Madre y Tía Convertidas en sus Putas

heranlu

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Todo empezó esa misma tarde, alrededor de las 18:30, mientras Ana Clara estaba tirada en la cama con el celular en la mano y las piernas abiertas, todavía con las bragas puestas.

El tipo se llamaba Diego, 42 años, perfil de “Groncho caliente – sin vueltas”. La foto de perfil ya era una provocación: torso marcado, cadena de oro y un bulto notable en el jean.

Ana Clara le había mandado mensaje primero:

— Hola, vi que estás cerca. Soy directa: busco coger hoy mismo en mi casa. Sin novios, sin cenas, sin boludeces. ¿Te copa? —escribió AnaClara37.

Diego tardó menos de un minuto en responder.

— Jajaja, me encanta la gente directa. Yo también voy al grano. ¿Cómo estás de rica? Mandame una foto de lo que tenés para ofrecer —contestó Diego42.

Ana Clara sonrió con picardía. Se sacó el top, se quedó solo con el corpiño negro de encaje y se sacó una selfie desde arriba, mostrando las tetas grandes y apretadas, con los pezones marcándose.

— Acá tenés. Tetona, culo grande, 37 años, divorciada y con ganas de que me rompan la concha esta noche. ¿Y vos? —envió junto con la foto.

Diego respondió con una foto de su pija: gruesa, venosa, parada, con la cabeza morada y brillante. Medía fácil 20 centímetros y tenía una curva leve hacia arriba.

— Mirá lo que te tengo preparado. Pija gruesa y dura. Me gusta coger fuerte y largo. Te voy a dejar la concha hinchada y chorreando. ¿Te gusta así o preferís suave? —escribió Diego42.

— Me encanta fuerte. Quiero que me cojas como una puta. Que me agarres del pelo, que me des palmadas en el culo y que me llenes de leche. No uses forro, quiero sentir cómo me chorreas adentro —respondió AnaClara37.

— Uff, me pusiste la pija más dura todavía. Mirá —envió otra foto, ahora sosteniendo la verga con la mano, mostrando lo hinchada que estaba—. Te prometo que te voy a coger en todas las posiciones. Primero te voy a comer la concha hasta que te corras en mi boca, después te voy a poner en cuatro y te voy a meter toda la pija de una. Te voy a hacer gritar. ¿Tenés culo virgen o ya te lo hicieron?

— Ya me lo cogieron varias veces, pero hace rato que no. Si querés, esta noche podés probarlo también. Me encanta que me metan la verga en el orto cuando estoy bien mojada —contestó ella.

— Sos una hija de puta caliente. Me encanta. Mandame una foto de tu concha abierta, quiero verla bien.

Ana Clara se bajó las bragas, abrió las piernas frente al espejo del placard, separó los labios gruesos de su concha con dos dedos y sacó una foto bien explícita: rosada, mojada, con el clítoris hinchado y un hilito de humedad bajando.

— Mirá cómo estoy ya de mojada solo de chatear con vos. La concha me palpita. Quiero que me la lamas primero y después me la rompas —envió.

— Qué concha más rica, mamá… tiene pinta de apretada y jugosa. Me voy a comer todo eso. Te voy a chupar el clítoris hasta que tiembles. ¿A qué hora querés que vaya?

— Mi hijo se va a ir con mi hermana en un rato. La casa va a estar sola para nosotros. Vení a las 21:30. Te espero con un vestidito corto sin nada abajo. Apenas entres por la puerta te quiero de rodillas comiéndome la concha contra la pared —respondió AnaClara37.

— Me tenés loco. Te prometo que te voy a coger como nadie te cogió en tu vida. Te voy a dejar caminando raro mañana. Quiero que me chupes la pija hasta que te ahogues, que me babees las bolas y que después te pongas en perrito para que te dé bien profundo.

— Eso quiero. Quiero sentir esa pija gruesa abriéndome toda. Quiero que me des duro, sin piedad. Que me tires del pelo y me digas puta mientras me cogés. Y si te portás bien… capaz te dejo que me llenes el culo también.

— Te juro que te voy a llenar los dos agujeros. Primero la concha, después el orto. Y te voy a hacer tragar mi leche al final. ¿Te gusta que te hablen sucio?

— Me encanta. Decime todo lo que me vas a hacer. Me estoy tocando la concha mientras te leo.

— Te voy a agarrar de las tetas y te las voy a apretar fuerte mientras te meto la verga hasta el fondo. Te voy a dar cachetadas en ese culo gordo que tenés. Te voy a hacer gemir como una perra en celo. Cuando esté por correrme te voy a preguntar dónde querés la leche y vos me vas a rogar que te la meta adentro.

— Sí… quiero todo eso. Quiero que me uses, que me cojas como una cualquiera. Ya estoy empapada. Me tengo que ir a bañar y a arreglarme para vos. No llegues tarde, que la concha me está pidiendo verga.

— A las 21:30 estoy golpeando tu puerta. Preparate, porque te voy a dejar la concha destrozada de tanto coger. Besos en esa concha mojada.

Ana Clara dejó el celular a un lado, respirando agitada. Se pasó dos dedos por la concha y los sacó brillantes. Sonrió satisfecha.

Se levantó, fue al baño y empezó a prepararse: se bañó, se depiló bien la concha, se puso perfume en el cuello, en las tetas y entre las piernas. Mientras se vestía con el vestidito corto negro, recordó el chat y sintió otro latigazo de excitación.

Mientras Ana Clara terminaba de arreglarse frente al espejo de su dormitorio, su corazón latía con una mezcla de nervios y excitación pura. Tenía 37 años, estaba divorciada hacía ya dos años y Ramiro, su hijo, era el único hombre que vivía con ella en esa casa grande y silenciosa. Esa noche había quedado con un tipo que conoció en una app de citas: un morocho de 42, con fotos que prometían una pija gruesa y ganas de coger sin vueltas. Le había escrito claro: “Quiero que me des duro en mi casa, sin preliminares largos”. Él respondió con un emoji de fuego y la hora: 21:30.

Ana Clara se miró el culo en el espejo, ajustó el tanga negro que apenas le cubría la concha depilada y se puso un vestido corto, sin corpiño, para que las tetas le rebotaran al caminar. “Esta noche me van a romper”, pensó, y sonrió. Justo en ese momento sonó el timbre de la puerta de entrada. Era Marlene, su hermana menor de 28 años, que había llegado puntual como siempre.

— Listo, hermanita —dijo Marlene entrando con una sonrisa pícara. Era más bajita que Ana Clara, pero tenía un cuerpo más firme: tetas redondas y paradas, culo grande y una concha que, según le había confesado una vez en confianza, se mojaba solo de pensar en pijas jóvenes—. Yo me encargo de Ramiro. Le dije que necesito ayuda para acomodar el desván de mi casa, que está hecho un desastre después de la mudanza. Él cree que es un favor de sobrino bueno.

Ana Clara soltó una risita baja y le guiñó un ojo.

— Perfecto. Confío en vos. Hacelo bien, que el pibe está caliente últimamente. Lo vi mirándome las tetas el otro día cuando salí de la ducha. Si te lo cogés, contame todo después.

Marlene se mordió el labio inferior, sintiendo ya un cosquilleo en la concha.

— Tranquila. Le voy a acomodar la pija y la concha al mismo tiempo. Vos preparate para que te den bien duro. Después hablamos.

Las dos hermanas se abrazaron rápido, como si sellaran un pacto sucio. Ana Clara abrió la puerta y Marlene salió llamando a Ramiro, que bajaba las escaleras con una remera ajustada y un short de gimnasia que marcaba el bulto de su verga.

— Rami, vení. Necesito que me ayudes en casa con el desván. Hay cajas pesadas y no llego sola. Te invito una cerveza después.

Ramiro, alto, morocho y con el cuerpo marcado de tanto fútbol, sonrió sin sospechar nada.

— Dale, tía. Vamos.

Subieron al auto de Marlene y en menos de quince minutos estaban en su casa, una casita de dos pisos en un barrio tranquilo. Marlene cerró la puerta con llave y subió directo al desván, que realmente estaba lleno de cajas, pero eso era lo de menos.

— Empecemos por acá arriba —dijo ella, subiendo la escalera angosta primero, sabiendo que Ramiro le miraba el culo que se movía bajo la pollera corta.

Una vez en el desván, Marlene se agachó a propósito para levantar una caja, dejando que la pollera se le subiera y mostrara el tanga rojo que se le metía entre las nalgas. Ramiro tragó saliva.

— Tía… ¿estás segura de que querés mover todo esto hoy?

Marlene se dio vuelta despacio, se acercó a él y le puso una mano en el pecho.

Mientras Marlene le clavaba los ojos a Ramiro y le pasaba la mano por el pecho, a treinta cuadras de ahí, en la casa de Ana Clara, la cosa ya estaba que ardía.

Ana Clara apenas abrió la puerta cuando Diego la empujó contra la pared del pasillo sin decir ni una palabra. El tipo era más grande de lo que parecía en las fotos: brazos fuertes, pecho ancho y una verga que ya le marcaba el jean como una barra de hierro.

— Te dije que no quería vueltas —gruñó él, bajándole el vestidito de un tirón. Las tetas de Ana Clara saltaron libres y él se las agarró con las dos manos, apretándoselas fuerte mientras le metía la lengua en la boca.

— Cogeme ya, hijo de puta… —jadeó ella.

Diego se arrodilló rápido, le abrió las piernas y hundió la cara entre sus muslos. Le lamió la concha entera con la lengua plana, chupándole los labios gruesos y después clavándole la punta en el clítoris hinchado. Ana Clara gritó fuerte, agarrándole la cabeza.

— ¡Sííí! Comeme la concha… meteme la lengua adentro, así… ¡ay, la puta madre!

Mientras Diego la comía como un animal, succionando y metiendo dos dedos gruesos, a treinta cuadras Marlene ya tenía la pija de Ramiro en la boca.

Marlene se dio vuelta despacio, se acercó a él y le puso una mano en el pecho. Sentía el corazón de Ramiro latiendo fuerte bajo la remera.

— Rami… no te traje solo para mover cajas —susurró con voz ronca, mirándolo a los ojos—. Tu mamá está en casa ahora mismo abriendo las piernas para un tipo que conoció por internet. Y yo… hace rato que quiero probar esta pija que tenés.

Le bajó la mano despacio hasta el short y le apretó el bulto duro que ya se marcaba.

— Mirá cómo se te paró… qué verga caliente.

Ramiro tragó saliva, todavía sorprendido pero con la pija palpitando.

— Tía Marlene… ¿estás segura? Esto es…

— Shhh —lo cortó ella, poniéndole un dedo en los labios—. Estoy más segura que nunca. Quiero que me cojas. Quiero que me uses como a una cualquiera. Sacate el short.

Ramiro obedeció. En cuanto se bajó el short y el bóxer, su pija saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza ya brillando de precum. Marlene se mordió el labio inferior y soltó un gemido bajo.

— Ay, la concha… mirá qué pija tenés, hijo de puta. Es más grande de lo que imaginaba. Gruesa, recta, con esas venas marcadas… me la voy a comer toda.

Se arrodilló despacio en el piso polvoriento del desván, sin importarle nada. Agarró la verga con las dos manos, la acarició de arriba abajo y le dio un beso largo en la cabeza. Después sacó la lengua y lamió el precum que salía.

— Mmm… qué rico sabor. Salado y caliente. Me encanta.

Abrió la boca y se la metió despacio, solo la cabeza al principio, chupando con fuerza mientras movía la lengua alrededor. Ramiro soltó un gemido ronco y le puso una mano en la cabeza.

— Mierda, tía… qué boca caliente tenés…

Marlene sacó la pija un segundo, la miró brillante de saliva y escupió encima con ganas.

— Te voy a mamar hasta que me llores, Rami. Quiero que me cojas la boca como si fuera una concha.

Volvió a metérsela, esta vez más profundo, bajando hasta que la cabeza le tocó la garganta. Empezó a chupar con ritmo, haciendo ruidos húmedos y obscenos: glup, glup, glup. La baba le caía por la barbilla y le mojaba las tetas. De vez en cuando sacaba la verga, la golpeaba contra su lengua y volvía a tragársela entera.

— Así… mamame la pija, tía… metétela toda… sos una puta increíble —jadeaba Ramiro, empezando a mover las caderas, cogiéndole la boca con más fuerza.

Marlene gemía alrededor de la verga, vibrando con la garganta. Sacó la pija un momento para respirar y le dijo, con la voz entrecortada y llena de saliva:

— Decime sucio… decime que soy tu tía puta… que me vas a romper la concha después de que te la mame.

Ramiro le agarró el pelo con más fuerza.

— Sos mi tía puta… la hermana de mi vieja… y te voy a coger la concha hasta que no puedas caminar. Te voy a llenar de leche como a una perra.

Marlene soltó un gemido de placer y se la metió otra vez hasta el fondo, ahogándose un poco, con los ojos llorosos pero sin parar. Le agarró las bolas y se las masajeó mientras lo mamaba con desesperación.

Después de varios minutos de mamada salvaje, Marlene se levantó, se sacó la pollera y el top de un tirón y quedó completamente desnuda. Sus tetas redondas y firmes quedaron al aire, con los pezones duros como piedras. Se dio vuelta, apoyó las manos en una pila de cajas y abrió las piernas, ofreciéndole el culo y la concha.

— Mirá cómo estoy… —dijo, separando los labios de su concha con dos dedos. Estaba empapada, los labios hinchados y brillantes, con un hilito de jugo colgando—. La concha me chorrea solo de chuparte la pija. Ahora metémela, Rami. Meteme esa verga gruesa de una vez.

Diego se puso de pie, se sacó la pija (20 centímetros de verga gorda y venosa) y la frotó contra la concha empapada de Ana Clara. De un empujón se la metió toda. Ana Clara abrió la boca en un grito ahogado.

— ¡Aaaahhh! ¡Qué gruesa! ¡Me estás abriendo toda, Diego… cogeme fuerte!

Él la levantó una pierna, la apoyó contra la pared y empezó a bombear como un toro: metidas largas, profundas, haciendo que las bolas le golpearan el culo. Le agarró las tetas y se las apretó mientras le mordía el cuello.

— Gritá, puta… quiero que grites mientras te rompo la concha —le decía entre embestidas.

Ana Clara no paraba:

— ¡Más duro! ¡Meteme toda la pija! ¡Quiero que me dejes la concha hinchada… sííí… así, así, no pares!

La cogió contra la pared, después la tiró en el sofá del ****** de rodillas y le dio en cuatro patas, agarrándola del pelo como riendas. Le daba cachetadas fuertes en el culo que resonaban en toda la casa.

— ¡Sí! ¡Dame más! ¡Soy tu puta esta noche… rompeme el culo a palmadas!

En el desván, Marlene se había sacado toda la ropa y estaba sentada encima de Ramiro, que estaba tirado en el piso sobre una frazada vieja. Se besaban y manoseaban con furia, se refregaban uno contra el otro como posesos.

— Cogeme ya, Rami… ¿Te gusta cómo te tragué la verga entera…? —gemía ella.

Ramiro la puso en cuatro, se escupió la palma de la mano, se untó la pija y apoyó la cabeza gorda contra la entrada de la concha de su tía. Empujó despacio al principio, sintiendo cómo los labios se abrían para dejarlo entrar.

Ramiro le apretaba las nalgas y la ayudaba a bajar más fuerte.

— Tu concha está apretadísima, tía… me estás estrujando la pija…

Marlene se reclinó hacia atrás, le metió la lengua en la boca y siguió entregándose más ardiente.

— Uff… qué rico coño, tía Marlene…

— ¡Sííí! —gritó ella cuando la pija entró hasta la mitad—. Metela toda… no tengas miedo… quiero sentirte hasta el fondo.

Ramiro empujó de una sola vez y la verga desapareció completa dentro de la concha caliente y mojada. Marlene soltó un alarido de placer.

— ¡Ay, la puta madre! Qué gruesa… me estás abriendo toda… cogeme, Rami… cogeme fuerte como un macho.

Él empezó a moverse: primero con embestidas largas y profundas, sacando casi toda la pija y volviéndola a meter hasta las bolas. El sonido húmedo de la concha tragándose la verga llenaba el desván.

— Tu concha me aprieta tanto… está chorreando… —gruñía él, agarrándola de las caderas y acelerando el ritmo.

Marlene empujaba el culo hacia atrás, encontrándose con cada metida.

— Más duro… rompeme la concha… quiero que me des como si me odiaras… sí, así… ¡dale más fuerte!

Ramiro le dio una cachetada fuerte en el culo que resonó. Marlene gritó de gusto.

— ¡Otra! ¡Dame más palmadas mientras me cogés!

Él le dio varias más, dejando las nalgas rojas, mientras seguía bombeando sin parar. Marlene se corrió la primera vez de repente: la concha se le apretó alrededor de la pija, tembló entera y soltó un chorro de jugo que le mojó las bolas a Ramiro.

— ¡Me corro… me corro en tu pija, sobrino… no saques… seguí cogiendo!

Ramiro no paró. Siguió dándole con fuerza, sintiendo cómo la concha palpitaba y chorreaba alrededor de su verga.

— Sos una puta increíble, tía… me estás ordeñando la pija…

Marlene, todavía temblando del orgasmo, giró la cabeza y le dijo con voz entrecortada y sucia:

— Ahora sacala y metemela en el orto… quiero que me cojas los dos agujeros esta misma noche…

Diego la levantó como si no pesara nada, con las piernas de Ana Clara rodeándole la cintura y la pija todavía medio enterrada en su concha chorreante. La llevó cargada por el pasillo hasta el dormitorio, besándola con lengua mientras caminaba, mordiéndole el labio inferior.

La tiró boca arriba en la cama de matrimonio con un golpe seco. Ana Clara rebotó en el colchón, las tetas grandes saltando. Diego le agarró los tobillos, le levantó las piernas hasta que las rodillas le tocaron las tetas y le abrió el culo y la concha completamente expuestos.

De un solo empujón brutal le metió toda la pija otra vez, hasta el fondo. La cabeza gruesa le golpeó el útero y Ana Clara soltó un grito desgarrador que retumbó en toda la habitación.

— ¡Aaaahhh! ¡La concha! ¡Me estás partiendo al medio, hijo de puta! ¡Qué verga tan gruesa! ¡Más… más fuerte… metémela hasta el fondo!

Diego empezó a cogerla salvaje en misionero profundo, sacando casi toda la pija y volviéndola a clavar con fuerza. Cada metida hacía que las bolas le golpearan el culo con un sonido húmedo y fuerte. El colchón crujía violentamente.

— ¡Así! ¡Rompe esa concha! ¡Quiero que me dejes la concha hinchada y abierta! ¡Cogeme como a una puta barata! —gritaba Ana Clara sin control, las tetas rebotando con cada embestida.

— Callate y abrí más las piernas, hija de puta —gruñó Diego, sudando, mientras le apretaba las tetas con fuerza, pellizcándole los pezones duros—. Mirá cómo te clavo toda la verga… tu concha está chorreando como una fuente. Sos una perra en celo.

Ana Clara arqueaba la espalda, clavándole las uñas en los brazos.

— ¡Sííí! ¡Soy tu perra! ¡Meteme más fuerte! ¡Quiero que me dejes caminando raro toda la semana! ¡No pares, carajo! ¡Más duro… rompeme!

Diego la cogió así durante varios minutos, cada vez más rápido y más profundo, hasta que el sudor les corría por el cuerpo. De repente le dio vuelta con brusquedad, poniéndola en cuatro patas. Le escupió directo en el orto, un escupitajo grande y espeso que le corrió por el agujero arrugado. Sin sacarle la pija de la concha, le metió dos dedos gruesos en el culo, abriéndolo mientras seguía bombeando la concha con fuerza.

Ana Clara temblaba entera, gritando como loca.

— ¡Ay, la puta madre! ¡Me estás abriendo el culo con los dedos mientras me cogés la concha! ¡Qué rico… meteme más dedos! ¡Preparame el chiquito para tu verga grande!

— Te voy a romper los dos agujeros esta noche, puta —le dijo Diego con voz ronca, moviendo los dedos adentro y afuera del ojete mientras la verga entraba y salía de la concha—. Decime qué querés ahora.

Ana Clara giró la cabeza, con el pelo pegado a la cara por el sudor, y gritó desesperada:

— Meteme la pija en el culo… ¡ahora mismo! ¡Quiero sentir esa verga gruesa abriéndome el cagadero! ¡Haceme tu puta del culoroto… por favor… metémela toda!

Diego no se hizo rogar. Sacó la pija brillante de jugos de la concha con un sonido húmedo, apoyó la cabeza gorda y morada contra el agujero del culo y empujó despacio pero firme. El orificio anal de Ana Clara se abrió lentamente alrededor de la verga gruesa. Cuando la cabeza entró entera, Ana Clara soltó un alarido largo y gutural de placer y dolor mezclado.

— ¡Aaaahhh! ¡Qué gruesa, carajo! ¡Me estás rompiendo el culo! ¡Duele… pero no saques! ¡Metela toda… despacio… así… ay, la concha me palpita!

Centímetro a centímetro, la pija desapareció dentro del esfínter apretado hasta que las bolas le tocaron la concha chorreante. Ana Clara respiraba agitada, temblando.

— Movete… empezá a cogerme por atrás… quiero sentir cómo me das por el culo…

Diego empezó a darle ritmo: primero lento y profundo, sacando casi toda la verga y volviéndola a meter hasta el fondo. Después fue acelerando, cada vez más rápido, más fuerte. Le metió tres dedos en la concha al mismo tiempo, follándola por los dos agujeros a la vez.

— ¡Sííí! ¡Cogeme el marroncito! ¡Más rápido! ¡Quiero que me des como un animal! ¡Soy tu puta del culo… haceme gritar! —gritaba Ana Clara sin parar, empujando el pandero hacia atrás para recibir cada metida.

Diego le dio una cachetada fuerte en la nalga derecha.

— Gritá más fuerte, perra. Quiero que los vecinos sepan que te están rompiendo el orto.

— ¡Aaaahhh! ¡Me estás destrozando el culo! ¡Más… más… no pares nunca! ¡Meteme los dedos más profundo en la concha!

Ana Clara se corrió de repente con un grito bestial. Todo el cuerpo se le tensó, la concha le apretó los dedos de Diego y soltó chorros de jugo caliente que le mojaron la mano y la cama.

— ¡Me corro… me corro en el orto! ¡No saques la pija! ¡Llename el culo de leche… quiero sentir cómo me chorreas adentro! ¡Soy tu puta… lléname!

Diego rugió como un animal, aceleró las embestidas en el ojete masacrado hasta que no aguantó más. Empujó hasta el fondo y se descargó con fuerza: chorros calientes, espesos y abundantes de semen inundaron el intestino de Ana Clara. Siguió corriéndose varios segundos, llenándola tanto que el semen empezó a chorrear por los costados de la verga, saliendo mezclado con los jugos de la concha.

— ¡Tomá toda mi leche, puta! ¡vas a cagar leche… así… recibí todo!

Ana Clara seguía temblando del orgasmo, gimiendo bajito mientras sentía cómo la pija palpitaba adentro de su culo lleno de semen.

— No la saques todavía… dejala adentro un rato… quiero sentirte palpitando en mi orto…

Diego se quedó enterrado hasta las bolas, respirando agitado, mientras le acariciaba el culo rojo de las palmadas.

— Sos una hija de puta increíble… todavía te voy a coger más antes de irme.

Ana Clara sonrió con la cara apoyada en la almohada, la voz ronca de tanto gritar.

— Cuando quieras… esta noche la concha y el orto son tuyos… usame todo lo que quieras.

Marlene seguía en cuatro patas contra las cajas del desván, el culo bien abierto y levantado, la concha todavía chorreando de su primer orgasmo. Giró la cabeza, con el pelo revuelto y la cara colorada, y miró a Ramiro con ojos vidriosos de puta en celo.

— Sacala de la concha… y metémela en el culo ahora, Rami. Quiero que me cojas por atrás.

Ramiro sacó la pija brillante de jugos con un sonido húmedo. La verga estaba hinchada, venosa y completamente mojada. La apoyó contra el agujero arrugado de su tía y escupió encima, un escupitajo grueso que le corrió por la raya.

— Te voy a romper el orto, tía Marlene —dijo con una voz más grave y dominante que nunca—. Te voy a meter toda la pija hasta que llores. ¿Estás lista para que te use como a una perra?

Marlene tembló de anticipación y miedo mezclado.

— Sí… hacelo… soy tu puta… metémela toda.

Ramiro agarró las caderas de su tía con fuerza, clavándole los dedos en la carne, y empujó. La cabeza gorda de su verga forzó el agujero apretado. Marlene soltó un gemido agudo cuando la punta entró.

— Ay… despacio… es muy gruesa…

Pero Ramiro no fue despacio. Empujó con más fuerza, abriéndole el culo centímetro a centímetro. Marlene apretó los dientes y empezó a llorar de verdad: lágrimas calientes le corrían por las mejillas mientras la pija gruesa le estiraba el orto sin piedad.

— ¡Aaaahhh! ¡Me duele… me estás rompiendo, Rami! ¡Es demasiado grande!

Las lágrimas le caían abundantes, pero al mismo tiempo empujaba el traste hacia atrás, pidiendo más. Ramiro sonrió con una sonrisa oscura y dominante. Le agarró el pelo con una mano, tirando fuerte hacia atrás como riendas, y le metió el resto de la pija de un solo empujón brutal hasta que las bolas le golpearon la concha mojada.

Marlene soltó un alarido largo y desgarrador.

— ¡Aaaayyyy! ¡La puta madre! ¡Me partiste el esfínter! ¡Me estás destrozando… duele… duele mucho!

Lloraba sin control, el cuerpo temblando, pero su concha chorreaba más que nunca, gotas de jugo le caían por los muslos. Ramiro empezó a moverse: primero sacando solo la mitad y volviéndola a clavar con fuerza. Cada metida hacía que Marlene gritara y llorara más fuerte.

— Llorá todo lo que quieras, tía puta —gruñó él, tirándole más fuerte del pelo—. Este orto ahora es mío. Te voy a coger como a una cualquiera. Decime que querés más aunque te duela.

Marlene sollozaba, la voz entrecortada por el llanto y el placer.

— ¡Quiero más…! ¡Aunque me duela… meteme más pija… rompeme el culo, sobrino… soy tu puta… tu tía puta!

Ramiro se volvió más dominante. Le soltó el pelo, le dio una cachetada fuerte en el culo que dejó la nalga roja, y después otra y otra. Empezó a bombear más rápido, metidas largas y brutales que hacían que todo el cuerpo de Marlene se sacudiera.

— Mirá cómo llorás mientras te cojo el orto —le decía con voz ronca, sin parar de darle—. Sos una perra degenerada. La hermana de mi mamá dejándose romper el culo por su sobrino. ¿Te gusta que te haga llorar?

— ¡Sííí! —gritó Marlene entre sollozos—. ¡Me gusta… me encanta que seas tan macho…! ¡No pares aunque llore… quiero que me uses… quiero que me rompas!

Ramiro le metió dos dedos en la concha mientras seguía cogiéndole el orto sin piedad. Los movía rápido, haciendo que el jugo le salpicara la mano. Marlene temblaba entera, las lágrimas no paraban de caer, pero su culo empezaba a aflojarse alrededor de la pija gruesa y cada vez gemía más de placer que de dolor.

— Estás empezando a disfrutar como la puta que sos —dijo Ramiro, acelerando el ritmo—. Ahora te voy a coger más fuerte. Agarrate fuerte porque te voy a partir en dos.

Se inclinó sobre ella, le mordió el hombro y empezó a darle metidas salvajes, cortas y rapidísimas, clavándole la pija hasta el fondo una y otra vez. El sonido de las bolas golpeando la concha mojada se mezclaba con los sollozos y gritos de Marlene.

— ¡Aaaahhh! ¡Sí… así… rompeme! ¡Me estás destrozando el orto pero quiero más… más fuerte… haceme llorar más!

Ramiro demostraba ser un macho dominante de verdad. Le agarró las muñecas, se las puso detrás de la espalda y las sostuvo con una sola mano mientras con la otra le daba palmadas fuertes en las nalgas. El culo de Marlene estaba rojo intenso, marcado por las manos de su sobrino.

— Decime quién manda acá —le exigió, sin dejar de cogerle el orto con fuerza brutal.

— ¡Vos… vos mandás…! ¡Sos el macho… sos mi dueño… cogeme como quieras… soy tu puta sumisa!

Marlene lloraba a los gritos, pero su cuerpo traicionaba el dolor: la concha le chorreaba sin parar y empezaba a contraerse alrededor de los dedos de Ramiro. Él sintió que estaba cerca y sacó los dedos para concentrarse solo en el culo.

— Te voy a llenar el orto de leche, tía. Te voy a marcar por dentro como mía.

Marlene sollozaba y gemía al mismo tiempo.

— ¡Sí… llename… chorreame el culo de semen… quiero sentir cómo me inundás… aunque me duela… quiero tu leche caliente adentro!

Ramiro aceleró como un animal, tirándole del pelo otra vez, dándole cachetadas sin parar. El desván se llenó de los gritos y llantos de Marlene, del slap slap de la piel contra piel y de los gruñidos dominantes de Ramiro.

De repente Marlene se corrió con violencia: el cuerpo se le tensó, el orto se le apretó como un puño alrededor de la pija y soltó un chorro largo de jugo que mojó el piso. Lloraba y gritaba al mismo tiempo.

— ¡Me corro… me corro con la pija en el culo… no saques… soy tu puta… lléname!

Ramiro rugió como un macho en celo y empujó hasta el fondo. Se corrió con fuerza, chorros espesos y calientes de semen inundando el orto profundo de su tía. Siguió corriéndose varios segundos, llenándola tanto que el semen blanco empezó a chorrear por los costados de la verga todavía enterrada.

Cuando terminó, no sacó la pija enseguida. Se quedó adentro, palpitando, mientras Marlene lloraba bajito, temblando, con el culo completamente destrozado y lleno de leche.

Ramiro le acarició el pelo con una mano sorprendentemente suave después de tanta dominancia y le susurró al oído:

— Lloraste rico, tía. Pero esto no termina acá. Esta noche te voy a coger el orto otra vez… y vas a llorar más todavía. Porque ahora sos mía.

Marlene, con la voz rota de tanto gritar y llorar, respondió entre sollozos y una sonrisa débil:

— Soy tuya… rompeme cuando quieras… mi culo es tuyo, Rami…

Ramiro sacó la pija despacio. Un chorro grueso de semen le salió del orto abierto y le corrió por la concha y los muslos. Marlene se derrumbó sobre las cajas, el culo rojo y abierto, todavía temblando y llorando suavemente de placer y dolor.

Ramiro se paró detrás de ella, la pija todavía semi dura y brillante de semen y jugos, mirando su obra con orgullo de macho dominante.

— Limpiame la pija con la boca, tía puta. Y preparate… porque cuando termine con vos, mamá va a tener que esperar su turno.

Marlene, todavía llorando, se dio vuelta con esfuerzo, se arrodilló y abrió la boca para recibir la verga sucia de su sobrino.

A la mañana siguiente, pasadas las once, la casa de Ana Clara todavía olía a sexo. Marlene llegó con cara de recién levantada, el culo todavía sensible y una sonrisa pícara. Ana Clara la esperaba en la cocina con el mate listo, todavía en bata, con marcas rojas en las tetas y el cuello.

Las dos se sentaron frente a frente. Ana Clara sirvió el mate y fue la primera en hablar, con voz ronca de tanto gritar la noche anterior.

— Contame todo, Marlene. ¿Cómo te fue con Rami? Quiero detalles, no me ahorres nada.

Marlene se mordió el labio, todavía sintiendo el orto palpitante.

— Ay, hermana… fue una locura. Al principio lo llevé al desván con la excusa de las cajas. Apenas subimos le dije que no era solo para acomodar. Me arrodillé y le mamé la pija como una desesperada. Es gruesa, venosa, tiene una cabeza grande que me llenaba toda la boca. La chupé hasta babearle las bolas. Después me puso en cuatro contra las cajas y me cogió la concha fuerte. Me corrí dos veces solo con la pija adentro.

Ana Clara abrió los ojos grandes, excitada solo de escuchar.

— ¿Y después?

Marlene bajó la voz, aunque estaban solas.

— Después le pedí que me cogiera el orto. Y ahí se transformó, Clara. Se puso dominante como un macho de verdad. Me metió la pija de una sola vez, sin casi prepararme. Me dolió un montón, empecé a llorar como una nena. Le dije que me estaba rompiendo el culo, que era demasiado grande… pero él no paró. Me tiró del pelo, me dio cachetadas fuertes en el culo y me siguió cogiendo más duro. Yo lloraba a los gritos y al mismo tiempo le pedía más. Me corrió adentro del orto, me llenó tanto que el semen me chorreaba por la concha. Después me hizo limpiarle la pija con la boca, todavía sucia de mi culo. Me sentí una puta total… y me encantó.

Ana Clara se removió en la silla, sintiendo que se le mojaba la concha otra vez.

— Qué hijo de puta… no sabía que Rami tenía ese lado dominante. A mí me dieron duro anoche, pero no así.

Ahora le tocaba a ella. Ana Clara se inclinó hacia adelante, con los ojos brillantes.

— Diego llegó puntual. Apenas abrí la puerta me empujó contra la pared y me comió la concha de rodillas. Me metió la lengua y dos dedos hasta que me corrí parada. Después me llevó al dormitorio, me levantó las piernas hasta las tetas y me metió toda la verga de una. Es más gruesa que la de Rami, te juro. Me gritaba “puta” mientras me cogía salvaje en misionero. Yo le pedía más fuerte, que me dejara caminando raro.

Marlene sonrió, tocándose disimuladamente entre las piernas por encima de la pollera.

— ¿Y el orto?

— También. Me puso en cuatro, me escupió en el culo y me metió tres dedos mientras seguía bombeando la concha. Cuando le rogué que me cogiera el orto, me la metió entera. Grité como loca. Me dolió al principio, pero después empecé a disfrutar. Me corrió adentro del culo, me llenó tanto que cuando sacó la pija me chorreaba semen blanco por todos lados. Me dejó el orto abierto y palpitando. Me dijo que todavía me iba a coger más, pero se corrió dos veces y se tuvo que ir. Me dejó destrozada y feliz.

Las dos hermanas se quedaron un rato en silencio, mirándose. El aire entre ellas estaba cargado de morbo y complicidad.

Marlene fue la primera en hablar claro:

— Clara… creo que ya no podemos parar. Rami me rompió el orto anoche y yo quiero más. Quiero que me coja cuando quiera, como quiera. Y vos… te vi cómo lo mirás. ¿No te gustaría probarlo también?

Ana Clara se mordió el labio inferior, sintiendo un latigazo de excitación prohibida.

— Obvio que sí. Anoche mientras Diego me cogía no paraba de imaginarme a Rami metiéndomela. Es mi hijo, pero la pija que tiene… y ahora que sé que puede ser dominante, me calienta el doble. Imaginate las dos juntas con él. Yo chupándole la pija mientras vos le das las tetas. O las dos en cuatro, una al lado de la otra, y él alternando concha y orto.

Marlene soltó una risita baja y sucia.

— O mejor: vos sentada en su cara mientras yo le monto la verga. Después cambiamos. Y cuando esté por correrse, nos ponemos de rodillas las dos para que nos llene la boca y nos pasemos la leche.

Ana Clara ya tenía la mano metida debajo de la bata, tocándose despacio la concha hinchada.

— Podemos hacerlo esta misma semana. Le decimos que es una “noche familiar especial”. Preparo cena, bajamos las luces y cuando termine de comer le decimos que queremos compartirlo. Que las dos somos sus putas ahora. Que puede cogernos cuando se le antoje: en la casa, en el auto, en el desván de tu casa… donde quiera.

Marlene se acercó más, casi susurrando.

— Imaginate las dos lamiéndole la pija al mismo tiempo. Una chupando la cabeza y la otra las bolas. Después nos turnamos para que nos coja. Y cuando nos llene la concha o el orto, nos lamemos el semen entre nosotras. Quiero probar el gusto de mi sobrino mezclado con tu concha.

Ana Clara gimió bajito, moviendo los dedos más rápido.

— Me encanta la idea. Rami ya demostró que es un macho. Anoche te rompió el culo y te hizo llorar pidiendo más. Con las dos va a estar en el paraíso. Podemos hacer tríos todas las semanas. A veces él nos domina a las dos, nos tira del pelo, nos da palmadas, nos obliga a rogárselo. Otras veces nosotras lo provocamos hasta que no aguante y nos coja como animales.

Marlene asintió, excitada.

— Y si algún día querés traer a otro tipo como Diego, yo me llevo a Rami y le preparo la concha para cuando vuelvas. O mejor todavía: lo invitamos a mirar mientras te cogen y después él te limpia la concha con la lengua. Todo vale.

Ana Clara sacó los dedos de su concha, brillantes de jugo, y se los ofreció a su hermana. Marlene los chupó sin dudar, gimiendo.

— Entonces está decidido —dijo Ana Clara—. Esta semana lo hacemos. Le vamos a decir que las dos queremos ser sus putas. Que puede cogernos juntas o por separado, pero que el pibe ahora tiene dos conchas y dos culos a disposición.

Marlene sonrió con malicia, todavía con el sabor de su hermana en la boca.

— Dos conchas, dos culos y dos bocas que van a mamarle la pija cuando quiera. Pobre Rami… no sabe la que se le viene encima.

Las dos hermanas se rieron bajito, cómplices y calientes. Sabían que esa noche había abierto una puerta que ya no iban a cerrar. Ramiro había pasado de ser el hijo y sobrino bueno a ser el macho que las iba a coger a las dos cuando se le antojara.

Y ellas, convertidas en putas familiares, ya no veían la hora de que llegara el próximo encuentro.

Días después, un viernes por la noche, Ana Clara preparó una cena especial en su casa. La mesa estaba puesta con luces bajas, velas aromáticas y una botella de vino tinto bien frío. Ramiro llegó cerca de las nueve, todavía con olor a la facultad. Al entrar al ****** vio a su tía Marlene ya cómodamente sentada, con una pollera jean cortísima que se le subía por los muslos y una blusa escotada que apenas contenía sus tetas firmes.

— Vení, hijo, sentate acá entre nosotras —dijo Ana Clara con voz cariñosa pero cargada de intención—. Hoy hice milanesas con puré y Marlene se quedó a cenar. Hace rato que no estamos los tres tranquilos, como una familia.

Los tres empezaron a comer y a charlar de cosas normales: la facultad de Ramiro, el trabajo de Marlene, el último partido de fútbol. Pero apenas sirvieron el segundo vaso de vino, Ana Clara miró a su hermana con una sonrisa pícara y cambió el rumbo de la conversación.

— Marlene, ¿te acordás cuando teníamos veinte y pico y salíamos todos los fines de semana? Éramos dos locas. Yo me cogía a cualquiera que me gustara en la pista. Una vez, en el auto de un morocho que ni sabía cómo se llamaba, me abrió las piernas en el asiento de atrás y me metió la pija sin casi hablar. Yo gritaba “¡cogeme más fuerte, no pares, quiero que me dejes la concha hinchada toda la semana!”. El tipo me dio tan duro que al día siguiente casi no podía caminar.

Marlene soltó una carcajada baja y miró de reojo a Ramiro, que ya había dejado de masticar y las escuchaba con atención creciente.

— Claro que me acuerdo, Clara. Vos eras la que más gritaba. Yo era más de dejarme llevar. Me gustaba que me cogieran el orto. Una noche me llevaron a un departamento dos pibes juntos. Uno me cogía la concha y el otro me metía la verga en el culo al mismo tiempo. Lloré de placer y dolor, pero les pedía “¡no paren, rómpanme los dos agujeros!”. Terminé llena de leche por todos lados. Éramos dos putas de veinte años y nos encantaba.

Ramiro tragó saliva. La pija ya se le empezaba a endurecer debajo de la mesa.

Ana Clara se sirvió más vino y siguió, mirando directamente a su hijo.

— Con Diego la otra noche me acordé exactamente de esos tiempos. Me cogió como un animal. Apenas entró por la puerta me empujó contra la pared, me bajó el vestidito y me comió la concha de rodillas. Después me llevó al dormitorio, me levantó las piernas hasta que las rodillas me tocaron las tetas y me metió toda esa verga gruesa de una sola estocada. Yo gritaba como loca: “¡Partime la concha, hijo de puta! ¡Quiero que me dejes caminando raro mañana!”. Me dio tan fuerte que las bolas me golpeaban el culo con cada metida. Después me dio vuelta, me escupió en el orto y me metió tres dedos mientras seguía bombeando la concha. Cuando le rogué que me cogiera el culo, me la metió entera. Me corrí gritando, chorros de jugo me salían mientras me llenaba el orto de leche caliente. Me dejó destrozada y feliz.

Marlene se mordió el labio inferior con fuerza y cruzó las piernas, frotándolas disimuladamente.

— Y yo con vos en el desván, Rami… todavía tengo el orto sensible de esa noche. Me arrodillé y te mamé la pija como una desesperada, metiéndomela hasta la garganta, babeando todo. Te dije “decime que soy tu tía puta”. Después me pusiste en cuatro contra las cajas y me cogiste la concha fuerte. Me corrí dos veces solo con tu verga adentro. Pero lo mejor fue cuando te pedí que me rompieras el orto. Me metiste la pija entera sin casi prepararme. Empecé a llorar como una nena: “¡Me estás destrozando el culo, Rami! ¡Es demasiado grande!”. Pero al mismo tiempo empujaba el culo hacia atrás pidiendo más. Me tiraste del pelo, me diste cachetadas fuertes que me dejaron las nalgas rojas y me llenaste el orto de semen espeso y caliente. Me sentí tan puta… tan tuya. Todavía cuando me siento siento cómo me chorreaste adentro.

Ramiro respiraba más agitado. La verga le palpitaba dolorosamente contra la tela del pantalón.

Ana Clara se inclinó hacia adelante, dejando que el escote se abriera y se le vieran claramente las tetas grandes y el encaje del corpiño.

— Tu tía y yo hablamos bastante estos días, hijo. Las dos coincidimos en que nos encanta cómo cogés. Marlene me contó con lujo de detalles cómo la hiciste llorar mientras le rompías el orto, cómo la dominaste. Yo quiero probar eso también. Quiero que nos cojas a las dos. Juntas. Quiero que nos uses como a tus putas personales. Que nos tires del pelo, que nos des palmadas en el culo, que nos hagas rogar por tu pija.

Marlene se levantó despacio de su silla, rodeó la mesa y se paró detrás de Ramiro. Le pasó las manos por el pecho y le susurró al oído mientras le acariciaba el bulto duro por encima del pantalón con la palma abierta.

— Imaginate, sobrino… las dos hermanas desnudas para vos toda la noche. Una chupándote la pija lenta y profundo mientras la otra te ofrece las tetas para que las aprietes, las mames y les des mordidas. Después nos ponés en cuatro sobre esta misma mesa, culos juntos y bien abiertos, y nos vas alternando como se te antoje: concha de mamá, orto de tía, boca de las dos… lo que quieras. Queremos que nos cojas cuando te dé la gana, donde te dé la gana. En la cocina mientras cocinamos, en la ducha, en mi desván… somos tus putas ahora. Decinos qué querés hacernos.

Ana Clara se abrió la bata lentamente y quedó solo con el corpiño negro transparente y un tanga mínimo. Se pasó dos dedos por la concha por encima de la tela, mostrando la mancha oscura de humedad.

— Mirá cómo estoy, Rami. La concha me chorrea solo de contarte todo esto. No aguantes más, hijo. Cogenos. Mostranos qué macho dominante sos. Queremos que nos rompas las dos esta noche. Queremos gritar, queremos llorar de placer, queremos que nos llenes de leche hasta que rebalse.

Ramiro ya no pudo contenerse. Se levantó de golpe, la pija marcándose enorme y dura en el pantalón. Agarró a Marlene del pelo con fuerza, la atrajo hacia él y la besó con lengua salvaje, metiéndosela hasta la garganta. Después miró a su mamá con ojos oscuros, llenos de deseo y dominancia.

— Las dos son unas putas degeneradas y calientes. Y hoy les voy a demostrar quién es el macho de esta casa de una vez por todas.

Primero empujó a Ana Clara contra la mesa. Le bajó el tanga de un tirón y le metió dos dedos en la concha mientras le apretaba las tetas con la otra mano.

— Estás empapada, mamá. Qué concha de caliente tenés.

Ana Clara gimió alto.

— Cogeme, hijo… meteme esa pija que tienes y deseo.

Ramiro se bajó el pantalón. La verga saltó libre, gruesa y venosa. Sin más preámbulos la sentó a Ana Clara en el borde de la mesa, le abrió las piernas y se la metió entera de una sola estocada. Ana Clara soltó un grito de placer.

— ¡Aaaahhh! ¡Qué gruesa! ¡Llename toda, Rami!

Mientras él empezaba a bombear fuerte en la concha de su mamá, Marlene se arrodilló al lado y le empezó a chupar las bolas, lamiendo el lugar donde la pija entraba y salía de la concha.

— Mirá cómo te come la verga tu mamá… qué puta es —gemía Marlene.

Ramiro cogió a Ana Clara unos minutos con fuerza, después la sacó y empujó a Marlene contra la mesa, al lado de su hermana. Le levantó la pollera, le bajó el tanga y le metió la pija en la concha de un empujón.

— Ahora vos, tía puta. Abrí bien ese culo.

Marlene gritó de gusto.

— ¡Sí! ¡Cogeme fuerte! ¡Usame como la otra noche!

Ramiro las alternaba sin parar: tres o cuatro metidas profundas en la concha de Marlene, después sacaba la pija brillante y se la metía a Ana Clara. Las dos hermanas gemían y se besaban entre ellas, tocándose las tetas.

— Más duro… rompeme la concha —pedía Ana Clara.

— Metémela en el orto ahora —rogaba Marlene.

Ramiro las puso a las dos en cuatro, culos juntos sobre la mesa. Primero le escupió en el orto a Marlene y se la metió despacio pero firme. Marlene lloriqueó de placer.

— Ay… otra vez me estás rompiendo el culo… pero no pares… cogeme el orto, sobrino.

Mientras le daba al culo de su tía, le metía los dedos en la concha a Ana Clara. Después cambió: sacó la pija del orto de Marlene y se la metió en el culo a su mamá.

Ana Clara gritó más fuerte.

— ¡Aaaahhh! ¡Me estás partiendo el orto, hijo! ¡Más… dame más pija!

Ramiro las cogía como un macho dominante, alternando agujeros, tirándoles del pelo, dándoles cachetadas en el culo que dejaban las nalgas rojas. Las dos hermanas gemían y gritaban sin control.

— Soy una perra… lléname —suplicaba Ana Clara.

— Llename el culo de leche —pedía Marlene.

Cuando ya no aguantó más, Ramiro las hizo arrodillarse a las dos frente a él. Les metió la pija en la boca alternando, cogiéndoles la garganta.

— Abrí bien, mamá… tragala toda.

Después las puso una al lado de la otra, bocas abiertas y lenguas afuera. Se corrió con un gruñido largo: chorros espesos de semen caliente les cayeron en la cara, en la lengua y en las tetas. Las hermanas se lamieron entre ellas, pasándose la leche de boca en boca, gimiendo de gusto.

Cuando terminaron, los tres quedaron jadeando, sudados y satisfechos.

Ana Clara miró a su hijo con una sonrisa sucia.

— Esto recién empieza, Rami. Ahora tenés dos putas en casa. Podés cogernos cuando te dé la gana: de día, de noche, en la mesa, en la ducha… donde quieras.

Marlene se limpió un resto de semen de la mejilla y lo miró con ojos brillantes.

— Y la próxima vez queremos que nos rompas las dos al mismo tiempo. Sin piedad.

Ramiro, todavía con la pija semi dura y brillante, sonrió con orgullo de macho.

— Las voy a coger todos los putos días. Son mías ahora.

Las tres se rieron bajito, sudorosas, excitadas y completamente cómplices. La cena familiar había terminado convertida en una orgía salvaje y prohibida, y todos sabían que esa noche marcaba el comienzo de una nueva y adictiva rutina: Ramiro, el macho dominante de la casa, y sus dos putas personales —su mamá y su tía— listas y ansiosas por ser usadas, rotas y llenadas
 
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