Santiago y Martina estan Atrapados en el Ascensor - Capítulos 001 al 002

heranlu

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Santiago y Martina estan Atrapados en el Ascensor - Capítulo 001

Bajo la luz tenue de farolas que parecían atrapadas en un vals nostálgico, los hermanos Martina y Santiago deambulaban por las callejuelas de San Martín. El barrio, una paleta de colores pastel y murmullos de vida nocturna, respiraba historias en cada esquina.

Martina, de melena rubia y ojos azules que destilaban vitalidad, movía su esbelta figura con una gracia que dibujaba susurros de admiración entre las sombras. Sus risas, alegres y contagiosas, creaban una banda sonora para la noche que los rodeaba.

Santiago, alto y moreno, caminaba a su lado como una sombra protectora. Sus ojos oscuros reflejaban la mezcla única de sabiduría y devoción que solo un hermano mayor podía llevar consigo. Sus pasos resonaban con una confianza que desafiaba la oscuridad.

Las casas de colores pastel se erguían como guardianes silenciosos, sus balcones adornados con macetas que se mecían al compás de la brisa nocturna. Tiendas iluminadas ofrecían sus tesoros a los transeúntes, mientras el aroma tentador de empanadas recién horneadas flotaba en el aire.

Grafitis coloridos adornaban las paredes, contando historias que solo aquellos familiarizados con el barrio podían descifrar. Murales vivos expresaban la esencia única de la comunidad. A medida que avanzaban, el barrio cobraba vida con la risa de amigos que compartían secretos en plazas iluminadas, convirtiendo cada rincón en un escenario de encuentros y despedidas.

La brisa nocturna acariciaba las hojas de los árboles, tejiendo una sinfonía suave que acompañaba los susurros de los hermanos. Entre risas y confidencias, la noche se convertía en cómplice de sus historias, y San Martín, con sus callejones y misterios, se alzaba como el testigo silencioso de sus vidas entrelazadas.

El cielo empezaba a pintarse con tonos pálidos de azul cuando los hermanos, relajados y un poco achispados por la fiesta, caminaban de regreso a casa. Sus risas resonaban en la quietud de la madrugada, una complicidad que solo los lazos familiares podían forjar.

Martina se apoyó en el hombro de Santiago, soltando una risa ligera.

— ¡Santi, qué fiesta! ¿Viste a Juan bailando salsa? Parecía un pingüino con calor.

Santiago rió, recordando la escena.

— Sí, pero nadie supera tu intento de imitar al profesor de matemáticas. Eso fue épico.

Martina le dio un golpecito juguetón en el brazo.

— ¡Oye, no es fácil parecer tan aburrido y apasionado por los números al mismo tiempo!

Santiago la miró con una sonrisa cómplice.

— Tienes razón, deberías recibir un premio por tu actuación. Pero, en serio, gracias por hacerme reír tanto esta noche.

Martina le guiñó un ojo.

— ¿Reír? Eso es lo que los hermanos hacen, ¿no? Además, ¿quién más me contaría secretos familiares tan vergonzosos?

Santiago negó con la cabeza, fingiendo indignación.

— ¡Nunca debí confiarte eso!

Martina le dio un abrazo repentino.

— Oh, hermanito, tu secreto está a salvo conmigo. Pero ahora, cuéntame, ¿alguna confesión más antes de que lleguemos a casa?

Santiago rió entre dientes.

— Solo una: eres la mejor hermana del mundo.

Martina le dio un golpecito en el pecho.

— ¡Eso ya lo sabía, pero gracias por confirmarlo, Santi!

Mientras caminaban bajo la tenue luz del amanecer, un ligero peso se posó sobre los hombros de Santiago. Aunque las risas con Martina habían sido reconfortantes, sus pensamientos se volvieron introspectivos, arrepintiéndose un poco de haber revelado aquel secreto.

Sintió una punzada de remordimiento al recordar cómo se deslizó la confidencia entre las risas y las copas. La idea de compartir aquel fragmento de su vida le había parecido momentáneamente divertida, un juego entre hermanos. Sin embargo, a medida que el alcohol se disipaba y la luz del nuevo día revelaba la realidad, el arrepentimiento se filtraba en sus pensamientos.

"Pensé que estaba controlando la situación", se reprochó a sí mismo mientras caminaba en silencio a lado de Martina. La noche, que inicialmente se había tejido con risas y complicidad, ahora dejaba una sensación agridulce. ¿Por qué había revelado algo que prefería mantener en la penumbra de sus pensamientos?

Santiago se preguntó si Martina lo vería de manera diferente ahora que conocía ese lado suyo. ¿Cambiaría su percepción de él? El arrepentimiento se mezclaba con la incertidumbre sobre las consecuencias de sus palabras. Sabía que no podía retroceder el tiempo ni borrar lo que ya se había dicho.

Santiago, con una mirada un tanto nerviosa, decidió abordar el tema antes de que el peso del secreto creciera aún más entre ellos.

— Oye, Martina, sobre lo que te conté anoche... ¿no te ha parecido un poco raro?

Martina, con una risa juguetona, le lanzó una mirada burlona.

— Raro, ¿por qué? ¿El hecho de que mi hermanito mayor se diera su primer beso con la prima Laura? —se rió suavemente—. Bueno, no eras más que un chavalín loco en aquel entonces, supongo.

Santiago soltó un suspiro de alivio, agradecido por la reacción despreocupada de su hermana.

— Sí, lo sé. Fue hace tanto tiempo, ni siquiera sé por qué lo hicimos. Supongo que los dos queríamos probar que se sentía y con 14 años uno no piensa nada…— dijo llevándose las manos a la cara —. Joder, me arrepiento tanto…

Martina le dio un golpecito amistoso en el hombro.

— ¡Vamos, Santi! Todos tenemos secretos vergonzosos de la adolescencia. No te preocupes, no cambiará nada entre nosotros. Aunque es gracioso pensar en ti como un "chavalín loco".

Santiago le dedicó una sonrisa, agradecido por la comprensión de su hermana.

— ¿Y tú? ¿Alguna confesión de tu parte que quieras compartir?

Martina hizo un gesto de desdén.

— Oh, por favor, soy la hermana perfecta, ¿recuerdas? No tengo secretos oscuros como mi querido hermano.

El sol comenzaba a teñir el horizonte con tonos cálidos cuando Santiago, con un gesto pícaro, sacó una lata de cerveza fría de su chaqueta.

— ¿La compartimos? —propuso, agitando la lata ligeramente antes de abrirla.

Martina rió y aceptó la oferta con entusiasmo.

— ¡Claro, por qué no! Una última para cerrar la noche.

Santiago abrió la lata con un sonido distintivo y ambos dieron sorbos largos y despreocupados mientras continuaban su camino. El frío del aluminio contrastaba con la calidez del amanecer, creando una sensación única que acompañaba la charla ligera.

— ¿Sabes, Marti? A pesar de todo, me alegra haber compartido eso contigo anoche —comentó Santiago, mirando hacia el horizonte.

Martina asintió, dando otro sorbo.

— Yo también. Esas pequeñas rarezas de la vida nos unen, ¿no crees?

Santiago sonrió, pensativo.

— Definitivamente. Y supongo que esas rarezas nos hacen quienes somos.

Llegaron al edificio con risas apaciguadas y se dirigieron hacia el ascensor. Santiago apretó el botón con la etiqueta desgastada que indicaba su piso, y las puertas se cerraron detrás de ellos. Un zumbido mecánico anunció que el ascensor comenzaba a ascender.

Pero el trayecto se detuvo de manera abrupta, sumiendo a Martina en un momento de agobio.

— ¡Oh, no! ¿En serio, ahora? —Martina soltó un suspiro frustrado mientras miraba alrededor del pequeño espacio.

Santiago trató de calmarla.

— Tranquila, Marti. Estamos en un edificio moderno. Estas cosas suelen arreglarse rápido. Probemos el botón de emergencia.

Martina asintió, pero su nerviosismo era palpable mientras Santiago buscaba el botón y presionaba.

— ¡Hola! ¿Alguien puede ayudarnos? El ascensor se ha detenido —llamó, esperando una respuesta que no llegaba.

Nada.

—Mira a ver si tienes cobertura — dijo Santiago.

Marina encendió el móvil y negó con la cabeza. Santiago estaba igual

El calor del verano comenzaba a hacerse sentir dentro del ascensor, y Martina empezó a sentirse incómoda.

— Santi, hace calor aquí adentro. ¿Y si no nos sacan pronto?

Santiago intentó tranquilizarla.

— No te preocupes, Marti. Es sábado, la gente se levanta tarde, pero en un par de horas alguien vendrá a abrirnos.

Martina se apoyó en la pared del ascensor, suspirando.

— Podríamos cantar alguna canción o hacer acertijos para mantenernos entretenidos.

Santiago reflexionó y respondió:

— Podríamos, pero no sé si mis cuerdas vocales están listas para el público. ¿Y acertijos? Creo que mi cerebro también necesita despertarse un poco más.

Martina rió.

— ¡Buena excusa, hermanito! Entonces, ¿alguna otra idea?

Santiago, con un brillo juguetón en los ojos, propuso:

— ¿Qué tal si jugamos al "Adivina la película por la descripción vaga"?

Martina hizo una mueca de duda.

— No sé, ¿no es muy complicado? Además, ¿cómo describimos películas con tan poco espacio?

Santiago asintió, pensativo.

— Tienes razón. Olvidemos eso. ¿Qué te parece un juego de palabras cruzadas? Siempre son entretenidas.

Martina hizo una mueca cómica.

— ¿Palabras cruzadas en un ascensor? No sé, Santi, creo que necesitamos algo más... ligero.

Santiago rió y, recordando la dinámica de la fiesta, sugirió:

— ¿Qué tal un juego de verdad o prueba? Algo así como lo que hicimos en la fiesta.

Martina arqueó una ceja, sonriendo maliciosamente.

— Ah, veo a alguien interesado en sacar más secretos a la luz. ¿Sigues arrepintiéndote de lo que me contaste anoche?

Santiago rió, ligeramente incómodo.

— No, no es eso. Pero bueno, es una buena forma de pasar el tiempo y conocernos aún más.

Martina le dio un codazo juguetón.

— Está bien, juguemos al "verdad o prueba", pero solo porque me divierte la idea de sacar tus trapos sucios ahora que tienes miedo de haberme contado demasiado.

Santiago, con una sonrisa cómplice, preguntó:

— Marti, verdad o prueba?

Martina se tomó un momento para pensar y finalmente decidió:

— Verdad.

Santiago la miró divertido.

— ¿Con quién fue tu primer beso?

Martina sonrió, recordando aquel momento.

— Fue con Diego, el chico del equipo de fútbol de la escuela. Un cliché adolescente, ¿verdad?

Santiago rió.

— ¡Nada mal! Ahora, mi turno. Verdad.

Martina se acomodó con una sonrisa traviesa.

— ¿Pasó algo más con Laura, algo que no me hayas contado?

Santiago, con honestidad, negó con la cabeza.

— No, Marti. Solo fue aquel beso, nada más. Ya te conté todo.

Martina le dedicó una mirada de complicidad.

— Te creo, hermanito. Sigamos. Yo elijo prueba esta vez.

Santiago, con una expresión juguetona, pensó por un momento y luego sugirió:

— ¡Bien! Quiero que imites a Bruno, ese amigo de la fiesta que bailaba como si estuviera poseído por el ritmo.

Martina rió ante la propuesta.

— ¡Oh, Santi! Eso es fácil. ¡Mira esto!

Martina comenzó a moverse imitando las peculiares y exageradas coreografías de Bruno, haciendo reír a Santiago.

— ¡Eso es genial! Bruno estaría orgulloso —comentó Santiago entre risas.

Santiago, pensando en sus opciones, decidió:

— Verdad.

Martina sonrío de manera cómplice.

— Bueno, Santiago, dime, ¿qué es lo que más te gusta de mí?

Santiago se quedó momentáneamente sorprendido por la pregunta, pero Martina le dio un suave golpe en el brazo y le animó:

— Vamos, Santi, no seas tímido. ¡Puedes decirme!

Santiago sonrió, visiblemente aliviado por la actitud positiva de su hermana.

— Está bien. Lo que más me gusta de ti... son tus labios. Tienes unos labios muy bonitos.

Martina rió de manera juguetona.

— ¡Oh, vaya! Esa es una respuesta inesperada. Pero gracias, hermanito. Ahora, mi turno. Verdad.

Santiago, aprovechando la oportunidad, preguntó:

— ¿Y qué es lo que más te gusta de mí, Marti?

Martina le lanzó una mirada pícara.

— Fácil, tus ojos. Tienes unos ojos que cuentan historias, Santi. Siempre puedo decir cómo te sientes solo mirándolos.

Santiago se sonrojó ligeramente ante el halago.

Santiago eligió nuevamente:

— Verdad.

Martina, con una sonrisa traviesa, decidió retomar el tema de Laura:

— Entonces, Santiago, ¿alguna vez repetiste con Laura? Solo estoy curiosa, ¿sabes?

Santiago frunció el ceño, sintiendo una mezcla de incomodidad y molestia.

— Marti, deberíamos dejar de hablar de eso. Fue una tontería mencionarlo anoche.

Martina, notando la incomodidad de su hermano, intentó aligerar el ambiente:

— Vamos, Santiago, solo es curiosidad. ¡Joder, te besaste con Laura! Si yo me hubiera dado un beso con el primo Raúl, también te haría preguntas.

Santiago, molesto, respondió con tono serio:

— No debería haberte contado nada, Marti. Es un asunto del pasado y no tiene por qué seguir siendo tema de conversación.

Martina, intentando desenfadar a su hermano, le dio un golpecito suave en el brazo.

— Está bien, está bien, no te enfades. Solo es una broma.

— No me aparece seguir jugando a esto.

Martina, más seria, asintió.

— Tienes razón, lo siento. No quería molestarte.

El ambiente en el ascensor se volvió tenso, con una brecha momentánea entre los hermanos.

El silencio se extendió entre los hermanos en el pequeño espacio del ascensor hasta que Santiago decidió romperlo.

— Sabes, Martina... —suspiró—, me besé con Laura porque nunca me había dado un beso con nadie y creí que ese momento no llegaría nunca. Nunca he tenido éxito con las chicas y como todos mis amigos lo habían hecho...

Martina, intentando aliviar la tensión, le interrumpió suavemente:

— Santiago, no tienes que seguir hablando de eso si no quieres.

Pero Santiago, evidentemente necesitando desahogarse, continuó:

— Es que siendo una chica tan guapa y tan sexy como tú, es fácil no recurrir a la desesperada para besarse con alguien.

Martina se quedó un poco en shock por la sinceridad repentina de su hermano. Después de un momento de sorpresa, trató de restar importancia al comentario:

— ¡Vamos, Santi! No deberías pensar así de ti mismo. Eres un tío guapo.

Santiago, mirándola con una expresión de amargura, le dijo:

— Tú solo lo dices porque eres mi hermana.

Martina, con un tono más serio, respondió:

— No, de verdad. Te veo guapo, Santi. No tienes por qué pensar tan mal de ti mismo.

Santiago, con un dejo de frustración, replicó:

— Siempre me ha ido mal con todas las chicas.

Martina, intentando quitarle hierro al asunto, le dijo con cariño:

— Bueno, quizás solo no has encontrado a la indicada. Y recuerda, la autoconfianza es atractiva. Tienes que creer en ti mismo, hermano.

Santiago, aún sumido en sus pensamientos y la incomodidad de la conversación, murmuró:

— No sé, Martina. Siempre he sido un desastre en estas cosas.

Martina, buscando aligerar el ambiente, respondió con una sonrisa:

— Bueno, yo también he tenido mis tropiezos en el amor. A veces, simplemente no encontramos a la persona adecuada en el momento adecuado.

Santiago, con un destello de frustración en los ojos, añadió:

— Pero ¿y si nunca la encuentro? ¿Y si siempre soy ese tipo que está solo?

Martina le dio un toque suave en el hombro.

— No digas tonterías, Santi. Eres un buen chico, y seguro que encontrarás a alguien. Además, aún eres joven.

En ese momento, las luces del ascensor titilaron y luego se apagaron por completo, sumiendo a los hermanos en la oscuridad. La situación se volvió aún más confusa.

— ¿Qué está pasando ahora? —preguntó Martina, sintiendo un leve nerviosismo.

Santiago frunció el ceño, intentando entender la situación.

— No lo sé. ¿Se habrá estropeado el ascensor?

En la penumbra, los hermanos intentaron ubicarse. La confusión se apoderó de ellos mientras el ascensor permanecía inmóvil.

— Genial, ahora estamos atrapados y a oscuras —murmuró Martina.

Santiago, tratando de mantener la calma, dijo:

— Deberíamos intentar presionar el botón de emergencia otra vez.

Santiago y Martina se levantaron simultáneamente en la oscuridad para buscar el botón de emergencia, pero en el estrecho espacio del ascensor, se encontraron con roces fortuitos y descoordinados.

Santiago, sintiendo el contacto accidental, murmuró:

— Lo siento, Marti, no veo nada aquí.

Martina, intentando restar importancia a la situación, respondió con una risa nerviosa:

— No te preocupes, Santi. Es un ascensor, no un campo de minas. Pero deberíamos tener más cuidado.

Santiago, sintiéndose incómodo, añadió:

— Sí, definitivamente. Esto está más apretado de lo que pensaba.

Martina, tratando de romper la tensión, bromeó:

— Tal vez sea un plan maestro para que los hermanos se vuelvan más cercanos, literalmente.

Santiago rió nerviosamente.

— No creo que necesitemos la ayuda del ascensor para eso.

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Santiago y Martina estan Atrapados en el Ascensor - Capítulo 002

Después de pulsar el botón de emergencia una vez más sin obtener respuesta, las luces del ascensor parpadearon antes de iluminarse por completo. Ahora, con la luz de vuelta, Santiago y Martina se encontraron cara a cara, más cerca de lo que anticipaban en ese reducido espacio.

Hubo un instante de silencio tenso, como si ambos fueran conscientes de la proximidad repentina. Martina rompió el silencio con una risa nerviosa.

— ¡Vaya, esto se puso un poco más íntimo de lo esperado, hermanito!

Santiago, intentando aliviar la situación, respondió con una sonrisa incómoda.

— Sí, parece que el ascensor tiene su propia idea de cómo unir a la familia.

Ambos se apartaron ligeramente, buscando más espacio en el ajustado habitáculo. La atmósfera, aunque aún tensa, se suavizó con un toque de humor.

Martina, con un toque de humor, se volvió a sentar y dijo:

— No creas que entre todo lo que hemos hablado se me va a olvidar que has dicho que soy guapa y sexy. —Sonrió pícaramente.

Santiago negó con la cabeza y se sentó a su lado, diciendo:

— Lo dije bajo los efectos de la cerveza.

Martina, entre divertida y desafiante, preguntó:

— ¿O sea que no crees que sea sexy?

Santiago rió y bromeó:

— No tanto como la prima Laura.

Ambos estallaron en risas, pero la diversión se transformó en sorpresa cuando Martina, de repente, se abalanzó sobre él, quedando encima suya.

— ¡Retira eso ahora mismo! —dijo, sosteniendo los brazos de Santiago.

Santiago, con la espalda en el suelo y Martina controlando sus brazos, entre risas le respondió:

— Martina, me niego a faltar a la verdad.

Martina insistió:

— Y yo me niego a que la prima Laura le robe a mi hermano su primer beso y encima el mamón la ponga por encima mía.

Santiago rió ante la situación inesperada, disfrutando de la complicidad única que compartían como hermanos.

Santiago, aún sujeto por los brazos de Martina, dijo:

— Entonces, ¿quieres decir que preferirías que te encuentre más sexy que a la prima Laura?

Santiago, riendo, trató de liberar sus brazos juguetonamente.

—Pues sí, quiero que lo prefieras.

— Pero es que bueno…, la prima Laura tiene ese algo que...

Martina, divertida, lo interrumpió:

— ¿Ese algo que la hace más sexy que yo?

Santiago, entre risas, respondió:

— Algo así.

Martina, aún encima de su hermano, decidió seguir con el juego:

— No te lo crees ni tú.

Santiago se rió, mirándola con complicidad:

— Y ¿por qué iba a mentir?

Martina, juguetona, respondió:

— Porque eres un orgulloso.

Ambos estaban muy cerca, compartiendo una intimidad inusual. Santiago, con una chispa traviesa en los ojos, continuó:

— Lo único que pasa es que estás celosa.

Martina soltó un bufido, fingiendo indignación:

— ¿Celosa? ¿De esa bruja?

Santiago, divertido, contestó:

—¿Ahora es una bruja? Estas celosa porque mi primer beso fuera con ella.

Martina se quedó en blanco por un momento, procesando las últimas palabras de Santiago. Sin decir una palabra, se acercó un poco más a él. Martina, con una expresión seria, le dijo:

— Pues sí, lo estoy.

Santiago, nervioso, tragó saliva, sintiendo la intensidad del momento. Martina continuó:

— Así que la próxima vez que no creas que vas a encontrar a ninguna chica o que no te volverás a dar un beso nunca, no acudas a Laura.

El ascensor, aún detenido, se llenó de un silencio incómodo mientras las palabras de Martina resonaban en el pequeño espacio. Santiago, sin saber muy bien cómo responder, se quedó mirándola, captando la seriedad en la mirada de su hermana.

— ¿Y si sigo pensando en eso? Que no voy a volver a tener éxito con una chica — dijo Santiago, con un tono de inseguridad

Martina, mirándolo directamente, le respondió:

— Tienes la respuesta justo delante de ti, idiota.

Santiago, escéptico, le dijo:

— No lo dices en serio.

Martina, decidida, se acercó un poco más, el roce de ambos labios era casi una realidad. Con voz suave, le susurró:

— Prueba.

Finalmente Santiago se decidió y se acercó lentamente a los labios de Martina. Un beso suave y tierno, pero cargado de pasión, selló sus labios en un dulce encuentro. Martina liberó los brazos de Santiago y este llevó sus manos a la cadera de su hermana con delicadeza, acariciándola con ternura.

Sus lenguas danzaban juntas, en una armonía perfecta, explorando cada rincón de la boca del otro. El tiempo se detuvo para ellos, dejándolos atrapados en un momento de amor y deseo.

El beso era suave pero intenso, como si ambos quisieran demostrar con él todo lo que sentían el uno por el otro. Martina tocaba las mejillas de su hermano, mientras él acariciaba su espalda, sintiendo cada curva de su cuerpo.

Martina separó sus labios con suavidad, creando una distancia cómoda entre ellos. Con una sonrisa traviesa, le preguntó:

— ¿Mejor o peor que con Laura?

Santiago, con una mirada intensa, le respondió:

— Es imposible que algo supere esto.

— ¿Entonces esto significa que ya no necesitarás acudir a Laura para tus besos? — preguntó Martina

— Definitivamente espero que no. Creo que ya tengo a la mejor compañera de prácticas aquí mismo

— ¿Y no quieres seguir practicando?

Santiago, respondiendo a la provocación con una sonrisa, volvió a acercarse a sus labios, y se dejaron llevar por un nuevo beso. Esta vez, más seguro y con una intensidad que reflejaba la conexión única que habían descubierto en medio de la inesperada situación del ascensor detenido. El tiempo se volvía relativo en ese pequeño espacio, donde los hermanos exploraban un terreno desconocido, desafiando las convenciones y descubriendo una conexión que iba más allá de cualquier expectativa..

El beso entre Santiago y Martina comenzó a intensificarse, cada roce de labios provocando una chispa que encendía la pasión. La suavidad inicial dio paso a una entrega más apasionada, como si estuvieran descubriendo un nuevo lenguaje entre ellos. Santiago acarició suavemente el rostro de Martina, sintiendo la calidez de su piel. Martina respondió con un suspiro contenido, permitiéndose perderse en la sensualidad del momento. Las manos de ambos exploraron con deseo, creando una danza coordinada que revelaba una conexión más profunda de lo que ninguno de los dos había imaginado. La tensión acumulada se liberaba en cada beso, y las emociones se entrelazaban en una danza ardiente que desafiaba cualquier barrera establecida.

Lentamente, las manos de Santiago se colaron por debajo de la camiseta de Martina, explorando la suavidad de su piel. Ella suspiró, entregándose al tacto de su hermano en la espalda. Las manos de Santiago continuaron su ascenso por su torso, acariciando con deseo cada centímetro de piel que encontraban a su paso, hasta llegar a la altura de su sostén.

La intensidad del beso se incrementó cuando las manos de Santiago deshicieron con poca habilidad el broche del sostén de Martina.

Martina se adelantó y con un movimiento rápido y decidido, se quitó la camiseta dejando a la vista sus pequeños y ligeramente puntiagudos pechos. Eran como dos joyas enmarcadas por una piel suave y sedosa. Sus pezones, pequeños y rosados, se erizaban con la fresca brisa del ascensor.

Santiago, suspiró de placer al verlos. Era la primera vez que los veía desnudos y no pudo evitar sentir una oleada de deseo recorrer su cuerpo. Martina le cogió las manos y las llevó a sus pechos, invitándolo a tocarlos y a descubrir cada centímetro de su piel.

Santiago se deleitó con su tacto, acariciando suavemente sus pechos, sintiendo la calidez de su piel contra sus dedos. Martina gimió suavemente, disfrutando del contacto y del deseo que se estaba creando entre ellos.

Sin poder resistirse más, Martina se tumbó sobre él, besándole con pasión mientras sus cuerpos quedaban apretados. Para Santiago era una sensación indescriptible, sentir la piel desnuda de su hermana contra la suya, el calor de su cuerpo y el aroma de su perfume.

Martina comenzó a desabrocharle a Santiago su camisa, mientras mordisqueaba su oreja y lamía su cuello. Cada vez que sus manos rozaban su pecho, Santiago sentía un escalofrío recorrer su cuerpo.

Finalmente, la camisa de Santiago cayó al suelo y Martina pasó sus manos por su torso desnudo, descubriendo cada músculo y cada cicatriz. Era como un lienzo en blanco que ella estaba explorando, dejando besos y caricias a su paso.

Martina, con una mirada ardiente y llena de deseo, empezó a besarle el torso y fue bajando poco a poco con suaves besos hasta llegar a la altura del ombligo, donde se detuvo. Santiago miraba a Martina incrédulo, los ojos de la chica ardían deseosos. ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso ella quería hacer lo que él estaba pensando?

—¿Quieres que...? —preguntó tímidamente Martina, dejando la pregunta en el aire.

Santiago tragó saliva, su corazón latía con fuerza en su pecho

—Dios, hermanita... No deseo otra cosa en el mundo —respondió Santiago con voz ronca, dejando en claro su deseo.

Martina sonrió con picardía y desabrochó el cinturón de Santiago con habilidad, bajando lentamente sus pantalones y luego deshaciéndose de sus calzoncillos, liberando su miembro. Santiago se mordió el labio al sentir el aire fresco en su piel y ver cómo Martina lo miraba con deseo.

Su polla era de tamaño medio, no muy gruesa, pero estaba dura y lista para la acción. Martina pasó sus manos por el falo, acariciándolo suavemente y haciendo que Santiago se estremeciera de placer. Luego, llevó su boca hasta la polla de él, haciendo que Santiago se aferrara al suelo del ascensor con fuerza.

La sensación de su boca caliente y húmeda alrededor de su miembro era indescriptible. Martina lo chupaba con habilidad, moviendo su lengua de forma experta y haciendo que Santiago se perdiera en el placer. Cada vez que su lengua rozaba la punta de su polla, Santiago sentía cómo su cuerpo se tensaba y su respiración se hacía más agitada.

Martina no se detenía, seguía chupando y lamiendo su polla con pasión y deseo. Santiago no podía creer lo que estaba sucediendo, estaba viviendo una de sus fantasías más salvajes y excitantes. Cerró los ojos y se dejó llevar por el placer, disfrutando cada momento de aquella mamada perfecta.

—Martina si no paras... No creo que aguante mucho más... — dijo Santiago.

Martina se la sacó de la boca, pero siguió dándole placer con la mano.

—No me importa. Si quieres acabar, lo puedes hacer. — respondió ella con una sonrisa traviesa.

Santiago negó con la cabeza, se incorporó y besó a Martina atrayéndola hacia él.

—Esto es una locura, Martina. — dijo él entre besos.

Ella sonrió.

—Uno nunca sabe cómo va a acabar una noche de fiesta. — respondió ella con picardía.

Se volvieron a besar, Santiago devoró sus pezones desnudos, mientras Martina gemía. Santiago fue empujando con su cuerpo suavemente a Martina hasta que esta quedó con la espalda en el suelo. Él le quitó el pantalón, dejando ver el tanga rojo que llevaba Martina. Lo tocó por fuera y ella gimió.

—Martina, yo nunca... Yo nunca he hecho esto. — dijo Santiago con cierta inseguridad.

Martina lo besó apasionadamente.

—No te preocupes, yo te guío. — le aseguró ella.

Santiago le quitó el tanga, y pudo ver el coño de Martina. Era hermoso, con labios carnosos y un clítoris que parecía estar pidiendo atención. Él se acercó y comenzó a tocarlo por fuera, mientras Martina gemía y le daba instrucciones.

—Más rápido... Ahora más lento... Así, justo ahí... — le decía ella entre gemidos.

Santiago seguía sus instrucciones, excitado por el hecho de estar dando placer a su hermana de esa manera. Pronto, ella estaba gimiendo más fuerte y su cuerpo se tensó.

Martina se retorcía de placer, y Santiago no podía evitar sentirse excitado al verla en ese estado. Se acercó a ella y la besó apasionadamente, mientras sus dedos seguían explorando su interior.

Pero Martina quería más. Se incorporó del suelo y llevó a Santiago hasta la pared del ascensor. Él se sentó, apoyando su espalda en la pared, mientras ella se colocaba de pie frente a él.

Con una mirada llena de deseo, Martina llevó su coño a la boca de Santiago, quien no dudó en complacerla. Comenzó a lamer y chupar su sexo con habilidad, siguiendo las instrucciones de Martina. Ella le indicaba cómo quería ser tocada, y él obedecía al instante, disfrutando de cada gemido y espasmo de placer que ella le regalaba.

Finalmente, Martina llegó al clímax en la boca de Santiago, quien se levantó para besarla y sentir el sabor de su propio placer en sus labios.

Martina, agotada pero con una sonrisa, comentó:

— Esto ha sido una locura.

— ¿Te ha gustado? Era la primera vez que...

Martina lo interrumpió con un gesto afirmativo.

— Ha estado genial, de verdad.

Santiago sonrió aliviado por la respuesta positiva.

— ¿Era la primera vez que te hacían...? Ya sabes.

Santiago asintió, algo avergonzado:

— Nunca he hecho nada, Martina. Aparte de Laura, me besé con un par de chicas más, pero en todos estos años no he avanzado.

Martina lo miró sorprendida

— ¿No has...? Ya sabes, ¿nunca?

Santiago negó con la cabeza, revelando cierta timidez:

— No.

Martina sonrió, y con un toque juguetón dijo

— Bueno, puede que Laura me robara tu primer beso, pero a lo otro puedo ser yo quien le ponga solución.

Martina, con una sonrisa pícara en los labios, empujó suavemente a Santiago contra la pared y lo besó apasionadamente. El contacto entre ellos se intensificó, sus cuerpos se fundieron en un abrazo y sus manos comenzaron a explorar cada rincón de la piel del otro.

Santiago, siguiendo la corriente del momento, se dejó llevar por sus instintos y se sentó en el suelo mientras Martina se subía encima de él. Los dos estaban desnudos y la excitación se podía sentir en el aire.

Sin perder ni un segundo, Martina acarició la polla de su hermano y notó que seguía dura, lo que la hizo sonreír con malicia.

—Veo que no se te van las ganas — dijo con picardía mientras se acercaba a su oído y le susurraba palabras provocativas.

Luego, sin dejar de mirarlo a los ojos, llevó la polla de Santiago hasta su humedad y se dejó caer sobre ella. Santiago, que era virgen, se dejó llevar por las sensaciones y Martina llevaba la iniciativa, guiando cada movimiento con maestría.

Con cada subida y bajada, el placer se iba intensificando y los gemidos de Martina llenaban la habitación. Santiago, por su parte, no podía dejar de besar sus pezones y acariciar su cuerpo con sus manos.

Los movimientos de cadera de Martina eran perfectos, cada vez más rápidos y profundos, y Santiago se sentía en el paraíso. Ella gemía y él le besaba los pezones, lo que la hacía estremecerse de placer. En un momento de descontrol, ella le mordió el cuello con fuerza, dejando una marca roja que a él le encantó.

—Joder, Marti… Dios…

Los dos se miraron a los ojos, perdidos en la lujuria del momento, y se besaron con pasión. Sus lenguas se enredaron en una danza ardiente, mientras sus cuerpos seguían un ritmo frenético.

—¿Te gusta como te folla tu hermanita?

—Ah… Martina…Ah…

—¡Ah! —gimió Martina al sentir los labios de su hermano en sus pezones, haciéndola estremecerse de placer—. Eres tan bueno en esto, Santi.

Santiago no pudo evitar sonreír en medio del éxtasis. Había deseado a su hermana durante años, y ahora que estaban juntos, no podía creer lo increíble que era estar completamente conectados de esa forma. Cada parte de su cuerpo parecía encajar perfectamente con cada una de las curvas de Martina.

De repente, en un momento de descontrol, ella le mordió el cuello con fuerza, dejando una marca roja que a él le encantó. Esa pequeña muestra de posesión lo excitó aún más, si eso era posible. Martina siempre había sido una mujer fuerte y decidida, pero en la cama era aún más intensa.

—¿Te gusta como te folla tu hermanita? —preguntó ella en medio de su deseo, mirándolo con una sonrisa pícara.

Santiago no pudo evitar soltar un gemido al escuchar esas palabras. Estaba perdido en el placer y el deseo, completamente entregado a su hermana. Y no le importaba en lo absoluto, porque en ese momento, ella era su todo.

—Me encanta, Marti. Eres increíble —respondió él con voz entrecortada, mientras la tomaba con más fuerza, aumentando el ritmo de sus movimientos.

Martina lanzó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gemido aún más fuerte que el anterior. El aire se llenó del aroma de la pasión, y todo lo demás desapareció. En ese momento, solo existían ellos dos, entregados al éxtasis de sus cuerpos.

Y así continuaron, moviéndose en perfecta armonía, besándose y susurrándose palabras llenas de deseo. Hasta que finalmente, llegaron juntos al clímax, gritando el nombre del otro en medio de un orgasmo intenso y sublime.

Los dos permanecieron unidos, respirando agitadamente, hasta que finalmente se separaron. Martina se recostó sobre el pecho de su hermano, y él la abrazó con ternura.

—Eso fue increíble, Marti —dijo él en un susurro, besando su cabello.

—Te amo, hermanita — susurró Santiago en medio del éxtasis.

—Y yo a ti, hermanito — respondió Martina, mientras se mordía el labio inferior para contener un gemido

De repente, el ascensor volvió a funcionar y comenzó a ascender. En un instante, Santiago y Martina, aún sumidos en la euforia compartida, se apresuraron a recoger su ropa del suelo y se vistieron rápidamente. Con una mezcla de risas nerviosas y complicidad, salieron al descansillo a medio vestir.

Se miraron el uno al otro con una sonrisa pícara, sabiendo que llevaban consigo un nuevo secreto entre ellos. La complicidad y el deseo compartidos en el pequeño espacio del ascensor habían sellado una conexión única, que ahora se convertía en un misterio compartido.

Entraron a casa, con la luz del día filtrándose por las ventanas, llevando consigo ese secreto como un lazo especial que los unía de una manera distinta.

Martina detuvo suavemente a Santiago antes de que cada uno se dirigiera a su habitación. En tono de susurro, para asegurarse de que nadie escuchara, ella dijo:

— Santiago, ¿prometes que esto quedará entre nosotros? Nadie debe enterarse de lo que ha pasado.

Santiago, con seriedad, respondió también en susurros:

— Por supuesto, Marti. Esto es solo entre tú y yo.

Antes de que Santiago se dirigiera hacia su habitación, Martina lo detuvo una vez más. En un tono más juguetón, le susurró:

— Espero que esto no sea un acontecimiento único. Me encantaría repetirlo.

Santiago, sonriendo, le dio un suave beso y respondió:

— Yo también espero eso, Marti. Buenas noches.

Cada uno se retiró a su habitación llevando consigo el secreto compartido, con sonrisas en sus rostros y la promesa de una conexión especial que había surgido entre ellos. El sueño los envolvió, dejando que las emociones de la noche se mezclaran con los sueños que los esperaban en su descanso.
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