Roberto y su Suegra Emilce

heranlu

Veterano
Registrado
Ago 31, 2007
Mensajes
7,892
Likes Recibidos
3,566
Puntos
113
 
 
 
Emilce llegó a la casa de Roberto esa misma tarde, con una maleta enorme que arrastraba como si fuera un trofeo de guerra. Su hija, la esposa de Roberto, había entrado al hospital esa mañana para una operación de vesícula que los médicos estimaban en siete a diez días de internación y recuperación.

—No te preocupes, yerno, vengo a colaborar en todo —le soltó Emilce al cruzar la puerta, pero su voz era fría, cortante, como si le estuviera perdonando la vida al pobre diablo que tenía enfrente.

Roberto, de treinta y ocho años, alto, de hombros anchos y brazos fuertes por años en la obra, se limitó a asentir y le mostró la habitación de huéspedes. Sabía perfectamente cómo era ella. Emilce, de cincuenta y tres años bien llevados, tenía un cuerpo que todavía hacía girar cabezas: tetas grandes y pesadas que se bamboleaban bajo cualquier blusa, cintura marcada, caderas anchas y un culo redondo y carnoso que se movía con cada paso como invitando a una mano dura. Pelo negro ondulado hasta los hombros, ojos oscuros llenos de ese desprecio que siempre le había guardado a él, el yerno «del montón».

Desde el minuto uno, la altivez de Emilce fue como un cuchillo. Dejó la maleta tirada en medio de la sala, se sacó los zapatos con un suspiro teatral y se sirvió un café sin pedir permiso. Mientras Roberto intentaba preparar una cena rápida, ella se sentó en el sillón del ****** cruzando las piernas con elegancia fingida y largó el primer veneno:

—Ay, Roberto, mirá cómo tenés la cocina. ¿Todavía cocinás vos? Mi hija siempre me cuenta que sos un desastre total, que quemás todo y que la casa parece un chiquero. No sé cómo hace para aguantarte todos estos años. Sos un inútil, yerno. Un completo inútil que no sirve ni para calentar la comida.

Roberto apretó los dientes y siguió cortando verduras en silencio. Emilce no paró ahí. Siguió hablando sola, como si él no existiera:

—Mi hija se mata trabajando, se levanta temprano, se ocupa de todo, y vos… vos llegás cansado de la obra y ni siquiera sabés ordenar un cajón. Patético. Si no fuera por ella, esta casa ya se habría venido abajo hace rato. Pero claro, vos sos el machito que paga las cuentas, ¿no? Ja.

Él respiró hondo. Solo siete o diez días, se repetía. Podía bancársela.

Al día siguiente las cosas empeoraron. Emilce se levantó a las seis de la mañana y decidió «colaborar» reorganizando toda la cocina a su gusto. Roberto bajó a desayunar y se encontró con los cajones revueltos, los platos en pilas nuevas y a ella con las manos en la cintura.

—Mirá cómo tenés todo esto, por Dios santo. ¿No te da vergüenza, Roberto? Todo desordenado, las ollas sucias, la heladera con olor a viejo. Mi hija se mata para que esta casa funcione y vos ni siquiera sabés poner las cosas en su lugar. Sos un vago, un mantenido. Un tipo que no vale nada. Si yo fuera mi hija, hace rato te habría mandado a la mierda.

Roberto se tomó el café en silencio y se fue a trabajar. Cuando volvió por la tarde, cansado y con la ropa llena de polvo de la obra, la encontró sentada en la mesa del comedor revisando las facturas y los papeles del banco.

—Estas cuentas son un desastre absoluto, yerno. ¿Cómo pensás mantener a mi hija con este despelote financiero? Gastás en pavadas, no ahorrás nada. Si no fuera por ella, ya te habrías hundido en la miseria. Sos un irresponsable. Un niño grande que juega a ser hombre. Mi hija merece un tipo de verdad, no un flojo como vos.

La sangre le empezó a hervir, pero todavía se calló. Era solo una semana, se repetía.

El tercer día Emilce decidió limpiar el baño principal «porque vos ni siquiera sabés usar la escobilla». Lo hizo con tanto ruido y tanto comentario que Roberto tuvo que entrar a ver. La encontró agachada, el culo en pompa bajo una falda corta que se le había subido hasta la cintura, mostrando los muslos gruesos y firmes y la tanga negra que se le clavaba entre las nalgas redondas.

—Mirá esto, lleno de pelos tuyos por todos lados. Asqueroso. ¿No te lavás la pija o qué? Porque si mi hija tiene que aguantar esto todos los días, pobre mujer, con lo fina que es. Sos un cerdo, Roberto. Un cerdo que no se limpia ni el culo.

Él se quedó clavado en la puerta. La visión del culo de Emilce lo golpeó fuerte, pero las palabras lo enfurecieron más.

—Emilce, basta ya —dijo con voz baja y firme.

—¿Basta qué? ¿Te molesta la verdad, yerno? Porque la verdad es que sos un inútil, un vago, un tipo que no sirve ni para tener la casa limpia. Mi hija se merece mucho más que un obrero bruto como vos. ¿O querés que te diga lo que pienso de verdad? Que sos un mantenido que vive de su sueldo y que ni siquiera la coge como se debe. Porque si la cogieras bien, ella no estaría siempre tan cansada.

Esa noche, durante la cena, siguió sin parar. Criticó la comida, la forma en que comía, hasta la manera en que respiraba.

—Comés como un animal salvaje, Roberto. Con la boca abierta, haciendo ruido. ¿No te enseñaron modales en tu casa? Mi hija se casó con un cavernícola. Un tipo que no sabe ni sentarse a la mesa como Dios manda. Sos un fracaso total.

Roberto sintió que algo se quebraba dentro de él, pero todavía aguantó.

El cuarto día fue el que rompió todo. Roberto había salido temprano a comprar provisiones. Cuando volvió, cargado de bolsas, la encontró en su propio dormitorio, revisando el cajón de su ropa interior como si fuera dueña de todo.

—Mirá vos… tenés calzoncillos rotos, agujereados. ¿Y esto qué es? —levantó un bóxer viejo con una sonrisa burlona y asqueada—. Patético. Mi hija se acuesta todas las noches con un tipo que usa esto. No me extraña que esté siempre con cara de cansada. ¿Cómo vas a satisfacer a una mujer con una pija que probablemente sea tan floja como tu carácter? Sos un perdedor, Roberto. Un perdedor de mierda.

Roberto dejó las bolsas en el piso. El corazón le latía con fuerza, la rabia le subía por la garganta.

—Emilce, salí de mi habitación ahora mismo.

—¿O si no qué, eh? —se rio ella, altiva, poniéndose de pie con las manos en la cintura. Sus tetas grandes se movieron bajo la blusa ajustada—. ¿Me vas a echar? Esta es la casa de mi hija. Yo estoy acá para ayudar, no para aguantar a un inútil como vos. ¿Qué vas a hacer, machito? ¿Pegarme? Sos un cobarde. Siempre lo fuiste. Un cobarde que se calla la boca cada vez que le digo la verdad.

No lo pensó. Roberto avanzó, la agarró del brazo con fuerza y la tiró boca abajo sobre la cama matrimonial. Emilce soltó un grito agudo de sorpresa.

—¡Soltame, animal! ¿Qué carajo te pasa? ¡Estás loco!

Él no contestó. Le subió la falda de un tirón violento, dejando al descubierto ese culo grande, blanco y redondo que tanto había imaginado. La tanga negra apenas tapaba nada. Se la bajó de un solo movimiento y, sin una palabra, le soltó la primera nalgada fuerte, abierta, con toda la palma de la mano.

¡Plaf!

El golpe retumbó en la habitación. La nalga se puso roja al instante. Emilce gritó.

—¡Ay! ¡Hijo de puta! ¿Estás loco? ¡Soltame ya!

Otra nalgada, más fuerte. Y otra. Y otra. Roberto le sujetaba la nuca con una mano firme mientras con la otra le zurraba el culo sin piedad. Las nalgas vibraban, se ponían cada vez más rojas, calientes.

—Te callás la boca de una vez, Emilce. Ya estoy harto de tu mierda, de tus humillaciones, de tu altivez de perra mal cogida. Ahora vas a aprender quién manda acá.

Ella pataleaba, intentaba zafarse, pero Roberto era mucho más fuerte. Le dio veinte nalgadas seguidas, alternando cachetadas secas que le hacían saltar la carne. Emilce empezó a gemir, no solo de dolor. Su respiración se aceleraba, se entrecortaba.

—Roberto… basta… por favor… me estás lastimando…

Pero él no paró. Le separó las piernas con la rodilla y le metió dos dedos gruesos directo en la concha. Estaba empapada, chorreando.

—Mirá vos… la altiva suegra tiene la concha hecha un río. ¿Te gusta que te zurren como a una puta barata, Emilce? Decime la verdad, carajo.

Emilce soltó un gemido largo, vergonzoso, lleno de sorpresa.

—No… no es verdad… yo no… ay, Dios…

Roberto sacó los dedos, se bajó el pantalón de trabajo y liberó su pija. Ya estaba dura como piedra, gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de pre-semen. La apoyó entre las nalgas calientes y le dio una última nalgada brutal.

—Ahora te voy a coger como se merece una boca sucia y altiva como la tuya, suegra. Te voy a partir esa concha hasta que aprendas a respetarme.

Y se la metió de un solo empujón brutal hasta el fondo. Emilce gritó, pero el grito se transformó en un gemido profundo de placer mezclado con dolor. La pija de Roberto era grande, gruesa, y le abrió la concha sin piedad, estirándola al máximo. La tenía agarrada fuerte de las caderas, tirándole el culo hacia atrás mientras la embestía con furia. Cada golpe de pelvis hacía que sus nalgas rojas rebotaran y chocaran contra su pubis.

—Tomá, yegua… tomá toda la pija, Emilce. Esto es lo que necesitabas desde hace años, ¿no? Una buena cogida que te baje los humos.

—Ay, Roberto… despacio… es muy grande… me estás partiendo… por favor…

—Callate, puta. Te la voy a dar dura, como te gusta a vos que te humillen. Decime que te encanta que te trate así.

Emilce gemía más fuerte, la cara hundida en la almohada.

—Yo… yo no… ay, mierda… sí… me gusta… no pares…

Roberto sonrió con triunfo. Le dio vuelta sobre la espalda, le abrió las piernas bien abiertas y se la volvió a meter mirándola fijo a los ojos. Las tetas grandes de Emilce saltaban con cada embestida. Él se agachó, le chupó un pezón con fuerza, lo mordió.

—Mirame mientras te empotro, suegra. Mirame cómo te parto la concha. Decime que sos mi puta ahora.

—Soy… soy tu puta… Roberto… cogeme más duro… por favor…

La primera vez duró casi treinta minutos. La cogió en cuatro posiciones distintas: primero de perrito, después misionero, luego la puso a horcajadas encima de él y la obligó a cabalgar mientras él le daba nalgadas desde abajo, y al final la levantó contra la pared, sosteniéndola en el aire mientras la penetraba de pie. Emilce se corrió dos veces, gritando, el cuerpo temblando entero, la concha apretando la pija como una mano caliente y mojada. Cuando Roberto sintió que venía, la sacó y le apuntó a la cara.

—Abre la boca, puta. Recibí la leche.

Emilce obedeció, jadeando. Él se corrió con fuerza, largando chorros gruesos y calientes de semen sobre su lengua, sus mejillas y sus tetas grandes. Ella tragó lo que pudo, humillada y excitada al mismo tiempo.

Se quedaron en silencio un rato. Roberto todavía tenía la pija semi-dura. Le dio una última nalgada suave en el culo rojo.

—Esto recién empieza, Emilce. Tenés siete o diez días acá. Y cada vez que me faltes el respeto, aunque sea una palabra, te voy a coger más duro, te voy a zurrar más fuerte y te voy a hacer rogar como la puta que sos. ¿Entendiste?

Ella asintió, la voz baja y sumisa por primera vez.

—Sí… entendí, Roberto.

Esa misma noche, después de cenar en un silencio cargado de tensión, Emilce se acercó a él en el ******. Ya no había desprecio en su mirada. Solo deseo crudo.

—Roberto… —murmuró, bajando los ojos.

—¿Qué querés?

—Quiero… quiero que me domés otra vez. Por favor. Cogeme como antes. Zúrrame. Hacé lo que quieras.

Él sonrió. La levantó en brazos como si no pesara nada, la llevó al dormitorio matrimonial y la tiró sobre la cama. Esta vez empezó más lento, pero igual de brutal. Le comió la concha durante casi veinte minutos, chupándole el clítoris hinchado, metiéndole dos dedos y luego tres, hasta que Emilce se corrió gritando y soltó un chorro de squirt que mojó las sábanas.

—Mirá cómo chorreas, puta. Te encanta que te traten como a una perra, ¿no?

—Sí… me encanta… por favor… dame más…

Roberto la puso de rodillas y le metió la pija en la boca.

—Chupala bien, suegra. Hasta el fondo. Quiero sentir cómo te ahogás con mi verga.

Emilce la mamó con ganas, babeando, ahogándose cuando él le agarró la cabeza con las dos manos y le folló la garganta profunda. Lágrimas le corrían por las mejillas, pero no paraba. Después la cogió otra vez, esta vez contra la mesada de la cocina, de pie, levantándole una pierna. Le dejó marcas de dedos en las nalgas. La hizo correrse tres veces más antes de llenarle la concha de leche caliente.

Los días siguientes fueron una escalada de dominación total y placer cada vez más salvaje. Emilce ya no criticaba nada. Al contrario: le preparaba el desayuno con una sonrisa sumisa, le lavaba la ropa y, cada vez que Roberto llegaba del trabajo, lo esperaba en la habitación con la falda levantada y sin tanga, el culo todavía marcado de las nalgadas del día anterior.

—Estoy lista para lo que quieras, Roberto —decía bajito, con la voz temblorosa de deseo.

El quinto día todo cambió de forma brutal y definitiva.

Roberto llegó más temprano que de costumbre de la obra. Estaba cansado, sudado, con la camiseta pegada al cuerpo y los músculos tensos. Apenas abrió la puerta de la habitación matrimonial para cambiarse, se quedó congelado en el umbral.

Ahí estaba Emilce, de rodillas frente a su computadora, mirando un video privado donde Roberto cogía a su esposa con un amigo. Miraba como incrédula, desencajada, esa era su hija y se la estaban sanguchando. La falda se le había subido hasta la cintura, dejando a la vista las nalgas grandes y redondas apenas cubiertas por una bombacha negra fina.

Roberto sintió que la sangre le subía a la cabeza de pura rabia.

—¿Qué carajo estás haciendo, fisgona de mierda? —rugió con voz grave y amenazante.

Emilce dio un salto del susto y dejó caer el control remoto del televisor al piso. Se puso de pie rápidamente, la cara roja de vergüenza, pero todavía con esa altivez que no terminaba de desaparecer del todo.

—Yo… yo solo… —balbuceó.

Roberto avanzó hacia ella como un toro.

—¿Solo qué, hija de puta? ¿Estás revisando mi computadora como una puta ladrona? ¿O te gusta ver lo puta que es tu hija, sabelo perra... No es puta es obediente y le gusta que la comparta Decime la verdad ahora mismo, Emilce, porque te juro que hoy te voy a enseñar a no meter las narices donde no te llaman.

Emilce bajó la mirada, las manos temblando. Por primera vez desde que había llegado parecía realmente asustada.

—Perdón… Roberto… perdón… No quería… Es que… —tragó saliva con dificultad— me llevo la curiosidad… Desde que me zurraste y me cogiste el otro día… no puedo dejar de pensar en ti… en tu pija… Me vuelves loca. Perdón, por favor… soy una fisgona, tenés razón… pero no pude evitarlo.

La confesión dejó a Roberto momentáneamente descolocado, pero la furia volvió con más fuerza.

—¿Qué dijiste, puta asquerosa? ¿mirando como entrego a tu hija? ¿Así que la suegra altiva y despreciativa en realidad es una degenerada que se calienta con la hija, clavada por el culo por su yerno y por la concha por un amigo? Mirá vos… toda esa boca sucia que tenías para humillarme y ahora resultás una puta voyeur.

Emilce se mordió el labio inferior, la cara ardiendo de vergüenza y excitación.

—Sí… soy una degenerada… perdón… castigame si querés… pero no me odies… solo quería verte un rato…

Eso fue la gota que rebalsó el vaso.

Roberto se sacó el cinturón de cuero grueso que llevaba en el pantalón de trabajo con un movimiento seco. El sonido del cuero deslizándose por las presillas resonó en la habitación como un latigazo anticipado.

—Ahora vas a pagar por ser una fisgona asquerosa, Emilce. Te voy a dar una buena con el cinturón para que aprendas a respetar lo que no es tuyo.

Antes de que ella pudiera reaccionar, Roberto la agarró del pelo con fuerza y la sacó a rastras de la habitación. Emilce soltó un grito agudo mientras era arrastrada por el pasillo.

¡Zas!

El primer cinturonazo le cayó directo en el culo por encima de la falda. El cuero impactó con un sonido seco y brutal. Emilce gritó y se arqueó.

—¡Ay! ¡Roberto, por favor!

Pero él no tenía piedad. La empujó hacia la sala mientras seguía azotándola sin parar. El cinturón volaba una y otra vez, sobre la falda primero, y luego, cuando se la levantó de un tirón, directamente sobre la carne desnuda de las nalgas, dejando marcas rojas y líneas hinchadas.

¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!

—Tomá, fisgona de mierda. Esto es por meter las manos en mis cosas. ¡Zas! —Esto es por pajearte con mis videos como una perra en celo. ¡Zas! ¡Zas! —Y esto es por toda la mierda que me dijiste los primeros días, altiva hija de puta.

Emilce corría por la casa intentando escapar, pero Roberto la seguía de cerca, azotándola sin darle tregua. El cinturón le caía en el culo, en los muslos, en la parte baja de la espalda. Las nalgas grandes y blancas se iban llenando de marcas rojas y moradas, líneas perfectas que se cruzaban unas con otras. Cada golpe la hacía saltar y gritar, pero entre grito y grito empezaban a escapársele gemidos más profundos.

Llegaron a la cocina. Roberto la dobló sobre la mesada de un empujón, le subió la falda hasta la cintura y le bajó la tanga de un tirón. El culo quedó completamente expuesto, rojo y marcado.

—¡Por favor, Roberto! ¡Ya basta! ¡Me duele mucho! —suplicó ella, pero su concha ya estaba chorreando, los jugos le corrían por los muslos internos.

—¿Basta? ¿Ahora pedís basta, puta? Cuando estabas violentando mi computadora no pedías basta, ¿no? —le soltó otro cinturonazo brutal en plena nalga derecha—. Decime qué sos.

—Soy… soy una fisgona… soy tu puta… ¡ayyy!

Roberto siguió azotándola con el cinturón durante varios minutos más, hasta que el culo de Emilce quedó cubierto de marcas cruzadas, hinchadas y ardientes. Ella ya no intentaba escapar. Se había quedado apoyada sobre la mesada, el culo en pompa, temblando y gimiendo.

Cuando por fin soltó el cinturón, Roberto tenía la pija dura como hierro dentro del pantalón. Se bajó los jeans y los calzoncillos de un solo movimiento. Su verga gruesa, venosa y con la cabeza morada brillaba de pre-semen.

—Ahora te voy a coger muy, muy, muy duro, Emilce. Te voy a partir esa concha fisgona hasta que no puedas ni caminar.

La agarró de las caderas con fuerza y, sin ningún preámbulo, le metió toda la pija de un solo empujón brutal hasta el fondo. Emilce soltó un grito largo y gutural cuando sintió cómo la verga gruesa le abría la concha de golpe, estirándola al máximo.

—¡Aaaahhh! ¡Es muy grande! ¡Me estás partiendo, Roberto!

—Cállate y tomá pija, puta. Esto es lo que te merecés por ser una fisgona degenerada.

Empezó a cogerla con una furia salvaje, sacando casi toda la pija y volviéndola a clavar con fuerza brutal. Cada embestida hacía que las nalgas marcadas por el cinturón rebotaran y chocaran contra su pelvis. El sonido húmedo y obsceno de la concha chorreante llenaba la cocina.

Roberto la cogió contra la mesada durante varios minutos sin piedad. Después la levantó en el aire, la llevó hasta el sofá del ****** y la tiró boca abajo. Le abrió las piernas y se la metió otra vez en la misma posición, pero ahora agarrándola del pelo como si fueran riendas.

—Decime que te encanta que te castigue, fisgona.

—Me encanta… me encanta que me castigues… soy tu puta fisgona… cogeme más fuerte… rómpeme la concha…

La cambió de posición varias veces. La puso a cuatro patas en el piso, la cogió de lado contra el sillón, la levantó contra la pared sosteniéndola por las nalgas marcadas y la penetró de pie mientras le mordía el cuello. En cada posición la cogía más duro, más profundo, más salvaje. Las tetas grandes de Emilce saltaban con violencia, los pezones duros como piedras.

Cuando sintió que ella estaba cerca, Roberto le metió dos dedos en el culo sin previo aviso mientras seguía follándola la concha con fuerza.

—¡Quiero que eyacules para mí, puta! ¡Chorrea toda mientras te parto!

Emilce explotó. Su cuerpo se tensó, la concha se contrajo violentamente alrededor de la pija y soltó un chorro fuerte y caliente de jugo que mojó el piso del ******. Gritaba sin control, las lágrimas le corrían por las mejillas.

Roberto no paró. La sacó, la puso de rodillas y le metió la pija hasta el fondo de la garganta. Le folló la boca con la misma brutalidad, agarrándole la cabeza con las dos manos, haciendo que se ahogara y babeara.

—Chupala bien, fisgona. Limpiá tu propia concha de mi verga.

Después la tiró otra vez sobre el sofá, le levantó las piernas hasta que casi tocaban sus hombros y la penetró en una posición profunda y salvaje. La cogía tan fuerte que el sofá se movía con cada embestida.

—Tomá toda la pija, Emilce. Sentí cómo te lleno esa concha fisgona.

Emilce ya no podía hablar coherentemente. Solo gemía y suplicaba entrecortado:

—Más… dame más pija… rómpeme… llename… soy tu puta… tu fisgona… cogeme todo el día si querés…

Roberto siguió cogiéndola sin descanso durante casi cuarenta minutos, cambiando de posición constantemente, azotándola de vez en cuando con la mano abierta sobre las marcas del cinturón. Cuando por fin sintió que no podía aguantar más, la sacó y le apuntó a la cara y a las tetas.

—Abre la boca, puta.

Se corrió con fuerza, largando chorros gruesos y calientes de semen que le cayeron en la lengua, en las mejillas, en el cuello y sobre las tetas grandes. Emilce tragó lo que pudo, todavía temblando del orgasmo.

Se quedaron los dos jadeando. El culo de Emilce estaba lleno de marcas rojas y moradas del cinturón, la concha hinchada y chorreando, la cara y las tetas cubiertas de leche.

Roberto le dio una última nalgada suave sobre las marcas.

—Que te sirva de lección, fisgona. La próxima vez que te encuentre revisando mis cosas, te voy a coger todavía más duro y te voy a dejar el culo morado por una semana.

Emilce, con la voz ronca y sumisa, levantó la mirada y murmuró:

—Gracias… por castigarme… Roberto. Si querés… prepararte la cena … para que me perdones…

Roberto sonrió con una mezcla de triunfo y deseo renovado.

Esa noche durmieron en la cama matrimonial

La dominación estaba entrando en su fase más intensa.

—Hoy te voy a preparar ese culo de puta para rompértelo bien, Emilce. Poco a poco, para que aprendas.

Le puso un plug anal pequeño que había comprado, y la obligó a caminar por la casa con él adentro todo el día. Cada movimiento la hacía gemir. Por la noche se lo sacó y le metió la pija por el culo, despacio al principio, centímetro a centímetro. Emilce lloraba de placer y dolor.

—Duele… pero no pares… metémela toda… quiero sentirte en el culo…

La sodomizó durante largo rato, primero lento, después más duro, hasta que pudo entrarle completa. Mientras la cogía por el culo, le metía dos dedos en la concha y le frotaba el clítoris. Emilce se corrió tan fuerte que acabo otra vez, mojando todo.

El sexto día la ató de pie contra la pared del ******, con los brazos arriba. Le usó un vibrador pequeño en la concha mientras la cogía por la boca. Después la puso a cuatro patas en el piso y la cogió en todas las posiciones posibles: de perrito, de lado, en cuclillas. Le llenó la boca, las tetas y la concha de leche. Emilce rogaba sin vergüenza:

—Cógeme la concha más fuerte, Roberto… quiero que me partas… quiero tu pija en el culo otra vez… llename toda… soy tu puta personal…

El séptimo día introdujo un dildo más grande. La hizo cabalgarlo mientras él le daba nalgadas y le follaba la boca al mismo tiempo. Después la doble penetró con el dildo en la concha y su propia pija en el culo. Emilce se corrió gritando, el cuerpo convulsionando, perdiendo el control completamente.

Los días ocho, nueve y diez fueron de sumisión absoluta. Emilce caminaba por la casa con plugs anales cada vez más grandes, le pedía que la zurrara antes de cada comida, que la cogiera en la ducha, en el balcón, en el sofá. Le rogaba diálogos obscenos sin parar:

—Meteme la verga hasta el fondo, por favor… quiero que me llenes el culo de leche… haceme chorrear otra vez… soy tu esclava sexual, Roberto… cogeme como quieras, cuando quieras…

Cuando por fin llegó el día en que su hija volvía del hospital, Emilce ya era otra mujer. Antes de irse, en la puerta, le susurró al oído con la voz ronca de deseo:

—Cuando mi hija se duerma… llamame. Voy a volver. Y voy a dejar que me hagás lo que quieras. Todo.

Roberto cerró la puerta y sonrió. Los diez días habían terminado, pero la dominación, las nalgadas, los azotes con cinturón, las ataduras, los plugs, el sexo anal cada vez más profundo, las gargantas profundas y los squirts no habían hecho más que empezar. Emilce ya no lo miraba con desprecio. Lo miraba con hambre total, con adicción.
 
Arriba Pie