La Posesión en el Platanal: Ritual de Carne y Sudor
El aire se siente como un peso muerto, cargado con el aroma de la tierra húmeda y el dulzor de la fruta podrida. Lo observo. Ahí está, completamente expuesto, una figura blanca que desafía la rusticidad de este lugar. Mis manos, manchadas de tierra y trabajo, no se detienen. Me bajo el cierre del pantalón de camuflaje, liberándome, y lo veo mirarme con esa avidez que me hace hervir la sangre.
"Ábrete para mí", le ordeno, con la voz ronca, una instrucción que no admite réplica. Él obedece, bajando la cabeza, arrastrándose hacia donde estoy. No espero. Agarro su cabeza con fuerza y lo guío. "Eso es... dame una mamada tremenda, quiero sentir cómo te deshaces aquí". Él se entrega al ritual, cada movimiento es una declaración de sumisión que me nubla el juicio.
No me detengo ahí. Lo obligo a ponerse a cuatro patas, el platanal es nuestro altar. Con mis manos grandes y rudas, le separo las nalgas, dejando su centro expuesto al sol y a mi hambre. "Mírame cómo te reclamo", susurro contra su nuca mientras me hundo en él, lamiendo cada rincón, devorándolo, marcando territorio con mi lengua y mis dientes. Él gime, un sonido que atraviesa la espesura, y yo lo quiero más alto.
"Grita, cabrón", le exijo mientras me coloco en posición. "Grita para que todos sepan de quién eres". Empiezo lento, introduciéndome poco a poco, saboreando cómo su cuerpo se tensa y se adapta a mi volumen, estirándose, cediendo ante mi fuerza. Cuando estoy dentro, totalmente unido a él, el ritmo cambia. La suavidad desaparece; empieza el movimiento rudo, cada estocada es una afirmación de propiedad.
"¿Ves? Así es como te mereces que te den", le siseo al oído mientras lo sujeto con fuerza de la cintura, golpeando con una cadencia animal. Sus gritos ya no son solo gemidos, son alaridos que cortan el aire, mientras el platanal tiembla con nosotros. La fricción, el sudor, el choque de nuestra piel desnuda se vuelve un ruido ensordecedor. Estamos al límite, el clímax se siente como un relámpago inminente que nos va a partir en dos. "No te guardes nada, vente conmigo ahora", le ordeno, y en el instante en que sus espasmos me envuelven con una fuerza ciega, yo suelto mis riendas, descargándome en él, reclamando cada fibra de su ser en un final donde el tiempo, el rancho y el mundo entero dejan de existir.