almorcé sola. Él volvería a la noche. Dormí una siesta. Luego Sali a caminar. Fui al cine y poco antes de las 7pm volví a casita.
Papá solía llegar como a las 7.30pm. Los 30 minutos previos fueron angustiosos para mí. No sabía como iba él a tomar lo que había sucedido la noche anterior. Si me regañaría o me pediría que deje la casa. O si, por el contrario, llegaba muy caliente directo a usarme como su putita.
Mi segunda línea de pensamiento venció y decidí esperarlo en la faldita más cortita que tenía. No en tanga como la noche anterior, sino en algo que era a la vez sugerente pero no tan directo. Tenía 18 años, pero creo que era bastante hábil en esas cosas.
Cuando llegó, lo recibí con un beso en la mejilla. Sólo me dijo “hola hija”. Le pregunté si deseaba cenar ya. Me dijo que primero tomaría un baño, que había hecho mucho calor y estaba muy sudado.
Fue hacia el espacio del monoambiente que compartía con mamá. Se desnudó sin cerrar la cortina. Se sacó toda su ropa. Yo lo miraba todo el tiempo. Mi concha se empezó a humedecer cuando vi su verga gruesa, aún dormida y fláccida.
No me pude contener.
Di unos pasos hacia él. Se puso de pie. Me abrazó y atrajo hacia su cuerpo. Con mi mano derecha le cogí su verga. Se puso dura con mi mano sobre ella. Sentí el endurecimiento y eso me descontroló.
Lo empujé un poco sobre su cama. Se acostó. Me senté a su lado y con la poca experiencia que tenía, empecé a chuparle la verga. Las de mi novio y los dos anteriores, además de más pequeñas, estaban casi siempre limpias y no olían mucho. La de papá olía muy muy fuerte, a orines, a sudor. Estaba sudada, algo pegajosa. Sabía que había trabajado todo el día y sentí que debía complacerlo.
Hice lo mejor que pude, con mis labios y mi lengua. La lamí, la chupé, pero no pude meterme más de la mitad en la boca. No soy garganta profunda, ni ahora ni en aquel momento. Pero igual intenté dar lo mejor de mí. Comenzó a decir “que rico mi amor, tu madre no lo hace”. No se porque dijo eso, pero me excitó más. Sentir que “hacía algo más que mamá” me hizo sentir mejor. No puedo explicarlo, lo he pensando por tantos años, pero no encuentro razón. Nunca tuve una mala relación con mi madre, ni antes de lo que voy describiendo, ni después.
Pero, saber que hacia algo que “ella no hacía”. Me daba un sórdido placer.
Me saqué la tanga, pero me quedé con la falda. Me subí sobre papá. Comencé a cabalgarlo, aún con la faldita puesta. Eso lo excitó mucho. Comenzó a manosearme. Me sacó el polo. No tenía brasiere. Jugueteó con mis senos y pezones. Tuve un orgasmo sobre él. Luego otro.
Por alguna razón no quería cambiar de posición. Estar sobre él y verle el rostro lleno de placer me hacia sentir plena. Su verga entraba toda en mi concha. Me sentía llena y llegué a un tercer orgasmo y él se vino dentro.
Cuando estuve en el último año de universidad empecé a trabajar en una Caja Municipal. Una entidad financiera especializada en microfinanzas. Era asistente de plataforma, un empleo de medio tiempo. No me pagaban mucho, pero me servía para tener un ingreso y costear mis gastos. Eso fue un alivio para mis papás. Me sentía muy contenta.
Seguía viviendo con ellos, en el micro departamento de Breña. Podía haberme arrendado algo propio, pero prefería compartir con ellos y apoyarlos con sus gastos y, por cierto, estar cerca de papá esos meses.
Por mi trabajo tenía que usar uniforme. Falda, blusa y saco. Me lo dio la empresa y me sentía muy a gusto y cómoda. Me acostumbré a usar el uniforme todo el día, pues tenía que ir temprano a la universidad y luego del almuerzo ir a trabajar; no me daba tiempo para cambiarme.
Mi papá estaba muy contento y más de una vez, mientras teníamos intimidad, me dijo lo sexy que se veía “su bancaria”. Seguíamos teniendo sexo los sábados al final de la tarde, cuando mamá iba a sus reuniones en la parroquia. Era nuestro momento semanal. Si bien era algo “rutinario”, a la vez era muy lindo pues ambos sabíamos que era nuestro tiempo juntos, nuestro tiempo “de pareja” no simplemente como padre e hija.
De lunes a viernes, cuando llegaba del trabajo, ya estaba mi mamá, que dejaba de trabajar en el mercado hacia las 5pm. Yo solía llegar hacia las 7pm y papá luego de eso. Los sábados trabajaba por la mañana, mis papás, solían llegar hacia las 3pm.
Un jueves salí, como de costumbre, a la universidad, pero ya vestida para ir al trabajo. En clases me avisaron que tenía examen al día siguiente. Eso me descuadró. Llamé a mi jefe y le pregunté si podía tomarme la tarde libre. Al principio no quiso, pero me propuso intercambiar las 4 horas de la tarde por trabajar el domingo por la mañana, en una campaña de captación de ahorros; me pareció super y acepté.
Terminaron mis clases hacia la 1pm. Almorcé un menú cerca de la universidad. Sabía que en casa no habría que comer. Llegué a casa a las 2pm.
Por el apuro de estudiar, no me cambié. Me quedé con mi uniforme y, como de costumbre, empecé a estudiar sobre la mesa de la cocina, que era la única que teníamos. Cuando me di cuenta, eran ya las 4.25pm. Había avanzado bien, me faltaban un par de temas de estudio, pero ya los sabía y estaba tranquila.
Me dieron ganas de orinar y fui al baño. Como estaba sola, no corrí la cortina. De pronto, entró alguien a casa. Por la hora pensé era mi mamá, cuando intenté correr la cortina, me di cuenta que era papá.
Me vio sobre el inodoro. Orinando. Con mi uniforme de trabajo puesto. Se quedó quieto un instante. Igual yo. De pronto, avanzó hacia el baño. Yo estaba sin poder reaccionar ni poder decir algo.
En ese momento fue solo un hombre arrecho. No un papá. No un amante. Sólo un hombre excitado. Se desabrochó el pantalón y sacó la verga. Me cogió de la cabeza y, así sentada como estaba, me puso a chupársela. Chupa “bancaria” me decía. Y con que ganas lo hacía, se puso muy tiesa en instantes. Como era tan grande me ahogaba cuando intentaba metérmela toda a la boca. Estuvimos así unos minutos. Me excite tanto que mi concha era ya una sopa y hasta pensaba que chorreaba sobre el inodoro.
La sacó y me dijo “vamos a tu cama”. Me levanté. Aún con el calzón debajo de las rodillas. Sin limpiarme ni acomodármelo, camine hacia la cama. Eran pocos pasos.
Me acomodé en 4 patas al borde. Con el calzón en las rodillas y la falda aún puesta. Papá se quedó unos segundos, que me parecieron interminables, diciéndome “mi bancaria, mi bancaria”. De pronto me cogió ambas nalgas con sus manos y me penetró violentamente. Toda su enorme verga de un solo tirón. Me dolió y me mordí los labios para no gemir ni gritar. Se mantuvo así un buen rato. Tuve un orgasmo.
La sacó y me dijo “bancaria quiero cogerte de pie”. Me levanté. Me acomodó contra la pared. Él me acomodó la falda y me subió el calzón. Se alejó un poco y me miraba. Estaba perfectamente vestida. Sin zapatos, pero con el uniforme completo. Y él me admiraba. Yo me sentía muy feliz ese instante, con él solo mirándome sin decirme una sola palabra.
Luego se acercó y empujo mi mejilla sobre la pared y me hizo quebrar, tirando las nalgas hacia afuera. Me bajó el calzón y subió la falda hasta las nalgas. Me volvió a penetrar violentamente. Esa vez ya no me dolió.
Mientras ahogaba mis gemidos, el seguía diciéndome al oído “mi bancaria, mi bancaria”. Tuve un nuevo orgasmo, brutal, intenso, y él se vino dentro de mí.
La razón me volvió y le dije, papá, mamá ya esta al llegar. Me dijo si amor. Se vistió y salió. No entendí por qué. Me duché rápido. Cuando mamá llegó, unos 15 minutos después. Estaba vestida con mi ropa de casa y estudiando. Me preguntó que había pasado y le conté lo del examen. Papá llegó unos 10 minutos después.
Luego supe que habían quedado con mamá ir a visitar a un tío enfermo y había pedido permiso y salido temprano. Suerte o coincidencia. O simplemente nuestro destino. Papá disfrutó a su bancaria. Aún hoy, tantos años después, recuerdo esa tarde con especial cariño.