Por Espiar a sus Hijos

heranlu

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Loli tiene 43 años y vive con su marido, que tiene 45. Tienen dos hijos: Pepi, la mayor, con 20 años, y Juan con 18. Viven todos juntos en un piso más bien pequeño. Él se gana la vida de albañil y Loli es ama de casa de toda la vida.

Sus hijos han dormido en la misma habitación desde siempre porque no había otra opción, así que de intimidad, más bien poca. Aun así, se han criado muy unidos, con mucho roce diario, llevándose bien y con una confianza entre ellos bastante fuerte.

Loli, para la edad que tiene, se mantiene bastante bien y aparenta menos años, sobre todo porque es bajita y delgada. Es una mujer de las de antes, con ideas muy tradicionales, creyente y con una forma de pensar bastante conservadora y machista.

Hoy Loli no deja de pensar en la locura que acaba ayer hizo con ellos. No entiende cómo ha podido llegar a ese punto ni en qué momento se le fue todo de las manos. Le da vueltas a cómo empezó todo y no se lo puede creer. Porque Loli no es tonta, y en el fondo piensa que sus hijos, que ya son mayores, son unos sinvergüenzas y unos pervertidos, aunque le duela reconocerlo.

Recuerda que aunque cada uno tenía su propia cama en la habitación, muchos días acababan durmiendo juntos. A ella no le parecía nada raro: eran hermanos, y se llevaban muy bien. No le dio importancia nunca.

Pepi y Juan estaban tan acostumbrados a eso, que no se cortaban en darse mimos o en meterse juntos en la cama. El padre pasaba del tema, no le daba vueltas ni lo veía como algo extraño.

El problema vino más tarde, cuando se hicieron mayores: se habían convertido en hombre y mujer, y en especial su hija, que siempre fue muy adelantada físicamente. Ahí fue cuando Loli empezó a notar que la cosa ya no era lo mismo.

Hasta aquella noche de verano de hace unos años que se despertó y vio por la rendija de la puerta cómo los dos estaban en la misma cama, mirándose mientras se pajeaban cada uno por su lado.

Pepi ya tenía unas caderas y unas tetas bastante más grandes que las suyas. Y el chaval con un pito mucho más grande que el de su padre.

Aquello la dejó flipando, pero no se atrevió a meter baza. El descaro de sus hijos sinvergüenzas la puso cachonda y, en lugar de echarles la bronca, se hizo una mirona que espiaba lo que hacían sus propios hijos en la cama.

Ella, a escondidas y muerta de la vergüenza, no podía evitar toquetearse hasta correrse de lo caliente que se ponía. Luego le venía el arrepentimiento, pero ya no tenía remedio.

Loli fue viendo como con el paso del tiempo las pajas individuales se convirtieron en mutuas, fue testigo de las primeras comidas de polla y de coño entre los hermanos. Fue testigo cómo los cuerpos pasaban de la adolescencia a la juventud adquiriendo su hija un cuerpo voluptuoso lleno de curvas y generoso en atributos, en eso no había salido a ella tan guapa pero sin curvas sino a su suegra que siempre fue una mujer con un culo exagerado.

Su hija presumia de sus curvas vistiendo vaqueros muy ceñidos encandilando a los jóvenes y viejos que no le quitaban la vista de encima. Ella iba a la universidad andando que estaba a 20 minutos de su casa y siempre contaba que había un chaval de su facultad que la seguía cuando volvía detrás suya mirando su culo. Y que los viejos en el parque le decían cosas guarras.

Loli, cada vez se calentaba más viendo a sus hijos, hasta que un día se corrió sola sin tocarse cuando observo la primera vez que hicieron el amor. Follaban como conejos. No tenían descanso, se corrían innumerables veces, dentro, fuera, por delante por detrás, en sus bocas.

Pero Loli, se corría viéndolos o pajeandose después en su habitación. Vio cosas repugnantes que sin embargo le ponían el coño chorreando por sus piernas abajo. Sus hijos eran unos puercos, no podía creer las cosas que hacían.

Su hijo le abría los gordos glúteos a su jamona hermana y se la metía en el ano, cosa que ella nunca había hecho con su marido, al igual que se tragaba el semen cosa que a ella siempre le había dado asco, pero ahora no sabía por qué la ponía cachonda.

Mas adelante vio perversiones que nunca había imaginado:

Un día los sorprendió compartiendo el baño, los dos sumergidos en la bañera. En un gesto inesperado, ella se incorporó lentamente, y el agua resbaló por sus curvas como si anunciara una frontera que estaba a punto de cruzarse. A él no le dio tiempo a apartarse; permaneció inmóvil, aceptando aquella asquerosa lluvia dorada con una mezcla de desconcierto y abandono.

Loli sintió náuseas, pensó que aquello la sobrepasaba. Pero lo que vino después fue aún más perturbador: Pepi se agacho, abrió la boca con un desafío casi ritual, y él respondió sin palabras, soltándole una larga meada directamente en la boca tragándosela toda enterita, un acto tan crudo como irreparable. La escena la sacudió por dentro, como si hubiese presenciado algo que no debía existir y que, sin embargo, la volvió a llevar a un orgasmo sin tocarse.

«Mis hijos son unos guarros pervertidos», pensó Loli, con una mezcla de repugnancia y gustazo que le subió desde el coño hasta la garganta.

Otro día los pilló masturbándose con sus propias bragas sucias y los calzoncillos de su marido. Chupándolos como si fueran un manjar. Metiéndose objetos en sus agujeros tanto su puta hija en su goloso culo como su puerco hijo en su también abierto ano.

Loli, a sus 43 años aún tenía la regla y usaba preservativos una vez a la semana cuando su marido le echaba un polvo. Sus degenerados hijos debían saberlo pues otro día los pilló masturbándose ambos, su hijo chupando una compresa llena de sangre del periodo de su madre y la golfa de su hija bebiéndose el semen que su propio padre había dejado en el preservativo en la papelera.

Loli, ya no podía disimular más, ya no se escondía, observaba como sus hijos hacían de todo estando ella presente, empezaron estando desnudos ante su madre, luego haciéndose pajas en su presencia luego follando en cualquier rincón de la casa mientras ella los observaba.

Ayer se cruzó la frontera entre madre e hijos. Estaban en el salón, sus hijos en cueros haciéndose un 69 en toda regla. Loli sentada en frente perdió la vergüenza y subiéndose la falda y abriendo las piernas se puso a frotarse su clítoris hinchado.

Pepi: así me gusta mamá, tú no te cortes, disfruta de la vida.

Loli: hija mía, no sé cómo te puede caber ese pedazo de pito en la garganta.

Juan: mira mamá, tu hijita es un putón que se traga cualquier cosa por su bocaza y se mete en el coño y en el culo los calabacines que compras para hacer la comida.

Pepi se descojonó y soltó, con una sonrisa guarra:

—Oye, ¿no te ha llegado un pestazo raro cuando estabas cocinando los pepinos y los calabacines? Vamos, que olían a vicio puro… ja, ja, ja.

Juan: si mamá nos encantan las cochinadas y somos unos puercos que todos los días nos bebemos desde hace meses tus orines y los de papá que echáis en las escupideras que tenéis en vuestra cama. Pepi, anda tráete los orinales que hoy no lo hemos bebido todavía.

En seguida vino Pepi bamboleando sus anchas caderas y sus grandes tetas con los orinales de su habitación. Juan cogió el de su madre y ante sus ojos abiertos como platos y la lengua fuera se bebió la mitad de la orina materna sin hacerle ascos.

Pepi: a mí me gusta más hacer esto.

La culona veinteañera se sentó en el orinal de su padre y metiendo la mano se bañó su peludo coño negro echándose orina en toda su vulva y vagina hasta que se corrió de gusto.

Esta escena hizo que Loli alcanzara un orgasmo tan bestia que perdió el sentido.

Cuando despertó, la realidad golpeó más fría que la orina derramada: Loli se encontró, despojada de su ropa por los mismísimos vástagos a los que dio vida.

El campo de batalla, tu salón, era ahora un lodazal acuático, testimonio de sus "juegos salvajes". No hubo piedad.

Su hija, la estratega en jefe de este caos, no te dio tregua. Con un gesto de mando que superaba su edad, le arrojó la fregona y el cubo, y su voz resonó con una insolencia calculada:

"¡Madre! A partir de este instante, tu destino es estar detrás de nosotros. Serás la sombra perpetua que limpiara charco de flujos, semen y orina, cada prueba de nuestra indomable diversión. Disfruta de tu nuevo título. Eres oficialmente la criada que se arrastra para borrar las huellas del placer de tus propios hijos. ¡A fregar!"

Loli obedeció limpiando desnuda todo el salón mientras sus hijos seguían a lo suyo mirando a su atractiva mamá madurita.
Todo esto lo ha recordado hoy Loli cuando se ha despertado, pidiéndole a Dios perdón por permitir que sus hijos la dominaran de esa manera.

Son las nueve de la mañana y se dispone a levantarse pues su marido ya se ha ido a trabajar y se supone que sus hijos se han ido a la universidad. Se levanta con ganas de hacer pis y coje el orinal de su marido, recordando lo visto ayer no puede evitar la tentación de mear en él y después sentarse en la escupidera lavándose su chocho con la orina de su marido y la suya juntas. Cosa que le provoca un orgasmo.

Se dispone a ducharse antes que nada por lo que se desnuda, pero en esos momentos escucha ruido en la habitación de sus hijos. Sin pensarlo va a ver qué pasa, desnuda, con los pelos del coño goteando orina. Allí los pilla en la cama de su hijo Juan que está a cuatro patas encueros mientras la curvy de su hija le lame el culo y le mueve el pollón como si estuviera ordeñándolo.

Loli: hola hijos, pero hoy no habéis ido a la universidad?

Pepi: Buenos días, mamá… Hoy no hay clases, hay huelga. Ven, acércate… Mira cómo ordeño al semental de tu hijo, fíjate qué pedazo de cipote gasta este cabrón.

Loli se acerca como hipnotizada. En la penumbra de la habitación parece que la muy cochina de su hija está pajeando a uno de esos ponis de feria, con la verga gorda, larga y colgando pesadamente.

Pepi: Uy mamá… vienes en pelotas y con el coño ya chorreando. Venga, anímate… Agarra y soba el vergajo de tu niño, no te hagas la estrecha.

Loli no aguanta más. Coge con las dos manos esa manguera porque con una sola ni de coña la abarca, y empieza a ordeñarla bien rico, subiendo y bajando las manos por esa masa de carne que cada vez se pone más dura y más gorda.

Sin que nadie le diga nada, se escupe en la palma, se restriega toda la saliva y empieza a sobarle el glande a su hijo de 18 años… despacito, resbaloso, como si no hubiera un mañana.

Pepi agarra un vaso vacío que hay en la mesita de noche y, ayudando a su madre, empieza a pajearle el rabo al hermano con más fuerza todavía… las dos a cuatro manos, bien coordinadas, subiendo y bajando sin piedad por esa verga que late como loca.

Juan jadea y avisa con voz ronca: —Joder… ya me viene, ya me corro…

Pepi coloca el vaso justo debajo del capullo hinchado y… ¡pum! El chorro sale potente, espeso, y el vaso se llena casi hasta el borde de esa leche matutina bien caliente del semental de su hermano.

Loli, con los ojos como platos, no da crédito: —¡Por Dios, qué barbaridad! ¿Cuánto cachuchi echas, hijo mío? ¡Madre mía… nos va a castigar Dios por esta guarrada que estamos haciendo!

Pero el chaval se repone en dos segundos. Se pone de pie, coge a su madre desnudita en brazos como si no pesara nada (con sus 1,80 y esos brazos fuertes), la sujeta bien por el culo con las dos manos, apretando esas nalgas blanditas, y se la come la boca con una pasión que quema. Lengua con lengua, baba con baba, morreando como si no hubiera mañana.

Loli, chiquitita con su metro cincuenta y seis, se abraza a él con las piernas enroscadas en la cintura del hijo, pegando su coñito empapado contra ese abdomen duro. Y entonces llega Pepi por detrás, mucho más alta que su madre, … la abraza, aplasta sus tetas gordas y pesadas contra la espalda de Loli y empieza a lamerle el cuello despacito, subiendo hasta la oreja, mordisqueando, mientras le susurra guarradas al oído.

Pepi coge el vaso lleno hasta arriba de la leche espesa de su hermano, lo mira con una sonrisa guarra y le dice a su madre:

—Venga, mamá… antes de que empecemos a follar como locas, vamos a desayunar rico. La mitad para mí y la mitad para ti, ¿eh?

Y sin esperar respuesta, se lleva el vaso a la boca y se traga la mitad de un tirón, con ganas, relamiéndose los labios como si fuera el mejor zumo del mundo. —Mmm… qué bueno está el engrudo del semental… Toma, mamá, bébete el resto, no seas tonta.

Loli, todavía con los ojos como platos, se echa para atrás: —¿Estás loca, puerca? ¿Cómo me voy a tragar esa porquería? ¡Qué asco, por Dios!

Pepi se ríe bajito, se acerca más y le pone morritos: —Mami… pero si está riquísima, anda, prueba un poquito… verás cómo te pone más cachonda todavía, te lo juro.

Loli niega con la cabeza, cruzada de brazos: —Ni muerta, guarra. Todo tiene un límite.

Pero Pepi no se rinde. Se mete un buen buche en la boca, agarra la cara de su madre con las dos manos y la besa profundo, metiéndole la lengua y pasándole esa leche calentita de su hermano directo a la garganta. Loli se queda tiesa un segundo… y luego empieza a saborear. Traga despacito, gimiendo bajito contra los labios de Pepi.

Cuando se separan, Loli tiene los ojos brillantes y la voz ronca: —Tienes razón, hija…, está buenísimo… Dame más, dame más esperma de mi hijo… ya estoy loca perdida, qué más da. Y encima me besas tú… ¿también te gustan las mujeres?

Pepi le guiña un ojo, le pasa la lengua por el labio inferior y le susurra al oído: —Pues claro que sí, madre… a mí me va todo. Hombres, mujeres, lo que caiga. Luego vamos a hacer un bollo de los buenos… te vas a cagar de lo que te vamos a hacer disfrutar.

Loli se bebe el resto de la lefa espesa de su hijo y se tira boca arriba en la cama, con el coño chorreando y las piernas abiertas como puta en rebajas. «¡Folladme ya, cabrones! ¡Haced conmigo lo que queráis, hijos de la gran puta de Satanás!»

Pepi —mientras se relame—: —Espera un momentito a que el niñato recupere el rabo, que se le vuelva a poner como un mástil. Mientras tanto yo te echo una mano, madre guarra.

Pepi le abre los muslos de par en par a su madre y se le echa encima del coño peludo, negro y empapado. Se lo come con ansia, metiendo lengua hasta la campanilla.

—Joder, mami… esto sabe a meados del bueno. ¿Qué coño has hecho, cerda asquerosa?

Loli, jadeando: —Lo mismo que tú ayer, lavármelo en el orinal de tu padre, so puta.

Pepi, entre lametón y lametón: —Ya me parecía a mí que este pis me sonaba… tiene el mismo regusto a rancio.

Loli, agarrándole la cabeza y restregándosela contra el pubis: —Ayyy, qué lengua tan guarra tienes, hija… métela hasta el fondo, revuélveme la raja… ¡me corro, me corrooo!

Loli le suelta un squirt brutal en toda la cara. Pepi abre la boca como buzón y se traga el chorro entero, tosiendo y riéndose.

Pepi, relamiéndose los labios: —Joder, hermanito… mamá tiene lefa líquida, está más caliente y cerda que una perra en celo.

Juan, ya con la polla como un bate: —Ya veo, joder… con el orgasmazo que se ha pegado la zorra me ha vuelto a empalmar en dos segundos.

Pepi, apartándose el pelo de la cara y señalando el coño palpitante de la madre: —Pues entonces ¿a qué cojones esperas para reventarle el chocho a mamá, inútil?

Loli, mirándole la verga con los ojos muy abiertos y voz temblorosa de puta salida: —Dios… ¿de verdad creéis que ese pedazo de carne de caballo me va a caber entero en este coñito viejo?

Juan se tumba encima del cuerpo sudoroso y tembloroso de su madre, aplastándola deliciosamente contra el colchón. Pepi, con una sonrisa pervertida, agarra con fuerza la base del pollón hinchado de su hermano y lo apunta directo al coño empapado y abierto de Loli, que palpita como si tuviera vida propia.

—Venga, mételo despacito, cabrón… que vea mamá cómo le revientas el chocho —susurra Pepi mientras frota su propia concha chorreante.

Juan empuja. La cabeza gorda y morada abre los labios vaginales de su madre con lentitud obscena. Centímetro a centímetro, el tronco grueso y venoso va desapareciendo dentro de ella. Loli suelta un gemido largo y roto, mitad dolor mitad éxtasis.

—Aggg… joder… hijo… me estás partiendo en dos… —jadea, pero sus caderas se levantan solas buscando más.

Pepi no puede apartar la vista. En la barriga delgada y todavía tersa de su madre se va marcando, cada vez más evidente, el bulto brutal del nabo de Juan. Una protuberancia alargada y obscena que sube casi hasta el estómago, se mueve con cada embestida lenta y profunda.

—Míralo, mamá… mira cómo te lo marca todo… te ha entrado hasta los cojones, ostias qué espectáculo —dice Pepi mientras se masturba furiosamente, los dedos chapoteando en su coño hinchado—. Toda entera dentro… qué puta guarra eres.

Loli, con los ojos en blanco y la boca abierta, solo acierta a gemir:

—Sigue… no pares… me revientas… pero qué gustazo… es como cuando te llevaba dentro, hijo… como cuando estaba preñada de ti, pero ahora eres tú el que me llena… me estás preñando otra vez con esta verga monstruosa…

El orgasmo la atraviesa como un latigazo. Su coño se contrae violentamente alrededor del pollón de Juan, ordeñándolo, chorreando jugos calientes que empapan los huevos del chico. Un orgasmo detrás de otro, sin tregua, su cuerpo convulsionando mientras grita:

—¡Me corrooo! ¡Me corro en la polla de mi propio hijo, jo, me corrooo!

Pepi, al borde también, le da un cachete suave en la cara a su madre para que la mire.

—Aparta un poco, hermanito… déjame sitio… hoy mamá va a probar otro manjar.

Juan sale a medias, el rabo brillante de fluidos maternos, palpitando. Pepi se sube a la cama de un salto, se pone a horcajadas sobre la cara de Loli y se abre los labios mayores con dos dedos, dejando ver el interior rosado y empapado.

—Toma, mamá… hoy te comes el coño de tu hija… y te bebes toda la leche que tengo guardada para ti.

Loli, completamente ida, agarra con las dos manos las nalgas duras y grandes de Pepi. Las amasa, las separa, mete la lengua hasta el fondo sin dudar. El sabor fuerte, salado y dulce a la vez la vuelve loca. Pepi empieza a cabalgarle la cara, restregándose sin piedad.

—Así… lame… chupa… méteme la lengua hasta el fondo, guarra… ¡que me voy a correr en tu boca!

No pasan ni dos minutos y Pepi se tensa entera. Un montón de flujos blancos calientes y espesos salen disparado directamente dentro de la garganta de su madre. Leche espesa, abundante, que Loli traga con ansia, gimiendo contra el coño de su hija mientras sigue tragando y tragando, como antes hizo con la corrida espesa de su hijo.

Pepi se estremece, vaciándose entera en la boca materna, mientras Juan vuelve a meterle despacio la polla a Loli dentro de la barriga, aprovechando que está totalmente abierta y empapada.

La habitación se llena solo de sonidos húmedos, jadeos, gemidos y el chapoteo obsceno de tres cuerpos entregados al vicio más sucio y prohibido.

Loli, con la cara empapada de los jugos de su hija y el coño dilatado hasta el límite por el pollón de Juan, se retuerce como una poseída debajo de los dos cuerpos que la aplastan.

—Hijos de puta… me habéis pervertido… a vuestra propia madre… —gime con la voz rota, entre sollozos de placer—. Me meo de gusto… ¡me estoy meando encima de puro vicio! Pero qué buena estás, hija mía… qué envidia me dan estas tetas gordas, estas nalgas de jamona… me corrooo… ¡me corro otra vez, joder!

Sus palabras que nunca habían salido en su vida de su boca, se quiebran en un grito animal cuando otro orgasmo la atraviesa como un rayo. El chorro caliente de su meada se mezcla con los jugos que salen a borbotones del coño abierto, empapando los huevos de Juan que golpean sin piedad contra su culo.

Juan aprieta los dientes, los músculos de la espalda tensos como cables de acero.

—Te lleno la barriga de leche, mamá… me voy otra vez… te voy a preñar con esta corrida de semental… ¡toma toda, puta!

Embiste una última vez con brutalidad, hasta que los huevos se pegan al culo de Loli y el rabo entero desaparece dentro de ella. El primer chorro sale como un cañonazo, espeso y caliente, inundando el útero materno. Chorros interminables, uno detrás de otro, hinchando la barriga delgada de Loli visiblemente. El vientre se redondea, se abulta como si estuviera de varios meses, la piel tensa y brillante por el semen que la llena hasta reventar.

Pepi, cabalgando la cara de su madre con violencia.

—Así, así, hermano… corrámonos los tres a la vez… ¡no veas cómo se le hincha el vientre a mamá con toda la leche que le estás soltando! Aggg… ¡me corro en tu boca, mamá, trágate la corrida de tu hija!

Un chorro potente y espeso sale disparado directamente a la garganta de Loli. Pepi se vacía entera, temblando, mientras su madre traga y traga sin poder respirar, ahogándose en el semen femenino que le inunda la boca y le resbala por las comisuras.

Los tres cuerpos se convulsionan al unísono.

Juan gruñe como un animal, descargando hasta la última gota en el fondo del coño materno. Pepi se estremece encima de la cara de Loli, vaciándose en oleadas interminables. Y Loli… Loli alcanza el clímax definitivo.

Su cuerpo entero se arquea, rígido como una tabla. Un grito mudo se le escapa de la garganta llena de flujos de su hija. Los ojos se le ponen en blanco, las pupilas desaparecen. El orgasmo es tan brutal, tan absoluto, que le corta la respiración. Su coño se contrae con espasmos violentos alrededor del pollón de Juan, ordeñándolo hasta la última gota, mientras un chorro final de meada y squirt sale disparado entre sus piernas.

Y entonces… se queda inmóvil.

Los dos hijos se derrumban sobre ella, jadeando, sudados, pegajosos. El silencio solo roto por el goteo lento del semen que sale del coño destrozado de Loli y el leve ronquido de su respiración entrecortada.

Ha perdido el sentido. El placer la ha noqueado como un puñetazo.

Juan y Pepi se miran por encima del cuerpo inerte de su madre, con sonrisas cansadas y perversas.
 
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