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Virgen
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La autopista dibuja líneas rojas y blancas a medida que me alejo del centro. Llego tarde a casa, como casi todos los días. Marisa ya dejó preparada la cena.
—¿Todo en orden, Marisa? —le pregunto.
—Sí, Nancy. Tommy igual que siempre. Lo dejé con su computadora. ¿Quieres que yo le dé la comida?
—No, gracias. Vete, que se hizo tardísimo. Yo me encargo.
Cruzo el pasillo con la bandeja. Tommy está acostado en su cama ortopédica. La pantalla a la altura de la vista.
—Hijo, te traje la comida.
—No tengo hambre.
El mismo ritual de todas las noches.
—Anda, vamos, que necesitas alimentarte, después sigues con tu ordenador.
Corro la pantalla y apoyo la bandeja en una mesita. Le doy una porción de carne. Él se resiste un poco pero luego abre la boca.
—¿Cómo fue tu día? —me pregunta.
—Bien, creo que ya cerramos el acuerdo con el banco. ¿Y tú?
Algo parecido a una sonrisa aparece en sus labios.
—Excelente. Me cansó el partido de fútbol, pero igual a la tarde fui a escalada. El entrenador me dijo que me quiere en el equipo olímpico.
Miro sus piernas inmóviles y sus brazos flácidos. Devora otro bocado y bebe agua con un sorbete.
—Últimamente estás más creativo con tu sarcasmo. ¿Qué hay de la universidad? ¿Te conectaste?
—Aburrida. No aprendí nada nuevo.
Cuando termina de cenar le doy un beso en la frente y pongo sus platos en el lavavajillas. Yo no tengo ganas de comer, la reunión me dejó muy acelerada. En la cama doy vueltas de un lado para el otro, y voy a prepararme un té.
Una luz azul se cuela por el umbral de la puerta de Tommy. Miro la hora. Tres de la mañana. Este chico no me da un respiro.
Abro la puerta y unos gemidos salen del monitor.
Está tan concentrado que ni se da cuenta de que me he parado a su lado. En el ordenador, dos mujeres practican sexo oral y juegan con aparatos que ni siquiera sabía que existían.
—¿Tommy?
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no golpeas?
—Perdón, es que escuché un quejido y me asusté. ¿Qué estás viendo?
—No es asunto tuyo.
—¿Porno? ¿Ahora ves porno?
—¿Qué tiene de raro? Estoy investigando.
Corro el monitor que sigue proyectando la imagen obscena de una enorme vagina ocupando el centro. Me siento en el borde de la cama.
—Tommy. ¿Qué te ocurre, hijo?
—¿En serio me lo preguntas? Mírame. Solo puedo mover el cuello y este dedo. Estoy viendo todo lo que jamás voy a tener. Ninguna mujer va a querer acostarse conmigo.
—No seas así. Hay casos documentados de parejas…
—Por favor, no seas ingenua. Ni siquiera puedo…
—¿Qué?
—Ni siquiera puedo tocarme… o tocar a otra mujer. Mejor déjame solo.
Salgo del dormitorio y cierro la puerta a mis espaldas. Me quedo apoyada contra la madera, sin aire, sintiendo una opresión brutal en el pecho. La culpa me golpea con la misma fuerza de siempre, pero esta vez duele más. A los treinta y dos años, aterrada de que la vida se me escurriera entre las manos, quise ser madre a toda costa. Fui a una clínica, elegí un donante anónimo y lo traje al mundo para satisfacer mi propio egoísmo. Y lo traje roto. Esa es la verdad que no me atrevo a decirle a nadie.
A mis cincuenta creía que había sobrellevado bastante bien su enfermedad, pero esta conversación es demasiado dura. Mi vida siempre ha sido una sumatoria de asistentes terapéuticos, tratamientos experimentales, enfermeras y una rutina que gira alrededor de mi pequeño. En toda esta locura, creo que olvidé que mi hijo estaba cambiando y tenía otro tipo de necesidades.
El tema me sobrepasa. No pienso hablar con el médico de esto y, claramente, no tengo idea de cómo ayudarlo. Esa noche me quedo despierta navegando por internet. Entro a foros. Páginas especializadas. Artículos científicos. Llego a una conclusión. Tommy necesita a alguien que pueda darle algo que yo no puedo proveerle. Una terapeuta sexual, o en castellano: una trabajadora sexual.
Navego. Entro y salgo espantada de sitios de escorts. Mujeres jóvenes semidesnudas que se ofrecen como carne de supermercado. Es demasiado. Tommy necesita alguien que pueda darle el cuidado que su estado requiere y no una chiquilla que, cuando lo vea, salga corriendo espantada.
Finalmente llego a una página. Tania Love. Una mujer de cincuenta y cinco años. Bien. Necesito a alguien experimentada. Tiene una figura perfecta, curvas marcadas, pechos firmes y la elegancia de una mujer sofisticada. No es vulgar. No hay desnudos. Sus fotos son producidas, con vestidos insinuantes, pero acordes a su edad. Una verdadera dama de compañía.
Inicio el chat. Le explico que es para una situación «extraordinaria». Acordamos vernos al día siguiente en un café.
—¿Nancy? —me dice una voz suave y dulce.
Levanto la vista y me sorprendo. Es una mujer cautivadora, con una sonrisa magnética y pequeñas arrugas en la comisura de los ojos que transmiten una extraña y seductora tranquilidad. No viste como en su web. Lleva unos jeans ajustados que marcan su cadera, tenis urbanas y una blusa de seda holgada que insinúa más de lo que muestra.
—Sí, ¿Tania?
Se acerca y me da dos besos. Uno en cada mejilla. Su perfume es sutil pero penetrante. Nos sentamos a conversar. Hay algo en su manera de mirarme, directa y sin parpadear, que me desarma. Hablamos de todo un poco, hasta que del café solo queda una mancha marrón en la taza. El tiempo parece haberse desdibujado entre nosotras.
—Dime, Nancy, ¿por qué me contactaste? —pregunta, inclinándose ligeramente hacia el frente—. Y no me digas que fue por mi encanto. Detrás de esos ojos cansados hay urgencia.
Sonrío, levemente ruborizada por su escrutinio.
—Es mi hijo, Tommy. Tiene dieciocho años y nació con Apraxia Eferente Generalizada. Un caso en millones. Básicamente, razona perfecto y tiene sensibilidad en todo el cuerpo, pero no puede mover nada salvo el cuello y un dedo índice.
Tania apoya su mano sobre la mía en la mesa. Sus dedos son cálidos y firmes. Un escalofrío me recorre el brazo.
—Comprendo. Pero dime en qué encajo yo en todo esto.
—Él nunca ha estado con… ya sabes. Últimamente la frustración lo está consumiendo. Se la pasa viendo pornografía. Hasta ahora ha sido muy fuerte, pero me aterra que caiga en una depresión. Necesito que alguien... lo inicie.
Tania me suelta la mano lentamente y se recuesta en la silla, evaluándome de arriba abajo de un modo que me hace sentir repentinamente expuesta.
—Entiendo. Puedo ayudarte, pero yo no opero como un juguete a domicilio. Si voy a entrar en la intimidad de tu casa y de tu hijo, necesito colaboración. Esto es un trabajo de equipo. ¿Estás dispuesta a involucrarte?
—¿Involucrarme? —repito, descolocada por la intensidad de su tono—. Pensé que íbamos a hablar de un servicio.
—He tratado casos parecidos, Nancy, y en mi experiencia, para los chicos que padecen enfermedades inhabilitantes, la madre nunca es «solo la madre».
Su mirada se clava en la mía, cargada de una promesa indescifrable que me acelera el pulso.
—No te entiendo —le digo.
—Ya llegaremos a eso, pero antes, ¿estás segura de que a él todo le funciona? —pregunta de pronto, cambiando el tono a uno mucho más clínico.
—Totalmente. Cuando lo baño y limpio sus partes, se le endurece como un resorte. Y aunque no pueda tocarse, cada tanto veo los restos involuntarios en su calzoncillo.
—¿Qué opinas de su miembro?
—¿Qué tendría que opinar? —respondo, incómoda, removiéndome en la silla.
—Descríbemelo. ¿Es grande, chico, grueso, fino?
—No entiendo qué tiene que ver esto.
Tania esboza una sonrisa cómplice y vuelve a inclinarse hacia mí, bajando la voz.
—Tú sígueme la corriente, por favor.
—Bueno. No es muy grande. Es suave. A mí me resulta más higiénico para limpiarlo que no tenga vello, así que se lo quito. Eso le da una apariencia angelical… ¿qué? ¿por qué me miras así?
—Por nada. Es que es la primera vez que escucho el término angelical. Es muy bonito. ¿Dirías que es atractivo?
—Todo en él es atractivo. Si no tuviera esa maldita enfermedad más de una chica caería muerta por él.
—¿Nunca se te ocurrió ayudarlo?
—Ayudarlo… ¿cómo?
—Masturbarlo.
—¿Qué? Soy su madre. ¿Cómo podría?
—Imagino que la parte técnica la conoces.
—Pero se supone que una madre no debería…
Mi cara se tiñe de rojo y hago una seña al mozo por dos cafés más, aunque preferiría un vaso de vino.
—Tampoco deberías bañarlo o darle de comer, y sin embargo lo haces.
—Es distinto.
—¿Por qué?
—No lo sé, creo que es un límite que no podría cruzar. No puedo imaginarme hablando con el párroco acerca de cómo le provoco eyaculaciones a mi hijo. Me excomulgarían en el acto.
—Dudo que si el cura es inteligente se escandalice, pero te entiendo. Ahora compláceme. Imagina que no existie ese límite moral, ¿nunca pensaste en tocarlo un poco más de la cuenta cuando lo bañas?
—Tania, yo no soy de piedra, hace diez años que no me acuesto con nadie, ¿te crees que no me he imaginado jugando con esa dureza? Pero, no veo qué tiene que ver con lo que necesito.
—Te seré franca, Nancy. Por experiencia te digo que el éxito de todo esto depende de la libertad mental que tiene la mamá. La sexualidad es como comer, vestirse o bañarse. Son necesidades básicas. Cuando la mamá lo tiene naturalizado y acompaña el proceso, todo fluye. Pero si lo vive con culpa, el hijo también lo percibe y no suele salir bien.
—No te entiendo. ¿A qué te refieres?
—Tommy no es una planta. Vas a tener que hablar con él sobre esto y él va a tener que estar de acuerdo. Si tú dudas, pero lo obligas, va a venir sintiendo que está haciendo algo malo. Probablemente no tiene amigos ni otras personas con quien hablar de lo que le pasa. Yo soy una extraña para él. Si queremos que esto funcione, tú tienes que estar convencida y acompañarlo en el proceso.
—¿Acompañarlo?
—Al principio va a tener mucho miedo. Va a necesitar que tú estés con él y lo tranquilices. Que sienta que es algo natural y que tú lo apruebas.
—No me imaginé que sería así. ¿Tú dices que tengo que estar presente?
—Nancy, no te voy a engañar. En estos temas, Tommy es como un chiquillo que empieza el colegio. Necesita adaptación. Si quieres que funcione para Tommy, vas a tener que dejar muchos prejuicios de lado. Tú eres su único apoyo.
—Pero… pero, ¿tú quieres que mire cuando tienes sexo con él?
—No tengo idea de lo que va a pasar en las primeras sesiones. A lo mejor nos quedamos desnudos y no pasa nada o a lo mejor tenemos relaciones. Todo depende de cómo fluya el momento. La pregunta es si estás dispuesta a acompañarlo sin importar lo que pase.
—Es algo fuerte.
—No tienes que decidirlo ahora. Piénsalo, ya sabes dónde encontrarme. Cuando estés segura, acordamos una cita en mi departamento.
—¿Y mientras tanto qué se supone que debo hacer?
—Si quieres un consejo, cuando te toques, trata de imaginarte ese miembro. Eso te va a ayudar a vencer tantos prejuicios.
Tania se levanta, me da un beso y deja unos billetes en la mesa.
—Espera, ¿cuánto te debo?
—Nada. Yo no le cobro un café a mis amigas. —Me guiña un ojo y se va por la puerta.
Tocarme. Esa mujer no tiene idea de lo que dice. Me acaba de recomendar que me toque pensando en mi hijo. Qué desfachatez. Eso nunca va a pasar. Y aunque quisiera, mi cuerpo lleva diez años adormecido. Allí abajo solo hay aridez y un olvido que duele. No sé qué pretende.
Al día siguiente debo bañarlo. Es un proceso complicado, pero yo me he vuelto una experta. Tommy se mueve con maestría en su silla electrónica y los comandos de voz ayudan mucho. Antes tenía que levantarlo yo sola, pero ahora la silla se acomoda hasta dejarlo a la altura de la tina.
Paso la esponja enjabonada por su cuerpo, y como es costumbre, la tensión aparece. Yo intento ignorarla pero las palabras de Tania aún resuenan en mi cabeza. Cubro mis manos de espuma y froto con cuidado. Es suave y la piel clara. Unas venas azules bordean la masa de carne y se internan en una punta rosada. Deslizo los dedos por los pliegues con delicadeza. Con la otra mano me interno en su parte más privada. Es algo que hago siempre, pero suele ser un trámite rápido y despreocupado. Esta vez mis dedos buscan la entrada y juegan en la puerta, dilatándola un poco con el agua jabonosa.
—¿Qué haces? —me pregunta.
—¿No te gusta?
—Sí, pero nunca lo habías hecho antes.
—Estoy limpiando bien, solo eso —miento.
—Se siente distinto.
Continúo masajeando muy despacio la dureza, pero cuando se hace evidente que la zona está por demás higienizada me detengo. De ninguna manera voy a dejar que el crío me haga un desastre. No sabría cómo manejarlo.
Lo seco y lo visto. Almorzamos en la sala con Chopin de fondo.
—Hijo —le digo mientras acerco una cuchara de sopa a su boca—, estuve pensando en lo que me dijiste la otra noche.
—Qué hay con eso.
—Yo sigo creyendo que aún puedes tener una pareja.
—Mamá ¿otra vez con tus fantasías? —me interrumpe.
—Déjame terminar. Creo que es algo posible si te lo propones, pero también creo que antes necesitas experimentar.
—¿A qué te refieres?
—Contacté a una persona. Ella puede ayudarnos a que tengas las experiencias que no pudiste tener hasta ahora.
—¿Otra enfermera más? Estoy cansado de los terapeutas. Además suena a algo muy impersonal. No soy una vaca para que la ordeñen.
—Ella no es así, te lo prometo. Además yo estaría contigo, si no te gusta podemos parar en cualquier momento.
—No lo sé. Esperemos un poco mejor.
Esa noche me acuesto desnuda. Paso mis dedos por los pechos y desciendo buscando mis pliegues. La fricción inicial me arde. Estoy por abandonar, pero la imagen del baño me golpea de frente. De pronto, una humedad que hacía años no reconocía afloja la tensión y permite que mis dedos resbalen. Acelero el ritmo. La respiración se me corta en la garganta, arqueo la espalda contra las sábanas y hundo el rostro en la almohada buscando ese último tirón de alivio.
—Mamá —Tommy me grita desde su cuarto.
Me coloco la bata y entro.
—¿Qué ocurre? —me pregunta—. Oí gemidos.
—La tele —miento.
Tommy se muerde el labio inferior. Señal de que me quiere decir algo.
—¿A ti te pareció bien? La terapeuta, digo.
—Me gustó mucho, creo que es alguien que sabe lo que hace.
—¿Es joven?
—Tiene más o menos mi edad pero parece algo menor.
—Me gusta que tenga tu edad. ¿Puedes llamarla?
Arreglo con Tania un sábado por la tarde. Ella bloquea toda su agenda para que no tengamos que preocuparnos por el tiempo que nos lleve la sesión.
El departamento está ubicado en una de las zonas más acomodadas de la ciudad. Es un edificio de vanguardia, libre de lujos innecesarios. Adentro, los ambientes siguen la misma estética sin ostentación. Avanzamos por el piso de cemento alisado y nos quedamos en la sala principal. Tania nos recibe con un vestido negro ceñido al cuerpo. Debajo no lleva sostén.
Nos sirve unas gaseosas como si fuéramos amigas de toda la vida.
—Así que tú eres Tommy.
—Eso dicen —responde él con timidez.
—Dime, ¿qué estás estudiando?
—Ingeniería en sistemas. A distancia.
La conversación se estira mientras me retuerzo los dedos. Tania lo anima a hablar de su futuro, de cómo se siente, de sus compañeros de clase. Lo hace con tal destreza que enseguida mi hijo se suelta y confía en ella como si fuera de la familia.
—¿Te explicó tu mamá para qué estamos aquí? —pregunta.
—Algo, pero es un poco confusa con sus explicaciones. Tal vez me puedas explicar mejor.
El calor me sube por el cuello hasta las mejillas, pero me contengo. Tania continúa.
—Dime algo. Esa silla que usas, ¿cómo funciona?
—Es uno de los últimos modelos. El primero lo inventaron para Stephen Hawking y gente que padece ELA. Luego la adaptaron para mí. Puedo darle instrucciones orales, y también con la cabeza, los ojos o la boca. Bajo mi dedo también hay controles.
Señala con la vista su índice.
—¿Te sientes mal al usar un aparato para moverte?
—¿Por qué debería sentirme mal? Me permite a hacer cosas que mi condición me impide. Todos necesitamos alguna ayuda. Es como si la gente se sintiera mal por usar un auto.
—Bien. Me encanta tu respuesta, Tommy. Quiero que pienses en esto. La sexualidad es algo que forma parte de nuestra vida. Una parte esencial. Pero dada tu condición, necesitas un poquito de ayuda para poder tener una sexualidad plena. Mi rol será acompañarlos a que puedan vivir esa sexualidad sin problemas.
—¿Acompañarnos? —Tommy me mira.
—¿Te gustaría que empecemos?
Tommy asiente y sigue a Tania al dormitorio. Yo voy detrás. Un perfume tenue me envuelve al cruzar el umbral; huele a sándalo, madera y cítricos.
—Tommy, la sexualidad requiere que derribemos todas las barreras que nos impiden disfrutar. Las mentales y las físicas. Por eso necesitamos desvestirnos. ¿Podemos quitarte la ropa?
Él asiente.
Ayudo a Tania a desvestirlo y entre las dos acomodamos su cuerpo menudo y frágil sobre las sábanas blancas.
Me alejo unos pasos.
—¿Te vas a ir? —pregunta con tono suplicante.
—No, amor. Me quedaré aquí sentada en la habitación. Como te prometí.
Tania se detiene al lado de la cama y desabrocha los botones de su vestido, uno a uno. La tela negra resbala hasta el piso, dejando al descubierto un cuerpo despampanante, de curvas marcadas, glúteos firmes y pechos erguidos.
Siempre me consideré una mujer que cuida su figura, pero frente a esa escultura toda comparación es inútil. Mis caderas me pesan, los pechos acusan la gravedad, y el fantasma de la celulitis me martilla la cabeza.
Se sienta en el borde de la cama y le acaricia la mejilla. Luego baja con la mano por el cuello y el pecho.
—¿Te gusta?
—Mucho.
—¿Te gustaría que te bese?
Antes de que Tommy pueda responder, Tania se acerca y posa sus labios sobre los de mi hijo. Con paciencia guía el beso, invitando al chico a abrirse para darle paso a su lengua.
Deja caer el peso de su torso sobre él; la fricción de sus senos desnudos roza la piel del muchacho.
El cuerpo de Tommy cambia. Algo empieza a crecer en su entrepierna. fin del primer capitulo parte 2 en la red social del autor original https://twtter.com//status/2089398236427558990
—¿Todo en orden, Marisa? —le pregunto.
—Sí, Nancy. Tommy igual que siempre. Lo dejé con su computadora. ¿Quieres que yo le dé la comida?
—No, gracias. Vete, que se hizo tardísimo. Yo me encargo.
Cruzo el pasillo con la bandeja. Tommy está acostado en su cama ortopédica. La pantalla a la altura de la vista.
—Hijo, te traje la comida.
—No tengo hambre.
El mismo ritual de todas las noches.
—Anda, vamos, que necesitas alimentarte, después sigues con tu ordenador.
Corro la pantalla y apoyo la bandeja en una mesita. Le doy una porción de carne. Él se resiste un poco pero luego abre la boca.
—¿Cómo fue tu día? —me pregunta.
—Bien, creo que ya cerramos el acuerdo con el banco. ¿Y tú?
Algo parecido a una sonrisa aparece en sus labios.
—Excelente. Me cansó el partido de fútbol, pero igual a la tarde fui a escalada. El entrenador me dijo que me quiere en el equipo olímpico.
Miro sus piernas inmóviles y sus brazos flácidos. Devora otro bocado y bebe agua con un sorbete.
—Últimamente estás más creativo con tu sarcasmo. ¿Qué hay de la universidad? ¿Te conectaste?
—Aburrida. No aprendí nada nuevo.
Cuando termina de cenar le doy un beso en la frente y pongo sus platos en el lavavajillas. Yo no tengo ganas de comer, la reunión me dejó muy acelerada. En la cama doy vueltas de un lado para el otro, y voy a prepararme un té.
Una luz azul se cuela por el umbral de la puerta de Tommy. Miro la hora. Tres de la mañana. Este chico no me da un respiro.
Abro la puerta y unos gemidos salen del monitor.
Está tan concentrado que ni se da cuenta de que me he parado a su lado. En el ordenador, dos mujeres practican sexo oral y juegan con aparatos que ni siquiera sabía que existían.
—¿Tommy?
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no golpeas?
—Perdón, es que escuché un quejido y me asusté. ¿Qué estás viendo?
—No es asunto tuyo.
—¿Porno? ¿Ahora ves porno?
—¿Qué tiene de raro? Estoy investigando.
Corro el monitor que sigue proyectando la imagen obscena de una enorme vagina ocupando el centro. Me siento en el borde de la cama.
—Tommy. ¿Qué te ocurre, hijo?
—¿En serio me lo preguntas? Mírame. Solo puedo mover el cuello y este dedo. Estoy viendo todo lo que jamás voy a tener. Ninguna mujer va a querer acostarse conmigo.
—No seas así. Hay casos documentados de parejas…
—Por favor, no seas ingenua. Ni siquiera puedo…
—¿Qué?
—Ni siquiera puedo tocarme… o tocar a otra mujer. Mejor déjame solo.
Salgo del dormitorio y cierro la puerta a mis espaldas. Me quedo apoyada contra la madera, sin aire, sintiendo una opresión brutal en el pecho. La culpa me golpea con la misma fuerza de siempre, pero esta vez duele más. A los treinta y dos años, aterrada de que la vida se me escurriera entre las manos, quise ser madre a toda costa. Fui a una clínica, elegí un donante anónimo y lo traje al mundo para satisfacer mi propio egoísmo. Y lo traje roto. Esa es la verdad que no me atrevo a decirle a nadie.
A mis cincuenta creía que había sobrellevado bastante bien su enfermedad, pero esta conversación es demasiado dura. Mi vida siempre ha sido una sumatoria de asistentes terapéuticos, tratamientos experimentales, enfermeras y una rutina que gira alrededor de mi pequeño. En toda esta locura, creo que olvidé que mi hijo estaba cambiando y tenía otro tipo de necesidades.
El tema me sobrepasa. No pienso hablar con el médico de esto y, claramente, no tengo idea de cómo ayudarlo. Esa noche me quedo despierta navegando por internet. Entro a foros. Páginas especializadas. Artículos científicos. Llego a una conclusión. Tommy necesita a alguien que pueda darle algo que yo no puedo proveerle. Una terapeuta sexual, o en castellano: una trabajadora sexual.
Navego. Entro y salgo espantada de sitios de escorts. Mujeres jóvenes semidesnudas que se ofrecen como carne de supermercado. Es demasiado. Tommy necesita alguien que pueda darle el cuidado que su estado requiere y no una chiquilla que, cuando lo vea, salga corriendo espantada.
Finalmente llego a una página. Tania Love. Una mujer de cincuenta y cinco años. Bien. Necesito a alguien experimentada. Tiene una figura perfecta, curvas marcadas, pechos firmes y la elegancia de una mujer sofisticada. No es vulgar. No hay desnudos. Sus fotos son producidas, con vestidos insinuantes, pero acordes a su edad. Una verdadera dama de compañía.
Inicio el chat. Le explico que es para una situación «extraordinaria». Acordamos vernos al día siguiente en un café.
—¿Nancy? —me dice una voz suave y dulce.
Levanto la vista y me sorprendo. Es una mujer cautivadora, con una sonrisa magnética y pequeñas arrugas en la comisura de los ojos que transmiten una extraña y seductora tranquilidad. No viste como en su web. Lleva unos jeans ajustados que marcan su cadera, tenis urbanas y una blusa de seda holgada que insinúa más de lo que muestra.
—Sí, ¿Tania?
Se acerca y me da dos besos. Uno en cada mejilla. Su perfume es sutil pero penetrante. Nos sentamos a conversar. Hay algo en su manera de mirarme, directa y sin parpadear, que me desarma. Hablamos de todo un poco, hasta que del café solo queda una mancha marrón en la taza. El tiempo parece haberse desdibujado entre nosotras.
—Dime, Nancy, ¿por qué me contactaste? —pregunta, inclinándose ligeramente hacia el frente—. Y no me digas que fue por mi encanto. Detrás de esos ojos cansados hay urgencia.
Sonrío, levemente ruborizada por su escrutinio.
—Es mi hijo, Tommy. Tiene dieciocho años y nació con Apraxia Eferente Generalizada. Un caso en millones. Básicamente, razona perfecto y tiene sensibilidad en todo el cuerpo, pero no puede mover nada salvo el cuello y un dedo índice.
Tania apoya su mano sobre la mía en la mesa. Sus dedos son cálidos y firmes. Un escalofrío me recorre el brazo.
—Comprendo. Pero dime en qué encajo yo en todo esto.
—Él nunca ha estado con… ya sabes. Últimamente la frustración lo está consumiendo. Se la pasa viendo pornografía. Hasta ahora ha sido muy fuerte, pero me aterra que caiga en una depresión. Necesito que alguien... lo inicie.
Tania me suelta la mano lentamente y se recuesta en la silla, evaluándome de arriba abajo de un modo que me hace sentir repentinamente expuesta.
—Entiendo. Puedo ayudarte, pero yo no opero como un juguete a domicilio. Si voy a entrar en la intimidad de tu casa y de tu hijo, necesito colaboración. Esto es un trabajo de equipo. ¿Estás dispuesta a involucrarte?
—¿Involucrarme? —repito, descolocada por la intensidad de su tono—. Pensé que íbamos a hablar de un servicio.
—He tratado casos parecidos, Nancy, y en mi experiencia, para los chicos que padecen enfermedades inhabilitantes, la madre nunca es «solo la madre».
Su mirada se clava en la mía, cargada de una promesa indescifrable que me acelera el pulso.
—No te entiendo —le digo.
—Ya llegaremos a eso, pero antes, ¿estás segura de que a él todo le funciona? —pregunta de pronto, cambiando el tono a uno mucho más clínico.
—Totalmente. Cuando lo baño y limpio sus partes, se le endurece como un resorte. Y aunque no pueda tocarse, cada tanto veo los restos involuntarios en su calzoncillo.
—¿Qué opinas de su miembro?
—¿Qué tendría que opinar? —respondo, incómoda, removiéndome en la silla.
—Descríbemelo. ¿Es grande, chico, grueso, fino?
—No entiendo qué tiene que ver esto.
Tania esboza una sonrisa cómplice y vuelve a inclinarse hacia mí, bajando la voz.
—Tú sígueme la corriente, por favor.
—Bueno. No es muy grande. Es suave. A mí me resulta más higiénico para limpiarlo que no tenga vello, así que se lo quito. Eso le da una apariencia angelical… ¿qué? ¿por qué me miras así?
—Por nada. Es que es la primera vez que escucho el término angelical. Es muy bonito. ¿Dirías que es atractivo?
—Todo en él es atractivo. Si no tuviera esa maldita enfermedad más de una chica caería muerta por él.
—¿Nunca se te ocurrió ayudarlo?
—Ayudarlo… ¿cómo?
—Masturbarlo.
—¿Qué? Soy su madre. ¿Cómo podría?
—Imagino que la parte técnica la conoces.
—Pero se supone que una madre no debería…
Mi cara se tiñe de rojo y hago una seña al mozo por dos cafés más, aunque preferiría un vaso de vino.
—Tampoco deberías bañarlo o darle de comer, y sin embargo lo haces.
—Es distinto.
—¿Por qué?
—No lo sé, creo que es un límite que no podría cruzar. No puedo imaginarme hablando con el párroco acerca de cómo le provoco eyaculaciones a mi hijo. Me excomulgarían en el acto.
—Dudo que si el cura es inteligente se escandalice, pero te entiendo. Ahora compláceme. Imagina que no existie ese límite moral, ¿nunca pensaste en tocarlo un poco más de la cuenta cuando lo bañas?
—Tania, yo no soy de piedra, hace diez años que no me acuesto con nadie, ¿te crees que no me he imaginado jugando con esa dureza? Pero, no veo qué tiene que ver con lo que necesito.
—Te seré franca, Nancy. Por experiencia te digo que el éxito de todo esto depende de la libertad mental que tiene la mamá. La sexualidad es como comer, vestirse o bañarse. Son necesidades básicas. Cuando la mamá lo tiene naturalizado y acompaña el proceso, todo fluye. Pero si lo vive con culpa, el hijo también lo percibe y no suele salir bien.
—No te entiendo. ¿A qué te refieres?
—Tommy no es una planta. Vas a tener que hablar con él sobre esto y él va a tener que estar de acuerdo. Si tú dudas, pero lo obligas, va a venir sintiendo que está haciendo algo malo. Probablemente no tiene amigos ni otras personas con quien hablar de lo que le pasa. Yo soy una extraña para él. Si queremos que esto funcione, tú tienes que estar convencida y acompañarlo en el proceso.
—¿Acompañarlo?
—Al principio va a tener mucho miedo. Va a necesitar que tú estés con él y lo tranquilices. Que sienta que es algo natural y que tú lo apruebas.
—No me imaginé que sería así. ¿Tú dices que tengo que estar presente?
—Nancy, no te voy a engañar. En estos temas, Tommy es como un chiquillo que empieza el colegio. Necesita adaptación. Si quieres que funcione para Tommy, vas a tener que dejar muchos prejuicios de lado. Tú eres su único apoyo.
—Pero… pero, ¿tú quieres que mire cuando tienes sexo con él?
—No tengo idea de lo que va a pasar en las primeras sesiones. A lo mejor nos quedamos desnudos y no pasa nada o a lo mejor tenemos relaciones. Todo depende de cómo fluya el momento. La pregunta es si estás dispuesta a acompañarlo sin importar lo que pase.
—Es algo fuerte.
—No tienes que decidirlo ahora. Piénsalo, ya sabes dónde encontrarme. Cuando estés segura, acordamos una cita en mi departamento.
—¿Y mientras tanto qué se supone que debo hacer?
—Si quieres un consejo, cuando te toques, trata de imaginarte ese miembro. Eso te va a ayudar a vencer tantos prejuicios.
Tania se levanta, me da un beso y deja unos billetes en la mesa.
—Espera, ¿cuánto te debo?
—Nada. Yo no le cobro un café a mis amigas. —Me guiña un ojo y se va por la puerta.
Tocarme. Esa mujer no tiene idea de lo que dice. Me acaba de recomendar que me toque pensando en mi hijo. Qué desfachatez. Eso nunca va a pasar. Y aunque quisiera, mi cuerpo lleva diez años adormecido. Allí abajo solo hay aridez y un olvido que duele. No sé qué pretende.
Al día siguiente debo bañarlo. Es un proceso complicado, pero yo me he vuelto una experta. Tommy se mueve con maestría en su silla electrónica y los comandos de voz ayudan mucho. Antes tenía que levantarlo yo sola, pero ahora la silla se acomoda hasta dejarlo a la altura de la tina.
Paso la esponja enjabonada por su cuerpo, y como es costumbre, la tensión aparece. Yo intento ignorarla pero las palabras de Tania aún resuenan en mi cabeza. Cubro mis manos de espuma y froto con cuidado. Es suave y la piel clara. Unas venas azules bordean la masa de carne y se internan en una punta rosada. Deslizo los dedos por los pliegues con delicadeza. Con la otra mano me interno en su parte más privada. Es algo que hago siempre, pero suele ser un trámite rápido y despreocupado. Esta vez mis dedos buscan la entrada y juegan en la puerta, dilatándola un poco con el agua jabonosa.
—¿Qué haces? —me pregunta.
—¿No te gusta?
—Sí, pero nunca lo habías hecho antes.
—Estoy limpiando bien, solo eso —miento.
—Se siente distinto.
Continúo masajeando muy despacio la dureza, pero cuando se hace evidente que la zona está por demás higienizada me detengo. De ninguna manera voy a dejar que el crío me haga un desastre. No sabría cómo manejarlo.
Lo seco y lo visto. Almorzamos en la sala con Chopin de fondo.
—Hijo —le digo mientras acerco una cuchara de sopa a su boca—, estuve pensando en lo que me dijiste la otra noche.
—Qué hay con eso.
—Yo sigo creyendo que aún puedes tener una pareja.
—Mamá ¿otra vez con tus fantasías? —me interrumpe.
—Déjame terminar. Creo que es algo posible si te lo propones, pero también creo que antes necesitas experimentar.
—¿A qué te refieres?
—Contacté a una persona. Ella puede ayudarnos a que tengas las experiencias que no pudiste tener hasta ahora.
—¿Otra enfermera más? Estoy cansado de los terapeutas. Además suena a algo muy impersonal. No soy una vaca para que la ordeñen.
—Ella no es así, te lo prometo. Además yo estaría contigo, si no te gusta podemos parar en cualquier momento.
—No lo sé. Esperemos un poco mejor.
Esa noche me acuesto desnuda. Paso mis dedos por los pechos y desciendo buscando mis pliegues. La fricción inicial me arde. Estoy por abandonar, pero la imagen del baño me golpea de frente. De pronto, una humedad que hacía años no reconocía afloja la tensión y permite que mis dedos resbalen. Acelero el ritmo. La respiración se me corta en la garganta, arqueo la espalda contra las sábanas y hundo el rostro en la almohada buscando ese último tirón de alivio.
—Mamá —Tommy me grita desde su cuarto.
Me coloco la bata y entro.
—¿Qué ocurre? —me pregunta—. Oí gemidos.
—La tele —miento.
Tommy se muerde el labio inferior. Señal de que me quiere decir algo.
—¿A ti te pareció bien? La terapeuta, digo.
—Me gustó mucho, creo que es alguien que sabe lo que hace.
—¿Es joven?
—Tiene más o menos mi edad pero parece algo menor.
—Me gusta que tenga tu edad. ¿Puedes llamarla?
Arreglo con Tania un sábado por la tarde. Ella bloquea toda su agenda para que no tengamos que preocuparnos por el tiempo que nos lleve la sesión.
El departamento está ubicado en una de las zonas más acomodadas de la ciudad. Es un edificio de vanguardia, libre de lujos innecesarios. Adentro, los ambientes siguen la misma estética sin ostentación. Avanzamos por el piso de cemento alisado y nos quedamos en la sala principal. Tania nos recibe con un vestido negro ceñido al cuerpo. Debajo no lleva sostén.
Nos sirve unas gaseosas como si fuéramos amigas de toda la vida.
—Así que tú eres Tommy.
—Eso dicen —responde él con timidez.
—Dime, ¿qué estás estudiando?
—Ingeniería en sistemas. A distancia.
La conversación se estira mientras me retuerzo los dedos. Tania lo anima a hablar de su futuro, de cómo se siente, de sus compañeros de clase. Lo hace con tal destreza que enseguida mi hijo se suelta y confía en ella como si fuera de la familia.
—¿Te explicó tu mamá para qué estamos aquí? —pregunta.
—Algo, pero es un poco confusa con sus explicaciones. Tal vez me puedas explicar mejor.
El calor me sube por el cuello hasta las mejillas, pero me contengo. Tania continúa.
—Dime algo. Esa silla que usas, ¿cómo funciona?
—Es uno de los últimos modelos. El primero lo inventaron para Stephen Hawking y gente que padece ELA. Luego la adaptaron para mí. Puedo darle instrucciones orales, y también con la cabeza, los ojos o la boca. Bajo mi dedo también hay controles.
Señala con la vista su índice.
—¿Te sientes mal al usar un aparato para moverte?
—¿Por qué debería sentirme mal? Me permite a hacer cosas que mi condición me impide. Todos necesitamos alguna ayuda. Es como si la gente se sintiera mal por usar un auto.
—Bien. Me encanta tu respuesta, Tommy. Quiero que pienses en esto. La sexualidad es algo que forma parte de nuestra vida. Una parte esencial. Pero dada tu condición, necesitas un poquito de ayuda para poder tener una sexualidad plena. Mi rol será acompañarlos a que puedan vivir esa sexualidad sin problemas.
—¿Acompañarnos? —Tommy me mira.
—¿Te gustaría que empecemos?
Tommy asiente y sigue a Tania al dormitorio. Yo voy detrás. Un perfume tenue me envuelve al cruzar el umbral; huele a sándalo, madera y cítricos.
—Tommy, la sexualidad requiere que derribemos todas las barreras que nos impiden disfrutar. Las mentales y las físicas. Por eso necesitamos desvestirnos. ¿Podemos quitarte la ropa?
Él asiente.
Ayudo a Tania a desvestirlo y entre las dos acomodamos su cuerpo menudo y frágil sobre las sábanas blancas.
Me alejo unos pasos.
—¿Te vas a ir? —pregunta con tono suplicante.
—No, amor. Me quedaré aquí sentada en la habitación. Como te prometí.
Tania se detiene al lado de la cama y desabrocha los botones de su vestido, uno a uno. La tela negra resbala hasta el piso, dejando al descubierto un cuerpo despampanante, de curvas marcadas, glúteos firmes y pechos erguidos.
Siempre me consideré una mujer que cuida su figura, pero frente a esa escultura toda comparación es inútil. Mis caderas me pesan, los pechos acusan la gravedad, y el fantasma de la celulitis me martilla la cabeza.
Se sienta en el borde de la cama y le acaricia la mejilla. Luego baja con la mano por el cuello y el pecho.
—¿Te gusta?
—Mucho.
—¿Te gustaría que te bese?
Antes de que Tommy pueda responder, Tania se acerca y posa sus labios sobre los de mi hijo. Con paciencia guía el beso, invitando al chico a abrirse para darle paso a su lengua.
Deja caer el peso de su torso sobre él; la fricción de sus senos desnudos roza la piel del muchacho.
El cuerpo de Tommy cambia. Algo empieza a crecer en su entrepierna. fin del primer capitulo parte 2 en la red social del autor original https://twtter.com//status/2089398236427558990