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Santiago y Martina estan Atrapados en el Ascensor - Capítulo 001
Bajo la luz tenue de farolas que parecían atrapadas en un vals nostálgico, los hermanos Martina y Santiago deambulaban por las callejuelas de San Martín. El barrio, una paleta de colores pastel y murmullos de vida nocturna, respiraba historias en cada esquina.
Martina, de melena rubia y ojos azules que destilaban vitalidad, movía su esbelta figura con una gracia que dibujaba susurros de admiración entre las sombras. Sus risas, alegres y contagiosas, creaban una banda sonora para la noche que los rodeaba.
Santiago, alto y moreno, caminaba a su lado como una sombra protectora. Sus ojos oscuros reflejaban la mezcla única de sabiduría y devoción que solo un hermano mayor podía llevar consigo. Sus pasos resonaban con una confianza que desafiaba la oscuridad.
Las casas de colores pastel se erguían como guardianes silenciosos, sus balcones adornados con macetas que se mecían al compás de la brisa nocturna. Tiendas iluminadas ofrecían sus tesoros a los transeúntes, mientras el aroma tentador de empanadas recién horneadas flotaba en el aire.
Grafitis coloridos adornaban las paredes, contando historias que solo aquellos familiarizados con el barrio podían descifrar. Murales vivos expresaban la esencia única de la comunidad. A medida que avanzaban, el barrio cobraba vida con la risa de amigos que compartían secretos en plazas iluminadas, convirtiendo cada rincón en un escenario de encuentros y despedidas.
La brisa nocturna acariciaba las hojas de los árboles, tejiendo una sinfonía suave que acompañaba los susurros de los hermanos. Entre risas y confidencias, la noche se convertía en cómplice de sus historias, y San Martín, con sus callejones y misterios, se alzaba como el testigo silencioso de sus vidas entrelazadas.
El cielo empezaba a pintarse con tonos pálidos de azul cuando los hermanos, relajados y un poco achispados por la fiesta, caminaban de regreso a casa. Sus risas resonaban en la quietud de la madrugada, una complicidad que solo los lazos familiares podían forjar.
Martina se apoyó en el hombro de Santiago, soltando una risa ligera.
— ¡Santi, qué fiesta! ¿Viste a Juan bailando salsa? Parecía un pingüino con calor.
Santiago rió, recordando la escena.
— Sí, pero nadie supera tu intento de imitar al profesor de matemáticas. Eso fue épico.
Martina le dio un golpecito juguetón en el brazo.
— ¡Oye, no es fácil parecer tan aburrido y apasionado por los números al mismo tiempo!
Santiago la miró con una sonrisa cómplice.
— Tienes razón, deberías recibir un premio por tu actuación. Pero, en serio, gracias por hacerme reír tanto esta noche.
Martina le guiñó un ojo.
— ¿Reír? Eso es lo que los hermanos hacen, ¿no? Además, ¿quién más me contaría secretos familiares tan vergonzosos?
Santiago negó con la cabeza, fingiendo indignación.
— ¡Nunca debí confiarte eso!
Martina le dio un abrazo repentino.
— Oh, hermanito, tu secreto está a salvo conmigo. Pero ahora, cuéntame, ¿alguna confesión más antes de que lleguemos a casa?
Santiago rió entre dientes.
— Solo una: eres la mejor hermana del mundo.
Martina le dio un golpecito en el pecho.
— ¡Eso ya lo sabía, pero gracias por confirmarlo, Santi!
Mientras caminaban bajo la tenue luz del amanecer, un ligero peso se posó sobre los hombros de Santiago. Aunque las risas con Martina habían sido reconfortantes, sus pensamientos se volvieron introspectivos, arrepintiéndose un poco de haber revelado aquel secreto.
Sintió una punzada de remordimiento al recordar cómo se deslizó la confidencia entre las risas y las copas. La idea de compartir aquel fragmento de su vida le había parecido momentáneamente divertida, un juego entre hermanos. Sin embargo, a medida que el alcohol se disipaba y la luz del nuevo día revelaba la realidad, el arrepentimiento se filtraba en sus pensamientos.
"Pensé que estaba controlando la situación", se reprochó a sí mismo mientras caminaba en silencio a lado de Martina. La noche, que inicialmente se había tejido con risas y complicidad, ahora dejaba una sensación agridulce. ¿Por qué había revelado algo que prefería mantener en la penumbra de sus pensamientos?
Santiago se preguntó si Martina lo vería de manera diferente ahora que conocía ese lado suyo. ¿Cambiaría su percepción de él? El arrepentimiento se mezclaba con la incertidumbre sobre las consecuencias de sus palabras. Sabía que no podía retroceder el tiempo ni borrar lo que ya se había dicho.
Santiago, con una mirada un tanto nerviosa, decidió abordar el tema antes de que el peso del secreto creciera aún más entre ellos.
— Oye, Martina, sobre lo que te conté anoche... ¿no te ha parecido un poco raro?
Martina, con una risa juguetona, le lanzó una mirada burlona.
— Raro, ¿por qué? ¿El hecho de que mi hermanito mayor se diera su primer beso con la prima Laura? —se rió suavemente—. Bueno, no eras más que un chavalín loco en aquel entonces, supongo.
Santiago soltó un suspiro de alivio, agradecido por la reacción despreocupada de su hermana.
— Sí, lo sé. Fue hace tanto tiempo, ni siquiera sé por qué lo hicimos. Supongo que los dos queríamos probar que se sentía y con 14 años uno no piensa nada…— dijo llevándose las manos a la cara —. Joder, me arrepiento tanto…
Martina le dio un golpecito amistoso en el hombro.
— ¡Vamos, Santi! Todos tenemos secretos vergonzosos de la adolescencia. No te preocupes, no cambiará nada entre nosotros. Aunque es gracioso pensar en ti como un "chavalín loco".
Santiago le dedicó una sonrisa, agradecido por la comprensión de su hermana.
— ¿Y tú? ¿Alguna confesión de tu parte que quieras compartir?
Martina hizo un gesto de desdén.
— Oh, por favor, soy la hermana perfecta, ¿recuerdas? No tengo secretos oscuros como mi querido hermano.
El sol comenzaba a teñir el horizonte con tonos cálidos cuando Santiago, con un gesto pícaro, sacó una lata de cerveza fría de su chaqueta.
— ¿La compartimos? —propuso, agitando la lata ligeramente antes de abrirla.
Martina rió y aceptó la oferta con entusiasmo.
— ¡Claro, por qué no! Una última para cerrar la noche.
Santiago abrió la lata con un sonido distintivo y ambos dieron sorbos largos y despreocupados mientras continuaban su camino. El frío del aluminio contrastaba con la calidez del amanecer, creando una sensación única que acompañaba la charla ligera.
— ¿Sabes, Marti? A pesar de todo, me alegra haber compartido eso contigo anoche —comentó Santiago, mirando hacia el horizonte.
Martina asintió, dando otro sorbo.
— Yo también. Esas pequeñas rarezas de la vida nos unen, ¿no crees?
Santiago sonrió, pensativo.
— Definitivamente. Y supongo que esas rarezas nos hacen quienes somos.
Llegaron al edificio con risas apaciguadas y se dirigieron hacia el ascensor. Santiago apretó el botón con la etiqueta desgastada que indicaba su piso, y las puertas se cerraron detrás de ellos. Un zumbido mecánico anunció que el ascensor comenzaba a ascender.
Pero el trayecto se detuvo de manera abrupta, sumiendo a Martina en un momento de agobio.
— ¡Oh, no! ¿En serio, ahora? —Martina soltó un suspiro frustrado mientras miraba alrededor del pequeño espacio.
Santiago trató de calmarla.
— Tranquila, Marti. Estamos en un edificio moderno. Estas cosas suelen arreglarse rápido. Probemos el botón de emergencia.
Martina asintió, pero su nerviosismo era palpable mientras Santiago buscaba el botón y presionaba.
— ¡Hola! ¿Alguien puede ayudarnos? El ascensor se ha detenido —llamó, esperando una respuesta que no llegaba.
Nada.
—Mira a ver si tienes cobertura — dijo Santiago.
Marina encendió el móvil y negó con la cabeza. Santiago estaba igual
El calor del verano comenzaba a hacerse sentir dentro del ascensor, y Martina empezó a sentirse incómoda.
— Santi, hace calor aquí adentro. ¿Y si no nos sacan pronto?
Santiago intentó tranquilizarla.
— No te preocupes, Marti. Es sábado, la gente se levanta tarde, pero en un par de horas alguien vendrá a abrirnos.
Martina se apoyó en la pared del ascensor, suspirando.
— Podríamos cantar alguna canción o hacer acertijos para mantenernos entretenidos.
Santiago reflexionó y respondió:
— Podríamos, pero no sé si mis cuerdas vocales están listas para el público. ¿Y acertijos? Creo que mi cerebro también necesita despertarse un poco más.
Martina rió.
— ¡Buena excusa, hermanito! Entonces, ¿alguna otra idea?
Santiago, con un brillo juguetón en los ojos, propuso:
— ¿Qué tal si jugamos al "Adivina la película por la descripción vaga"?
Martina hizo una mueca de duda.
— No sé, ¿no es muy complicado? Además, ¿cómo describimos películas con tan poco espacio?
Santiago asintió, pensativo.
— Tienes razón. Olvidemos eso. ¿Qué te parece un juego de palabras cruzadas? Siempre son entretenidas.
Martina hizo una mueca cómica.
— ¿Palabras cruzadas en un ascensor? No sé, Santi, creo que necesitamos algo más... ligero.
Santiago rió y, recordando la dinámica de la fiesta, sugirió:
— ¿Qué tal un juego de verdad o prueba? Algo así como lo que hicimos en la fiesta.
Martina arqueó una ceja, sonriendo maliciosamente.
— Ah, veo a alguien interesado en sacar más secretos a la luz. ¿Sigues arrepintiéndote de lo que me contaste anoche?
Santiago rió, ligeramente incómodo.
— No, no es eso. Pero bueno, es una buena forma de pasar el tiempo y conocernos aún más.
Martina le dio un codazo juguetón.
— Está bien, juguemos al "verdad o prueba", pero solo porque me divierte la idea de sacar tus trapos sucios ahora que tienes miedo de haberme contado demasiado.
Santiago, con una sonrisa cómplice, preguntó:
— Marti, verdad o prueba?
Martina se tomó un momento para pensar y finalmente decidió:
— Verdad.
Santiago la miró divertido.
— ¿Con quién fue tu primer beso?
Martina sonrió, recordando aquel momento.
— Fue con Diego, el chico del equipo de fútbol de la escuela. Un cliché adolescente, ¿verdad?
Santiago rió.
— ¡Nada mal! Ahora, mi turno. Verdad.
Martina se acomodó con una sonrisa traviesa.
— ¿Pasó algo más con Laura, algo que no me hayas contado?
Santiago, con honestidad, negó con la cabeza.
— No, Marti. Solo fue aquel beso, nada más. Ya te conté todo.
Martina le dedicó una mirada de complicidad.
— Te creo, hermanito. Sigamos. Yo elijo prueba esta vez.
Santiago, con una expresión juguetona, pensó por un momento y luego sugirió:
— ¡Bien! Quiero que imites a Bruno, ese amigo de la fiesta que bailaba como si estuviera poseído por el ritmo.
Martina rió ante la propuesta.
— ¡Oh, Santi! Eso es fácil. ¡Mira esto!
Martina comenzó a moverse imitando las peculiares y exageradas coreografías de Bruno, haciendo reír a Santiago.
— ¡Eso es genial! Bruno estaría orgulloso —comentó Santiago entre risas.
Santiago, pensando en sus opciones, decidió:
— Verdad.
Martina sonrío de manera cómplice.
— Bueno, Santiago, dime, ¿qué es lo que más te gusta de mí?
Santiago se quedó momentáneamente sorprendido por la pregunta, pero Martina le dio un suave golpe en el brazo y le animó:
— Vamos, Santi, no seas tímido. ¡Puedes decirme!
Santiago sonrió, visiblemente aliviado por la actitud positiva de su hermana.
— Está bien. Lo que más me gusta de ti... son tus labios. Tienes unos labios muy bonitos.
Martina rió de manera juguetona.
— ¡Oh, vaya! Esa es una respuesta inesperada. Pero gracias, hermanito. Ahora, mi turno. Verdad.
Santiago, aprovechando la oportunidad, preguntó:
— ¿Y qué es lo que más te gusta de mí, Marti?
Martina le lanzó una mirada pícara.
— Fácil, tus ojos. Tienes unos ojos que cuentan historias, Santi. Siempre puedo decir cómo te sientes solo mirándolos.
Santiago se sonrojó ligeramente ante el halago.
Santiago eligió nuevamente:
— Verdad.
Martina, con una sonrisa traviesa, decidió retomar el tema de Laura:
— Entonces, Santiago, ¿alguna vez repetiste con Laura? Solo estoy curiosa, ¿sabes?
Santiago frunció el ceño, sintiendo una mezcla de incomodidad y molestia.
— Marti, deberíamos dejar de hablar de eso. Fue una tontería mencionarlo anoche.
Martina, notando la incomodidad de su hermano, intentó aligerar el ambiente:
— Vamos, Santiago, solo es curiosidad. ¡Joder, te besaste con Laura! Si yo me hubiera dado un beso con el primo Raúl, también te haría preguntas.
Santiago, molesto, respondió con tono serio:
— No debería haberte contado nada, Marti. Es un asunto del pasado y no tiene por qué seguir siendo tema de conversación.
Martina, intentando desenfadar a su hermano, le dio un golpecito suave en el brazo.
— Está bien, está bien, no te enfades. Solo es una broma.
— No me aparece seguir jugando a esto.
Martina, más seria, asintió.
— Tienes razón, lo siento. No quería molestarte.
El ambiente en el ascensor se volvió tenso, con una brecha momentánea entre los hermanos.
El silencio se extendió entre los hermanos en el pequeño espacio del ascensor hasta que Santiago decidió romperlo.
— Sabes, Martina... —suspiró—, me besé con Laura porque nunca me había dado un beso con nadie y creí que ese momento no llegaría nunca. Nunca he tenido éxito con las chicas y como todos mis amigos lo habían hecho...
Martina, intentando aliviar la tensión, le interrumpió suavemente:
— Santiago, no tienes que seguir hablando de eso si no quieres.
Pero Santiago, evidentemente necesitando desahogarse, continuó:
— Es que siendo una chica tan guapa y tan sexy como tú, es fácil no recurrir a la desesperada para besarse con alguien.
Martina se quedó un poco en shock por la sinceridad repentina de su hermano. Después de un momento de sorpresa, trató de restar importancia al comentario:
— ¡Vamos, Santi! No deberías pensar así de ti mismo. Eres un tío guapo.
Santiago, mirándola con una expresión de amargura, le dijo:
— Tú solo lo dices porque eres mi hermana.
Martina, con un tono más serio, respondió:
— No, de verdad. Te veo guapo, Santi. No tienes por qué pensar tan mal de ti mismo.
Santiago, con un dejo de frustración, replicó:
— Siempre me ha ido mal con todas las chicas.
Martina, intentando quitarle hierro al asunto, le dijo con cariño:
— Bueno, quizás solo no has encontrado a la indicada. Y recuerda, la autoconfianza es atractiva. Tienes que creer en ti mismo, hermano.
Santiago, aún sumido en sus pensamientos y la incomodidad de la conversación, murmuró:
— No sé, Martina. Siempre he sido un desastre en estas cosas.
Martina, buscando aligerar el ambiente, respondió con una sonrisa:
— Bueno, yo también he tenido mis tropiezos en el amor. A veces, simplemente no encontramos a la persona adecuada en el momento adecuado.
Santiago, con un destello de frustración en los ojos, añadió:
— Pero ¿y si nunca la encuentro? ¿Y si siempre soy ese tipo que está solo?
Martina le dio un toque suave en el hombro.
— No digas tonterías, Santi. Eres un buen chico, y seguro que encontrarás a alguien. Además, aún eres joven.
En ese momento, las luces del ascensor titilaron y luego se apagaron por completo, sumiendo a los hermanos en la oscuridad. La situación se volvió aún más confusa.
— ¿Qué está pasando ahora? —preguntó Martina, sintiendo un leve nerviosismo.
Santiago frunció el ceño, intentando entender la situación.
— No lo sé. ¿Se habrá estropeado el ascensor?
En la penumbra, los hermanos intentaron ubicarse. La confusión se apoderó de ellos mientras el ascensor permanecía inmóvil.
— Genial, ahora estamos atrapados y a oscuras —murmuró Martina.
Santiago, tratando de mantener la calma, dijo:
— Deberíamos intentar presionar el botón de emergencia otra vez.
Santiago y Martina se levantaron simultáneamente en la oscuridad para buscar el botón de emergencia, pero en el estrecho espacio del ascensor, se encontraron con roces fortuitos y descoordinados.
Santiago, sintiendo el contacto accidental, murmuró:
— Lo siento, Marti, no veo nada aquí.
Martina, intentando restar importancia a la situación, respondió con una risa nerviosa:
— No te preocupes, Santi. Es un ascensor, no un campo de minas. Pero deberíamos tener más cuidado.
Santiago, sintiéndose incómodo, añadió:
— Sí, definitivamente. Esto está más apretado de lo que pensaba.
Martina, tratando de romper la tensión, bromeó:
— Tal vez sea un plan maestro para que los hermanos se vuelvan más cercanos, literalmente.
Santiago rió nerviosamente.
— No creo que necesitemos la ayuda del ascensor para eso.
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Santiago y Martina estan Atrapados en el Ascensor - Capítulo 001
Bajo la luz tenue de farolas que parecían atrapadas en un vals nostálgico, los hermanos Martina y Santiago deambulaban por las callejuelas de San Martín. El barrio, una paleta de colores pastel y murmullos de vida nocturna, respiraba historias en cada esquina.
Martina, de melena rubia y ojos azules que destilaban vitalidad, movía su esbelta figura con una gracia que dibujaba susurros de admiración entre las sombras. Sus risas, alegres y contagiosas, creaban una banda sonora para la noche que los rodeaba.
Santiago, alto y moreno, caminaba a su lado como una sombra protectora. Sus ojos oscuros reflejaban la mezcla única de sabiduría y devoción que solo un hermano mayor podía llevar consigo. Sus pasos resonaban con una confianza que desafiaba la oscuridad.
Las casas de colores pastel se erguían como guardianes silenciosos, sus balcones adornados con macetas que se mecían al compás de la brisa nocturna. Tiendas iluminadas ofrecían sus tesoros a los transeúntes, mientras el aroma tentador de empanadas recién horneadas flotaba en el aire.
Grafitis coloridos adornaban las paredes, contando historias que solo aquellos familiarizados con el barrio podían descifrar. Murales vivos expresaban la esencia única de la comunidad. A medida que avanzaban, el barrio cobraba vida con la risa de amigos que compartían secretos en plazas iluminadas, convirtiendo cada rincón en un escenario de encuentros y despedidas.
La brisa nocturna acariciaba las hojas de los árboles, tejiendo una sinfonía suave que acompañaba los susurros de los hermanos. Entre risas y confidencias, la noche se convertía en cómplice de sus historias, y San Martín, con sus callejones y misterios, se alzaba como el testigo silencioso de sus vidas entrelazadas.
El cielo empezaba a pintarse con tonos pálidos de azul cuando los hermanos, relajados y un poco achispados por la fiesta, caminaban de regreso a casa. Sus risas resonaban en la quietud de la madrugada, una complicidad que solo los lazos familiares podían forjar.
Martina se apoyó en el hombro de Santiago, soltando una risa ligera.
— ¡Santi, qué fiesta! ¿Viste a Juan bailando salsa? Parecía un pingüino con calor.
Santiago rió, recordando la escena.
— Sí, pero nadie supera tu intento de imitar al profesor de matemáticas. Eso fue épico.
Martina le dio un golpecito juguetón en el brazo.
— ¡Oye, no es fácil parecer tan aburrido y apasionado por los números al mismo tiempo!
Santiago la miró con una sonrisa cómplice.
— Tienes razón, deberías recibir un premio por tu actuación. Pero, en serio, gracias por hacerme reír tanto esta noche.
Martina le guiñó un ojo.
— ¿Reír? Eso es lo que los hermanos hacen, ¿no? Además, ¿quién más me contaría secretos familiares tan vergonzosos?
Santiago negó con la cabeza, fingiendo indignación.
— ¡Nunca debí confiarte eso!
Martina le dio un abrazo repentino.
— Oh, hermanito, tu secreto está a salvo conmigo. Pero ahora, cuéntame, ¿alguna confesión más antes de que lleguemos a casa?
Santiago rió entre dientes.
— Solo una: eres la mejor hermana del mundo.
Martina le dio un golpecito en el pecho.
— ¡Eso ya lo sabía, pero gracias por confirmarlo, Santi!
Mientras caminaban bajo la tenue luz del amanecer, un ligero peso se posó sobre los hombros de Santiago. Aunque las risas con Martina habían sido reconfortantes, sus pensamientos se volvieron introspectivos, arrepintiéndose un poco de haber revelado aquel secreto.
Sintió una punzada de remordimiento al recordar cómo se deslizó la confidencia entre las risas y las copas. La idea de compartir aquel fragmento de su vida le había parecido momentáneamente divertida, un juego entre hermanos. Sin embargo, a medida que el alcohol se disipaba y la luz del nuevo día revelaba la realidad, el arrepentimiento se filtraba en sus pensamientos.
"Pensé que estaba controlando la situación", se reprochó a sí mismo mientras caminaba en silencio a lado de Martina. La noche, que inicialmente se había tejido con risas y complicidad, ahora dejaba una sensación agridulce. ¿Por qué había revelado algo que prefería mantener en la penumbra de sus pensamientos?
Santiago se preguntó si Martina lo vería de manera diferente ahora que conocía ese lado suyo. ¿Cambiaría su percepción de él? El arrepentimiento se mezclaba con la incertidumbre sobre las consecuencias de sus palabras. Sabía que no podía retroceder el tiempo ni borrar lo que ya se había dicho.
Santiago, con una mirada un tanto nerviosa, decidió abordar el tema antes de que el peso del secreto creciera aún más entre ellos.
— Oye, Martina, sobre lo que te conté anoche... ¿no te ha parecido un poco raro?
Martina, con una risa juguetona, le lanzó una mirada burlona.
— Raro, ¿por qué? ¿El hecho de que mi hermanito mayor se diera su primer beso con la prima Laura? —se rió suavemente—. Bueno, no eras más que un chavalín loco en aquel entonces, supongo.
Santiago soltó un suspiro de alivio, agradecido por la reacción despreocupada de su hermana.
— Sí, lo sé. Fue hace tanto tiempo, ni siquiera sé por qué lo hicimos. Supongo que los dos queríamos probar que se sentía y con 14 años uno no piensa nada…— dijo llevándose las manos a la cara —. Joder, me arrepiento tanto…
Martina le dio un golpecito amistoso en el hombro.
— ¡Vamos, Santi! Todos tenemos secretos vergonzosos de la adolescencia. No te preocupes, no cambiará nada entre nosotros. Aunque es gracioso pensar en ti como un "chavalín loco".
Santiago le dedicó una sonrisa, agradecido por la comprensión de su hermana.
— ¿Y tú? ¿Alguna confesión de tu parte que quieras compartir?
Martina hizo un gesto de desdén.
— Oh, por favor, soy la hermana perfecta, ¿recuerdas? No tengo secretos oscuros como mi querido hermano.
El sol comenzaba a teñir el horizonte con tonos cálidos cuando Santiago, con un gesto pícaro, sacó una lata de cerveza fría de su chaqueta.
— ¿La compartimos? —propuso, agitando la lata ligeramente antes de abrirla.
Martina rió y aceptó la oferta con entusiasmo.
— ¡Claro, por qué no! Una última para cerrar la noche.
Santiago abrió la lata con un sonido distintivo y ambos dieron sorbos largos y despreocupados mientras continuaban su camino. El frío del aluminio contrastaba con la calidez del amanecer, creando una sensación única que acompañaba la charla ligera.
— ¿Sabes, Marti? A pesar de todo, me alegra haber compartido eso contigo anoche —comentó Santiago, mirando hacia el horizonte.
Martina asintió, dando otro sorbo.
— Yo también. Esas pequeñas rarezas de la vida nos unen, ¿no crees?
Santiago sonrió, pensativo.
— Definitivamente. Y supongo que esas rarezas nos hacen quienes somos.
Llegaron al edificio con risas apaciguadas y se dirigieron hacia el ascensor. Santiago apretó el botón con la etiqueta desgastada que indicaba su piso, y las puertas se cerraron detrás de ellos. Un zumbido mecánico anunció que el ascensor comenzaba a ascender.
Pero el trayecto se detuvo de manera abrupta, sumiendo a Martina en un momento de agobio.
— ¡Oh, no! ¿En serio, ahora? —Martina soltó un suspiro frustrado mientras miraba alrededor del pequeño espacio.
Santiago trató de calmarla.
— Tranquila, Marti. Estamos en un edificio moderno. Estas cosas suelen arreglarse rápido. Probemos el botón de emergencia.
Martina asintió, pero su nerviosismo era palpable mientras Santiago buscaba el botón y presionaba.
— ¡Hola! ¿Alguien puede ayudarnos? El ascensor se ha detenido —llamó, esperando una respuesta que no llegaba.
Nada.
—Mira a ver si tienes cobertura — dijo Santiago.
Marina encendió el móvil y negó con la cabeza. Santiago estaba igual
El calor del verano comenzaba a hacerse sentir dentro del ascensor, y Martina empezó a sentirse incómoda.
— Santi, hace calor aquí adentro. ¿Y si no nos sacan pronto?
Santiago intentó tranquilizarla.
— No te preocupes, Marti. Es sábado, la gente se levanta tarde, pero en un par de horas alguien vendrá a abrirnos.
Martina se apoyó en la pared del ascensor, suspirando.
— Podríamos cantar alguna canción o hacer acertijos para mantenernos entretenidos.
Santiago reflexionó y respondió:
— Podríamos, pero no sé si mis cuerdas vocales están listas para el público. ¿Y acertijos? Creo que mi cerebro también necesita despertarse un poco más.
Martina rió.
— ¡Buena excusa, hermanito! Entonces, ¿alguna otra idea?
Santiago, con un brillo juguetón en los ojos, propuso:
— ¿Qué tal si jugamos al "Adivina la película por la descripción vaga"?
Martina hizo una mueca de duda.
— No sé, ¿no es muy complicado? Además, ¿cómo describimos películas con tan poco espacio?
Santiago asintió, pensativo.
— Tienes razón. Olvidemos eso. ¿Qué te parece un juego de palabras cruzadas? Siempre son entretenidas.
Martina hizo una mueca cómica.
— ¿Palabras cruzadas en un ascensor? No sé, Santi, creo que necesitamos algo más... ligero.
Santiago rió y, recordando la dinámica de la fiesta, sugirió:
— ¿Qué tal un juego de verdad o prueba? Algo así como lo que hicimos en la fiesta.
Martina arqueó una ceja, sonriendo maliciosamente.
— Ah, veo a alguien interesado en sacar más secretos a la luz. ¿Sigues arrepintiéndote de lo que me contaste anoche?
Santiago rió, ligeramente incómodo.
— No, no es eso. Pero bueno, es una buena forma de pasar el tiempo y conocernos aún más.
Martina le dio un codazo juguetón.
— Está bien, juguemos al "verdad o prueba", pero solo porque me divierte la idea de sacar tus trapos sucios ahora que tienes miedo de haberme contado demasiado.
Santiago, con una sonrisa cómplice, preguntó:
— Marti, verdad o prueba?
Martina se tomó un momento para pensar y finalmente decidió:
— Verdad.
Santiago la miró divertido.
— ¿Con quién fue tu primer beso?
Martina sonrió, recordando aquel momento.
— Fue con Diego, el chico del equipo de fútbol de la escuela. Un cliché adolescente, ¿verdad?
Santiago rió.
— ¡Nada mal! Ahora, mi turno. Verdad.
Martina se acomodó con una sonrisa traviesa.
— ¿Pasó algo más con Laura, algo que no me hayas contado?
Santiago, con honestidad, negó con la cabeza.
— No, Marti. Solo fue aquel beso, nada más. Ya te conté todo.
Martina le dedicó una mirada de complicidad.
— Te creo, hermanito. Sigamos. Yo elijo prueba esta vez.
Santiago, con una expresión juguetona, pensó por un momento y luego sugirió:
— ¡Bien! Quiero que imites a Bruno, ese amigo de la fiesta que bailaba como si estuviera poseído por el ritmo.
Martina rió ante la propuesta.
— ¡Oh, Santi! Eso es fácil. ¡Mira esto!
Martina comenzó a moverse imitando las peculiares y exageradas coreografías de Bruno, haciendo reír a Santiago.
— ¡Eso es genial! Bruno estaría orgulloso —comentó Santiago entre risas.
Santiago, pensando en sus opciones, decidió:
— Verdad.
Martina sonrío de manera cómplice.
— Bueno, Santiago, dime, ¿qué es lo que más te gusta de mí?
Santiago se quedó momentáneamente sorprendido por la pregunta, pero Martina le dio un suave golpe en el brazo y le animó:
— Vamos, Santi, no seas tímido. ¡Puedes decirme!
Santiago sonrió, visiblemente aliviado por la actitud positiva de su hermana.
— Está bien. Lo que más me gusta de ti... son tus labios. Tienes unos labios muy bonitos.
Martina rió de manera juguetona.
— ¡Oh, vaya! Esa es una respuesta inesperada. Pero gracias, hermanito. Ahora, mi turno. Verdad.
Santiago, aprovechando la oportunidad, preguntó:
— ¿Y qué es lo que más te gusta de mí, Marti?
Martina le lanzó una mirada pícara.
— Fácil, tus ojos. Tienes unos ojos que cuentan historias, Santi. Siempre puedo decir cómo te sientes solo mirándolos.
Santiago se sonrojó ligeramente ante el halago.
Santiago eligió nuevamente:
— Verdad.
Martina, con una sonrisa traviesa, decidió retomar el tema de Laura:
— Entonces, Santiago, ¿alguna vez repetiste con Laura? Solo estoy curiosa, ¿sabes?
Santiago frunció el ceño, sintiendo una mezcla de incomodidad y molestia.
— Marti, deberíamos dejar de hablar de eso. Fue una tontería mencionarlo anoche.
Martina, notando la incomodidad de su hermano, intentó aligerar el ambiente:
— Vamos, Santiago, solo es curiosidad. ¡Joder, te besaste con Laura! Si yo me hubiera dado un beso con el primo Raúl, también te haría preguntas.
Santiago, molesto, respondió con tono serio:
— No debería haberte contado nada, Marti. Es un asunto del pasado y no tiene por qué seguir siendo tema de conversación.
Martina, intentando desenfadar a su hermano, le dio un golpecito suave en el brazo.
— Está bien, está bien, no te enfades. Solo es una broma.
— No me aparece seguir jugando a esto.
Martina, más seria, asintió.
— Tienes razón, lo siento. No quería molestarte.
El ambiente en el ascensor se volvió tenso, con una brecha momentánea entre los hermanos.
El silencio se extendió entre los hermanos en el pequeño espacio del ascensor hasta que Santiago decidió romperlo.
— Sabes, Martina... —suspiró—, me besé con Laura porque nunca me había dado un beso con nadie y creí que ese momento no llegaría nunca. Nunca he tenido éxito con las chicas y como todos mis amigos lo habían hecho...
Martina, intentando aliviar la tensión, le interrumpió suavemente:
— Santiago, no tienes que seguir hablando de eso si no quieres.
Pero Santiago, evidentemente necesitando desahogarse, continuó:
— Es que siendo una chica tan guapa y tan sexy como tú, es fácil no recurrir a la desesperada para besarse con alguien.
Martina se quedó un poco en shock por la sinceridad repentina de su hermano. Después de un momento de sorpresa, trató de restar importancia al comentario:
— ¡Vamos, Santi! No deberías pensar así de ti mismo. Eres un tío guapo.
Santiago, mirándola con una expresión de amargura, le dijo:
— Tú solo lo dices porque eres mi hermana.
Martina, con un tono más serio, respondió:
— No, de verdad. Te veo guapo, Santi. No tienes por qué pensar tan mal de ti mismo.
Santiago, con un dejo de frustración, replicó:
— Siempre me ha ido mal con todas las chicas.
Martina, intentando quitarle hierro al asunto, le dijo con cariño:
— Bueno, quizás solo no has encontrado a la indicada. Y recuerda, la autoconfianza es atractiva. Tienes que creer en ti mismo, hermano.
Santiago, aún sumido en sus pensamientos y la incomodidad de la conversación, murmuró:
— No sé, Martina. Siempre he sido un desastre en estas cosas.
Martina, buscando aligerar el ambiente, respondió con una sonrisa:
— Bueno, yo también he tenido mis tropiezos en el amor. A veces, simplemente no encontramos a la persona adecuada en el momento adecuado.
Santiago, con un destello de frustración en los ojos, añadió:
— Pero ¿y si nunca la encuentro? ¿Y si siempre soy ese tipo que está solo?
Martina le dio un toque suave en el hombro.
— No digas tonterías, Santi. Eres un buen chico, y seguro que encontrarás a alguien. Además, aún eres joven.
En ese momento, las luces del ascensor titilaron y luego se apagaron por completo, sumiendo a los hermanos en la oscuridad. La situación se volvió aún más confusa.
— ¿Qué está pasando ahora? —preguntó Martina, sintiendo un leve nerviosismo.
Santiago frunció el ceño, intentando entender la situación.
— No lo sé. ¿Se habrá estropeado el ascensor?
En la penumbra, los hermanos intentaron ubicarse. La confusión se apoderó de ellos mientras el ascensor permanecía inmóvil.
— Genial, ahora estamos atrapados y a oscuras —murmuró Martina.
Santiago, tratando de mantener la calma, dijo:
— Deberíamos intentar presionar el botón de emergencia otra vez.
Santiago y Martina se levantaron simultáneamente en la oscuridad para buscar el botón de emergencia, pero en el estrecho espacio del ascensor, se encontraron con roces fortuitos y descoordinados.
Santiago, sintiendo el contacto accidental, murmuró:
— Lo siento, Marti, no veo nada aquí.
Martina, intentando restar importancia a la situación, respondió con una risa nerviosa:
— No te preocupes, Santi. Es un ascensor, no un campo de minas. Pero deberíamos tener más cuidado.
Santiago, sintiéndose incómodo, añadió:
— Sí, definitivamente. Esto está más apretado de lo que pensaba.
Martina, tratando de romper la tensión, bromeó:
— Tal vez sea un plan maestro para que los hermanos se vuelvan más cercanos, literalmente.
Santiago rió nerviosamente.
— No creo que necesitemos la ayuda del ascensor para eso.
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