Mi Hijo me Busco

heranlu

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Ago 31, 2007
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Esta no es una historia fácil de contar, por lo que seguro hay mejores publicaciones en la página. Escribo esto como una forma de terapia redentiva. Hace ya seis años que mi exmujer me dejó. ¿El culpable? Por supuesto que fui yo: me pilló con una amante, y eso sin contar los que no descubrió. Siempre fui un pichabrava: mujeres, hombres, a veces ambos. Pensé que casarme me haría sentar la cabeza, pero solo escondí quién era y seguí con mis aventuras en secreto, convirtiéndolas en una bomba a punto de explotar. Su marcha me rompió. No sé si de verdad la amaba tanto o fue ver cómo mi vida, a los 47 años, se iba por el desagüe; el caso es que me destrozó por dentro.

El alcohol se convirtió en rutina. Ahora estoy mejor, pero en el momento en que esto ocurrió llenaba mis tardes frente al televisor, ahogándome entre hielos y lo que nunca fue.

Su hijo, que conocí con dos años y quise como propio, tenía ya 23 y pudo ver el abismo en el que estaba. Ella le decía que se alejara de mí; yo también se lo reprochaba, diciéndole que no era su padre, a veces tratándolo como basura con tal de apartarlo. Pero él, mi único orgullo, me tendió la mano en mi peor momento. Quizá por eso me cuesta tanto contar esta historia.

La noche estaba oscura, y en la cocina solo brillaba la lámpara sobre la mesa. Yo estaba apoyado contra la encimera, con la camiseta empapada de sudor y un vaso de whisky en la mano. Frente a mí, Carlos rebuscaba en un armario, su camiseta blanca y los vaqueros bajos mostrando sus bóxers. Llevaba semanas viniendo a ayudarme en casa; odiaba que lo hiciese, me sentía inútil cuando llegaba.

—¡Joder, papá, no tienes nada para hacer la cena! —gruñó, cerrando el armario de un golpe. Se giró y se apoyó enfrente, tan cerca que podía olerlo. Sus ojos oscuros me retaban.

—¡Busca mejor o ve a comprar algo, pequeño cabrón, y para de joder! —le rugí, dando un paso atrás. Quería sonar firme; le tenía casi tanto odio como a su madre.

—¿Qué te pasa? —dijo, encarándome—. Siempre estás igual, crees que no lo noto. Desde que mamá y tú os separasteis estás más imbécil que nunca —soltó, golpandome con el dedo el pecho. Creería que podía permitírselo: era más alto, joven y parecía más fuerte que yo, pero no iba a dejar que mi hijo me tratase así en mi casa. Por muy en la mierda que estuviera, seguía siendo su padre. Lo agarré por la muñeca y lo empujé, furioso.

—¡No me hables así, hijo de puta! —bramé, y acercándome a él respondí—: ¡Te he dicho mil veces que no te necesito! —Pero él no se achantó; su aliento en mi cara era desafiante.

—No me voy a ir, papá. —Se quedó quieto, pero no bajó la mirada, su respiración más pesada—. Sé que estás jodido, aunque no lo digas. Y no te estoy pidiendo nada

—¡No te soporto, pequeño bastardo! —Lo empujé contra la encimera, mi cara a centímetros de la suya, la rabia quemándome por dentro—. ¡No tienes por qué meterte en mi vida! ¡Tu padre no te quiso y yo tampoco!

—No me das miedo, papá, se que no lo dices en serio, durante veinte años fuiste un padre ejemplar, y ¿ahora no me soportas? —Dio un paso más, casi rozándome, su voz tensa pero calmada—. Puedes insultarme todo lo que quieras, sé que estás frustrado. Pero no te creo cuando dices que no me quieres aquí.

—¡Joder, eres un imbécil! —Me sostuvo la mirada, sus manos subiendo a mis brazos, no para apartarme, sino para sujetarme —¡Hijo de puta, no me hagas esto! —Lo empujé otra vez, pero mis manos temblaban, y él no retrocedió—. ¡Vete ahora o no respondo, Carlos!

—No voy a irme, papá, mira todo esto, no puedes solo y lo sabes. —Miré a mi alrededor, la verdad es que vivía en una auténtica pocilga, yo mismo daba asco en camiseta interior y shorts.

—¡Guárdate tu condescendencia, criajo bastardo! —Lo encaré, mi pecho contra el suyo, la rabia quemándome, pero entonces pasó: sus labios chocaron contra los míos, un beso rápido, desesperado. Me aparté de golpe—. ¡Joder, no! ¡Esto no, Carlos!

—Lo siento, papá… yo… no quería… —Se quedó quieto, su cara pálida, los ojos llenos de arrepentimiento, pero su mano temblaba, rozándome el brazo. Supe que mentía, y lo peor era que yo también.

—¡No puedes hacer esto, pequeño idiota! —Respiré como si me ahogara, el corazón desbocado—. Pero… mierda, yo también lo quiero.

En ese momento, mi rabo luchaba por salir de mis calzones, era mi hijo, por el amor de Dios. No pensaba con claridad, pero desde luego tenía claro que yo también lo deseaba. Lo agarré por la nuca y lo besé otra vez, duro, sabiendo que estaba mal, pero incapaz de parar, mi lengua se abría paso entre sus dientes hasta encontrarse con la suya. Sus manos fueron raudas hacia mis nalgas y las apretaron, acercándome a él.

—No le digas nada a mamá —susurró, y pegó su cuerpo al mío, frotando nuestros paquetes. Sentí su dureza y lo empujé otra vez, pero él cayó de rodillas y mirándome me bajó los pantalones, dejando mi erección ante su cara. Empezó a lamerla poco a poco hasta que una brillante gotita apareció en la punta de mi rabo. La miró, jugó con ella en la boca y luego se la tragó junto con el resto de mi erección. Su lengua me volvió loco; terminé agarrándole el pelo y empujando más mi polla en su interior, mientras se atragantaba sentía un placer extremo, escupió mi miembro y tomó aire con dificultad, aunque pronto volvió a metérsela en la boca.

De pronto supe que no podia evitarlo más, y se la saqué de la boca —¡Sí, joder, cabrón! —rugí, manchando los azulejos de la cocina. Caí rendido en una silla y bebí de mi whisky, que ya no tenía hielos. Estaba agotado. Carlos se levantó, se sirvió un vaso de agua de la nevera, lo bebió de un trago y me miró fijamente. No había acabado conmigo.

Aprovechó mi momento de flaqueza para bajarse la bragueta y mostrarme el enorme cañón que tenía bajo sus vaqueros. Pillé la indirecta, pero aun así me agarró del pelo y me lo metió en la boca, bajándome de la silla. No me había recuperado, pero el hijo de puta tenía fuerza.

—Ahora te toca devolverme el favor, papá —sonrió mientras observaba cómo la tenía metida en la boca. Empecé a lamerla poco a poco pasando la punta de mi lengua por su glande y llegando ddsde su fe illo a sus huevos una y otra vez, pero el capullo me la tenía guardada y en cuanto pudo la empujó todo lo adentro de mi boca que pudo, dejándome sin respiración. Su polla era gruesa, completamente opuesta a la mía; apenas podía mantenerla en la boca, mucho menos en la garganta, pero él insistió una y otra vez, dándome pequeñas pausas para respirar.

—¿Te gusta, papá? —o —Seguro que llevas años deseándolo —me decía cada vez que me dejaba respirar, y acto seguido gemía mientras me la metía de nuevo. Lo cierto es que esa situación me ponía un montón y mi rabo empezaba a ponerse duro de nuevo, pero me estaba cansando de que me usase como su juguete.

Me levanté y lo besé, pero él me dio la vuelta y me colocó de cara a la pared mientras apuntaba con su herramienta a mi orificio.

—Ahora mando yo, papá —susurró. En ese momento sentí que me estaba desafiando, esto trataba más de una lucha de fuerzas que de darnos placer, y no iba a permitir que mi hijo me tratase así. Aproveché que se quitaba el pantalón de los tobillos para empujarlo contra la mesa. Ahora que mi pajarito tenía fuerzas para un segundo asalto, lo agarré de la cabeza y las caderas y se la metí de un golpe. Solo entró la cabeza, pero me dolió hasta a mí.

—¡Joder, para, me duele, gilipollas! —chilló, aferrándose a la mesa, arrepentido de haberme provocado. Me quedé quieto un segundo, pero estaba a cien, así que retorcí su brazo en la espalda y me escupí en la otra mano para lubricar su agujero.

—¡Tú lo querías, pequeño guarro, ahora aguanta! —gruñí, y empecé a empujar lenta pero constantemente mi ariete contra su agujero, poco a poco iba entrando, mi mano mantenía su cara contra la mesa, aunque tenía fuerza para levantarse parecía haber aceptado la sumisión. Cuando estuve totalmente dentro me detuve. —¿Estás bien hijo? —Él asintió y empecé a darle duro contra la mesa, el sonido de los golpes llenando la cocina. Él gemía, atrapado entre el dolor y algo más, mientras yo lo reventaba.

Quería ver su cara sufrir esa lección. Lo volteé, y puse sus piernas sobre mis hombros.

—¡Abre bien, cabrón, que te voy a destrozar! —rugí, escupiendo en su culo antes de metérsela otra vez. Gritó, buscando dónde agarrarse, sus ojos llenos de arrepentimiento mientras lo follaba sin parar.

—¡Joder, papá, más suave, por favor! —suplicó y me pegó un fuerte puñetazo en el pecho, sabía por lo que estaba pasando, yo había estado antes en su posición y nunca me había gustado, pero yo estaba en éxtasis y no podía parar, el calor de su interior me hacía gozar como un cabrón, loco de lujuria arremetí contra él una y otra vez. —¡Te arrepientes tarde, pequeño hijo de puta! —gruñí, dándole con todo mientras el sudor nos chorreaba. Se corrió él primero, salpicandome el pecho con varios chorrazos que hicieron que sintiera contraer todos sus músculos mientras gritaba —¡Hostia, me rindo, papá! —Yo seguí hasta que exploté dentro de él, gruñendo, y caímos, hechos mierda. El silencio volvió, yo me senté en una silla y él se quedó sobre la mesa, pero su arrepentimiento y mi culpa pesaban como plomo.
 
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