¡Oh, Abuela, Qué Caliente Estás Aquí Abajo!

heranlu

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Hola, mi nombre es Lucrecia y la historia que a continuación les voy a relatar es tan increíble que seguramente piensen que es cosa de esta vieja loca. Pero no es menos cierta que el sol sale cada día por el este y se pone por el oeste.

Resulta que mi hija se casó con un hombre que enviudó muy joven. Este ya tenía un hijo pequeño, que ella crio como si hubiese sido propio. Con los años, lo quiso con locura, sobre todo cuando se enteró de que ella no podía tenerlos. Así que este nietecito, que tan insospechadamente vino a nuestra familia, también fue amado por mí como mi nieto querido.

Pero el tiempo pasó y en su juventud comenzó a juntarse con mala gente del barrio donde vivía mi hija. Estaba muy preocupada cuando me contó que creía que las pandillas del barrio lo estaban reclutando, por lo que, horrorizada le propuse que viniera a mi casa una temporada. Para así sacarlo de ese ambiente tan tóxico.

Al principio nos costó amoldarnos el uno al otro, pues él estaba resentido por haber tenido que marchar y dejar atrás todo cuanto conocía: amigos, amigas y el lugar donde se había criado. Aquí, en la distancia, todo le resultaba nuevo y extraño.

Traté de integrarlo lo mejor que pude. Como soy una abuela muy activa y me conservo en forma, iba al gimnasio y hacía mucho deporte, principalmente por las mañanas en la playa.

Recuerdo que lo invité una mañana a acompañarme a una playa casi desierta. Era invierno y aunque lucía el sol no hacía tiempo para el baño.

Me dispuse a hacer mis ejercicios de mañana. Con unas mallas ajustadas y un top igualmente pegado, algo que sorprendió a mi nieto, apenas me deshice del pantalón que llevaba encima y de mi pollera.

—¡Oh abuela, qué moderna vistes! —dijo él asombrado al deshacerme del exceso de ropa que cubría mi cuerpo.

—¿Te gusta? —le pregunté sonriendo.

—¡Sí claro! ¡Luces muy bonita! —me dijo, entonces me acerqué y le pellizqué la mejilla.

—¿Corremos? —le propuse.

—Yo paso, prefiero quedarme aquí al solecito —me dijo el perezoso aquella mañana de invierno.

Así que me di una vuelta al trote y volví para a continuación hacer un poco de aerobic frente a él. Recuerdo que estaba yo mirando al mar y hacía flexiones hacia adelante, girando la cintura, entonces le vi al bajar, ¡estaba realmente atento a mis movimientos!

—¿No quieres unirte a mí y mover un poco el esqueleto? —le pregunté a mi nieto.

—¡No abuela, a ti se te da genial! Si no te importa prefiero mirar.

De modo que seguí con mi rutina y comencé a sudar a pesar de la brisa marina. En esto que pasó una jovencita corriendo, iba vestida muy parecido a mí y he de admitir que era bien bonita. Le observé con todo el propósito y vi cómo su mirada felina se clavaba en sus grupas levantadas y muy femeninas.

—¿Te gusta? —le dije habiéndolo pillado in fraganti.

—¡Oh, cómo dices! —dijo sorprendido por mi pregunta.

—¿La chica? Es bien bonita, ¿verdad? —le dije intentando ganármelo y que me contara sus preocupaciones.

—Sí, abuela, es muy bonita —dijo él poniéndose colorado.

El pobre se sintió avergonzado, al verle yo mirando a una chica tan joven y guapa como aquella. Me senté a su lado y tomé algo de agua de la botella que había dejado sobre la toalla donde él se sentaba.

—¿No te aburres aquí sentado?

—No, estoy un poco asombrado, pues casi no recordaba ya el mar —me dijo él allí parado.

—Es fantástico, ¿verdad?

—¡Oh sí abuelita! He de felicitarte, pues te mantienes en forma a tu edad y eso es algo admirable —dijo de repente para mi asombro.

—¡Gracias! Pero bien que te has quedado prendado mirando a esas jovenzuelas, ¿eh, pillín?

—Bueno, eso también —dijo él sonriendo—. Eran bien bonitas —me confesó.

—Es que dejaste alguna amiga allá en el pueblo, ¿por eso estás enojado?

—Sí, alguna amiga tenía, pero no de esas que tú piensas —me aclaró.

—¿Cuáles piensas que pienso? —le dije pareciendo un trabalenguas.

—Bueno, no eran novias ni nada de eso —aclaró.

—¡Ah bueno, entonces estás libre! Así es como mejor se vive —libre como el viento.

—¿Y tú abuela? ¿Tienes novio o algo parecido?

—A veces voy a bailar con unas amigas y lo que surja es bien recibido, aunque los de mi quinta están más bien para el desguace, yo me conservo y me cuido, por eso me atraen más los jóvenes.

—¿Con jóvenes, en serio? —dijo él asombrado.

—¡Sí! A algunos jóvenes también les gustan mayores —dije hablándole a las claras.

—Claro, tú estás muy bien, abuela —insistió de nuevo mi nieto.

—Y tú también, sólo tienes que practicar algo de deporte —le contesté a su lado.

Al final conseguí que volviésemos corriendo un poco y él a regañadientes me siguió, aunque pronto se cansó.

Al llegar a casa me duché yo primero y luego lo hizo él. Saliendo del baño, cubierta con la toalla, él se me quedó mirando y yo mirándolo a él, en calzoncillos mientras pasaba a la ducha. Era joven y estaba fuerte, ¡aunque apenas hacía ejercicio el mequetrefe!

Admito que lo espié, no mucho, sólo para saciar mi curiosidad. De soslayo miraba mientras hacía que me secaba. Cuando entró en la ducha y se quitó la prenda íntima vi su precioso culito y cuando se giró para cerrar la mampara, ¡oh, señor! ¡Qué hermoso miembro que tenía mi nieto!

Esa fugaz visión me turbó, tanto que esa noche me encontró masturbándome y sin querer o queriendo, ¡pensando en su largo miembro! Esa noche decidí provocarle y a la mañana siguiente, en la playa, aparecí vestida con un bañador ante la explosiva mirada de mi nieto cuando me quité la camiseta y el pantalón que llevaba. Él no daba crédito a lo que veía.

Aún conservo un buen par de tetas, mi pelo es corto y blanco, y mi culo desde luego, no es el de una anciana. De modo que me puse a hacer ejercicios delante suyo. En esto que pasó la chica del día anterior y la saludé con una sonrisa haciéndola parar.

—¿Te gustaría compañía para correr? —me ofrecí a acompañarla.

—¡Oh, claro, por qué no! —dijo la muchacha ante el asombro de mi nietecito.

—¿No te vienes? —le pregunté volviéndome.

Pero él estaba tan impactado, que se negó y quedándose con la boca abierta nos vio marchar para trotar un rato.

Así me enteré de que la chica se llamaba Isabella, que estaba pasando unos días con sus abuelos igualmente y que le gustaba correr por la mañana. De modo que cuando volvimos se la presenté y mi nieto se puso aún más colorado, no sabiendo si darle la mano o un beso. Finalmente, Isabella lo besó y quedó prendado de su belleza.

—Es bien bonita, ¿verdad? —le dije mientras Isabella se alejaba caminando graciosamente moviendo su hermoso culito.

—¡Sí que lo es! —dijo él relamiéndose inconscientemente los labios.

—A partir de hoy ya no mirarás el culito de tu abuela, ¿verdad? —dije yo algo desilusionada, pues me gustó que me mirase mi grupa en la pasada mañana.

—¡Oh abuela, tú también eres bien bonita! —dijo el echándome el brazo por encima.

Así que volvimos a casa y tomé una nueva ducha y mientras me duchaba él entró a hacer un pis, momento que aproveché para echar otro vistazo, en plan voyeur, a su hermosura.

Decidí salir justo en ese momento. Él se me quedó mirando y casi se le corta el chorro al pobre, pues salí provocando, enseñando pierna, muslo y no sé si algo más.

—¡Oh, perdona, no te oí llegar! —dije mintiendo, pues sólo quería provocar.

—Si, es que ya no aguantaba más, abuela —contestó él guardándola con premura tras escurrirla aceleradamente dándole unos sensuales meneos.

Ese día fuimos al centro comercial, fui de compras y me probé algún vestido, haciendo que mi nieto juzgara si le gustaba o no. Me fui mostrando diversos vestidos, con escotes atrevidos o espaldas descubiertas.

—¡Te sienta todo bien, abuela! Con tu cuerpo, no hay mejor percha —me dijo para halagarme y lo cierto es que me encantó exhibirme ante él.

También decidí comprarme algo picante, así que cuando pasé por la sección de lencería y comencé a mirar modelitos, mi nieto comenzó a sentirse un poco avergonzado. Decidiendo yo además mostrarle tangas provocativos y preguntarle su opinión, conseguí ponerlo una vez más colorado. Cuando le mostré lo que me compraría, él asintió sin mucha emoción, pero a mí me gustó exhibir lo que luego llevaría íntimamente.

Insistí en que se comprase algo de ropa, así que, a regañadientes, aceptó mi invitación y de ese modo pude verlo con ropa ajustada, marcando paquete y culito, pues él también lo tenía bien bonito.

La tónica del día fue mi nietecito mirando cuantos culitos preciosos aparecieron por delante nuestro, dependientas o chicas que simplemente iban de compras como nosotros.

Mientras tomábamos un refresco, decidí interesarme por este particular divertimento.

—¿Aquí hay buen material, verdad? —le pregunté con descaro.

—¿Cómo dices abuela? —dijo sin darse por aludido.

—Vamos querido nieto, no has parado de mirar los culitos de las chicas desde que hemos llegado —insistí para tratar el tema abiertamente.

—Bueno abuela, he de admitir que sí, que hay buen material por aquí —dijo poniéndose colorado.

—Seguro, que ya no te acuerdas de culo de tu abuela en la playa —me quejé de broma ante un azorado nieto.

—Por supuesto abuela, sigues teniendo un culo precioso —dijo él levantándome el ánimo.

—¿Te han gustado los tangas que me he comprado? Los usaré en el deporte, así no se me marcará la costura de las braguitas.

—Ciertamente son provocativos, abuela. Sin duda lucirás espléndida con ellos —dijo él adulador.

Entonces nos levantamos para pagar y mientras esperaba la vuelta junto a la barra, le pellizqué su culito y le guiñé un ojo. Luego hizo él me imitó y así creció nuestra complicidad con aquel juego secreto en público.

Aquella tarde paseamos por la playa. Me agarré a su cintura y él se agarró a mis caderas y de esa forma vimos el atardecer en la playa.

Por la noche cenamos en un chiringuito a orillas del mar y tomamos cerveza, mucha cerveza. De modo que cuando volvimos caminando por la playa a mi casa ya era de noche, aunque la luna iluminaba el agua que como la plata brillaba.

Yo estaba mareada y no sé qué me pasó pero bajé mi mano y agarré el culo de mi nieto pellizcándoselo con toda la mano.

—¡Hum, qué duro tienes el culo! —bramé con ganas.

El me imitó y asió mi posadera apretándola con ganas, esto me soliviantó.

—¡Oh, abuela, qué culo tan precioso tienes! —gruñó.

Estaba tan caliente como una perra y ya no aguantaba más, así que me subí el vestido descubriendo uno de los tangas que había comprado en la tarde.

—Mira, mira. ¿Te gusta el tanga que me compré, me queda bien?

—Oh sí, abuela, te sienta muy bien —dijo él haciendo como que miraba mi culo plateado iluminado a la luz de la luna.

—¡Toca, toca y dime si lo tengo suave! —dije yo ensimismada pensando en su dura verga.

—Si, abuela, lo tienes muy suave —exclamó acariciándome ambos cachetes.

Entonces malicioso me lo volvió a pellizcar como en la barra del bar.

—¡Um, eso me gustó! —dije yo melosa.

Entonces su mano se coló bajo mi tanga y entre mis muslos sintió él mi calentura allí abajo.

—¡Oh, abuela, qué caliente estás por aquí abajo!
 
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