Alba tenía treinta y seis años y un cuerpo que todavía conservaba la firmeza de la juventud, aunque ya cargaba con la madurez de una mujer que había vivido lo suficiente para saber exactamente qué deseaba. Era de estatura mediana, con curvas generosas: tetas grandes y pesadas, de pezones oscuros y sensibles, un culo redondo y firme que se movía con provocación al caminar, y una cintura estrecha que acentuaba sus caderas anchas. Tenía el pelo castaño oscuro, largo y ondulado, piel ligeramente bronceada y unos ojos verdes que, desde el divorcio, parecían haber adquirido un brillo hambriento. Sus labios carnosos y sus piernas bien formadas completaban un conjunto que atraía miradas sin esfuerzo. Recién divorciada, con un hijo llamado Lucas, decidió que ya era hora de dejar atrás la vida contenida y correcta que había llevado durante años.
Después de firmar los papeles del divorcio, Alba tomó la decisión de escapar. Empacó dos maletas grandes, tomó a su hijo Lucas, ‘un joven alto, de hombros anchos y mirada curiosa’ y se fueron los dos solos a la costa. El destino era un pueblo tranquilo de la ribera atlántica, donde alquilaron una casa espectacular: paredes blancas, ventanales que daban directo al mar, una terraza amplia con reposeras, una piscina privada y tres dormitorios con camas king size. La casa estaba prácticamente sobre la arena; por las noches se escuchaba el romper de las olas como una invitación constante.
Los primeros días fueron de puro relax. Alba se levantaba temprano, se ponía un bikini mínimo que apenas cubría sus tetas grandes y firmes y su culo redondo, y bajaba a la playa. Caminaba por la orilla sintiendo la arena caliente bajo los pies y el sol quemándole la piel. Lucas la acompañaba a veces, pero pronto notó que su madre estaba cambiando. Algo se había despertado en ella. Alba ya no era la mujer contenida y correcta de la ciudad. Aquí, lejos de todo, se descontroló totalmente. Empezó a mirar a los hombres que pasaban: surfistas con cuerpos marcados, turistas musculosos, locales de piel bronceada. Sentía cómo se le mojaba la concha solo con imaginarlos encima de ella. Por las noches, en su habitación con la ventana abierta al mar, se tocaba pensando en vergas duras que la llenaran sin piedad.
Lucas no era tonto. Vivía con ella y había visto cómo su madre se transformaba. Una noche, después de cenar en la terraza con una botella de vino, la conversación tomó un rumbo morboso. Estaban sentados uno frente al otro, el viento salado moviendo las cortinas. Alba, con una copa en la mano y el pelo suelto, rompió el silencio.
—Lucas, hijo… no sé cómo decírtelo, pero desde que llegamos acá me siento como una puta en celo. Me muero de ganas de que me cojan. De verdad. No quiero más marido, no quiero más reglas. Quiero verga, quiero que me llenen la concha hasta que no pueda caminar.
Lucas se quedó mirándola, la pija ya medio dura dentro del short. Nunca habían hablado así, pero el morbo flotaba en el aire desde hacía días.
—¿En serio, mamá? —preguntó, la voz ronca—. ¿Querés que te traiga tipos para que te cojan?
Alba se mordió el labio inferior y asintió lentamente. Sus tetas subían y bajaban con la respiración agitada.
—Sí. Quiero que me consigas hombres. Bien dotados, fuertes, que sepan cómo usar la pija. Y yo, a cambio, me dejo coger por todos los que traigas. Sin límites. En esta casa, en la playa, donde sea. Quiero ser puta insaciable en este viaje. ¿Hacemos un pacto?
Lucas sintió que la verga se le ponía completamente dura. Extendió la mano sobre la mesa y Alba la tomó con fuerza.
Sin soltarle la mano, Alba se levantó lentamente de su silla y rodeó la mesa. Se arrodilló frente a su hijo sin decir una palabra, los ojos verdes fijos en los de él. Con dedos hábiles le bajó el short y la ropa interior hasta las rodillas. La verga de Lucas saltó libre, gruesa, venosa y completamente dura, con la cabeza ya brillando de precum.
—Mirá cómo te pusiste, hijo… —susurró Alba con voz ronca—. Toda esta pija dura por tu mamá.
Se inclinó y pasó la lengua desde los huevos pesados hasta la punta de la verga, lamiendo despacio, saboreando el gusto salado. Lucas soltó un gemido bajo y le puso una mano en la cabeza. Alba abrió la boca y se la metió entera, chupando con hambre, bajando hasta que la cabeza le tocó el fondo de la garganta. Subía y bajaba la cabeza con ritmo, los labios apretados alrededor del tronco grueso, mientras su saliva corría por la pija y le mojaba los huevos.
Lucas extendió la otra mano y le agarró una de las tetas grandes por encima de la bata. La apretó con fuerza, sintiendo cómo el pezón se endurecía contra su palma. Le abrió la bata de un tirón y metió la mano dentro, manoseándole las tetas pesadas, pellizcándole los pezones y tironeándolos suavemente. Alba gimió alrededor de la verga, vibrando la garganta contra la pija.
—Qué tetas tenés, mamá… tan grandes y firmes —murmuró Lucas mientras le apretaba la otra teta con más fuerza, amasándola, sintiendo el peso y la suavidad de la carne.
Alba aceleró el ritmo de la mamada, chupando más profundo, haciendo ruidos húmedos y obscenos. Lucas bajó la mano por el cuerpo de su madre, le abrió las piernas y metió dos dedos directamente en la concha caliente y empapada. La encontró chorreando. Le frotó el clítoris hinchado con el pulgar mientras metía y sacaba los dedos, follándole la concha con la mano.
Alba sacó la verga de la boca un segundo, jadeando.
—Así, hijo… meteme los dedos en la concha mientras te la chupo… soy tu puta, Lucas…
Volvió a meterse la pija hasta la garganta, mamando con más ganas, mientras Lucas le chupaba las tetas y le cogía la concha con los dedos cada vez más rápido. Los gemidos de Alba vibraban alrededor de la verga de su hijo, y el sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de la concha mojada llenaba la terraza.
—Pacto sellado, mamá. Yo te consigo la verga que necesites y vos te abrís de piernas como una hembra en el horno.
Desde esa noche todo cambió. La casa de la ribera se convirtió en el escenario de una orgía continua. Lucas salía por las tardes a la playa o al pueblo cercano y volvía con candidatos. El primero fue un surfista de veintiocho años llamado Martín, alto, con abdomen marcado y una pija que se notaba gruesa incluso bajo el short. Lo invitó a tomar una cerveza en la terraza. Alba salió vestida solo con una bata corta de seda que apenas tapaba su concha depilada.
—Martín, esta es mi mamá Alba —dijo Lucas con naturalidad—. Está divorciada y tiene muchas ganas de pasarla bien.
Martín sonrió, los ojos clavados en las tetas de Alba que se escapaban por el escote. No hizo falta más charla. Alba se abrió la bata y dejó caer la prenda al piso. Sus tetas grandes y pesadas quedaron al aire, pezones duros como piedras. Se acercó al surfista y le bajó el short sin pedir permiso. La pija de Martín saltó libre: gruesa, venosa, ya medio parada.
—Mirá qué verga hermosa —susurró Alba, arrodillándose en la terraza—. Vení, metémela en la boca.
Se la chupó con hambre. La lengua recorrió toda la longitud, lamiendo los huevos pesados y volviendo a subir hasta la cabeza hinchada. Martín gemía y le agarraba el pelo. Lucas se sentó en una reposera a mirar, la mano dentro del pantalón tocándose la pija mientras veía a su madre mamando como una experta.
—Así, mamá… Chupala bien profundo —murmuró.
Alba se puso de cuatro sobre la mesa de la terraza, el culo en pompa, la concha brillando de jugos. Martín se colocó atrás y le metió la verga de un solo empujón hasta el fondo.
—¡Ay, la puta madre! —gritó Alba—. ¡Qué gruesa! Cogeme fuerte, rompeme la concha.
Martín la cogió con ritmo salvaje. Cada embestida hacía que las tetas de Alba se bambolearan y que su culo chocara contra las caderas de él. El sonido húmedo de la pija entrando y saliendo de la concha mojada se mezclaba con las olas. Lucas se acercó y le pellizcó los pezones mientras su madre gemía sin control.
—Decime qué sentís, mamá.
—Siento la verga hasta la garganta… me está rellenando toda… soy una puta, Lucas… tu mamá es una puta que necesita que la cojan todos los días.
Martín le dio vuelta, la sentó en la mesa con las piernas abiertas y siguió cogiéndola cara a cara. Alba le clavaba las uñas en la espalda y le mordía el cuello. Cuando sintió que se corría, apretó la concha alrededor de la pija y gritó. Martín se corrió adentro, llenándola de leche caliente. Alba se quedó temblando, la concha chorreando semen.
Martín se sacó la verga todavía dura, dio un paso atrás y se acomodó el short. Murmuró un “gracias” entre dientes y se fue por la terraza hacia la playa. Madre e hijo quedaron solos bajo la luz tenue de la terraza.
Alba seguía sentada en el borde de la mesa, las piernas abiertas, la concha roja e hinchada chorreando leche espesa que le caía por los muslos. Respiraba agitada, los ojos brillantes de lujuria. Lucas se acercó, todavía con la pija dura afuera, y le pasó los dedos por los labios hinchados de la concha, revolviendo el semen.
—Contame, mamá… —le dijo con voz ronca—. Mientras te veía coger con ese tipo, no paraba de imaginarte de joven. ¿Ya eras tan puta como ahora?
Alba soltó una risa baja y sucia. Se pasó la lengua por los labios y miró a su hijo con ojos entrecerrados.
—Más puta todavía, Lucas. Bien joven ya era una hembra en celo. Me cogían en los baños, en los autos estacionados, hasta en la terraza de la casa de mis viejos mientras ellos dormían adentro. Me gustaba que me usen, que me llenen la concha y me dejen chorreando. Una vez me cogieron tres chicos seguidos en un campamento. Me pusieron de perrito dentro de una carpa y me pasaron como si fuera una puta de alquiler. Me dieron hasta por las orejas, Me corrí tantas veces que al final no podía ni caminar. Salí con la concha destruida y la cara llena de leche.
Lucas metió dos dedos en la concha de su madre, revolviendo el semen de Martín, y empezó a meterlos y sacarlos lentamente.
—Seguí… me pone la pija dura imaginarte de jovencita abriéndote de piernas para cualquiera.
Alba gimió bajito y empujó las caderas contra la mano de su hijo.
—Era una puta barata, hijo. Me gustaba que me digan guarra, que me traten como a una perra. Una noche me llevaron a un motel con dos amigos de tu tío. Me cogieron toda la noche. Uno me rompía la concha mientras el otro me metía la verga hasta la garganta. Me decían “tomá, putita, abrí bien esa concha que te vamos a dejar como un guante”. Me corrí gritando que quería más verga, que me gustaba que me usen. Al final me dejaron tirada en la cama, con la concha y el culo llenos de leche, cuatro días estuve dolorida y con diarrea babeando como una loca.
Lucas sacó los dedos y se los acercó a la boca a Alba. Ella los chupó con gusto, saboreando su propia concha mezclada con el semen de Martín.
—Ahora contame vos —susurró Alba, todavía lamiéndole los dedos—. Contame de la primera putita que te cogiste. Quiero saber cómo la reventaste.
Lucas sonrió con morbo y acercó su verga dura a la concha chorreante de su madre, frotando la cabeza contra los labios hinchados sin meterla todavía.
—Se llamaba Camila. Era una morocha chiquita con tetas chicas pero culo rico. La llevé a un baldío después de una fiesta. Apenas llegamos le bajé la bombacha y le metí la pija de una. Estaba apretadita, pero mojada como una perra. La cogí parado, después en el pasto, y al final la puse de perrito y le di por el culo. Gritaba como loca, me pedía que le dé más fuerte. Cuando me corrí adentro del orto le dije “tomá, putita, esta es tu primera corrida en el culo”. Después la hice arrodillarse y me limpió la pija con la boca. Se fue caminando raro, con la concha y el culo chorreando.
Alba soltó un gemido largo y abrió más las piernas.
—Qué rico… me encanta que ya supieras tratar a las putitas como se merecen. Vení, meteme la verga ahora, aunque esté llena de leche ajena. Quiero que me cojas pensando en todas las conchas que rompiste y en todas las vergas que me metieron a mí.
Lucas empujó la pija de un solo golpe hasta el fondo de la concha resbaladiza. Alba echó la cabeza hacia atrás y gritó de placer.
—¡Sí, hijo! ¡Cogeme! Usá la concha de tu mamá como usaste la de esa putita…
Lucas empezó a embestir con fuerza, agarrándole las tetas y pellizcándole los pezones mientras hablaba sucio:
—Sos más puta que todas las que me cogí, mamá. Me encanta que te dejes llenar por cualquiera y después vengas a contármelo con la concha chorreando.
Alba le clavaba las uñas en la espalda y gemía cada vez más fuerte con cada embestida.
—Soy tu perra maternal… la más guarra de todas… cogeme duro, Lucas… llename vos también…
Se corrieron casi al mismo tiempo. Lucas le descargó adentro varios chorros calientes que se mezclaron con el semen de Martín. Alba tembló violentamente, apretando la concha alrededor de la pija de su hijo mientras gritaba su nombre.
Se quedaron un momento unidos, jadeando, la verga todavía dentro de la concha rebosante. Alba le acarició la cara con una sonrisa satisfecha y sucia.
—Esto es lo que soy ahora, hijo… una puta sin remedio que te cuenta sus porquerías mientras te deja cogértela.
Lucas le dio un beso profundo y le susurró al oído:
—Y yo soy el hijo que te consigue verga para que sigas siendo la puta más caliente del mundo.
Esa fue solo la primera noche. Lucas cumplía su parte del pacto a la perfección. Al día siguiente trajo a dos amigos de un bar cercano: un morocho musculoso llamado Diego y un rubio alto de nombre Facundo. Los tres terminaron en la sala de la casa. Alba estaba desnuda en el sillón grande, las piernas abiertas, tocándose la concha hinchada mientras los miraba.
—Vengan, chicos… tengo tres agujeros listos para verga —dijo con voz ronca.
Diego se tiró sobre ella y le metió la pija en la concha de un saque. Facundo se arrodilló a un lado y le ofreció su verga para que la mamara. Lucas observaba desde el otro sofá, la pija afuera, masturbándose lento. Alba cogía y chupaba al mismo tiempo, el cuerpo sudado, las tetas rebotando con cada embestida. Diego la cogía duro, le daba cachetadas suaves en las tetas y le decía:
—Tomá, puta… abrí bien esa concha para mi verga.
Facundo le agarró la cabeza y le folló la boca hasta que le llegó al fondo de la garganta. Alba se atragantaba pero no se quejaba; al contrario, gemía más fuerte. Cambiaron posiciones varias veces. La pusieron de perrito, la cogieron en el sillón, la levantaron entre los dos y la penetraron al mismo tiempo: Diego en la concha y Facundo en el culo. Alba gritaba de placer, el cuerpo lleno de vergas.
—¡Sí! ¡Cógeme el culo también! ¡Llenenme toda, soy su puta!
Lucas se acercó y le metió la pija en la boca mientras los otros dos la penetraban. Alba mamaba a su hijo con devoción, los ojos vidriosos de lujuria. Los tres hombres se corrieron casi al mismo tiempo: uno en la concha, otro en el culo y Lucas en la boca de su madre. Alba tragó todo, temblando de orgasmos múltiples.
Los días siguientes fueron una sucesión de encuentros cada vez más intensos. Lucas traía un hombre nuevo casi todas las tardes. A veces eran turistas extranjeros con vergas enormes, otras veces locales de la zona que no podían creer la suerte. Alba los recibía siempre desnuda o con lencería mínima, la concha ya mojada de anticipación. En la piscina, bajo el sol, la cogían mientras flotaba en el agua. En la playa de noche, a la luz de la luna, la ponían de rodillas en la arena y la cogían por atrás mientras las olas les mojaban los pies. En la cama king size de la habitación principal, organizaban verdaderas orgías.
Una tarde Lucas trajo a tres tipos a la vez. Alba los miró y sonrió como una loba.
—Perfecto. Quiero que me usen hasta que no pueda más.
La cogieron durante más de dos horas seguidas. La pasaban de uno a otro como un juguete. La tenían de rodillas chupando tres pijas al mismo tiempo, luego la tiraban en la cama y la penetraban por todos lados. Uno le cogía la concha, otro el culo, y el tercero la boca. Alba se corría una y otra vez, el cuerpo cubierto de sudor y semen, la voz ronca de tanto gemir.
—Más… quiero más verga… no paren de cogerme… soy una puta sin remedio…
Lucas estaba siempre presente. A veces solo miraba y se masturbaba. Otras veces participaba activamente: le sostenía las tetas mientras otro la cogía, le abría las nalgas para que entrara mejor la pija, o le metía los dedos en la concha mientras ella mamaba, el morbo de verlo todo lo tenía constantemente duro.
Una noche, después de que un grupo de cuatro hombres se fuera, Alba y Lucas se quedaron solos en la terraza. Ella estaba desnuda, el cuerpo marcado de chupetones y semen seco, la concha roja e hinchada de tanto uso. Se sentó en las piernas de su hijo y le acarició la cara.
Alba suspiró profundo, el cuerpo todavía temblando de agotamiento. Apoyó la frente contra la de Lucas y le habló con la voz ronca, casi rota.
—Ay, Lucas… estoy reventada, hijo. La concha me duele como el carajo. Esos cuatro hijos de puta me cogieron demasiado duro esta noche. Me tuvieron como una puta barata durante dos horas seguidas… me rompieron la concha y el culo sin piedad. Todavía siento la pija del más grande metida hasta el fondo, como si me hubiera abierto en dos.
Lucas le pasó las manos por la espalda sudorosa y le apretó suavemente el culo marcado.
Alba soltó un pedo largo, húmedo y sonoro que escapó sin control de su culo abierto. El ruido gutural y prolongado resonó en la terraza silenciosa. Ella cerró los ojos un segundo y murmuró con voz ronca:
—Ay, perdón, hijo… se me escapó. No puedo evitarlo. Me tienen el orto tan reventado que ya no controlo ni un pedo. Especialmente ese hijo de puta más dotado… tenía una verga enorme, gruesa como mi muñeca y con una cabeza hinchada que parecía un puño. Me lo metió entero en el culo sin saliva, de una sola estocada, mientras otro me cogía la concha al mismo tiempo. Me lo abrió como nunca. Sentía que me partía el orto en dos, que me lo dejaba como un túnel flojo. Cada vez que respiro se me escapa aire y leche… mirá cómo estoy, toda pedorreada delante de mi propio hijo.
Lucas apretó más fuerte las nalgas de su madre, separándolas ligeramente para sentir el calor que salía de su culo entreabierto.
—Qué rica que sos, mamá. Me encanta que te pedorrees así, toda destruida. Contame más… quiero que me digas con detalles bien sucios cómo te rompieron ese culo.
Alba se mordió el labio y soltó otro pedo corto y húmedo, esta vez más fuerte, que hizo que su cuerpo se sacudiera ligeramente sobre las piernas de Lucas. La cara se le puso roja, pero sus ojos brillaban de morbo.
—Perdón otra vez, Lucas… es que no puedo cerrarlo. Ese grandote me cogió el orto como si fuera un agujero de puta barata. Me tenía agarrada de las caderas y me metía la verga hasta los huevos, sacándola casi toda y volviéndola a clavar. Me dolía, pero me corría como una loca. Le rogaba “dale, rompeme el culo, metémela más profundo, haceme tu puta anal”. Y él me decía “tomá, vieja guarra, te voy a dejar el orto tan abierto que vas a pedorrear semen por una semana”. Me lo dio tan fuerte que al final me corrí con la pija enterrada en el culo, apretando y soltando pedos al mismo tiempo. Los otros se reían y me decían que era la mamá más cerda que habían visto.
Lucas metió una mano entre las nalgas de Alba y le rozó el ano dilatado con un dedo. Estaba caliente, resbaladizo y claramente abierto.
—Seguí, mamá… me pone la pija dura imaginarte gritando mientras te abrían el culo. ¿Cuántas veces te lo llenaron?
Alba empujó las caderas hacia atrás contra la mano de su hijo y soltó un tercer pedo, esta vez más largo y burbujeante, que escapó directamente sobre los dedos de Lucas. Ella gimió de vergüenza y excitación mezcladas.
—Ay, la puta madre… perdón, hijo. Se me sigue escapando todo. Ese dotado me dejó el orto como un guante flojo. Me cogieron el culo cuatro veces seguidas. Uno atrás del otro, sin darme tiempo a cerrarlo. Cada vez que uno se corría adentro, el siguiente entraba en el semen caliente y me lo revolvía. Sentía la leche chorreándome por las piernas mientras me pedorreaba sin control. Al final tenía el culo tan abierto que podía meterle tres dedos sin esfuerzo… y todavía sigue así. Mirá cómo me pedorrea sola.
Lucas introdujo suavemente un dedo en el ano dilatado de su madre, sintiendo cómo cedía fácilmente.
—Sos una puta asquerosa y me encanta, mamá. Me gusta que te hayas dejado reventar el orto por vergas ajenas y que ahora te pedorrees delante de mí como una cerda. ¿Te gustó que te lo abrieran tanto?
Alba jadeó cuando el dedo de Lucas entró más profundo y soltó otro pedo húmedo alrededor del dedo.
—Perdón… sí, me gustó. Me sentí la hembra más guarra del mundo. Les pedía que me den más verga en el culo, que me lo destrocen. Ahora estoy dolorida, la concha me arde y el orto me late… pero solo de contártelo ya se me moja todo de nuevo. Meteme la pija, Lucas. Aunque esté reventada y pedorreada, cogeme. Usá los agujeros que esos hijos de puta me dejaron abiertos.
Lucas se bajó el short, sacó su verga dura y la frotó contra la concha hinchada de Alba.
—Te voy a coger despacio, mamá, pero quiero que sigas contándome lo cerda que fuiste mientras te pedorreas en mi pija.
Alba se levantó un poco, guió la verga de su hijo hacia su concha y se dejó caer lentamente, tragándola entera. Apenas empezó a moverse soltó un nuevo pedo largo y sonoro que vibró alrededor de la pija.
—Ay, perdón, hijo… no puedo parar. Ese grandote me abrió tanto el culo que cada vez que me cogés se me escapa todo. Cogeme fuerte… usá a tu mamá como la puta barata que soy.
Lucas empezó a embestir desde abajo, agarrándole las tetas marcadas y pellizcándole los pezones mientras hablaba con crudeza:
—Sos la puta más sucia que existe. Te pedorreas como una cerda mientras te cuento que me encanta cómo te dejaron el orto flojo. Mañana te traigo más vergas para que te lo sigan abriendo.
Alba gemía fuerte, soltando pedos cortos y húmedos con cada embestida, la voz entrecortada:
—Soy tu cerda personal… tu mamá guarra que se deja romper el culo… perdón por pedorrearme tanto… pero no pares de cogerme… llename vos también aunque esté toda abierta y sucia…
Se corrieron casi al mismo tiempo. Lucas le descargó adentro chorros calientes mientras Alba temblaba, apretando la concha y soltando un último pedo prolongado y húmedo. Se quedaron abrazados, sudados y pegoteados, la verga de Lucas todavía dentro de la concha rebosante.
Alba le acarició la cara con una sonrisa agotada y completamente sucia.
—Gracias por cogerme aunque esté reventada y pedorreada, hijo. Soy tu puta favorita… la que se deja abrir el culo y después te cuenta todo.
Lucas le besó el cuello y le susurró al oído:
—Y yo soy el hijo que te va a seguir consiguiendo verga para que sigas siendo la cerda más caliente del mundo.
La levantó en brazos, la llevó adentro de la casa y la acostó con cuidado en la cama matrimonial grande de la habitación principal. Se sacó la ropa y se acostó
Se quedaron abrazados, sudados y pegoteados, Él le acarició el pelo y le besó la frente.
—Dormí conmigo esta noche, mamá. En esta cama matrimonial, como corresponde.
Alba sonrió agotada, cerró los ojos y se acurrucó contra el pecho de su hijo.
—Siempre, Lucas… siempre voy a dormir con vos después de que me hagan puta.
Se durmieron así, entrelazados, el sonido de las olas entrando por la ventana abierta, mientras la concha hinchada de Alba seguía latiendo alrededor de la pija de su hijo.
—Gracias, Lucas… nunca me sentí tan viva. Este pacto es lo mejor que nos pasó.
Lucas le sonrió y le apretó una teta suavemente.
—Todavía quedan dos semanas de vacaciones, mamá. Mañana traigo a dos más. Y pasado, a los que quieras.
Alba se inclinó y le dio un beso largo y profundo en la boca.
—Traé todos los que puedas. Quiero que esta casa sea un nido de vergas y que mi concha nunca esté vacía.
Y así continuaron los días en la casa de la ribera. Alba se había convertido completamente en la puta que siempre había querido ser. Lucas cumplía su rol con dedicación, buscando, seleccionando y trayendo hombres que supieran coger como ella necesitaba. Cada encuentro era más explícito, más sucio, más intenso. Las olas seguían rompiendo afuera, pero dentro de la casa solo se escuchaban gemidos, cachetadas de carne contra carne y el sonido húmedo de pijas entrando y saliendo de una concha insaciable.
El viaje que había empezado como unas simples vacaciones se transformó en la liberación total de Alba. Y Lucas, su hijo y cómplice, estaba allí para asegurarse de que nunca volviera a ser la mujer reprimida de antes. El pacto se cumplía cada día, cada noche, hasta que el sol se ocultaba en el mar y volvía a salir para iluminar nuevos cuerpos dispuestos a cogerla sin piedad.
Después de firmar los papeles del divorcio, Alba tomó la decisión de escapar. Empacó dos maletas grandes, tomó a su hijo Lucas, ‘un joven alto, de hombros anchos y mirada curiosa’ y se fueron los dos solos a la costa. El destino era un pueblo tranquilo de la ribera atlántica, donde alquilaron una casa espectacular: paredes blancas, ventanales que daban directo al mar, una terraza amplia con reposeras, una piscina privada y tres dormitorios con camas king size. La casa estaba prácticamente sobre la arena; por las noches se escuchaba el romper de las olas como una invitación constante.
Los primeros días fueron de puro relax. Alba se levantaba temprano, se ponía un bikini mínimo que apenas cubría sus tetas grandes y firmes y su culo redondo, y bajaba a la playa. Caminaba por la orilla sintiendo la arena caliente bajo los pies y el sol quemándole la piel. Lucas la acompañaba a veces, pero pronto notó que su madre estaba cambiando. Algo se había despertado en ella. Alba ya no era la mujer contenida y correcta de la ciudad. Aquí, lejos de todo, se descontroló totalmente. Empezó a mirar a los hombres que pasaban: surfistas con cuerpos marcados, turistas musculosos, locales de piel bronceada. Sentía cómo se le mojaba la concha solo con imaginarlos encima de ella. Por las noches, en su habitación con la ventana abierta al mar, se tocaba pensando en vergas duras que la llenaran sin piedad.
Lucas no era tonto. Vivía con ella y había visto cómo su madre se transformaba. Una noche, después de cenar en la terraza con una botella de vino, la conversación tomó un rumbo morboso. Estaban sentados uno frente al otro, el viento salado moviendo las cortinas. Alba, con una copa en la mano y el pelo suelto, rompió el silencio.
—Lucas, hijo… no sé cómo decírtelo, pero desde que llegamos acá me siento como una puta en celo. Me muero de ganas de que me cojan. De verdad. No quiero más marido, no quiero más reglas. Quiero verga, quiero que me llenen la concha hasta que no pueda caminar.
Lucas se quedó mirándola, la pija ya medio dura dentro del short. Nunca habían hablado así, pero el morbo flotaba en el aire desde hacía días.
—¿En serio, mamá? —preguntó, la voz ronca—. ¿Querés que te traiga tipos para que te cojan?
Alba se mordió el labio inferior y asintió lentamente. Sus tetas subían y bajaban con la respiración agitada.
—Sí. Quiero que me consigas hombres. Bien dotados, fuertes, que sepan cómo usar la pija. Y yo, a cambio, me dejo coger por todos los que traigas. Sin límites. En esta casa, en la playa, donde sea. Quiero ser puta insaciable en este viaje. ¿Hacemos un pacto?
Lucas sintió que la verga se le ponía completamente dura. Extendió la mano sobre la mesa y Alba la tomó con fuerza.
Sin soltarle la mano, Alba se levantó lentamente de su silla y rodeó la mesa. Se arrodilló frente a su hijo sin decir una palabra, los ojos verdes fijos en los de él. Con dedos hábiles le bajó el short y la ropa interior hasta las rodillas. La verga de Lucas saltó libre, gruesa, venosa y completamente dura, con la cabeza ya brillando de precum.
—Mirá cómo te pusiste, hijo… —susurró Alba con voz ronca—. Toda esta pija dura por tu mamá.
Se inclinó y pasó la lengua desde los huevos pesados hasta la punta de la verga, lamiendo despacio, saboreando el gusto salado. Lucas soltó un gemido bajo y le puso una mano en la cabeza. Alba abrió la boca y se la metió entera, chupando con hambre, bajando hasta que la cabeza le tocó el fondo de la garganta. Subía y bajaba la cabeza con ritmo, los labios apretados alrededor del tronco grueso, mientras su saliva corría por la pija y le mojaba los huevos.
Lucas extendió la otra mano y le agarró una de las tetas grandes por encima de la bata. La apretó con fuerza, sintiendo cómo el pezón se endurecía contra su palma. Le abrió la bata de un tirón y metió la mano dentro, manoseándole las tetas pesadas, pellizcándole los pezones y tironeándolos suavemente. Alba gimió alrededor de la verga, vibrando la garganta contra la pija.
—Qué tetas tenés, mamá… tan grandes y firmes —murmuró Lucas mientras le apretaba la otra teta con más fuerza, amasándola, sintiendo el peso y la suavidad de la carne.
Alba aceleró el ritmo de la mamada, chupando más profundo, haciendo ruidos húmedos y obscenos. Lucas bajó la mano por el cuerpo de su madre, le abrió las piernas y metió dos dedos directamente en la concha caliente y empapada. La encontró chorreando. Le frotó el clítoris hinchado con el pulgar mientras metía y sacaba los dedos, follándole la concha con la mano.
Alba sacó la verga de la boca un segundo, jadeando.
—Así, hijo… meteme los dedos en la concha mientras te la chupo… soy tu puta, Lucas…
Volvió a meterse la pija hasta la garganta, mamando con más ganas, mientras Lucas le chupaba las tetas y le cogía la concha con los dedos cada vez más rápido. Los gemidos de Alba vibraban alrededor de la verga de su hijo, y el sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de la concha mojada llenaba la terraza.
—Pacto sellado, mamá. Yo te consigo la verga que necesites y vos te abrís de piernas como una hembra en el horno.
Desde esa noche todo cambió. La casa de la ribera se convirtió en el escenario de una orgía continua. Lucas salía por las tardes a la playa o al pueblo cercano y volvía con candidatos. El primero fue un surfista de veintiocho años llamado Martín, alto, con abdomen marcado y una pija que se notaba gruesa incluso bajo el short. Lo invitó a tomar una cerveza en la terraza. Alba salió vestida solo con una bata corta de seda que apenas tapaba su concha depilada.
—Martín, esta es mi mamá Alba —dijo Lucas con naturalidad—. Está divorciada y tiene muchas ganas de pasarla bien.
Martín sonrió, los ojos clavados en las tetas de Alba que se escapaban por el escote. No hizo falta más charla. Alba se abrió la bata y dejó caer la prenda al piso. Sus tetas grandes y pesadas quedaron al aire, pezones duros como piedras. Se acercó al surfista y le bajó el short sin pedir permiso. La pija de Martín saltó libre: gruesa, venosa, ya medio parada.
—Mirá qué verga hermosa —susurró Alba, arrodillándose en la terraza—. Vení, metémela en la boca.
Se la chupó con hambre. La lengua recorrió toda la longitud, lamiendo los huevos pesados y volviendo a subir hasta la cabeza hinchada. Martín gemía y le agarraba el pelo. Lucas se sentó en una reposera a mirar, la mano dentro del pantalón tocándose la pija mientras veía a su madre mamando como una experta.
—Así, mamá… Chupala bien profundo —murmuró.
Alba se puso de cuatro sobre la mesa de la terraza, el culo en pompa, la concha brillando de jugos. Martín se colocó atrás y le metió la verga de un solo empujón hasta el fondo.
—¡Ay, la puta madre! —gritó Alba—. ¡Qué gruesa! Cogeme fuerte, rompeme la concha.
Martín la cogió con ritmo salvaje. Cada embestida hacía que las tetas de Alba se bambolearan y que su culo chocara contra las caderas de él. El sonido húmedo de la pija entrando y saliendo de la concha mojada se mezclaba con las olas. Lucas se acercó y le pellizcó los pezones mientras su madre gemía sin control.
—Decime qué sentís, mamá.
—Siento la verga hasta la garganta… me está rellenando toda… soy una puta, Lucas… tu mamá es una puta que necesita que la cojan todos los días.
Martín le dio vuelta, la sentó en la mesa con las piernas abiertas y siguió cogiéndola cara a cara. Alba le clavaba las uñas en la espalda y le mordía el cuello. Cuando sintió que se corría, apretó la concha alrededor de la pija y gritó. Martín se corrió adentro, llenándola de leche caliente. Alba se quedó temblando, la concha chorreando semen.
Martín se sacó la verga todavía dura, dio un paso atrás y se acomodó el short. Murmuró un “gracias” entre dientes y se fue por la terraza hacia la playa. Madre e hijo quedaron solos bajo la luz tenue de la terraza.
Alba seguía sentada en el borde de la mesa, las piernas abiertas, la concha roja e hinchada chorreando leche espesa que le caía por los muslos. Respiraba agitada, los ojos brillantes de lujuria. Lucas se acercó, todavía con la pija dura afuera, y le pasó los dedos por los labios hinchados de la concha, revolviendo el semen.
—Contame, mamá… —le dijo con voz ronca—. Mientras te veía coger con ese tipo, no paraba de imaginarte de joven. ¿Ya eras tan puta como ahora?
Alba soltó una risa baja y sucia. Se pasó la lengua por los labios y miró a su hijo con ojos entrecerrados.
—Más puta todavía, Lucas. Bien joven ya era una hembra en celo. Me cogían en los baños, en los autos estacionados, hasta en la terraza de la casa de mis viejos mientras ellos dormían adentro. Me gustaba que me usen, que me llenen la concha y me dejen chorreando. Una vez me cogieron tres chicos seguidos en un campamento. Me pusieron de perrito dentro de una carpa y me pasaron como si fuera una puta de alquiler. Me dieron hasta por las orejas, Me corrí tantas veces que al final no podía ni caminar. Salí con la concha destruida y la cara llena de leche.
Lucas metió dos dedos en la concha de su madre, revolviendo el semen de Martín, y empezó a meterlos y sacarlos lentamente.
—Seguí… me pone la pija dura imaginarte de jovencita abriéndote de piernas para cualquiera.
Alba gimió bajito y empujó las caderas contra la mano de su hijo.
—Era una puta barata, hijo. Me gustaba que me digan guarra, que me traten como a una perra. Una noche me llevaron a un motel con dos amigos de tu tío. Me cogieron toda la noche. Uno me rompía la concha mientras el otro me metía la verga hasta la garganta. Me decían “tomá, putita, abrí bien esa concha que te vamos a dejar como un guante”. Me corrí gritando que quería más verga, que me gustaba que me usen. Al final me dejaron tirada en la cama, con la concha y el culo llenos de leche, cuatro días estuve dolorida y con diarrea babeando como una loca.
Lucas sacó los dedos y se los acercó a la boca a Alba. Ella los chupó con gusto, saboreando su propia concha mezclada con el semen de Martín.
—Ahora contame vos —susurró Alba, todavía lamiéndole los dedos—. Contame de la primera putita que te cogiste. Quiero saber cómo la reventaste.
Lucas sonrió con morbo y acercó su verga dura a la concha chorreante de su madre, frotando la cabeza contra los labios hinchados sin meterla todavía.
—Se llamaba Camila. Era una morocha chiquita con tetas chicas pero culo rico. La llevé a un baldío después de una fiesta. Apenas llegamos le bajé la bombacha y le metí la pija de una. Estaba apretadita, pero mojada como una perra. La cogí parado, después en el pasto, y al final la puse de perrito y le di por el culo. Gritaba como loca, me pedía que le dé más fuerte. Cuando me corrí adentro del orto le dije “tomá, putita, esta es tu primera corrida en el culo”. Después la hice arrodillarse y me limpió la pija con la boca. Se fue caminando raro, con la concha y el culo chorreando.
Alba soltó un gemido largo y abrió más las piernas.
—Qué rico… me encanta que ya supieras tratar a las putitas como se merecen. Vení, meteme la verga ahora, aunque esté llena de leche ajena. Quiero que me cojas pensando en todas las conchas que rompiste y en todas las vergas que me metieron a mí.
Lucas empujó la pija de un solo golpe hasta el fondo de la concha resbaladiza. Alba echó la cabeza hacia atrás y gritó de placer.
—¡Sí, hijo! ¡Cogeme! Usá la concha de tu mamá como usaste la de esa putita…
Lucas empezó a embestir con fuerza, agarrándole las tetas y pellizcándole los pezones mientras hablaba sucio:
—Sos más puta que todas las que me cogí, mamá. Me encanta que te dejes llenar por cualquiera y después vengas a contármelo con la concha chorreando.
Alba le clavaba las uñas en la espalda y gemía cada vez más fuerte con cada embestida.
—Soy tu perra maternal… la más guarra de todas… cogeme duro, Lucas… llename vos también…
Se corrieron casi al mismo tiempo. Lucas le descargó adentro varios chorros calientes que se mezclaron con el semen de Martín. Alba tembló violentamente, apretando la concha alrededor de la pija de su hijo mientras gritaba su nombre.
Se quedaron un momento unidos, jadeando, la verga todavía dentro de la concha rebosante. Alba le acarició la cara con una sonrisa satisfecha y sucia.
—Esto es lo que soy ahora, hijo… una puta sin remedio que te cuenta sus porquerías mientras te deja cogértela.
Lucas le dio un beso profundo y le susurró al oído:
—Y yo soy el hijo que te consigue verga para que sigas siendo la puta más caliente del mundo.
Esa fue solo la primera noche. Lucas cumplía su parte del pacto a la perfección. Al día siguiente trajo a dos amigos de un bar cercano: un morocho musculoso llamado Diego y un rubio alto de nombre Facundo. Los tres terminaron en la sala de la casa. Alba estaba desnuda en el sillón grande, las piernas abiertas, tocándose la concha hinchada mientras los miraba.
—Vengan, chicos… tengo tres agujeros listos para verga —dijo con voz ronca.
Diego se tiró sobre ella y le metió la pija en la concha de un saque. Facundo se arrodilló a un lado y le ofreció su verga para que la mamara. Lucas observaba desde el otro sofá, la pija afuera, masturbándose lento. Alba cogía y chupaba al mismo tiempo, el cuerpo sudado, las tetas rebotando con cada embestida. Diego la cogía duro, le daba cachetadas suaves en las tetas y le decía:
—Tomá, puta… abrí bien esa concha para mi verga.
Facundo le agarró la cabeza y le folló la boca hasta que le llegó al fondo de la garganta. Alba se atragantaba pero no se quejaba; al contrario, gemía más fuerte. Cambiaron posiciones varias veces. La pusieron de perrito, la cogieron en el sillón, la levantaron entre los dos y la penetraron al mismo tiempo: Diego en la concha y Facundo en el culo. Alba gritaba de placer, el cuerpo lleno de vergas.
—¡Sí! ¡Cógeme el culo también! ¡Llenenme toda, soy su puta!
Lucas se acercó y le metió la pija en la boca mientras los otros dos la penetraban. Alba mamaba a su hijo con devoción, los ojos vidriosos de lujuria. Los tres hombres se corrieron casi al mismo tiempo: uno en la concha, otro en el culo y Lucas en la boca de su madre. Alba tragó todo, temblando de orgasmos múltiples.
Los días siguientes fueron una sucesión de encuentros cada vez más intensos. Lucas traía un hombre nuevo casi todas las tardes. A veces eran turistas extranjeros con vergas enormes, otras veces locales de la zona que no podían creer la suerte. Alba los recibía siempre desnuda o con lencería mínima, la concha ya mojada de anticipación. En la piscina, bajo el sol, la cogían mientras flotaba en el agua. En la playa de noche, a la luz de la luna, la ponían de rodillas en la arena y la cogían por atrás mientras las olas les mojaban los pies. En la cama king size de la habitación principal, organizaban verdaderas orgías.
Una tarde Lucas trajo a tres tipos a la vez. Alba los miró y sonrió como una loba.
—Perfecto. Quiero que me usen hasta que no pueda más.
La cogieron durante más de dos horas seguidas. La pasaban de uno a otro como un juguete. La tenían de rodillas chupando tres pijas al mismo tiempo, luego la tiraban en la cama y la penetraban por todos lados. Uno le cogía la concha, otro el culo, y el tercero la boca. Alba se corría una y otra vez, el cuerpo cubierto de sudor y semen, la voz ronca de tanto gemir.
—Más… quiero más verga… no paren de cogerme… soy una puta sin remedio…
Lucas estaba siempre presente. A veces solo miraba y se masturbaba. Otras veces participaba activamente: le sostenía las tetas mientras otro la cogía, le abría las nalgas para que entrara mejor la pija, o le metía los dedos en la concha mientras ella mamaba, el morbo de verlo todo lo tenía constantemente duro.
Una noche, después de que un grupo de cuatro hombres se fuera, Alba y Lucas se quedaron solos en la terraza. Ella estaba desnuda, el cuerpo marcado de chupetones y semen seco, la concha roja e hinchada de tanto uso. Se sentó en las piernas de su hijo y le acarició la cara.
Alba suspiró profundo, el cuerpo todavía temblando de agotamiento. Apoyó la frente contra la de Lucas y le habló con la voz ronca, casi rota.
—Ay, Lucas… estoy reventada, hijo. La concha me duele como el carajo. Esos cuatro hijos de puta me cogieron demasiado duro esta noche. Me tuvieron como una puta barata durante dos horas seguidas… me rompieron la concha y el culo sin piedad. Todavía siento la pija del más grande metida hasta el fondo, como si me hubiera abierto en dos.
Lucas le pasó las manos por la espalda sudorosa y le apretó suavemente el culo marcado.
Alba soltó un pedo largo, húmedo y sonoro que escapó sin control de su culo abierto. El ruido gutural y prolongado resonó en la terraza silenciosa. Ella cerró los ojos un segundo y murmuró con voz ronca:
—Ay, perdón, hijo… se me escapó. No puedo evitarlo. Me tienen el orto tan reventado que ya no controlo ni un pedo. Especialmente ese hijo de puta más dotado… tenía una verga enorme, gruesa como mi muñeca y con una cabeza hinchada que parecía un puño. Me lo metió entero en el culo sin saliva, de una sola estocada, mientras otro me cogía la concha al mismo tiempo. Me lo abrió como nunca. Sentía que me partía el orto en dos, que me lo dejaba como un túnel flojo. Cada vez que respiro se me escapa aire y leche… mirá cómo estoy, toda pedorreada delante de mi propio hijo.
Lucas apretó más fuerte las nalgas de su madre, separándolas ligeramente para sentir el calor que salía de su culo entreabierto.
—Qué rica que sos, mamá. Me encanta que te pedorrees así, toda destruida. Contame más… quiero que me digas con detalles bien sucios cómo te rompieron ese culo.
Alba se mordió el labio y soltó otro pedo corto y húmedo, esta vez más fuerte, que hizo que su cuerpo se sacudiera ligeramente sobre las piernas de Lucas. La cara se le puso roja, pero sus ojos brillaban de morbo.
—Perdón otra vez, Lucas… es que no puedo cerrarlo. Ese grandote me cogió el orto como si fuera un agujero de puta barata. Me tenía agarrada de las caderas y me metía la verga hasta los huevos, sacándola casi toda y volviéndola a clavar. Me dolía, pero me corría como una loca. Le rogaba “dale, rompeme el culo, metémela más profundo, haceme tu puta anal”. Y él me decía “tomá, vieja guarra, te voy a dejar el orto tan abierto que vas a pedorrear semen por una semana”. Me lo dio tan fuerte que al final me corrí con la pija enterrada en el culo, apretando y soltando pedos al mismo tiempo. Los otros se reían y me decían que era la mamá más cerda que habían visto.
Lucas metió una mano entre las nalgas de Alba y le rozó el ano dilatado con un dedo. Estaba caliente, resbaladizo y claramente abierto.
—Seguí, mamá… me pone la pija dura imaginarte gritando mientras te abrían el culo. ¿Cuántas veces te lo llenaron?
Alba empujó las caderas hacia atrás contra la mano de su hijo y soltó un tercer pedo, esta vez más largo y burbujeante, que escapó directamente sobre los dedos de Lucas. Ella gimió de vergüenza y excitación mezcladas.
—Ay, la puta madre… perdón, hijo. Se me sigue escapando todo. Ese dotado me dejó el orto como un guante flojo. Me cogieron el culo cuatro veces seguidas. Uno atrás del otro, sin darme tiempo a cerrarlo. Cada vez que uno se corría adentro, el siguiente entraba en el semen caliente y me lo revolvía. Sentía la leche chorreándome por las piernas mientras me pedorreaba sin control. Al final tenía el culo tan abierto que podía meterle tres dedos sin esfuerzo… y todavía sigue así. Mirá cómo me pedorrea sola.
Lucas introdujo suavemente un dedo en el ano dilatado de su madre, sintiendo cómo cedía fácilmente.
—Sos una puta asquerosa y me encanta, mamá. Me gusta que te hayas dejado reventar el orto por vergas ajenas y que ahora te pedorrees delante de mí como una cerda. ¿Te gustó que te lo abrieran tanto?
Alba jadeó cuando el dedo de Lucas entró más profundo y soltó otro pedo húmedo alrededor del dedo.
—Perdón… sí, me gustó. Me sentí la hembra más guarra del mundo. Les pedía que me den más verga en el culo, que me lo destrocen. Ahora estoy dolorida, la concha me arde y el orto me late… pero solo de contártelo ya se me moja todo de nuevo. Meteme la pija, Lucas. Aunque esté reventada y pedorreada, cogeme. Usá los agujeros que esos hijos de puta me dejaron abiertos.
Lucas se bajó el short, sacó su verga dura y la frotó contra la concha hinchada de Alba.
—Te voy a coger despacio, mamá, pero quiero que sigas contándome lo cerda que fuiste mientras te pedorreas en mi pija.
Alba se levantó un poco, guió la verga de su hijo hacia su concha y se dejó caer lentamente, tragándola entera. Apenas empezó a moverse soltó un nuevo pedo largo y sonoro que vibró alrededor de la pija.
—Ay, perdón, hijo… no puedo parar. Ese grandote me abrió tanto el culo que cada vez que me cogés se me escapa todo. Cogeme fuerte… usá a tu mamá como la puta barata que soy.
Lucas empezó a embestir desde abajo, agarrándole las tetas marcadas y pellizcándole los pezones mientras hablaba con crudeza:
—Sos la puta más sucia que existe. Te pedorreas como una cerda mientras te cuento que me encanta cómo te dejaron el orto flojo. Mañana te traigo más vergas para que te lo sigan abriendo.
Alba gemía fuerte, soltando pedos cortos y húmedos con cada embestida, la voz entrecortada:
—Soy tu cerda personal… tu mamá guarra que se deja romper el culo… perdón por pedorrearme tanto… pero no pares de cogerme… llename vos también aunque esté toda abierta y sucia…
Se corrieron casi al mismo tiempo. Lucas le descargó adentro chorros calientes mientras Alba temblaba, apretando la concha y soltando un último pedo prolongado y húmedo. Se quedaron abrazados, sudados y pegoteados, la verga de Lucas todavía dentro de la concha rebosante.
Alba le acarició la cara con una sonrisa agotada y completamente sucia.
—Gracias por cogerme aunque esté reventada y pedorreada, hijo. Soy tu puta favorita… la que se deja abrir el culo y después te cuenta todo.
Lucas le besó el cuello y le susurró al oído:
—Y yo soy el hijo que te va a seguir consiguiendo verga para que sigas siendo la cerda más caliente del mundo.
La levantó en brazos, la llevó adentro de la casa y la acostó con cuidado en la cama matrimonial grande de la habitación principal. Se sacó la ropa y se acostó
Se quedaron abrazados, sudados y pegoteados, Él le acarició el pelo y le besó la frente.
—Dormí conmigo esta noche, mamá. En esta cama matrimonial, como corresponde.
Alba sonrió agotada, cerró los ojos y se acurrucó contra el pecho de su hijo.
—Siempre, Lucas… siempre voy a dormir con vos después de que me hagan puta.
Se durmieron así, entrelazados, el sonido de las olas entrando por la ventana abierta, mientras la concha hinchada de Alba seguía latiendo alrededor de la pija de su hijo.
—Gracias, Lucas… nunca me sentí tan viva. Este pacto es lo mejor que nos pasó.
Lucas le sonrió y le apretó una teta suavemente.
—Todavía quedan dos semanas de vacaciones, mamá. Mañana traigo a dos más. Y pasado, a los que quieras.
Alba se inclinó y le dio un beso largo y profundo en la boca.
—Traé todos los que puedas. Quiero que esta casa sea un nido de vergas y que mi concha nunca esté vacía.
Y así continuaron los días en la casa de la ribera. Alba se había convertido completamente en la puta que siempre había querido ser. Lucas cumplía su rol con dedicación, buscando, seleccionando y trayendo hombres que supieran coger como ella necesitaba. Cada encuentro era más explícito, más sucio, más intenso. Las olas seguían rompiendo afuera, pero dentro de la casa solo se escuchaban gemidos, cachetadas de carne contra carne y el sonido húmedo de pijas entrando y saliendo de una concha insaciable.
El viaje que había empezado como unas simples vacaciones se transformó en la liberación total de Alba. Y Lucas, su hijo y cómplice, estaba allí para asegurarse de que nunca volviera a ser la mujer reprimida de antes. El pacto se cumplía cada día, cada noche, hasta que el sol se ocultaba en el mar y volvía a salir para iluminar nuevos cuerpos dispuestos a cogerla sin piedad.