Son bastante curiosas, y no se parecen a las aventuras que viví con Harry y sus amigos, como formar parte de la Orden del Fénix, luchar contra los Mortífagos o la guerra que se desató en mi sexto año de curso cuando El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado intentó acabar con todos nosotros. A veces las aventuras más curiosas se presentan de la manera más anodina posible...como lo que me pasó con el profesor Binns.
El profesor Cuthbert Binns daba clase de Historia de la Magia en Hogwarts. Era algo calvo, con el pelo entre gris y blanco, y sus ropas parecía sacadas de otra época, quizá de la época en que mi padre estudiaba en Hogwarts. Para mí era muy impactante porque cuando le miraba, veía a través suyo. El profesor estaba muerto. Era uno de los muchos fantasmas que tenía Hogwarts, pero era el único que nos daba clase. Los demás se dedicaban a deambular o a flotar de un lado a otro, pero él no. Mi padre, Xenophilius Lovegood, me explicó que Binns había sido profesor en vida, y que una mañana fue a dar clase y dejó su cuerpo muerto atrás, y siguió yendo a dar clase como si aún estuviese vivo. Eso me hacía pensar en muchas cosas. Por ejemplo: ¿cuánto cobraría un profesor muerto?, ¿y en qué gastaría el dinero, si no necesitaba comer ni beber?. Si se cansaba o sentía fatiga, ¿cómo recuperaría las fuerzas?. ¿Qué clase de comida podría comer un fantasma?. Cosas como esa.
Pocos años atrás había perdido a mi madre, por un experimento que hizo. Creo que aún la echaba de menos, y sentía mucha curiosidad por los fantasmas y el Más Allá. Pensé que el profesor Binns, como ya estaba muerto, podría darme algunas respuestas sobre eso, así que esperé un día a que terminara su clase para hablar con él. No me fue difícil estar a solas con él, los demás compañeros, en cuanto acabó la clase, salieron de allí rápidamente. Creo que había partido de Quidditch o algo así. De cualquiera manera, mis compañeros se aburrían mucho con él porque el profesor también era muy aburrido. Como ya no respiraba, sus lecciones eran largas e interminables, y más de alguno casi se había dormido escuchándolo. Para ser el único fantasma que daba clase, era el único que carecía de sentido del humor para hacerla más amena.
-¡Profesor Binns!-le llamé cuando ya se iba-.
-¿Si, Srta.?.
-¿Puedo hablar con usted un momento?.
-Ah, ¿tiene algún problema con la lección?. Estudie mucho, que formara parte de su examen de la semana que viene.
-No se trata de la lección. En realidad necesitaba preguntarle una cosa.
-Si es personal, no puedo ayudarla. No tengo tiempo que perder, he de preparar los exámenes y las lecciones siguientes.
Me puse delante de él para evitar que siguiera caminando y que saliera del aula atravesando la pizarra, como siempre que hacía para entrar y salir. Luego me di cuenta de lo estúpida de mi idea: si atravesaba la pizarra también podía atravesarme a mí, pero no fue así. Se quedó frente a mí, flotando.
-¡Apártese, Srta. Beckinghall!.
Me sorprendió que me llamara así, pero tampoco me importó. Me llamaban de tantas formas distintas por los pasillos que una más ya me daba igual.
-Solo le robaré un momento, profesor Binns. Necesito preguntarle algo.
Antes de lanzar la pregunta, de forma instintiva, alargué la mano para tocarle. En realidad sabía que no lo tocaría, y que mi mano lo atravesaría o se quedaría en medio de su cuerpo fantasmal, pero eso era lo que quería. Quería saber qué se sentía...pero no me imaginaba lo que pasaría a continuación por satisfacer mi curiosidad.
-¡DESCARADA!.
Entonces ocurrió algo muy extraño. El aula se enfrío, y yo me lanzada contra la pared de la pizarra por un fuerte viento que venía del profesor. Mi falda se levantó hasta dejar mis piernas a la vista de cualquier que entrase en clase y tenía los brazos pegados a la pared. No podía moverme. El profesor Binns parecía realmente colérico.
-¡No voy a consentir familiaridades entre profesores y alumnos!. ¡Ni tampoco la falta de respeto!. ¡Srta. Rebecca Beckinghall, es usted una alumna muy indisciplinada!. ¡Alguien tiene que enseñarle modales!.
-Profesor Binns, no soy Rebecca-intentaba decirle-. Me llamo Luna. ¡Luna!. Soy Luna, Luna Lovegood.
-¡No juegue conmigo, Srta. Beckinghall!. ¡Sé muy bien quien es usted!. ¡Tocar a un profesor!. ¡Esto es intolerable, pero no se preocupe!. ¡Si usted quiere tocarme, yo la tocaré a usted!.
Y pasó algo aún más raro. El profesor no me había tocado, pero mi ropa interior de pronto se rasgó y se hizo jirones, y como mi jersey se había levantado y me tapaba la cara, no podía ver bien lo que pasaba, pero sí sabía que como mi falda, al igual que mi jersey, se había levantado, el profesor Binns estaba viendo mi entrepierna. Era raro que la única parte de mi cuerpo que él podía mirar fuese esa. No podía mirarme a los ojos, pero sí ver mi sexo desnudo.
-¡Srta. Beckinghall, prepárese!. ¡20 azotes!.
De estar contra la pared, elevada en el aire, pasé a estar elevada en el aire...sobre la silla del profesor, como si estuviese boca abajo sobre sus rodillas. Quise girarme para ver lo que iba a pasar pero me encontraba paralizada, de manera que apenas podía mirar a mi alrededor. Logré mirar por el rabillo del ojo, y vi como el profesor cogía una regla de su mesa. Me revolví como pude, pero no fui capaz de escapar, y como mi varita se encontraba en mi oreja izquierda, no pude cogerla por tener las manos como esposadas a la altura de mi culo. De haberlo hecho quizá hubiera podido lanzarle un conjuro para así escapar del castigo.
-¡Lo siento, profesor Binns!. ¡No quería molestarle!. ¡Solo quería preguntarle de como era ser un fantasma!.
-¿Fantasma?. ¿¡Te burlas de mí!?. ¡No consentiré que se burle de mí!. ¡Cállese o de lo contrario serán 50 azotes los que le dé!. ¿Me ha entendido, Srta. Beckinghall?.
-Sí, señor-contesté rápidamente. Mejor soportar 20 que 50-.
Vi la regla y fue algo extraño. Estaba en el aire, pero podía ver como la mano del profesor la sostenía como si en verdad la cogiese entre sus dedos. Me arqueó el culo, me lo puso en pompa y entonces comenzó a azotarme.
-¡AY!.
El primer golpe en mis nalgas me dolió mucho. Había sido muy rudo, y los que siguieron a ese primer azote fueron igual de dolorosos. Debí perder la cuenta al sexto o al octavo azote, del dolor que me había provocado, y él siguió azotando hasta que llegó a 20 y terminó mi castigo. Nunca me habían hecho algo así, y me dolía tanto que no me podría sentar en varios días.
-La próxima vez que se propase conmigo no solo le pienso quitar 50 puntos a su casa de Ravenclaw si no que levantaré un acta y le daré parte al director Dippet. Buenos días, Srta. Beckinghall.
Cuando el profesor se fue me quedé allí tirada, cansada y dolorida. Sentía arder mi culo por los azotes dados, y suponía que debía de tenerlo muy enrojecido. Me llevó varios minutos poder levantarme, pensando en lo que había dicho el profesor Binns. Mi padre me había hablado del director Dippet: fue director de Hogwarts antes del actual, Dumbledore. Entonces lo entendí: para Binns nada había cambiado, y pensaba que aún vivía en la época de Dippet. Por eso él me llamaba Beckinghall. Mientras pensaba sobre aquella chica, Rebecca Beckinghall, cogí mi varita de la oreja.
-¡Speculórum!.
Hice aparecer un espejo en el aire y así pude ver lo que yo ya sentía en mis rojas y doloridas carnes. El profesor Binns me había dejado el culo con las marcas de la regla y lo tenía rojo como un tomate. Si no hacía algo, sería imposible caminar o sentarme de forma normal.
-Sanare derma.
Aplicado el remedio, poco a poco el dolor y la rojez fueron pasando hasta que al fin desaparecieron. Lo más difícil era recomponer mi ropa interior, no tenía un conjuro sobre eso. Cuando fui a cogerlas, de pronto éstas se elevaron en el aire y se escuchó una sonora carcajada en el ambiente. No sabía que las braguitas podían reír.
-¡Braguitas rotas!. ¡Que divertido!.
Entonces apareció un ser flotando en el aire, que giraba sobre mí mismo como la aguja de un reloj hasta volver a estar “de pie”. No supe quien era ese ser de inmediato. Tardé un poco.
-¿Usted es Peeves, verdad?. He oído hablar de usted, se dice que es el poltergeist de la escuela. Nunca lo había visto antes. Es muy extraño.
-¡Jajaja, sí, ese soy!. ¡Tus braguitas me han hecho mucha gracia!. ¡Hacía mucho que no veía a Binns actuar como un vivo!.
-¿Sr. Peeves, le importaría devolverme mis braguitas?. Me hacen falta.
-¡No, son mías!. ¿Por qué iba a hacerlo?. ¡Creo que mejor las colgaré de bandera en la Torre de Astronomía!.
-Pero eso no es justo-repliqué-. Eso es mío.
-¡No, ahora es mío!. Me voy con ellas.
Quiso salir por la puerta con mis braguitas, pero se la cerré con un conjuro. No le gustó que lo hiciera, porque empezó a tirarme cosas de las estanterías. Las aparté lo mejor posible, pero Peeves logró huir por la puerta llevándose mis braguitas, así que fui a perseguirlo por los pasillos confiando en que nadie más nos viera. Intenté dormirlo o paralizarlo con un conjuro, pero aparecía y desaparecía de un lado a otro y no era fácil seguirle el rastro. Cuando estaba a punto de alcanzarle, choqué de bruces contra alguien y los dos caímos al suelo.
-¿¡Es que no te fijas por donde vas!?.
Me sorprendió ver quien era. Se trataba de Argus Filch, el celador, un hombre de aspecto huraño y algo mayor. La verdad era que no me caía muy bien. Siempre llevaba ropa ajada y vieja, y él mismo parecía ir siempre sucio. Tenía los ojos castaños, el pelo casi como el de Binns, largo por las sienes pero calvo por arriba, y una expresión como de desprecio perpetuo por la gente como yo, los estudiantes. Tenía una gata muy bonita, la Sra. Norris, de color gris, pero a mí no me gustaba mucho. Solía chivarle a su amo si veía a algún alumno deambulando por donde no debía (¿cómo lo hacía?, ¿es que Filch hablaba gatuno?).
-¡Niñata insolente!. ¡Ya deberías saber que no se puede correr por los pasillos!.
-Lo siento, no lo hice adrede. Estaba persiguiéndole a él-señalé al techo-.
Cuando Filch se giró, Peeves había desaparecido, de manera que no lo vio.
-¿Perseguir a quién?.
-A Peeves. ¡Mire, ahí está ahora!.
Como aparecía y desaparecía a su antojo, Filch nunca lograba verlo por más que lo intentaba. Finalmente pareció estallar.
-¡Déjame en paz, niña estúpida!. ¡A Peeves nunca se le puede coger, si es que en verdad está aquí!. ¡Ese maldito duende estaría mejor convertido en piedra!. ¡Molesto y detestable bicho!. ¡Ojalá te largases de aquí!-gritó al aire-.
Al insultarle de ese modo Peeves se enfadó bastante, porque le empujó contra mí y los dos volvimos a chocar. En vez de caer al suelo, esta vez yo fui de espaldas contra una columna, y quedé entre la columna y el Sr. Filch, que se apartó de mí rápidamente.
-¡Dejadme en paz los dos!. ¡Lárgate de aquí, mocosa, y ya me las veré contigo, duende del demonio!.
-¡AH!.
Peeves hizo una travesura conmigo, y mientras no dejaba de reírse, me levantó la falda por completo como si su punto de gravedad estuviese en mi cabeza. Intenté bajarla lo más rápido posible, pero por más que lo intentaba, Peeves la volvía a subir.
-Diablo de niña, ¿es que ahora las chicas ni siquiera tenéis el más mínimo pudor para vestir?. ¡Y luego os extrañáis de que os castiguen!. ¡Ah, como añoro esas torturas de antaño, donde podía colgar de los pulgares a los alumnos malos en las mazmorras!.
-Es lo que intentaba decirle. Peeves me robó las braguitas. Quería recuperarlas.
-¡Ven conmigo, mocosa!. ¡Yo daré cuenta de ti!.
El Sr. Filch me agarró del brazo y me llevó con él, mientras Peeves se alejaba en la otra dirección, cantando y ondeando mis braguitas. Por lo menos sabía donde podría ir a recogerlas, si es que no me había mentido. Al cabo de unos minutos llegamos hasta el despacho del Sr. Filch, y éste comenzó a rebuscar en los cajones de un gran armario que había allí.
-¿Por qué me ha traído aquí?.
-Para darte un castigo ejemplar, por supuesto. ¡Ir sin ropa interior por el colegio, habrase visto!. ¡Ajá!. ¡Lo encontré!.
Sacó algo muy extraño. Parecían dos cepos, pero eran tan pequeños que apenas podían atrapar una pata de un animal salvo que fuese un cachorro. Si hubiese tenido la varita a mano, podría haberlo congelado o petrificado, pero en cuanto me hubo cogido del brazo para llevarme allí por la fuerza se había apropiado de ella, y la tenía en su abrigo raído, en uno de sus bolsillos.
-¡Ven aquí!. ¡Vas a aprender un poco disciplina!.
Me cogió con fuerza y me levantó la ropa. No la falda, si no la camisa y el jersey que llevaba. Apartó la corbata y entonces hizo algo que me provocó mucho dolor: puso los cepos en mis pechos, justo en mis pezones. Fue algo doloroso.
-¡No te lo intentes quitar!-me avisó cuando vio que iba a hacerlo-. Si alguien que no soy yo intenta quitártelos estos apretarán cada vez más fuerte.
-¡Ay!. ¿Y no podría mejor azotarme el culo en lugar de ponerme estos cepos?.
-¿Azotarte el culo?. ¿Es que quieres que te castigue más?.
-Prefiero el culo a esto, si no le importa.
Intenté que el Sr. Filch comprendiera el porqué se lo decía, pero no me dejó que se lo explicara. De una mesa cogió una vara larga y fina, nada que ver con la gran regla del profesor Binns, y se puso a azotarme de nuevo el culo. No me hubiese importado el que me lo volvieran a azotar...pero es que no me había quitado los cepos de los pezones.
-¡Ay!, ¡eso no!. ¡Quíteme los cepos, por favor!. ¡Es que me duele!.
-¿Te has creído que das órdenes?. ¡Aquí el que las da soy yo!.
La vara me hacía aún más daño que la regla, al ser más fina. Y los cepos hacían que viera las estrellas. El problema de los cepos no era donde estaban...si no que estaban moviendo: apretaban y aflojaban como...sí, como si fueran bocas. Y estaba empezando a sentir cosas muy raras. Unas dolían. Las otras...me gustaban.
Estuvo azotándome durante bastante rato, más que el profesor Binns. Acabé con los ojos encharcados de lágrimas, porque todo dolía muchísimo. Filch me azotaba todo lo fuerte que podía, y estaba claro que disfrutaba con ello. Se rumoreaba entre la gente que Filch odiaba a los alumnos porque él era un squib, un “no mago” nacido de magos, y que como los demás aprendían lo que él no podía, estaba resentido con ellos. Si aquel rumor era cierto yo podía ahora dar fe de él: me estaba castigando con verdadero odio.
-Sois todos iguales. ¡Molestos!-un azote-. ¡Gamberros!-otro-. ¡Indisciplinados!-y otro más-. ¡Holgazanes!-y otro más-. ¡Arrogantes!-otro más!-. ¡Malandrines!...
Y siguió insultando y golpeando hasta que el culo quedó tan dolorido como con el profesor Binns. Bueno, de hecho quedó más dolorido. Pensé que por fin acabaría mi castigado...hasta que Filch me colocó sobre su mesa, boca abajo, tal como estaba antes sobre sus rodillas, pero con las piernas asomando por fuera de la mesa.
-¡Vas a saber lo que es andar provocando, niñata!. ¡Te mereces un correctivo de los de antes!. ¡Ah, como añoro esos castigos de otros tiempos!. ¡Eso sí era castigar!.
Me sujetó la cabeza de forma que no pude mirar. Antes de que supiera lo que me iba a hacer, ya lo supe por mí misma. No sé que era, pero sí que era algo caliente y bien grueso, porque me lo había metido por el culo. Eso fue lo raro: yo pensaba que eso solo era de salida. Al parecer me equivocaba.
Filch disfrutaba de su trabajo, porque se puso moverme con eso que me metía de forma muy rápida. Yo no dejaba de gemir y gritar por el dolor que me provocaba sentir como aquella cosa, fuese lo que fuese, estaba metiéndose por entre mi culo. Y en verdad puedo decir que era algo largo, porque notaba como llegaba a meterse muy dentro por el culito. Como lo había metido de forma tan brusca, notaba su presión por entrar y la de mi culo por impedir que entrase, aunque creo que eso a Filch le gustaba, porque cuanto más fuerte mi culo se cerraba para impedir la entrada, más se esforzaba porque entrase.
¡Oh, es verdad!. Aplastada como estaba contra la mesa, los cepos de los pezones se me apretaban con más fuerza y se agarraban a ellos casi como ventosa, o algo así. No sabía que existían esa clase de cepos. Entre los cepos, el castigo y lo que Filch me hacía, las sensaciones me inundaban y no sabía qué pensar. Era rudo y no me gustaba, pero los cepos me estaban haciendo sentir cosas que me gustaban, aunque no lo sepa explicar. Al tiempo que sufría, me gustaba, y a la vez que me gustaba, sufría. No sé explicarlo mejor ni con otras palabras. Era placer y dolor, mezclados.
-¡Abre la boca de una vez!. ¡El castigo final te espera!.
Cuando dijo eso me tapó los ojos, me sacó de la mesa y entonces me hizo abrir la boca. No vi lo que pasaba, solo sentí que me daban a beber algo que no había probado nunca...o eso creía entonces, porque como era sonámbula, quizá ya lo había probado ir caminando en sueños por el castillo y no lo recordase. Lo raro es que no recuerdo de ver ninguna botella en la mesa o el despacho de Filch. ¿De donde salía entonces ese espeso líquido?. Ojalá hubiera podido verlo, pero Filch no me dejó, me obligó a tragarlo. Tenía un sabor cremoso, pero algo salado. A los varios segundos de habérmelo tragado todo, el Sr. Filch me soltó las manos, pero no me dejó ver, ya que aquello que me había dado a beber me lo metió en la boca, y tuve que tragármelo entero, allí de rodillas en el suelo. Creo que era lo mismo que antes se había metido por mi culo, y no por el olor o el sabor (si era lo mismo, Filch lo había limpiado concienzudamente que no se notaba nada de nada), si no por el tamaño. Grueso, caliente y largo. Sí, seguramente sería lo mismo.
Me cogió por la nuca para evitar que me lo sacara de la boca, y entonces pensé que si ayudaba a que terminase, entonces tal vez me dejase ir antes. Aún tenía pendiente recoger mis braguitas de la Torre de Astronomía. No sé porqué, pensé que si le daba a la lengua, quizá terminase antes, así que me puse a lamerlo al mismo tiempo que lo comía (o hacía que lo comía). Por un instante pensé que sería alguna especie de caramelo o de porra de Honeydukes, la tienda de golosinas de Hogsmeade, el pueblo de magos que se encuentra a poca distancia de Hogwarts...pero recordé que Filch odiaba a los niños, y al ser así, no tendría sentido que llevase ninguna chuchería en sus bolsillos.
-Ah, ¿entonces te gusta chuparlo, eh?. ¡Pues chupa hasta que te canses, mocosa malcriada!. ¡No dejes de chupar!.
Pero entonces, ¿era o no era una porra?. Porque las porras se chupaban...pero lo que tenía en mi boca no se parecía a una porra, o por lo menos no sabía como las que yo había probado antes. Y a lo mejor me equivoco, pero juraría que en la base de la porra, cuando la tragaba lo más posible...había pelo. ¡Pelo!. Podía notarlo en la punta de mi nariz. ¿Qué clase de porra tenía pelo?. Eso sí que me tenía intrigada.
Ni recuerdo cuando tiempo estuve allí de rodillas, semi desnuda, chupando como podía la porra de Filch, intentando descubrir a qué podía saber, si era de fresa, o quizá de naranja o melocotón. Seguramente debía estar desgastada por la falta de uso, ya que había perdido casi todo su sabor. De cualquier manera, estuve chupa que te chupa hasta que noté como las manos de Filch me agarraban con más fuerza la nuca, y como aquella porra de extraño sabor de repente se había convertido en una botella...porque no dejaba de manar el líquido espeso. ¿Una porra con pelo y que además echaba líquido cuando se la chupaba demasiado?. Si lograba ir a Honeydukes algún día les preguntaría por ella a los dependientes. Quizá ellos me dijeran de qué clase de porra se trataba. Estaba segura de que Filch no me lo diría.
-¡Espero que te haya servido de lección!. ¡Ya puedes irte!. ¡Y que no te vuelva a ver corriendo por los pasillos ni haciendo gamberradas, o te vas a enterar!.
Eso lo dijo cuando ya me había vestido, arreglado y estaba a punto de salir por la puerta. Lo extraño es que se tocó sus pantalones cuando lo dijo. No entendí porqué.
Nada más salir del despacho de Filch fui a la Torre de Astronomía, que quedaba a bastante distancia. Tenía la ventaja de que las clases ya habían terminado (la de Binns era la última) pero como había toque de queda, tampoco quería volver a ser castigada, y me di prisa hasta llegar a la torre. El aula era impresionante, al estar situada en la torre más alta del castillo. Tenía una visión completa de la bóveda celeste, y de noche era un observatorio astronómico perfecto donde estudiar estrellas y planetas. Había artilugios e instrumentos que no conocía su uso, pero que me impresionaba verlos. La verdad que la Torre de Astronomía imponía un poco, sobretodo por la altura que tenía cuando me fui a asomar por el torreón para mirar hacia abajo.
-Vaya, este sitio está muy alto-dije al mirar abajo-.
Luego miré a mi alrededor a ver si daba con ellas, pero por alguna razón no veía donde las podía haber metido Peeves. Para ser un duende fantasmal, lo cierto es que era bastante problemático. Tal vez pudiera ajustarle las cuentas a su debido tiempo, pero lo más importante ahora era encontrar mi ropa interior. Si había conseguido curar mi culito enrojecido con un conjuro, entonces también podría recomponer las braguitas. Eran mis favoritas, con dibujos de unicornios, dragones e hipogrifos, y también un regalo de papá por mi último cumpleaños. Como no tenía a mamá para regalarme esas cosas, él tenía que ocuparse de eso también. No acertaba mucho a saber qué debía comprarme, pero se lo perdonaba porqué sé cuanto me quería. Por eso las apreciaba tanto, y por eso deseaba encontrarlas. ¿Donde estarían?.
No las vi en el aula, pero Peeves había dicho que las iba a poner de bandera en ella. Si fuese así, entonces las pondría en la cúpula del tejado. Salí al adarve, al corredor exterior de la torre, y entonces revisé toda la parte exterior de la torre, pero no fui capaz de encontrarlos por mucho que quise verlas. Di la vuelta a todo el torreón pero no las vi en ningún sitio, e incluso me dio por mirar por entre los planetarios que allí había, pero nada. Entonces, no sé porqué, pensé en las palabras de Peeves: “¡bandera!”. Eso nunca se pone por dentro de la torre: se pone por fuera de ella. Había mirado mal. En efecto, al poco de volver a rodear la torre, las encontré, ondeando al viento, en el muro. Intenté de todas las maneras cogerlas, pero mi mano no llegaba por muy poco. Además, el viento de esa tarde era bastante fuerte, y me sacudía el pelo por la cara, y me costaba ver. Tuve que sujetarme a la almena en donde estaba para evitar caer, y me incliné todo lo que fui capaz...¡sí!. Me costó, pero había logrado cogerlas. Estaba tan contenta que ni siquiera me había fijado al darme la vuelta que no estaba sola. Había alguien allí.
-¿Se puede saber qué hace usted aquí?.
La reconocí nada más verla: era Aurora Sinistra. Era la profesora de astronomía. Era de tez morena, y si la memoria no me la ha vaciado ningún desmémorix flotante (les encanta robarte los recuerdos en los que no piensas a menudo), el único profesor de piel negra de Hogwarts. Vestía siempre túnicas muy oscuras, haciendo un extraño juego de sombras con su piel que casi le daba el aspecto de un dementor (son los guardianes de la prisión de Azkabán, la única prisión para magos que hay; se alimentan de la felicidad y los recuerdos alegres hasta convertir a uno en un cascarón vacío). Era alta, sus ojos eran de un verde muy oscuro, y aunque era como profesora era muy buena, también era muy severa con nosotros. Tal vez me equivoque, pero creo que nadie o casi nadie logró verla nunca emocionarse por algo. Incluso alguna vez he pensado que quizá algún dementor estuvo junto a ella tanto tiempo que le toda la felicidad que había en su corazón. Parecía bastante disgustada al verme allí.
-Srta. Lovegood, le he hecho una pregunta: ¿qué hace usted aquí?.
Miré a mis braguitas, que estaban sujetas en mi mano.
-Las había perdido. Bueno, en realidad, Peeves...
-¿Se ha creído que la Torre de Astronomía es un tendal, Srta. Lovegood?.
La pregunta sonó muy seria. Creo que estaba enfadada conmigo.
-No, profesora Sinistra. Aquí no hay ropa tendida.
-Pero sus braguitas sí estaban tendidas, ¿verdad?. La he visto recogerlas hace un momento de esa almena...y he visto que va sin ropa interior. Cuando el viento le levantó la falda-añadió-. ¿Es que no sabe lo es el decoro, Srta. Lovegood?.
Me quedé sin saber qué responderle. La verdad que con lo disgustada que estaba cualquier respuesta seguramente le hubiera enfadado más aún.
-10 puntos menos para Ravenclaw por su descaro, ¡y no se le ocurra protestar o le descontaré otros 20!-me señaló cuando vio que iba a decirle algo-. ¿Se ha creído que puede ir así como así por el castillo, sin ropa interior?. Se supone que es una estudiante de Hogwarts, no de un burdel. ¡Es una señorita inglesa, no una fulana!. Si busca que la traten como a una cualquiera en lugar de cómo a una chica bien, no se preocupe...que la van a tratarán como a una cualquiera. ¡Imanto!.
Mi varita salió despedida de mi oreja hacia la mano de la profesora Sinistra, tan rápido que casi ni me di cuenta.
-¡Vestiméntum vitae!.
Mi braguitas saltaron de mi mano y se rehicieron en el aire. Me alegré por volver a tenerlas enteras como si no se hubiesen hecho jirones, pero entonces percibí como mi ropa parecía moverse por sí misma. Mis braguitas cayeron al suelo y se colocaron por sí mismas entre mis piernas...pero entonces comenzaron a apretarme, y no era lo único que me apretaba. Mi camisa parecía que se habían convertido en dos manos que no dejaban de apretarme los pechos. El problema fue precisamente eso.
-¡Ay!.
Mi reacción hizo fruncir el ceño a la profesora Sinistra. Ésta vino hacia mí y me abrió la camisa, encontrándose con el secreto que escondía: los mini cepos de Filch. No me los había quitado cuando me ordenó marcharme de allí, así que supuse que mañana me los quitaría. No esperaba volver a tener problemas ni que nadie me los descubriera.
-¡Por Merlín!. ¿Pero qué clase de chica es usted, Srta. Lovegood?. ¿Cepos en los pezones?. ¡Es peor de lo que imaginaba!. ¡MÁXIMUM!.
A la orden de la profesora, mis braguitas pasaron de estar rozándose con mi sexo (o contra él, tanto daba) a intentar meterse por él. Era como si algo por fuera de ella lo estuviese apretando, algo alargado y grueso. ¡Anda, como la porra de Filch!. No había caído en ello. A lo mejor no era una porra, si no una raíz de esnúrculos (raíces mágicas para jardines; de ellas crecen los rábanos chillones). Las raíces de esnúrculos tienen por dentro como un líquido que sale al apretarlas...aunque no sabían igual.
-¡Varitae móvilis!. ¡Incanto!.
Mi varita, por sí misma, cobró vida y fue balanceándose como si fuese alguien que estuviese bailando...hasta que justo cuando estaba a punto de caer, la varita me hizo una gran presión en mis braguitas. Pensé que las volvería a romper, pero no fue así, las braguitas parecían volverse elásticas y en lugar de servir como contención para la varita hicieron las veces de goma elástica alrededor de ella...sobretodo porque ambos, varita y braguitas, se me metieron por el culo como antes se había colado la porra de Filch. Ante mí, con los brazos cruzados, la profesora Sinistra me miraba con gesto desaprobador.
-¡Ya veo que tienen que reeducarla a base de bien, Srta. Lovegood!. ¡Tiene usted demasiadas malas costumbres!. ¡Yo me ocuparé de eso!.
Se me hizo que dijera eso, pero que luego se me acercara para besarse conmigo. Y vaya beso. No podía dejar de gemir mientras sentía como su boca hacía contacto con la mía, y como me metía la lengua de forma muy brusca hasta que se puso a jugar con la mía. Aunque rudo, también era algo placentero. Cada vez que posaba sus manos en mis pechos y tocaba los cepos, éstos me apretaban los pezones hasta que me dejaban con la sensación mezclada de que me dolía, pero también me hacía sentir cosas que me ponían la cara muy roja y caliente. Me sentía arder por dentro, entre las atenciones de Sinistra, de mi varita metida por mi culo y de mis braguitas...metidas por ambos sitios.
-¿Cómo diablos puede llevar puesto eso, Srta. Lovegood?.
-No es mío...¡ay!...no lo toque, no es mío...solo el Sr. Filch puede quitármelo...es suyo...él me los puso...
Los ojos de la profesora se abrieron como platos. Quizá no me escuchó bien.
-¿Argus Filch?, ¿ese Sr. Filch?, ¿el viejo, repelente y desagradable de Filch?.
Me mordí el labio inferior mientras sentía como mi varita me estaba penetrando por detrás. Después de lo ocurrido con Filch no me dolía nada...y me gustaba bastante.
-¡Es usted una desviada!. ¡Y yo pensando que simplemente era un poco extraña!. ¡Es intolerable!. ¡Pienso reeducarla a conciencia!. ¡Separe las piernas!. ¡Ábralas!.
Lo hice, aunque más por la insistencia de ella que por deseos de obedecer. Tenía tantos sentimientos entrecruzados que me costaba pensar con claridad. Cumplí la orden de la profesora y me quedé en el suelo, con las piernas separadas y usando los brazos de apoyo por mi espalda. Con todo lo que pasaba, de nuevo el viento (¿o Peeves, quizá?) hizo que la camisa, que estaba unida por los dos botones superiores (mi jersey estaba ya en el suelo) se me voltease a la cabeza y que no pudiera ver lo ocurría. ¡Anda!. Otra vez me había quedado igual: no me podían mirar a los ojos pero sí a mi entrepierna. ¡Sí que era algo extraño!.
-Ahhh-comencé a gemir-...mmmm...aaahh-decía mientras sentía la camisa en mi cara, casi como si fuese una máscara que la cubriese-...
Ya no era solo que sintiese las braguitas, me parecía que había algo más por mis braguitas o sobre ellas, pero no atinaba lo que podía ser. ¿Dedos, una varita?. Como no lo veía, no podía asegurarlo. Lo que sí sabía es que parecía saber muy bien donde tenía que ponerse, porque fue directamente a por mi sexo. Ya estaba siendo acariciado por las braguitas, pero ahora había otra cosa ayudándolas. No sé cuanto duró, pero sí sé que en cuanto “aquello” terminó de tocarme (estuvo a punto de meterse por dentro tanto como antes la porra de Filch) sentí que era colocada en el suelo, y noté algo que era puesto en mi boca. Sentía un gran peso encima de mí, como si alguien hubiera puesto una enorme piedra...y entonces escuché la orden.
-¡Lame!. ¡Lame y no te dejes nada!. ¡Prometo devolverte los puntos perdidos si eres capaz de hacerlo bien!.
-¿Y...y como puedo hacerlo bien?. ¿Qué he de hacer?.
-¡Solo chupa, con fuerza, y hasta adentro!. ¡Adentro del todo!. ¡Vamos!.
No podía ver lo que era, la camisa me tapaba los ojos pero dejaba mi boca en el lugar preciso para poder lamer “eso” que tenía que lamer. Creo que al final la profesora no era tan mala. Si todo lo que tenía que hacer era lamer lo que fuera que fuese que me había puesto en la boca, pues a lamer tocaba. Esto sabía diferente que la porra de Filch, casi me recordaba a una papayágax, una fruta tropical con forma de gota de agua, con la peculiaridad de tener un sabor diferente a cada mordisco que se le dé: manzana, naranja, limón, melocotón, ciruela...esto tenía el mismo sabor, pero la textura era casi la misma. Lo sé por que una vez, en nuestros escasos viajes que no íbamos a Suecia en busca de un Snorkack de Cuerno Arrugado (con el que nunca dábamos, pero que no dejábamos de buscarlo), papá y yo viajamos al caribe y dimos con ella. Estaba bastante rica.
-¡Sí!. ¡Eso es, Srta...!. ¡Tiene que meter la lengua!. ¡Eso es!. ¡Sí, así es como lo tiene que hacer!...¡Más!. ¡Más fuerte!. ¡MÁS!.
Por los gritos de la profesora, juraría que estaba sentada justo encima de mí, y si eso fuese cierto entonces, ¿qué era lo que yo estaba lamiendo?. No podía ver nada, cosa que me dio bastante rabia porque sabía que si preguntara por ello al terminar, quizá ella me regañase de nuevo y me quitase más puntos de Ravenclaw. Me iba a quedar con las ganas de saber lo que estaba lamiendo, al igual que con la extraña porra peluda del Sr. Filch. De todas maneras parecía que lo lamía bien, porque la profesora no paraba ni por un segundo de moverse ni de retorcerse. Era raro. Ni que la estuviese lamiendo a ella.
En cuanto a mi ropa...el encantamiento de la profesora seguía funcionando, así que mi camisa, por un lado, me tapaba los ojos para no dejarme ver, y por otro, me iba haciendo una tortura terrible ya que parecían manos que acariciaban mis pechos, y cada caricia los cepos se cerraban un poco más, lo justo para hacerme sentir como si acabase de alcanzarme un rayo caído del cielo. ¡Oh!, y me olvidaba de mis braguitas, revoltosas como ellas solas, que no dejaban de acariciarme. Me sentía extrañamente mojada debido a tantos toqueteos en mi sexo, pero mojada de verdad. Lo raro era que no sentía ganas de ir al baño, pero sí que las estaba poniendo totalmente humedecidas. ¡Y el calor en mi cuerpo no paraba de aumentar!. ¡Y mi varita no dejaba de penetrarme por el culo!. ¡Y la sensación de estar disfrutando con todo aquello subía como la espuma de una cascada a la que se le hubiese aplicado un filtro anti-gravedad con la savia de un bonsái nepalí!.
Fue algo muy fuerte, más que lo que pasó con el Sr. Filch. De pronto sentí como si tuviera un volcán por dentro que hubiese entrado en erupción, y creo que la profesora Sinistra debía otro volcán en su interior, porque fue ponerse a gritar al igual que yo, y de nuevo sentí como me daban a beber un líquido que no sabía lo que era...pero estaba rico. No era cerveza de mantequilla, pero me gustaba. Aquellos minutos de placer fueron (a mi mente) interminables, debido a que el conjuro seguía funcionando aún cuando estaba en pleno éxtasis. Nunca había sentido nada igual.
-¡Qué calor tengo ahora!. ¡Ni siquiera noto el frío de la torre!.
Y era verdad. Soplaba viento, pero yo ni me daba cuenta de él. Me hallaba de lo más caliente por dentro, de hecho me ardían hasta las mejillas. Para cuando la profesora Sinistra deshizo el conjuro, ella se encontraba de nuevo de pie, a un par de metros de mí con el gesto bastante complacido, aunque no sabía porqué. Eso sí, lo que pasó fue muy pero que muy extraño. Vino a darme un beso, pero no en la mejilla, si no en la boca. Era la primera vez que me besaba una chica.
-Es la primera vez que me besa una chica-pensé en voz alta-.
-¿Y te ha gustado?-quiso saber con una sonrisa nunca antes vista en ella-.
-No lo sé: tampoco me he besado antes con un chico.
Hice un leve encogimiento de hombros con total naturalidad, y la profesora hizo de darme otro beso. Me parecía raro que quisiera besarme, sobretodo con el sabor en mi boca de lo que antes había estado lamiendo. A lo mejor a ella también le gustaba.
-¿Mejor ahora?.
-Sí, ha sido diferente. Este ha sido mejor.
-De acuerdo. Bien, restituyo los puntos perdidos, pero lárguese a su cuarto antes de que alguien la vea. ¡Y mañana mismo ordénele a Filch quitarle esos cepos antes que le hagan verdadero daño!. ¡Ya nos veremos otra vez, Srta. Lovegood!.
La obedecí y salí de allí como si no pasara nada. Estaba bastante cansada, y una vez llegué a la torre de Ravenclaw, fui a los dormitorios de las chicas y me tumbé en la cama (boca arriba, claro está; no quería que los cepos volvieran a cerrarse más de la cuenta. Me había pasado el día con los pezones tan sensibles como crecidos), totalmente exhausta, al borde del sueño.
-Y todo esto por querer hablar con el profesor Binns-dije en voz alta-.
¿Veis lo que os decía?. Por una tontería, todo lo que pasó. Y a pesar de que el Sr. Filch había sido bastante rudo, él y la profesora Sinistra me habían hecho sentir unas cosas muy parecidas. No sé...a lo mejor debía intentar hablar con Binns de nuevo, en su próxima clase. Quién sabe que otras cosas podrían pasar.
Ese día es solo uno entre muchos. Lo he elegido por su variedad, aunque algunos otros días fueron más monótonos, y otros más extraños. Por ejemplo, después de ese día tuve que visitar de forma regular a la profesora Sinistra, para ir a clases particulares de Reeducación y Buenas Maneras, como ella las llamaba. Como ella era tan severa con la gente, nadie sospechó nada malo y, por mi parte, yo no pensaba que lo hubiera. Lo que hacíamos nos dejaba al final con el cuerpo agotado y sudoroso, y con la respiración un tanto forzada. Muchas veces ella me decía como se debía comportar una señorita bien educada, y como debía hacer las cosas...pero antes de darme cuenta, estaba bebiendo de eso que ella me ponía en la boca hasta casi atragantarme. Transcurrió un tiempo antes de que me quitara las vendas que siempre me ponía en los ojos y me dejase ver lo que le estaba chupando de verdad, pero a esas alturas, como ya lo había hecho tantas veces, no me molestó...y sí que lo chupé con más fuerza a partir de entonces.
Pero mis aventuras extrañas no se limitaban a la profesora Sinistra. Algunos días me pasaban cosas tanto o más raras que esas. Veamos a ver si puedo rememorar algunas de ellas...por ejemplo, sé que una vez desperté en mitad de un pasillo, de madrugada, y que encontré enfrente de mí al prefecto de mi casa, creo que se llamaba Robert Hilliard (no estaba segura en ese momento). Un chico con el pelo negro, los ojos castaños, cara agradable. Estaba en el suelo, con la ropa hecha jirones, y me miraba muy sorprendido. Cuando me miré a mí misma, vi que mi pijama estaba medio quitado y varias manchas semilíquidas por mi cuerpo que al probarlas, sabían igualitas que lo que el Sr. Filch me había dado a beber en su despacho. Robert parecía muy sorprendido.
-Hola-saludé con la mano, muy alegremente-. ¿Qué tal?.
-¿Cómo que qué tal?. ¿A qué viene eso?.
-¿Qué haces en el suelo con los pantalones bajados?.
Era una pose extraña, tenía los pantalones en los tobillos y podía ver no solo sus piernas (que empezaban a tener algo de vello en ellas, a diferencia de las mías, del todo lisas), si no que también pude ver claramente algo que despuntaba hacia arriba pero que estaba poco a poco perdiendo su dureza.
-¡Qué curioso!. ¿Es normal que os pase eso a los chicos?.
-¿Bromeas?. ¿Pero es que no te acuerdas?. ¿No recuerdas nada?.
-Recuerdo irme a dormir, y que antes me puse el pijama y los zapatos.
-¿Los zapatos?-se extrañó-. ¿Duermes con los zapatos puestos?.
Él miró a mis pies, y yo hice lo mismo. Sí, los llevaba puestos.
-Es que soy sonámbula. De ese modo evito coger frío en los pies si voy descalza.
-Sonámbula...entonces no te acuerdas-volvió a insinuar-.
Hice un leve encogimiento de hombros, frunciendo los labios con resignación.
-¿Ha pasado algo malo?.
Se me quedó mirando unos momentos, antes de decirme algo.
-No-negó con la cabeza, con una extraña sonrisa-. No te preocupes, no ha pasado nada malo...pero ten cuidado la próxima vez. Por tu culpa chocamos.
-Ohhh, ya veo-me sorprendí...y del choque se te cayeron los pantalones, por eso los llevas tan abajo. Lo siento, intentaré que no vuelva a pasar.
-No te preocupes, pero ten cuidado. Ayúdame a levantarme, te llevaré de regreso a la sala común de Ravenclaw.
Una vez se levantó, se puso de nuevo sus pantalones y volvimos hasta la puerta de la sala común. Una vez allí, siguiendo la costumbre, el águila que había como aldaba de la puerta (sin pomo ni cerradura) nos planteó este enigma.
-“Crece desde que nace, pero su altura no cambia. Cada día es más amplia, pero no engorda. Puede volar, pero no tiene alas. Puede nadar, pero no tiene aletas. No come ni bebe, pero siempre tiene hambre. ¿Quién soy?”.
Robert y yo nos miramos el uno al otro sin saber qué decirle. Por desgracia, si no acertábamos, no podríamos entrar hasta que viniese otro compañero y le plantease otro enigma. Ambos nos quedamos un buen rato sin saber qué decir, planteando respuestas posibles, pero no estábamos seguros.
-No se me ocurre nada, y me estoy devanando los sesos. ¿Y tú, Luna?.
-Tampoco lo sé. ¿Alguna idea?.
-En realidad, tengo una...podrías ayudarme a pensar mejor, si quieres.
-¿Y como podría hacerlo?.
-¿Recuerdas lo que viste antes?-señaló a sus pantalones-. Lo normal es que de blandito pase a duro, y no al revés. Eso nos deja un poco confusos. Si lo vuelves a poner duro, entonces podría pensar mejor una respuesta.
-Vale-me encogí de hombros-. ¿Pero aquí mismo, en el pasillo?.
-Será solo un momento. Yo te diré lo que tienes qué hacer.
-Avísame si lo hago bien, no quisiera perturbarte la mente más aún.
-Vale-me dijo él-.
Robert se bajó la cremallera y me dijo que tenía que agacharme y ponerlo entre mis manos para frotarlo suavemente. Había que darle calor, y si me era posible, también debía besarlo. Eso también funcionaba. Como tenía que ponerme de rodillas, decidí usar la chaqueta de mi pijama para usarlo de apoyo y no lastimármelas. No llevaba camiseta debajo, pero Robert dijo que no pasaba nada, y él también se quedo desnudo de cintura para arriba, para que no me sintiera incómoda. Fue muy amable por su parte.
-¿Lista?. Cuando quieras. Espero que lo hagas bien, si no, tardaremos mucho en entrar en la sala común, y es mejor entrar cuanto antes.
-No te preocupes, lo haré bien.
Según sus indicaciones, primero lo estuve frotando como si enrollase un canelón o algo parecido, pero luego tenía que agitarlo de adelante atrás como si hubiera quitarle y ponerle la cáscara a un plátano, una y otra vez. Robert tenía razón. ¡Qué duro se puso a los pocos minutos!. No sé porqué aquello me resultaba familiar, pero no sabía de qué. Ya lo recordaría, supongo. Según se fue haciendo cada vez más duro, también se volvía cada vez más caliente.
-¿Crees que podrías besarlo más profundo?. Como si chuparas una porra.
¡Porra!. ¡Eso era!. ¿Entonces era esto lo que había chupado del Sr. Filch?.
-Sí, claro. Ahora mismo.
-Pero ten cuidado, ¿vale?. Es delicado.
-Oh, ya entiendo. Seré muy atenta contigo.
Quise comprobar mi sospecha, y aparte de besos, probé a metérmela en la boca y darle una chupada algo más fuerte. ¡Sí que lo era!. Quizá debería haberme enfadado con el Sr. Filch, pero como hacía ya tanto tiempo de eso, no serviría de nada...aunque había algo que no lograba entender. La de Robert era más larga. Casi no me entraba toda en la boca, y mira que lo intentaba con todas mis fuerzas.
-Sí...lo haces muy bien, Luna...ya me siento mejor...me noto la cabeza más lista y despejada...seguro que ahora se me ocurre la respuesta...mmm...Luna, ten cuidado, es que eso suele...suele...¡dar leche!-dijo apresuradamente, como si no supiese la manera de decírmelo-...
-Ah, ¿cómo la de las vacas, o como la leche omnicoloris que cambia de color?.
-No-negó con la cabeza-, esta es...es leche happysmile, porque las chicas sonríen mucho cuando se la beben...las hace felices...
-¡Eso no lo sabía!. ¿Cómo es que eso no lo damos en clase?.
-Hay cosas que no se aprenden en clase, Luna...pero no pares, que entonces me vuelvo a aturdir...
-Oh, perdón. No volverá a pasar.
Nunca había oído hablar de la leche happysmile, pero si tenía razón, entonces le tenía que sacar esa leche cuanto antes. Quizá entonces pudiéramos entrar en la sala de Ravenclaw. No me apetecía pasar la noche por fuera. ¡Si nos encontraban perderíamos muchos puntos para Ravenclaw!. Como quería evitar que eso pasara, me esforcé mucho en ayudar a Robert para que se le despejara la cabeza, así que estuve frotando, besando, chupando y lamiendo tal como él me decía hasta que le sentí como apretaba los dientes y como me avisaba de que la leche happysmile estaba a punto.
-Ya está...ya lo tienes...me va a salir...sácalo todo Luna...no dejes nada adentro, no pares...tómala...te la echo toda...todaaaaa...
Fue entonces cuando me dio lo que llevaba dentro y se derramó en mi boca. Me lo tragué tal y como Robert me decía, y fui limpiándolo todo. Sí que era cierto lo de que hacía sonreír a las chicas. Yo sonreí mucho al verle tan contento, aunque me extrañó en ese momento que cuando me había pasado con Filch, no me había sentido contenta. No, de hecho solo sentía alivio de que hubiera terminado. A lo mejor, al igual que le pasaba a la leche de las vacas, la de los hombres se cortaba con los años y ya no tenía el mismo efecto con las chicas. Menos mal que Robert era de mi edad.
-¿Te ha gustado la leche happysmile, Luna?. ¿Te la has tragado toda?.
-Sí, claro, he hecho lo que me dijiste. ¿Qué tal tu cabeza?.
-Mucho mejor-sonrió de oreja a oreja-. De hecho, me vas hecho volar la cabeza mientras lo hacía, tenía la mente en órbita...¡ah, claro!: la respuesta es “la imaginación”, porque habita en la cabeza y crece con los años, y con ella podemos ir a donde nosotros queramos, tanto volar como nadar, en sueños. Y la alimentamos con libros.
-Es correcto. Puedes pasar-dijo la aldaba-.
Me alegró mucho que gracias a eso supiera la respuesta, aunque me sorprendió un poco su sonrisa tan confiada, tan seguro de sí mismo.
-¿Estás bien?.
-Sí, muy bien. Gracias por ayudarme. Ve a dormir, y no le cuentes a nadie nada de lo ocurrido, ¿de acuerdo?.
-No tengo amigos a los que contárselo.
-Oh, es verdad-recordó él-. Lo olvidaba. Buenas noches Luna.
-Hasta luego Robert.
Nos despedimos allí mismo, y mientras él volvía a su ronda, yo intenté meterme de nuevo en cama. Aún no sabía como me las apañaba para ir tan lejos estando dormida, la verdad es que era muy inusual. A lo mejor, sin darme cuenta, había olido el aroma de alguna flor somnirrante, ya que su olor provoca que mientras uno duerma, vagabundee sin rumbo toda la noche. De cualquier manera, por lo menos volvía a estar en cama, con la ayuda de Robert. Me había gustado ayudarle a pensar, y quería recordarlo más, pero me encontraba extrañamente cansada, como si hubiese hecho más cosas de las que en ese momento podía acordarme, así que cerré los ojos, y me dormí enseguida.
El profesor Cuthbert Binns daba clase de Historia de la Magia en Hogwarts. Era algo calvo, con el pelo entre gris y blanco, y sus ropas parecía sacadas de otra época, quizá de la época en que mi padre estudiaba en Hogwarts. Para mí era muy impactante porque cuando le miraba, veía a través suyo. El profesor estaba muerto. Era uno de los muchos fantasmas que tenía Hogwarts, pero era el único que nos daba clase. Los demás se dedicaban a deambular o a flotar de un lado a otro, pero él no. Mi padre, Xenophilius Lovegood, me explicó que Binns había sido profesor en vida, y que una mañana fue a dar clase y dejó su cuerpo muerto atrás, y siguió yendo a dar clase como si aún estuviese vivo. Eso me hacía pensar en muchas cosas. Por ejemplo: ¿cuánto cobraría un profesor muerto?, ¿y en qué gastaría el dinero, si no necesitaba comer ni beber?. Si se cansaba o sentía fatiga, ¿cómo recuperaría las fuerzas?. ¿Qué clase de comida podría comer un fantasma?. Cosas como esa.
Pocos años atrás había perdido a mi madre, por un experimento que hizo. Creo que aún la echaba de menos, y sentía mucha curiosidad por los fantasmas y el Más Allá. Pensé que el profesor Binns, como ya estaba muerto, podría darme algunas respuestas sobre eso, así que esperé un día a que terminara su clase para hablar con él. No me fue difícil estar a solas con él, los demás compañeros, en cuanto acabó la clase, salieron de allí rápidamente. Creo que había partido de Quidditch o algo así. De cualquiera manera, mis compañeros se aburrían mucho con él porque el profesor también era muy aburrido. Como ya no respiraba, sus lecciones eran largas e interminables, y más de alguno casi se había dormido escuchándolo. Para ser el único fantasma que daba clase, era el único que carecía de sentido del humor para hacerla más amena.
-¡Profesor Binns!-le llamé cuando ya se iba-.
-¿Si, Srta.?.
-¿Puedo hablar con usted un momento?.
-Ah, ¿tiene algún problema con la lección?. Estudie mucho, que formara parte de su examen de la semana que viene.
-No se trata de la lección. En realidad necesitaba preguntarle una cosa.
-Si es personal, no puedo ayudarla. No tengo tiempo que perder, he de preparar los exámenes y las lecciones siguientes.
Me puse delante de él para evitar que siguiera caminando y que saliera del aula atravesando la pizarra, como siempre que hacía para entrar y salir. Luego me di cuenta de lo estúpida de mi idea: si atravesaba la pizarra también podía atravesarme a mí, pero no fue así. Se quedó frente a mí, flotando.
-¡Apártese, Srta. Beckinghall!.
Me sorprendió que me llamara así, pero tampoco me importó. Me llamaban de tantas formas distintas por los pasillos que una más ya me daba igual.
-Solo le robaré un momento, profesor Binns. Necesito preguntarle algo.
Antes de lanzar la pregunta, de forma instintiva, alargué la mano para tocarle. En realidad sabía que no lo tocaría, y que mi mano lo atravesaría o se quedaría en medio de su cuerpo fantasmal, pero eso era lo que quería. Quería saber qué se sentía...pero no me imaginaba lo que pasaría a continuación por satisfacer mi curiosidad.
-¡DESCARADA!.
Entonces ocurrió algo muy extraño. El aula se enfrío, y yo me lanzada contra la pared de la pizarra por un fuerte viento que venía del profesor. Mi falda se levantó hasta dejar mis piernas a la vista de cualquier que entrase en clase y tenía los brazos pegados a la pared. No podía moverme. El profesor Binns parecía realmente colérico.
-¡No voy a consentir familiaridades entre profesores y alumnos!. ¡Ni tampoco la falta de respeto!. ¡Srta. Rebecca Beckinghall, es usted una alumna muy indisciplinada!. ¡Alguien tiene que enseñarle modales!.
-Profesor Binns, no soy Rebecca-intentaba decirle-. Me llamo Luna. ¡Luna!. Soy Luna, Luna Lovegood.
-¡No juegue conmigo, Srta. Beckinghall!. ¡Sé muy bien quien es usted!. ¡Tocar a un profesor!. ¡Esto es intolerable, pero no se preocupe!. ¡Si usted quiere tocarme, yo la tocaré a usted!.
Y pasó algo aún más raro. El profesor no me había tocado, pero mi ropa interior de pronto se rasgó y se hizo jirones, y como mi jersey se había levantado y me tapaba la cara, no podía ver bien lo que pasaba, pero sí sabía que como mi falda, al igual que mi jersey, se había levantado, el profesor Binns estaba viendo mi entrepierna. Era raro que la única parte de mi cuerpo que él podía mirar fuese esa. No podía mirarme a los ojos, pero sí ver mi sexo desnudo.
-¡Srta. Beckinghall, prepárese!. ¡20 azotes!.
De estar contra la pared, elevada en el aire, pasé a estar elevada en el aire...sobre la silla del profesor, como si estuviese boca abajo sobre sus rodillas. Quise girarme para ver lo que iba a pasar pero me encontraba paralizada, de manera que apenas podía mirar a mi alrededor. Logré mirar por el rabillo del ojo, y vi como el profesor cogía una regla de su mesa. Me revolví como pude, pero no fui capaz de escapar, y como mi varita se encontraba en mi oreja izquierda, no pude cogerla por tener las manos como esposadas a la altura de mi culo. De haberlo hecho quizá hubiera podido lanzarle un conjuro para así escapar del castigo.
-¡Lo siento, profesor Binns!. ¡No quería molestarle!. ¡Solo quería preguntarle de como era ser un fantasma!.
-¿Fantasma?. ¿¡Te burlas de mí!?. ¡No consentiré que se burle de mí!. ¡Cállese o de lo contrario serán 50 azotes los que le dé!. ¿Me ha entendido, Srta. Beckinghall?.
-Sí, señor-contesté rápidamente. Mejor soportar 20 que 50-.
Vi la regla y fue algo extraño. Estaba en el aire, pero podía ver como la mano del profesor la sostenía como si en verdad la cogiese entre sus dedos. Me arqueó el culo, me lo puso en pompa y entonces comenzó a azotarme.
-¡AY!.
El primer golpe en mis nalgas me dolió mucho. Había sido muy rudo, y los que siguieron a ese primer azote fueron igual de dolorosos. Debí perder la cuenta al sexto o al octavo azote, del dolor que me había provocado, y él siguió azotando hasta que llegó a 20 y terminó mi castigo. Nunca me habían hecho algo así, y me dolía tanto que no me podría sentar en varios días.
-La próxima vez que se propase conmigo no solo le pienso quitar 50 puntos a su casa de Ravenclaw si no que levantaré un acta y le daré parte al director Dippet. Buenos días, Srta. Beckinghall.
Cuando el profesor se fue me quedé allí tirada, cansada y dolorida. Sentía arder mi culo por los azotes dados, y suponía que debía de tenerlo muy enrojecido. Me llevó varios minutos poder levantarme, pensando en lo que había dicho el profesor Binns. Mi padre me había hablado del director Dippet: fue director de Hogwarts antes del actual, Dumbledore. Entonces lo entendí: para Binns nada había cambiado, y pensaba que aún vivía en la época de Dippet. Por eso él me llamaba Beckinghall. Mientras pensaba sobre aquella chica, Rebecca Beckinghall, cogí mi varita de la oreja.
-¡Speculórum!.
Hice aparecer un espejo en el aire y así pude ver lo que yo ya sentía en mis rojas y doloridas carnes. El profesor Binns me había dejado el culo con las marcas de la regla y lo tenía rojo como un tomate. Si no hacía algo, sería imposible caminar o sentarme de forma normal.
-Sanare derma.
Aplicado el remedio, poco a poco el dolor y la rojez fueron pasando hasta que al fin desaparecieron. Lo más difícil era recomponer mi ropa interior, no tenía un conjuro sobre eso. Cuando fui a cogerlas, de pronto éstas se elevaron en el aire y se escuchó una sonora carcajada en el ambiente. No sabía que las braguitas podían reír.
-¡Braguitas rotas!. ¡Que divertido!.
Entonces apareció un ser flotando en el aire, que giraba sobre mí mismo como la aguja de un reloj hasta volver a estar “de pie”. No supe quien era ese ser de inmediato. Tardé un poco.
-¿Usted es Peeves, verdad?. He oído hablar de usted, se dice que es el poltergeist de la escuela. Nunca lo había visto antes. Es muy extraño.
-¡Jajaja, sí, ese soy!. ¡Tus braguitas me han hecho mucha gracia!. ¡Hacía mucho que no veía a Binns actuar como un vivo!.
-¿Sr. Peeves, le importaría devolverme mis braguitas?. Me hacen falta.
-¡No, son mías!. ¿Por qué iba a hacerlo?. ¡Creo que mejor las colgaré de bandera en la Torre de Astronomía!.
-Pero eso no es justo-repliqué-. Eso es mío.
-¡No, ahora es mío!. Me voy con ellas.
Quiso salir por la puerta con mis braguitas, pero se la cerré con un conjuro. No le gustó que lo hiciera, porque empezó a tirarme cosas de las estanterías. Las aparté lo mejor posible, pero Peeves logró huir por la puerta llevándose mis braguitas, así que fui a perseguirlo por los pasillos confiando en que nadie más nos viera. Intenté dormirlo o paralizarlo con un conjuro, pero aparecía y desaparecía de un lado a otro y no era fácil seguirle el rastro. Cuando estaba a punto de alcanzarle, choqué de bruces contra alguien y los dos caímos al suelo.
-¿¡Es que no te fijas por donde vas!?.
Me sorprendió ver quien era. Se trataba de Argus Filch, el celador, un hombre de aspecto huraño y algo mayor. La verdad era que no me caía muy bien. Siempre llevaba ropa ajada y vieja, y él mismo parecía ir siempre sucio. Tenía los ojos castaños, el pelo casi como el de Binns, largo por las sienes pero calvo por arriba, y una expresión como de desprecio perpetuo por la gente como yo, los estudiantes. Tenía una gata muy bonita, la Sra. Norris, de color gris, pero a mí no me gustaba mucho. Solía chivarle a su amo si veía a algún alumno deambulando por donde no debía (¿cómo lo hacía?, ¿es que Filch hablaba gatuno?).
-¡Niñata insolente!. ¡Ya deberías saber que no se puede correr por los pasillos!.
-Lo siento, no lo hice adrede. Estaba persiguiéndole a él-señalé al techo-.
Cuando Filch se giró, Peeves había desaparecido, de manera que no lo vio.
-¿Perseguir a quién?.
-A Peeves. ¡Mire, ahí está ahora!.
Como aparecía y desaparecía a su antojo, Filch nunca lograba verlo por más que lo intentaba. Finalmente pareció estallar.
-¡Déjame en paz, niña estúpida!. ¡A Peeves nunca se le puede coger, si es que en verdad está aquí!. ¡Ese maldito duende estaría mejor convertido en piedra!. ¡Molesto y detestable bicho!. ¡Ojalá te largases de aquí!-gritó al aire-.
Al insultarle de ese modo Peeves se enfadó bastante, porque le empujó contra mí y los dos volvimos a chocar. En vez de caer al suelo, esta vez yo fui de espaldas contra una columna, y quedé entre la columna y el Sr. Filch, que se apartó de mí rápidamente.
-¡Dejadme en paz los dos!. ¡Lárgate de aquí, mocosa, y ya me las veré contigo, duende del demonio!.
-¡AH!.
Peeves hizo una travesura conmigo, y mientras no dejaba de reírse, me levantó la falda por completo como si su punto de gravedad estuviese en mi cabeza. Intenté bajarla lo más rápido posible, pero por más que lo intentaba, Peeves la volvía a subir.
-Diablo de niña, ¿es que ahora las chicas ni siquiera tenéis el más mínimo pudor para vestir?. ¡Y luego os extrañáis de que os castiguen!. ¡Ah, como añoro esas torturas de antaño, donde podía colgar de los pulgares a los alumnos malos en las mazmorras!.
-Es lo que intentaba decirle. Peeves me robó las braguitas. Quería recuperarlas.
-¡Ven conmigo, mocosa!. ¡Yo daré cuenta de ti!.
El Sr. Filch me agarró del brazo y me llevó con él, mientras Peeves se alejaba en la otra dirección, cantando y ondeando mis braguitas. Por lo menos sabía donde podría ir a recogerlas, si es que no me había mentido. Al cabo de unos minutos llegamos hasta el despacho del Sr. Filch, y éste comenzó a rebuscar en los cajones de un gran armario que había allí.
-¿Por qué me ha traído aquí?.
-Para darte un castigo ejemplar, por supuesto. ¡Ir sin ropa interior por el colegio, habrase visto!. ¡Ajá!. ¡Lo encontré!.
Sacó algo muy extraño. Parecían dos cepos, pero eran tan pequeños que apenas podían atrapar una pata de un animal salvo que fuese un cachorro. Si hubiese tenido la varita a mano, podría haberlo congelado o petrificado, pero en cuanto me hubo cogido del brazo para llevarme allí por la fuerza se había apropiado de ella, y la tenía en su abrigo raído, en uno de sus bolsillos.
-¡Ven aquí!. ¡Vas a aprender un poco disciplina!.
Me cogió con fuerza y me levantó la ropa. No la falda, si no la camisa y el jersey que llevaba. Apartó la corbata y entonces hizo algo que me provocó mucho dolor: puso los cepos en mis pechos, justo en mis pezones. Fue algo doloroso.
-¡No te lo intentes quitar!-me avisó cuando vio que iba a hacerlo-. Si alguien que no soy yo intenta quitártelos estos apretarán cada vez más fuerte.
-¡Ay!. ¿Y no podría mejor azotarme el culo en lugar de ponerme estos cepos?.
-¿Azotarte el culo?. ¿Es que quieres que te castigue más?.
-Prefiero el culo a esto, si no le importa.
Intenté que el Sr. Filch comprendiera el porqué se lo decía, pero no me dejó que se lo explicara. De una mesa cogió una vara larga y fina, nada que ver con la gran regla del profesor Binns, y se puso a azotarme de nuevo el culo. No me hubiese importado el que me lo volvieran a azotar...pero es que no me había quitado los cepos de los pezones.
-¡Ay!, ¡eso no!. ¡Quíteme los cepos, por favor!. ¡Es que me duele!.
-¿Te has creído que das órdenes?. ¡Aquí el que las da soy yo!.
La vara me hacía aún más daño que la regla, al ser más fina. Y los cepos hacían que viera las estrellas. El problema de los cepos no era donde estaban...si no que estaban moviendo: apretaban y aflojaban como...sí, como si fueran bocas. Y estaba empezando a sentir cosas muy raras. Unas dolían. Las otras...me gustaban.
Estuvo azotándome durante bastante rato, más que el profesor Binns. Acabé con los ojos encharcados de lágrimas, porque todo dolía muchísimo. Filch me azotaba todo lo fuerte que podía, y estaba claro que disfrutaba con ello. Se rumoreaba entre la gente que Filch odiaba a los alumnos porque él era un squib, un “no mago” nacido de magos, y que como los demás aprendían lo que él no podía, estaba resentido con ellos. Si aquel rumor era cierto yo podía ahora dar fe de él: me estaba castigando con verdadero odio.
-Sois todos iguales. ¡Molestos!-un azote-. ¡Gamberros!-otro-. ¡Indisciplinados!-y otro más-. ¡Holgazanes!-y otro más-. ¡Arrogantes!-otro más!-. ¡Malandrines!...
Y siguió insultando y golpeando hasta que el culo quedó tan dolorido como con el profesor Binns. Bueno, de hecho quedó más dolorido. Pensé que por fin acabaría mi castigado...hasta que Filch me colocó sobre su mesa, boca abajo, tal como estaba antes sobre sus rodillas, pero con las piernas asomando por fuera de la mesa.
-¡Vas a saber lo que es andar provocando, niñata!. ¡Te mereces un correctivo de los de antes!. ¡Ah, como añoro esos castigos de otros tiempos!. ¡Eso sí era castigar!.
Me sujetó la cabeza de forma que no pude mirar. Antes de que supiera lo que me iba a hacer, ya lo supe por mí misma. No sé que era, pero sí que era algo caliente y bien grueso, porque me lo había metido por el culo. Eso fue lo raro: yo pensaba que eso solo era de salida. Al parecer me equivocaba.
Filch disfrutaba de su trabajo, porque se puso moverme con eso que me metía de forma muy rápida. Yo no dejaba de gemir y gritar por el dolor que me provocaba sentir como aquella cosa, fuese lo que fuese, estaba metiéndose por entre mi culo. Y en verdad puedo decir que era algo largo, porque notaba como llegaba a meterse muy dentro por el culito. Como lo había metido de forma tan brusca, notaba su presión por entrar y la de mi culo por impedir que entrase, aunque creo que eso a Filch le gustaba, porque cuanto más fuerte mi culo se cerraba para impedir la entrada, más se esforzaba porque entrase.
¡Oh, es verdad!. Aplastada como estaba contra la mesa, los cepos de los pezones se me apretaban con más fuerza y se agarraban a ellos casi como ventosa, o algo así. No sabía que existían esa clase de cepos. Entre los cepos, el castigo y lo que Filch me hacía, las sensaciones me inundaban y no sabía qué pensar. Era rudo y no me gustaba, pero los cepos me estaban haciendo sentir cosas que me gustaban, aunque no lo sepa explicar. Al tiempo que sufría, me gustaba, y a la vez que me gustaba, sufría. No sé explicarlo mejor ni con otras palabras. Era placer y dolor, mezclados.
-¡Abre la boca de una vez!. ¡El castigo final te espera!.
Cuando dijo eso me tapó los ojos, me sacó de la mesa y entonces me hizo abrir la boca. No vi lo que pasaba, solo sentí que me daban a beber algo que no había probado nunca...o eso creía entonces, porque como era sonámbula, quizá ya lo había probado ir caminando en sueños por el castillo y no lo recordase. Lo raro es que no recuerdo de ver ninguna botella en la mesa o el despacho de Filch. ¿De donde salía entonces ese espeso líquido?. Ojalá hubiera podido verlo, pero Filch no me dejó, me obligó a tragarlo. Tenía un sabor cremoso, pero algo salado. A los varios segundos de habérmelo tragado todo, el Sr. Filch me soltó las manos, pero no me dejó ver, ya que aquello que me había dado a beber me lo metió en la boca, y tuve que tragármelo entero, allí de rodillas en el suelo. Creo que era lo mismo que antes se había metido por mi culo, y no por el olor o el sabor (si era lo mismo, Filch lo había limpiado concienzudamente que no se notaba nada de nada), si no por el tamaño. Grueso, caliente y largo. Sí, seguramente sería lo mismo.
Me cogió por la nuca para evitar que me lo sacara de la boca, y entonces pensé que si ayudaba a que terminase, entonces tal vez me dejase ir antes. Aún tenía pendiente recoger mis braguitas de la Torre de Astronomía. No sé porqué, pensé que si le daba a la lengua, quizá terminase antes, así que me puse a lamerlo al mismo tiempo que lo comía (o hacía que lo comía). Por un instante pensé que sería alguna especie de caramelo o de porra de Honeydukes, la tienda de golosinas de Hogsmeade, el pueblo de magos que se encuentra a poca distancia de Hogwarts...pero recordé que Filch odiaba a los niños, y al ser así, no tendría sentido que llevase ninguna chuchería en sus bolsillos.
-Ah, ¿entonces te gusta chuparlo, eh?. ¡Pues chupa hasta que te canses, mocosa malcriada!. ¡No dejes de chupar!.
Pero entonces, ¿era o no era una porra?. Porque las porras se chupaban...pero lo que tenía en mi boca no se parecía a una porra, o por lo menos no sabía como las que yo había probado antes. Y a lo mejor me equivoco, pero juraría que en la base de la porra, cuando la tragaba lo más posible...había pelo. ¡Pelo!. Podía notarlo en la punta de mi nariz. ¿Qué clase de porra tenía pelo?. Eso sí que me tenía intrigada.
Ni recuerdo cuando tiempo estuve allí de rodillas, semi desnuda, chupando como podía la porra de Filch, intentando descubrir a qué podía saber, si era de fresa, o quizá de naranja o melocotón. Seguramente debía estar desgastada por la falta de uso, ya que había perdido casi todo su sabor. De cualquier manera, estuve chupa que te chupa hasta que noté como las manos de Filch me agarraban con más fuerza la nuca, y como aquella porra de extraño sabor de repente se había convertido en una botella...porque no dejaba de manar el líquido espeso. ¿Una porra con pelo y que además echaba líquido cuando se la chupaba demasiado?. Si lograba ir a Honeydukes algún día les preguntaría por ella a los dependientes. Quizá ellos me dijeran de qué clase de porra se trataba. Estaba segura de que Filch no me lo diría.
-¡Espero que te haya servido de lección!. ¡Ya puedes irte!. ¡Y que no te vuelva a ver corriendo por los pasillos ni haciendo gamberradas, o te vas a enterar!.
Eso lo dijo cuando ya me había vestido, arreglado y estaba a punto de salir por la puerta. Lo extraño es que se tocó sus pantalones cuando lo dijo. No entendí porqué.
Nada más salir del despacho de Filch fui a la Torre de Astronomía, que quedaba a bastante distancia. Tenía la ventaja de que las clases ya habían terminado (la de Binns era la última) pero como había toque de queda, tampoco quería volver a ser castigada, y me di prisa hasta llegar a la torre. El aula era impresionante, al estar situada en la torre más alta del castillo. Tenía una visión completa de la bóveda celeste, y de noche era un observatorio astronómico perfecto donde estudiar estrellas y planetas. Había artilugios e instrumentos que no conocía su uso, pero que me impresionaba verlos. La verdad que la Torre de Astronomía imponía un poco, sobretodo por la altura que tenía cuando me fui a asomar por el torreón para mirar hacia abajo.
-Vaya, este sitio está muy alto-dije al mirar abajo-.
Luego miré a mi alrededor a ver si daba con ellas, pero por alguna razón no veía donde las podía haber metido Peeves. Para ser un duende fantasmal, lo cierto es que era bastante problemático. Tal vez pudiera ajustarle las cuentas a su debido tiempo, pero lo más importante ahora era encontrar mi ropa interior. Si había conseguido curar mi culito enrojecido con un conjuro, entonces también podría recomponer las braguitas. Eran mis favoritas, con dibujos de unicornios, dragones e hipogrifos, y también un regalo de papá por mi último cumpleaños. Como no tenía a mamá para regalarme esas cosas, él tenía que ocuparse de eso también. No acertaba mucho a saber qué debía comprarme, pero se lo perdonaba porqué sé cuanto me quería. Por eso las apreciaba tanto, y por eso deseaba encontrarlas. ¿Donde estarían?.
No las vi en el aula, pero Peeves había dicho que las iba a poner de bandera en ella. Si fuese así, entonces las pondría en la cúpula del tejado. Salí al adarve, al corredor exterior de la torre, y entonces revisé toda la parte exterior de la torre, pero no fui capaz de encontrarlos por mucho que quise verlas. Di la vuelta a todo el torreón pero no las vi en ningún sitio, e incluso me dio por mirar por entre los planetarios que allí había, pero nada. Entonces, no sé porqué, pensé en las palabras de Peeves: “¡bandera!”. Eso nunca se pone por dentro de la torre: se pone por fuera de ella. Había mirado mal. En efecto, al poco de volver a rodear la torre, las encontré, ondeando al viento, en el muro. Intenté de todas las maneras cogerlas, pero mi mano no llegaba por muy poco. Además, el viento de esa tarde era bastante fuerte, y me sacudía el pelo por la cara, y me costaba ver. Tuve que sujetarme a la almena en donde estaba para evitar caer, y me incliné todo lo que fui capaz...¡sí!. Me costó, pero había logrado cogerlas. Estaba tan contenta que ni siquiera me había fijado al darme la vuelta que no estaba sola. Había alguien allí.
-¿Se puede saber qué hace usted aquí?.
La reconocí nada más verla: era Aurora Sinistra. Era la profesora de astronomía. Era de tez morena, y si la memoria no me la ha vaciado ningún desmémorix flotante (les encanta robarte los recuerdos en los que no piensas a menudo), el único profesor de piel negra de Hogwarts. Vestía siempre túnicas muy oscuras, haciendo un extraño juego de sombras con su piel que casi le daba el aspecto de un dementor (son los guardianes de la prisión de Azkabán, la única prisión para magos que hay; se alimentan de la felicidad y los recuerdos alegres hasta convertir a uno en un cascarón vacío). Era alta, sus ojos eran de un verde muy oscuro, y aunque era como profesora era muy buena, también era muy severa con nosotros. Tal vez me equivoque, pero creo que nadie o casi nadie logró verla nunca emocionarse por algo. Incluso alguna vez he pensado que quizá algún dementor estuvo junto a ella tanto tiempo que le toda la felicidad que había en su corazón. Parecía bastante disgustada al verme allí.
-Srta. Lovegood, le he hecho una pregunta: ¿qué hace usted aquí?.
Miré a mis braguitas, que estaban sujetas en mi mano.
-Las había perdido. Bueno, en realidad, Peeves...
-¿Se ha creído que la Torre de Astronomía es un tendal, Srta. Lovegood?.
La pregunta sonó muy seria. Creo que estaba enfadada conmigo.
-No, profesora Sinistra. Aquí no hay ropa tendida.
-Pero sus braguitas sí estaban tendidas, ¿verdad?. La he visto recogerlas hace un momento de esa almena...y he visto que va sin ropa interior. Cuando el viento le levantó la falda-añadió-. ¿Es que no sabe lo es el decoro, Srta. Lovegood?.
Me quedé sin saber qué responderle. La verdad que con lo disgustada que estaba cualquier respuesta seguramente le hubiera enfadado más aún.
-10 puntos menos para Ravenclaw por su descaro, ¡y no se le ocurra protestar o le descontaré otros 20!-me señaló cuando vio que iba a decirle algo-. ¿Se ha creído que puede ir así como así por el castillo, sin ropa interior?. Se supone que es una estudiante de Hogwarts, no de un burdel. ¡Es una señorita inglesa, no una fulana!. Si busca que la traten como a una cualquiera en lugar de cómo a una chica bien, no se preocupe...que la van a tratarán como a una cualquiera. ¡Imanto!.
Mi varita salió despedida de mi oreja hacia la mano de la profesora Sinistra, tan rápido que casi ni me di cuenta.
-¡Vestiméntum vitae!.
Mi braguitas saltaron de mi mano y se rehicieron en el aire. Me alegré por volver a tenerlas enteras como si no se hubiesen hecho jirones, pero entonces percibí como mi ropa parecía moverse por sí misma. Mis braguitas cayeron al suelo y se colocaron por sí mismas entre mis piernas...pero entonces comenzaron a apretarme, y no era lo único que me apretaba. Mi camisa parecía que se habían convertido en dos manos que no dejaban de apretarme los pechos. El problema fue precisamente eso.
-¡Ay!.
Mi reacción hizo fruncir el ceño a la profesora Sinistra. Ésta vino hacia mí y me abrió la camisa, encontrándose con el secreto que escondía: los mini cepos de Filch. No me los había quitado cuando me ordenó marcharme de allí, así que supuse que mañana me los quitaría. No esperaba volver a tener problemas ni que nadie me los descubriera.
-¡Por Merlín!. ¿Pero qué clase de chica es usted, Srta. Lovegood?. ¿Cepos en los pezones?. ¡Es peor de lo que imaginaba!. ¡MÁXIMUM!.
A la orden de la profesora, mis braguitas pasaron de estar rozándose con mi sexo (o contra él, tanto daba) a intentar meterse por él. Era como si algo por fuera de ella lo estuviese apretando, algo alargado y grueso. ¡Anda, como la porra de Filch!. No había caído en ello. A lo mejor no era una porra, si no una raíz de esnúrculos (raíces mágicas para jardines; de ellas crecen los rábanos chillones). Las raíces de esnúrculos tienen por dentro como un líquido que sale al apretarlas...aunque no sabían igual.
-¡Varitae móvilis!. ¡Incanto!.
Mi varita, por sí misma, cobró vida y fue balanceándose como si fuese alguien que estuviese bailando...hasta que justo cuando estaba a punto de caer, la varita me hizo una gran presión en mis braguitas. Pensé que las volvería a romper, pero no fue así, las braguitas parecían volverse elásticas y en lugar de servir como contención para la varita hicieron las veces de goma elástica alrededor de ella...sobretodo porque ambos, varita y braguitas, se me metieron por el culo como antes se había colado la porra de Filch. Ante mí, con los brazos cruzados, la profesora Sinistra me miraba con gesto desaprobador.
-¡Ya veo que tienen que reeducarla a base de bien, Srta. Lovegood!. ¡Tiene usted demasiadas malas costumbres!. ¡Yo me ocuparé de eso!.
Se me hizo que dijera eso, pero que luego se me acercara para besarse conmigo. Y vaya beso. No podía dejar de gemir mientras sentía como su boca hacía contacto con la mía, y como me metía la lengua de forma muy brusca hasta que se puso a jugar con la mía. Aunque rudo, también era algo placentero. Cada vez que posaba sus manos en mis pechos y tocaba los cepos, éstos me apretaban los pezones hasta que me dejaban con la sensación mezclada de que me dolía, pero también me hacía sentir cosas que me ponían la cara muy roja y caliente. Me sentía arder por dentro, entre las atenciones de Sinistra, de mi varita metida por mi culo y de mis braguitas...metidas por ambos sitios.
-¿Cómo diablos puede llevar puesto eso, Srta. Lovegood?.
-No es mío...¡ay!...no lo toque, no es mío...solo el Sr. Filch puede quitármelo...es suyo...él me los puso...
Los ojos de la profesora se abrieron como platos. Quizá no me escuchó bien.
-¿Argus Filch?, ¿ese Sr. Filch?, ¿el viejo, repelente y desagradable de Filch?.
Me mordí el labio inferior mientras sentía como mi varita me estaba penetrando por detrás. Después de lo ocurrido con Filch no me dolía nada...y me gustaba bastante.
-¡Es usted una desviada!. ¡Y yo pensando que simplemente era un poco extraña!. ¡Es intolerable!. ¡Pienso reeducarla a conciencia!. ¡Separe las piernas!. ¡Ábralas!.
Lo hice, aunque más por la insistencia de ella que por deseos de obedecer. Tenía tantos sentimientos entrecruzados que me costaba pensar con claridad. Cumplí la orden de la profesora y me quedé en el suelo, con las piernas separadas y usando los brazos de apoyo por mi espalda. Con todo lo que pasaba, de nuevo el viento (¿o Peeves, quizá?) hizo que la camisa, que estaba unida por los dos botones superiores (mi jersey estaba ya en el suelo) se me voltease a la cabeza y que no pudiera ver lo ocurría. ¡Anda!. Otra vez me había quedado igual: no me podían mirar a los ojos pero sí a mi entrepierna. ¡Sí que era algo extraño!.
-Ahhh-comencé a gemir-...mmmm...aaahh-decía mientras sentía la camisa en mi cara, casi como si fuese una máscara que la cubriese-...
Ya no era solo que sintiese las braguitas, me parecía que había algo más por mis braguitas o sobre ellas, pero no atinaba lo que podía ser. ¿Dedos, una varita?. Como no lo veía, no podía asegurarlo. Lo que sí sabía es que parecía saber muy bien donde tenía que ponerse, porque fue directamente a por mi sexo. Ya estaba siendo acariciado por las braguitas, pero ahora había otra cosa ayudándolas. No sé cuanto duró, pero sí sé que en cuanto “aquello” terminó de tocarme (estuvo a punto de meterse por dentro tanto como antes la porra de Filch) sentí que era colocada en el suelo, y noté algo que era puesto en mi boca. Sentía un gran peso encima de mí, como si alguien hubiera puesto una enorme piedra...y entonces escuché la orden.
-¡Lame!. ¡Lame y no te dejes nada!. ¡Prometo devolverte los puntos perdidos si eres capaz de hacerlo bien!.
-¿Y...y como puedo hacerlo bien?. ¿Qué he de hacer?.
-¡Solo chupa, con fuerza, y hasta adentro!. ¡Adentro del todo!. ¡Vamos!.
No podía ver lo que era, la camisa me tapaba los ojos pero dejaba mi boca en el lugar preciso para poder lamer “eso” que tenía que lamer. Creo que al final la profesora no era tan mala. Si todo lo que tenía que hacer era lamer lo que fuera que fuese que me había puesto en la boca, pues a lamer tocaba. Esto sabía diferente que la porra de Filch, casi me recordaba a una papayágax, una fruta tropical con forma de gota de agua, con la peculiaridad de tener un sabor diferente a cada mordisco que se le dé: manzana, naranja, limón, melocotón, ciruela...esto tenía el mismo sabor, pero la textura era casi la misma. Lo sé por que una vez, en nuestros escasos viajes que no íbamos a Suecia en busca de un Snorkack de Cuerno Arrugado (con el que nunca dábamos, pero que no dejábamos de buscarlo), papá y yo viajamos al caribe y dimos con ella. Estaba bastante rica.
-¡Sí!. ¡Eso es, Srta...!. ¡Tiene que meter la lengua!. ¡Eso es!. ¡Sí, así es como lo tiene que hacer!...¡Más!. ¡Más fuerte!. ¡MÁS!.
Por los gritos de la profesora, juraría que estaba sentada justo encima de mí, y si eso fuese cierto entonces, ¿qué era lo que yo estaba lamiendo?. No podía ver nada, cosa que me dio bastante rabia porque sabía que si preguntara por ello al terminar, quizá ella me regañase de nuevo y me quitase más puntos de Ravenclaw. Me iba a quedar con las ganas de saber lo que estaba lamiendo, al igual que con la extraña porra peluda del Sr. Filch. De todas maneras parecía que lo lamía bien, porque la profesora no paraba ni por un segundo de moverse ni de retorcerse. Era raro. Ni que la estuviese lamiendo a ella.
En cuanto a mi ropa...el encantamiento de la profesora seguía funcionando, así que mi camisa, por un lado, me tapaba los ojos para no dejarme ver, y por otro, me iba haciendo una tortura terrible ya que parecían manos que acariciaban mis pechos, y cada caricia los cepos se cerraban un poco más, lo justo para hacerme sentir como si acabase de alcanzarme un rayo caído del cielo. ¡Oh!, y me olvidaba de mis braguitas, revoltosas como ellas solas, que no dejaban de acariciarme. Me sentía extrañamente mojada debido a tantos toqueteos en mi sexo, pero mojada de verdad. Lo raro era que no sentía ganas de ir al baño, pero sí que las estaba poniendo totalmente humedecidas. ¡Y el calor en mi cuerpo no paraba de aumentar!. ¡Y mi varita no dejaba de penetrarme por el culo!. ¡Y la sensación de estar disfrutando con todo aquello subía como la espuma de una cascada a la que se le hubiese aplicado un filtro anti-gravedad con la savia de un bonsái nepalí!.
Fue algo muy fuerte, más que lo que pasó con el Sr. Filch. De pronto sentí como si tuviera un volcán por dentro que hubiese entrado en erupción, y creo que la profesora Sinistra debía otro volcán en su interior, porque fue ponerse a gritar al igual que yo, y de nuevo sentí como me daban a beber un líquido que no sabía lo que era...pero estaba rico. No era cerveza de mantequilla, pero me gustaba. Aquellos minutos de placer fueron (a mi mente) interminables, debido a que el conjuro seguía funcionando aún cuando estaba en pleno éxtasis. Nunca había sentido nada igual.
-¡Qué calor tengo ahora!. ¡Ni siquiera noto el frío de la torre!.
Y era verdad. Soplaba viento, pero yo ni me daba cuenta de él. Me hallaba de lo más caliente por dentro, de hecho me ardían hasta las mejillas. Para cuando la profesora Sinistra deshizo el conjuro, ella se encontraba de nuevo de pie, a un par de metros de mí con el gesto bastante complacido, aunque no sabía porqué. Eso sí, lo que pasó fue muy pero que muy extraño. Vino a darme un beso, pero no en la mejilla, si no en la boca. Era la primera vez que me besaba una chica.
-Es la primera vez que me besa una chica-pensé en voz alta-.
-¿Y te ha gustado?-quiso saber con una sonrisa nunca antes vista en ella-.
-No lo sé: tampoco me he besado antes con un chico.
Hice un leve encogimiento de hombros con total naturalidad, y la profesora hizo de darme otro beso. Me parecía raro que quisiera besarme, sobretodo con el sabor en mi boca de lo que antes había estado lamiendo. A lo mejor a ella también le gustaba.
-¿Mejor ahora?.
-Sí, ha sido diferente. Este ha sido mejor.
-De acuerdo. Bien, restituyo los puntos perdidos, pero lárguese a su cuarto antes de que alguien la vea. ¡Y mañana mismo ordénele a Filch quitarle esos cepos antes que le hagan verdadero daño!. ¡Ya nos veremos otra vez, Srta. Lovegood!.
La obedecí y salí de allí como si no pasara nada. Estaba bastante cansada, y una vez llegué a la torre de Ravenclaw, fui a los dormitorios de las chicas y me tumbé en la cama (boca arriba, claro está; no quería que los cepos volvieran a cerrarse más de la cuenta. Me había pasado el día con los pezones tan sensibles como crecidos), totalmente exhausta, al borde del sueño.
-Y todo esto por querer hablar con el profesor Binns-dije en voz alta-.
¿Veis lo que os decía?. Por una tontería, todo lo que pasó. Y a pesar de que el Sr. Filch había sido bastante rudo, él y la profesora Sinistra me habían hecho sentir unas cosas muy parecidas. No sé...a lo mejor debía intentar hablar con Binns de nuevo, en su próxima clase. Quién sabe que otras cosas podrían pasar.
Ese día es solo uno entre muchos. Lo he elegido por su variedad, aunque algunos otros días fueron más monótonos, y otros más extraños. Por ejemplo, después de ese día tuve que visitar de forma regular a la profesora Sinistra, para ir a clases particulares de Reeducación y Buenas Maneras, como ella las llamaba. Como ella era tan severa con la gente, nadie sospechó nada malo y, por mi parte, yo no pensaba que lo hubiera. Lo que hacíamos nos dejaba al final con el cuerpo agotado y sudoroso, y con la respiración un tanto forzada. Muchas veces ella me decía como se debía comportar una señorita bien educada, y como debía hacer las cosas...pero antes de darme cuenta, estaba bebiendo de eso que ella me ponía en la boca hasta casi atragantarme. Transcurrió un tiempo antes de que me quitara las vendas que siempre me ponía en los ojos y me dejase ver lo que le estaba chupando de verdad, pero a esas alturas, como ya lo había hecho tantas veces, no me molestó...y sí que lo chupé con más fuerza a partir de entonces.
Pero mis aventuras extrañas no se limitaban a la profesora Sinistra. Algunos días me pasaban cosas tanto o más raras que esas. Veamos a ver si puedo rememorar algunas de ellas...por ejemplo, sé que una vez desperté en mitad de un pasillo, de madrugada, y que encontré enfrente de mí al prefecto de mi casa, creo que se llamaba Robert Hilliard (no estaba segura en ese momento). Un chico con el pelo negro, los ojos castaños, cara agradable. Estaba en el suelo, con la ropa hecha jirones, y me miraba muy sorprendido. Cuando me miré a mí misma, vi que mi pijama estaba medio quitado y varias manchas semilíquidas por mi cuerpo que al probarlas, sabían igualitas que lo que el Sr. Filch me había dado a beber en su despacho. Robert parecía muy sorprendido.
-Hola-saludé con la mano, muy alegremente-. ¿Qué tal?.
-¿Cómo que qué tal?. ¿A qué viene eso?.
-¿Qué haces en el suelo con los pantalones bajados?.
Era una pose extraña, tenía los pantalones en los tobillos y podía ver no solo sus piernas (que empezaban a tener algo de vello en ellas, a diferencia de las mías, del todo lisas), si no que también pude ver claramente algo que despuntaba hacia arriba pero que estaba poco a poco perdiendo su dureza.
-¡Qué curioso!. ¿Es normal que os pase eso a los chicos?.
-¿Bromeas?. ¿Pero es que no te acuerdas?. ¿No recuerdas nada?.
-Recuerdo irme a dormir, y que antes me puse el pijama y los zapatos.
-¿Los zapatos?-se extrañó-. ¿Duermes con los zapatos puestos?.
Él miró a mis pies, y yo hice lo mismo. Sí, los llevaba puestos.
-Es que soy sonámbula. De ese modo evito coger frío en los pies si voy descalza.
-Sonámbula...entonces no te acuerdas-volvió a insinuar-.
Hice un leve encogimiento de hombros, frunciendo los labios con resignación.
-¿Ha pasado algo malo?.
Se me quedó mirando unos momentos, antes de decirme algo.
-No-negó con la cabeza, con una extraña sonrisa-. No te preocupes, no ha pasado nada malo...pero ten cuidado la próxima vez. Por tu culpa chocamos.
-Ohhh, ya veo-me sorprendí...y del choque se te cayeron los pantalones, por eso los llevas tan abajo. Lo siento, intentaré que no vuelva a pasar.
-No te preocupes, pero ten cuidado. Ayúdame a levantarme, te llevaré de regreso a la sala común de Ravenclaw.
Una vez se levantó, se puso de nuevo sus pantalones y volvimos hasta la puerta de la sala común. Una vez allí, siguiendo la costumbre, el águila que había como aldaba de la puerta (sin pomo ni cerradura) nos planteó este enigma.
-“Crece desde que nace, pero su altura no cambia. Cada día es más amplia, pero no engorda. Puede volar, pero no tiene alas. Puede nadar, pero no tiene aletas. No come ni bebe, pero siempre tiene hambre. ¿Quién soy?”.
Robert y yo nos miramos el uno al otro sin saber qué decirle. Por desgracia, si no acertábamos, no podríamos entrar hasta que viniese otro compañero y le plantease otro enigma. Ambos nos quedamos un buen rato sin saber qué decir, planteando respuestas posibles, pero no estábamos seguros.
-No se me ocurre nada, y me estoy devanando los sesos. ¿Y tú, Luna?.
-Tampoco lo sé. ¿Alguna idea?.
-En realidad, tengo una...podrías ayudarme a pensar mejor, si quieres.
-¿Y como podría hacerlo?.
-¿Recuerdas lo que viste antes?-señaló a sus pantalones-. Lo normal es que de blandito pase a duro, y no al revés. Eso nos deja un poco confusos. Si lo vuelves a poner duro, entonces podría pensar mejor una respuesta.
-Vale-me encogí de hombros-. ¿Pero aquí mismo, en el pasillo?.
-Será solo un momento. Yo te diré lo que tienes qué hacer.
-Avísame si lo hago bien, no quisiera perturbarte la mente más aún.
-Vale-me dijo él-.
Robert se bajó la cremallera y me dijo que tenía que agacharme y ponerlo entre mis manos para frotarlo suavemente. Había que darle calor, y si me era posible, también debía besarlo. Eso también funcionaba. Como tenía que ponerme de rodillas, decidí usar la chaqueta de mi pijama para usarlo de apoyo y no lastimármelas. No llevaba camiseta debajo, pero Robert dijo que no pasaba nada, y él también se quedo desnudo de cintura para arriba, para que no me sintiera incómoda. Fue muy amable por su parte.
-¿Lista?. Cuando quieras. Espero que lo hagas bien, si no, tardaremos mucho en entrar en la sala común, y es mejor entrar cuanto antes.
-No te preocupes, lo haré bien.
Según sus indicaciones, primero lo estuve frotando como si enrollase un canelón o algo parecido, pero luego tenía que agitarlo de adelante atrás como si hubiera quitarle y ponerle la cáscara a un plátano, una y otra vez. Robert tenía razón. ¡Qué duro se puso a los pocos minutos!. No sé porqué aquello me resultaba familiar, pero no sabía de qué. Ya lo recordaría, supongo. Según se fue haciendo cada vez más duro, también se volvía cada vez más caliente.
-¿Crees que podrías besarlo más profundo?. Como si chuparas una porra.
¡Porra!. ¡Eso era!. ¿Entonces era esto lo que había chupado del Sr. Filch?.
-Sí, claro. Ahora mismo.
-Pero ten cuidado, ¿vale?. Es delicado.
-Oh, ya entiendo. Seré muy atenta contigo.
Quise comprobar mi sospecha, y aparte de besos, probé a metérmela en la boca y darle una chupada algo más fuerte. ¡Sí que lo era!. Quizá debería haberme enfadado con el Sr. Filch, pero como hacía ya tanto tiempo de eso, no serviría de nada...aunque había algo que no lograba entender. La de Robert era más larga. Casi no me entraba toda en la boca, y mira que lo intentaba con todas mis fuerzas.
-Sí...lo haces muy bien, Luna...ya me siento mejor...me noto la cabeza más lista y despejada...seguro que ahora se me ocurre la respuesta...mmm...Luna, ten cuidado, es que eso suele...suele...¡dar leche!-dijo apresuradamente, como si no supiese la manera de decírmelo-...
-Ah, ¿cómo la de las vacas, o como la leche omnicoloris que cambia de color?.
-No-negó con la cabeza-, esta es...es leche happysmile, porque las chicas sonríen mucho cuando se la beben...las hace felices...
-¡Eso no lo sabía!. ¿Cómo es que eso no lo damos en clase?.
-Hay cosas que no se aprenden en clase, Luna...pero no pares, que entonces me vuelvo a aturdir...
-Oh, perdón. No volverá a pasar.
Nunca había oído hablar de la leche happysmile, pero si tenía razón, entonces le tenía que sacar esa leche cuanto antes. Quizá entonces pudiéramos entrar en la sala de Ravenclaw. No me apetecía pasar la noche por fuera. ¡Si nos encontraban perderíamos muchos puntos para Ravenclaw!. Como quería evitar que eso pasara, me esforcé mucho en ayudar a Robert para que se le despejara la cabeza, así que estuve frotando, besando, chupando y lamiendo tal como él me decía hasta que le sentí como apretaba los dientes y como me avisaba de que la leche happysmile estaba a punto.
-Ya está...ya lo tienes...me va a salir...sácalo todo Luna...no dejes nada adentro, no pares...tómala...te la echo toda...todaaaaa...
Fue entonces cuando me dio lo que llevaba dentro y se derramó en mi boca. Me lo tragué tal y como Robert me decía, y fui limpiándolo todo. Sí que era cierto lo de que hacía sonreír a las chicas. Yo sonreí mucho al verle tan contento, aunque me extrañó en ese momento que cuando me había pasado con Filch, no me había sentido contenta. No, de hecho solo sentía alivio de que hubiera terminado. A lo mejor, al igual que le pasaba a la leche de las vacas, la de los hombres se cortaba con los años y ya no tenía el mismo efecto con las chicas. Menos mal que Robert era de mi edad.
-¿Te ha gustado la leche happysmile, Luna?. ¿Te la has tragado toda?.
-Sí, claro, he hecho lo que me dijiste. ¿Qué tal tu cabeza?.
-Mucho mejor-sonrió de oreja a oreja-. De hecho, me vas hecho volar la cabeza mientras lo hacía, tenía la mente en órbita...¡ah, claro!: la respuesta es “la imaginación”, porque habita en la cabeza y crece con los años, y con ella podemos ir a donde nosotros queramos, tanto volar como nadar, en sueños. Y la alimentamos con libros.
-Es correcto. Puedes pasar-dijo la aldaba-.
Me alegró mucho que gracias a eso supiera la respuesta, aunque me sorprendió un poco su sonrisa tan confiada, tan seguro de sí mismo.
-¿Estás bien?.
-Sí, muy bien. Gracias por ayudarme. Ve a dormir, y no le cuentes a nadie nada de lo ocurrido, ¿de acuerdo?.
-No tengo amigos a los que contárselo.
-Oh, es verdad-recordó él-. Lo olvidaba. Buenas noches Luna.
-Hasta luego Robert.
Nos despedimos allí mismo, y mientras él volvía a su ronda, yo intenté meterme de nuevo en cama. Aún no sabía como me las apañaba para ir tan lejos estando dormida, la verdad es que era muy inusual. A lo mejor, sin darme cuenta, había olido el aroma de alguna flor somnirrante, ya que su olor provoca que mientras uno duerma, vagabundee sin rumbo toda la noche. De cualquier manera, por lo menos volvía a estar en cama, con la ayuda de Robert. Me había gustado ayudarle a pensar, y quería recordarlo más, pero me encontraba extrañamente cansada, como si hubiese hecho más cosas de las que en ese momento podía acordarme, así que cerré los ojos, y me dormí enseguida.