Marta y Sus demonios

DANTENEREUS

Virgen
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Jul 27, 2026
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Prólogo: La Variable Imprevista​

En mi mundo, la seguridad no es una sugerencia: es un protocolo. He pasado años evaluando riesgos, midiendo densidades y asegurándome de que cada engranaje en una operación minera gire con la precisión de un reloj suizo. Aprendí pronto que un retraso de veinte minutos puede cambiar el curso de una carrera, y que un error de cálculo en el terreno suele pagarse caro.
Pero la vida, a diferencia de una veta de mineral, no siempre se deja mapear.
Existen variables que ningún manual de seguridad puede prever. Hay fuerzas que no responden a la geología, sino a la piel; tensiones que no se acumulan en las rocas, sino en el roce de un vestido rojo bajo luces tenues.
Esta historia no trata sobre la ingeniería, aunque nació entre hangares y oficinas prefabricadas. Trata sobre lo que sucede cuando un hombre acostumbrado a controlar el riesgo se encuentra con una mujer que es, en sí misma, el peligro más fascinante. Es el registro de un encuentro donde la pasión fue experta, la entrega fue total y la verdad... la verdad fue el único derrumbe que no vi venir.
Bienvenidos a la memoria de un error de protocolo que volvería a cometer, solo para aprender cómo se siente el fuego antes de que todo se vuelva ceniza.

Capítulos I y II: El Retraso y la Entrada de Martha​

—¡Oh, no! Voy a llegar tarde al trabajo. El tráfico está fatal, y justo hoy que comienza la gran feria de minería.
Pertenezco al equipo que coordina el comisariato de la empresa organizadora, una de las convenciones más grandes del sector. Al fin llego a mi oficina prefabricada, tipo campamento, instalada junto al hangar donde se desarrollará todo.
Mi jefe de equipo me recibe cruzado de brazos, mirando el reloj: —¿Por qué llegas tarde justo hoy? Tienes un retraso de veinte minutos. Tu función de evaluar riesgos queda cancelada; ahora estás asignado a protocolo y ya vas atrasado. Comienza de una vez.
El día prosigue entre un caos absoluto. Proveedores, expositores y técnicos van de un lado a otro a la espera de la inauguración. Falta solo una hora. Pese a la prisa, el evento despega con éxito.
Ya por la tarde, unos golpes suaves en la puerta interrumpen mi trabajo. Al abrir, me encuentro con una mujer de apariencia impecable. Es la secretaria de gerencia de una importante empresa minera. No olviden este nombre, pues es el eje de esta historia: Martha Sandoval.
—Sí, buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarla? Mi nombre es Eduardo y estoy aquí para apoyarla —le dije. —Sí, señor. Me dijeron que con usted podría ver unos temas referentes a los espacios de mi marca y el ingreso de unos técnicos —respondió.
Martha es una mujer amable, de una comunicación magnética y una voz profunda, madura... la clase de voz que te envuelve como si fuera una locutora de radio.

Capítulo III: El Café Pendiente​

Prosiguió la semana y llegó el fin de la feria. Martha se acercó ese último día a mi oficina para despedirse y agradecer el apoyo. Yo le agradecí a ella su participación y, con una sonrisa contenida, le solté: —Sabes, si no hubiera llegado tarde el primer día, no estaríamos teniendo esta conversación. Por mi retraso me cambiaron de área como castigo. —Ah, mira... O sea que si llegabas temprano no estarías aquí —dijo ella, inclinando ligeramente la cabeza. —Digamos que sí, pero en otras funciones. —Eso es tener suerte, ¿no? Si no, no nos hubiéramos conocido. Me caes bien, Eduardo. —Y tú a mí, Martha. Espero invitarte un café y seguir conversando... claro, si deseas que sea así. —Claro, aquí tienes mi número. Me llamas y coordinamos algo.
Dudé un segundo al mirar su mano antes de agregar: —Por cierto, disculpa que te diga esto... ¿eres casada? Noto tu anillo. —Soy divorciada. Lo del anillo es una larga historia. —Ok, dejémoslo ahí. Es solo que no salgo con personas casadas. —No lo soy —me respondió mirándome a los ojos—. Llámame.
Terminó mi trabajo y me quedaron varios días libres antes de empezar mi próximo proyecto. Era viernes y la invitación a Martha seguía rondando en mi cabeza. Decidí marcarle esa misma tarde.
—Martha, ¿qué tal? ¿Recuerdas la invitación para ese café? Quedó pendiente. ¿Dispones de tiempo hoy a las 6? —Sí, claro —respondió entre risas—. Estaba esperando a que tomases valor... Jajaja, mentira, claro que me acuerdo. Estaba esperando tu llamada. —¿Conoces el local Marios? Está cerca de donde trabajas. —Claro que lo conozco. Me parece bien, a las 6 nos vemos allí.
Nos encontramos a la hora pactada. Luego de conversar y pasar un momento ameno, me comentó sobre su divorcio y los motivos que la condujeron a él. También me contó que acababa de terminar una relación tóxica con un tal Gerardo. Él sí era casado, y la historia había terminado mal cuando su esposa la buscó para pedirle explicaciones. Yo la escuchaba con atención, pero en el aire la tensión comenzaba a cambiar de naturaleza. Nuestras miradas se cruzaron, quemando el ambiente, y quedamos en vernos en una próxima oportunidad.
—Estaré muy atenta a ese encuentro —me dijo con una sonrisa insinuante antes de despedirnos.

Capítulo IV: El Encuentro en Marios (La Tensión)​

Esa noche, Martha ya no era la secretaria de voz aterciopelada que conocí entre planos y hangares.
El vestido rojo, ceñido a sus curvas como una segunda piel, desafiaba la luz tenue de Marios. Mientras la música llenaba los vacíos de nuestra conversación, mi mano encontró la suya por debajo de la mesa. No fue un roce casual; fue un reclamo. El ambiente olía a perfume caro, a licor suave y a la urgencia de lo que ambos habíamos contenido durante semanas.
Cuando mis labios rozaron la curva tibia de su cuello, sentí cómo su respiración se entrecortaba: una señal clara de que el protocolo había muerto y solo quedaba el instinto. Sus caricias bajo la mesa no buscaban sutileza, sino confirmación. Ella estaba tan lista para el incendio como yo.
Le propuse ir a un lugar más privado e íntimo. Martha no dijo una sola palabra; solo me sostuvo la mirada y asintió.

Capítulo V: El Trayecto y La Habitación (La Furia Desatada)​

Salimos de Marios con el pulso acelerado. Las pocas cuadras que nos separaban del hotel parecieron kilómetros de estática eléctrica. Bajo las luces de la calle, el rojo de su vestido vibraba, recordándome que ya no había vuelta atrás. No hubo palabras en el ascensor; solo el sonido de nuestras respiraciones chocando, la piel ardiendo y el roce metálico de las llaves que anunciaban el fin de la diplomacia.
Apenas la puerta de la habitación cerró su cerrojo, el vestido rojo quedó hecho un guiñapo en el suelo. No hubo delicadeza, solo una necesidad animal. Mis manos se hundieron en la firmeza de sus nalgas, levantándola para que enredara sus piernas en mi cintura mientras la estampaba contra la pared.
El primer beso fue una invasión mutua, un intercambio salvaje de saliva y respiraciones entrecortadas. Cuando mi mano bajó y desgarró la fina lencería que la cubría, la encontré empapada, ardiendo, un volcán listo para la erupción que yo estaba ansioso por provocar. No perdimos tiempo en preámbulos. La penetración fue profunda, un choque eléctrico que nos hizo gemir al unísono.
Esa noche fue un ciclo sin fin de sudor, espasmos y posiciones. Nos poseímos en cada rincón de la habitación. Recuerdo la imagen de su espalda arqueada bajo la luz tenue, mi pulso martilleando contra su piel, y su voz de locutora convertida en gritos roncos de puro placer mientras mis embestidas la llevaban, una y otra vez, al borde del abismo.

Capítulo VI: Volviéndonos Expertos​

Esa primera noche fue solo el inicio del incendio. En las salidas siguientes, la familiaridad convirtió la pasión en una ciencia del placer. Ya no era solo furia; era un conocimiento meticuloso de la geografía del cuerpo del otro.
Nos volvimos expertos en el sexo. Yo aprendí el ángulo exacto para hacerla temblar con un solo movimiento de mis dedos, y ella descubrió cómo usar su boca y sus manos para dejarme sin aliento, suplicando por más.
Nuestros encuentros eran maratones de lujuria desvergonzada. Recuerdo una tarde en su departamento, donde la cocina se convirtió en nuestro altar. La tomé por detrás mientras ella se apoyaba en la mesada, el sonido de nuestros cuerpos chocando rítmicamente mezclándose con sus jadeos ahogados. Ella se giraba para buscar mis labios, con los ojos nublados por el éxtasis, pidiéndome que no parara, que la llenara por completo.
Cada encuentro era una nueva exploración de nuestros límites. No había tabúes entre nosotros. Nos entregábamos a un juego de dominación y sumisión física donde solo importaba la intensidad del orgasmo final. Fluíamos tan bien, éramos tan compatibles en la cama, que era fácil ignorar que, fuera de esas sábanas, el mundo seguía girando y los secretos seguían madurando.

Capítulo VII: El Quiebre (La Verdad en las Rocas)​

Todo fluía con la precisión de un mecanismo bien aceitado... hasta esa noche.
Estábamos en su departamento. El eco de nuestro último encuentro todavía flotaba en el aire pesado de la habitación. Martha se servía una copa tras otra, con una urgencia que no era de placer, sino de escape. Dicen que los niños y los borrachos nunca mienten, y esa noche Martha decidió ser la segunda.
—Todavía hablo con Gerardo —soltó de pronto, con la voz arrastrada y los ojos fijos en el fondo de su vaso—. Me encanta lo que hacemos tú y yo, Eduardo... eres un maestro en la cama, de verdad. Pero no estoy enamorada de ti. Estoy enamorada de él.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier bloque de granito en la feria minera. La miré, tratando de encontrar un rastro de duda, pero solo había una embriaguez amarga.
—¿De Gerardo? —pregunté, manteniendo la calma que me había dado el protocolo—. ¿El mismo que es casado? ¿El mismo por el que su esposa te llamó para pedirte explicaciones? No entiendo, Martha. —Él me dice que no la ama —balbuceó ella, agitando la mano como si quisiera espantar la realidad—. Que a mí sí, que pronto... cosas así.

Capítulo VIII: La Salida (Sin Escenas, Sin Retorno)​

Sentí una mezcla de decepción y una extraña claridad. La química perfecta que habíamos construido era, para ella, solo un analgésico para el dolor que le causaba otro hombre. Me puse la camisa, abotonándola con la misma frialdad con la que revisaba un informe de riesgos.
—No te preocupes —le dije, mirándola por última vez—. No voy a hacerte una escena. Pero recuerda esto: yo te pregunté antes de que el primer beso siquiera ocurriera si estabas sola. Me dijiste que sí. Yo no entro en terrenos donde no hay transparencia.
Recogí mis cosas mientras ella me miraba sin alcanzar a comprender que me estaba perdiendo para siempre.
—Te dejo aquí, Martha. Espero que aclares tus dudas y que logres vencer a tus propios demonios. Te deseo lo mejor, pero yo no soy el plan B de nadie.
Cerré la puerta detrás de mí. Mientras caminaba hacia mi auto, el aire de la noche se sentía más limpio. Había perdido a una amante experta, pero había recuperado mi dignidad. El próximo proyecto me esperaba, y esta vez, no pensaba llegar tarde.

Capítulo IX: El Expediente (La Redención de los Siete Meses)​

Un día, luego de siete meses, recibí una llamada. Era Martha. Me pidió vernos en Marios. No entendía a dónde iba todo esto, pero acepté y quedamos en encontrarnos.
Siete meses. Ese es el tiempo que tarda un proyecto minero en pasar de la exploración a la excavación, y exactamente el tiempo que le tomó a Martha cambiar el satén rojo por una blusa cerrada hasta el cuello y una Biblia bajo el brazo.
Cuando entró en la cafetería, no caminaba; se deslizaba con esa parsimonia ensayada de quien cree que ha sido perdonado por algo que aún no ha dejado de disfrutar. Su voz, esa que antes incendiaba los auriculares en el hangar, ahora tenía un tono meloso, casi litúrgico.
—Dios sabe que te busqué por las razones correctas, Eduardo —dijo ella, dejando el libro sagrado sobre la mesa como si fuera un escudo.
Yo la miré sin mover un solo músculo. En mi mente, estaba haciendo una evaluación de daños. Martha no había cambiado; solo había cambiado de uniforme. Su mirada seguía buscando la validación que Gerardo no le daba, y su boca seguía pronunciando mentiras, solo que ahora usaba versículos para adornarlas.
—El problema, Martha —le respondí, con la voz tan fría como el acero de una perforadora—, es que Dios podrá perdonarte, pero mi protocolo de seguridad no permite segundas oportunidades en terrenos con falla geológica.
Ella intentó tomar mi mano, un gesto de "hermana en la fe", pero yo ya me había retirado a tiempo. Me di cuenta de que su regreso no era una búsqueda de perdón, sino un intento de ver si yo todavía era el refugio donde podía esconderse de su propia culpa.
—Sigues hablando con él, ¿verdad? —solté, antes de que pudiera empezar su siguiente sermón.
El silencio que siguió fue la confirmación técnica que necesitaba. La Biblia seguía sobre la mesa, pero la sombra de Gerardo estaba sentada entre nosotros.

Capítulo X: El Desenlace (La Verdad Detrás de los Versículos)​

Martha bajó la mirada. El silencio en la cafetería se volvió denso, casi mecánico. Sus dedos acariciaron el borde de la Biblia, pero no buscaba un pasaje; buscaba tiempo para inventar una nueva versión de la realidad.
—Gerardo está pasando por un proceso difícil, Eduardo —murmuró ella, y su voz de locutora perdió el tono celestial para recuperar la urgencia de la mujer que conocí en el hangar—. Él necesita guía. No es lo que tú piensas... lo nuestro ahora es espiritual.
Solté una risa seca, breve, que cortó el aire.
—Espiritual —repetí—. Es fascinante cómo usas la fe para no soltar lo que te destruye. Me pides perdón con un libro sagrado en la mano, mientras mantienes el vínculo con el hombre que te hizo mentirme durante meses. Eso no es redención, Martha. Es una estrategia de mantenimiento.
Ella levantó la vista, y por un segundo, la máscara de santidad se agrietó. Vi la furia, la misma pasión desordenada que nos quemó en aquel hotel, pero esta vez mezclada con una desesperación profunda.
—¡Tú no entiendes lo que es la misericordia! —exclamó, subiendo el tono. —Entiendo lo que es un terreno en litigio —respondí, poniéndome la chaqueta con calma—. Y entiendo que mientras Gerardo sea un inquilino en tu cabeza, no hay espacio para nada real. Dios te perdonará, pero yo no soy tu confesor. Soy el hombre que decidió que su paz vale más que tus crisis de identidad.
Me di la vuelta. Martha empezó a citar un salmo, pero sus palabras se quedaron flotando en el vapor del café. No miré atrás. Al salir a la calle, el aire frío se sintió limpio, como cuando se despeja el polvo después de una voladura controlada en la mina.
El expediente de Martha estaba cerrado. No por falta de amor, sino por exceso de evaluación de riesgos. Algunas estructuras simplemente no están hechas para ser reconstruidas.
 
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